Czytaj książkę: «Narcosur»
Índice
1 INTRODUCCIÓN
2 CAPÍTULO 1
3 El chino “Coopelas o cueio” La carta
4 CAPÍTULO 2
5 El Cartel de Juárez en Argentina El “Señor de los Cielos” de compras en Sudamérica El estigma narco de Duhalde Los informes El juez Las propiedades
6 CAPÍTULO 3
7 La muerte natural de María Marta
8 CAPÍTULO 4
9 La guerra contra el narco mexicano
10 CAPÍTULO 5
11 La ruta de la efedrina El laboratorio ¿Carteles? Tres cadáveres en una zanja La mafia de los medicamentos La campaña de Cristina México y Argentina, tan amigos como siempre
12 CAPÍTULO 6
13 Los jefes El Rey (mexicano) de la Efedrina El Rey (argentino) de la Efedrina El verdadero capo
14 CAPÍTULO 7
15 Los juicios Culpables El inocente Rompecabezas El juicio final
16 CAPÍTULO 8
17 ¿Llegó “el Chapo”? De Sinaloa al Chaco
18 EPÍLOGO
19 AGRADECIMIENTOS
20 FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
Landmarks
1 Cover


González, Cecilia
Narcosur : la sombra del narcotráfico mexicano en Argentina . - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2014. - (Historia urgente; 43)
E-Book.
ISBN 978-987-1307-88-3
1. Investigación Periodística. I. Título
CDD 070.4
Fecha de catalogación: 09/01/2014

Primera edición: septiembre de 2013
Primera reimpresión: marzo de 2014
Edición: Constanza Brunet
Corrección: Marisa Corgatelli
Diseño de tapa e interior: Hugo Pérez
© 2015 Cecilia González
© 2015 Editorial Marea S.R.L.
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina
Tel.: (5411) 4371-1511
marea@editorialmarea.com.ar
www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-1307-88-3
Impreso en Argentina
Depositado de acuerdo a la ley 11.723
Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra
por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito
de la editorial.
A los periodistas mexicanos asesinados,
desaparecidos, exiliados y amenazados.
A los compañeros que, pese a todo,
siguen reporteando.
INTRODUCCIÓN
A principios de mayo de 2008, mis editores me pidieron que escribiera una nota sobre los decomisos de efedrina que hubieran seguido la ruta Argentina-México.
Hacía ya cinco años que trabajaba como corresponsal en Argentina, pero en todo ese tiempo el narcotráfico nunca había estado presente en la agenda del gobierno ni de los medios; solo de vez en cuando aparecían noticias sobre operativos, incautaciones y consumo de cocaína y marihuana o detenciones de supuestos narcotraficantes.
Como no tenía idea alguna del tema, la orden me pareció sin sentido, una de esas ocurrencias que los jefes tienen de vez en cuando y que a los reporteros nos parecen absurdas.
Muy pronto descubrí lo equivocada que estaba. Bastó indagar muy poco para saber que, en menos de dos meses, habían sido decomisados 171 kilos de efedrina en la ruta aérea Buenos Aires-Ciudad de México. Las autoridades de ambos países sospechaban que los narcos habían establecido una nueva vía para traficar el precursor químico que –supe entonces– sirve para producir medicinas legales, antialérgicas y descongestivas, pero también anfetaminas, metanfetaminas y otras drogas de diseño que en las últimas dos décadas se convirtieron en la nueva mina de oro del crimen organizado, sobre todo por su alta rentabilidad y su facilidad de producción y transporte, mucho menos compleja que la de la marihuana o la cocaína.
La efedrina –un alcaloide extraído de la planta ephedra, que crece principalmente en Asia– circulaba a raudales en Argentina gracias a la falta de controles para su importación y venta, pero las noticias sobre los operativos en los que se decomisaban algunos cargamentos no tenían demasiada trascendencia, sobre todo porque en esa época el conflicto entre el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y las patronales agropecuarias copó la agenda noticiosa.
Pero no pasaron muchos meses más hasta que la bomba de tiempo en que se estaba convirtiendo el tráfico de efedrina estallara.
El 17 de julio de 2008, justo en los días en que el kirchnerismo enfrentaba una dura derrota política ante el agro, la Policía detuvo en una casa en la provincia de Buenos Aires a nueve mexicanos y un argentino que manejaban el primer laboratorio de producción de drogas de diseño encontrado en este país.
Las especulaciones sobre la llegada de temibles carteles mexicanos que estaban transformando la categoría de Argentina de “país de tránsito” en “país productor” de drogas se desataron de inmediato. Hasta ese momento, poco se sabía aquí de la guerra contra el narcotráfico que ya era el eje del gobierno de Felipe Calderón en México. De pronto, el tema se coló de lleno en la agenda pública.
A lo largo de mi investigación descubrí que los diez detenidos en la quinta de Ingeniero Maschwitz eran apenas un eslabón más de una compleja historia con ribetes surrealistas que encadenaba episodios en apariencia inconexos, como un chino que guardaba 205,6 millones de dólares en efectivo en una residencia en la ciudad de México con el misterioso asesinato de una señora de la alta sociedad argentina; a un presunto líder narco que vendía camisetas en un blog para proclamar su inocencia con tres empresarios argentinos ejecutados como en tiempos de la dictadura militar; a una mafia de adulteración de medicamentos con sospechas de lavado de dinero en campañas presidenciales.
El común denominador de todas las historias era la penetración del narcotráfico mexicano en Argentina.
En los meses siguientes al descubrimiento del laboratorio, seguí con detalle todas las novedades del caso que la prensa bautizó como “la ruta de la efedrina”. La historia era muy atractiva. A cada rato aparecían nuevos elementos. Cada vez que iba a México y contaba algún episodio, mis amigos me decían que tenía que escribir un libro. Yo me negaba. Me daba miedo porque me parecía un tema demasiado escabroso. No quería saber nada del narcotráfico. Podía seguir entretenida con mi trabajo diario de corresponsal, que no era poco.
Mi percepción cambió el 7 de agosto de 2010, durante unas vacaciones en la ciudad de México, cuando participé en la marcha “Los queremos vivos”, una movilización organizada por varios compañeros desde las redes sociales para denunciar los impunes y numerosos asesinatos de periodistas como uno de los efectos visibles de la irresponsable guerra contra el narcotráfico del presidente Calderón.
Teníamos muchas dudas sobre la capacidad de convocatoria que tendría una protesta inédita, porque nunca antes los periodistas mexicanos nos habíamos organizado de esa manera. La incertidumbre mutó en emoción cuando vimos cómo el Ángel de la Independencia (nuestro Obelisco) se colmó de trabajadores de distintos periódicos, radios, televisoras, agencias de noticias y medios alternativos. A las doce y quince del mediodía empezamos a caminar por Paseo de la Reforma, muchos ruborizados porque no nos gusta “ser la nota”, pero obligados, justamente, porque el asesinato de alguno de nosotros es una de las noticias más desoladoras que podemos dar.
Con el apoyo de hombres y mujeres de diversas organizaciones sociales, funcionarios y ciudadanos, repartimos comunicados, alzamos pancartas y caminamos decenas de cuadras hasta llegar a la Secretaría de Gobernación (equivalente al Ministerio del Interior). Decidimos que no podíamos paralizarnos; tampoco exigir condiciones de privilegio, solo protección y justicia. El tsunami de violencia desatado en México había convertido a los periodistas en nuevas víctimas, cuyos rostros exhibimos en una larga manta a imagen y semejanza de las que cargan los organismos de derechos humanos en Argentina con sus miles de desaparecidos. El motivo por el que estábamos ahí era triste e indignante. Al mismo tiempo, bajo el agobiante calor de ese mediodía sabatino, rondaba una sensación de alegría y orgullo por participar, por alzar la voz, por hacer algo.
Pese al temor de sufrir represalias en los medios en los que trabajamos, pese a las críticas de muchos colegas que decidieron no sumarse y a la desconfianza que hubo en torno a la movilización, terminamos satisfechos. Sin sentirnos héroes, apenas ciudadanos ejerciendo nuestro derecho a reclamar y a defender la libertad de expresión como un bien social. Con un debate pendiente para definir la ruta a seguir y los mecanismos de seguridad para trabajar en un desconocido clima de violencia extrema.
En esa marcha mi miedo desapareció. Me di cuenta de que, en Buenos Aires, yo reporteaba en condiciones de privilegio, a diferencia de los riesgos reales que enfrentaban otros periodistas en medio del campo de batalla en el que se habían convertido varias ciudades de mi país. Algunos me contaron que trabajaban sin seguro médico o de vida, sin cuidado alguno por parte de sus medios, autocensurándose por seguridad, amenazados de muerte. Amedrentados por todos lados: por los narcotraficantes y por un gobierno que, ante cualquier crítica, denuncia o esfuerzo por mostrar la complejidad de una realidad que no se podía resumir en “buenos” y “malos”, los acusaba de hacer apología del delito.
Y sin embargo, seguían reporteando.
Después de ese viaje, volví a Buenos Aires y participé en un foro de periodismo de investigación en el que predominó el debate sobre la violencia que padecían los periodistas mexicanos. El tema del narcotráfico tocaba con insistencia a mi puerta y ya no tenía más remedio que abrirle.
“Hay historias que nos buscan” me dijo de una manera casi poética Marcela Turati, una de las mejores periodistas mexicanas, cuando le conté las dudas que aún tenía sobre esta investigación. Hablamos sobre las paradojas, porque se supone que los periodistas siempre estamos a la caza de crónicas interesantes, pero es verdad que, a veces, son las propias historias las que nos encuentran.
Asumí entonces un compromiso ético con mis colegas. Yo tenía en mis manos la historia de la ruta de la efedrina y la sombra de los carteles mexicanos en Argentina. Mi deber como periodista era contarla.
Desde su primera edición, este libro se convirtió en mi granito de arena, mi aporte para tratar de explicar la expansión y el fortalecimiento del narcotráfico, un negocio que se consolida a escala global al amparo del poder político que casi nunca llega a ser identificado por completo. Mi investigación me permitió hablar en Argentina de las consecuencias de la guerra contra el narcotráfico, de cómo México sufre una de las grandes tragedias latinoamericanas de este siglo, con sus decenas de miles de muertos y desaparecidos; de cómo se convirtió en uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. Desde Buenos Aires, me sumé a la campaña para denunciar la persecución a los periodistas mexicanos no por un interés corporativo, ni porque seamos más importantes que el resto de las víctimas, sino porque lo que está en riesgo es la libertad de expresión, el derecho de los ciudadanos a informarse para entender su realidad y tomar decisiones. Con el tiempo, la situación se ha agravado. Mientras escribo, el periodismo mexicano sigue de luto por la muerte de Rubén Espinosa, un fotógrafo veracruzano de treinta y un años ejecutado el 31 de julio de 2015 en la ciudad de México junto con cuatro mujeres, entre ellas, defensoras de los Derechos Humanos. Con él, suman ya ochenta y ocho los periodistas asesinados. Tememos que no será el último.
Durante cinco años, a partir del descubrimiento del laboratorio de metanfetaminas, hablé con jueces, policías, abogados, fiscales, académicos, funcionarios de ambos países, periodistas y familiares de los supuestos narcos. Leí decenas de libros y revisé cientos de diarios. Estudié expedientes que a veces prefería cerrar, porque me demostraban la existencia de un submundo delincuencial que nos rodea a todos los ciudadanos, que es una amenaza real. Al final del recorrido, supe que no tendría todas las respuestas. Las investigaciones policiales no han logrado desenredar todos los nudos. Hay criminales prófugos, quedan muchas dudas, faltan pruebas y varios juicios están estancados.
Lo que sí me quedó claro fue que, como cualquier otra gran empresa multinacional, los carteles mexicanos se han internacionalizado y diversificado. Y en ese proceso, Argentina se convirtió en una nueva y disputada plaza.
Buenos Aires, agosto de 2015
CAPÍTULO 1
El chino
“Coopelas o cueio”
La imagen difundida en video y fotos por el gobierno mexicano convocaba a la codicia y a la incredulidad.
Era una montaña de billetes nunca antes vista en un operativo contra el narcotráfico.
El dinero había sido encontrado en maletas, alacenas, roperos y cajones. Para las fotos oficiales fue ordenado prolijamente en bloques de hasta un metro y medio de alto. En primera fila destacaban los 201 460 euros y 157 500 pesos mexicanos. En montones más pequeños estaban acomodados 113 260 dólares de Hong Kong, 180 dólares canadienses, 17 000 yenes y 20 000 dólares en cheques de viajero. También había 11 centenarios, 53 billetes falsos de 100 dólares americanos, 52 billetes dañados de 100 dólares, dos de 50 y uno de un dólar.1
Pero lo que se robó las cámaras fue la exposición de 205 564 763 dólares que formaban largas filas detrás del resto de los billetes y que estaban custodiados por un cartel de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO) de México. Contarlo con precisión y en medio del asombro requirió de un trabajo de más de 24 horas.
Nunca antes, en ningún otro país, se había decomisado tal cantidad de dinero en efectivo.
La colosal fortuna fue encontrada el 15 de marzo de 2007 en una residencia de Las Lomas de Chapultepec, una colonia de millonarios enclavada en el poniente de la Ciudad de México. La rutinaria tranquilidad de la arbolada calle Sierra Madre se transformó ese jueves en un hervidero de agentes que llegaron a catear la casa número 515, ubicada a seis cuadras del cruce de Periférico y Paseo de la Reforma.
La investigación había comenzado el segundo día del gobierno de Felipe Calderón, el 2 de diciembre de 2006, con el decomiso de casi 20 kilos de seudoefedrina en el puerto de Lázaro Cárdenas, Michoacán. El cargamento provenía de Asia y había sido comprado por un misterioso empresario farmacéutico.
Tres meses y trece días después de ese operativo, decenas de agentes subieron los tres pequeños escalones de entrada de la residencia de Las Lomas, abrieron la reja negra de hierro que se coronaba en un arco colonial y atravesaron el jardín hasta ingresar en la blanca mansión de dos pisos. Revisaron los 1500 metros cuadrados de la propiedad. En los cuartos, apretujados en espacios cerrados, encontraron el dinero, dos armas de fuego largas y cinco cortas, máquinas para la fabricación de tabletas y joyas. Detuvieron a siete personas e incautaron ocho vehículos de lujo.
Mientras se allanaba la lujosa residencia, otros operativos se realizaban de manera simultánea en el Estado de México y en el centro del Distrito Federal.2
En Toluca, a las afueras del DF, se revisó la sede de Unimed Pharm Chem, una sociedad anónima que, según el gobierno mexicano, importaba desde la India, y de manera ilegal, acetato de seudoefedrina para elaborar el clorhidrato necesario en la fabricación de metanfetaminas. El otro cateo se realizó en las oficinas de la misma compañía ubicadas a unos pasos de la Secretaría de Gobernación.
Ahí, los policías se enteraron de que la empresa y la casa de Las Lomas eran propiedad de un desconocido empresario chino llamado Zhenli Ye Gon.
El 15 de julio de 1995, un solitario ciudadano chino llegó a México, sin un peso ni un yuan en la bolsa, para casarse con una novia mexicana a la que apenas si conocía por foto.
A sus 32 años, el hijo de Yulin Ye y Guiyu Gon tomó su pasaporte número 2621870, expedido por la República Popular China, y se lanzó a la aventura de viajar desde su Shangai natal hasta el lejano Distrito Federal. Había arreglado a la distancia una boda con Tomoiyi Marx Yu, una ciudadana mexicana cuya familia manejaba el restaurante Hong Kong en la calle de Dolores, corazón del Barrio Chino de la Ciudad de México.
La novia leal lo ayudó a radicarse. La pareja se casó el 14 de agosto de 1995, un mes después de la llegada del prometido, y para fines de ese año, el gobierno le otorgó a Zhenli Ye Gon, nacido el 31 de enero de 1963, la categoría migratoria que lo reconocía como “no inmigrante visitante con actividades lucrativas”. El hombre, de complexión física mediana, tez morena clara, pelo negro, frente amplia, cejas pobladas, ojos marrones, nariz cóncava, boca mediana, mentón oval, sin bigote, ni barba, ni señas particulares, había declarado que representaba a una empresa china dedicada a la venta de naipes, con domicilio legal en Hong Kong.
El chino tuvo que esperar casi dos años para obtener el reconocimiento legal de “residente definitivo”. Consiguió la mejora de su estatus migratorio el 13 de noviembre de 1997, luego de pagar el equivalente a 143 dólares por un trámite que quedó registrado en el expediente número 5/299526. Declaró que ya estaba casado, que no profesaba ninguna religión y que era trilingüe: hablaba chino, inglés y español. Tenía estudios de técnico farmacéutico, lo que le permitía trabajar como director general y administrador único de una empresa que recién había fundado.
Zhenli mantuvo su nueva categoría durante cinco años y tres meses pero, para poder ampliar sus negocios, requería de otro tipo de jerarquía. Logró su meta el 3 de febrero de 2003, día en el que se puso un traje oscuro y acudió a una solemne ceremonia en la Secretaría de Relaciones Exteriores para sentarse en la primera fila del auditorio y recibir de manos del presidente Vicente Fox, junto con otros 1737 extranjeros, su nuevo documento.
El hombre de ojos rasgados podía sonreír tranquilo: se había nacionalizado como mexicano.
Antes de completar sus trámites migratorios, el sencillo vendedor de naipes venía sufriendo una radical y acelerada transformación.
Cuando llegó al Distrito Federal trató, sin mucho éxito, de importar textiles, ropa y calzado y revender productos decomisados en las aduanas mexicanas. En 1997 encontró, por fin, el negocio que lo iba a volver rico y famoso: el 29 de abril de ese año fundó, con un capital de 200 000 dólares, la empresa Unimed Pharm Chem de México, la cual creció de manera acelerada hasta convertirse en una de las principales importadoras de efedrina y seudoefedrina, el alcaloide que sirve para fabricar tanto medicamentos antigripales como las ilegales metanfetaminas.
Gracias a esa empresa, a principios de siglo nada quedaba del humilde chino que había viajado al Distrito Federal sin más fortuna que su ambición.
Ye Gon ya era millonario, un empresario farmacéutico apostador, exhibicionista y despilfarrador. Las mesas de juego de Las Vegas fueron mudos testigos del aumento de la fortuna de este hombre de hablar pausado. En 1997, durante su primera visita a esa ciudad, derrochó 5300 dólares en apuestas. En los años siguientes, sus pérdidas en los casinos alcanzaron decenas de millones de dólares.
El dinero no era una preocupación. Importaba autos exclusivos como un Lamborghini Murciélago o un Mercedes Benz. En nada escatimaba. Hasta llegó a pagar más de cien mil dólares por la instalación de una cocina integral. Su casa de Las Lomas le había costado un millón cien mil dólares, así que bien podía gastarse otra fortuna en equiparla para comodidad de sus dos hijos, nacidos en Estados Unidos, y de su esposa, a quien, según denuncias de su familia política, golpeaba y le era infiel.
Su acelerado éxito empresarial en el ramo farmacéutico comenzó a ser amenazado con una denuncia que, a mediados de 2006, alertó a la Policía sobre la existencia de una banda dedicada al tráfico de efedrina desde China. La voz anónima identificó a “Chen Li” (así le sonó al agente de guardia el nombre de Zhenli) como el principal operador del grupo que importaba toneladas del precursor químico desde China.
Los manejos de su empresa ya levantaban sospechas. En muy poco tiempo, Unimed Pharm Chem se había convertido en la tercera firma importadora de seudoefedrina del país. Entre enero de 2003 –cuando su riqueza empezó a crecer– y marzo de 2007 –fecha del operativo policial en su casa–, introdujo en el país 194 cargamentos por los aeropuertos de la Ciudad de México y Nuevo Laredo, y los puertos de Lázaro Cárdenas y Manzanillo. El empresario falsificaba los embarques y los registraba como productos inofensivos, aunque eran químicos que necesitaban permisos específicos de importación.
Las autoridades mexicanas calculan que, durante esos años, Zhenli traficó unas 60 toneladas de efedrina y seudoefedrina. Hicieron cuentas. Los narcotraficantes pagaban en promedio 4500 dólares por cada kilo del precursor. Si Ye Gon les vendió todos sus cargamentos, según se lo acusó, habría ganado, por lo menos, 270 millones de dólares. La cifra era casi igual a la fortuna encontrada en su casa y acorde con las cantidades estratosféricas manejadas por el crimen organizado.
Bastaba hacer una simple ecuación: si una tonelada de seudoefedrina procesada produce 700 kilos de metanfetaminas y un kilo de estas tiene un precio promedio en el mercado de 30 000 dólares, resulta que de las 60 toneladas adjudicadas al chino pudieron salir 42 000 kilos de metanfetaminas. Eso representaba 1260 millones de dólares de ganancias para los carteles en cuatro años y medio, sobre todo gracias a la demanda que hay en territorio estadounidense, a donde va a parar el 80% de las metanfetaminas mexicanas.
La suerte del chino terminó cuando las casi 20 toneladas de seudoefedrina que había comprado en su último pedido fueron confiscadas el 2 de diciembre de 2006, apenas un día después de que Fox le entregara la banda presidencial a Felipe Calderón.
El 15 de marzo, tres meses y medio después de ese decomiso, vino el cateo en su casa de Las Lomas, que fue noticia en todo el mundo. De un día para el otro, el chino-mexicano se hizo famoso. Dejó de ser un ignoto empresario para transformarse en un peligroso prófugo con orden de captura internacional.
Muchos hechos absurdos rodearon su caso. Fue más fácil, por ejemplo, que lo encontrara un periodista que la policía mexicana o Interpol. El 17 de mayo de 2007, Zhenli aceptó una entrevista con la agencia de noticias Associated Press (AP) en la oficina de su abogado en Nueva York, en donde dio su primera versión pública sobre el escándalo. Fue una bomba informativa que la agencia se guardó durante casi dos meses, hasta que finalmente la transmitió el 2 de julio.
Sentado frente al reportero estadounidense, con su cabello lacio, corto y pegado a la cabeza, recién rasurado, vestido con una camisa negra de cuello Mao y discreto y pulcro traje marrón, Ye Gon denunció que durante 2006, en plena efervescencia electoral, un panista de nombre “Javier Alarcón” lo había obligado a guardar millones de dólares en su casa para la campaña de Felipe Calderón. La revelación tuvo tintes tragicómicos, porque su debut televisivo evidenció que los doce años vividos en México no le habían sido suficientes para dominar el idioma.
–Plimela palabla [de Javier Alarcón] dice que “tú eres muy famoso, tú eres muy famoso en la industria farmacéutica, tú eres muy activo en política, ahola tú eres mexicano, necesitas servicio a país de México, necesita apoyo partido de PAN, tú eres negocios, necesitan apoyo a político. Negocios y político son los mismo zapato, lo mismo camino”.3
Al explicarle las necesidades de la campaña oficialista, el supuesto panista abrió dos maletas colmadas de billetes y le soltó la amenaza fatal.
–Coopelas o cueio.
Para darle un tinte de mayor dramatismo, Ye Gon graficó su denuncia pasándose la mano por el cuello, como si fuera una navaja. Quería decir que si no cooperaba, lo degollaban, así que tuvo que guardar a la fuerza los 205 millones de dólares que le entregaron en varias tandas.
–Yo pleocupal mucho mi familia en México, ahora mi esposa, mi cuñado, todas mi familia, mis hijos, en situaciones muy difíciles, mi esposa es en cálcel, mi cuñado también. Yo pienso que el gobierno de mexicano sí se pueden descubrir todos los actos. Yo no soy narcotraficante.
El “coopelas o cueio” se convirtió en una nueva y graciosa frase de la cultura popular mexicana, y fue motivo de caricaturas y bromas a granel que aderezaron la historia del chino y el tráfico de efedrina.
La carta
El mismo día que la agencia AP emitió la nota con Ye Gon, la prensa mexicana dio a conocer fragmentos de una carta entregada por sus abogados en la embajada de México en Estados Unidos.
Las 17 páginas fueron publicadas de manera íntegra por el diario El Universal en sus ediciones del 16 y 17 de julio de 2007, cuando el chino ya estaba acorralado por la justicia.
En el escrito, Ye Gon insistió en un tono de abierta denuncia contra el gobierno mexicano: “La enorme cantidad de efectivo decomisada en mi casa no es lo que se llama dinero de las drogas. Estos son y fueron fondos secretos del partido político usados para la campaña presidencial mexicana, para comprar armas y financiar actividades terroristas”.
Las afirmaciones eran contundentes, pero el resto del relato, no. Según su versión, uno de los hombres que le pasaba el dinero le confirmó que la fortuna era para la campaña presidencial del PAN, y le reveló que el “jefe”, un político de más de cuarenta años, pelo negro, cejas pobladas, vello grueso en cara y brazos, nariz muy larga, que usaba lentes transparentes de marca Cartier, se llamaba Javier Alarcón. La relación inmediata fue con el secretario de Trabajo, Javier Lozano Alarcón.4
Lo que nunca se entendió de la historia de Ye Gon fue por qué, si se suponía que la fortuna era para la campaña, no se utilizó justo en la etapa en la que más le hubiera servido al candidato oficialista. La acusación no se sostenía con los hechos.
El 2 de julio de 2006 se realizaron en México unas elecciones en las que la izquierda aspiraba a sumar al país a la oleada de gobiernos progresistas asentados en Sudamérica. Su candidato, Andrés Manuel López Obrador, arrancó como favorito, pero durante la campaña fue perdiendo votos gracias a una mezcla de errores propios con una mediática y clasista guerra sucia en su contra que lo presentó como “un peligro para México”. López Obrador seguía convencido de su triunfo, pero el día de los comicios se instaló la incertidumbre ante el virtual empate que alcanzó con el candidato del conservador Partido Acción Nacional (PAN), Felipe Calderón. La noche de los comicios, por primera vez en la historia del país, no hubo un claro ganador. Cuatro días más tarde, las autoridades electorales declararon como vencedor a Calderón, pese a las múltiples denuncias de probadas irregularidades y de la sombra de fraude que cubrió el proceso electivo.
Según el conteo final, Calderón había ganado con el 35,88% de los votos contra el 35,31 de López Obrador. La diferencia era de apenas 243 934 sufragios entre los casi 30 millones emitidos. Como en México, a diferencia de Argentina, no hay segunda vuelta, se venía una guerra poselectoral.
Siguiendo con la versión del chino, en agosto, en plena pelea por los resultados de las elecciones, unos presuntos policías lo secuestraron para robarle y advertirle que tenía que salir de inmediato del país. Se refugió en Estados Unidos durante un par de semanas, pero a principios de octubre volvió para supervisar la construcción de una planta farmacéutica en el Estado de México.
Su regreso fue fugaz. A mediados de octubre sacó de su casa un millón y medio de dólares en efectivo, pero cuadras más adelante fue detenido por policías federales que se quedaron con el dinero y le exigieron que se fuera otra vez a Estados Unidos y suspendiera la construcción del nuevo laboratorio.
Las protestas de la izquierda estaban en su apogeo. López Obrador tenía copado el Distrito Federal con un gigantesco y permanente bloqueo de calles. Exigía el conteo “voto por voto, casilla por casilla”. El 6 de septiembre, el Tribunal Electoral cerró toda posibilidad de revisar actas y validó el triunfo de Calderón con una diferencia del 0,6 por ciento de los votos.
El clima de efervescencia política continuaba en octubre, cuando Ye Gon partió hacia Estados Unidos y comenzó los preparativos para montar allá su nueva fábrica farmacéutica. Un par de meses después el proyecto se desmoronó cuando un policía le avisó del decomiso del cargamento de seudoefedrina en Michoacán.
La cronología era un problema en la carta del chino, porque contaba que “la Navidad estaba por llegar” cuando los supuestos panistas lo llamaron para garantizarle que la fortuna escondida durante la campaña sería sacada por fin de su casa en cuanto Calderón asumiera como presidente, pero este ya había comenzado a gobernar el 1° de diciembre.
A escondidas, con empujones, por la fuerza, en medio de abucheos y custodiado por policías y militares, el panista pudo entrar en la Cámara de Diputados para jurar como nuevo presidente de México por un período de seis años. Un sector de la población lo consideró, desde entonces y para siempre, como un gobernante espurio, emergido de un fraude electoral.5