Czytaj książkę: «Un territorio acuoso»



Bassi, Ernesto.
Un territorio acuoso: geografías marineras y el gran Caribe transimperial de la Nueva Granada / Ernesto Bassi; traductora, María José Montoya. -- Barranquilla, Colombia: Editorial Universidad del Norte; Bogotá, Colombia: Banco de la República, 2021.
383 páginas : ilustraciones, mapas ; 24 cm.
Incluye referencias bibliográficas (páginas 341-383)
TÍTULO ORIGINAL: An Aqueous Territory: Sailor Geographies and New Granada’s Transimperial Greater Caribbean World.
ISBN 978-958-789-165-2 (impreso)
ISBN 978-958-789-166-9 (PDF) / ISBN 978-958-789-167-6 (ePub)
1. Geopolítica--Caribe (Región). 2. Colombia--Historia--Colonia, 1550-1810. 3. Caribe (Región)--Historia. 4. Caribe (Región)--Comercio--Historia. 5. Caribe (Región)--Política y gobierno. 6. Caribe (Región)--Límites. I. Montoya, María José, traductora.
(986.102 B321 ed. 23) (CO-BrUNB)

Vigilada Mineducación
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Km 5, vía a Puerto Colombia, A.A. 1569
Área metropolitana de Barranquilla (Colombia)

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www.banrepcultural.org
Bogotá D.C.
Título original
AN AQUEOUS TERRITORY: SAILOR GEOGRAPHIES AND NEW GRANADA’S TRANSIMPERIAL GREATER CARIBBEAN WORLD
© Duke University Press, 2017 (primera edición)
ISBN 978-0-8223-6240-1
© Universidad del Norte, 2021
© Banco de la República, 2021
© Ernesto Bassi, 2021
Coordinación editorial
Zoila Sotomayor O.
Asistente editorial
María Margarita Mendoza
Diseño de portada y textos
Munir Kharfan de los Reyes
Ilustraciones y gráficos
Christine Riggio
Diseño de portada
Geraldín Acevedo
Traducción
María José Montoya
Corrección de textos
Henry Stein
© Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio reprográfico, fónico o informático, así como su transmisión por cualquier medio mecánico o electrónico, fotocopias, microfilm, offset, mimeográfico u otros sin autorización previa y escrita de los titulares del copyright. La violación de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
A Clau, Santi, Elisa y Mariana, fuentes de apoyo, inspiración y preocupación.
En memoria de Rafa Bassi y Alberto Abello, quienes lo inspiraron, pero no vivieron para leerlo.
Contenido
Agradecimientos
Introducción
Parte I. CONFIGURACIONES ESPACIALES
Embarcaciones: rutas, tamaño y frecuencia
Marineros: entrecruzar fronteras y crear regiones
Parte II. GEOPOLÍTICA E IMAGINACIÓN GEOPOLÍTICA
Indios marítimos, indígenas cosmopolitas
Girar hacia el Sur antes de virar al Este
Las aventuras caribeñas de Simón Bolívar
Una nación andino-atlántica
Conclusión: SOBRE GEOGRAFÍAS ALTERNATIVAS Y FUTUROS PLAUSIBLES
Apéndices
Bibliografía
Notas al pie
Agradecimientos
Escribir sobre quienes cruzan fronteras y sobre el entorno que habitaron requiere una gran cantidad de viajes internacionales. Como el caminante de Antonio Machado (y de Joan Manuel Serrat), he andado muchos caminos en el proceso de escribir este libro. Y aunque no he navegado en cien mares, investigar las vidas de muchos que efectivamente lo hicieron me ha llevado a múltiples archivos y bibliotecas a ambos lados del Atlántico. En el proceso adquirí muchas deudas, conocí muchas personas maravillosas y convertí varias bibliotecas en mi oficina personal.
La Universidad de Cornell y la Universidad de California en Irvine (UCI), las dos instituciones que considero mis hogares académicos, proveyeron la mayoría del apoyo financiero que hizo posible este libro. Luego de finalizar mi disertación, recursos del Departamento de Historia de Cornell y de su Society for the Humanities cubrieron un viaje a los archivos nacionales de Colombia en 2013. El Institute for the Social Sciences de Cornell me dio el espacio físico y el tiempo que necesitaba para terminar el proceso de revisión. Las subvenciones y becas de investigación del Humanities Center de UCI, de The School of Humanities, de The Center in Law, Society and Culture y de All-UC Group in Economic History me permitieron realizar investigación en archivos en Colombia, España y el Reino Unido. Una beca de residencia de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos hizo posible investigar en el Archivo General de Indias (AGI) de Sevilla.
La investigación de archivos no puede llevarse a cabo sin aquellos que transportan los documentos desde sus ocultos repositorios subterráneos hasta el escritorio del investigador. El equipo anónimo de los National Archives de Londres y los amistosos y colaboradores empleados del AGI de Sevilla proveyeron ayuda invaluable. En el Archivo General de la Nación de Colombia me beneficié del profundo conocimiento del director de sala Mauricio Tovar y de todo su equipo. Estoy particularmente agradecido con Ana López, Fabio Castro, Rovir Gómez, Anhjy Meneses, Zenaida López, Fredy Duque, Enrique Rodríguez y Doris Contreras por guiarme cuando no tenía la menor idea de cómo encontrar lo que estaba buscando.
Son muchas mis deudas intelectuales. Desde 2012 he sido parte de una estupenda comunidad académica, donde encontré muchos amigos y, más aun, lectores críticos. El Departamento de Historia de Cornell no solo me ha dado el espacio y tiempo necesarios para revisar la disertación en la que se basa este libro, sino que también me ofreció una audiencia cautiva de colegas fantásticos, muchos de los cuales leyeron partes sustanciales de este libro y ofrecieron valiosa retroalimentación. Ray Craib ha sido el mejor colega que uno pudiera pedir. Leyó muchas versiones completas del manuscrito y nuestras innumerables conversaciones claramente hicieron de este un mejor libro y de mí un mejor historiador. Robert Travers y Jon Parmenter también leyeron el manuscrito completo e hicieron comentarios esclarecedores que me ayudaron a hacer el libro más comprensible y relevante para especialistas en áreas diferentes a la historia de América Latina. En su mayoría, mis colegas del departamento leyeron partes de mi trabajo para dos animadas y productivas reuniones del Comparative History Colloquium. Estoy particularmente agradecido con Durba Ghosh, Derek Chang y Eric Tagliacozzo por leer varios capítulos y ofrecer útiles advertencias, críticas y sugerencias bibliográficas. Aaron Sachs, Camille Robcis, Margaret Washington, Rachel Weil, Mary Beth Norton, Judi Byfield y María Cristina García leyeron también porciones del manuscrito y ofrecieron pensamientos fructíferos. Julilly Kohler-Haussman y Mostafa Minawi no solo leyeron largos segmentos del manuscrito, sino que, más importante aún, sufrieron conmigo el proceso de escribir nuestros primeros libros. Como director del Departamento, Barry Strauss mostró su total apoyo al avance de mi carrera al convertirse en un preciado protector de mi tiempo de escritura. La ayuda administrativa, técnica y logística que prestaron Katie Kristof, Barb Donnell, Judy Yonkin y Kay Stickane me permitió navegar Cornell y posibilitó muchas horas adicionales de escritura. Fuera del Departamento de Historia, mi compañera colonialista de Cornell, Ananda Cohen-Suárez, fue uno de los mejores interlocutores que pudieran desearse. Algunas de las conversaciones más estimulantes que me ayudaron enormemente a plantear y replantear mis argumentos ocurrieron durante la primera vez en que dicté el seminario de posgrado de historias cruzadas de las Américas y el Atlántico. Agradezco a Josh Savala, Kyle Harvey, Molly Reed, Esmeralda Arrizon-Palomera y Elise Amfreville por su lectura cuidadosa, sus preguntas inspiradoras y sus provocativos ensayos.
Antes de mi llegada a Cornell adquirí mis deudas intelectuales en UCI. Mi supervisor de la disertación, Jaime Rodríguez, me dio apoyo constante, leyó y releyó cada capítulo de la disertación, ofreciendo siempre preciosa retroalimentación, y se aseguró de hacerme saber que esperaba mucho de mí. Espero estar cumpliendo sus expectativas. En Rachel O’Toole encontré la mejor mentora que un estudiante de posgrado puede esperar. Incontables conversaciones con Rachel durante y tras mis años en UCI influenciaron decisivamente mi aproximación a la historia como estudio del pasado y como profesión y a la vida académica. Steve Topik es un historiador que vale la pena imitar. Ciertamente de él tomo el interés por localizar América Latina y los latinoamericanos en un escenario global más amplio. La oficina de Steve siempre estuvo abierta y en ella, sentado junto a sus tazas de café de comercio justo, disfruté algunas de las conversaciones intelectualmente más inspiradoras y excitantes de mis años de estudiante doctoral. Winston James prestó cuidadosa atención a mis intentos iniciales por definir el Caribe y, a pesar de que no siempre estuvimos de acuerdo en el asunto, tomó en serio mis respuestas a la pregunta ¿qué es el Caribe? Laura Mitchell me introdujo a la historia mundial, una aproximación que permea decisivamente mis argumentos y mi escritura. Su seminario “Aproximaciones a la historia mundial” contribuyó enormemente a convertir mi idea inicial de escribir una historia local del Caribe colombiano en un proyecto mucho más estimulante, interesado en las conexiones transimperiales. David Igler, Pat Seed, Dan McLure, Eric Steiger, Alberto Barrera, Annette Rubado, Heidi Tinsman, Aubrey Adams, Tina Shull, Annessa Stagner, David Fouser y Young Hee Kim leyeron aspectos de mi trabajo de posgrado que, en retrospectiva, ahora veo como mis intentos iniciales de entender el Gran Caribe transimperial desde la costa del Virreinato de Nueva Granada. Raúl Fernández aportó apoyo incondicional y sabor a lo largo de mis años en Irvine.
Más allá de mis dos hogares intelectuales, mucha gente y lugares han convertido la investigación, la escritura y la difusión de mi trabajo en una experiencia altamente estimulante. En Bogotá, las jornadas diarias de trabajo en los archivos incluyeron con frecuencia almuerzo, café y horas extra de conversación sobre historia con Daniel Gutiérrez, Jesse Cromwell, Sergio Mejía y Carlos Camacho. En Sevilla, los descansos de media mañana para ir por un oportuno cafelillo con leche ofrecieron tanto energía física como estimulación mental para continuar abriendo paso por entre los documentos. Agradezco a Ramón Aizpurúa, Luis Miguel Glave, Esther González y Cameron Jones por las muchas conversaciones magníficas que tuvimos mientras disfrutábamos del café. Durante mi estadía en Londres mi amigo Bill Booth me ofreció invaluable asistencia de investigación que hizo extremadamente productiva mi corta visita a Kew.
Como estudiante de posgrado y profesor asistente me beneficié de mi participación en múltiples seminarios y conferencias en los que conocí pares y mentores, muchos de los cuales se convirtieron después en queridos amigos. Mi participación en las reuniones anuales de la American Historical Association, los paneles de Gran Colombia Studies de la Conference on Latin American History y el Forum on European Expansion and Global Interaction me permitieron compartir y recibir valiosa retroalimentación sobre mi trabajo y formar parte de una excitante comunidad de historiadores cuyo trabajo e ideas influyeron decisivamente en los míos. En particular, estos foros me permitieron conocer y compartir ideas con Alex Borucki, Marcela Echeverri, Pablo Gómez, Fabricio Prado, Linda Rupert, Elena Schneider, Madalina Veres, Molly Warsh y David Wheat. Numerosas invitaciones a presentar aspectos de mi trabajo fueron asimismo críticas para refinar mis argumentos e ideas. Agradezco a los organizadores del New York State Latin American History Workshop (Bridget Chesterton), el Colloquium of the Omohundro Institute of Early American History and Culture (Elena Schneider), la conferencia “Placing History, Historicizing Geography” (Bertie Mandelblatt y Dean Bond), la conferencia “Rethinking Space in Latin American History” (Stuart Schwartz, Gil Joseph, Santiago Muñoz y Adrián Lerner), el taller “Entangled Histories of the Early Modern British and Iberian Empires and Their Successor Republics” (Jorge Cañizares-Esguerra, Bradley Dixon, Christopher Heaney y Mark Sheaves) y la conferencia “Rethinking Historical Space/Area in Historical Study” (Martin Klimke, David Ludden, Lauren Minsky y Mark Swislocki) por organizar escenarios envidiables para el intercambio intelectual. Agradezco también a los asistentes a estos eventos por impulsarme a pensar más intensamente sobre las regiones, la geografía, el mar y más. Las invitaciones de Johanna von Granfenstein (Instituto Mora), Jonathan Ablard (Ithaca College), Francisco Scarano (University of Winsconsin, Madison) y Nancy Appelbaum (Binghamton University) me forzaron a organizar mis pensamientos y a refinar mejor mis argumentos. Muchas conversaciones y correos electrónicos con Anne Eller sobre el Gran Caribe durante la Era de las Revoluciones le dieron forma a mi pensamiento. También le agradezco por su cuidadosa lectura de la introducción y la conclusión. Nancy Appelbaum, Lina del Castillo y Andrea Wulf me enseñaron mucho sobre los políticos geógrafos de Colombia y la conexión Humboldt-Bolívar. Los comentarios de Anne McPherson a una versión temprana del capítulo 3 me ayudaron a presentar mejor la historia de los indios marítimos. Antes de decidir convertirme en un historiador profesional, Linda Newson y Alberto Abello me introdujeron a la historia de Latinoamérica colonial y al estudio serio del Caribe colombiano que, en el largo plazo, resultó en este libro.
En Duke University Press, Gisela Fosado guió de manera fantástica a este neófito en la publicación de libros. A ella le gustó lo que presenté en una conferencia, pidió más y continuó disfrutando de las sucesivas versiones. La editora de arte Christine Riggio dibujó bellos mapas y me ayudó a preparar todas las ilustraciones. Lydia Rose Rappaport-Haskings me guió a través de las últimas etapas de la preparación del manuscrito. Estoy profundamente agradecido con los dos lectores anónimos cuyos sabios comentarios, críticas y sugerencias me empujaron a revisar, reorganizar y reescribir importantes porciones del manuscrito. Ambos lectores demostraron un entusiasmo por el libro que me animó mucho a trabajar fuertemente en el proceso de revisión.
A lo largo del proceso de investigación y escritura tuve la suerte de contar con amigos y familiares alentadores que hicieron posible la investigación y la escritura. En Bogotá, Mauricio Calderón e Isabella Gardeazábal y mi tía Carmen Arévalo hicieron de sus hogares mi hogar. Quedarme con ellos no solo me permitió estirar mis escasos recursos financieros, sino, más importante, me permitió disfrutar de compañía durante solitarios fines de semana, cuando más extrañaba a mi familia. En Londres, María Isabel Irurita, Juan Camilo Cock y Martina fueron los mejores anfitriones que pudiera uno pedir. Quedarme con ellos no solo resultó en un Londres libre de renta, sino que me dio también el gran gozo de reunirme de nuevo con viejos amigos.
La ayuda de mi familia inmediata simplemente ha sido inconmensurable. Mis padres, Chila y Rafa, siempre han apoyado mis aventuras históricas, y de hecho han estado bastante interesados en mi investigación y escritura. Mi interés por el Caribe, en efecto, se lo debo a ellos en gran parte. ¡Muchas gracias, mami y papi! Claudia Roselló y Santiago Bassi han sido mis compañeros de viaje a lo largo de este camino histórico. Cuando estaba en el exterior haciendo investigación, ellos sostuvieron el fuerte en California. Cuando estaba en casa me animaron y crearon distracciones regenerativas que me ayudaron a pensar mejor y me empujaron a seguir escribiendo. Elisa se nos unió más adelante en el camino. Durante la mayor parte de su vida, Ithaca ha sido su hogar, lo que significa que ella ha tenido que lidiar menos con mis ausencias por investigación que Clau y Santi. Pero, como Clau y Santi, Elisa me ha pillado (varias veces) pensando acerca del libro en momentos en los que debía estar dándole mi total atención a mi juguetona hija. Incluso antes de iniciar el proceso de conceptualización de este libro, Clau, en palabras de Serrat, cerró su puerta y echó a andar. Hoy, tres países y más de una década después, ella sigue aquí y, con Santi y Elisa, continúa sosteniendo el fuerte del hogar cuando yo estoy lejos.
Clau, Santi y Elisa, les agradezco por unírseme en crear nuestra propia geografía y en imaginar una variedad enorme de futuros posibles. Este libro es para ustedes. Es lo que es, en parte, por ustedes. Yo soy el historiador que soy en gran parte por ustedes. Las fallas, sin embargo, son solamente mías.
Introducción
Develar otros mundos posibles
El apego discursivo de la geografía al estatismo y a la corporeidad física, la idea de que el espacio “simplemente es” y de que el espacio y el lugar son meros contenedores para las complejidades humanas y las relaciones sociales es terriblemente seductora…
Si el espacio y el lugar parecen fijos e invariables, sin riesgos, entonces lo que posibilitan el espacio y el lugar fuera y más allá de las estabilidades tangibles… puede desvanecerse potencialmente.
Sin embargo, la geografía no es segura ni estática; nosotros producimos el espacio, nosotros producimos sus significados y nosotros trabajamos arduamente para hacer que la geografía sea lo que es.
KATHERINE MCKITTRICK, Demonic Grounds (énfasis añadido)1.
El 13 de octubre de 1815 la legislatura de la joven república de Cartagena aprobó una propuesta para poner la ciudad bajo la protección de la Corona británica. El gobernador de Cartagena, Juan de Dios Amador, creía que jurar fidelidad a Su Majestad Británica constituía “la única medida” capaz de salvar la ciudad. Sitiada desde mediados de agosto por un fuerte contingente español al mando del mariscal de campo Pablo Morillo, Cartagena, independiente desde noviembre de 1811, era un blanco para las autoridades españolas por haber apoyado la autonomía política en contra de la lealtad al rey Fernando VII tras la invasión francesa a la Península en 1808. “Ofrezcamos”, había dicho el gobernador Amador “la provincia [de Cartagena] a una nación sabia y poderosa, capaz de salvarnos y gobernarnos, pongámosla bajo el amparo y dirección del Monarca de la Gran Bretaña”. La legislatura de Cartagena no necesitó demasiado tiempo para llegar a una decisión. Persuadida de que “en las circunstancias que se han manifestado” la propuesta del gobernador era “la única capaz de salvar el Estado”, la legislatura aprobó unánimemente la medida de Amador y le otorgó el poder de contactar a las autoridades británicas de Jamaica2. Al día siguiente, Amador despachó una comisión para informar sobre la decisión a las autoridades de Jamaica. Aquel mismo día (14 de octubre de 1815), nos dice Gustavo Bell que “la bandera británica fue izada en la ciudad [de Cartagena]”3. En Jamaica, afirmando su reciente compromiso a permanecer neutrales en el conflicto español con sus territorios americanos, las autoridades británicas se negaron a proveer cualquier ayuda a los delegados cartageneros. Sin apoyo externo, Cartagena, incapaz de resistir el asedio español, se rindió a las fuerzas españolas el 6 de diciembre de 18154.
El sitio de Cartagena es una pieza bien conocida de la narrativa patriótica de Colombia5. Por su tenaz resistencia durante el sitio, los colombianos conocen la ciudad como “La Heroica”. La solicitud de la legislatura cartagenera para ofrecer la provincia a la Corona británica es menos conocida. Los historiadores de Colombia, especialmente aquellos que se especializan en la historia local del Caribe colombiano, están familiarizados con la declaración, pero no han ahondado en sus posibilidades analíticas, presentándola simplemente como una medida desesperada tomada bajo circunstancias desesperadas. Dado que la propuesta fue finalmente rechazada, se ha considerado inconsecuente, una mera anécdota de escaso valor para comprender el proceso de la creación de la nación en Colombia.
Aunque este libro no es sobre Cartagena (si bien esta figura prominentemente en sus páginas), el sitio de la ciudad en 1815 y, en particular, la solicitud de su cuerpo legislativo, sirven como una buena introducción a la aproximación del libro. En vez de ofrecer una historia que se ocupa de explicar los orígenes (v. g., una genealogía de lo que acabó pasando), este libro ofrece una historia que rescata la noción de que para cualquier resultado histórico dado existieron varias alternativas. Estas alternativas, muchas de las cuales, como lo señalan Peter Linebaugh y Marcus Rediker, “han sido generalmente negadas, ignoradas o que, simplemente, han pasado inadvertidas”, nos ofrecen una ventana para comprender que lo que terminó pasando no estaba destinado a ocurrir6. Vista bajo esta luz, la solicitud de la legislatura cartagenera surge como un ejemplo elocuente de que “otro mundo era posible”, uno en que, como lo esperaron sin éxito los legisladores cartageneros, las guerras de independencia que resultaron en la creación de la República de Colombia podrían haber resultado en el establecimiento de una colonia británica en la costa Caribe del Virreinato de Nueva Granada7. Este estudio no presenta aquel futuro irrealizado (v. g., no persigue la pregunta contrafactual de qué habría podido ocurrir si las autoridades británicas hubiesen aceptado la solicitud de la legislatura cartagenera). Sin embargo, toma en serio la noción de que una Cartagena británica fue parte constitutiva del “horizonte de expectativas” de los legisladores de la ciudad8. Esta posibilidad fue parte de lo que, en su análisis de los internacionalismos coloniales de entreguerras en el siglo XX, Manu Goswami llamó la “enorme constelación de futuros políticos en contienda” que informó aquello que los legisladores de Cartagena y otros residentes de la ciudad consideraron como un mundo plausible9.
Las implicaciones de esta aproximación para nuestra comprensión de la historia del Caribe y de Colombia son considerables. Pensar en lo que creían posible los sujetos que estudiamos nos obliga a abandonar arraigados hábitos narrativos, que naturalizan una definición de la región del Caribe como aquella que consiste tan solo en sus islas y en la que se interpreta a Colombia como un país carente de conexiones fuertes con sus vecinos caribeños. Al enfatizar las fuertes conexiones que vincularon las costas de Nueva Granada con Jamaica, Curaçao, la Española, Saint Thomas, y las ciudades costeras de los Estados Unidos (capítulos 1 y 2), y al explicar el proceso de “descaribeñización” a través del cual los creadores de la reciente nación colombiana eligieron borrar dichas conexiones (capítulo 6), este libro devela formas de habitar el mundo que no están sometidas a esquemas anacrónicos de regionalización mundial y, así, nos permite entender cómo los sujetos históricos que estudiamos desarrollaron un sentido del lugar —cómo se localizaban a sí mismos en el mundo más amplio— y cómo concebían futuros potenciales para sí mismos y para aquellos a quienes decían representar.
Un territorio acuoso: geografías marineras y el Gran Caribe transimperial de la Nueva Granada traza la configuración de un espacio geográfico —el Gran Caribe transimperial— y los múltiples proyectos que sus habitantes desarrollaron para concebir su futuro, su imaginación geopolítica10. El libro aborda estos dos procesos desde la perspectiva de la costa Caribe del noroeste suramericano —desde el cabo Gracias a Dios hasta la península de la Guajira o lo que durante el siglo XVIII y el temprano siglo XIX se denominaba en las fuentes españolas las provincias del norte del Virreinato de Nueva Granada y en las fuentes británicas Spanish Main [Tierra Firme]. Desde esta perspectiva geográfica, el estudio de la configuración de un Gran Caribe transimperial y de la imaginación geopolítica de sus habitantes se convierten en un estudio de la creación de una geografía transimperial que conectaba al Caribe neogranadino con el Caribe “británico” (especialmente Jamaica), el Caribe “francés” (especialmente Santo Domingo o Haití) y, bajo circunstancias específicas que se explican en el capítulo 1, con el Saint Thomas “danés” y los Estados Unidos11.
La perspectiva geográfica del análisis es importante porque permite que el Gran Caribe transimperial —espacio regional que defino en el capítulo 2 como maleable y flexible— se vea de forma diferente, cubriendo un área distinta dependiendo del punto de vista que se tome. Mientras que desde el punto de vista de la costa Caribe de la Nueva Granada puertos neogranadinos como Portobelo, Cartagena, Santa Marta y Riohacha y puertos geográficamente orientados hacia el sur del mar Caribe (Kingston, Les Cayes, Curaçao) aparecen prominentemente, el uso de un punto de vista diferente conlleva que otros puertos tengan una figuración central. Los estudios de Nueva Orleáns como centro comercial de un espacio geográfico que también evolucionó a partir de conexiones transimperiales o transnacionales, por ejemplo, hacen más visibles puertos como La Habana y Cap Français (después Cap Haïtien). Algo similar ocurre cuando Florida se convierte en el punto de vista analítico. Al estudiar las conexiones comerciales entre Nueva España (México) y el Caribe, aparecen como puntos nodales del Gran Caribe Veracruz, La Habana, Puerto Rico, la Florida española, la Luisiana española y Santo Domingo, todos los cuales recibían situados (transferencias financieras para cubrir gastos defensivos) del Virreinato de Nueva España12.
El punto de vista geográfico resalta también la forma desigual en que se extendieron instituciones económicas y políticas claves a través del espacio. La esclavitud, para los propósitos de este libro, ofrece el mejor ejemplo. Mientras que desde el punto de vista de Cuba las solicitudes por más esclavos que surgieron inmediatamente después del estallido de la Revolución haitiana marcaron el comienzo de la revolución azucarera de la isla y su concomitante lealtad a la Corona española, clamores similares emitidos desde las costas caribeñas de Nueva Granada fueron inicialmente ignorados o desoídos por las autoridades imperiales y luego completamente silenciados por la agitación y los imperativos diplomáticos de las guerras de independencia. Así, desde las costas cubanas, la esclavitud y las personas esclavizadas estaban entre los elementos más visibles de un Gran Caribe transimperial13. El panorama desde Nueva Granada era bastante diferente. Dado que Un territorio acuoso aborda el Gran Caribe desde las costas de Nueva Granada, en este libro la esclavitud aparece más como un proyecto en las mentes de burócratas y élites locales que aspiraban a convertirse en ricos plantadores que como una realidad experimentada en carne propia por un gran grupo de habitantes de la región. Ello no implica afirmar que no hubiera esclavos en la costa Caribe de Nueva Granada, sino que las provincias del norte del Virreinato fueron, como Cuba antes de su revolución azucarera, “más una sociedad con esclavos que una sociedad esclavista”14.
Un territorio acuoso presenta dos argumentos centrales: primero, que en las décadas entre la guerra de los Siete Años y los años finales de las guerras que llevaron al surgimiento de la República de Colombia, los marineros, que con frecuencia cruzaban fronteras en aguas del Caribe y del Atlántico y que acumulaban y difundían información obtenida en puertos y en alta mar, construyeron el espacio de interacción social, o la región que yo denomino el Gran Caribe transimperial. Segundo, que, como los marineros, muchos otros sujetos menos móviles usaron este marco geográfico transimperial como una pizarra sobre la que concibieron análisis de su presente y visiones de potenciales futuros. Mientras que muchas de estas visiones nunca se materializaron, aquellos que las imaginaron ciertamente intentaron convertirlas en realidad. Debido a que tanto los móviles marineros como los menos móviles moradores de las costas e islas influyeron y fueron influenciados por el desarrollo de esta geografía transimperial, puede afirmarse que los actores de este libro vivieron en lo que Jesse Hoffung-Garskof ha llamado un “campo social transnacional [o transimperial]”. La vida en este ámbito transimperial los llevó a desarrollar lo que Micol Seigel llamó “mapas mentales transnacionales [o transimperiales]”, que les ayudaron a darle sentido al mundo que habitaban15.
Dado el agitado ambiente geopolítico de la segunda mitad del siglo XVIII y de la primera mitad del XIX, las circunstancias en que los habitantes del Caribe crearon espacios e imaginaron futuros fueron complejas y estuvieron llenas de contradicciones. Durante la Era de las Revoluciones, el mapa político del Atlántico, así como sus códigos comerciales y culturas legales, se transformaron enormemente. Comenzaron a surgir nuevas repúblicas en donde hubo previamente colonias y territorios europeos ultramarinos. Los reformistas imperiales presionaron exitosamente a favor de restricciones comerciales menos rigurosas y los poderes europeos comenzaron a ver el comercio interimperial en términos más favorables, mientras permanecían recelosos de las prácticas de contrabando asociadas con estas transacciones comerciales16. La esclavitud y el comercio de esclavos se convirtieron en blancos de críticas —desde abajo y desde arriba— que llevaron a algunos imperios y repúblicas emergentes a abolirlos durante la primera década del siglo XIX. Al mismo tiempo, no obstante, el período atestiguó la mayor alza en importación de esclavos a las Américas, tendencia particularmente marcada en la América española, que en el siglo transcurrido entre la revolución que culminó en la independencia de Estados Unidos y 1886 importó el 60 por ciento de los esclavos introducidos desde el inicio del comercio esclavista17. En palabras de Greg Grandin, la Era de las Revoluciones, caracterizada algunas veces como la “Era de la Libertad... fue también la Era de la Esclavitud”. Desde las costas de la América española los clamores por “más libertad” se acompañaron con el reclamo por “más comercio de negros”18. Estas dramáticas transformaciones y contradicciones alimentaron el sentido de lo que era posible en los habitantes del Caribe, afinando su conciencia de lo que la geógrafa Doreen Massey llamó la “pluralidad contemporánea” y, muy probablemente, impulsando a muchos a perseguir proyectos quiméricos, concebidos dentro de la geografía transimperial del Gran Caribe19.