Czytaj książkę: «Los novios»

Título original: I promessi sposi
© 2020 de la versión castellana realizada por Juan Nicasio Gallego
by EDICIONES RIALP, S. A.,
Colombia 63, 8.º A, 28016 Madrid.
www.rialp.com
Realización ePub: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-5238-2
ISBN (edición digital): 978-84-321-5239-9
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Imagen de cubierta: Un hombre y una mujer abrazados.
Antoine Jean Gros / MET
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
PRESENTACIÓN
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
CAPÍTULO XVII
CAPÍTULO XVIII
CAPÍTULO XIX
CAPÍTULO XX
CAPÍTULO XXI
CAPÍTULO XXII
CAPÍTULO XXIII
CAPÍTULO XXIV
CAPÍTULO XXV
CAPÍTULO XXVI
CAPÍTULO XXVII
CAPÍTULO XXVIII
CAPÍTULO XXIX
CAPÍTULO XXX
CAPÍTULO XXXI
CAPÍTULO XXXII
CAPÍTULO XXXIII
CAPÍTULO XXXIV
CAPÍTULO XXXV
CAPÍTULO XXXVI
CAPÍTULO XXXVII
CAPÍTULO XXXVIII
AUTOR
PRESENTACIÓN
Los Manzoni, oriundos de Barzio, en la Valsassina, pertenecían a la nobleza. Desde Barzio, la familia se trasladó a Caleotto, pueblo próximo a Lecco, y luego a Milán. Allí vivían los padres de Alessandro, Pedro Manzoni y Giulia Beccaria, cuando él vino al mundo el 7de marzo de 1785.
Según costumbre bastante común en la época, sus padres encomendaron la crianza del niño a una labradora de Galbiate, otra aldea cercana a Lecco. Así que Alessandro vivió su primera infancia bajo el encantador cielo de la Brianza, y bastante libre. A los seis años fue internado en el colegio de los Somaschi de Merate, y más tarde ingresó en el Colegio de Nobles, fundación de San Carlos Borromeo. Debido a la influencia de su abuelo materno, su formación intelectual se iba forjando dentro de una rebeldía juvenil racionalista y anticlerical.
Del Colegio de Nobles, pasó Manzoni a la Universidad de Pavía, cuyo archivo, curiosamente, no guarda memoria alguna de sus estudios. En esta etapa, bajo las influencias jacobinas y la profunda admiración que sentía por Monti —el príncipe entonces de los literatos italiano—, el joven Alessandro compuso sus primeros poemas.
Su madre, separada del marido, residía en París, era amiga de Cario Imbonati, y formaba parte de la intelectual Société d’Auteuil. En ella participaba también el estudioso Claude Fauriel. A la muerte de Imbonati, en 1805, Manzoni publicó sus Versi in morte di Cario Imbonati, primera composición que dio a la imprenta. Por deseo de su madre, que quería introducirle en varias tertulias, ese mismo año Manzoni marcha a la capital francesa, donde su vida cobra una nueva intensidad intelectual. Allí llegará a tener una gran amistad con Fauriel, el escritor de más sanas ideas religiosas y morales de cuantos acudían a las tertulias.
El 6 de febrero de 1808, en Milán, Alessandro contrae matrimonio con Enriqueta Blandel, hija de un banquero ginebrino, y de religión protestante. Ciertas murmuraciones surgidas en esa ciudad hicieron que los recién casados se trasladaran a París, donde nació su primera hija. Allí Enriqueta se convirtió al catolicismo, y su dulce influencia y su ejemplo ayudaron a que su esposo, impregnado de la escéptica filosofía entonces imperante, saliese de la indiferencia religiosa para volver a la fe.
Manzoni regresó de París con su familia para afincarse definitivamente en Milán, y a la conversión religiosa acompañó la literaria. El escritor abjuró del pseudoclasicismo y aceptó los principios del Romanticismo. Las nuevas corrientes , los consejos de Fauriel y sus propias reflexiones imprimieron ese cambio de rumbo en su obra.
Dentro ya de esa nueva escuela literaria, compuso los Inni sacri, colección de cinco poemas religiosos de sencilla y sublime originalidad , que fue un intento de situar dentro de la órbita del Evangelio los conceptos de igualdad y fratenidad que había proclamado la Revolución francesa. El valor lírico de estos himnos señala una madurez poética que alcanzará su mayor valor con Il Cinque di Maggio, nacido de la impresión que causó en Manzoni la muerte de Napoleón, y de una profunda y humanísima piedad. Fue acogido con gran entusiasmo por doctos e indoctos, y acrecentó enormemente su popularidad como autor.
Su siguiente creación fue Il Cante di Carmagnola, una tragedia publicada en 1819 y dedicada a C. Fauriel, que adolecía de ciertos altibajos.
En 1822, después de haber trabajado en otra obra que no llegó a terminar, Manzoni publicó su segunda tragedia, Adelchi, muy superior a la primera y considerada la mejor obra teatral del Romanticismo italiano. Con un argumento de amplitudes épicas, es una muestra de las cualidades del autor en sus escritos históricos, según palabras de uno de sus biógrafos: es sobria, tersa y convincente.
Dos fueron los estímulos externos que alentaron a Manzoni a iniciarse en un nuevo género: el éxito que tuvieron en Milán las novelas de Walter Scott, y los textos de Ripamonti y Gioia, determinaron su propósito de escribir una novela histórica . Y lo hizo nada menos que con I promessi sposi, que marcó en Italia el comienzo de la novela moderna de base realista. Sin embargo, él no la llamó novela, sino «Historia mitanesa del siglo XVII»; fueron los lectores quienes calificaron de novela este magnifico relato, que desde su inicio en 1821, hasta su publicación en 1827, recorrió un complejo camino.
I promessi sposi —o Los novios, como la tituló en su traducción al castellano Juan Nicasio Gallego— es una historia de opresores y oprimidos, con la novedad de que los protagonistas son dos campesinos de la clase más humilde. Con esta elección, Manzoni centra su atención y su afecto en el pueblo anónimo, y se propone que, frente a lo habitual, los héroes sean los humildes. Pero esta novedad suscitó no pocas sorpresas y censuras entre los escritores y críticos de entonces, incluso del propio Goethe, a pesar de lo que apreciaba al autor.
Tan sencillo argumento pudiera haberse encerrado en el estrecho marco de un idilio, pero Manzoni crea un extenso mundo social cruzado por estigmas e injusticias para enmarcar las muchas desventuras de la pareja protagonista.
Esto da al maravilloso ingenio del autor espacio suficiente para bosquejar a todas las clases sociales, desde el rey de España al oscuro pechero; desde el cura de aldea hasta el cardenal; desde la ingenua aldeana a la criminal aristócrata, y todos tan distintos y caracterizados, tan de verdad, que quedan en la memoria del lector como si realmente los hubiera conocido . Y este arte alcanza incluso a los personajes secundarios —como Inés, Perpetua o El Canoso—, a los que dota también magistralmente de fisonomía propia y rasgos inconfundibles. Todos excitan la piedad, el amor, la risa, la admiración o el desprecio.
Situada cronológicamente entre finales de 1628 y 1630, bajo el dominio de Felipe IV y con el dramático episodio de la peste cercenando vidas, la novela está conducida por una armonía que enlaza de forma magistral ficción y hechos reales; y se eleva desde su restringida parcela histórica para ser un vigoroso valor representativo de Italia.
La moral cristiana impregna toda la narración y da al libro el gran mérito de ser fundamentalmente democrático, y de querer mejorar al pueblo con hermosos ejemplos de devoción sincera, caridad universal y humildad.
Tras una primera acogida más bien fría y crítica de muchos detractores que la leyeron con una inteligencia llena de sistemáticos prejuicios, comenzaron a apreciarse en todo su valor sus inefables bellezas, y a publicarse entusiastas elogios. El propio Goethe declaró que «en Los novios se pasa constantemente de la conmoción a la admiración, y de la admiración a la conmoción, sin que se salga nunca de estos dos grandes afectos».
El escaso éxito inicial de la novela retrajo a Manzoni de los trabajos literarios; pero transcurrido algún tiempo volvió a escribir varias obras más de contenido moral y de crítica literaria.
En todos esos años, su vida familia fue muy grata . Enriqueta Blondel hizo feliz a Manzoni, y le dio ocho hijos. Su muerte en 1833, sumió a la familia en un profundo dolor. Mas, contra lo que pudiera suponerse, el poeta contrajo nuevas nupcias con Teresa di Cesare en 183 7. Esta unión trajo perturbaciones a la tranquila casa del gran autor. Los graves problemas económicos, y el carácter de su nueva esposa amargaron la existencia de Manzoni en esa etapa.
Por fortuna, el Gobierno puso fin a la difícil situación del escritor señalándole una pensión digna, y las condiciones editoriales mejoraron un poco, con lo cual pudo pasar sin sobresaltos los últimos años de su vida. Dos caídas derrumbaron su salud, ya muy quebrantada por una enfermedad que padecía desde 1858. En sus momentos lúcidos, presintiendo la muerte, se preparaba al postrer viaje, y lo hizo con especial devoción en la Pascua de 1873. Después de una larga agonía, entregó su alma a Dios el 22 de mayo de 1873, a los ochenta y ocho años.
Italia le tributó honores extraordinarios, y desde su muerte, la gigantesca figura de Manzoni, gran poeta y gran prosista, insigne historiador y pensador, permanece en la memoria de los hombres.
La traducción al castellano que aquí presentamos es la que realizó el escritor romántico español Juan Nicasio Gallego entre 1836 y 1837, que está considerada una versión magistral. Por ello, se ha optado por respetar rasgos lingüísticos de la época, y los propios del estilo y el habla del traductor, como diversos arcaísmos, leísmos, etc. Así conserva el sabor y el espíritu original.
C. C. A.
INTRODUCCIÓN
«La historia puede considerarse como una guerra ilustre contra el tiempo, porque al arrancarle de las manos los años, que ha reducido a dura esclavitud, convirtiéndolos en cadáveres, la historia los resucita, los examina, y al revistados los alínea de nuevo en orden de batalla. Pero los ilustres campeones de semejante torneo tan sólo cosechan palmas y laureles, los despojos más ricos y resplandecientes, embalsamando por medio de la tinta las proezas de los príncipes, potentados y personajes de noble estirpe, zurciendo con la aguja de su talento los rasgos escritos con hilos de oro y seda, un brocado de acciones gloriosas.
»No le es permitido, sin embargo, a mi pequeñez elevarse a tamaños asuntos, a sublimidades tan peligrosas, que podrían exponerme al riesgo de perderme en los intrincados laberintos de las intrigas políticas, por dejarme guiar por el estruendo de las bélicas trompas.
»Pero habiendo tenido conocimiento de hechos memorables, que atañen a gente de humilde cuna y escasa importancia, me propongo transmitirlos a la posteridad, haciendo su verídico relato. En él se verá, en reducido escenario, surgir dolorosas tragedias de horror, y escenas de refinada maldad, mezcladas con empresas virtuosas y de angelical bondad, en contraposición a diabólicos designios. Ya la verdad, que si nos paramos a reflexionar que nuestro territorio está sometido a la dominación del Rey Católico, nuestro señor, que es ese esplendente sol que jamás se pone, y que sobre el mismo horizonte, con reflejada luz, como la de una luna que no tuviese fases, brilla el héroe de ilustre raza, que pro tempore, le representa, y que los muy altos senadores, a manera de estrellas fijas, y los demás magistrados, a semejanza de planetas errantes, reparten por doquier su luz, formando un nobilísimo cielo entre todos, no se nos alcanza la causa de que tal cielo se transforme en un infierno de acciones tenebrosas, maldades y crímenes, y que vaya multiplicándose el número de los hombres temerarios, a menos de no reconocer, como causa para ello, las malas artes e intervención del diablo, puesto que la malicia humana, por sí sola, no debería poder resistir a tantos héroes que con ojos de Argos y brazos de Briareo, se afanan y trabajan en bien de la cosa pública.
»Al descubrir lo ocurrido en los tiempos de mi temprana edad, aun cuando la mayor parte de las personas que en mi relato figuran, hayan desaparecido del mundo, pagando tributo a las Parcas, sin embargo, por justos miramientos callaré sus nombres, es decir los de sus familias, y lo mismo haré con los sitios en que los hechos tuvieron lugar, indicando tan sólo a bulto, los territorios. Nadie podrá imputar esto como una imperfección de mi relato o deformidad del mismo, a menos que quien tal piense no sea persona enteramente desprovista de filosofía; porque las personas versadas en esta materia verán que nada falta a la sustancia de la expresada narración. Así es que siendo cosa evidente y que nadie podrá negar, que los nombres son simples accidentes...»
La primera idea que me asaltó, después de desojarme para conseguir descifrar los garrapatos de descolorida tinta de este manuscrito, para llevar a feliz término el transcribir la historia que en él se cuenta, fue si después de haber logrado, como hoy se dice, darla a luz, no podría encontrarme con que nadie quisiese tomarse el trabajo de leerla.
La duda de que esto pudiera acontecer, y la de que el ímprobo trabajo, que me estaba tomando, fuese perdido, me impulsaron a suspender la copia, y a reflexionar, maduramente, lo que más me convenía hacer.
La verdad es, me decía yo, hojeando el manuscrito, que de esta granizada de sentencias, no está empedrada toda la obra. El bueno del sentencista[1] ha querido empezar echándosela de sabio, pero en el transcurso de la narración y algunas veces en el curso de la misma, el estilo es más llano. Esto es verdad; sin embargo ¡es tan vulgar!, ¡tan falto de vigor!, ¡tan chavacano!, ¡tan correcto! Idiotismos lombardos, a montones, frases empleadas al revés, construcciones gramaticales arbitrarias, períodos cojos y mancos, revueltos con algunas elegancias españolas sembradas aquí y allí, y lo que es peor aún, en los pasajes más terribles y conmovedores del relato, sin ton ni son, citas para llamar la atención hacia todo lo que lo merece... Algunas flores retóricas no pegarían mal, siendo delicadas y de buen gusto, pero veo que este bendito señor reincide y persevera en escribir con la retórica de mal gusto que al principio empleó, reuniendo cualidades tan opuestas, en apariencia, como la de trivial y afectado en la misma página, en un mismo período, y hasta podríamos decir que casi en una misma frase.
Declamaciones ampulosas, empedradas con solecismos vulgares, y por todas partes rebosando la pretensión y la torpeza que es el carácter distintivo de los escritores del siglo, en nuestro país. No son éstas, a la verdad, cosas que puedan ofrecerse al público de hoy día, asaz experto y hastiado, con razón, de semejantes extravagancias.
Fortuna mía es que me haya ocurrido esta idea, antes de emprender de lleno mi trabajo. Me lavo, pues, las manos.
Decidido ya casi a cerrar el manuscrito, para no ocuparme más de él, me dolía no obstante que tan peregrina historia quedase para siempre ignorada, pues aun cuando al lector podía parecerle otra cosa, a mí me parecía interesantísima.
¿Por qué, pues, no decidirme a conservar la serie de hechos, que el manuscrito contiene, y escribir la historia de nuevo? Y como no se me ocurrió ningún porqué que oponer a éste, adopté resueltamente el partido de escribirla.
He aquí el origen del presente libro.
Algunos de los hechos, sin embargo, ciertas costumbres descritas por el autor, me parecieron tan sorprendentes, tan extrañas por no decir otra cosa, que antes de darles crédito quise cerciorarme invocando nuevos testimonios. Me tomé, pues, el trabajo de hojear las memorias de aquellos tiempos, para cerciorarme de que efectivamente caminaba así por entonces el mundo.
La investigación disipó por completo todas mis dudas, pues me encontré con cosas no sólo seme jantes , sino mucho peores aún, y lo que más me convenció fue el hallarme retratados, con fidelidad fotográfica, personajes de que no había tenido jamás noticia más que por el citado manuscrito, origen de haber yo dudado que hubieran podido existir. Cuando sea necesario, citaré algunos testimonios, para conquistarme la fe de mis lectores, acerca de cosas que, por lo peregrinas, pudieran caer en la tentación de resistirse a creer verídicas.
Pero volviendo al estilo y desechando como inaceptable el del autor del manuscrito, ¿cuál debía ser el estilo adecuado? Ésta era la dificultad.
Todo el que, sin pedírselo nadie, se mete a corregir el estilo de otro, contrae la responsabilidad de dar estrecha cuenta de aquel con que le sustituye. Éste es un principio de hecho y de derecho, a que en manera alguna pretendo sustraerme. Es más, para probar que me sometía gustoso a esta responsabilidad, me propuse explicar minuciosamente la razón de haber empleado el lenguaje que he empleado. Con este propósito, al hacer mi trabajo, he procurado adivinar las censuras, probables y posibles, que se me podrían dirigir, con el intento de refutarlas anticipadamente.
No es pues de ahí de donde hubiera podido surgir la dificultad; puesto que (en honor de la verdad sea dicho) no se me ocurría objeción a que no me fuese fácil oponer victoriosa réplica, sino resolviendo la cuestión, haciéndola por lo menos cambiar de aspecto. A veces, poniendo frente a frente dos objeciones, éstas recíprocamente se combatían, y profundizando algo más y analizándolas y comparándolas, sosegadamente, se venía en conocimiento de que, aun cuando aparentemente eran opuestas, en el fondo eran del mismo género, y provenían ambas de no haberse tenido en cuenta los hechos y los principios sobre los que se había fundado el razonamiento, y después de haberlas unido con gran sorpresa suya de verse juntas, las enviaba ambas a pasearse.
No es posible que autor nacido haya tratado de probar, como yo pensaba hacerlo, apoyado en argumentos irrefutables, que ha hecho bien; pero cuando llegó el momento de hacer el resumen de todas las objeciones, con la refutación de cada una de ellas, para recopilarlas ordenadamente, ¡misericordia divina!, ¡había hacinado materiales para escribir un libro!
En vista de lo cual, renuncié a mi propósito por dos razones, que estoy seguro de que mis lectores encontrarán tan concluyentes como yo: primera, que consagrar todo un libro a justificar la bondad o menos aún el estilo de otro podría parecer ridículo; segunda, que en materia de libros con uno basta, a menos que no sea de utilidad universalmente reconocida.
[1] Se daba este nombre a los escritores del siglo XVI o primera mitad del XVII.
CAPÍTULO I
Aquel ramal del lago de Como que, torciendo hacia el sur entre dos cordilleras de montes, forma varios golfos y ensenadas, según ellas se apartan o se acercan, toma casi de repente curso y figura de río, estrechándose entre un promontorio al lado derecho y una espaciosa ribera al izquierdo. El puente, que en este sitio abraza las dos orillas, presenta más patente a la vista semejante transformación, pareciendo que designa el punto en que termina el lago y empieza el Ada, río que vuelve a tomar después el nombre de lago cuando, alejándose de nuevo sus orillas, se espacian por segunda vez sus aguas, resultando otras ensenadas y otros golfos. La ribera, obra del tiempo y de tres caudalosos torrentes, viene declinando desde la falda de dos montañas contiguas, llamada la una el Centro de San Martín, y la otra el Recegón, voz lombarda que significa hoz o sierra, y nace de la semejanza que le dan con estos instrumentos los muchos picos en fila que terminan su cumbre; así, el que la vea por su frente como desde las murallas de Milán que caen al Septentrión, no podrá menos de distinguirla al instante, por las señas indicadas, de los demás montes de menos nombradía y más común configuración que componen aquella prolongada cordillera. Desde la orilla del río va subiendo la ribera con suave y regular declive, que interrumpen después algunas colinas y valles de poca extensión, formando alturas y sinuosidades según la estructura de los montes y el continuo lamer de las aguas. Los puntos más altos de aquel terreno, socavados por los cauces de los torrentes, están por lo común cubiertos de piedras y cascajo, pero el resto son campos y viñedos, aldeas y granjas, con algunos bosquecillos que suben por la falda de los montes. No lejos del puente y tan cerca del lago, que en las grandes avenidas llega a circundada, está situada Lecco, la principal de aquellas poblaciones, tan aumentada en nuestros días que casi presume de ciudad.
En el tiempo que sucedieron las cosas que vamos a referir no era ciertamente de tanta consideración, pero ya se reputaba por un pueblo regular, y tenía su castillo, guarnecido por un comandante y soldados españoles, que cuidaban de inspirar modestia a las muchachas del país, de sacudir el polvo de tiempo en tiempo a sus padres y maridos, y de esparcirse por las viñas en el otoño para aliviar en parte a los aldeanos del trabajo de la vendimia. Todo el terreno, desde el lago a los montes, de un collado a otro, de casería a casería, estaba y está cruzado de caminos y sendas, unas llanas y otras pendientes, quedando algunas tan hondas entre los vallados de las heredades, que apenas descubre el caminante otra cosa que el picacho de algún monte o el pedazo de cielo que está sobre su cabeza. A veces permite la altura del terreno que la vista descubra perspectivas más o menos extensas, pero siempre variadas y ricas, según campean o se esconden los diferentes puntos y objetos de aquellos amenos contornos. Ya brilla y deslumbra por una parte la tersa superficie del lago, que oculta después un grupo de árboles o de casas. Ya vuelve a aparecer más extenso entre los montes que le circundan, y se pintan inversamente en sus ondas. A este lado se descubre el río, más allá el lago, y el río otra vez, que serpeando y luciendo como plata al pie de la cordillera que le acompaña, se pierde por fin y desaparece con ella en el horizonte.
Por uno de los caminos arriba descritos volvía de paseo hacia su casa, al caer la tarde del 7 de noviembre de 1628, don Abundo, cura de una de aquellas aldeas, cuyo nombre no se expresa en el manuscrito que nos sirve de guía. Iba rezando en su breviario pacíficamente, cerrándolo a veces entre salmo y salmo, y cruzando las manos a la espalda con un dedo puesto por vía de señal entre las hojas. Ya caminaba con los ojos bajos, echando con el pie hacia las cercas los guijarros del camino, ya levantaba la vista fijándola en la cima de algún monte, en que los rayos del sol en su ocaso, penetrando por las quebradas de otro situado enfrente, formaban largas y brillantes fajas de púrpura.
Abierto otra vez el breviario, y rezando de nuevo, llegó adonde torcía el camino, y en este paraje levantó los ojos mirando adelante como solía hacerlo los demás días. La senda después de torcer seguía derecha como unos sesenta pasos, dividiéndose luego en dos, de las cuales la derecha subía hacia la montaña, y era la que conducía a la parroquia, y la izquierda bajaba al valle hasta llegar a un torrente, siendo por esta parte más baja la pared. Las cercas interiores de las dos sendas, en vez de formar ángulo al reunirse, remataban en una pequeña ermita en que estaban pintadas varias figuras largas, undosas, y acabadas en punta, las cuales, según la intención del pintor, y a los ojos de los habitantes, debían significar llamas, alternando entre ellas ciertos mamarrachos como personas de medio cuerpo arriba, que significaban ánimas del purgatorio, y unas y otras de color de ladrillo sobre un fondo blanquizco, con algunos desmochados de trecho en trecho.
Al volver don Abundo de la esquina, y dirigiendo la vista hacia la ermita, según tenía de costumbre, vio lo que no esperaba ni hubiera querido ver. Casi en la confluencia de las dos sendas se hallaban dos hombres, uno enfrente de otro: el uno de ellos sentado en la pared más baja con una pierna colgando por la parte de adentro, y el compañero en pie, apoyado en la tapia de enfrente y con los brazos cruzados. Por el traje, el aire, y lo que podía divisarse desde el punto a que había llegado el cura, era fácil inferir su condición. Los dos llevaban en la cabeza una redecilla verde, que con gran borla caía sobre el hombro izquierdo, saliendo de ella en la frente un gran mechón de pelo a manera de tufo; dos grandes bigotes ensortijados por la punta, y la chaquetilla ajustada al cuerpo, con un cinturón de cuero muy reluciente, de donde colgaban un par de pistolas. Pendiente del cuello, y caído sobre el pecho en forma de dije, traían un cuernecito con pólvora. A la derecha salía de un bolsillo lateral de los anchos calzones el mango de un gran puñal, y colgaba a la izquierda una disforme espada con el puño de metal muy labrado y terso. Manifestaba semejante atavío que aquellos dos hombres eran de los que en aquel tiempo se llamaban bravos o valentones.
Esta clase de individuos, que en el día ya no existe, era muy antigua y entonces muy floreciente en la Lombardía. Para dar una idea a los que no la tengan de su carácter principal, de los esfuerzos que se hicieron para extinguirla y de su larga y tenaz resistencia, presentaremos los trozos auténticos siguientes:
Desde el 8 de abril de 1583, don Carlos de Aragón, príncipe de Castelvetrano, duque de Terranova, marqués de Ávila, conde de Burgueto, gran almirante y gran condestable de Sicilia, gobernador de Milán y capitán general en Italia por S. M. C., «informado de los trabajos en que vivió y vivía la ciudad de Milán por causa de los bravos o vagamundos, publicó un bando contra ellos, declarando estar comprendidos en él dichos bravos o vagamundos, los cuales siendo forasteros o del país no tienen oficio alguno, o teniéndolo no lo ejercen, sino que sin salario o con él, se ponen a la merced de algún caballero o hidalgo, oficial, o comerciante, para guardarle las espaldas, o más bien, como es de presumir, para armar asechanzas a otros». En el expresado bando se mandaba «que en el término de seis días saliesen del país, bajo la pena de galeras a los que no lo verificasen»; y se concedía a los dependientes de justicia las facultades más amplias y extraordinarias para la ejecución de la orden. El año siguiente, en 12 de abril, sabedor el mismo capitán general de que la «ciudad estaba todavía llena de dichos bravos, los cuales vivían como antes, sin haber mudado de conducta, ni haber disminuido su número», publicó otro bando más enérgico y riguroso, en el cual, entre otras cosas, mandaba «que cualquier individuo de la ciudad o forastero a quien se le justificase con dos testigos ser considerado, o generalmente reputado, por bravo, o tener este nombre aunque no constase haber cometido delito alguno, por la sola opinión de bravo, y sin más indicios, pudiese por los jueces y por cualquiera de ellos ser puesto al castigo de la cuerda y al tormento por información sumaria... Y aunque no confesase delito alguno, pudiese, sin embargo, ser condenado a tres años de galeras por sola la opinión y nombre de bravo». Y concluía diciendo: «Todo esto, y lo demás que se omite, porque S. E. está resuelto a que todos le obedezcan.»
Al oír palabras tan terminantes, y disposiciones de tanto rigor, nadie habrá que no piense que todos los bravos desaparecerían para siempre; pero el testimonio de un personaje de no menos autoridad ni menos títulos nos obliga a creer lo contrario. Este es el Excmo. señor don Juan Fernández de Velasco, condestable de Castilla, mayordomo mayor de S. M. C., duque de Feria, conde de Haro, señor de la casa de Velasco, y de la de los siete infantes de Lara, gobernador del estado de Milán, etc. «En 5 de junio de 1593, también informado plenamente de los perjuicios y ruinas que causaban los bravos y vagamundos, y de los pésimos efectos que por esta clase de gente resultaba al bien público en menosprecio de la justicia, mandó de nuevo que saliesen del país en término de seis días, repitiendo las mismas penas y castigos de su antecesor. Luego el 23 de mayo de 1598, informado con no poco sentimiento suyo de que se aumentaba cada día más en aquella ciudad y estado el número de bravos y vagamundos, y que día y noche sólo se oían heridas alevosamente dadas, homicidios y robos, y otros delitos semejantes que cometían con tanta más facilidad cuanto confiaban en el favor de sus principales y fautores, prescribía de nuevo las mismas medidas y remedios», aumentando la dosis como en las enfermedades rebeldes, y concluía el bando en estos términos: «Cuiden, pues, de no contravenir de modo alguno al presente bando, pues en vez de encontrar clemencia en S. E., experimentarán su rigor y su cólera, por haber resuelto que éste sea el aviso último y perentorio.»
Poco o ningún efecto produjeron semejantes medidas, pues vemos renovadas las mismas disposiciones por el gobernador de Milán, conde de Fuentes, en 5 de diciembre de 1600, por el marqués de Hinojosa en 22 de septiembre de 1612, por el duque de Frías en 24 de diciembre de 1618, por don Gonzalo Fernández de Córdoba en 5 de octubre de 1627 y otros posteriores al tiempo en que ocurrió lo que vamos refiriendo.