Czytaj książkę: «Amor infinito»

Czcionka:

Amor Infinito

Aurora Nicolás

Amor infinito

Cuando la vida y la muerte se dan la mano


1a Edición: Julio 2021

© 2021– Aurora Nicolás Manzanares

© Imagen y diseño cubierta: Aurora Nicolás

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas de cárcel y/o multa, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para los que reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin autorización.

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© Tarannà Edicions

e-mail: info@taranna.es

http://www.taranna.es

Depósito legal: B 9514-2021

ISBN papel: 978-84-123322-5-4

ISBN ebook: 978-84-123322-6-1

Para contactar con la autora:

libroamorinfinito@gmail.com

Para leer los poemas y textos traducidos al castellano,

así como ver otros contenidos extras:

libroamorinfinito.blogspot.com

Este libro es la recopilación de 10 años de escritos y está basado en hechos reales de vidas vividas desde el AMOR.

AMOR INFINITO se publica por primera vez y sale a la luz el día 17 de julio de 2021, en conmemoración del 10.0 aniversario de la muerte de Idoia Estrada Nicolás.

Que todo aquel que lo lea sea bendecido con AMOR INFINITO.

Con todo mi cariño y gratitud,

dedico este libro a mis hijas:

Idoia porque es mi ángel en el cielo,

Ruth porque es mi ángel en la tierra;

y a mi marido, Benet,

porque es mi compañero de vida.


Què vull, què no vull?

Què m’agrada, què odio?

La indiferència sí, i el descontrol.

És que em dol!

Però ara s’acaba, ja he vist el sol,

que tant s’allunyava del meu propi món.

S’esvaeixen els núvols,

no els vull davant meu!

Tan sols el teu somriure,

que es converteix en el meu!

Decideixo obrir els braços

i començo a obrir els ulls.

Foscor i dolor queden enrere.

Serenitat i pau.

IDOIA ESTRADA NICOLÀS

26 febrer 1986 – 17 juliol 2011

Índice

PRÓLOGO

Un verdadero regalo

INTRODUCCIÓN

Para qué escribir este libro

Lo nunca dicho

1. ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE: LA EXPERIENCIA

Toda historia tiene un principio

Mi propia historia

Mi relación con la muerte

La vida de Idoia

La búsqueda

Búsqueda física: curar la enfermedad

Búsqueda emocional: curar el corazón

Búsqueda espiritual: encontrar paz, comprensión y sentido

La muerte de Idoia

2. SUEÑOS

Gràcies a un somni

Tres sueños significativos

El primer somni

El segon somni

El tercer somni

3. CUANDO LA VIDA Y LA MUERTE SE DAN LA MANO

Tu vida y la mía

Se dan la mano

4. FLOTADORES EN EL OCÉANO

No rendirse jamás

Solo por hoy

Respirar

Pedir ayuda

Confiar en la vida

Aceptar

Ser flexible

Aprender la lección de vida y dejar que cada uno aprenda la suya

Ver el lado bueno de todo lo malo

Escribir

Hablar con las amigas

Cuidarse

Crear momentos coleccionables

No culpabilizar, empatizar con el dolor ajeno

Inventar

Agradecer

Oraciones

- La Oración de la Serenidad

- El padrenuestro

- Poema del hijo

5. EXPERIMENTAR EL AMOR

El laberinto del dolor

El dolor, la puerta al Amor

Un final diferente

Tus últimas horas con vida

6. MENSAJES MÁGICOS

Matrícula del coche

Rosas en la basura

Espectáculo sorpresa

Cerería

7. MOMENTOS ÍNTIMOS

Carta de la mare a la Idoia

Carta de Idoia a la Clínica Guadalupe

Lectura del día de la Misa por la celebración de sus 26 años (hacía 7 meses de su muerte)

T´enyoro

Revelación

Una misa para ti

Una misa para ella

Clamar al cielo

Visita

Nosotras

Conversación

Repetir

Sentido

Carta a Idoia

Carta de mamá

Carta a los padres del grupo de duelo de Aves (Los nombres han sido cambiados por otros).

Rendirse

La Bella Princesa

Sobre mis hombros

El alma está presa

Sin la luz

Son las cinco de la tarde

En moments inespecífics

Sentir la vida de nuevo

Quisiera ser

Idoia en la luz

Sabor a ti

Rememora

Ells diuen

8. SENTIDO AL SUFRIMIENTO

ANEXOS

Unas breves palabras sobre la epilepsia

Sobre la enfermedad de Lafora

Pautas para el cuidado de enfermos de epilepsia

AGRADECIMIENTOS

BIOGRAFÍA

Otras obras publicadas en esta colección

PRÓLOGO

Un verdadero regalo

La Vida es un largo, aunque a veces corto, viaje. Un continuo devenir de experiencias, sucesos, que en muchas ocasiones no entendemos. El dolor, las pérdidas, el sufrimiento, forman muchas veces parte del equipaje, donde el dolor de la enfermedad y de la pérdida de un hijo, son de los más intensos, que no elegimos, pero que la vida trae. Vida y muerte una indisoluble unidad fusionada.

Transformar ese dolor en comprensión, en aceptación, en compasión. Ser capaz de transmutarlo, para ver el Amor con mayúsculas que se encuentra detrás; hacer el viaje en la consciencia, para al final del camino ver y vivir una nueva Vida, donde el dolor se transforma en Amor Infinito, es una enorme labor, una Maestría.

Gracias por el viaje, el proceso, la autenticidad, un verdadero «presente», un gran regalo. Con tu nombre, con tu ejemplo, Aurora, realizas que podamos comprender un poco más que la Muerte es un Amanecer, una nueva Aurora.

Gracias, Idoia. Gracias, Aurora. Gracias a las dos.

Dra. Inma Nogués

INTRODUCCIÓN

Para qué escribir este libro

Son muchas las personas que me ha sugerido que escriba sobre mi dolor. Escribir es una forma de liberación, no hay duda. Duele recordar, duele dejar ir, duele dejar que otros sepan de tu dolor, duele desprenderse porque primero hace falta mirarlo a la cara y verlo, darte cuenta de que está ahí, que es cierto, real y para siempre, que no es una pesadilla que un día acabará, que ahora forma parte de tu vida. Duele porque es dolor en carne viva y no tiene cura, lo único que puede hacer el dolor es doler, dolerse, sentirse. Pero llega un punto, en el que sientes que es solo tuyo y como tuyo, lo quieres, porque eres tú, está en ti, sientes que lo abrazas, lo acaricias, lo acompañas con tu alma y entonces empieza a ser un poco más pequeñito, un poco más soportable. Es un proceso con subidas y bajadas, muchas preguntas sin respuesta, tu propia vida es un interrogante. Todo lo que te gustaba ya no te gusta. Todo lo que antes tenía valor ahora ya no lo tiene, todo ha cambiado, ¿o soy yo la que he cambiado? Soy yo la que he cambiado la forma de ver las cosas. El dolor me hace cambiar mi perspectiva, encontrarle un nuevo sentido, un nuevo valor, un nuevo rumbo. ¿Es ese el significado de la experiencia? ¿Quizás?

Escribir es una manera de ponerle palabras al dolor, darle forma, darle nombre, identificarlo y elaborarlo, quizás digerirlo. Lo que no se nombra no existe y si no existe no lo puedo soltar. Si lo nombro lo veo, lo reconozco, si lo permito salir es una forma de aceptar, no negar, y después compartirlo, soltarlo, liberarse, desprenderse, transformarlo.

Le pido al universo que me dé fuerzas para este trabajo.

Le pido al universo que me dé luz para poder ser fiel a lo real, a lo auténtico, al sentimiento puro, sin disfraz.

Le pido al universo que sea mi guía en este propósito de compartir mi experiencia.

He pensado en escribir, sobre mi vida y sobre la tuya, por eso, nada más empezar he encendido una vela lila, tu color favorito y te he pedido permiso para contar tus cosas. Tú me has contestado:

—Claro, mamá.

Y has sonreído inclinando la cabeza. Te he visto a mi lado en un plano superior. Es como si me hubieras dicho sin decir: «Aquí donde estoy ahora todo es diferente, lo vivido es insignificante y forma parte de un plan mayor. Es evidente que debes contarlo para seguir con el plan, aquí las cosas tienen otra perspectiva».

Te imagino un ser de luz, volando por todo el universo, libre y feliz, jugando a esconderse y hacer travesuras de esas que hacen saltar una sonrisa al que las descubre. Como cuando encontré la chaqueta negra, aquella que es como un poncho. Hace meses que la busco, ya la daba por perdida y el otro día apareció, detrás de unos cajones. Estoy segura de haberla buscado ahí hace meses y no estaba. El día que apareció fue una señal de que todo está bien. Yo acabada de darme cuenta de que tenía que dejarme sentir y hacer lo que el corazón me pide y me di permiso y justo para confirmarlo aparece esa chaqueta perdida. Fue un regalo, como los muchos que me haces.

Nov. 2013

Después de una experiencia tan difícil y con tanto dolor, como es la enfermedad y la muerte de una hija, surge la gran pregunta: ¿Cómo darle sentido al dolor vivido?

Mi deseo es que nuestra experiencia sirva para algo. Darle un sentido es transformarla en positiva. Si con mis palabras, alguna persona que sufre por la enfermedad o la muerte de un ser querido encuentra consuelo, estas páginas habrán valido la pena.

Para mí fue tan grande, profunda y transformadora la vivencia que deseo compartirla desde el corazón para que otros corazones dolientes puedan sentirse acompañados y encuentren luz en su propio camino.

Los nombres de los Dr@s. no han sido incluidos, así como los de otras personas que aparecen han sido cambiados, para respetar el derecho a la intimidad personal y al anonimato, salvo los que sí han dado su consentimiento. Solo un Dr. aparece con su nombre, porque falleció.

Lo nunca dicho

Me aterra expresar aquello que nadie sabe,

lo íntimo que reside en lo profundo de mi corazón.

¿Será por fidelidad impuesta, por principio aprendido?

¿Por cultura heredada o por miedo humano?

Duele el corazón de sentirse preso,

de no poder soltar lastre,

de callar dolores,

de enjaular pensamientos.

La palabra presa,

en el alma atada

desgarra la carne

y priva de vida

a la genuina idea.

Duele el cuerpo.

Llora el viento con gemidos de cólera.

Llueve en llanto con gotas de sangre.

Canta el silencio con sonidos mudos.

Enmudecer no quiero.

Llegó la hora de soltar al preso

y de decir lo nunca dicho.

Al fin es nacido el secreto mío.

El silencio se hace frase.

El sentir se expande,

como rayo de luz que amanece en día.

Es un canto a la vida del sentir profundo.

Se libera el alma y se irradia al mundo.

La palabra dicha es ahora bálsamo

de la herida hecha y se cura el daño.

La vida germina al yo liberarme.

La mano se abre y el amigo nace.

Compartamos juntos sentires profundos.

Liberemos todos los dolores mudos.

Salgamos al mundo a cantar los llantos.

Pongamos palabras al silencio amargo.

Liberemos todos al mundo de males.

Cantemos juntos el amor que une.

Abrazar la vida desde el corazón que acoge.

Amar al que habita en mí y en todos los hombres.

Hoy es un día nuevo.

Dejemos que nazca la dicha y el gozo,

De ser para darse.

23 octubre 2018

1. ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE: LA EXPERIENCIA

Toda historia tiene un principio

Idoia nació el 26 de febrero de 1986 a las 17 h. Idoia murió el 17 de julio del 2011 a la edad de 25 años.

Vivimos en un ático con vistas a Collserola. Por la orientación geográfica, el sol no entra en nuestra casa. Después de su muerte, un día observé que a las 17 h (la misma hora en que ella nació) entraba un rayo de luz que, por medio de la refracción de los cristales, incidía directamente en una planta, una orquídea, que le regalaron a Idoia poco antes de morir. La planta floreció de nuevo justo el día de su cumpleaños, el día 26 de febrero de 2012, su primer cumpleaños fallecida, el día que hubiera cumplido 26 años.

Su vida fue diferente a la mayoría de las vidas. Su legado no deja indiferente a nadie que lo conoce. Su recuerdo es algo más que un recuerdo, es una huella profunda en el corazón.

Su historia, es el misterio de la vida misma. Los que la conocieron bien saben el impacto que dejó en sus vidas. Una vida de sufrimiento, dolor, lucha y superación constante, de no rendirse nunca, de encontrar razón al sinsentido, de trascender lo mundano. Un viaje al más allá de lo íntimo. Un encuentro con el amor.

Una vida que yo tuve el honor de acompañar. Un gran aprendizaje que se convirtió en mi propia vida.

Yo, su madre, deseo compartir con vosotros, un poquito de todo ese legado, de todas las experiencias que merecen ser contadas, no solo por el valor humano, sino por el sentido más allá de lo vivido. Deseo que nuestro dolor y nuestra lucha por superarlo, sea de ayuda a quien pueda necesitarlo. Que todo aquello que aprendimos sirva para acompañar el dolor de otros. Que el fruto del amor germine sobre el dolor y sea un bálsamo en el corazón doliente.

Momentos únicos, donde las paradojas de la vida te hacen buscar respuestas más allá de lo tangible.

Emociones extremas, donde la capacidad humana encuentra sus límites.

Luz que aparece de entre las tinieblas y dibuja horizontes nuevos.

¿Magia? ¿Misterio? ¿Ilusión?

¿Quién sabe? Vida escondida detrás de todo lo inexplicable.

Mi propia historia

Me casé con 20 años. La vida en casa de mis padres no era emocionalmente fácil. Ellos se querían, no tengo duda, pero sus creencias hacían que en la convivencia fueran incompatibles. Las discusiones por temas religiosos eran el pan de cada día. Mi padre era católico y mi madre testigo de Jehová. Sus diferentes concepciones sobre la Navidad, los cumpleaños, las fiestas a celebrar, el trato de la sangre, las comidas, las rutinas de cada día, etc., eran tema de controversia y nunca punto de encuentro.

Mi padre, Antonio, era una persona de gran corazón que disfrutaba con las reuniones familiares y las celebraciones. Mientras que mi madre, Lola, una mujer de su casa, que por encima de su familia defendía a su padre celestial, obedecía su voluntad y consideraba la no celebración de las fiestas paganas como una prueba de su fe.

Antonio, tal como marcaba la época, quería hacerse valer como cabeza de familia y cómo no, imponer su voluntad, «porque yo lo digo».

Lola respetaba a Antonio como cabeza de familia, pero fiel a su Dios que, por encima de la voluntad de su marido, le pedía no caer en la tentación de celebrar lo pagano.

Después de la discusión venía el enfado, mamá podía estar un mes sin hablar. Las malas caras eran como un puñal que se clavaba en el corazón.

Es doloroso ver a tus padres discutir. Cuando era niña tenía miedo, pensaba en su separación y me producía inseguridad. Al hacerme mayor intenté entender.

Yo amaba a mis padres, eran personas de gran corazón, trabajadores, humildes, que toda la vida lucharon por superarse, para que no nos faltara nada en la familia. Amorosos a su manera, tiernos y siempre dispuestos a ayudar. Eran generosos, les gustaba compartir lo que tenían. Eran habilidosos con las manos, papá hacía pasteles (de oficio era pastelero, aunque al nacer yo, se puso a hacer lámparas para ganar más dinero) y mamá hacía labores, costura y cocina. Siempre les gustaba compartir sus creaciones con quien se presentara. Abiertos a darse en cuerpo y alma, pero sin tocar sus creencias. Era un límite impuesto más allá de ellos mismos.

Mamá vivió la guerra civil muy de cerca. La mayor de 5 hermanos. Haciendo las veces de madre cuando su propia madre vendía estraperlo para poder alimentar a sus hijos, mientras su padre estaba en el frente. Casi no pudo ir al colegio, leía y escribía con dificultad. Siempre contaba historias vividas de gran dolor y shock. Cuando oía algún ruido parecido a una sirena o un estruendo, se estremecía. No podía ver películas de guerra, decía que se ponía mala. Yo siempre entendí que se aferrara tanto a su religión. Era como su tabla salvavidas. Necesitaba creer en una vida más allá de ésta para darle sentido a la tragedia. Vio la muerte a sus pies cuando era niña. Precisaba encontrar un motivo a la vida tangible para sostenerse. La promesa de una vida nueva, en un paraíso, sin enfermedad, sin dolor, libre de esfuerzo, eran su ideal. Dios le prometía una vida eterna, ella solo debía obedecer su voluntad. Yo podía entenderla. Tanta miseria vivida sería recompensada. Su Dios era superior a nosotros. Era comprensible.

Papá también vivió la guerra, pero desde casa, con historias a pie de calle y cabezas rodando en la puerta de la iglesia. Familia de 14 hijos, él, el segundo empezando por abajo. Se libró del servicio militar y empezó a trabajar joven de panadero (como su padre). Siempre nos contaba, cómo durante la guerra, con una barra de pan hacían intercambio de toda clase de alimentos.

Él aprendió que el hombre de la casa es el que manda y los hijos sirven y obedecen. La mujer no tiene voz ni voto y trabaja en casa para el bien de todos.

Papá defendía su ideal de marido, pensaba que era lo que debía hacer, igual que le había visto hacer a su padre.

Con todos estos antecedentes el ambiente familiar no era acogedor. Habitaba un clima de violencia silenciosa, como un mar de fondo por todos los desacuerdos que ponían en entredicho la autoridad.

Yo los entendía a los dos. Comprendía cada una de sus posiciones. Aceptar dos visiones diferentes, dos ángulos, dos perspectivas. En el fondo de mi ser sabía que se querían, que en ellos había amor por el otro, pero era doloroso ver que no eran capaces de llegar a un encuentro más allá de la creencia, algo por encima de la propia voz.

La única forma de salir de todo aquello fue casarme joven y empezar mi propio hogar.

Conocí a Beni en unas vacaciones en Mallorca. Era el mes de agosto de 1979. Yo tenía 17 años, era la primera vez que salía de casa sin mis padres. Íbamos 2 amigas, mi hermana (10 años mayor que yo) y yo. Papá nos dejó ir a las dos, porque íbamos juntas.

Por «casualidades» de la vida, en el apartamento de al lado había un grupo de «catalanes» que además eran del barrio de Sants, el mismo que el nuestro.

Nunca antes de ese momento nos habíamos visto ni cruzado por la calle. Al regresar a Barcelona después del viaje, nos encontrábamos en todos sitios. Y para colmo, Beni vivía justo delante del colegio donde yo estudiaba BUP. No había duda, el destino quiso que coincidiéramos en Mallorca.

Al poco tiempo Beni se fue a la mili. Ya habíamos empezado a salir y la separación nos unió mucho más. Nos escribíamos cartas casi a diario y en uno de sus permisos me pidió que me casara con él. Yo tenía 19 años y ganas de comerme el mundo. Así que nada era una dificultad y empecé a buscar vivienda. Cuando él regresó del servicio militar nos compramos un piso y lo arreglamos. El 8 de octubre de 1982 nos casamos. Yo tenía 20 años, él 22.

Iniciamos nuestro proyecto común, con mucha ilusión, juventud y la única experiencia de lo vivido, cada uno en su familia de origen.

Beni trabaja en un concesionario vendiendo coches. Yo ayudaba a mis padres en un comercio familiar. Hacía las funciones de dependienta, contable, escaparatista, etc.

La convivencia pronto puso en evidencia los patrones aprendidos. Yo me sorprendí haciendo lo que hacía mi madre y viendo en mi marido las conductas de mi padre.

El hombre ausente que no asume su rol de marido solo trabaja. En las discusiones, «yo la buena», que intenta convencer al otro para que cambie. Él, el malo.

A los 3 años de matrimonio, sentí la llamada de la maternidad. Un impulso interno me hacía mirar a todos los bebés y desear tener uno propio, abrazarlo, protegerlo, cuidarlo, mimarlo, darle todo mi amor. A Beni desde siempre le gustaban mucho los niños y me prometió que si éramos padres cambiaría. Todo era perfecto, yo quería ser madre y él cambiaría por ello. No había duda al respecto. El primer mes de ir a buscar al bebé, me quedé embarazada. Todo un éxito.

Mi primer síntoma de embarazo fue fiebre. De hecho, no tenía ni la primera falta cuando mi doctora de medicina general me recomendó ir al hospital. Allí me dieron la noticia. Seríamos padres.

El embarazo transcurrió sin dificultad, salvo las habituales debido al estado. Yo primeriza, joven, inexperta. Él ausente, miedoso, huidizo.

Hice preparación al parto y clases de maternidad. Un nuevo aprendizaje para mí, con toda la ilusión puesta en la nueva vida que esperaba. Mi marido siempre estaba trabajando y compartió pocas veces conmigo la espera.

El 26 de febrero de 1986 me puse de parto. Recuerdo que cuando estaba estirada en la camilla de parto el doctor me rompió aguas de forma provocada. Me cogió un temblor incontrolable y una sensación de miedo me invadió. Pensé, yo me levanto y me voy de aquí. Al momento me dije: «¡Si no te puedes ir! ¡Estás pariendo!». Al poco rato Idoia estaba entre mis brazos.

A los tres días estaba en casa, yo sola y con un bebé al que cuidar. Mi marido seguía trabajando y ausente.

Hice tres meses de baja por maternidad y me incorporé al trabajo. Contratamos una cuidadora a domicilio para Idoia. Los horarios de mi trabajo eran los de comercio. Cuando me iba por la mañana, Idoia estaba durmiendo, cuando regresaba por la noche, Idoia estaba durmiendo. Trabajaba todos los días, incluso sábados. El domingo tocaba limpiar y entre semana la compra. Yo me iba a trabajar llorando, no había sido madre para aquello. Así que decidí dejar de trabajar para cuidar de mi hija.

Idoia pronto empezó a estar enferma, otitis, bronquitis, neumonías. Empezaba mi aventura de madre-enfermera-cuidadora a tiempo completo. Mi marido seguía ausente.

Mi relación con la muerte

Elisabeth Kübler-Ross, es una conocida psiquiatra que realizó muchos estudios sobre la muerte. Curiosamente uno de sus libros más conocidos se llama en catalán La mort: una aurora («La muerte un amanecer»).

Me cuentan mis hermanos, que aprendí a andar en el cementerio. Bueno, mejor dicho, di mis primeros pasos en el camposanto de Montjuic. Hacía poco que había muerto mi abuelo paterno. Mis padres compraron un nicho para darle sepultura. En aquella época mis padres no tenían ninguna propiedad inmobiliaria y aquella compra era su primer patrimonio. Los domingos era costumbre ir al nicho a limpiarlo y llevar flores. Estaba muy bien situado, en la parte alta de la montaña, con vistas al mar y le tocaba el sol directamente. La vista dominical era un momento de reencuentro con el abuelo y la paz del lugar.

Junto al lugar había un bordillo de piedras, a la vez decorativo y de protección. Fue allí donde di mis primeros pasos. Tengo alguna foto en el lugar.

Puede parecer un hecho anecdótico, pero si conecto con el resto de mi vida, observo que fue algo simbólico que confirmaría la importancia de acercarme a la muerte para aprender a vivir.

Recuerdo que cuando era niña, 10 años quizás, soñé que mi padre se moría. La angustia me despertó. No soy capaz de recordar con detalle el sueño, pero nunca olvidaré la sensación de miedo, el nudo en el cuello, como un ahogo, la falta de aire para respirar, la palpitación acelerada y el enorme desasosiego que me habitaba en aquel momento. De hecho, al recordarlo, en este mismo momento, mi cuerpo retoma los síntomas de pánico experimentados en aquellas ocasiones.

En varias ocasiones se repitió el episodio. Con idénticas características.

Yo me decía a mí misma que era solo un sueño, pero me quedó grabada la certeza de que el amor que sentía por mi padre no me permitía ni siquiera pensar en la idea de su muerte y sobre todo de que yo podía perderlo.

Nunca soñé con la muerte de mi madre. Creo que no era capaz ni de pensarlo. Mi mente descartaba la idea por completo. No cabía ni como una posibilidad.

Nunca había visto la muerte de cerca. Cuando pensaba en ello me recorría un escalofrío que me producía repulsión.

Recuerdo que tuve un acuario de peces tropicales. Son preciosos por su variedad de colores y especies, pero a la vez son unos animales muy sensibles a los cambios de temperatura y a los parásitos. Con frecuencia se ponían enfermos y morían. Yo no podía tocarlos cuando estaban muertos. Me daba mucho repelús.

Así que siempre pensé que no podría tocar a los seres muertos.

La primera persona cercana querida que falleció fue mi abuela paterna, Valentina. Ella tenía 83 años, yo 12. No tuve ocasión de tocarla. Sí pude verla en el féretro y no tuve ninguna impresión especial. Era ella. Yo la quería mucho. Vivía en casa con nosotros y tuvimos una relación muy cercana. Su pérdida me produjo mucha tristeza, pero no alteró para nada mi rutina.

Mi padre Antonio falleció el 2 de febrero de 2008. Mi madre Lola falleció el 3 de junio del 2009. Mi hija Idoia falleció el 17 de julio del 2011.

Tres seres que amo profundamente murieron en tan solo 3 años, papá, mamá y mi hija.

Cada muerte ha tenido un significado y un dolor diferentes.

Al morir papá sentí un gran vacío. No podía aceptar no volver a tenerlo más cerca, no verle, no oírlo, no tocarlo. Sin embargo, nada tenía que ver con la angustia que imaginé de niña. Era otra sensación, un dolor de vacío.

Debido a la diferencia de religiones, papá tuvo una despedida católica. Mis hermanos así lo quisieron. Mamá no entró a su despedida, como era su costumbre de no compartir ceremonias de diferente credo al suyo. A mí personalmente me produjo un dolor añadido. ¿De verdad importaba la religión en aquel momento?

Mi hija Ruth le cantó una canción que él siempre nos cantaba «Quan jo n´era petitet».

Idoia se pasó un año entero llorando cada día por la muerte de su abuelo. Era su primera pérdida y le tenía mucho cariño a su «avi».

Al morir mamá, sentí como si me arrancaran algo de mi vientre. Como si yo formara parte de ella y estuviéramos unidas por la matriz. Al verla en el féretro sentí un temblor en mi útero y un tirón hacia abajo. Quizás era la vida que me anclaba a la tierra. El dolor no fue de vacío, sino de desamparo. Sentí mucho amor por la vida, por haberla tenido como madre. Sentí su amor en mí en todas las personas que la acompañaron. Sentí que ella era muy querida y que ese amor que nos dejó nos acompañaría siempre.

Tuvo una despedida presidida por un hermano de su congregación. Una cantante con música en directo le cantó una canción especial que nosotros escogimos. Fue bello.

Ahora, yo era huérfana. Me sentía desprotegida. Por encima de mí, nadie, no había nadie que me protegiera. Ahora era yo frente al mundo.

Al morir mi hija, sentí un dolor infinito al que no se le pueden poner palabras. Cuando se mueren tus padres te conviertes en huérfano. Para la muerte de un hijo/a no hay palabra. El diccionario no lo puede contemplar. Es algo antinatural, el dolor no puede nombrarse. Dicen los expertos que es la experiencia más dolorosa que puede vivir una mujer.

Podría hablar del proceso. Porque es un proceso. Desde el momento en que se produjo el fallecimiento y todas las fases posteriores, pero están descritas en muchos libros de expertos sobre el tema. Yo no pretendo ofrecer una explicación teórica, sino todo lo contrario: describir la vivencia tal como la experimenté. Con sentires físicos, emocionales y espirituales. Aunque no se le pueda poner nombre.

La vida de Idoia

Idoia era una niña brillante en todo. Siempre destacó en todas las actividades escolares y extraescolares. Le gustaba ser la mejor, era exigente consigo misma, perfeccionista y eso la hacía superarse constantemente. Gozaba de una extrema sensibilidad. Desde muy temprana edad destacó por su empatía con el dolor ajeno.

Tenía el don de la palabra y le gustaba escribir poesías y relatos (había ganado concursos literarios, era la admiración de sus profesores). Destacó por su facilidad para los idiomas. Cursaba sus estudios de secundaria en alemán, un idioma que no era el suyo materno.

La música era otro de sus talentos. Hacía ballet y tocaba el piano. Ella decía que no podía vivir sin la música. Amaba bailar.

Idoia tenía 12 años cuando tuvo una crisis de epilepsia. Estaba en el vestíbulo del Colegio Alemán, justo cuando sonó la sirena para subir a clase. En aquel momento se desencadenó la enfermedad.

En la adolescencia no es infrecuente tener crisis de este tipo. Los cambios hormonales lo justifican. Esa fue la explicación que nos dieron los médicos.

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