Czytaj książkę: «Amores inmigrantes»


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La autora describe con dulzura magistral las historias que muestran el coraje de esos pobladores. Cruzar el océano, solo para seguir una corazonada. Desafiar el destino.
Creo en la vida eterna y muchas veces pienso: ¿Nos reencontraremos? ¿Podremos conversar con esos titanes que dieron tanto por la vida de esta tierra que hoy habitamos?
Así se tejen las historia de este libro, que marcará un hito para comprender las vidas de nuestros pueblos y ciudades. Y que, estoy segura, Diana nos ayudará a descubrir.
Amores inmigrantes nos habla del honor y la admiración por quienes nos precedieron con su lucha tenaz.
Victoria Zorraquín
Noviembre de 2020



Dedicado con amor a Pablo
y a nuestros hijos
Rodrigo, Jimena y Nicanor
Palabras iniciales
por Daniel Balmaceda
Escritor
Nuestro país se construyó a partir de las oleadas migratorias, pero la que más peso tuvo fue la que abarcó las décadas de 1880 a 1930. Fue de tal magnitud que la población argentina quedó diluida en medio del alud de italianos, españoles, franceses, polacos y tantas otras nacionalidades. A partir de aquella inserción, nos cambió la forma de hablar, la tonada, las comidas, las costumbres en general. Hoy nosotros nos reconocemos más en el estilo de vida de ellos que, por ejemplo, en los antepasados de 1810.
Por otra parte, es muy interesante ver que el inmigrante llegaba con objetivos muy claros y un proyecto en donde el amor, por lo general, no formaba parte de sus prioridades. Venía a conseguir un trabajo, a deshacerse a veces de un pasado, a forjar una vida diferente y también a buscar un futuro mejor para sus seres queridos. El amor no estaba en la lista de deseos, pero por supuesto llegaba, en muchos casos, en forma inesperada. También debemos sumar las historias de amor que se iniciaban en otras partes del mundo y terminaban de afirmarse o concretarse en la Argentina.
Si pensamos la inmigración así, como un concepto abstracto, de estudio amplio y general, se pierden de vista aquellas pequeñas historias que fueron tejiéndose y que configuraron lo que hoy es la familia argentina.
El trabajo de Diana Arias, a partir de la investigación, podría haber derivado en una elegante historia de familias. Pero no es así. Porque encontró una mirada inteligente y emotiva, en donde personas que estaban demasiado lejos de nuestro alcance de conocimiento cobran vida y nos generan mucha empatía.
Luego de avanzar sobre el texto, nos sentimos más familiarizados con ellas y, a la vez, entendemos con más claridad por qué el amor es un condimento fundamental que, en muchos casos, les dio la fuerza para seguir adelante. Son historias en las que un abrazo era la más deseada compensación para una dura jornada.
El inmigrante venía a inculcarnos la cultura del trabajo, algo que todavía en ese momento no teníamos muy aceitado. En ese entorno de sacrificio, de pocas distracciones, de mucho empeño y esperanza surgían afinidades que terminaban potenciando el deseo de construir un mundo mejor.
Es probable que cada uno se identifique más con alguna historia que con otra. El abanico es amplio y ese es otro de sus valores. Al repasar los capítulos, se siente la cercanía, la empatía. Eso es un mérito de la narradora. Nos reúne a través del tiempo con los protagonistas y, a medida que vamos conociendo sus pasos, sentimos el deseo de alentarlos para que nos regalen un final feliz.
Diana, la eterna cazadora, esta vez se convirtió en Cupido literario de aquellas parejas. Debemos agradecerle su aporte a la historia del amor en la Argentina.
Prólogo
por Alejandro Guillermo Roemmers
Escritor Poeta
Quizás descubrió que en el país de los sueños todos podemos ser príncipes y estrellas... 1
A principios del siglo XX, miles de inmigrantes europeos, a puro coraje y esperanzados, cruzaron la inmensidad del océano para llegar al puerto de Buenos Aires. Argentina era el país de los sueños, una tierra de oportunidades.
Con una prosa conmovedora, Diana Arias narra las odiseas vividas por nuestros ancestros.
Amores inmigrantes sintetiza anécdotas y paisajes de vidas extraordinarias y sensibles, de hombres y mujeres que generaron nuestras raíces culturales, familiares y religiosas. Enriquecieron el suelo, el corazón y la mente, lejos del hambre y el dolor de la guerra, pero enfrentando la soledad del desarraigo.
Son siete historias reales que conmueven por su sencillez, su fortaleza, tesón y valentía. Una invitación a vibrar junto a los protagonistas que llenan de amor cada página y que dejan al descubierto en ellas la compasión y la solidaridad.
En Amores inmigrantes, Diana honra a nuestros mayores, valorando sus principios y el espíritu inquebrantable de trabajo, fundamentos que construyeron nuestra patria. Fue en esta tierra de inusitados contratiempos donde algunos debieron sacrificar sus ilusiones y enterrar sus proyectos, y otros lograron sobreponerse y vencer el infortunio para elevar triunfantes sus sueños.
1 El Regreso del Joven Príncipe, de Alejandro G. Roemmers. Premio Mejor Novela 2008 de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Premios Miguel Hernández, Cultura Viva, Gustavo Adolfo Bécquer y SADE de poesía. Personalidad Destacada de la Cultura (Honorable Cámara de Diputados de la Nación. Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires). Diploma Domingo Faustino Sarmiento (Honorable Senado de la Nación Argentina).

Foto: Despedida de emigrantes, hacia 1915. Archivo Pacheco. Memoria Gráfica de la Emigración Española
I

Simplemente vivir no es suficiente —dijo la mariposa—, uno debe tener sol, libertad y una pequeña flor.
Hans Christian Andersen1
1 Hans Christian Andersen. Escritor y poeta danés (Odense 1805 - Copenhague 1875).
La SirenitaI
Puerto de Copenhague, 23 de febrero de 1917
Nellie, Nellie, Nellie. Volvió a decirlo en voz baja, un poco para acostumbrarse y otro tanto para convencerse de su nueva identidad. Eligió Nellie, que significa «luz que brilla», porque necesitaba eso, luz para su vida. Su nombre real era Petrea y nunca le había gustado, le sonaba frío y duro, a piedra. De manera que al momento de tramitar su permiso para viajar a la Argentina, agregó «Nellie» a los datos de su documentación. Se había atrevido a dar rienda suelta a su espíritu romántico alimentado por la literatura —que tanto amaba— y la idea de que «Nellie» bien podría ser la belle dame sans merciII o la mujer bellaIII de Byron.
Nellie Petrea Nielsen era la pasajera número trescientos veintidós del crucero transoceánico. Zarpó el 23 de febrero de 1917, en pleno invierno europeo y en medio de una guerra sobre la cual Dinamarca había adoptado una posición neutral. Estaba acostumbrada a las bajas temperaturas de su país, por lo que el frío del Atlántico —que calaba hasta los huesos— no le era ajeno... Sí, el salitre del aire. Con veinticuatro años recién cumplidos, la joven rubia y esbelta absorbía los rayos tenues del sol que, por esas horas, se escondía en la inmensidad del mar.
Aprovechaba los momentos en que Margarita —Titte, como la llamaban desde el nacimiento— dormía para subir hasta la cubierta. Y cuando el clima lo permitía, asomarse por la baranda del barco que la alejaba de su tierra y de sus miedos, ese barco de la compañía Scandinavian, que demoraría tres semanas en llegar al puerto de Buenos Aires.

Nellie nació el 21 de febrero de 1893, en la región danesa de Voldby, en el seno de una familia unida. Fue la tercera de once hermanos, una prole que sus padres procuraban alimentar y vestir, y con una convicción que sería crucial en su vida, que marcaría el rumbo en cada etapa: la importancia de la formación educativa. Cursó la escuela secundaria como pupila en una institución rígida y estructurada, a la que solamente asistían señoritas. Allí le otorgaron el título de Bachiller con conocimientos de los idiomas inglés y francésIV.
Luego trabajó de secretaria en la mueblería que empleaba a su padre. La inminente guerra en Europa y la necesidad de disminuir las bocas por alimentar obligaron a sus padres a concertar un matrimonio para su hija mayor. Diecisiete meses de convivencia con un hombre que podía ser su padre la habían golpeado en el alma, le habían dejado marcas violáceas en el cuerpo y le dieron la certeza de que, a pesar del embarazo, los temores y los tabúes, iba a divorciarse.
Una noche de 1916, se plantó frente a su esposo Hans y le dijo que se iba. Este hombre, que nunca la conoció de verdad, la miró casi aliviado y le abrió la puerta, en plena nevada, para que se fuera para siempre con su bebé de meses envuelta en una frazada de lana. El matrimonio terminó legalmente cuando consiguieron un certificado de nulidad expedido por el rey Cristián X de DinamarcaV.
Su padre aprobó esa decisión y la ayudó con los trámites, pero también había sido claro: ella, como mujer divorciada, no tenía lugar en una sociedad religiosa y patriarcal como la dinamarquesa. Tenía que buscar otros horizontes para su vida, y la oportunidad se presentó de la mano de sus dos hermanos mayores, que vivían en la Argentina. Ramón —Rasmus— y Pedro habían partido con las primeras olas migratorias, que llevaron a muchos compatriotas a las lejanas tierras de América del Sur.
Ramón trabajaba en la Patagonia instalando usinas de las primeras empresas petrolíferas de la región, mientras que Pedro era empleado de correoVVI en Puerto Santa Cruz.
Nellie había leído el aviso de trabajo en el periódico que Hans compraba semanalmente y, viendo la oportunidad, diseñó el plan. Escribió dos cartas: una a sus hermanos y la otra a Andreas Madsen, sabiendo que su educación era el arma más valiosa con la que contaba. Tres meses más tarde, cuando fue contratada, también por correspondencia, con poca información sobre su destino y condiciones, el 11 de diciembre de 1916, le dijo a Hans que se iba. Con un pasaje a Buenos Aires y muerta de miedo, se despidió de sus seres queridos en el puerto de Copenhague.
Su futuro patrón, Andreas Madsen, era un explorador y escritor nacionalizado argentino, que estaba radicado en la zona oeste de la Patagonia. Necesitaba una dama de compañía para su esposa Fanny y una institutriz para su pequeño hijo, el primero de cuatro niños nacidos en el inhóspito e imponente sur cordillerano.
En la Argentina, en los albores del primer centenario de la independencia, la cuestión idiomática y el nacionalismo eran el eje de muchas discusiones políticas. Se dirimía entre fortalecer el criollismo como cultura nacional y contemplar el requerimiento de las élites sociales que reconocían en el uso de varias lenguas la superioridad culturalVII. Andreas Madsen, un visionario en todo sentido, no se conformaba con una dama de compañía que entretuviera a su esposa, también quería que sus hijos recibieran instrucción.
Océano Atlántico, Marzo de 1917
Para Nellie, el viaje fue difícil. Había escuchado historias de viajeros que atravesaban el océano, esperaba las tormentas que movieran el barco como si este fuera una cáscara de nuez. La tormenta de viento y olas no llegó, pero el constante vaivén del casco la hizo descomponer en varias ocasiones. Compartía el camarote, un habitáculo de madera sin ventilación, con tres mujeres y dos niños que hablaban poco, y la ahogaba ese espacio con poca intimidad. La cama era estrecha, y cuando llegaba la noche, se recostaba mirando la pared, ahuecando los brazos para contener a su pequeña, que se conformaba con sus arrullos para dormir plácidamente.
—Te prometo min lille Titte2 —decía en voz baja cuando la niña se dormía—, te prometo que un día tendremos nuestro hogar.
Los días en altamar transcurrían ocupados. Lavar sus ropas, alimentar a la bebé con las opciones que ofrecía la cocina del barco y asear su habitación era más que suficiente para entretenerse.
Traía consigo cuatro vestidos, dos para el viaje y dos para el desembarque. Un bolso que su madre le había cosido servía para la ropa y los pañales de Margarita, que el aire de mar estropeó al punto de tener que sacrificar una de sus enaguas para finalizar la travesía. También sumaba a su equipaje un pequeño baúl con libros, lápices y cuadernos del colegio, fotografías y objetos de higiene personal.
Día tras día, diseñaba mentalmente su futuro. El 15 de marzo de 1917, el número veinte en el mar, amaneció radiante. Todos los pasajeros disfrutaron del sol en la cubierta, charlaron y se armaron rondas alrededor de algunos músicos que llevaban su arte al Nuevo Mundo. Ella recostó a Margarita en una reposera, alisó su vestido y se sentó a su lado. La niña estaba especialmente tranquila, sus manitos regordetas entrelazadas con el cinto de su vestidito. Nellie cerró los ojos, bebió del sol tibio que se esmeraba en brillar y pensó en su madre, en sus hermanas y en su hogar. Hasta creyó oler el perfume de la tierra húmeda del jardín de su casa en Voldby, las risas de sus hermanos... Sin abrir los ojos, tocó a su hija, que casi dormía, y supo que desde ese momento eran solo ellas dos. Nellie se creía capaz de enfrentarlo todo.
Llegaron a Montevideo al día siguiente, bajaron algunos pasajeros, y la ansiedad por el arribo a Buenos Aires se hizo notoria. Ella sabía que su viaje aún no terminaba, el Río de la Plata le pareció inmenso y también inmensa fue la nostalgia al ver los abrazos entre los pasajeros y aquellos compatriotas que los esperaban en el puerto.
Siempre recordó como un gran vacío la llegada a Buenos Aires. Con su hija en brazos y sus escasas pertenencias, pisó tierra firme y pasaron la noche en el Hotel de Inmigrantes, que el gobierno del flamante Presidente Irigoyen tenía a disposición de los recién llegados. Se sintió rara durmiendo en una cama que no se movía al compás de las olas. Al día siguiente, abordaron el barco que las llevaría a Punta Arenas, el lugar más cercano a su destino final.
Por primera vez rezó por llegar pronto, el capitán y la tripulación eran más fríos que el clima que arreciaba en esa latitud, y el fragor de las olas la tuvo a maltraer. Solo la pequeña Margarita estaba serena, arropada con un saquito que su abuela materna le había tejido antes de partir.

Seis días más tarde, frente a esa tierra infinita que llamaban Patagonia, Nellie confió en recomenzar su vida. Siempre había sido independiente, dentro de las posibilidades de una sociedad rígida como la nórdica, y había aprovechado su capacidad, su intuición y tenacidad para terminar sus estudios secundarios con buenas calificaciones. Nunca imaginó que esas referencias convencerían a Andreas Madsen para contratarla como dama de compañía de su esposa.
Madsen era el dueño de veinte mil hectáreas de campo en cercanías a El Chaltén, al oeste del río de las Vueltas. Allí fundó la estancia Cerro Fitz Roy, había elegido ese nombre porque el macizo quedaba dentro de uno de los lotes que había comprado al Estado argentino.
Punta Arenas, Chile, 28 de marzo de 1917
El débil quejido de su hija, envuelta en una manta, la regresó a la realidad. Cuando llegaron a puerto, los tripulantes bajaron de la embarcación y, con eficiencia, dejaron a su lado el baúl de cuero y el bolso que contenían sus únicas pertenencias. Con la niña y sus cosas a cuestas, caminó con esfuerzo hasta la primera de las casetas de tierra firme.
Punta Arenas era, desde fines del siglo XIX, una ciudad de aspecto cosmopolita, debido al lugar estratégico en el que se ubicaba: la península de Brunswick, en el estrecho de Magallanes. Era el punto de unión entre los océanos Atlántico y Pacífico hasta 1914 —año en que se inauguró el canal de Panamá—, y constituía un paso obligado de comerciantes y emprendedores. La característica de las construcciones, casas y edificios bajos con techos de tejas coloradas la hacían una ciudad de estilo europeo, que le resultó familiar.
El gentío la hizo pasar desapercibida, había comenzado a oscurecer y buscó con ansiedad un lugar donde guarecerse de la llovizna fría que estaba poniendo quejumbrosa a Margarita.
—¡Petrea! —Oyó la joven y cayó en la cuenta de que hacía casi un mes que nadie la nombraba. Miró a los ojos a su hermano mayor, que la sujetó en sus brazos mientras se desahogaba.
La relación que tenía con Rasmus había sido distante debido a la diferencia de edad, pero tan lejos de todos sus afectos, Rasmus le pareció el oasis de un desierto. Su hermano debió de sentir igual, como recuperar una parte de sí mismo, ya que la conexión fue inmediata, y el amor fraterno, mutuo.
Nellie notó el acento en su pronunciación, producto del trato con los lugareños, intuyó. La llevó hasta una hostería familiar donde pasaron la noche y compartieron la cena poniéndose al día. Quería saber de sus padres, de sus hermanos y amigos, de la guerra y lo que esta había dejado. Por su parte, Nellie preguntaba por la Argentina, el idioma, las costumbres y por Andreas Madsen.
A la mañana tomaron un vapor hacia Puerto Santa Cruz, desandando parte del camino, pero en un viaje corto y, gracias al clima, muy agradable. Rasmus le explicó que estaban a varios días de viaje de la estancia de Madsen —enclavada al pie de la cordillera de los Andes— y que un lugareño las llevaría hasta allí.
Los días en Puerto Santa Cruz fueron entrañables. Rasmus se caracterizaba por su gran sentido del humor, y la pequeña Margarita vio reír a su madre con sorpresa. Su otro hermano, Pedro, le presentó a Elisa, su novia, con quien formaría una familia años más tarde. Ella ayudó a Nellie a lavar y renovar algunas prendas antes de su viaje hacia el cerro Fitz Roy.
Él llegaba de lejos. Viajero extraordinario De país milenario. […] Yo estaba en mi guarida, Temiendo que me hablara, temblorosa, escondida. […] Me llamó por mi nombre, la voz dulce y sonora; […] Y ya, triste, encantada, Vencida, fascinada, Temblando más que nunca, perdida la mirada, Me fui tras el viajero, por montañas y ríos, Me fui diciendo bellos y dulces desvaríos…
El viajero
Alfonsina Storni
El día de la partida, se levantaron temprano. Las calles de tierra estaban pegajosas por la lluvia, que no había parado en toda la noche, y el cielo plomizo no auguraba mejor clima. Salieron de la casa de madera y caminaron algunas calles hacia el norte, cuando Pedro dijo unas palabras que Nellie no comprendió. Entre la bebé y el equipaje que llevaba, no tenía tiempo para mirar demasiado.
Frente a ellos había un carro de carga tirado por dos caballos, y un tercer animal —una burra— estaba atado en la parte posterior. Un hombre de baja estatura, de tez oscura y cabello renegrido era quien conducía. Ella no supo calcular su edad. Su hermano se acercó y habló con él con palabras toscas, sonidos guturales que ambos comprendían. El hombre la miró, se quitó el sombrero que tenía puesto y se bajó con una agilidad sorprendente.
—Él es Huischan. Conoce muy bien el camino hasta la estancia, es un indio tehuelche de la toldería del río Chalía y trabaja con los Madsen. Las va a cuidar debidamente a las dos hasta que lleguen —dijo Pedro antes de dejarla.
Nellie asintió con la cabeza a modo de saludo. No sabía cómo iba a entenderse con ese hombre. Lo miró de reojo y se subió a la carreta con esfuerzo. Él tenía las manos oscuras cuarteadas por el frío y las tareas rudas. Sostenía con firmeza las riendas de los animales, la vista fija al frente.
Ella no le hablaba —tampoco sabía si podrían entenderse—, pero poco a poco percibió sus gestos. Primero hacia su hija, en los momentos de descanso, cuando se detenían a comer o a estirar las piernas. La miraba con curiosidad, y cuando la niña sonreía o balbuceaba, Nellie creía entrever un brillo especial en sus ojos.
Cada mañana, de las doce que duró el viaje, Huischan ordeñaba la burra y acercaba la leche tibia, que la beba tomaba hasta saciarse. Ellos compartían los alimentos que habían cargado en la carreta, casi siempre en silencio. La única que cortaba esa calma era Margarita con sus berridos ocasionales. A veces, Huischan señalaba una planta, las nubes, un animal… y los nombraba en su lengua áspera y cavernosa. Nellie intentaba reproducirla, lo que arrancaba un esbozo de sonrisa del conductor. Otras veces era al revés.
El viento no paró durante toda la travesía, un viento incansable que soplaba libre entre las montañas y se encajonaba en el valle del río de las Vueltas. Nellie se cubría con una manta gruesa y solo le indicaba al hombre que frenara cuando la escuchaba llorar a Margarita, que necesitaba un cambio de pañal o simplemente quería que la sostuvieran en brazos. Entonces la traía adelante y la envolvía como un paquete, apenas con los ojos descubiertos para que no se enfriara. Recién después de cuatro días, salió el sol a pleno y pudieron viajar más livianas.
De anciana, Nellie les contaría a sus nietos que Huischan fue «el hombre más caballero y atento» que había conocido. Si sintió miedo, nunca lo reconoció. Tal vez por orgullo, por el optimismo que le despertaba la nueva vida o porque realmente sabía que ese era su destino y lo aceptaba como tal.

Río de las Vueltas, Santa Cruz
El día doceavo, Huischan levantó su mano hacia el horizonte. Señaló con el dedo un grupo de árboles que descollaban en la montaña inmensa. Allí, donde el río de las Vueltas surcaba la tierra, estaba el que sería su hogar los próximos años.
Nellie se arregló el cabello con las manos, sintiendo vergüenza de su aspecto. Apenas había podido higienizarse en el viaje —oportunamente, Huischan se alejaba del carro cada día para darle tiempo y privacidad— y el viento había dejado su piel tirante y áspera. Se sentía cansada al punto de tener ganas de llorar y le dolía la espalda. Él debió de percibir su ansiedad y su agotamiento, porque por primera vez en todo el viaje, le tocó la mano.
—Madsen, hogar —dijo con voz profunda y clara.
Media hora más tarde, estaban junto a una arboleda de lengas que se erguían al pie de las montañas, cobijando una construcción sobria y de aspecto sólido. Una especie de cabaña con techo a dos aguas, pequeñas ventanas y paredes de material pintadas de color blanco. Una cerca de troncos dividía el jardín del resto del terreno, en el que se divisaban algunos corrales y dependencias.
Huischan rodeó el monte, los caballos se adelantaron por la tierra aún húmeda a pesar del sol brillante y se arrimaron a la tranquera de madera y hierro, que estaba abierta de par en par. Margarita, en brazos de Nellie, dormía plácidamente hasta que un grupo de tres cachorros comenzaron a ladrar dándoles la bienvenida a los recién llegados.
Nada se escribe sobre el Fitz Roy sin antes situar a Andreas Madsen a sus pies, en su formidable soledad.
Saint-LoupVIII
Andreas Madsen había abandonado la miseria campesina de [la] Dinamarca [de 1900] para embarcarse como marinero en un pequeño velero que se dirigía a Buenos Aires. Una vez en tierra firme quiso quedarse en Argentina y llegó a la región del Fitz Roy en 1901. Regresó al lugar en los dos años sucesivos y, enamorado del ambiente natural, decidió establecerse, no sin volver una vez más a Dinamarca a buscar a su novia Fanny, que fielmente lo estaba esperando y que sería su heroica compañera para toda la vida. Inició la construcción de su estancia en 1906, en el valle del río de las Vueltas, frente al Fitz Roy. Aquel monte representaba para él una síntesis de la belleza de la creación. Contrariamente a otros pobladores, no eligió un terreno por lo propicio que podía llegar a ser para la cría de ovejas y vacunos sino por su belleza. Permaneció por más de cincuenta años en aquel lugar encantador aunque solitario; cultivó hortalizas, centeno y árboles frutales. Su vida, aunque rica en entusiasmos, iniciativas y sagacidad, no fue nada fácil, al contrario,
fue muy dura. Sus tres hijos, dos de los cuales se recibieron de guardaparques, murieron antes que él; solo sobrevivió su hija que, por otra parte, se mudó a Buenos AiresIX.
Justo en el frente de la casa estaban Andreas, Fanny y el pequeño Peter Madsen. Andreas era un hombre corpulento, de cabello rubio como su esposa e hijo, con la nariz respingada enrojecida por el frío y unos bigotes alargados en las puntas. Fanny, con sus mejillas rosadas y de mediana estatura, a Nellie le resultó amigable inmediatamente. Le dieron la bienvenida en danés, idioma que hablarían a diario durante los cuatro años de su estadía en ese lugar.

Estancia de Andreas Madsen
Andreas la ayudó a bajar del carro, y Nellie necesitó un momento para desentumecer sus piernas antes de caminar hasta donde estaban Fanny y su pequeño hijo. Fanny estrechó su mano a la recién llegada, y, en ese momento, Margarita abrió los ojos para regalar una espléndida sonrisa a los dueños de casa. Si bien el sol radiaba en el cielo, el frío los obligó a entrar pronto.
Huischan bajó los dos bultos de Nellie después de dar agua a los animales. También bajó unas cajas, que Andreas entró a la casa, de las que Nellie no se había percatado durante el viaje.Por último, y lo que más parecía interesarle al dinamarqués, le entregó un sobre de tela con la correspondencia.
En los años que Nellie compartiría con los Madsen, la llegada de la correspondencia sería su contacto con el mundo. Ansiosamente esperada, incluía cartas, diarios, revistas y encomiendas.
Pensar alto, sentir hondo, hablar claro.
Antonio MachadoX
La casa de los Madsen era amplia. El juego de comedor estaba compuesto por bancos y una gran mesa, que reinaba en la sala principal. Además, dos cómodos sillones frente a un hogar, que en ese momento crepitaba suavemente, le causaron una buena impresión. Todo estaba decorado con el esmero femenino que permitía la realidad. Algunos cuadros bordados en punto cruz, portarretratos y vajilla primorosamente ubicados sobre carpetas circulares. Cada objeto transmitía dedicación y un dejo de añoranza. «Seguramente, Fanny intenta tener su pedacito de historia en este lugar», pensó Nellie.

Desde el primer día, tuvo claro su trabajo. Acompañar a Fanny en sus actividades, en la huerta y en el jardín de lupinos de color lila y flores autóctonas, que sobrevivían a las implacables nevadas. También se ocupaba de atender al niño y enseñarle sus primeras palabras, además de ayudar en la cocina y en el aseo de la casa. El clima todavía era lo suficientemente cálido como para caminar o pasear por los alrededores. El pequeño estaba fascinado con Margarita y participaba entusiasmado de los rituales del baño, la cena y de esos breves paseos al aire libre.
Fanny, que estaba embarazada de su segundo hijo, tenía náuseas matutinas, por lo que Nellie se ocupaba de los niños hasta la hora del almuerzo. Por suerte contaban con la ayuda de las esposas de los peones —Mary, de unos catorce años, era una gran compañera de Fanny también—XI, quienes hacían la higiene diaria de la casa y mantenían la ropa limpia. No le importaba fregar ni cocinar, pero el lavado de la ropa era odioso por el frío constante, que helaba las manos en cualquier momento del día.
Fanny era excelente cocinera, pero su estado la hacía alejarse de los olores de la comida y, desde lejos, le indicaba a Nellie los ingredientes y las cantidades. Muchas veces se vio a sí misma corriendo de la sala a la cocina para dejar a punto los manjares a base de cordero y verduras cultivadas en la quinta de la estancia. Los Madsen contaban con una despensa muy bien provista de especias y conservas, frutos secos y jaleas, ingredientes que no faltaban en la cocina danesa.
Los primeros meses fueron de gran aprendizaje y Nellie se sentía protegida en ese rincón del mundo, en ese frío pero imponente marco natural, que la resguardaba del pasado y la invitaba a soñar con el futuro. A Margarita, que había comenzado a dar sus primeros pasos, le gustaba jugar con Peter. Él se había convertido en el líder de ese dúo, que rápidamente aumentó con la llegada de Richard.
Por las noches, cuando los niños dormían y había ordenado las tazas del té que compartía con Andreas y Fanny, Nellie se quedaba junto al hogar y avivaba el fuego con algunos troncos, que le daban suficiente luz para leer. Andreas tenía una biblioteca heterogénea y muy nutrida de los más versados autores. Así, ella tenía libre acceso a los volúmenes importados de Europa, algunos todavía con la cubierta impecable y las páginas que nunca habían sido leídas.
Con los Madsen disfruté de mi pasión por la lectura, de la poesía de Hans Christian Andersen —a quien siempre había amado—, pero también de autores rusos, norteamericanos y mis favoritos, los ingleses. Había libros de escritores que no conocía, y el olor a nuevo de esas historias se impregnaba en mis fosas nasales, transportándome a un mundo de intrigas, misterios y aventuras, solía contar Nellie años más tarde.
Tanto valoraba Madsen su apetito lector que un día, cuando Huischan llegó con la correspondencia, la llamó y le dio un sobre. Hasta ese momento, Nellie no había recibido ninguna carta de sus padres, ni de sus hermanos de Puerto Santa Cruz, por lo que le sorprendió que ese sobre blanco, grande, estuviera a su nombre. Se trataba de un curso por correspondencia para aprender el idioma castellano. «Doce meses intensivos para hablar español», prometía el catálogo con la clase inicial.