Czytaj książkę: «La chica que se llevaron»

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LA CHICA QUE SE LLEVARON

Traducción: Constanza Fantin Bellocq


“Donlea mantiene a sus lectores adivinando todo el tiempo. Las vueltas de la historia son inteligentes y atrapantes, para fans que disfrutan de las historias de misterios con giros inesperados”.

—Library Journal.

“Un excelente libro con todos los ingredientes necesarios, cautivante desde la primera a la última página. Charlie Donlea tiene un talento para no perder de vista dentro del género de thrillers”.

—Steve Berry, bestseller de The New York Times.

“Los fans del suspenso contemporáneo disfrutarán de esta lectura vertiginosa”.

—Booklist.

“Como desafío personal me gusta adivinar quién es el asesino en cada thriller que leo, imagina mi sorpresa cuando todo lo que había pensado estaba mal. El libro de Donlea es un placer para todos los que disfrutamos de las buenas historias que son más de lo que aparentan”.

—Lucila Quintana, editora.

“Esta es una historia con un misterio fabuloso, de esos que se deben saborear. Una intriga contada en dos tiempos, desde la refrescante perspectiva de una médica forense, que llega a un punto donde dejar de leer no es una opción”.

—Chelsea Humphrey, Goodreads.

Título original: The Girl Who Was Taken

Edición original: Kensington Publishing Corp.

Derechos de traducción gestionados por Sandra Bruna Agencia Literaria SL

© 2017 Charlie Donlea

© 2021 Trini Vergara Ediciones

www.trinivergaraediciones.com

© 2021 Motus Thriller

www.motus-thriller.com

España · México · Argentina

ISBN: 978-84-18711-04-6

Índice de contenido

Portadilla

Citas elogiosas

Legales

La Chica que se Llevaron

El Secuestro

La Huida

La presentación del libro

Parte I

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Verano de 2016

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Parte II

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Verano de 2016

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Parte III

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Verano de 2016

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Parte IV

CAPÍTUL0 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Verano de 2016

Capítulo 33

Parte V

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Parte VI

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Agradecimientos

Si te ha gustado esta novela...

Charlie Donlea

Sinopsis

Motus

Para Mary Hermana, entusiasta, amiga.

Amazing grace how sweet the sound

That saved a wretch like me

I once was lost but now I’m found

Was blind but now I see.

Amazing Grace

Sublime gracia, cuán dulce el sonido

Que salvó a una desdichada como yo

Estuve perdida, pero ahora me he encontrado

Estuve ciega, pero ahora veo.

Himno Amazing Grace / Sublime Gracia

de John Newton, 1779

EL SECUESTRO

Emerson Bay,

Carolina del Norte

20 de agosto de 2016

23:22 horas

LA OSCURIDAD SIEMPRE FUE PARTE de su vida.

La buscaba y coqueteaba con ella. Le resultaba pintoresca y encantadora, algo que a la mayoría le parecía incomprensible. Últimamente se había convencido, con algo de morbosidad, de las bondades de su compañía, de que prefería la oscuridad de la muerte a la luz de la existencia. Hasta esa noche, cuando se encontró de pie frente a un precipicio mortal y vacío como nunca había conocido, ante una noche sin estrellas. Cuando Nicole Cutty se vio ante ese abismo entre la vida y la muerte, eligió la vida. Y empezó a correr como si la persiguiera el demonio.

Sin linterna, cegada por la noche, atravesó la entrada principal. Él estaba a un brazo de distancia detrás de ella, lo que hizo que la adrenalina la inundara; corrió unos pasos en la dirección equivocada hasta que su vista se adaptó al brillo empañado de la luna. Divisó su automóvil, se orientó y corrió hacia él; buscó a tientas la manivela y abrió la puerta con desesperación. Las llaves estaban puestas; Nicole puso en marcha el motor, movió la palanca de cambios y pisó el acelerador. La excesiva inyección de gasolina en el motor estuvo a punto de hacerla chocar contra el lateral del vehículo que tenía delante. Las luces dieron vida a la noche cerrada y por el rabillo del ojo vio brillar el color de la camisa de él cuando apareció por delante del capó del coche aparcado. No tuvo tiempo de reaccionar. Sintió el impacto sordo y el violento vaivén de la suspensión: las ruedas acusaron el accidentado paso por encima de su cuerpo antes de recuperar la tracción sobre el camino de grava. De manera instintiva, pisó el acelerador a fondo y giró bruscamente en U, para huir luego a toda velocidad por el estrecho camino, dejando todo tras de sí.

Nicole giró el volante y derrapó al incorporarse a la carretera principal, agitándose en el asiento hasta que el coche se hubo estabilizado; el cuentakilómetros marcaba por encima de los ciento veinte kilómetros por hora, pero no le prestó atención. Dobló el brazo del que él la había sujetado; ya se le estaba formando un moratón. Sus ojos pasaban del parabrisas al espejo retrovisor. Transcurrieron más de tres kilómetros antes de que levantara el pie del acelerador y el motor se calmara. Estar a salvo no la aliviaba. Habían sucedido demasiadas cosas como para creer que el hecho de haber escapado pudiera hacer desaparecer los problemas de esa noche. Necesitaba ayuda.

Al tomar la carretera que llevaba de nuevo hacia la playa, Nicole repasó mentalmente las personas a las que no podía pedir ayuda. Su mente funcionaba así, en negativo. Antes de decidir quién podría ayudarla, descartó a aquellos que no la comprenderían. Sus padres estaban en primer lugar. La policía, inmediatamente después. Sus amigas eran una posibilidad, pero eran débiles e histéricas y Nicole sabía que entrarían en pánico antes de que les explicara siquiera una pequeña parte de lo que había sucedido. Su mente dio vueltas y vueltas, pasando por stop la única posibilidad real hasta que hubo descartado todas las demás.

Nicole se detuvo en la señal de alto y retomó la marcha mientras buscaba su teléfono. Necesitaba a su hermana. Livia era mayor y más sabia. Racional de un modo en que Nicole no lo era. Si dejaba de lado la última parte de sus vidas y pasaba por alto la distancia entre ellas, sabía que a Livia podía confiarle su vida. Y aunque no estuviera segura de ello, no encontraba otras opciones.

Se llevó el teléfono a la oreja y lo escuchó sonar, con lágrimas cayéndole por las mejillas. Era casi medianoche. Estaba a una manzana de la fiesta en la playa.

—Responde, responde, responde. ¡Por favor, Livia!——

LA HUIDA

Dos semanas más tarde

Bosque de Emerson Bay

3 de septiembre de 2016

23:54 horas

SE QUITÓ EL SACO DE la cabeza y respiró a bocanadas. Le llevó unos minutos a su vista adaptarse y que dejaran de bailarle siluetas amorfas delante de los ojos, que se disipara la oscuridad. Escuchó, buscando la presencia de él, pero solo oyó el repiqueteo de la lluvia fuera. Dejó caer el saco al suelo y caminó de puntillas hasta la puerta de la cabaña. Sorprendida al ver que estaba entreabierta, acercó el rostro a la rendija que se abría entre la puerta y el marco, y observó el bosque oscuro castigado por la lluvia. Imaginó la lente de una cámara en su pupila mientras ojeaba por la estrecha abertura: el foco achicándose y retrocediendo lentamente para captar primero la puerta, luego la cabaña, después los árboles, hasta conseguir captar una panorámica del bosque entero. Se sintió pequeña y débil por esa imagen mental de sí misma, sola en una cabaña perdida en medio del bosque.

Se preguntó si a se trataba de una prueba. Si se atrevía a salir por la puerta y adentrarse en el bosque, existía la posibilidad de que él la estuviera esperando. Pero si la puerta abierta y el hecho de haber podido liberarse momentáneamente del grillete fueran fruto de un descuido, el primero que él había cometido en dos semanas, se trataría de una oportunidad única para ella. La primera vez en la que no se encontraba encadenada a la pared del sótano.

Maniatada y con las manos temblorosas, empujó la puerta y la abrió. Las bisagras chirriaron en la noche antes de que su quejido se amortiguara bajo el incesante sonido de la lluvia. Aguardó un instante, inmovilizada por el miedo. Cerró los ojos con fuerza y se obligó a pensar, tratando de sobreponerse al sopor de los sedantes. Las horas de oscuridad del sótano le atravesaron la mente como un relámpago en una tormenta. También la promesa que se había hecho de que, si surgía la oportunidad de escapar, la aprovecharía. Había decidido días atrás que prefería morir luchando por su libertad antes que entregarse como oveja al matadero.

Salió con paso vacilante de la cabaña y se encontró bajo una lluvia espesa y pesada que le resbalaba a chorros fríos por la cara. Se tomó un momento para bañarse en ella, para dejar que el agua le lavara la niebla de la mente. Luego, echó a correr.

El bosque estaba oscuro y la lluvia caía como una catarata. Con las manos atadas con cinta adhesiva, trató de desviar las ramas que le azotaban el rostro. Tropezó con un tronco y cayó sobre hojas resbaladizas; se obligó a incorporarse de nuevo. Había contado los días y creía haber desaparecido hacía doce. Tal vez trece. Aislada en un sótano donde su secuestrador la mantenía encerrada y la alimentaba, podía haberse olvidado de algún día en los que el cansancio le hundía en un largo sopor. La había trasladado al bosque esa misma noche. El miedo se había apoderado de ella cuando rebotando en el maletero del coche, presa de náuseas, imaginó que se acercaba el fin. Pero ahora tenía por delante la libertad; en algún lugar más allá del bosque, de la lluvia y de la noche, podía encontrar el camino a casa.

Corrió a ciegas, de manera errática y perdiendo todo sentido de orientación. Por fin oyó el rugido de un camión que rodaba por el pavimento mojado. Respirando agitada, corrió a toda velocidad hacia el ruido y subió un terraplén que llevaba a la carretera. Las luces traseras del camión se desvanecían a medida que se alejaba, con cada segundo.

Se tambaleó hasta el centro de la carretera y, con piernas temblorosas, corrió tras las luces como si pudiera alcanzarlas. La lluvia le pegaba en el rostro, apelmazándole el cabello y empapándole la ropa andrajosa. Descalza, continuó impulsándose hacia adelante con pasos irregulares por el corte profundo que tenía en el pie derecho, producto de su desesperada huida por el bosque. Iba dejando una línea sinuosa de sangre detrás de ella, que enseguida la tormenta se encargaba de borrar. Presa de pánico de que él pudiera emerger del bosque, se obligó a avanzar con la sensación de que él se encontraba cerca, listo para alcanzarla, cubrirle la cabeza con el saco y llevarla de nuevo al sótano sin ventanas.

Deshidratada, creyó estar sufriendo alucinaciones cuando la distinguió: una pequeña luz blanca a lo lejos. Se tambaleó hacia ella hasta que la vio dividirse en dos y agrandarse. Permaneció en el medio de la carretera, agitando las manos atadas por encima de la cabeza.

El automóvil aminoró la velocidad al acercarse y encendió las luces largas para iluminarla: de pie sobre el asfalto, empapada, descalza, con rasguños en la cara y la sangre que le corría por el cuello y teñía de rojo la camiseta.

El coche se detuvo; los limpiaparabrisas salpicaban agua hacia los lados. Se abrió la puerta del conductor.

—¿Te encuentras bien? —gritó el hombre por encima del rugido de la tormenta.

—¡Necesito ayuda! —respondió ella.

Eran las primeras palabras que pronunciaba en varios días y la voz le salió áspera y seca. La lluvia, notó por fin, tenía un sabor maravilloso.

El hombre la miró con más atención y la reconoció.

—¡Dios mío! ¡Todo el estado te está buscando! —La rodeó con el brazo, la llevó hasta el coche y la ayudó con cuidado a sentarse en el asiento delantero.

—¡Vámonos! —exclamó ella—. ¡Está a punto de venir, lo sé!

El hombre corrió al otro lado del automóvil y lo puso en marcha antes de cerrar la puerta. Condujo a gran velocidad por la autopista 57 mientras llamaba al 911.

—¿Dónde está tu amiga? —preguntó. La joven se quedó mirándolo:

—¿Quién?

—Nicole Cutty. La otra chica que ha sido secuestrada.

LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO

Doce meses después

Nueva York

Septiembre de 2017

08:32 horas

SENTADA ERGUIDA EN LA SILLA, Megan McDonald observó a Dana Campbell leer las notas de la entrevista, mientras una maquilladora le empolvaba la nariz y a su alrededor se desplegaba un caos general de productores vociferando órdenes y cambios de luz durante el tiempo restante de la pausa comercial. Los movimientos de hombros y las inspiraciones profundas no habían servido de nada; de hecho, se le había formado un nudo en el trapecio que sentía tensarse. Megan se sobresaltó y dio un respingo cuando otra maquilladora le tocó la mejilla con un pincel.

—Perdón, tesoro; tienes demasiados brillos. Cierra los ojos.

Megan cerró los ojos mientras la mujer le pasaba el pincel por la cara. Una voz en la oscuridad, al otro lado de las cámaras de televisión, comenzó una cuenta atrás. Megan sintió la boca como si estuviera llena de algodón seco y las manos comenzaron a temblarle. Los maquilladores desaparecieron y de pronto quedó sola frente a Dana Campbell, bajo las intensas luces.

—Cinco, cuatro, tres, dos… estamos en directo.

Megan escondió las manos temblorosas debajo de los muslos. Dana Campbell miró a la cámara y habló con el tono y la cadencia ensayados y perfeccionados de los presentadores de programas de televisión matutinos, entre los cuales el suyo destacaba por su gran audiencia.

—Todos conocemos la terrible historia de Megan McDonald. Una típica joven estadounidense, hija del alguacil de Emerson Bay, raptada en el verano de 2016. Un año después, Megan ha publicado su libro, Perdida, el relato verídico de su secuestro y valiente huida. —Dana Campbell apartó los ojos de la cámara y sonrió a su invitada—. Megan, bienvenida al programa.

Megan inspiró una bocanada seca y vacía que casi le hizo atragantarse.

—Gracias —respondió.

—El país entero y, por supuesto, Emerson Bay, han querido conocer tu historia desde hace más de un año. ¿Qué te ha inspirado finalmente para compartirla?

Desde que había concertado la entrevista, Megan se debatía con las respuestas que daría. No podía contarle la verdad a la gran Dana Campbell: que escribir el libro era la forma más sencilla de mitigar el dolor de su madre y conseguir algo de espacio para respirar. Era una forma de quitarse de encima por unos meses a su madre, neurótica por la preocupación y la angustia.

—Fue tiempo, nada más —dijo Megan, eligiendo por fin las respuestas que la sacarían de los potentes focos de luz—. Necesitaba procesar todo antes de poder contárselo a la gente. He tenido la oportunidad de hacerlo y ahora ya estoy lista para relatar mi historia.

—Tiempo para procesar y para sanar, seguramente —añadió Dana Campbell. Por supuesto, pensó Megan. Porque, al fin y al cabo, había pasado un año y ese lapso era sin duda suficiente para sanar. En un año había vuelto a ser una persona completa. Porque, si Megan no daba la impresión de estar sana, feliz y recuperada, Dana Campbell, la reina de los programas matutinos de televisión, quedaría como una malvada por bucear en busca de información. Por favor, pensó Megan, cuéntale a tu audiencia cuán recuperada y sana estoy.

—Eso también, sí —respondió Megan.

—Debe llevar mucho tiempo reponerse de algo así y, de alguna manera, documentar los acontecimientos te habrá resultado terapéutico.

Megan se esforzó porque sus ojos no delataran su irritación. Tenía muchos adjetivos para describir el proceso que había dado nacimiento al libro. Terapéutico no era uno de ellos.

—Lo ha sido. —Megan sonrió con los labios apretados. Era su nueva sonrisa, la mejor que podía ofrecer, tan distinta de aquella resplandeciente que había visto hacía unos días al hojear el anuario de su último año escolar. Allí se la veía con una sonrisa ancha y dientes alineados y brillantes que llenaban todo el espacio entre la curva de los labios. Lo había intentado al principio, pero le resultaba demasiado difícil fingirla, por lo que comenzó a utilizar esta versión: labios juntos, comisuras curvadas hacia arriba. Feliz. La gente se lo creía.

—¿Qué puede esperar el público al leer tu libro?

Megan no estaba del todo segura, pues había escrito muy poco de él; todo el mérito era de su psicoanalista, que apenas había conseguido que lo nombraran en la portada.

—Bien… ejem, veamos… cuenta la noche en la que sucedió.

—La noche en la que te raptaron —aclaró Dana.

—Sí. Y las dos semanas que pasé encerrada. Una gran parte son pensamientos que tuve mientras estuve prisionera. Sobre dónde me tenían cautiva y mis intentos fallidos de huir. Y luego sobre la noche en que… en que me escapé corriendo del bosque.

—La noche en la que huiste.

Megan vaciló.

—Sí. El libro detalla mi huida. —De nuevo la sonrisita apretada—.Y hay un capítulo entero sobre el señor Steinman.

Dana Campbell también sonrió y habló con voz suave:

—El hombre que te encontró en la autopista 57.

—Sí. Es mi héroe. Y el de mi padre, también.

—Seguro. Tuvimos al señor Steinman aquí en el programa, poco tiempo después de tu terrible experiencia.

—Sí, lo vi, y me alegró que tuviera el reconocimiento que merece. Me salvó la vida esa noche.

—Así es. —Dana bajó la mirada a sus anotaciones antes de volver a sonreír—. No es ningún secreto que el país entero se ha enamorado de ti. Hay tanta gente que quiere saber cómo estás y cómo sigue tu vida ahora. ¿Van a encontrar algo de eso en el libro? ¿Algo sobre tus planes para el futuro?

Megan sacó la mano de debajo del muslo y la movió en el aire para ayudarse a pensar.

—Hay mucho sobre lo que ha sucedido desde aquella noche, sí.

—¿Contigo y tu familia?

—Sí.

—¿Y en cuanto a la investigación que se lleva a cabo?

—Lo que sabemos hasta ahora, sí.

—¿Es muy difícil para ti saber que tu secuestrador sigue libre?

—Es duro, pero sé que la policía está haciendo todo lo posible para encontrarlo. —Megan se dijo que recordaría agradecerle a su padre esa respuesta. Se la había brindado la noche anterior.

—Antes de que sucediera todo esto, ibas a comenzar tus estudios en la Universidad Duke. Todos queremos saber si sigues con esos planes.

Megan se pasó la lengua por el interior de los labios ásperos como papel de lija.

—Emm… me había tomado un año después de lo sucedido. Pensaba comenzar este otoño, pero no resultó. No pude… no he podido organizar las cosas a tiempo.

—Debe de ser difícil volver a la normalidad, desde luego. Pero entiendo que la universidad te ha dejado una invitación abierta para cuando estés preparada, ¿verdad?

Hacía tiempo que Megan había dejado de cuestionarse la fascinación de la gente con su secuestro y sus ansias por conocer los datos escabrosos del cautiverio. Y ahora, ese deseo lujurioso de que prosiguiera su vida como si nada hubiera sucedido. Dejó de cuestionárselo cuando por fin comprendió el razonamiento que había detrás. Entrar en la Universidad Duke y llevar una vida normal permitiría a todos los que saboreaban los detalles morbosos de su cautiverio sentirse bien consigo mismos. Para ellos, la normalidad de ella los alejaba de su propio pecado. Porque si ella se mostraba desequilibrada por lo sucedido, ¿cómo podían ellos o Dana Campbell desear tan intensamente adentrarse en los detalles más perturbadores del secuestro? Si ella fuese una joven destrozada, con una vida hecha pedazos que nunca volvería a ser igual, el afán de ellos por conocer su historia resultaría sencillamente inaceptable. No podían permitirse esa atracción por su relato si terminaba de algún modo que no fuera feliz. Sin embargo, si ella había sanado, si se veía que había salido adelante gracias a su libro terapéutico y ocupaba un asiento reluciente en el aula de primer año de la Universidad Duke, y si se la veía como una persona de éxito… entonces todos podían retorcerse como gusanos en la suculenta carne de su inquietante historia y alejarse volando limpios y perlados como mariposas.

Era necesario que Megan McDonald fuera una historia de éxito: tan simple como eso.

—Sí —dijo Megan por fin—. Duke me ha ofrecido muchas opciones para el próximo semestre, o incluso para dentro de un año.

Dana Campbell volvió a sonreír con mirada suave.

—Bien, sé que has pasado por muchas cosas y que eres una inspiración para supervivientes de secuestros en todas partes. Y no dudo que este libro será un faro de esperanza para ellos. ¿Vendrás a conversar con nosotros de nuevo más adelante? ¿A ponernos al tanto sobre tu vida?

—Por supuesto. —Sonrisa apretada.

—Megan McDonald, mucha suerte.

—Gracias.

Después de repetir para la audiencia dónde podía adquirirse el libro Perdida, la señora Campbell dio paso a una pausa comercial y el estudio volvió a llenarse de voces procedentes de la zona a oscuras detrás de las cámaras.

—Has estado muy bien —dijo a Megan.

—No me has preguntado sobre Nicole.

—No ha habido tiempo, querida, íbamos con retraso. Pero pondremos un enlace sobre Nicole en el sitio web.

Y sin más, Dana Campbell se puso de pie y se alejó, dándole una palmada en el hombro al pasar. Megan asintió, ya sola en el sillón del estudio. Esto también lo comprendía. La entrevista de hoy solamente podía incluir los detalles agradables. Las partes inspiradoras. La huida heroica, el futuro prometedor y las jóvenes a quienes el libro sin duda ayudaría. La entrevista matutina era la conclusión del melodrama de Megan McDonald, que debía terminar exitosamente. No podía incluir ninguno de los elementos repugnantes de ese verano que todavía flotaban en el aire. En especial sobre Nicole.

Nicole Cutty ya no estaba. Nicole Cutty no era una historia de éxito.

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Ograniczenie wiekowe:
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Data wydania na Litres:
13 listopada 2024
Objętość:
364 str. 8 ilustracji
ISBN:
9788418711046
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania: