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El poder curativo de la naturaleza
RBA INTEGRAL
EVA M. SELHUB
ALAN C. LOGAN
EL PODER CURATIVO DE LA NATURALEZA
La naturaleza como fuente de salud, vitalidad y bienestar
Traducción de Glòria Bohigas

NOTA IMPORTANTE: en ocasiones, las opiniones sostenidas en «Los libros de Integral» pueden diferir de las de la medicina oficialmente aceptada. La intención es facilitar información y presentar alternativas, hoy disponibles, que ayuden al lector a valorar y decidir responsablemente sobre su propia salud y, en caso de enfermedad, a establecer un diálogo con su médico o especialista. Este libro no pretende, en ningún caso, ser un sustituto de la consulta médica personal. Aunque se considera que los consejos e informaciones son exactas y ciertas en el momento de su publicación, ni los autores ni el editor pueden aceptar ninguna responsabilidad legal por cualquier error u omisión que se haya podido producir.
Título original inglés: Your brain on nature
© Eva M. Selhub y Alan C. Logan, 2012
Todos los derechos reservados. Traducción publicada con licencia del editor original: John Wiley & Sons, Inc.
© de la traducción: Glòria Bohigas Arnau, 2012
© de esta edición: RBA Libros S.A., 2012
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: marzo de 2013
REF.: OEBO869
ISBN: 9788416267507
Queda rigurosamente prohibida, sin autorización por escrito del editor, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Todos los derechos reservados.
Dedicamos este libro a Woodsy Owl y a todas las personas que han trabajado sin descanso para preservar la naturaleza, manteniendo el equilibrio entre la necesaria protección del medio y la posibilidad de acceder e interactuar con él, y poniendo de manifiesto su importancia para la salud.
Contenido
Introducción
BENEFICIOS DE LA NATURALEZA PARA EL CEREBRO: DE LA INTUICIÓN DE LA ANTIGÜEDAD A LA RESONANCIA MAGNÉTICA
La biofilia: una conexión esencial de la humanidad con la naturaleza
La naturaleza: el abandono de una antigua herramienta terapéutica
La naturaleza y la fisiología del estrés
El shinrin-yoku: un baño de bosque
Plantas, dolor y enfermedad
Zonas verdes cerca de casa: salvavidas y amortiguadores del estrés
Naturaleza y resonancia magnética
El pasado y el futuro
FRENTE A LA PANTALLA Y DE ESPALDAS A LA NATURALEZA: ¿SOMOS FELICES?
Falsas promesas
Programados para estar informados
Problemas cotidianos y fisiología del estrés
La cultura de la pantalla y el distanciamiento de la naturaleza
Una encrucijada: ¿qué perdemos y qué podemos ganar?
NATURALEZA Y COGNICIÓN: ¿QUÉ BENEFICIOS APORTA EL CONTACTO CON EL MEDIO NATURAL?
El descubrimiento de la fatiga de atención dirigida
Teoría de recuperación de la atención
Por qué es importante la restauración cognitiva
Plantas de interior y cognición
El futuro de la naturaleza y la cognición
HAY ALGO EN EL AIRE: ELEMENTOS ESPECÍFICOS DE LA NATURALEZA PARA EL CEREBRO
Los aromas de la naturaleza
Las plantas como aspirador
Falta de luz natural y exceso de luz artificial
Iones negativos
Agua
Los sonidos de la naturaleza
EL EJERCICIO EN LA NATURALEZA VALE EL DOBLE
Los efectos cognitivos del ejercicio
Ejercicio y salud mental
¿De qué forma el ejercicio promueve la salud cerebral?
Los beneficios están en la mente
La práctica sistemática incrementa los beneficios cerebrales del ejercicio
El ejercicio al aire libre posee más beneficios que la cinta estática
EL REINO ANIMAL: EL ÚLTIMO BALUARTE DE LA NATURALEZA
Llevarlos a pasear: los beneficios físicos de cuidar a un animal doméstico
Los animales y el tratamiento de las enfermedades mentales
Interacción con animales y rendimiento cognitivo
Los animales y la empatía
Los animales cambian nuestra visión del mundo
Pájaros de mal agüero
El futuro ya está aquí
INTERVENCIONES PRÁCTICAS: TERAPIAS DE HORTICULTURA Y EN ZONAS VÍRGENES
Beneficios históricos de la jardinería para la salud mental
De la anécdota a la investigación científica
Jardinería, actividad física y hormona del estrés
La tierra, las bacterias beneficiosas y el cerebro
Jardinería y cognición
La jardinería cambia el cerebro para toda la vida
Terapia de aventura y en zonas vírgenes
Una mayor dosis de medicina forestal
¿Cuál es la eficacia de las zonas vírgenes?
Jardinería y entorno natural: el individuo, la comunidad, el planeta
LOS NUTRIENTES NATURALES: LA NUTRIECOPSICOLOGÍA
Todo forma parte de una dieta equilibrada
Nutrientes naturales esenciales
A favor o en contra nuestra: cambiar el cerebro a través de la comida
Pautas alimentarias, depresión y cognición
Volver a la naturaleza: dieta tradicional o mediterránea
Suplementos dietéticos y el cerebro
Nutriecopsicología
VIS MEDICATRIX NATURAE : EL PODER CURATIVO DE LA NATURALEZA Y LA ECOTERAPIA
Ecopsicología: ¿por qué hemos tardado tanto?
Sesiones de psicoterapia al aire libre
Recetas de vitamina G: bosque, no fármacos
Árboles de plástico y pantallas de plasma: ¿comunión con la naturaleza?
El problema del ocio y la identificación con la naturaleza
Ciudades del futuro: vis medicatrix naturae para todos
Distanciarse de la blogosfera para entrar en la atmósfera
APÉNDICE
Recursos en internet
Citas
Autores
Organizaciones de medicina natural y holística
Terapias
Introducción
La relación de la humanidad con la naturaleza —una experiencia fascinante basada tanto en el temor como en la atracción— se ha desarrollado a lo largo de más de dos millones de años. En el transcurso de su evolución, nuestros antepasados lograron entender el paisaje natural, y consiguieron optimizar su capacidad para afianzar los factores que preservaban la vida y minimizar los que suponían una amenaza. Su respeto hacia la naturaleza se apoyaba en un equilibrio entre la evidencia de que podía morder, picar, envenenar, mutilar y matar, y el reconocimiento y el temor reverencial ante lo que era capaz de ofrecerles para preservar la salud mental y corporal.
A lo largo de los siglos, y en todas las culturas, los filósofos, poetas, escritores y partidarios de la vida al aire libre han ensalzado el poder rejuvenecedor y estimulante de la naturaleza. Pero, ¿qué han dicho los científicos? ¿Hasta qué punto esta relación milenaria con el medio natural ha quedado impresa en nuestras neuronas, y en qué medida la inmersión en la naturaleza produce efectos beneficiosos o perjudiciales para el individuo?
Ha sido precisamente ahora, en una era dominada por la ciencia y la tecnología, cuando los científicos han empezado a prestar atención a las cuestiones relacionadas con los aspectos médicos de la naturaleza. Lo que empezó en los años setenta del siglo pasado como un goteo de ensayos científicos, ha desembocado en un formidable corpus de investigación, y es curioso que en los últimos tres años se hayan publicado los hallazgos más asombrosos. Los investigadores científicos están examinando el papel que desempeña la naturaleza en la salud mental en un momento en que los seres humanos nos hallamos más distanciados que nunca del medio natural, y en un contexto medioambiental cada vez más dominado por la máquina. Hace mucho tiempo que los seres humanos hemos demostrado una gran capacidad para usar la tecnología con el objetivo de conquistar, controlar y adaptarnos al entorno natural. Nuestros primeros antepasados usaban el fuego y fabricaban herramientas para tallar y cazar, confeccionaban su propia ropa y excavaban sus cuevas. Desde entonces la tecnología y el dominio del hombre sobre el medio natural han avanzado a un ritmo sorprendente. Hace un siglo, los escritores se referían con preocupación a la intrusión de la tecnología en la cotidianeidad, y recurrían a la imagen de una máquina en el jardín, una máquina que era capaz de cambiar radicalmente nuestro entorno natural. Hoy en día, la máquina no solo se ha apoderado del jardín sino que existe el temor legítimo de que vaya a ser la causa de su destrucción.
Esta cuestión debería ser motivo de gran preocupación: los entornos naturales son sumamente beneficiosos para la salud. Con los avances de la neurociencia, a un ritmo vertiginoso, los investigadores han descubierto aspectos funcionales de la intrincada anatomía y fisiología del cerebro humano, lo que permite obtener una imagen mucho más clara de los factores medioambientales que influyen en la salud mental y cognitiva. Hasta el momento, los resultados indican que hemos subestimado por completo la manera en que el cerebro humano recibe la influencia del entorno físico y, en particular, del agua, la vegetación y los animales. (Y a eso nos referimos cuando hablamos de la naturaleza: el entorno no edificado y no sintético: vistas, sonidos, aromas, ríos, océanos, plantas, animales y luz en una forma lo más cercana posible a aquella de la que evolucionaron.)
Sin duda, la tecnología ha contribuido a la evolución y diseminación global de nuestra especie, y, como tal, no ha recibido críticas significativas ni ha sido el blanco de ataques públicos. Pero, actualmente, el fácil acceso y la exposición prolongada a todo tipo de artilugios nos ha distanciado de la naturaleza, y lo que hemos perdido en el camino podría ser mucho más perjudicial que lo que hemos ganado. Es preciso diferenciar los dispositivos de uso personal — televisión, teléfonos inteligentes, tabletas y PC— de una larga lista de tecnología mucho más útil, desde los equipos médicos que salvan vidas hasta los frigoríficos que conservan nuestros alimentos. Aunque no somos contrarios a la tecnología (ni luditas), y entendemos que esta ha incrementado de forma inconmensurable la seguridad y la comodidad de la vida contemporánea, somos muy críticos con el tiempo que pasamos frente a cualquier tipo de pantalla. La falta de contacto con la naturaleza está promovida, al menos en parte, por la atracción que sentimos hacia el infoentretenimiento que nos ofrecen las pantallas comerciales: la atracción por la pantalla y los videojuegos, la llamada videofilia, es enorme.
El distanciamiento de la naturaleza, en especial en los primeros años de la vida, parece que elimina una capa de protección contra el estrés psicológico y la oportunidad de regeneración cognitiva. Una investigación realizada en Japón sugiere, asimismo, que la falta de contacto con el medio natural puede tener efectos decisivos en el sistema inmunitario. A grandes rasgos, nuestro alejamiento de la naturaleza se asocia a una menor empatía y atracción hacia el entorno natural, así como a un menor interés por las iniciativas medioambientales y ecológicas. La sostenibilidad del planeta no depende solo de reciclar y ser buenos ciudadanos, sino de mantener, en última instancia, nuestra íntima relación con la naturaleza. Los estudios científicos demuestran que para ser verdaderamente ecologistas debemos establecer un contacto significativo con la naturaleza.
Este libro ofrece a los lectores la oportunidad de entender el impacto de la naturaleza en las personas y en la sociedad, y propone fórmulas para reincorporar la naturaleza a nuestras vidas. Presentamos investigaciones que demuestran que la exposición al medio natural se asocia a un descenso de la presión arterial y a un menor nivel de cortisol — hormona del estrés—, y de otros marcadores objetivos de estrés. Y que el contacto con la naturaleza también es responsable de un aumento de la actividad en la rama del sistema nervioso que permite mantener un estado corporal de descanso o relajación tras un esfuerzo (el sistema nervioso parasimpático).
Presentamos varias maneras para ayudar al lector o a la lectora a reconectar con la naturaleza:
•Practicar shinrin-yoku (una técnica japonesa cuyo nombre significa literalmente «baño de bosque» y que consiste en pasear por el bosque con todos los sentidos alerta). En los últimos años se han publicado numerosos estudios científicos sobre el shinrin-yoku, que demuestran que incluso los bosques urbanos provocan el efecto de un tónico mental.
•Tener plantas en el lugar de trabajo para mejorar la atención.
•Usar aceites esenciales derivados de la naturaleza, que ayudan a mantenerse alerta o a tomar un descanso reparador.
•Practicar ejercicio al aire libre, que ha demostrado ser muy beneficioso para el cuerpo y la mente.
•Tener un animal doméstico (en especial un perro o gato). La asociación entre hacerse cargo de un animal de compañía y la salud física y mental es evidente, ya que puede disminuir los niveles de hormona del estrés y mejorar otros indicadores fisiológicos relacionados.
•Volver a conectar la mente con la tierra practicando la jardinería y yendo de excursión a lugares remotos. Las terapias de horticultura y en zonas vírgenes son intervenciones efectivas para los problemas de salud mental.
•Seguir una dieta mediterránea y con productos integrales le permitirá consumir los mismos alimentos que los seres humanos han consumido a lo largo de su evolución.
Por último, examinamos tanto las raíces históricas como las actuales oportunidades para el cambio que ofrecen la ecopsicología y la ecopsiquiatría. Los profesionales de la salud que trabajan bajo la denominación general de «ecoterapia» están formando a otros facultativos, al público y a líderes influyentes sobre la importancia de la interacción con la naturaleza para la salud personal y universal. Estamos convencidos de que los ecoterapeutas serán una fuerza impulsora del cambio global.
Este libro no es un manual de psicología popular al uso, y en algunas ocasiones el análisis es algo profundo. (Hemos examinado miles de fuentes, tanto históricas como contemporáneas, y nuestra detallada lista de referencias bibliográficas puede consultarse en línea en www.yourbrainonnature.com.) Aunque nuestra intención es que el texto sea lo más sencillo y legible posible, es necesario dotar de cierta profundidad a nuestras discusiones, para poder demostrar que apagar las máquinas y salir al aire libre tendrá repercusiones a largo plazo para los seres humanos y para la supervivencia del planeta en general. Nuestro exhaustivo análisis con perspectiva histórica permite entender los mecanismos por los que el contacto con la naturaleza repercute en la salud personal, comunitaria y global.
La colaboración entre un médico con una formación convencional y un naturópata es poco frecuente; es de esperar que nuestra distinta procedencia y formación ofrezcan una perspectiva única e inclusiva. La atención que los médicos han dedicado a estos aspectos es excepcional, pero la aplicación del poder terapéutico de la naturaleza (vis medicatrix naturae, en latín) debería ser aceptada por todos los profesionales de la salud, tanto por los convencionales como por los que practican una medicina alternativa. A medida que las ciudades se expanden en todo el mundo, aumenta la importancia de los espacios verdes para la salud de las personas. Esperemos que este libro sirva de modelo para un debate y para tomar decisiones en un momento de gran auge de los aparatos electrónicos. Pese al inevitable crecimiento de los centros urbanos, somos optimistas ante el futuro, un futuro brillante que implicará más vegetación y más espacios verdes.
¡A su salud!
Eva M. Selhub
Alan C. Logan
El poder curativo de la naturaleza
Beneficios de la naturaleza para el cerebro: de la intuición de la antigüedad a la resonancia magnética
El hombre es un animal que vive al aire libre. Trabaja con ahínco sentado frente a una mesa, y habla de libros de contabilidad, salones y galerías de arte, pero ese tesón es una herencia directa de sus antepasados, cuyo parentesco desprecia y de los que ha heredado y desaprovechado su vitalidad. El hombre es lo que es como consecuencia de siglos y siglos de contacto directo con la naturaleza.
Doctor James H. McBride, Journal of the American Medical Association, 1902
De niños, ambos crecimos en hogares en los que se fomentaba el contacto con la naturaleza. Los recuerdos que conservamos de nuestra infancia corroboran que el tiempo que pasamos al aire libre estaba repleto de curiosidad, fascinación y descubrimiento, además de tranquilidad, alegría y felicidad. La fragancia de los pinos y las flores; el murmullo de los riachuelos y los saltos de agua; el embate de las olas al romper sobre la arena; la visión de las luciérnagas y otras interesantes criaturas captaban toda nuestra atención. Con el paso de los años, las responsabilidades y ocupaciones de la edad adulta nos quitaron tiempo para permanecer en contacto con la naturaleza. El reconocimiento y el recuerdo inmediato de sus beneficios quedaron eclipsados por nuestros esfuerzos por medrar en un mundo dominado por la tecnología. Los agentes estresantes, las ansiedades personales y las abrumadoras exigencias de la vida contemporánea nos han permitido recuperar finalmente los aspectos medicinales de la naturaleza mediante una investigación sobre la validez científica de estos recuerdos infantiles.
La pauta de nuestra estrecha relación con el medio natural durante la infancia y el posterior distanciamiento en la edad adulta refleja en cierta forma la evolución de la civilización occidental: a medida que la sociedad ha ido evolucionando, nos hemos distanciado de la naturaleza, y hemos dado mayor importancia a las tareas tecnológicas y a nuestras propias creaciones. Sin embargo, las crecientes evidencias científicas ponen de manifiesto que, al alejarnos del medio natural, no solo nos hemos distanciado de las preocupaciones medioambientales sino que nos arriesgamos a perder el contacto con una de las herramientas más esenciales para la salud mental: la naturaleza. Ambos tenemos la suerte de tener recuerdos infantiles en los que la naturaleza ocupa un lugar preponderante. Estas experiencias nos han permitido reconocer y apreciar el valor y la importancia de la protección medioambiental. Sin embargo, ¿qué ocurriría si no tuviéramos estos recuerdos? ¿Qué ocurriría si nuestras experiencias infantiles y nuestra relación con el medio natural se basaran exclusivamente en imágenes pixeladas extraídas de una pantalla? Negándonos la posibilidad de interactuar con la naturaleza, corremos el riesgo de ignorar una parte vital de nuestra herencia, una realidad que, irónicamente, gracias a los avances en tecnología médica, ahora podemos ver con mayor claridad.
LA BIOFILIA: UNA CONEXIÓN ESENCIAL DE LA HUMANIDAD CON LA NATURALEZA
A lo largo de la historia, el contacto del hombre con la naturaleza ha dejado una huella indeleble, una fuerza que nos impulsa a sentir afinidad por todos los seres vivos (tanto plantas como animales). Nuestra conexión con la naturaleza está en nuestro ADN: esta sería la esencia de la hipótesis de la biofilia. La «biofilia» fue definida por primera vez en los diccionarios médicos de la primera década del siglo XX como «el instinto de supervivencia» o «el impulso instintivo a permanecer vivo». En 1980, Edward O. Wilson, biólogo de Harvard, señaló que la biofilia era una «afiliación emocional innata de los seres humanos respecto a otros organismos vivos». Wilson no consideraba que la afiliación del hombre con la naturaleza se derivara de la experiencia individual o de una idea romántica, ni tampoco la entendía como un subproducto de la atracción de los norteamericanos por lo natural. Más bien pensaba que era un hilo común a todas las culturas, un fenómeno que ha sido confirmado por varios grupos de científicos que han determinado que la preferencia por ciertos aspectos de la naturaleza es un elemento cultural universal: paisajes con árboles (aunque no demasiado compactos), vistas que ofrecen una buena panorámica o cierto grado de vigilancia sobre el terreno, la presencia de agua dulce y la diversidad de plantas y animales.
Wilson extendió su definición de «biofilia» al plano emocional, porque consideraba que la naturaleza ejercía una influencia única en la mente humana y que podía afectar a aquellos aspectos de los que se ocupan los profesionales especializados en salud mental: la cognición y el comportamiento. El amplio punto de vista de Wilson sigue coincidiendo, en buena parte, con la definición original de «biofilia», porque estas reacciones cognitivas y actitudinales innatas al medio natural garantizan la supervivencia: nos acercan al agua, a la nutrición y a la vivienda adecuada, y nos ayudan a escapar de los depredadores. Se ha demostrado, por ejemplo, que nacemos con una predisposición a sentir miedo de los reptiles y las arañas, aunque nunca hayamos estado en su presencia. Algunos estudios experimentales han demostrado que la respuesta fisiológica al estrés se desencadena incluso cuando el individuo no es consciente del peligro. Los investigadores utilizan ingeniosas técnicas de ocultación para enseñar imágenes de estímulos potencialmente amenazadores (como una araña) de forma muy rápida (solo 30 milisegundos) junto con imágenes neutras, de modo que el sujeto examinado no percibe conscientemente el estímulo amenazante. Se observa una marcada respuesta al estrés ante estos estímulos, y se han realizado estudios que indican que este temor «ancestral» está muy arraigado y es más resistente que amenazas modernas como las armas u objetos neutros como las setas o las flores.
Científicos de la Universidad de California, en Santa Bárbara, han identificado otros elementos que corroboran la hipótesis de la biofilia. Para ello pidieron a una serie de individuos que detectaran los cambios realizados en fotografías de animales y en imágenes de vehículos y objetos inanimados. Podríamos suponer que la exposición diaria al tránsito rodado nos ha preparado para discernir mejor imágenes de vehículos que de animales, ya que estos representan una mayor amenaza para la vida contemporánea. Sin embargo, al parecer, la capacidad para observar visualmente a los animales —una habilidad esencial para el cazador-recolector— sigue vigente en el adulto acostumbrado a vivir frente a la pantalla, una realidad que no sirve de mucho cuando se intenta, a la vez, andar y enviar un mensaje de texto en una zona metropolitana. Esto es lo que Wilson propuso respecto a la biofilia: el contacto con la naturaleza ha modelado el cerebro humano, y, como tal, lo ha equipado para una visión determinada, una visión que «persiste de generación en generación, atrofiada y manifestada de forma irregular en los nuevos entornos artificiales en los que la tecnología ha catapultado a la humanidad». Puede haber cierta atrofia en nuestro mundo de hoy, pero la respuesta biofílica sigue estando ahí… aunque esté infravalorada.
En 2010, un grupo de psicólogos de la Universidad de Virginia pusieron de relieve lo innatas que son las respuestas del ser humano ante la naturaleza: los recién nacidos muestran signos de temor cuando se les expone a amenazas naturales para las que nunca han sido preparados culturalmente. Cabe destacar que la exposición subliminal a las arañas desencadena una actividad en la amígdala cerebral (dos estructuras cerebrales en forma de almendra repetidamente asociadas al miedo). Aunque estos temores pueden amplificarse mediante el aprendizaje social (y quizá viendo películas como Aracnofobia a una edad demasiado temprana), la detección cerebral de antiguas amenazas de origen natural parece que está escrita en nuestro código genético. Aunque la afiliación de la humanidad con la naturaleza puede amplificarse a través del aprendizaje social y el romanticismo, la naturaleza parece activar nuestro cerebro tal como activaba el de nuestros antepasados. Por ejemplo, en varios estudios se ha demostrado que los sujetos prefieren contemplar paisajes naturales antes que vistas urbanas o con edificios, incluso cuando pueden visualizarlas en tan solo una décima de segundo; de hecho, cuanto más rápida es la presentación de imágenes de la naturaleza en otros entornos, mayor preferencia muestran los sujetos por los paisajes naturales en comparación con las imágenes con lugares con edificaciones.
LA NATURALEZA: EL ABANDONO DE UNA ANTIGUA HERRAMIENTA TERAPÉUTICA
Hace mucho tiempo que los médicos de distintas tradiciones, desde la medicina ayurveda del subcontinente índico hasta la medicina tradicional china, abogan por la exposición a la naturaleza como herramienta terapéutica. En estos sistemas sanitarios se considera que los elementos naturales —montañas, árboles, plantas y cursos de agua en entornos naturales— están llenos de energía, una fuerza vital que puede transferirse a las personas para la promoción de la salud. Cuando los seres humanos iniciaron la transición de la vida rural a las civilizaciones urbanas, se hizo hincapié en los beneficios medicinales de la naturaleza. Por ejemplo, los registros de los primeros filósofos y terapeutas romanos, como Cornelio Celso, revelan que pasear por el jardín, tener habitaciones bien iluminadas, permanecer cerca del agua y realizar otras actividades en contacto con la naturaleza eran elementos importantes de los planes estandarizados para promover la salud mental y el descanso.
La noción de naturaleza virgen como reconstituyente mental ganó popularidad en la Norteamérica de mediados a finales del siglo XIX. También en este caso los principales impulsos fueron la rápida expansión de las ciudades y la idea de que la Revolución industrial, con fábricas mal iluminadas y ventiladas y viviendas atestadas, contribuía a propagar las enfermedades mentales. En la década de 1800, escritores como Henry David Thoreau y el naturalista John Muir manifestaron su preocupación por la vida urbana y otorgaron a la naturaleza un papel esencial para la salud y el bienestar. Para Thoreau la naturaleza era un tónico calmante y un impulsor de creatividad, un lugar «donde mis nervios recuperan el equilibrio, y mis sentidos y mi mente desempeñan su función». Muir observó que «las personas cansadas, nerviosas y demasiado civilizadas» podían experimentar una especie de «despertar» al entrar en contacto con la naturaleza. En la ponencia pronunciada en el congreso anual de la Asociación Americana de Medicina en 1898, el doctor Frederic S. Thomas vinculó el alto índice de trastornos mentales con el estrés de la civilización moderna. La estimulación excesiva, el ruido, el humo y el mal olor actuaban, según él, sobre una predisposición heredada. Frederick Law Olmsted, arquitecto paisajista y figura clave en el desarrollo de los parques nacionales estadounidenses, estaba convencido de que los parques tenían un impacto beneficioso en la salud mental. En su informe federal sobre el estatus del Parque Nacional Yosemite, de 1865, afirma: «Si analizamos el efecto que producen en la mente los paisajes bellos, y consideramos la íntima relación de la mente con el sistema nervioso y con toda la economía física, así como el proceso de acción-reacción que tiene lugar constantemente entre las condiciones mentales y corporales, se entiende perfectamente la regeneración que supone contemplar estos paisajes». Este informe señala que la inmersión en la naturaleza promueve la salud, el vigor y la inteligencia, y que «no solo es un placer en el presente sino que incrementa la capacidad para la felicidad futura y los medios para garantizarla». Aunque no se proponía como un remedio para las enfermedades mentales, el contacto con la naturaleza se describía como un medio para reducir «la excitabilidad mental y nerviosa, el mal humor, la melancolía o la irascibilidad», principales factores que debilitan el funcionamiento mental óptimo.