Czytaj książkę: «Robin Wood. Una vida de aventuras»


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La acción transcurre hacia finales de los años setenta. En un departamento de apenas dos ambientes, sobre la calle Leiva, en el barrio porteño de Chacarita. Ahí pasaba horas revisando los cajones de mi abuela Paquita y mi abuelo Pacho. Una tarde abrí de par en par las puertas del mueble que tenía el televisor y aparecieron ante mí varios números de Intervalo y de Nippur-Magnum. Dejando de lado las portadas, que sugerían romance, drama y problemas de pareja, me dejé llevar por el rostro de un hombre con un parche… Entrar en el mundo de Nippur fue todo un suceso en mi vida de lector. Su espada, el clima de las historias, el exotismo de sus escenarios. Todo aquello acompañaba a la perfección mis primeras fascinaciones: Salgari, Verne y El pirata hidalgo, una de las películas más importantes de mi vida. Descubrir más tarde que había una historia, cuando todavía tenía los dos ojos y que tenía un hijo… Ahí, casi pegados, aparecieron en mi vida Dago, Pepe Sánchez y tantos más…
Lo que se había fundado con el universo de Robin Wood era una bola rodante que no se frenaría jamás. Antes que Star Wars, que Indiana Jones, que todo…, me entregué como solo lo hacemos con el primer amor. Estas historias que contaba Robin habían fundado mi patria de fantasía.
Más tarde (se cuenta bien en este libro) vino el episodio de Robin y Mónica en Cómo robar el mundo. Haber tenido la fortuna de participar como espectador de lujo en ese encuentro fue una de las cosas más hermosas que me pasaron en catorce años de radio.
Cuando me pidieron unas palabras para empezar esta obra necesaria sobre uno de los aventureros más grandes de la historieta, me fue imposible no perderme en todos estos recuerdos.
Diego y Lea son amigos muy queridos, así como Julio un gran profesional. Todos aman esta forma de arte y le rinden un tributo hermoso con este trabajo.
Brindo, pues, y me lanzo a leer una vez más todo esto.
Por el parche, por Karien, por los ojos de Dago…
¡Viva la aventura!
Sebastián De Caro

“Nunca escribiría una autobiografía.
¿Escribir sobre mí?
La idea me pone incómodo”.
Robin Wood
Robin Wood no piensa en escribir su biografía. Él prefiere escribir otros mundos, no el propio. Inmerso en sus viajes y aventuras personales, escribe las aventuras de sus otros yoes, mientras coordina varios proyectos a la vez. Robin nunca priorizó ordenar su interesantísima vida en un texto único. Él la recuerda y la disfruta, la cuenta y la vive.
Luego de leer y escucharlo en decenas de entrevistas, descubrimos a la persona detrás del guionista y nos resultó imposible no volcarnos a escribir esta biografía. Su vida personal es demasiado rica para no contársela al mundo. Sus enseñanzas de vida, demasiado inteligentes para dejarlas pasar. Su historia tenía que ser plasmada en texto y autorizada por su firma para que la disfrutemos todos, al menos como espectadores.
Nosotros, al igual que muchos otros, encontramos por primera vez ese misterioso nombre con reminiscencias literarias, con olor a seudónimo, en las revistas de la Editorial Columba. Con el tiempo, tuvimos la oportunidad y la suerte de conocer al individuo, cada uno de nosotros en circunstancias distintas pero afines. Y a los tres nos pasó lo mismo: quedamos atrapados por el relato de su propia historia, conmovidos por sus humildes orígenes, sorprendidos por sus inquietantes decisiones, guiados por su determinación y sus ganas de vivir. De distintas maneras, los tres llegamos a la conclusión de que teníamos que escribir la biografía de Robin Wood, y aunamos esfuerzos, información y tiempos en un proyecto común, con una amalgama de intereses en las varias facetas de la inabarcable vida de Robin, esa persona que es tan gigante como su producción profesional.
Toda la información vertida en esta biografía es la suma de una exhaustiva investigación que abarcó todos los reportajes y notas a Robin Wood que pudimos encontrar en medios gráficos y audiovisuales, además de horas de reportajes realizados especialmente para esta ocasión, con innumerables cafés y litros de agua mineral mediante.
Este libro está estructurado en dos grandes partes: la primera de ellas, “Tino”, está escrita en tercera persona y narra la historia de Wood desde sus antepasados hasta el comienzo de su carrera profesional, haciendo hincapié en su intensa infancia, su temprana odisea laboral, sus jóvenes amores y su particular relación familiar. En la segunda parte, “Robin”, intentamos respetar su inigualable estilo oral y el narrador pasa a ser él mismo, para marcar la impronta de sus vivencias, con el análisis profundo que tiene de sus experiencias el propio protagonista. Sus viajes, su método de trabajo, las influencias, su relación con Editorial Columba y con sus colegas, los grandes personajes, sus amores de adulto y su filosofía de vida. La humanidad detrás del ídolo con sus propias palabras.
El texto que están por leer fue revisado por el mismo Robin Wood, así como las citas de sus cuantiosos reportajes. Igualmente, mucha de la información utilizada es inédita y forma parte de archivos personales, como también varias de las fotos publicadas.
Los invitamos a recorrer esta aventura única del hombre que se convirtió en un mito por la pasión de crear y vivir la vida a pleno.



ESTA HISTORIA PODRÍA COMENZAR EN COLONIA COSME, UN PEQUEÑO POBLADO AGRÍCOLA UBICADO EN EL DEPARTAMENTO DE CAAZAPÁ, EN EL SUDESTE DE PARAGUAY, EL 24 DE ENERO DE 1944, EL DÍA EN QUE NACÍA ROBIN WOOD. Sin embargo, debemos remontarnos muchísimos años antes de su llegada al mundo para encontrar los sucesos históricos que definieron la génesis del gran guionista. El origen de su familia, de ascendencia irlandesa y escocesa, y la venida de esta a América, estuvieron signados por la aventura. Los viajes, el riesgo, lo inverosímil están en su sangre; la propia historia de los Wood es el testimonio de una leyenda viva. Acompáñennos en un viaje al pasado, para descubrir las verdaderas raíces del espíritu aventurero de Nippur de Lagash y Mark, el dramático origen de las desventuras de Savarese, Helena o Mojado; de dónde sale el humor de Pepe Sánchez o de Tino Espinosa y Poppy; vamos a rastrear en el tiempo la pasión por la cultura y la vida como Gilgamesh, las ganas de vivir en peligro de Dennis Martin, sacaremos a la luz los eventos que llevan a crear personajes oscuros como Dago o Martin Hel…
Sean testigos de una vida de aventuras.

Tras cartografiar la costa oriental de la mayor isla del Pacífico Sur a bordo del hms Endeavour, el teniente inglés James Cook desembarcó por primera vez en Bahía Botany el 29 de abril de 1770. Bajo instrucción del rey Jorge III, Cook reclamó para la Corona británica la costa este, bautizándola con el nombre de Nueva Gales del Sur.
Al regresar a Gran Bretaña, los informes realizados durante la expedición generaron gran interés en ese nuevo mundo. Entre otras ventajas, lo consideraron una salida para el problema de sobrepoblación penal que se había agravado con la pérdida de las colonias norteamericanas. Consecuentemente, en mayo de 1787, once barcos partieron de Portsmouth hacia el lejano mundo desconocido, liderados por el capitán Arthur Phillip, con unas mil quinientas personas a bordo, entre marinos y oficiales, y más de setecientas vacas. La flota arribó a un lugar inhóspito y debió trasladarse a Port Jackson, el actual emplazamiento de Sídney, donde se asentó. El capitán se convirtió en gobernador colonial y la fecha del desembarco, el 26 de enero de 1788, está considerada como el primer día nacional de Australia.
Entre 1791 y 1867, cerca de cuarenta mil convictos irlandeses fueron trasladados a la lejana isla, casi todos por realizar actividades políticas, incluyendo aquellos que participaron en la Rebelión irlandesa de 1798, el levantamiento de Robert Emmet de 1803 y las escaramuzas de la Joven Irlanda en 1848. Una vez en Australia, muchos de los prisioneros continuaron con sus intentos para librarse de la custodia militar británica, pero todos los levantamientos fueron aplastados. Los reos irlandeses hablaban principalmente gaélico, su idioma propio, y muchos fueron ejecutados por el simple hecho de comunicarse en esa “lengua conspirativa”.

Pero no todos los irlandeses que llegaron a esa parte de Oceanía habían tenido problemas con la ley. En su mayoría, los colonos irlandeses que fueron a Australia eran hombres libres que pagaron el pecado de ser pobres con el destierro a una tierra ajena. Además de los condenados, muchos trabajadores voluntarios emigraron a la colonia del Pacífico Sur, todos pertenecientes a las clases más bajas de Irlanda. Hubo también casos de desarraigo forzoso, como el de las cuatro mil huérfanas irlandesas que fueron enviadas a Australia durante la Gran Hambruna de 1848 a 1850 para cubrir la demanda de sirvientas en los hogares australianos. Muchas veces abusadas y explotadas, la mayor parte de estas mujeres murieron pobres, aunque algunas pocas lograron matrimonios convenientes y llegaron a convertirse en viudas de buena posición.

Según el censo australiano de 1891, había doscientos veintiocho mil residentes nacidos en Irlanda.
Los Wood estaban entre ellos.
Pero la sangre de nuestro protagonista no es solamente verde. También tiene algo de las Highlands, con olor a whisky: los primeros colonos escoceses llegaron a Australia en 1788 con la flota imperial, que incluía a tres de los primeros seis gobernadores de Nueva Gales del Sur. Muchos de los escoceses llegados a principios de la era colonial también eran convictos. Las Cortes de Justicia de Escocia castigaban crímenes considerados menores con la pena de deportación a Australia. Entre 1793 y 1795, un grupo de prisioneros políticos, llamados después “mártires escoceses”, fue trasladado a las colonias. Otros inmigrantes escoceses de décadas posteriores fueron granjeros, ingenieros o terratenientes voluntarios, que buscaban una mejora debido a la recesión económica que arrastraba el país desde la década de 1820. Las revueltas ocasionadas por la reforma agraria de ese tiempo produjeron una nueva ola de escoceses exaltados que serían deportados a las colonias, todos muy cultos y apreciados por los colonos libres.
La fiebre del oro que calentó a Nueva Gales a mediados del siglo XIX dio un fuerte impulso a la inmigración: hacia 1850, noventa mil escoceses llegaron a Australia, con un noventa y cinco por ciento de ciudadanos instruidos.
Los McLeod estaban entre ellos.
La historia de Tino, como luego se lo apodaría a Robin Wood, comienza en la segunda mitad del siglo XIX con los largos y peligrosos viajes de sus ancestros irlandeses y escoceses hacia Oceanía.
El bisabuelo de Robin, Alan McLeod, nació en Escocia y huyó del Reino Unido rumbo a Australia para trabajar la tierra que en su propio país no podía obtener. Alan llegó como ciudadano libre y allí se casó y tuvo hijos. Su hija Margareth contrajo matrimonio con un Wood, de origen irlandés.
Luego de unos años de trabajar en la isla más grande de Oceanía, estos antepasados de Robin fueron parte de la famosa Rebelión de los Esquiladores contra el gobierno inglés que administraba Australia. No por nada el creador de Nippur es un testarudo retador de lo desconocido: la rebeldía corre en su sangre, como la voluntad de estos inmigrantes irlandeses y escoceses que no se querían someter en su nuevo hogar australiano. Este es el momento en que, además de Irlanda, Escocia y Australia, aparece en escena otro país importante para la vida de Robin Wood: la República Argentina.


En 1890 los ecos de una crisis financiera que se produjo en la Argentina generaron una depresión en la economía australiana. En febrero de 1891, cientos de obreros de la madera y esquiladores perdieron su trabajo en el territorio de Nueva Gales del Sur. Desempleados y en huelga, resistieron en campamentos cerca de sus áreas de labor en la zona de Queensland. La resistencia terminó cuando el gobierno australiano envió escuadrones de “chaquetas rojas” a terminar con el paro. “Casacas rojas” o redcoats era el apodo por el que se conocía a los soldados ingleses desde el siglo XVIII, debido al color del uniforme de los regimientos coloniales británicos. Este atuendo fue concebido para distinguirlos fácilmente del resto de los combatientes, infundir temor y cubrir la sangre de las heridas, dando a entender que se trataba de un ejército casi inmortal. Aquellos que luchaban por sus derechos laborales fueron reprimidos violentamente por las tropas imperiales. Muchos murieron, y los sobrevivientes decidieron escapar de ese país e implantar su propia utopía en otro lugar. Quien más haría por concretar esta idea se llamó William Lane.
Lane, a pesar de ser de muy pequeña estatura, era un líder nato y fue una figura prominente en la historia de los movimientos de trabajadores australianos. Hombre de mucho empuje, una luz de esperanza entre tanta oscuridad, fue el fundador del primer periódico vinculado a la lucha laboral australiana, The Queensland Worker, en 1890. En 1892, antes de comenzar la odisea que definiría el destino de Robin Wood, William Lane publicó una novela de tinte socialista llamada The working man’s paradise (El paraíso del obrero), bajo el seudónimo de John Miller, donde estaban las bases del sueño utopista que atravesaría la vida de quienes lo siguieron. Cuando este periodista se acercó a los otrora trabajadores con el sueño de empezar sus vidas desde cero en Sudamérica, no fueron pocos los que dijeron “sí” a dicha empresa. Cansados del maltrato inglés en Irlanda, Escocia, Gales y ahora también Australia, dos mil posibles colonos firmaron la propuesta inicial de Lane. Solo el dieciocho por ciento de esos voluntarios mantendría esa decisión. Entre ellos, los Wood y los McLeod, que compartían la idea de Lane de irse lo más lejos posible de los ingleses.
Pero ¿por qué eligieron ir a Paraguay, a un área inhóspita en medio de la selva? Era un territorio perdido en medio de la nada, a muchos kilómetros de distancia, donde únicamente existían aquí y allá pequeños pueblos con gentes que hablaban en otro idioma. Sonaba a un gran delirio, pero era una época de grandes conquistas y enormes desafíos. ¿Cómo se les ocurrió irse a ese lugar?

The New Australia Movement fue el nombre de la empresa formada para gestionar el nuevo asentamiento en Sudamérica. Originalmente buscó tierras en la Argentina, pero el gobierno albiceleste de la época, más interesado en recibir inmigrantes europeos, no aceptó el pedido de los australianos. Las máximas autoridades de la vecina República del Paraguay, en cambio, sí estuvieron de acuerdo con el pedido de los aussies, y les otorgaron setenta y cinco mil hectáreas de tierra fértil para vivir y cultivar sin ningún costo. Es que, como consecuencia de las disputas fronterizas del Paraguay con la Argentina y el Brasil, se había desatado la sangrienta Guerra de la Triple Alianza (1865–1870), bajo la presidencia de Francisco Solano López. En ella, Paraguay había perdido el noventa por ciento de su población masculina a causa de la devastación producida por las fuerzas combinadas de la Argentina, el Brasil y el Uruguay. Por lo tanto, la nación guaraní necesitaba desesperadamente repoblar su territorio con hombres. El plan de colonización estaba en marcha.
A comienzos de 1893, William Lane había reclutado personalmente a muchos futuros colonos en el área de Brisbane. Lane estaba convencido de que un plan socialista podía llevarse a cabo de manera exitosa antes de que terminara el siglo. Quienes se unían a su aventura debían pagar £10 para estar en lista y £50 más al embarcar. Lane, por entonces con apenas treinta y dos años, se había declarado la máxima autoridad por haber invertido £1.000, y llegó a controlar un presupuesto de £30.000. En Nambucca, un puerto de la costa oeste australiana, compró un barco de seiscientas toneladas, el Royal Tar (Alquitrán Real), al cual intentaron cambiar el nombre por el de Black Tar (Alquitrán Negro), ya que el primer barco socialista no podía tener referencia a la realeza en su nombre, pero en el tráfago del proyecto este detalle quedó de lado...
“¿Alquitrán Negro?
¿Y de qué otro color podía ser el alquitrán?”.
Robin Wood
Los primeros colonos partieron el 1 de julio de 1893 de Moreton Bay, en Sídney, cruzaron el océano Pacífico Sur, bordearon el cabo de Hornos, la costa de la Patagonia argentina, y llegaron a Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay. Desde ahí, remontaron en un barco a vapor el caudaloso río Paraná hasta el río Paraguay, y llegaron a Asunción el 22 de setiembre de 1893.
El primer grupo estaba compuesto exclusivamente por hombres, y esos doscientos treinta y ocho inmigrantes de sangre y origen celta que no hablaban español ni guaraní eran los encargados de organizar todo para las próximas olas de aventureros. Estos intrépidos sentarían las bases de la primera ciudad socialista del mundo. Con dinero que les sobró del viaje, Lane arregló con el gobierno paraguayo el apoyo de la policía militar, en caso de que tuviera problemas con otros colonos, sus propios hermanos de aventura utopista.

Después de viajar cien kilómetros en tren hasta la ciudad de Villarrica, tuvieron que avanzar a pie, cruzar ríos, luchar contra hordas de mosquitos y animales peligrosos, hasta que finalmente llegaron a la tierra prometida que les había regalado el gobierno paraguayo, en el departamento de Caazapá, a doscientos treinta kilómetros de Asunción. Fueron seis semanas de ardua marcha en las que, lamentablemente, muchos perdieron la vida.
A la llegada de estos colonos, el gobierno paraguayo les ofreció más tierras, semillas, ayuda, dinero, todo lo que pedían. Y, con el paso de los años cumplió muy bien con sus promesas. En medio de una jungla exuberante, el 28 de setiembre de 1893 fundaron un asentamiento con el nombre de Colonia Nueva Australia, y establecieron la New Australia Settlement Association para administrar el emprendimiento. Incluso en Australia esta historia es contada entre sus más grandes epopeyas y se escribieron varios libros sobre el tema. Uno de ellos, Paradise mislaid, de Anne Whitehead, incluso tiene un capítulo titulado “Las aventuras de Robin Wood”.
A los pocos meses llegó el segundo contingente de doscientos cincuenta colonos. Y empezaron a aparecer los problemas. En la Navidad de 1894, algunos hombres fueron a un pueblo cercano y volvieron borrachos a Nueva Australia. Lane hizo uso de su poder (y de su previsora inversión) y exigió a la policía militar que expulsara a ese grupo de hombres, quienes fueron forzados a abandonar la colonia para siempre. Además de la soledad y el aislamiento, otros factores se sumaban para que aumentaran los choques entre los recién llegados: Lane resultó ser un fanático religioso que pretendía dirigirlo todo y no lograba combinar el socialismo utópico con sus ideas aislacionistas y puritanas. Las ideas de izquierda no eran del todo comprendidas por los colonos, y el que trabajaba mucho protestaba porque a aquel que trabajaba menos se le daba la misma porción de tierra y bienes. Para colmo, algunas cosechas se malograron y, para poder alimentarse, tuvieron que faenar el ganado que habían comprado para reproducción. Las raciones comenzaron a reducirse. Ante la suma de adversidades, algunos decidieron abandonar Nueva Australia y regresar a Sídney en el mismo barco que los había llevado a la aventura, perdiendo su inversión.
Así fue como el liderazgo de William Lane encontró una rápida oposición. Eran socialistas, supuestamente ateos, pero había una Biblia en cada hogar y era impensable la existencia de una colonia de irlandeses que no tuviera iglesia, así que levantaron una en medio de la jungla para confesarse, casarse y seguir los ritos de su catolicismo en el Nuevo Mundo.
“Los irlandeses siempre tienen que tener a Dios cerca para poder quejarse...”.
Robin Wood
Lane no permitía el alcohol, pero cientos de irlandeses y escoceses, tipos duros que habían peleado años contra los ingleses, trabajando en la tierra de la caña de azúcar, no se habían sacado los zapatos y ya estaban destilando. Los votos de castidad que exigía Lane y la imposición de no mezclarse con las nativas fueron expeditivamente desatendidos por la desproporción de sexos entre los colonos y por la belleza, para ellos exótica, de las mujeres locales. En el contingente total de casi quinientos colonos, solo ciento veinte eran mujeres, de las cuales treinta o cuarenta eran niñas pequeñas. Esto dejaba unos trescientos hombres, en su mayor parte jóvenes, llenos de vida, vigorosos, inteligentes, solos, y con mucho ron de caña, ante las bellas guaraníes, que paseaban demasiado cerca en ty–poi, con flores en el pelo, trenzas, los cántaros al hombro… Fue imposible que los esquiladores celtas se comportasen como monjes de reclusión o intelectuales socialistas en medio de esa selva redentora. Fueron a fundar el país ideal, a expandir su idea al mundo. Pero el hombre es hombre y equivocarse es humano. Y esperable.
En esa colonia de aislados, muchos de ellos con inmensa cultura pero sin ninguna virtud para ser granjeros o agricultores, vivió mucha gente sobresaliente, como un primo de Jack London, y Mary Gilmore, una maestra de escuela que fue, luego, la primera escritora de Australia, nombrada dama de la Corona por la reina Isabel. En los primeros tiempos del asentamiento, Mary fue quien enseñaba a los niños en esa isla gaélica en medio del Paraguay y, posteriormente, fue una de las que dejó el lugar y se instaló en Nueva Zelandia.
Así, debido a los constantes desacuerdos, la colonia se dividió en dos: Nueva Australia, con parcelas de tierra ecuánimes otorgadas a grupos familiares, y Colonia Cosme, un caserío setenta y dos kilómetros al sur, adonde se marcharon todos los que estaban de acuerdo con el ideólogo de la colonización y sus mandatos. La división se llevó a cabo de manera formal el 14 de mayo de 1894. Apenas cincuenta y ocho personas acompañaron al líder y ya nada sería igual. El sueño se desquebrajaba.
Aunque Colonia Cosme estaba territorial y socialmente más aislada que Nueva Australia, en 1899 el propio Lane abandonó el asentamiento. Cuáquero de convicción, atravesado por un racismo incontenible, no soportó los permanentes cuestionamientos a su autoridad y las desobediencias y regresó frustrado a Nueva Zelandia, donde se convirtió en un conservador antilaborista.

Con la partida de Lane, los casi quinientos irlandeses, escoceses y galeses habitantes de Colonia Cosme y Nueva Australia, aceptaron el liderazgo de Alan McLeod (bisabuelo de Robin), y decidieron establecerse definitivamente en medio de la selva. Por varios años, algunos nuevos colonos provenientes de Australia y el Reino Unido se acercaron allí, pero, así como llegaban, terminaban partiendo hacia estancias de la Patagonia o de regreso a Australia. El fracaso, en gran parte, se debió a que, si bien todos eran gente muy culta, ninguno de sus fundadores era en realidad un agricultor; eran mayormente sindicalistas australianos de las industrias esquiladoras y de la leña, apenas intelectuales con algún conocimiento práctico. Sin embargo, ocho familias permanecieron, y es de esas familias de las que descienden las doscientas personas que todavía habitan Colonia Cosme en la actualidad, incluso sin agua corriente ni luz eléctrica.
Eventualmente, Nueva Australia se disolvió como colonia y el gobierno paraguayo les dio el título de propiedad de manera ecuánime a todas las familias que decidieron quedarse. Aún hoy, algunos turistas australianos viajan a unas pocas horas desde las Cataratas del Iguazú hasta lo que fue la primera colonia australiana en América, para confirmar con sus propios ojos el sueño utopista que no fue. Ya nadie habla inglés en el territorio y son muy pocos los apellidos celtas que quedan de esa epopeya, pero el tesón del hombre cambió la historia y produjo un descendiente que pondría a esa zona nuevamente en el mapa.