Czytaj książkę: «Águilas»

Águilas
Fló Guerin

Primera edición: febrero de 2022
ÁGUILAS © 2022 Fló Guerin
© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.
Publicado por Dos Bigotes, A.C.
www.dosbigotes.es
ISBN: 978-84-124665-5-3
Depósito legal: M-1976-2022
Impreso por Kadmos
www.kadmos.es
Diseño de colección:
Raúl Lázaro
www.escueladecebras.com
Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.
El papel utilizado para la impresión de Águilas es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.
Impreso en España — Printed in Spain
Índice
FISIÓN
TRENES
SANGRE DE REYES
BUENAS CHICAS
RENÉ Y DESIRÉE
ALBERTO
A PUERTA CERRADA
SIN RECIBO
Agradecimientos
A Alberto, por darme la vida.
A Eugenia, por alentarme a crecer.
A Marta, por devolverme a mí misma.
A Águilas, por presentarme a los tres.
«Dans l’ dos, j’ voulais faire tatouer un aigle,
aux ailes déployées,
On m’a dit : “Y a pas la place.
Nan, t’es pas assez carré, alors t’auras un moineau”.
Eh, y a des moineaux rapaces.
Ça fait marrer mes conneries ?
Laisse béton, j’ démystifie».
Renaud, «Peau Aime»
FISIÓN
Marcha
Estamos en la calle, somos muchos. Federica y yo caminamos abrazadas, con los puños libres en alto. Nos mira todo quisqui porque hemos traído a la Pomponette en el remolque y le hemos pintado «La Uni es de todos» en el culo, con un aerosol de pintura verde. La pobre suda y resopla, la manifestación anda rápido y la Pomponette está como una bombona de butano. El cortejo se detiene, la gente canta. Tengo ganas de besar a Federica. Para que no se dé cuenta, le doy la espalda y alcanzo una zanahoria a la Pomponette, voy a por el agua que un compañero transporta en el carro de la paja.
Llevar a la yegua de banderola a Toulouse supuso muchas discusiones en el sindicato de estudiantes:
«No os dais cuenta de que está vieja ¡y obesa! ¿¡Cómo vais a meter a este pobre bicho en medio de este sarao!?».
«¡Su comida también depende de las decisiones del ministerio! Además, es muy pequeñita. Casi un perro. La gente va a las marchas con sus perros, ¿no?».
«Es un pony, está vieja, ¡no vota!».
«¡Es nuestra seña de identidad! ¡Da visibilidad a los institutos agrícolas!».
Ahora están todos contentos. Hoy, la Pomponette atrae más cámaras que moscas, vamos a salir en el telediario. Yo meto la nariz donde empieza la nuca de Federica y no lo ve nadie porque todos miran hacia delante, inspiro muy hondo y guardo el aire. Gritan. Hay pitidos. La Pomponette se revuelve. Ya no estoy sola.
Islas
Federica tiene un año más que yo. Su habitación está en el segundo piso y solo la comparte con tres chicas más. Las del curso inferior estamos en un dormitorio de cincuenta plazas que ocupa toda la primera planta.
Cuando llegué, elegí una cama cerca de la pared, con ventana y radiador. No había nadie todavía, mi tren había llegado de París por la mañana, al día siguiente empezaba el año. Miré los colchones alineados como tumbas, los armarios a sus pies, como lápidas con puertas. Tragué saliva y mocos. Era malo, pero no lo peor. Quedaba lejos de casa.
Ahora hace tres meses que duermo aquí y está todo mucho mejor porque se formaron islas. Hemos juntado los armarios para construir tabiques alrededor de las camas y el dormitorio se ha convertido en un laberinto de amistades versátiles. Hay islas estables, como la mía, de tías que no buscan líos y no roncan, pero otras modifican sus fronteras con mucha frecuencia. Por eso hay que ir con cuidado si toca mear de noche, porque una puede darse de morros contra una pared que no se espera. Vivir juntos es un asco. Por suerte, ya queda poco.
Dunas
El primer fin de semana que Federica me invitó a su casa, compartimos cama, pero no pasó nada. Su habitación es una caravana; la de su madre y Marcial, otra. Entre las dos, su padrastro construyó un chambado de yeso y una veranda de madera. Hay un motor para la luz y un pozo en el jardín, muchos gatos que no entran en casa, un molino de viento y el taller de Marcial. El padrastro de Federica pinta tejas envejecidas con paisajes de la zona y las vende en el puerto, a los turistas. Tiene varios modelos. Las coloca, verticales, en un pequeño atril giratorio y pinta un árbol, otro árbol, otro árbol, hasta que llegue el turno de la casita azul.
La madre de Federica es española. Cuando el padre de su hija se largó, vino a trabajar en la vendimia en Montpellier y se quedó. Después conoció a Marcial. Su casa está donde no se puede construir. En las dunas.
Sobre las dunas crece hierba que parece seca pero no lo está, arbustos arrugados de largas espinas. Federica y yo caminamos contra el viento, hacia el mar. Me habla, pero no la oigo. Aúllan las gaviotas y rugen las olas. Echamos una carrera con la boca abierta, el viento me seca las encías, agito los brazos como si fuera a volar.
Oro
Ya he juntado trescientos francos para emprender el viaje. Engañé a mi madre y le dije que necesitaba ropa de invierno. A ella le gusta firmar cheques, aprieta los labios y la letra. Con el pulgar, presiona el resguardo; de un golpe seco arranca el talón. Mis padres apuntan cada uno en su cuaderno lo que les cuesto. Después, lo presentan al juez.
Federica no conoce a su padre. Su madre no habla de él y, cuando preguntó, contestó que nunca le diría quién es. Federica es alta y tiene los ojos castaños de su madre, pero más claros y más grandes. Cuando hace buen tiempo se vuelven dorados, el iris explota en minúsculas burbujas que parecen metal candente. La primera vez que nos besamos un rayo de sol caía sobre la cama. Nunca había besado a una chica. Es distinto y es igual. Igual, porque su boca sabe a boca. Distinto, porque no seguimos. Nos miramos a centímetros de distancia. Visto tan de cerca, cada poro de la piel es solo uno. Todos diferentes, algunos negros. Más abiertos en la punta de la nariz. Redondos y ovalados, irregulares. Pasó una manada de ángeles, tragué saliva muy despacio. Estos cabrones alados se quedaron quietos.
Ovejas
Ahora paso todos los fines de semana en casa de Federica, pero antes dormía donde los Tarrades. Los Tarrades tienen una granja de ovejas para carne. El corral está a pocos metros de la casa y su olor lo impregna todo. Se adhiere a las sábanas, se inmiscuye en las grietas de las paredes de piedra, perfuma los paños manchados de los comensales a la hora de la sopa.
Los hijos de los Tarrades se han ido. Sabemos de ellos por las fotos del pasillo. Las hay de varones con el traje de la mili y de hembras vestidas de blanco. Son muchos o quizás no. Es difícil distinguirlos. Para redondear las cuentas de la casa, los Tarrades alojan durante el fin de semana a alumnas del instituto cuyos familiares viven lejos. Cobran caro y hablan poco. El viejo Tarrades repite que no se come carne de cordero por culpa del colesterol, que es un invento de los rusos. Yo paso mucho tiempo fuera, miro a las ovejas y a mis muñecas. Tracé unas líneas punteadas con rotulador indeleble y rojo, paralelas a las venas que alimentan mis manos. Sé que el corte debe ser vertical, no horizontal, para que no se pueda coser. Ahora, cada fin de semana en la cama, Federica me besa y luego, con un pañuelo mojado en alcohol, borra un punto rojo. Cuando termine con todos, partiremos.
Agua
Es enero. Ha caído mucha nieve, la carretera hacia las dunas se abre entre murallas blancas. Esta mañana no pudimos salir de la caravana porque se congeló la cerradura. Marcial intentó calentarla con un soplete, pero se pasó y fundió el bombín.
Estamos vestidas, de pie, frente a la puerta cerrada. Abrazo a Federica por detrás, paso la mano por debajo del jersey, desabrocho dos botones y encuentro la tibieza de sus pechos. Ella ríe, pero tiene miedo. Mira de lado las cortinas del ventanuco. Susurro: «Están echadas», la hache en su nuca suelta un hálito de vapor. Realzo con la punta de la lengua la curva suave del cuello, acerco los labios al vello que precede al pelo y soplo despacio. Federica se estremece, aprieta los muslos. Yo tengo sed.
Fisión
Caminamos agarradas, no hay nadie en la playa porque anoche explotó una central nuclear en la Unión Soviética. El mar sigue azul y los telediarios machacan con que la radioactividad no pasó de los Alpes. Federica piensa que su madre sospecha algo. El fin de semana pasado, la sorprendió olisqueando nuestras sábanas en el cesto de la ropa sucia. Antes de estar con Federica, yo tuve dos novios, Stephane y Guillaume. Cuando eyaculan, el semen deja manchas blancas como las del yogur. Después, dormitan. Su sexo es más franco que el nuestro, más claro. Un timón. La piel es muy suave y resbala, si me aparto, busca mi boca como una serpiente servil.
La primera vez que me acerqué al sexo de Federica con los ojos abiertos, ascendía desde sus tobillos. La piel interior de sus muslos es tan fina que parece membrana, siento la sangre correr detrás, cosquillea en las yemas de mis dedos. Ella se retuerce y su pelvis viene a mi encuentro. Cuando Federica explota, yo entiendo la fisión del átomo. Ellos empiezan y terminan. Nosotras no tenemos fin.
Lengua
Del otro lado de los Pirineos, no nos encontrarán. Tenemos que marcharnos ya, antes de que nos pillen. En el instituto algunos compañeros nos miran raro. Cuchichean. Se dan cuenta cuando la miro. Lo tengo pintado en verde en la cara, como el culo de la Pomponette.
Los abuelos de Federica viven en Zaragoza. En español, la zeta se pronuncia como el silbido de una serpiente, los franceses la decimos como el zumbido de una mosca. Coloco la punta de la lengua detrás de los incisivos y soplo. Suelto perdigones, Federica se ríe. También están las dos erres que son como un redoble de tambor agudo. Yo practico. El perro. Rojo. Pájaro rojo. El perro rondeño de san Roque rebusca al pájaro rojo entre matorrales. Federica se ríe. Se me seca la boca, mi lengua está tiesa. No vibra. Ella sí que sabe. Pongo cara de sátiro y le digo que tengo mucha suerte. Federica se ríe.
Ola
Este es nuestro último fin de semana en las dunas. Las mochilas están guardadas debajo de la cama. Hemos arramblado con lo que nos pareció que se podía vender: un tocadiscos portátil, unas raquetas de tenis, una bufanda de cachemir. El lunes es fiesta local y no hay clase, pero hemos alegado una reunión del sindicato de estudiantes para volver al instituto. A Marcial le pareció bien porque antes era obrero y de la CGT.
Federica borra los dos últimos puntos rojos de mi muñeca izquierda, le cuento al oído la historia de Papillon, el preso que logró escapar de Cayena subiéndose a una ola. Le digo que esta es la nuestra. El instituto no dará voz de alarma hasta el martes. Tendremos veinticuatro horas para cruzar la frontera.
Ventana
Se acerca la primavera y llueve muy fino. La madre de Federica nos soltó en el semáforo de la estación. Agita la mano. Se adivina su movimiento tras la luna empañada del pasajero. Miro a Federica y ella mira al coche alejarse.
Estamos donde siempre, los lunes, a las 6:45, pero nos hemos cruzado al andén opuesto. Nadie nos mira ni asoma ningún conocido. Nos ponemos las capuchas. Nos sentamos en un banco. Agachamos la cabeza y abrimos un libro, una revista. Nos tapamos las bocas con el cuello del anorak. Son las 6:53 y el tren que conduce al instituto despide una violenta ráfaga de aire frío. Las páginas de mi libro están salpicadas de gotas, las de su revista se revolucionan con el paso del convoy. Por la ventana del vagón miro a los pasajeros subirse, elegir asiento, acomodar sus maletas, cederse el paso, apoyarse en los respaldos de los asientos y ponerse de puntillas para caber de lado. La lluvia que corre en el cristal difumina las siluetas y hace que solo se definan por sus movimientos. Podrían ser cualquiera, nosotras mismas, sin ir más lejos.
Frontera
Nuestro tren corre, casi vacío, hacia España. Cerbère es el último pueblo del lado francés, ahí nos bajaremos para cruzar la frontera a pie. Le cuento a Federica que Cerbère se llama también un perro mitológico que custodiaba el reino de los muertos. Sus tres cabezas representaban para los antiguos el pasado, el presente y el futuro, la juventud, la madurez y la vejez. Federica se deja caer sobre mi hombro. Arruga con las manos un bolsito de tela que contiene nuestros pasaportes y la autorización que tramitó su madre para que viajase sola, a Zaragoza, las pasadas Navidades. Sigue vigente. Le acaricio los dedos y artículo en su pelo: «Esto está hecho».
Cuando tiene miedo, Federica calla y esconde los ojos. Se encorva y mira al suelo. Yo echo una ojeada al costado, el vagón está vacío. Con tres dedos guío sus labios camino de mi boca, pero ella da un respingo, estira el cuello y mira a su alrededor. Se ríe un poco. Pretendo interponer mi anorak entre nosotras y el pasillo y la beso en la nuca donde sé que le puede, rozo la tela de sus vaqueros con el revés de la mano. Oímos un carraspeo. El revisor es viejo y seboso, su camisa está abierta, apesta a sudor. Nuestras caras se han puesto al rojo vivo, él nos mira con sorna y algo más, que huele a podrido. Una por una, le damos los billetes. Los revisa. Federica mira a sus pies, yo al cabecero del asiento de delante. Cuando se va, no hablamos, no nos miramos ni nos tocamos.
Cuento
Federica y yo hemos acordado contar que somos primas. Yo vivo con su familia porque perdí a mis padres en un accidente de coche. Ahora nos han mandado a España para ir a trabajar en el campo de unos parientes en Andalucía, en Jaén. Solo podremos volver a Francia si el padre de Federica encuentra trabajo, la cosa está complicada. Hay que arrimar el hombro. Son tiempos difíciles, necesitamos dinero… Yo repito mi papel mientras caminamos a buen paso por el arcén que conduce a España. Propongo hacer autostop y cruzar con un coche. Federica prefiere buscar una vía campo a través. Discutimos: «Vamos muy cargadas», «no me quiero subir al coche de cualquiera», agitamos los brazos. Para a nuestro lado un coche de policía. Salen dos y nos piden la documentación. Federica me da su bolsito y les alcanzo los pasaportes. Procuro mirarlos a los ojos. Uno me pregunta dónde vamos y no miento: «A España, agente». Después miento mucho: mis padres, el accidente de tráfico, el padre de Federica en el paro, los problemas de su madre con el alcohol. Intentamos viajar lo más barato posible hasta Zaragoza, donde la abuelita. El tren sale muy caro. El policía está aturdido. Sacude la cabeza, tiene un bigote blanco y tremenda barriga. Me pide la autorización de nuestros tutores legales para abandonar el territorio. Saco el papel del bolsito como el as que cierra una mano de póker. Lo revisa y me lo devuelve, parece conforme. Se aparta con su compañero y hablan entre ellos un buen rato. Miro de reojo a Federica, está lívida, espero que no llore. El policía con bigote vuelve, me da los pasaportes y me dice que nos subamos al coche. Estoy por protestar, pero levanta la mano y precisa que nos llevarán a la estación, que en la carretera no podemos estar, que somos muy jóvenes y que no es seguro. En la parte trasera del coche patrulla nos cuesta mucho contener la risa. Se detienen en la puerta de la estación, el policía con bigote y barriga nos escolta hasta las taquillas y se pone en la cola. En la frontera hay que cambiar de tren porque en España tienen otro ancho de vía; Federica me explica que es por culpa de Napoleón. El policía vuelve con dos billetes a Barcelona: «El próximo tren sale en media hora». Nos acercamos al andén y me da los billetes; cuando busco dinero para pagarle, me dice «allez, allez» y nos empuja hacia el control de aduanas. Le quiero dar las gracias de verdad, pero se las digo de mentira porque no tengo más remedio. Sellan nuestros pasaportes, Federica y yo nos subimos al Talgo.
Pasillo
El Talgo es un tren rojo y plateado que me recuerda a las películas americanas. Las butacas son de sala de cine, amplias y mullidas; sus reposabrazos, gigantes. Cada vez que nuestras miradas se cruzan, Federica y yo nos partimos. Entre dos carcajadas le suelto: «Al final hicimos autostop, tienes que reconocerlo». Se gira hacia mí con la boca abierta, espasmos rítmicos rebotan en sus hombros. De tanta risa, le da hipo. Me levanto para dejarla pasar y la sigo hasta el baño. La moqueta del pasillo es espesa, se hunde bajo los pies, veo cómo recupera su forma tras los pasos de Federica. Me gustaría tumbarme con ella, desnudas en el suelo de este tren vacío, que solo parase cuando nos apetezca dar un paseo, que el revisor fuera el policía de bigote y barriga, que nos hiciese de mayordomo y también de abuelo feliz.
Federica abre la puerta del lavabo, me escurro detrás de ella, es pequeño, pero cabemos. Ella se moja la cara con agua no potable y yo me siento en el trono. Está agachada, pegada al chorro minúsculo que sale del grifo, sus caderas se menean con el traqueteo. Yo tengo sueño, tengo sed. Deslizo las manos bajo su jersey y estiro los brazos hasta ceñir sus hombros con las manos. Tomo apoyo y me pongo de pie. Encierro sus pechos, mis dedos son garras dulces, sus pezones me cosquillean las palmas. Federica es más alta que yo, pero la envuelvo. Yo la protejo con mi cuerpo y mi labia, con mis fábulas y mi desparpajo. Ella se da la vuelta con una suave torsión del cuerpo. Su boca es la puerta de un pasillo vertiginoso. En él, el traqueteo se vuelve compás; el lavabo, altar; el trono, reclinatorio. La sirena del tren que llega a Girona encubre su grito.
TRENES
Armadillo
Es noche cerrada cuando llegamos a la estación de Sants. Federica no abre los ojos, aunque el altavoz chille en español cosas que no entiendo. Aunque la gente se amontone en el pasillo y le rocen la rodilla izquierda con maletones gigantescos. Aunque yo le sople en el cuello: «Amor, hemos llegado». No se inmuta. Federica hace el armadillo, se tapa la cara con los codos. Le achucho las costillas, se revuelve, ríe, se hace la sueca. Yo no hablo ni entiendo el idioma, ahora le toca a ella. Cargamos las mochilas y salimos las últimas del tren. La estación de Sants es inmensa, las losas del suelo reflejan los fluorescentes, distorsionan su luz. Hay bancos de hormigón larguísimos donde la gente se echa a dormir en fila india. Atan con cordel el equipaje a sus muñecas, a sus tobillos; se tapan con mantas deslavadas y apoyan la cabeza en sus macutos. Muchos roncan.
Los españoles hablan muy alto, Federica también. Grita y aparta a un hombre que nos persigue con una tarjeta de visita en la mano. Yo voy detrás como un perrito. No pillo palabra, ni las suyas. Parecen salir de su boca todas pegadas. Nos refugiamos debajo de unas escaleras mecánicas, nos sentamos en el suelo, nos abstraemos.
Federica se crece con mi desconcierto, sonríe y me abre los brazos. Yo me apelotono en su regazo, me hago un ovillo. Soy un huevo de codorniz, un animalito, un puercoespín amansado. Ella acaricia mis espinas gachas y dice que nos conviene esperar a mañana para bajar al sur.
Luz
Estamos tumbadas boca arriba en un colchón vencido, la habitación es pequeña y da a un respiradero. Fumo un cigarrillo después del amor, como en las películas de rombos. Apuro el filtro entre el pulgar y el índice, suelto el humo despacio, en la mesilla de noche hay un cenicero. Aprieto el cuerpo de Federica contra el mío, las cortinas están abiertas, la llave echada, nadie nos molesta. No hablamos. Del techo cuelga una bombilla pelada que crepita despacio. Cuando su filamento se vuelve rojo, baja la intensidad de la luz y parece una vela, después se enardece e ilumina otra vez el cuarto.
Antes bailamos desnudas, nos revolcamos en el suelo helado, nos besamos, jadeamos y nos reímos sin sordinas, sin mordernos los labios. Mi cuerpo me desbordó y ahora me cuesta mirarla a los ojos. Sé que a ella le pasa lo mismo.
Mañana a las 8:30, cuando hagan el recuento en el instituto, empezarán a buscarnos. Describirán a la policía a dos muchachas con capuchas y macutos. Dos vacilantes candelillas perdidas en el viento. No tienen ni idea. Antes, salió tanta luz de nosotras que aún no logramos cerrar los ojos.