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EL CUORE

El tango es un sentimiento, según la magistral sentencia de Enrique Santos Discépolo. Este sentimiento no es otro que el de la vida, caracterizado por su carácter autoafectivo, ipseidado, es decir, radicalmente subjetivo.

Este libro explora las múltiples expresiones de la vida tanguera. Como en todo caso, esta vida se expresa en la liberación de sí, que ocurre en la cultura y, de modo privilegiado, en el arte. El autor va recorriendo las manifestaciones privilegiadas del género en la poética, la danza y la música. Nada de eso sería posible sin el encuentro de los vivientes en la vida y, por ende, en la comunidad de vivientes. Por eso esta narración al hilo del 2x4 concluye con la descripción detallada de los entornos sociales del tango donde, además de cantar y bailar, se conversa y, chamuyo mediante, se construye sociedad.

Quien haya saboreado algo de la triste alegría del tango porteño reconocerá en estas páginas su propia vida, en la cual encontrará, sin duda, a los otros. Quien no lo haya hecho podrá acceder allí al recuento de una experiencia que quizá –y este es el deseo del autor– quiera en un futuro cercano realizar por sí mismo. En todo caso, este libro propone un encuentro con la vida tanguera tal y como se experimenta en los barrios porteños.

Carlos Belvedere es filósofo y sociólogo. Se desempeña como investigador en el Conicet y como profesor en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de General Sarmiento. Se especializa en cuestiones de fenomenología y trabaja en el entrelazo de filosofía y ciencias sociales. Ha publicado numerosos trabajos sobre fenomenología social y sociología fenomenológica.

CARLOS BELVEDERE

EL CUORE

Una fenomenología del tango porteño


In memoriam Leónidas Lamborghini

Índice

  Cubierta

  Acerca de este libro

  Portada

  Agradecimientos

  Sobre la procedencia de los textos

  ¡Esto es tango! (prólogo)

  La experiencia de la vida Sobre las interpretaciones existencialistas de la poética discepoliana La filosofía de la vida Discépolo como filósofo de la vida La afectividad pura La neutralidad afectiva de la vida en la deconstrucción de Discépolo por Lamborghini La vida liberada

  Un sentimiento que se baila La intencionalidad y el régimen de la representación Tres prejuicios milongueros Explicaciones y acciones El cuerpo y la técnica La enseñanza de la técnica como un ejercicio del olvido La música como expresión no mimética El encuentro con el otro fuera de las coordenadas espacio-temporales del mundo Ese dolor…

  El ritmo en las venas La danza como forma de relación social precomunicativa La música como fenómeno inmanente, acósmico y no representativo La espacialización del tiempo interno y el movimiento Inmanencia y trascendencia (algunas cavilaciones) El abrazo de tango como articulación práctica del dualismo La constitución del cuerpo propio como fenómeno articulador Da capo Coda: la constitución del cuerpo propio por el otro en la “marca”

  “La vida es una milonga” Un milonguero sentimental Qué significa ser miembro El bailarín consagrado El estatus de bailarín Este incompetente El eterno principiante Categorías nativas y categorías profesionales en la milonga La plétora de incompetentes Acerca del pleonasmo “miembros incompetentes” Competencias sociales y competencias especializadas en la milonga Las desventuras de un zurdo La consagración de los virtuosos Miembros con capacidades diferentes

  El arte del chamuyo en las tanguerías de Almagro Chamuyo y estructura social Etnométodos de indagación de la estructura social en las tanguerías de Almagro Los etnométodos de indagación de la estructura social como medidas sintéticas Los etnométodos y la “sociología profesional” El carácter no representativo de la estructura social

  El bobo (epílogo)

  Referencias Tangos Bibliografía

  Créditos

Agradecimientos

Le debo a Mario Lipsitz la idea de escribir una fenomenología del tango, aunque seguramente no habrá imaginado este resultado… Y a Tomás Calello, el impulso inicial de estas páginas, pues con su invitación a participar de la I Jornada de Tango e Identidad en la Región Metropolitana de Buenos Aires me puso a redactar las primeras descripciones fenomenológicas de esta pasión porteña.

Mi entera gratitud a Martín Oliver por introducirme en el fascinante mundo de las tanguerías de Almagro como un capítulo más de nuestra perdurable amistad. Vaya también un sentido recuerdo para Roberto y su “Boliche”, el Bar 12 de Octubre, así como mi admiración a Osvaldo Peredo y Agustín Ortega, quienes supieron hechizarlo con su manera simple y profunda de sentir el “tango sin lentejuelas”. También para Campamento Huno, donde me he sentido en casa ya antes de alcanzar allí mismo el mayor logro que un guitarrista de fonda pueda tener: tocar a cambio de un plato de comida. Y a esa otra casa de todos, que fue “Lo de Estelita” (y lo de Peluca). En estos y otros bajos fondos he compartido con Pablo Fayó la charla sin fatiga y el consejo oracular de la noche porteña.

Dedico este libro a mis dos amores, Marina y Amalia, cuyos ojitos indulgentes contemplo del otro lado del vidrio mientras escribo estas líneas.

Sobre la procedencia de los textos

Los textos reunidos aquí son revisiones, ampliaciones y reescrituras de trabajos previos que han sido reestructurados para conformarse a la estructura de conjunto propia de un libro. Distintos fragmentos de sus capítulos han aparecido en versiones preliminares presentadas en congresos y revistas especializadas, según se detalla a continuación.

Un adelanto de “La experiencia de la vida” fue leído en la I Jornada de Tango e Identidad en la Región Metropolitana de Buenos Aires, organizada por el Instituto del Conurbano de la Universidad Nacional de General Sarmiento el 11 de diciembre de 2009. “Un sentimiento que se baila” recoge en parte una ponencia presentada en el XXIII Encuentro Nacional de Fenomenología y Hermenéutica, que tuvo lugar en el Centro de Estudios Filosóficos Eugenio Pucciarelli de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires del 18 al 21 de septiembre de 2012. Ambos trabajos fueron resultado de investigaciones radicadas en el Instituto de Ciencias de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Revisados y ampliados, se publicaron como artículos en la revista Enfoques (año XXVII, número 1, otoño 2015, y año XXVI, número 2, primavera 2014). Se reeditan aquí con revisiones y agregados que hacen a la lógica conjunta del libro.

“El ritmo en las venas” se inicia con una caracterización de la fenomenología de la música en Alfred Schutz, que fue presentada en las II Jornadas Nacionales de Filosofía del Departamento de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (realizadas entre el 27 y el 29 de julio de 2016) bajo el título: “La experiencia musical como fenómeno interno en los manuscritos de Alfred Schutz”. Luego retoma fragmentos de “La constitución del cuerpo propio y la descripción de la carne en la crítica henriana a Merleau-Ponty”, publicado en la revista colombiana Universitas Philosophica (número 31/63, julio-diciembre 2014). Algunos conceptos contenidos en las páginas 122 a 128 y 131 a 137 fueron reformulados para integrar el mencionado capítulo.

Anticipos de “La vida es una milonga” fueron presentados, bajo el título “Why I cannot dance the Tango. Reflections of an incompetent member of the milongas porteñas”, en la reunión anual de la Society for Phenomenology and the Human Sciences, que tuvo lugar en la ciudad de Eugene (Estados Unidos) del 26 al 28 de octubre de 2013. La presentación fue posible gracias a una ayuda para viajes de la Fundación Williams. El trabajo fue ampliado y revisado para su publicación en Schutzian Research volumen 8, en el año 2016. La versión actual continúa aquellas consideraciones en dirección a una caracterización de los aspectos autóctonos de la vida milonguera en Buenos Aires.

Finalmente, “El arte del chaumuyo en las tanguerías de Almagro” es una reescritura de un artículo aparecido por primera vez en la Revista Argentina de Sociología, publicada por el Consejo de Profesionales en Sociología (año 8/9, número 15/16, año 2011). Este trabajo fue parte de una investigación financiada por el programa Ubacyt de la Universidad de Buenos Aires con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani. Para su inclusión en este volumen fue profundamente reformulado y ampliado. También se suprimieron consideraciones iniciales impertinentes por su carácter teórico general, que poco tenía que ver con las cosas mismas.

La publicación de este libro fue posible gracias a un subsidio del programa PICT/FONCYT/AGENCIA/MINCYT, radicado en la Universidad de Buenos Aires (PICT-2017-536).

¡Esto es tango! (prólogo)

Esta es una fenomenología del tango porteño1 hecha, como la composición de Federico y Expósito (1942), “al compás del corazón”; vale decir, del “cuore” –que es la forma lunfarda típica de nombrarlo (Conde, 2004)–. Es que ningún género popular le ha cantado al corazón con la intensidad del tango, que lo ha tomado como hipóstasis del sí mismo. Innumerables composiciones se dirigen a él como personificación de los propios sentimientos. Así, por ejemplo, el tango lo aconseja: “Corazón, no le hagas caso” (Pontier y Bahr, 1943), “no te dejes engrupir por su querer” (Schiammarella, 1926). El tango también lo alienta: “¡Vamos, corazón! / ¡Vamos otra vez! / ¡A intentar de nuevo la locura de vivir!” (Cosentino y Pierro, 2006). Sin embargo, ese consejo, ese aliento, el enunciatario no se lo da a nadie más que a sí mismo. El corazón es uno mismo –lo cual resulta flagrante en el mencionado tango de Pontier y Bahr (1943), que reiteradamente alterna con naturalidad entre la segunda persona del singular y la primera del plural–.2

La fenomenología del tango que aquí proponemos tendrá, entonces, como tema la subjetividad patética que allí se expresa; aquello que la fenomenología material ha puesto de manifiesto como lo más propio de la vida: su carácter autoafectivo. Buscaremos, así, describir la vida del tango. No se trata de interpretar su filosofía ni de transmitir una técnica, sino de algo más profundo: de expresar esa forma de vida tan singular que encuentra en la multifacética expresión del tango su propia liberación.

La vida es en cada caso un sentimiento ipseizado; por tanto, al hablar de ella, no podríamos referirnos (como lo hacen otros) ni a una “filosofía de vida” ni a una “ideología popular”, sino a la experiencia que de sí hacen las subjetividades únicas e insustituibles de quienes consuetudinariamente experimentan la afección singular del pathos sentimental de Buenos Aires –entre ellas, la del autor–.

No podría ser de otra manera, puesto que –según lo explicita la fenomenología material de Michel Henry– “la autoafección patética en que consiste la vida funda la ipseidad en que se arraiga la subjetividad del sujeto y su Yo” (Lipsitz, 2004: 48).

Esta autoafección se experimenta en la praxis de nuestro cuerpo y es allí donde “se determina e individualiza en y por esta autoafección como una experiencia singular e ipseizada. En breve, nuestro cuerpo es praxis determinada, singular e individual” (Henry, 2004c: 80).

No solo hay ipseidad en la experiencia viva del tango. También hay lo que la filosofía denomina “ecceidad”; a saber: la “estidad” o aquello que hace que algo sea esto –que sea este individuo singular y no otro– (véase “Haecceidad” en Ferrater Mora, 2009).

Como atinadamente lo ha expresado Merleau-Ponty (1999: 147), el cuerpo propio –del cual hablábamos recién al citar a Henry– ofrece “el misterio de un conjunto” signado por su ecceidad que emite “significaciones capaces de proporcionar su armazón a toda una serie de pensamientos y experiencias”.

Es precisamente esta ecceidad inevitable de todo fenómeno, con sus contingencias, lo que la etnometodología intenta retener (Garfinkel, 2002: 216). Su atención está puesta en la concretud de la sociedad ordinaria, en sus distintivos detalles vividos, que identifican de manera única y singular su ordenamiento, que es producido de manera endógena, explicable, e inevitable (Garfinkel, 2002: 67). Para ello, abandona toda vocación de teorizar abstracto, general, con su desprecio por los detalles y las particularidades intrínsecas del fenómeno en su irremediable ecceidad.

El tango recurrentemente indica su ecceidad de manera redoblada no solo en cuanto fenómeno singular, sino también, y, sobre todo, como experiencia singularmente identificada con ella. Decíamos que todo fenómeno tiene una irremediable ecceidad. Pero no toda experiencia fenoménica refiere explícita y voluntariamente a ella. El tango sí. Nos ha legado innumerables títulos que hacen foco en eso, tales como “Yo soy así” (Canaro, 1943) o “La canción de Buenos Aires”, cuyo estribillo reproduce insistentemente: “Este es el tango […]; este es el tango” (, Maizani y Romero, 1933).

Las especificaciones de esta naturaleza son, además, de carácter indexical; entendiendo por tal realizaciones contingentes y en curso de prácticas habilidosas organizadas de la vida cotidiana (Garfinkel, 1994: 11). Es decir que se trata de acciones prácticas encarnadas, particulares, localizadas, no necesarias, cuyo sentido está dado por su dependencia contextual y cuya expresión solo logrará precisión y encontrará su referencia justa “de acuerdo con dónde ocurrió, o exactamente dónde ocurrió, o exactamente dónde, en un in-vivo en desarrollo, en el trans-curso de un proyecto, o de una historia personal, de un interés personal, de una biografía mutua con otros, etcétera etcétera” (Garfinkel, 2002: 203; énfasis en el original). En breve, “las propiedades de las expresiones indexicales únicamente son atestiguables de manera local y endógena [… y] consisten en habilidades competentes vulgares de los practicantes” (113).

El carácter eminentemente indexical del ambiente tanguero se expresa en innumerables letras que apelan a un lenguaje indiciario o deíctico. Además de la recién citada composición de Cúfaro, Maizani y Romero (1933), donde se insiste con el pronombre demostrativo este, puede mencionarse el tango de Randal, Elías y Marvil (1942) que lleva en su mismo título un adverbio demostrativo: “Así se baila el tango”. Allí se abunda en expresiones indexicales, tal como se puede apreciar en el siguiente pasaje:

Aquí está la elegancia. ¡Qué pinta! ¡Qué silueta!

¡Qué porte! ¡Qué arrogancia! ¡Qué clase pa’ bailar!

Así se corta el césped mientras dibujo el ocho,

para estas filigranas yo soy como un pintor.

Ahora una corrida, una vuelta, una sentada…

¡Así se baila el tango, un tango de mi flor!

Aquí está la elegancia; vean qué porte; ahora una sentada; así se dibuja el ocho. Todo precisamente indicado (aquí, ahora, así), pero nada expresado en términos que tengan sentido fuera del entorno autóctono del cual participan, inmediata y evidentemente, emisor y receptor. Nada tiene sentido para quien no pertenezca ya al ambiente milonguero. Son, entonces, “expresiones indexicales” que no han sido traducidas (ni podrán serlo) a “expresiones objetivas”.

Precisamente de ello trata este libro. Si el lector se siente aún extraño, si lo dicho poco le dice, es el berretín del autor que al finalizar estas páginas (si es que eso ocurre) llegue a comprender, más allá de las palabras, el sentido inmanente de la experiencia singularísima que es el tango porteño. Ojalá la conversión de las expresiones objetivas que siguen nuevamente puedan verterse en expresiones indexicales, desandando el camino de la captación monotética, abstractiva y objetivante, en dirección al disfrute del sabor único de esta experiencia subjetiva y personal que, sin embargo, se comparte y se vive en común en las milongas y peñas de Buenos Aires.

1. Más precisamente, es un estudio de “fenomenología aplicada” en el sentido que tiene la expresión en el debate contemporáneo (Zahavi, 2009; Zahavi y Martiny, 2009a, 2009b).

2. Véase, por ejemplo, el siguiente fragmento: “¡Corazón no le hagas caso, / que aún se puede ser feliz! // Qué importa / si al fin de cuentas su desvío / nos mostró que no tenía, / ni franqueza, ni cariño” (Pontier y Bahr, 1943).

La experiencia de la vida

El tango es, sin duda, uno de los géneros musicales más anclados en el sentimiento. Entre sus poetas, nadie como Discépolo lo ha sabido describir en toda su pureza. Es la suya una lírica que bien puede caracterizarse como la hipérbole de la subjetividad.

Estas palabras parecerán cargadas de inquietudes filosóficas. Lo son, y con toda legitimidad, pues, tal como recuerda Gobelo (2012: 9), se dice que Discépolo es “un filósofo del tango”. De ese modo fue recibido por el público, por sus colegas y por los historiadores del género. Así, los poetas lunfardos Dante A. Linyera y Carlos de la Púa lo definieron como un autor “con filosofía”, y Julián Centeya se refirió a una de sus películas como si contuviera “filosofía en moneditas” (véase Galasso, 2004). Algo así como la fenomenología en la expresión de Husserl, según la cual ella opera con “moneda pequeña”.1 Asimismo, diversos estudios han sido pródigos en valoraciones filosóficas de la poética de Discépolo (Galasso, 2004; March, 2002; Dei, 2012; Lencina, 2004). Entre ellos, resulta destacable el trabajo de Cordero, quien considera que su obra es “un verdadero sistema filosófico” (Cordero, 2011: 38; énfasis en el original) por la coherencia de sus ideas. Asimismo, observa que el tango “Yira, yira” está estructurado “como si fuese un verdadero curso de filosofía” (45).

Sobre las interpretaciones existencialistas de la poética discepoliana

Si concediéramos que, según el consenso establecido, Discépolo es un filósofo del tango, deberíamos preguntarnos qué tipo de filósofo es. Ante todo, responderíamos con la expresión de Tania (recogida por Dei, 2012: 24) de que se trata de una “filosofía en zapatillas”. Pues bien, ¿qué significa esto?

Para la mayoría de las interpretaciones filosóficas de la poética de Discépolo, esto quiere decir que estamos ante una forma autóctona de existencialismo.2 Así, por ejemplo, Gustavo Varela considera que “sus canciones son una especie de manual de filosofía existencialista escrita en tono popular” (Varela, 2005: 154) porque “expresa en un lenguaje cotidiano el fondo profundo de cualquier existencia (Varela, 2005: 155). También Héctor Daniel Dei considera que en sus versos hay un “proyecto existencial” (Dei, 2012: 37) que, en tangos como Yira… yira, describe la marginalidad del hombre (51). Por su parte, Teresita Lencina (2004: 8) encuentra, en la atención que Discépolo les dispensa a “las verdades concretas e históricas del hombre” y en su “descripción como un ser contingente”, las “premisas” de una filosofía existencialista, particularmente en lo que respecta a las temáticas del amor y el mundo circundante –que la autora relaciona con lo que para Sartre son “el ser para otros” y “el ser para sí” respectivamente– (Lencina, 2004: 6). Se trataría, entonces, de “categorías básicas de filosofía existencialista, sustentadas fundamentalmente en Sartre y Heidegger”, las cuales atienden a la subjetividad del hombre “en tanto que individuo concreto” (6). Así es que Lencina encuentra en Discépolo “un análisis existencial” que refiere, entre otras temáticas, a la libertad y la angustia –concepto, este último, que “resume” los demás rasgos del existencialismo– (6). De este modo, argumenta lo siguiente:

[…] la categoría que mejor conjuga del existencialismo en la obra discepoliana es la angustia, concepto categórico de este pensamiento, en tanto es propia de la condición humana y es aprehensión reflexiva de sí mismo. En alguna medida la angustia resume los otros rasgos que hemos mencionado anteriormente, pues ella emerge de todos ellos. […] Tan importante es el concepto de angustia en el existencialismo que el propio Sartre dice que el existencialista suele declarar que el hombre es angustia. (Lencina, 2004: 6-7; énfasis en el original)

No por reiteradas las interpretaciones existencialistas de Discépolo han sido unánimemente aceptadas. Por ejemplo, Néstor Cordero ha salido al cruce de estas lecturas negando, de la manera más rotunda posible, que Discépolo tenga algo de existencialista:

Un tanguero llama “filosofía” a la experiencia de vida. A veces se confunde todo esto con existencialismo, sobre todo en Discépolo. Y Discépolo no tiene nada de existencialista. Era un filósofo cínico, aunque él no tuviera la menor idea de eso. El símbolo del cínico es el perro, que aparece en Yira, yira. Y cuando habló por radio, el personaje antiperonista se llamaba Mordisquito. Hay un texto de Terencio que dice: “Hoy fui al mercado. Estaban mezclados ladrones y doctores, prostitutas y médicos”. ¡Es Cambalache! (Cordero, 2010)

Cierto es que, tal como apunta Cordero, la experiencia de vida ha sido considerada por muchos tangueros como si se tratase de una filosofía existencialista. A nuestro entender, ese tipo de definiciones son incorrectas, entre otros motivos por superficiales, ya que no llegan a comprender el sentido profundo de los tangos de Discépolo.

A fin de discernirlos con mayor perspicacia, propondremos que hay en Discépolo un cartesianismo que supera en mucho la mera descripción de la existencia sombría de personajes desgarrados por la angustia, y que este cartesianismo se nutre de la afectividad de un modo más radical que la mirada meramente exterior de cualquier retratista.

El cartesianismo de Discépolo, que llega a una subjetividad fuera de toda intencionalidad, no solo supera al existencialismo sartreano, sino que también anticipa descripciones más atentas que vendrán años después.3 En breve, quisiera mostrar un Discépolo cercano a Michel Henry, argumentando que es la filosofía de la vida aquella que mejor expresa la experiencia que se patentiza en su poética y que le da su “unidad tonal” (Henry, 2004a: 365). Es precisamente la “gran carga afectiva” (Henry, 2004a: 318), el “peso” y la “potencialidad patológica particular” (Henry, 2004a: 319) de su obra lo que hacen de Discépolo un poeta de la vida, en tanto logra expresar esta “carne sufriente” que nos habla de sí misma y que es “el lenguaje de la vida real” (Henry, 2004a: 338).

La filosofía de la vida

De manera breve y sin pretender hacer una presentación exhaustiva, introduciré algunos aspectos de la fenomenología de la vida particularmente significativos a la hora de encarar una lectura de la significación profunda de la poética discepoliana.

Desde la perspectiva de Henry, la vida es sentimiento de sí, y su esencia es una revelación inmanente originaria:4

La vida se siente, se experimenta a sí misma. No es que sea algo que además dispone de la propiedad de sentirse a sí misma, sino que es esta su esencia: la pura experiencia de sí, el hecho de sentirse a sí misma. La esencia de la vida reside en la autoafección. (Henry, 2010: 27)

Que la vida se sienta y se experimente a sí misma sin mediación significa que “es, en su esencia, afectividad” y que ella se efectúa “en la efectividad del sentimiento” (Henry, 2010: 28).

Por su carácter autoafectivo, la vida es siempre un sí mismo; es decir, encuentra su esencia en la ipseidad comprendida como el hecho “de sentirse a sí mismo, [como] la identidad del afectante y del afectado” (Henry, 2010: 29). Es, entonces, “este ser-sí mismo en la afectividad y por ella” lo que “pone a cada vida en relación consigo misma y hace que ella sea la vida, oponiéndola, al mismo tiempo, a cualquier otra en el sufrimiento absoluto de su individualidad radical” (30).

Esta experiencia que de sí misma hace la vida “en la inmanencia radical de su autoafección” es, esencialmente, “pasiva respecto de sí” (Henry, 2010: 30). Está ligada a sí misma y “es incapaz de romper ese lazo” para distanciarse de sí. Precisamente, se caracteriza por

[…] la imposibilidad de escapar de sí, de preparar detrás de sí una posición de repliegue a la que le fuese posible retirarse, sustraerse de su propio ser y de lo que este pudiera tener de opresivo. En tanto la vida está acorralada contra sí misma en la pasividad insuperable de esta experiencia de sí que no puede interrumpirse, es un sufrir, el “sufrirse a sí misma” en y por el cual está irremediablemente entregada a sí misma para ser lo que es. (Henry, 2010: 30-31)

Precisamente en “ese «sufrirse a sí misma» y en su sufrimiento” la vida se siente y “es dada a sí en la adherencia perfecta del ser engarzado en sí mismo; se llena de su contenido propio” (Henry, 2010: 31). Sin embargo, esta experiencia no necesariamente es dichosa, pues la afectividad se caracteriza por una “dicotomía fundamental” según la cual se opera en ella, espontáneamente, “una partición” entre nuestros afectos “según su tonalidad, considerada positiva y agradable, o negativa y desagradable” (Henry, 2010: 31). Esta dicotomía, que “se enraíza en la esencia de la vida y viene a expresarla”, hace que el curso de nuestra vida esté signado por “la posibilidad del paso de todos nuestros afectos, de unos a otros” (31), sin que necesariamente responda a algo trascendente:

La alegría sucede a la pena no solo porque un suceso favorable suceda en el mundo a un suceso desfavorable, sino, ante todo, porque la alegría puede suceder a la pena. Y esta posibilidad del paso de la pena a la alegría es igualmente su común posibilidad, la esencia de la que ambas derivan. (Henry, 2010: 31)

Ahora bien, ¿de dónde surge esa posibilidad esencial? Henry nos lo dice: “El paso del sufrimiento a la alegría nos coloca frente a la realidad del tiempo” (Henry, 2010: 31). Es el ritmo de la vida en su venir a sí misma lo que se revela en este incesante pasaje de una modalidad afectiva a otra. No es, sin embargo, el tiempo extático del que hablaba Husserl.

Henry cuestiona la validez de la descripción husserliana del tiempo fenomenológico argumentando que hay “una discontinuidad radical” entre el instante actual y el pasado (Henry, 2004a: 54-55). Lo que traiciona el análisis husserliano del tiempo fenomenológico es que la primera fase del flujo retiene la impresión en la conciencia y le da un carácter pasado, donde no queda impresión, sino tan solo algo que ya no es. La retención, entonces, no contiene nada real. Solo el presente constituye el ser, mientras que la retención es una irrealidad; lo mismo que la protención: ambas son representaciones imaginarias. De modo que “el proceso de temporalización es un proceso de irrealización, así como la recaída retencional constante en el pasado significa una irrealidad en relación con ser” que convierte en nada al flujo de mi representación (Henry, 2004a: 55, 59).

Por eso –si bien para Husserl “la conciencia interna del tiempo con su triple estructuración protencional, actual y retencional es el modo de donación originaria según el cual se nos da todo lo que nos es dado” y, por lo tanto, es “la condición que hace posible todo ser para nosotros”–, preciso es admitir que “no se presenta ella misma en la apertura de este campo temporal de tres dimensiones” (Henry, 2004a: 58); con lo cual “el movimiento de temporalización es el de una irrealización” porque “no puede afectar la realidad de la vida en sí misma” (60). En otras palabras, la descripción husserliana del tiempo es incapaz de alcanzar lo único real en él, que es el presente viviente –o, lisa y llanamente, la vida–. Ella permanece más allá, o más acá, de la estructura unitaria del triple éxtasis del tiempo husserliano en que supuestamente ocurre la donación extática de la impresión y su presentación en la conciencia originaria del ahora (a la cual se agrega la retención y la protención) y que se fenomeniza en la conciencia íntima del tiempo mediante la constitución fenomenal de las fases de su flujo, que ni siquiera tienen una relación esencial entre sí (Henry, 1990: 43-45).

Más allá de este tiempo constituido está –como su condición real, inaparente, fuera de la luz propia de la fenomenalidad griega– la autodonación en que el ahora es dado como impresión, como realidad subjetiva original, de la cual la fenomenología intencional no tiene nada que decir (Henry, 1990: 46). Esa autodonación en que la vida se nos da en un “excedente de emoción”, en su movimiento autoimpresional incesante, como “el presente viviente” (Henry, 2004a: 60), ha quedado fuera del análisis husserliano porque sería destruida en el “fuera de sí” de la exterioridad pura. Allí, donde se descompone en sus distintas fases –cada una de las cuales se “desliza” hacia un pasado cada vez más distante, dado a la intencionalidad en la retención–, en ese deslizamiento de la impresión fuera de sí en su temporalización originaria como flujo de conciencia, en ese distanciamiento de sí, la impresión es destruida como tal: deja de ser una impresión vivida, real, y es sustituida por una fase ya pasada, sin ninguna actualidad ni realidad, sin presencia efectiva (Henry, 2000: 75-76). Es que el flujo de conciencia –cuya forma es la síntesis de tres intencionalidades (la protención, la conciencia del ahora, y la retención) y que constituye la estructura a priori de todo flujo posible– es un flujo meramente formal, vacío, e incapaz de producir su contenido impresional; en consecuencia, es irreal, pues la única realidad del tiempo es la impresión, que jamás se muestra (Henry, 2000: 79). El flujo de conciencia husserliano, entonces, tiene un carácter alucinatorio, pues hace renacer a cada instante la realidad impresional que nihiliza, la cual viene a morir en el ék-stasis del tiempo que la separa de sí misma (Henry, 2000: 80).

Para la fenomenología de la vida, en cambio, el tiempo no puede ser pensado bajo la forma de la representación propia de la irrealidad noemática, sino que debe ser revelado en y desde la autoafección, a la cual solo la fenomenología material puede acceder. La impresión no encuentra su lugar en la irrealidad del tiempo husserliano, donde la subjetividad originaria no puede aparecer, sino “totalmente fuera del dimensional extático –en este otro lugar radical que soy yo–” (Henry, 1990: 46). La donación extática de la impresión en la conciencia interna del tiempo, según la descripción husserliana, sustituye ilegítimamente a la autodonación de la impresión en la impresionalidad. Así, la cuestión de la impresión se pierde de vista, y es trasvestido su ser originario en un ser constituido; lo cual implica una profunda falsificación consistente en insertar la estructura de la temporalidad extática en la impresión misma con la finalidad de definir su esencia por esa estructura que le resulta extraña (Henry, 1990: 49-50).

Por el contrario, este tiempo inmanente sobre el cual nos llama la atención Henry es el de la subjetividad acósmica, interior e invisible que somos, en cada caso, nosotros mismos, y que se revela a sí en la inmanencia radical, es decir, fuera del mundo y de la visibilidad, en ese abrazo patético que la vida se da a sí misma, sin distancia ni horizontes, pues –según lo muestra Henry– “escapa por principio a toda intencionalidad concebible” (Herny, 1990: 169). Así, la sustancia fenomenológica de la vida es irreductible a la del mundo y su estructura (170).

Fuera del mundo, la vida es “la autoafección,5 la autoimpresión, el sufrir primitivo” en que se siente “acorralada contra sí misma, aplastada contra sí, agobiada por su propio peso –la vida autoafectándose a sí misma no como el mundo la afecta” (Henry, 1990: 174), sino como ella misma se afecta; a saber, como “afección endógena, interna, constante”, incapaz de sustraerse a sí misma (175). La vida, entonces, “es la subjetividad absoluta en tanto que se experimenta a sí misma y no es otra cosa que eso: el puro hecho de experimentarse a sí mismo inmediatamente y sin distancia” (161).

En tanto subjetividad absoluta indiferenciada consigo misma (Henry, 1990: 173), la vida en su afectividad es la certeza.

Dado que la afectividad se escenifica en un ámbito de inmanencia radical donde ser es idénticamente aparecer, nada de ella queda fuera de ella. Por este motivo, es imposible equivocarse en el sentir: el error proviene de las diversas y contrapuestas interpretaciones que apuntan exteriormente al sentir. (Lipsitz, 2004: 40)

En efecto, ni la ilusión ni el error pueden hallarse en el sentimiento, sino que se encuentran siempre en la interpretación que el pensamiento elucubra acerca de él. Por eso, los supuestos “sentimientos falsos o ilusiones” son, en realidad, “sentimientos mal comprendidos” (Henry, 2003: 710); y no porque pudiera haber una comprensión adecuada de ellos, sino porque toda forma de comprensión o razón les es por naturaleza ajena: la realidad del sentimiento es completamente extraña a toda forma de comprensión (Henry, 2003: 709).

Discépolo como filósofo de la vida

Ciertamente, la poética discepoliana tiene ribetes filosóficos. En lo que sigue, trataré de mostrar –tal como propuse al principio– que ellos no son única ni primordialmente los del existencialismo, con el cual se lo ha vinculado tantas veces, sino, ante todo, los de la fenomenología de la vida que acabo de presentar –pues, como el mismo Discépolo dijo, la filosofía que campea sus tangos la aprendió “en la vida” (citado por Dei, 2012: 32)–.

Si, como nos muestra Henry, la vida es en esencia afectividad, nadie en el tango ha sabido describirla mejor que Discépolo. Su poética y los personajes que ella presenta son afectividad pura, caracterizados por sus sentimientos y no por las razones siempre tambaleantes que circunstancialmente invocan.

Como se ha visto recién, que la vida sea afectividad también significa que es esencialmente pasiva respecto de sí. De esto, Discépolo ha hecho un sello autoral y no solo una característica de sus personajes que, desde la impotencia, confiesan que no pueden ser más ni distintos de lo que son. Discépolo narrador, antes que sus personajes, es quien resulta víctima de una fidelidad involuntaria a sí mismo, aferrándose a su dolor y a su alegría como a su propio ser, con la honestidad brutal de quien no quiere, pero tampoco puede ser otra cosa que lo que siente porque apartarse del propio sentimiento sería apartarse de sí mismo, distanciarse y, así, romper el lazo con que la vida se amarra a sí misma para sufrirse, soportarse, en la autenticidad del sentimiento de sí. En breve, la exuberante afectividad discepoliana nos muestra la imposibilidad de escaparse de uno mismo. Esa, y no otra, es la condena que ha debido sufrir “en vida” (“Uno”).6

Y vaya si el sufrimiento es un tópico discepoliano… No simplemente el sufrimiento ocasionado por otro, sino, ante todo, el sufrimiento de sí mismo; como en el tango “Secreto”, donde la descripción de los hechizos que la amada despliega sobre el narrador no empañan la verdad profunda, definitiva, única que es la imposibilidad de resistir a esa pasión7 que lo encadena a sí mismo –esto es, la impotencia de no poder resistirse–. Ante esta evidencia, Discépolo no puede más que exclamar: “Quién sos, que no puedo salvarme” –donde lo incierto es el otro y la certeza, uno mismo; donde es uno mismo quien no puede salvarse, quien se condena, se amarra a sí, sin hallar redención en el mundo–.

Es precisamente el sufrimiento aquello que a los personajes de Discépolo los encadena a sí mismos. Se trata de un sufrimiento que, como en la filosofía de Henry, los entrega irremediablemente a su ipseidad.

Una expresión reveladora del sufrimiento es el grito, pues “pertenece a la inmanencia de la vida como una de sus modalidades” (Henry, 2004a: 341).

Su pertenencia a la vida solo puede ser reconocida, es verdad, si el grito es aprehendido en su proferición subjetiva, como un acto de fonación del cuerpo viviente que posee el estatuto fenomenológico de la vida […] el grito del sufrimiento: habla en su propio pathos y por él, su palabra es la palabra de la vida. (Henry, 2004a: 341)

Pues bien, la poética eminentemente sentimental de Discépolo encuentra en el grito una de sus posibilidades expresivas privilegias. El tango –según su peculiar genealogía afectiva– nace “como un grito / [que] salió del sórdido barrial buscando el cielo” (“El Choclo”). Ese grito –que además es uno mismo– lo hace exclamar, como pahtos que busca “librarse de su angustia” (Henry, 2004a: 134): “¡Soy una pregunta empecinada, / que grita su dolor […!]” (“Canción desesperada”).

Este sufrimiento, a su vez, es –tanto para Henry como para Discépolo– cambiante, en el sentido de que pasa de manera incesante de una modalidad a otra. De ahí que el mismo autor que ha sabido pintar con las pinceladas más negras la noche del dolor absurdo, haya sabido ver el mismo afecto desde la más hilarante parodia. La vida de la que nos habla Discépolo se dice tanto en el drama como en la comedia. Quien puede escribir: “¡Dolor que muerde las carnes, / herida que hace gritar […] Dolor de bestia perdida, / que quiere huir del puñal” (“Martirio”); también puede escribir: “¡Cuánto dolor que hace reír!” (“Soy un arlequín”).

Si la fenomenología de la vida nos muestra que todos nuestros afectos pueden pasar de uno a otro, si la alegría sucede a la pena y viceversa, entonces bien podríamos decir que hay una fenomenología de la vida en Discépolo y que ella, también, nos pone “frente a la realidad del tiempo” inextático propio de todo viviente, en el cual el tiempo ideal de la fenomenología histórica se desvanece ante el ritmo monótono, incesante, en que la vida se da a sí misma siempre del mismo modo y, a la vez, de un modo distinto: “hoy… / mañana… / siempre igual…” (“Martirio”).

Esa temporalidad acósmica donde el penar es ciego (“Uno”) y el llorar, una ilusión (“Canción desesperada”), es lo que podríamos llamar “la realidad discepoliana”, que consiste en el sufrimiento primitivo en que la vida se siente acorralada contra sí misma y para el cual no hay explicación alguna. Es el dolor de quien permanece “sin comprender, / por qué razón” quiere (“Martirio”) ni en qué consiste el “castigo” de llorar y amar (“Uno”).

La vida, en definitiva, es también para Discépolo la subjetividad absoluta y la certeza: todo lo que su poética dice enfáticamente, lo dice desde el sentimiento, con su plena alegría y su pleno dolor.

La afectividad pura

Bien se dijo que la subjetividad, tal como es descripta por Discépolo, se muestra como afectividad que escapa a la razón, pues el corazón “no sabe pensar” (“Sueño de juventud”). También la voluntad permanece impotente ante ella. Discépolo muestra como ningún otro maestro del tango la incapacidad de actuar sobre los propios sentimientos. Así, ante el amor no correspondido, confiesa: “No puedo reaccionar / ni puedo comprender” (“Secreto”). De este modo, el sentimiento se muestra más allá del bien y del mal, tal como lo expresa el poeta al admitir: “No puedo ser más vil / ni puedo ser mejor” (“Secreto”).

La subjetividad discepoliana, además, puede caracterizarse como no intencional, pues el sentimiento no se mide por su finalidad, sino que se revela como “inútil”: “Fue inútil gritar” (“Infamia”); fue una “inútil ansia” (“Soy un arlequín”); una “Fiebre de pasiones” que uno “sufre hasta morir” (“Martirio”). La subjetividad, entonces, se revela en el sufrimiento merced a un “saber” (entre comillas) que escapa a todo saber, según lo expresa Discépolo al exclamar: yo “no sé más que sufrir” (“Soy un arlequín”).

No solo la insignificancia de toda finalidad revela esta subjetividad no intencional, sino que, también, en una experiencia no contraria a la del Descartes de las Meditaciones metafísicas,8 Discépolo se piensa como afectividad pura desprovista de la apertura al mundo que proporcionan los sentidos. Así, dirá: “me revuelco sin manos” (“Martirio”); “ciego y brutal me abrazo” (“Condena”); “no siento ni escucho” (“Desencanto”). En definitiva, esta ensordecida afectividad es ajena al mundo, al cual “nada le importa”; a ese mundo “que es sordo y es mudo” (“Yira, yira”). Por eso bien vale la pena recordar que, según relata en sus audiciones radiales, cuando era chico Discépolo “tenía en su casa un globo terráqueo y que un buen día decidió cubrirlo con un paño negro” (Cordero, 2011: 46). ¿No hay acaso una suerte de reducción fenomenológica en este gesto con el cual Discépolo termina “Solo… / ¡increíblemente solo!”, como están “los que sufren, / los que quieren” (“Martirio”)?

La neutralidad afectiva de la vida en la deconstrucción de Discépolo por Lamborghini

La subjetividad discepoliana no se revela solamente en el llanto, sino también en la risa o, mejor dicho –y en esto veremos una de sus revelaciones decisivas–, presenta una tonalidad afectiva neutra en la que reír y llorar revelan su indiferencia e intercambiabilidad.

Nadie en la poesía argentina ha comprendido mejor esto que Leónidas Lamborghini. Al igual que Discépolo, es capaz de mostrar desde el llanto lo mismo que muestra desde la risa. Este cambio de tonalidad afectiva es no solo arbitrario, sino también irrelevante. Sendas poéticas revelan que la afectividad puede experimentarse tanto desde una como desde otra modalidad. De ahí que el faquir de Discépolo, reescrito por Lamborghini, termine “cachado por la risa” (Lamborghini, 1988d) merced a eso que, en otros textos, definió genialmente como el “horrorreír”.

No solo el faquir, sino que hasta el mismo Jesús es llevado a este terreno, en el que sueña “que es un / arlequín / que ríe y / llora”; “y / llora / sin dejar / de reír” (Lamborghini, 1988b). El “horrorreír”, entonces, sustenta una extraña teología profana en que la risa rabelaisiana y la transvaloración nietzscheana hacen su irrupción bajo el concepto de “la risa canalla (o la moral del bufón)”, que pone de relieve que no hay hechos, sino valoraciones, y que el vivir algo como tragedia o como parodia no está en lo vivido, sino en el viviente. Así, Lamborghini nos invita a mirar lo trágico desde el reír, sabiendo que “la tragedia que empieza termina en la parodia, / sigue en caricatura y da en grotesco”, hasta confundirse “en violento carnaval” (Lamborghini, 2008: 11).

La moral del bufón tiene, como dijimos, ribetes teológicos. Precisamente, en La experiencia de la vida, Lamborghini describe un imaginado culto al Dios Trinorriente en el que las fases evolutivas de esta moral del bufón ilustran su dogma fundamental:

Un Dios Trino: Padre Riente. Hijo Riente. Espíritu Santo Riente. Tres Personas Rientes, rientes en Persona, y un solo Dios Riente y Verdadero. Uno ríe del Otro y los tres de Sí Mismos y de los Otros Dos: en gradación de grados distorsivos. El Padre ríe paródico, el Hijo ríe caricaturesco, el Espíritu Santo ríe grotesco. Y esa risa está en todas partes: como lo está su Misericordia. (Lamborghini, 2003: 12)

Esta misericordia riente le permite a Lamborghini transformar el negro dramatismo discepoliano, que increpa a Dios desde su tambaleante fe, en una perspectiva distinta que ya no ve la “Tormenta”, sino “Una flor en la tormenta”. Es que tanto da una u otra modalidad: es eso lo que revelan el cinismo y la ironía discepoliano-lamborghinescos que, en su regodeo, experimentan el juego de lo “Neutro”, en cuyo “magma” no hay distinción significativa –es decir, donde la distinción se revela como insignificante–.

Esto es trabajado por Lamborghini (1988c) en sus reescrituras de Discépolo bajo la forma de la “distorsión”, que vuelve insignificante toda distinción. Así, juega con la cualidad in-expresiva de la letra h, argumentando: “hoy resulta que es lo mismo oyh o que ohy: en la / fragua del distorsionar. En lo mismo. Porque / tanto da como no da. Magma neutro / del da: del da lo mismo”.

El carácter de la indistinción discepoliano-lamborghinesca no siempre ha sido comprendido en su plenitud. Los tangos más paródicos y políticos de Discépolo suelen leerse como expresión de un nihilismo de época, en el cual los valores se han perdido y la “realidad social” se muestra fría y absurda. Eso es cierto, pero también superficial. Discépolo no permanece en el nihilismo porque advierte que, en el derrumbe el mundo, hay algo más bien que nada. Eso que nos queda cuando todo ha colapsado no es nada menos que la realidad –es decir: la subjetividad–.

Por eso, no es ninguna novedad saber que “el mundo fue y será una porquería”, que “¡Todo es igual! / ¡Nada es mejor!”, que “da lo mismo” (“Cambalache”). Reconociendo la insignificancia del mundo y el “atropello a la razón”, Discépolo nos insta: “¡No pienses más!” (“Cambalache”); “¡No embromés con tu conciencia!” (“Qué vachaché”). Así, en reducción fenomenológica, exclama: “No doy un paso más […] Pa’ qué seguir así […] si el mundo sigue igual…” (“Tres esperanzas”).

Tenemos, entonces, a un Discépolo en actitud cartesiana, que se propone –lo mismo que el autor de las Meditaciones Metafísicas– familiarizarse consigo mismo. Lo que surge entonces no es el nihilismo. Discépolo dirá, en una de sus páginas más dramáticas:

No tengo ni rencor,

ni veneno, ni maldad.

Son ganas de olvidar,

¡terror al porvenir!

Me he vuelto pa’ mirar

y el pasao me ha hecho reír…

¡Las cosas que he soñao,

me cache en dié, qué gil!

Plantate aquí nomás,

alma otaria que hay en mí. (“Tres esperanzas”)

El éxtasis temporal se detiene ante esta experiencia en la cual el alma se planta ante el mundo y siente a la temporalidad extática como ajena: el pasado se burla, el porvenir aterra, y el presente se inmoviliza. Por eso las “esperanzas” son tres: como las fases del flujo interior de la conciencia (según hemos visto a partir de la crítica henriana a Husserl). Lamborghini escoge detenerse en esta experiencia de la temporalidad, donde lo único que permanece –más allá de la constitución noemática, irreal, del tiempo fenomenológico– es el presente viviente –esto es, la única temporalidad real–. Por eso, al haber captado esta preeminencia del tiempo real por sobre el imaginario, Lamborghini puede escribir:

La risa de las cosas

que soñara el faquir en el pasado

mira al faquir.

El faquir se planta

para mirarla: a un paso.

–Plantarse aquí– (Lamborghini, 1988d)

Y luego agrega, también a propósito de las “Tres esperanzas”: “El que espera es sordo. Y / ciego…” (Lamborghini, 1988a). Fuera del tiempo, fuera del mundo y de la luz, llegamos al verso inaugural de Lamborghini en ese texto emblemático que es El solicitante descolocado: “Me detengo un momento” (Lamborghini, 2008: 13). La suya es, entonces, una poética de la detención como hecho lírico primigenio. Para escribir, preciso es detenerse; para sentir, para vivir, también. Ese mundo vertiginoso, “que gira en el girar” (Lamborghini, 1988a), ha de ser neutralizado en pos de la experiencia de la vida, de la poesía, tanto da.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
15 listopada 2024
Objętość:
181 str. 2 ilustracji
ISBN:
9789876919418
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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