Czytaj książkę: «Cordero de Dios»
Índice
1 INTRODUCCIÓN
2 1
3 LA BÚSQUEDA
4 2
5 POLVO ERES Y EN POLVO TE CONVERTIRÁS
6 3
7 LA CAUSA
8 4
9 SAN MARTÍN
10 ENTREVISTA FINAL
11 EPÍLOGO
12 AGRADECIMIENTOS
Landmarks
1 Cover



Schamun, Candelaria
Cordero de Dios. - 1a ed. - Buenos Aires : Marea, 2013. - (Ficciones reales; 3)
E-Book.
ISBN 978-987-1307-60-9
1. Investigación Periodística. I. Título
CDD 070.4
Fecha de catalogación: 06/03/2013

Edición: Constanza Brunet
Coordinación editorial: Virginia Ruano
Diseño de tapa y de la colección: Grupo KPR
Armado de interior: Hugo Pérez
© 2012 Candelaria Schamun
candelaria.schamun@gmail.com
© 2012 Editorial Marea SRL
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina
Tel.: (5411) 4371-1511
marea@editorialmarea.com.ar
www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-1307-60-9
Impreso en Argentina
Depositado de acuerdo a la Ley 11.723
Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial
La piqueta al hombro,
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
reinaba el silencio:
perdido en las sombras,
medité un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
Qué solos se quedan los muertos, Gustavo Adolfo Bécquer
Pero la verdad completa sobre alguien o sobre algo
solo puede ser contada en una novela.
El hombre del toque mágico, Stephen Vizinczey
Su florcita la encontraron
en un gran descampado
su madre grita sin compasión.
Sin vida estaba
tirada, golpeada.
¿Por qué? ¿Quién fue
Su florcita, Agrupación Marilyn
A Candela.
A mi mamá, a mi papá.
A mi abuela María.
A mis hermanos.
introducción
Martes 23 de agosto de 2011, 20 h. Veo por primera vez a Candela en un anuncio de Facebook. Red Solidaria y Missing Children dan las primeras descripciones del caso: en Hurlingham, alertan, desapareció una nena de once años. En la foto, Candela lleva guardapolvo blanco. En ese momento, trabajo como redactora de Sociedad del diario Clarín.
Llamo al teléfono publicado en Facebook. Atiende una mujer. Dice que la madre de Candela no puede atender. “Está en shock”, explica. Le pregunto por el padre. “Olvidate. El padre está muerto”.
Me entero que Candela es alumna de sexto grado, abanderada y girl scout.
Virginia Messi, compañera de la sección Policiales, llama a una fuente judicial. Dice que el padre de Candela aún vive:
–Está preso en la cárcel de Magdalena cumpliendo una condena por robo calificado. Le dicen Juancho.
Olemos algo raro. A la mañana siguiente voy a Hurlingham, el barrio de Candela. En la puerta de Coraceros 2552, su casa, están los móviles de televisión. La calle, cortada. Ahí conozco a Carola Labrador, la madre, con campera de lana celeste, el pelo teñido de rubio claro. Tiene la boca empastada de tanto hablar con la prensa, me da la impresión de una mujer atormentada por la exposición mediática.
La ventana de Coraceros siempre está cerrada. Durante la búsqueda nadie quiere hablar.
Vuelvo al barrio en octubre, buscando información.
Un cartel naranja de Daniel Scioli dice:
“Si por cada golpe al narcotráfico, una familia menos se destruye, crecimos. Entonces sigamos creciendo”.
A la primera persona que entrevisto es a Cristian, cuidador del cementerio de Hurlingham, el encargado de custodiar la tumba de Candela. Me invita a sentarme en un tronco, a veinte metros del sepulcro. Afuera del cementerio, sobre la vereda al lado de un árbol, descansa un gallo de plumas doradas. Sus patas están amarradas con cintas verdes, azules, amarillas y rojas. Al costado, entre velas, un reguero de pochoclos y un frasco de mermelada con un líquido ámbar. Una ofrenda similar dejaron sobre la calle Cellini, frente al lugar donde los asesinos tiraron el cuerpo de Candela dentro de una bolsa de residuos. Allí los vecinos levantaron un precario santuario presidido por una cruz hecha con un par de tirantes viejos. Los tirantes están unidos con las cintas rojas y blancas con la leyenda “peligro” que usó la Policía para delimitar la escena secundaria del crimen. Ahí alguien deja una sábana rosa salpicada con sangre, un puñado de porotos negros y blancos y maíz y algo parecido a una pata de gallina entre plumas blancas y una invasión de moscones verdes, de esos que aparecen cuando hay sangre o cadáveres. Un rito. José Miceli, director del Gabinete de Investigaciones Antropológicas de Corrientes y especialista en crímenes rituales, me dice que es posible que quienes dejaron la ofrenda consideren a Candela como algo puro, por su edad. “Es un rito para el mundo de la oscuridad”, explica. La conclusión da miedo.
Ese mismo día entrevisto a Luis Cerdán, el maletero de la estación de colectivos del Oeste, uno de los primeros en descubrir el cuerpo de Candela. Está nervioso. Me dice que no intente llamarlo por teléfono porque cambió el número y que si lo quiero volver a ver que lo busque en la estación.
En octubre me encuentro con un hombre que conocía a la familia Labrador. Dice que, tras el crimen, estuvo diez días en Coraceros 2552. Es una persona cercana al intendente de Hurlingham, Luis Emilio Acuña. Dice que el profesor de Candela, Diego García Rufino, durante la búsqueda se transformó en guardaespaldas de Carola. Que no se despegaba un segundo y que lo habían “cagado a trompadas”, porque le quemaba la cabeza a la madre de Candela, no la dejaba un segundo sola y eso les molestaba a los familiares. A Diego García Rufino lo trato de ubicar pero todas las fuentes cercanas a él me explican lo mismo: “Está con carpeta psiquiátrica”. Logro hablar por teléfono con él pero me dice que prefiere guardar silencio. Al hombre del taller próximo al intendente lo vuelvo a llamar, pero me frena en seco: “No quiero hablar más. El caldo está bastante espeso”.
En diciembre conozco a Marilú, directora del colegio de Candela y me da un paseo por el aula de la nena. Voy hasta su pupitre y veo escrito sobre la pared un mensaje con una fibra negra que había hecho ella en letra manuscrita. Dice: “Cande y Agustina y Lula y Nicole y Cande A”.
Juan Carlos, el cura de la iglesia Juan Pablo Apóstol, me recibe en su despacho. Se acerca fin de año y llueve de manera torrencial. El cura me cuenta que él le dio la primera comunión a Candela. Y que se sorprendió cuando la cúpula de la Bonaerense allanó la iglesia guiados por una vidente.
A Néstor Altamirano lo conozco una tarde de marzo de 2012. El carpintero está acusado de ser el hombre encargado de darle de comer a Candela durante el cautiverio. Su mujer partió al médico y él está encerrado en su casa. Lo dejo después de tres horas de charla, con la impresión de que es un pobre tipo que quedó pegado en una causa tremenda.
A Marcelo Tavolaro, fiscal de la causa, lo llamo varias veces por teléfono sin conseguir que me atienda. Lo voy a ver a su despacho. Siempre me dice lo mismo: “No me interesa hablar del caso”.
Al Fantasma llego recomendada por un amigo. Me cita en un bar de San Martín, llama a la moza que ya lo conoce y le pide lo de siempre: limonada. Cada tanto sale a fumar un cigarrillo mentolado a la vereda. El Fantasma cumplió una condena por robo calificado, nació y se crió en la Villa Korea de San Martín. Casi sin abrir los labios me dice:
–El barrio nunca miente: en Villa Korea se sabe qué pasó. Apareció una pintada en la calle Quintana y Siglo xx: “Carola no. Korea manda”.
Anoto todos los nombres en mi cuaderno Rivadavia de tapas naranjas con lunares blancos. Durante esa semana chequeo los nombres que me da el Fantasma. Los cruzo con otros datos. Muchos apodos, muchas hipótesis. Lo vuelvo a ver en un bar de Belgrano. Mientras me tomo una cerveza en un bar de Boedo sobre una cartulina blanca escribo todos los datos y hago un cuadro para no olvidarme de nada.
Antes de diciembre de 2011, sabía que San Martín era una localidad del Conurbano bonaerense y que era grande. Luego me entero que la actividad principal de ese lugar es el tráfico de cocaína. Aprendo la palabra “cortito”, que en la jerga significa secuestro. El Fantasma me enseña que “tocomocho” quiere decir dni falso y que “doble A” significa averiguación de antecedentes. Entiendo cómo la Policía bonaerense trabaja a la par de los narcos. Visito Villa Korea, la 9 de Julio, la 18 y Loyola, solo quiero irme rápido, tengo miedo de que alguien se dé cuenta de que soy periodista.
Me lleva más de dos meses sentarme frente a Carola. La madre de Candela desconfía de la prensa. La entrevisto por primera vez el 11 de noviembre de 2011, durante dos horas. Ese día asiste al programa de Mauro Viale. Se prepara tres horas para lucir impecable delante de las cámaras.
Me cita en casa de Cecilia, su mejor amiga y su manicura. Mientras Cecilia le acomoda el dedo índice de la mano izquierda, Carola cuenta que la semana anterior le cortaron la luz, pero siguió leyendo con una vela a su nuevo gurú, Claudio María Domínguez: “En una noche me leí la mitad de Sé tu propio héroe. ¡Y estrená una nueva vida! Casi a oscuras. Siento que Claudio me habla a mí”.
Durante la primera charla con Carola, conozco a Franco, el hermano menor de Candela. Mientras su madre habla, él la dibuja sin dientes. Carola lo reta.
Carola intenta explicar que su vida es normal, que hace tortas para vender, que se levanta temprano para llevar a los hijos al colegio, que no conoce a ninguno de los detenidos. Y, sobre todo, que jamás tuvo vinculación con el narcotráfico.
Ahora, vive con custodia. Y para evitar el acoso de las personas que la reconocen en la calle, pasa sus días refugiada en casa de su madre.
En mi segundo encuentro con Carola, tomamos mate en la vereda, en casa de su mamá, en Pablo Podestá. Conozco a dos tías –Sabrina y Betiana–, a la abuela materna Zulema y a la bisabuela, que cuando llego me saludan. Carola dice: “Esta es la chica que escribe el libro de Cande”.
Carola me espera con un dvd con fotos y videos de su hija. Lo vemos juntas en una piecita de paredes sin revocar. Me bebo su versión de los hechos de un trago.
A la calle Coraceros vuelvo dos meses después. Busco a la mejor amiga de Candela, Glenda Rodríguez. Pero Carola, me explica, le prohibió hablar con la prensa. Le dejo mi teléfono. Nunca llama.
A lo largo de doce meses hablo con familiares de Candela, vecinos, presos, gente del barrio de Villa Korea, vecinos de Hurlingham. Voy más de treinta veces a Hurlingham y unas quince a San Martín. Hablo con amigos del padre de Candela, abogados, fiscales, jueces, policías en actividad y retirados. Imputados del crimen, testigos de identidad reservada. Tengo acceso a la totalidad del expediente. Algunos de los nombres en este libro los cambio para proteger la integridad de las fuentes.
El 11 de septiembre de 2012, la Comisión investigadora del caso Candela me cita a declarar. Llevo once meses redondeando una hipótesis. Declaro más de dos horas delante de quince personas.
Durante la investigación observo que me sigue un Peugeot 505. Me doy cuenta una noche cuando vuelvo a casa. Veo que el auto baja la velocidad, yo apuro el paso. Doblo por una calle por la que no tenía que doblar y el auto vuelve a aparecer. Entro a mi casa sobresaltada. Pienso en hacer la denuncia. Nunca la hago. En mi celular, resuena un zumbido. Un expolicía me dice: “Te lo re pincharon, nena”.
Un día, el Fantasma me hace llegar un mensaje de la gente más comprometida con el caso en San Martín: “Decile a la pendeja que se deje de hinchar las pelotas y que no averigüe más”. Pero es tarde. Ya me contaron demasiado.
1
LA BÚSQUEDA
El último día
Carola Labrador solía levantarse a las siete de la mañana, pero como ese lunes 22 de agosto era feriado decidió quedarse un rato más en la cama. Pasadas las diez, se vistió en silencio para no despertar a Candela, su hija que dormía en la misma pieza. Carola fue al supermercado, compró pan lactal, barras de chocolate amargo, leche y queso. Cuando terminó de preparar todo despertó a sus tres hijos. En la mesa de la cocina humeaba un desayuno especial: submarinos con tostados.
El último día que estaría en su casa, Candela se despertó a las doce del mediodía. Pasó por el baño, se lavó los dientes y saludó a Carola. Luego de desayunar, puso reggaetón, se sentó en la computadora y chateó con sus amigas por Facebook.
–Ma, ¿puedo ir a la casa de las Melli? Vamos a tomar mate y a organizar el campamento de fin de año de Boy Scouts. Nos juntamos a las tres y media en Coraceros y Bustamante.
Desde hacía un año y medio, Candela solo pedía permiso a su madre. Su padre, Alfredo “Juancho” Rodríguez, estaba en la cárcel de Magdalena cumpliendo una condena por tentativa de robo agravado.
–Sí, Pocha, andá –respondió Carola–. Pero dejame el teléfono de las chicas por cualquier cosa.
Candela cumplió con el pedido de su madre y se fue hasta la casa de Glenda Rodríguez, una amiga y confidente que vivía al lado de su casa. Le pidió la planchita para alisarse el pelo. Cuando volvió, se bañó y se vistió con la ropa de su tía Betiana. Como siempre se paró frente al espejo, se recogió el cabello negro, se hizo una colita alta y para el costado izquierdo y lo ató con una gomita ancha y de toalla. Planchó su flequillo y se perfumó con su colonia preferida: Urban Body Splash de 47 Street.
Antes de irse le pidió plata a su mamá para comprar galletitas para la merienda.
Salió y poco después volvió a entrar corriendo a su casa y sorprendió a Carola que doblaba ropa en la pieza.
–¿Qué pasó, Pocha?
–Juan Manuel, el chico de la vuelta, me regaló diez pesos para que me compre una Coca Cola y un alfajor.
Candela metió la mano en el bolsillo del jean y le mostró a su mamá dos billetes de cinco pesos. La plata se la había dado su vecino en agradecimiento por haberle hecho “gancho” con Glenda. Candela guardó el dinero, saludó a su mamá y volvió a salir corriendo.
Caminó treinta metros hasta la esquina de Bustamante y ahí cambió su recorrido: en vez de doblar a la derecha –punto de reunión con sus amigas–, giró a la izquierda y siguió dos cuadras.
La última persona que la vio a Candela antes de desaparecer fue un vecino de sesenta años. El hombre conocía a la nena desde que era chiquita. Como era feriado no había ido a trabajar a la Aduana, donde era inspector. A esa hora volvía de la carnicería, había ido a comprar un bife angosto.
–Hola, ¿cómo anda? –lo saludó Candela.
–Bien, chiquita.
Luego se despidieron. El hombre recuerda que Candela lucía impecable y que el pelo lo llevaba metido adentro del gabán. Le llamó la atención que la nena mientras caminaba se agachaba para bajarse la botamanga del jean. La Policía supuso que se estaría limpiando el barro de las zapatillas. Pero Carola dijo que los pantalones de su hija eran chupines y le quedaban cortos, por eso se los bajaba.
Todo sucedió con una dramática rapidez. Un matrimonio que salía del supermercado declaró haber visto una camioneta que avanzaba a gran velocidad. Luego escucharon los gritos de una mujer que decía: “Dejame, soltame”. Aseguran que arriba de la camioneta había tres hombres.
A las cinco y media de la tarde de ese 22 de agosto se perdió la señal del celular de Candela. La última antena que lo captó fue en Villa Ballester, a unas siete cuadras de la casa de Marta Loureiro, su abuela paterna.
La denuncia
Carola Labrador fue la primera en enterarse de que su hija había desaparecido. Luego de limpiar la casa y ordenar los cuartos, se acomodó tranquila en el sillón del living para ver televisión. Sus hijos Franco y Emanuel habían ido a jugar al fútbol al Polideportivo y Candela –supuestamente– tomaba mate en la casa de sus amigas.
A las cuatro y cinco de la tarde golpearon la ventana de su casa ubicada en la calle Coraceros 2552. Carola se levantó del sillón, corrió la cortina y vio a las cuatro compañeras de su hija.
–¿Y Candela? –preguntó Sofía.
–Las está esperando en la esquina –contestó Carola.
–No la vimos –dijo Julieta–. Nunca nos encontramos con ella.
–Bueno, no importa, chicas. Voy a llamar a la casa de las Melli, Candela me dejó el número anotado antes de irse.
Las chicas se fueron y Carola caminó hasta su pieza. Sobre la mesa de luz estaba el papel anotado. Tranquila, marcó.
–Hola, Melli, ¿cómo te va? ¿Está Candela?
–No, Candela no está. Pero todavía no llegó ninguna de las chicas –contestó la nena.
–Bueno, gracias.
Carola se preocupó. Salió a la vereda y giró su cabeza hacia ambos lados: Franco y Emanuel venían caminando.
–Franco, quedate en casa y no salgas. Emanuel, acompañame a buscar a tu hermana, no la encuentro.
Carola y Emanuel fueron hasta la esquina pero no había rastros de Candela. Le preguntaron a Glenda, también a unos amigos de Franco. Pero nadie la había visto. La calle estaba vacía, a esa hora en ese barrio tranquilo de clase media los vecinos dormían la siesta. Caminaron una hora; Carola decidió volver a su casa y llamar por teléfono a Sabrina y Betiana, sus hermanas.
–Sabrina, me llevaron a Candela –gritó Carola antes de cortar y llamar a Betiana.
–Betiana, me llevaron a Candela. No está. No está por ningún lado.
–Tranquilizate, debe estar en la casa de una amiga –dijo Betiana–. Ya voy para allá.
La primera en llegar fue Sabrina con su novio David. Betiana pensó que su sobrina enseguida aparecería y fue con sus dos hijos de tres y seis años hasta la casa de Carola.
Habían transcurrido por lo menos cuatro horas sin noticias de Candela.
–Carola, vamos ya a hacer la denuncia –le dijeron entonces sus hermanas.
Las mujeres Labrador fueron hasta la comisaría 2ª de Villa Tesei.
–Quiero hacer una denuncia: me robaron a mi hija, desapareció en el cruce de Bustamante y Coraceros.
–Quédese tranquila, señora. Se debe haber ido con su papá –le dijo el policía de guardia.
–Imposible –replicó Carola.
–Se debe haber ido con un novio –arriesgó el policía.
–No tiene novio. Tiene once años.
Carola se subió a un patrullero, Betiana a otro y Sabrina a un tercero. Recorrieron Hurlingham, esa localidad del Conurbano bonaerense situada a 39 kilómetros del centro de la ciudad de Buenos Aires. Según el censo de 2010 tiene 181 241 habitantes. Pasaron por el cementerio y por el Polideportivo. Pero no había rastros de Candela.
Cuando Carola volvió a su casa luego de la primera recorrida, la esperaban su mamá Zulema y sus primos, amigos íntimos y vecinos.
Juancho, como todas las noches, llamó desde la cárcel para hablar con Franco, Candela y Emanuel. Cuando sonó el teléfono, Carola recién había llegado de la comisaría de Villa Tesei. Por la hora intuyeron que era él pero no se animaban a darle la noticia.
–Hola –dijo Juancho.
–Hola, pa –contestó Emanuel con voz temblorosa.
–¿Qué pasa que hay tanto ruido en la casa? ¿Qué pasa, Emanuel?
–Nada, pa, quedate tranquilo –dijo.
–Me estás mintiendo. Pasame con tu mamá.
–No está, salió a hacer un mandado –contestó Emanuel.
–Bueno, llamo en un rato –dijo Juancho antes de cortar.
Juancho no le creyó a su hijo. Sabía que algo malo había pasado, fue hasta su celda, prendió la televisión y la radio. A los diez minutos se enteró de que su hija había desaparecido y volvió a llamar a su casa.
–¿Qué pasó, Ema? Decime la verdad.
–No encontramos a Candela. No está por ningún lado –dijo entonces Emanuel.
Juancho lloraba y no le salía la voz.
–Búsquenla –ordenó y cortó.
Esa noche el padre de Candela la pasó en la enfermería de la cárcel de Magdalena, los doctores lo medicaron para calmarle el ataque de nervios. Después le sacaron el televisor de su celda para que no viera ningún programa que hablara de su hija.
Carola tenía la certeza de que algo malo había pasado con su nena. El día en que Candela desapareció, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, estaba en Italia haciendo un ajuste en su brazo derecho: el 4 de diciembre de 1989 había sufrido un accidente mientras corría una competencia en lancha y desde ese día usa una prótesis ortopédica. El problema físico lo obliga a viajar al exterior, pero a todos sus viajes lleva su Blackberry. Esa noche recibió un llamado de Ricardo Casal, ministro de Seguridad de la Provincia. El gobernador, por la información que le dieron, supuso que sería algo simple de resolver. A las once de la noche de ese 22 de agosto, policías de la comisaría 2ª de Villa Tesei le comunicaron a Marcelo Tavolaro –fiscal de turno– que había una nena desaparecida.
Habían transcurrido por lo menos veinticuatro horas sin noticias de Candela y los teléfonos de la casa de Coraceros por orden judicial ya estaban intervenidos por la Bonaerense. El jefe de la Policía, Juan Carlos Paggi, supo de la noticia en Necochea.
Durante la noche del 22 de agosto, el superintendente de Coordinación Operativa de Seguridad, Hugo “El Chancho Blanco” Matzkin, se enteró por la Policía de Morón que había desaparecido una nena de once años. Como él vivía en Haedo –a unos pocos kilómetros de la casa de Candela–, fue el primero en llegar a Coraceros 2552.
Durante la medianoche del 23, el jefe de la Dirección de Investigaciones (ddi) La Matanza, Marcelo “Chivo” Chebriau, con su equipo especial de secuestros fueron personalmente a la casa de los Labrador. Adentro había más de sesenta personas, entre familiares y amigos. Cuando Betiana vio a la Bonaerense se enfureció: dicen que los odia. En el barrio de Villa Korea de San Martín la conocen como “la anti rati”, por el desprecio que le tiene a la Policía. Paggi decidió volver de Necochea para tomar las riendas del caso. El 23 de agosto el jefe de la Bonaerense se presentó en la comisaría de Villa Tesei.
Chebriau había recibido la orden del comisario general Roberto Castronuovo:
–Metete en el caso. Coordiná todo.
Ausente
A las ocho de la mañana sonó el timbre. Los chicos con cara de dormidos entraban al colegio egb Nº 28 “Cartero Bruno Ramírez”. En el patio, como siempre, se juntaban en grupitos de amigos y charlaban sobre lo que habían hecho durante el fin de semana largo. Muchos estrenaban los regalos que habían recibido por el Día del Niño. La mamá de Lorena, una compañera de Candela, dejó a su hija y fue a hablar con Marilú, la directora. Le contó que la nena había desaparecido. Marilú llamó a Diego García Rufino, maestro de Matemáticas y Ciencias Naturales, y a Andrea Fiore, la maestra de Ciencias Sociales. Los profesores de Candela tardaron quince minutos en llegar hasta la casa de Coraceros 2552 para hablar con Carola.
–Diego, vos me vas a ayudar, ¿no? Estoy sola –le rogó Carola.
–Sí. Te doy mi palabra.
Diego y Carola se conocían desde hacía años, él había sido el maestro de Emanuel, el hijo mayor de Carola. Y además tenía un especial cariño por Candela. Durante los nueve días de búsqueda, Diego cumplió con su palabra: no se despegó de al lado de Carola. Siempre vestido con una campera de cuero negra, pantalón de jean, zapatillas Pony grises y rojas, anteojos negros. Diego fue durante esos días el guardaespaldas, el hombre de la familia.
El último baile
El viernes 18 de agosto de 2011, en la escuela Nº 28 hicieron un baile para festejar el Día del Niño. Lo habían organizado los padres de la cooperadora, entre ellos Carola, que formaba parte de la agrupación. Como hacía mucho frío la fiesta fue en el patio techado. A las siete de la tarde fueron llegando los chicos acompañados por sus padres. En las paredes colgaron guirnaldas y globos de colores. Para comer había panchos, papas fritas y palitos.
A los costados del gimnasio, cerca de las aulas, las maestras prepararon juegos de kermese. Candela jugó al tumbalata, que consistía en derribar latas con una pelota de tenis, y a otro juego en el que tenía que embocar un aro en una botella, si lo lograba ganaba puntos que luego podía canjear por regalos. Candela como siempre posó junto a sus amigas y se sacó fotos con su celular.
Su último baile fue en el patio del colegio, sobre el piso de granito recién lustrado, detrás del escenario donde tantas veces actuó de Tita Merello. A las diez y media de la noche, su hermano Emanuel la fue a buscar en un remise, mientras en la casa de Coraceros 2552 Carola preparaba un pedido de tortas.
Candela era muy detallista a la hora de su arreglo personal. Si una pulsera no le combinaba con la gomita del pelo era capaz de cambiarse entera, no lo soportaba. Por eso ponía el despertador a las seis de la mañana para llegar puntual al colegio.
Por su dedicación y sus buenas notas, Candela fue tres veces abanderada en la escuela. La primera en quinto grado y luego dos veces en sexto. Desde los tres años iba a la Nº 28 “Cartero Bruno Ramírez”, primero fue a la tarde y luego se pasó a la mañana. Se sentaba en el primer banco. Los maestros la retaban cuando charlaba en voz alta con sus amigas durante la clase y distraía al resto de los compañeros.
–Me vas a dejar sorda, Candela, si seguís hablando –le decía la maestra.
–Bueno, profe, no hablo más.
Por su rendimiento, Diego García Rufino había escrito una carta de recomendación al colegio privado San Carlos de Villa Tesei. El deseo de la nena era que le otorgaran una beca y poder seguir los estudios allí. Decidieron dársela pero no llegó a cambiarse de colegio.
Candela participaba de un proyecto de tango que había organizado el colegio con el que los alumnos recorrían las demás escuelas de Hurlingham. Ella era la protagonista: imitaba a Tita Merello. Una amiga la ayudaba a caracterizarse para encarnar el personaje: para interpretar a la famosa actriz se peinaba con un rodete, se maquillaba los párpados con polvo rosa, se arqueaba las pestañas, pintaba sus labios de rosa pastel. En el cuello usaba un clavel rojo de raso que se lo había hecho una peluquera amiga de Carola. Se ponía un vestido negro con mangas estilo princesa, medias del mismo color y zapatos plateados. En el proyecto del colegio también bailaba murga. Candela compró una bolsa de lentejuelas y le pidió a su amiga Glenda, que trabajaba en un taller de costura, que la ayudara. Tardaron más de siete días en terminar el traje mitad fucsia y mitad violeta, su color preferido. En la espalda cosió lentejuela por lentejuela “Alfredo y Carola”, los nombres de sus padres. Antes de bailar se paraba frente al espejo y se maquillaba: lucía como una reina del carnaval de Corrientes.
La última salida que hizo con el colegio fue en julio. Ese día hacía frío. Por eso Candela se vistió con un pullover de lana, saco azul largo hasta las rodillas, un jean y botas negras. Salieron en micro desde la escuela y fueron hasta el barrio de La Boca a recorrer los conventillos. Bailaron tango y visitaron el museo de Quinquela Martín. Los chicos llevaron los trajes para cambiarse y actuar en Caminito. Marilú llevó el cd con los tangos. Pasaron por un restaurante y había una orquesta tocando en vivo.
–Señor –le preguntó Marilú al dueño del lugar–, vinimos con mis alumnos de paseo. Ellos tienen un proyecto de tango, ¿le molesta si hacen el show?
–Me encantaría –contestó.
Los veinticinco chicos se cambiaron en el baño del restaurante. La orquesta tocó en vivo Se dice de mí. El lugar estaba lleno de turistas japoneses y alemanes que les sacaban fotos. Candela ese día fue la protagonista. Imitó a Tita Merello y cantó:
Se dice de mí...
se dice de mí...
Se dice que soy fiera,
que camino a lo malevo.
No todas las amigas de Candela sabían que su padre era pirata del asfalto. La nena les había contado que era camionero y que estaba de viaje. Hasta que una noche de julio, en un piyama party se quebró y se lo confesó a dos compañeras del grupo de Boy Scouts:
–Mi papá está preso. Le faltan dos años para que vuelva a casa. Lo extraño mucho –contó llorando–, por eso lo voy a visitar seguido. Soy su preferida, somos muy pegados.
También les confió que estaba enojada con uno de sus tíos porque le había sacado algo muy importante para ella, un regalo que le había hecho su padre. Las chicas nunca supieron a qué se refería, Carola tampoco y la Justicia no investigó ese dato.
Candela no se acostaba sin antes hablar por teléfono con Juancho. Para los dos era el momento más esperado del día. En una de las charlas, Candela le había pedido permiso para cortarse el flequillo. Juancho le había dicho que sí, pero con la condición de que luego se sacara una foto para ver su nuevo aspecto. Candela aceptó la propuesta. Ese día, luego de volver de la peluquería, posó en la puerta de su casa: en la foto el pelo negro le tapaba la frente. Carola, en una de las visitas a la cárcel, se la llevó de regalo.
–Mirá lo que se hizo tu hija con tu permiso –dijo Carola.
–La hace muy grande y mi hijita es muy chiquitita –dijo Juancho.
Luego apoyó una almohada sobre sus piernas y con una lapicera negra le escribió unas líneas en el dorso de la imagen:
Cande hija mía querida tqm el flequillo te queda re bien la verdad parecés otra te hace muy linda te mando un beso y pronto voy a estar con vos te amo mucho mucho y quiero que estés bien yo estoy contento de esta foto te amo mucho. Tu papito querido.
En una carpeta de 47 Street, la marca preferida de Candela, ella guardaba las cartas que le escribía a su papá. Con un fibrón escribió “Candela, mis cosas privadas”. Una de las cartas que no llegó a entregarle decía:
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