Za darmo

100 Clásicos de la Literatura

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Mokoum miró al inglés con una sonrisa irónica, no exenta de cierto toque de cariño, y respondió:

—Suponía que no se daría usted por satisfecho a menos que matara un rinoceronte o una pareja de elefantes.

—Iré donde me lleves y mataré lo que me digas que debo matar. Estoy a tu disposición, experto cazador.

—En ese caso, avivaremos el paso.

Las monturas fueron puestas al trote y ambos cazadores avanzaron rápidamente hacia el bosque.

Atravesaron una llanura sembrada de innumerables materiales, de los cuales se desprende una resina viscosa que los indígenas emplean para curar las heridas. Aquí y f allá, formando grupos pintorescos, se alzaban las higueras de sicomoros que caracterizan aquella región. En sus ' ramas charlaban numerosos loros de vistosos colores.

Transcurrida una hora desde que dejaron el kraal, los cazadores llegaron al lindero del bosque, formado por un gran espacio que medía muchos kilómetros cuadrados. En él predominaban las acacias.

El ramaje de las acacias, cuidadosamente entrelazado, impedía el paso de los rayos de sol. Mokoum y Sir Murray se abrieron paso entre los trancos irregularmente esparcidos y cabalgaron bajo la espesa bóveda, encontrando de cuando en cuando algunos claros que les permitían detenerse a observar con detenimiento la espesura.

Su primera jornada de caza no fue muy favorable. El inglés y el bushman recorrieron en vano buena parte de la selva, pues ningún ejemplar de la fauna africana se molestó en darles la bienvenida. Tal vez la vecindad del kraal había contribuido a alejar la caza, ya de por sí muy desconfiada.

Sir Murray se sentía decepcionado. Un cazador como él no podía permitirse el lujo de volver de vacío. Sumido en estas reflexiones, la suerte pareció favorecerle. Un animal parecido a las liebres comunes que abundan en Europa salió de pronto de la espesura. La liebre se situó a unos cincuenta pasos del inglés y éste, contento al fin de encontrar un blanco contra el que disparar, envió al inofensivo animal una bala de su carabina.

Mokoum dio un grito de indignación y exclamó:

— ¿Cómo es posible que desperdicie una bala como ésta para una simple liebre, cuando habrían bastado unos simples perdigones?

Pero el cazador inglés, satisfecho por haber podido demostrar sus habilidades, no atendió las exclamaciones de protesta del bushman y se lanzó al galope hacia el lugar donde debía de haber caído el animal.

Pero no había el menor rastro de la liebre, y tan sólo podía distinguirse un pequeño rastro de sangre en el suelo. Sir John buscó en vano entre los matorrales de los alrededores, en tanto que los perros husmeaban el lugar. Mas ni uno ni otros consiguieron nada.

Mokoum, que se había acercado al trote, miraba sonriente los esfuerzos de su amigo y señor.

— ¡La he tocado! —protestaba Sir Murray— ¡Estoy seguro de que la he tocado!

— ¡Demasiado! —respondió el bushman al cabo de unos instantes—. Esto es lo que se consigue cuando se dispara con una bala explosiva sobre una liebre. Lo raro es encontrar de ella el más insignificante pedazo.

Y así había sucedido, pues el roedor se había dispersado en trocitos impalpables.

Sir John, completamente despechado, volvió a montar en su corcel y no dijo nada más en todo el día. Los dos hombres regresaron al campamento con las manos vacías.

A la mañana siguiente, Mokoum esperó a que el aristócrata le hiciera algunas proposiciones de caza, pero el inglés no despegó los labios. Evitó encontrarse con Mokoum y pasó el día ocupado con sus instrumentos científicos.

A la mañana siguiente, 17 de mayo, Sir John fue despertado con estas palabras pronunciadas en su oído:

—Creo que hoy seremos más afortunados, pero no hay que tirar a las liebres con obuses de montaña.

El aristócrata soltó una fuerte carcajada y dijo a su amigo que en breves minutos estaría dispuesto para partir. Ambos cazadores se alejaron algunos kilómetros a la izquierda del campamento, antes de que sus compañeros se hubiesen despertado.

Sir John había optado esta vez por ir acompañado de un excelente fusil, arma más apropiada para matar antílopes que las terribles carabinas con bala explosiva de la anterior jornada. Cierto es que podían tropezarse también con paquidermos y otras fieras en la llanura, pero Sir John no olvidaba el incidente de la liebre y habría preferido matar un león con perdigones antes que repetir un tiro como aquél, sin precedentes en los anales del deporte. Era su orgullo de cazador el que estaba en juego.

Como había previsto Mokoum, la fortuna les favoreció. Mataron una pareja de antílopes negros, poco comunes incluso en aquella zona y una de las piezas más codiciadas por los grandes cazadores, ya que constituye una de las más admirables muestras de la fauna austral.

Tras esta conquista gloriosa, la suerte les deparó nuevos acontecimientos. En el lindero del bosque descubrió Mokoum las huellas pertenecientes a una especie muy codiciada asimismo por los aficionados a la caza mayor.

—Señor —exclamó el bushman—, fíjese bien en este lugar.

Sir Murray le obedeció sin comprender aún sus intenciones. Se encontraban no muy lejos de una charca grande y profunda, rodeada de gigantescos euforbios.

— ¿Y bien? —preguntó a su vez el aristócrata cuando hubo cumplimentado las instrucciones de su amigo.

—Si mañana al amanecer desea que nos pongamos al acecho en este lugar —exclamó Mokoum—, le aconsejaría que no se olvidara de traer su carabina.

— ¿Qué quieres decir? No te comprendo.

— ¿Ve usted esas huellas frescas en la tierra húmeda?

— ¿Te refieres a esas enormes marcas en el suelo?

—Así es.

— ¿Crees que han sido producidas por animales?

—En efecto.

— ¡No es posible! ¡Los pies que las hayan trazado tienen más de medio metro de circunferencia!

—Lo cual prueba que esas huellas pertenecen a un animal que ha de medir más de dos metros y medio de altura.

Sir John le miró incrédulo y exclamó:

— ¿Un elefante?

—Sí, señor. Y si no me equivoco, un macho adulto.

— ¡Entonces, vendremos mañana!

—Desde luego, señor.

Los dos cazadores regresaron al campamento, provocando la admiración de la caravana al mostrar los hermosos ejemplares obtenidos. Los colegas del aristócrata se olvidaron por un momento de sus constelaciones celestiales y bajaron a la tierra para entonar alabanzas por los antílopes negros.

El inglés y el bushman se retiraron pronto a descansar, pues debían partir siendo aún noche cerrada. A las cuatro de la mañana se encontraban ya ocultos en medio de un espeso grupo de matorrales, cercano a la gran charca donde el día anterior habían divisado las huellas de los paquidermos. Permanecían inmóviles en sus monturas, con los silenciosos perros a su lado.

Un nuevo estudio de las huellas les había hecho saber que, en efecto, era una manada de elefantes la que acudía a mitigar su sed en la charca.

Los dos hombres iban armados con sus carabinas de balas explosivas. Al cabo de una media hora de espera, advirtieron que se agitaba el espeso ramaje, a unos cincuenta pasos de la charca. Sir John preparó su arma, pero Mokoum le contuvo con un gesto.

Al punto aparecieron grandes sombras. Los matorrales se abrieron bajo el efecto de una presión irresistible y se escuchó el rumor de las ramas al crujir. Hasta los cazadores empezaron a llegar los resoplidos de los animales que aguardaban con impaciencia.

La manada de elefantes estuvo pronto ante ellos. Media docena de estos gigantescos animales avanzaban con paso lento hacia la charca. La claridad del día empezaba a mostrarse, permitiendo a Sir John admirarlos en toda su plenitud.

Uno de ellos, un macho de enorme talla, llamó poderosamente su atención. Aquel elefante proyectaba su trompa por encima del ramaje y golpeaba con sus colmillos los gruesos troncos de los árboles, que gemían al ser atacados tan fulgurantemente.

El bushman notó el interés del inglés por aquella pieza y le dijo:

— ¿Le gusta ése?

—Desde luego.

—Muy bien. Entonces, le separaremos del resto de la manada.

Los elefantes habían llegado ya al borde de la charca, hundiendo sus patas en el esponjoso cieno. Aspiraban el agua con su trompa y luego la vertían en su ancho gaznate, produciendo un ruidoso gargarismo.

El gran macho se mostraba inquieto y no dejaba de mirar en torno suyo, como si presintiese el peligro que le acechaba.

Repentinamente, Mokoum emitió un ruido particular. Sus tres perros prorrumpieron en fuertes ladridos y, saliendo de la espesura, se lanzaron sobre los elefantes.

El bushman espoleó su cebra y corrió a cortar la retirada del macho grande, no sin antes advertir a su compañero:

— ¡No se mueva!

El animal no trató de escapar. Sir John le observaba emocionado con el dedo puesto en el gatillo de su arma.

El elefante manifestaba su cólera golpeando con fiereza con su trompa las ramas de los árboles, pero no daba pruebas de especial inquietud, pues todavía no había percibido al enemigo.

Mas, cuando le vio, se abalanzó contra él. Sir Murray, apostado a unos sesenta pasos del paquidermo, esperó a que llegara hasta cuarenta y, apuntándole a uno de sus flancos, hizo fuego.

Pero un movimiento de su caballo desvió el tiro y la bala sólo atravesó las carnes blandas, sin tropezar con una zona dura donde poder estallar.

El elefante, visiblemente furioso, aumentó su carrera, y el corcel del aristócrata emprendió el galope sin que su amo pudiera dominarlo.

El paquidermo inició la persecución del caballo, enderezando las orejas y lanzando gritos con su trompa que asustaban aún más si cabe a la montura de Sir John. El cazador, arrebatado por su cabalgadura, la oprimía con sus piernas vigorosas, mientras intentaba meter un cartucho en la recámara de su carabina.

 

Pero el elefante iba ganando terreno y, para colmo de males, perseguido y perseguidor salieron al poco rato de la espesura, yendo a parar a una inmensa planicie.

El paquidermo ganaba terreno de manera peligrosa, mientras el jinete clavaba sus espuelas en los ijares de su caballo, que parecía ya claramente desbocado. Dos de los perros, ladrando entre sus piernas, corran hasta perder el aliento.

De improviso, el caballo cayó sobre sus cuartos traseros a consecuencia de un golpe que le dio el elefante con la trompa. El cuadrúpedo relinchó de dolor y dio un salto que le desvió hacia un lado. Este salto salvó al inglés de una muerte cierta, pues el elefante, impulsado por su propia velocidad, pasó de largo. Su trompa agarró a uno de los perros, que fue sacudido en el aire con extrema violencia.

Sir John no tenía más alternativa que regresar al bosque, por lo que dirigió hacia allí a su herido caballo y franqueó pronto la linde del mismo, aprovechando el descuido pasajero del animal.

El paquidermo advirtió sus intenciones y reinició la persecución del jinete y su montura, pero Sir John se encontraba ya en una compacta espesura, llena de bejucos espinosos que detuvieron a su perseguidor.

El aristócrata, desgarrado por todas partes y profundamente ensangrentado, no perdió ni un momento su particular sangre fría, y preparó su carabina cuidadosamente, apuntando con ella al elefante en lo alto de la espalda. El disparo atravesó los matorrales y la bala, encontrando hueso, hizo explosión de inmediato.

El elefante se tambaleó aparatosamente casi en el mismo momento en que una segunda bala, disparada desde el lindero del bosque, le hería en el flanco izquierdo.

Cayó el paquidermo sobre sus rodillas y comenzó a lamerse las heridas con su trompa, al tiempo que emitía monstruosos gritos de dolor.

Mokoum, saliendo de la espesura, exclamó:

— ¡Ya es nuestro!

El enorme elefante estaba mortalmente herido. Seguía gritando lastimeramente, pero su respiración era difícil y su cola se agitaba débilmente.

Los movimientos de su trompa, que lamía inútilmente sus heridas, se fueron haciendo cada vez más distanciados, hasta que, finalmente, al paquidermo le faltaron las fuerzas y se dejó caer para no levantarse jamás.

Sir John salió entonces de la espesura espinosa. Estaba casi desnudo, pues su ropa había quedado hecha jirones, pero nada de esto parecía importarle. Había logrado su mayor triunfo deportivo.

Se aproximó al elefante y observó su cadáver. Después, mirando orgulloso a Mokoum, dijo:

—Magnífico animal.

—Así es, señor Murray.

—Lo malo es que su tamaño no nos permitirá trasladarlo fácilmente.

—Lo despedazaremos aquí mismo y nos llevaremos sus colmillos. Mire usted qué soberbios colmillos.

— ¡Espléndidos!

—Deben de pesar unos once kilos cada uno.

— ¡Once kilos cada uno!

—Once kilos de marfil... Cada uno.

Sir Murray hizo cuentas mentales de lo que podían valer en el mercado veintidós kilos de marfil, y se le pusieron los ojos como platos.

El bushman procedió a despedazar al animal y cortó los colmillos con ayuda de su hacha. Después separó los pies y la trompa, dos de las partes más codiciadas del elefante, además de sus colmillos, pues se proponía regalárselos a los sabios de la expedición.

Esta operación requirió cierto tiempo, por lo que ambos cazadores no regresaron al campamento antes del mediodía. Una vez allí, Mokoum hizo cocer los pies del gigantesco animal y el plato fue muy apreciado por los europeos, que al principio mostraron un cierto recelo a consumirlo.

CAPITULO X

El 19 de mayo se decidió que la caravana debía emprender de nuevo la marcha hacia el Norte, por lo que se hicieron los preparativos necesarios para tal fin.

Durante los siguientes diez días, la comisión científica procedió a unir la nueva zona elegida al meridiano por medio de dos nuevos triángulos. El tiempo era favorable y el terreno no presentaba ningún obstáculo insuperable, por lo que todos los expedicionarios se encontraban de excelente humor.

Mas pronto descubrieron que esa planicie no se prestaba bien del todo a las medidas de los ángulos, hecho que se hizo patente al realizar las comprobaciones.

Este terreno, sembrado de fragmentos de rocas descompuestas, mezclado de arcilla, arena y partículas ferruginosas, ofrecía en algunos lugares señales de una gran aridez, pero no se veía en varios kilómetros ninguna prominencia que pudiera utilizarse como nueva estación.

Era necesario, por tanto, clavar postes indicadores o torrecillas de doce metros de altura que de mira pudieran servir. De esta operación resultaban grandes pérdidas de tiempo, que retrasaban la marcha de la triangulación. Porque, hecha la observación, era necesario desmontar la torrecilla y trasladarla unos kilómetros hacia delante, con objeto de poder formar el vértice de otro triángulo.

Pese a todo, las maniobras se ejecutaron sin dificultades aparentes.

La tripulación del Queen and Tzar fue encargada de desempeñar esta tarea, y lo hizo con rapidez y sentido común. Aquellos hombres, instruidos en el difícil arte de la navegación, obraban sin vacilaciones y con brillantez, azuzados además por las rivalidades nacionalistas que de seguro establecieron entre los dos bandos. Porque la envidia existente entre los jefes de la comisión excitaba con frecuencia a los marinos, enfrentándoles de un modo casi inconsciente.

Zorn y Emery aplicaban toda su sabiduría y prudencia en combatir aquella desgraciada situación, pero no siempre obtenían buenos resultados. Lo que más temían los jóvenes científicos era que los marineros, rudos en sí mismos, no supiesen controlar la rivalidad y terminasen por estallar en agresiones deplorables.

Pronto se formaron dos bandos claramente diferenciados: el integrado por el coronel Everest y los marinos ingleses, y el compuesto por el señor Strux y los marinos rusos.

Dos meses después de la salida de Lattakou, sólo Emery y Zorn conservaban entre sí la buena armonía, tan necesaria para alcanzar el éxito en tan difícil empresa, pues hasta Palander y Sir Murray se sintieron implicados en la discusión y tomaron partido casi sin darse cuenta.

Un día, la disputa se hizo lo bastante viva como para que Strux le dijera al coronel Everest:

—No grite usted tan alto, profesor. No olvide que está hablando con astrónomos pertenecientes al observatorio de Pulkowa, cuyo potente telescopio ha permitido reconocer que el disco de Urano es completamente circular.

—Puedo hablar tan alto como desee —repuso el coronel—, pues tengo el honor de pertenecer al observatorio de Cambridge, cuyo poderoso telescopio ha permitido clasificar, entre las nebulosas irregulares, nada menos que la de Andrómeda.

—Pues sepa usted —añadió Strux— que el telescopio de Pulkowa hace visibles las estrellas de decimotercera magnitud.

—Es usted quien ha de saber que el telescopio de Cambridge ha permitido descubrir el famoso satélite que causó las perturbaciones de Sirio.

Cuando dos sabios llegan a discutir como niños, ya es posible saber que la reconciliación se hace difícil. Era, pues, de temer que el porvenir de la expedición se viera comprometido por aquella incurable rivalidad.

Pero, una vez más, la sangre no llegó al río y, una vez más, la Naturaleza fue la responsable directa de este hecho. El tiempo cambió repentinamente el día 30.

Aunque, al no producirse la condensación en las capas superiores, el suelo no recibió ni una gota de agua. Solamente ocurrió que el cielo apareció nublado durante unos días.

Mas esto bastó para que pudieran proseguir las operaciones, pues la niebla intempestiva impedía ver los puntos de mira con precisión.

A la vista de la situación, la comisión decidió establecer señales con fuego, pues no había tiempo que perder. Se trabajó durante la noche y, por consejo de Mokoum, se tomaron algunas precauciones para proteger a los observadores, porque las fieras, atraídas por el brillo de las lámparas eléctricas, se agrupaban alrededor de las estaciones.

Los cálculos se hacían más lentamente, debido al temor por la presencia cercana de los leones y otros animales, que llenaban el aire con sus rugidos, pero no por ello se trabajó con menor exactitud.

Obedeciendo órdenes de Mokoum, cada estación fue protegida por un grupo de cazadores. Este hecho fue aplaudido con entusiasmo por Sir Murray, que permanecía con un ojo atento a la triangulación y con el otro seguía los movimientos de los animales, haciendo algún disparo entre dos observaciones cenitales.

Los trabajos continuaron de esta guisa hasta el 17 de junio. Se establecieron nuevos triángulos por medio de estaciones artificiales y todos se sentían satisfechos por la marcha de los acontecimientos, pues si las operaciones seguían como hasta entonces, a finales de mes podrían haber medido un nuevo grado del meridiano veinticuatro.

Mas era pronto para cantar victoria. El 17 de junio, una corriente de agua, bastante ancha, cortó el camino. Era un afluente del río Orange.

Los científicos poseían una canoa de caucho que les permitía atravesar los ríos y lagos de escasa importancia, pero era preciso hallar un vado, ya fuese arriba o abajo de la corriente, para que pudiera pasar la caravana de los carromatos.

Si bien Strux se opuso en principio a esta decisión, se determinó que los blancos, provistos de sus instrumentos, cruzarían el río en la canoa, en tanto que la caravana, bajo la dirección de Mokoum, seguiría unos cuantos kilómetros más abajo, hasta un paso vadeable que el cazador había afirmado conocer.

La corriente del afluente del Orange, que en aquella zona tendría un kilómetro de anchura, era rápida y se veía interrumpida a trechos por peñascos y troncos clavados en el fango, lo que ofrecía cierto peligro para la frágil embarcación.

Los científicos partieron, pues, en la canoa, a excepción de Nicholas Palander, que acompañaría a la caravana, ya que su presencia no era indispensable en la marcha de las operaciones y la canoa estaba preparada para transportar a un número limitado de pasajeros. Por otra parte, como se necesitaba que alguien con experiencia dirigiese la operación de navegación, Palander cedió su puesto a uno de los marinos del Queen and Tzar, mucho más útil en aquellas circunstancias que el honorable astrónomo de Helsingfors.

Los carromatos emprendieron su camino, mientras el coronel Everest, Strux, Zorn, Emery y Sir Murray, acompañados por dos marineros y un indígena, se quedaban a orillas del Nosub.

Los marineros se encargaron de prepararlo todo, minutos que aprovecharon los jóvenes amigos para conversar.

—Precioso río —comentó Michael Zorn.

—Hermoso, pero difícil de atravesar —respondió Emery—. En realidad no se trata de un río, sino de un rápido, que tiene poca duración. Dentro de algunas semanas, cuando entremos en la estación seca, no quedará ni una gota de agua.

—Interesante.

—Desde luego, pero parece que ya han terminado los preparativos. Será mejor que nos unamos a nuestros compañeros.

La canoa, completamente montada y lista, se hallaba junto a la orilla y aguardaba a los viajeros. Se encontraban al pie de una pendiente suave, cortada en un macizo de granito. En aquel punto había un remanso que concentraba el movimiento del rápido, de manera que el agua bañaba tranquilamente las cañas.

Se embarcaron los instrumentos, depositándolos en el fondo del bote, sobre una capa de hierba, y los pasajeros se situaron de modo que sus movimientos no entorpecieran la acción de los remos en manos de los marineros. El indígena iba en la popa, asiendo la barra.

Se soltó la amarra que detenía el bote y pronto salió éste del remanso, gracias a los golpes de los remos. La corriente, que entonces era escasa, se convirtió pocos metros más allá en un impetuoso rápido.

El indígena daba las órdenes convenientes a los marineros, en un mal chapurreado inglés, y éstos levantaban de cuando en cuando los remos, para evitar el choque con algún tronco sumergido.

Cuando la fuerza del rápido era muy violenta, la embarcación se dejaba llevar, manteniéndose en la misma dirección que el agua. Con la mano puesta en el timón, el indígena mantenía la vista fija para atender a todos los peligros de la travesía. Los blancos se dejaban gobernar por él, pues aquella situación era desconocida incluso para dos rudos marineros como los del Queen and Tzar.

 

La corriente les arrastraba con fuerza irresistible. La canoa llegó pronto al verdadero rápido, que era preciso cortar oblicuamente para poder alcanzar las tranquilas aguas del otro lado.

Los marineros forzaron los remos, pero la embarcación se dejaba arrastrar río abajo. El timón ya no dominaba la canoa y los remos no conseguían que ésta virase. La situación se hacía en extremo peligrosa, pues en cualquier momento se corría el riesgo de chocar contra una roca o contra el tronco de un árbol. Todos permanecían en silencio, temiendo lo peor.

De pronto, a unos doscientos metros de la canoa, hizo su aparición una especie de islote que sobresalía del do. Era imposible evitar el choque contra aquella peligrosa mezcla de piedras y árboles desgarrados por la fuerza de la corriente.

La canoa chocó sin remisión contra el islote, mas por fortuna el golpe no fue tan impetuoso como se esperaba. El bote se inclinó peligrosamente, aunque los pasajeros lograron mantenerse en sus puestos.

Algo extraño estaba pasando. ¿Cómo era posible que la canoa no hubiera saltado por los aires en mil pedazos? Pronto tuvieron la respuesta.

Lo que en un principio parecía un conjunto de rocas y ramas, no era sino un tremendo hipopótamo que se dejaba arrastrar por la corriente. Al sentir el golpe de la embarcación, el animal levantó la cabeza y miró con ojos estupefactos a los intrusos. Tras comprobar de qué se trataba, el paquidermo, que medía unos tres metros de largo, dejó ver unos tremendos incisivos caninos y arremetió contra la embarcación, mordiéndola con rabia.

Pero allí estaba Sir Murray. El aristócrata, provisto una vez más de su habitual sangre fría, apuntó serenamente al animal con su arma, de la que no se desprendía en ningún momento desde el ataque del elefante, y le hirió cerca de la oreja.

El hipopótamo dio una sacudida feroz, pero no soltó la canoa. Murray cargó de nuevo el rifle y efectuó un segundo disparo, que hirió a la bestia en la cabeza. El tiro fue mortal y aquella mole carnosa se sumergió casi en seguida, empujando antes la canoa, en una convulsión de su agonía, lejos de su cuerpo.

Y antes de que los pasajeros pudieran recobrarse de la emoción sufrida, la embarcación empezó a girar sobre sí misma para recuperar oblicuamente la dirección del rápido.

La corriente del Nosub se quebraba unos metros más abajo del lugar ocupado por los viajeros, en un brusco recodo. Allí fue a parar el bote al cabo de unos segundos y allí quedó detenido tras un violento choque.

Los pasajeros saltaron a la orilla, sanos y salvos, tras haber sido arrastrados unos cuatro kilómetros más abajo del punto en el que habían embarcado.

CAPITULO XI

Cuatro días después de haber atravesado el río Nosub, es decir, el 21 de junio, los científicos y sus acompañantes se encontraron en una comarca poblada de árboles. Su altura no era muy elevada, por lo que no dificultaron en absoluto el trabajo de triangulación.

Se reanudó la marcha de las operaciones geodésicas y se eligieron dos nuevas estaciones, que se enlazaron con la última, emplazada más allá del río.

Aquella comarca estaba constituida por una enorme depresión del terreno, algo más baja que el nivel general, lo que le hacía extraordinariamente húmeda y fértil. Abundaban en ella las higueras de Hotentocia, cuyo fruto es muy apreciado por los indígenas, y en todos los puntos del horizonte se distinguían eminencias del terreno que resultaban muy favorables para la instalación de torrecillas y faroles.

El único peligro lo representaban las serpientes, que infestaban aquella región. Se trataba de mambas muy venenosas, de más de tres metros de longitud, cuya mordedura es mortal.

Pero, a pesar de las excelencias del clima y la fertilidad del suelo, la zona aparecía curiosamente despoblada, da, sin que aparecieran en ella las tradicionales tribus nómadas. No había el menor rastro de indígenas y tampoco se divisaba ningún kraal.

Aquel día, los sabios dispusieron hacer alto, en espera de que llegase la caravana. Si los cálculos de Mokoum eran exactos, debían presentarse esa tarde, después de haber franqueado el paso vadeable en el curso inferior del Nosub.

Pero la jornada transcurrió sin que los expedicionarios apareciesen. Nuestros hombres comenzaron a preocuparse, y Sir Murray lanzó la suposición de que, no siendo vadeable el Nosub en aquella época, debido a que las aguas eran todavía muy crecidas, el vado estaría más al Sur de lo que Mokoum había pensado.

El argumento parecía lógico, por lo que los científicos decidieron esperar. Mas cuando el día 22 pasó igualmente sin que ninguno de los viajeros de la caravana hubiese comparecido, el coronel Everest se mostró muy inquieto. ¿Qué podían hacer?

No podían seguir camino hacia el Norte, pues les faltaba el material de la expedición. Y, lo que era más grave, de prolongarse aquel retraso podía comprometerse el futuro de las operaciones.

—Si me hubieran hecho caso —protestó el señor Strux—, ahora estaríamos todos juntos y no tendríamos este problema. Si el éxito de la triangulación se ve comprometido, la responsabilidad será de quienes han creído oportuno acceder a la travesía.

Y, diciendo esto, miraba fijamente al coronel. Éste le replicó en el acto:

—La decisión ha sido tomada de común acuerdo, por lo que creo que sus insinuaciones están fuera de lugar.

—Esta discusión no conduce a nada, caballeros —intervino Sir John Murray en tono conciliador—. Lo hecho, hecho está.

Con los ánimos ya más calmados, quedó convenido que, de no presentarse la caravana al día siguiente, Emery y Zorn irían en su busca, dirigiéndose hacia el Sudoeste con el guía indígena. El coronel y sus colegas, mientras tanto, aguardarían en compañía de los marineros, tomando la determinación más conveniente al regreso de los dos jóvenes.

Después de alcanzar este acuerdo, los dos científicos rivales se mantuvieron alejados el resto de la jornada. Sir Murray entretuvo su tiempo explorando los bosquecillos cercanos, sin encontrar caza de pelo que conviniera a sus intereses, y teniendo que conformarse con disparar contra las aves.

Llegó el 23 de junio. Transcurridas las primeras horas, y como no se advirtiera rastro alguno de la caravana, Emery y Zorn decidieron ponerse en marcha cuando fueron detenidos de improviso por los ladridos de un perro que parecía estar en la lejanía.

Poco después vieron aparecer a Mokoum, que cabalgaba en su peculiar cebra a toda velocidad. El bushman se había adelantado a la caravana y se aproximaba rápidamente a los blancos.

— ¡Al fin llegas, amigo mío! —le gritó Sir Murray con alegra—. ¡Ya empezábamos a recelar ante tu tardanza!

Mokoum no respondió. Bajó de su cebra y miró a los extranjeros uno a uno. Tras contarlos mentalmente, exclamó:

— ¿No está con ustedes el señor Palander?

— ¿El señor Palander? —preguntó extrañado el coronel—. ¿Cómo iba a estar con nosotros si iba con ustedes en la caravana?

—Así es —respondió Mokoum—. Venía con nosotros, pero ya no está.

— ¡Que no está! —exclamó el señor Strux—. ¿Qué quieres decir?

—No está en la caravana. Confiaba encontrarle en su campamento, pero parece que se ha extraviado.

Los presentes se miraron con el estupor reflejado en sus rostros. Matthew Strux, que se sentía responsable directo de la suerte de los científicos rusos, dijo:

— ¿Cómo es posible que se haya extraviado? ¡Un sabio confiado a tu custodia! ¡Un astrónomo eminente del que debías responder! ¿Entiendes bien lo que estoy diciendo? ¡Eres responsable de su persona! ¡No te basta con decir que se ha extraviado! ¡Te pediré cuentas por ello!