Czytaj książkę: «No querrán volver»
NO QUERRÁN VOLVER
Carlos Carbonell
Carbonell, Carlos
No querrán volver / Carlos Carbonell. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tercero en Discordia, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-4116-98-7
1. Narrativa Argentina. 2. Ciencia Ficción. 3. Novelas de Aventuras. I. Título.
CDD A863
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor.
ISBN 978-987-4116-98-7
Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.
Impreso en Argentina.
Como para situarnos, simplemente, veamos un poco, aunque sea al pasar, el lugar, que influyó, casi en forma determinante, para que la historia del personaje que narraremos quedase trazada en los términos en que se desarrolló.
En medio de un paisaje montañoso espléndido, ondulaba, a veces suave, otras no tanto, un valle casi salvaje, verde en todos sus tonos y arbolado con las más variadas especies gracias al clima verdaderamente excepcional; los cardos de aquí y allá no dejaban dudas de la fertilidad de esa tierra, a pesar de lo cual casi todos en la zona se dedicaban a la cría de animales.
En ese lugar, en un tiempo lejano y en circunstancias desconocidas por mí, se conformó un pueblo de algo más de cincuenta casas.
Casi todas las construcciones eran (y quizá hoy seguirán siéndolo) muy similares en su aspecto. En el tiempo en que lo conoció nuestro personaje, las había de adobe y paja, y las menos, de materiales más modernos, como ladrillos con techos de chapa ondulada, ninguna de diseño definido, simplemente como la hiciera su propio morador, en general, restándole algún tiempo a sus labores, sin preocuparse de la estética, sino de la necesidad elemental.
En el pueblo se destacaba una gran casa construida con ladrillos a la vista muy bien colocados, que mostraba las juntas prolijamente simétricas. Los techos a dos aguas de tejas rojas españolas se destacaban en el paisaje infinito, el cual podía observarse desde cualquiera de sus ventanales, enormes, instalados en todos los frentes del edificio. Solo desde el ala norte se dificultaba ver a lo lejos, porque comenzaba a elevarse cerca el terreno hasta formar un cerro con vegetación agreste.
La ubicación de la casa distaba unas diez cuadras del pueblo y era la anteúltima construcción; la última estaba a seis cuadras más hacia el norte. Cruzando la calle, la gran casa tenía un vecino: un hermoso rancho de adobe pintado con cal; blanco níveo; rodeado de árboles (algunos frutales), flores y hortalizas; humilde; prolijo, y bien cuidado.
La mansión había sido utilizada como hostería, regenteada algún tiempo por los padres de nuestro personaje cuando niño; por lo tanto, desde ahora nos referiremos a ella como «la hostería». Constaba de diez habitaciones y de un gran salón comedor con dos grandes ventanales, desde donde se observaba el inicio de un camino que conducía hacia las montañas próximas. Era, en fin, un lugar para recordar.
Hacía algún tiempo, el señor Apoc se había instalado en la antigua hostería, cuando se encontraba abandonada a la acción del tiempo, que no perdona los descuidos. En ese entonces, la edificación se encontraba rodeada por pastos y plantas salvajes, tan altas como su naturaleza lo permitía, y sus maderámenes estaban resquebrajados. Los caballos pastaban libremente alrededor, lo que le daba un aspecto desolador, pues era la única construcción en medio de esa porción de agreste y bello paisaje.
Nadie en el boliche hubiera supuesto que el nuevo visitante, aparecido sorpresivamente y que conocieron esa noche, cuando visitó el lugar, en adelante sería uno más entre sus habitantes, lo cual, por sí solo, constituía un acontecimiento, aun sin modificar en nada la monótona y apacible vida del lugar.
Todo esto que cuento, aunque pueda aburrir por lo descriptivo, resulta de interés para cuando la historia avance.
Se comenzó a notar la presencia del señor Apoc cuando empezó a cortar el pastizal que rodeaba la casa con una guadaña antigua, ayudado por los dos viejos que ocupaban desde siempre la gran casa abandonada. Todo lo hizo sin intentar alejar los caballos que allí pastaban, suponiendo que estos lo harían voluntariamente cuando el alimento lo hallaran un poco más alejado de la propiedad; por supuesto, así ocurrió, y la construcción recuperó su antigua fisonomía. El nuevo habitante se hacía cargo de realizar algunos trabajos en la casa y, al parecer, convivía con los dos hombres de avanzada edad, de cabellos blancos y rostros alegres, bondadosos y desafectados, que lo habían recibido como si lo hubieran estado esperando.
(Tenga paciencia lector, deje que le cuente sobre estos acontecimientos y datos geográficos, ya iré al punto que quizá lo entretenga).
Apoc no se acercaba al pueblo más que para adquirir lo esencial para sostenerse él y sus nuevos amigos, quienes lo cuidaban como a un hijo; nadie en el pueblo sabía de este hombre nada que diera a la gente del lugar motivos de conversación, y se ganó así, sin proponérselo, una consideración especial.
Los tiempos en estos lugares tienen dimensiones desconocidas, tanto los trabajos como el ocio duran lo que cada uno desee. Las medidas del tiempo se acomodan a las circunstancias individuales o colectivas de la comunidad, casi se podría decir que este está regido por leyes naturales, como el amanecer, el crepúsculo, la lluvia.
Un día la lluvia, que caía abundante, presagiada con un oscurecimiento casi repentino, lo sorprendió a Apoc rumbo al pueblo. La pulpería donde llegó empapado lo cobijó pronto después de caminar bajo la lluvia. La tormenta ofrecía su concierto con máxima fuerza. Dentro del almacén, todo pasaba inadvertido para el pulpero, ocupado en sus quehaceres, y para los dos parroquianos, sumidos en vaya uno a saber qué meditaciones, que bebían sendos vasos de vino a sorbos lentos y espaciados.
El pulpero, tipo tranquilo, ocupado en sus cosas sin preocuparse por ninguna, lo vio llegar sin asombrarse, aunque curioso por lo imprevisto de la visita con semejante tormenta y a esas horas desacostumbradas para este hombre del que todavía no sabía ni su nombre.
Apoc se acercó al pulpero y lo saludó.
—Buenas, don.
Enseguida, el hombre detrás del mostrador le hizo una observación importante para sí mismo.
—Me dicen Nacho, y serán buenas si para de llover y dejan de embarrarme el boliche.
El forastero no se conmovió por el comentario y se limitó a mirar a su alrededor, observando algunas cosas que necesitaba comprar.
Solo después de un rato y de sacudirse el cabello mojado, se acercó al mostrador donde estaba Nacho apoyado en los codos, sosteniendo la cara con ambas manos, aburrido quizá de atender a los dos parroquianos tardíos, y le dijo:
—Oiga, don Nacho, yo soy Apoc; necesito comprar algunas cosas, pero tengo poco dinero. Le pido, por favor, que me dé fiado; también le puedo pagar con trabajo por el momento y para lo que haga falta. Es poco lo que necesito.
(Es bueno aclarar que Apoc, como se verá, no podía disponer de su dinero por razones que luego se explicarán).
El pulpero, acostumbrado a dar fiado a la gente del pueblo, solo atinó a esbozar una sonrisa cargada de nobleza. Seguramente, por su memoria pasarían en ese momento innumerables recuerdos, desde que había comenzado a atender el boliche, después de morir su padre, quien le había dejado como herencia el comercio que hoy regenteaba. El hecho es que le causó placer escuchar el pedido de ese hombre que aún no conocía, pero que admiraba sin saber por qué.
Casi automáticamente, acostumbrado a cobrar con creces todo lo que fiaba, sin contestar sirvió un vaso de ginebra hasta el tope y le dijo con serenidad pueblerina:
—Caliéntese al lado de la estufa y chúpese esa ginebra. Diga nomás lo que necesita.
Nacho era una persona de gruesa y maciza forma, cara roja como las manzanas rojas, ojos noblemente mercantiles, tan cadencioso como atento a sus asuntos y a los de los demás. La estufa donde invitó a Apoc a calentarse consistía en un gran tanque de hierro agujereado en forma rectangular en la parte inferior, donde se colocaban los troncos secos, con un caño incrustado en la parte superior que salía hacia afuera: el conjunto lucía fantástico con las leñas que crepitaban dentro del tanque. Todo invitaba a quedarse incondicionalmente sentado junto a la ventana, a pocos pasos de la estufa.
Apoc, junto a la ventana, observando el espectáculo majestuoso de árboles y cortinas de agua que danzaban bravíamente al compás de los truenos y el viento, se había hecho servir otro vaso de ginebra. Lo sostenía en la mano y bebía de vez en cuando, con la actitud de quien se dispone a pasar toda la noche —ya presente— sin moverse del lugar.
Los ochocientos metros de distancia hasta la hostería desde el local influyeron para que Nacho, sabiendo del barro y las lagunas que formaría la lluvia y que tendría que sortear su nuevo parroquiano, se dirigiera a él parca pero amistosamente:
—Oiga, amigazo, estos dos —y señaló con la cabeza a los que estaban terminando de tomar el vino— tienen el rancho cerca y van de a caballo, pero a usted no le va a ser fácil llegar al suyo. Quédese, nomás, mañana será otro día.
Don Apoc giró lentamente la cabeza hacia él y lo miró con satisfacción; le agradeció silenciosamente y se lo hizo saber:
—Muchas gracias, don Nacho, voy a tener que aceptar… seguro que se inundó el arroyo. Disculpe las molestias.
El arroyo no era más que una canaleta por la que pasaba siempre un poco de agua del río y se cubría de berros alrededor; hermosos y añejos sauces a los costados del camino acariciaban el agua suavemente. Cuando llovía un poco de más, el río aumentaba su caudal y entorpecía el paso desde la hostería hacia el pueblo, y viceversa.
Mientras tanto, los dos parroquianos se levantaron y se aprestaron a partir. Ambos dijeron a coro «Buenas y santas» a modo de saludo, y salieron.
Por la ventana, podía verse a los dos hombres subirse a los caballos, cobijados por el alero del boliche, y taparse con unas enormes capas de plástico. Emprendieron al trote el camino a sus casas; los animales respondían automáticamente las órdenes de sus amos, como habiendo esperado el momento de partir, sabiendo que para ellos también había llegado el tiempo de descansar.
Don Nacho enseñó a su nuevo amigo la puerta por donde se ingresaba al cuarto que le ofrecía, que lindaba con el almacén. Dentro, un catre de campaña con algunos edredones y una pequeña estufa a leña encendida, similar a la del boliche.
Apoc puso a secar sus ropas y se dispuso a dormir.
Con las primeras luces de la mañana, comenzaron a oírse los sonidos característicos del campo: la lejana y grave sonoridad de los mugidos, mezclados con el canto de gran variedad de pájaros; el galope de los caballos, acorde con el tintineo de las espuelas y los suaves roces de los cueros de las monturas. El ritmo de los cascos sonaba particularmente debido al barro y al agua dejados por la lluvia de la noche.
Apoc adivinaba, desde el cuarto sin ventanas, un hermoso día de sol sin equivocarse. Se levantó, se puso la ropa ya seca, cruzó la pulpería aún vacía y salió rumbo a su casa, pisando el barro distraídamente.
Allí lo estaban esperando los ancianos, que habían preparado mate y un poco de pan con mantequilla. Él se cambió las ropas, puso la campera de cuero sobre una silla, y el resto lo zambulló dentro de un tacho con agua. Sus acompañantes lo dejaron solo, salieron juntos fuera de la casa.
Apoc, sentado en la gran cocina, acompañado por el silencio y la nostalgia, reproduciendo recuerdos, comparando su realidad con la que podría haber sido y no fue, permaneció largo tiempo con los ojos dirigidos al infinito, como esperando una orden que no llegaba o una inspiración que le diera sentido a alguna acción. Disponía de mucho dinero que, por el momento, no estaba seguro de querer utilizar, así que tenía la necesidad, más que la voluntad, de hacer algo para sostenerse.
Volvió por la tarde a conversar con Nacho, que, por otra parte, le había caído en gracia. Hasta el momento de partir, se ocupó en abandonarse a la meditación.
Con las botas de goma embarradas, pero con ropa nueva y seca, ingresó al boliche.
—Buenas tardes, don Nacho. Vengo a agradecerle la gentileza de anoche. Le pido de nuevo que vea si puedo trabajar en algo para usted, o hacer algo en el pueblo para ganar algunos pesos.
—Buenas, don Apoc, ¿cómo durmió anoche?
—Bastante bien, gracias. De buenos apuros saca a uno ese cuartito.
Después de pasar el benigno invierno, trabajó para el pulpero sin que se produjeran novedades de particular interés, salvo las cotidianas anécdotas inocentemente pueblerinas. Los días comenzaron a entibiarse e invitaban a participar en actividades que no tuvieran como protagonistas principales las cocinas de hierro a leña de cada una de las casas. Fue así como, ya siendo un miembro activo de esa sociedad, jugaba al truco y a las bochas con nuevas amistades, las que, como todas las amistades hechas a una edad madura, entre juegos y charlas, intentaban descubrirse afinidades escondidas. Poco, en realidad, se sabía del viejo Apoc, lo cual alimentaba la curiosidad de quienes lo trataban cotidianamente y la fantasía de los demás.
Se llegó a saber que había hecho un trato con el dueño de la hostería, canjeando los trabajos de reparación por permiso para habitar en ella sin hacer usufructo comercial, lo cual había sido estipulado por contrato. Entonces, ¿qué interés especial podía tener para este hombre el vivir exactamente ahí? Esa pregunta se hizo el pulpero cuando escuchó, de boca del comisario (única autoridad del pueblo y despreocupado de los asuntos que no alteraran la tranquilidad de los habitantes, cosa que ocurría rara vez, cuando a algunos se les daba por tomarse una que otra copa de vino de más), una historia casi inventada, porque una parte de ella fue la que le informaron las personas influyentes que lo habían visitado.
El viejo, mientras tanto, continuaba sin demasiada prisa los trabajos en la propiedad y los de la pulpería, con lo que pagaba las provisiones, aparentemente sobrellevando la vida con tranquilidad, pero sin mostrar felicidad. En realidad, se lo notaba preocupado esporádicamente, se lo notaba también ausente.
Fue inevitable que lo interrogaran al respecto en uno de esos estados.
—Oiga, Apoc —le dijo su compañero de truco, don Juan, vecino suyo, dueño del rancho distante unos ciento cincuenta metros, cruzando el camino perpendicular al río—, ¿qué le anda pasando que lo noto tan serio y preocupado?... ¿No me va a decir que le tiene miedo a los Márquez? —Y rio en voz alta y respetuosamente para animarlo, pues estaban por jugar un partido de truco con esos dos hermanos y apostaban por los vinos.
Sonriendo, le contestó a su compañero, hombre de unos sesenta años, flaco y musculoso, con una cara fresca y rojiza que delataba su carácter franco, sencillo y acostumbrado a preocuparse solo del clima, que beneficiaba a veces y otras no las tareas del campo.
—No, don Juan, estos dos van a pagarnos el vino en un rato. Estaba pensando, mejor dicho, recordando cosas, nada más... a jugar se ha dicho, que se nos viene la noche. —Y rápidamente salió de su letargo.
Claro que quedaba pendiente una explicación algo más amplia para su compañero, que lo miró de forma fraternal y le dio una palmada amistosa en el hombro. ¡Cuántas cosas pueden decirse las personas sensibles sin pronunciar palabras! Y cuántas palabras son usadas por insensibles para aprovecharse de las personas sensibles. Entre la gente del pueblo, la vida transcurría como si no pertenecieran al mundo, que se debate entre codicias, mezquindades e intereses encontrados, en una puja constante por alcanzar ambiciones y logros personales no siempre coherentes con lo que, en realidad, depara el resultado final. En la ciudad de donde provenía el viejo Apoc, se cocinaban políticas que regirían los destinos de todos los habitantes del país, excepto casi la de estos, a quienes tenían sin cuidado las reglas cambiantes que se deseaban imponer para mejorar la convivencia. Aquí las reglas eran tan claras como tácitas y respetadas.
Pero a quien ha saboreado la vida en la ciudad, habiendo resignado parte de su existencia tratando de construir un remanso de paz dentro de ella, le resultará difícil olvidar la lucha. Entre fracasos y triunfos, de cierta forma se sentirá atrapado en algún momento. Es una cualidad y no un defecto luchar por un ideal, aun cuando las condiciones sean adversas y el éxito sea improbable. Hay que reconocer que saber de la existencia de lugares como aquel en el que se refugió don Apoc tranquiliza el espíritu de quienes, estando en la lucha ciudadana, saben o presienten que corren el riesgo de fracasar, pero son conscientes de que les queda la posibilidad de zambullirse en un lugar donde casi los fracasos no existen o no cuentan en forma definitiva para dar por finalizada la existencia.
Apoc no había llegado a ese lugar accidentalmente, las circunstancias hicieron que debiera buscar un refugio, para el sosiego del espíritu y por órdenes recibidas. Ya conocía cada porción del terreno, la hostería y los lugares mencionados en esta historia. En realidad, no había elegido este pueblo al azar, pues en su memoria, tanto como se graban en ella los acontecimientos y lugares en la primera infancia, no lo había olvidado.
El asunto es por qué. Y para qué viajar a ese lugar. En la ciudad había quedado la explicación de la decisión de Apoc.
Cuando muy joven, decidió vivir solo en la ciudad, puesto que sus padres tenían su casa en las afueras, a unos cuantos kilómetros del centro, y soportaban la existencia humildemente y sin aspiraciones mayores. Apoc comenzaba a recibir del destino su propia historia. Contaba entonces con algo que, en muchas ocasiones, es muy valioso para un joven brillante y con ambiciones, sobre todo cuando no se tienen compromisos sentimentales, y él no tenía nada.
El no tener que buscar lugar para dormir, por lo menos, le facilitó la tarea sin imaginarse cuánto. Se pudo permitir así deslizarse suavemente en el mundo que, a su juicio, le permitiría dar forma a sus fantasías. El lugar donde viviría en adelante, buscado con la debida anterioridad, estaba ubicado en el centro mismo de la ciudad, y lo transportaba imaginariamente a las más altas cumbres del éxito. Ya nada le resultaría imposible. Con el trabajo que ya tenía, pagaría el alquiler, y le sobraba dinero para sostenerse y algo más, pues sus costumbres no exigían mayores gastos.
Venido de adolecente del pueblo que describimos al comienzo, hoy mantenía en su memoria el lugar como quien necesita una imagen placentera que sea bálsamo del espíritu en las soledades. Recordar el pueblo, a sus afectos de niño lo reconfortaba inconscientemente.
En la ciudad, paseaba su figura por las calles con indolencia, observando lo ofrecido en las vidrieras. Cada una competía en ingenio para cautivar hasta al más distraído, despertando tentaciones ocultas en laberintos vírgenes del razonamiento. Se ocupaba de hacer mandados y trámites en una empresa fabricante de telas para la confección de ropa, tarea que lo llevaba a lugares bastante disímiles, aunque estrictamente comunes en esencia. Observando la cantidad de bienes y servicios que se mostraban al alcance de la mano, entendió rápidamente la necesidad de capacitarse, y lo hizo.
Darmowy fragment się skończył.