Czytaj książkę: «Patrick Leigh Fermor»

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Título original inglés: Patrick Leigh Fermor, an Adventure

© Artemis Cooper, 2012.

© de la traducción: Dolores Payás Puigarnau, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

www.rbalibros.com

CÓDIGO SAP: OEBO453

ISBN: 9788490069264

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

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Índice

Créditos

Dedicatoria

Un apunte sobre los nombres

Cita

1. El País de Nunca Jamás

2. El plan

3. «Zu Fuss nach Konstantinopel»

4. Un verano encantado

5. De Bulgaria a Monte Athos

6. Balasha

7. Un oficial de Inteligencia

8. Creta y el general Carta

9. Tendiendo la trampa

10. La hazaña del húsar

11. El Instituto Británico, Atenas

12. El Caribe

13. La escritura de El árbol del viajero

14. Viajes por Grecia

15. Las zapatillas de Byron

16. Chipre

17. En África e Italia

18. Una visita a Rumanía

19. Un monasterio construido para dos

20. Cambios en el horizonte

21. «Ya ha pasado el tiempo de los regalos»

Apéndice I. Un apunte sobre el Green Diary y «A Youthful Journey»

Apéndice II. La caminata de Patrick Leigh Fermor a través de Europa

Apéndice III. Oda de Horacio, I 9, «A Taliarco» traducida por Patrick Leigh Fermor

Agradecimientos

Créditos de las ilustraciones

Bibliografía selecta

Cuaderno de imágenes

Notas



El tiempo de los regalos. Dos páginas manuscritas de uno de los primeros esbozos y del prólogo del libro. Jock Murray solía mostrar estas páginas a todo aquel que le preguntaba por qué tardaba tanto en publicarse el siguiente libro

PARA ADAM Y NELLA

VIVID BIEN

UN APUNTE SOBRE LOS NOMBRES

Patrick Leigh Fermor siempre fue conocido como Paddy, excepto en Grecia, donde le llamaban Mihali. Quizás utilizar Leigh Fermor, o Fermor, parecería más profesional en una biografía. Pero estos nombres parecen despojar al autor de esa faceta juvenil que era parte importante de su naturaleza. Algunos biógrafos usan las iniciales de sus protagonistas como una manera de evitar el exceso de familiaridad, pero yo encuentro eso muy raro, teniendo en cuenta que en el resto del texto todos los nombres están escritos con todas sus palabras. ¿Patrick? Es más formal, desde luego, pero es un nombre que únicamente se utilizaba unido a Leigh Fermor, jamás en solitario. Así que lo único que me queda es Paddy: el nombre con el que yo le llamé desde niña, el nombre por el cual le conocían los cientos de personas que le trataban y querían. Es un nombre amistoso y alegre, del que emana una chispa de primavera.

Y en lo que se refiere a la denominación de los lugares, he tratado de conservar los nombres tal y como él los pronunciaba, al menos hasta donde me ha sido posible. Así que en este libro Rumania es Rumanía, Eubea es mejor que Evvia, y Calcuta mejor que Kolkata. Y, por supuesto, Constantinopla mejor que Estambul.

A. C.

Lynsore Bottom, Canterbury

Marzo de 2012

Creo igualmente que el poder de observación en un gran número de niños muy pequeños es considerablemente maravilloso por su exactitud y precisión. Es más, considero que de la mayor parte de los adultos, notables a este respecto, se debería decir con mayor propiedad, no que han adquirido esta facultad, sino más bien que no la han perdido; tanto más cuanto que generalmente observo que tales gentes mantienen una cierta espontaneidad y dulzura, así como cierta disposición a sentirse agradecidos, que es también una herencia que han conservado de la niñez.

CHARLES DICKENS, David Copperfield, capítulo II

I
EL PAÍS DE NUNCA JAMÁS

El pueblo de Weedon Bec, situado en Northamptonshire, era un escenario muy poco plausible para el paraíso, pero los años que Patrick Leigh Fermor pasó allí de niño fueron algunos de los más felices de su vida. Las personas con las que vivía no pertenecían a su familia. Le trataban con calidez y afecto, pero no le imponían restricciones ni exigencias. Nunca le regañaron cuando llegaba tarde a las comidas, o si regresaba a casa cubierto de lodo y ramas espinosas. Hasta el final abrupto de ese idilio en verano de 1919, todo lo que Paddy tenía que hacer era dedicarse a ese apasionante asunto que consiste en hacerse mayor.

Los niños del pueblo le enseñaron cómo frotar los tallos secos de la acedera silvestre. Usaba la mano y podía sentir que su palma se iba llenando de semillas desmenuzadas, que luego lanzaba al viento. Él y los niños trepaban por los almiares que estaban medio en desuso y, una vez arriba, saltaban. Los almiares pinchaban pero también eran suaves, y los niños se zambullían en el olor dulce del heno. Al principio, los otros niños le ayudaban a subirse a las ramas de los viejos manzanos, pero pronto fue capaz de trepar solo a los mismos árboles, más altos, a los que se subían los chicos mayores que él. Una vez allí escalaba hasta las ramas más altas y se hacía invisible, escondido entre el follaje, de tal modo que nadie pudiera encontrarle. Pero eso fue más tarde, por el momento él se escondía en cobertizos y graneros, y algunas veces tras las grandes dobles puertas que conducían al patio en el que se guardaban las gavillas de trigo. Y la gente gritaba: «Paddy-Mike, ¿dónde estás?». Mientras tanto él se enorgullecía de sí mismo porque nadie podía verle y nadie sabía dónde se hallaba.

Los adultos hablaban en voz baja sobre los alemanes y la guerra, que ya hacía tiempo que duraba. A nadie le gustaban los alemanes, pero en Weedon no había alemanes, o al menos él creía que no los había. Pero lo cierto es que un día encontró una gran pila de tierra y se puso a cavar y a hacer construcciones en ella, y entonces uno de sus mayores le dijo: «¡No deberías hacer eso!». «¿Por qué no?». «Pues porque hay alemanes». «Pero ¡si no se ve ninguno!». «¡No los ves porque son muy pequeños!». Paddy no tenía ni idea de lo que quería decir eso pero, en cambio, sí sabía qué aspecto tenían los alemanes. Los había visto en retratos y sabía que llevaban puestos unos yelmos muy graciosos. Así que examinó muy detenidamente la pila de tierra, quizá de un momento a otro aparecerían en ella unos alemanes en miniatura vestidos con sus cascos.

No le daban miedo los alemanes, pero una vez vio una apisonadora del tamaño de una casa entera que bajaba por la carretera. Su conductor tenía un aspecto tan ceñudo y fiero que sintió terror. (Aquella apisonadora formó parte de sus pesadillas infantiles durante años.) Echó a correr, tan rápido como pudo, hasta que encontró a Margaret. Se aferró a su espalda, agarrándose bien fuerte a sus trenzas. Ella le llevó de vuelta a casa, y allí mamá Martin le sentó en su regazo y le hizo unos cuantos mimos. Cuando mamá Martin le ofrecía pan con un sirope que sacaba de una lata verde, siempre le daba la vuelta a la lata para que él pudiera contemplar un dibujo en el que había un león y unas abejas. En la lata, el león parecía estar durmiendo, pero en la historia que contaba la Biblia estaba, en realidad, muerto, por eso las abejas surgían de su interior.

George Edwin Martin y su mujer Margaret vivían en una pequeña casa adosada que tenía un jardín estrecho en su parte trasera. La casa estaba en el número 42 de High Street, Road Weedon. La pareja tenía tres hijos. Cuando, en 1915, Paddy-Mike llegó para vivir con ellos, su hijo Norman tenía diez años; la niña, que también se llamaba Margaret, tenía ocho y ayudaba a su madre en el cuidado de Paddy y Lewis, que con seis años era el hermano más pequeño. El pueblo era grande y estaba dividido en tres zonas. Los cottages y las pequeñas granjas de la parte alta de Weedon se perdían entre el verdor de los campos, mientras que la iglesia y la escuela del pueblo se hallaban en la parte baja del núcleo urbano, aunque una zona con más movimiento era Road Weedon, sita en la antigua carretera que iba de Northampton a Daventry. Y allí vivían los Martin, en la carretera principal (ahora la A-45), que estaba flanqueada por tiendas y pubs en ambos lados. Los camiones descubiertos transportaban carbones y cerveza que descargaban en un pub llamado The Wheatsheaf and the Horseshoe. También había otros proveedores que llegaban pedaleando en triciclos y cargando con cestas crujientes, repletas de mercancías y comestibles procedentes de las tiendas de Wilson y también de la de Adams, el dueño de los ultramarinos. Algunas veces pasaban por allí tropas de soldados que marchaban al paso, o bien oficiales montados en relucientes caballos, o bien el autobús, con la imperial descubierta y la campana que tintineaba. Paddy siempre se subía a la parte alta del autobús cuando iba a Daventry con los Martin.

Road Weedon estaba presidida por los barracones del cuartel de Weedon y el gran complejo urbano de los Depósitos Reales de Artillería. Estos habían sido construidos lo más lejos posible de las zonas costeras de desembarco para almacenar armas y municiones durante las guerras napoleónicas, y disponían de su propio ramal en el canal de la Gran Unión, que estaba muy bien protegido para garantizar la llegada segura de la mercancía a sus almacenes. De vez en cuando, Margaret llevaba a Paddy a los barracones. Allí contemplaban el entreno de los soldados de caballería. Los veían cuando ponían a sus caballos al trote y les hacían correr en círculo por el gran terreno que estaba destinado a ese fin. El amplio canal que separaba Road Weedon de la parte baja del pueblo se había borrado por completo de la memoria de Paddy, lo que parece algo extraño. Pero sin duda Margaret había recibido órdenes estrictas de mantener al niño alejado del agua. El señor Martin, al que más tarde Paddy recordaría como a un granjero, trabajaba, de hecho, como ingeniero en los Depósitos Reales y también servía en la brigada local de bomberos. Era un hombre corpulento que lucía un erizado bigote.

En noviembre del año 1918, cuando acabó la Primera Guerra Mundial, Paddy-Mike tenía casi cuatro años y Margaret casi había cumplido los doce. De pie en el borde de la carretera, los dos niños vieron pasar las carretas que llevaban a los prisioneros alemanes de regreso a Alemania. Los presos vestían toscos uniformes grises y en la tela de la espalda les habían cosido unos grandes diamantes rojos, para que pudieran ser identificados con facilidad si intentaban escapar. Dado que la guerra había finalizado en invierno, todo el mundo estuvo de acuerdo en esperar a que llegara el verano para celebrar el acontecimiento. Para entonces la celebración sería incluso mejor que la de las Navidades. Habría baile y una orquesta, se serviría el té en una tienda de lona y se encendería una gran hoguera con fuegos artificiales.

Las fiestas para celebrar la consecución de la paz iban a tener lugar el 18 de junio de 1919. Pocos días antes Paddy-Mike fue lavado y cepillado a fondo, y luego le llevaron al salón de la casa. Allí se encontró con una mujer desconocida, ataviada con la ropa más espléndida y lujosa imaginable; desde luego, él nunca había visto nada parecido. La señora estaba acompañada por una niña que llevaba un genuino traje de marinero completo, del que colgaba un silbato atado a una cinta ancha y blanca. Mamá Martin le dijo que aquellas personas habían venido de la India. Eran su verdadera madre y su hermana Vanessa, que tenía ocho años. También traían consigo a un perro de pelaje negro y esponjado, que tenía la cara aplastada y unas patitas blancas muy similares a unas polainas. Paddy sintió curiosidad: era la primera vez que veía a una señora vestida de modo tan magnífico, pero reaccionó de modo cauteloso cuando percibió que el tono anhelante de su voz parecía, de alguna manera, reclamarlo a él. Huyó al exterior de la casa, y allí echó a correr y se escondió. Todos salieron tras él gritando: «Paddy-Mike, ¿dónde estás? ¡Vuelve, Paddy!», mientras que el perro de patitas blancas profería unos ladridos agudos e histéricos. Por fin, aunque con mucha renuencia, consiguieron persuadirlo para que volviera a la casa. Una vez dentro, le dieron pastel.

Miró los zapatos de la señora y observó que tenían un diseño lleno de relieves. Ella le contó que estaban confeccionados con piel de cocodrilo, algo que era interesante. También miró el silbato que colgaba del vestido de marinero de la niña, y esta le dijo que si lo deseaba podía soplar por él. Así que Paddy sopló por el silbato. El perro con la cara aplastada se llamaba sir Percy Polainas C. D. A. Las siglas significaban la Cosita más Dulce de Asia. La dama elegante se fue, pero la niña con el vestido de marinero se quedó.

La hoguera de las celebraciones de la paz de Weedon Bec tuvo que posponerse hasta el 21 de junio debido al mal tiempo. La gran pira de leña y paja se organizó en medio de un terreno que estaba emplazado entre el canal y la vía del tren. Y en la cima de la pira se colocaron las efigies del káiser Guille, tocado con un auténtico casco alemán, y del Pequeño Guille, el príncipe heredero alemán, que iba calzado con las botas de un alemán que había sido hecho prisionero. Pero antes que nada todos fueron a tomar el té en la tienda de lona. Según los recuerdos de Paddy, el pueblo entero se estiró en la hierba y cantó canciones hasta que se hizo de noche, pero lo cierto es que después de tres días de lluvia constante el suelo debía de estar completamente encharcado.

Antes de que se encendiera la hoguera, un hombre llamado Thatcher Brown fue en busca de una escalera. Y, pese a las protestas de los espectadores, se subió a la pira y descalzó las figuras. Aquellas botas eran «demasiado buenas para desperdiciarlas», dijo.1 Y por fin se encendió el fuego. A Paddy le izaron en hombros para que pudiera ver mejor. Las crecientes llamas estuvieron acompañadas de fuegos artificiales. Después, todos los presentes formaron un círculo y bailaron alrededor del fuego.

Cincuenta años más tarde, y basándose tan solo en su memoria personal, Paddy describió la hoguera y su dramática secuela en El tiempo de los regalos. Todo iba muy bien hasta que, de repente, la gente empezó a gritar y a pedir ayuda. Margaret acudió para ver qué sucedía. Enseguida cogió a Paddy y se lo llevó de aquel lugar a toda prisa.

Margaret estaba muy alterada. «Cuando llegamos a casa —escribió Paddy—, subió corriendo las escaleras, me desvistió, me metió en su cama y se tendió a mi lado, abrazándome contra su camisón de franela. Sollozaba y temblaba, pero no quería responder a ninguna pregunta».2 Siempre según Paddy, pasaron varios días antes de que la niña aceptara satisfacer su curiosidad. Y entonces le contó que uno de los chicos había estado bailando alrededor de la hoguera con un petardo metido en la boca. En un momento dado se lo había tragado sin querer, y había muerto «escupiendo estrellas». En el Northamptonshire Chronicle no existe ninguna referencia a esta tragedia, ni tampoco se menciona en la revista de la parroquia, The Weedon Deanery Parish Magazine, que sin embargo describe la celebración con considerable detalle. ¿Acaso Paddy estaba recordando otra noche y otra hoguera? ¿O quizá Margaret inventó la historia para encubrir que se sentía muy desdichada?

Margaret era consciente de lo que iba a suceder, y seguramente esta era la razón por la que se sentía tan desgraciada. Paddy, al que había cuidado con tanta devoción, y por el que sentía tanto apego, iba a abandonarlos. Ahora su hermana era Vanessa, y cuando la señora Fermor regresara a Weedon se llevaría con ella a sus hijos de vuelta a Londres. Y entonces lo más seguro es que Margaret no vería a Paddy nunca más.

Cuando llegó el día de la partida, el niño estaba enfermo de aprensión y tristeza. La idea de abandonar a Margaret y a mamá Martin le desesperaba. El olor del aceite y del hollín del tren que le alejaba más y más de Northamptonshire le provocó náuseas. Y aquel mugriento laberinto que era la ciudad de Londres le resultaba asfixiante. Paddy aún no había cumplido los cinco años, y esta ya era la segunda vez que le arrancaban de un mundo para trasladarlo a otro sin proceso de adaptación de por medio. Como era un niño robusto y alegre, se acomodó a estos trastornos, pero lo cierto es que nunca se sintió vinculado a su familia como se sienten la mayoría de los niños. Al igual que le sucedió a Peter Pan, hubo una parte de Paddy que se negó a crecer y que siempre anheló volver a ese País de Nunca Jamás del que había sido exiliado.

Dado que sus padres vivían en la India, a Paddy le agradaba pensar que había sido concebido en Calcuta, Shimla o Darjeeling. Y fue algo descorazonador enterarse, por su hermana Vanessa, de que aquel importante evento que fue su llegada al mundo seguramente había tenido lugar en la ciudad costera de Bournemouth, al sur del país, lugar en el que los Fermor pasaron unas cuantas semanas durante la primavera y el verano de 1914.

Lewis, el padre de Paddy, era miembro del cuerpo de funcionarios de la India. Por lo tanto, cada tres años le concedían seis semanas de permiso para que las pasara en Inglaterra. Lewis aprovechaba estos permisos para dar rienda suelta a su pasión por la botánica y la historia natural. Dejaba a su mujer y a su hija de cuatro años en Bournemouth, para que disfrutaran sin trabas de sus placeres, mientras él se dedicaba a dar largos paseos lejos de la playa. Recolectaba flores silvestres, o bien rebuscaba en los estratos eocénicos de los acantilados de Bournemouth en busca de plantas fósiles. Cuando la familia estaba junta, la pareja formada por el doctor y la señora Fermor llamaba la atención por su rareza. Él era alto y erudito, ella era bajita y vivaracha. La disparidad de sus caracteres era notable. «Resultaba inimaginable pensar en dos personas más diferentes que ellos en materia de gustos, en la manera de pensar, y en temperamento —decía Paddy de sus padres—. No tenía lógica. ¿Por qué estaban juntos?».

Para responder a esta pregunta no queda más remedio que desandar el camino de sus respectivas historias personales. Lewis Leigh Fermor había nacido en Peckham, en el sur de Londres, en septiembre del año 1880. (Se le llamó «Leigh» no porque este fuera su apellido de familia, sino en recuerdo de uno de los amigos íntimos de su padre.) Era el hijo mayor de Lewis Fermor, un empleado del London Joint Stock Bank, y de Maria James, una mujer inteligente y voluntariosa. Ella misma se ocupó de la educación de Lewis hasta que este cumplió los siete años. Para entonces el niño no solo sabía ya escribir, sino que también mostraba un considerable talento para las matemáticas.

Obtuvo una beca para asistir a la Wilson’s Grammar School de Camberwell, y una vez allí decidió intentar conseguir otra que le permitiera estudiar en el Royal College of Science. Su tutor en la Wilson’s Grammar School le advirtió que esta aspiración solo sería realista si, además de su trabajo normal de la escuela, dedicaba al estudio otras cuatro horas extras, y ello a lo largo de dos años. El castigo de esta carga extra de trabajo resultaba aún más arduo en verano, cuando las tardes se prolongaban y desde el jardín que había bajo su ventana le llegaban los sonidos y las voces de sus hermanos jugando. Eran cinco: Ethel, Bertram, Aline, Frank y Gerald.

Una de las razones que decidieron a Lewis a trabajar de modo tan duro era que no estaba dispuesto a que la vida le derrotara. Los infortunios de su padre habían empezado el día en que se vio obligado a retirarse del banco como resultado de calambres musculares crónicos causados por sus años de trabajo como escribano. Dado que no había trabajado el tiempo suficiente requerido para tener derecho a una pensión, el banco le ofreció una pequeña remuneración. Con ese dinero montó un negocio de rótulos, pero no consiguió hacerlo prosperar y al final tuvo que cerrarlo.

En 1898, el joven Lewis consiguió una beca nacional del Royal College of Science. Y una vez completó sus estudios en la Royal School of Mines, fue designado como superintendente asistente de la Geological Survey of India. En octubre de 1902 inició el largo viaje hacia Calcuta, ciudad que se convertiría en su campamento base durante toda su vida profesional. Comparados con los enormes esfuerzos que había hecho durante los años anteriores, sus deberes en la India debieron de parecerle algo relajante. Pasaba muchos meses en el campo, cartografiando la estratificación de depósitos minerales y rocosos, e inspeccionando las minas. Aun así encontró tiempo suficiente para preparar su título de grado en Ciencias (1907) y su posterior doctorado (1909). En las primeras épocas de su estancia en la India también llevaba un diario, en el cual describe, de forma realista, las cacerías organizadas por los maharajás locales, algunos encontronazos que tuvo con porteadores y aldeanos poco colaboradores, y a los músicos y bailarines que aparecían de la nada para entretener a quienes estaban en el campamento. El diario está también salpicado de descripciones de flores, pájaros, animales e insectos. El aspecto enjuto y austero de Lewis quedaba acentuado por su talla alta, los rasgos elegantes y unos ojos castaños emplazados en órbitas profundas. Pese a su dedicación al trabajo, Lewis también sabía disfrutar de la vida social. Asistía entusiasmado a las carreras de caballos, y la gracia con la que bailaba fue algo que no dejó de llamar la atención en los bailes organizados por las damas de Calcuta.

La madre de Paddy era Muriel Æileen Ambler, hija de Charles Taaffe Ambler, fundador y propietario de la cantera de pizarra y piedra de Ambler Co. Ltd., de Dharhara, cerca de la ciudad de Munger, a unos cuatrocientos kilómetros al noroeste de Calcuta. Puede que el primer encuentro de Lewis con los Ambler se diera a través de contactos profesionales. De hecho, en 1904 los funcionarios de la Geological Survey sometieron a pruebas y análisis la pizarra de las canteras de Charles Ambler. Y decidieron que era una pizarra más fuerte de lo normal, pues solo se rompía cuando se ejercía sobre ella una presión de tres toneladas por pulgada cuadrada.

La primera esposa de Charles murió en 1884, y un año más tarde se casó con Amy Webber, una mujer talentosa y artística a la que él doblaba en edad. Tuvieron dos hijos: Huart, comúnmente conocido como Artie, nacido en 1886, y Muriel Æileen, la madre de Paddy, que nació en 1890. Como la mayoría de los hijos del imperio, Artie y Æileen fueron criados casi siempre en Inglaterra. Pero no se les dejó en manos de tías sádicas o en internados como los que describe Dickens. Amy, su madre, pasaba largas temporadas con ellos en Dulwich, un próspero barrio de las afueras de Londres, en el sudeste, en el que los muchachos crecieron y se educaron. Artie asistió al Dulwich College, mientras que Æileen recibió instrucción en casa, primero de su madre, luego de una serie de institutrices.

Finalizados los años destinados a la educación, la familia regresó a la India. Los Ambler habían construido una villa a unos cuantos kilómetros de Dharhara, en un lugar llamado Bassowni. Se trataba de una casa con techos altos, un tejado abovedado y una gran veranda. Artie entró a trabajar en el negocio familiar mientras que Æileen y su madre emprendían una labor consistente en buscar un marido para la primera. En términos prácticos, eso implicaba abandonar a Charles y a Artie en Dharhara en tanto que ellas dos se establecían en Calcuta. La ciudad era un hervidero de vida social que proporcionaría los muchachos adecuados. Y además, Amy esperaba recibir encargos para pintar retratos.

La familia apreciaba las artes. Æileen era una lectora entusiasta y una buena pianista con un amplio repertorio de canciones. Cuando la muchacha se encontraba en compañía resultaba excesivamente vistosa. En general, era una chica demasiado brillante que hablaba más de lo debido y lanzaba carcajadas más sonoras de lo que se consideraba apropiado. Su afición a las largas cabalgadas solitarias, sin la compañía adecuada y en cuanto rompía el alba, también hizo enarcar más de una ceja. La única posibilidad que tenía de desahogarse, de canalizar sus energías y sus extravagancias emocionales, era en el escenario. Y nunca era tan feliz como cuando se hallaba rodeada de toda la parafernalia y emoción que lleva consigo la vida de los aficionados al teatro. Era impensable que una mujer joven procedente de su entorno se convirtiera en una actriz profesional, pero sin duda Æileen sabía cómo moverse de modo dramático. Y también poseía otros rasgos teatrales. Uno de ellos era su cabellera, de la que se sentía muy orgullosa; era de color rojizo, abundante y espesa. El otro era la caligrafía desordenada de sus cartas, que ella escribía con tinta violeta.

Æileen era una de esas personas que de vez en cuando sienten la necesidad de reinventarse a sí mismas. A lo largo de su vida utilizó una desconcertante variedad de nombres. Siendo una muchacha, firmaba como «Avrille» o «Mixed Pickles» [«Encurtidos Mixtos», un alimento típico en la India], cuando escribía a sus padres. Mientras que estos y su marido la mayoría de las veces se referían a ella como Muriel. A veces, también ella misma rubricaba sus cartas como «Muriel», aunque años más tarde este nombre fue condenado al olvido porque Paddy lo odiaba. Asimismo usaba el nombre de Æileen, aunque le agradaba que sus íntimos la llamaran Pat o Fudge. En lo que se refiere a los apodos, desde luego tener dos era definitivamente más interesante que tener solo uno. Aunque, en las cartas, sus padres siempre se referían el uno al otro como el señor y la señora Charles Ambler, Æileen hablaba de su familia como de los Taaffe Ambler.

Los Ambler creían ser descendientes de sir John Taaffe de Ballymote (fallecido en 1641), originario del condado de Sligo, cuyos descendientes fueron cancilleres, diplomáticos y soldados de caballería en Austria, además de convertirse en condes del Sacro Imperio Romano. Las lagunas que existen en los archivos genealógicos impiden saber con certeza si estos gallardos personajes tienen una relación real con James Ambler, el padre de Charles, que había sido un constructor nacido en el condado de Cork en la primera mitad del siglo XIX. Pero cuando Æileen (y más tarde Paddy) se referían a sus antepasados irlandeses, se mostraban convencidos de que esa relación existía. La línea genealógica de Lewis era bastante más prosaica. Los Fermor de Kent y de Sussex (el nombre es una variante de farmer, «granjero») habían sido oficiales subalternos, cerveceros y constructores desde el siglo XVIII. De forma gradual, y a medida que avanzaba el siglo, sus descendientes fueron sumándose a las filas de las clases profesionales.

Con toda probabilidad, Æileen Ambler y Lewis Fermor se conocieron en 1907 y se comprometieron poco después. Ella siempre le llamaba Peter, aun cuando su segundo nombre fuera Leigh. Y ella fue quien añadió el nombre de Leigh al de Fermor.

Durante la primera fase de arrebato amoroso, Æileen se mostró muy predispuesta a pasar por alto la falta de contactos sociales de Lewis Fermor. Y la atracción que sentían el uno por el otro debió de ser vista como algo muy natural. Ella, tan artística y vivaracha, y él, tan concentrado y ambicioso. En lo que se refiere a los padres de ella, aquel partido debió de haberles parecido suficientemente prometedor, siempre y cuando la joven pareja no se apresurara a contraer matrimonio. Ni el novio ni la novia eran ricos y ninguno de los dos tenía expectativas de serlo, pero con toda seguridad, en unos cuantos años, Fermor sería capaz de proporcionar una vida confortable a su hija.

A principios de 1909 Lewis estaba a punto de entrar en la treintena y su carrera había llegado a un punto crucial. Desde 1904, había ido publicando artículos en periódicos de geología. Gran parte de aquellas investigaciones, ya realizadas, estaban destinadas a servir de base para una memoria que estaba escribiendo. Se trataba de un trabajo monumental sobre los depósitos de magnesio en la India; sumado a los mapas, los diagramas y las fotografías, formarían un volumen de mil doscientas páginas. No debe sorprender que Æileen —por aquel entonces tenía dieciocho años— se sintiera bastante excluida y abandonada, mientras él se dedicaba a preparar la publicación más importante de su vida profesional.

Las demandas que Æileen hacía a su futuro marido jamás tendrían prioridad sobre las que su trabajo le exigía. Y cuando la futura novia tomó plena conciencia de este hecho, decidió que, después de todo, no deseaba casarse. Así se lo comunicó a Lewis. «Quizá sea para bien —escribió Ruth, la nuera de Charles Ambler—, pues de otro modo esto se hubiera convertido en un compromiso de larga duración».3 Sin embargo, la pareja se volvió a unir. Se casaron en la catedral de San Pablo, de Calcuta, el 12 de octubre de 1909.

Antes de conocer a Lewis Fermor, el hombre más importante en la vida de Æileen había sido su hermano Artie. Sentía reverencia por él, le consideraba un dechado de virtudes. Después de pasar por la escuela, en la que ganó gran cantidad de premios, Artie se puso a trabajar en el negocio familiar con un celo encomiable. También ejercía como voluntario en dos de los regimientos locales y, según decía Æileen, de vez en cuando desaparecía en la jungla durante días y días, armado tan solo con un kukri, un cuchillo curvo. Era un deportista entusiasta, y la única fotografía familiar que ha sobrevivido lo muestra de pie, muy relajado y a sus anchas, con un leopardo muerto a sus pies.

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Data wydania na Litres:
14 listopada 2024
Objętość:
806 str. 61 ilustracji
ISBN:
9788490069264
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