Czytaj książkę: «Mentes insanas»
BRIGITTE VASALLO
MENTES
INSANAS
Ungüentos feministas
para males cotidianos

© del texto: Brigitte Vasallo.
© de la ilustración final:
Natalia Fariñas, 2020.
Los artículos seleccionados para este libro se publicaron
por primera vez en el blog Mentes Insanas, de la revista Mente Sana, desde 2017 hasta 2019.
© de esta edición: RBA Libros, S.A. 2020.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: noviembre de 2020.
REF.: ODBO774
ISBN: 978-84-9187-755-4
COMPOSICIÓN DIGITAL • GRAFIME, S.L.
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CONTENIDO
1 Prólogo
2 1. UNGÜENTOS PARA PROTEGER LA PIELCumpleañosVieja, ¡por fin!La vida te enseña a vivirlaUn eslabón en la cadenaLa playa de la gente vieja y gordaQue nos lleven las maletasNo: llevémonos las maletasLa barba es nuestraTerror en el hipergimnasio
3 2. BATIDOS PARA LAS DEFENSASMi placer es míoSexo sin amor, dubidubidáSexo con amor, dubidubidáQué eres cuando te masturbasQue una mala noche no te fastidie el titularGente que te hace la vida más fácilToda la gente que mejoró tu vidaViva el mal, viva el capitalEl aula como espacio de conmociónCinco propuestas feministas ante los flames en las redes socialesLa niña de El exorcista es feministaSi nos hieren a una, nos hieren a todasVamos a competir hasta que perdamosBanda sonora y así nos va
4 3. INFUSIONES PARA EL BIENESTARFotos (poderosas) en contrapicadoQué necesitasSi no hay cucharita, no es mi revoluciónCincuenta sombras de más de lo mismoEl legado feministaCinco propuestas insanas para un año feministaNarciso no se enamoró de sí mismoHay que gitanizar el mundoTwitter acabará con nosotrasFeminismos fermentadosCómo enfadarte con una película en tres sencillos pasosVasallo… la VasalloSalir del armario entre pitos y flautas
5 4. HIERBAS PARA LOS AMORESLa perfecta enamorada de la persona perfectaAmores y zapatos que te gustan, pero te sientan fatalCelosaSantoriniLargarse a tiempoQuererse no va de gustarseLa poliamorosa no nace, se haceEl poliamor no funcionaAmor neoliberal: ponme otra de gambasCuanto más conozco a la gente, más amo a mi geranioDeseamos por encima de nuestras posibilidadesApps de ligue: el último campo de batalla¿Dónde ligamos las raritas?El miedo no solo es miedoLas amantes de mis amantes no son mis amantesDolores colectivos para amores colectivizadosLa ex de tu novio sabe cosasSolo pido por San Valentín que dejen de matarnosEstás coartando mi libertad, beibi¿Por qué romper la monogamia?
6 5. EN CASO DE HERIDAS SANGRANTESQue yo no tengo una pena, la pena me tiene a míSomatizar no es un bichitoCorrer detrás de la vida sin llegar a alcanzarlaTengo una novia que se llama AnsiedadLa depresión no tiene poesíaMi cuerpo es más sabio que yoEstar sola en NavidadLas que fuimos maltratadasEl mapa emocional para quien se lo trabajeEl #MeToo de la violencia en la infanciaEl infierno somos todasHoy no se juzga a una mujer violadaQue La Manada no oculte el bosqueCompañeras jornalerasAutostop en un mundo chungoNuestras niñas de AlcàsserNo es no es no es noVivir acumulando pruebasEl dolor, cuando se acaba
7 Epílogo
PRÓLOGO
Queridas Mentes Insanas:
Cuentan una historia que dice más o menos así: estaba Emma Goldman bailando cuando un correligionario fue a llamarle la atención. Emma Goldman, la filósofa, la anarquista, la revolucionaria, la que fue nombrada como la mujer más peligrosa de Estados Unidos, la encarcelada, la abortista. Esa Emma Goldman. En opinión del tal correligionario, bailar no era una acción apropiada para una alta pensadora, a lo que ella contestó, tranquilamente, que, si no se podía bailar, no es mi revolución.
Me interesa mucho Emma Goldman porque me preocupan mucho los dogmas, las doctrinas, y el proceso según el cual cualquier gesto liberador queda congelado inmediatamente en una nueva normativa. Es decir, el proceso según el cual un dogma sustituye a otro y todo cambio se queda apenas en un reemplazamiento. Ella, como Hannah Arendt, como Audre Lorde, fue extremadamente fina en detectar ese proceso y no dejarse atrapar por él. Fue extremadamente fina en ser revolucionaria todo el rato, incluso dentro y hacia la revolución.
Lo del baile, pues, no es ninguna tontería.
El pensamiento crítico tiene también sus dogmas, esos que dicen de antemano cómo tienen que ser las cosas nuevas aun antes de que existan, cómo tiene que ser el resultado, porque ese es el único resultado «bueno», «correcto». Y el dogma de la revolución tiene su estética también: señores cejijuntos, cabizbajos, atormentados en sus pensamientos profundos, como si pensamiento crítico, lucidez, rigor y alegría, sentido del humor y petardeo fuesen incompatibles.
Yo no creo que todos esos pensadores cabizbajos, llámalos Walter Benjamin, Marx, Martin Luther King, Platón o Fanon, no creo que ninguno de ellos estuviese siempre enfadado. Dudo de Marx, pero los otros seguro que tenían momentos de gracia. Pero esos no eran los momentos de representación. Y si alguna muestra hay de ellos fuera del cajoncito de cómo debe ser un revolucionario, esta desaparece de la memoria colectiva porque no encaja en el cajoncito que, como la banca, siempre gana. Las feministas andamos atrapadas en la pinza que hacen el género y el pensamiento crítico. La estética del género nos pide que seamos agradables, risueñas, divertidas, amorosas. La estética del pensamiento crítico nos pide que estemos enfadadas todo el día. Y entonces está Emma Goldman para recordarnos que los feminismos llegaron precisamente para desmontar todos esos tinglados y construir un espacio aligerado del peso constante de tanta norma. Y aunque se nos señale a menudo como mujeres amargadas, poco disfrutonas, nosotras somos de la estirpe de las brujas, aquellas mujeres que celebraban orgías con el demonio. No tengo ni idea de cómo se celebra una orgía con el demonio, pero tendréis que reconocer que suena a cualquier cosa menos a aburrido.
Cuento todo esto porque en la primavera de 2017 recibí una propuesta de la revista Mente Sana para escribir un blog sobre bienestar y ese tipo de cosas. Faltaban apenas dos meses para mi cuadragésimo cuarto cumpleaños, apenas cinco semanas para que muriese mi padre elegido y yo ya caminaba, sin saberlo pero sin pausa, hacia mi tercera depresión diagnosticada y hacia un duelo profundo que iba a reconfigurar buena parte de mi vida. Y fue con todo este panorama abriéndose ante mí que acepté el reto. Y así nació el «Mentes Insanas»: el título irónico de una columna escrita en pleno hundimiento para una revista sobre equilibrio emocional.
Porque las feministas, si algo tenemos, es un gran sentido del humor.
LA INDEFENSIÓN APRENDIDA
Cristy Tojo Velasco, campeona de parakarate, me presentó una vez diciendo que yo, al igual que ella, me dedico a la autodefensa, aunque yo lo haga con las palabras y ella con el cuerpo.
Crecí en un entorno violento, pensando que tener miedo era normal. No era una violencia de esas de película, de pistolas y puñetazos, era otra cosa mucho más difícil de narrar, mucho más difícil de identificar y que nos fue calando a todas las que estuvimos expuestas a su radiación, como un veneno de esos que no detectas hasta que todos tus órganos internos están podridos, pulverizados. Mi cuerpo asumió tanto y tan profundamente la indefensión que solo era capaz de protegerme imaginando que era una persona distinta, interpretando a alguien que se parecía a mí pero que no era yo.
Escribir tiene algo de estar en otros cuerpos desde los que poder hablar, estar en otras voces. Mientras escribía el «Mentes Insanas» y me sumía en la depresión, también estaba cerrando una investigación de muchos años sobre sistemas relacionales, que publiqué en 2018. Un libro intenso, aunque mesurado, un trabajo serio acorde con la estética y la ética que se espera de un ensayo científico. Y aunque escribirlo y poder acabarlo en plena depresión fue un logro personal y fue sanador, el «Mentes Insanas» me dio espacio para otra voz mucho más personal y mucho más perdida en mis procesos, una voz añorada que se enredaba en los mismos temas de mis otros escritos, pero que los resolvía de manera distinta. La voz personal de alguien que no estaba siendo yo pero que podía volver a ser si lograba sacarme de la desolación. La voz de alguien que planta cara, que se ríe de las cosas que le pasan, que da portazos y no se culpa por darlos, que se atreve a verbalizar el hundimiento porque ya no está del todo hundida. Esa fue mi voz en el «Mentes Insanas», y ese fue, también, un hilo que me permitió volver a hacer mía esa voz. Recuperarla.
Fue, efectivamente, un ejercicio de autodefensa ante una vida que me estaba dando demasiado fuerte.
Tengo que decir que mis editoras del momento no sabían de la dimensión de todo esto, así que este texto es también una salida del armario ante ellas. Y posiblemente ahora entenderán los mails sin respuesta durante semanas y ese tipo de imposibilidad de lidiar con la vida que yo iba disimulando como podía y que ellas aceptaron con una tranquilidad que les agradezco profundamente.
En los dos años que existió el blog pasaron muchas cosas. Escribí sobre amores, sobre violencias, sobre género, sobre feminismo… todo aquello que se esperaba de mí, porque se supone que son temas de los que sé cosas. Pero los escribí aterrizados en realidades concretas, pequeñas, cotidianas. El feminismo, para mí, es una herramienta, no una identidad. Una herramienta como muchas otras, ni mejor ni peor, que utilizo según la ocasión, cuando me es útil para esa ocasión concreta. Si no lo es, porque no siempre lo es, uso otras herramientas, o las combino, o las adapto. Ni el feminismo como corriente ni sus variantes concretas, los feminismos, me solucionan nada (sospecho de las teorías emancipadoras que dan soluciones), sino que me ayudan a mirar fuera del marco, a encontrar preguntas donde ni siquiera había dudas, y a encontrar respuestas a través de esas preguntas. Y escribí desde la decepción colectiva de no poder hacer más de lo que hacemos, de no estar a la altura de nuestros sueños, ni de nuestros discursos. También están escritos desde el enfado, desde la rabia, desde el puñetazo sobre la mesa y la patada a la puerta y el ataque de llanto. Y escritos, aun, desde la risa, la ironía, la autoparodia, la comicidad y una intrascendencia que es como el bailar de Emma Goldman: no solo compatible con la revolución, sino consustancial a esta.
Para sacarlos en papel he reorganizado las entradas, he roto la línea temporal en favor de otra que tenga más sentido fuera del espacio-red. Me hace ilusión que estén juntas ahí en un objeto físico, olible, tirable contra la pared, dibujable, y me da vértigo, al mismo tiempo, que cojan tanto cuerpo estos textos que fueron pensados en un modo más etéreo.
Gracias por volverlos a acoger, y feliz lectura, Mentes.
1 UNGÜENTOS PARA PROTEGER LA PIEL
LA CASA DE LA DIFERENCIA
Me gusta mucho Audre Lorde y vuelvo a ella siempre, desde hace un montón de años. Y, a cada nueva lectura, aparecen capas de significado a las que no había prestado atención y que de pronto están, inevitablemente allá, relucientes, inesquivables.
En su biomitografía, una autobiografía novelada, narra las dificultades para encontrar un entorno seguro, certero, en cuanto que mujer, Negra (ella lo escribe con mayúscula), lesbiana y pobre, y de cómo todo encuentro articulado a través de la similitud es una ficción temporal. Cuenta de qué manera participó en grupos que giraban en torno a la experiencia lesbiana donde el racismo no era tomado en consideración, o en grupos donde el eje aglutinador era la racialización, pero donde su experiencia lesbiana era mirada de medio lado, o en grupos donde el común denominador era el género, y en los que no se tenía en cuenta ni lo uno ni lo otro. Y así, Lorde inicia un recorrido en busca de sus iguales, donde cada espacio se proyecta en un juego de espejos infinito que remite a una nueva diferencia interna, que a su vez genera un subgrupo que remitirá a una nueva diferencia interna que generará un subgrupo.
«Tardé mucho en darme cuenta —dice— de que nuestro lugar era el hogar mismo de la diferencia más que la seguridad de cualquier diferencia particular. (Y con frecuencia éramos cobardes en nuestro aprendizaje)».
Lorde, como la realidad, ni es simple, ni es simplista. Ella, sus textos, no sirven para negarles la diferencia a las y a los demás mientras reivindicamos la propia, no sirven para hacer ejercicios de abuso de poder. Eso que ella llama «la casa de la diferencia» es precisamente un espacio donde atender al hecho irrefutable de que somos distintas y de que, en el mundo en que vivimos, somos desiguales de manera multidimensional.
Y solo atendiendo a esa realidad podremos estar juntas.
CUMPLEAÑOS
Queridas Mentes Insanas:
Inicio este blog en las fechas que rodean mi cuarenta y cuatro cumpleaños, abrumada por la infinidad de mensajes que, desde hace más de una década, me informan puntualmente de que algo anda mal. No directamente, claro: cuando digo mi edad se hace un instante de silencio tras el cual todo el mundo se lanza a quitarle hierro a la cosa.
Y «la cosa» no es otra que el hecho de que soy una mujer y cumplo cuarenta y cuatro años.
Oye, pues no se te nota nada.
Parece que tengas treinta.
¿Cuántos cumples… dieciocho? (seguido de risa-risa, codazo-codazo).
Vamos a poner las cosas claras.
Haciendo un cálculo digno de la nefasta matemática que soy, cuarenta y cuatro años han sido unos 16.071 días sobre la faz de la tierra. En ese porrón de días, he aprendido a distinguir entre lo que me gusta y lo que me hace bien, he aprendido a escoger mis batallas, a no enfadarme más de la cuenta pero a enfadarme cuando es necesario, a no darle mayor importancia a algunas cosas pero a no dejar pasar ni una en otras cuestiones, a aguantarme a mí misma en general y a tratarme bien en particular.
Nada de esto venía de serie y nada lo he hecho yo sola: me ha acompañado una constelación de gente que me ha hecho bien, y otra que no tanto, y unas cuantas personas que me han hecho mal, así, directamente.
Me he llevado una cantidad de palos que prefiero no calcular, me he deprimido unas cuantas veces y lo he superado otras tantas, he ido a terapia una vez y he salido bastante renovada, a lo fénix.
Tengo un sentido del humor afinado y una perspectiva sobre el mundo que me alegra la vida y me la amarga simultáneamente, estoy de vuelta de un montón de cosas, mientras que a otras tantas ni siquiera he empezado a ir. Y cada vez me faltan más cosas por hacer, pues cada cosa que hago me remite a decenas que aún no he hecho pero que quiero hacer.
Todo esto, queridas Mentes, necesita tiempo. No lo pude hacer con treinta, ni mucho menos con dieciocho.
Por lo demás, cada una de estas cosas ha dejado una huella clara en mí, en mi cabeza, en mi espíritu y en mi cuerpo. Tengo magulladuras, cicatrices, arrugas, incluso una específica y vertical entre ceja y ceja de tanto fruncir el ceño y romperme la crisma buscando soluciones a los problemas que he ido encontrando.
Y si estoy aquí es porque, de alguna manera, he encontrado esas soluciones.
Mis 16.071 días se notan en todo lo que hago: se notan en los orgasmos que doy y que recibo, en las fiestas que monto, en los artículos que escribo, en las cosas de las que me río y en las que no me hacen gracia, en los límites que pongo y en las cuestiones que dejo pasar y que hace unos años se me hacían chicle en la boca del estómago.
Haber llegado hasta aquí me parece una especie de milagro, visto cómo anda el mundo. Y hacerlo orgullosa entre todos esos mensajes compasivos por algo que me parece un milagro, hace que el milagro sea aún mayor.
El problema con mi edad lo tiene el mundo, no yo. Un mundo que quiere que las mujeres seamos eternamente infantiles, inexpertas, maleables, dubitativas, controlables y muy poco peligrosas.
Pero yo, queridas, como muchas de vosotras, tengo peligro. Y, la verdad: estoy encantada de ser peligrosa.
VIEJA, ¡POR FIN!
Queridas Mentes Insanas:
Las actrices se quejan de que no hay papeles para ellas pasados los cuarenta. Como consecuencia, no tenemos representaciones audiovisuales de mujeres de más de cuarenta años, a menos que aparenten tener la mitad o que su rol sea puramente residual y estereotipado; las compañeras heterosexuales se quejan de que a partir de esa edad devienen invisibles… Me encantaría deciros que son invisibles a los ojos de los hombres, pero, desgraciadamente, en las redes de ligue lesbiano y bisexual hay un filtro de edad que ejerce una función invisibilizadora. Añado que en las apps de ligue para mujeres con mujeres hay muy pocos filtros. No los hay, por ejemplo, para cosas tan trascendentes como la ideología política, pero sí hay un filtro de edad para que ni siquiera veas los perfiles de mujeres que no entran en tu franja escogida. Cada cual sus gustos, me diréis, pero curiosamente el gusto de todo el mundo se parece mucho, y eso siempre es sospechoso.
¿Qué pasa con las mujeres a partir de una edad, y qué edad es esa?
La respuesta es bastante triste. Dejamos de ser posibles reproductoras y, por lo tanto, ya no tenemos espacio social asignado. Por mucho que las cosas hayan cambiado, por mucho que eso ya no se estile, por mucho que ahora el feminismo nosequé o nosecuántos. Que las mujeres ya no estamos reducidas únicamente a nuestra función reproductiva es relativamente cierto, sí. Aunque es como si hubiésemos derribado un muro, pero hubiéramos olvidado retirar los escombros, así que el espacio sigue ocupado por el muro en ruinas que ahí continúa al fin y al cabo.
Los escombros de aquella idea de las mujeres únicamente como madres es nuestra fecha de caducidad como mujeres, que sigue estando vigente en mil detalles. Desde el clásico «no aparentas tu edad» como piropo, aunque sea un insulto infantilizador, hasta la abuelización de las mujeres mayores, a las que llaman abuelas tengan o no descendencia.
En el mundo laboral, la cuestión es escandalosa: desde los entornos donde la apariencia física tiene tanto peso como la calidad del trabajo, hasta entornos que pretenden huir de esas dinámicas, pero confunden cuerpo joven con ideas novedosas, y acaban construyendo entornos solo de mujeres jóvenes con ideas decimonónicas sin darse siquiera cuenta.
El espacio postfértil, en lugar de ser un espacio liberado de ese mandato de la mujer-madre, es un espacio aleccionado de autoodio plasmado en el imaginario de la bruja, que tiene todos los defectos «imperdonables»: vieja, fea, mala, despeinada, con una nariz grande y una especie de falo (¡esa escoba!) entre las piernas.
Nosotras no nos ayudamos las unas a las otras tampoco. Y no por aquello de que somos nuestro peor enemigo, que menuda frase también, sino porque el mundo nos ha enseñado a confrontarnos y tenemos que llevar a cabo un proceso de deconstrucción para darnos cuenta de ello. No nos viene dado de serie eso de apoyarnos las unas a las otras. La manera en que imponemos normas de edad a las otras mujeres es muy significativa. Parece unánime que tenemos que vestir y comportarnos acorde con un estereotipo que incluye nuestra edad. Y pobre de la que se quiera salir de la norma. Al mismo tiempo, aquellas que intentan seguir a rajatabla la norma y, por ejemplo, escogen los retoques estéticos, también son defenestradas por haberse «estropeado» la cara.
Parece un callejón sin salida, pero no lo es. Si no hay espacios de existencia, tendremos que crearlos. Y las viejas somos solo uno de los muchos grupos de mujeres que escapan al sistema, de manera voluntaria o impuesta. Tenemos un montón de alianzas por forjar y un montón de cosas que aprender las unas de las otras. Y eso es, siempre, una estupenda noticia.