Czytaj książkę: «Cien años después»

Czcionka:

Cien años después

Alberto

Vázquez-Figueroa


Categoría: Novelas

Colección: Grandes acontecimientos mundiales

Título original: Cien años después

Primera edición: Abril 2020

© 2020 Editorial Kolima, Madrid

www.editorialkolima.com

Autor: Alberto Vázquez-Figueroa

Dirección editorial: Marta Prieto Asirón

Diseño de cubierta: Silvia Vázquez-Figueroa

Imágenes: @Shutterstock

Maquetación: Carolina Hernández Alarcón

ISBN: 978-84-18263-15-6

Impreso en España

No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares de propiedad intelectual.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).


La Junta Provincial de Sanidad de mi presidencia, en sesión celebrada el día de hoy, acuerda lo siguiente:

Vista la comunicación del Inspector provincial de Sanidad manifestando que la epidemia de gripe aparecida hace algunos días en la Capital y en algunos pueblos de la provincia se extiende considerablemente invadiendo numerosos pueblos y provocando gran mortalidad, esta Junta, teniendo en cuenta lo dispuesto en los artículos 153 y 154 de la Instrucción general de Sanidad y en la Real orden de 24 de abril último, acuerda declarar la existencia de la epidemia en la provincia de Burgos y habiéndose cometido en algunos pueblos la imprudencia, a pesar de los dispuesto por este Gobierno, de celebrar las fiestas de la localidad dando origen con ello a que se haya difundido rápidamente la gripe entre el vecindario, creando ello situaciones angustiosas, vuelvo a reiterar a los que todavía no están convencidos del grave peligro que esto encierra, que se abstengan terminantemente de celebrar dichas fiestas o reuniones.

La triste experiencia de lo ocurrido en otros pueblos como Los Balbases, a los que fueron los mozos contrayendo allí la enfermedad, en pocos días en dicho pueblo llegó el número de afectados a ochocientos de los mil doscientos vecinos que lo habitan. Por tanto estoy dispuesto a castigar duramente a los incumplidores de esta disposición.

Asimismo recuerdo que la infección se propaga por las gotitas de saliva que despide el que habla, tose, etc. a nuestro lado al ser respiradas por los que le rodean. Que se abstengan por tanto de permanecer en locales cerrados o mal ventilados donde se reúne mucha gente como tabernas, cafés, etc.

Que tengan abiertas todo el día las ventanas de los dormitorios y se ventilen con frecuencia los locales. Estar en el campo el mayor tiempo posible porque el aire libre, el agua y la luz son los mejores desinfectantes Tener mucha limpieza de la boca, seguir los consejos del médico y desoír a los ignorantes que incitan a beber alcohol o consumir tabaco como remedios preventivos por ser sus efectos en esta ocasión más nocivos que nunca.

Burgos, a 4 de Octubre de 1918

El Gobernador: Andrés Alonso López

CAPITULO I

Una mujer hizo su aparición por el sendero.

Se la advertía agotada, dolorida, con aire ausente, como drogada, borracha o inmersa en un universo del que el paisaje que la rodeaba no parecía formar parte.

No prestaba atención a las flores, ni a los árboles, ni a los pájaros, y apenas reaccionó en el momento de atravesar un charco que le empapó los zapatos.

Al fin se detuvo ante un alto muro coronado por una espesa alambrada de afiladas concertinas que semejaban cuchillas de afeitar y en el que a cada pocos metros se distinguían una calavera y un aviso:

«No pasar. Peligro de muerte».

«Solo están autorizados a coger agua y queso».

No reparó en la fuente, en el arcón, ni en los perros que ladraban amenazadoramente alzando la mirada hacia el edificio principal de una inmensa granja en la que se distinguían toda clase de árboles frutales y animales domésticos.

La mujer, visiblemente embarazada, se sujetó con una mano el vientre y abrió la verja.

Ni siquiera tuvo tiempo de escuchar el ruido del disparo porque ya había caído de espaldas con una bala en la frente.

Al cabo de unos instantes, del edificio surgieron dos hombres que le arrojaron botellas de gasolina con las mechas encendidas.

No cesaron en su empeño hasta que del cadáver tan solo quedaron cenizas.

Tras un ventanal del piso alto del caserón, Aurelia, que había contemplado la escena, se volvió inquisitivamente a su madre.

–¿Y si no estaba enferma…?

La respuesta fue inmediata:

–¿Y si lo estaba…?

La muchacha, apenas una adolescente, se vio obligada a guardar silencio puesto que aquella era la dolorosa pregunta que estaba en todas las bocas y martilleaba en todas las mentes desde hacía más de un año:

¿Y si lo estaba…? ¿Y si estaban enfermos la anciana que se sentaba en el tercer banco de la iglesia, el camionero de la mesa vecina o el chicuelo que se acercaba corriendo tras una pelota?

¿Quién garantizaba que ninguno de ellos, que ninguno de los cientos de miles de ancianos, camioneros o niños que pululaban sobre la faz de la Tierra portaba las invisibles semillas de la muerte?

Semillas que habían demostrado ser capaces de arraigar en cualquier ser humano sin tener en cuenta la edad, la raza o el color de quienes se convertían al instante en propagadores de un mal que se extendía como las ondas en un estanque al que se hubiera arrojado una piedra.

De dónde había llegado esa piedra aún nadie lo sabía pese a que miles de especialistas se esforzasen día y noche intentando encontrar una respuesta.

En realidad para ellos no existían ni el día ni la noche puesto que eran tantos los desperdigados a todo lo largo y ancho del planeta que no debía existir un solo segundo en el que alguien no estuviera intentando contener semejante sangría.

Se escuchó el monótono runruneo del tractor y Claudia observó con tristeza y amargura cómo su padre excavaba en el exterior de la granja, justo debajo del viejo roble, una sepultura a la que arrojó los calcinados restos de la mujer, alisando luego el terreno hasta que no quedó el menor rastro de que alguna vez hubiera existido, o de que algún día pudiera haber existido, el hijo que llevaba en sus entrañas.

–No es justo.

–Tienes razón, hija, no es justo –le respondió su madre, que también contemplaba la escena–, pero la justicia desapareció desde el momento en que todos somos iguales ante esa justicia.

–No acabo de entenderte.

–Pues en muy simple, cariño; ahora todos estamos expuestos a enfermar, y por lo tanto ya no hay distinción entre ricos y pobres, humildes o poderosos, honrados o delincuentes. Nadie intenta presionar a un juez o sobornar a un jurado porque sabe que quien se acerque portando su sentencia de muerte puede ser su padre, su hijo o su hermano.

–No aquí.

–Aquí no, desde luego, y por eso tenemos la obligación de defendernos. Se me desgarra el corazón cada vez que enterramos a un desgraciado, pero más se me desgarraría si me viera obligada a enterrar a un miembro de mi familia… –la desolada mujer hizo una pausa antes de concluir–: Todavía no estoy segura de que tu hermano haya tenido una sepultura decente.

–Aún no sabemos si ha muerto.

–Eso es muy cierto; ni siquiera yo lo sé, y como madre se supone que debería sentirlo aquí en el pecho, pero cada vez son menos las posibilidades de que siga con vida. Y no me vengas con eso de que la esperanza es lo último que se pierde porque en ese caso no tendríamos perdón por lo que estamos haciendo.

–Papá y el tío aseguran que tenemos derecho a defendernos.

–Si nos atacan sí. ¿Pero quién nos ataca…? Hasta ahora solían ser vagabundos que intentaban entrar por la fuerza, pero hoy ha sido una mujer. Y además embarazada. ¡Por Dios! –suplicó–. No me obligues a seguir hablando.

Claudia respetó su silencio concentrándose en la tarea de remendar los pantalones de trabajo de su tío mientras se esforzaba en borrar de su mente la imagen de la mujer abatida de un disparo.

Tal vez alguien en alguna parte había abatido igualmente a su hermano mientras se aproximaba solicitando agua o comida. Tal vez, pero llegados a aquellas alturas nadie podría asegurarlo con certeza puesto que las víctimas habían pasado de tener nombre a tener número, hasta que dejaron de tener número para pasar a convertirse en porcentajes.

Era como cuando su padre jugaba a las carreras, colocaba el programa sobre la mesa, se armaba de papel y lápiz, y discutía con su madre las posibilidades que tenía cada animal de llegar el primero a la meta.

–El jinete de «Takataka» es muy bueno.

–Pero la distancia favorece a «Ponycat».

–Tan solo paga tres a uno.

–No es cuestión de intentar hacerse rico con los caballos; para eso tenemos las vacas y los cerdos.

–Las vacas y los cerdos nos permiten vivir, pero nunca no harán ricos… Yo me jugaría veinte euros a «Ponycat» y cinco a «Takataka».

De eso hacía ya un año, pero ahora lo que importaba no era llegar el primero sino llegar el último teniendo en cuenta que la corona de flores que le colocarían al más rápido no sería la de ganador sino la de difunto.

Durante algún tiempo las floristerías habían hecho su agosto como si cada día fuera tan rentable para su macabro negocio como lo solía ser el de los Difuntos, pero llegó un momento en que ni los invernaderos bastaron para cubrir tanta demanda, ni contaban con la mano de obra necesaria.

Y los clientes comenzaron a escasear.

No los difuntos, naturalmente, que esos proliferaban, sino los vivos que antaño compraban las coronas como homenaje a sus seres queridos.

Apenas un mes antes de que dejaran de llegar las señales televisivas, en uno de los canales había hecho su aparición un siquiatra de cara de lechuza y voz engolada, asegurando que el cerebro humano era tan complejo que algunos supervivientes no veían ya a sus familiares fallecidos como inocentes víctimas de la epidemia, sino como abominables cómplices de la enfermedad.

¿Dónde estarían ahora «Ponycat» o «Takataka»?.

Probablemente acabaron convertidos en chuletas sin que quienes las devoraron se hubieran preguntado a cuál de los dos pertenecía la carne más sabrosa.

Cabía suponer que el hecho de correr mil trescientos metros en un segundo más o menos no debía influir en el sabor de la carne.

–¿En qué piensas?

–No pienso, zurzo.

–Se puede zurcir y pensar al mismo tiempo.

–Prefiero recordar.

–Soy tu madre, casi te triplico la edad y tengo el triple de recuerdos, por lo que te aconsejo que dejes de recordar unos tiempos que nunca volverán. Duele.

–También duele ver cuerpos ardiendo. Sueño con ellos.

–Me gustaría prohibirte soñar, pero eso es algo que únicamente Dios puede lograr.

–¿Acaso Dios es dueño de mis sueños?

–Él lo puede todo.

–¿En ese caso por qué permite que tengan que ser papá y el tío quienes impidan que lleguen los enfermos? ¿Por qué no los detiene antes de que intenten atravesar la verja? O mejor aún: ¿por qué no los cura?

–En ocasiones sus caminos son inescrutables.

–Lo mismo decía el padre Luis, que en paz descanse, pero no entendí muy bien a qué se refería, y cuando insistí se limitó a pedirme que rezara.

–Y eso es lo que debemos hacer.

–Pues no parece que sirva de gran cosa.

–No blasfemes.

Aurelia no consideraba que constatar que algo era cierto constituyera una blasfemia, pero optó por continuar remendando los desgastados pantalones, sabiendo que su madre se aferraba a la fe como a un clavo ardiendo pese a que nadie más en la familia compartiera sus creencias.

Su padre se había mostrado muy rígido al respecto:

–Bastantes problemas tenemos y lo único que nos faltaría sería discutir de religión. Si está escrito que debemos morir antes de tiempo debemos hacerlo dignamente y como lo que siempre hemos sido: una familia unida.

Su padre siempre había sido un hombre honesto, pero ahora no dudaba a la hora de disparar contra mujeres embarazadas.

¿Significaba eso que había dejado de ser honesto, o que al cambiar las circunstancias cambiaban de igual modo los conceptos?

Su abuelo, que por suerte nunca tuvo que asistir a semejante apocalipsis, contaba amargas historias sobre sangrientas guerras en las que imberbes muchachos acababan por convertirse en aborrecibles matarifes.

Sus nietos escuchaban en silencio pues tenían prohibido hablar mientras el patriarca hablaba, y algo de verdad debía haber en cuanto decía puesto que le faltaban tres dedos de una mano y una profunda cicatriz le cruzaba la frente.

Aunque mutilado de cuerpo y espíritu, había conseguido salir adelante, formar una familia y convertir en un vergel lo que no era más que un erial abandonado.

Fue a contracorriente al comprender que el éxodo hacia las ciudades constituía un error, y no estaba dispuesto a convertirse en mano de obra barata cuando además tan solo tenía una mano útil que ofrecer.

El propietario de lo que antaño fuera una próspera hacienda pero que había quedado convertida en un desierto por culpa de la sequía, le dio las gracias a San Pancracio por haber puesto en su camino a un pobre iluso capaz de entregarle sus ahorros a cambio de un secarral.

No obstante, cuando doce años más tarde volvió a pasar por allí no pudo por menos que comentar:

–Siempre he sentido un cierto remordimiento porque creía haberle estafado, pero ahora debo reconocer que el estafado fui yo.

–Nunca le estafé, porque el verdadero valor de todo esto no está en el dinero que le di, sino en lo que me costó encontrar el acuífero. Y ahora mi agua tiene fama de ser la mejor de la provincia.

–Quien tiene agua buena tendrá buena vida

–sentenció el otro–. Y me alegro por usted.

El término patriarca, ya casi en desuso, se ajustaba como un guante a un abuelo que ahora descansaba entre manzanos a escasos metros de la tumba de la mujer que le había dado tres hijos, tal vez como compensación por cada uno de los dedos que le faltaban.

Tras algunas andanzas y bandazos, los dos mayores, Saúl y Samuel, siguieron los pasos de su padre, mientras que la menor, Anabel, se empeñó en estudiar Bellas Artes y acabó como restauradora de cuadros especializada en pintura flamenca.

Aurelia la adoraba y siempre estaba esperando que llegara el verano y apareciese cargada con cuadros que restaurar y un enorme acordeón que horrorizaba a la familia y obligaba a aullar a los perros.

Tenía buen ojo y buen pulso pero un pésimo oído.

Consciente de sus limitaciones pero inasequible al desaliento, solía alejarse cada mañana y cada tarde con el fin de practicar en un bosque del que hasta las ardillas se apresuraban a huir.

Curiosamente, su cuñada, a la que le encantaba ordeñar, aseguraba que cuando Anabel tocaba las vacas daban más leche y se tiraban menos pedos, detalles dignos de agradecer.

Era cosa sabida que a los animales les encantaba la música pero no que las vacas tuvieran tan mal gusto, aunque quizás el hecho de pasarse el día rumiando les permitiera captar ciertos matices negados al tímpano humano.

Dejando a un lado una desmedida afición al acordeón, que le había granjeado la enemistad de muchos vecinos, la denostada concertista era tan dicharachera y encantadora que su sobrina tenía que suplicar que la dejaran dormir en su cama para pasarse las horas escuchando las historias de sus amoríos y las razones por las que había rechazado cinco propuestas de matrimonio.

–El que más me gustaba roncaba y el segundo de la lista era siberiano.

–¿Y qué tiene de malo ser siberiano?

–Se empeñaba en que fuera a vivir a Siberia. Estuve una vez en primavera y se me agarrotaron los dedos hasta el punto de que no podía pintar ni tocar. Yo creo que lo hizo a propósito.

–¿Hacer qué…?

–Ser siberiano; fue una pena porque realmente le quería.

Era una pena, pero al mismo tiempo una alegría que la tía Anabel no estuviera allí en aquellos momentos, sobre todo la nefasta mañana en que su padre se vio obligado a matar a una mujer embarazada.

El pobre hombre estaba tan consternado que se negó a comer durante tres días y si al final comió lo hizo porque le constaba que si desaparecía su familia desaparecería de igual modo.

Su hermano no podría arreglárselas solo y también acabaría por derrumbarse, tal como se había derrumbado al enviudar.

Olvidar a la pizpireta Tatiana le había costado a Samuel tres años de vagar por medio mundo arrastrando su amargura, ejerciendo cualquier oficio que no tuviera que ver con los tiempos felices en los que aún vivían bajo el manto protector de un patriarca al que habían estado a punto de darle un nieto.

Capítulo II

Soñó con niños muertos, y no porque su padre hubiera impedido que uno de ellos viniera al mundo, sino porque «algo», se llamase virus o lo que quiera que fuese, estaba impidiendo que millones de niños vinieran al mundo.

¿Y para qué iban a venir? Para morir sufriendo o para vivir aterrorizados…

Alguien dejó escrito que el miedo a morir era peor que la muerte, y Aurelia podía constatar que así era pese a que nunca hubiera muerto.

Cuando al amanecer se despertaba y tomaba conciencia de cuanto acontecía a su alrededor, el corazón se le encogía a tal extremo que se preguntaba cómo conseguía continuar latiendo si apenas debía tener ya el tamaño de una nuez.

Buscaba entonces refugio en los libros, sobre todo en los que hablaban de hombres y mujeres que a lo largo de la Historia habían demostrado un excepcional coraje enfrentándose a terribles adversidades.

En ocasiones conseguía animarse, pero en otras se derrumbaba aún más al comprender que ninguno de ellos se había enfrentado a un enemigo tan taimado.

Ese enemigo no disparaba cañones ni empuñaba espadas, no ponía bombas ni envenenaba, no asestaba tiros en la nuca ni hacía arder en la hoguera a los infieles; se limitaba a permitir que sus elegidos transitaran libremente en busca de nuevos elegidos que continuaran transitando libremente.

Sus ladinos soldados, auténticos «quintacolumnistas» infiltrados en las filas enemigas, carecían de credo y de bandera, o quizás mejor sería decir que pertenecían a todos los credos y se inclinaban ante todas las banderas, ajenos al hecho de que obedecían sin rechistar y ciegamente a un silencioso general que jamás parecía cansarse de ganar batallas.

Alejandro había conquistado Persia, Julio César Egipto –incluida su reina–, y Napoleón media Europa, pero un despreciable virus que jamás diera una orden ni pronunciase una sola palabra se había convertido en dueño absoluto de todas las naciones que existían o hubieran existido a lo largo de la Historia.

Tan solo un ridículo bastión se negaba a rendirse, pero únicamente era cuestión de tiempo que cayera porque en la granja no se encontraban Astérix, Obélix ni un anciano druida capaz de preparar pócimas mágicas que aumentaban el valor y la fuerza.

En aquel frágil reducto no existía más pócima que el café de achicoria que preparaba su madre, porque el auténtico se había acabado, lo cual provocaba que tanto a su padre como a su tío se los llevaran los diablos.

Su padre compensaba la carencia fumando, y resultaba curioso ya que tres años antes había dejado de hacerlo y durante todo ese tiempo no había dejado pasar una sola cena durante la cual no se auto alabara por haber tenido el valor de abandonar el maldito vicio.

Muchas tardes se sentaba en el balancín del porche, encendía su negra cachimba y descansaba un largo rato absorto en sus aún más negros pensamientos.

Aurelia lo observaba desde la ventana y podía leer en el humo su estado de ánimo del mismo modo que un piel roja interpretaría el mensaje de una hoguera lejana.

Una combustión lenta y acompasada seguida de una leve bocanada le permitía comprender que se encontraba en paz consigo mismo y que dentro de un par de minutos se quedaría dormido. Una inspiración fuerte y brusca, seguida de una tos nerviosa o un espeso chorro, indicaban que acababan de asaltarle el miedo, la ansiedad o amargos recuerdos relacionados con la ejecución de inocentes.

¿Cuántos habían caído ya?

En la casa nadie quería contarlos.

***

Una lluviosa mañana se detuvo ante la verja un hombre cuyo rostro solía aparecer antaño en todas las portadas y en todos los telediarios.

Se había hecho inmensamente rico partiendo de la nada y tenía fama de generoso compartiendo su fortuna con los más desfavorecidos, pero ahora se encontraba allí con una chaqueta ajada y unos zapatos destrozados.

Permaneció muy quieto observando los letreros:

«No pasar. Peligro de muerte».

«Solo están autorizados a coger agua y queso».

Se aproximó al arcón, lo abrió, estudió su contenido, eligió un trozo de queso del más duro, alzó la mano dando las gracias, y se marchó por donde había venido.

–Me alegra no haber tenido que dispararle; tengo un amigo que trabajaba para él y le admiraba.

–¿Aún vive?

–No lo sé, pero donde quiera que esté me agradecerá que le haya dado de comer a quien le dio a él.

Aurelia no quiso preguntarle qué habría hecho si hubiera sido su amigo quien hubiera aparecido ante la verja porque conocía la respuesta. Ya no existían lazos de amistad, y en ese aspecto la victoria del maligno resultaba de igual modo indiscutible, lo que obligaba a plantearse si valía la pena continuar luchando.

Si la pandemia no hubiera hecho su aparición tendría que haber sido aquel mes de comienzos de verano el elegido a la hora de hacer las maletas, irse a estudiar Bellas Artes y convertirse en una mujer tan maravillosa como su tía.

Pero sin acordeón.

Ni acordeón, ni guitarra, ni tan siquiera una bandurria, porque no hacía falta ser director de orquesta para comprender que su familia no estaba llamada a transitar por los senderos de la música.

Tampoco creía que hubiera llegado a ser una restauradora mínimamente aceptable, pero el mero hecho de encontrarse cerca de Anabel y captar algo de su maravilloso «arte de vivir» le bastaba.

Incluso tal vez ella le ayudaría a cumplir su sueño más oculto: convertirse en prestidigitadora.

En realidad no era un sueño oculto pues todos en la casa tenían que prestarse a que les enseñara un nuevo truco, desde cómo hacer desaparecer huevos a convertir un conejo en una gallina o que eligieran siempre una carta determinada de una baraja.

Cuando aún era niña su abuelo solía decirle:

–No confíes demasiado en la habilidad de tus dedos; son muy traidores. A mí un día me abandonaron tres.

Pese a ello había continuado confiando en sus dedos, aunque al carecer de público ya apenas practicaba.

El único que se extasiaba ante sus habilidades era «Coco», pero el pobre animal era tan obtuso que incluso le costaba aprender a ladrar amenazadoramente.

Cuando un desconocido, por muy mala pinta que tuviera, hacía su aparición al otro lado de la verja se limitaba a mover el rabo y esperar a que sus «jefes», dos enormes mastines que ciertamente impresionaban, gruñeran y enseñaran los dientes.

El calor impulsaría a los enfermos a quedarse en su casa y aguardar con resignación lo que el destino quisiera depararles, pero ni siquiera el calor detendría a los hambrientos, que abandonarían sus casas en busca de cualquier cosa que aplacara su hambre.

Pero ya no quedaba nada.

A las cinco semanas de saltar las primeras alarmas, y aunque habían saltado en los confines de la China, los habitantes de las grandes ciudades se abalanzaron como plaga de langostas sobre los supermercados dejando las estanterías tan vacías que hacía daño verlas.

Muchos no habían pisado un huerto en su vida y algunos niños creían que las zanahorias crecían en los árboles.

Aunque la mayoría eran, eso sí, muy buenos en electrónica.

De poco les sirvió cuando las empresas comenzaron a cerrar, primero por miedo a los contagios y más tarde por falta de suministros.

Las bolsas mundiales perdieron miles de millones durante una primavera trágica y un verano en el que los trajes de baño desaparecieron de las playas.

El precioso yate de tres palos y velas rojas de un banquero panameño partió rumbo al Pacífico con provisiones para seis meses y la lógica esperanza de que en ese tiempo la situación habría cambiado.

Con ayuda del «GPS» se pudo saber que no había atracado en ningún puerto ni desembarcado en ninguna isla, pero en septiembre un carguero australiano se lo encontró flotando en mitad de la nada.

Nadie respondió a sus llamadas, por lo que le dejaron continuar su camino pese a que las hélices no se movieran ni soplara una racha de viento.

Al conocer la noticia, a Aurelia le vino a la mente una vieja canción samoana:

Mudos van, e inmóviles, los muertos,

la sombra de la vela les protege.

El mar se lamenta bajo las curvas quillas,

y el sol marca el camino del oeste.

Más felices seréis en Noa-Noa,

junto a los fuegos de Tehemaní,

escuchando la suave voz de Taharoa

sobre el eterno mar siempre apacible.

No recordaba mucho más; tan solo que hacía alusión al Paraíso que aguardaba a los arriesgados navegantes que se habían atrevido a desafiar a las olas y los vientos internándose en el mayor de los océanos con el fin de poblarlo desde las costas de Nueva Zelanda hasta la Isla de Pascua.

Le encantaban las novelas de lugares exóticos que de pequeña solía leer antes de que su madre le exigiera ordenar su cuarto e ir a darle de comer a los animales, cosa que odiaba por culpa de un maldito gallo que la tenía tomada con sus tobillos.

Su visceral enemistad concluyó cuando el agresivo avechucho pasó de pendenciero a pepitoria, pero la chicuela no se sintió feliz por el final de una contienda que había decidido su madre de un simple hachazo, dejándole a ella la ominosa misión de desplumar al pobre bicho.

***

Óscar había nacido en una granja y crecido entre unos animales con lo que solía pasar horas poniéndoles nombre, cuidándolos y mimándolos, por lo que desde que aprendió a leer y escribir comprendió que tenía que aprender mucho más si quería llegar a ser un buen veterinario.

Se aplicó a ello, destacó como estudiante y consiguió una beca que le dio la oportunidad de pasarse el resto de su vida entre perros, gatos, gorrinos y caballos.

Y tuvo la suerte de encontrar en su camino a un profesor que sabía cómo guiar a sus alumnos; un hombre capaz de preguntarle a un lobo dónde le dolía y que el lobo le respondiera.

En realidad ni don Dionisio preguntaba, ni los animales respondían; se limitaba a observarlos, a hablarles como si fueran viejos amigos, a musitarles «calma, calma, calma», y a acariciarlos detrás de las orejas en lo que él llamaba «el punto G» de la serenidad.

–Si consigues que un animal se sienta relajado, acabará por decirte de un modo u otro cuáles son sus problemas, pero si se mantiene en tensión acabará por morderte.

Cuando comenzaron a correr rumores sobre una extraña enfermedad que se había iniciado en una remota región de la China más profunda, habían surgido voces que negaban a los virus que se suponía que la trasmitían el derecho a denominarse seres vivos, dado que no podían reproducirse por sí mismos y tan solo infectaban células extrañas sin poseer metabolismo propio.

No obstante, dos biólogos americanos habían comparado las estructuras de las proteínas de varias células y virus, encontrando tipos relacionados entre sí pero separados desde hacía siglos. Según ellos, las familias virales que pertenecían al mismo orden se habían ido distanciando de un virus ancestral común.

Parte de la confusión se debía a la abundancia y diversidad de virus puesto que aunque tan solo se hubieran identificado unos cinco mil, algunos expertos aseguraban que podían existir casi un millón.

Los que causaban las enfermedades imitaban el sistema de fabricación de proteínas de la célula que habían invadido y hacían copias de sí mismos que de inmediato se extendían a otras células hasta apoderarse del individuo.

A la vista de ello don Dionisio exigió a sus alumnos un estudio exhaustivo de la fauna de la región donde comenzara todo y sobre la posibilidad de que el origen del mal estuviera en que algún lugareño imprudente se hubiera desayunado con el animal equivocado. En su opinión la posibilidad de nuevas enfermedades transmitidas por animales a humanos tenía una base real.

Los perros, los monos, las ratas y los murciélagos eran algunos de los animales de los que se sospechaba en cuanto estallaban brotes de nuevas enfermedades, por lo que convenía esmerarse puesto que el último acusado, el casi desconocido pangolín asiático, había sido descartado como foco transmisor.

–Tenemos que centrar nuestra atención en los mercados de animales –sentenció don Dionisio, que había decidido poner todos sus conocimientos y los de sus alumnos al servicio de una causa tan importante–. Cuando se investigó la gripe aviar se confirmó que el origen estaba en unos pollos que habían adquirido el virus a causa de los restos fecales de los que estaban en las jaulas superiores, y aunque China ha prohibido el consumo de animales salvajes, dudo que tal prohibición dé resultado.

–¿Por qué? –quiso saber Óscar, a quien el tema le interesaba especialmente porque su familia vivía en una granja rodeada de bosques en los que abundaban los animales salvajes.

–Porque resulta casi imposible controlar a mil quinientos millones de personas con tradiciones muy arraigadas. Los mercados como el de Wuhan, en los que se mezclan animales salvajes y domésticos en pésimas condiciones higiénicas, constituyen el hábitat perfecto para unos virus que son tremendamente astutos.

Darmowy fragment się skończył.