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Con la frente marchita
Editorial Dos Bigotes
Con la frente marchita
Dimas Prychyslyy

Primera edición: octubre de 2020
Con la frente marchita © 2020 Dimas Prychyslyy
Representado por la Agencia Literaria Dos Passos
© ilustraciones del interior y de la portada: Salvador Jiménez-Donaire
© de esta edición: Dos Bigotes, a.c.
Publicado por Dos Bigotes, a.c.
www.dosbigotes.es
isbn: 978-84-121428-5-3
Depósito legal: M-20773-2020
Impreso por Kadmos
www.kadmos.es
Diseño de colección:
Raúl Lázaro
www.escueladecebras.com
Parte de este libro fue escrito con la ayuda de una beca de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores durante la segunda mitad del curso 2016-2017. Cada último viernes de mayo, las protagonistas de estos relatos se reúnen para celebrar un banquete bajo el naranjo del claustro con la Baltasara como anfitriona.
Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.
Impreso en España — Printed in Spain
Índice
Lolita Pluma
Las dos en punto
La Junquera
Carmen de España
Rosario Miranda
Verónica del Raval
Nota del autor: La vida en clave
Bibliografía escogida
Las nieves del tiempo platearon mi sien.
Carlos Gardel
…mi vida de mendigo me había dado a conocer los fastos de la abyección, pues era necesario mucho orgullo (es decir, amor) para embellecer a estos personajes mugrientos y despreciados. Necesité mucho talento. Lo fui adquiriendo poco a poco. Me es imposible describir cómo, pero por lo menos puedo decir que, poco a poco, me esforcé en considerar esta vida miserable como una necesidad voluntaria. Nunca intenté convertirla en otra cosa que en lo que era, no intenté adornarla, enmascararla, sino que, por el contrario, quise afirmarla en su exacta sordidez, y los signos más sórdidos se convirtieron para mí en signos de grandeza.
Diario de un ladrón, Jean Genet
A Tatiana Leónovets, mi madre,
por haberme enseñado lo que es la resiliencia
.
Lolita Pluma

Es Lolita Pluma,
sí, Lolita Pluma,
cuando se vaya morirá
un poco toda la ciudad
desde Ripoche a la Naval.
Es Lolita Pluma,
nuestra Lolita Pluma,
que desde el «El Río» hasta «El Central»
pasea, con toda autoridad,
su extravagancia singular.
Lolita Pluma, Braulio
—Ponme un guanijei, Braulio, que tengo los ñames podridos de la cholá que me he pegao —pidió una anciana sudorosa, desdentada, con la cara pintarrajeada a la manera de los hombres en carnaval, vestida con algo que recordaba una bata china.
—¿A dónde fuiste ahora, Lolita? ¡Pero si tú nunca sales de aquí, mi niña! —dijo el camarero sin saber si tomarse en serio las palabras de la mujer.
—Al barranco Guiniguada. Estaba todo lleno de guindillas, obreros y máquinas y un montón de pollabobas mirando tras de las vallas cómo lo tiraban. —La cara de Lolita se ensombreció ligeramente mientras murmuraba algo que al camarero le pareció una retahíla de insultos.
—¿Hasta el Puente de Palo fuiste? ¡Chos, pues sí que tenía que ser importante lo que te traías entre manos!
—Fui a ver si Andrés el Ratón estaba entero. Como el muy guanajo cada vez que está vinagre se mete entre sus cuatro cartones debajo del puente y no lo despierta ni un trasatlántico, pues me dio miedo que lo escacharan con las grúas, Braulio.
—¿Andrés el Ratón? ¿El que vendía cacharros brillantes a los guiris y siempre iba descalzo? ¿El del Apolo?
—Ya no hay Apolo, Braulio —dijo Lolita con la mirada perdida en el fondo del vaso de whisky que le acababan de servir—. Ya no están los cuatro quioscos de las esquinas, ni las floristas, ni Margarita La Corcovada pregonando su pancito blanco y dulce. Tampoco vi a la Mayuya…
—Esa estaba peor que tú, Lolita —soltó el camarero dándose cuenta de que no tenía que haberlo dicho aunque, para su sorpresa, encontró las encarnadas encías de la anciana esbozando una grotesca sonrisa.
—Sí, peor que yo, sí. El suyo también era peor que el mío…, por lo menos a mí no me hacía dormir en el patio con los perros.
—Pero si hace años ya que…, bueno, lo que quiero decir es que…, en fin, el puente ya estaba muy viejo. Hacía falta quitarlo para la carretera nueva. ¡Con la de coches que hay ahora!
—¿Viejo? ¡Viejo estás tú, papafrita! Estaba precioso. Los tejados de los quioscos con sus tejitas pintaditas de verde y los niños corriendo y Nazario con las telas que traía de allá de su tierra, de Oriente. ¡Y el Ford convertible!
—¿Viste un Ford descapotable de los antiguos? —preguntó Braulio con cierto tono de mofa.
—No, ya no estaba. Pero aún recuerdo cuando lo vi por primera vez en la Isleta: con los asientos traseros cargados de telas y el chiquillo de Nazario loco de contento subido encima de los rollos, entre toallas portuguesas, sábanas y manteles.
—Pero si Nazario ya hace muchos años que…
—Los mismos coches fueron los que usaron los chamaflejas esos que se hicieron llamar nacionales. —El camarero se puso repentinamente serio, algunos clientes se volvieron hacia donde estaba Lolita y la miraron con desaprobación.
—Bueno, te pongo otro Johnnie Walker de arrancadilla, en homenaje a la pateada que te metiste —bromeó Braulio intentando suavizar la conversación.
—Sí, ponme otro —dijo Lolita como despertando de un sueño, ajena a las miradas—. Este me lo voy a tomar por el Ratón. Una vez más se salvó, el penco ese.
—¿Que se salvó?
—Sí, justo cuando caía el puente se me acercó por detrás y me dijo que le habían metido una cuerada las autoridades. —Lolita pronunció esa última palabra alargando las sílabas, visiblemente enfadada—. Luego se fue, me dijo que no debería salir más de mi reino, de este parque, que los gatos me protegerían siempre. Se me estuvo quejando, decía que tenía una chaflija que tiraba pa´trás y se fue dando palmetazos con sus patotas negras sobre el asfalto, calle abajo. Cuando me quise dar cuenta, desapareció de pronto. Solo quedó el tintineo de sus alhajas sobre el ruido de los tractores.
Lolita cogió el vaso de whisky y se lo bebió de un trago, se limpió la deformada boca con la manga de la bata de seda y se fue sin pagar. Braulio se quedó quieto, con un paño en una mano y una copa a medio secar en la otra, desconcertado.
—Últimamente ya no sabe ni en el día en el que vive —comentó un cliente que estaba en la barra, sin mirar al camarero.
—Lo que no sabía es que se le aparecieran los muertos —dijo en un susurro Braulio mientras volvía a meter el paño en el interior mojado de la copa.
Fuera del bar solo las sombrillas de lunares protegían a las hordas de turistas del implacable sol. Los niños locales se encargaban de que la algarabía de la plaza no disminuyera, se mezclaban con los turistas, gritaban piropos a despampanantes mujeres rubias que respondían mascando un «ou, nou entiendou, bambino», haciendo aún más estremecedor el carmín de sus labios de celuloide. Las terrazas de El Río, El Guanche y El Derby bullían de vida al ritmo del son, de los puros de don Vicente —que vendía el mejor tabaco palmero en una esquina de la plaza— y del tintineo de las copas rebosantes de ron. El Parque de Santa Catalina había sido testigo del lento cambio de la isla. Había visto cómo el Puerto de la Luz atrajo primero riquezas y viajeros, gentes que se dirigían desde los rincones más extraños del mundo a Cuba o Venezuela en busca de fortuna o refugio. Después vino el boom turístico, la fiebre hotelera, los resorts, las excursiones, los restaurantes de lujo. Las barcas pesqueras fueron desapareciendo poco a poco y los grandes navíos se fueron sustituyendo por cruceros y vuelos chárter. La modestia de la ropa quedó solo para las viudas y la playa de las Canteras se llenó de escandinavos, ingleses y alemanes en paños menores. El recato dio paso al glorioso bikini y a la crema bronceadora, y donde antes hubo tiroteos, con cuyo ruido aún soñaba Lolita Pluma en su vagar diario por la plaza, solo se oían los disparos del flash.
Si se le preguntaba, aparte de obsequiarte con una serie de arcaicos insultos que bien causaban risa o bien infundían temor, la propia Lolita no era capaz de decir en qué año había nacido exactamente. La gente de la zona parecía recordar mucho mejor que ella misma los detalles de su dantesca vida. Daba la sensación de que Lolita quería esconder tras el alcohol, el maquillaje, la ropa estrafalaria y el amor por los gatos los trágicos pormenores que la habían llevado al Catalina Park. Don Vicente decía que debía tener unos setenta años, a lo que Braulio respondía que de ninguna manera, que como mínimo ochenta, que esas arrugas como barrancos no eran de una persona de setenta años, setenta tenía su madre, decía indignado. Lo que todos sabían perfectamente era que sus padres habían venido de Arucas y ella nació en el barrio de la Isleta, que ellos allá eran los únicos que sabían escribir, hacía varias generaciones, y por eso les habían puesto el sobrenombre de Los Pluma. De lo que sí solía hablar Lolita era de los años de la guerra, de las colas de racionamiento que podían durar desde medianoche hasta las diez de la mañana siguiente y una vez en el mostrador te decían que ya no quedaba más gofio, que qué era eso del azúcar, ¡por dios, señora!, si hace tres años que el único que ha visto un terrón es el hijo del alcalde. Entonces tocaba olvidarse del cansancio y correr a la Recova o al Mercado de la Vegueta o a la Panadería Alemana de la calle Pelota, que tenía un pan moreno y prieto que saciaba como ninguno, como un buen macho, gritaba a carcajadas Lolita, y donde la dueña solía canjear con más soltura los vales del racionamiento.
Había mañanas en las que Lolita se levantaba animosa y aparecía con su caja de cartón llena de chicles Adam’s, postales para los turistas y flores de papel. Sonreía asustando a los niños y se paseaba entre las mesas del parque parándose con unos, sacándose una fotos con otros —por las que cobraba religiosamente, soltando «mira tú el bobomierda este del choni que no quiere aflojar el peculio» al mínimo gesto de impago— o charloteaba con todo aquel que quisiera escucharla. Había gente que la invitaba a un trago, hombres que le silbaban cuando la veían aparecer y ella siempre contaba la misma historia cuando quería que se le pagase un bocado porque no había desayunado o había dado su almuerzo a los gatos. Decía que la que más hambre había pasado en toda España durante la guerra era ella, que la gente era pícara, que se las apañaba para chulear un fisco de carne, un puñadito de garbanzas para tirar en el agua sucia esa que llamaban puchero, que se metía por las plataneras a robar lo que trincara, que rajaba los sacos de arroz en el puerto aprovechando la cogorza de los guardias. Pero ella no, juraba por sus gatos, y por los años que le quedaran, que nunca había robado ni un grano de trigo, ni se había llevado a la boca lo reseco siquiera del gofio que quedaba empegostao al zurrón. Si le pagaban un trago de ron, se sentaba en la mesa de los que la habían convidado y relataba el caso del violinista que trabajaba en el Pérez Galdós.
—Yo estaba un día más canina que el perro de un barbero tirando por la calle Triana y se me ocurrió entrar en una tasca que había ahí de toda la vida y preguntarle a la muchachita que atendía que si tenía algo que le sobrase, que yo como buenamente pudiese se lo pagaría con lo poco que tenía encima, y que éramos ocho en casa y que la abuela estaba pachucha y que mi madre estaba al borde de un yeyo porque veía cómo se le desmayaban los hijos de hambre por turnos y que si ella era tan amable (porque yo soy muy educada, ¡eeeh!), me diese algo —decía a los que se habían congregado a escuchar la historia—. ¿A que ustedes son testigos de que siempre yo fui muy educada? ¡Coño que sí! —Con un gesto de la mano ahogaba las carcajadas y se subía uno de los gatos al regazo mientras sorbía el ron y continuaba la historia—. Total, que no había cristiana manera de que aquella niñata estirá me diese ni un mendrugo de pan. Me dijo que me fuese, y cuando vio que no me movía me dijo: «Como no quieras los calderos y los trapos sucios, otra cosa no queda, mija». Entonces yo, como si los ojos por sí solos me hubiesen cobrado vida, me fijé en los calderos que estaban más cochinos y más negros que el corazón de la malparida esa y entonces vi que en uno de ellos había una docena de cinturones de cuero viejo hirviendo a borbotones. ¡Tuvo que cerrar la mojigata! ¡Fíjense lo que les digo! Porque le arruiné la venta. ¡Oooh! ¿No? ¡Mira tú! ¡Me iba a quedar yo quieta! Toda la ciudad se enteró, ¡qué coño!, ¡toda la isla!, de que la muy cochina hacía sus escaldones y sus pucheros con caldo de correa. Pero aquí no acabó la cosa, me dijo que me fuese y yo me marché pero me quedé con las maguas, con las ganas y con una locomotora en las tripas. Seguí calle abajo hasta llegar al Apolo y ahí estaban cuatro muertos de hambre, con libros debajo del sobaco y el pelo repeinao y grasiento de no lavárselo, haciendo tertulia. Yo entré para ver si me ponían un leche y leche y en esto que uno de los muchachitos esos que se paseaban por las calles con un hueso de jamón para que las vecinas, por una blanca, pudiesen meterlo en el caldero para que se le quedase al agua algo de gusto, empezó a chillar como si se le hubiese muerto la mismísima madre y se formó un barullo y una escandalera, ¡Jesús! El chiquillo chillaba que le habían mangao el hueso, que si se enteraba su padre le iba a cortar una pierna para que fuese con ella puerta por puerta. Entonces yo, que estaba más floja que un niño en cuaresma, sentí que me empujaba alguien y no tuve más remedio que agarrarme a uno de los repeinaos que estaba a mi lado, me agarré de su manga y el hombre por poco se me cae también. Al final aguantamos de pie pero al repeinao se le cayó un estuche de cuero viejo que tenía, que yo no sabía qué era eso ni nada, hasta que veo que cae y se abre al golpear contra el suelo y sale disparado el hueso del jamón, que el muy joputa había escondido en ese estuche que luego me dijeron que servía para guardar su violín. ¡Y eso que le pagan bien en el teatro por hacer ruido con esa cosa!
Siempre contaba esa misma historia. Al acabarla alguien soltaba: «Lolita, ¿tú no tienes a nadie?, ¿hermanos, un marido, un hijo?». Entonces el ruido del Catalina Park volvía de pronto, la nostalgia que el relato de Lolita había dibujado, tan frágil, tan agridulce, se rompía. La mirada de la anciana se posaba en la cajita de chicles y postales, luego se dirigía a los gatos, se levantaba a continuación y volvía a reemprender la marcha. Una marcha de pies arrastrados y nubarrones tras los párpados. «La pena de Lolita», decían los que habían presenciado aquellos episodios más de una vez. Pero nadie podía darle ningún tipo de explicación más allá de las conjeturas y los rumores.
El día que Lolita le contó a Braulio la aparición de Andrés el Ratón, el Catalina Park tenía un extraño color verdoso. Las risas sonaban con retraso y el chocar de las copas producía un eco extraño que solo los rojos matices del puro y el ron conseguían ahuyentar. Don Carlos, que tenía un Todo a cincuenta no muy lejos de allí y que solía a esa hora verse con cierta mulata de pocos recursos y abundantes curvas, le contó unas horas más tarde a Gregorio, que le dijo al día siguiente a Braulio, que habían visto a una extraña mujer, muy arreglada ella y muy como de otra época, hablar con Lolita. Bastante borracha ya a esa hora, en su banco de siempre, a la sombra de unos de los árboles, la reacción de Lolita fue la habitual: primero soltó gritos e insultos exigiendo soledad y luego dinero a cambio de proporcionar conversación a la desconocida. Los gatos se arremolinaban a su alrededor. Uno de ellos se subió al regazo de Lolita y esta bajó la cabeza, como si se dispusiese a escuchar lo que el animal tuviera que decirle, en un susurro de maullidos, al oído. La mujer pronunció solo unas palabras que se confundieron con el ruido de las gaviotas y la marcha de los barcos. Lolita levantó la cabeza y, en palabras de don Carlos, la bruma del ron se disipó de sus ojos antes de que el dolor se volviese tormenta. Los gritos se oyeron por toda la plaza. Varias personas tuvieron que arrancar, horas después, a la aturdida Lolita de un caballito que servía de atracción para los niños situado al lado del Derby. La anciana temblaba y balbucía entre lágrimas lo que parecía un nombre. Años más tarde se sabría que aquella mujer era la única familia que le quedaba a Lolita Pluma.
§
La mañana en que Pino Hernández no pudo levantarse de la cama había prometido a su hija Dolores que le haría el mejor vestido de la historia para el baile del barrio. Los pitidos del coche de Nazario, un descapotable gris perla cargado de telas, retumbaban por toda la calle. Goyo aún no había vuelto. Ojalá se haya ahogado, el muy cabrón, pensó Pino cuando su madre entró en el dormitorio.
—Dice don Nazario que te tiene guardadas unas telas.
—Dile que no estoy.
—La niña está subida en el coche jugando con el chiquillo ese. Ya ha visto la tela.
—Pues dile que te dé dos metros, que ya se los pagaremos la semana que viene.
—¿Quieres algo, mi niña?
—La esquela del mamón ese en la gaceta de mañana.
—Hija, no digas eso de…
—Llévate a la niña, no quiero que me vea cubierta de moratones.
—La llevaré al Parque de Santa Catalina, le gusta mucho ver los barcos.
—No sé si tendré el vestido a tiempo…
—Tú descansa, que ya me encargo yo.
Ese día fue la primera vez que Lolita, acompañada de su abuela, pisó el parque. No dijo nada pero a sus doce años era perfectamente consciente de que sus padres habían tenido una pelea. Tras los gritos a medianoche la casa se quedaba silenciosa y crepitante, con un denso olor a ron y tabaco que parecía emanar de las paredes. Lolita rezaba a esa mujer de cara triste que también se llamaba Pino y le pedía que, si algún día llegaba a casarse, su marido no fuese como su padre. Sin embargo, treinta años después, maldecía a aquella virgen y al hombre cuya cara y cuyo nombre llegó a confundir con el de Goyo Rivero, su padre. Ella lo quería, lo quería como no había querido a nadie, siempre había estado dispuesta a todo por él. Toleraba su mal humor, compartía borracheras y no hacía caso de las queridas. Pero aquella noche en la que sintió las patadas de su marido como una estampida en el vientre y vio un charco marrón sobre la tierra del patio nacer de entre sus piernas, decidió irse. Se llevó una botella de ron y un poco de comida en una malla. Metió como pudo su ropa en una maleta y se fue al diminuto apartamento que una tía soltera y sin hijos le había dejado por herencia. Su marido jamás lo supo, de haberlo sabido la hubiese obligado a malvenderlo para seguir con las juergas y las putas. Los vecinos creyeron durante décadas que ese bajo del centro de la ciudad que Lolita conservó toda su vida estaba abandonado. Lolita se iba antes del amanecer y volvía al alba. Siempre se cuidó de no hacer ruido. Los gatos jamás se atrevieron a cruzar el umbral de aquella casa.
A cada instante se le aparecía el rostro del hombre que había matado su sueño de ser madre y por poco la mata a ella. Lolita no sabía a quién acudir, no tenía amigos. Y encima estaba aquella arpía, ¡esa suegra a la que, si hubiese podido, le habría hecho lo mismo que a los jureles! Por aquel entonces la podían haber denunciado por abandono del hogar. Ella prefería estar sola a seguir compartiendo el mismo techo con él. Nunca hubiese reconocido que en el fondo lo seguía queriendo. Odiaba de él todo lo que no había sido capaz de ser a su lado. Solo el alcohol y los lugares abarrotados de gente ahuyentaban esa sensación de amor frustrado, de abandono.
Una mañana, mientras rebuscaba en los armarios de su tía, encontró una caja con un vestido color crema cuyas mangas y cintura estaban bordadas con delicados abalorios de cristal. Entonces recordó que, poco antes de morir, su madre le había hecho ese vestido para el baile del pueblo. Que su abuela estuvo pagándole la tela a Nazario hasta después del funeral. Recordó que el día que Nazario trajo la tela en su descapotable y su hijo se empeñó en que Lolita la viera fue el día en que su abuela la llevó por primera vez al Parque de Santa Catalina. Acarició el diminuto vestido y rebuscó a fondo en los armarios, las cómodas, los cajones y las consolas de su tía. Desempolvó turbantes y sedas pasadas de moda, guantes ajados y joyas de oscurecido cristal. Recurrió a aceitosas pinturas con las que de un modo descuidado pero llamativo comenzó a embadurnarse los labios y los párpados. Cortó cintas de colores y se las fue entretejiendo en la escasa cabellera. Optó por los tacones más altos y el vestido más corto y, unos instantes antes de emprender la marcha al que sería su hogar, se miró en el espejo, se dijo que estaba pasable y se propuso ser una gran señora, como su madre, como la Gilda de los cines, siempre arreglada, una modelo que lucía con inusual elegancia las maravillosas telas de Nazario.
No solía contar los días, ni los meses, ni los años. Vendía chicles, repetía sus anécdotas y se hacía fotos con los turistas para sacarse cuatro perras con las que poder hacerse sus vestidos y comprar comida y bebida. Cuando los gatos comenzaron a seguirla tuvo que reestructurar su economía y decidió que robar algún vestido en los nuevos comercios chinos no era ningún pecado capital, al fin y al cabo eran todos comunistas. Pese a los años sin práctica y la incipiente neblina que poco a poco se apoderaba de sus ojos, descubrió con asombro que aún era capaz de hacer unos patrones bastante dignos con los que dar cuerpo a sus fantasías. Una noche en la que volvía al atardecer a su casa con unos metros de tela de lentejuelas negras, lo vio. Era él. Al principio le costó reconocerlo, pero al mirar sus propias manos, llenas de arrugas y con los dedos algo torcidos, comprendió que el tiempo no solo se ensañaba con ella. Esa noche la pasó en uno de los muelles del puerto. Decidió que no volvería a pisar la casa de su tía. Él sabía dónde encontrarla, el muy hijo de puta. Mala pedrada le diesen. Decidió quedarse en el puerto. Y a la mañana siguiente se puso el vestido que se había pasado toda la noche haciendo. La fina tela negra estaba desgarrada y las lentejuelas, dobladas, iban cayendo como las escamas del pescado en los puestos de la Vegueta. Lolita, entre lágrimas, había estado toda la noche confeccionando aquel vestido con rabia y agujas de coser las redes.
El viento soplaba con fuerza en aquella parte del Puerto de la Luz. Lolita iba de camino al parque, dando tumbos. Sus gatos la habían abandonado, los muy cabrones. No recordaba dónde había dejado la caja con los chicles y las postales. Aquello tenía fácil remedio, pensó, con que un par de chonis me den unas pesetas por unas fotos el negocio vuelve a salir a flote. Los pocos metros de tela mal cosida no alcanzaban más que para tapar lo justo. El viento se metía por los agujeros que la lanzadera había dejado, inflando el cuerpo de Lolita y amenazando con deshacer los nudos del nailon. Una voz rompió el rugido del viento. Lolita vio a un hombre desaliñado, de prominente barriga y camiseta sucia sin mangas, dirigirse hacia ella desde el otro lado del muelle. Gritaba.
§
No la pudieron bajar del columpio hasta que llegó Tarajano. Se aferraba a las blancas crines del caballo de plástico y parecía canturrearle algo. Repetía un nombre entre insultos. Tenía la mirada perdida. Lloraba. El betún de los ojos mezclado con la manteca carmín de los labios cuarteados goteaba por su barbilla. El envejecido rostro contrastaba con lo grotesco de la postura: abierta, galopante.
Tarajano no solía abandonar el puerto. Habían pasado ya algunos años desde la primera vez que se encontró a Lolita, hecha un adefesio, en el muelle del Refugio. Hacía días que no sabía de ella, habían discutido. Llevaba semanas hablando de Andrés el Ratón y la Mayuya. Según él, deliraba. Decía que salir del parque era una locura. Que el hijo de puta la estaba buscando. Que siempre la había estado buscando. Que quería hacerle un hijo para luego matarlo y dárselo de comer a los peces. Que era él el que había robado el dinero que su madre guardaba para pagar la tela de Nazario. Que sabía dónde encontrarla. Se lo contaban los gatos, repetía. Los gatos sí que sabían… Tarajano, el día de su primer encuentro, le dijo que aún no era fecha de carnavales, que todavía quedaba. Ella le contestó con un taco acompañado de un gesto que se hundió más allá del vientre. Tarajano la invitó a un trago. Lolita aceptó. ¿Por qué has estado llorando?, le preguntó. A ti qué coño te importa, cortó ella. Él se acercó y metió uno de sus gordos y ennegrecidos dedos por uno de los agujeros del vestido. Ella se sobresaltó, hacía demasiado que no la tocaba nadie. Tengo hambre, dijo ella. Y yo, dijo él. ¿Dónde vives? Aquí cerca. Ya no queda ron. Bebes como una hija de puta. Qué me vas a contar a mí, muchachito. Risas. ¿Dónde vives?, volvió a repetir ella. Tarajano señaló el mar. Aquella noche Tarajano y Lolita durmieron entre botellas, trozos de pescado seco, trapos y pan mohoso en un bote que él tenía como casa. Al día siguiente Lolita no apareció por el parque. La primera vez en muchos años.
Cuando Tarajano la cogió por la cintura, Lolita se quedó callada. Soltó las duras crines de plástico y se pasó una mano por la cara para secarse lágrimas y mocos. Tarajano le acarició el enmarañado pelo.
—¿Qué pasó, loquita?
—Mañana saldrá en la gaceta…
—¿En la gaceta? Tú te pasaste con el ron, cabrona.
—¡Que no, coño! —dijo elevando la voz, y Tarajano y los allí congregados sintieron alivio al oír de nuevo a la Lolita de siempre—. El hijo de puta estiró la pata. Mañana me compro la gaceta para guardar la esquela. —Y sonrió enseñando los escasos dientes.
Cuando se despertaron mecidos por las olas, Lolita no supo dónde estaba. Solo aquel olor dulzón que lo llenaba todo le trajo algún recuerdo de la noche anterior. Tarajano roncaba. Hacía un calor de justicia bajo aquella lona negra atravesada por diminutos puntitos dorados. Como mi vestido, pensó Lolita. Olía a pies y a alcohol mal digerido. A veces las personas son la única casa que tiene una, pensó Lolita. Olía a mar y se oían gritos de niños a lo lejos. Las lentejuelas de la lona bailaban sobre la sucia barriga de Tarajano. Lolita le acarició el ombligo lleno de roña que asomaba por debajo de la apretada camiseta. Así deben oler las personas felices, se dijo.
—Yo le perdono…
—Muerto el perro se acabó la rabia, Loli.
—Me dijo Amalia que se murió pidiéndome perdón, el muy joputa… ¡Yo le perdono!
—¿Quién es Amalia? Que ya me hice un lío…
—¡Su hermana, penco!
—¿La que vino ayer a verte?
—¿Fue ayer?
—¡Coño, antes de que yo te bajara del caballo, boba!
—Me parece que hace días de eso.
—Pues no, fue ayer, Loli.
—¿Compraste el periódico?
—Sí, aquí lo tienes.
—¿Y el ron?
—No me llegó para las dos cosas. Tú es que lo quieres todo… —dijo indignado Tarajano mientras Lolita buscaba entre las páginas del final y con mucho cuidado arrancaba un rectángulo de papel de la penúltima hoja.
—Ahora vas y le dices a don Carlos que te devuelva las perras y me traes el ron.
—Pero si…
—Si te dice que no, le dices que es mejor que no asome yo por allí estos jocicos, que se va a enterar el ratamierda ese…
Tarajano se hizo con otro bote que amarró al suyo. Le pintó en el lado izquierdo de la proa una L del revés. Le puso una lona verde, que era menos calurosa. Y en uno de los lados, donde iba el tolete, sobre dos tablones robustos, colocó una tapa de váter que sobresalía del bote pero que la lona conseguía cubrir. Para que lo hagas como una reina, que ya no tenemos edad, le dijo a la sorprendida Lolita. Tarajano le traía telas y agujas para que se hiciera los vestidos. Para que vayas como una princesa por el Catalina Park y no hecha un zepelín agujereado como el día que nos conocimos. Lolita le compraba pescado seco y robaba camisetas limpias en la tienda de los comunistas. La gente los miraba con desaprobación, a ellos les daba igual. Aquellos días fueron felices. Hasta que se apareció Andrés el Ratón con la Mayuya y los gatos comenzaron a susurrar cosas extrañas.
Al día siguiente de que saliera la esquela, Lolita no quiso pisar las barcas de Tarajano. Le ordenó que le sacase todas las bolsas con la ropa y el bolsito de cuero que estaba colgado de un gancho en la parte de arriba de la lona. Tarajano obedeció. Cuando Lolita sacó unas llaves de aquel bolso, Tarajano sintió ganas de llorar. Tosió, hizo como que se atragantaba con algo y su barriga se sacudió con fuerza. No le salían las palabras.
—Me voy a mi casa, Tara.
—Pero si… —Hizo un esfuerzo por seguir—. Pero si el Ratón te dijo que no salieras del parque…, que conmigo estaba segura.
—Andrés ya está muerto —sentenció Lolita.
—¿Y los gatos qué dicen? —preguntó Tarajano aún esperanzado.
—Fueron ellos los que me lo recomendaron.
Fue la última vez que Tarajano vio a Lolita, lo encontraron pocos meses después en su barca, dormido como un animal recién nacido, acunado por las olas. Su cuerpo comenzaba a oler con el aroma de las personas verdaderamente felices. Lolita lo lloró en silencio aquel día, recordó su cara triste mientras ella abandonaba el muelle del Guincho arrastrando las bolsas llenas de telas de los más disparatados colores. Hizo la ronda con sus postales y sus chicles decidida a gastarse el dinero que se sacara aquel día en comprarle flores al pobre Tarajano. Flores que tiraría junto a las barcas, para que el mar las engullera y se las comieran los peces. Flores para el hombre que le ofreció una casa nueva e hizo que recuperase la vieja. Aquel día la luz del Catalina Park atravesaba las hojas de los árboles y jugaba sobre el asfalto de la plaza, como las lentejuelas de la lona sobre la sucia camiseta de Tarajano. Lolita caminaba entre las mesas del Guanche ofreciéndose a los turistas, con sus postales y sus chicles Adam’s, enfundada en una larga túnica azul y la cara pintada a la manera de los hombres en carnaval. Las ráfagas de flashes la inmortalizaban.