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La ruta del afecto

La ruta del afecto

Gabriel Gobelli

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La ruta del afecto


Gobelli, Gabriel AlejandroLa ruta del afecto / Gabriel Alejandro Gobelli. - 1a ed . - La Plata : Arte editorial Servicop, 2020.Archivo Digital: descargaISBN 978-987-8397-29-01. Novelas. 2. Narrativa Argentina. I. Título.CDD A863

Arte de tapa: Gabriel Gobelli

©2020. Gabriel Alejandro Gobelli

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

Inscripción ley 11.723 en trámite

ISBN edición digital (ePub): 978-987-8397-29-0

A mi padre

Agradecimientos

A Laura Garaglia por su sentida nota de contratapa

A Julieta Lerman por la manera en que cuidó la novela

ESA CASA

Mi madre debió imaginar esa casa desde el día en que la vida le puso enfrente a mi padre en esa corta distancia que separaba la panadería de la gomería de Mino en la vereda de la Avenida Mitre, lugar al que mi abuela había concurrido acompañada de su hija mayor a visitar a los muchos parientes que había dejado en 9 de Julio. A los quince años vislumbró que su destino sería ese pueblo de la pampa húmeda donde su mamá había nacido y vivido hasta emigrar a la gran ciudad en busca de un futuro distinto.

Quince años después de ese primer chispazo premonitorio, mi madre se encontraba al comando de una empresa que en algún sentido cristalizaría parte de su idea de felicidad. Junto a mi padre, compraron un terreno, eligieron constructor y proyectista y decidieron emprender el sueño de la casa propia. La materialización de la casa de la calle Río Uruguay se solventaría con la totalidad del sueldo que mamá ganaba en las oficinas de una empresa de envases textiles. La acompañé durante todo ese proceso que medió desde las primeras reuniones con el ingeniero hasta el día de la mudanza.

Mi pasión por jugar con los “Mil ladrillos”, la marca de bloques de aquella época, fue una semilla que el proceso de concreción de la casa disparó hacia la elección de mi profesión. Quería ser ingeniero, pensaba que eran como los arquitectos pero que podían hacer edificios más grandes. Pero cuando a mediados de cuarto año el arquitecto Alejandro Roca vino al colegio a hacer una suplencia en la materia de geografía, compartí algunas charlas con él al final de la hora que me sirvieron para darme cuenta de las particularidades de mi futura profesión.

Tenía 12 años cuando atesoraba esos planos materializados en copias heliográficas color rojo y los miraba insistentemente. Una bic roja era la herramienta para reproducirlos en hojas cuadriculadas que me permitían tener referencias de la escala. Las lapiceras a fuente, que por obligación usaba en la escuela entre manchas y secantes, aún estaban lejos de enamorarme para siempre.

Día 1

Su amigo le sugirió que escribiera tres páginas por día, un ritual programado respetando los mismos horarios. Empieza sin tema, en un horario inusual en un lugar no frecuentado. Se deja llevar por la fluidez de la pluma, esa herramienta que identifica a los arquitectos y que a él en particular le genera ganas de tener muchas, más de las necesarias. Le gustan desde las que se venden en el supermercado hasta la Montblanc que le regaló su esposa cuando arribó al inicio de la sexta década. Esta historia de amor, aunque en aquel momento no se diera cuenta fehacientemente de que el hechizo lo estaba envolviendo, comenzó en la primaria. Parker era su favorita por sobre la Sheaffer. Conserva una negra con tapa de acero inoxidable en perfecto estado de funcionamiento.

La pasión por las lapiceras tiene su complemento en su amor por las libretas, cuadernos, anotadores. De hojas lisas donde los dibujos y palabras no tienen apoyo. Se equilibran según la mayor o menor pericia del escribiente. Siempre experimenta el goce de comenzar una nueva. Para volcar apuntes y croquis en las vacaciones, para dibujos de trabajo, para notas de los visitantes a sus muestras de pintura que monta periódicamente.

Comienza este cuaderno adentrándose en un mundo nuevo, el de la escritura. Elige la Parker para deslizar las primeras palabras sobre la superficie blanca de las primeras páginas. Disfruta de ese trazo pleno, caudaloso que ofrecen las plumas cuando se acuestan. Dibuja la letra, la modela, siente la fragancia de la tinta.

Convive diariamente con la tentación de comprar lapiceras. Hace unos días reparó en la ausencia de una LAMY clásica en su colección. Se dio un gusto, de algo seguramente prescindible a la vista de los demás, comprando una color azul. Tuvo muchas y extravió en la misma medida. Roja, blanca, amarilla y gris figuran en el inventario de extravíos. Cuando adquiere una nueva, va en busca de las otras, las revisa, las limpia, las cuida, les repone tinta y probablemente se quede usando alguna de ellas postergando a la recién llegada. La pérdida de una lapicera no es un hecho intrascendente y no guarda relación con su valor económico. Lo introduce en un proceso de búsqueda frenética en los distintos lugares donde se pudo haber extraviado. Pasado un período de algunos días empieza a aceptarlo y aparecen los últimos estertores aislados de búsqueda, hasta que se van aquietando y finalmente se resigna a la pérdida definitiva.

La lapicera Montblanc sólo la usa en el estudio. Sabe del riesgo de sacarla y alterna su uso con las demás. Días atrás la golpeó accidentalmente y se dobló la pluma, hecho que produjo que su trazo se desvirtuara. Se sintió mal. Suele tener en general una marcada impaciencia por restablecer el funcionamiento de elementos que se dañan; fue más agudo en este caso. Ordenó mentalmente la agenda del día siguiente para correr hasta el centro y dejarla en el service. Disfrutó plenamente esa noche de ir al fútbol con amigos, aunque no dejó de pensar en la averiada lapicera ni un segundo.


El lote era muy pequeño, lo que llevó a que la casa fuera resuelta en dos plantas. En la planta baja se disponían el garaje y el living comedor en el frente, y hacia atrás la cocina y el cuarto de huéspedes que miraban a un diminuto patio embaldosado con pequeños canteros perimetrales que lucían impecables al momento del estreno. Un lavadero oficiaba de antesala al patio y un largo pasillo recorría el lateral del lote de frente a contrafrente, donde no fue posible construir debido a que era una superficie remanente en la manzana.

En el centro de la planta baja se enfrentaban un toilette y la escalera que conducía a la planta alta. Dos habitaciones al frente y contrafrente, un baño completo con ante baño y una terraza continua de frente a fondo completaban el conjunto en la planta superior. En ese garaje, cuyos muros estaban revestidos hasta el metro y medio con el mismo granito reconstituido que los pisos, jugaba con los ladrillos y armaba el scalextric con mi hermano y amigos, y por momentos se convertía en el mejor de los estadios. Una de las pelotas que salía del canasto golpeaba contra el portón de madera en forma insistente produciendo un sonido exagerado por la acústica del espacio. Había dos tipos de decibeles que devolvía el portón: el que generaba la pelota de cuero y el que producía la plastibol azul, cuya trayectoria etérea era amortiguada por la madera. Para la primera clase de sonido, mamá gritaba desde la cocina; esa cocina que ella había pensado cuidadosamente para pasar gran parte del transcurrir de sus días a pesar de su juventud. Su idea de felicidad, luego del gran sacrificio hecho para salir de tiempos duros y construir la casa, era disfrutar de la familia en la forma que ella la entendía. Esa cocina donde una tarde de julio la encontré lagrimeando mientras planchaba. Una sensibilidad especial la atravesó en ese instante: minutos antes de mi llegada, la radio había anunciado la muerte de Perón.

Día 2

La televisión suena en forma intensa. Las chicas, en uno de esos días donde se alinean los planetas, charlan, comparten, se ríen, discuten sobre qué ver en la tv. La tardecita siempre genera reacomodamientos en la casa, es un momento donde los integrantes vuelven de sus actividades y se piensa en la cena; en esas dos horas se sintetizan parte de los movimientos diarios.

Esa noche se instala en el nuevo escritorio que eligieron con su esposa para la habitación. Acaba de hablar con su padre, que le comunica que vendrá a Buenos Aires para el festejo de los 18 de su hija mayor. El próximo domingo es el día del padre y siempre es una fecha que pone en juego la distancia cimentada a lo largo de los años. Nunca ha sido fácil volver a su pueblo y tampoco lo fue poder ubicarlo como la sede natural donde transcurrieron infancia y adolescencia. Su padre está grande y siente la necesidad de cambiar la frecuencia de esos encuentros.

Nunca pensó que tantos años después hubiera en su cabeza una necesidad tan grande de que algunas cosas se acomodaran en el lugar correcto. Algo parecido a eso que hacen las computadoras cuando ordenan su información reorganizando su memoria. La cabeza acelera y acelera y necesita darle espacio, escape. Muchos años han pasado donde parte de esas pequeñas piezas han tratado de encontrar su lugar y las ha mantenido a raya, en la puerta, espantándolas, en un esfuerzo constante por contenerlas y controlar sus movimientos. Como cuando se aprieta un globo, las ideas, los pensamientos van y vienen; no se ubican, se engloban. Varios escenarios se transformaron en su vida luego del momento en que un hecho fortuito e imponderable le diera un vuelco absolutamente inesperado.


Habitación infantil. Collage. Gabriel Gobelli


El scalextric. Boceto. Gabriel Gobelli

Mi mamá trabajaba hasta media tarde y lo hizo durante dos años más luego de terminada la casa. Dejaba preparada la comida y se iba antes de mediodía. En épocas de colegio, después de almorzar íbamos al Club Centro Empleados donde Tito, mi papá, jugaba a las cartas y mi hermano y yo alternábamos entre tirar al aro en la cancha de básquet y los flippers. Durante las dos horas que aproximadamente pasábamos allí, anotábamos en la cuenta de papá algunas gaseosas y las fichas para jugar al flipper. Los hijos del cantinero y de algún otro de los parroquianos que se encontraban jugando a las cartas formaban parte del grupo diario. Cuando papá se cruzaba a la panadería poco antes de las 4 de la tarde para abrir el negocio, íbamos al potrero ubicado en Entre Ríos casi Mitre a pasar horas jugando al fútbol. Terminábamos a oscuras ya adivinando la trayectoria de la pelota. Religiosamente alrededor de las 5 todos volvíamos a merendar y bajo un acuerdo tácito, en poco menos de una hora estábamos de vuelta. Mi papá traía las facturas de rigor en su intervalo vespertino para tomar el café con leche con nosotros.

“El ratero”, así habíamos bautizado al potrero donde jugábamos a la pelota, nos convocaba cada inicio de año lectivo para limpiarlo y cortar las cañas que crecían sobre uno de sus costados. A principios de marzo un grupo de amigos dentro de un radio de 5 a 6 cuadras nos juntábamos a limpiar el terreno para dejar inaugurado el año futbolero. La pelota de cuero empezaba a rodar y no paraba hasta entrado noviembre. La composición del grupo no venía dada a través de la escuela, aunque entre nosotros hubiera compañeros de curso, sino por la proximidad barrial.

A mediados de la secundaria la cita vespertina era en el Club Español con compañeros de colegio y amigos. Algunos jugaban al ajedrez y otros, como en mi caso, nos inclinábamos por el billar o el casín. Celebrábamos largos duelos con Luichi, uno de mis amigos. Cada uno tenía una taquera fija donde dejaba el taco. Dentro de una casi absoluta paridad, ya que los dos lo hacíamos bastante bien, él solía ganar más que yo. A la tardecita, generalmente iba a buscar a mi papá cuando cerraba la panadería. Bajábamos la cortina de enrollar y volvíamos caminando por la Mitre rumbo a la casa de la calle Río Uruguay. Esa casa, que un día detuvo su tiempo.

Día 3

Está acostumbrado al dolor. Se le aparece en algunas oportunidades como una contraforma seductora donde se termina ubicando naturalmente, como lo hacen esas esferas cuando se apoyan en una superficie cóncava y se bambolean buscando el centro. El correr de la pluma erosiona el malestar, lo raja, lo parte, como ocurre con la superficie de esos lagos congelados a los que le llega la indetenible primavera.

Ha comenzado a conectarse con aquellos días de cuarenta años atrás. Tiene el convencimiento pleno de tener que plantarse frente a la sinusoide anímica que fue campeando de la manera que pudo a lo largo de varias décadas. La escritura fluye. La pluma es una válvula que alivia. Corre, corre y corre. No se detiene.


En la terraza, Gabriel, José y dos amigos. En la ventana, Haydée. 1975.


El ¨Ratero¨. Gabriel 1996.

José María nació en el Instituto del Diagnóstico de la Ciudad de Buenos Aires. El 1 de mayo del año 1966 llegué a la habitación con un ramo de flores que alguna de mis tías me había comprado. La cara de mamá, el bebé en algún lugar de la habitación y ese niño que yo era con el ramo de flores parado al lado de la cama. Guardo en mi retina la mirada comprensiva de mi madre, que duró un segundo. De esa ventana que la memoria abre parcialmente hasta los tres años, sólo recuerdo otra visión fugaz que se relaciona de alguna manera con el nacimiento de mi hermano: un encuentro con mi abuelo que moriría a los pocos días del nacimiento de José.

La panadería tenía sobre la calle Mitre el negocio de atención al público, una entrada de servicio y un local al que se denominaba escritorio. Allí se desarrollaban algunas actividades contables, se hacían pagos, se guardaban documentos y en un momento fue sede de las meriendas que se les preparaban a los empleados de “Los Inglesitos”, el negocio de ramos generales ubicado a escasos cincuenta metros. El mueble grande de bellísimos cajones y puertas corredizas que se deslizaban suavemente era mi preferido. El conjunto lo completaban un escritorio tradicional, la caja fuerte y una especie de pupitre alto que consistía en un plano de trabajo inclinado. En la parte superior tenía un quiebre que generaba un plano horizontal y servía de apoyo de útiles varios con espacio para tintero incluido.

Una de mis actividades preferidas cuando iba a la panadería era sentarme en la banqueta de ese mueble y desplegar la sección de deportes de Clarín que Alegre repartía todas las mañanas. Si era lunes, mejor; si había ganado Boca, mejor aún.

La caja fuerte tenía una manija que al accionarse emitía un fuerte ruido metálico. Abriendo la caja y mirándome con una sonrisa recuerdo por única vez al abuelo José. Son casi nulos los recuerdos que tengo de él; fui recomponiendo su historia a través de algunos recuerdos que mi papá me ha contado. Según su memoria, mi abuelo me decía el ¨toro salvaje de las pampas¨, epíteto del viejo boxeador argentino de los inicios del siglo XX, Luis Ángel Firpo.

Mi hermano tomó el nombre completo del abuelo al nacer: José María. El abuelo acababa de fallecer y mi hermano llegaba al mundo: uno llegaba y el otro partía.

Día 4

Durante mucho tiempo sintió que transmitir el dolor se transformaba en un hecho vergonzante. Como si estuviera incompleto. Como si por el hecho de mostrarlo se expusiera a verse sin un brazo o una pierna. Repartió escritos con discreción, recostándose en la espera silenciosa y ávida que experimentaron por años quienes los recibieron. Está convencido de que la pluma es su principal antídoto para mitigar las eventuales dudas que puedan aparecer luego de haberle abierto la jaula a pájaros largamente encerrados. Encerrados en jaulas estancas, oscuras, húmedas. Esa herida profunda que lo constituye y forma parte indivisible de su existencia presiona por aparecer en la epidermis. En la frontera del cuerpo, para cerrarse de otra manera, para ser aceptada como una marca que, lejos de avergonzarlo, denote la resiliencia que lo fue forjando.

Es domingo por la mañana en Buenos Aires, hay sol y no hace mucho frío. Acaba de comerse una tostada junto al café con leche que lleva al microondas una y otra vez para volver a templarlo, acción que repite varias veces los domingos por la mañana entre lectura de diarios y escritura. Su primo, desde San Francisco, luego de leer algunos borradores iniciales, le envía un mensaje de whatsapp: “The pen flows (la pluma fluye)”.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
23 października 2025
Objętość:
103 str. 22 ilustracji
ISBN:
9789878397290
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania: