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Claude Lévi-Strauss

La antropología frente a los problemas del mundo moderno

Prólogo de Maurice Olender

Traducido por Agustina Blanco



Lévi-Strauss, ClaudeLa antropología frente a los problemas del mundo moderno / Claude Lévi-Strauss. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2017.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineTraducción de: Agustina Blanco Etchegaray.ISBN 978-987-599-499-71. Antropología. I. Blanco Etchegaray, Agustina, trad. II. Título.CDD 301

Je remercie Monique Lévi-Strauss qui a accompagné avec autant d´attention que de générosité chaque étape de la publication de ce volume. M.O.

Agradezco a Monique Lévi-Strauss que acompañó con tanta atención como generosidad cada etapa de la publicación del presente volumen. M.O.

Les titres des trois chapitres de ce livre sont de Claude Lévi-Strauss ; les intertitres sont de l´éditeur.

Los títulos de los tres capítulos de este libro son de Claude Lévi-Strauss; los intertítulos son del editor.

Traducción: Agustina Blanco

Foto de tapa: gentileza de Edmundo Magaña

© Editions du Seuil

Collection La Librairie du XXIe siècle, sous la direction de Maurice Olender.

Prohibida su venta en otros países excepto Argentina y Uruguay

© Libros del Zorzal, 2011

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Índice

Prólogo | 7

I. El fin de la supremacía cultural de Occidente | 9

Aprender del otro | 10

Hechos singulares y extraños | 13

Un denominador común | 19

“Autenticidad” e “inautenticidad” | 25

“En la perspectiva occidental que me es propia” | 31

Un “nivel óptimo de diversidad” | 38

II. Tres grandes problemas contemporáneos: la sexualidad, el desarrollo económico y el pensamiento mítico | 43

Progenitor, útero portador y filiación social | 45

Procreación artificial: mujeres vírgenes y parejas homosexuales | 49

De los sílex de la prehistoria a la cadena industrial moderna | 54

Carácter ambiguo de la “naturaleza” | 60

“Nuestras sociedades están hechas para cambiar” | 63

¿Qué afinidades existen entre pensamiento científico, histórico y mítico? | 69

III. Reconocimiento de la diversidad cultural:lo que nos enseña la civilización japonesa | 76

Antropólogos y genetistas | 77

Raza, un término impropio | 82

El escándalo de la diversidad | 87

“El arte de lo imperfecto” | 94

Relativismo cultural y juicio moral | 99

Agradezco a Monique Lévi-Strauss, quien acompañó con atención y generosidad cada etapa de la publicación del presente volumen.

M. O.

Prólogo

Con motivo de su cuarta estadía en Japón, en la primavera de 1986, Claude Lévi-Strauss escribió los tres capítulos que componen el presente volumen: tres conferencias dictadas en Tokio, invitado por la Fundación Ishizaka. Escogió para estas ponencias el título que lleva el libro: La antropología frente a los problemas del mundo moderno.

Para identificar las grandes temáticas de su obra, comentarlas y actualizarlas, Claude Lévi-Strauss se remite libremente a sus escritos. De este modo, relee algunos de los textos que lo hicieron célebre, retomando los principales temas de sociedad que siempre lo inquietaron, en particular, aquello que atañe a la relación entre “raza”, historia y cultura. También medita sobre el posible futuro de nuevas formas de humanismo, en un mundo en plena transformación.

Si los lectores de Lévi-Strauss encontrarán aquí las cuestiones que sirven de fundamento a sus trabajos, las nuevas generaciones podrán descubrir la visión de futuro propuesta por el famoso antropólogo. Sin dejar de subrayar la importancia de la antropología como nuevo “humanismo democrático”, el autor se cuestiona acerca del “fin de la supremacía cultural de Occidente” y de los nexos entre relativismo cultural y juicio moral. Al examinar los problemas de una sociedad que se ha vuelto mundial, también interroga las prácticas económicas, las cuestiones relativas a la procreación artificial, el vínculo entre pensamiento científico y pensamiento mítico.

Por último, en estas tres conferencias, Claude Lévi-Strauss comparte sus inquietudes en torno a los problemas cruciales de un mundo a punto de ingresar en el siglo xxi, las afinidades entre las diversas formas de “explosión ideológica” y el devenir de los integrismos.

Mundialmente reconocida, la obra de Lévi-Strauss constituye hoy en día un laboratorio de pensamiento abierto al futuro.

Sin lugar a duda, este libro será, para los estudiantes y las jóvenes generaciones, la mejor introducción a la inteligencia sensible de su mundo.

Maurice Olender

I. El fin de la supremacía cultural de Occidente

Mis primeras palabras serán de agradecimiento a la Fundación Ishizaka, por el inmenso honor que me hace al encomendarme este año las conferencias donde, desde 1977, se distinguieron un sinnúmero de eminentes personalidades. También le agradezco haberme propuesto como tema el modo en que la antropología, disciplina a la que he dedicado mi vida, encara los problemas fundamentales con los cuales confronta la humanidad de hoy.

Para comenzar, les comentaré la manera en que la antropología formula dichos problemas dentro de una perspectiva particular que le es propia. Luego, intentaré definir qué es la antropología y trataré de demostrar en qué medida dirige una mirada original hacia los problemas del mundo contemporáneo, sin pretender resolverlos por sí misma, sino con la esperanza de comprenderlos mejor.

Aprender del otro

Desde hace casi dos siglos, la civilización occidental se ha definido a sí misma como la civilización del progreso. Congregadas en torno al mismo ideal, otras civilizaciones creyeron que debían tomarla como modelo. Todas compartieron la convicción de que la ciencia y las técnicas no dejarían de avanzar, procurando al hombre más poder y felicidad; de que las instituciones políticas, las formas de organización social que surgieron a finales del siglo xviii en Francia y Estados Unidos y la filosofía que las inspiraba darían a todos los miembros de cada sociedad una mayor libertad en la conducción de su vida personal y más responsabilidad en la gestión de los asuntos comunes; de que el juicio moral, la sensibilidad estética, en pocas palabras, el amor por lo bueno, lo bello y lo verdadero, se propagarían mediante un movimiento irresistible y coparían toda la superficie de la tierra poblada.

Los acontecimientos que tuvieron por escenario al mundo en el transcurso del presente siglo desmintieron estas previsiones optimistas. Se difundieron ideologías totalitarias y, en varias regiones del mundo, aún se siguen difundiendo. Los hombres se exterminaron en cantidades que ascienden a decenas de millones, se entregaron a pavorosos genocidios. Y una vez la paz reestablecida, ya ni siquiera les resulta cierto que la ciencia y la técnica sólo aporten beneficios, ni que los principios filosóficos, las instituciones políticas y las formas de vida social nacidos durante el siglo xviii constituyan soluciones definitivas a los grandes problemas que plantea la condición humana.

La ciencia y la técnica han ampliado de manera prodigiosa nuestro conocimiento del mundo físico y biológico. Nos han dado un poder sobre la naturaleza que nadie hubiera podido sospechar hace tan sólo un siglo. Sin embargo, estamos comenzando a sopesar el precio que hemos debido pagar para obtenerlo. Se está planteando cada vez más la necesidad de saber si dichas conquistas no han tenido efectos deletéreos. Éstas han puesto a disposición del hombre medios de destrucción masiva que, aun cuando no se utilicen, con su mera presencia amenazan la supervivencia de nuestra especie. De forma más insidiosa pero real, esta supervivencia también se ve amenazada por la escasez o contaminación de los bienes más esenciales: espacio, aire, agua, riqueza y diversidad de los recursos naturales.

En parte gracias a los adelantos hechos por la medicina, la cantidad de seres humanos no ha dejado de incrementarse, a tal punto que en varias regiones del mundo ya no es posible satisfacer las necesidades elementales de poblaciones presas del hambre. En otros lugares, ya en regiones capaces de asegurar su propia subsistencia, un desequilibrio de igual tenor se manifiesta en el hecho de que para dar trabajo a cantidades de individuos cada vez mayores es menester producir cada vez más. De tal modo, nos vemos arrastrados hacia una productividad creciente en una carrera sin fin. La producción llama al consumo, el cual exige aún más producción. Fracciones de población cada vez más masivas se ven como aspiradas por las necesidades directas o indirectas de la industria y terminan concentrándose en enormes aglomeraciones urbanas que les imponen una existencia artificial y deshumanizada. Por su parte, el funcionamiento de las instituciones democráticas, las necesidades de la protección social acarrean la creación de una burocracia invasiva, que tiende a parasitar y a paralizar el cuerpo social. Así, uno llega a preguntarse si las sociedades modernas basadas en este modelo pronto no correrán el riesgo de convertirse en ingobernables.

Por consiguiente, la creencia en un progreso material y moral condenado a no interrumpirse jamás, que durante largos años constituyó un acto de fe, está atravesando su crisis más seria. La civilización de tipo occidental ha perdido el modelo que ella misma se había dado, y ya no se atreve a ofrecer ese modelo a los demás. ¿No conviene, entonces, mirar en otras direcciones, ampliar el marco tradicional dentro del cual se encerraban nuestras reflexiones sobre la condición humana? ¿No debemos integrar a él experiencias sociales distintas de las nuestras y más variadas que aquellas en cuyo estrecho horizonte nos hemos recluido durante tanto tiempo? Desde el momento en que la civilización de tipo occidental ya no encuentra en su propio fondo un medio para regenerarse y adquirir un nuevo impulso, ¿puede aprender algo acerca del hombre en general, y acerca de sí misma en particular, a partir de esas sociedades humildes y durante tanto tiempo despreciadas que, hasta una época relativamente reciente, habían escapado a su influencia? Estas son las preguntas que se plantean desde hace algunas décadas los pensadores, eruditos u hombres de acción, que los incitan a interrogar a la antropología, puesto que las demás ciencias sociales, más centradas en el mundo contemporáneo, no les brindan respuesta alguna. ¿Qué es, entonces, esta disciplina que durante tantos años permaneció en la sombra y respecto de la cual hoy nos percatamos que acaso tenga algo que decir sobre estos problemas?

Hechos singulares y extraños

Por más lejos que nos vayamos en el tiempo y en el espacio para buscar ejemplos, la vida y la actividad del hombre se inscriben en marcos que arrojan caracteres comunes. Siempre y en todo lugar, el hombre es un ser dotado de un lenguaje articulado. Vive en sociedad. La reproducción de la especie no queda librada al azar, sino que está sujeta a reglas que excluyen un determinado número de uniones biológicamente viables. El hombre fabrica y utiliza herramientas que emplea siguiendo técnicas variadas. Su vida social se ejerce en organizaciones institucionales, cuyo contenido puede variar de un grupo al otro, pero cuya forma general es constante. Mediante diferentes procedimientos se llevan a cabo ciertas funciones con regularidad: económica, educativa, política, religiosa.

Entendida en su sentido más amplio, la antropología es la disciplina dedicada al estudio de ese “fenómeno humano” que, sin duda, forma parte del conjunto de los fenómenos naturales. No obstante, con respecto a las demás formas de vida animal, dicho fenómeno presenta caracteres constantes y específicos, los cuales justifican que lo estudiemos de manera independiente.

En ese sentido, se puede decir que la antropología es tan vieja como la humanidad misma. En épocas de las que contamos con testimonios históricos, preocupaciones de una índole que hoy llamaríamos antropológica quedan de manifiesto en los cronistas que acompañaron a Alejandro Magno a Asia, así como en Jenofonte, Heródoto, Pausanias y, desde una óptica más filosófica, en Aristóteles y Lucrecio.

En el mundo árabe, Ibn Batuta, gran viajero, e Ibn Khaldun, historiador y filósofo, dan cuenta de un espíritu auténticamente antropológico en el siglo xvi, al igual que, varios siglos antes, los monjes budistas chinos que viajaron a India para documentarse sobre su religión; y los monjes japoneses que, con idéntico propósito, visitaron China.

En aquella época, los intercambios entre Japón y China se hacían, sobre todo, a través de Corea y, en este último país, la curiosidad antropológica quedó certificada desde el siglo vii de nuestra era. Dicen las antiguas crónicas que el medio hermano del rey Munmu sólo aceptó el cargo de Primer Ministro tras haber viajado de incógnito por el reino, para observar la vida popular. Podemos ver allí una primera investigación etnográfica, aun cuando, a decir verdad, los etnógrafos actuales a menudo no reciban del anfitrión indígena que los acoge una encantadora concubina para compartir la cama, como le sucedió al mencionado dignatario coreano... Siempre refiriéndonos a las crónicas coreanas, se cuenta que el hijo de cierto monje que confeccionaba libros sobre las costumbres populares de China y Silla fue colocado, por tal motivo, entre los diez grandes sabios del reino.

En la Edad Media, Europa descubre Oriente. Primero, a raíz de las Cruzadas, más adelante, a través de los relatos de emisarios enviados por el Papa y el Rey de Francia a tierras de los mongoles en el siglo xiii y, sobre todo, gracias a la larga estadía de Marco Polo en China durante el siglo xiv. En los albores del Renacimiento, comenzamos a distinguir las muy diversas fuentes de las cuales, en adelante, derivará la reflexión antropológica. Por ejemplo, la literatura que suscitan las invasiones turcas en Europa Oriental y el Mediterráneo, las fantasías del folclore medieval que prolongan aquellas de la Antigüedad, relativas a las “razas plinianas”, llamadas así porque Plinio el Viejo las había descripto con complacencia como pueblos salvajes monstruosos por su anatomía y por sus hábitos, en su Historia natural que data del siglo i de nuestra era. Al Japón, tales imaginaciones no le fueron ajenas y, sin duda, sobrevivieron más tiempo en el espíritu popular porque el país se mantuvo voluntariamente aislado del resto del mundo. Durante mi primera estadía en Japón, me regalaron una enciclopedia publicada en 1789, titulada Zôho Kunmo Zui. En la parte dedicada a la geografía, se consideran reales pueblos exóticos gigantes o dotados de brazos y piernas de un largo desmesurado.

En la misma época, Europa, mejor informada, acumulaba el conocimiento positivo que, desde el siglo xvi, comenzaba a afluir de África, América y Oceanía, con motivo de los grandes descubrimientos. Muy rápido, las compilaciones de los relatos de viajes tuvieron una prodigiosa fama en Alemania, Suiza, Inglaterra y Francia. Esa vasta literatura de viaje alimentará la reflexión antropológica que se inicia en Francia con Rabelais y Montaigne y se extiende por toda Europa a partir del siglo xviii.

Por lo demás, de esto hallamos eco en Japón, en viajes presentados como imaginarios, a falta de conocimiento directo de los países lejanos. Testimonio de ello es el viaje ficticio de Ôe Bunpa al país de Harashirya, palabra detrás de la cual se reconoce a Brasil, habitado por indígenas que “ignoran el cultivo de cereales, se alimentan de raíces secas, no tienen rey y sólo toman por nobles a los más hábiles en tiro al arco”. Con alguna que otra salvedad, es lo mismo que relataba Montaigne dos siglos antes, tras haber conversado con los indios brasileños traídos a Francia por un navegador.

Aunque los inicios de la antropología tal y como se practica en la actualidad se sitúen en el siglo xix, ésta tuvo como primer móvil lo que podríamos denominar una curiosidad de anticuario. Resultaba patente que las grandes disciplinas clásicas, como la historia, la arqueología, la filología –ciencias que gozaban de pleno derecho de ciudadanía en los claustros universitarios– dejaban de lado todo tipo de residuos, de restos. Un poco cual cirujas, algunos curiosos se dedicaban a recoger esos trozos de conocimiento, esos fragmentos de problemas, esos pintorescos detalles que las demás ciencias arrojaban con desdén a su basurero intelectual.

En sus orígenes, la antropología seguramente no fue más que dicha recolección de hechos singulares y extraños. Sin embargo, poco a poco, se fue descubriendo que esos restos, esos residuos, eran más importantes de lo que se creía. Y no es difícil entender el porqué.

Lo que llama la atención al hombre en el espectáculo de otros hombres son los puntos en los que éstos se le asemejan. Los historiadores, arqueólogos, filósofos, moralistas y hombres de letras primero pidieron a los pueblos recientemente descubiertos una confirmación de sus propias creencias sobre el pasado de la humanidad. Esto explica que los relatos de los primeros viajeros, fruto de los grandes descubrimientos del Renacimiento, no causaran mayor sorpresa: más que creer que se descubrían nuevos mundos, se pensaba que nos reencontrábamos con el pasado del mundo antiguo. Los tipos de vida de los pueblos salvajes demostraban que la Biblia y los autores griegos y latinos estaban en lo cierto cuando describían el jardín del Edén, la Edad de Oro, la fuente de la eterna juventud, la Atlántida, las Islas Afortunadas, etcétera.

Se desatendían y hasta se negaban las diferencias que, sin embargo, son esenciales siempre que se trate de estudiar al hombre. Ya que, como más adelante diría Jean-Jacques Rousseau, “se han de observar primero las diferencias para descubrir las propiedades”.

También se iba a hacer otro descubrimiento: esas singularidades, esas extrañezas se ordenaban entre sí de una forma mucho más coherente que esos fenómenos únicos que se consideraban importantes y en los cuales se había focalizado la atención. Hechos desatendidos o apenas estudiados, tal como el modo en que los distintos pueblos se reparten el trabajo entre los sexos –en una sociedad dada, ¿son los hombres o las mujeres quienes se dedican a la alfarería, al tejido o al cultivo de la tierra?– permiten comparar y clasificar las sociedades humanas según criterios mucho más sólidos que antaño.

Acabo de citar la división del trabajo, también podría hablar de las reglas de residencia. Cuando se celebra un matrimonio, ¿dónde van a vivir los jóvenes esposos? ¿Con los padres del marido? ¿Con los padres de la mujer? ¿O establecen ellos una residencia independiente?

Lo mismo sucede con las reglas de filiación y de matrimonio, durante mucho tiempo descuidadas por parecer caprichosas y desprovistas de sentido. ¿Por qué una gran cantidad de pueblos distingue a los primos en dos categorías, según desciendan de dos hermanos o de dos hermanas o bien de un hermano y una hermana? ¿Por qué, de ser así, condenan el matrimonio entre primos del primer tipo y lo preconizan, cuando no lo imponen, entre primos del segundo tipo? ¿Y por qué prácticamente sólo el mundo árabe hace una excepción a esta regla?

Lo mismo sucede con las prohibiciones alimentarias, las cuales demuestran que no existe pueblo en el mundo que no pretenda afirmar su originalidad proscribiendo tal o cual categoría de alimento: la leche para los chinos, el cerdo para los judíos y los musulmanes, el pescado para algunas tribus americanas, la carne de cérvido para otras, y así sucesivamente.

Todas estas singularidades conforman las diferencias entre los pueblos. Y sin embargo, dichas diferencias son comparables entre sí, en la medida en que casi no existe pueblo donde no se observen. De ahí el interés que suscitan en los antropólogos las variaciones de apariencia fútil, pero que permiten obtener clasificaciones relativamente simples, capaces de introducir en la diversidad de las sociedades humanas un orden comparable a aquel que los zoólogos y los botánicos emplean para clasificar las especies naturales.

En ese orden de ideas, las investigaciones más eficaces fueron aquellas que versan sobre las reglas de filiación y matrimonio. En efecto, las sociedades que estudian los antropólogos pueden tener poblaciones muy variables, que oscilan entre algunas decenas y varios cientos o miles de personas. Empero, comparadas con las nuestras, esas sociedades tienen dimensiones muy reducidas, de modo que las relaciones humanas ofrecen un carácter personal. Nada lo demuestra mejor que la tendencia de las sociedades sin escritura a articular las relaciones entre sus miembros en torno al modelo de parentesco: todo el mundo es hermano, hermana, primo, prima, tío o tía de todo el mundo. Y si uno no es pariente, es un extranjero y, por ende, un potencial enemigo. Ni siquiera hay necesidad de trazar las genealogías: en muchas de esas sociedades, existen reglas simples que permiten atribuir tal o cual categoría a cada individuo, en razón de su nacimiento, entre las cuales prevalecen vínculos equiparables a los de parentesco.

Ahora bien, por más modesto que sea su nivel técnico y económico y por más distintas que sean sus costumbres sociales y creencias religiosas, no existe sociedad alguna que no posea una nomenclatura de parentesco y reglas de matrimonio que distingan a los individuos emparentados en cónyuges permitidos y cónyuges prohibidos. Tenemos allí, pues, un primer medio para distinguir a las sociedades entre sí y darle a cada una un lugar propio dentro de una tipología.

Un denominador común

¿Cuáles son, entonces, esas sociedades que prefieren estudiar los antropólogos y que, a causa de una larga tradición, nos hemos acostumbrado a calificar de “primitivas”, término que muchos recusan en la actualidad y que, en todo caso, sería necesario definir con precisión? Por lo general, así se designa a los agrupamientos humanos que difieren de los nuestros, sobre todo, por la ausencia de escritura y medios mecánicos, pero de los cuales es conveniente no olvidar algunas verdades primeras: esas sociedades ofrecen el único modelo para comprender la forma en que los hombres vivieron juntos durante un período histórico que corresponde, sin duda, al 99% de la duración total de la vida de la humanidad y, desde un punto de vista geográfico y hasta una época aún reciente, en las tres cuartas partes de la superficie habitada del planeta.

La enseñanza que nos aportan dichas sociedades no radica en el hecho de que podrían ilustrar las etapas de nuestro pasado remoto. Más bien ilustran una situación general, un denominador común de la condición humana. Vistas dentro de esta perspectiva, son las altas civilizaciones de Occidente y Oriente las que constituyen excepciones.

En realidad, los avances de las investigaciones etnológicas nos convencen cada vez más de que esas sociedades consideradas atrasadas, “dejadas de lado” por la evolución, relegadas en regiones marginales y destinadas a la extinción, constituyen formas de vida social originales. Son perfectamente viables, siempre y cuando, no se vean amenazadas desde el exterior.

Intentemos, entonces, delimitar mejor sus contornos.

En definitiva, consisten en pequeños grupos que abarcan entre decenas y centenas de personas. Están separados entre sí por varios días de viaje a pie, y la densidad demográfica se sitúa alrededor de 0,1 habitante por kilómetro cuadrado. La tasa de crecimiento es muy baja, netamente inferior al 1%, de manera que el aumento de la población compensa de alguna forma las pérdidas. Por consiguiente, la cantidad de habitantes no varía mucho. Esta constancia demográfica se asegura, de modo consciente o inconsciente, por medio de diversos procedimientos: tabúes sexuales posteriores al parto, lactancia prolongada que retrasa en la mujer el reestablecimiento de los ritmos fisiológicos. Resulta sorprendente que en todos los casos observados un incremento demográfico no incite al grupo a reorganizarse en torno a nuevas bases. Cuando se vuelve más numeroso, el grupo se escinde y da origen a dos pequeñas sociedades del mismo tamaño que la anterior.

Esos grupos reducidos poseen una capacidad espontánea para eliminar de su interior las enfermedades infecciosas. Los epidemiólogos han encontrado la explicación: los virus de esas enfermedades sólo sobreviven en cada individuo durante una cantidad limitada de días y, por lo tanto, han de circular de manera constante para mantenerse en el conjunto de la población. Esto es posible siempre y cuando el ritmo anual de nacimientos sea lo suficientemente elevado, condición que se cumple a partir de un total demográfico de varios cientos de miles de personas.

Cabe añadir que las especies vegetales y animales son muy diversas en medios ecológicos complejos, como aquellos donde viven los pueblos cuyas creencias y prácticas apuntan a preservar los recursos naturales, y que nosotros cometemos el error de tomar por supersticiones. Pero, bajo los trópicos, cada una de esas especies sólo cuenta con un escaso número de individuos por unidad de superficie, y lo mismo se aplica a las especies infecciosas o parásitas. Así, las infecciones pueden ser múltiples y, a la vez, tener un bajo nivel clínico. La enfermedad denominada SIDA, en inglés, AIDS, brinda un ejemplo vigente. Esta enfermedad viral, localizada en algunos focos de África tropical donde probablemente vivía en equilibrio con las poblaciones indígenas desde hace milenios, se convirtió en un riesgo mayor cuando los azares de la historia la introdujeron en sociedades más voluminosas.

En lo que atañe a las enfermedades no infecciosas, por lo general, brillan por su ausencia por varias razones: gran actividad física, régimen alimentario mucho más variado que el de los pueblos agricultores, compuesto de unas cien especies animales y vegetales, a veces más, pobre en grasas, rico en fibras y sales minerales, lo cual les asegura un aporte suficiente en proteínas y calorías. De ahí la ausencia de obesidad, hipertensión y trastornos circulatorios.

No es de extrañar, entonces, que un viajero francés que visitara las Indias del Brasil en el siglo xvi pudiera admirar que ese pueblo, lo cito, “compuesto de los mismos elementos que nosotros [...] jamás [...] se viera afectado por lepra, parálisis, letargo, enfermedades que forman chancros, ni úlceras u otros vicios del cuerpo que se ven superficialmente y en el exterior”; mientras que, un siglo o un siglo y medio después del descubrimiento de América, las poblaciones de México y Perú disminuyeron de casi cien a cuatro o cinco millones, bajo el efecto no tanto de los conquistadores sino de las enfermedades importadas, que adquirían mayor virulencia a raíz de los nuevos modos de vida impuestos por los colonizadores: viruela, rubéola, escarlatina, tuberculosis, malaria, gripe, paperas, fiebre amarilla, cólera, peste, difteria, por sólo citar algunas.

Cometeríamos un error, pues, al infravalorar esas sociedades por haberlas conocido en un estado miserable. Lo que les confiere un valor inestimable, aun empobrecidas, es que esas miles de sociedades que existieron y de las cuales todavía existen cientos en la superficie de la Tierra constituyen experiencias ya listas. Y son las únicas que nos quedan, puesto que, a diferencia de nuestros colegas de las ciencias físicas y naturales, los antropólogos no podemos fabricar nuestros objetos de estudio, es decir, las sociedades, y hacerlos funcionar en el laboratorio. Esas experiencias extraídas de sociedades que escogemos por ser las más distintas de las nuestras nos procuran el medio para estudiar a los hombres y sus obras colectivas, para tratar de comprender cómo la mente humana funciona en las situaciones concretas más diversas, allí donde la historia y la geografía la han colocado.

Ahora bien, siempre y en todo lugar, la explicación científica se apoya en lo que se podría denominar buenas simplificaciones. Desde ese ángulo, la antropología hace de la necesidad una virtud. Como acabo de mencionar, una fracción importante de las sociedades que esta disciplina elige estudiar son pequeñas por su volumen y se conciben a sí mismas bajo el patrón de la estabilidad.

Esas sociedades exóticas están alejadas del antropólogo que las observa. Los separa una distancia no sólo geográfica, sino también intelectual y moral, y esa lejanía reduce nuestra percepción a algunos contornos esenciales. Diría sin más que, para el conjunto de las ciencias sociales y humanas, el antropólogo ocupa un lugar comparable al que le corresponde al astrónomo en las ciencias físicas y naturales. Pues si la astronomía se pudo constituir como ciencia desde la más remota Antigüedad, eso se debe a que incluso a falta de un método científico aún inexistente, la lejanía de los cuerpos celestes permitía obtener de ellos una vista simplificada.

Los fenómenos que observamos están sumamente lejos de nosotros. Lejos, he dicho en primer lugar, desde un punto de vista geográfico, puesto que hace largos años había que viajar durante semanas o meses para alcanzar nuestros objetos de estudio. Pero lejos, sobre todo, en un sentido psicológico, en tanto esos menudos detalles, esos humildes hechos en los cuales fijamos nuestra atención, reposan en motivaciones de las cuales los individuos no tienen conciencia alguna, o al menos no claramente. Nosotros estudiamos los idiomas, pero los hombres que los hablan no tienen conciencia de las reglas que aplican para hablar y ser comprendidos. Tampoco tenemos mayor conciencia de las razones que nos llevan a adoptar tal alimento y a proscribir otros. No somos conscientes del origen ni de la función real de nuestras reglas de cortesía ni de los modales que empleamos en la mesa. Todos estos hechos, que se enraízan en lo más profundo del inconsciente de los individuos y los grupos, son los mismos que tratamos de analizar y comprender, a pesar de una distancia psíquica interna que, en otro plano, redobla la lejanía geográfica.

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Data wydania na Litres:
26 marca 2025
Objętość:
111 str. 3 ilustracji
ISBN:
9789875994997
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Bookwire
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