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CRÍTICA DE LA RADICALIDAD ISLAMISTA

El propósito de este libro es el estudio, con espíritu crítico, de las principales ideas que constituyen los fundamentos del islam. Espíritu crítico no significa humor acrimonioso ni ánimo despreciativo, sino, como Kant lo enseña, disposición al análisis libre de prejuicios y de tabúes. En tal perspectiva Francisco Bucio Palomino visita las concepciones y los valores que nutren los fundamentos del islam. Así, advierte de inmediato que, sin ser una debilidad privativa de esa cultura, de esa civilización, en la esencia del islam hay gérmenes de extremismo, algo que lo empuja a radicalizarse para sentirse realizado. El material estudiado en esta obra lo componen entonces principalmente los elementos teóricos que constituyen la trama ideológica del islam y en la cual se sostiene su naturaleza: las ideas que conforman su pensamiento, los valores y los ideales que movilizan su voluntad. Y lo que busca en ese material que analiza es el potencial de islamismo, es decir, el fondo de radicalismo que ahí yace. De ninguna manera Bucio Palomino pretende atacar al islam: trata de defender la civilización occidental contra los riesgos deletéreos de su influencia, trata de proteger nuestra identidad, basada en el racionalismo y en la necesidad de la democracia. Los análisis que el autor lleva a cabo confluyen en un punto de concordancia con la voluntad de reforma que reúne a los musulmanes más progresistas. Pocas de sus conclusiones serían desaprobadas por ellos. La intención no es hacer una evaluación de la civilización islámica contraponiendo defectos y cualidades, sino explorar sus bases y rastrear sus fundamentos para hacer luz sobre el mal que la gangrena. La motivación de fondo de esta obra es hacer ver la urgencia de un verdadero aggiornamento, lo que en nuestra época lleva el nombre de modernización.

Francisco Bucio Palomino hizo todos sus estudios de filosofía en el Instituto Superior de Filosofía de la Universidad de Lovaina (Bélgica). Su tesis de doctorado se titula “De l’Ontologie phénoménologique à la psychanalyse existentielle, chez J.-P. Sartre” (“De la ontología fenomenológica al psicoanálisis existencial en J.-P. Sartre”). También hizo una maestría en Sociología en la Universidad de Montreal (Canadá), estudios que culminaron con la tesis “La Rationalité pervertie dans le travail scientifiquement organisé” (“La racionalidad pervertida en el trabajo científicamente organizado”). Enseñó filosofía en la Universidad Iberoamericana, en la Ciudad de México; en la Universidad de Nuevo León, en Monterrey; en el Colegio de Enseñanza General y Profesional de San Lorenzo, en Montreal, y en la Universidad Michoacana, en Morelia. La mayor parte de sus publicaciones (colaboraciones en varias revistas) están en francés y tratan principalmente temas de metafísica, filosofía moral, filosofía de la historia, filosofía de la cultura y filosofía de la religión.

FRANCISCO BUCIO PALOMINO

CRÍTICA DE LA RADICALIDAD ISLAMISTA

La verdad confiscada, la libertad interceptada


Índice

  Cubierta

  Acerca de Crítica de la radicalidad islamista

  Portada

  Prefacio

  1. En qué creen los musulmanes: sus dogmas 1. El dogma de la unicidad de Dios 2. La fe mahometana en el Corán

  2. Cómo creen los musulmanes radicalistas 1. Develación, revelación y dogmatismo islámico 2. Integrismo, ¿enfermedad o herencia islámica? 3. Ascendencia humana del Corán y su descendencia: la yihad 4. Mística de la muerte: la aversión de lo otro

  3. Adoctrinamiento y enajenación 1. Enajenación islamista: robotización coránica y fe ritualizada 2. Una moral sin aval de la razón y sin exigencia del bien 3. Encadenamiento con el Corán: una existencia programada 4. Hegemonía de la religión y fanatismo

  4. Sumisión o antilibertad 1. Libertad secuestrada y existencia vampirizada 2. Concepto filosófico de libertad 3. Concepciones sartreana y schellinguiana de la libertad 4. Liberticidio coránico del islamista

  5. Renunciamiento a la verdad 1. Concepto de verdad y desdén islamista de la veracidad 2. Prohibición de buscar por sí mismo la verdad y extremismo islamista 3. Islam radical, un espécimen del mito de la caverna: ni libertad ni verdad

  6. Sistema de la desigualdad 1. Explicación general de la persistencia del antifeminismo 2. Condición de la mujer en el islamismo 3. Separación antinatural entre hombres y mujeres

  7. Relaciones disimétricas entre hombre y mujer 1. El problema del amor en el islamismo 2. Matrimonio falocrático

  8. Violencia atávica del islamismo 1. Terror yihadista, ¿atavismo del islam? 2. Estar contra-los-demás, en lugar de estar con-los-otros

  9. Problemática de la cohabitación con el islam 1. Dos experiencias diferentes de la religiosidad 2. Espejismo del multiculturalismo

  10. ¿Occidente amenazado? 1. Peligro de islamización

  Créditos

Prefacio

Las civilizaciones islámica y occidental son afines. Sus respectivos valores son en principio convergentes. Podrían convivir una al lado de la otra, compartir un mismo territorio y enriquecerse mutuamente desde sus propias diferencias. Pero esa posibilidad parece muy comprometida por la presencia determinante del factor radicalista en la ideología islámica actual. El radicalismo como posición dogmática extrema se ha apoderado del islam de manera tal que entre los mismos musulmanes se ha acreditado la tesis de que el islam está enfermo, enfermo de islamismo, es decir de radicalidad.1 En tal situación, la convivencia de Occidente con el islam no solo es peligrosa, sino imposible. El radicalismo es vivido ante todo como una identidad, cuya pureza debe ser protegida contra los peligros de adulteración y, en nuestra época, sobre todo al contacto con la civilización occidental. A partir del sentimiento de fragilidad que lo embarga, el radicalista desarrolla una actitud belicosa y frecuentemente opta por la agresión. Agrede para destruir lo otro, lo no islámico, que querría hacer desaparecer para reemplazarlo por lo islámico.

Del lado occidental, la conciencia de la agresividad islamista es intermitente, aparece cuando se da cada agresión, pero se esfuma entre los atentados. Occidente toma nota de la agresividad islamista, pero parece desestimar su voluntad de islamización. De esa forma, carece de un proyecto de defensa de su identidad y solo reacciona frente a las amenazas contra su integridad física: parece no importarle islamizarse, para él solo cuenta defenderse contra los crímenes yihadistas. Por su lado, el islam tiene conciencia plena de lo que con razón considera peligro de occidentalización. El sentimiento de riesgo es tanto más agudo cuanto que, en la actualidad, la mundialización transporta valores occidentales. Estos son percibidos en todas partes tan característicos de Occidente como universales. El dato explica que, si entre los musulmanes moderados existe una serena aceptación de la especificidad occidental cuando hay que convivir con ella, los extremistas en cambio resientan la vulnerabilidad de su civilización. Para los primeros, occidentalizarse es modernizarse; para los últimos, es sencillamente desislamizarse.

La relación del islam con la civilización occidental se ve comprometida, decíamos, por causa del factor radicalista que lo parasita. El radicalismo del islam lo vuelve voluntariamente incompatible con otras culturas, principalmente con la nuestra. El coeficiente de radicalidad incide en el tenor de unicidad con que se reviste la diferencia: sintiendo absolutamente única (excepcional) su cultura, los radicalistas islámicos exacerban el sentimiento de su diferencia y absolutizan sus valores al grado de percibirlos como antivalores de los nuestros. La percepción inspira la vivencia y, transportada a la realidad, secreta una verdadera incompatibilidad entre las dos civilizaciones.

De ninguna manera deseamos atacar al islam; queremos defender nuestra civilización contra el elemento deletéreo de su influencia, que le cambiaría el alma y atentaría contra nuestra identidad. Los análisis que alineamos confluyen en un punto de concordancia con la voluntad de reforma que reúne a los musulmanes más progresistas. Pocas de nuestras conclusiones serían desaprobadas por ellos, y a menudo las formulamos en plena coincidencia con su posición. Mejor aún, casi todas las percepciones y los juicios, que desgranamos a lo largo de estos capítulos, encuentran su equivalente en textos firmados por autores musulmanes vanguardistas. Vale decir que si se sustrajeran de su doctrina y práctica los radicalismos (denunciados por muchos musulmanes), el “próximo islam” nos parecería muy frecuentable y el “lejano islam”, más respetable. En su estado actual, en cambio, atravesado por poderosas corrientes de radicalismo, su avecinamiento inmediato no puede menos que sernos peligroso, de un grado de toxicidad proporcional a su grado de extremismo, que puede medirse por su nivel de “apego simbiótico” al Corán y de aplicación acrítica de su mensaje. Metafóricamente dicho, el islam entreverado de radicalidad es impropio para el consumo de los occidentales, tanto como lo occidental es considerado por los musulmanes radicalistas nocivo al islam.

Seamos incisivos: la inmigración masiva islámica en Occidente necesariamente tendrá efectos. ¿Serán del orden de la occidentalización del islam o del de la islamización de Occidente? Muchos observadores del fenómeno, tan acreditados en la materia como Gilles Kepel, piensan que ese contacto prolongado con Occidente modernizará al islam. El autor sobreentiende que la influencia decisiva se realizará en un sentido, pero no en el otro. “Esta fase que se abre con el siglo XXI de la era cristiana verá sin duda la entrada plena del mundo musulmán en la modernidad, según modos de fusión inéditos con el universo occidental –especialmente por medio de las migraciones y de sus efectos, de la revolución de las telecomunicaciones y de la información–”.2 Hay pues quienes optan por la esperanza y es una apuesta muy válida, pero para muchos otros dicha inmigración, muy probablemente irreversible, de tantos millones representa ante todo una amenaza para nosotros, en la medida en que se trata de un islam moteado de islamismo, dado que este último es un elemento destructor de toda cultura diferente de la que él piensa representar con toda legitimidad.

Entre la amenaza de islamización de Occidente y la esperanza de occidentalización (o modernización) del islam, pareciera no haber término medio. Si en esta obra tomamos partido por la defensa de la occidentalidad, que deseamos proteger contra el peligro de islamización, es porque esta representa un riesgo de desaparición de nuestra civilización. En cuanto está constituida por el islam radical, tal amenaza no significa solamente un proyecto de investir la cultura occidental para cambiarle ciertos aspectos que la vuelvan compatible con la cultura islámica, sino que se propone reemplazarla. La modernización del islam, en cambio, se realizaría integrando modificaciones, pero sin hacerle perder su alma. Eso es lo que persigue el movimiento islámico que pretende hacer evolucionar el islam, que aspira a su modernización. Quisiéramos vivamente unirnos a las aspiraciones “revolucionarias” de esa fracción del islam ilustrado y le rogamos acepte leer todos los análisis de este libro en el sentido de la misma ambición de revolución. Pero se comprenderá que, mientras no se produzca la mutación tan ardientemente deseada, la prudencia nos dicta medidas precautorias. Porque, entre la esperanza de un hipotético cambio favorable a Occidente y la presencia real de signos amenazadores, la sabiduría aconseja optar por la circunspección.

El propósito de este libro es el estudio, con espíritu crítico, de las principales ideas que constituyen los fundamentos del islam. A la sombra de Kant, damos aquí al vocablo “crítica” la acepción amplia, pero filosófica, de libre examen.3 Se emprende un estudio de esta calidad cuando se buscan sin trabas los fundamentos de una realidad o idea. Solo la realidad y las ideas fundadas son serias, y únicamente las bien fundadas son verdaderas. La observación y reflexión libres, sin filtros, censuras ni prejuicios, y sin otras inercias mentales, son el medio adecuado para sacar a luz los fundamentos buscados, si los hay, o para dejar ver que en su lugar solo hay vacío.

Nuestro propósito es estudiar críticamente el islam en su deriva radicalista.4 Y de lo primero que somos conscientes es de que el islam no está naturalmente abierto a la crítica y de que el islamismo cultiva el rechazo visceral del libre examen. La fobia islamista a la crítica es una característica que pone de relieve las condenaciones de quienes, en los mismos países musulmanes, la han intentado: del indio Salman Rushdie al saudí Raif Badaowi, para citar solo dos ejemplos. Aparte de casos como estos, el apego “simbiótico” al Corán, actitud ampliamente compartida en el mundo musulmán, acoraza al islam en todo lo ordinario contra cualquier veleidad de crítica. Este inmenso detalle es doblemente provocador porque (1) la idea o realidad que gasta fuerzas en sustraerse a la crítica es, por ese solo hecho, sospechosa y (2) esa sospecha conduce al examinador a imaginar debilidades o ausencia pura de fundamentación: la duda aparece entonces como un motor que orienta la investigación. Esta doble condición confiere a la mirada una inclinación apta para detectar fallas, lo negativo en el objeto de estudio, dejando lo positivo fuera del área de exploración y dándolo por un hecho de interés secundario para el investigador.

Nuestros análisis pondrán mayor énfasis en la raíz doctrinal del extremismo que en la descripción de su realidad histórica. Para ser más precisos, analizaremos con particular atención el material doctrinario-ideológico, aunque siempre en función de sus concreciones históricas, deteniéndonos en las de la inmigración islámica en países occidentales. Aunque nuestra mirada sobrevolará el islam como un todo integrado, son sus facetas afectadas por el radicalismo las que escudriñaremos, y son solo las fuerzas malignas de la radicalización lo que nuestra crítica pretende atacar. Nuestro proyecto se sitúa en la huella de estudios conocidos que denuncian el daño que el islamismo causa al islam o que lo diagnostican como su enfermedad. Dado que el mal no está circunscripto, sino que se encuentra diseminado en todo el cuerpo, los análisis de nuestro proyecto se focalizarán tanto en elementos del organismo como en el compuesto global. Considerado en cuanto religión como en cuanto civilización, el islam es un organismo vivo que acusa problemas de crecimiento. Al igual que todas las religiones y civilizaciones, el islam ha sufrido crisis por desafíos de las épocas que ha atravesado, pero su capacidad de enfrentarlos ha sido frenada por fuerzas contrarias a las que determinan la evolución de todo ser viviente. Son esos factores de inadaptabilidad los que deseamos investigar y son ellos a los que consideramos “vectores de radicalismo”. Para expresarlo en términos más concretos, dado que el andamiaje de una civilización está constituido por una ideología, o un ideario, lo que examinaremos principalmente son las ideas, los conceptos e, indirectamente, las mentalidades y sensibilidades que forman el alma musulmana, pero deteniéndonos en los que están habitados por gérmenes de radicalidad. Nuestro trabajo debería verse como una exploración de las inercias que atan el pensamiento islámico con su pasado arcaico e inclinan su conciencia en esa dirección. La noción de radicalismo tal como la empleamos en este estudio tiene el sentido de su etimología, “raíz”, y significa la voluntad de retornar a sus raíces y anclarse en ese tiempo originario. Y también tiene el sentido de extremismo y rigorismo, pero rigorismo no por un anhelo de rectitud moral, sino por rigidez, por una obsesión de cumplir escrupulosamente la letra de la ley.

La explicación anterior justifica que en muchas ocasiones tengamos que dirigir la crítica de forma expresa al islam mismo, pero será siempre en cuanto doctrina y cuerpo social afectado por el extremismo. No es posible analizar el radicalismo como fenómeno aparte, como entidad sustantiva, porque es solo un modo, el modo de interpretar a la letra ideas que sirven de guía a la existencia. Como estas ideas forman parte de la doctrina del islam y son materia de interpretación, nuestra crítica apunta en último término hacia ellas. Son ideas o conceptos islámicos de Dios, de hombre, de mujer, de sumisión, entre otros; lo que constituye el material doctrinario que induce diferentes interpretaciones a partir de su formulación en el Corán.5 Si la interpretación radicalista es viable, solo lo es porque algo en la idea misma alienta este sentido y ese significado, entre otros posibles: no existen ortodoxias y heterodoxias sino a propósito de una doxa, una idea, y es esta la que hay que analizar, tanto si se quiere entender la rectitud del mensaje como comprender su desvío.

La resistencia al análisis crítico del islam no viene solo del lado de los mahometanos. También se encuentra en una fracción importante de la población de países occidentales que cuentan con inmigración islámica. Aquí se manifiesta bajo etiquetas de generosidad de anfitrión, de corrección política y de astucia partidista. La primera provoca reacciones de “cortesía de avenencia” con quienes vienen de fuera. La segunda produce timidez y temor de ser mal juzgado por la propia sociedad. Y la tercera no quiere ver problemas, solo es sensible a las ventajas resultantes del hecho de estar congraciados con los neorresidentes, sea para ganar su voto (el caso de los políticos) o para ganar su simpatía. Las tres reunidas dan por resultado un discurso condescendiente, alcanforado y obsequioso (en francés coloquial se diría aplaventriste –servil–)6 que únicamente logra extenderse como cortina de humo para sustraer al debate público los problemas de fondo de la inmigración islámica. Los mismos musulmanes ganarían en aceptación e integración si sus diferencias fueran discutidas, cuando siendo acalladas solo generan sospechas de que nada de lo que los distingue pueda ser aceptable por la comunidad local. Como siempre, el miedo a la verdad paraliza y no deja avanzar, cierra el paso a arbitrajes inteligentes y da pábulo a juicios someros. Si todo lo islámico debe ser aceptado en bloque por formar una cultura equivalente a la nuestra, ¿por qué no aceptaríamos que sus reglas de vida sustituyan a las nuestras hasta borrar toda diferencia, o por qué los musulmanes no podrían adoptar en bloque nuestros valores? Si esa doble hipótesis es pura utopía, entonces se impone que, para convivir, al menos los valores de unos deban parecer respetables para los otros y viceversa. No hay otra forma de convivencia que pueda ser realmente viable. Porque es un absurdo esperar que sea posible que dos grupos con valores opuestos tengan relaciones durablemente armoniosas, de mutua comprensión. Sería tanto como pensar que dos proposiciones que se contradicen puedan ser ambas verdaderas: tal posibilidad repugna al principio lógico de la no contradicción.

Una traba mayor que opone la referida fracción occidental a los análisis sobre la realidad islámica y su presencia entre nosotros viene del sorprendente flotamiento que guarda para nosotros la noción misma del vocablo que nos identifica, “Occidente”, “civilización occidental”. Sin exagerar demasiado, nos atreveríamos a decir que los islámicos, chinos e indios saben definir mejor que nosotros mismos lo que es Occidente. Ellos nos identifican de inmediato como racionalistas, demócratas y de religión cristiana. Y nosotros nos comportamos como si estas características no fuesen determinaciones de nuestra esencia y fueran etiquetas generales que compartimos con otras sociedades del planeta. En ello no hay solo negligencia en cuanto al deber de memoria; el hecho se explica sobre todo por indolencia ante los esfuerzos requeridos para seguir siendo los mismos y por la irreligiosidad que muchos aparentan como signo de independencia intelectual. Sin embargo el cristianismo (para no decir nada, por ahora, sobre la actitud de incuria) es un elemento importante, un componente esencial de nuestra civilización. En tiempos pasados no se hablaba de Occidente, sino de la cristiandad, término que definía la realidad con más precisión por desligarla de la connotación geográfica de su otro nombre. Como lo explicaremos un poco más en otro momento, los tres elementos que forman el alma occidental son de origen griego, romano y cristiano. La ciencia y la tecnología son el último fruto del racionalismo griego, por consiguiente, de la filosofía; el Estado de derecho y la democracia nos vienen del Imperio Romano; el amor al prójimo, la tolerancia y el sentido de la espiritualidad son legado cristiano. La forja de la síntesis de los tres llevó siglos y ahora, dos milenios más tarde, está en plena madurez. Esto no significa que tocamos la perfección, lejos de eso; solo quiere decir que contamos con una trayectoria. Para darnos una idea de la importancia del encuentro del cristianismo con las culturas griega y romana, recordemos que cuando en estas se afinaban los importantes conceptos de naturaleza y razón, y se definían los de ley, Estado y ciudadanía, discípulos de Jesús aportaron la noción de hijos de Dios, todos hermanos, iguales ante Él, hechos de materia pero también de espíritu, destinados a otra vida después de nuestra existencia terrenal. No es difícil imaginar el salto que dio el sentimiento de nuestra dignidad. Los hombres empezaron a percibirse como algo más que seres naturales, algo más que un producto cualquiera de la actividad creadora de la divinidad: ¡hijos de Dios! Esta filiación más que ilustre no podía menos que elevarlos a sus propios ojos en forma exponencial. Si ser descendiente de un héroe era entonces un título de nobleza, ¡qué alta dignidad representaba tener a Dios mismo por padre! La conciencia de esta dignidad debió dispararse: ¡hombre en Grecia, ciudadano en Roma, hijo de Dios en todo el mundo!

La irreligiosidad, decíamos, es una de las causas de que en Occidente tengamos muy desdibujada nuestra identidad. A este propósito deseamos hacer las siguientes observaciones destinadas a quienes están dispuestos a liquidar como mercancía pasada de moda la religión cristiana, y con ella la civilización occidental, dispuestos por consiguiente a canjearla por otra. La realidad histórica no puede ser negada por el hecho de que nos disguste, y el hecho occidental tiene la esencia tripartita mencionada, querámoslo o no. Por otra parte, reconocer que nuestra civilización es sustancialmente cristiana no es comprometernos a conservar personalmente la fe en la que nuestra familia nos educó. Se puede muy bien ser ateo y, sin creer en Dios, seguir abrazando y practicando los valores de nuestra cultura cristiana, los cuales no se oponen a los de la laicidad. También es posible migrar hacia otra cultura, porque justamente en la nuestra se cultiva la libertad, y para el caso precisamente la libertad de conciencia. Es más, se puede renegar no solo de la dimensión religiosa, sino de todo impulso de espiritualidad. Pero vale la pena saber que si, por querer alejarnos del cristianismo, tomamos una posición que favorece su reemplazo por una religión y civilización que zapan los valores de la nuestra, la decisión que tomamos será insensata: porque creyendo liberarnos nos encadenamos, buscando la disminución del peso de lo religioso lo aumentamos, tratando de limitar el imperio de lo espiritual en nuestra vida en realidad damos paso a su dictadura. A decir verdad, la posición de los “negacionistas” del ingrediente cristiano de la civilización occidental se explica por una simple confusión: se imaginan que, al aceptar que su definición incluye el elemento religioso, se obligan a profesar la fe, cuando lo que importa es reconocer el hecho de que el cristianismo fue el fermento de nuestra cultura, si es que ya no lo es. El desinterés por la creencia en Dios, y en este sentido la descristianización, es un hecho, pero eso no impide en absoluto que el amor al prójimo siga siendo una práctica generalizada: lo que en un principio fue consigna, ya cuajó, ya lo hemos asimilado, es parte de nuestra cultura.

Por haber querido dejar de lado en su acta constitutiva la mención de la determinante cristiana de lo que es Occidente, la Unión Europea se percibe más como un territorio que como el centro de una civilización, que en realidad es. Cobijada por esta ambigüedad voluntaria, la opinión de acoger a Turquía en su seno gana terreno. Permitámonos una breve digresión para tocar el tema, dado el peso histórico de esa hipótesis. El absurdo que sería consumar esa posibilidad no tardaría mucho tiempo en estallar, porque el hecho equivaldría a abrir la puerta a la invasión cultural musulmana con todo y a sus elementos radicalistas. Si se debe conjurar esta hipótesis no es por orgullo étnico-cultural ni por espíritu de campanario, como dicen los franceses, sino por amor a los valores que dan sentido a nuestra existencia, y que no son valores propiamente musulmanes. En la perspectiva radicalista, los nuestros son sus antivalores, y los musulmanes lo saben tan bien que en sus países ven claramente como un peligro mortal cualquier forma de occidentalización. Señalamos que el nombre que se dio Boko Haram, el conocido grupo terrorista, significa “la educación occidental es pecado”, y si solo esa organización lo enarbola como marbete asociativo, muchos musulmanes (desde luego los extremistas) lo pensaron alguna vez. Si nosotros creemos poder convivir con una cultura diferente de la nuestra, los islamistas parecen no poderlo. Si nuestra civilización es incluyente, el islam radical es excluyente, visceralmente excluyente. Por eso, es muy posible que con Turquía dentro de la Unión Europea se facilitaría el reemplazo en tiempos no muy lejanos del alma occidental por el alma islámica. No estamos elaborando un discurso pro domo ni estamos dramatizando, solo sacamos conclusiones. A la misma idea habrían ya llegado los dirigentes de la Unión Europea si estuvieran convencidos de que por encima de los intereses mercantiles debe privar la protección de nuestros valores. Tendría más sentido unirse a ciertos países africanos y a todo el continente americano –que forman parte de esta civilización de la que Europa es el centro y ellos la periferia–, que a una nación musulmana que clama por más islam (eso es el radicalismo) después de que el visionario Mustafa Kemal Atatürk rebajó la dosis al nivel de lo aceptable.

La modernidad turca, el Estado laico y la pluralidad religiosa son un legado importante de aquel gran estadista que acabamos de citar, y se pudo pensar que ese progreso sería irreversible. La actualidad, con Recep Erdoğan a la cabeza, está dando pruebas de que el islam radical puede soportar eclipses, períodos de historia durante los cuales parecerían superadas las trabas del progreso, de la modernización; pero siempre vuelve a su cauce esencialmente conservador y a exigir reintegrarse a los moldes coránicos, como siempre se vuelve a su verdad originaria cuando se juró no cambiarla jamás, ni siquiera intentar mejorarla. Se pueden multiplicar los ejemplos de tentativas fallidas de progreso, de instauración de Estados laicos en el islam: el Egipto de Gamal Nasser o Anwar el-Sadat, el Túnez de Habib Burguiba, la Argelia de Ahmed Ben Bella o de Houari Boumédiène… Después de cierto tiempo siempre surgirán unos “hermanos musulmanes”, agrupaciones o movimientos que comparten el mismo espíritu integrista o fundamentalista para cortarle las alas al cambio y volver a anclar el islam en su pasado arcaico. La aparición de Estados republicanos en los países musulmanes significa apenas más que un respiro en la historia del islam, porque el nacionalismo musulmán, exacerbado entre los islamistas, siempre sueña en más islam y, tan luego como puede, erige repúblicas islámicas, porque siente el deber de concretar la soberanía absoluta de Alá, a quien corresponde ejercer la autoridad, toda autoridad, sobre los hombres. Basado sobre ese principio de la soberanía exclusiva de Alá, único legislador, el ideal político islamista consiste en instituir su ley, la sharía, y hacerla obedecer. Para hacer efectivo tal ideal, la comunidad islámica, la Umma, tiene el deber, según los radicalistas, de movilizarse para que a través de ella la teocracia anhelada por todos adquiera vigencia y vigor. Este último deber, que pesa sobre la conciencia de la nación islámica en su integralidad, en los países musulmanes a los que sus políticos han impulsado hacia la modernidad y laicidad, puede encontrarse adormecido, aletargado y sin suficiente concentración para reaccionar, pero su diseminación le permite despertar en un instante. La liberación respecto del Corán nunca será definitiva y cualquier liberalismo que pueda arrancársele será un paréntesis en el tiempo. Es de esta manera como se manifiesta el impulso de radicalidad en la civilización musulmana, en el organismo islámico constituido en un todo integral.

El islam es una civilización importante, con épocas florecientes y legados de mucho peso en la historia de la humanidad. Pero el estudio de dicha realidad no está en nuestro orden del día. Nuestra intención no es hacer una evaluación de la civilización islámica contraponiendo defectos y cualidades. Pretendemos explorar sus bases y rastrear sus fundamentos para hacer luz sobre sus debilidades y hacer ver la urgencia de un verdadero aggiornamento, lo que en nuestra época lleva el nombre de modernización.

Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
15 listopada 2024
Objętość:
701 str. 2 ilustracji
ISBN:
9789876918374
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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