Czytaj książkę: «Las sombras de la Transición»

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LAS SOMBRAS

DE LA TRANSICIÓN

EL RELATO CRÍTICO

DE LOS CORRESPONSALES EXTRANJEROS

(1975-1978)

LAS SOMBRAS

DE LA TRANSICIÓN

EL RELATO CRÍTICO

DE LOS CORRESPONSALES EXTRANJEROS

(1975-1978)

Marcel Mauri, Ruth Rodríguez-Martínez,

Tobias Reckling, Francesc Salgado, Christopher Tulloch

Jaume Guillamet (ed.)

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente,ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información,en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico,electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© Los autores, 2016

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2016

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es publicacions@uv.es

Ilustración de la cubierta: Prensa internacional

Maquetación: Textual IM

Corrección: Pau Viciano

ISBN: 978-84-9134-034-8

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN: «MISSION TO MADRID»

I. ADIÓS ADELANTADO A FRANCO

El general Franco cierra el camino

El príncipe que no dice nada

El hombre que finalmente murió

II. DUDAS SOBRE EL REY

El último bastión contra el monarca

El desafío catalán

Un vacío peligroso

Un rey para la democracia

III. HABILIDAD DE SUÁREZ

Amnistía limitada

Amenaza terrorista a la reforma

España da el paso

IV. ELECCIONES BAJO PRESIÓN

Vía tempestuosa hacia la democracia

La fase más delicada de la transición

Tan limpias como se puede esperar

España ha escogido el centro

V. CONSTITUCIÓN MAL CERRADA

Reservas entre los Nueve

El ejemplo catalán

La complejidad del problema vasco

Un aniversario silencioso

Sí, pero

EPÍLOGO: LA LLAMADA DE EUROPA

APÉNDICES

Listas de corresponsales, enviados y articulistas

Otros periodistas y articulistas citados

Cronología de la Transición

Índice onomástico

INTRODUCCIÓN: «MISSION TO MADRID»

Martha Gellhorn regresó a Madrid tras la muerte de Franco, producida el 20 de noviembre de 1975. Con 67 años cumplidos, la legendaria corresponsal estadounidense esperaba revivir las emociones de la Guerra Civil, que cubrió junto al que más tarde sería su marido, Ernest Hemingway, y otros célebres reporteros como John Dos Passos, André Malraux, Herbert Matthews o Robert Capa. Gellhorn Esperaba encontrar más acción en las tensiones políticas y sindicales de las primeras semanas de la Monarquía. En vano le pedía a Tom Burns Marañón,1 por entonces joven reportero hispano-británico de la agencia Reuters, que la llevara a la cárcel de Carabanchel y a todas las manifestaciones.

No fue el único caso. Otros periodistas extranjeros llegaron a España con el temor a que se desencadenarban duros enfrentamientos, incluso una nueva guerra civil. Varios corresponsales estadounidenses llegaron directamente desde la larga guerra de Vietnam, que estaba tocando el final. James M. Markham (The New York Times), tras pasar por Laos, Tailandia, Camboya y Beirut, se hizo cargo de la delegación en Madrid, como relevo de Henry Giniger, que antes había estado en México y Chile, donde cubrió el golpe de Pinochet, en 1973. A la misma delegación se incorporó el alemán Henry Kamm, fogueado en Asia y África, mientras que Flora Lewis, otra veterana de Vietnam y las guerras arabo-israelíes, viajó como refuerzo desde la corresponsalía en París.

Uno de los veteranos de Vietnam de más renombre fue Malcolm Browne, antiguo jefe de la delegación de Associated Press en Saigón. Junto con Peter Arnett, Neil Sheehan (United Press International) y David Halberstam (The New York Times) formaron el llamado «Vietnam brat pack» o banda de revoltosos de Vietnam, acusada por el Pentágo de haber «perdido la guerra» para los Estados Unidos. Pese a ello, obtuvo un premio Pulitzer, que añadió al premio World Press Photo de 1963 por la imagen de la auto-inmolación del monje budista Thích Quảng Dúc. Tras salir de Saigon, Browne viajó a Suramérica antes de ser enviado en otoño de 1975 a cubrir la enfermedad definitiva de Franco.

Diversos corresponsales norteamericanos y europeos en los inicios de la Transición procedían de otras zonas calientes del globo. Jim Hoagland (The Washington Post) procedía de Beirut y la guerra del Líbano y antes había recibido un premio Pulitzer por sus reportajes sobre el régimen de apartheid sudafricano. Paolo Bugialli2 (Corriere della Sera) había estado en Oriente Medio y África, y Mimmo Càndito (La Stampa) en los disturbios de Irlanda del Norte.

Marcel Niedergang (Le Monde), que ya había comenzado a ocuparse de España, era especialista en Latinoamérica, como Richard Gott (The Guardian), que había estado también en Chile. John Hooper, del mismo diario, se había estrenado en la Guerra Civil de Nigeria y la invasión turca de Chipre tras un golpe de estado pro-griego. Los enviados a la revolución portuguesa de abril de 1974 viajaron a menudo desde Lisboa durante los últimos meses de vida de Franco, como James MacManus y Peter Niesewand (The Guardian) o, más tarde, Jimmy Burns y Diana Smith (Financial Times).

Un total de 419 corresponsales y enviados de todo el mundo –incluyendo agencias, prensa, radio y televisión– se acreditaron ante el Ministerio de Información y Turismo3 para asistir al funeral de Franco, el 23 de noviembre de 1975. Se puede estimar entre 120 y 140 el número de los periodistas acreditados permanentemente hasta junio de 1977, fecha a partir de la cual no se dispone de datos. Como en 1936, España volvía a estar en el foco de la atención internacional. España volvía a ser noticia, evocando el título dado por José Mario Armero al primer libro4 sobre el papel de los corresponsales extranjeros en la Guerra Civil, publicado en 1976. A medida que pasaron las semanas fue cundiendo la esperanza que esta vez la noticia sería positiva.

La extraordinaria afluencia de corresponsales durante la Guerra Civil fue un paréntesis excepcional de la limitada atención que la prensa internacional concedió tradicionalmente a España. A partir de 1939, sólo las agencias internacionales mantuvieron oficinas abiertas en Madrid y los grandes diarios se valieron de corresponsales locales (stringers) o de enviados especiales cuando la ocasión lo requería.

El 22 de julio de 1969, el nombramiento por las Cortes del príncipe Juan Carlos de Borbón como sucesor de Franco a título de rey abrió una expectativa sobre el futuro del régimen, en conflicto con la legitimidad dinástica encarnada en la persona de su padre Juan de Borbón, el heredero de Alfonso XIII. El 20 de diciembre de 1973, el espectacular asesinato por ETA del almirante Luis Carrero Blanco, en quien unos meses antes Franco había delegado por primera vez la presidencia del Gobierno, despertó el temor a la inestabilidad. El 2 de marzo de 1974, la ejecución de las penas de muerte a Salvador Puig Antich y Heinz Chez, en Barcelona y Tarragona, indicaron un endurecimiento del régimen.

El 9 de julio de 1974, la primera enfermedad de Franco y su substitución temporal por el príncipe como Jefe del Estado, de 19 de julio a 31 de agosto, activó la llegada a Madrid de corresponsales y enviados. El 27 de septiembre de 1975, la ejecución de cinco penas de muerte a miembros de ETA y FRAP sumió a España en una crisis internacional que preludiaba serias dificultades ante la muerte del Caudillo, que se produjo dos meses más tarde, tras una larga agonía y en medio de los pesimistas augurios de la prensa internacional.

Las principales agencias internacionales de noticias –AP, UPI, Reuters y Agence France Press– reforzaron su presencia, junto a la llegada de reporteros de una docena de agencias nacionales, tan dispares como la cubana Prensa Latina, la china Xinjua, la DPA alemana, la polaca PAP, Plus Ultra de México, la japonesa Kyodo, la húngara MITI, la agencia oficial de Arabia Saudita y, cómo no, la soviética TASS. Llegaron asimismo, equipos de radio y televisión de las CBS, NBC y ABC estadounidenses, la RAI italiana, las cadenas públicas holandesas, portuguesas y suecas, la BBC, la RTF francesa y la ZDF alemana entre otros.

El más conservador y de mayor difusión de los diarios británicos, The Daily Telegraph, envió a Harold Sieve a Madrid, donde ya estaban los alemanes Walter Haubrich (Frankfurter Allgemeine Zeitung) y Friedrich Kassebeer (Suddeutsche Zeitung), el holandés Kees van Bemmelen (De Telegraaf) o el británico Gordon Martin (BBC). Otros diarios contaban con la colaboración de stringers de largo recorrido como Harry Debelius5 (The Times), Bill Cemlyn-Jones6 (The Guardian), José Antonio Novais (Le Monde), Miguel Acoca (The Washington Post) y Richard Mowrer (Christian Science Monitor de Boston y Chicago Daily News) o con un veterano especialista como Jacques Guillemé-Brûlon7 (Le Figaro). En los meses siguientes, los principales diarios se aseguraron de estar en condiciones de seguir e interpretar sobre el terreno el proceso de cambio en España, creando corresponsalías fijas o mandando periódicamente enviados especiales, a veces de alto rango en las redacciones. Revistas semanales, tan numerosas en la época, y emisoras de radio y televisión se esforzaron en la elaboración de reportajes sobre el despertar a la democracia de los españoles.

Si, cuarenta años antes, los nombres más importantes del periodismo mundial se podían encontrar al sur de los Pirineos y «los españoles eran muy conscientes de ello y estaban orgullosos de su fama», en palabras del hispanista británico Hugh Thomas,8 algo parecido puede decirse del final del régimen surgido de la Guerra Civil. Si el papel de los corresponsales extranjeros fue tan importante en la Guerra Civil española,9 hubo de serlo también durante la Transición. Esta hipótesis está en la base del proyecto de investigación10 de cuyos resultados surge ese libro, con la consideración clara que el papel de los corresponsales y enviados hubo de ser esta vez bien distinto.

La Guerra Civil fue la última batalla ideológica del periodismo internacional, en palabras de Knightley,11 con los corresponsales apoyando a uno u otro bando y en ocasiones yendo más allá de su función informativa, en un mundo crecientemente polarizado que desembocaría muy pronto en la Segunda Guerra Mundial. Cuatro decenios más tarde, bajo la hegemonía de un periodismo más informativo, en un mundo inmerso aún en la Guerra Fría y con las potencias occidentales interesadas en la incorporación de España al grupo de las democracias, el comportamiento había de ser más profesional y unívoco. En la memoria política y periodística de la Transición, así como en la interpretación de los historiadores, el papel de la prensa extranjera resulta relevante en tres aspectos principales: informó y opinó con más libertad que la prensa española, ofreció a públicos y gobiernos del exterior la información del proceso y expresó su apoyo al cambio, matizado por frecuentes críticas y reproches.

Los condicionamientos existentes sobre la prensa española eran aún importantes. Aunque tras la coronación del rey Juan Carlos aparecieran nuevos periódicos y revistas y comenzara a respirarse un ambiente de libertad, la Ley de Prensa e Imprenta de 1966 continuó plenamente vigente hasta la víspera de las primeras elecciones democráticas. Las modificaciones introducidas para poder llevarlas a cabo con ciertas garantías afectaron solamente a dos artículos de dicha ley, el 2 y el 69. Con su derogación por el real decreto de 1 de abril de 1977, se suprimieron las limitaciones a la libertad de prensa proclamada en el artículo 1, con tres excepciones sensibles: el respeto debido a la Monarquía, a la unidad nacional y a las Fuerzas Armadas. Siguió en vigor el resto de disposiciones de control gubernativo y administrativo sobre la autorización y publicación de periodicos y se introdujo una regulación de los delitos de injurias y calumnias en período electoral, conocida como ley anti-libelo.

La absoluta mayoría de periódicos provenía del franquismo y en la mayor parte de provincias se publicaba un único diario perteneciente a la Prensa del Movimiento. La Ley de Prensa no regía para la información de radio y televisión, que seguían dependiendo directamente del Gobierno. Más allá de las limitaciones vigentes y el control oficial sobre la prensa, había la actitud prudente de los periódicos ante las dificultades del proceso político, su apoyo al Gobierno y a los partidos nacientes, principalmente los surgidos del propio régimen, así como la complicidad con la restablecida Monarquía, cuya forja ha sido mostrada por Ricardo Zugasti.12

INFORMACIÓN VIGILADA

Como han explicado, entre otros, William Chislett13 y Walter Haubrich,14 la labor de los corresponsales fue seguida siempre de cerca por el Ministerio de Información y Turismo. Incluso Jacques Guillemé-Brûlon, «uno de los corresponsales extranjeros mejor informados de España»,15 que había entrevistado para Le Figaro al Generalísimo Franco, a Juan de Borbón y al príncipe Juan Carlos, fue expulsado de España en 1966 por criticar el estilo totalitario del ministro Manuel Fraga Iribarne. En otro caso, el abad de Montserrat Aureli Maria Escarré tuvo que salir de España y cesar en su cargo tras una entrevista concedida a José Antonio Novais para Le Monde, el 14 de noviembre de 1963.16

La prensa extranjera no sufría las restricciones de la legislación española, «pero tenía que lidiar con ellas, por constituir el entorno de su trabajo», ha explicado Chislett, que se estrenó en España la primavera de 1976 y sabía que los teléfonos eran objeto de escucha, por lo que había que tratar personalmente con las fuentes de la oposición ilegal. El Gobierno siguió valiéndose de lo que el corresponsal de The Times califica como «censura comercial», ya que controlaba la distribución de las publicaciones extranjeras en España a su llegada al aeropuerto de Madrid. «A continuación, los artículos que se referían a España se traducían y se entregaban a altos funcionarios, incluyendo, en algunos casos, al ministro, para que éstos tomasen la decisión de permitir su venta en quioscos», tras lo que se autorizaba o no el reparto.

«Otra táctica era permitir la distribución, pero retrasándola varios días; era poco probable que un periódico publicado un lunes se vendiera bien un jueves». Según Chislett, The Times, Le Monde, Süddeutsche Zeitung y Frankfurter Allgemeine se vieron especialmente afectados por esta medida, y sus corresponsales acordaron publicar al final de cada mes el número de días en los que se había prohibido la distribución de sus publicaciones. «Esta decisión desagradó enormemente al Gobierno, que pretendía que en el extranjero se creyera que en España podía distribuirse la prensa extranjera sin restricciones».

Harry Debelius, que fue presidente de la Asociación de Corresponsales Extranjeros desde 1975 a 1992, temía el castigo del Gobierno a sus colegas y representados. Temió por sí mismo cuando ABC le acusó de haber participado en una «campaña de propaganda en contra de la unidad de España», tras publicar en portada de The Times que el movimiento clandestino vasco seguía muy de cerca el servicio en español de la BBC durante el estado de excepción impuesto en verano de 1975 en Vizcaya y Guipúzcoa, evocando la importancia que las emisiones británicas tuvieron durante la Segunda Guerra Mundial para quienes se resistían al nazismo.

La mera asistencia a una manifestación pro-vasca podía resultar una actividad peligrosa. Chislett también relata la cobertura en Vitoria de la primera celebración legal del Aberri Eguna desde la Guerra Civil, en mayo de 1977, en que algunos periodistas extranjeros resultaron heridos en la línea de fuego:

un cámara belga fue disparado en el pecho por una bala de goma; Gordon Martin, corresponsal de la BBC, estaba en un apartamento, con su micrófono en una mano y un vaso de whisky en la otra, cuando la policía disparó a su ventana. Se quedó con el micrófono y el cristal del vaso hecho añicos. Cuando un grupo de periodistas intentó entregar una carta de protesta al gobernador civil de Vitoria, la policía les denegó la entrada, y uno de los agentes les dijo: «Ustedes ya tienen democracia en su país, pero no en España», añadiendo «me sale de las narices».

Los contactos con militantes vascos se llevaron a cabo con mucho secreto. Chislett relata como el recuerdo profesional más duradero de la época su encuentro en el club de golf de Biarritz con el terrorista José Miguel Beñarán Ordeñana («Argala»), el hombre que detonó la bomba de control remoto que mató a Carrero Blanco. Era difícil comprar prensa extranjera en el País Vasco si llevaba noticias sobre ETA. Un mes antes del funeral de Franco, Joel Leslie Gandelman, enviado especial del Chicago Daily News y Newsweek, fue obligado a abandonar España por haber escrito sobre las ejecuciones del 27 de septiembre y la supuesta tortura policial de separatistas vascos. Este incidente fue interpretado como un aviso muy serio al cuerpo de corresponsales extranjeros y su tratamiento de la cuestión vasca.

Walter Haubrich recuerda que la policía registró a menudo su oficina de Frankfurter Allgemeine Zeitung, le fue confiscada su acreditación y recibió amenazas constantes de enfrentarse a un pelotón de fusilamiento de la Guardia Civil. «Los corresponsales teníamos presiones, pero no censura (...) el Ministerio de Información y Turismo me amenazó con expulsarme por lo menos diez veces». En julio de 1974, el corresponsal alemán ofreció su casa para la constitución de la Junta Democrática, promovida por el Partido Comunista de España, el Partido Socialista Popular y el Partido Carlista.

En París se iba a anunciar a una hora concreta que en Madrid se había creado esa unión de fuerzas de la oposición. Cuando llegamos al sitio donde se iba a hacer, las Cuevas de Sésamo, estaba la policía en la esquina. El reloj corría y no podía ser que se anunciara en París lo que en realidad no había ocurrido todavía en Madrid, así que ofrecí mi casa.

Ese mismo año, Haubrich presentó personalmente a los corresponsales extranjeros en Madrid a Isidoro, apodo con el que se conocía en la clandestinidad a Felipe González, secretario general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Al holandés Kees van Bemmelen17 (De Telegraaf), llegado a Madrid en 1962, le confiscaron en una ocasión su credencial de periodista porque, según Novais, su nombre figuraba en una lista negra de «los enemigos de España». Sobre esta cuestión, Van Bemmelen acusó a algunos corresponsales de liberarse de la presión del sistema aceptando apartamentos o sobres de dinero a cambio de publicar artículos que ensalzaban el Régimen franquista.

Las carpetas correspondientes al Ministerio de Información y Turismo del Archivo General de la Administración contienen más informaciones sobre el control gubernamental de los corresponsales y las represalias ejercidas. El Club Internacional de Prensa de Madrid, presidido por José Mario Armero, era un lugar de encuentro entre periodistas españoles y extranjeros y personalidades de la vida pública. Allí se celebraron frecuentes reuniones con figuras relevantes de la oposición y actos públicos que no siempre fueron autorizados, lo que llevó a su directiva a protestar ante el Ministerio de Información y Turismo por las dificultades puestas a su funcionamiento.18

Antes de la muerte de Franco, el incidente más sonado fue protagonizado por el intelectual izquierdista francés Regis Debray –que había entrevistado y colaborado con Che Guevara–, el actor Yves Montand y el escritor Michel Foucault, al celebrar una rueda de prensa en Madrid para protestar por las once condenas de muerte dictadas en septiembre de 1975, de las que se ejecutarían cinco. El acto fue interrumpido por policías de paisano y todos los presentes fueron arrestados. Los franceses fueron deportados y los veinticinco periodistas presentes registrados antes de quedar en libertad. Muchas de las ruedas de prensa semi-clandestinas fueron presenciadas por policías vestidos de calle, así como diversas charlas celebradas por corresponsales en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid.

Luigi Sommaruga del diario romano Il Messaggero fue expulsado de España cinco días antes del funeral de Franco por divulgar en sus crónicas «informaciones calumniosas para el Jefe de Estado» e «inexactitudes utilizadas por la propaganda de grupos clandestinos claramente subversivos que constituyen atentados a la paz pública española». Sommaruga se negó a subir a un avión y, en consecuencia, fue conducido a la frontera de Irún. De modo similar, el ya citado Joel Leslie Gandelman fue obligado a abandonar España por sus «actividades personales». En declaraciones a Reuters, Gandelman dijo que «es la cosa más ridícula que he oído nunca».19

Desde la «Difusión Informativa de la Dirección General de Coordinación» se editaba un boletín interno diario titulado «Visión Informativa de las agencias extranjeras». Se hacía además un resumen de los programas radiofónicos y televisivos titulado «España vista desde el extranjero», con una valoración de los contenidos de textos y guiones por si mostraban actitudes o líneas editoriales hostiles hacia el régimen. Los funcionarios del ministerio de Información y Turismo –en conjunción con los agregados de información del cuerpo consular– redactaban también informes para calibrar la afiliación ideológica de los medios internacionales con el título de «La significación política de la prensa extranjera». En ellos se clasificaba los diarios en tres grupos –«independientes», «conservadores» y «liberales»– y se intentaba resumir su postura ante el Gobierno español.

A modo de ejemplo, se explicaba que Corriere Della Sera era de tendencia liberal-conservadora y de

una línea masónica que ha sobrevivido al fascismo durante cuya etapa fue también el más importante periódico italiano. Se acomoda, pues, a todas las circunstancias (...) Actitud hacía España: mesurada, discreta, objetiva: puede considerarse buena.

La Stampa era definida en los siguientes términos:

Periódico de la FIAT. Centro-izquierda. Su director es Giulio de Benedetii que, a pesar de sus 75 años, lo lleva con «mano de hierro». Nuestro contacto con de Benedetti es muy reciente pero consideramos la entrevista muy positiva. Su libro preferido es El Quijote (...) se siente muy solidario con el español como tipo humano (...) Actitud hacia España: discreta evolucionando hacia buena.

Las agencias informativas también estaban sometidas a calificación. La china Xinhua era «la mensajería de Mao a través del mundo, obligada a competir con las agencias capitalistas, romper su monopolio y extender su influencia en nuestro país». La soviética TASS estaba considerada como una empresa que, además, asumía funciones políticas:

Cada periodista de TASS con puesto en el extranjero ha recibido una profunda formación política e ideológica y es por tanto un activista del partido. El 85%de los periodistas de la URSS son miembros del partido, disponiendo algunos de los corresponsales de pasaporte diplomático que les facilita el ejercicio de sus misiones con cierta impunidad [...] Es una suposición nada descabellada que la agencia TASS es un posible caballo ideológico y agitador troyano.20

En vísperas de la muerte de Franco, varios equipos de televisión fueron objeto de informes negativos. Un documental de la televisión holandesa sobre «España mañana» fue duramente calificado por la Jefatura de Información por «reflejar una absoluta parcialidad» y presentar «de forma totalmente negativa al régimen español insistiendo en la creciente resistencia de toda una población (incluyéndose en ella a funcionarios de todos los niveles) que desea una moderna democracia». Un equipo de enviados especiales de la televisión sueca fue acusado de haber presentado a la «guerrilla ETA» como «campeones de la libertad en contra del terror franquista». Un presentador de un documental emitido por la televisión belga un mes antes de la muerte de Franco fue tachado de sectarismo y parcialidad, «sus preguntas fueron siempre en apoyo de su tesis personales y todas ellas de la extrema izquierda».

El informe más duro fue para un equipo de reporteros de la televisión pública portuguesa por un documental emitido a finales de setiembre de 1975, calificado como «Postura inadmisible de la TV portuguesa contra España». El consejero de información en la embajada de Lisboa hablaba de un programa donde figuró «el cantante Pi de la Serra, considerado uno de los principales luchadores del pueblo catalán que junto con el pueblo gallego y vasco luchan contra el centralismo de Madrid». En ese caso, RTVE llegó a difundir una nota lamentando la «inadmisible actitud nada amistosa de la radiotelevisión portuguesa» y su «apología del terrorismo, insultando a España, a su jefe de Estado y a su gobierno».21

La lista de periodistas de televisión con problemas con las autoridades es más larga. Michael Vermehren del segundo canal alemán ZDF fue constantemente vigilado mientras viajaba por toda España «manteniendo contactos con elementos extremistas». Paul Thahon, del canal público francés Chanel 2, fue detenido por grabar imágenes de una manifestación estudiantil. Dos periodistas de la RAI italiana fueron obligados a abandonar Madrid.

El corresponsal jefe en Europa de la BBC, Charles Wheeler, fue detenido por la policía en la Puerta del Sol en Madrid. Sólo diez días antes de la muerte de Franco, Radio Nacional de España dejó de prestar ayuda técnica a la cadena británica, alegando que algunos programas habían llegado «al límite de la injerencia en los asuntos interiores de España y habían violentado las normas más elementales de coexistencia entre los dos países».22 El entonces director, Charles Curran, declaró que la BBC difundía una «información objetiva y positiva». Incluso tras la muerte de Franco, varios miembros de un equipo francés de radio fueron agredidos tras la llegada del presidente Valéry Giscard d’Estaing al aeropuerto de Madrid para asistir a la misa de coronación de Juan Carlos I.

Tom Burns recuerda momentos de fuerte tensión, como la presión ejercida por la policía secreta cuando los corresponsales se ocupaban de la recién creada Unión Militar Democrática clandestina o de manifestaciones callejeras. En la primavera de 1976, la delegación de Reuters en Madrid recibió una llamada de las fuerzas de seguridad avisándoles que si publicara cualquier noticia referido a las manifestaciones estudiantiles en Bilbao estarían «fuera de España mañana». La agencia publicó la noticia.

El Ministerio de Información y Turismo se mostraba especialmente vigilante ante la cobertura de noticias relacionadas con el partido comunista. Ilario Fiore, corresponsal de la radio y televisión italianas fue vigilado de cerca por haber prestado servicio en Moscú y haber tenido contacto «con el periodista soviético Victor Louis considerado como un agente importante del KGB». Sólo cinco días antes de la muerte de Franco, hubo una nota informativa interna en la cual se expresaba preocupación sobre «los contactos de los corresponsales extranjeros de prensa con las organizaciones subversivas y militantes de comunismo ortodoxo». El Ministerio miraba también con recelo los contactos con representantes de los partidos y sindicatos ilegales y confisco las credenciales a William Chislett tras haber asistido a la primera rueda de prensa del PCE tras su legalizacion, en abril de 1977.

La prensa extranjera podía ser utilizada como medida de presión sobre el Gobierno, como explica Paul Preston23 a propósito de una reunión del Comité Central en Roma, el 28 de julio de 1976, que tuvo gran eco informativo y reveló por primera vez que un número significativo de intelectuales y líderes obreros eran comunistas. Santiago Carrillo advirtió por intermediarios al recién nombrado presidente Suárez que, si no se le concedía el pasaporte, celebraría una conferencia de prensa en Madrid con participación de Oriana Fallaci, Marcel Niedergang y otros corresponsales extranjeros influyentes.

El Ministerio de Información y Turismo tenía constancia de la estrecha colaboración entre jóvenes periodistas españoles y sus colegas extranjeros, como se observa en una nota interna:24

Varios de los servicios relacionados con esta oficina tienen la convicción de que la mayor parte de las noticias y comentarios hostiles al Régimen español o falsamente sensacionalistas en todo caso proceden de un pequeño grupo de periodistas españoles muy jóvenes que se encuentran al servicio de las agencias extranjeras en Madrid y que representan en términos generales lo mas radical del periodismo español. Estos jóvenes periodistas frecuentan los pasillos de las Cortes, clubs y restaurantes de moda y en su afán de hacer méritos por la vía sensacionalista son el mejor vehículo de difusión de bulos y rumores puestos interesadamente en circulación por las camarillas políticas de Madrid.

El presidente de la agencia Europa Press, José Mario Armero,25 ha dejado constancia de la relación intensa que los periodistas extranjeros tuvieron con las personalidades de la oposición.

Los conocían a todos. A través de los corresponsales se pudieron tener más contactos y más informaciones de lo que se avecinaba que a través de los propios españoles (...) En los años durante los que se prolongó la transición política, los corresponsales manejaban mucha información y muchos políticos recurrían a ellos.

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450 str. 1 ilustracja
ISBN:
9788491340348
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