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LOS SEÑORES DEL URITORCO
Finalmente el libro que todos los que aman Córdoba y su historia estaban esperando: un texto de divulgación serio, accesible y ameno sobre la etnia que pobló las serranías y los valles de la provincia: los henia-kamiare, popularmente conocidos como comechingones. Esta obra, contrariamente a lo que sucede con otra literatura en circulación, se basa en las fuentes científicas más acreditadas, a partir de los trabajos señeros de los grandes investigadores argentinos Aníbal Montes y Antonio Serrano, a quienes el libro rinde homenaje. Además, plantea un análisis de la visión que de los henia-kamiare difundieron operadores esotéricos como Guillermo Terrera, Ángel Cristo Acoglanis y José Trigueirinho, quienes relacionaron a los comechingones con la mitología ufológica del cerro Uritorco y con la supuesta ciudad intraterrena de Erks.
Sebastiano De Filippi nació en 1977, y es un experimentado investigador y escritor. Cursó sus estudios universitarios de ciencias sociales en las universidades de Buenos Aires y Católica Argentina, y se graduó como Licenciado en Dirección Orquestal por la Real Academia de Música de Londres.
Ganó certámenes de ensayo, narrativa y poesía, incluyendo el Concurso Literario Internacional organizado por la Comisión de Conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento Oficial de América. Publicó artículos de divulgación científica en revistas de la Argentina, Italia y España.
Como musicógrafo, escribió para los programas de mano de orquestas, teatros y festivales de la Argentina, Ecuador y Bolivia. Es autor de los libros Cristóbal Colón. Los navegantes italianos de los siglos XV y XII (1992), Alta en el cielo. Vida y obra de Héctor Panizza (2017, en coautoría con Daniel Varacalli Costas) y La Ciudad de la Llama Azul. Luces y sombras sobre el cerro Uritorco (2018).
Tiene una destacada carrera musical como músico, profesor, disertante y gestor. Es director de la Orquesta de Cámara del Congreso de la Nación. Fue nombrado Caballero en la Orden al Mérito de la República Italiana.
Fernando Soto Roland nació en 1963, y es un conocido historiador y escritor. Se graduó con honores como Profesor en Historia en la Universidad Nacional de Mar del Plata y desde 1992 ejerce labor docente en los niveles educativos secundario, terciario y universitario.
Es autor de libros y artículos. Su primer trabajo bibliográfico, Visitantes de la noche, versó sobre el imaginario que rodea a las historias de fantasmas, y fue publicado en 1997 en la Argentina y en España. Abordó la cuestión de los exploradores y las exploraciones durante el siglo XIX en el libro Aproximación al imaginario de los exploradores durante la Era del Imperio (2012).
SEBASTIANO DE FILIPPI
FERNANDO SOTO ROLAND
LOS SEÑORES DEL URITORCO
La verdadera historia de los Comechingones

A la memoria de don Aníbal Montes (1886-1959), ingeniero de profesión, militar de carrera y antropólogo por vocación.
A la memoria de don Antonio Serrano (1899-1982), prototipo de científico positivista volcado a la arqueología.
El estudio autodidacta y la investigación independiente de ambos nos legaron buena parte de lo que sabemos sobre los comechingones.
Revelar la memoria de los pueblos es avanzar hacia un mundo sin odios.
Aníbal Montes
Índice
Cubierta
Acerca este libro
Portada
Dedicatoria
Epígrafe
Presentación, por Horacio Sanguinetti
Prefacio, por Sebastián Pastor
Prólogo, por Diego Viegas
Introducción
I. Semblanza de un pueblo olvidado Denominaciones Perfil étnico Origen histórico Ubicación geográfica Organización sociopolítica Espiritualidad y culto Manifestaciones artísticas Viviendas y refugios Hábitos alimenticios Vestimenta típica Actividad económica Materiales y manufacturas Combate en guerra Idiomas y dialectos Proceso de conquista Presencia en la actualidad
II. Indios metafísicos del imaginario esotérico Deformaciones culturales Reescribiendo el pasado Un profesor cordobés Indígenas místicos De bastones y cálices Arte extraterrestre Conclusiones
Apéndice Aníbal Montes Antonio Serrano
Bibliografía
Agradecimientos
Créditos
Presentación
Horacio Sanguinetti*
Por lo común, quienes aman ciertos lugares se interesan en su historia, en conocer quienes los apreciaron, vivieron y conformaron. Por eso muchos argentinos procuran saber de los pueblos indígenas que los habitaron antes de la conquista, de sus costumbres y de la relación con los espacios que hoy sentimos nuestros.
El centro de la actual República Argentina fue hogar de las comunidades comechingonas, acerca de cuyos caracteres se ignora tanto, mucho más que en relación con los de otras poblaciones precolombinas.
Sobre los comechingones, por eso mismo, se han creado las más fantásticas leyendas: hay quienes los suponen totalmente barbados, de piel blanca, de ojos celestes… pero poco de eso tiene mayor seriedad.
Desde niño frecuento una zona de Córdoba donde existió un pisadero comechingón (en el que se fabricaba adobe a partir del barro) y los utensilios de su uso se encontraban entonces a flor de tierra. Personalmente y a muy corta edad, hallaba trozos de barro cocido, con precarias formas humanas o acaso divinas, aparentes armas y, en cierta cantidad, puntas de flechas; una de ellas, de estética destacable, muy completa y bien tallada, la conservo hasta hoy.
El pisadero de marras estaba en un sitio muy bien escogido, próximo a un arroyo, con declive adecuado para su drenaje y fácil acceso.
Espero que este ingenioso libro, que recoge prácticamente cuanto se sabe sobre los comechingones, ilumine el tema, y provoque entusiasmo en ampliarlo y profundizarlo. Intuyo que esa etnia era más avanzada de lo que se pretende y que sus condiciones de vida habían ido progresando al nivel de sus vecinos contemporáneos.
Es un enorme tema, cuyo abordaje puede fascinar a cualquiera; en primer lugar a los autores que aquí presentamos con el aprecio y el alto respeto que merecen.
* Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. Academia Nacional de Educación. Real Academia Española. Universidad de Buenos Aires.
Prefacio
Sebastián Pastor*
En su propuesta, la obra elaborada por Sebastiano De Filippi y Fernando Soto Roland aborda la problemática de determinadas comprensiones extendidas acerca de las antiguas comunidades originarias que poblaron las serranías cordobesas antes de la invasión europea en el siglo XVI, en una comarca específica como es la zona de Capilla del Monte, en el norte del valle de Punilla.
Particularmente se analiza un fenómeno iniciado en la década de 1980, con un crecimiento verificado hasta la actualidad, que entiende el milenario desarrollo histórico y cultural de estos pueblos desde paradigmas basados en la ufología y en las llamadas “ciencias esotéricas”. Se habla de este modo de “indios metafísicos”, en un marco interpretativo donde intervienen variados ingredientes como contactos extraterrestres, ciudades intraterrenas, migraciones normandas o escandinavas, la búsqueda del Santo Grial y misteriosos “bastones de mando”.
Los autores asumen una postura crítica y contraponen una visión fundada en los aportes de la arqueología y la etnohistoria, con una particular valoración del trabajo de pioneros de estos estudios como el profesor Antonio Serrano y el ingeniero Aníbal Montes.
Desde mi posición personal en el campo científico y de la arqueología académica, debo señalar aquí algunas condiciones que rigen la producción de conocimientos en este terreno.
Las tareas de investigación se realizan desde un paradigma que parte de ideas previas o hipótesis, que son alimentadas por información arqueológica preexistente y por determinados marcos teóricos, y luego confrontadas con observaciones emanadas del análisis de la materialidad producida en el pasado, mediante metodologías y técnicas específicas. Las interpretaciones resultantes son sometidas a examen, verificación y crítica, por parte del propio investigador y de sus colegas (compañeros, colaboradores, competidores). De este modo, solo logran arraigo aquellas ideas o propuestas que se muestran más plausibles, capaces de generar mayores consensos.
La materialidad comprende una variedad de restos, de gran tamaño como una ciudad, una edificación o una cueva con pinturas rupestres, y vestigios microscópicos como una célula mineralizada de una planta, descompuesta en el suelo y luego recuperada con técnicas arqueológicas. Forman parte de las indagaciones de esta disciplina artefactos como herramientas de diferentes materiales y destinadas a variados propósitos, así como residuos resultantes de su elaboración o de otras actividades, como la preparación y el consumo de alimentos o la realización de un ritual (restos de huesos de animales, de carbón de una fogata, ofrendas, sepulturas, etcétera).
El desarrollo de nuevas técnicas analíticas, de nuevos marcos conceptuales y, asimismo, los nuevos descubrimientos permiten un proceso acumulativo a partir del cual los insumos para la reconstrucción histórica son cada vez más abundantes, variados y precisos.
Por ejemplo, en la década de 1940, cuando Antonio Serrano escribió su famoso libro Los comechingones, aún no se habían identificado con nitidez contextos precerámicos de entre 8.000 y 2.000 años de antigüedad, ni se había descubierto la técnica del carbono 14, que permite una estimación precisa del tiempo transcurrido desde la muerte de un organismo y, junto a él, la cronología del contexto arqueológico que lo contiene (huesos humanos o de animales, restos de carbón vegetal, valvas de caracol, etcétera).
Pocos años después, en la década de 1950, el arqueólogo Alberto Rex González logró distinguir con claridad contextos arqueológicos de miles de años de antigüedad en el valle de Ongamira, la pampa de Olaen y las sierras de San Luis, así como aplicar por primera vez en la Argentina la técnica de datación radiocarbónica (con fechados de 8.000 años para la llamada “cultura ayampitín”, en la puntana gruta de Intihuasi).
Del mismo modo, el panorama disponible en la década de 1950 no puede ser comparado con la realidad contemporánea, donde se cuenta con decenas de fechados radiocarbónicos para una variedad de contextos arqueológicos en toda la región serrana, de las más diversas cronologías, y cuyos contenidos pudieron ser analizados mediante técnicas y métodos que solo alcanzaron un desarrollo y aplicación convencional en años recientes.
Al mismo tiempo que se acumulan nuevas informaciones y se incrementa el conocimiento del proceso histórico prehispánico, aumenta la conciencia del carácter fragmentario y provisorio del saber arqueológico: el hecho de que nuevas miradas desplazarán a las anteriores, entre ellas a las actuales, puesto que en el futuro intervendrán elementos que hoy no están presentes. También, por la comprensión de que cada época mira hacia el pasado desde un lugar situado, desde sus propios horizontes, intereses, expectativas y, asimismo, desde los marcos conceptuales y medios puestos a disposición.
En pocas palabras, cambian los datos empíricos y cambian también los esquemas globales de interpretación. En la década de 1940 Serrano no conocía la secuencia varias veces milenaria que poco tiempo después estableció González, pero además utilizaba un marco teórico que incluía nociones acerca del difusionismo, de los modelos de centros y periferias, de áreas marginales y pueblos “primitivos”, que ya no forman parte de la matriz con la que se analizan estas cuestiones en la actualidad.
Junto al refinamiento y la sofisticación técnica, a los nuevos hallazgos y a los esquemas superadores en las comprensiones teóricas, crece la conciencia entre los practicantes de la arqueología sobre la parcialidad y provisionalidad de los conocimientos adquiridos; si bien existen “demostraciones” más firmes que otras, en poco tiempo el conjunto de elementos será dispuesto de otra manera en nuevos esquemas.
Entonces, del mismo modo en que no existen “verdades” incontrovertibles, tampoco han de imponerse discursos con fuerzas legitimadoras, emanadas desde determinados poderes sociales, en reemplazo o desplazamiento de otros relatos o versiones acerca del pasado. Probablemente para muchos arqueólogos y arqueólogas hoy resulta incómoda la posición “legítima” de sus enunciados, transferida por el prestigio científico o por el poder de agencias estatales.
Concretamente, en la “vereda de enfrente” de los relatos basados en las disciplinas esotéricas no se contrapone un saber científico entendido como verdades positivas, rígidas, que no pueden ser sometidas a revisión, crítica, ni al filtro que suponen otras miradas o paradigmas. Y si bien es cierto que determinados actores o colectivos sociales pueden asumirlo de este modo, desde otras comprensiones o cosmovisiones –como las de las “ciencias esotéricas”– otros actores podrán confrontar, desacreditar o sencillamente ignorar estas posturas.
Incluso, para muchos el lugar de prestigio o legitimidad transferido al discurso científico, desde determinados poderes sociales, resulta por esta misma razón un motivo de desconfianza y oposición. Se opta entonces por miradas alternativas, como las que aportan las llamadas ciencias esotéricas o, en otros casos, la cosmovisión de las comunidades originarias.
Con frecuencia, los saberes producidos desde la ciencia, lenta y pacientemente forjados, con el reconocimiento de certezas provisorias y de vastos terrenos de incertidumbre, resultan poco atractivos, de difícil acceso y en definitiva menos preferibles que los discursos alternativos, basados en otros supuestos y epistemologías.
Desde el campo académico, la comprensión de la parcialidad y provisionalidad de sus saberes, no obstante acumulativos y cada vez más precisos, así como cierta incomodidad por ocupar sitiales de legitimidad social, persuade a numerosos arqueólogos y arqueólogas de la necesidad de habitar espacios más simétricos, junto a otras fuentes de saber y “versiones” acerca del pasado.
Al mismo tiempo, se suma la responsabilidad por la limitada socialización de los resultados y de la discusión interna en estos campos de estudio, lo que provoca que fuera de su círculo no se sepa, o se sepa muy poco, de lo que “ya se sabe”. Así, desde el lugar de los especialistas se percibe la notable desactualización de los conocimientos que circulan por fuera de la academia, como bien apuntan los autores de este libro, más allá de que no resulta sencillo escapar por completo de este diagnóstico.
En una postura que apunte hacia la democratización de los saberes, en su proceso de producción, enunciación y apropiación, o bien en una postura posmoderna del tipo “todo vale”, todos tenemos derecho a la palabra, a pensar y a escoger los discursos que prefiramos. ¿Qué poder podría imponer, y con cuáles motivaciones, una versión sobre otras?
En otro nivel, un diálogo honesto e informado entre las diferentes posturas, paradigmas o epistemologías podría resultar benéfico para actores individuales o para colectivos genuinamente interesados en esta problemática. Sin dudas, no sería una iniciativa sencilla: requeriría ante todo la buena voluntad de los intervinientes para “suspender”, al menos en forma momentánea o teórica, los supuestos de verdad con los que cada uno se siente acompañado.
Con todos los matices que aquí intentamos aclarar acerca de las características del saber arqueológico, los autores de esta obra desarrollan una crítica al paradigma de las ciencias esotéricas aplicado a la historia y la cultura de las comunidades originarias de las serranías cordobesas. Desde el lugar de los “criticados” posiblemente existirán actores dispuestos a entablar un diálogo sensato, otros que no y otros que directamente ignoren tal propuesta.
Desde mi postura, se acuerda con los autores en la idea de que aceptar relatos fantasiosos, contrapuestos a conocimientos aceptablemente firmes emanados desde la arqueología, por tomar alternativas a la ciencia y a presuntos poderes de matriz colonial, significa en realidad arrojar una nueva mirada colonialista sobre estos antiguos pueblos, despojados por los procesos de la conquista de sus culturas, tierras y vidas, pero que aún cuentan con descendientes que pugnan por su reconocimiento y valoración.
Pensando en estos últimos, así como en todos quienes habitamos y amamos este territorio, se trata posiblemente de un camino más corto, pero a la vez más sensible y profundo, atento a las antiguas marcas y vestigios que cubren la geografía serrana, a sus rocas, aguas, plantas, animales y personas; un camino que para cobrar sentido no requiere trasladarse a tierras lejanas, como el altiplano de Bolivia, Oceanía o Escandinavia y mucho menos hacia otros planetas o galaxias…
* Centro de Investigación y Transferencia de Catamarca. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Universidad Nacional de Córdoba. Universidad Nacional de La Plata.
Prólogo
Diego Viegas*
Estamos ante la presencia de un “pequeño gran libro”. Tal vez pequeño en sus dimensiones, pero de imperiosa y urgente, más que necesaria, publicación y circulación: me sumo a los argumentos de los autores en el sentido de que durante mucho tiempo ha existido en el marco de la divulgación popular de las ciencias sociales un deplorable vacío acerca de los grupos étnicos henia-kamiare de las provincias de Córdoba y San Luis, más conocidos como “comechingones”.
A pesar del interés general que en las últimas décadas se ha manifestado acerca de la historia de este pueblo originario de nuestro país, su contexto y su entorno natural, la información fidedigna aparece fragmentaria, poco accesible, muchas veces divulgada solo entre los especialistas dentro de los ámbitos académicos de la antropología y la arqueología; por momentos resulta incluso difícilmente abordable por fuera de los ambientes eruditos de Córdoba o de las viejas publicaciones no reeditadas de los pioneros investigadores clásicos (dos de ellos homenajeados en esta obra: Serrano y Montes).
Es por ello que hacía mucha falta una obra que actualizara y sintetizara, en forma breve y sencilla, para uso de todos los lectores –versados o no– los conocimientos fiables, comprobados, auténticos, verificables, sobre el origen histórico de los “comechingones”, su verdadera denominación, su proceso étnico identitario (incluso los actuales procesos de reetnización y autoadscripción de sus pocos y mixturados descendientes), su geografía tradicional, su organización sociopolítica, su alimentación, vestimenta, actividad económica, manufacturas, idiomas… y finalmente un conciso compendio de su trágica invasión, conquista, reducción a la esclavitud y exterminio por el español.
La exigencia de esta obra se basa además en que sabemos poco de los comechingones. Tanto este pueblo como sus vecinos sanavirones, habitantes de las Sierras Centrales, se fueron configurando como culturas definidas desde el año 500 de la era cristiana. Las crónicas españolas afirmaban que “eran barbudos como nosotros” y con alguna sorpresa registraron sus sistemas de regadíos artificiales y su organización guerrera.
Tenemos bastante conocimiento arqueológico de su vida material, fundamentalmente agrícola-pastoril y en menor medida cazadora, pero aún mucha ignorancia en cuanto a sus complejas relaciones con otras comunidades, su organización en el seno de las parcialidades, dimensiones más acabadas respecto de su medicina tradicional, cosmovisión, ritos y aspectos religiosos profundos. Algunas de estas facetas culturales seguramente se han perdido para siempre.
Como suele suceder, ante los huecos de información veraz, ante la carencia o insuficiencia de datos ciertos y evidentes, la especulación extrema y la fantasía se hacen cargo de aquellos. Y a veces, lamentablemente, se trata de una fantasía desbordada que se difunde y populariza en el propio territorio que otrora habitó orgullosa la cultura henia-kamiare, actualmente sede de centros turísticos (como Capilla del Monte en Córdoba y Merlo en San Luis), donde la New Age de fin de semana se vincula a los desvaríos del “contactismo extraterrestre” y a los disparates de una falsa antropología –denominada “metafísica”– de carácter antimoderno (como afirman los autores, y yo creo pero solo a medias), además de esotérica, nacionalista y con tendencias filonazis.
En última instancia esta doctrina absurda no genera daño en el interior de las facultades de ciencias humanísticas –donde es completamente ignorada– pero quizás sí lo haga entre los legos que inocentemente (o no) podrían confundir tal ficticia disciplina con los nuevos paradigmas del conocimiento en ciencias sociales que pugnan por ocupar un lugar al lado de las amplias corrientes universitarias positivistas, “posmodernas” o del materialismo histórico-dialéctico (antropología de la conciencia y lo sagrado; psicología arquetipal, transpersonal o integral; fenomenologías de la religión).
También algún despistado podría asociar dicho embuste a los nuevos senderos intelectuales decoloniales, pero sobre todo el daño de esta literatura supuestamente científica –pero “hermética” y “primordial” a la vez– es hacia la educación y la cultura en general, ya bastante maltrechas por las sucesivas crisis y la decadencia de nuestro país.
Peor aún, la herida más perceptible de esta ideología grotesca se inflige sobre la propia memoria de esa singular cultura originaria de Sudamérica que fue la de los comechingones. A pesar de su presunta antimodernidad, paradójicamente este pensamiento encubre en mi opinión una de sus manifestaciones intrínsecas: una nueva forma de colonialidad.
Al respecto, trataré de hacer un aporte a los contenidos que los autores analizan lúcidamente en relación con los antiguos habitantes de la región del cerro Uritorco en la segunda parte de este libro, tan necesaria e impostergable como la primera: la “antropología” llamada “metafísica” del acádemico cordobés devenido en ocultista Guillermo Alfredo Terrera –y cualquiera de sus derivaciones– afirma una filiación germánico-escandinava de los comechingones, los amalgama en un peligroso cóctel de tufillo neonazi con un supuesto bastón de mando ancestral, el símbolo de la esvástica (presente por supuesto en la Sudamérica precolombina, pero sin las connotaciones interesadas del profesor Terrera), la mitología nórdica, la literatura de caballería medieval europea y un sinnúmero de otros elementos.
Estos dislates tienen su claro antecedente en aquellos primeros estudios americanistas del siglo XIX, en los cuales las culturas del Nuevo Mundo solo podían ser explicadas, justificadas y prestigiadas por su relación con Europa o Eurasia.
Así, en 1875, durante el Primer Congreso Internacional de Americanistas en Nancy, Francia, las ponencias versaban sobre los presuntos contactos precolombinos de los pueblos americanos con irlandeses, escandinavos, fenicios, chinos y pobladores de la India. En 1868 el pionero historiador argentino Lucio Vicente López escribió Les races aryennes du Pérou, donde trató de probar que los incas eran un pueblo de raza aria, para intentar ensalzar la cultura incaica, al mismo tiempo que reafirmar su vínculo con Europa, tras la publicación del célebre ensayo racista del conde Arthur de Gobineau (1855).
En 1889 el padre Miguel Ángel Mossi publicó una Gramática quichua que, a pesar de la admiración que profesaba por el idioma incaico, buscaba continuamente establecer comparaciones con el griego, el latín y el hebreo. Bartolomé Mitre no acuerda con las “fantasías hebraístas y escandinavistas” del origen del hombre americano, pero en su estudio Las ruinas de Tiahuanaco (1879) opina que desde una notable civilización como aquella el americano entró en una marcha descendente a la barbarie, de la que fue rescatado con la llegada de los europeos.
Florencio de Basaldúa, por su parte, con la famosa novela Erné (1893) ya no prestigia las culturas americanas por su referencia a Europa, sino por descender de una civilización mítica tipo Atlántida.
Sin embargo, esto no quita que los debates del siglo XIX y los diferentes modelos identitarios de nacionalidad –hispanidad, inmigración “modernizadora”, autoctonía aborigen, etcétera– tienen su razón de ser en esa propia historia de una nación joven como la Argentina y de sus diferentes inserciones en la trama socioeconómica mundial.
Pero la antropología e historia “metafísicas” del profesor Terrera y sus acólitos, ya a fines del siglo XX, a mi criterio (y los autores examinan muy agudamente el asunto) solo encuentra sustento en un fracasado proyecto político nacionalista y revolucionario –popular pero de algún modo también aristocrático– del autor cordobés.
Dado el fracaso apuntado, con el tiempo la cuestión derivó (quizás buscando ser asesor o influyente al estilo de Rasputín, von Sebottendorf, Wiligut, de Mahieu y López Rega) en una prolífica obra seudocientífica donde –lastimosamente– los comechingones son protagonistas de muchas páginas como guerreros “elevados, superiores, puros” y de una espiritualidad casi sobrenatural… tal como Heinrich Himmler describía a sus idealizados guerreros germánicos. Por si no fuese suficiente, los henia-kamiare también resultan embajadores de las “entidades cósmicas” de una ciudad mágica subterránea que se encontraría en las cercanías del cerro Uritorco.
Mientras tanto, los pocos descendientes de aquel pueblo exterminado, sin muchas más opciones que vivir del turismo, adaptándose por ende al contexto New Age de la región en los últimos treinta años, luchan casi en solitario por sus derechos y por sus territorios, contra los proyectos saqueadores y extractivistas del monte, en esta etapa de neocapitalismo primitivo, pugnando por revivir o rescatar un mínimo de aquella organización comunitaria, en total armonía con la madre naturaleza, que tuvieron sus ancestros.
Gracias a esta sinopsis a la vez respetuosa y crítica de Sebastiano De Filippi y Fernando Soto Roland algo de su cultura nos es devuelto de manera precisa, puntualizada, concreta, sincera, con información demostrada y constatada sobre esos auténticos Señores del Uritorco, de los que seguramente tenemos mucho que aprender todavía, sin necesidad de asignarles mitologías ajenas, exaltaciones gratuitas, ni mucho menos prejuicios y discriminaciones necias.
* Escuela Superior de Museología de Rosario. Fundación Mesa Verde. Universidad Nacional de Rosario. Universidad Nacional de Tres de Febrero.