Czytaj książkę: «Cabezas perdidas»

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Gustavo Rimoldi

CABEZAS PERDIDAS


Cuando Santone lo llama y lo convoca para un trabajo, Elio Rubato intuye que no será uno más. Es abogado de profesión, pero su oficio no son las leyes, sino las búsquedas, como si de un detective se tratara. Es peronista, lleva una foto de Perón firmada por el general el bolsillo interior del saco y le gusta ir a los cabarets a bailar tango. Estamos en las Buenos Aires de la década del cuarenta y él honra las virtudes de los porteños: lealtad a los amigos, el amor que se declina en melancolía, entereza frente a la soledad. Rubato no equivoca el pronóstico: lo único que debe hallar a una mujer que se robó unos documentos de una asociación italiana. Parece todo tan sencillo que no se entiende para que lo contratan. Por supuesto, apenas comienza la pesquisa lo sencillo se bifurca en pistas extrañas: los documentos son incunables que se remontan al Martín Fierro de José Hernández, Rubato no es el único que los busca, la mujer parece haberse esfumado, el fascismo español y una tradicional familia de terratenientes son parte interesada, la asociación italiana no hace gala de beneficencia.

Con ritmo cinematográfico y prosa exquisita, con personajes memorables, Cabezas perdidas aprovecha las reglas de la novela policial para narrar una historia de traiciones y desamores, impunidad y doble moral. Gustavo Rimoldi retrata una Argentina de antaño, políticamente convulsa, como si hubiera vivido ahí. Al cerrar el libro, el lector siente lo mismo.

Rimoldi, Gustavo

Cabezas perdidas / Gustavo Rimoldi. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-628-642-8

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere

Edición en formato digital: octubre de 2021

© Gustavo Rimoldi, 2021

© de la presente edición Edhasa, 2021

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ISBN 978-987-628-642-8

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Índice

  Cubierta

  Portada

  Sobre este libro

  Créditos

  Dedicatoria

  Epígrafe

  Prólogo

  Primera Parte 1. Ella seguirá soñando 2. La misión para los Hermanos en su mundo 3. El vacío de la profesora 4. ¿Los juicios nunca absuelven? 5. Casa de altos estudios, aromas, cruces, rastros 6. Una mujer llega sin que la llamen 7. Brindando con la oscuridad y a lo lejos hoteles abandonados 8. Festejos, navajas y luces amarillas 9. Cómo seguir adelante a veces es una certeza, ¿y después? 10. Verdades levemente desviadas

  Segunda Parte 11. El paso al horizonte abierto 12. Las fotografías: Magdalena Tenuto, el presidente Perón, Evita 13. Pequeños pueblos en paz 14. Una tierra redonda y rosada 15. El museo y un fantasma 16. ¿Qué hacer cuando no se sabe qué hacer? 17. Los creyentes no tienen límites 18. La mano que salta a la garganta, la patada al corazón 19. ¿Sin razones para odiar? 20. Yo moriré 21. Cualquier cosa menos los payasos 22. Una distancia vigila, otra distancia resguarda 23. ¿Qué hace una dama inglesa con sus secretos? 24. Bienvenidos al otro mundo 25. En el camino espera un futuro incierto 26. No se cuentan los sueños: son túneles oscuros 27. Arrogante oscuridad que todo lo apagas 28. Un hombre habla desde muy lejos 29. ¿Dónde se guarda el silencio?

  Tercera Parte. Final 30. Fantasías al oído: la verdad desnuda nunca se nombra 31. Adiós Santone 32. Ni una maldita célula en este enorme rebaño 33. Suena el teléfono y uno siempre piensa quién puede ser 34. Los elegidos saltan el cerco al final

  Posprólogo

  Agradecimientos

  Sobre el autor

A Gaby y Federico, el amor y la sonrisa

Paso a paso hasta salir al viento frío y débil, a la humedad que se agolpaba en neblina, ya perdido y atrapado.

Juan Carlos Onetti

¿Cómo puede hacerse esencial la vida?

György Lukács

Ser capturado,

saber por fin,

qué hay fuera del río

en el aire infinito.

Alberto Cheín

Prólogo

Al fin me encontraba inmerso en la idea o en la imagen que había tenido de una casa frente a un río de curso estrecho.

La cabaña donde vivía se encontraba a menos de treinta metros, rodeada por un bosque silvestre, con un claro que se abría en semicírculo hasta la orilla. Me llevó un tiempo darme cuenta de que una de las cosas que más me llamaba la atención era que no siempre se escuchaba el agua, dependía de la dirección del viento, de la intensidad de la corriente. Antes supe que algunas noches esperaba ver una estrella en particular, y que durante ciertas tardes templadas necesitaba de la lluvia. Todo comenzaba a cobrar una presencia determinante, formaba parte de mi vida, desplazaba el resto de mi historia que se retiraba en silencio para aguardar su momento en las sombras del bosque. Mis ocupaciones del día estaban dedicadas a lo imprescindible y lo necesario, hacía arreglos en la cabaña, desmalezaba los alrededores, me familiarizaba con las alimañas, juntaba leña, atendía con ensayos y errores una huerta que había improvisado, cocinaba, comía. A la mañana muy temprano los pájaros hacían lo imposible para que me levantara, sobre todo las cotorras que anidaban en las ramas más altas. Cada tanto me iba con la cupé hasta un almacén de ramos generales que había sobre una ruta polvorienta, en las proximidades del pueblo más cercano, donde compraba lo que precisaba. Lo atendía una familia de mujeres polacas, la madre y sus tres hijas. Las cuatro eran de un rubio furioso con tintes de trigo, curiosas aunque reservadas tal vez por buena educación, o por temor. Yo llevaba una existencia en la cual la cupé Chevrolet representaba mi única conexión con el pasado, si quería podía traerme recuerdos, pero los evitaba. Venderla hubiera sido un error, simplemente por una cuestión práctica, además de que me generaba la misma comodidad y confianza por la que prefiero una camisa usada a una nueva. En su quietud pasaba a formar parte del paisaje, y como allí no se podía sintonizar ninguna radio, silenciosamente la cupé se transformaba en una gran planta de color bordó aferrada a la tierra. Yo podía ser del mismo modo un integrante más de la naturaleza, mi mente se contagiaba de los sonidos, con todos sus matices a medida que transcurría el día: brillantes por la mañana en la inagotable energía de los pájaros, de transición durante el mediodía y las primeras horas de la tarde cuando aparecían repentinos vacíos, de tristeza agotadora al atardecer. A la noche se deslizaba el silencio, las tinieblas se ampliaban como una marea que se extendía a lo largo del mundo, del tiempo y de mi propia memoria. En esas ocasiones no lo podía evitar: esperaba escuchar el agua del río. Si estaba acostado era capaz de levantarme en las madrugadas en las que el viento soplaba en dirección contraria a la cabaña, lo precisaba como a los cigarrillos que les compraba de a montones a las polacas porque no había podido dejarlo atrás como a otras cosas. El cigarrillo era una cuota que seguía pagando, y el sonido del río la porción de paz, el agua que diluía y se llevaba las voces de mi vida que el desvelo hacía regresar, la fórmula inyectada en la sangre que actúa y se las entiende a su manera con las células.

El árbol se materializó una de esas noches. Se materializó, repito, y no fue una cuestión de magia. Entonces, ¿siempre había estado? Sí, siempre había estado, sólo que yo no lo había visto. Un árbol más entre cuántos, ¿diez, veinte, cientos? ¿Por qué iba a detenerme en él? Y sin embargo lo vi una de las veces que me levanté para escuchar el agua. Caminé por el sendero como lo venía haciendo, mirando derecho al río. En la hondonada no se distinguía ningún reflejo de luz, a la distancia sólo se formaba una especie de vacío. Miré al cielo bajo, sostenido por una única nube negra. A medida que avanzaba, una precaución instintiva me obligaba a caminar más despacio. Debí haber recorrido unos quince metros cuando me pareció escuchar un gruñido y desvié la vista hacia la izquierda, pensé de inmediato en los perros cimarrones que me habían advertido aparecían cada tanto. La hermana mayor de las polacas se había empecinado con esa historia para venderme una carabina. Me detuve conteniendo la respiración y la recordé pensando que quizás tenía razón. De nuevo me pareció escuchar algo como un ladrido ahogado, un principio de aullido. Después, estoy seguro, siempre me quedó esa impresión, el curso del agua me llegó simultáneamente con una serie de pisadas rápidas que salían de la oscuridad y creí que se me venían encima, pero se alejaron, como si se fueran con la corriente del río. Me quedé paralizado, sin la paz que había ido a buscar, sin quitar la vista del sitio de donde estaba seguro que había provenido el gruñido. Y lo que miraba era el árbol, que en ese instante se transformó en una frontera: éste es tu límite, me advertía, ni se te ocurra dar un paso hacia mí.

A la mañana siguiente di vueltas por los alrededores de la cabaña e incluso me interné un trecho en el bosque sin poder localizar rastros de perros cimarrones ni nada que resultara extraño. Seguí hasta el mediodía empecinado en hallar una explicación, y lo único concreto que encontraba de la noche anterior era el árbol. A media tarde me dediqué a examinarlo, como si hubiera caído del cielo y me viera visto obligado a hacerme cargo de él. En principio no noté nada en particular, sólo que era el único que había dentro del claro en el que estaba construida la cabaña. Se encontraba próximo al margen del río y lo llamativo era que yo, que lo había tenido enfrente todos los días, no me había dado cuenta de ese detalle. Calculé por el tronco ancho y rugoso (mis cálculos con la flora resultaban bastante novatos e inseguros) que debía tener setenta o más años. Me convencí de que era un olmo por la forma de las hojas.

Después de ese acontecimiento que cambió un poco la simplicidad en que vivía, los días pasaron sin novedades, con mi rutina asimilada al ritmo de la naturaleza. Y sin embargo a primera hora de la mañana, cuando salía de la cabaña, ya no miraba en línea recta hacia el río sino hacia el árbol que se recortaba contra el cielo. No podía evitarlo, porque si lo hacía, si adrede me esforzaba por simular que mi interés estaba puesto como antes en el curso de agua, de inmediato sentía con todo el cuerpo una fuerza irresistible que me hacía mirarlo otra vez. A partir de ese momento pasaron semanas en que poco a poco fui relegando tareas para dedicarme a observarlo, a estudiarlo, a interpretar qué tenía que ver conmigo. Una de las cosas que comprendí fue que estaba enfermo, lo vi en detalle una tarde en que saqué una escalera de la casa y subí. Tenía orugas y otras pestes que se extendían por las ramas hasta las hojas. Igual empecé a preguntarme si no portaría otro tipo de enfermedad o anomalía, porque después de un rato de estar arriba sosteniéndome con esfuerzo, me convencí de que así como yo no podía quitarle los ojos de encima, el árbol a su vez me miraba a mí, incluso mucho más que yo a él, que por su inmovilidad lo hacía hora tras hora, y comprendí que la advertencia que me había hecho, “No vengas hacia mí”, no fue un desafío en vano.

*

Las cuatro polacas asintieron y sobre todo la hermana mayor sonrió con un entusiasmo tímido, como si la hubiera invitado al cine, cuando les pedí que me vendieran la carabina. Me dieron las instrucciones para usarla, para limpiarla, y hasta se ofrecieron a una práctica de tiro en el monte, en caso de que yo no supiera disparar. Algo de práctica tenía, así que les agradecí la buena intención y les confesé que no me gustaban las armas. Solo donde vive no debe estar desarmado, dijo la madre polaca, a la par que las otras asentían y yo, sin decir nada, les daba la razón con cada billete que ponía sobre el mostrador para pagarles. Salí, imaginé que esa noche me iba a animar a dar unas vueltas cerca del olmo, puse la carabina en el asiento de atrás de la cupé, y a un costado acomodé el hacha que también les acababa de comprar a las polacas.

No esperé para comenzar a talar el árbol. Sospeché que iba a ser un trabajo duro y no me equivoqué. Hachar un ejemplar como ése requiere un entrenamiento del que carecía por completo: enseguida supe que me faltaba una buena técnica y el ejercicio físico necesario para terminar el asunto lo más rápidamente posible. Me llevó el esfuerzo de muchos días derribarlo, y en todo ese tiempo padecí yo a la par de cada hachazo con el que iba horadando el viejo tronco. Se me llenaron de ampollas las manos, los músculos de la espalda y los intercostales me tenían en vela al acostarme hasta que el cansancio era más fuerte y me rendía dormido. De algún modo, aunque no logre recordarlo por completo, estoy seguro de que en sueños también seguía la tarea que me obsesionaba de día. Al despertar me quedaba la sensación de haber escuchado truenos interminables, y una madrugada, ya con los ojos abiertos, me vi asomado a la ventana, aterrado porque en vez de árboles había infinidad de hombres sujetos a la tierra con los brazos hacia arriba, como si le rogaran al cielo la lluvia, la salvación, que se les otorgara el poder de caminar, tal vez de poder huir. El cierto orden que había fundado y por el cual sobrevivía desde el primer día en que me instalé en la cabaña, pasó a un lugar casi inadvertido, sin importancia, de abandono, de dejadez, de indiferencia. Viví pendiente del hacha, de la piedra que le pasaba para afilarla, de los golpes secos que le daba al tronco, arriba y abajo, abriendo en la madera viva un ángulo que hiciera caer al gigante del lado contrario al río. Fue una carnicería para ambos.

Jamás voy a olvidar el primer temblor. No puedo dejar de lado todo lo sucedido hasta ese momento, quiero decir que jamás voy a olvidar ese estremecimiento que llegó junto con un crujido, ambos increíblemente simultáneos, esos segundos en los cuales uno sabe que algo se transforma para siempre. Un crujido y un temblor, o un gruñido y un temblor. El sonido lo asimilé a aquél que había escuchado, y el temblor del árbol a la desorientación que sentí aquella noche. Como si no terminara de rendirse, o como si no supiera hacia dónde caer, quedó suspendido en un equilibrio que lo podía llevar a cualquiera de los costados, incluso hacia el río. Yo había estado completamente enfrascado en nuestra lucha cuerpo a cuerpo y había postergado atar una soga en una rama alta para darle el impulso preciso, y cuando se dio el momento ya era tarde, así que en un arranque de desesperación y aun sabiendo que podía cometer un error irreparable, me puse detrás del ángulo de corte y empecé a dar golpes con la cara posterior del hacha, golpes frenéticos porque el olmo quedó erguido como si ya estuviera sostenido por el hilo invisible de la eternidad, pero insistí, me tiré encima enloquecido, lo empujé con los hombros y seguí golpeándolo con el hacha hasta que cedió, primero inclinándose lentamente, resonando en una especie de quiebre de toda la madera que yo ya había hachado. Y como si se viniera el mundo abajo de golpe se derrumbó haciendo estremecer la tierra mientras se partían las ramas que daban contra el piso y quedaban envueltas en una masa de polvo.

Lo que sobrevino fue el silencio, todo pareció caer en un pozo con el árbol, desde el tránsito de los pájaros hasta el correr del agua, tan próxima a donde estábamos. Y la porción de cielo que ocupaba dejó de existir.

Primera Parte
1. Ella seguirá soñando

La adivina fue el primer paso, después vino todo. Y a ese primer paso llegué de manera brutal en una sola noche, sin que yo lo hubiera buscado.

En el frío agosto del cuarenta y siete recibí una llamada de Marcelo Santone. Me encontraba en mi oficina revolviendo papeles, ordenando el trabajo de la semana. Estaba algo distraído, y tal vez por eso cuando sonó el timbre del teléfono, cuando me quedé sosteniendo el tubo contra el oído, Santone no me dio muchas posibilidades de reacción. Hablaba rápido, lo cual no era su costumbre, y se lo notaba ansioso porque yo le dijera de inmediato que sí. Acepté sin dudarlo, cómo iba a negarme, si era un amigo. Así que una hora después lo tenía sentado del otro lado de mi escritorio, como de costumbre impecable, con uno de sus tantos trajes y el minúsculo bigote que a toda hora parecía recién recortado. Decía de nuevo con impaciencia que en la Avenida Córdoba, a la altura del Bajo, desde hacía unas pocas semanas un conocido nuestro había abierto junto a otros socios un cabaret. Al hombre lo frecuentábamos en ese ambiente en el que uno comparte una copa por algunos minutos, mantiene una conversación circunstancial en la barra o en una mesa mientras observa con qué mujeres anda cada uno, y después por suerte todos nos perdemos en el humo que atesta el lugar, en la perspectiva difusa por la que se esfuman las parejas a medida que se entrecruzan unas con otras y se alejan bailando. Yo ya tenía información de la apertura del local porque durante esos días tocaba la gran orquesta del maestro Magnano.

Santone siguió hablando con esa capacidad que tenía para estirar un tema cuando ya estaba agotado desde el inicio, y yo me limité a esperar. Le costó decidirse, pasaba de una mano a la otra el atado de cigarrillos que había estado manoseando desde que entró a la oficina, hasta que me convidó uno y dijo que yo sabía que no iba a molestarme si no fuera por algo importante, lo cual era estrictamente cierto.

De golpe soltó: Preciso que me lleves a ver a la adivina.

Me quedé mirándolo, mi cara le preguntaba a él y a mí mismo de qué me estaba hablando. Santone comprendió el silencio en el que había caído. ¿Te acordás de la adivina de la que me hablaste hace un tiempo? Yo seguía mudo pero había recordado perfectamente. Lo que estaba reviviendo mientras lo escuchaba eran algunos de los instantes que pasé con ella. Resulta llamativo eso de reencontrar una persona cuando uno menos la espera: y ahora la tenía de nuevo enfrente, adentro de mi oficina, sentada justo al lado de Santone. La había conocido mientras llevaba adelante una búsqueda. La familia que me contrató me pidió que la consultara a la semana de que empezara el trabajo, después de hacer los trámites de rutina con la policía y de revisar las entradas en hospitales de Capital y Provincia. Sin demasiadas dilaciones me negué pues no estaba dentro de mis parámetros ese tipo de práctica, pero insistieron y no tuve más alternativa que visitarla. Total, me dije, tanto el valor de la cita como el tiempo perdido los pagan ellos. La impresión que me causó el encuentro motivó que una noche en el bar Del Carmen comentara más o menos al pasar algunas cosas sobre esa mujer que debieron afectar a Santone. En esa oportunidad también estaba el doctor Amaro, recuerdo que primero se quedó pensativo y que enseguida me pareció descubrir cierta ironía en su viejo rostro bien afeitado.

Santone esperaba mirándome fijamente. Sin proponérmelo me encontré especulando sobre los motivos que lo impulsaban, y de inmediato pensé en su esposa. La asociación fue instantánea e incluso previa, pues su mujer ya se me había cruzado por la cabeza cuando él empezó a hablar del cabaret.

—Estás pensando para qué quiero verla.

—No hace falta que me lo digas.

—Gracias, dame hasta la noche y después te cuento, no me resultó fácil venir a pedirte esto, pero me vino esa idea a la cabeza y no me la puedo quitar, tengo la esperanza de que me pueda ayudar.

Yo sabía que Santone podía demorar una decisión, pero cuando la tomaba se volvía obsesivo hasta el hartazgo, y esa no era la excepción: pretendía que me comunicara con la adivina en ese preciso momento y que le concertara una entrevista para ese mismo día.

—Atiende sólo de noche —objeté con la esperanza de que su compromiso matrimonial lo hiciera desistir, pues desde que se había casado no volvió a salir tan tarde y a los únicos bailes de tango a los que siguió yendo fue a los que se hacían en Sorellanza Italiana, ni siquiera para bailar sino como miembro directivo del establecimiento.

—Recuerdo perfectamente que atiende sólo a esa hora, vos fuiste a verla después de la medianoche. Llamala ahora, por favor.

El pedido sonó fuerte, estaba más cargado de tensión que de solicitud cordial. Él mismo se dio cuenta y para salir del paso me explicó su propósito: las cosas no andaban bien con Rebeca, habían tenido una fuerte discusión y decidió que esa noche, después de una reunión pautada en Sorellanza Italiana, no regresaría hasta muy tarde a su casa; su mujer iba a creer que se había metido de cabeza en algún cabaret, y prefería eso a que sospechara lo que realmente tenía pensado.

—¿Entendés por qué tiene que ser hoy mismo, por qué no puedo perder esta oportunidad?

Era característico en él eso de fijar días y horarios, de crear circunstancias a su medida para transformarlas en acontecimientos de orden universal, pero la angustia que sentía parecía verdadera, y había entrado a mi oficina con el alma entre las manos, pidiéndome que le quitara la espina que llevaba clavada, ¿cómo iba a negarme? Además, merecía ayuda por el sólo hecho de tener por esposa a Rebeca. Se habían conocido en uno de los bailes de tango menos santos a los que solíamos ir, y probablemente ésa era la causa por la cual, puesta en el rol de ama de casa, Rebeca se sintiera en inferioridad de condiciones para enfrentar las necesidades, debilidades, o como se le quiera llamar a las costumbres que había practicado Santone por años. En su ceguera posesiva no alcanzaba a ver que él había aceptado su nuevo papel con una entereza sorprendente, con la determinación de una vela que cambia de rumbo y avanza viento en popa sin mirar atrás. Ése era Marcelo Santone. Sus hermanos de Sorellanza Italiana lo habían instado a que sentara cabeza, a que formara una familia y que progresara en los cargos jerárquicos dentro de la Sociedad. Finalmente se convenció de que ya tenía edad más que suficiente para casarse, debió ser entonces cuando se cruzó Rebeca, la afortunada ganadora de la Lotería Santone. Como todo sujeto que se pega un baño de felicidad y cree que las aguas donde se sumerge son iguales para el resto de los mortales, intentó convencerme de que siguiera sus pasos, de que no debía continuar llevando una existencia solitaria, más aún cuando yo era mayor que él. ¡Hijos, Rubato!, me decía, para qué venimos al mundo si no tenemos un hijo, alguien a quien cuidar, alguien que se preocupe por nosotros cuando seamos viejos y ya no nos quieran en ningún lado. Eso de los hijos lo mencionó varias veces hasta que pasó el primer año de matrimonio y después no volvió a repetirlo. A partir de ese plazo su humor se volvió más apagado porque, resultaba evidente, la obsesión que lo perseguía al casarse con Rebeca no alcanzaba el resultado práctico que buscaba. La necesidad de Santone por ver a la adivina no pasaba por descubrir si su esposa lo engañaba, si el amorío de fuegos de artificios que habían vivido se encontraba ya extinguido y si todavía podía hallar una mecha para volver a encenderlo, ni tampoco para encontrarle una solución a los celos enfermizos con los que lo atacaba su mujer cuando él no le daba el más mínimo motivo. No, esas sombras no lo molestaban. Utilitario y objetivo, Santone sólo necesitaba de algo tan concreto como un hijo.

Me levanté y empecé a revolver para dar en mi archivo con los datos de aquella búsqueda, pues nunca se tiran los documentos, menos aun cuando un trabajo no se pudo resolver. Se lo indiqué mientras sacaba los papeles:

—No sirvió de nada ver a la adivina.

—Eso me habías contado, ¿pero no te diste cuenta de que te advirtió que no ibas a encontrar a la persona?

—Sí –le contesté—, pero no preciso que me den presupuestos negativos.

—Igual lo pagaba el cliente, ¿no?

—Por supuesto.

—En mi caso es lo mismo.

Volví al escritorio y puse una mano sobre el tubo del teléfono, en la otra tenía la ficha con el número. Antes le advertí que no le había contado todos los detalles de lo sucedido en la entrevista, pero Santone pasó por alto lo que le decía y me pidió, o me ordenó: Llamala. Arreglá para hoy, decile que por la urgencia y la molestia le pago el doble de lo que pide normalmente. Y lo hice, por supuesto, cómo no iba a hacerlo. Ella me recordó como si me hubiera visto ayer y mantuve una corta conversación en la que me dijo a todo que sí y nos dio cita a la una y cuarto de la madrugada. Yo no lo podía creer pero era cierto: por trabajo había cedido a llevar a cabo un disparate similar, el mismo que ahora iba a cometer por amistad. Sabía también que la verdadera pregunta que se formulaba a mis espaldas porque yo no me animaba a mirarla de frente era por qué el destino me conducía nuevamente a la casa de esa mujer.

*

A lo que dije no, resistiendo los embates de su carácter taurino, fue al empecinamiento de Santone por encontrarnos en el cabaret de la Avenida Córdoba antes de ir a ver a la adivina. Tenía razón en que contábamos con el tiempo suficiente para cenar primero en otro sitio, después tomarnos unos tragos en el local y bailar con la orquesta del maestro Magnano, o si ya había tocado conformarnos con otra formación menor. Pero con la perspectiva de la madrugada que me aguardaba prefería quedarme solo y esperar a que llegara el momento para salir disparado como si se tratara de un trabajo, ya tenía bastante con haber aceptado acompañarlo. Además, sabía muy bien que lo que buscaba Santone era contar con el apoyo de una historia real cuando tuviera que enfrentar a su mujer, para él pasar por el cabaret significaba grabar en su cabeza esas imágenes, e incluso si tenía la mala suerte de que le quedara impregnado en el traje algo de perfume femenino después de bailar unos tangos, estaba dispuesto a transformar el accidente en algo oportuno, como si aferrarse a esa contradicción lo volviera más fuerte. Rebeca, con su naricita felina, iba a quedar por completo alucinada y lo atacaría durante semanas por la traición. Santone había armado esa maniobra y estaba dispuesto a soportar el peso de las consecuencias con tal de que ella no sospechara adónde había estado realmente esa noche.

Estacioné la cupé bordó en la calle Piedras a la una en punto. La dejé cerca de la esquina de la Avenida Belgrano, frente al Mercado Manuel Dorrego. Encendí un cigarrillo y me quedé esperando. Afuera la luz era escasa, no había nadie por la vereda, el único movimiento apreciable era el del humo que a su manera bailaba los tangos que pasaban por la radio de la cupé. Divisé por el espejo retrovisor la luz de un auto que doblaba la esquina. Unos metros antes de que estacionara supe que era Santone. Salí cuando vi que abría la puerta y estuvimos conversando un par de minutos en los que me comentó cómo le había ido en el cabaret.

A la una y cuarto nos paramos frente al portón de Piedras 469. El entusiasmo de Santone había quedado rápidamente de lado, ahora debía estar concentrado en lo que le aguardaba. Además, uno se mueve con más cuidado a esa hora en que las sombras se imponen sobre las intenciones, lo vuelven todo discreto y enigmático. Más aún cuando se entra a una casa desconocida para visitar a una vidente. Por el interior de Santone debía estar pasando lo mismo que yo sentí la única vez que había estado en ese sitio. Entonces pensé que aquello era buscado, que convocar a una persona en plena madrugada tenía por objeto llevarla a un estado inducido antes de la consulta, a que quedara más expuesta, al alcance de la mano de los arcanos.

El edificio de cinco pisos no tenía timbres, bastaba con bajar el picaporte de la pesada puerta de hierro para que se abriera. Cruzamos el corto palier y levanté la mano para llamar el ascensor, pero Santone me tomó de la muñeca para detenerme: No, me dijo, menos en este lugar. Había olvidado en ese instante que para él no había opciones entre escaleras y ascensores, pues siempre subía caminando. No sé desde cuándo arrastraba esa manía pero solía extenderla a quienes lo acompañaban, y en eso mostraba cierta solidaridad, porque participaba primero de sus prevenciones a los demás y después los dejaba librados a su estrella. No es tanto el miedo a que se caigan, confesó una vez, sino a la interrupción del tiempo que se produce ahí dentro. Aquella noche no me dio alternativas y acepté sin más, me quité el sombrero y encabecé la marcha hasta el último piso. Nuestros pasos se fueron acompasando a medida que pasábamos de un rellano a otro y el sonido de las respiraciones se expandía, como si se filtrara el viento frío de afuera. Cuando llegué estaba mucho más cansado, también más arrepentido de volver a encontrarme allí. Me consolaba el hecho de que no se ponía en juego mi suerte, yo sólo era nuevamente un contacto, contaba con la ventaja de que me tocaba nada más que esperar en la antesala, y ya estaba ansioso porque pasaran los minutos. Miré a Santone que apretaba sin darse cuenta el sombrero entre los dedos y se pasaba un pañuelo por la frente, ¿qué le estaría pasando a él por la cabeza? Aguardamos un minuto para estar presentables y luego tocamos el timbre, dos toques cortos, la señal que nos identificaba como consultantes. Pasaron unos segundos de silencio, Santone estaba inquieto, tal vez llegó a plantearse que aún había tiempo para dar media vuelta y emprender la retirada por la misma escalera por la que habíamos subido, o la ansiedad que transmitía no era más que la agitación que lo ganaba por estar cerca de descubrir lo que había ido a buscar. Entonces la puerta se abrió como si la fortuna nos llamara y ya no hubiera vuelta atrás. No recuerdo ese encuentro en que nos saludamos con la adivina, retengo aún la imagen del momento en que, todavía bajo la luz mortecina del pasillo, sentí que desde sus ojos se tendía una cuerda que de alguna forma buscaba enlazarme, y de inmediato paso al tiempo de espera en la antesala, a volver a percibir en la espalda la incomodidad del sillón, aguantando las ganas de fumar porque un cartelito así lo pedía. Apenas podía escuchar el murmullo de las palabras al otro lado de la puerta. Se alternaba la voz gruesa de Santone con la de la mujer. No llegaba a entender lo que decían, se los escuchaba sumergidos en la distancia, enviando mensajes imposibles de descifrar. Cada tanto me levantaba y miraba por la ventana del quinto piso que daba hacia el este. Se me ocurría que podía llegar a ver el río entre medio de los edificios y de las torres de las antiguas iglesias que abundan en esa zona. Eso me quedó grabado, el empecinamiento por tratar de penetrar en la oscuridad para ver la masa negra del río que se pierde hasta el horizonte. Me sirvió también ese capricho para mantener la mente ocupada durante la espera. Y entonces sí, lo revivo todo. Apareció Santone, hizo una pausa en el vano, como si reconociera nuevamente el mundo al que regresaba. Había perdido el color, la frente le brillaba, su mirada permanecía fija en un sitio que no era el que nos encontrábamos. La adivina esperó a que diera unos pasos y salió detrás de él. Lo tomó del brazo mientras lo conducía hasta el sillón, dijo algo así como que era conveniente que se sentara un rato. Entonces giró o no sé qué maniobra hizo, si me puso suavemente la mano en la espalda o si sólo me habló diciéndome que pasara. Yo caminé el par de metros que me separaban del cuarto, atravesé la puerta que se cerró detrás de mí y de pronto ella estaba sentada de un lado de la mesa, yo del otro, y vi su rostro, la forma en que me observaba, como si jamás se hubiera roto la cuerda que sujetaba nuestras miradas. Me di cuenta de que tenía miedo, de que no recordaba cómo era el cuarto en el que me encontraba, qué tipo de muebles había, si tenía cuadros en las paredes, si había una ventana con o sin cortinas, nada, pese a que anteriormente ya había estado ahí. Sí detecté un perfume particular que no he sentido en otra parte. Toda mi atención estaba concentrada en la vidente y en la conciencia de que allí había otra puerta que llevaba al resto del departamento, además de la que conducía a la antesala donde ahora estaba Santone. No me encontraba hipnotizado ni nada por el estilo, podía pensar, sabía dónde me hallaba, pero, es difícil de explicar, no podía levantarme e irme, que es lo que realmente deseaba, del mismo modo que no se puede bajar de un tren en movimiento por más que uno lo pretenda. No quiero estar acá, le dije.

41,23 zł
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Objętość:
441 str. 2 ilustracji
ISBN:
9789876286428
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
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