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EL CUORE
El tango es un sentimiento, según la magistral sentencia de Enrique Santos Discépolo. Este sentimiento no es otro que el de la vida, caracterizado por su carácter autoafectivo, ipseidado, es decir, radicalmente subjetivo.
Este libro explora las múltiples expresiones de la vida tanguera. Como en todo caso, esta vida se expresa en la liberación de sí, que ocurre en la cultura y, de modo privilegiado, en el arte. El autor va recorriendo las manifestaciones privilegiadas del género en la poética, la danza y la música. Nada de eso sería posible sin el encuentro de los vivientes en la vida y, por ende, en la comunidad de vivientes. Por eso esta narración al hilo del 2x4 concluye con la descripción detallada de los entornos sociales del tango donde, además de cantar y bailar, se conversa y, chamuyo mediante, se construye sociedad.
Quien haya saboreado algo de la triste alegría del tango porteño reconocerá en estas páginas su propia vida, en la cual encontrará, sin duda, a los otros. Quien no lo haya hecho podrá acceder allí al recuento de una experiencia que quizá –y este es el deseo del autor– quiera en un futuro cercano realizar por sí mismo. En todo caso, este libro propone un encuentro con la vida tanguera tal y como se experimenta en los barrios porteños.
Carlos Belvedere es filósofo y sociólogo. Se desempeña como investigador en el Conicet y como profesor en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de General Sarmiento. Se especializa en cuestiones de fenomenología y trabaja en el entrelazo de filosofía y ciencias sociales. Ha publicado numerosos trabajos sobre fenomenología social y sociología fenomenológica.
CARLOS BELVEDERE
EL CUORE
Una fenomenología del tango porteño

In memoriam Leónidas Lamborghini
Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
Agradecimientos
Sobre la procedencia de los textos
¡Esto es tango! (prólogo)
La experiencia de la vida Sobre las interpretaciones existencialistas de la poética discepoliana La filosofía de la vida Discépolo como filósofo de la vida La afectividad pura La neutralidad afectiva de la vida en la deconstrucción de Discépolo por Lamborghini La vida liberada
Un sentimiento que se baila La intencionalidad y el régimen de la representación Tres prejuicios milongueros Explicaciones y acciones El cuerpo y la técnica La enseñanza de la técnica como un ejercicio del olvido La música como expresión no mimética El encuentro con el otro fuera de las coordenadas espacio-temporales del mundo Ese dolor…
El ritmo en las venas La danza como forma de relación social precomunicativa La música como fenómeno inmanente, acósmico y no representativo La espacialización del tiempo interno y el movimiento Inmanencia y trascendencia (algunas cavilaciones) El abrazo de tango como articulación práctica del dualismo La constitución del cuerpo propio como fenómeno articulador Da capo Coda: la constitución del cuerpo propio por el otro en la “marca”
“La vida es una milonga” Un milonguero sentimental Qué significa ser miembro El bailarín consagrado El estatus de bailarín Este incompetente El eterno principiante Categorías nativas y categorías profesionales en la milonga La plétora de incompetentes Acerca del pleonasmo “miembros incompetentes” Competencias sociales y competencias especializadas en la milonga Las desventuras de un zurdo La consagración de los virtuosos Miembros con capacidades diferentes
El arte del chamuyo en las tanguerías de Almagro Chamuyo y estructura social Etnométodos de indagación de la estructura social en las tanguerías de Almagro Los etnométodos de indagación de la estructura social como medidas sintéticas Los etnométodos y la “sociología profesional” El carácter no representativo de la estructura social
El bobo (epílogo)
Referencias Tangos Bibliografía
Créditos
Agradecimientos
Le debo a Mario Lipsitz la idea de escribir una fenomenología del tango, aunque seguramente no habrá imaginado este resultado… Y a Tomás Calello, el impulso inicial de estas páginas, pues con su invitación a participar de la I Jornada de Tango e Identidad en la Región Metropolitana de Buenos Aires me puso a redactar las primeras descripciones fenomenológicas de esta pasión porteña.
Mi entera gratitud a Martín Oliver por introducirme en el fascinante mundo de las tanguerías de Almagro como un capítulo más de nuestra perdurable amistad. Vaya también un sentido recuerdo para Roberto y su “Boliche”, el Bar 12 de Octubre, así como mi admiración a Osvaldo Peredo y Agustín Ortega, quienes supieron hechizarlo con su manera simple y profunda de sentir el “tango sin lentejuelas”. También para Campamento Huno, donde me he sentido en casa ya antes de alcanzar allí mismo el mayor logro que un guitarrista de fonda pueda tener: tocar a cambio de un plato de comida. Y a esa otra casa de todos, que fue “Lo de Estelita” (y lo de Peluca). En estos y otros bajos fondos he compartido con Pablo Fayó la charla sin fatiga y el consejo oracular de la noche porteña.
Dedico este libro a mis dos amores, Marina y Amalia, cuyos ojitos indulgentes contemplo del otro lado del vidrio mientras escribo estas líneas.
Sobre la procedencia de los textos
Los textos reunidos aquí son revisiones, ampliaciones y reescrituras de trabajos previos que han sido reestructurados para conformarse a la estructura de conjunto propia de un libro. Distintos fragmentos de sus capítulos han aparecido en versiones preliminares presentadas en congresos y revistas especializadas, según se detalla a continuación.
Un adelanto de “La experiencia de la vida” fue leído en la I Jornada de Tango e Identidad en la Región Metropolitana de Buenos Aires, organizada por el Instituto del Conurbano de la Universidad Nacional de General Sarmiento el 11 de diciembre de 2009. “Un sentimiento que se baila” recoge en parte una ponencia presentada en el XXIII Encuentro Nacional de Fenomenología y Hermenéutica, que tuvo lugar en el Centro de Estudios Filosóficos Eugenio Pucciarelli de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires del 18 al 21 de septiembre de 2012. Ambos trabajos fueron resultado de investigaciones radicadas en el Instituto de Ciencias de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Revisados y ampliados, se publicaron como artículos en la revista Enfoques (año XXVII, número 1, otoño 2015, y año XXVI, número 2, primavera 2014). Se reeditan aquí con revisiones y agregados que hacen a la lógica conjunta del libro.
“El ritmo en las venas” se inicia con una caracterización de la fenomenología de la música en Alfred Schutz, que fue presentada en las II Jornadas Nacionales de Filosofía del Departamento de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (realizadas entre el 27 y el 29 de julio de 2016) bajo el título: “La experiencia musical como fenómeno interno en los manuscritos de Alfred Schutz”. Luego retoma fragmentos de “La constitución del cuerpo propio y la descripción de la carne en la crítica henriana a Merleau-Ponty”, publicado en la revista colombiana Universitas Philosophica (número 31/63, julio-diciembre 2014). Algunos conceptos contenidos en las páginas 122 a 128 y 131 a 137 fueron reformulados para integrar el mencionado capítulo.
Anticipos de “La vida es una milonga” fueron presentados, bajo el título “Why I cannot dance the Tango. Reflections of an incompetent member of the milongas porteñas”, en la reunión anual de la Society for Phenomenology and the Human Sciences, que tuvo lugar en la ciudad de Eugene (Estados Unidos) del 26 al 28 de octubre de 2013. La presentación fue posible gracias a una ayuda para viajes de la Fundación Williams. El trabajo fue ampliado y revisado para su publicación en Schutzian Research volumen 8, en el año 2016. La versión actual continúa aquellas consideraciones en dirección a una caracterización de los aspectos autóctonos de la vida milonguera en Buenos Aires.
Finalmente, “El arte del chaumuyo en las tanguerías de Almagro” es una reescritura de un artículo aparecido por primera vez en la Revista Argentina de Sociología, publicada por el Consejo de Profesionales en Sociología (año 8/9, número 15/16, año 2011). Este trabajo fue parte de una investigación financiada por el programa Ubacyt de la Universidad de Buenos Aires con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani. Para su inclusión en este volumen fue profundamente reformulado y ampliado. También se suprimieron consideraciones iniciales impertinentes por su carácter teórico general, que poco tenía que ver con las cosas mismas.
La publicación de este libro fue posible gracias a un subsidio del programa PICT/FONCYT/AGENCIA/MINCYT, radicado en la Universidad de Buenos Aires (PICT-2017-536).
¡Esto es tango! (prólogo)
Esta es una fenomenología del tango porteño1 hecha, como la composición de Federico y Expósito (1942), “al compás del corazón”; vale decir, del “cuore” –que es la forma lunfarda típica de nombrarlo (Conde, 2004)–. Es que ningún género popular le ha cantado al corazón con la intensidad del tango, que lo ha tomado como hipóstasis del sí mismo. Innumerables composiciones se dirigen a él como personificación de los propios sentimientos. Así, por ejemplo, el tango lo aconseja: “Corazón, no le hagas caso” (Pontier y Bahr, 1943), “no te dejes engrupir por su querer” (Schiammarella, 1926). El tango también lo alienta: “¡Vamos, corazón! / ¡Vamos otra vez! / ¡A intentar de nuevo la locura de vivir!” (Cosentino y Pierro, 2006). Sin embargo, ese consejo, ese aliento, el enunciatario no se lo da a nadie más que a sí mismo. El corazón es uno mismo –lo cual resulta flagrante en el mencionado tango de Pontier y Bahr (1943), que reiteradamente alterna con naturalidad entre la segunda persona del singular y la primera del plural–.2
La fenomenología del tango que aquí proponemos tendrá, entonces, como tema la subjetividad patética que allí se expresa; aquello que la fenomenología material ha puesto de manifiesto como lo más propio de la vida: su carácter autoafectivo. Buscaremos, así, describir la vida del tango. No se trata de interpretar su filosofía ni de transmitir una técnica, sino de algo más profundo: de expresar esa forma de vida tan singular que encuentra en la multifacética expresión del tango su propia liberación.
La vida es en cada caso un sentimiento ipseizado; por tanto, al hablar de ella, no podríamos referirnos (como lo hacen otros) ni a una “filosofía de vida” ni a una “ideología popular”, sino a la experiencia que de sí hacen las subjetividades únicas e insustituibles de quienes consuetudinariamente experimentan la afección singular del pathos sentimental de Buenos Aires –entre ellas, la del autor–.
No podría ser de otra manera, puesto que –según lo explicita la fenomenología material de Michel Henry– “la autoafección patética en que consiste la vida funda la ipseidad en que se arraiga la subjetividad del sujeto y su Yo” (Lipsitz, 2004: 48).
Esta autoafección se experimenta en la praxis de nuestro cuerpo y es allí donde “se determina e individualiza en y por esta autoafección como una experiencia singular e ipseizada. En breve, nuestro cuerpo es praxis determinada, singular e individual” (Henry, 2004c: 80).
No solo hay ipseidad en la experiencia viva del tango. También hay lo que la filosofía denomina “ecceidad”; a saber: la “estidad” o aquello que hace que algo sea esto –que sea este individuo singular y no otro– (véase “Haecceidad” en Ferrater Mora, 2009).
Como atinadamente lo ha expresado Merleau-Ponty (1999: 147), el cuerpo propio –del cual hablábamos recién al citar a Henry– ofrece “el misterio de un conjunto” signado por su ecceidad que emite “significaciones capaces de proporcionar su armazón a toda una serie de pensamientos y experiencias”.
Es precisamente esta ecceidad inevitable de todo fenómeno, con sus contingencias, lo que la etnometodología intenta retener (Garfinkel, 2002: 216). Su atención está puesta en la concretud de la sociedad ordinaria, en sus distintivos detalles vividos, que identifican de manera única y singular su ordenamiento, que es producido de manera endógena, explicable, e inevitable (Garfinkel, 2002: 67). Para ello, abandona toda vocación de teorizar abstracto, general, con su desprecio por los detalles y las particularidades intrínsecas del fenómeno en su irremediable ecceidad.
El tango recurrentemente indica su ecceidad de manera redoblada no solo en cuanto fenómeno singular, sino también, y, sobre todo, como experiencia singularmente identificada con ella. Decíamos que todo fenómeno tiene una irremediable ecceidad. Pero no toda experiencia fenoménica refiere explícita y voluntariamente a ella. El tango sí. Nos ha legado innumerables títulos que hacen foco en eso, tales como “Yo soy así” (Canaro, 1943) o “La canción de Buenos Aires”, cuyo estribillo reproduce insistentemente: “Este es el tango […]; este es el tango” (, Maizani y Romero, 1933).
Las especificaciones de esta naturaleza son, además, de carácter indexical; entendiendo por tal realizaciones contingentes y en curso de prácticas habilidosas organizadas de la vida cotidiana (Garfinkel, 1994: 11). Es decir que se trata de acciones prácticas encarnadas, particulares, localizadas, no necesarias, cuyo sentido está dado por su dependencia contextual y cuya expresión solo logrará precisión y encontrará su referencia justa “de acuerdo con dónde ocurrió, o exactamente dónde ocurrió, o exactamente dónde, en un in-vivo en desarrollo, en el trans-curso de un proyecto, o de una historia personal, de un interés personal, de una biografía mutua con otros, etcétera etcétera” (Garfinkel, 2002: 203; énfasis en el original). En breve, “las propiedades de las expresiones indexicales únicamente son atestiguables de manera local y endógena [… y] consisten en habilidades competentes vulgares de los practicantes” (113).
El carácter eminentemente indexical del ambiente tanguero se expresa en innumerables letras que apelan a un lenguaje indiciario o deíctico. Además de la recién citada composición de Cúfaro, Maizani y Romero (1933), donde se insiste con el pronombre demostrativo este, puede mencionarse el tango de Randal, Elías y Marvil (1942) que lleva en su mismo título un adverbio demostrativo: “Así se baila el tango”. Allí se abunda en expresiones indexicales, tal como se puede apreciar en el siguiente pasaje:
Aquí está la elegancia. ¡Qué pinta! ¡Qué silueta!
¡Qué porte! ¡Qué arrogancia! ¡Qué clase pa’ bailar!
Así se corta el césped mientras dibujo el ocho,
para estas filigranas yo soy como un pintor.
Ahora una corrida, una vuelta, una sentada…
¡Así se baila el tango, un tango de mi flor!
Aquí está la elegancia; vean qué porte; ahora una sentada; así se dibuja el ocho. Todo precisamente indicado (aquí, ahora, así), pero nada expresado en términos que tengan sentido fuera del entorno autóctono del cual participan, inmediata y evidentemente, emisor y receptor. Nada tiene sentido para quien no pertenezca ya al ambiente milonguero. Son, entonces, “expresiones indexicales” que no han sido traducidas (ni podrán serlo) a “expresiones objetivas”.
Precisamente de ello trata este libro. Si el lector se siente aún extraño, si lo dicho poco le dice, es el berretín del autor que al finalizar estas páginas (si es que eso ocurre) llegue a comprender, más allá de las palabras, el sentido inmanente de la experiencia singularísima que es el tango porteño. Ojalá la conversión de las expresiones objetivas que siguen nuevamente puedan verterse en expresiones indexicales, desandando el camino de la captación monotética, abstractiva y objetivante, en dirección al disfrute del sabor único de esta experiencia subjetiva y personal que, sin embargo, se comparte y se vive en común en las milongas y peñas de Buenos Aires.
1. Más precisamente, es un estudio de “fenomenología aplicada” en el sentido que tiene la expresión en el debate contemporáneo (Zahavi, 2009; Zahavi y Martiny, 2009a, 2009b).
2. Véase, por ejemplo, el siguiente fragmento: “¡Corazón no le hagas caso, / que aún se puede ser feliz! // Qué importa / si al fin de cuentas su desvío / nos mostró que no tenía, / ni franqueza, ni cariño” (Pontier y Bahr, 1943).
La experiencia de la vida
El tango es, sin duda, uno de los géneros musicales más anclados en el sentimiento. Entre sus poetas, nadie como Discépolo lo ha sabido describir en toda su pureza. Es la suya una lírica que bien puede caracterizarse como la hipérbole de la subjetividad.
Estas palabras parecerán cargadas de inquietudes filosóficas. Lo son, y con toda legitimidad, pues, tal como recuerda Gobelo (2012: 9), se dice que Discépolo es “un filósofo del tango”. De ese modo fue recibido por el público, por sus colegas y por los historiadores del género. Así, los poetas lunfardos Dante A. Linyera y Carlos de la Púa lo definieron como un autor “con filosofía”, y Julián Centeya se refirió a una de sus películas como si contuviera “filosofía en moneditas” (véase Galasso, 2004). Algo así como la fenomenología en la expresión de Husserl, según la cual ella opera con “moneda pequeña”.1 Asimismo, diversos estudios han sido pródigos en valoraciones filosóficas de la poética de Discépolo (Galasso, 2004; March, 2002; Dei, 2012; Lencina, 2004). Entre ellos, resulta destacable el trabajo de Cordero, quien considera que su obra es “un verdadero sistema filosófico” (Cordero, 2011: 38; énfasis en el original) por la coherencia de sus ideas. Asimismo, observa que el tango “Yira, yira” está estructurado “como si fuese un verdadero curso de filosofía” (45).
Sobre las interpretaciones existencialistas de la poética discepoliana
Si concediéramos que, según el consenso establecido, Discépolo es un filósofo del tango, deberíamos preguntarnos qué tipo de filósofo es. Ante todo, responderíamos con la expresión de Tania (recogida por Dei, 2012: 24) de que se trata de una “filosofía en zapatillas”. Pues bien, ¿qué significa esto?
Para la mayoría de las interpretaciones filosóficas de la poética de Discépolo, esto quiere decir que estamos ante una forma autóctona de existencialismo.2 Así, por ejemplo, Gustavo Varela considera que “sus canciones son una especie de manual de filosofía existencialista escrita en tono popular” (Varela, 2005: 154) porque “expresa en un lenguaje cotidiano el fondo profundo de cualquier existencia (Varela, 2005: 155). También Héctor Daniel Dei considera que en sus versos hay un “proyecto existencial” (Dei, 2012: 37) que, en tangos como Yira… yira, describe la marginalidad del hombre (51). Por su parte, Teresita Lencina (2004: 8) encuentra, en la atención que Discépolo les dispensa a “las verdades concretas e históricas del hombre” y en su “descripción como un ser contingente”, las “premisas” de una filosofía existencialista, particularmente en lo que respecta a las temáticas del amor y el mundo circundante –que la autora relaciona con lo que para Sartre son “el ser para otros” y “el ser para sí” respectivamente– (Lencina, 2004: 6). Se trataría, entonces, de “categorías básicas de filosofía existencialista, sustentadas fundamentalmente en Sartre y Heidegger”, las cuales atienden a la subjetividad del hombre “en tanto que individuo concreto” (6). Así es que Lencina encuentra en Discépolo “un análisis existencial” que refiere, entre otras temáticas, a la libertad y la angustia –concepto, este último, que “resume” los demás rasgos del existencialismo– (6). De este modo, argumenta lo siguiente:
[…] la categoría que mejor conjuga del existencialismo en la obra discepoliana es la angustia, concepto categórico de este pensamiento, en tanto es propia de la condición humana y es aprehensión reflexiva de sí mismo. En alguna medida la angustia resume los otros rasgos que hemos mencionado anteriormente, pues ella emerge de todos ellos. […] Tan importante es el concepto de angustia en el existencialismo que el propio Sartre dice que el existencialista suele declarar que el hombre es angustia. (Lencina, 2004: 6-7; énfasis en el original)
No por reiteradas las interpretaciones existencialistas de Discépolo han sido unánimemente aceptadas. Por ejemplo, Néstor Cordero ha salido al cruce de estas lecturas negando, de la manera más rotunda posible, que Discépolo tenga algo de existencialista:
Un tanguero llama “filosofía” a la experiencia de vida. A veces se confunde todo esto con existencialismo, sobre todo en Discépolo. Y Discépolo no tiene nada de existencialista. Era un filósofo cínico, aunque él no tuviera la menor idea de eso. El símbolo del cínico es el perro, que aparece en Yira, yira. Y cuando habló por radio, el personaje antiperonista se llamaba Mordisquito. Hay un texto de Terencio que dice: “Hoy fui al mercado. Estaban mezclados ladrones y doctores, prostitutas y médicos”. ¡Es Cambalache! (Cordero, 2010)
Cierto es que, tal como apunta Cordero, la experiencia de vida ha sido considerada por muchos tangueros como si se tratase de una filosofía existencialista. A nuestro entender, ese tipo de definiciones son incorrectas, entre otros motivos por superficiales, ya que no llegan a comprender el sentido profundo de los tangos de Discépolo.
A fin de discernirlos con mayor perspicacia, propondremos que hay en Discépolo un cartesianismo que supera en mucho la mera descripción de la existencia sombría de personajes desgarrados por la angustia, y que este cartesianismo se nutre de la afectividad de un modo más radical que la mirada meramente exterior de cualquier retratista.
El cartesianismo de Discépolo, que llega a una subjetividad fuera de toda intencionalidad, no solo supera al existencialismo sartreano, sino que también anticipa descripciones más atentas que vendrán años después.3 En breve, quisiera mostrar un Discépolo cercano a Michel Henry, argumentando que es la filosofía de la vida aquella que mejor expresa la experiencia que se patentiza en su poética y que le da su “unidad tonal” (Henry, 2004a: 365). Es precisamente la “gran carga afectiva” (Henry, 2004a: 318), el “peso” y la “potencialidad patológica particular” (Henry, 2004a: 319) de su obra lo que hacen de Discépolo un poeta de la vida, en tanto logra expresar esta “carne sufriente” que nos habla de sí misma y que es “el lenguaje de la vida real” (Henry, 2004a: 338).