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El infinito naufragio

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El infinito naufragio
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PRÓLOGO

Ante todo poeta, José Emilio Pacheco consagró su vida a la literatura, a la palabra escrita sobre la arena de los días. Fue heredero de la mejor literatura mexicana, hispánica y universal; miembro de la estirpe de poetas conscientes de que el nombre secreto del Mal es el tiempo, que todo lo consume.

El infinito naufragio, antología general de su obra, plantea un recorrido por los momentos más significativos de la poesía, narrativa y ensayística de José Emilio Pacheco. Dedicado a todos los lectores, pero en especial a aquellos que por primera vez se acercan a la literatura de uno de los autores más reconocidos en nuestro idioma, este volumen alude a la vida misma en la que cada mañana comenzamos con la ilusión de una nueva oportunidad y cada noche realizamos un balance que, no pocas veces, nos lleva a naufragar en el desencanto.

Polígrafo, su obra comprende la novela vanguardista (Morirás lejos, 1967) y la traducción de poetas de todas las latitudes y de todos los tiempos (Aproximaciones, 1984). Lo mismo abordó, otorgándole altura literaria, la más encarnizada actualidad (semana a semana durante décadas en su columna Inventario) que temas filosóficos como la fugacidad de la vida y la eterna destrucción de todas las cosas (en su obra poética, que comprende catorce volúmenes), narraciones memorables (como Las batallas en el desierto, 1981), églogas y haikus. Fue un humanista obsesionado por dotar de belleza a la vida absurda. La literatura en nuestro idioma sería incomprensible sin sus ensayos, relatos y poemas, testimonios de un escritor que, como pocos, experimentó la gravedad y responsabilidad de las palabras.

Los primeros libros de poemas de José Emilio Pacheco (Los elementos de la noche, 1963; El reposo del fuego, 1966) revelan a un autor que —como Palas— nació ataviado con los instrumentos de su arte. Dueño de una perfección formal fuera de la ordinario, Pacheco optó por cantar sobre el lado sombrío de la vida. Pocos años después, en No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), incorporaría el coloquialismo para enriquecer su reflexión sobre la Historia en poemas que “sí se entienden” (aunque tal entendimiento esté revestido de arduos retos literarios). Libro a libro, desde Irás y no volverás (1973) hasta La edad de las tinieblas (2009), la poesía de Pacheco fue ahondando en su percepción del hombre y la naturaleza, en convivencia y combate frontal contra la muerte. Sus poemas incorporan la vasta herencia poética universal lo mismo que fragmentos de crónicas, noticias de periódico y relatos. Siempre fluida y precisa, la mirada poética de Pacheco es un testimonio desolado de amor al mundo.

Poeta ejemplar, José Emilio Pacheco fue asimismo un narrador capaz de conmover mediante la fuerza del recuerdo (como en Las batallas en el desierto) y de sorprender con audacias formales, como en Morirás lejos, novela que narra el dolor de los judíos perseguidos a través de los siglos como metáfora del dolor de todos los hombres. La presente antología incluye relatos de La sangre de Medusa, 1958; El viento distante, 1963; y El principio del placer, 1972; con un divertimento tardío: “La niña de Mixcoac” (2012), un cuento fantástico: detrás de un encuentro inocente entre un niño y una niña se revela una historia oscura de violencia y locura. Sin que se le haya reconocido así, Pacheco forma parte de los narradores latinoamericanos que a finales de los años sesenta y principios de los setenta impactaron al mundo con sus novelas. Quizás el elemento que hermana todos sus relatos sea el atisbo de un mundo fantástico que asoma por los resquicios de lo real.

La sección final del libro, que reúne una treintena de artículos de Inventario (2017), refleja con claridad las múltiples apetencias intelectuales de José Emilio Pacheco. Divididos en tres secciones: Retratos (breves semblanzas de escritores inmersos en sus circunstancias históricas), Diálogos (conversaciones imaginarias de héroes, villanos, escritores y terroristas) y Temas (artículos de índole tan variada como el sándwich, las cucarachas y el Himno Nacional), los Inventarios dan cuenta del ingenioso aparato literario perfeccionado por Pacheco, que conjuga erudición y levedad, conocimiento y goce estético. La inquietud constante por el mundo aparece de forma muy marcada en estos textos que muestran la mirada aguda y la sensibilidad abierta de Pacheco. En esta sección, aunque lo mismo se encuentra en sus poemas y relatos, aparece un elemento que recorre su obra: el humor, a veces satírico, a veces irónico, nunca hiriente.

Toda antología es injusta. Siempre habrá un texto faltante o uno que sobre, según el juicio y la memoria de cada lector. Se dejó fuera, por ejemplo, Las batallas en el desierto, la célebre novela corta de Pacheco, por exceder los límites de esta edición, pero se incluye muchos otros que conforman un retrato completo de su extensa obra.

Muestra de los múltiples talentos literarios de José Emilio Pacheco, El infinito naufragio es una afirmación rotunda de la vida ante un presente que nos acecha y nos acosa con la catástrofe; un homenaje a la memoria contra el olvido, a la cultura contra la entropía, a la vida contra el tiempo.

LAURA EMILIA PACHECO

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

POESÍA

Los elementos de la noche, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1963, 72 p.

El reposo del fuego, México, Fondo de Cultura Económica, 1966, 79 p.

No me preguntes cómo pasa el tiempo, México, Joaquín Mortiz, 1969, 127 p.

Irás y no volverás, México, Fondo de Cultura Económica, 1973, 149 p.

Islas a la deriva, México, Siglo XXI, 1976, 159 p.

Desde entonces, México, Ediciones Era, 1980, 112 p.

Tarde o temprano, México, Fondo de Cultura Económica, 1980, 332 p.

Los trabajos del mar, México, Ediciones Era, 1983, 83 p.

Miro la tierra, México, Ediciones Era, 1986, 78 p.

Ciudad de la memoria, México, Ediciones Era, 1990, 58 p.

El silencio de la luna, México, Ediciones Era, 1996, 175 p.

Escenarios, con Vicente Rojo, México, Galería López Quiroga, 1996, 93 p.

La arena errante, México, Ediciones Era, 1999, 124 p.

Siglo pasado, México, Ediciones Era, 2000, 56 p.

Tarde o temprano, México, Fondo de Cultura Económica, 2009, 838 p.

Como la lluvia, México, Ediciones Era, 2009, 198 p.

La edad de las tinieblas, México, Ediciones Era, 2009, 113 p.

Circo de noche, México, Ediciones Era/El Colegio Nacional, 2010, 70 p.

Nuevo álbum de zoología, con dibujos de Francisco Toledo, México, Ediciones Era/El Colegio Nacional, 2013, 158 p.

Los días que no se nombran. Antología personal, México, Ediciones Era/ El Colegio Nacional/Universidad Nacional Autónoma de México, 2014, 420 p.

NARRATIVA

La sangre de medusa, México, Cuadernos del unicornio, 1958, 16 p.

El viento distante y otros relatos, México, Ediciones Era, 1963, 59 p.

Morirás lejos, México, Joaquín Mortiz, 137 p.

El principio del placer, México, Joaquín Mortiz, 163 p.

Las batallas en el desierto, México, Ediciones Era, 1981, 68 p.

La sangre de Medusa y otros cuentos marginales, México, Ediciones Era, 1990, 136 p.

“La niña de Mixcoac”, en Sólo cuento, compilación de Eduardo Antonio Parra, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2012.

De algún tiempo a esta parte. Relatos reunidos, México, Ediciones Era/ El Colegio Nacional, 2014, 443 p.

ENSAYO

Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil, México, Ediciones Era, 2018, 138 p.

Jorge Luis Borges, México, Ediciones Era/El Colegio Nacional, 2019, 116 p.

TRADUCCIONES

Aproximaciones, México, Penélope, 1984, 194 p.

El cantar de los cantares, México, Ediciones Era/El Colegio Nacional, 2009, 2014, 48 p.

Cuatro cuartetos, de T. S. Eliot, México, Ediciones Era/El Colegio Nacional, 2017, 191 p.

GUIÓN CINEMATOGRÁFICO

El castillo de la pureza, con Arturo Ripstein, México, Editorial Novaro, 1973, 127 p.

PERIODISMO LITERARIO

Inventario, tres tomos, México, Ediciones Era/El Colegio Nacional, 2017. I, 726 p.; II, 687 p.; III, 662 p.

Poemas

Los elementos de la noche

LA ENREDADERA

Verde o azul, fruto del muro, crece.

Divide cielo y tierra. Con los años

se va haciendo más rígida, más verde.

Costumbre de la piedra, cuerpo ávido

de entrelazadas puntas que se tocan.

Llevan la misma savia, son una misma planta

y también son un bosque. Son los años

que se anudan y rompen. Son los días

del color del incendio. Son el viento

que atraviesa la luz y encuentra intacta

 

la sombra que se alzó en la enredadera.

ÉGLOGA OCTAVA

Lento muere el verano.

En silencio se apagan sus gemidos.

Un otoño temprano

hundió verdes latidos,

árboles por la muerte merecidos.

La luz nos atraviesa.

De tu cuerpo se adueña y lo decora.

El fuego que te besa

se consume en la hora,

diluida en la tarde asoladora.

Vivimos el presente

en función del mañana y el pasado.

Pero si el día no miente,

no estaré ya a tu lado

en otro tiempo que nació arrasado.

Bajo estas soledades

se han unido el desierto y la pradera.

Y la dicha que invades

ya no te recupera

y durará lo que la noche quiera.

Creciste en la memoria

hecha de otras imágenes, mentida.

Ya no habrá más historia

para ocupar la vida

que tu huella sin sombra ni medida.

Inútil el lamento,

inútil la esperanza, el desterrado

sollozar de este viento.

Se ha llevado

el rescoldo de todo lo acabado.

Esperemos ahora

la claridad que apenas se desliza.

Nos encuentra la aurora

en la tierra cobriza

faltos de amor y llenos de ceniza.

No volveremos nunca

a tener en las manos el instante.

Porque la noche trunca

hará que se quebrante

nuestra dicha y sigamos adelante.

El oscuro reflejo

del ayer que zozobra en tu mirada

es el oblicuo espejo

donde flota la nada

de esta reunión de sombras condenada.

La llama que calcina

a mitad del desierto se ha encendido.

Y se alzará su ruina

sobre este dolorido

y silencioso estruendo del olvido.

El mundo se apodera

de lo que es nuestro y suyo. Y el vacío

todo lo hunde y vulnera,

como el río

que humedece tus labios, amor mío.

LA MATERIA DESHECHA

Vuelve a mi boca, sílaba, lenguaje

que lo perdido nombra y reconstruye.

Vuelve a tocar, palabra, el vasallaje

donde su propio fuego se destruye.

Regresa, pues, canción hasta el paraje

en que el tiempo se incendia mientras fluye.

No hay monte o muro que su paso ataje.

Lo perdurable, no el instante, huye.

Ahora te nombro, incendio, y en tu hoguera

me reconozco: vi en tu llamarada

lo destruido y lo remoto. Era

árbol fugaz de selva calcinada,

palabra que recobra en el sonido

la materia deshecha del olvido.

PRESENCIA

Homenaje a Rosario Castellanos

¿Qué va a quedar de mí cuando me muera

sino esta llave ilesa de agonía,

estas breves palabras con que el día

regó ceniza entre la sombra fiera?

¿Qué va a quedar de mí cuando me hiera

esa daga final? Acaso mía

será la noche fúnebre y vacía.

No volverá a su luz la primavera.

No quedará el trabajo ni la pena

de creer ni de amar. El tiempo abierto,

semejante a los mares y al desierto,

ha de borrar de la confusa arena

todo cuanto me salva o encadena,

Y si alguien vive yo estaré despierto.

INSCRIPCIONES

1

Muro que sin descanso pule el tiempo,

altar de piedra y polvo ya deshecho,

puerta cerrada de un jardín que nunca

ha existido o yace entre sus ruinas,

reino del musgo, losa que se yergue

contra el paso de nadie y bajo el tiempo.

2

Toda la noche se ha poblado de agua.

Contra el muro del día el mundo llueve.

3

Una vez, de repente, a medianoche

se despertó la música. Sonaba

como debió de sonar antes que el mundo

supiera que es la música el lamento

de la hora sin regreso, de los seres

que el instante desgasta a cada instante.

4

Sobre un espacio del segundo el tiempo

deja caer la luz sobre las cosas.

5

Ya devorado por la tarde el tigre

se hunde en sus manchas,

sus feroces marcas,

legión perpetua que lo asedia, hierba,

hojarasca, prisión

que lo hace tigre.

6

Cierra los ojos, mar.

Que tu mirada

se vuelva hacia la noche

honda y extensa,

como otro mar de espumas y de piedras.

El reposo del fuego

14

(Las palabras de Buda)

Todo el mundo está en llamas.

Lo visible

arde y el ojo en llamas lo interroga.

Arde el fuego del odio.

Arde la usura.

Arde el dolor.

La pesadumbre es llama.

Y una hoguera es la angustia

en donde arden

todas las cosas:

Llama,

arden las llamas,

fuego es el mundo.

Mundo y fuego

Mira

la hoja al viento,

tan triste,

de la hoguera.

No me preguntes cómo pasa el tiempo

MANUSCRITO DE TLATELOLCO

(2 DE OCTUBRE DE 1968)

1. Lectura de los “Cantares mexicanos” *

Cuando todos se hallaban reunidos

los hombres en armas de guerra cerraron

las entradas, salidas y pasos.

Se alzaron los gritos.

Fue escuchado el estruendo de muerte.

Manchó el aire el olor de la sangre.

La vergüenza y el miedo cubrieron todo.

Nuestra suerte fue amarga y lamentable.

Se ensañó con nosotros la desgracia.

Golpeamos los muros de adobe.

Es toda nuestra herencia una red de agujeros.

** Con los textos traducidos del náhuatl por Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla en Visión de los vencidos (1959).

2. Las voces de Tlatelolco* (2 DE OCTUBRE DE 1978: DIEZ AÑOS DESPUÉS)

Eran las seis y diez. Un helicóptero

sobrevoló la plaza.

Sentí miedo.

Cuatro bengalas verdes.

Los soldados cerraron

las salidas.

Vestidos de civil, los integrantes

del Batallón Olimpia

—mano cubierta por un guante blanco—

iniciaron el fuego.

En todas direcciones

se abrió fuego a mansalva.

Desde las azoteas

dispararon los hombres de guante blanco.

Disparó también el helicóptero.

Se veían las rayas grises.

Como pinzas

se desplegaron los soldados.

Se inició el pánico.

¶ La multitud corrió hacia las salidas

y encontró bayonetas.

En realidad no había salidas:

la plaza entera se volvió una trampa.

—Aquí, aquí Batallón Olimpia.

Aquí, aquí Batallón Olimpia.

Las descargas se hicieron aun más intensas.

Sesenta y dos minutos duró el fuego.

—¿Quién, quién ordenó todo esto?

Los tanques arrojaron sus proyectiles.

Comenzó a arder el edificio Chihuahua.

Los cristales volaron hechos añicos.

De las ruinas saltaban piedras.

Los gritos, los aullidos, las plegarias

bajo el continuo estruendo de las armas.

Con los dedos pegados a los gatillos

le disparan a todo lo que se mueva.

Y muchas balas dan en el blanco.

—Quédate quieto, quédate quieto:

si nos movemos nos disparan.

—¿Por qué no me contestas?

¿Estás muerto?

¶ —Voy a morir, voy a morir.

Me duele.

Me está saliendo mucha sangre.

Aquél también se está desangrando.

—¿Quién, quién ordenó todo esto?

—Aquí, aquí Batallón Olimpia.

—Hay muchos muertos.

Hay muchos muertos.

—Asesinos, cobardes, asesinos.

—Son cuerpos, señor, son cuerpos.

Los iban amontonando bajo la lluvia.

Los muertos bocarriba junto a la iglesia.

Les dispararon por la espalda.

Las mujeres cosidas por las balas,

niños con la cabeza destrozada,

transeúntes acribillados.

Muchachas y muchachos por todas partes.

Los zapatos llenos de sangre.

Los zapatos sin nadie llenos de sangre.

Y todo Tlatelolco respira sangre.

—Vi en la pared la sangre.

—Aquí, aquí Batallón Olimpia.

¶ —¿Quién, quién ordenó todo esto?

—Nuestros hijos están arriba.

Nuestros hijos, queremos verlos.

—Hemos visto cómo asesinan.

Miren la sangre.

Vean nuestra sangre.

En la escalera del edificio Chihuahua

sollozaban dos niños

junto al cadáver de su madre.

—Un daño irreparable e incalculable.

Una mancha de sangre en la pared,

una mancha de sangre escurría sangre.

Lejos de Tlatelolco todo era

de una tranquilidad horrible, insultante.

—¿Qué va a pasar ahora,

qué va a pasar?

** Con los textos reunidos por Elena Poniatowska en La noche de Tlatelolco (1971).

HOMENAJE A LA CURSILERÍA

Amiga que te vas:

quizá no te vea más.

RAMÓN LÓPEZ VELARDE

Dóciles formas de entretenerte, olvido:

recoger piedrecillas de un río sagrado

y guardar las violetas en los libros

para que amarilleen ilegibles.

Besarla muchas veces y en secreto

en el último día,

antes de la terrible separación;

a la orilla

del adiós tan romántico

y sabiendo

(aunque nadie se atreva a confesarlo)

que nunca volverán las golondrinas.

ALTA TRAICIÓN

No amo mi patria.

Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal)

daría la vida

por diez lugares suyos,

cierta gente,

puertos, bosques, desiertos, fortalezas,

una ciudad deshecha, gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

—y tres o cuatro ríos.

ENVEJECER

Sobre tu rostro

crecerá otra cara

de cada surco en que la edad

madura

y luego se consume

y te enmascara

y hace que brote

tu caricatura.

DICHTERLIEBE

La poesía tiene una sola realidad: el sufrimiento.

Baudelaire lo atestigua, Ovidio aprobaría

afirmaciones semejantes.

Y esto por otra parte garantiza

la supervivencia amenazada de un arte

que pocos leen y al parecer

muchos detestan,

como una enfermedad de la conciencia, un rezago

de tiempos anteriores a los nuestros

cuando la ciencia cree disfrutar

del monopolio eterno de la magia.

EL EMPERADOR DE LOS CADÁVERES

El emperador quiere huir de sus crímenes

pero la sangre no lo deja solo.

Pesan los muertos en el aire muerto

y él trata (siempre en vano) de ahuyentarlos.

Primero lograrían borrar con pintura la sombra

que arroja el cuerpo del emperador

sobre los muros del palacio.

AUTOANÁLISIS

He cometido un error fatal

—y lo peor de todo

 

es que no sé cuál.

NO ME PREGUNTES CÓMO PASA EL TIEMPO

En el polvo del mundo se pierden ya mis huellas;

me alejo sin cesar

No me preguntes cómo pasa el tiempo.

LI KIU LING, traducido por MARCELA DE JUAN

Al lugar que fue nuestro llega el invierno

y cruzan por el aire las bandadas que emigran.

Después renacerá la primavera,

revivirán las flores que sembraste.

Pero en cambio nosotros

ya nunca más veremos

la casa entre la niebla.

CONVERSACIÓN ROMANA (1967)

Oremos por las nuevas generaciones

abrumadas de tedios y decepciones;

con ellas en la noche nos hundiremos…

AMADO NERVO, Oremus (1898)

En Roma aquel poeta me decía:

—No sabes cuánto me entristece verte

escribir prosa efímera en periódicos.

Hay matorrales en el foro. El viento

unge de polvo el polen.

Ante el gran sol de mármol Roma pasa

del ocre al amarillo, el sepia, el bronce.

Algo se está quebrando en todas partes.

Se agrieta nuestra edad. Es el verano

y no se puede caminar por Roma.

Tanta grandeza avasallada. Cargan

los autos contra gentes y ciudades.

Centurias y falanges y legiones,

proyectiles o féretros, chatarra,

ruinas que serán ruinas.

Aire mortal carcome las estatuas.

Barbarie son ahora los desechos:

plásticos y botellas y hojalata.

Círculo del consumo: la abundancia

se mide en el raudal de sus escombros.

Pero hay hierbas, semillas en los mármoles.

¶ Hace calor. Seguimos caminando.

No quiero responder ni preguntarme

si algo escrito hoy dejará huellas

más profundas que un casco desechable

o una envoltura plástica arrojada

a las aguas del Tíber.

Acaso nuestros versos duren tanto

como un modelo Ford 69

—y muchísimo menos que el Volkswagen.