Za darmo

Episodios Nacionales: La batalla de los Arapiles

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– Lo averiguaré, señor.

– Estoy en el mesón de al lado, ¿sabes?

– La Lechuga, sí.

– Allí te espero. Tenemos mucho que hacer hoy, amigo Jean-Jean.

– No deseo más que servir a su excelencia.

– Y yo pago bien a los que me sirven.

XXII

Miss Fly, pretextando que la criada del mesón no debía enterarse de lo que hablábamos, me sirvió la frugal comida ella misma, lo cual, si no era conforme a los cánones de la etiqueta inglesa, concordaba perfectamente con las circunstancias.

– Vuestra tristeza – dijo la inglesa – me prueba que si en la comisión militar salisteis bien, no sucede lo mismo en lo demás que habéis emprendido.

– Así es en efecto señora – repuse – y juro a usted que mi pesadumbre y descorazonamiento son tales que nunca he sentido cosa igual en ninguna ocasión de mi vida.

– ¿No está vuestra princesa en Salamanca?

– Está, señora – repliqué – pero de tal manera, que más valdría no estuviese aquí ni en cien leguas a la redonda. Porque ¿de qué vale hallarla si la encuentro…

– Encantada – dijo la inglesa, interrumpiéndome con picante jovialidad – y convertida, como Dulcinea, en rústica y fea labradora la que era señora finísima.

– Allá se va una cosa con otra – dije – porque si mi princesa no ha perdido nada de la gallardía de su presencia, ni de la sin igual belleza de su rostro, en cambio ha sufrido en su alma transformación muy grande, porque no ha querido aceptar la libertad que yo le ofrecí, y prefiriendo la compañía de su bárbaro carcelero, me ha puesto bonitamente en la puerta de la calle.

– Eso tiene una explicación muy sencilla – me dijo la dama riendo con verdadero regocijo – y es que vuestra archiduquesa prisionera ya no os ama. ¿No habéis pensado en el inconveniente de presentaros ante ella con ese vestido? El largo trato con su raptor le habrá inspirado amor hacia este. No os riáis, caballero. Hay muchos casos de damas robadas por los bandidos de Italia y Bohemia, que han concluido por enamorarse locamente de sus secuestradores. Yo misma he conocido a una señorita inglesa que fue robada en las inmediaciones de Roma, y al poco tiempo era esposa del jefe de la partida. En España, donde hay ladrones tan poéticos, tan caballerescos, que casi son los únicos caballeros del país, ha de suceder lo mismo. Lo que me contáis, señor mío, no tiene nada de absurdo y cuadra perfectamente con las ideas que he formado de este país.

– La grande imaginación de usted – le dije, – tal vez se equivoque al querer encontrar ciertas cosas fuera de los libros; pero de cualquier modo que sea, señora, lo que me pasa es bien triste… porque…

– Porque amáis más a vuestra niña, desde que ella adora a ese pachá de tres colas, a ese Fra-Diávolo, en quien me figuro ver un grandísimo ladrón, pero hermoso como los más hermosos tipos de Calabria y Andalucía, más valiente que el Cid, gran jinete, espadachín sublime, algo brujo, generoso con los pobres, cruel con los ricos y malvados, rico como el gran turco, y dueño de inmensas pedrerías que siempre le parecen pocas para su amada. También me lo figuro como Carlos Moor, el más poético e interesante de los salteadores de caminos.

– ¡Oh! miss Fly, veo que usted ha leído mucho. Mi enemigo no es tal como usted le pinta, es un viejo enfermo.

– Pues entonces, Sr. Araceli – dijo Athenais con disgusto, – no tratéis de engañarme pintando a esa joven como una persona principal, porque si se ha aficionado al trato de un viejo enfermo, habrá sido por avaricia, cualidad propia de costureras, doncellas de labor, cómicas u otra gente menuda, a cuyas respetables clases creo desde ahora que pertenecerá esa tan decantada señora que adoráis.

– No he engañado a usted respecto a la elevación de su clase. Respecto a la afición que ha podido sentir hacia su secuestrador, no tiene nada de vituperable, porque es su padre.

– ¡Su padre! – exclamó con asombro. – Eso sí que no estaba escrito en mis libros. ¿Y a un padre que retiene consigo a su hija le llamáis ladrón? Eso sí que es extraño. No hay país como España para los sucesos raros y que en todo difieren de lo que es natural y corriente en los demás países. Explicadme eso, caballero.

– Usted cree que todos los lances de amor y de aventura han de pasar en el mundo conforme a lo que ha leído en las novelas, en los romances, en las obras de los grandes poetas y escritores, y no advierte que las cosas extrañas y dramáticas suelen verse antes en la vida real que en los libros, llenos de ficciones convencionales y que se reproducen unas a otras. Los poetas copian de sus predecesores, los cuales copiaron de otros más antiguos, y mientras fabrican este mundo vano, no advierten que la naturaleza y la sociedad van creando a escondidas del público y recatándose de la imprenta mil novedades que espantan o enamoran.

Yo hacía esfuerzos de ingenio por sostener de algún modo un coloquio en que miss Fly con su ardoroso sentimiento poético me llevaba ventaja, y a cada palabra mía su atrevida imaginación se inflamaba más volando en pos de sucesos raros, desconocidos, novelescos, fuente de pasión y de idealismo. No puedo negar que Athenais me causaba sorpresa, porque yo, en mi ignorancia, no conocía el sentimentalismo que entonces estaba en moda entre la gente del Norte, invadiendo literatura y sociedad de un modo extraordinario.

– Referidme eso – me dijo con impaciencia.

Sin temor de cometer una indiscreción, conté punto por punto a mi hermosa acompañante, todo lo que el lector sabe. Oíame tan atentamente y con tales apariencias de agrado, que no omití ningún detalle. Algunas veces creí distinguir en ella señales más bien de entusiasmo varonil, que de emoción femenina, y cuando puse punto final en mi relato, levantose y con ademán resuelto y voz animosa, hablome así:

– ¿Y vivís con esa calma, caballero, y referís esos dramas de vuestra vida como si fueran páginas de un libro que habéis leído la noche anterior? No sois español, no tenéis en las venas ese fuego sublime que impulsa al hombre a luchar con las imposibilidades. Os estáis ahí mano sobre mano contemplando a una inglesa y no se os ocurre nada, no se os ocurre entrar en esa casa, arrancar a esa infeliz mujer del poder que la aprisiona; echar una cuerda al cuello de ese hombre para llevarle a una casa de locos; no se os ocurre comprar una espada vieja y batiros con medio mundo, si medio mundo se opone a vuestro deseo; romper las puertas de la casa, pegarle fuego si es preciso; coger a la muchacha sin tratar de persuadirla a que os siga, y llevarla donde os parezca conveniente; matar a todos los alguaciles que os salgan al paso, y abriros camino por entre el ejército francés si el ejército francés en masa se opone a que salgáis de Salamanca. Confieso que os creí capaz de esto.

– Señora – repliqué con ardor – dígame usted en qué libro ha leído eso tan bonito que acaba de decirme. Quiero leerlo también, y después probaré si tales hazañas son posibles.

– ¿En qué libro, menguado? – repuso con exaltación admirable. – En el libro de mi corazón, en el de mi fantasía, en el de mi alma. ¿Queréis que os enseñe algo más?

– Señora – afirmé confundido, – el alma de usted es superior a la mía.

Vamos al instante a esa casa – dijo tomando un látigo, y disponiéndose a salir.

Miré a miss Fly con admiración; pero con una admiración que no era enteramente seria, quiero decir que algo se reía dentro de mí.

– ¿A dónde, señora, a dónde quiere usted que vayamos?

– ¡Y lo pregunta! – exclamó Athenais. – Caballero, si os hubiera creído capaz de hacerme esa pregunta que indica las indecisiones de vuestra alma, no hubiera venido a Salamanca.

– No, si comprendo perfectamente – respondí, no queriendo aparecer inferior a mi interlocutora. – Comprendo… vamos… pues… a hacer una barbaridad, una que sea sonada… yo me atrevo a ello, y aun a cosas mayores.

– Entonces…

– Precisamente pensaba en eso. Yo no conozco el miedo.

– Ni los obstáculos, ni el peligro, ni nada. Así, así, caballero, así se responde – gritó con acalorado y sonoro acento.

Su inflamado semblante, sus brillantes ojos, el timbre de su patética voz, ejercían extraño poder sobre mí, y despertaban no sé qué vagas sensaciones de grandeza, dormidas en el fondo de mi corazón, tan dormidas que yo no creía que existiesen. Sin saber lo que hacía, levanteme de mi asiento, gritando con ella:

– ¡Vamos, vamos allá!

– ¿Estáis preparado?

– Ahora recuerdo que necesito una espada… vieja.

– O nueva… No será malo ver a Desmarets.

– Yo no necesito de nadie, me basto y me sobro – exclamé con brío y orgullo.

– Caballero – dijo ella con entusiasmo – eso debiera decirlo yo para parecerme a Medea.

– Decía que no podemos entrar con Desmarets – indiqué pensando un poco en lo positivo – porque sale hoy de Salamanca.

En aquel momento sentimos ruido en el exterior. Era el ejército francés que salía. Los tambores atronaban la calle. Apagaba luego sus retumbantes clamores el paso de los escuadrones de caballería, y por último, el estrépito de las cureñas hacía retemblar las paredes cual si las conmoviera un terremoto. Durante largo tiempo estuvieron pasando tropas.

– Espero ser yo quien primero lleve a lord Wellington la noticia de que los franceses han salido de Salamanca – dije en voz baja a miss Fly, mirando el desfile desde nuestra ventana.

– Allí va Desmarets – repuso la inglesa fijando su vista en las tropas.

En efecto, pasaba a caballo Desmarets al frente de su regimiento, y saludó a miss Fly con galantería.

– Hemos perdido un protector en la ciudad – me dijo; – pero no importa; no lo necesitaremos.

En este momento sonaron algunos golpecitos en la puerta; abrí, y se nos presentó el Sr. Jean-Jean, que sombrero en mano, hizo varios arqueos y cortesías…

– Excelencia, la mesonera me dijo que estabais aquí, y he venido a deciros…

 

– ¿Qué?

Jean-Jean miró con recelo a miss Fly; pero al punto le tranquilicé, diciéndole:

– Puedes hablar, amigo Jean-Jean.

– Pues venía a deciros – prosiguió el soldado – que ese señor Santorcaz saldrá de la ciudad. Como Salamanca va a ser sitiada, huyen esta noche muchas familias, y el masón no será de los últimos, según me ha dicho Ramoncilla. Ha salido hace un momento de su casa, sin duda para buscar carros y caballerías.

– Entonces se nos va a escapar – dijo miss Fly con viveza.

– No saldrán – repuso – hasta después de media noche.

– Amigo Jean-Jean, quiero que me proporciones un sable y dos pistolas.

– Nada más fácil, excelencia – contestó.

– Y además una capa… Luego que sea de noche, prepararás el coche…

– No se encuentra ninguno en la ciudad.

– Abajo tenemos uno. Enganchas el caballo, que también está abajo, y lo llevas a la puerta más próxima a la calle del Cáliz.

– Que es la de Santi-Spíritus… Os advierto que Santorcaz ha vuelto a su casa; le he visto acompañado de sus cinco amigotes, cinco hombres terribles, que son capaces de cualquier cosa…

– ¡Cinco hombres!…

– Que no permiten se juegue con ellos. Todas las noches se reúnen allí y están bien armados.

– ¿Tienes algún amigo que quiera ganarse unos cuantos doblones y que además sea valiente, sereno y discreto?

– Mi primo Pied-de-mouton es bueno para el caso, pero está algo enfermo. No sé si Charles le Téméraire querrá meterse en tales fregados; se lo diré.

– No necesitamos de vuestros amigos – dijo miss Fly. – No queremos a nuestro lado gente soez. Iremos enteramente solos.

– Dentro de un momento tendréis las armas – afirmó Jean-Jean. – ¿Y no me decís nada de vuestro asno?

– Te lo regalaré con albarda y todo… mas no busques ya nada en ella. Lo que merezcas te lo daré cuando nos hallemos sin peligro fuera de las puertas de la ciudad.

Jean-Jean me miró con expresión sospechosa; pero, o renació pronto en su pecho la confianza, o supo disimular su recelo, y se marchó. Cuando de nuevo se me puso delante al anochecer y me trajo las armas, ordenele que me esperase en la calle del Cáliz, con lo cual dimos la inglesa y yo por terminados los preparativos de aquel estupendo y nunca visto suceso, que verá el lector en los capítulos siguientes.

XXIII

Al llegar a esta parte de mi historia, oblígame a detenerme cierta duda penosa que no puedo arrojar lejos de mí, aunque de mil maneras lo intento. Es el caso que, a pesar de la fidelidad y veracidad de mi memoria, que tan puntualmente conserva los hechos más remotos, dudo si fui yo mismo quien acometió la temeridad en cuestión, apretado a ello por el poético y voluntarioso ascendiente de una hermosa mujer inglesa, o si habiéndolo yo soñado, creí que lo hice, como muchas veces sucede en la vida, por no ser fácil deslindar lo soñado de lo real; o si en vez de ser mi propia persona la que a tales empeños se lanzara, fue otro yo quien supo interpretar los fogosos sentimientos y caballerescas ideas de la hechicera Athenais. Ello es que, teniéndome por cuerdo hoy, como entonces, me cuesta trabajo determinarme a afirmar que fui yo propio el autor de tal locura, aunque todos los datos, todas las noticias y las tradiciones todas concuerden en que no pudo ser otro. Ante la evidencia inclino la frente y sigo contando.

Vino, pues, la noche, envolviendo en sus sombras todo el ámbito de Roma la chica. Salimos miss Fly y yo, y atravesando la Rúa, nos internamos por las oscuras y torcidas calles que nos debían llevar al lugar de nuestra misteriosa aventura. Bien pronto, ignorantes ambos de la topografía de la ciudad, nos perdimos y marchamos al acaso, procurando brujulearnos por los edificios que habíamos visto durante el día; mas con la oscuridad no distinguíamos bien la forma de aquellas moles que nos salían al paso. A lo mejor nos hallábamos detenidos por una pared gigantesca, cuya eminencia se perdía allá en los cielos; luego creeríase que la enorme masa se apartaba a un lado para dejarnos libre el paso de una calleja alumbrada a lo lejos por las lamparillas de la devoción, encendidas ante una imagen.

Seguíamos adelante creyendo encontrar el camino buscado, y tropezábamos con un pórtico y una torre que en las sombras de la noche venían cada cual de distinto punto y se juntaban para ponérsenos delante. Al fin conocimos la catedral entre aquellas montañas de oscuridad que nos cercaban. Dintinguimos perfectamente su vasta forma irregular, sus torres, que empiezan en una edad del arte y acaban en otra, sus ojivas, sus cresterías, su cúpula redonda, y detrás del nuevo edificio, la catedral vieja, acurrucada junto a él como buscando abrigo. Quisimos orientarnos allí, y tomando la dirección que creímos más conveniente, bien pronto tropezamos con los pórticos gemelos de la Universidad, en cuyo frontispicio las grandes cabezas de los Reyes Católicos nos contemplaron con sus absortos ojos de piedra. Deslizándonos por un costado del vasto edificio, nos hallamos cercados de murallas por todas partes, sin encontrar salida.

– Esto es un laberinto, miss Fly – dije no sin mal humor; – busquemos hacia la espalda de la catedral esa dichosa calle. Si no, pasaremos la noche andando y desandando calles.

– ¿Os apuráis por eso? Cuanto más tarde mejor.

– Señora, lord Wellington me espera mañana a las doce en Bernuy. Me parece que he dicho bastante… Veremos si aparece algún transeúnte que nos indique el camino.

Pero ningún alma viviente se veía por aquellos solitarios lugares.

– ¡Qué hermosa ciudad! – dijo miss Fly con arrobamiento contemplativo. – Todo aquí respira la grandeza de una edad ilustre y gloriosa. ¡Cuán excelsos, cuán poderosos no fueron los sentimientos que han necesitado tanta, tantísima piedra para manifestarse! ¿Para vos no dicen nada esas altas torres, esas largas ojivas; esos techos, esos gigantes que alzan sus manos hacia el cielo, esas dos catedrales, la una anciana y de rodillas, arrugada, inválida, agazapada contra el suelo y al arrimo de su hija, la otra flamante y en pie, hermosa, inmensa, lozana, respirando vida en su robusta mole? ¿Para vos no dicen nada esos cien colegios y conventos, obra de la ciencia y la piedra reunidas? ¿Y esos palacios de los grandes señores, esas paredes llenas de escudos y rejas, indicio de soberbia y precaución? ¡Dichosa edad aquella en que el alma ha encontrado siempre de qué alimentar su insaciable hambre! Para las almas religiosas el monasterio, para las heroicas la guerra, para las apasionadas el amor, más hermoso cuanto más contrariado, para todas la galantería, los grandes afectos, los sacrificios sublimes, las muertes gloriosas… La sociedad vive impulsada por una sola fuerza, la pasión… El cálculo no se ha inventado todavía. La pasión gobierna el mundo y en él pone su sello de fuego. El hombre lo atropella todo por la posesión del objeto amado, o muere luchando ante las puertas del hogar que se le cierran… Por una mujer se encienden guerras y dos naciones se destrozan por un beso… La fuerza que aparentemente impera no es el empuje brutal de los modernos, sino un aliento poderoso, el resoplido de los dos pulmones de la sociedad, que son el honor y el amor.

– No vendría mal el discursito – murmuré – si al fin encontráramos…

Cuando esto decía habíamos perdido de vista la catedral, y nos internábamos por calles angostas y oscuras, buscando en vano la del Cáliz. Vimos una anciana que apoyándose en un palo marchaba lentamente arrimada a la pared, y le pregunté:

– Señora, ¿puede usted decirme dónde está la calle del Cáliz?

– ¿Buscan la calle del Cáliz y están en ella? – repuso la vieja con desabrimiento. – ¿Van a la casa de los masones o a la logia de la calle de Tentenecios? Pues sigan adelante y no mortifiquen a una pobre vieja que no quiere nada con el demonio.

– ¿Y la casa de los masones, cuál es, señora?

– Tiénela en la mano y pregunta… – contestó la anciana. – Ese portalón que está detrás de usted es la entrada de la vivienda de esos bribones; ahí es donde cometen sus feas herejías contra la religión, ahí donde hablan pestes de nuestros queridos reyes… ¡Malvados! ¡Ay, con cuánto gusto iría a la Plaza Mayor para veros quemar! Dios querrá quitarnos de en medio a los franceses que tales suciedades consienten… Masones y franceses todos son unos, la pata derecha y la izquierda de Satanás.

Marchose la vieja hablando consigo misma, y al quedarnos solos reconocí en el portalón que cerca teníamos la casa de Santorcaz.

– ¡Cuántas veces habremos pasado por aquí sin conocer la casa! – dijo miss Fly. – Si yo la hubiese visto una sola vez… Pero parece que sois torpe, Araceli.

La puerta era un antiquísimo arco bizantino, compuesto por seis u ocho curvas concéntricas, por donde corrían misteriosas formas vegetales, gastadas por el tiempo, cascabeles y entrelazadas cintas; y en la imposta unos diablillos, monos o no sé qué desvergonzados animales que hacían cabriolas confundiendo sus piernecillas enjutas con los tallos de la hojarasca de piedra. Letras ininteligibles y que sin duda expresaban la época de la construcción, dejaban ver sus trazos grotescos y torcidos, como si un dedo vacilante las trazara al modo de conjuro. Estaba reforzada la puerta con garabatos de hierro tan mohosos como apolilladas y rotas las mal juntas tablas, y un grueso llamador en figura de culebrón enroscado pendía en el centro, aguardando una impaciente mano que lo moviese.

Yo interrogué a miss Fly con la mirada, vi que acercaba su mano al aldabón.

– ¿Ya, señora? – dije deteniendo su movimiento.

– ¿Pues a qué esperáis?

– Conviene explorar primero al enemigo… La casa es sólida… Jean-Jean dijo que había dentro… ¿cuántos hombres?

– Cincuenta, si no recuerdo mal… pero aunque sean mil…

– Es verdad, aunque sea un millón.

Vimos que se acercaba un hombre, y al punto reconocí a Jean-Jean.

– Vienen refuerzos, señora – dije. – Verá usted qué pronto despacho.

Miss Fly, asiendo el aldabón, dio un golpe.

Yo toqué mis armas, y al ver que no se me habían olvidado, no pude evitar un sentimiento que no sé si era burla o admiración de mí mismo, porque a la verdad, señores, lo que yo iba a hacer, lo que yo intentaba en aquel momento, o era una tontería o una acción semejante a aquellas perpetuadas en romances y libros de caballería. Yo recordaba haber leído en alguna parte que un desvalido amante llega bonitamente y sin más ayuda que el valor de su brazo, o la protección de tal o cual potencia nigromántica, a las puertas de un castillo donde el más barbudo y zafio moro o gigante de aquellos agrestes confines, tiene encerrada a la más delicada doncella, princesa o emperatriz que ha peinado hebras de oro y llorado líquidos diamantes, y el tal desvalido amante grita desde abajo: «Fiero arráez, o bárbaro sultán, vengo a arrancarte esa real persona que aprisionada guardas, y te conjuro que me la des al instante si no quieres que tu cuerpo sea partido en dos pedazos por esta mi espada; y no te rías ni me amenaces, porque aunque tuvieras más ejércitos que llevó el partho a la conquista de la Grecia, ni uno solo de los tuyos quedará vivo».

Así, señores, así, ni más o menos, era lo que yo iba a emprender. Cuando toqué las pistolas del cinto, y el tahalí de que pendía la tajante espada y me eché el embozo a la capa, y el ala del ancho sombrero sobre la ceja, confieso que entre los sentimientos que luchaban en mi corazón predominó la burla, y me reí en la oscuridad. Tenía yo un aire de personaje de valentías, guapezas y gatuperios, que habría puesto miedo en el ánimo más valeroso, cuando no mofa y risa; pero miss Fly había leído sin duda las hazañas de D. Rodulfo de Pedrajas, de Pedro Cadenas, Lampuga, Gardoncha y Perotudo, y mi catadura le había de parecer más propia para enamorar que para reír.

Viendo que no respondían, cogí el aldabón y repetí los golpes.

Yo no medía la extensión del peligro que iba a afrontar, ni era posible reflexionar en ello, aunque habría bastado un destello de luz de mi razón para esclarecerme el horrible jaleo en que me iba a meter… Yo no pensaba en esto, porque sentía el inexplicable deleite que tiene para la juventud enamorada todo lo que es misterioso y desconocido, más bello y atractivo cuanto más peligroso; porque sentía dentro de mí un deseo de acometer cualquier brutalidad sin nombre, que pusiese mi fuerza y mi valor al servicio de la persona a quien más amaba en el mundo.

No se olvide que aún me duraba el despecho y la sofocación de la mañana. El recuerdo de las escenas que antes he descrito completaba mi ceguera; y realizar por la violencia lo que no pude conseguir por otro medio, era sin duda gran atractivo para mi excitado espíritu. En la calle me aguijoneaba la fantasía, y desde dentro me llamaba el corazón, toda mi vida pasada y cuanto pudiese soñar para el porvenir… ¿Quién no rompe una pared, aunque sea con la cabeza, cuando le impulsan a ello dos mujeres, una desde dentro y otra desde fuera?

 

No debo negar que la hermosa inglesa había adquirido gran ascendiente sobre mí. No puedo expresar aquel dominio suyo y aquella esclavitud mía, sino empleando una palabra muy usada en las novelas, y que ignoro si indicará de un modo claro mi idea; pero no teniendo a mano otro vocablo, la emplearé. Miss Fly me fascinaba. Aquella grandeza de espíritu, aquel sentimiento alambicado y sin mezcla de egoísmo que había en sus palabras; aquel carácter que atesoraba, tras una extravagancia sin ejemplo, todo el material, digámoslo así, de las grandes acciones, hallaban secreta simpatía en un rincón de mi ser. Me reía de ella y la admiraba; parecíanme disparates sus consejos y los obedecía. Aquella inmensidad de su pensamiento tan distante de la realidad me seducía, y antes que confesarme cobarde para seguir el vuelo de su voluntad poderosa, hubiérame muerto de vergüenza.

Repetí con más fuerza los golpes, y nada se oía en el interior de la casa. Oscuridad y silencio como el de los sepulcros reinaban en ella. El animalejo, lagarto, o culebrón que figuraba la aldaba, alzó (al menos así parecía) su cabeza llena de herrumbre y clavando en mí los verdes ojuelos, abrió la horrible boca para reírse.

– No quieren abrir – me dijo Jean-Jean. – Sin embargo, dentro están: los he visto entrar… Son los principales afrancesados que hay en la ciudad, más masones que el gran Copto, y más ateos que Judas… Mala gente. Mi opinión, señor marqués, es que os marchéis. El coche os aguarda en la puerta de Santi-Spíritus.

– ¿Tienes miedo, Jean-Jean?

– Además, señor marqués – continuó este, – debo advertiros que pronto ha de pasar por aquí la ronda… Vos y la señora tenéis todo el aspecto de gente sospechosa… Todavía hay quien cree que sois espía y la señora también.

– ¿Yo espía? – dijo miss Fly con desprecio. – Soy una dama inglesa.

– Márchate tú, Jean-Jean, si tienes miedo.

– Hacéis una locura, caballero – repuso el dragón. – Esos hombres van a salir y a todos nos molerán a palos.

Creí sentir el ruido de las maderas de una ventanilla que se abría en lo alto, y grité:

– ¡Ah de la casa! Abrid pronto.

– Es una locura, señor marqués – dijo el dragón bruscamente. – Vámonos de aquí…

Entonces noté en el semblante hosco y sombrío de Jean-Jean una alteración muy visible que no era ciertamente la que produce el miedo.

– Repito que os dejo solo, señor marqués… La ronda va a venir… Vamos hacia Santi-Spíritus, o no respondo de vos.

Su insistencia y el empeño de llevarnos hacia las afueras de la ciudad, infundió en mí terrible sospecha.

Miss Fly redobló los martillazos, diciendo:

– Será preciso echar la puerta abajo, si no abren.

Los garabatos de hierro que reforzaban la puerta, se contrajeron, haciendo muecas horribles, signos burlescos, figurando no sé si extrañas sonrisas o mohínes o visajes de misteriosos rostros.

Yo empezaba a perder la paciencia y la serenidad. Jean-Jean me causaba inquietud y temí una alevosía, no por la sospecha de espionaje, como él había dicho, sino por la tentación de robarnos. El caso no era nuevo, y los soldados que guarnecían las poblaciones del pobre país conquistado, cometían impunemente todo linaje de excesos. Además, la aventura iba tomando carácter grotesco, pues nadie respondía a nuestros golpes ni asomaba rostro humano en la alta reja.

– Sin duda no hay aquí rastro de gente. Los masones se han marchado y ese tunante nos ha traído aquí para expoliarnos a sus anchas.

De pronto vi que alguien aparecía en el recodo que hace la calle. Eran dos personas que se fijaron allí como en acecho. Dirigime hacia el dragón; pero este sin esperar a que le hablase, nos abandonó súbitamente para unirse a los otros.

– Ese miserable nos ha vendido – exclamé rugiendo de cólera. – ¡Señora, estamos perdidos! No contábamos con la traición.

– ¡La traición! – dijo confusa miss Fly. – No puede ser.

No tuvimos tiempo de razonar, porque los dos que nos observaban y Jean-Jean se nos vinieron encima.

– ¿Qué hacéis aquí? – me preguntó uno de ellos, que era soldado de artillería sin distintivo alguno.

– No tengo que darte cuenta – respondí. – Deja libre la calle.

– ¿Es ésta la tarasca inglesa? – dijo el otro dirigiéndose a miss Fly con insolencia.

– ¡Tunante! – grité desenvainando. – Voy a enseñarte cómo se habla con las señoras.

– El marquesito ha sacado el asador – dijo el primero. – Jóvenes, venid al cuerpo de guardia con nosotros, y vos, milady sauterelle, dad el brazo a Charles le Téméraire para que os conduzca al palacio del cepo.

– Araceli – me dijo miss Fly, – toma mi látigo y échalos de aquí.

– Pied-de-mouton, atraviésalo – vociferó el artillero.

Pied-de-mouton como sargento de dragones, iba armado de sable. Carlos el Temerario era artillero y llevaba un machete corto, arma de escaso valor en aquella ocasión. En un momento rapidísimo, mientras Jean-Jean vacilaba entre dirigirse a la inglesa o a mí, acuchillé a Pied-de-mouton con tan buena suerte, con tanto ímpetu y tanta seguridad, que le tendí en el suelo. Lanzando un ronco aullido cayó bañado en sangre… Me arrimé a la pared para tener guardadas las espaldas y esperé a Jean-Jean que, al ver la caída de su compañero, se apartó de miss Fly, mientras Carlos el Temerario se inclinaba a reconocer el herido. Rápida como el pensamiento, Athenais se bajó a recoger el sable de este. Sin esperar a que Jean-Jean me atacase y viéndole algo desconcertado, fuime sobre él; mas sobrecogido dio algunos pasos hacia atrás, bramando así:

– ¡Corne du Diable! ¡Mille millions de bombardes!… ¿Creéis que os tengo miedo?

Diciéndolo apretó a correr a lo largo de la calle, y más ligero que el viento le siguió Carlos. Ambos gritaban:

– ¡A la guardia, a la guardia!

– Cerca hay un grupo de guardia, señora. Huyamos. Aquí dio fin el romance.

Corrimos en dirección contraria a la que ellos tomaron, mas no habíamos andado siete pasos, cuando sentimos a lo lejos pisadas de gente y distinguimos un pelotón de soldados que a toda prisa venía hacia nosotros.

– Nos cortan la retirada, señora – dije retrocediendo. – Vamos por otro lado.

Buscamos una boca-calle que nos permitiera tomar otra dirección y no la encontramos. La patrulla se acercaba. Corrimos al otro extremo, y sentí la voz de nuestros dos enemigos, gritando siempre:

– ¡A la guardia!…

– Nos cogerán – dijo miss Fly con serenidad incomparable, que me inspiró aliento. – No importa. Entreguémonos.

En aquel instante, como pasáramos junto al pórtico en cuyo aldabón habíamos martillado inútilmente, vi que la puerta se abría y asomaba por ella la cabeza de un curioso, que sin duda no había podido dominar su anhelo de saber lo que resultaba de la pendencia… El cielo se abría delante de nosotros. La patrulla estaba cerca, pero como la calle describía un ángulo muy pronunciado, los soldados que la formaban no podían vernos. Empujé aquella puerta y al hombre, que curiosamente y con irónica sonrisa en el rostro se asomaba; y aunque ni una ni otro quisieron ceder al principio, hice tanta fuerza, que bien pronto miss Fly y yo nos encontramos dentro, y con presteza increíble corrí los pesados cerrojos.