Czytaj książkę: «Adriano»

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Título original: Hadrian

© Anthony R. Birley, 1997.

© de la traducción: José Luis Gil Aristo, 2003.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: GEBO524

ISBN: 9788424938888

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

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Índice

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN: EL EMPERADOR ADRIANO

1. INFANCIA EN LA ROMA DE LOS FLAVIOS

2. EL ANTIGUO DOMINIO

3. TRIBUNO MILITAR

4. «PRINCIPATUS ET LIBERTAS»

5. EL JOVEN GENERAL

6. ARCONTE EN ATENAS

7. LA GUERRA CONTRA PARTIA

8. EL NUEVO SOBERANO

9. REGRESO A ROMA

10. A LA FRONTERA GERMÁNICA

11. EL MURO DE ADRIANO

12. UN NUEVO AUGUSTO

13. REGRESO AL ESTE

14. UN VERANO EN ASIA

15. UN AÑO EN GRECIA

16. «PATER PATRIAE»

17. ÁFRICA

18. «HADRIANUS OLYMPIUS»

19. MUERTE EN EL NILO

20. ATENAS Y JERUSALÉN

21. EL AMARGO FINAL

EPÍLOGO: ANIMULA VAGULA BLANDULA

ÁRBOL GENEALÓGICO

ABREVIATURAS

NOTAS

BIBLIOGRAFÍA

PRÓLOGO

Hace tiempo que Adriano necesitaba una nueva biografía. El último intento serio de escribirla fue el de B. W. Henderson, en 1923. Aquella obra, con su comparación entre Adriano y lord Kitchener, sus afirmaciones pacatas («hasta donde sabemos, la relación entre Adriano, que no tuvo hijos, y Antínoo fue de una amistad muy pura») y su declarada hostilidad hacia la erudición «teutónica», tiene ahora un aire rancio (la de su predecesor Gregorovius aparece injustamente tachada de «compilación intolerable [...] una auténtica pesadilla de libro»). En realidad, Henderson estaba desfasado incluso en el momento de la aparición de su trabajo—inexplicablemente, había ignorado el estudio publicado en 1907 por W. Weber, que fue fundamental, y tal vez todavía sigue siéndolo, aunque resulte en gran parte ilegible—. De cualquier modo, el considerable aumento de la información disponible—sobre todo inscripciones y papiros—desde el momento en que escribieron Weber y Henderson exigía desde hace tiempo una nueva síntesis cuyos cimientos han sido echados por una auténtica profusión de temas adriánicos: las acuñaciones de moneda del emperador, su muro, sus proyectos constructivos en Roma y Atenas, su favorito Antínoo, la guerra o rebelión judía de Bar Kojba y el «renacimiento griego», además de una intensa labor dedicada a la Historia Augusta. Sin embargo, Adriano ha llegado a ser conocido sobre todo por una novela de Marguerite Yourcenar (1951). Sin restar méritos a su gran intuición y su genio literario, el Adriano cuyas Memorias compuso Yourcenar es una persona distinta del emperador histórico. Aun así, a pesar de la necesidad de un estudio actual y objetivo, es posible que no me hubiera decidido a realizarlo de no haber sido por la insistencia de Peter Kemmis Betty.

Se supone que, al menos, me hallaba en una buena posición para emprender la tarea. Da la casualidad de que nací y me crié cerca del Muro de Adriano, esa «afamada obra de la Antigüedad» (como la llamó Walter Scott). Es una tierra donde resulta imposible que el nombre de Adriano pase inadvertido. Hace ya tiempo, una de las principales empresas locales era Hadrian Paints [‘Pinturas Adriano’], en Haltwhistle; «Adriano» ha sido luego en el valle del Tyne un nombre de marca registrada para cualquier tipo de productos, desde chapas para carrocería de coches hasta agua mineral. Más aún: nuestra casa, Chesterholm, fue construida en gran parte con piedras del fuerte romano de Vindolanda, al otro lado del arroyo, y mi padre fue un arqueólogo muy dedicado al estudio del Muro de Adriano. Cuando fui a la universidad, descubrí con sorpresa (o con consternación) que, en Oxford, la «historia antigua» acababa con la muerte de Trajano, el 8 de agosto del 117 d. C., y la «historia moderna» no empezaba hasta la llegada de Diocleciano al poder, el 20 de noviembre de 284. Los años intermedios, de Adriano a los hijos de Caro, eran una especie de agujero negro. No se trataba de algo casual; en las humanidades, las Literae Humaniores, la historia antigua estaba imbricada con la literatura clásica, y tras el reinado de Trajano no se escribió nada en latín «clásico»—fuera de algunas Sátiras de Juvenal y, en mi opinión (no compartida por muchos), los Anales de Tácito—. Otra posible razón es que la fuente principal para los años del 117 al 284 era la Historia Augusta, considerada impropia para estudiantes universitarios. Sin embargo, al graduarme comencé a investigar sobre los Antoninos y los Severos y «me engolfé en el océano de la Historia Augusta», aunque no con «indiferencia», como lo había hecho Gibbon. Por suerte, mi supervisor fue Ronald Syme. Aquel trabajo de fin de carrera me llevó, como estaba previsto, a escribir una tesis doctoral (no publicada), y las biografías de Marco Aurelio (1966) y Septimio Severo (1971), a las que la editorial Batsford otorgó una existencia nueva en forma revisada (1987 y 1988).

Adriano constituye todo un reto. Ya había sido un personaje extraño y desconcertante para sus contemporáneos. ¿Podemos esperar meternos en su piel? Las diecinueve palabras de su poema Animula, su «adiós a la vida», han generado una copiosa bibliografía. No disponemos de mucho más para saber qué sucedía tras aquella elegante fachada, cómo era el auténtico Adriano—los fragmentos de su autobiografía solo dan a conocer una versión para el consumo público, y lo mismo ocurre con los retratos, las monedas y las inscripciones con su nombre descubiertas de Nortumberlandia al Mar Negro y de Transilvania a los límites del Sahara—. En el interior de Adriano había varias personalidades contrapuestas. El emperador encarnó diversos papeles. Para nosotros, al menos, Adriano ha de ser lo que hizo. Pero ni siquiera los «hechos», la cronología y el curso de los acontecimientos, son siempre fáciles de establecer. Por no hablar (por ejemplo) de por qué construyó el Muro en Britania, creó el Panhelenio en Atenas o adoptó a Ceyonio Cómodo como hijo y sucesor. En particular, sus prolongadas giras por las provincias—la característica más notoria de su reinado—son difíciles de datar con precisión. Por eso, en estas páginas, habremos de recurrir (quizá con demasiada frecuencia) a giros como «probablemente», «es bastante posible», «podemos conjeturar». He intentado ofrecer un relato coherente e indicar en las notas las fuentes y obras modernas consultadas por mí. (La bibliografía podría haber sido mucho más voluminosa. En el libro, por ejemplo, he citado solo una selección de temas analizados en mi artículo sobre su poema de «adiós». La mayoría de las notas se limitan a citar las fuentes y una selección de estudios modernos. Y, de vez en cuando, he añadido algún análisis sobre cuestiones de cierta dificultad.) Había proyectado incluir una sección más, con capítulos sobre la «Política de Adriano»—medidas financieras, militares, religiosas, legales, «administrativas»—. Pero, de haber sido capaz de concluirlo, el producto final habría resultado demasiado largo. El presente libro es en esencia una Vida, y no una Vida y época. En los primeros capítulos, basados en la bibliografía correspondiente al período de Flavio y Trajano, sobre todo las Cartas de Plinio, he intentado dar cuerpo al esbozo de Adriano ofrecido por la Historia Augusta antes de su acceso al poder. El retrato resultante del emperador está dominado principalmente por su filohelenismo. Adriano—producto, en gran medida, de su tiempo—volvió a dar vida al pasado en un sentido muy cierto. Al principio se consideró un nuevo Augusto; luego, sin embargo, se vio a sí mismo como un nuevo Pericles o, incluso, como un segundo Antíoco Epífanes. Su deseo obsesivo de hacerse griego y resucitar la cultura helénica habría de tener consecuencias trágicas para el propio Adriano en la muerte de su amado Antínoo; y para el pueblo judío, al que intentó helenizar por la fuerza.

En los más de cuatro años transcurridos desde que comencé a trabajar he contraído muchas deudas de gratitud. Debo un especial agradecimiento a Géza Alföldy, Antonio Caballos Rufino, Werner Eck, Dietmar Kienast, Margaret Roxan, Antony Spawforth, Michael P. Speidel, Susan Walker, Peter Weiss y Ruprecht Ziegler, sobre todo por haberme proporcionado originales de sus propios trabajos. Werner Eck tuvo la gran bondad de comentar un último borrador, lo cual me ayudó a eliminar algunos errores. Los que quedan son responsabilidad mía. El resultado de la invitación de Thomas Pekáry a colaborar en un «Oberseminar» en Münster fue un análisis más exhaustivo del «adiós a la vida» de Adriano. El privilegio de pasar el trimestre de otoño de 1994 en el Institute for Advanced Study de Princeton me resultó muy provechoso, en especial por las conversaciones mantenidas con Glen Bowersock, Ted Champlin, David Frankfurter, Christian Habicht y Gabriel Herman, y porque me permitió utilizar, además de la biblioteca del Instituto, las del Speer Theological Seminary y la Universidad de Princeton. Fue allí, en Princeton, donde escribí mi artículo sobre el poema animula y esbocé los capítulos 18- 20. Los doctores Roger Bland (Museo Británico) y Helmut Jung (Instituto Arqueológico Alemán de Roma) accedieron sin problemas a proporcionarme fotografías. Los mapas fueron dibujados por mi alumno Peter Nadig. La señora Rita Kröll, secretaria del Departamento de Historia Antigua de Düsseldorf, volvió a mecanografiar una gran parte de mi primer borrador y me ha prestado otros tipos de ayuda práctica en los dos últimos años, lo mismo que su predecesora, la Sra. Herta vom Bovert, de 1990 a 1994. El cambio de editorial, de Batsford a Routledge (que no ha afectado únicamente a este libro), supuso un retraso de algunos meses en el camino a la imprenta, pero permitió revisar algunos pasajes. Una grata invitación para pronunciar en noviembre de 1996 la conferencia «Ronald Syme» en el Wolfson College de Oxford trajo consigo nuevas reflexiones sobre «Adriano y los senadores griegos», tema al que me refiero en las notas del presente libro. Este es el momento adecuado para expresar una vez más mi agradecimiento a Peter Kemmis Betty, antiguo empleado de Batsford, por el apoyo recibido de él durante los últimos treinta y cuatro años.

Los dos maestros a quienes más debo no se hallan ya entre nosotros —y ninguno de los dos, lo sé muy bien, habría estado de acuerdo con todo lo que digo en este libro—. Ronald Syme (1903-1989) publicó varias docenas de artículos sobre asuntos adriánicos, y escribió también mucho sobre la Historia Augusta. De esos escritos, de su gran Tacitus y de décadas de amistad he aprendido más de lo que se puede declarar en unas pocas palabras. Syme era, sin duda, contrario al género de las biografías imperiales. Pero consideraba a Adriano una figura fascinante. También lo era mi padre, Eric Birley (1906-1995), amigo íntimo de Syme durante sesenta años, quien leyó y comentó todo lo escrito por mí desde que comencé a seguir sus pasos. Al menos, pudo echar una ojeada a una gran parte del original mecanografiado. Confío en que habría disfrutado del producto final. También estoy agradecido a otros miembros de mi familia. Mi esposa Heide me animó a emprender la tarea. Nunca podría haberla llevado a buen puerto sin su apoyo constante. Las excavaciones realizadas por mi hermano Robin en Vindolanda—que, entre otros hallazgos sorprendentes, han sacado a la luz testimonios de la estancia de Adriano en aquel lugar—han sido una fuente continua de inspiración. Dedico esta biografía a mi madre, mi primera maestra, que me enseñó a leer y amar los libros.

ANTHONY BIRLEY

marzo-noviembre de 1996

High Birkshaw House, Bardon Mill;

Friedberg, Hesse

NOTA

En estas páginas aparece un buen número de términos «técnicos» griegos y romanos del mundo antiguo (arconte, censor, civitas, cónsul, etc.); y también, sobre todo en las notas, muchas fuentes antiguas, de la Anth. Pal. a Jenofonte, Anab. En vez de hinchar el texto y las notas con explicaciones y citas de ediciones reconocidas (que muchos considerarían superfluas), me parece más sencillo, para aquellas que hayan quedado sin explicar, remitir a los lectores al Oxford Classical Dictionary, del que acaba de aparecer la 3.ª edición, preparada por Simon Hornblower y Antony J. S. Spawforth (1996) (OCD3). Su lista de «Abreviaturas utilizadas en la presente obra. B. Autores y libros» (pp. XXIX-LIV) y, en muchos casos, los artículos de ese gran volumen de 1. 640 páginas resolverán todas las dudas de ese tipo.(Para una fuente que cito muy a menudo: la Historia Augusta, he preferido una abreviatura diferente y me refiero a ella como HA, en vez de SHA, según la fórmula del OCD3.)


INTRODUCCIÓN
EL EMPERADOR ADRIANO

«El más notable de todos los emperadores romanos»; así describía a Adriano hace casi un siglo un historiador de la Roma imperial. Lo que ha impresionado sobre todo tanto a los antiguos escritores como a los estudiosos modernos es la energía incesante de aquel hombre «que marchaba al frente de sus legiones por sus dominios del mundo», y su «insaciable curiosidad». Adriano pasó nada menos que la mitad de su reinado de veintiún años lejos de Roma e Italia, viajando por casi todas las provincias de su extendido imperio. Su presencia se puede documentar en más de treinta. Sería más sencillo enumerar aquellas en las que no podemos probar su estancia: Aquitania, Lusitania, Creta, Chipre, la Cirenaica, Cerdeña-Córcega—aunque probablemente visitó todas, excepto la última—. Lo cierto es que, en el momento de acceder al poder a la edad de cuarenta y un años, ya había pasado fuera de Roma más de la mitad de su vida adulta.1

Este interés fundamental por las provincias, que halla una vívida expresión en la serie de monedas conmemorativas acuñadas en sus últimos años, se centró en parte en los ejércitos y las fronteras. Adriano rompió de forma clara e inequívoca con la política de su predecesor, Trajano, al abandonar inmediatamente después de su acceso al poder los territorios recién adquiridos más allá del Éufrates y evacuar a continuación algunas comarcas situadas al otro lado del curso bajo del Danubio. A aquellas medidas les siguió la construcción de varias líneas fronterizas artificiales, la más compleja de las cuales fue su Muro de Britania. Se puede discutir si esas líneas, en latín limites, significaron un auténtico cambio en la realidad militar, pero difícilmente se les podrá dar más valor del que tienen, pues fueron una señal clara para los tradicionalistas romanos, que seguían ansiando una ampliación continua de las fronteras, un imperium sine fine. La expansión debía concluir, aunque el emperador estaba decidido a mantener el ejército en un estado de máxima preparación.

El abandono de las conquistas de Trajano provocó una reacción hostil; se sospechaba, además, que su adopción de Adriano en el lecho de muerte había sido una impostura orquestada por Plotina, viuda de Trajano, en interés de su favorito. Aquellos resentimientos y sospechas fueron el trasfondo de la «conspiración»—según el término con que fue conocida—organizada por cuatro importantes senadores, ejecutados sumariamente durante los primeros meses del reinado de Adriano. Aunque afirmó no haberlas ordenado, Adriano fue acusado de aquellas ejecuciones y se ganó en consecuencia la desconfianza de la elite. El «asunto de los cuatro consulares» arroja una sombra sobre la primera parte de su reinado. Adriano reaccionó con un derroche de generosidad mostrándose pródigo con la plebe, concediendo reducciones fiscales y llevando a cabo un gran programa de construcciones en la capital. Uno de los elementos del proyecto fue la edificación de un nuevo templo dedicado a Roma y Venus; la ceremonia de colocación de la primera piedra tuvo lugar el 21 de abril del año 121, fecha de la fundación de la ciudad, en vísperas de la primera gran gira del emperador—como para demostrar que, a pesar de los favores otorgados a las provincias, Roma seguía desempeñando una función central—. Pocos años después, Adriano comenzó a retratarse ostentosamente como un segundo Augusto.

Tras aquella larga primera gira—cuya fase occidental, interrumpida bruscamente el 123 al surgir una emergencia que reclamó su presencia en Oriente, se completó con su visita a África el 128—, la atención de Adriano estuvo dedicada exclusivamente al Este. Después de algunos intentos provisionales de hacer del santuario de Apolo en Delfos un nuevo centro, puso en marcha en la mitad del Imperio donde se hablaba griego un programa complejo para convertir a Atenas en una especie de segunda capital imperial, sede de una nueva liga de todos los helenos, el Panhelenio. Al parecer, Adriano se veía a sí mismo como un nuevo Pericles que daría remate a las ideas que, supuestamente, había intentado hacer realidad el Decreto del Congreso de aquel estadista griego. Como sede del Panhelenio eligió el gran templo de Zeus Olímpico, inaugurado el siglo VI a. C. por el týrannos ateniense Pisístrato. El templo no había llegado a terminarse, a pesar de que el rey seléucida Antíoco Epífanes financió generosamente su construcción en el siglo II a. C. Los griegos respondieron encantados al programa panhelénico de Adriano. Según muestra la literatura de la época, estaban absolutamente ansiosos por revivir su glorioso pasado y le otorgaron el nombre de Olympios,‘Olímpico’, dado en otros tiempos medio en broma a Pericles, y que era también el epíteto del principal dios de los helenos.2

Si Adriano emuló y superó al rey sirio no lo hizo solo dando remate al Olimpieo; al igual que Antíoco tres siglos antes de él, intentó también helenizar a los judíos. Es la única explicación posible a su orden de prohibir la circuncisión y convertir la arruinada ciudad de Jerusalén en una colonia denominada Elia Capitolina, con un templo de Júpiter o Zeus que se levantaría sobre el sancta sanctórum. Aquella medida fue un error de cálculo atroz. La sublevación provocada por ella acabó en una gran guerra. Simón ben Kosiba, o Bar-Kojba, un líder carismático, liberó una parte importante de Judea y mantuvo en vilo durante tres años a las fuerzas romanas en un conflicto sangriento.

Entretanto Adriano había sufrido un trauma personal. Se había casado a los veinticuatro años con Sabina, una pariente lejana sobrina nieta de Trajano. El matrimonio no tuvo hijos y fue una relación sin amor—al menos después de dos décadas—. Adriano, en cualquier caso, se interesaba más por los varones. En algún momento de sus viajes por el Este conoció a un hermoso muchacho bitinio llamado Antínoo, lo introdujo en su séquito y se enamoró de él intensamente. No sabemos cuánto tiempo estuvieron juntos. Se puede deducir legítimamente que, tanto en este como en otros aspectos, el propio Adriano creía comportarse de acuerdo con la tradición de la Grecia clásica según la cual el hombre de más edad era el eraste-s, ‘el amante’; y el joven bello, el erómenos, ‘el amado’. Aquel tipo de relaciones habían gozado siempre de aceptación y habían sido, incluso, apreciadas entre los griegos. En Roma las actitudes eran diferentes, aunque la creciente helenización de las clases más altas había tenido también sus efectos; además, Adriano había sido un devoto de lo helénico desde que era un muchacho, lo que le valió el apodo de Graeculus (‘El grieguito’). Hemos de suponer que Antínoo acompañó constantemente a Adriano, en especial cuando este se entregaba a su pasión por la caza, al menos en su último gran viaje, iniciado al final del verano del año 128. Sin embargo, Antínoo murió ahogado en el Nilo en octubre de 130. Tanto si su fin se debió a un suicidio o, incluso, a algún tipo de sacrificio inducido por el consejo de un sacerdote o «mago» egipcio como si se trató, simplemente, de una muerte accidental, el dolor de Adriano no tuvo límites. El joven muerto fue declarado dios, y los griegos, al menos, respondieron al nuevo culto con entusiasmo.

Aunque logró presidir la culminación del proyecto panhelénico, la inauguración del Olimpieo en Atenas en la primavera del 132, inmediatamente antes del estallido de la guerra judía, Adriano fue en sus últimos años lo más parecido a un hombre deshecho. A su vuelta a Roma, a finales del 134, su salud era precaria. El 136 se decidió, por fin, a nombrar un sucesor y adoptó como hijo y heredero a un joven senador llamado Ceyonio Cómodo, a quien dio el nombre de Lucio Elio César. La elección pareció desconcertante y no fue bien recibida entre la elite. Las cábalas sobre los motivos de Adriano cundieron ya en su época, y los estudiosos modernos han ido aún más lejos. Su pariente masculino más próximo, su sobrino nieto Pedanio Fusco, tuvo una reacción airada; el 137—tarde, evidentemente—dio algún paso, y fue ajusticiado; su abuelo, Julio Serviano, cuñado de Adriano, un hombre de noventa años, fue obligado a suicidarse. El nuevo César falleció poco después del asunto de Fusco, y Adriano se vio obligado a encontrar un nuevo sucesor. Esta vez su elección fue más segura y recayó sobre un hombre sólido de edad madura,Aurelio Antonino, quien a su vez recibió órdenes de adoptar a Lucio, hijo de corta edad de Elio César, y a su propio sobrino político, Marco, garantizando así la sucesión con tiempo suficiente. Parece probable que la persona elegida realmente por Adriano desde el primer momento fue Marco, que contaba entonces dieciséis años, y que se pensó en Elio César y, luego, en Antonino para mantener el trono ocupado hasta que aquél fuera lo bastante adulto para sucederles. Marco había sido prometido en matrimonio «por deseo de Adriano» a la hija de Elio César antes de la adopción de este. Su familia tenía algún parentesco con la de Adriano; Annio Vero, abuelo de Marco, había recibido de Adriano honores señalados; y Marco había sido uno de los favoritos del emperador, impresionado por sus magníficas cualidades de carácter desde la niñez. La crisis sucesoria concluyó así de manera feliz. Pero, debido a las muertes de Fusco y Serviano, además de las de otros, que, obviamente, se habían enemistado con el emperador, incluidos algunos amigos íntimos, y que se atribuyeron a Adriano, la impopularidad de este había alcanzado niveles muy altos en el momento de su fallecimiento. De hecho, en un primer momento, sus restos fueron depositados apresuradamente en Putéolos (Puzzuoli), lugar próximo al de su muerte, pues era «odiado por todos». Antonino tuvo que pelear con el Senado para conseguir su apoteosis. Es probable que no fueran muchos los que lloraron su pérdida.

Durante los últimos meses de su vida, Adriano escribió una autobiografía de la que se ha conservado solo un fragmento, aparte de algunas citas breves en dos autores de principios del siglo III, senadores ambos, cuyas obras constituyen directa o indirectamente la principal fuente de información sobre él. A comienzos del siglo III, uno de esos autores, Mario Máximo, biógrafo imperial, escribió una segunda colección de vidas que continuaba la de los Doce Césares de Suetonio. Máximo trató a Adriano con cierto detalle e hizo de él un retrato general ambivalente, con cierto hincapié en sus facetas oscuras. Sin embargo, las Vitae Caesarum de Máximo se han perdido y las conocemos casi exclusivamente por la utilización que hizo de ellas la enigmática Historia Augusta (HA), escrita a finales del siglo IV. La vida de Adriano, con que comienza la HA, es una compilación precipitada que nos ofrece no solo una drástica condensación sino, también, a veces, curiosas repeticiones. La vita de Adriano de la HA tiene como anexo una biografía fundamentalmente ficticia de Elio César; y las vitae de Antonino, M. Aurelio y L. Vero nos proporcionan mucha más información. Casio Dión, contemporáneo de Máximo, escribió una Historia de Roma desde la fundación de la ciudad hasta su propia época. Es posible que se sirviera de la biografía de Adriano escrita por Máximo—muchos apartados coinciden con gran exactitud con la HA—. Pero el libro 69 de la obra de Dión, que cubría su reinado, solo se conserva en extractos y en un resumen bizantino.3

El estado fragmentario de las dos fuentes principales supone dificultades obvias para el historiador. Hay, no obstante, otras obras que completan el cuadro. Aunque no mencione a Adriano, la literatura dedicada a los períodos de Flaviano y Trajano se puede explotar para reconstruir la sociedad en la que aquel pasó las cuatro primeras décadas de su vida. Los poetas Marcial y Estacio además de Quintiliano, el profesor de oratoria, dan, por ejemplo, información sobre la época de Domiciano. Las Cartas y el Panegírico de Plinio arrojan mucha luz sobre la sociedad y las actitudes de los senadores en tiempos de Trajano—un buen número de amigos y parientes de Adriano son destinatarios de la correspondencia de Plinio o se mencionan en su obra—. En el lado griego abunda el material útil en los ensayos de Plutarco (los Moralia), los discursos de Dión de Prusa (Crisóstomo) y el relato de Arriano sobre las enseñanzas de Epicteto, admirado por Adriano y a quien probablemente visitó por las mismas fechas en que lo hizo aquel. Arriano trabó amistad con Adriano, y algunas de sus obras—la Circunnavegación (Periplus) del Mar Negro y los Tactica, así como el fragmento de una tercera obra del mismo período, cuando Arriano era gobernador de Capadocia: el «Orden de batalla (Éktaxis) contra los alanos»—estuvieron dedicadas al emperador.

Arriano no es el único autor contemporáneo cuyas obras se han conservado. Existen fragmentos de la voluminosa producción de Flegonte de Tralles, liberto de Adriano, algunos de los cuales resultan útiles para reconstruir los desplazamientos del emperador. Un manual sobre asedios (Poliorcetica) atribuido al arquitecto Apolodoro de Damasco puede arrojar luz sobre la guerra contra los judíos. El poeta alejandrino Dionisio «el Periegeta [‘el Guía’]» fue autor de un largo poema que describe el mundo conocido y posee un valor indirecto para Adriano. Una pieza curiosa es la obra sobre fisiognomía del extravagante sofista Antonio Polemón de Esmirna. Solo se ha conservado en traducción árabe, pero un pasaje nos instruye sobre los viajes de Adriano en la década de 120. Contamos también con obras de otro sofista contemporáneo, Favorino de Arlés (una de ellas, escrita sobre papiro, no fue descubierta hasta la década de 1930). Toda esta documentación contribuye a dibujar un cuadro de la vida intelectual de la época que respalda lo que podemos hallar en una obra recopilada algunas décadas después, las Noches áticas de Aulo Gelio—donde se cita al propio Adriano en varias ocasiones—y, sobre todo, en las Vidas de los sofistas de Filóstrato, escritas un siglo después de la muerte del emperador. Algunas personalidades intelectuales punteras de la época de Adriano, en particular Favorino, Polemón y Herodes Ático, figuran de manera destacada en las obras de Gelio y Filóstrato.4

Hubo, desde luego, otros autores que escribieron en la época de Adriano. El poeta Floro, por ejemplo, cuyo intercambio de versos con él aparece citado en la HA, compuso una breve historia, basada en Livio, sobre las guerras de Roma hasta el tiempo de Augusto que nos ofrece un atisbo de las actitudes del período en que fue escrita. Otro poeta, Juvenal, escribió también en tiempos de Adriano. Su obra contiene una indicación cronológica clara—un cónsul sufecto (sustituto) del año 127—, y se pueden extraer otras de sus Sátiras para obtener información acerca del reinado. El biógrafo Suetonio ocupó bajo Adriano un cargo importante, el puesto de primer secretario, o ab epistulis. El año 122 fue despedido sin contemplaciones junto con su valedor, el prefecto de la Guardia Septicio Claro, a quien había dedicado ya, al menos, las dos primeras biografías, Julius y Augustus, de su obra Vidas de los Césares. Las diez restantes, de Tiberio a Domiciano, fueron compuestas probablemente después de que Suetonio fuera destituido de su cargo. La criba de los Césares en busca de indicios sobre las actitudes de Suetonio respecto a Adriano constituye un procedimiento legítimo. Lo mismo se puede decir, por supuesto, de los Anales de Tácito, cuyas monografías tempranas, Agricola y Germania, son, sin duda, indirectamente significativas para los primeros años de Adriano, momento en que fueron escritas. Sin embargo, la fecha de composición de los Anales es una cuestión debatida. Tácito nació a finales de la década del 50 y tenía, por tanto, unos sesenta años cuando Adriano accedió al trono. Se pueden decir muchas cosas a favor de la opinión según la cual acababa de comenzar la redacción de los Anales en ese preciso momento. En cualquier caso, tanto si lo hizo de forma casual como deliberada, varios pasajes de los Anales proporcionan comentarios instructivos acerca del emperador.5

A pesar de su pérdida, la autobiografía de Adriano sobrevive de alguna manera en varios de sus otros escritos, tanto en prosa como en verso. Ya hemos mencionado el intercambio de poemas con Floro. Se conservan también otras dos composiciones latinas de Adriano, un epitafio a su caballo favorito y—algo mucho más enigmático—su postrera alocución a su alma, su «adiós a la vida». Algunos de sus discursos y cartas oficiales, la mayoría fragmentarios, conservados en piedra o papiro, y algunas de sus respuestas a cuestiones legales, citadas en particular en el Digesto, constituyen en conjunto un considerable cuerpo de material documental. Se conserva también la curiosa colección de Sententiae Hadriani, sus respuestas evidentemente improvisadas dirigidas, sobre todo, a demandantes, conservadas como ejercicio escolar para ser traducidas al griego.6

52,27 zł
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Data wydania na Litres:
30 stycznia 2026
Objętość:
777 str. 46 ilustracji
ISBN:
9788424938888
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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