Czytaj książkę: «Vida de Apolonio de Tiana»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 18

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este obra ha sido revisada por AURELIO PÉREZ JIMÉNEZ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1992.
ISBN 9788424930516.
INTRODUCCIÓN
1. El renacimiento literario griego en época imperial
La Vida de Apolonio de Tiana es una de las obras más representativas, si no la más, de la literatura griega de un período poco conocido para el gran público —salvo quizá la figura de Luciano de Samósata— y con demasiada frecuencia menospreciado por la crítica: el renacimiento literario que, en las atinadas palabras de Reardon 1 , «en formación ya a finales del siglo I , se precisa en época de Adriano, se anima bajo los Antoninos, se prolonga en la corte en la que Julia Domna tiene su salón... y se debilita cuando, a mediados del siglo III , de un lado, sucede a la paz continua del Imperio Romano medio siglo de luchas intestinas, y de otro, el Cristianismo comienza a imponerse sobre la cultura pagana». Una época en la que la prosa y, dentro de ella, la retórica, predomina sobre cualquier otro género, protagonizada por el rétor no forense, el conferenciante, que en ciertos aspectos resucita el tipo del antiguo sofista. Son nombres como los de Aristides, Luciano, Alcifrón y Arriano, además del propio Filóstrato, los que encarnan estas nuevas actitudes en literatura.
Fue el propio Filóstrato quien, en sus Biografías de los Sofistas , acuñó, para denominar este movimiento, el término de «Segunda Sofística» por el que, pese a algunas discrepancias en la crítica moderna acerca de su mayor o menor propiedad, seguimos designándolo. La razón de que Filóstrato prefiriera esta denominación a la de «Nueva Sofística» nos la explica el propio autor: no es un movimiento nuevo, sino antiguo, que se inicia, según él, con Esquines, el rival de Demóstenes 2 , y opuesto desde el primer momento a la primera sofística, la de Protágoras y Gorgias, a la que Filóstrato califica de rhetorikḗ philosophoûsa ‘retórica dada a la filosofía. Frente a la afición de los primeros sofistas por los temas filosóficos, la segunda sofística, siempre según esta especie de «declaración programática» de Filóstrato, se identifica más bien con los temas históricos. Junto a este renacimiento sofístico, la segunda creación de la época es un nuevo género literario destinado a alcanzar un enorme desarrollo en el futuro: la novela.
Este fecundo período de la literatura griega se ve, no obstante, desatendido con frecuencia, cuando no despreciado, por sus historiadores, que lo tildan de oratorio, frío, libresco, artificial y pedante, y le achacan carencia de originalidad y abundancia de referencias literarias del pasado 3 . Contribuyen a fomentar esta opinión, de un lado, la existencia de todo un movimiento de la época, el aticismo, que pretende resucitar, de forma a menudo demasiado servil, la pureza del antiguo dialecto ático, de su vocabulario, morfología y sintaxis, huyendo de la auténtica lengua hablada; y de otro, la teoría formulada por entonces de que la literatura es una mímēsis o imitación de los modelos clásicos, lo que la hace parecer más dirigida al pasado que al presente. En concordancia con esta valoración, se ha tratado repetidamente de buscar motivos de esta «pérdida de vigor» de la literatura griega, en comparación con la vitalidad que dio lugar a las grandes creaciones de las épocas arcaica y clásica. No carecen, sin duda, de cierta realidad, algunos de los más frecuentemente aducidos, como por ejemplo, el cansancio espiritual de la época 4 , que se manifiesta de un lado en el abandono de la investigación científica y en una incapacidad creadora que obliga a volver la vista atrás, y de otro, en el desplazamiento de los antiguos centros literarios a la periferia.
Con todo, una serie de estudios recientes tienden a estimar de forma diferente y más justa la época que nos ocupa 5 . En ellos se manifiestan ante todo los defectos de óptica de la anterior valoración, entre los que es fundamental el prurito, tan propio de nuestra época, de considerar la originalidad como principal mérito artístico. Se trata más bien de que, frente a las épocas arcaica o clásica, épocas de pioneros literarios, épocas de creación, los autores del Imperio tratan de consolidar esa tradición creada, de prestarle al mundo el inmenso servicio de enseñarle y conservarle lo que los antiguos descubrieron, de ejercitar, por utilizar el término griego, la paideía de una antigua y fecunda cultura. De acuerdo con esta visión, no podemos concebir la mímēsis como una mera imitación servil, sino como un conjunto de referencias a un amplio patrimonio literario, al que se estima como digno de conservación.
En otras palabras: cambia la literatura porque ha cambiado profundamente la situación vital, tanto de sus cultivadores como de su público. Por fijarnos en un par de aspectos de una cuestión realmente compleja, frente al antiguo ciudadano de la pólis , el griego de época imperial se encuentra, no ya como el de época helenística, habitante de una gran comunidad griega, sino más aislado y perdido aún, si cabe, dentro de la inmensa comunidad mediterránea aglutinada por el Imperio Romano. En ese enorme ámbito la cultura griega corre el riesgo de desaparecer, de ser absorbida por la de los conquistadores, por lo que los autores literarios de la época asumen la importante responsabilidad de conservarla de forma consciente. De otro lado, frente a una vida fuertemente comunitaria, dentro del pequeño marco de la pólis , el nuevo habitante del Imperio queda alejado de los centros de poder, y no es por ello extraño que, en vez de una relación directa, inmediata, entre el literato y su público, en la que se implicaban los grandes problemas políticos, como fue posible en el siglo VI a. C. a través del canto lírico, o en el V , por medio de una manifestación tan popular como el teatro, nos hallamos ahora ante la nueva cultura del erudito, que se comunica con su público selecto a través de la conferencia o el libro.
No obstante, no todo es conservadurismo en esta época, como las líneas anteriores pudieran hacernos pensar, sino todo lo contrario, junto a estas tendencias conservadoras hallamos una intensa búsqueda en todos los sentidos. Como señala Perry 6 , el hombre griego, perdida su identidad como politēs , como ciudadano, se vuelve «un vagabundo espiritual, que rara vez sabe a dónde va o qué hace, con el resultado de que llega a casi todas partes con su mente y su cuerpo y alumbra toda clase de concepciones». Esa búsqueda desordenada de lo nuevo, en un momento de ruptura del pensamiento racional, provoca unas curiosas mezclas entre cultura y superstición, un desvanecimiento de los límites entre las escuelas filosóficas, como la platónica, la estoica y la peripatética, con su búsqueda de un dios desconocido, y la idea inefable e irracional de la divinidad, que lleva al misticismo o a manifestaciones secundarias, como la superstición, la magia o el espiritismo. El panteón olímpico se aleja progresivamente del interés de las conciencias religiosas y la religión se va volviendo más personal; asimila primero las religiones orientales, mistéricas y de salvación y acaba, andando el tiempo, por cubrir sus necesidades con el cristianismo que, surgido en principio en zonas absolutamente marginales del imperio y en capas sociales antes completamente marginadas, termina por venir a llenar las necesidades espirituales de la mayoría y por imponerse de forma casi absoluta.
Esta búsqueda se manifiesta asimismo por una insaciable curiosidad, por un deseo desmesurado por lo prodigioso, por lo exótico e inaudito, que lleva, tanto a descripciones más o menos reales de tierras o pueblos lejanos, como a fantasías de toda especie sobre maravillas increíbles. Por ello el gran género popular de la época es la novela, con sus estupendas aventuras, los largos e inacabables viajes de sus protagonistas a tierras lejanas, la primacía de lo erótico, de la aventura y del final feliz, para un hombre de la calle lo suficientemente angustiado por el clima de inseguridad física y moral entonces reinante, como para desear evadirse de la realidad. La literatura se propone ahora como fin primordial entretener: busca satisfacer la enorme avidez de su público por lo exótico y pintoresco, por lo novelesco y lo romántico.
Pero, centrándonos algo más en el momento en el que escribe Filóstrato, hemos de aproximarnos a la visión de la historia política, cultural y religiosa, que aportan al Imperio los Severos 7 . Se trata de una serie de emperadores, de origen africano y sirio, que, por serlo, no se veían ligados a la tradición romana de la vieja casta senatorial, circunstancia que permitió que salieran a flote una serie de nuevos elementos culturales, antes soterrados, y se igualaran en importancia a los tradicionales greco-romanos. Es además un momento en el que los sofistas ocuparon un papel predominante en la sociedad. Son secretarios del emperador o maestros de la juventud, y su formación se siente atraída hacia todos los temas, aunque sin profundizar en ninguno de ellos. La irreligiosidad inspira aversión, y el Imperio se abre a múltiples divinidades nuevas, desde Baal y Tanit a Sérapis, y a toda clase de supersticiones, aceptadas sin la menor crítica, mientras que la filosofía abandona cada vez más el racionalismo, para interesarse por lo sobrenatural y por la pureza moral. Un síntoma claro es que las palabras «filosofía» y «filosofar» se aplican en Filóstrato a múltiples terrenos con los que antes no tenía nada en común, como aspectos de la historia religiosa o del culto, o incluso la retórica.
2. Filóstrato y el círculo de Julia Domna
Es en esta época, pues, cuando ve la luz Filóstrato, un autor cuya investigación se ha visto desde el primer momento dificultada por la identidad de nombres de varios Filóstratos de la misma familia, así como por la escasez de nuestras fuentes y los errores que en ellas advertimos.
El testimonio más importante sobre los Filóstratos es un artículo en el Suda , léxico-enciclopedia del siglo X , que distingue tres autores del mismo nombre: uno, de Lemnos, hijo de Varo y padre del segundo, activo en época de Nerón, y autor, entre otras obras, de un Gimnástico y de un Nerón . El segundo, un sofista que floreció en la época de Septimio Severo, en cuya producción se incluyen las siguientes obras: Cartas, Biografías de los Sofistas, Vida de Apolonio de Tiana, Heroico y Cuadros . El tercero, un hijo de Nerviano, sobrino del segundo citado y autor de otros Cuadros . La imposibilidad de que un contemporáneo de Nerón sea padre de un contemporáneo de Severo, a más de que el segundo citado es en realidad el primero cronológicamente, son dos de los múltiples errores de esta fuente, errores que han viciado y complicado la investigación posterior.
Junto a este testimonio, disponemos de una mención en el Códice Vaticano , en un epítome de las Biografías de los Sofistas (recogido en la edición de Kayser de esta obra, pág. XXVIII), que identifica al autor de estas biografías con el de la Vida de Apolonio y las Cartas , y, por último, contamos asimismo con un pasaje de un rétor del siglo III a. C. llamado Menandro 8 , que afirma que el autor de los Cuadros es el mismo que el del Heroico .
Aún podemos añadir dos datos de las propias obras: el primero, es que el autor de las Biografías de los Sofistas se menciona a sí mismo como autor de la Vida de Apolonio , el segundo es que en las mismas biografías se alude a otro Filóstrato, también Lemnio, en términos amigables 9 .
El panorama no es mucho menos confuso en la investigación reciente. No sólo se discute la atribución de cada obra a uno u otro de estos tres autores, sino que incluso se discute el número de Filóstratos que, según los estudiosos, oscila de dos a cinco. No es este el lugar de ocuparnos de nuevo en tan espinosa cuestión, que, por otra parte, dista de estar resuelta definitivamente 10 .
El autor de la Vida de Apolonio , que es el que aquí nos interesa, debió nacer entre el 160 y 170 en Lemnos, ciudad a la que cita, a propósito de los sátiros, en esta obra 11 , y fue probablemente hijo de sofista, dado que tal actividad se transmitía frecuentemente en esta época de padres a hijos. Entre sus maestros se citan dos discípulos del famoso Herodes Ático: Proclo de Naucratis e Hipódromo de Larisa, a más de otros renombrados rétores, como Demiano de Éfeso y Antípatro de Hierápólis. Este último fue educador de los hijos de Septimio Severo, Geta y Caracalla, y probablemente el introductor de Filóstrato en el círculo de la esposa de Septimio, la siria Julia Domna, en cuyos trabajos debió colaborar desde comienzos del siglo III . Precisamente la redacción de la Vida de Apolonio se debe a un encargo de la emperatriz, pero, dado que Filóstrato no le dedicó la obra, parece que hemos de aceptar que esta biografía vio la luz poco después del 217, el año en el que la emperatriz puso fin a su vida.
Sobre este círculo de filósofos, científicos y sofistas, reunido en torno a Julia Domna, se ha fantaseado mucho. Se ha llegado incluso a parangonarlo con los mecenazgos del Renacimiento italiano y a dibujar un fantástico retrato de la emperatriz como una mezcla de Catalina de Médicis, Cristina de Suecia y Mesalina. De otro lado, y sin la menor razón, se incluía en el círculo a todos los autores más conocidos de la época.
En un pulcro trabajo Bowersock 12 ha vuelto las aguas a su debido cauce. En realidad es muy poco lo que sabemos de cierto sobre el círculo. Desde luego, existió, y el propio Filóstrato lo define como tal círculo (kýklos ) en la Vida de Apolonio 13 , mientras que en otro lugar, al mencionar a un tal Filisco, un sofista de Tesalia, nos dice que estaba unido a «los geómetras y filósofos que rodean a Julia» 14 . Por su parte Dión Casio 15 nos aclara que la emperatriz se había dedicado a diversiones intelectuales por la enemistad del poderoso prefecto de la guardia Fulvio Plauciano, que la excluía de las políticas. Si esto es así, el círculo se configuraría en los últimos años del siglo II . En cuanto a una carta que nos ha llegado, dirigida por Filóstrato a Julia Domna 16 , no puede servirnos de testimonio válido dado que con toda probabilidad es espuria. En todo caso, no parece que el círculo contara con figuras de gran importancia, ya que las personalidades más relevantes de la época tendían a aproximarse a las esferas de poder, de las que Julia había quedado, mal de su grado, al margen.
En cuanto a los intereses y aspiraciones del círculo, la propia Vida de Apolonio es especialmente apta para ejemplificarlos. Parece que Julia Domna trató de convertir a Apolonio en el prototipo de la fusión entre religión y filosofía que se opera en su época, y que le interesaba especialmente destacar en él su elevación de sentimientos, la pureza de su vida y su piedad hacia lo divino.
A la muerte de Julia Domna y, naturalmente, ya fuera del círculo, escribe Filóstrato sus Biografías de los Sofistas , verdadero programa de la Segunda Sofística, dedicado a Antonio Gordiano, cónsul de África. Asimismo se le atribuyen el Heroico , diálogo acerca del culto de los Héroes, unas Cartas , predominantemente amorosas, especie de poemas líricos en prosa, un Gimnástico , estudio de las competiciones gimnásticas y tipos de deportes, y unos Cuadros , descripciones de los cuadros de una colección de Nápoles. Es quizá también autor de un diálogo, el Nerón , equivocadamente introducido en el grupo de los de Luciano, y que presenta muchos puntos de contacto con las referencias a Nerón que abundan en la Vida de Apolonio .
El interés de Filóstrato abarca, como vemos, prácticamente todas las formas literarias de la época, a excepción de la novela: el diálogo, la biografía, la narración, la ékphrasis , etc., y en cuanto a la temática, se interesa por la filosofía, la moral, la religión, el arte y la temática erótica, así como por la descripción de objetos o lugares exóticos. A partir de una formación semejante a la de Luciano y Alcifrón, se asemeja mucho literariamente al autor de Samósata, si bien carece de su sentido dramático y de su inclinación a la sátira. Sobre una base retórica, crea una literatura absolutamente contraria a lo que hoy llamamos «comprometida», en la que brillan por su ausencia los problemas referentes a la sociedad de su tiempo: algo que podríamos denominar «literatura por la literatura», configurada con la mayor libertad y fantasía y un escaso escrúpulo por la verdad histórica. Su prosa, influida por el aticismo, no se deja, sin embargo, encorsetar en un excesivo artificio, sino que posee, pese a una cierta inclinación al preciosismo, una evidente frescura que, en ocasiones, plantea no pocas dificultades para su traducción 17 .
Este es, pues, a grandes rasgos, el autor de la Vida de Apolonio , pero ¿quién fue este Apolonio, que mereció la atención de los círculos cercanos a la corte imperial de Roma, como para consagrarle una biografía tan extensa como ésta?
3. Apolonio de Tiana
Debió de nacer Apolonio en Tiana, una ciudad de Capadocia, en los primeros años de la era cristiana, y morir, de acuerdo con Filóstrato, en la época de Nerva, esto es, entre los años 96 y 98. Algunas voces, sin demasiado fundamento, han dudado de esta cronología, según veremos en esta misma Introducción , § 5, pero no han conseguido ofrecer una propuesta alternativa suficientemente basada como para convencer. Poca fue la huella que debió dejar en su época Apolonio, a juzgar por el silencio de las fuentes contemporáneas. Por otra parte, fuera de la extensa biografía de Filóstrato y de las disputas que su figura suscitó luego entre los autores cristianos y paganos tardíos, a las que luego aludiré, las demás referencias a Apolonio son escasas, si bien todas tienen algo en común: unánimemente se nos presenta un Apolonio que tiene mucho más de brujo y taumaturgo que de filósofo. Por citar algún ejemplo, el historiador Dión Casio lo menciona en dos ocasiones: en una de ellas refiere cómo Apolpnio vio desde Éfeso el asesinato de Domiciano, que estaba teniendo lugar en Roma 18 ; en la otra nos cuenta cómo a Caracalla «le agradaban tanto los magos y hechiceros, que a Apolonio el capadocio, que floreció en época de Domiciano y fue un consumado hechicero y mago, lo ensalzaba y honraba, e incluso le construyó un heroon » 19 . También los escritores de la Historia Augusta se refieren a él. Así, se nos cuenta 20 que, cuando Aureliano se disponía a destruir Tiana, se le apareció Apolonio y lo convenció para que respetara su ciudad natal. Asimismo se nos informa 21 de que Severo Alejandro rendía culto en un santuario privado a la imagen de Apolonio, junto con las de Cristo, Abraham y Orfeo. No faltan alusiones más despectivas, como la de Luciano 22 quien, en su sarcàstica descripción del falso profeta Alejandro, dice que fue discípulo de Apolonio y agrega: «¡Ya ves qué clase de escuela tenía el individuo del que hablo!» Presumiblemente debía estar escrito en tonos parecidos el libro de Merágenes sobre Apolonio, del que nos habla el propio Filóstrato 23 .
Este tipo humano no carece de paralelos. Además del ya citado de Alejandro, podemos citar a Peregrino, objeto también de una obra de Luciano, Sobre la muerte de Peregrino , que presenta varias coincidencias con nuestra Vida 24 , y especialmente el propio Pitágoras o, mejor dicho, el tipo humano en el que la leyenda acabó por convertir a Pitágoras y que se refleja, por ejemplo, en sus biografías tardías, como las de Porfio y Yámblico: un taumaturgo, relacionado con la sabiduría caldea y egipcia, entre cuyos saberes se incluían nociones filosóficas, unidas a prácticas ascéticas, veneración religiosa y la capacidad de obrar maravillas. La relación es particularmente estrecha entre la Vida de Apolonio y la Vida de Pitágoras de Yámblico, entre las que se han señalado numerosas analogías. Dado que sabemos que Apolonio escribió una biografía de Pitágoras (citada, entre otros, por el propio Yámblico, Vid. Pit ., 254), se ha llegado a pensar que Filóstrato pudo usarla como fuente, atribuyéndole al Tianeo rasgos o anécdotas que Apolonio refería acerca de Pitágoras, lo que explica las coincidencias con Yámblico, que se sirvió igualmente de ella como fuente para su biografía de Pitágoras 25 .
El propósito primordial de Filóstrato es negar en su biografía que Apolonio fuera un góēs , un brujo o practicante de la magia negra, y reivindicar su figura, convirtiéndola en la de un representante excelso de la alēthinḗ sophía , la «verdadera sabiduría», a la altura de filósofos antiguos como Empédocles, Demócrito o Platón, por no hablar del propio Pitágoras. Para ello llega incluso a atacar a los brujos, tanto en su propia narración, como en boca de Apolonio 26 . No obstante, pese a sus buenos propósitos, los rasgos con los que nos presenta su figura hacen asomar aquí y allá inevitablemente la figura del taumaturgo. Apolonio hace milagros (IV 25, VI 27), resucita a una muerta o, al menos, aparentemente muerta (IV 45), hace profecías (I 10, IV 4, 34, VI 32, etc.), expulsa démones (IV 20, 25, VI 27), sana enfermos (IV 4), aparta la peste (IV 10), evoca muertos (IV 16), aparece súbitamente en un lugar apartado (IV 10, VIII 10), ve lo que sucede en lugares lejanos (VIII 26), habla lenguas sin haberlas aprendido (I 19), posee la capacidad de comprender a los animales (I 20) y un largo etcétera de poderes, algunos de ellos íntimamente relacionados con lo chamánico. De otra parte, hay aspectos más propiamente religiosos que filosóficos (si bien la distinción entre ambos, como ya he dicho, se va borrando progresivamente en esta época), como son su vida de predicador, así como sus visitas a los templos y su afán por reformar sus cultos, etc.
En realidad cabe decir que hay dos Apolonios, el filósofo y el taumaturgo, sin que el autor logre conciliar muy bien a ambos, a más de que Filóstrato, pese a sus intenciones declaradas de limpiar la figura de Apolonio de sus aspectos mágicos, no puede evitar la tentación de lo maravilloso, tan del gusto del público de la época. En suma, lo que pretende ofrecernos Filóstrato es un retrato idealizado del hombre divino, o mejor, de lo que los griegos llamaban el theîos anḗr 27 , dado que «divino» (theîos ), para los griegos de la época, tiene un sentido bastante diferente de lo que tal palabra evoca en nuestra conciencia lingüística 28 . Para las religiones politeístas «dios» es tan sólo alguien que difiere de un hombre en que no muere y posee poderes sobrenaturales, por lo que la posesión de ciertos poderes sobrehumanos hacen confundirse al hombre con la esfera de lo divino, además de que, ya Platón 29 pensaba que los filósofos se acercaban a la divinidad por su perfecta bondad.
Filóstrato, además, precisa que los poderes de Apolonio se deben a una especial ascesis (VIII 7), con lo cual no hace otra cosa que profundizar en un concepto acuñado por Juliano el teurgo, el concepto de teurgia 30 , heredado luego por Porfirio y el Neoplatonismo. La teurgia la practica un sabio que, por la ejemplaridad y pureza de su vida y por su amor a la sabiduría, goza de la comunidad con los dioses y es intermediario entre dioses y hombres. En todo caso, tenemos datos que aseguran que Apolonio llegó a recibir culto. Además del heroon que le dedicó el emperador Severo Alejandro, al que ya he aludido, sabemos que en Éfeso recibía culto bajo la advocación de Heracles Tutelar 31 , y asimismo habla de los adoradores de Apolonio, entre otros, Eunapio 32 .
Nos consta, además, que Filóstrato ha añadido rasgos de su propia cosecha en la configuración de la figura de Apolonio. Así, por ejemplo, se pueden detectar influjos socráticos en el diálogo y en varios elementos de la propia biografía 33 , se evidencia claramente que las opiniones políticas del de Tiana contienen más del punto de vista filostrateo que del atribuible a Apolonio 34 , y otro tanto cabe decir de las opiniones artísticas, estudiadas detenidamente por Birmelin 35 . En cuanto al gran interés de Apolonio por el culto al Sol, no tiene base en las creencias pitagóricas del capadocio, sino que parece deberse a un deseo del sofista de adular a Julia Domna, cuyo padre era sacerdote del Sol. Por último, respecto a sus viajes, si bien el viaje a la India es muy plausible, la estancia de Apolonio en Etiopía parece falsa, de acuerdo con los múltiples detalles geográficos sospechosos de la narración, puestos de manifiesto por Hopfner y Treloar 36 .
En cambio sí podemos atribuirle a Apolonio, porque coincide perfectamente con las creencias pitagóricas, la consideración de las prácticas del sacrificio sangriento como inapropiadas para los dioses. Un sumario de las creencias religiosas de Apolonio podemos hallarlo, además, en un fragmento del propio Apolonio, de una obra referida a los sacrificios que nos ha conservado Eusebio 37 .
Apolonio parece haber sido autor de una extensa producción literaria. El detalle de este punto podemos reconstruirlo en parte gracias a una noticia del ya citado léxico Suda, aparte de algunas menciones, principalmente en la propia Vida de Apolonio , además de los textos que se nos han conservado como suyos.
El Suda comienza por citar su obra Sobre los sacrificios , mencionada, además de por Eusebio, al recoger un fragmento de la misma, por Porfirio y por el propio Filóstrato 38 . Enumera asimismo un Testamento —al que se alude como fuente en Vida de Apolonio I 3— unos Oráculos , la ya citada Vida de Pitágoras y unas Cartas . De estas últimas se conserva una colección de setenta y siete, de las que hemos de descontar la 53, que es de Claudio al senado de Tiana; la 59, del rey babilonio Garmo a Neogindes, rey de los indios, y la 62, de los lacedemonios a Apolonio, pero a las que hemos de añadir una citada por Porfirio y varias referidas por Estobeo 39 . En la propia Vida de Apolonio 40 se menciona la existencia de una colección diferente de cartas. En todo caso, si bien la autenticidad de esta colección epistolar no es segura, tampoco hay motivos decisivos para negársela. Posiblemente hay algunas auténticas, unidas a falsificaciones. El tema ha sido objeto de un recentísimo trabajo de Lo Cascio 41 .
A este catálogo podemos aún agregar el Himno a la Memoria , su obra Acerca de la adivinación por las estrellas y las Opiniones de Pitágoras , de acuerdo con las referencias contenidas en la Vida de Apolonio 42 , pero hemos de considerar falsas las atribuciones del discurso apologético de Apolonio en VIII 7, que es claramente obra de Filóstrato, y de un tratado Sobre las horas del día y de la noche 43 .
Es difícil saber cómo era Apolonio en realidad, dado que la de Filóstrato es una visión parcial e interesada. Parece evidente que hemos de admitir entre sus rasgos básicos que era un pitagórico que quiso ser un retrato viviente de Pitágoras, preocupado por conservar puros sus preceptos: vegetarianismo, abstinencia sexual, uso de vestimenta de lino y calzado de corteza, etc., interesado por la moralización del culto a los dioses, y amante de la cultura griega, además de ser, como lo define Bowersock 44 , un inconformista, cuya persecución de la verdad y sinceridad lo hacían entrar en conflicto con el gobierno establecido de su época.
En cualquier caso, era Apolonio, con su aspecto exótico, su amor por lo griego, sus viajes a tierras extrañas y sus cambiantes relaciones con los emperadores, el personaje ideal para una biografía novelesca, como la que emprende Filóstrato. Para ello contó sin duda con una serie de materiales.