Czytaj książkę: «Ningún mar en calma»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 María Rosario Naranjo
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Ningún mar en calma, n.º 280 - octubre 2020
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1375-006-4
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
I Parte. Bonancible
II Parte. Temporal
III Parte. Huracanado
IV Parte. Mar en calma
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Cuando la noche te sorprende en buena compañía, nacen las grandes historias.
Inspirada en hechos reales… o no.
Nunca regresa de un viaje la misma persona que se fue. Una transformación silenciosa se opera en nuestras almas cuando visitamos otros lugares. Las experiencias que vivimos, las personas que conocemos, todo se acumula en la maleta que traemos de vuelta.
I Parte
Bonancible[1]
El mar que se abría a ambos lados del barco era una inmensidad azul y prometedora. Tessa cerró los ojos y, aferrándose a la barandilla, aspiró el aire salado que emanaba del océano. Durante años había soñado con aquel momento y se movía entre la excitación y el miedo a que sus expectativas, largamente cosechadas, se vieran frustradas. Un rescoldo de la preocupación que embargaba su espíritu amenazó con estropear el dulce momento, pero se forzó a enterrarlo en lo más hondo. Nada ni nadie podría arrebatarle el placer de entregarse a aquel idilio que había anhelado por mucho tiempo.
—Yo tenía esa misma expresión la primera vez.
Tessa abrió los ojos, sorprendida. La voz era grave y profunda, pero aún lo eran más los ojos del hombre que, junto a ella, la observaba con aire complaciente.
—Cuando me encontré con el mar por primera vez, de esta manera. Como si solo me perteneciera a mí —continuó el recién llegado, con aquel acento extranjero tan característico que imprimía a cada palabra un tono sensual al tiempo que perturbador.
Se apoyó indolentemente sobre la barandilla y sus dedos rozaron los de Tessa de un modo casi imperceptible. Ella le miró las manos. Eran nudosas, morenas. Y aprovechó que los ojos del forastero se habían clavado en el agua para continuar con el escrutinio. Era un hombre alto, musculado. Su cabello oscuro, entrelargo, se ondulaba en algunos mechones que eran arrastrados de forma inmisericorde por la brisa azotando su piel oscura. Su perfil contra el cielo atrapó la mirada de Tessa unos segundos. Dejó caer la vista por sus facciones mientras el sonido de las olas que golpeaban el casco estimulaba sus sentidos. Se diría que habían sido labradas con un cincel. La frente limpia, las cejas espesas, los ojos almendrados y achinados por los extremos. La nariz nubia y los labios, gruesos y jugosos. Unos labios hechos para el amor.
Durante los siguientes minutos, Tessa y el extranjero se mantuvieron en silencio contemplando el horizonte igual que dos viejos compañeros de viaje. Tessa experimentó una intensa calma. Su corazón había cambiado el ritmo para acompasarse al de él. Notaba sus latidos en la sien igual que los toques de una campana que llama a la fiesta. Un anuncio, el comienzo de algo, una posibilidad de cambio, una promesa. Suspiró, extrañada del rumbo que habían tomado sus pensamientos.
—Mi nombre es Abdul. —Oyó que se presentaba él, ajeno a las emociones que sacudían su ánimo—. ¿Cuál es el tuyo?
A Tessa no le pasó por alto el tono exigente que subyacía bajo la pregunta. Abdul era un hombre que respondía a las preguntas, pero también esperaba respuestas.
—Me llamo Tessa —contestó sin pensar.
Sentía estar haciendo algo prohibido, hasta perverso, como si traicionara las normas del decoro. No es que fuera ninguna mojigata, acababan de abrazar un nuevo siglo y, con él, un nuevo milenio. Una época de relaciones que fluctuaban, amigos con derechos, posibilidades de interactuar sin compromiso, sin la necesidad de plantear un mañana… Pero ella no era así. Jamás hablaba con desconocidos en situaciones como aquella. Recelaba de la gente y no era aficionada a hacer amigos. Apreciaba la soledad y siempre que echaba de menos una buena conversación recurría a las personas en las que confiaba, que eran pocas, pero suficientes.
—Teresa, entonces.
Sacudió la cabeza con firmeza.
—Tessa, como la protagonista de la novela de Thomas Hardy —se vio obligada a aclarar. Era un capricho de su madre, que había sido profesora de literatura en la Complutense. Aunque esto no interesaba al extranjero, así que se abstuvo de mencionarlo.
—Pero en el libro ella tiene un destino trágico —comentó él, como si aquel hecho fuese una evidencia de la imposibilidad de llevar ese nombre—. Tess of the d’Urbervilles —pronunció en un perfecto inglés—, la mal amada.
Parecía saber de qué hablaba y a Tessa le sorprendió que conociera la historia. No solía prejuzgar, pero se había hecho una idea de la clase de hombre que era aquel, uno de esos tipos que se lanzan a capturar aventuras en los cruceros. Le habían hablado de ellos: sátiros, cazafortunas… un abanico de perfiles deleznables de propósitos siniestros a los que convenía mantener alejados. Pero, ¿podía un seductor ser aficionado a la literatura inglesa del XIX?
—Yo te llamaría Teresa.
Arrugó el ceño; el tal Abdul comenzaba a tomarse demasiadas licencias.
—¿Tú también crees en un destino ineludible? —volvió a asaltarla Abdul con una mirada enigmática cubriendo sus ojos.
—Pienso —se sorprendió confesándole —que hay un camino trazado para cada persona, aunque es un camino con diferentes salidas durante el recorrido. Todo depende de si uno decide seguir el trazado sin salirse de la vía o escoger algún desvío.
Abdul hundió la oscuridad de sus pupilas en las suyas y Tessa descubrió un brillo inusual en ellas. Se sintió desnuda, como si al profundizar en sus ojos el extranjero llegase hasta el fondo de su alma. Se lamió los labios, que sintió resecos. Abdul cambió la mirada a su boca y a Tessa le pareció adivinar, en la mueca que a continuación estiró las comisuras de sus labios, una sonrisa de deleite. De repente, un frío extraño se le instaló en la piel. Tembló.
—Tengo que irme.
Y sin más explicaciones, abandonó la cubierta, el corazón latiéndole desenfrenado, mientras su misterioso acompañante permanecía de espaldas al mar, apostado sobre la barandilla, trazando su silueta con los ojos.
Al día siguiente evitó a propósito el paseo por la cubierta. Se resistía a un posible reencuentro. No lograba sobreponerse todavía al cóctel de sensaciones que aquel breve interludio con el extranjero había provocado en su cuerpo. Exploró el barco, se maravilló ante las dimensiones y la oferta de ocio que presentaba. Al caer la tarde, acompañó a Francisco a cenar. Escogió un bonito vestido con un generoso escote. Uno de los puntos fuertes de su anatomía se localizaba en aquella zona. La naturaleza la había dotado con unos pechos grandes y redondeados. Era, en su totalidad, una mujer voluptuosa, de anchas caderas y carnes blancas y apretadas. Rezumaba un natural atractivo que no pasaba inadvertido a los hombres. Y aquella noche deseaba que fuera Francisco quien reparara en esos detalles. Que la admirara y se entusiasmara con ella como al principio. Quizás habían pasado una mala racha; los nervios de la boda habían hecho mella en la relación que mantenían desde hacía dieciocho meses. Pero Tessa se había propuesto recuperar la atención de su marido y disfrutar de una luna de miel acorde a sus sueños.
—¿Has visto lo elegante que es todo? —exclamó entusiasmada mientras tiraba del brazo de Francisco para adentrarse en la estancia.
Él se zafó y le lanzó una mirada de advertencia. Una pareja que pasaba en aquel momento junto a ellos la miró con condescendencia. Estaba hecha a sus riñas. Francisco no era demasiado espontáneo y la vehemencia de Tessa lo desconcertaba. Pero no terminaba de acostumbrarse a que la reprendiera en público. Si algo le molestaba, ¿tanto le costaba comentárselo en privado para evitarle la vergüenza? Inspiró profundamente y retomó la palabra, obligándose a ignorar el nudo que se le había formado en la boca del estómago.
—¿Dónde nos sentamos? Ayer me asignaron una mesa al fondo y estuve conversando con otros recién casados.
Enseguida se arrepintió de mencionarlo. No deseaba traer a colación el motivo por el que se había visto obligada a cenar sola. Aún le escocía. Haber compartido el momento con personas en su misma situación había acentuado la tristeza que sentía. Sus compañeros de mesa, que también celebraban su luna de miel en el crucero, intercambiaban miradas arrobadas y arrumacos, mientras que ella se esforzaba en fingir sonrisas y poner excusas a la ausencia de su marido. ¿Cómo justificar que en su noche de bodas Francisco alegara sentirse indispuesto y prefiriese permanecer en el camarote? Si al menos él le hubiese pedido que lo acompañara, Tessa habría renunciado con gusto a la comida con tal de compartir un momento de intimidad con él… Pero Francisco no lo hizo; más bien al contrario, la animó a que se fuera.
—En realidad me apetece estar solo —expuso con crueldad—. Me duele la cabeza, a veces hablas demasiado, Tessa. Y no te lo reprocho, pero hay momentos en los que un hombre necesita tranquilidad.
Y aunque se había propuesto dejarlo a solas con su tranquilidad por muchas horas, lo cierto es que Tessa no sabía ser rencorosa y se apresuró a regresar al camarote. Estaba preocupada, ¿habría ofendido a Francisco con su actitud? Y de ser así, ¿no debería buscarlo y pedirle que lo hablaran? Pero lo encontró roncando atravesado en la cama y hasta tuvo que resignarse a ocupar el único rincón que Francisco le dejaba en el colchón.
Al acostarse, trató de acercarse a su cuerpo para que su marido la envolviera entre sus brazos. Sin embargo, Francisco se giró al notar su cercanía, provocando que un frío de hielo se le agarrara a los huesos. No era así como había imaginado su noche de bodas. Se sintió nuevamente rechazada. Era una sensación que experimentaba en los últimos tiempos. No había sabido o no había querido verlo, aunque lo cierto era que Francisco se mostraba distante y reacio a cualquier contacto.
—Hoy el barco navega durante todo el día, pero mañana está previsto que alcancemos el primer puerto, y estoy deseando verlo contigo —manifestó ilusionada mientras sus ojos se repartían entre Francisco y los numerosos estímulos que los rodeaban. La noche anterior estaba ofuscada y no había reparado en todos aquellos detalles: las majestuosas lámparas que colgaban del techo, los coloridos manteles, las mesas de apoyo en los laterales que estaban a rebosar de postres deliciosos con los que poner el broche de oro a una comida de ensueño. Recordó haber leído que en la gastronomía maltesa destacaban unos pastelitos de hojaldre dignos de mención y sugirió—: Mañana, en La Valeta, deberíamos probar los pastizzi rellenos de queso ricotta y también los de puré de guisantes. Son típicos y están muy recomendados.
Francisco compuso una expresión ceñuda. Tessa tenía una natural tendencia al sobrepeso y sus esfuerzos por mantener la línea chocaban con la pasión por la comida de la que tan a menudo hacía gala. Se removió en la silla, visiblemente molesto.
—No esperes gran cosa de La Valeta. Es pequeña y demasiado turística —declaró desdeñoso.
Por su trabajo, había viajado mucho y conocía la mayoría de los destinos de la cuenca mediterránea. En su momento, a Tessa esto le había parecido una ventaja, si bien los comentarios desalentadores de Francisco sobre las ciudades que tenían previsto visitar durante el crucero comenzaban a inclinarla en sentido contrario.
El resto de la cena se desarrolló en una paz relativa. Para evitar la sensación de caminar sobre arenas movedizas, Tessa se interesó por los proyectos que el estudio de Francisco llevaría a cabo en el siguiente trimestre. Y así, durante hora y cuarto, Francisco no escatimó detalles sobre posibilidades estructurales, constructivas y plásticas de los diferentes materiales, el valor de la innovación frente a los elementos tradicionales y la importancia de crear edificios únicos y originales para destacarse en el panorama arquitectónico. Adoraba su trabajo y cuando hablaba de él era cuando más se apasionaba. Y el caso es que a Tessa le encantaba observarlo mientras lo hacía.
No obstante, aquella noche deseó secretamente la compañía de las parejas de recién casados con los que había departido la velada anterior. Echaba de menos el eco de sus risas, el ruido de sus copas al brindar por un futuro lleno de promesas. Sintió el deseo de elevar la suya y pedirle a Francisco que celebraran el comienzo de su nueva vida. Pero sabía que frenar el entusiasmo de su marido en aquel momento provocaría un nuevo enfrentamiento, así que se resignó a posponer el brindis para otro momento. Ya habría mejores ocasiones; al fin y al cabo, tenían una vida por delante.
Aquella noche Francisco esgrimió una nueva excusa para evitar consumar el matrimonio. Era ridículo, absurdo, que un dolor de cabeza lo atenazara hasta el punto de rehusar mantener relaciones sexuales.
—Déjame descansar un rato a ver si me pongo mejor —pidió, y en esta ocasión, para variar, no se mostraba descontento.
Tessa cogió un libro y se sentó junto a la cama para hacer tiempo. Estaba cansada pero la excitación la mantuvo en vela al menos durante las dos horas siguientes. Había desplegado todas sus dotes seductoras, aunque Francisco no parecía impresionado. Ahora dormía y nada hacía presagiar que fuera a despertar hasta el amanecer, y Tessa notó que el desaliento se apoderaba de su ánimo. Un poso de tristeza había anidado en su corazón. Un presentimiento, la intuición de que algo no marchaba bien.
Lo observó roncar plácidamente y apenas logró reprimir las ganas de zarandearlo. Quería exigirle una explicación, acosarlo hasta que le ofreciera un motivo. Necesitaba comprender qué había cambiado desde que habían firmado aquel maldito papel, por qué la rehuía cuando más deseaba estar con él, por qué parecía resuelto a hacer añicos sus sueños.
Atormentada por oscuros pensamientos, cayó por fin en los brazos de Morfeo. Había conseguido alejar al extranjero de su mente durante todo el día y, no obstante, no consiguió esquivarlo en sueños. Tal como había ocurrido la noche anterior, su profunda mirada penetró su subconsciente y en su imaginación se dibujaron nítidas imágenes donde él la llamaba Teresa y recorría, primero con sus ojos, con sus manos después, pedazos de su piel encendiendo la pasión de su alma. Abdul… Abdul…
—No tengo una razón especial, Tessa. No te pongas pesada.
Tessa miró a Francisco de hito en hito. No daba crédito a sus palabras. El amanecer los había sorprendido en La Valeta. Tessa había subido a cubierta, después de asearse y vestirse, y tras un par de vanos intentos para que Francisco la acompañara. La visión de la ciudad, que se debatía entre la luz de la alborada y la de los focos nocturnos que aún encendían parte de la muralla, atrapó sus sentidos. Entre los edificios históricos y monumentos que apuntaban al cielo en aquella imagen esplendorosa se le abrían un sinfín de posibilidades.
Regresó al camarote, presa de la excitación. Debían darse prisa si querían aprovechar al máximo el tiempo. En unas horas, el barco reemprendería la navegación. Pero si se organizaban bien, podrían visitar los lugares imprescindibles. Así se lo expuso a Francisco, aunque él no parecía compartir la misma opinión.
—Ya sabes que conozco la ciudad. He estado tres veces en ella.
—¡Con más motivo! Me gustaría verla a través de tus ojos. No podría tener un mejor guía que tú —lo aduló, aunque él no dio muestras de sentirse halagado.
—No insistas. Me quedo aquí. Ya sabes que me aburre pasear. Tú querrás ir de aquí para allá, correteando por las tiendas y buscando regalos. Y, aunque me dijeras que estás dispuesta a renunciar a ello —continuó al verla dudar—, no sería justo que yo te privara de hacer lo que más te gusta. Ve tú sola —concluyó sin ninguna clase de escrúpulos—. Yo estaré bien, tengo que estudiar un par de planos. Pero te lo compensaré más tarde. Hay una fiesta esta noche. Si te apetece, podemos vestirnos de gala y asistir. Podría resultar divertido.
A Tessa le pilló tan desprevenida la propuesta que por un momento olvidó su indignación. Que Francisco no era aficionado al baile no era un secreto, y había visto en el panel donde se exhibía el programa de actividades que se trataba de una fiesta con baile. Seguramente le había seducido la etiqueta, porque si algo satisfacía sus necesidades era preocuparse por su aspecto. La moda y sus tendencias se encontraban entre sus aficiones, de modo que buscaba cualquier excusa para dar muestras públicas de su buen gusto. Con todo, Tessa se sentía inclinada a pensar que, más que el deseo de lucirse, lo que motivaba a Francisco a planear sumarse a la celebración era compensarla de alguna manera por dejarla sola durante el día.
Suspiró, no tenía ganas de discutir. Echando un vistazo alrededor reflexionó sobre el hecho de que Francisco, incidiendo en su faceta más economizadora, hubiese escogido un camarote interior. Ahora que había decidido permanecer allí, Tessa pensó que debía lamentar que las vistas no fueran precisamente seductoras. Los espejos en la pared y las cortinas simulando ventanas no aplacaban la sensación de claustrofobia que la atenazaba la mayor parte del tiempo. Era una habitación coqueta, pero a ella se le antojaba una ratonera. Cuando estaba allí, se sentía un poco prisionera y anhelaba salir a reencontrarse con el mar, que se había convertido en confidente de sus pensamientos.
Por lo visto, Francisco no compartía su inquietud. Pero si él se empeñaba en quedarse recluido, allá él. Durante años había soñado con hacer un crucero y nada ni nadie podrían empañar la ilusión que le latía en el espíritu.
Se despidió de Francisco, sintiéndose aventurera, y cruzó el barco hasta llegar a la plataforma de desembarque. Mientras la recorría, alejándose de su marido, experimentó una novedosa y extraña sensación de alivio.
A pesar de haber atracado en algunos de los puertos más bellos del mundo, Abdul consideraba el de La Valeta uno de los más destacados. Le fascinaba su fisonomía, la proliferación de tiendas y restaurantes que lo llenaban de vida. Pero, sobre todo, le conquistaba la entrada del crucero en el puerto, que consideraba una experiencia inigualable. El color ocre de los edificios, las distintas fortalezas que constituían un recordatorio contundente de que la historia había pasado por la isla dejando tras de sí una huella indeleble. Aspiró el intenso olor a sal que desprendía el muelle y experimentó la habitual añoranza que le asaltaba cada vez que tocaba puerto. Su tierra, tan lejana en aquel momento, también estaba bañada por el mar, y la costa le arrancaba vaharadas de su particular aroma que impregnaban los lugares más cercanos, esos que él solía frecuentar en otro tiempo. Sus sentidos identificaban las similitudes lanzando señales al cerebro, dolorosas señales que lo entristecían.
Se obligó a no pensar en su familia, en los seres que amaba y que se había visto obligado a dejar atrás, mientras ponía rumbo a la zona de los bares. En cualquier cafetería podría pasar las horas, contemplar el ir y venir de los pasajeros que abandonaban los barcos por docenas, ávidos por conocer aquel nuevo destino. Disfrutaba observando a las personas, estudiándolas y sacando conclusiones. Le entretenía adivinar de dónde procedían, escuchar sus idiomas nativos, determinar qué rasgos los definían en función de su origen.
Se acomodó en un rincón junto a la ventana, con un café entre las manos y la deliciosa perspectiva de no tener prisa. Hacer planes, llenar la agenda de tareas, eran para Abdul actividades sobrevaloradas. Su objetivo era gozar la vida de una manera pausada. Sin establecer horarios, sin que la rutina lo devorara; quería disfrutar de la oportunidad de saborear cada momento. Si algo había aprendido de la experiencia es que las pequeñas cosas son las que realmente importan, y a él le importaban los detalles, por encima de esos sueños de grandeza a los que algunos aspiraban.
Al otro lado del cristal observó el paso de los transeúntes. Unas cuantas familias de excursionistas que se preparaban para la clásica ruta por la isla, grupos de amigos, parejas acarameladas que posaban para congelar el instante en un selfie, niños que reían y saltaban emocionados al ser sorprendidos por la banda de música y las azafatas con los típicos trajes malteses, que les ofrecían una flor a modo de bienvenida dando muestras de la hospitalidad de sus habitantes. Adoraba recrearse en sus caritas. Imaginaba a Okky, su hermana de nueve años, en la misma situación. Sus blancos dientecillos, los ojos vivarachos, ¡cómo celebraría aquel gesto y qué feliz sería!, y no podía evitar enternecerse. La melancolía era una compañera de viaje inevitable cuando uno se encontraba a casi once mil kilómetros de distancia de casa.
Desvió la vista hacia otra escena, la que protagonizaba una mujer de larga melena oscura y deliciosas curvas. Teresa… ¿Cómo olvidar su nombre, cuando había quedado profundamente impresionado por su belleza? Teresa, la solitaria. Teresa, la soñadora. Lo había leído en el fondo de sus ojos: Teresa era una de esas personas especiales que saben convertir en realidad sus sueños. De las que buscan, de las que no se conforman. Alguien dispuesta a luchar y a creer.
No obstante, la intuición le decía que ella misma desconocía todavía aquella faceta de su personalidad. La mujer que había compartido con él aquellos preciosos minutos en la cubierta del barco era una mujer que no había desarrollado todo su potencial. Y a él le habría encantado ser quien liberara esa energía que Teresa guardaba, pero la joya que relucía en su dedo revelaba que ella pertenecía a otra persona. Una alianza apenas estrenada, resplandeciente. Una joya delicada a la par que ostentosa. Su experiencia le dictaba que se trataba de una recién casada. La esposa de un hombre bien situado, al que él aborrecía sin remedio, porque, ¿qué clase de marido dejaría a su esposa sola en la cubierta? ¿Por qué no estaba junto a ella contemplando las vistas? Los occidentales tenían a veces costumbres extrañas, pero cuando se trataba de amor no había diferencias. Cualquier hombre enamorado habría disfrutado mirando el paisaje desde los ojos de la mujer que amaba. Y aquella mañana, ¿qué le impedía acompañarla durante su visita a la isla?, reflexionó cada vez más disgustado.
Teresa desplegó un plano frente a los ojos del camarero y, mientras este le daba indicaciones, Abdul imaginó que recorría con sus manos su piel de alabastro. Recordaba cada centímetro, desde los delicados dedos hasta los hombros. Los tenía grabados a fuego en su memoria. Durante el tiempo en que ella permaneció agarrada a la barandilla, Abdul se había recreado en los detalles. Detalles… la razón de su existencia, y ahora, a pesar de la distancia, no necesitaba más estímulo que su imaginación para regresar al mismo escenario y repasar uno a uno los rasgos que conformaban su exquisita hermosura.
Recordó que mientras le hablaba, notando como ella apretaba los labios debatiéndose entre la necesidad de responder y un sentimiento de lealtad que la impelía a rechazar cualquier acercamiento, había sentido ganas de alargar la mano para tocarla. Que al día siguiente había subido a la cubierta a la misma hora, con la secreta esperanza de que Teresa apareciera otra vez, y que estuvo esperándola durante horas, convenciéndose de que no había vivido un sueño. Ambos habían respirado el mismo aire. Sus manos se habían apoyado en aquella barandilla, muy cerca la una de la otra; la suya, oscura como el chocolate fundido, la de Teresa, blanca como un vaso de leche. Chocolate con leche, una dulce mezcla… Sus manos siguieron el rastro de las de Tessa, pero aquel trozo de madera parecía lamentar que ella no estuviera y se rebeló, trasladando a sus dedos el frío de la ausencia. Era una sensación extraña, como de pérdida. No se podía perder lo que nunca se había tenido, pero Abdul había vivido con tanta intensidad la experiencia que sentía que aquella mujer de algún modo le pertenecía.
Por la forma en que la miraba, supo que el camarero también había caído en su embrujo y experimentó un arrebato de celos. La simpatía tenía sus límites y el hombre había excedido los de la cortesía desde el momento en que ella dobló el plano y se despidió de él amablemente. Deseó que aquella sonrisa fuera dirigida a él. Acaparar cada una de las que le quedaran por brindar en el futuro.
Teresa caminaba en dirección a alguna parte y Abdul tuvo un impulso. Se levantó, pagó su café y salió de la cafetería a toda prisa con el firme propósito de seguirla.
En la guía aseguraban que Upper Barrakka Gardens ofrecía las mejores vistas de La Valeta y que existía la posibilidad de llegar hasta allí, bien en el ascensor, bien por las escaleras. Aunque a Tessa le gustaba caminar, la idea de disfrutar de unas vistas panorámicas la sedujo enseguida. Así que se decantó por la primera opción.
Y no se arrepintió de su elección. El paisaje, que abarcaba las tres ciudades fortificadas: Cospicua, Vittoriosa y Senglea, le pareció digno de un cuento. Los jardines, situados en un bastión en el punto más alto de la ciudad, estaban envueltos en un manto de calma y constituían el lugar perfecto para recrearse en la naturaleza y tomar fotografías, que era una de las aficiones de Tessa.
Capturó en imágenes la belleza de algunas flores y plantas, las esculturas conmemorativas y luego, en el paseo porticado, localizó uno de los bancos bajo la sombra de los árboles para descansar. Respirar el aire de la mañana, escuchar los sonidos que emitían las aves y los insectos. Su oído estaba acostumbrado a discriminarlos y aprovechó que la soledad le permitía decidir cómo organizar su tiempo para emplearlo en aquel entretenimiento.
Sabía estar sola y disfrutaba con ello. Además, había decidido que no echaría de menos a Francisco. A él le habría aburrido la ruta planteada. Siempre andaba metiendo prisa, pues consideraba que Tessa era muy dada a perder el tiempo. Se sintió perversa por experimentar satisfacción al decidir permanecer allí cuanto se le antojara e incluso cerró los ojos para dejarse llevar. La belleza del entorno la inducía a soñar con un futuro lleno de promesas, con una vida plena de amor.
—Desde el mirador pueden contemplarse los atardeceres más bellos que uno pueda imaginar.
Tessa se sobresaltó al volver a escuchar la voz inconfundible del extranjero. Su corazón aceleró los latidos. Era una niñería ponerse nerviosa por el mero hecho de iniciar una conversación con un extraño. Pero ahora que no tenía el mar tan cerca como la mañana en la que coincidieron en cubierta, sus sentidos se concentraban en él. Y Tessa se hizo consciente de su olor, un perfume exótico que excitaba su imaginación transportándola a países lejanos llenos de misterio.
Se giró y al momento quedó atrapada en su mirada. A la luz del sol que brillaba con profusión descubrió que sus ojos eran aún más negros y brillantes de lo que recordaba. Abdul estaba sentado junto a ella y la observaba como embelesado y Tessa se sintió cohibida. Sin pensarlo, se incorporó decidida a marcharse. Abdul la retuvo sujetándola por el brazo y Tessa lo miró horrorizada. La mano de Abdul sobre su piel le calentaba la sangre. Una sensación que jamás había experimentado se apoderó de ella: una mezcla de miedo, deseo, expectativa.
—Perdona si te he asustado —murmuró Abdul liberándola del contacto—. No pretendía ser brusco, pero es que no quiero que te marches —manifestó con una sinceridad que aplastó su resolución de alejarse—. Te he visto pasear sola y no he podido evitar seguirte. Yo también estoy solo y me gustaría acompañarte.
Cualquier aversión que Tessa pudiera sentir quedó sepultada bajo la expresión suplicante de Abdul. Después de todo, ¿qué mal había en intercambiar unas palabras con un desconocido? Si a Francisco le preocupase que ella pudiera establecer contacto con otros hombres, no habría elegido la compañía de sus planos en vez de la de ella. No estaba en su intención hacer nada malo, y lo cierto fue que Tessa ni supo ni quiso decir que no. Y así, sin más aspavientos, Abdul acomodó su paso al de ella e iniciaron un recorrido por los jardines.