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SINFONÍA EN ROJO

ELISABETH MULDER
ELISABETH MULDER
SINFONÍA EN ROJO
PROSA Y POESÍA SELECTA
Introducción y selección de
Juan Manuel de Prada

COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL
Responsable literario: Javier Expósito Lorenzo
Cuidado de la edición: Armero Ediciones
Diseño de la colección: Gonzalo Armero
Conversión a libro electrónico: CYAN, Proyectos Editoriales, S.A.
© Fundación Banco Santander, 2018
© De la introducción, Juan Manuel de Prada
© Herederos de Elisabeth Mulder
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ISBN: 978-84-17264-02-4
Juan Manuel de Prada
Introducción
«La gran novela desecha más que aprovecha y el gran novelista debe tener bastante más de filtro que de esponja», escribió Elisabeth Mulder en cierta ocasión. Y en su obra encontramos el refrendo de ese propósito. Siempre nos ha resultado incomprensible el desdén que Elisabeth Mulder ha cosechado entre los estudiosos, que en cambio han jaleado a escritores infinitamente menos valiosos. Imaginamos que a esta calculada y metódica preterición haya contribuido que Elisabeth Mulder escribiese siempre en castellano; también que jamás manifestase adhesiones políticas que ahora pudieran favorecer reivindicaciones sectarias; y, desde luego, que nunca se adaptase a las modas imperantes en su época, desdeñando por igual los tremendismos ruralizantes y los existencialismos de medio pelo que practicaron los escritores de su generación.
Habría que asomarse mínimamente a su genealogía para explicar la singularidad literaria de Elisabeth Mulder. Nació en 19041 en Barcelona, en el seno de una familia de la alta burguesía que supo conciliar la actividad mercantil y la devoción por el arte. Su padre, Enrique Mulder García, holandés de madre española y heredero de un título nobiliario —el marquesado de Tedema Toelosdorp—, repartía sus inquietudes vitales entre el ejercicio de la medicina, los viajes de recreo y el cultivo diletante de la pintura. Su esposa, Zoraida Pierluisi Grau, era una portorriqueña de ascendencia italiana y catalana, entre cuyos ancestros se contaba el célebre organista Giovanni Pierluigi da Palestrina. La infancia de la autora se repartió entre Barcelona y Puerto Rico, donde sus progenitores regentaban una hacienda dedicada al cultivo del café; de aquellas largas estancias en los trópicos dejaría Elisabeth Mulder constancia en su novela El hombre que acabó en las islas y en el cuento «Rosina y los fantasmas» —recopilado en el volumen Una china en la casa y otras historias—, aunque no sea la suya una evocación estrictamente autobiográfica, sino más bien afectada por ese anhelo de libertad y desasimiento que siempre la caracterizó. En una entrevista con José Cruset2 , Elisabeth Mulder evoca su infancia en Puerto Rico: «Aquellas vivencias tienen fuerza permanente, están grabadas en mis recuerdos y en mis climas literarios […]. Un paisaje luminoso, variado, con violencia… pero lleno de claridades […]. La plaza de las Delicias de Ponce, adonde me llevaban a jugar, tenía cerca un cuartel de bomberos. La salida de los coches con los bomberos me aterrorizaba. Fue mi primer contacto con el terror […]. Recuerdo la finca nuestra: estaba entre dos ríos. Levantaba las piedras, veía los camarones… Recuerdo la pomarrosa: son unas manzanitas pequeñas, con penetrante olor a rosa. Detrás de la casa había un árbol de gardenias, digo árbol porque allí todo es exuberante… El perfume por la noche…, el aire es casi irresistible de puro delicioso». En las obras de Elisabeth Mulder, Puerto Rico se erige en una utopía agreste y recóndita, ese último refugio en el que aún es posible exiliarse, huyendo de las ataduras de la civilización.
Y es que Elisabeth Mulder fue, sobre todo, una mujer desligada de ataduras, desligada casi de sí misma, sin otra servidumbre que su arte. La frase de Paul Géraldy que figura en el frontispicio de su novela La historia de Java podría entenderse como un estricto lema vital: «Un esprit vraiment supérieur n’est jamais tout à fait dominé par l’amour». La formación de Elisabeth Mulder, ajena a las convenciones pedagógicas de la época (no fue al colegio más allá de unos pocos meses) y confiada por su familia a preceptores particulares, iba a prefigurar el talante de la escritora, alejado de camarillas y conciliábulos. A la postre, su aprendizaje sería un itinerario solitario y perplejo por los caminos de Europa y por los anaqueles pobladísimos de la biblioteca familiar. Así aprendió inglés, francés, italiano e incluso ruso, que le enseñó una antigua dama de la zarina Alejandra, establecida en Barcelona tras el exilio provocado por la revolución bolchevique. También recibió una esmerada formación musical y estudió piano en el conservatorio que Enrique Granados dirigía en Barcelona. Paradójicamente, a Elisabeth Mulder le costó sobremanera aprender a leer, según ella misma confesó en diversas ocasiones. Así, por ejemplo, lo hace en una conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid, luego recogida en el libro colectivo El autor enjuicia su obra (Madrid, Editora Nacional, 1966):
«Porque la verdad es que yo casi aprendí antes a escribir que a leer, y que si dominé rápidamente el juego de combinar las palabras formando frases, en cambio llegar a conocer las letras y formar las palabras fue un proceso largo, incluso doloroso por la tensión a que me sometía. No he conocido jamás a una criatura más torpe, más densa para las letras ni más temerosa de ellas que yo. Fui la justificada desesperación de mis padres y educadores, y si no se me aplicó el denominativo de retrasada mental es porque no se usaba todavía corrientemente, pero sospecho que el de burra debí ganármelo muchas veces. Muchas.
Yo no creo, la verdad, que fuera retrasada mental, o por lo menos eso espero, pero algo raro sí debía de ocurrirme para que se produjese en mi cerebro aquella enorme dificultad de asimilar las letras. Quizá era una intuición premonitoria de las inquietudes que más tarde iban a causarme. El caso es que empezaron a enseñármelas pronto, es decir, a la edad normal, y tenía siete años cumplidos cuando se consiguió al fin “metérmelas en la cabeza”, como vulgarmente se dice. Ahora bien, en cuanto yo tuve la facultad de mover aquel resorte mágico, o sea de construir palabras que tienen un sentido, con aquellos dibujitos impenetrables hasta entonces que eran las letras, el misterio de la expresión escrita se me abrió de pronto, deslumbrante, como un arca tosca y extraña cuya tapa, al alzarse, deja ver el más soberbio tesoro de pedrerías y metales preciosos. Allí hundí mis manos en el acto con un voraz deseo de posesión. Manejar aquel mundo increíble, aquella materia fabulosa, constituía para mí un apasionante juego cuyo nombre yo ignoraba entonces. [...]
Hoy lo sé: se llamaba vocación. Y la niña torpísima que tanto tardó en saber leer, tardó tan poco en saber escribir que a los siete años, a la misma edad en que aprendió a hacerlo, materialmente escribió su primer cuento, de argumento real, basado en un suceso de su propia familia».
Y desde entonces se consumió en lecturas heterogéneas, despreciando otros pasatiempos quizá más acordes con su edad. Tal acopio voraz de lecturas le brindaría un conocimiento panorámico de las literaturas extranjeras. A los quince años ya escribía poesía con cierto tino, pues su composición «Circe» gana el primer premio en unos Juegos Florales celebrados en Barcelona a los que concurren escritores ya talluditos. Como la autora no acude a recoger el premio y los periódicos locales para los que por entonces empieza a colaborar admiten que les envíe por correo sus artículos, comienza a propagarse por los mentideros literarios el infundio de que Elisabeth Mulder se trata de un seudónimo bajo el que se encubre algún prócer que prefiere esconder su verdadera identidad. Los artículos de aquella Elisabeth Mulder apenas púber abarcan la crítica pictórica y el análisis de la actualidad internacional, la efeméride literaria y la ensoñación paisajística —siempre como cifra de las ensoñaciones del alma—; leídos hoy, causan pasmo por sus alardes eruditos y sus observaciones sutilísimas: solo el tono candente y exaltado de la prosa, muy próximo a la invocación lírica, nos suministra alguna pista sobre las circunstancias biográficas de la muchacha que los escribió.
La juvenil poeta
En 1921, con apenas diecisiete años, Elisabeth se casa con Ezequiel Dauner, un abogado emparentado con los marqueses de Juliá que ha colgado la toga para consagrarse a los negocios y a la política municipal. Pertenecía Dauner, al igual que los padres de Elisabeth Mulder, a esa burguesía ilustrada que, después de fatigar las encrucijadas de Europa, se había asentado de nuevo en Cataluña, atraída por la prosperidad de su industria textil. El matrimonio con Dauner, un hombre que aventajaba en treinta años a Elisabeth, debió de realizarse por imposición familiar, pues ni siquiera un talante tan poco proclive a las efusiones como el de nuestra autora explica la ausencia de menciones al marido en las composiciones que por entonces estaba escribiendo, salpicadas en cambio por un orgulloso desdén hacia el hombre, cuando no una repulsa mórbida —muy adecuada para las interpretaciones psicoanalíticas—, como la que exhala el poema «El pulpo», de su libro Sinfonía en rojo:
Una noche soñé que un pulpo me quería.
¡Oh, la indecible angustia de aquella aberración!
Nunca he sufrido tanto; cuando amaneció el día
dijérase que había perdido la razón.
En 1923 nace su único hijo, que recibirá en la pila bautismal el nombre de Enrique, mientras sus versos primerizos y atormentados van abarrotando los cajones de su escritorio, como una marea de papel marchito. En 1927 publica su primera entrega poética, Embrujamiento (Barcelona, Editorial Cervantes), un libro de atmósferas simbolistas y tono doliente (aunque no exento de ciertos vislumbres de ironía) donde el desgarro sentimental se expresa habitualmente en versos de pie quebrado y rimas en consonante. La obra, aunque adolece de algunos sonsonetes que podrían haber sido expurgados, contribuyó a difundir la leyenda de esa enigmática Elisabeth Mulder que, desde un aislamiento feroz, se atrevía a figurar con un nombre femenino en el muy abigarrado y viril parnaso barcelonés. La publicación de Embrujamiento sembró el estupor en las redacciones de los periódicos, donde gacetilleros y críticos de tronío se empeñaban en atribuirle a su autora una identidad masculina y muy curtida en el oficio de la pluma. En sus memorias inéditas, la también escritora Ana María Martínez Sagi, que pronto entablaría muy estrecha amistad con Elisabeth Mulder3 , nos narra el estupor que la publicación de Embrujamiento causó en las redacciones de los periódicos:
«Allá por el año 1928, cuando iniciaba mis inciertos pasos en el campo periodístico, apareció en Barcelona un libro de poesías titulado Embrujamiento. Lo firmaba Elisabeth Mulder. El director del periódico, alma bondadosa, de una paciencia inagotable, me dio a leer ese libro y yo a mi vez, entusiasmada, lo presté a algunos de mis compañeros de redacción, viejos periodistas profesionales con escasos escrúpulos, muchas deudas e infinita imaginación […]. Única mujer entre ellos, confieso que en los primeros meses me hicieron pasar las de Caín. Luego, piadosamente, terminaron por considerarme como una infeliz más en la rabiosa lucha por el pan cotidiano; y, dejando a un lado su tradicional pitorreo a base de antifeminismo muy español —la mujer a parir y a remendar la ropa—, la borrasca terminó por calmarse y hasta llegaron a considerarme como una pobre víctima, indefensa e incauta, a quien ellos tenían el ineludible deber de proteger y de aconsejar con toda lealtad.
Como se creían extremadamente perspicaces, lo primero que decretaron, después de haber leído los poemas de Embrujamiento, es que no podían haber sido escritos por una mujer.
—Esa “tía” —decían— no cabe duda de que es un “tío”.
Debo aclarar que en la jerga que acostumbraban a emplear, un hombre se definía indefectiblemente por un “tío” y, forzosamente, una mujer por una “tía”, aunque esta fuese la muy docta santa Teresa de Jesús (que era una tiaza). Por no desmerecer, y para que me guardaran la consideración debida, yo terminé expresándome de la misma manera:
—Decidme —argüía yo—, especie de cuadrúpedos, ¿de dónde sacáis que la autora es un tío?
—Con esa riqueza verbal, esa profundidad de pensamiento y esa fuerza de expresión no escribe el sexo débil, aun cuando tú, solemne ignorante, te empeñes en sostener lo contrario. Además —proseguían ellos—, ese poeta no rima “hermosa” con “rosa”, ni “amor” con “dolor”, no nos habla de la romántica belleza de la luz crepuscular, ni del dulce murmullo de las fuentes; como tampoco del “tío” granuja que la abandonó. En resumen: de todas esas paparruchas cursis y soporíferas con que suelen favorecernos las pobrecitas poetisas incomprendidas...
Por lo general, me reservaba algunas informaciones de peso y las esgrimía oportuna y solapadamente, para cerrarles el pico:
—¡Qué pandilla de brutos sois! Pues bien, no sólo os voy a probar que la autora del libro es una “tía”, sino que es, además, la misma que escribe las críticas literarias de La Noche y muchos de los artículos de fondo sobre política internacional.
Se armó una marimorena monumental; me trataron de demente, de estúpida delirante y de necia empedernida, pero resistí sin ceder un palmo de terreno. Ante mi ciega testarudez, el ansia por conocer la estricta verdad comenzó a desazonarlos. Se desperdigaron por todas las redacciones de los periódicos, husmearon como perros de caza, establecieron contactos con gacetilleros y cronistas de toda calaña, tendieron redes y emboscadas valiéndose de toda suerte de artimañas para apresar la reacia verdad; y, al fin, llegaron a la conclusión de que el autor (y no la autora) de las poesías, cuentos, crónicas, ensayos y traducciones era un relevante personaje —diplomático unos días, político otros— que, por el alto cargo que desempeñaba, había preferido escudarse tras un nombre de mujer.
—Sois todos unos incurables cernícalos —exclamaba yo, furiosa—. ¿Desde cuándo y en qué país habéis visto un caso parecido? Lo contrario sí es cierto. Ahí tenéis, por ejemplo, a George Sand en Francia, o a Fernán Caballero y a Víctor Català en España.
—¡Miradla! —se defendían ellos—. Ahí tenéis el retrato de la boba pedante. ¡Nosotros seremos unos incurables cernícalos, pero tú harías bien en volver otra vez a restregar las posaderas en los bancos de la escuela primaria, que buena falta te hace! Una “tía” comentando y enjuiciando libros ingleses, franceses, alemanes, rusos; al tanto de la política internacional... ¿En qué país hallas tú un fenómeno parecido? ¡Contesta, so boba!
Lo de que una española dominara la muy enrevesada lengua rusa me dejaba, en verdad, algo perpleja.
—Ese es un “tío”, probablemente extranjero —proseguían—, que retribuye a unos cuantos infelices escribanos y mercenarios para proporcionarle cuantas informaciones y textos necesita. Además, si no tienes la masa encefálica derretida como unas natillas en verano, habrás observado que ese apellido, Mulder, no tiene nada de español.
—¡Como que es noruego! —interrumpía uno de ellos que se las daba de políglota porque sabía decir de carretilla en alemán Ach du lieber Gott!
—¡Qué va, hombre! No sueltes disparates. Eso suena a inglés —atajaba otro.
—¡Anda ya, mentecato! —intervenía un tercero—. El origen de ese apellido es polonés. Lo sé yo muy requetebién.
En resumidas cuentas, en pocos meses Elisabeth Mulder, de diplomático de origen indeterminado pasó a la categoría de embajador, más tarde se convirtió en ministro, en príncipe de la familia imperial rusa, para terminar en espía internacional. Se metamorfoseaba indefinidamente, pertenecía a todos los países y a ninguno en particular; era eso, aquello, lo de más allá. Todo menos una “tía” y, por añadidura, española.
Naturalmente, todos sin excepción hacíamos nuestras propias pesquisas, pero el misterio levantaba día tras día sus infranqueables murallas. El editor no conocía personalmente al autor o autora de Embrujamiento; los jefes de redacción que publicaban sus crónicas las recibían de manos de una secretaria, muda y esquinada como una tortuga, y habían recibido orden estricta de depositar los honorarios convenidos en una cuenta corriente del Banco de Bilbao.
Infeliz de mí, yo también fui a ese banco; y digo yo también porque, listos y avispados como nos considerábamos todos allí, fuimos a caer uno tras otro, como moscas dentro de un tarro de miel. El empleado que nos recibía estaba hasta la coronilla de repetir a unos y a otros idénticas respuestas negativas. A mi compañero [Lluis] Capdevila, empedernido solterón y fumador de puros pestilentes que nos dejaba sin cuartillas porque en ellas escribía sus folletines (que eran el sumo deleite de todas las porteras), se le ocurrió un día, visitado por la Gracia o por el Espíritu Santo, una idea genial. Se trataba de iniciar una encuesta pública a base de preguntas directas a los escritores del día: “¿Cuál es su mayor defecto”, preguntaba él. “¿Cómo es usted?” “¿Cómo ve usted la vida?” “¿Qué frase le agradaría pronunciar antes de morir?”
Siendo la vanidad un sentimiento profundamente arraigado en el corazón de todos los humanos y de los plumíferos en particular, la cosecha fue de una abundancia pasmosa. Yo creo que recibió más respuestas que escritores tenía España. Enviadas las preguntas al editor de Embrujamiento con el ruego de que se le entregasen a la secretaria del autor, Elisabeth Mulder contestó: “¿Cuál es mi mayor defecto? Ser poco indulgente con los tontos.” “¿Cómo soy yo? Gris.” “¿Cómo ve usted la vida? Gris.” “¿Qué frase le agradaría pronunciar antes de morir? Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen… ni lo que escriben.”
A mi colega Capdevila le salió, pues, el tiro por la culata, en medio del regocijo general, y así continuamos ignorando quién era en realidad Elisabeth Mulder: un mito, un personaje legendario, el caballero o la dama en gris».
Y para complicar todavía más estas pesquisas que tan socarronamente describe Ana María Martínez Sagi, Elisabeth Mulder empieza a firmar algunas de sus colaboraciones con el seudónimo de Elena Mitre. Mientras los ociosos se afanaban en estos detectivismos y lucubraciones estériles, Elisabeth Mulder alimenta las imprentas con su segundo libro de versos, La canción cristalina (Barcelona, Editorial Cervantes, 1929), donde el simbolismo de regusto baudelairiano se dulcifica en su intento de aprehender «los arpegios risueños / de la fuente». Se trata, sin duda, de su libro más endeble y ripioso, también más reiterativo, en el que prueba a expresar sus estados de ánimo (porque, como la propia Elisabeth Mulder reconoció en diversas ocasiones, la poesía que por aquellos años escribía tiene un componente inequívocamente autobiográfico), a veces tortuosos, a veces juguetones, siempre cambiantes, mediante la alusión constante a un surtidor que emite su canción de agua en la umbría de un jardín.
Mucho más valioso resulta su siguiente poemario, el extenso Sinfonía en rojo (Barcelona, Editorial Cervantes, 1929), tal vez el más desgarrado y confesional de cuantos escribió en aquellos años, en el que libera el caudal de sus angustias íntimas y declara su afán de respirar un aire más alto y más libre. En este sentido, poemas como «Movilidad» pueden entenderse como una declaración de intenciones:
No quiero ser lago ni estanque cerrado,
no quiero ser parque ni huerto murado,
quiero ser errante, inquieta simiente,
y arroyo de clara, de libre corriente.
Quiero ser la nube que escapa, distante,
quiero ser el leve pétalo ambulante,
quiero ser la brisa caprichosa y loca;
no quiero ser árbol, no quiero ser roca.
María Luz Morales, la célebre periodista que durante la guerra civil llegaría a ser directora de La Vanguardia, es la encargada de presentar a los lectores los poemas de Sinfonía en rojo con un penetrante «Pórtico» que revela gran conocimiento del mundo interior de Elisabeth Mulder. No en vano Morales sería una de sus mentoras más constantes en los años siguientes; y juntas llegarían incluso a escribir una obra de teatro, titulada Romance de medianoche, que se estrenará en el teatro Arriaga de Bilbao, con Josefina Díaz de Artigas de protagonista. La etopeya que María Luz Morales nos brinda de nuestra autora está rodeada de atrayentes brumas:
«¿Quién es esta extraña mujer, que en vez de entretenerse, como las otras, en cantar “palomas y flores” alcanza y vence las cumbres de la angustia, se abraza a la desolación, se intrinca en los laberintos de la tortura? Quién es y... sobre todo: ¿cómo es? ¿Qué torcedor implacable le estruja en el alma, en la garganta, el ritmo del verso? ¿De qué hondo torrente de inagotable amargura nace su poético alarido? ¿Cuál es su última tragedia, cuál el acicate doloroso de su tarea sonora? ¿De qué tenebrosa caverna ha surgido y a qué sima vaga se encamina? Imaginamos, soñamos, pretendemos adivinar, inquirir... ¡Bah! Nos equivocamos, nos equivocaremos siempre, siempre, siempre... La Elisabeth Mulder que conoceríamos si pudiéramos llegar hasta el recinto —huerto cerrado de belleza, de cordialidad— de su intimismo no es sino —no es menos que— una resplandeciente criatura de juventud, de hermosura, de refinamiento, a quien una cálida y exquisita atmósfera rodea. ¿Entonces? ¡Ah! Entonces sólo en la profundidad de sus pupilas verdes nos es dado asomarnos de lejos a la sima, adivinar levemente la congoja, atisbar el enigma... La Esfinge que es, a través de sus versos raros y geniales».
Quizá los elogios y epítetos elegidos por María Luz Morales nos resulten un tanto hiperbólicos, pero la mujer que se vislumbra en estos poemas, anhelante a un mismo tiempo de la cumbre y el abismo, se mueve siempre en la zozobra de quien revolotea en torno a un ideal imposible. Elisabeth Mulder se muestra en esta inspirada y vehemente Sinfonía en rojo más turbadora que nunca, tal vez porque sus poemas están escritos con una sinceridad en carne viva, con una ardiente emoción que por momentos nos estremece. Hay en esta obra muchos versos seguramente excesivos, pero también una emoción palpitante que se desnuda y desangra ante nuestros ojos, una sensibilidad exacerbada e infrecuente y un secreto o sordo dolor que la poeta confía sólo al lector más atento. En sus mencionadas memorias inéditas, Ana María Martínez Sagi relata la conmoción que la aparición de este libro causó en los ambientes literarios barceloneses, así como su primer encuentro con la huidiza escritora, que tan profundamente marcaría su vida y su poesía:
«Un año después, en 1929, apareció otro libro suyo, Sinfonía en rojo. En la prensa diaria de Barcelona y de Madrid los periodistas y escritores a cuyo cargo corría la crítica literaria y de poesía en particular, atacados por una especie de demencia colectiva, se echaron como canes hambrientos sobre aquel hueso de tamaño gigantesco, al que no sabían si hincarle el diente, si paladearlo con fruición buscándole el sabroso meollo o, por el contrario, dejarlo abandonado en un rincón como un manjar envenenado. Aparecieron con profusión todos los clichés, las ramplonerías y los topos gastados. Encasillaron al autor, le colgaron innumerables etiquetas, descubriéndole infinidad de contradicciones y sorprendentes parentescos. Para unos, aquella poesía provenía en línea directa de los poetas malditos franceses; para otros, de los líricos ingleses, con Shelley y Lord Byron a la cabeza; Edgar Allan Poe y Walt Whitman —afirmaban los magisters— eran indudablemente sus padrinos de bautismo. Para ponerlos a todos de acuerdo, los castizos con barbas sacaban a relucir a Góngora y a todos nuestros místicos, a Heine y Ada Negri, a Keats y Delmira Agustini, etcétera. Uno se encontraba entre tantos antónimos con un cóctel disparatado de poetas del parnaso mundial que ni aun el estómago más resistente podía ingurgitar sin recelo. Sinfonía en rojo, después de haber armado un jaleo de todos los diablos, fue retirada de la venta por orden expresa del autor. Fuimos muy pocos los que pudimos hacernos con un ejemplar. ¿Que por qué el autor tomó tan grave decisión? ¡Misterio!4. Seguíamos todos nadando, braceando, perdiendo pie en aquel océano impenetrable de misterio; continuábamos, atontados, extraviándonos por aquel laberinto de locas hipótesis y suposiciones falsas.
En aquel mismo año publiqué yo mi primer libro de poesías, Caminos. Envié un ejemplar al periódico donde la supuesta Elisabeth Mulder asumía la crítica literaria, y esperé. Esperé con impaciencia y gran curiosidad. Apareció, pocos días después, una larga crónica5 que todavía hoy sigo considerando como la más sagaz, profunda e inteligente de cuantas se escribieron por entonces. Haciendo gala de un don de observación y de intuición asombroso, Elisabeth Mulder puso claramente de manifiesto todos los resortes secretos de mi obra, trazando un retrato psicofísico de la autora perfectamente exacto. Le testimonié mi agradecimiento en una carta a la que contestó con una invitación para ir a verla a su casa.
Me guardé muy bien de informar a mis colegas de aquella inesperada victoria. ¡Por fin! Las puertas del Arcano iban a abrirse para mí. Terminados los infundios, patrañas e hipótesis descabelladas, ¡iba a saber! Durante los días que precedieron a mi visita, exprimí la mollera, preparando una serie de preguntas supremamente inteligentes y originales. Así lo creía yo, de buena fe, y en mi subconsciente esbozaba el retrato físico del poeta que por fin iba a conocer. No me cabía la menor duda de que se trataba de una mujer, posiblemente de origen extranjero; y, a juzgar por su experiencia y polifacética cultura, de unos cincuenta años de edad por lo menos. A estas conclusiones llegué y con estas creencias bien arraigadas penetré en su morada rodeada de jardín, allá en la Bonanova.
Una doncella me dejó en un espacioso salón biblioteca de alto techo artesonado, donde los muros aparecían cubiertos por miles y miles de libros, sin que se vislumbrara un solo espacio libre. Permanecí boquiabierta y, pasado el primer estupor, me lancé a fisgonear a lo largo de las estanterías. Una escalerilla de mano montada sobre ruedas permitía alcanzar cualquiera de los volúmenes, por alto que estuviese colocado. ¿Qué había allí? ¡Todo! Los clásicos de todas las lenguas. Los filósofos antiguos y modernos. Los libros de historia, de antropología, paleontología y sociología. La política de Roma bajo la República, el cristianismo antiguo, el teatro extranjero. Tratados de psicofisiología, de pedagogía moderna y lógica formal…
Apareció entonces la secretaria, con algunas botellas de vino generoso sobre una bandeja, quien solicitó mi benevolencia por la tardanza de Elisabeth, a la que, inesperadamente, habían llamado por teléfono desde Londres. Me sirvió el oporto que le pedí y en cuanto me hallé sola de nuevo comencé a trepar por la escalerilla hasta quedarme sentada en el tope. A medida que yo iba descubriendo las materias de los libros y la inmensa variedad de títulos, mecánicamente iba añadiéndole años a la edad supuesta de la escritora. […] Así, mientras la esperaba, y de acuerdo con los que iba descubriendo, decidí por fin que aquella señora debía de contar con más años que Matusalén y las momias egipcias.
Enfrascada en la lectura del libro de viajes de Marco Polo, sentada en lo alto de la escalerilla con la copa de oporto en la mano, me sorprendió de pronto detrás de mí una voz, de puro acento español, que desde el umbral del salón me decía:
—Espero que me haya perdonado por la involuntaria demora y espero también que no haya respirado demasiado polvo entre tanto librejo…
Me di la vuelta y abrí la boca, más redonda que la de los peces rojos en los acuarios, dejando caer la copa de oporto por los suelos. Allí estaba, en carne y hueso, Elisabeth Mulder: joven, fina, distinguida, plena de seducción, contando a lo sumo unos veintisiete años de edad. Encaramada en la condenada escalera, permanecía yo como una lechuza en la copa de un árbol, con el asombro pintado en el rostro y una expresión cretina de azoramiento que Elisabeth observaba sonriendo irónicamente.
—Si le parece bien, y tal vez más cómodo —prosiguió ella, en tono zumbón—, mejor se baja usted de esas peligrosas alturas y se sienta en esta butaca para que charlemos.
No hay la menor duda de que aquella noche yo no hice más que soltar sandeces y banalidades. Todas las frases tan inteligentes que había cuidadosamente preparado se me quedaron atascadas Dios sabe en qué profundidades. Una especie de cerrazón mental y de parálisis de la lengua se apoderaron de mí; así pues, opté por emitir vagos monosílabos y escuchar lo que con exquisita gentileza y buen tino ella quiso decir.
Salí de aquella casa, tarde en la noche, con las orejas gachas, mareada por los numerosos oportos que bebí y con los que intenté disimular mi indescriptible timidez. Y, al despedirnos, Elisabeth me tuteó. ¡Menuda chiquilla boba debí de parecerle!».
En los años inmediatamente posteriores, Elisabeth Mulder y Ana María Martínez Sagi llegarían a cultivar una relación muy estrecha. Son los años en los que nuestra autora deja de firmar con su nombre —ignoramos a ciencia cierta por qué 6— los artículos que publica sobre todo en el diario La Noche, que seguirán apareciendo con el seudónimo de Elena Mitre. En 1930, el marido de Elisabeth fallece inopinadamente; y, como tantas veces ocurre, la viudez será el preludio de una profunda metamorfosis en nuestra autora, que en esos años despliega una actividad periodística y literaria frenética. En 1931 entrega a la imprenta La hora emocionada (Barcelona, Editorial Cervantes), un libro en el que aún es posible escuchar los ecos de Baudelaire y Rubén Darío, aunque hay en él una tensión expectante que lo aleja de los desahogos de su anterior entrega. Si Elisabeth Mulder prueba a velarse más, agazapada detrás de unos versos cada vez más despojados, no puede sin embargo evitar del todo sus expansiones, como ocurre en «Mandamientos»: