Czytaj książkę: «Solo una mirada»
Título original: Just One Look
© Harlan Coben, 2004.
© de la traducción: Isabel Ferrer y Carlos Milla, 2005.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO300
ISBN: 9788490067734
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
TRES MESES DESPUÉS
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EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
HARLAN COBEN. MYRON BOLITAR
OTROS TÍTULOS DE HARLAN COBEN EN RBA
NOTAS
ESTE LIBRO ES PARA JACK ARMSTRONG,
PORQUE ES DE LOS BUENOS
Cariño, dame tus mejores recuerdos,
pero que no sean como la tinta clara.
Proverbio chino adaptado para la canción Pale Ink
de la Jimmy X Band, JAMES XAVIER FARMINGTON
Scott Duncan estaba sentado frente al asesino.
En la habitación sin ventanas, gris como una nube de tormenta, el ambiente era tenso y silencioso, atrapado en ese paréntesis en que empieza a sonar la música y ninguno de los dos desconocidos sabe bien cómo dar comienzo al baile. Scott asintió con la cabeza, sin comprometerse a nada. El asesino, engalanado con el uniforme carcelario de color naranja, se limitaba a mirarlo fijamente. Scott entrelazó las manos y las puso sobre la mesa metálica. El asesino —según su expediente, se llamaba Monte Scanlon, pero desde luego no era ese su verdadero nombre— quizás habría hecho lo mismo si no hubiese tenido las manos esposadas.
«¿Por qué estoy aquí?», se preguntó Scott una vez más.
Su especialidad era el procesamiento de políticos corruptos —lo que parecía una pujante industria artesanal en su estado natal de Nueva Jersey—, pero tres horas antes, Monte Scanlon, un verdugo en serie a todas luces, había roto por fin su silencio para plantear una petición.
¿Qué petición?
Una reunión privada con el ayudante de la fiscal Scott Duncan.
Eso era poco común por varias razones, entre ellas por estas dos: en primer lugar, un asesino no debería estar en posición de pedir nada; segundo, Scott no conocía ni había oído hablar siquiera de Monte Scanlon.
Scott rompió el silencio.
—¿Quería verme?
—Sí.
Scott asintió y esperó a que añadiera algo más. Scanlon no dijo nada.
—¿Y en qué puedo ayudarlo?
Monte Scanlon le sostuvo la mirada.
—¿Sabe por qué estoy aquí?
Scott miró alrededor. Además de Scanlon y él, había otras cuatro personas en la sala. Linda Morgan, la fiscal, se hallaba reclinada contra la pared del fondo intentando aparentar el despreocupado aspecto de Sinatra apoyado contra una farola. De pie detrás del preso, había dos fornidos celadores, casi idénticos, con brazos que parecían tocones de árbol y pechos como armarios antiguos. Scott ya conocía a esos dos bravucones; los había visto llevar a cabo su cometido en otras ocasiones con la serenidad de monitores de yoga. Pero ese día, aun con el preso esposado, incluso ellos tenían los nervios a flor de piel. Completaba el grupo el abogado de Scanlon, un hurón que apestaba a colonia barata. Todas las miradas permanecían fijas en Scott.
—Mató a gente —contestó Scott—. A mucha gente.
—Era lo que suele llamarse un sicario. Era... —Scanlon hizo una pausa—... un asesino a sueldo.
—En casos en los que yo no he intervenido.
—Cierto.
Scott había tenido una mañana bastante normal. Había estado redactando una citación para un directivo de una planta de eliminación de residuos acusado de sobornar al alcalde de un pueblo. Un caso de rutina. Un chanchullo más en el verde estado de Nueva Jersey. Y de eso hacía... ¿cuánto? ¿Una hora, una hora y media? Ahora estaba sentado a aquella mesa atornillada al suelo frente a un hombre que había asesinado —según el cálculo aproximado de Linda Morgan— a cien personas.
—¿Y por qué ha preguntado por mí?
Scanlon parecía un playboy envejecido que podía haber cortejado a una de las hermanas Gabor en los años cincuenta. Pequeño y demacrado, tenía el pelo cano peinado hacia atrás, los dientes amarillos por el tabaco, la piel reseca por el sol del mediodía y demasiadas largas noches en demasiados clubes oscuros. Ninguno de los presentes en la sala conocía su verdadero nombre. Cuando lo detuvieron, su pasaporte lo identificaba como Monte Scanlon, de nacionalidad argentina, cincuenta y un años. Solo la edad parecía correcta. Sus huellas dactilares no constaban en la base de datos del Centro Nacional de Información Criminal. Los programas de reconocimiento facial no habían dado el menor resultado.
—Tenemos que hablar a solas.
—Yo no llevo este caso —repitió Scott—. Ya le han asignado una fiscal.
—Esto no tiene nada que ver con ella.
—¿Y sí conmigo?
Scanlon se inclinó hacia delante.
—Lo que estoy a punto de contarle —dijo— va a cambiar su vida por completo.
Una parte de Scott quería agitar los dedos delante de la cara de Scanlon y decir: «Oooooh». Estaba acostumbrado a la mentalidad del criminal capturado: sus retorcidas maniobras, sus intentos de sacar ventaja, sus búsquedas de escapatoria, su exagerado sentido de la propia importancia. Linda Morgan, tal vez adivinando sus pensamientos, le lanzó una mirada de advertencia. Antes le había contado que Monte Scanlon había trabajado durante casi treinta años para varias familias estrechamente relacionadas. La ley RICO anhelaba su colaboración con la avidez de un hombre famélico ante un buffet libre. Desde su detención, Scanlon se había negado a hablar. Hasta esa mañana.
Así que allí estaba Scott.
—Su jefa... —dijo Scanlon, señalando a Linda Morgan con la barbilla—... espera que yo colabore.
—Van a ponerle la inyección —contestó Morgan, todavía intentando aparentar despreocupación—. Nada de lo que diga o haga cambiará eso.
Scanlon sonrió.
—Por favor. Usted teme perder lo que tengo que decir mucho más de lo que yo temo la muerte.
—Ya. Otro hombre duro que no teme la muerte. —Se apartó de la pared—. ¿Quiere saber una cosa, Monte? Son siempre los hombres duros los que se manchan los pantalones cuando los atan a la camilla.
De nuevo Scott reprimió el deseo de agitar los dedos, esta vez ante su jefa. Scanlon seguía sonriendo. No apartó la mirada de los ojos de Scott en ningún momento. A Scott no le gustó lo que vio. Sus ojos eran, como cabía esperar, negros, brillantes y crueles. Pero —aunque quizá solo fueran imaginaciones suyas— creyó ver también otra cosa. Algo que iba más allá de la habitual ausencia de expresión. Parecía haber un ruego en esos ojos; Scott no podía desviar la mirada. Tal vez había en ellos arrepentimiento.
Incluso remordimientos de conciencia.
Scott alzó la vista hacia Linda y asintió. Ella frunció el entrecejo, pero Scanlon la había puesto en evidencia. Linda tocó en el hombro a uno de los guardias y les hizo señas para que salieran de la sala. Al levantarse de su asiento, el abogado de Scanlon habló por primera vez.
—No se podrá emplear nada de lo que diga contra él.
—Quédese con ellos —ordenó Scanlon—. Quiero estar seguro de que no nos escuchan.
El abogado cogió su maletín y siguió a Linda Morgan hacia la puerta. Pronto Scott y Scanlon estaban solos. En las películas, los asesinos son omnipotentes; en la vida real, no. No se libran de las esposas en medio de un centro penitenciario federal de alta seguridad. Los fornidos celadores, como Scott sabía, vigilarían desde detrás del espejo unidireccional. Aunque, por orden de Scanlon, apagarían el interfono, todos estarían mirando.
Scott se encogió de hombros en un gesto de interrogación.
—No soy el típico asesino a sueldo.
—Ya.
—Tengo reglas.
Scott esperó.
—Por ejemplo, solo mato a hombres.
—Vaya —dijo Scott—. Es usted un príncipe.
Scanlon hizo caso omiso del sarcasmo.
—Esa es mi primera regla. Solo mato a hombres. No a mujeres.
—Bien, y dígame, ¿tiene la regla número dos algo que ver con no echar un polvo hasta la tercera cita?
—¿Cree que soy un monstruo?
Scott se encogió de hombros como si la respuesta fuera obvia.
—¿No respeta mis reglas?
—¿Qué reglas? Usted mata a gente. Inventa esas supuestas reglas porque necesita hacerse la ilusión de que es humano.
Scanlon pareció pensárselo.
—Es posible —admitió—, pero los hombres a los que he matado eran canallas. Me contrataban canallas para matar a canallas. No soy más que un arma.
—¿Un arma? —repitió Scott.
—Sí.
—Monte, a un arma no le importa a quién mata. A hombres, mujeres, abuelitas, niños. Un arma no distingue.
Scanlon sonrió.
—Tocado.
Scott se frotó las palmas de las manos en las perneras del pantalón.
—No me ha pedido que viniera aquí para una clase de ética. ¿Qué quiere?
—Usted está divorciado, ¿verdad, Scott?
No contestó.
—Sin hijos, una separación amistosa, tiene una buena relación con su ex.
—¿Qué quiere?
—Explicar.
—Explicar ¿qué?
Scanlon bajó la vista, pero solo por un instante.
—Lo que le hice.
—Ni siquiera lo conozco —repuso Scott.
—Pero yo sí lo conozco a usted. Lo conozco desde hace mucho tiempo.
Scott dejó que se hiciera el silencio. Miró el espejo. Linda Morgan debía de estar detrás del vidrio, preguntándose de qué hablaban. Quería información. Scott se preguntó si habrían ocultado micrófonos en la sala. Probablemente. En cualquier caso, le convenía hacer hablar a Scanlon.
—Usted es Scott Duncan. Treinta y nueve años. Estudió en la Facultad de Derecho de Columbia. Podría ganar mucho más dinero en el sector privado, pero eso le aburre. Hace seis meses que trabaja en la fiscalía. Sus padres se mudaron a Miami el año pasado. Tenía una hermana, pero murió en la universidad.
Scott se revolvió en su asiento. Scanlon lo observó.
—¿Ya ha acabado?
—¿Sabe cómo funciona mi negocio?
Cambio de tema. Scott esperó un momento. Scanlon pretendía crear una ilusión óptica, con la intención de desconcertarlo o alguna tontería semejante. Y Scott no iba a caer en la trampa. Nada de lo que había «revelado» acerca de la familia de Scott lo sorprendía. Para encontrar esa información bastaba con saber pulsar unas cuantas teclas y hacer un par de llamadas.
—Por qué no me lo cuenta —contestó Scott.
—Imaginemos que usted quiere que muera alguien —dijo Scanlon.
—De acuerdo.
—Se pondría en contacto con un amigo, que conoce a un amigo, que conoce a un amigo, que me llamaría a mí.
—¿Y a usted solo lo conocería ese último amigo? —preguntó Scott.
—Algo así. Solo tenía un intermediario, pero tomaba mis precauciones incluso con él. Nunca nos veíamos cara a cara. Usábamos nombres en clave. Los pagos siempre se ingresaban en cuentas extranjeras. Abría una cuenta para cada... llamémoslo transacción..., y la cerraba tras concluir la transacción. ¿Me sigue?
—No es tan complicado —dijo Scott.
—No, supongo que no. Pero, verá, últimamente nos comunicábamos por correo electrónico. Abría una cuenta de correo provisional en Hotmail o Yahoo o donde fuera, con nombres falsos. Imposible de rastrear. Pero aunque se pudiera, aunque llegara a averiguarse quién había enviado un mensaje, ¿adónde conducía? Todos se enviaban o leían en bibliotecas o lugares públicos. Estábamos totalmente a cubierto.
Scott se abstuvo de mencionar que, a pesar de esa total cobertura, había acabado con el culo en la cárcel.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—A eso voy —contestó Scanlon, y Scott advirtió que iba animándose a medida que hablaba—. Antes, y cuando digo antes me refiero a hará unos ocho o diez años, lo hacíamos casi todo por teléfono público. Nunca veía el nombre escrito. Él simplemente me lo decía por teléfono.
Scanlon calló y se aseguró de que tenía toda la atención de Scott. Suavizó un poco el tono, ahora ya menos frío.
—Ahí está el quid de la cuestión, Scott. Se hacía por teléfono. Solo oía el nombre por teléfono; no lo veía escrito.
Miró a Scott con expectación. Scott no tenía ni idea de qué intentaba decir, así que asintió:
—Ajá.
—¿Entiende por qué recalco que se hacía por teléfono?
—No.
—Porque una persona como yo, una persona con reglas, podría cometer un error por teléfono.
Scott pensó por un momento.
—Sigo sin entender.
—Nunca mato a mujeres. Esa era la primera regla.
—Eso ha dicho.
—De modo que si usted quería cargarse a alguien que se llamaba Billy Smith, yo habría deducido que Billy era un hombre. Ya sabe, con i griega. Nunca pensaría que Billy era una mujer. Con «ie» al final. ¿Lo entiende?
Scott se quedó absolutamente inmóvil. Scanlon se dio cuenta. Dejó de sonreír. Hablaba en voz muy baja.
—Antes hemos hablado de su hermana, ¿no, Scott?
Scott no contestó.
—Se llamaba Geri, ¿verdad?
Silencio.
—¿Ve el problema, Scott? Geri es uno de esos nombres. Al oírlo por teléfono, uno supondría que se escribía Jerry. La cuestión es que hace quince años recibí una llamada. De ese intermediario del que le hablaba...
Scott movió la cabeza en un gesto de negación.
—Me dieron una dirección. Me dijeron la hora exacta a la que «Jerry» —Scanlon trazó con los dedos unas comillas imaginarias— estaría en casa.
—Se dictaminó que fue un accidente —dijo Scott, y le pareció oír muy lejos su propia voz.
—Eso mismo ocurre con la mayoría de los incendios provocados, si uno hace bien su trabajo.
—No le creo.
Pero Scott volvió a mirar aquellos ojos y sintió que se le tambaleaba el mundo. Las imágenes acudieron a raudales: la sonrisa contagiosa de Geri, el pelo despeinado, los aparatos en los dientes, la manera como le sacaba la lengua en las reuniones familiares. Se acordó de su primer novio de verdad (un papanatas llamado Brad), de cuando nadie la invitó a ir al baile del instituto, del discurso exaltado que pronunció cuando se presentó para el cargo de tesorera del consejo escolar, de su primer grupo de rock (era malísimo), de la carta de aceptación de la universidad.
Scott sintió que se le anegaban los ojos.
—Solo tenía veintiún años.
Silencio.
—¿Por qué?
—A mí no me interesan los porqués. Solo soy un asesino a sueldo...
—No, no me refiero a eso. —Scott alzó la mirada—. ¿Por qué me lo cuenta ahora?
Scott observó su reflejo en el espejo. Habló en voz muy baja.
—Tal vez tenga razón.
—¿En qué?
—En lo que ha dicho antes. —Se volvió hacia Scott—. Quizás, en definitiva, necesito hacerme la ilusión de que soy humano.
TRES MESES DESPUÉS
1
De pronto se producen desgarros. Asoman lágrimas en tu vida, profundas heridas de cuchillo que te atraviesan la carne. Tu vida es de una manera y de repente se hace trizas y se convierte en otra cosa. Se viene abajo como si la destripasen. Y también existen esos momentos en que tu vida simplemente se deshilacha. Alguien tira de una hebra suelta. Cede una costura. Al principio el cambio es lento, casi imperceptible.
Para Grace Lawson, empezó a deshilacharse en Photomat.
Se disponía a entrar en la tienda de revelado cuando oyó una voz vagamente familiar.
—¿Por qué no te compras una cámara digital, Grace?
Grace se volvió hacia la mujer.
—No se me dan bien los aparatos modernos.
—Vamos, pero si la tecnología digital es tan fácil como chasquear los dedos. —La mujer levantó la mano y chasqueó los dedos, por si Grace no conocía el significado de la palabra—. Y las cámaras digitales son muchísimo más prácticas que las convencionales. Solo tienes que borrar las fotos que no quieres. Como los archivos del ordenador. Para nuestra tarjeta de Navidad..., bueno, Barry debió de sacar un millón de fotos a los niños; ya sabes, una porque Blake parpadeó, otra porque Kyle miraba hacia donde no debía, lo que fuera, pero es que cuando sacas tantas, pues al final, como dice Barry, seguro que una te saldrá bien, ¿no?
Grace asintió. Intentaba rescatar del fondo de la memoria el nombre de la mujer, pero no lo conseguía. La hija —¿era Blake?— iba a la misma clase que el hijo de Grace, que estaba en primero. O tal vez habían coincidido el año anterior en el parvulario. Era difícil llevar la cuenta. Grace mantuvo la sonrisa fija en el rostro. La mujer era amable, pero se confundía con las demás. Grace se preguntó, no por primera vez, si también ella se confundía con el resto, si su antigua gran individualidad se había integrado en el desagradable torbellino de la uniformidad suburbana.
La idea no era reconfortante.
La mujer siguió hablando de las maravillas de la era digital. A Grace empezó a dolerle la sonrisa fija. Miró el reloj, confiando en que la tecnomamá captase la indirecta. Las tres menos cuarto. Casi la hora de recoger a Max en la escuela. Emma tenía clase de natación, pero ese día la llevaba otra madre. «El rebaño a darse un baño», como había comentado jocosamente la madre en exceso jovial con una risita. Sí, muy graciosa.
—Tenemos que vernos —sugirió la mujer cuando ya se le acababa la cuerda—. Con Jack y Barry. Creo que se llevarían bien.
—Claro.
Grace aprovechó la pausa para despedirse con la mano, abrir la puerta y entrar en Photomat. La puerta de cristal se cerró con un chasquido y sonó una campanilla. Lo primero que le llegó fue el olor a productos químicos, parecido al del pegamento. Se preguntó cuáles serían los efectos a largo plazo de trabajar en semejante entorno y decidió que los efectos a corto plazo ya eran bastante molestos.
El chico que trabajaba detrás del mostrador —y en este caso el uso por parte de Grace de la palabra «trabajar» era más bien generoso— tenía una pelusilla blanca debajo de la barbilla, el pelo teñido de un color que habría intimidado a Crayola y suficientes piercings para hacer las veces de un instrumento de viento. Llevaba enroscado un par de auriculares. La música estaba tan alta que Grace la sintió en el pecho. Tenía tatuajes, muchos. En uno se leía PIEDRA, en otro AGUAFIESTAS. Grace pensó que debería llevar otro que rezara ZÁNGANO.
—¿Disculpe?
No alzó la vista.
—¿Disculpe? —dijo, levantando un poco la voz.
Tampoco contestó.
—¡Eh, tú, tío!
Eso sí que captó su atención. Soltó un gruñido y entrecerró los ojos, ofendido por la interrupción. Se quitó los auriculares a regañadientes.
—La papeleta.
—¿Cómo?
—La papeleta.
Ah. Grace le dio el resguardo. A continuación, El Pelusilla le preguntó cómo se llamaba. Eso recordó a Grace las líneas de atención al cliente, que te piden que marques tu número de teléfono y luego, en cuanto se pone una persona real, vuelven a preguntarte el mismo número. Como si la primera vez que lo solicitan fuese solo para practicar.
El Pelusilla —a Grace empezaba a gustarle el apodo— hurgó en un fichero lleno de paquetes de fotos y por fin sacó uno. Arrancó la etiqueta y le dijo un precio desorbitado. Ella le dio un cupón de ValPak, que desenterró de su bolso tras una excavación equiparable a la búsqueda de los manuscritos del Mar Muerto, y vio cómo el precio se reducía a algo más razonable.
El chico le entregó las fotos. Grace le dio las gracias, pero él ya había vuelto a conectarse la música al cerebro. Ella se despidió con un gesto.
—No he venido por las fotos —dijo Grace—, sino por la amena conversación.
El Pelusilla bostezó y cogió su revista. El último número de Modern Slacker, «el Zángano Moderno».
Grace salió a la calle. Hacía fresco. El otoño había desplazado al verano con su ímpetu característico. Las hojas aún no habían empezado a caer, pero ya flotaba en el aire ese regusto a sidra. Los escaparates habían empezado a exhibir los adornos de Halloween. Emma, su hija de tercero, había convencido a Jack para que comprara un globo de dos metros y medio con Homer Simpson disfrazado de Frankenstein. Grace tenía que reconocer que era genial. A sus hijos les gustaban Los Simpson, lo que significaba que, pese a todos sus esfuerzos, quizá Jack y ella les estaban dando una buena educación.
Grace quería abrir el sobre allí mismo. Un carrete de fotos recién revelado siempre despertaba cierta emoción, esa expectación de cuando uno va a abrir un regalo, esa precipitación hacia el buzón a pesar de que nunca hay más que facturas, sensaciones que la fotografía digital, por práctica que fuese, nunca igualaría. Pero no tenía tiempo antes de la salida de la escuela.
Al subir por Heights Road al volante de su Saab, dio un pequeño rodeo para pasar por el mirador del pueblo. Desde allí se veían los edificios de Manhattan, sobre todo por la noche, extendidos como diamantes sobre terciopelo negro. La invadió la añoranza. Le encantaba Nueva York. Hasta cuatro años antes, esa maravillosa isla había sido su hogar. Tenían un loft en Charles Street, en el Village. Jack trabajaba en el equipo de investigación médica de un laboratorio farmacéutico. Ella pintaba en el taller de su casa al tiempo que se burlaba de sus homólogos de los suburbios, con sus cuatro por cuatro, sus pantalones de pana y sus conversaciones sobre niños. Ahora era ya uno de ellos.
Grace aparcó detrás de la escuela con las demás madres. Apagó el motor, cogió el sobre de Photomat y lo abrió. El carrete era del viaje anual a Chester para la cosecha de la manzana, que habían hecho la semana anterior. Jack no había parado de sacar fotos. Le gustaba ser el fotógrafo de la familia. Lo consideraba una obligación paterna y viril, eso de tomar fotos, como si fuera un sacrificio que todo padre debía realizar por su familia.
La primera imagen era de Emma, su hija de ocho años, y Max, su hijo de seis, en un carro lleno de paja, con los hombros encorvados, las mejillas sonrosadas por el viento. Grace se quedó mirándolos un momento. La asaltaron sentimientos de... sí, ternura maternal, primitiva y evolutiva a la vez. Eso era lo que ocurría con los niños. Esas eran las pequeñas cosas que le llegaban al alma. Se acordó de que ese día hacía frío. El manzanar, lo sabía, estaría abarrotado de gente. Al principio no quería ir. Ahora, al ver la foto, se replanteó con asombro la idiotez de sus propias prioridades.
Las demás madres se agolpaban ante la valla de la escuela, parloteando y poniéndose de acuerdo a fin de que sus hijos se vieran para jugar. Era, por supuesto, la era moderna, el Estados Unidos posfeminista, y sin embargo, entre alrededor de ochenta personas que esperaban a sus niños, solo había dos hombres. Grace sabía que uno era un padre que llevaba más de un año en el paro. Se le notaba en la mirada, el andar lento, el mal afeitado. El otro era un periodista que trabajaba en casa y siempre parecía demasiado interesado en hablar con las madres. Tal vez se sentía solo. U otra cosa.
Alguien llamó a la ventanilla del coche. Grace alzó la vista. Cora Lindley, su mejor amiga del pueblo, le hizo señas para que abriera la puerta. Grace obedeció. Cora se sentó a su lado.
—¿Cómo fue tu cita de anoche? —preguntó Grace.
—Un desastre.
—Lo siento.
—El síndrome de la quinta cita.
Cora era una mujer divorciada y, en medio de todas aquellas «señoras que quedan para comer» nerviosas y excesivamente protectoras, resultaba un poco demasiado sexy. Vestida con una blusa escotada de piel de leopardo, malla de Spandex y zapatillas de color rosa, no encajaba en absoluto con el torrente de pantalones caquis y jerséis holgados. Las demás madres la miraban con recelo. Los residentes adultos de los suburbios pueden parecerse mucho a los adolescentes.
—¿Y cuál es el síndrome de la quinta cita?
—Tú no tienes muchas citas, ¿eh?
—Pues no —contestó Grace—. Un marido y dos hijos me han cortado bastante el vuelo.
—Lástima. Verás, y no me preguntes por qué, pero en la quinta cita, los tíos siempre sacan el tema... ¿cómo decirlo con delicadeza?... del trío.
—Por favor, dime que no hablas en serio.
—Te hablo totalmente en serio. La quinta cita. Como muy tarde. El tío va y me pregunta, en plan puramente teórico, qué pienso de los tríos. Como si hablara de la paz en Oriente Medio.
—¿Y tú qué contestas?
—Que en general me lo paso bien, sobre todo cuando los dos hombres se morrean.
Grace se echó a reír y las dos salieron del coche. A Grace le dolía la pierna mala. Aunque después de más de una década ya no debería sentirse cohibida por eso, seguía molestándole que la vieran cojear. Se quedó junto al coche y miró cómo se alejaba Cora. Cuando sonó el timbre, los niños salieron corriendo como disparados por un cañón. Al igual que las demás madres, Grace solo veía a los suyos. El resto de la manada, por poco benévolo que pudiera parecer, era puro paisaje.
Max apareció en el segundo éxodo. Cuando Grace vio a su hijo —con el cordón de una zapatilla desatado, la mochila de Yu-GiOh! demasiado grande para él, el gorro de lana de los Rangers de Nueva York ladeado como la boina de un turista—, volvió a invadirla el sentimiento de ternura. Max bajó por la escalera, ajustándose la mochila sobre los hombros. Ella sonrió. Al verla, Max le devolvió la sonrisa.
Se subió al asiento trasero del Saab. Grace lo ató a la sillita y le preguntó cómo le había ido el día. Max contestó que no lo sabía. Ella le preguntó qué había hecho. Max contestó que no lo sabía. ¿Había aprendido algo de matemáticas, inglés, ciencias, arte? Como única respuesta, Max se encogió de hombros y dijo que no lo sabía. Grace asintió con la cabeza. Un caso típico de la epidemia conocida como el Alzheimer de la escuela primaria. ¿Acaso drogaban a los niños para que se olvidaran de todo o los obligaban a jurar que no hablarían? Misterios de la vida.
Hasta que llegó a casa y dio a Max su Go-GURT para merendar —imaginen un yogur en un tubo que se aprieta como un tubo de pasta de dientes—, Grace no pudo ver el resto de las fotos.
La luz del contestador parpadeaba. Un mensaje. Comprobó el identificador de llamadas y vio que era un número anónimo. Apretó el botón para escuchar el mensaje y se llevó una sorpresa. La voz pertenecía a un viejo... amigo, supuso. Describirlo como «conocido» era demasiado superficial. Quizá sería más preciso decir «figura paterna», pero en un sentido muy poco común.
«Hola, Grace. Soy Carl Vespa».
No le hacía falta decir quién era. Habían pasado años, pero ella siempre reconocería su voz.
«¿Podrías llamarme cuando tengas un rato? Necesito hablar contigo».
El contestador emitió otro pitido. Grace no se movió, pero sintió una antigua palpitación en el estómago. Vespa. Carl Vespa, pese a la amabilidad con que siempre la había tratado, no era de quienes se andaban con charlas ociosas. Se planteó si devolverle la llamada y al final decidió que de momento no lo haría.
Grace entró en la habitación que había convertido en su taller improvisado. Cuando pintaba bien —cuando estaba, como cualquier artista o atleta, «en vena»— veía el mundo como si estuviera a punto de plasmarlo en el lienzo. Miraba las calles, los árboles, la gente, e imaginaba el tipo de pincel que usaría, las pinceladas, la mezcla de colores, las distintas luces y los tonos de sombras. Su obra debía reflejar lo que ella quería, no la realidad. Eso era arte para ella. Todos vemos el mundo a través de nuestro propio prisma, por supuesto. El mejor arte retorcía la realidad para mostrar el mundo del artista, lo que ella veía o, más concretamente, lo que ella quería que los demás viesen. No siempre era una realidad más hermosa. A menudo era más provocadora, tal vez más fea, más apasionante y magnética. Grace buscaba una reacción. Uno puede disfrutar con una hermosa puesta de sol, pero Grace quería que el espectador se sumergiera en su puesta de sol, que temiera apartarse de ella, que temiera no apartarse de ella.
Grace había pagado un dólar de más y pedido un segundo juego de fotos. Metió los dedos en el sobre y las sacó. Las dos primeras eran las de Emma y Max en el carro de paja. Luego había una de Max con el brazo extendido para coger una manzana Gala. Luego la habitual mancha borrosa de carne, la foto en la que Jack había acercado la mano demasiado a la lente. Su tontorrón. Había varias más de Grace y los niños con diversas manzanas, árboles, cestos. Tenía los ojos húmedos, como siempre que miraba fotos de sus hijos.
Los padres de Grace habían muerto jóvenes. Su madre había fallecido a causa de un camión articulado que atravesó la mediana en la Carretera 46 de Totowa. Grace, que era hija única, tenía entonces once años. La policía no llamó a la puerta como en las películas. Su padre se enteró de lo sucedido por una llamada. Grace todavía se acordaba de cómo su padre, con su pantalón azul y chaleco de lana gris, contestó al teléfono con su voz musical, se quedó lívido y de pronto se desplomó y empezó a emitir sollozos primero ahogados y después quedos, como si no pudiese aspirar suficiente aire para expresar su dolor.