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EL USO DE LA FOTO


PRIMERA EDICIÓN mayo 2018

TÍTULO ORIGINAL L’usage de la photo

Publicado por

EDITORIAL CABARET VOLTAIRE S.L.

info@cabaretvoltaire.es

www.cabaretvoltaire.es

©2005 Éditions Gallimard

©de la traducción, 2018 Lydia Vázquez Jiménez

©de esta edición, 2018 Editorial Cabaret Voltaire SL

IBIC: FA

ISBN-13: 978-84-190470-3-8

DEPÓSITO LEGAL: M-13524-2018

Producción del ePub: booqlab

Dirección y Diseño de la Colección

MIGUEL LÁZARO GARCÍA

JOSÉ MIGUEL POMARES VALDIVIA

Fotografías

Interior: ©Annie Ernaux y Marc Marie

Cubierta: ampliación de la foto nº 10 junio 2003

©Annie Ernaux y Marc Marie

Guarda: Annie Ernaux. Fotografía de Catherine Hélie

©Éditions Gallimard

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro -incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet- y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos.

El erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte.

GEORGES BATAILLE

A menudo, desde el principio de nuestra relación, me había quedado fascinada descubriendo al despertarme la mesa con los restos de la cena, las sillas desplazadas, nuestra ropa mezclada, tirada por el suelo en cualquier lado la víspera por la noche al hacer el amor. Era un paisaje diferente cada vez. Tener que destruirlo separando y recogiendo cada una de nuestras cosas me encogía el corazón. Tenía la impresión de suprimir la única huella objetiva de nuestro goce.

Una mañana, me levanté después de que M. se fuera. Cuando bajé y vi, dispersas por las baldosas del pasillo, al sol, las prendas de vestir, la ropa interior, los zapatos, sentí una impresión de dolor y belleza. Por primera vez, pensé que había que fotografiar todo aquello, ese conjunto nacido del deseo y el azar, condenado a la desaparición. Fui a buscar mi máquina. Cuando le conté a M. lo que había hecho, me confesó que a él también le habían entrado ganas.

Tácitamente, a continuación, como si hacer el amor no bastara, como si hiciera falta conservar su representación material, seguimos tomando fotos. Algunas las hicimos justo después del amor, otras al día siguiente por la mañana. Este último momento era el más conmovedor. Esas cosas de las que se habían desprendido nuestros cuerpos habían pasado toda la noche en el lugar mismo donde habían caído, en la postura de su caída. Eran los despojos de una fiesta ya remota. Reencontrarlos a la luz del día, era volver a sentir el tiempo.

Muy rápido, surgió en nosotros una curiosidad, una exaltación incluso, la de descubrir juntos y fotografiar la composición siempre nueva, imprevisible, cuyos elementos, jerséis, medias, zapatos, se habían organizado según leyes desconocidas, movimientos y gestos que habíamos olvidado, de los que no habíamos sido conscientes.

Una regla se impuso entre nosotros espontáneamente: no tocar la disposición de la ropa. Cambiar de sitio un zapato o una camiseta habría constituido una falta —tan imposible, para mí, como modificar el orden de las palabras en mi diario íntimo—, una manera de atentar contra la realidad de nuestro acto amoroso. Y si uno de nosotros hubiera recogido por descuido una prenda, no la colocaba de nuevo para la foto.

M. efectuaba generalmente varias tomas de la escena, con encuadres diferentes para captar la totalidad de las cosas dispersas por el suelo. Yo prefería que fuera él quien operara. A diferencia de él, yo no tengo una gran práctica de la fotografía, de la que hasta hoy no he hecho sino un uso episódico y distraído. Al principio utilizó la Samsung negra y pesada que tenía yo, luego la Minolta que había pertenecido a su padre fallecido, más tarde una pequeña Olympus que sustituyó a mi Samsung, defectuosa. Cámaras analógicas,1 las tres.

Un plazo de una o varias semanas, el tiempo de acabar el carrete y llevarlo a revelar a Photoservice, separaba la toma de fotos de su descubrimiento. Este se efectuaba según un ritual:

prohibición a quien fuera a buscar las fotos de abrir el sobre

instalarse el uno junto al otro en el sofá, con una copa y un disco de fondo

sacar las fotos de una en una y verlas juntos

Era cada vez una sorpresa. De entrada no se distinguía la habitación de la casa donde había sido tomada la foto, ni la ropa. Ya no era la escena que habíamos visto, que habíamos querido salvar, enseguida perdida, sino un cuadro extraño, de colores a menudo suntuosos, con formas enigmáticas. La impresión de que el acto amoroso de la noche o de la mañana —cuya fecha ya nos costaba recordar— estaba a la vez materializado y transfigurado, que ahora existía en otro lugar, en un espacio misterioso.

Durante varios meses, nos conformamos con hacer fotos, mirarlas y acumularlas. La idea de escribir a partir de ellas surgió una noche cenando. No me acuerdo quién la tuvo el primero pero supimos inmediatamente que sentíamos el mismo deseo de darle forma. Como si lo que habíamos pensado hasta entonces como suficiente para conservar la huella de nuestros momentos amorosos, las fotos, no lo fuera, como si hiciera falta algo más, la escritura.

De una primera selección de fotos, unas cuarenta, elegimos catorce y nos pusimos de acuerdo en que cada uno escribiría por su lado, con toda libertad, sin mostrar nada al otro antes de terminar, ni decirle siquiera una palabra al respecto. Esta regla fue rigurosamente respetada hasta el final.

Con una excepción. Cuando empezamos las tomas, yo estaba en pleno tratamiento por un cáncer de pecho. Al escribir, enseguida se impuso en mí la necesidad de evocar «la otra escena», esa donde se jugaba en mi cuerpo, ausente de los clichés, el combate vago, sorprendente —«¿Es a mí, realmente a mí, a quien le está pasando esto?»—, entre la vida y la muerte. Se lo comenté a M. Él tampoco podía esconderlo, esencial en nuestra relación durante meses. Fue la única vez en la que hablamos del contenido de nuestras «composiciones», denominación espontánea, provisional, de nuestro proyecto, que se correspondía con lo que eran, en el doble sentido del término, para nosotros.

No puedo definir el valor y el interés de nuestra empresa. En cierta manera, procede de la desenfrenada plasmación en imágenes de la existencia que, cada vez más, caracteriza la época. Foto, escritura, en ambos casos se trataba para nosotros de conferir más realidad a momentos de goce irrepresentables y fugitivos. El mayor grado de realidad, sin embargo, se alcanzará solamente si estas fotos escritas se transforman en otras escenas en la memoria y la imaginación de los lectores.

Cergy, 22 de octubre de 2004

Nota del Editor: De acuerdo con la edición original francesa de la editorial Gallimard, las fotografías se han mantenido en el orden establecido y en blanco y negro. No obstante, en la presente edición, se ha añadido al final del libro un álbum con las fotografías en color.

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1 Este término aparecido en los últimos años para diferenciarlo del digital —como «vinilo» de CD en el terreno de los discos— en una distinción anunciadora del fin programado del primero en beneficio del segundo, me parece incongruente, imposible de aplicar a lo que sigue siendo para mí, simplemente, una cámara.

En la foto, solo se ve de M., de pie, la parte del cuerpo comprendida entre el bajo de su jersey gris, de canalé grueso y trenzado, que cae a ras del vello púbico pelirrojo, y la mitad de los muslos de los que cuelga el calzoncillo, un bóxer negro con la marca Dim en grandes letras blancas. El sexo de perfil está erecto. La luz del flash alumbra las venas y hace brillar una gota de esperma en la punta del glande, como una perla. La sombra del sexo tieso se proyecta sobre los libros de la biblioteca que ocupa toda la parte derecha de la foto. Se pueden leer los nombres de los autores y los títulos escritos en gruesos caracteres: Lévi-Strauss, Martin Walser, Casandra, La era de los extremos. Se puede distinguir un agujero en la parte inferior del jersey.

Tomé esta foto el 11 de febrero, después de una comida rápida. Me acuerdo del solazo en el cuarto, de su sexo a la luz. Yo debía coger el RER para ir a París, no habíamos tenido tiempo de hacer el amor. La foto, era algo a cambio.

Puedo describirla, no podría exponerla a las miradas.

Me doy cuenta de que, en cierta forma, es el pendant del cuadro de Courbet, El origen del mundo, del que durante mucho tiempo solo conocí la fotografía en una revista. Presenta también mucha analogía con una escena de la que fui espectadora en el verano de mis veintitrés años, en la estación de Termini, en Roma, mientras comía un perrito caliente, acodada en la ventanilla abierta del tren que estaba a punto de salir. Justo enfrente de mí, en el tren parado del otro lado del andén, un sexo tieso fuera del pantalón estaba siendo violentamente sacudido por la mano de un hombre disimulado hasta el talle por el estor, medio bajado, de un compartimento de primera.

Vi por primera vez el sexo de M. la noche del 22 al 23 de enero de 2003, en mi casa, en el pasillo de entrada, debajo de la escalera que lleva a los dormitorios. La primera aparición del sexo del otro, el desvelamiento de lo que hasta entonces era desconocido, es algo insólito. Con eso vamos a vivir, vamos a construir nuestra historia. O no.

Habíamos cenado juntos en un restaurante que él conocía bien, en la Rue Servandoni, cerca de los jardines del Luxembourg. Acababa de dejar a la mujer con la que llevaba viviendo unos meses. Durante la cena le dije: «Me gustaría llevarle a Venecia», y añadí inmediatamente: «Pero no puedo en este momento porque tengo un cáncer de pecho, me van a operar la semana que viene, en el Instituto Curie». No manifestó ninguno de esos signos —una retracción imperceptible, una rigidez— por los que hasta las personas más educadas o controladas dejaban pasar a pesar suyo el espanto cuando les anunciaba que tenía un cáncer. Solo mostró cierta turbación cuando le revelé que mi nuevo peinado, que había alabado generosamente, era una peluca; no tenía pelo a causa de la quimioterapia. Sin duda le había decepcionado, mortificado, descubrir que el objeto de su admiración era un postizo.

[Ahora tengo la impresión de haber dicho a M. «tengo un cáncer de pecho» de la misma manera brutal que, en los años sesenta, había dicho a un muchacho católico «estoy embarazada y quiero abortar», para sumirlo, sin que tuviera tiempo de protegerse y componerse una actitud, en la visión de una realidad insostenible.]

Después de la cena, fuimos a un bar de copas desierto en la Rue de Condé, con un gran Buda en la entrada. En un momento dado, tan brutalmente como le había confesado mi cáncer, me dijo: «Tengo una proposición honesta que hacerle, venga a pasar la noche conmigo a mi habitación, en el hotel». Rehusé porque tenía cita al día siguiente por la mañana con el anestesista. En su lugar, le ofrecí que viniera a mi casa. Al salir echamos una moneda en la pila a los pies del buda. Cogimos juntos el RER. Del trayecto, ningún recuerdo, salvo el de una joven negra, vestida a la moda, que telefoneaba junto a nosotros con los auriculares manos libres puestos y cuyo tono de disputa solo podía dirigirse a alguien cercano, marido, madre o hijo.

En la cama no me quité la peluca, no quería que me viera el cráneo calvo. Bajo los efectos de la quimioterapia, mi pubis también lo estaba. Tenía cerca de la axila una protuberancia bajo la piel, una especie de chapa de cerveza, el catéter que me habían instalado al principio del tratamiento.2

Más adelante, me confesará que le había extrañado mi sexo desnudo de niña pequeña. Nunca había oído hablar de esa consecuencia de la quimio —pero quién habla de ello—, yo también lo había ignorado hasta que me sucedió. No se fijó aquella noche en que tampoco tenía pestañas ni cejas, ausencia que sin embargo me confería una mirada extraña, de muñeca de cera.

En un momento dado, fijándose en mi pecho, me preguntó si era el izquierdo. Me quedé sorprendida, el derecho estaba visiblemente más hinchado que el izquierdo a causa del tumor. Sin duda no podía imaginar que el más bello de los dos era justamente el que encerraba el cáncer.

Mi estancia en el Instituto Curie para la intervención quirúrgica, seis días después, fue muy dulce. Me habían quitado el tumor y los ganglios. El análisis de los tejidos extraídos permitiría saber si había que proceder ulteriormente a la ablación entera del pecho. M. pasaba horas estrechado a mí. En la sonrisa de las enfermeras y los celadores se leía la aprobación. El sábado nevó. Veía desde la cama los copos blancos. Oía el rumor de las manifestaciones contra la guerra de Irak procedentes del Boulevard Saint-Michel. Y en el pasillo resonaba regularmente la nota clara del ascensor deteniéndose en la planta. En mi diario escribí que me sentía infinitamente feliz.

A causa de mi cuerpo completamente lampiño me llamaba su mujer-sirena. El catéter, con su excrecencia en mi pecho, se convirtió en un «hueso supernumerario».

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2 El catéter central o «reservorio» consiste en un fino tubo de plástico que discurre bajo la clavícula hasta la vena yugular, unido a un depósito, implantado bajo la piel, que se perfora en cada quimio para introducir las sustancias que destruyen las células malignas. Describo con precisión este dispositivo porque todo esto resulta desconocido para la mayoría de la gente. Yo, antes, también lo ignoraba.

EN EL PASILLO, 6 DE MARZO DE 2003


en este periodo de mi vida

Unas ropas y unos zapatos están esparcidos a lo largo de un pasillo de entrada por grandes baldosas claras. En primer plano, a la derecha, un jersey rojo —o una camisa— y una camiseta de tirantes negra que parecen haber sido arrancados y vueltos del revés al mismo tiempo. Se diría un busto con escote al que le han amputado los brazos. En la camiseta de tirantes, muy visible, una etiqueta blanca. Más allá, un vaquero azul contraído, con su cinturón negro. A la izquierda del vaquero, el forro rojo de una chaqueta roja tirada como una bayeta. Puestos encima, un calzoncillo azul a cuadros y un sujetador blanco cuya presilla se alarga hacia el vaquero. Detrás, un zapato masculino grande, estilo bota, caído junto a un calcetín azul hecho una bola. De pie, alejados el uno del otro y vueltos en direcciones perpendiculares, dos zapatos negros. Más lejos, sobresaliendo de la parte inferior del radiador, la mancha negra de un jersey o una falda. Del otro lado, a lo largo de la pared, un montoncito negro y blanco, imposible de identificar. En el fondo se distingue, en un perchero, el bajo de una gabardina de la que pende el cinturón. Una luz de flash ilumina la escena, blanqueando las baldosas y el radiador, haciendo relucir el cuero del zapato que se presenta de perfil.

En otra foto de la misma escena tomada bajo un ángulo distinto, desde el marco de una puerta, se ve el otro zapato de hombre, delante de los peldaños de una escalera.

Intento describir la foto con una mirada doble, la una pasada, la otra actual. Lo que veo ahora no es lo que veía aquella mañana, cuando bajé por la escalera antes del desayuno y me quedé en el pasillo de entrada con mi recuerdo húmedo de la noche. Es una escena de la que ciertos elementos no son definibles en un primer acercamiento, en un lugar que no es el de mi experiencia cotidiana, que me parece más grande, con baldosas inmensas. A decir verdad, no me resulta ni extraño ni familiar, habiendo sufrido simplemente una distorsión de sus dimensiones y una exaltación de todos los colores.

Mi primera reacción es intentar descubrir en las formas de los objetos, seres, como ante un test de Rorschach donde las manchas se hubieran sustituido por prendas de vestir y de ropa interior. Ya no estoy en la realidad que suscitó mi emoción y luego la foto de aquella mañana. Es mi imaginario el que descifra la foto, no mi memoria. Necesito alejarla del todo, no tenerla dentro de mi campo visual, para que al cabo de un momento me lleguen las imágenes de la primavera de 2003, en una especie de rememoración diferida. Para que la mente se ponga en movimiento.

He encontrado la fecha de la foto en mi diario. El jueves 6 de marzo escribí: «Ha dejado en el pasillo la composición formada por nuestros zapatos, nuestra ropa mezclada, amontonada aquí y allá, donde dominan el rojo y el negro. Era muy hermoso. He hecho dos fotos».

Ahora, me parece que siempre he deseado conservar la imagen del paisaje devastado de después de hacer el amor. Me pregunto por qué la idea de fotografiarlo no se me ocurrió antes. Ni por qué nunca se lo propuse a ningún hombre. Quizá creyera que había en ello algo vagamente vergonzante, o indigno. En un sentido, era menos obsceno para mí —o más admisible actualmente— fotografiar el sexo de M.

A lo mejor, también, es porque solo podía hacerlo con aquel hombre en aquel periodo de mi vida.

Durante años, al ir a la biblioteca del INRP, en la Rue d’Ulm, había visto el Instituto Curie situado enfrente, su jardín contiguo, las rosas. En general, cambiaba de acera antes de llegar al Instituto. Penetraba en el INRP con la sensación de estar escapando de un peligro. Me hallaba provisionalmente a salvo. Cuando franqueé por primera vez la puerta de cristal del Curie la mañana del 3 de octubre de 2002, pensé que se había terminado la suspensión de condena. Impresión de que el cáncer de pecho tenía que sucederme como todas las cosas que les pasan solo a las mujeres. Incluso si ni mi madre, ni mi abuela, ni mis tías, ni mis primas habían pasado por ello. Yo era la primera, como lo fui en cursar estudios superiores. Inauguraba.

Me puse a tirar cosas. El informe con las indicaciones del tratamiento sustitutivo hormonal, que no serviría nunca más, diciéndome que había tenido la regla por última vez en mi vida a finales de agosto y que entonces no sabía que sería la última. Papeles, notas, clases, viejas radiografías, zapatos, ropa que no me había puesto desde hacía tiempo.

Me enteré al comprar el número de octubre de Marie Claire que era «el mes del cáncer de pecho». En cierta manera, seguía estando de moda. Recordé que había comprado esa revista por el «suplemento sexo» el verano anterior.

Llamé al ayuntamiento para comprar una concesión en el cementerio. La empleada me preguntó la edad. Era imposible antes de cumplir los setenta años. Luego quiso saber por qué quería comprar una concesión y quise divertirme diciéndole: «¡Para preparar el futuro!». Después de todo, también era el futuro.

Consulté en Internet las innumerables páginas consagradas al cáncer de pecho.

Como antaño con los signos de los celos, veía los de la muerte escritos por todas partes: al salir de Leroy Merlin una flecha que indicaba la dirección del depósito de cadáveres, un dispositivo recibido como regalo que contenía un reloj minúsculo, etc.

Mi repugnancia por la limpieza se volvió radical. El orden y la conservación de las cosas me parecían aún más absurdos que antes. No iba a añadir más muerte a la muerte.

Compré dos pares de zapatos, dos jerséis de cachemira, diciéndome que era un gasto muy grande —inútil en mi estado— pero el dinero también era inútil.

En la estación de metro de Auber, una vez pasé ante una gitana que tendía la mano bajo la escalera mecánica, con un crío en brazos. Me di cuenta de que estaba amamantándolo. Tenía el pecho violeta. Volví sobre mis pasos y le di una moneda. A causa del mío.

Me acordé de Violette Leduc y busqué en una biografía cuánto tiempo había sobrevivido a su cáncer de pecho: siete años. Era suficiente para escribir. Busqué una forma literaria que contuviera toda mi vida. Aún no existía.

En el metro, en el banco, miraba a las mujeres mayores, sus arrugas profundas, sus párpados caídos y me decía: «Nunca seré vieja». No era un pensamiento triste, solo sorprendente. Nunca lo había tenido.

Lo más curioso era la simplicidad de todo aquello.

Al cruzar por primera vez el umbral del Curie, me vino a la memoria la frase de Dante: «Vosotros que entráis aquí, abandonad toda esperanza». Pero en el interior, me había sentido al contrario en una especie de lugar ideal, sin parangón hoy, donde unos humanos atentos y sonrientes aportan cuidados y ternura a otros humanos necesitados. Enseguida, seguí sin pensar el itinerario indicado con flechas desde la estación de Luxembourg que, en pleno corazón del Barrio Latino, entre todos los recorridos que se entrecruzan, el de los estudiantes, las compras, el de los enamorados y el del turismo, dibuja el de los cancerosos.

Decir «tengo quimio mañana» se convirtió en algo tan natural como «tengo peluquería» el año anterior.

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49,79 zł
Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
10 listopada 2025
Objętość:
98 str. 31 ilustracji
ISBN:
9788419047038
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania: