Czytaj książkę: «Que nadie te salve la vida»

Querida hija mía, tú no me conoces, pero estoy seguro de que harás lo que te pido desde la muerte. Las palabras me han traído hasta aquí; con las palabras se ofrece y se promete, con las acciones se cumple. El eslabón que cerrará tanto dolor está en tus manos. Tienes que encontrar a su hijo y pedirle el perdón que yo no tengo tiempo de suplicar.

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Para Marina, mi hermana,
porque no le gusta cruzar los semáforos en verde.
“Puedes hacer una cosa o hacer otra,
matar a un hombre o quitarle una rueda del coche,
porque tarde o temprano te olvidas de lo que has hecho
y simplemente te castigan por ello”.
Flannery O’ Connor,
La vida que salvéis puede ser la vuestra
Un hombre existe porque existen otros. El remordimiento no le permite pensar en nada más. Cierra los ojos. Se le cierran. Dentro de veinte años, Gabi o alguna otra persona le entregará a su hija la carta que él escribió días atrás. Su herencia. Se puede heredar cualquier cosa. Dentro de veinte años hará veinte años de su muerte.
Traductor. Ha traducido de todo. Catálogos y prospectos. Gestos y acciones. Miedos. Miradas. Muchos libros. Recuerda mejor los libros que ha traducido que las mujeres a las que ha besado.
No sabe rezar. Repite fragmentos de novelas. Las novelas también son libros de oraciones. Sonríe. Con los ojos cerrados. Libros de oraciones. Le ha parecido gracioso.
Dentro de veinte años su hija tendrá veinticinco y recibirá la carta. Se ha esmerado al escribirla. Querida hija mía, tú no me conoces, pero estoy seguro de que harás lo que te pido desde la muerte. Las palabras me han traído hasta aquí; con las palabras se ofrece y se promete, con las acciones se cumple.
Tal vez si hubiese sido creyente no habría escrito ninguna carta. Le habría bastado con una confesión, una charla con uno de esos escarabajos negros capaces de fabricar disculpas.
Padre, he pecado, he hecho algo terrible, me arrepiento, dígame que puedo morirme tranquilo, deme la paz que no tengo, perdóneme.
Pero Enzo no sabía o no podía creer y pensaba que con la muerte llegaba la muerte. Completa y entera. Perfecta. Y esa certeza agravaba el estado de su conciencia.
El declive, moral y físico, había empezado cuatro meses antes. Nada más. Los cuatro meses más cortos de su vida. También los más largos. Los últimos cuatro meses de su vida. Y expresarlo de esas tres maneras no era una traducción. Traducir era decir lo mismo con palabras diferentes y no cosas distintas con las mismas palabras.
Había ido a la consulta del doctor Bruj como quien va a una partida de póquer, pensando que todo sería cuestión de jugar bien las cartas. Y tenía claro que a los cuarenta y cuatro años las cartas que llegaban eran siempre ganadoras.
Le abrió la puerta el propio doctor Bruj, protegido por unas antiguas gafas redondas de montura metálica dorada y cristal grueso. A Enzo le disgustó que no fuera Carlota quien saliese a recibirlo y pensó que era por culpa del episodio sexual que habían tenido hacía dos semanas, durante tres días seguidos, después de los cuales no había vuelto a llamarla. Enzo nunca repetía.
Pasa, pasa, Enrique, le dijo el doctor Bruj, que siempre lo llamaba por el nombre que aparecía en su carné de identidad. Le debía de parecer más serio o más verosímil o bien era de los que solo tenían en cuenta la letra impresa. Pasa, Enrique, te esperaba. Un tópico, pensó entonces Enzo. Decir te esperaba era un tópico, y también lo que agregó: hace calor, ¿has venido en coche?, siéntate, ¿quieres tomar un café, un té? Pero el doctor Bruj nunca había soltado tantos tópicos, nunca lo había invitado a un café, nunca había sido tan cortés. Enzo pensó que estaba molesto porque su paciente se había enrollado con la secretaria. Especuló incluso con la posibilidad de que el médico y la chica fueran amantes, pero concluyó que en ese caso la amabilidad no era la reacción más comprensible y que algo más habría. En aquel instante por primera vez tuvo miedo de que las cartas que le llegaban no fueran tan buenas ni tan ganadoras, así que para distraer el ahogo se desabrochó un botón de la camisa, blanca. Después de quitarse la campera, de cuero negro, se sentó o mejor dicho se dejó caer en la butaca que le señalaba el médico, se miró la punta de las botas, negras también. Descubrió que una estaba sucia de polvo y se la frotó enseguida contra la tela vaquera de los pantalones.
Mientras, el médico cerraba la puerta, se sentaba frente a él y esperaba, en silencio, a que él acabara con lo que estaba haciendo, es decir, intentar recordar el nombre de la autora de un libro de cuentos que había traducido hacía años, en el que aparecía un relato titulado “Azulejos amarillos” sobre un tipo que no quería ir al médico a recoger los resultados de unas pruebas y enviaba a su esposa para que lo protegiera de la verdad. Enzo no podía enviar a nadie, no tenía pareja, nunca la había tenido. Enzo tenía algún amigo, un amigo, Víctor, y también tenía a Gabi, aunque a Gabi no la tenía ni Gabi lo tenía a él; allá iban los dos por la vida, Gabi y él, y la niña, claro, la hija de Gabi pero también suya, aunque hubieran acordado desde antes de que existiera que suya no, que suya de ninguna manera. Habían pasado cinco años desde su nacimiento. Andrea Mayo, le dijo Enzo al doctor Bruj antes de permitir que empezara a hablar, y el doctor Bruj lo miró por encima de las gafas con cara de qué dice este ahora, de qué habla. Enzo le aclaró que se trataba del nombre de una autora a la que había traducido años atrás, que había estado pensando en ella y que se había acordado justo en ese momento de cómo se llamaba, que no le hiciera caso, que sí tomaría un poco de agua, fresca si fuera posible. Carlota, llamó entonces el médico por teléfono a la secretaria, Carlota, por favor, podrías traer un botellín de agua para Enrique, sí, gracias, para mí un café, gracias, te esperamos, y no dijeron nada más hasta que Carlota apareció por la puerta y Enzo comprendió, inquieto, que no había ninguna relación entre el médico y la chica, peor todavía, que la chica lo miraba con conmiseración, sin asomo de reproche; al revés, esquivaba su mirada, recorriéndolo con la vista como se pasa un trapo para desempolvar un mueble.
No tengo buenas noticias, Enrique, dijo el doctor Bruj, y Enzo pensó que solo le faltaba una letra para convertirse en brujo y que un brujo era un hombre que en ciertas tribus llevaba a cabo prácticas rituales y administraba conocimientos empíricos diversos, sobre todo de medicina, y se suponía que dominaba fuerzas sobrenaturales que tenía la capacidad de conjurar de un modo mágico, y que eso tenía que servir para algo. Espere, doctor, vayamos por partes, quiero decir, no me asuste, pero dígame la verdad. Si te digo la verdad, te asustaré, respondió el médico. Enzo bebió un trago de agua directamente de la botella. No puede ser, repitamos las pruebas, se defendió antes de escuchar el diagnóstico. Volvamos a mirarlo, yo me encuentro bien. Si te encontraras bien no habrías venido a la consulta, Enrique. Viniste preocupado y tenías razones para estarlo, ahora queda demostrado. Espere, espere. No hay nada que esperar, lo siento.
Tal vez las cosas no habían ido exactamente así, pero así las recuerda Enzo, igual que recuerda que a la salida llamó a Víctor y le espetó, sin rodeos, me estoy muriendo, amigo, he sido un iluso, las pruebas han vuelto a dar lo mismo, no ha valido de nada que me salvaras la vida, solo ha sido una prórroga, tenía que morirme joven y lo voy a hacer. Y entonces Víctor le dijo, come on, Enzo, no digas tonterías, si hace falta volveré a salvarte la vida, eh, te llamo más tarde o a lo sumo mañana, voy a buscarte y nos vamos a comer juntos, lo arreglaremos, ya verás.
Nunca se habría hecho amigo de Víctor de no ser porque lo había salvado de morir de una manera ridícula en el bar de la universidad cuando, en plena discusión y enfurecido por unas ideas contrarias a sus principios, se había puesto de pie para rebatirlas a la vez que se metía una aceituna en la boca, con tan mala suerte que la garganta se le abrió para hablar justo cuando se disponía a tragar y empezó a ahogarse. Víctor estaba allí cerca, intentando seducir a una chica y, seguro que para impresionarla, se precipitó hacia Enzo, a quien no conocía ni de vista, y le practicó la maniobra de Heimlich, un golpe contundente bajo las costillas que le permitió, por un lado, salvar la vida del hombre y, por otro, cautivar a la mujer y llevársela a la cama. Un hombre, Enzo, que a partir de ese momento se convirtió en una mezcla de admirador incondicional y amigo fiel, y una mujer, Rosa, que años más tarde sería la esposa de Víctor y madre de sus hijas.
Enzo y Rosa habían comentado, en una ocasión en que se habían reunido a comer los tres juntos, que Víctor era tan calculador que incluso de aquel episodio fortuito había obtenido beneficios. En aquella época tenían veinte años y toda la vida por delante.
Víctor tardó unos cuantos días en llamarlo, pero al fin se vieron. Enzo pensó que no debía de saber qué cara ponerle. Me quedan cuatro meses, le dijo mientras subía al coche que el amigo había detenido justo delante de él. Le dio la sensación de que se trataba de un nuevo modelo, otra vez un deportivo impresionante. ¿Has vuelto a cambiar de coche? Pero Víctor ya había iniciado la marcha y le preguntaba a gritos, lanzando las palabras por encima de la música como pelotas de tenis que tuvieran que superar una red, si el doctor Bruj era o creía ser lo bastante competente como para sentenciar vidas, y le proponía, también a gritos, ir a ver a la Barrachina, una de las mejores especialistas, que le debía algunos favores. La gente siempre te debe algo, Víctor, no sé cómo lo haces, pero tienes a todo el mundo endeudado contigo. Y no, no quiero ver a más médicos. Come on, es mejor que la gente te deba favores que dinero, siempre te lo digo; los favores no tienen precio pero tienen valor: se van amortizando durante toda la vida, pero qué te voy a contar a ti sobre cosas que se pagan toda la vida, ¿no? Y se rio con tanta fuerza que su voz consiguió atenuar la música ensordecedora que salía del equipo. Enzo adivinó de inmediato que iban al Comala, uno de los restaurantes más caros de Barcelona. No es necesario tanto lujo para un moribundo, dijo. Tú te lo mereces, aseguró Víctor, y además tengo que ver a alguien allí; después iremos a tu casa, hay algo que me gustaría hablar contigo, tengo problemas.
En el Comala lo esperaban un par de hombres con traje y corbata, indumentaria idéntica a la de Víctor, que se apartó de Enzo para intercambiar unas palabras con ellos, recibir un sobre, entregar una carpeta, estrechar manos, atender una llamada, volver a estrechar manos, despedirse con inclinaciones de cabeza. Desde que era presidente de una de las entidades bancarias más potentes del país, Víctor vivía dedicado a negocios que nunca se llevaban a cabo en los despachos sino en los restaurantes, en los campos de golf, en los muelles de los puertos.
Cuando iban por el postre, aún no le había preguntado por el diagnóstico del doctor Bruj. No lo haría nunca. A buen seguro, porque lo consideraba una sentencia de muerte irremediable. Le había contado, eso sí, que a veces tenía ganas de mandarlo todo a paseo y de irse muy lejos a rehacer su vida, que parecía mentira cómo pasaban los años, que nunca había pensado que llegaría tan lejos, que se sentía responsable del cargo que ocupaba, que tenía la obligación de preservar su imagen y que eso lo sometía a una tensión continua, que la carga de las responsabilidades familiares era estresante, que sus hijas e incluso su mujer lo tenían en un pedestal del que no podía caerse. Todos te tenemos en un pedestal, le dijo Enzo. Tú te lo has buscado, añadió.
Enzo se cansa de recordar y vuelve a la habitación que le han asignado en el hospital. Siente que la respiración se le entrecorta; intenta apretar el interruptor para llamar a la enfermera, pero no alcanza. Quiere otro calmante. Tendrá que esperar a que aparezca para cambiarle la bolsa del suero. Una de las dos que gotean en sus venas. Dos, tres días, ya no queda tiempo. Se ahoga. No ha vuelto a ver a Víctor, no ha hablado nunca más con él, ni siquiera por teléfono. Piensa que, si hubiese estado a su lado, no habría necesitado escribirle una carta a la hija. Hija, lo que he hecho, lo sé, no forma parte de ti; lo que hice y nunca tendría que haber hecho fue producto de la desesperación.
¿Quién dice que morir no da un miedo que descalabra?
Víctor tendría que haberle permitido asfixiarse con la aceituna. Aquel abrazo con que lo había salvado se había convertido en una hipoteca que no podía pagar. ¿De qué sirve que te digas esto ahora?, se recrimina. En el lecho de muerte, imbécil, la has pifiado, inútil, no lo habías hecho tan mal, podrías haberte muerto tranquilo, nadie se imagina lo importante que es morir tranquilo.
A Gabi, la madre de la niña, la había conocido siete años antes. Era editora. Lo había llamado para una traducción. Alguien me ha recomendado tu trabajo, le dijo, me aseguró que eras muy bueno y he comprobado que es cierto, he leído el último libro que has traducido, un trabajo espléndido, ¿cómo vas de tiempo? Enzo se sintió halagado. Quedaron para el día siguiente. Le resultó atractiva nada más verla. Enérgica, elegante, delgada, atlética, voz fuerte, gestos decididos. Cuando entró en el despacho, Gabi hablaba por teléfono sentada tras el escritorio, de madera oscura y enterrado bajo una cantidad incontable de papeles, catálogos y objetos de la más diversa índole, como un pie metálico en el que se enganchaban clips, un bote lleno de lápices, un cenicero en el que humeaba todavía un cigarrillo, un par de teléfonos móviles, una caja de chocolates y tres tazas de café vacías. Le indicó con un gesto que se sentara, que tenía para unos minutos. Enzo se quedó de pie. Se fijó en las estanterías, repletas de libros, tantos que ya no cabían. Pensó que le gustaba ese desorden, que le resultaba familiar, acogedor. Quizá porque le recordaba al caótico despacho de su madre, abogada, desaparecida en un accidente de avión rumbo a Buenos Aires, adonde había decidido viajar para asistir al entierro de la abuela. Enzo tenía veintiséis años y era hijo único. Su madre decía que el miedo a volar era sinónimo del miedo a amar; estaba en terapia desde hacía unos cuantos años y Enzo pensaba que esa sandez la había sacado de la analista. Al fin había querido superar el miedo a volar para reencontrarse con el cariño y con el odio que sentía por la abuela. Y tropezó con la muerte. Desde entonces, Enzo no tenía miedo de nada. Al contrario, en su actitud desafiante había un punto de fanfarronería.
Gabi colgó el teléfono, se levantó, le tendió la mano, se la estrecharon, buscó entre algunos originales apilados por el suelo y encontró el que buscaba, ochocientas páginas, pesaba, se lo alargó. Espero que te interese, le dijo, nosotros estamos entusiasmados, te lo miras y nos dices algo; lo necesitamos para finales de año. Enzo recogió el libro con su sonrisa más seductora, la miró a los ojos y, cuando estaba a punto de invitarla a cenar aquella misma noche, Gabi le espetó, con una sonrisa que triplicaba la potencia y la seguridad de la suya, soy lesbiana, olvídalo.
Al cabo de tres días Enzo la llamó para decirle que aceptaba el encargo. Un año más tarde, cuando ya había entregado el trabajo y no había vuelto a ver a Gabi desde aquella primera vez, ella le telefoneó para citarlo, pero no en la editorial; le dijo que lo invitaba a cenar, que tenía que hablar con él. Enzo respondió aclarando que invitaba él y que pasaría a recogerla el viernes a las nueve por su casa. Le pidió a Víctor que le prestara el coche y dinero, que el coche se lo devolvería enseguida y el dinero en cuanto cobrara una traducción que le debían desde hacía unos meses. Enzo no imaginaba entonces cómo su deuda se iba acumulando ni que llegaría el día en que tendría que pagarla toda de golpe.
Gabi no quedó impresionada ni por el coche de Víctor ni por el restaurante. Tampoco por la apariencia de Enzo, que en general llamaba la atención de las mujeres: muy alto, moreno, de ojos verdes y cabello negro azabache, atlético. No esperó ni al primer plato para hablar de sus intenciones y, después de pedir disculpas por haber sido poco clara y haber creado falsas expectativas sobre aquel encuentro, pasó sin más dilación a su objetivo. Gabi quería que Enzo fuera donante. Y ante la mirada atónita de Enzo, aclaró: de semen. Ella y su pareja habían decidido tener un hijo y, después de estudiar diversas posibilidades, habían decidido que preferían a un conocido casi desconocido; en ese caso, él.
Enzo sonríe con los ojos cerrados y respira hondo. Entra una enfermera, ¿quieres un calmante?, le pregunta, y él asiente, no habla, no quiere oír su voz, no quiere oír nada que no sea imprescindible, ha prohibido las visitas, tampoco habría hecho falta, la única persona que ha ido a verlo, allí y antes en su casa, ha sido Gabi, sin la niña, dos veces. Víctor había desaparecido a partir del día de la comida en el Comala, en cuanto le hubo pedido lo que quería a cambio de haberle salvado la vida. Si tienes que morirte, que sirva para algo. Práctico. Contundente.
Gabi lo había dejado muy claro: no quiero un padre. Se lo había dicho con total rotundidad. Él no lo dudó. Enzo estaba a favor de las experiencias. Hoy, hoy, hoy, era el pensamiento que lo acompañaba cada día. Siempre había dicho que era mejor hacer que no hacer. Y al final cambiaba de opinión, justo antes de morir. Era incuestionable que la proximidad de la muerte alteraba muchas convicciones.
Acabaron de cenar mientras hablaban de literatura, de traducciones buenas y malas, de autores y vanidades, de fobias y aficiones. Cuando Enzo la acompañó a su casa y le dijo que el coche no era suyo, que la cena la había pagado con dinero de un amigo, que se sentía ridículo y que quizá, teniendo en cuenta lo que acababa de confesarle, no fuera el donante más adecuado, Gabi le pidió que buscara un día de la semana siguiente para hacer lo que había que hacer, que una amiga suya, médica, prepararía lo necesario en su clínica y que gracias por decir que sí.
El día de la donación había sido el último en que se habían visto hasta hacía un mes escaso, cuando Enzo, derrotado y culpable, la había llamado para decirle que se estaba muriendo y para pedirle un favor a cambio del que él le había hecho seis años antes. ¿Puedes venir a mi casa? No me encuentro bien, estoy débil. Gabi, preocupada, aceptó. No se había interesado por saber qué había sido de la vida de Enzo. Había tenido noticias suyas a través de conocidos comunes del círculo literario, nada más. Enzo, por su parte, solo sabía que Gabi había dado a luz a una niña nueve meses después del día de la donación, pero ni siquiera estaba seguro de que hubiese sido gracias a su intervención.
Cuando Gabi llamó al portero eléctrico, Enzo todavía estaba buscando las palabras con que plantear lo que quería pedirle. Ella iba preparada para decir que no. Había imaginado que Enzo necesitaba un trasplante y que había pensado en la niña por cuestión de posibles compatibilidades. Aun así, consideró que era un acto de caridad visitarlo y, además, quería despedirse de él, de aquella historia que solo tenía con él, casi un secreto, una circunstancia excepcional para la que resultaba difícil encontrar nombres o definiciones. El apartamento de Enzo era agradable, o eso pensó Gabi una vez dentro. Tenía pocos muebles, paredes blancas, era espacioso y estaba limpio. No parecía la vivienda de un soltero seductor, crápula y despreocupado.
Enzo sacó un par de copas y un vino tinto reserva; ella reconoció la marca que habían bebido la noche de la cena. ¿Lo había hecho a propósito? No quiso comentarlo y él tampoco dijo nada. Gabi sabía cuál debía ser por fuerza la primera pregunta; entendía que Enzo necesitara saber si la niña era o no producto de su generosidad. Si no le hubiera confesado que se estaba muriendo, tal vez no se lo habría dicho, pero ¿qué podía hacer con la información sino sentirse satisfecho y nada más? Enzo inquirió con aquellos ojos suyos antes brillantes y verdes y ahora apagados, grisáceos y hundidos en una delgadez que se acentuaba a causa de su altura y Gabi asintió, lo tomó de la mano y le dijo que lamentaba lo que le estaba pasando. Enzo sirvió vino en las dos copas y levantó la suya, un gesto que ella imitó enseguida, en silencio, esperando que fuera él quien propusiera un brindis. Y lo hizo, dijo, por el mejor polvo que he echado en mi vida, solo y en un bote de plástico. Los dos se rieron como viejos amigos y él añadió, no hay nada más próximo que un desconocido que se acerca para ayudarte.
Gabi miró a Enzo y detectó un gesto de la boca que Berta hacía muchas veces. Pensó que le gustaría saberlo y se lo dijo, Berta hace eso mismo que haces tú ahora con los labios. Así que Berta, comentó él en voz baja, ¿sabes que ese era el nombre de mi madre? Gabi lo ignoraba, de haberlo sabido no la habría llamado así. Qué coincidencia. O sí lo supo y se le había olvidado. La memoria selecciona de un modo tan arbitrario la información, observó Enzo: es como el queso rallado que le pones a la lasaña antes de meterla en el horno, algunas partes se funden y otras se quedan allá como pelos de punta, quemados pero enteros. A Enzo le gustaba la cocina, era una de las habilidades con las que seducía a las mujeres. Pensaba que recetas y vida tenían mucho en común: el resultado dependía de los ingredientes, sí, pero también de la paciencia, la imaginación, la suerte, el dinero, las instrucciones recibidas.
Cuando hubieron vaciado media botella, Enzo se decidió a hablar. Gabi se puso tensa y esperó con cierta dosis de hostilidad la petición, dispuesta a decir que no en el acto. Lo que quería Enzo, sin embargo, no tenía nada que ver con un trasplante. Lo que quería era saber si estaría dispuesta a entregarle a Berta una carta cuando cumpliera los veinticinco años. Quién sabe dónde estaremos dentro de veinte años, exclamó Gabi, y Enzo contestó, yo en ninguna parte. Lo siento, dijo ella, no he pensado en lo que decía, perdona. Tú tendrás sesenta, todavía estarás tan guapa como ahora. ¿Por qué dentro de tantos años?, preguntó Gabi; había decidido que aceptaría y que más adelante ya vería qué hacer. No lo sé, contestó Enzo, me parece la edad en que uno entra en la madurez, en que se puede tener perspectiva sobre la propia vida. Una cifra arbitraria, podrías dársela a los veinticuatro o a los treinta, como quieras. No, no, dijo ella, si a los veinticinco me parece bien, ¿y dónde está la carta?, ¿qué dice? Todavía tengo que escribirla, antes tenía que saber si estabas dispuesta a dársela, y sobre lo que dice, lo que dirá es lo que quiero decirle a ella, y tengo que pedirte que no la leas antes de dársela. No me lo pones fácil, admitió Gabi mientras pensaba, ¿cómo es posible que crea que no voy a leerla? Sé que no vas a leerla, agregó él convencido, yo no lo haría; sé que puedo confiar en ti. De acuerdo, tú ganas, aceptó ella y levantó la copa para dar un último sorbo antes de marcharse. Ven a buscar la carta dentro de quince días, le pidió Enzo. Tómate el tiempo que quieras, lo tranquilizó ella. No tengo tanto, le recordó él con el gesto de la boca que Berta había heredado.
Después de ver a Gabi aún tardó unos días en empezar a escribir. Tuvo en cuenta detalles en apariencia o a primera vista tan absurdos como decidir si lo haría a mano o en el ordenador. Su letra no respetaba ninguna norma de la caligrafía y quería que la lectura fuese cómoda para Berta, en el caso de que la leyera, claro; no podía estar seguro aunque confiaba, de una manera quizá insensata, en la inquietud de las personas inteligentes. Estaba convencido de que, bien mirado, había dos maneras de enfrentarse a la vida, con curiosidad o con fe, y que la primera era la única que permitía avanzar. Las creencias eran fuente de malentendidos, plantillas que se colocaban sobre la realidad para hacerla coincidir con los propios límites. Más de una vez lo había comentado con Víctor, quien, seguro de sí mismo, prepotente, le contestaba que solo elegían los que decidían, y que solo decidían los que imponían su fe, es decir, su manera de hacer y de ver las cosas. Enzo esperaba que Berta fuera de las que hacían preguntas y no de las que creían tener respuestas para todo.
Al fin se decidió por escribir a mano. Fue a comprar un paquete de hojas, sin rayas ni cuadros. Compró también una pluma y tinta. Resultaba inquietante adquirir cosas nuevas cuando uno se sabía condenado, tenía todavía menos sentido que de costumbre. El dueño de la papelería le dijo: ¿se encuentra bien? No tiene buena cara. Y él le contestó: me estoy muriendo, será por eso. Y el hombre sonrió porque creyó que el cliente bromeaba; era la primera vez que lo veía y Enzo sabía que también sería la última. Había rechazado cualquier tratamiento agresivo. Pidió al doctor Bruj que se hiciera cargo de él cuando llegara el momento. Redacto un testamento vital, doctor, pero no espere hasta el final; haga lo que tenga que hacer un poco antes, tenga piedad.
Después de toda la literatura que había traducido, de tantas vueltas y revueltas que le había dado al lenguaje, estar a punto de redactar un texto propio no era poca cosa. Muchos traductores acariciaban en secreto la idea de escribir una novela, soñaban no con comprender las palabras de los demás, sino los sentimientos o pensamientos propios. A él solo le había faltado tiempo. Si la vida le hubiera dado otros cuarenta y cuatro años, lo habría intentado. También su padre había sido traductor, pero no le había dejado ninguna carta; a lo mejor porque en vida le dijo todo lo que podía decir: casi nada. Era un hombre con respuestas y sin preguntas, como si se le hubieran contagiado el tono y la intención de lo que traducía, prospectos médicos y manuales de instrucciones. A los cuarenta se lo había llevado por delante un cáncer, el estigma de los hombres de la familia. Entonces Enzo tenía nueve años.
Quizás para él todo habría sido distinto si sus padres no hubiesen muerto tan jóvenes, tal vez su dependencia de Víctor no habría sido tan profunda. Siempre había echado de menos una familia, y a Víctor, a pesar de que tenían la misma edad, lo había convertido en un hermano mayor. ¿Hay camino más directo a la inseguridad que sentirse solo? ¿Y hay algo más poderoso que la inseguridad para provocar dependencia? Se había dedicado a consumir de manera compulsiva todo lo que la vida le había ofrecido. Como si se tratara de una carrera y hubiese una meta. Ahora ya había llegado. Ni el primero ni el último. Quizá demasiado pronto porque había corrido en exceso.
Esta habitación de hospital contiene todo lo que ha sido. Cuatro paredes que le devuelven la imagen de un sueño que se acaba. Las únicas vidas que ha vivido con interés han sido las traducidas.
Claro que se había preguntado si tenía derecho a escribir una carta para la hija de Gabi, si ese gesto no respondía al deseo de no morir del todo, como si eso fuera posible, más que a la necesidad de pedir perdón, de reconocer que se había equivocado de una forma irreversible. Pero también se había dicho que Berta podía no leerla o incluso leerla y abandonarla sin hacer nada. Además, ¿qué se puede hacer con una carta que de ningún modo admite respuesta?, ¿qué sentido tendría contestar a un muerto? También se había confesado que no tenía a nadie más a quien escribir. Había descubierto que la sangre era una excusa histórica para pedir complicidades. Había admitido que era ingenuo esperar que la confesión llegara a su destinataria tantos años después. Al final se dio cuenta de que la escribía para no pensar en la muerte, que al mismo tiempo era el motivo por el que la escribía. ¿Cómo soportar que se le fuera acercando, si no?
Ha tenido la tentación de pedirle a Gabi que vaya a verlo con Berta, ha deseado conocerla, pero ha visto claro que no tenía derecho. Le quedaban pocos principios, pero indestructibles. Este también había sido un motivo de controversias con Víctor, quien sostenía que la gente con principios era gente cobarde, incapaz de afrontar con imaginación y por separado cada reto que se le presentaba. Víctor cambiaba los principios a tiempo; decía que, más que principios, se trataba de manías. Sin embargo Enzo, que casi nunca hacía promesas, cuando había hecho alguna, la había mantenido hasta el final. No puede olvidar el día que fue a la clínica. Nunca intentarás conocerla, Enzo, ese es el pacto. Prometo, nunca. Falta poco para que ese nunca sea definitivo. El vértigo le revuelve el estómago. Siente que no será capaz de estar consciente mucho más tiempo. No aguantará ni dos días, ¿para qué tanto? Quiere llamar al doctor Bruj. Espera que sea un hombre de palabra y cumpla con lo pactado. Lo llamaré y le pediré que ponga punto final. Eso le había dicho durante la última visita en la consulta. Así lo haré, Enrique, no te preocupes, te entiendo.
Había imaginado maneras distintas de morir y ninguna de ellas era en una habitación de hospital. O bien era un final romántico, en un hotel, en un barco, en la cima de una montaña; por amor, por coherencia, por rebeldía. O bien ridículo, en el inodoro o delante de una película porno; a veces ha tenido miedo de morir en una situación indecorosa; también de que lo encontrasen cuando llevara tiempo pudriéndose. Ninguna de las circunstancias que alguna vez ha barajado tendrá lugar. Y le da lo mismo el modo en que acabe todo. No tiene fuerzas ni siente ganas de hacer nada que no sea estar allí tumbado, contando los pasos silenciosos hacia la desaparición, algo que ahora considera necesario y justo y que no lamentará nadie. Sabe con certeza absoluta que, si no tuviera que morir, se suicidaría. Por pura aflicción. La aflicción de haber descubierto que el mal se elige como se elige el bien, que un acto cruel no es un accidente sino una opción, lo que uno quiere por encima del resto de las cosas. Sin paliativos. Y si él ha querido el mal es porque perdió el respeto por la vida o porque el mal se escoge para sentirse poderoso, y el poder, piensa él, acerca al ser humano al sueño de la inmortalidad, y él nunca antes se había aproximado a la inmortalidad, y ahora, tarde, se da cuenta de que siempre le quedará lejos, que se trata solo de una sensación efímera, inútil, conectada con el miedo por vía directa, y el miedo es lo único que puede explicar su bajeza. El miedo es la otra cara del poder. Miedo y poder. Cara y cruz.