Czytaj książkę: «Sociedad Pantalla»
Este libro gira en torno a los temas sobre los que la aclamada serie Black Mirror reflexiona de manera crítica: el lugar preponderante de los talent shows en la sociedad actual, la experimentación con la mente humana, la televisación del castigo como entretenimiento, el espectáculo como centro de la política, la invasión de la privacidad, la vigilancia informática, las redes sociales como espacio para la expresión del odio y la impunidad del anonimato virtual, entre otros.
Black Mirror obliga a pensar en un mundo tecnodigital que absorbe y desplaza cada vez más la vieja vida “primitiva” del encuentro cara a cara o de la actividad al aire libre y la simple contemplación de la naturaleza. Este libro analiza las interacciones entre lo virtual y lo real y la angustia claustrofóbica de una sociedad prisionera de las pantallas.

Esteban Ierardo es licenciado en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Filósofo, escritor, docente. Profesor de las materias Filosofía y Principales corrientes del pensamiento contemporáneo en las carreras de Ciencias de la Comunicación y Sociología de la Universidad de Buenos Aires. Autor de varios libros de ensayos, como El agua y el trueno. Ensayos sobre arte, filosofía y naturaleza, y Los dioses y las letras. Ensayos sobre literatura, mito y paganismo, y varios más aun inéditos; las novelas El druida, o El dibujo de Leonardo (inédita); varios libros de cuentos (El anillo del cardenal, La llegada, Memento mori); la obra de relatos de ciencia ficción Cenit I (inédita). Ha dictado muchos cursos en su país y en el extranjero. De amplios y diversos intereses culturales (que incluyen la filosofía, la literatura, la historia cultural, la mitología, el arte, el cine, las religiones y las ciencias, los procesos específicos del mundo contemporáneo), es partidario del pensamiento sistémico que busca conexiones entre distintos saberes, y es un admirador de Leonardo Da Vinci como exponente de esa dinámica mental.
Esteban Ierardo
Sociedad pantalla Black Mirror y la tecnodependencia

Índice
Cubierta
Contratapa
Biografía del autor
Portada
Introducción
Primera parte. Hacia la pantalla cerrada y distópica 1. Black Mirror: la dimensión desconocida de la era digital. Del espacio abierto a la pantalla cerrada 2. Golpes de distopía 2.1. Los caminos de la utopía hacia la distopía 2.2. La distopía de la guerra perpetua 2.3. El odio contra la fraternidad
Segunda parte. La ficción del espejo negro 3. Lo irreversible, el cerdo y la obra maestra 4. La vida entre las pantallas 5. Entre la locura de no olvidar y Funes el memorioso 6. Foucault y un oso blanco 7. Waldo en los brazos del Gran Hermano. Espectáculo y política 8. San Junípero o la inmortalidad digital 9. Ash y Roy, más allá de Orión. Androides e inteligencia artificial 10. Huellas en un camino de nieve. Clonación mental y encierro virtual 11. Juegos con la mente 12. El dron, Goya y todo por el secreto 13. Solo serás un puntaje 14. El hombre contra el fuego y la construcción del enemigo 15. Entre abejas robóticas y las picaduras del odio 16. La crítica en el espejo negro
Epílogo. Encrucijadas del futuro. Más allá de Black Mirror
Créditos
Otros títulos de esta editorial
Introducción
Algunas ficciones tienen el mérito de problematizar lo contemporáneo. La diversidad de temas que abre una ficción puede solo asombrarnos, sorprendernos, aterrorizarnos, entretenernos…, o estimularnos a la reflexión. Este libro gira en torno a los temas que la aclamada serie Black Mirror abre al pensamiento. Temas diversos como la humillación del poder; un capitalismo futurista, basado en el consumismo virtual, en el que la sociedad es una prisión pantalla en la que se busca la fama por los talent shows; una memoria digitalizada capaz de “editar” los recuerdos; la exhibición del castigo como goce sádico; el espectáculo también como centro de la política; el valor de las personas solo como puntaje; la guerra del futuro; la interacción entre lo virtual y lo real; la experimentación con la mente para probar nuevos videojuegos; la invasión de la privacidad; los androides como compañía del humano; el sueño de una “inmortalidad digital”; la clonación no del cuerpo sino de la conciencia; la vigilancia informática de las poblaciones; el odio en las redes convertido en una fuerza asesina. El hombre, en definitiva, atrapado por las pantallas, fijas y móviles. Tecnoadicción. La tecnología como tecnoparanoia. Situaciones de angustia claustrofóbica ancladas en una tecnodependencia dentro de una sociedad pantalla, como centro de una ficción que permite abrir muchos caminos de reflexiones, ideas y preguntas acerca del futuro.
Según Charlie Brooker, creador de la ficción, el tema central de Black Mirror es “cómo la tecnología destroza la vida”. Sus episodios despliegan entramados ficcionales alimentados por procesos tecnosociales ya presentes y que radicalizarán sus consecuencias peligrosas en un futuro cercano. Los temas de la serie, fuertemente incrustados en la interacción tecnología cultura, nos permitirán realizar un análisis desde inquietudes filosóficas, literarias y cinematográficas.
Uno de los efectos del impacto tecnológico en el presente es la supresión de la distancia espacial. Por las vías de internet y la comunicación satelital, todo nos parece cada vez más cercano. Por Skype escuchamos que alguien nos habla desde China como si estuviera a nuestro lado. Asistimos al fin del espacio o la geografía, de las longitudes del mundo físico “real”. A su vez, en muchos casos, y para muchos, hoy parecería que la realidad social bulle más por su multiplicación en las pantallas, que por estar encarnada en los cuerpos, en las calles, en los sufrimientos y carencias. La realidad empírica gradualmente es roída y sustituida por simulacros y puestas en escena massmediáticas y digitales. La profundización de los procesos de digitalización, como la inteligencia artificial o la robótica, tendrá impactos que desafían la imaginación de los futurólogos o de las ficciones como Black Mirror. En todo caso, lo que se nos aparece como objeto para la reflexión es la construcción de un paradigma de digitalización y realidad virtual, de control total de la privacidad y la información, de un espectáculo absoluto, cuyas implicaciones éticas o filosóficas no pueden ser eludidas como quien come fast food sin nunca preguntarse por sus ingredientes y su peligro para la salud. A estas cuestiones, y a otras, nos conducen las maquinarias ficcionales de Black Mirror.
Somos cada vez más dependientes de la tecnología digital; y cada vez estamos más atrapados por la sociedad del espectáculo. Pero, ¿es posible salir del embrujo hipnótico de las pantallas, de los televisores y los móviles? Esta es la pregunta que parece hacernos la serie Black Mirror, que empezó a emitirse en Chanel 4 de la televisión inglesa en 20111. Black Mirror es una ficción televisiva construida por capítulos individuales que rasgan el núcleo problemático de un mundo de fibra óptica, chips, lenguaje binario, realidad virtual, redes sociales e inteligencia artificial. En cada episodio se vislumbra una imaginación literaria subyacente, una dinámica de la ficción propia de la literatura fantástica o la ciencia ficción, traspuesta a lengua visual. Las ficciones del “espejo negro”, a su vez, promueven, aun sin buscarlo, la necesidad de pensar la relación entre el hombre y la máquina, el cerebro y la computadora; y la realidad virtual que deriva de la computación nacida por los esfuerzos de Alan Turing y otros, durante la Segunda Guerra Mundial. Black Mirror no solo entretiene, también toca el sistema nervioso de la cultura globalizada, sus redes informáticas y pantallas que, cada vez más, nos hechizan con su brillo magnético.
¿Quién de nosotros, al menos de los que tenemos acceso a internet, puede estar al margen del mundo condicionado por los procesos informáticos? Ya no es necesario ser un nerd, un especialista en temas de computación o un fanático de la tecnociencia para sentirse interpelado por la sociedad digital. Tampoco es necesario ningún esfuerzo intelectual especial para darnos cuenta de que las máquinas informáticas, con sus crecientes capacidades de procesar, ordenar y multiplicar información, condicionan actualmente nuestras vidas. Y las condicionarán más y más. Los niños ya pasan más tiempo ante los videojuegos que disfrutando de deportes o pasatiempos al aire libre, o de un tiempo de lectura necesario para su desarrollo cognitivo temprano. Incluso los adultos, por cuestiones laborales o por su propia adicción, dedican más horas al mundo en red que a la lectura de libros, o a las experiencias de recreo con sus hijos, por ejemplo.
Como señala Black Mirror, el futuro que ya golpea nuestras puertas nos obliga a pensar una constelación interconectada de temas y procesos que construyen un mundo tecnodigital (con sus redes, realidad virtual, inteligencia artificial y androides). Un mundo que cada vez más absorbe y desplaza la vieja vida “primitiva” del encuentro cara a cara o del placer de la vida al aire libre y de la simple contemplación de la naturaleza.
Por eso, en este libro, y desde un encuentro entre filosofía, cultura contemporánea e imaginación, nos acercaremos al mundo en el que la mente parece cada vez más condicionada por una “realidad” electrónica y digital. Momentos de la filosofía (desde Platón, Kant, Foucault y otros) y de la literatura (la alusión a novelas distópicas, Bradbury, Philip Dick, o incluso Borges) nos conducirán en el análisis del tipo de mundo que Black Mirror nos propone para la reflexión.
En Black Mirror la tecnología es vivida como amenaza, invasión de la privacidad, pérdida de la libertad, espectáculo constante, deshumanización. Tecnodependencia. En este libro no nos proponemos una investigación sobre el lenguaje formal o la semiología de Black Mirror en cuanto serie televisiva. Nuestro análisis tampoco está dedicado a los fanáticos de la serie. Las ficciones de Black Mirror son eficaces catalizadores para un pensar inquisitivo y cuestionador de muchos aspectos de una sociedad digitalizada, y es en ese sentido que las utilizamos como guía para nuestra reflexión. (Dicho esto, en el penúltimo capítulo nos permitiremos dudar, sin embargo, de la eficacia del poder crítico de cualquier ficción, y, en este caso, de la propia Black Mirror).
Black Mirror suele ser etiquetada como ciencia ficción. Y esto es así por su proyección futurista. La serie muestra la vida cotidiana en las ciudades contemporáneas dominadas por las TIC (tecnologías de la información y la comunicación). Omnipresencia de la técnica expresada por la globalización de internet, las redes sociales (Facebook, Twitter, Messenger), la televisión satelital y las tiendas informáticas de apps. La proyección futurista en Black Mirror imagina el impacto tecnológico sobre nosotros en un futuro próximo. Y como lo imagina en sus facetas más perturbadoras y preocupantes, es posible catalogarla como una ficción distópica. La distopía alude a un movimiento de la novela del siglo XX. Un tipo de literatura que cuestiona el presente y el futuro de nuestra civilización. Novelas distópicas son aquellas que imaginan un mañana de tintes cada vez más oscuros. El mañana como radicalización de la desigualdad social, del control autoritario de las sociedades. Un mañana en el que se impondrá el automatismo robótico por el que los hombres perderán su empleo y se convertirán en siervos de androides. Lo distópico es el futuro como reino de pesadilla y no la vida elevada por el progreso tecnológico. Sin embargo, las proyecciones distópicas futuristas no avalan necesariamente la antitecnología. Como lo aclara el creador de la serie, la ficción del “espejo negro” no es tecnofobia ni activismo antitecnología, pero sin embargo funciona como una alerta al espectador del peligro de una tecnoadicción generalizada.
La dependencia de los dispositivos portátiles (smartphones, tablets, conectividad permanente) es un hecho. Entretenimiento televisivo, redes sociales, navegación en internet, se ofrecen como una inyección de adrenalina cibernética full time, nos acompañan como una medusa que nos encandila y nos priva de nuestro derecho a la soledad y el sueño. Black Mirror nos remite a esa vida dentro de las pantallas, proceso que interactúa con los conflictos políticos y económicos de un capitalismo ahora planetario y relacionado, también, con la llamada Cuarta Revolución Industrial, o Industria 4.02. Un intento de comprensión del mundo contemporáneo hiperconectado debe enfrentarse a las ofrendas que hoy se les entregan a los dioses computadoras. El tema de la tecnología que traspasa las ficciones de Black Mirror propone tramas, percepciones, modos de experiencia, que explican la cultura de la tecnoadicción como nueva religión en un mundo de digitalización irreversible. La serie nos confronta con numerosos dilemas: ¿es “correcta” la sustitución gradual del cuerpo humano por cuerpos robots androides (fe y militancia de la utopía transhumanista, como veremos); ¿es lícita una “inmortalidad digital”?; ¿en qué punto los usuarios de las redes sociales debieran reflexionar sobre los peligros de buscar reconocimiento por los “me gusta”?; ¿podrá el hombre proteger su libertad y privacidad en un mundo en el que ciertos softwares informáticos aumentarán, y ya lo están haciendo, el poder de vigilar nuestras vidas cada vez más datificadas y bancarizadas?; ¿seguiremos con el consumo indiscriminado de la tecnología adictiva o pondremos más empeño en recuperar los vínculos humanos y la relación con la naturaleza?; ¿olvidaremos, cada vez más, la realidad fuera de las pantallas?; ¿recuperaremos el esfuerzo por aprehender y comprender mediante la lectura y el estudio o nos limitaremos solo a ver para entretenernos como descarga de las tensiones del día?; ¿tendrá el hombre del futuro, o del presente, que asumir, alguna vez, que no todo es espectáculo y estar “conectado”, y recuperar los momentos de desconexión, de estar offline?
Steve Woolgar, sociólogo de la ciencia británico, compañero de ruta de Bruno Latour, en Las 5 reglas de la virtualidad, postula, en su tercera regla, “que las tecnologías virtuales son un complemento y no un sustituto de la actividad real”3. La resistencia de la realidad a ser sustituida por la virtualidad. Langdon Winner, teórico estadounidense de los aspectos sociales y políticos del cambio tecnológico moderno, adepto a la obra de Jacques Ellul, habla de un “sonambulismo tecnológico”. El sonámbulo no sabe que está soñando. ¿No será nuestra situación la de dormidos en un mundo tecnificado tipo Black Mirror? Jugamos con los dispositivos tecnológicos sofisticados pero no comprendemos su significado, ni nos interesa hacerlo, más allá de sus beneficios funcionales, como más velocidad de descarga, o mejor conectividad, etc. Una sociedad bajo “sonambulismo tecnológico” debiera despertar, y Black Mirror, con sus golpes de terror tecnoparanoico, busca sacudirnos para que interrumpamos nuestro apacible dormitar. Algo que el mencionado Jacques Ellul buscó mediante el pensamiento crítico. Frente a la situación de cautivos de las pantallas y los dispositivos técnicos, Ellul propuso una ética del no poder; es decir, resistirse al consumo pasivo de los tecnoproductos; manifestar que puedo (consumir), pero no quiero. O solo lo haré desde mi decisión, y no por sometimiento a las imposiciones ambientales.
En nuestro camino, Black Mirror nos sirve como excusa para pensar nuestro entramado tecnocultural contemporáneo. Primero dedicaremos un capítulo al antecedente principal de la ficción de Brooker: la memorable serie de culto La dimensión desconocida, de Rob Serling, cuyo tipo de ficción se embebe en la apertura al espacio de los años contraculturales de la década de los sesenta, y en él contrastaremos la esfera digital y el ciberespacio del presente que se repliegan sobre sí mismos; otro capítulo será dedicado al concepto específico de distopía en el cual se posicionan Black Mirror y otras visiones escépticas sobre el futuro. Por el análisis de los capítulos de la serie, restringido, en este libro, a las tres primeras temporadas4, detectaremos y ordenaremos temas y procesos fundamentales para la reflexión de cara a la cultura global del siglo XXI. En el último capítulo, tomaremos distancia de una mirada idealizadora o fanática respecto a la ficción del espejo negro: observaremos, críticamente, sus límites como ficción dentro de una cultura del entretenimiento, pero también subrayaremos los méritos de su construcción narrativa. Y jugaremos a vislumbrar los peligros de la erosión de lo “real” dentro de una sociedad pantalla.
Temas, inquietudes, perspectivas críticas, dudas, componen la base de flotación de nuestra navegación sobre algunos perfiles de la contemporaneidad. Y muchas preguntas. En un futuro no muy lejano, ¿la vida será solo dentro de las pantallas? ¿Las pantallas rotas de un espejo negro?
1 Para 2016, Black Mirror cuenta con trece capítulos y tres temporadas, y se proyecta una cuarta a emitir en algún momento de 2017, a través de Netflix. Como antecedentes o fuentes inspiradoras de su ficción de éxito global, Charles Brooker alega la serie La dimensión desconocida, de Rob Serling, o Relatos inesperados del noruego, nacionalizado británico, Roald Dahl.
2 El término Industria 4.0 proviene del gobierno alemán para aludir a la nueva fábrica inteligente, la fabricación informatizada con todos sus procesos interconectados por Internet de las Cosas (IOT). También se propone denominarla ciberindustria del futuro; la fábrica y sus procesos de producción bajo los efectos de la revolución digital.
3 Woolgar, Steve, (ed.) Virtual Society? technology, cyberbole, reality. Oxford University Press, Oxford, pp. 1-22
4 Al momento de la conclusión de este libro se anuncia el lanzamiento de la cuarta temporada de Black Mirror para fines de 2017. Por los escasos trascendidos, ignoramos si los nuevos episodios serán una continuación de la filosofía crítica de las tres primeras temporadas, o si abrirán otros caminos.
Primera parte Hacia la pantalla cerrada y distópica
I
Black Mirror: la dimensión desconocida de la era digital. Del espacio abierto a la pantalla cerrada
Todos los actos creativos tienen sus antecedentes, sus fuentes de inspiración. Según los dichos de su creador, Black Mirror se inspira parcialmente en La dimensión desconocida, e incluso en el particular telefilme español La cabina5.
La dimensión desconocida, de Rob Serling, es antecedente de Black Mirror. The Twilight Zone (Zona crepuscular) proyectó su estilo de ficción entre 1956 y 1964, en 164 episodios emitidos6. En España fue conocida como Dimensión desconocida, o En los límites de la realidad, y en Hispanoamérica como La dimensión desconocida. Rob Serling, además de ser el creador, era el presentador del programa, tradicionalmente caracterizado como serie de ficción, fantasía o terror. Serling impresionaba por su carisma. Era notoria su desenvoltura para predisponer a los telespectadores hacia las situaciones fantásticas que el programa ofrecía. Tuvo cinco temporadas, con 92 capítulos escritos por Serling y también con la destacada intervención creativa de otros notables autores de ciencia ficción como Richard Matheson, Charles Beaumont, Earl Hamner Jr., Reginald Rose o el extraordinario Ray Bradbury. La dimensión desconocida fue la primera producción televisiva en convertirse en serie de culto: referencia insoslayable de un tipo de ficción que, además de entretenimiento, alcanza la magnitud de perla brillante para la crítica especializada a nivel mundial.
En nuestra lectura de Black Mirror, o de la ficción en general, lo más significativo es el poder de estimular conciencia ante procesos significativos (como el impacto tecnológico generador de dependencia, pero también de desarrollo). La lucidez crítica que se logra a través de lo ficcional es a veces superior a la que deviene de los análisis puramente conceptuales. Un relato literario cuestiona la actualidad de forma lateral, por la metaforización que propone la imaginación. La Rebelión en la granja, de George Orwell, es un ejemplo de ello: la ficción como crítica indirecta de la realidad. Pero en el caso de Black Mirror, su modo de inquietarnos ante el exceso de vida digital es frontal. Y esto es así porque la crítica imaginativa no necesita hoy ocultarse, como sí ocurría cuando la libertad de expresión estaba condicionada. El antecedente de Black Mirror, La dimensión desconocida, construyó sus ficciones en el tiempo en el que la ficción tenía que disimular su aguijón crítico. Antes de la emisión de un drama televisivo sobre el holocausto nazi, a Serling se le anunció un cambio a última hora. Un patrocinador de la emisión (una compañía de gas), exigió eliminar escenas de los judíos gaseados en las duchas. De no cumplirse la exigencia, la empresa no continuaría con la financiación del programa, y este sería cancelado. La crítica solo podía ser expresada de forma sesgada.
Rob Serling creó su serie en el contexto del macartismo. Tiempos de la Guerra Fría, de la lucha ideológica en el mundo bipolar de la posguerra. El enfrentamiento entre Estados Unidos, el gigante de la supuesta democracia, y la ex URSS, el dragón del supuesto socialismo liberador. En el país del dólar, la “paranoia roja” expresaba el miedo ante la expansión comunista en Occidente. Para la Casa Blanca, el peligro no era solo un ataque nuclear soviético, sino también una posible infiltración ideológica del enemigo socialista en la vida civil. Se temía la penetración en todos los niveles de la sociedad norteamericana de una Quinta Columna, sostenida en los hombros de intelectuales y artistas de izquierda, devenidos topos espías y conspiradores. Paranoia desatada. Envuelto en el temor rojo, el senador Joseph MacCarthy sembró la conspiroparanoia y diseñó una caza de brujas para apresar a supuestos comunistas infiltrados, entre los que se sospechaba de muchos emigrados, incluso del propio Einstein.
Ese contexto histórico condicionaba la creatividad de La dimensión desconocida. Los patrocinadores y los canales de televisión eran parte de la censura legitimada como cuestión de seguridad nacional. Por eso, en ese escenario, ante el acecho del ojo censor, Serling advirtió que la única manera de criticar su presente era realizando un cálculo de prudencia estratégica: apelar a la ciencia ficción, o más exactamente a las situaciones fantásticas, para, desde allí, metaforizar los conflictos estructurales de su tiempo. Así escapaba a los censores de turno. Las tijeras de la censura no amputaban las tramas de una serie televisiva que, creían, era solo escapismo. Un entretenimiento para un público despreocupado. En la agenda prohibida de la época figuraban cuestiones como la guerra nuclear, la disminución de las libertades individuales en la coyuntura de un peligro exterior, los brotes de histeria colectiva (como el evidenciado por la emisión radiofónica de La guerra de los mundos, de Orson Welles). Ninguno de esos temas podía ser cuestionado de forma frontal. Por lo que el medio crítico más eficaz era la alusión a otra realidad, o a una dimensión desconocida, como fuerza de desestabilización de un mundo de racionalidad estrecha y estandarizada.
La ficción de Serling, aunque subrepticiamente, deslizaba la idea de una realidad más libre, bajo la forma de una dimensión distinta, no dominada por los límites de la lógica o de una política asfixiante. Así, mediante el juego de la ficción, La dimensión desconocida desbarataba el deseo burgués de la rutina, de la continuidad del tiempo convencional y de lo fácilmente comprensible. La ficción de Serling ponía al descubierto una zona crepuscular, una región de transición a la libertad imaginativa, muy distinta a la realidad política del recorte de libertades civiles. Proponía una salida hacia otra dimensión, que no era pura fantasía, sino otra forma de experimentar el mundo. No desde la sofocación y estrechez conocidas, sino desde otro rango de realidad que se le presentaba a la mente. Por eso, en la locución de apertura de la primera temporada, Serling anunciaba: “Al igual que el crepúsculo que existe entre la luz y la sombra, hay en la mente una zona desconocida en la cual todo es posible; podría llamársele, la dimensión de la imaginación, una dimensión desconocida en donde nacen sucesos y cosas extraordinarias como los que ahora vamos a ver. ¿Qué no es posible? Todo es posible en el reinado de la mente, todo es posible en la dimensión desconocida”. Y luego, en la locución de la apertura de la temporada final de la serie: “Abramos esta puerta con la llave de la imaginación. Tras ella encontraremos otra dimensión, una dimensión de sonido, una dimensión de visión, la dimensión de la mente. Estamos entrando en un mundo distinto de sueños e ideas. Estamos entrando en la dimensión desconocida”. Entrar en la dimensión desconocida era la salida hacia un espacio más amplio, antes no experimentado. Una pretendida experiencia que liberaba la mente de la lógica y las costumbres repetidas.
Pero el contexto que obra de matriz de La dimensión desconocida no estaba signado solo por el agobio controlador frente a la amenaza roja del comunismo soviético. Su tiempo era también el de la contracultura. En la década de los cincuenta, el movimiento beat, con Kerouac, Ginsberg y Burroughs, acudió a la poesía y la narración experimental como formas de cuestionar el orden establecido. La realidad en la que convivían el miedo a una guerra termonuclear, el vacío materialista, o la uniformización de gustos y costumbres por la publicidad y propaganda, a través de la radio y la televisión en auge. Lo beat contracultural apeló a Oriente. Unió la subcultura del jazz, el rock y el zen. Y, en particular, la segunda fase de la contracultura en la década de los sesenta proyectó la conciencia a otro nivel de experiencia: la psicodelia, los trips, el neochamanismo, el gusto por el nomadismo y lo visionario. Con el tiempo, el deseo de espiritualidad contracultural terminó en pose, en experimento fallido, que se despidió, como su último canto de cisne, en Woodstock. Pero en la posguerra también, desde la llegada de Werner von Braun a Estados Unidos, comenzó el camino hacia la exploración espacial y la llegada del hombre a la Luna7. Todo lo vinculado con la salida al espacio exterior no debiera ser subestimado cuando se reflexiona sobre este momento histórico.
Y aquí se sitúa la principal diferencia con la imagen de mundo que Black Mirror propone. La ficción de Serling, enmarcada en los tiempos de la conquista espacial, nos empuja hacia un espacio abierto, mientras que las pesadillas claustrofóbicas de Brooker nos precipitan al encierro en la pantalla electrónica propio de una época de digitalización creciente. Decir que Black Mirror es La dimensión desconocida de la era digital es parcialmente correcto; pero también es un típico slogan publicitario que desconoce la gran importancia que tiene el cambio de mentalidades como pauta elemental de compresión histórica. Hoy todo tiende a encerrarse en la pequeñez de las pantallas electrónicas que simulan el ingreso a otros mundos, por lo tridimensional virtual; pero antes, la ciencia aeroespacial y la ciencia ficción se proyectaban a un espacio exterior real, ambas se nutrían del deseo de romper el cerco gravitatorio del planeta y proyectarse hacia otras dimensiones. La percepción de este hecho, sin embargo, no debe impedirnos advertir que el tiempo de La dimensión desconocida, como todos los tiempos, era magma de contradicción pura: por un lado, el enfrentamiento cultural entre Occidente y el mundo soviético, y toda la tensión, separación y odio que eso suponía; y, por otro lado, encabalgada sobre despegues de cohetes, satélites y naves espaciales en órbita, una humanidad que recibía un fortísimo estímulo hacia una dimensión extraplanetaria, nueva y desconocida. En ese momento, la cultura popular, vía ciencia ficción, acusó la asimilación de la teoría de la relatividad de Einstein y su otra forma de entender la gravedad, el espacio y el tiempo. Fundida con la conquista física del espacio exterior, una ciencia popularizada catalizaba “el lado crepuscular” (abierto a lo desconocido) de una conciencia trascendental. Una conciencia que construiría los puentes que nos comunicarían con el cosmos. Por supuesto: toda esa elevación cósmica o espacial no hizo menguar ninguno de los intereses que se enfrentaban en el mundo terrenal8. En La dimensión desconocida, antecedente de Black Mirror, por ser producto de una era predigital, un viaje espacial nunca podía acontecer solo dentro de la simulación de una pantalla. El viaje era a otro espacio y otra forma del tiempo; otra realidad, en definitiva, fuera de la simulación digital.
A su vez, la diversidad imaginativa de las situaciones fantásticas de La dimensión desconocida se alimentaba del terror, de las alteraciones del tiempo, de lo extraordinario. Todas sus ficciones son variaciones del principio continuo de la ruptura de la realidad convencional y de la proyección hacia el espacio abierto de una realidad otra a descubrir9, generalmente con alguna intencionalidad moral explícita, no subyacente, y con el habitual plano abierto final del cielo nocturno estrellado, como invitación visual a la proyección de la conciencia hacia una amplitud preindustrial de las cosas.