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La dimensión desconocida de la infancia

Esteban Levin
La dimensión desconocida de la infancia
El juego en el diagnóstico

Índice de contenido
Portadilla
Legales
Cómo funciona esta obra
Capítulo I. La dimensión desconocida de la palabra
Introducción -1. Cuando un niño es una hormiga
Capítulo II. Del niño diagnosticado síndrome disatencional a la infancia del axolote
Introducción -2. ¿Quién sabe lo que le pasa a un niño?
Capítulo III. Herencia e infancia síndrome o sujeto
Introducción -3. Jugar, desconocer, diagnosticar
Capítulo IV. 1+1=3. El abrazo que camina
Introducción -4. El universo de nunca jamás no se diagnostica
Capítulo V. La infancia en cuestión: dibujar, pintar, jugar. resonancias de la sensibilidad
Introducción -5. Jugar: del objeto al juguete
Capítulo VI. ¿Integración? ¿Desconocimiento? Incluido en la exclusión
Introducción -6. El vórtice de la experiencia
Capítulo VII. Los diagnósticos en la infancia juegan en alfombras mágicas
Introducción -7. La puerta entreabierta
Capítulo VIII. La plasticidad rítmica de los niños
Introducción -8. Cuando la infancia hace cine: la película
IX Capítulo
Introducción -0. La huella del caracol
Bibliografía
| Levin, EstebanLa dimensión desconocida de la infancia : el juego en el diagnóstico / Esteban Levin. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2020.Libro digital, EPUB - (Conjunciones / 56)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-538-763-81. Psicología Diferencial. 2. Infancia. 3. Terapia Lúdica. I. Título.CDD 155.4 |
Colección Conjunciones
Corrección de estilo: Liliana Szwarcer
Diagramación: Déborah Glezer
Diseño de tapa: Déborah Glezer
Imágenes del interior: Freepik.com, 123rf.com
Los editores adhieren al enfoque que sostiene la necesidad de revisar y ajustar el lenguaje para evitar un uso sexista que invisibiliza tanto a las mujeres como a otros géneros. No obstante, a los fines de hacer más amable la lectura, dejan constancia de que, hasta encontrar una forma más satisfactoria, utilizarán el masculino para los plurales y para generalizar profesiones y ocupaciones, así como en todo otro caso que el texto lo requiera.
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Primera edición en formato digital: agosto de 2020
Digitalización: Proyecto451
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
ISBN edición digital (ePub): 978-987-538-763-8
Esteban Levin. Licenciado en psicología, psicomotricista, psicoanalista, profesor de educación física, profesor invitado en universidades nacionales y extranjeras. Profesor Honorario del Instituto Universitario Gran Rosario. Autor de numerosos artículos en diversas publicaciones especializadas nacionales e internacionales, y de los libros: La clínica psicomotriz. El cuerpo en el lenguaje (Nueva Visión, 1991); La infancia en escena. Constitución del sujeto y desarrollo psicomotor (Nueva Visión, 1995); La función del hijo. Espejos y laberintos de la infancia (Nueva Visión, 2000); Discapacidad. Clínica y educación. Los niños del otro espejo (Nueva Visión, 2003); ¿Hacia una infancia virtual? La imagen corporal sin cuerpo (Nueva Visión, 2006); La experiencia de ser niño. Plasticidad simbólica (Nueva Visión, 2010); Pinochos: ¿Marionetas o niños de verdad? (Nueva Visión, 2014). Este último libro ha sido presentado en Italia, Estados Unidos, Uruguay, Colombia y México. Todas las obras han sido traducidas y reeditadas al idioma portugués por la editorial Vozes. Ha reeditado con la editorial Noveduc el libro Discapacidad: clínica y educación. Los niños del otro espejo (2017) y ¿Hacia una infancia virtual? La imagen corporal sin cuerpo (2018) y editó Constitución del sujeto y desarrollo psicomotor (2017) y Autismos y espectros al acecho. La experiencia infantil en peligro de extinción (2018).
Dedico este libro a mis queridos hijos Magalí, Axel y Sebastián.
Cada uno de ellos, a través de su propia sensibilidad, escribe.
Secretamente, compartimos la cofradía de existir en relacióncon otros, que a la vez humanizan el sentido.
Leemos, entre el espesor de las letras jugamos y, en una de esas, sin darnos cuenta, entramos en la dimensión desconocida.

Cómo funciona esta obra

Queridos lectores:
Este libro intenta poner en juego la dimensión desconocida que, a su vez, desconoce. Contiene pistas intuitivas, pequeños acertijos inconclusos, gestos mínimos –a veces caóticos y, por lo general, irresueltos– que carecen de una finalidad preestablecida. De este modo, procuro compartir la intensidad del propio acto de escribir y, tal vez, jugar lo que todavía no sabemos.
La estructura de cada capítulo consta de dos impresiones que me genera el niño: la inicial y la última; en medio de ellas se despliega la historia jugada, el análisis y los pensamientos e ideas que ella genera. Luego, a modo de cierre y apertura, hay una Introducción con signo negativo, pues comienza cuando termina y finaliza donde empieza.
En cuanto a las impresiones, ellas difieren profundamente de lo familiar; son más o menos fugaces, existen cuando la escena quedó atrás y ha desaparecido. No son recuerdos, sino un intento de captar la instantaneidad en el aire del encuentro, antes de que se escabulla por los vericuetos del sentido.
La Primera impresión que tenemos de un niño es esencial; luego la olvidamos; atraviesa el territorio desconocido e imperceptible. Instante de una imagen pretérita y a la vez actual, jugamos con ella, la recreamos. No es nunca un dato o una premisa diagnóstica, sino la recepción de otra dimensión dispuesta a interrogarnos, sin esperar la respuesta. Ella nos convoca a jugar y, al hacerlo, nos desconocemos en la vibración de la infancia.
La Última impresión de cada niño procura recoger brevemente el testimonio intrépido de un acontecimiento único e irrepetible, imposible de intercambiar. Dramatiza la idea intempestiva de la sensibilidad; intraducible, escapa cada vez que se pretende comprenderla y poseerla. Perdida, irrecuperable, tal vez deja ritmos discontinuos, desequilibrantes.
Capítulo I 
La dimensión desconocida de la palabra
Primera impresión
Agustín
Sus ojos negros,
profundos, fijos de sufrimiento
miraban
sin mirarme,
veían sin voz,
nudos
arrebatados de dolor,
los labios encerrados
tiritaban la historia,
la tristeza derretida
de un murmullo
por decir.
El eclipse,
de la palabra
fluctúa
en jirones distantes,
curiosamente real,
impune,
sale el grito,
yerra el eco,
ronronean las letras,
afónicas resuenan,
recupera la lejanía,
minuciosa,
de la sonoridad.
La herencia se transmite jugando: ¿quién jugará el amor, la promesa y la ley del deseo de desear? La ausencia de la voz invoca la presencia del lenguaje; ¿podremos jugarla para reconquistarla?
Agustín llega al consultorio derivado del jardín maternal. Tiene dos años y, según sus docentes, es llamativa su dificultad para relacionarse con otros chicos de su sala; tampoco juega o realiza intercambio alguno con ellos. Se mantiene indiferente a las consignas, si bien, paradójicamente, participa de actividades como, por ejemplo, el desayuno, comer galletitas, lavarse las manos o ir adonde van los demás. “Otra de sus características –señalan– es que no habla una palabra…”
En las entrevistas diagnósticas participan la mamá y el papá; ella, al referirse a Agustín, afirma: “Mi hijo decía algunas palabras, balbuceaba otras, jugaba con sonidos, por ejemplo ‘mate’, ‘torta’, ‘tres’, ‘atún’, ‘tapa’, ‘mamá’, hasta que, cuando tenía un año, murió su abuelo. A partir de ese momento dejó de hablar y perdió esos sonidos que recién empezaba a hacer. El abuelo (el papá del papá) era muy hablador; él siempre decía que su lengua (y se la señalaba) lo había llevado a todas partes… Su característica era ser muy charlatán; siempre contaba que ese rasgo suyo le había abierto todas las puertas. También tenía una frase preferida que repetía prácticamente todos los días: ‘La madre Teresa de Calcuta decía que la comunicación es lo primero’; esto le servía para explicar por qué era tan hablador. Él se sentía muy orgulloso de eso y de detentar en exclusiva el don de la palabra en la familia. Murió inesperadamente una mañana, como consecuencia de un paro cardiorrespiratorio. En ese momento, mi hijo no solo dejó de hablar sino también de saludar con la mano, de alimentar a las gallinas y de arrancar pequeñas florcitas del pasto: esas tres cosas (junto con el placer de hablar) se las había enseñado el abuelo, con orgullo”.
La muerte del abuelo de Agustín coincidió con una infección urinaria que mantuvo al niño muy tenso durante un par de meses, en los que debieron efectuarle diversos análisis, algunos de ellos muy invasivos.
El nombre - del - hijo
En su función, Agustín hace que exista el abuelo; testimonia la herencia agónica que encarna el cuerpo sin palabras. El acto de hablar trasciende al cuerpo y se humaniza a través del deseo del Otro. La legalidad de la palabra vislumbra la deuda simbólica como don de amor. Heredar nunca es el hecho fáctico de la sangre (de lo genético) ni de una pura acción. Los padres no son los dueños de la generación precedente.
La metamorfosis generacional deslinda la pérdida, la promesa y la reconquista que encarna la legalidad del deseo de desear. La ley de la palabra transmite la pasión por el otro más allá de lo corporal. Agustín, sin explicación ninguna y de modo repentino, se queda sin el abuelo y sin el valor, el orgullo del lenguaje que él recuperaba cada vez que jugaba con su nieto. La herencia se transmite al jugar el deseo que el hijo, en su nombre, humaniza. (1)
Agustín no abre la boca; da la sensación de que hace mucha fuerza para cerrar los labios; en un silencio triste, aparenta una sonoridad que no sale. La mirada entristecida, cabizbajo, su postura tensa da cuenta de ello. Una de las primeras escenas que tienen lugar en el consultorio ocurre frente a la pecera ubicada en la cocina. Él se dirige hacia ella y aprovecho para presentarle a los peces, cada uno con su color. Ellos lo saludan de este modo: “Soy el pez anaranjado y tengo mucha hambre”. “¡Yo también!”, exclama el negrito, acompañado del pez plateado, en tanto el que tiene manchitas afirma alegremente que quiere más comida. Encarno cada una de las voces con distintos tonos y volúmenes para representar a cada pez; Agustín mira la escena, atento; con la boca cerrada, contempla desde su lugar todo lo que pasa. En un compás de espera, dejo de dar la comida a los peces y de hablar como si fuera ellos.
En ese instante, Agustín deja de mirar la pecera y me observa; su gestualidad y giro postural parecen expresar que quiere que vuelva a darles de comer a los peces. Leo el gesto, pero, esta vez, le ofrezco a él que lo haga. Lentamente, coloco en su mano unas pequeñas piedritas alargadas para que pueda dejarlas en el agua de la pecera. Me mira, parpadea; con los labios apretados, temeroso, acepta la propuesta y deposita la comida en la superficie del agua. Los peces, hambrientos, se abalanzan sobre ella; aparece entonces tímidamente otra gestualidad: por primera vez, Agustín sonríe; los peces hablan, alegres por la comida que él les dio. Ellos dicen: “Am, am, am” al ingerirla; ante esta expresión, el niño se queda quieto; después de un tiempo inaprensible de la experiencia, pide más alimento, va a buscarlo a la bolsa en donde está guardado y, cuando lo deja en la pecera, llega a abrir la boca como si dijera “Am, am, am”. El sonido que sale es un poco tosco, parece gutural, pero rápidamente lo recreo como el “Am, am, am”. La sonoridad junto a la comida se repite, recrea la dimensión desconocida que juntos comenzamos a transitar sin saber adónde nos llevará; estamos entretejiendo la red.
La mamá y Agustín llegan al consultorio un día muy nublado, destemplado, oscuro; entran e inmediatamente la madre se dirige a la habitación que ocupamos en la primera entrevista que tuve con los padres, donde hay un escritorio. Su hijo la acompaña y se sienta junto a ella, los tres estamos ubicados alrededor de la mesa. Dada la oscuridad del día, se me ocurre traer una pequeña linterna para jugar; la enciendo, la luz ilumina la habitación. Agustín mira la linterna atentamente; se la doy, él la mueve con una mano en vaivén, para un lado y para el otro; así, el rayo luminoso acompaña la dirección azarosa de cada movimiento.
El haz de luz móvil adquiere vida; expectante, procuro agarrarlo. ¿Cómo se puede agarrar una luz? ¿Ella, pícara, juega? ¿Es posible que ilumine una ficción? ¿La luminosidad puede hablar? Lentamente me aproximo a la punta de la linterna, con mi mano la tapo, exclamo: “¡Uy, no está! ¡Se fue la luz! Luz, luz, ¿dónde estás?... ¿Te escondiste? ¡Luz, luz!”. Agustín me mira y, de reojo, en sentido oblicuo, observa a la mamá. Todo el tiempo su boca permanece cerrada, como si estuviera clausurada; mira mi mano y aprovecho ese gesto para retirarla; reaparece el rayo de luz y juego a perseguirlo, hasta que vuelvo tapar el foco.
Agustín está en la escena, aunque no emite ningún sonido; participa del escenario que inventamos con la postura, la mirada y la actitud, sin saber a ciencia cierta todavía a qué estamos jugando cuando jugamos. Al mismo tiempo que lo hacemos, en un giro inverso, a contraluz, eso que realizamos nos inventa a nosotros.
En la intensidad de la experiencia, apago la linterna. “¡Uy, uy, se fue, ahora sí, no está, no se escondió, se fue, chau luz, chau luz!”. Agustín toma mi brazo para que reaparezca el haz luminoso. “¿Dónde está la luz? ¡Volvé, volvé!”. Con su mamá pedimos para que ella vuelva… y enciendo otra vez la linterna. Agustín ilumina nuevamente el negro compacto del cuarto oscuro.
Poco a poco, la luz se ha transformado en un claro enigma desconocido; en el juego, puede estar o no estar, aparecer o desaparecer, según la ocasión. A veces, traviesa, se esconde; otras, se fuga y escapa, refugiándose en lo invisible. El sinsentido nos sonríe; en la complicidad, vuelve a escabullirse ante la sorprendida mirada de los tres.
En un momento, traigo un títere que ya había intentado introducir en otra sesión. Él también quiere jugar; en realidad, hago que tenga hambre: quiere comer y tragarse al inquieto rayo de luz. Lo manipulo, vuela y logra agarrar la linterna. “¡Se la come!”, exclamo, alertando del peligro; en ese instante, la dejo dentro del títere (donde tendría que estar la mano, está la linterna) y la luz encendida ilumina la insulsa panza del muñeco.
Nuestro “amigo” el títere se comió la luz; iluminado por dentro, sin darse cuenta, esa claridad llama al otro. Riéndose, se jacta: “Me comí la luz, jajaja… La tengo en mi panza… ammm, ammm. ¡Qué lindo, jajaja, es mía!”. Los colores del títere, teñidos del sutil brillo de la mágica linterna, parecen comprometer el deseo. La sonrisa denota el placer en juego del personaje títere y de todos los que, alrededor, gozamos mirándolo. Al investirse de luminosidad, transforma la textura y demanda la mirada del otro.
La linterna con el rayo encendido pivota dentro del títere, gira, se mueve. Transmutación de lo mismo en lo otro gestual, en la narración de una historia que se resiste a pasar desapercibida e insiste, con fuerza, en la dimensión desconocida que sucede en la dinámica del rayo de luz, devenido puente y pasaje relacional. Él nos convoca y reúne para compartir la chispeante iluminación del deseo. Los hilos luminosos tejen el territorio.
Agustín quiere recuperar la luz de la linterna, mete la mano en el títere e intenta sacarla. En esa procura, comienza a tensionarse, cambia la gestualidad, se ofusca, eleva el tono, rigidiza la postura, las cejas se levantan y muerde la bronca, sin emitir ningún sonido. Tira con fuerza para sacar la linterna y no puede, con máxima intensidad vuelve a intentarlo una y otra vez, pero está atascada.
Tensionado, quiere tomar la linterna para extraerla de la panza del títere; flexiona el codo, mueve el brazo y la mano, pero queda bloqueado (como si el personaje no quisiera entregar, ceder la luz que ha comido). Ante la insistencia repetitiva de su hijo, la mamá procura ayudarlo; alcanzo a hacerle una seña para que no lo haga. La profunda espera del silencio habla intermitentemente en la escena.
Agustín pelea, lucha para sacar la linterna, que continúa atascada; con mucha fuerza, mueve la mano para desbloquearla, sin embargo, la crispación aumenta cada vez más… Un poco más, tiembla, vibra desde adentro de él y sale un grito fuerte, estridente: “Mamaaá, Mamaaá, Mamaaá”. Al gritar, destraba la linterna y, como por arte de magia, logra sacarla. Toda esta escena acontece en un solo movimiento y sorprende, alivia la inquieta angustia que se había generado.
Contento con el haz de luz en la mano, asombrado, Agustín nos enlaza alegremente en el “entredós” del escenario compartido, que él realiza. Las marcas, huellas de esta realización, devienen la opción de torcer, transformar el destino prefijado de antemano, anudado al silencio absoluto del abuelo tras su muerte.
Para los niños, a veces, las experiencias que realizan (como la que acabamos de describir), en lugar de ser espejos que solo reflejan imágenes, figuras o líneas, devienen hilos de rayos láser; no están en una posición pasiva (de recibir), sino activa (de producir y realzar). Salen al encuentro; traspasan fronteras; atraviesan un umbral, un espacio de producción donde la sensibilidad cenestésica articulada a la mano acaricia, sensible, el afuera, y lo invita a jugar otro escenario, tan irreal y fantástico como simbólico. La potencia de dicho acto no radica en lo que significa, sino, muy por el contrario, en el impulso libidinal que trasmite más allá de él, al generar la existencia de un deseo inexistente hasta el momento.
En este contexto, la superficie se expande, multiplicándose; toma volumen y brillo. Del gesto decanta lo irreal e imaginario, que se enlazan plásticamente a través del amor reflejado en la aventura de existir en otra dimensión al hacer de cuenta que las líneas de luz tienen vida propia. Ellas hablan; traviesas, piensan, discuten, pelean, juegan. Buscan develar el misterio que las origina, sin saber que son ellas mismas las que lo actúan y crean a medida que se expanden por los senderos indómitos de la imaginación. Nunca están solas; huyen para relacionarse con otras figuras, formas e historias.
La potencia actuante del acto de dar de comer a los peces, de garabatear con la luz, de jugar, hace que el tiempo irreversible gire en una espiral retroactiva y significante; produce deseos, efectuación dramática de un posible acontecimiento. La experiencia de la plasticidad simbólica redistribuye redes y fuerzas que no dejan de circular al crear, entre sus vértices, huecos, agujeros y recovecos donde se alojan las memoriosas huellas de una historia.
La organización neuronal, el espacio del sistema nervioso, supone la conexión en redes que sustentan la plasticidad para reubicarse y deslocalizarse constantemente. El tejido propio de las neuronas es esencialmente discontinuo; la transmisión nerviosa necesariamente debe atravesar y franquear vacíos, entretejidos discontinuos opuestos a la verticalidad, la rigidez y la centralidad. Por el contrario, el cerebro “estalla” en redes opuestas a cualquier analogía anónimamente maquinal. La plasticidad inscripta en él se opone a un plan establecido y homogéneo.
La plasticidad de la experiencia mantiene vital al cerebro; ella depende en gran medida de las relaciones con el otro que humanizan la herencia hasta hacerla existir en la regeneración y la capacidad de transformación cerebral. Frente a las lesiones neuronales o trastornos irreversibles de cualquier etiología, las neuronas evidencian fielmente la probabilidad de reparación y compensación. Al jugar, los niños nos demuestran día a día cómo responden fervientemente de forma plástica a la plasticidad cerebral (Malabou, 2007; Ansermet y Magistretti, 2010).
Los niños descubren la capacidad de jugar mientras juegan; existen allí donde son lo que no son. Existir, para ellos, es abrirse al afuera; literalmente, la palabra “existir” proviene del latín: ex (afuera) y sistere (colocar, parar). Esta existencia inscribe el adentro, lo que es de uno, de otros, y aquello que se deja, desposee por los demás, es decir, lo compartido del tiempo del nos-otros.
La red que construyen los niños jugando es la ocasión de un hallazgo; atañe a la azarosa conquista tramada al jugar. Insaciables, plebeyos, los chicos no paran de hilvanar la dimensión desconocida que, por un lado, los causa y, por el otro, los sostiene. Ingeniosos, algunos hilos deseantes tienen pegamentos y pueden permanecer engomados, entreverados y atrapados en ellos. En estas situaciones quedan empantanados, fijados, encarnan la red, sin desplazamientos. Ya no los protege ni pueden seguir tejiendo. Detenidos, sufren la angustia impotente, obscena, que impide jugar.
Las redes se estructuran en hilos deseantes alrededor de la dimensión desconocida para desconocer; espacio vacío, susceptible de anudarse con otro. Los niños, al jugar, lo hacen, pescan en mediomundos. ¿Cuál es la pesca del día? ¿Qué quieren atrapar? Sin duda, atrapan cosas, relaciones, deseos, donde no hay nada; crean, inventan lo que hasta ese momento no existe. Para realizarlo, no sin cierto caos, necesitan la red; junto a ellos, devenimos tejedores de redes, que a su vez nos tejen en una enredadera siempre inconclusa.
Un niño, ¿se propone o tiene el proyecto de tejer la tela de la propia red? Si así fuera, no podría jugar y crear lo inexistente, eliminaría el azar, lo caótico, la sorpresa y la perplejidad. El entretejido no se puede saber previamente, al igual que un artista no puede calcular de antemano cuál será la obra antes de generarla, ni anticipar la composición, el entramado que la sustenta. Así, los niños no saben a qué van a jugar cuando el deseo los impulsa a hacerlo.
Entramos en la red, la leemos, pensamos en ella (2), buscamos hilos, líneas, para saltar, caer y dejarnos enredar y para volver a saltar en el trampolín del deseo. Pensar la red implica crearla, atravesarla. El “entre” relacional de la trama configura la brújula, nos orienta para despegar el pegamento anonadado, tensional, sufriente, que los pequeños soportan al bloquear el entramado.
Muchas veces tenemos el privilegio de hacer semblante; nos transformamos en títeres, ritmos, pececitos, rayos de luz, linternas, lobos, perros, arañas y monstruos en el afán de producir al semejante, al otro en la plasticidad de la experiencia que entreteje la red de la existencia simbólica.
Nuestra función es atravesar un trayecto de redes probables para delinear un trazo que, al abrirse, se habite, sin saber lo que va a pasar en ese espacio que se abre, porque cada vez es otro singular y diferente del anterior. Dada una experiencia que el niño realiza, nos relacionamos con él a través de otra donde se conforma el “entredós”, un espacio de frontera que da lugar a lo discontinuo y a la semejanza. Por esos verdaderos pasadizos se transmite la herencia y con ella cobra efecto la plasticidad simbólica en un pretérito futuro anterior. (3)
El espacio vacío cumple una función central en la red de la infancia; implica la separación, la pérdida y el enlace. El acto de jugar es una primera herejía sin respuesta; intenta salvar esa distancia sin –por lo demás– lograrlo, pues conforma una realidad paradojal. Afirma dos cosas contrarias: el niño es él y es otro al encarnar un personaje mientras juega; hay y no hay otra realidad (al hacer “como sí”), fundamento del pensamiento y la ficción. Coexisten simultáneamente diferentes niveles de tiempo, imágenes, palabras, cuerpos, espacios. Hay ahí una vibración efecto del choque de fuerzas que atraviesa y da vida a la experiencia infantil. No es nunca el mundo en sí el que da lugar a jugar, sino el acto de jugar el que origina la posibilidad del mundo de la infancia.
Aprendizaje como insecto o aprehender como sujeto
Al cabo de algunas sesiones, Agustín llega al consultorio junto con su mamá sonriente, alegre y contento. Destaco la sutileza de la alegría, pues enuncia una gran diferencia con el comienzo, cuando llegaba tieso, cabizbajo, ofuscado, malhumorado. La tensión corporal de ese momento bloqueaba la expresión gestual y la sonoridad propia de la palabra o el comienzo de ella.
La mamá, contagiada de la sonrisa de Agustín, contenta, comenta: “¿Sabes una cosa? Ahora dice los sonidos de los animales. De a poco aprendió a hacerlos. Mirá: Agus, ¿cómo hace la vaca?”. “Muuu, muuu”, responde su hijo, casi sin mirarla. “Ahora, ¿cómo dice el pato?”. “Cuaaa, cuaaa, cuaaa”. Así repite el sonido de la oveja, del chancho, un pájaro… Agustín identifica a cada uno de los animales y emite el correspondiente sonido, característico de su condición. Sin embargo, al pronunciarlos, no hay ninguna gestualidad ni dramaticidad al respecto La representación de cada animal carece de vida, de afecto que la afecte; solamente es el ruido presente en el nombre de cada especie.
Agustín escucha la demanda materna y responde adecuadamente, pronuncia lo que se le indica. Llama la atención la poca intensidad en la enunciación, la relación entre el concepto, por ejemplo, vaca, y el sonido “muuuu…muuu”. O entre el pato y el “cuaaa… cuaaa”; entre el perro y el “guauuu… guauuu”. Justamente lo que falta es el enlace afectivo, escénico y dramático entre ellos. La fuerza se aplana en el pedido y queda encerrada en la copia lineal; en el encierro del estímulo a una palabra directa, sin mediación, se disipa la diferencia entre el concepto y el sonido.
Ante la realidad del estímulo percibido y la respuesta automática dada, Agustín reacciona miméticamente. Cuando la madre le dice: “¿Cómo hace el lobo?”, él responde: “Auuu, Auuu”. Entonces, espontáneamente, exclamo: “¡No, el lobo! Uy, que miedo, ¡auxilio!, voy a esconderme, ¡cuidado, viene el lobo! ¡Cuidado! ¡El lobo!”. Al mismo tiempo, salgo corriendo y encuentro un escondite tras un tobogán y una pelota gigante. La madre reacciona, le da la mano a Agustín y dice: “Vamos a buscar a Esteban, que tiene miedo del lobo… ¡el lobo le da miedo a Esteban!”. A continuación, comienzan a buscarme por distintos lugares del consultorio.
Después de un tiempo de búsqueda e intriga, me encuentran y les explico: “Estoy escondido porque puede venir… ¡el lobo!”. Apenas pronuncio la palabra “lobo”, Agustín reproduce inmediatamente el gruñido característico: “auuu, auuu”. Cuando lo escucho, vuelvo a salir, corro a buscar otro escondite. Al corporizar el miedo por el lobo y esconderme, comienza a conformarse otra red.
Poco a poco cobra vida la existencia afectiva, palpitante, entre la relación del sonido y el concepto (lobo). A partir de relacionarnos con el niño jugando, ponemos en juego una de nuestras funciones: sacarlo de una instancia fija congelada en un sentido pleno para dar vida y potenciar otra experiencia, la multiplicidad de sentidos que pueda tener una representación (como, por ejemplo, la del lobo). Rompemos y agrietamos lo univoco del sentido que totaliza al “animal con su ruido”, vaciándolo de contenido para que el pequeño pueda apropiarse plásticamente de la potencia de existir en la rebeldía móvil de la escena.
En sesiones posteriores, la mamá de Agustín le pregunta cómo hace el perro, él responde: “Guau, guau” y, ante el sonido, me coloco en cuatro patas y empiezo a maullar con miedo: “Miau, miau”. Encarno el personaje gato; Agustín me mira, se ríe y empieza a perseguirme. Los dos en cuatro patas nos movemos por el consultorio como perro y gato. Luego de esta escena, él empieza a decir: “Auuu, auuu” y la mamá, que hasta ese momento estaba sentada, se incorpora, exclama: “¡Uyyy el lobo!” y sale corriendo para la cocina, Agustín va detrás y rápidamente la agarra, entonces ella dice “Ahora yo soy el lobo”; aprovecho para darle la mano a él y salimos corriendo, vamos para otra sala, esperamos agazapados, vemos qué pasa…
Desde nuestro escondite, escuchamos ruidos y sonidos del lobo. Intuitivamente, de repente, comienzo a cantar: “Juguemos en el bosque mientras el lobo no está, ¿lobo está?”. “Me estoy poniendo la camiseta”, responde la mamá (loba)… “Juguemos en el bosque mientras el lobo no está, ¿lobo está?”…”Me estoy poniendo la zapatilla”. “Juguemos en el bosque mientras el lobo no está, ¿lobo está?”… “Me estoy poniendo el sombrero”. “Juguemos en el bosque mientras el lobo no está, ¿lobo está?”… “Aquí estoy ¡y los voy a comer!”, Agustín se ríe a carcajadas y empieza a correr junto a Esteban, ambos perseguidos por el lobo (la mamá). “Te voy a comer la pancita, ummm, ummm”. La experiencia escénica en la alteridad se repite una y otra vez.
Agustín está jugando, la mamá y Esteban sostienen el “entredós” relacional, la espera, el silencio para ver qué hace el lobo, cómo se viste, qué le pasa y cuándo saldrá de su escondite para ir a atraparlos. Puede jugar al lobo, potencia la plasticidad que la representación propone. La mamá, feliz, le transmite a su hijo el placer de jugar; la palabra tiene textura, espacio y tiempo para dar vida a la imagen acústica, Agustín piensa en otra dimensión, aprehende el lenguaje como sujeto y no como copia-objeto.