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Un paso en falso

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Z serii: Myron Bolitar #5
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8

—Ayer no fui del todo sincero contigo.

Norm Zuckerman y Myron estaban sentados solos en la última fila de las gradas. Abajo, las integrantes de los Dolphins de Nueva York practicaban cinco contra cinco. Myron estaba impresionado. Las mujeres se movían con finura y fuerza. Siendo en parte el machista que Brenda había descrito, había esperado que sus movimientos fuesen más torpes, más de acuerdo con el viejo estereotipo de «lanzar como una niña».

—¿Quieres oír algo divertido? —preguntó Norm—. Detesto los deportes. Yo, el propietario de Zoom, el rey de las prendas deportivas, detesto cualquier cosa que tenga que ver con una pelota, un bate, un aro, o algo por el estilo. ¿Sabes por qué?

Myron sacudió la cabeza.

—Siempre he sido muy malo en el deporte. Un torpe de cuidado, un «espástico», como dicen los chicos de ahora. Mi hermano mayor, Herschel, él sí que era un atleta. —Desvió la mirada. Cuando habló de nuevo, su voz era ronca—. Tan dotado, el dulce Herschel. Tú me lo recuerdas, Myron. No hablo por hablar. Todavía lo echo mucho de menos. Murió a los quince años.

Myron no necesitaba preguntar cómo. Toda la familia de Norm había sido asesinada en Auschwitz. Entraron todos, sólo Norm salió. Hoy era un día cálido, y Norm llevaba una camisa de manga corta. Myron veía el tatuaje con el número del campo de concentración y no importaba cuántas veces lo hubiera visto, siempre guardaba un respetuoso silencio.

—Esta liga —Norm señaló hacia la pista— es una apuesta a largo plazo. Lo comprendí desde el principio. Por eso vinculo tanto la promoción de la liga con las prendas. Si al final no funciona, bueno, al menos las prendas deportivas Zoom tendrán mucha publicidad. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Sí.

—Seamos sinceros: sin Brenda Slaughter, la inversión es un fracaso. La liga, los patrocinadores, las vinculaciones con las prendas, todo se va al garete. Si quieres destruir la empresa, sólo tienes que hacerlo a través de ella.

—¿Crees que alguien quiere hacerlo?

—¿Bromeas? Todo el mundo quiere hacerlo. Nike, Converse, Reebok, todos. Está en la naturaleza de la bestia. Si el zapato estuviese en el otro pie, como se suele decir, yo haría lo mismo. Se llama capitalismo. Es economía básica. Pero esto es diferente, Myron. ¿Has oído hablar de la PWBL?

—No.

—Se supone que no. Todavía. Corresponde a la Professional Women’s Basketball League.

Myron se irguió un poco.

—¿Una segunda liga de baloncesto femenino?

Norm asintió.

—Quieren ponerla en marcha el año próximo.

En la pista Brenda se hizo con la pelota y fue hacia la base. Una jugadora se levantó para bloquear el lanzamiento. Brenda hizo un amago, pasó por debajo de la canasta y lanzó de espaldas. Un ballet improvisado.

—A ver si lo adivino —dijo Myron—. Esa otra liga la está montando TruPro.

—¿Cómo lo sabes?

Myron se encogió de hombros. Las cosas comenzaban a encajar.

—Mira, Myron, es como te dije antes. Cuesta vender el baloncesto femenino. Lo estoy promocionando de mil maneras diferentes, entre los fanáticos de los deportes, las mujeres entre los dieciocho y los treinta y cinco años, las familias que quieren algo más distinguido, los entusiastas que quieren un acceso más directo a las atletas, pero al final hay un problema que esta liga nunca podrá superar.

—¿Cuál es?

Una vez más Norm señaló hacia la pista.

—No son tan buenas como los hombres. Al decir eso no estoy siendo chauvinista. Es un hecho. Los hombres son mejores. La mejor jugadora de este equipo nunca podría competir contra el peor jugador de la NBA. Y cuando las personas quieren ver deporte profesional, quieren ver a los mejores. No estoy diciendo que el problema nos destruya. Aún creo que podemos construir una buena base de público aficionado. Pero tenemos que ser realistas.

Myron se masajeó la cara. Notó que comenzaba a dolerle la cabeza. TruPro quería poner en marcha una liga de baloncesto femenino. Tenía sentido. Las agencias deportivas se estaban moviendo en esa dirección, apuntaban hacia los mercados laterales. IMG, una de las grandes agencias mundiales, organizaba los grandes torneos de golf. Si eres el propietario de un evento o llevas una liga, puedes ganar dinero de muchas maneras diferentes, por no mencionar la cantidad de clientes que puedes ganar. Si un joven golfista, por ejemplo, quiere entrar en los grandes eventos de la IMG para ganar dinero, lo natural sería que tuviese a la IMG como su representante deportivo.

—¿Myron?

—Sí, Norm.

—¿Conoces bien a los de TruPro?

Myron asintió.

—Sí, mucho.

—Tengo hemorroides más viejas que el chico al que van a nombrar inspector de la liga. Tendrías que verlo. Se acerca a mí, me da la mano y me dedica una sonrisa helada. Luego me dice que van a borrarme de la faz de la tierra. Como si nada. Hola, voy a borrarte de la faz de la tierra. —Norm miró a Myron—. ¿Están, ya sabes, vinculados?

—Se torció la nariz con el dedo índice por si acaso Myron no hubiese comprendido de dónde soplaba el viento.

—Oh, sí —repitió Myron. Luego añadió—: Y mucho.

—Fantástico. Cojonudo.

—¿Entonces qué quieres hacer, Norm?

—No lo sé. No juego al escondite, ya lo he hecho demasiado a lo largo de mi vida, pero si estoy poniendo a estas chicas en peligro...

—Olvídate de que son mujeres.

—¿Qué?

—Imagina que es una liga masculina.

—¿Crees que esto es por el sexo? Tampoco quiero poner a los hombres en peligro, ¿vale?

—Vale —dijo Myron—. ¿TruPro te ha dicho algo más?

—No.

—¿Ninguna amenaza, nada?

—Sólo ese chico y lo de que me van a eliminar. ¿Pero tú no crees que son ellos quienes hacen las amenazas?

Myron se dijo que tenía sentido. Los viejos mafiosos se habían desplazado a empresas más legítimas; ¿por qué limitarte a la prostitución, las drogas y la usura cuando había tantas otras maneras de ganar dinero? Pero incluso con la mejor de las intenciones, nunca había funcionado. Los tipos como los hermanos Ache no podían evitarlo. Comenzaban a comportarse legalmente, pero en cuanto las cosas se torcían un poco, cada vez que perdían un contacto, una venta o cualquier cosa por el estilo, volvían a las viejas maneras. No podían evitarlo. La corrupción también era una adicción terrible, pero ¿dónde encontrar grupos de terapia?

En este caso, TruPro había comprendido muy pronto la necesidad de apartar a Brenda de la competición. Así que habían comenzado a presionar. Apretarle los tornillos a su agente —su padre— y luego a la propia Brenda. Era la clásica estratagema de asustar. Sin embargo, este escenario no estaba exento de incongruencias. Por ejemplo, ¿dónde encajaba la llamada a la madre de Brenda?

La entrenadora hizo sonar el silbato que indicaba el final del entrenamiento. Reunió a las jugadoras, les recordó que debían regresar al cabo de dos horas para la segunda sesión, les dio las gracias por su dedicación y las despidió con una palmada.

Myron esperó a que Brenda se diese una ducha y se vistiese. No tardó mucho. Apareció vestida con una camiseta roja larga y tejanos negros, el pelo todavía húmedo.

—¿Mabel sabía algo? —preguntó ella.

—Sí.

—¿Tiene alguna noticia de papá?

Myron asintió.

—Dijo que se ha largado. Dos hombres se presentaron en su casa buscándole. La golpearon.

—Dios mío, ¿está bien?

—Sí.

Brenda sacudió la cabeza.

—¿De qué huye?

—Mabel no lo sabe.

Brenda lo miró, esperó un segundo.

—¿Qué más?

Myron se aclaró la garganta.

—Nada que no pueda esperar.

Ella continuó observándolo. Myron se giró para ir hacia su coche. Brenda lo siguió.

—¿Adónde vamos? —preguntó.

—Se me ocurrió que podríamos pasar por San Barnabás y hablar con el supervisor de tu padre.

Ella lo alcanzó.

—¿Crees que puede saber algo?

—Es dudoso. Pero no tenemos mucho más. Voy escarbando por aquí y por allá y espero que algo se mueva.

Llegaron al coche. Myron abrió las puertas y subieron.

—Tendría que estar pagándote por tu tiempo —comentó la muchacha.

—No soy un investigador privado, Brenda. No cobro por horas.

—De todas maneras, debería pagarte.

—Es parte del reclutamiento de un cliente —señaló Myron.

—¿Quieres representarme?

—Sí.

—No te pega mucho el rollo de las ventas o aplicar presión.

—¿Hubiese funcionado si lo hubiese hecho?

—No.

Myron asintió y puso en marcha el coche.

—Vale —dijo ella—. Tenemos unos minutos. Dime por qué debo escogerte a ti y no a uno de los grandes. ¿Servicio personal?

—Depende de tu definición de servicio personal. Si te refieres a alguien que te sigue permanentemente con sus labios firmemente pegados a tu culo, entonces no, los tipos grandes son los mejores haciendo pucheros. Tienen a personal que se encarga de ello.

—¿Entonces qué ofrece Myron Bolitar? ¿Un poco de lengua con esos labios?

Él sonrió.

—Un paquete total diseñado para maximizar tus ganancias mientras deja lugar a la integridad de una vida personal.

Ella asintió.

—Vaya rollo.

—Sí, pero suena bien. En realidad el sistema de MB Sports Reps es como un tridente. La primera punta es ganar dinero. Yo me encargo de negociar todos los contratos. Continuamente estaré buscando nuevos patrocinadores para ti y siempre que sea posible intentaré que pujen por tus servicios. Ganarás dinero jugando para la WPBA, pero ganarás muchísimo más con los patrocinadores. Tienes mucho potencial que ofrecer en ese campo.

 

—¿Como qué?

—A bote pronto se me ocurren tres razones de peso. Uno, eres la mejor jugadora femenina del país. Dos, estás estudiando medicina, quieres ser nada menos que pediatra, así que podemos aprovecharnos de todo ese rollo del modelo a seguir. Y tres, tampoco haces daño a los ojos.

—Te olvidas de una.

—¿Cuál?

—Cuatro, el eterno favorito del hombre blanco: lo bien que me expreso. ¿Alguna vez te has fijado en que nadie nunca describe a un atleta blanco como bien hablado?

—Ya que lo mencionas, sí. Por eso no lo he incluido en la lista. Pero en realidad, ayuda. No voy a entrar en el debate del inglés afro-americano y cosas por el estilo, pero si tú eres lo que se describe comúnmente como bien hablada, añade ganancias. Así de sencillo.

Ella asintió.

—Continúa.

—En tu caso necesitamos diseñar una estrategia. Está claro que tienes un gran atractivo para los fabricantes de ropa y calzado deportivo. Pero los productos alimenticios se volverán locos por ti. Las cadenas de restaurantes.

—¿Por qué? —preguntó ella—. ¿Por qué soy grande?

—Porque no eres un esqueleto —le corrigió Myron—. Eres real. A los patrocinadores les gusta lo real, sobre todo cuando viene en un envoltorio exótico. Quieren a alguien atractivo y al mismo tiempo accesible; una contradicción, pero así funciona. Las compañías de cosméticos querrán también entrar en el asunto. Podríamos conseguir un montón de contratos locales, pero no lo aconsejo al principio. Intentaremos mantenernos en los mercados nacionales mientras podamos. No vale la pena ir detrás de cada centavo. Pero eso dependerá de ti. Yo te expondré todo el abanico. La decisión final siempre es tuya.

—Vale —dijo ella—. Explícame la segunda punta del tridente.

—La punta dos es lo que haces con tu dinero después de ganarlo. ¿Has oído hablar de Lock-Horne Securities?

—Por supuesto.

—A todos mis clientes se les pide que firmen un contrato financiero a largo plazo con su director ejecutivo, Windsor Horne Lockwood III.

—Bonito nombre.

—Espera a conocerlo. Pero pregunta por ahí primero. Win está considerado uno de los mejores asesores financieros del país. Siempre insisto en que cada cliente se reúna con él cada trimestre, no por fax o por teléfono, sino en persona, para repasar su cartera de inversiones. Se aprovechan de muchos deportistas. Eso no va a ocurrir en nuestro caso, no porque Win o yo estemos vigilando tu dinero, sino porque lo vas a hacer tú misma.

—Impresionante. ¿Punta tres?

—Esperanza Díaz. Es mi mano derecha y se ocupa de todo lo demás. Mencioné antes que no soy muy bueno lamiendo culos. Es verdad. Pero la realidad de este negocio significa que utilizo muchas chaquetas: agente de viajes, consultor matrimonial, conductor de limusinas, lo que sea.

—¿Y Esperanza te ayuda con todo eso?

—Es crucial.

Brenda asintió.

—Parece como si le hubieses dado la peor parte.

—Esperanza acaba de licenciarse en derecho. —Intentó no mostrarse demasiado a la defensiva, pero sus palabras habían tocado un punto sensible—. Asume cada vez más responsabilidades.

—Vale, una pregunta.

—Dime —apuntó Myron.

—¿Me estás ocultando algo de la visita a Mabel?

Myron permaneció en silencio por un instante.

—Es por mi madre, ¿no?

—No es eso. Es sólo... —Dejó que su voz se apagase antes de hablar de nuevo—. ¿Estás segura de qué quieres que la busque, Brenda?

Ella se cruzó de brazos y sacudió la cabeza poco a poco.

—Ya está bien.

—¿Qué?

—Sé que crees que protegerme es algo loable. Pero no lo es. Es enojoso e insultante. Así que déjalo ya. Ahora mismo. Si tu madre se hubiese largado cuando tenías cinco años, ¿no querrías saber qué pasó?

Myron asintió después de meditarlo un momento.

—De acuerdo. No lo haré de nuevo.

—Bien. ¿Qué te contó Mabel?

Le hizo un resumen de la conversación con su tía. Brenda permaneció callada. Sólo reaccionó cuando Myron mencionó las llamadas telefónicas que Mabel y quizá su padre habían recibido de su madre.

—Nunca me lo dijeron —comentó Brenda—. Lo sospechaba, pero —miró a Myron— al parecer tú no eres el único en creer que no soy capaz de aceptar la verdad.

Guardaron silencio y continuaron el viaje. Antes de girar a la izquierda en la avenida Northfield, Myron se fijó en un Honda Accord de color gris en su espejo retrovisor. Al menos se parecía a un Honda Accord. A Myron casi todos los coches le parecían idénticos, y no había vehículo menos llamativo que un Honda Accord gris. No podía saberlo a ciencia cierta, pero sospechó que quizá les estaban siguiendo. Redujo la velocidad, memorizó la matrícula. Era de Nueva Jersey. 890UB3. Cuando entró en el aparcamiento del Centro Médico de San Barnabás, el coche continuó hacia delante. No significaba nada. Si el tipo que hacía el seguimiento era bueno, nunca hubiese entrado detrás de él.

San Barnabás era más grande que cuando él era niño, ¿pero qué hospital no lo era? Su padre lo había traído varias veces durante su infancia, para que le hicieran radiografías, suturas o a causa de torceduras; una vez la estancia duró diez días por fiebre reumática, cuando él tenía doce años.

—Deja que hable con ese tipo a solas —dijo Myron.

—¿Por qué?

—Tú eres la hija. Quizá pueda hablar con mayor libertad sin tu presencia.

—De acuerdo. De todas maneras tengo unos cuantos pacientes en el cuarto piso a los que estoy realizando el seguimiento. Nos encontraremos en el vestíbulo.

Calvin Campbell iba de uniforme cuando Myron lo encontró en el despacho de seguridad. Estaba sentado detrás de un mostrador vigilando varias pantallas. Las imágenes eran en blanco y negro y, por lo que Myron pudo observar, absolutamente normales. Campbell tenía los pies encima de la mesa. Se estaba comiendo un bocadillo un poco más largo que un bate de béisbol. Se quitó la gorra similar a la de la policía para dejar a la vista su pelo rizado blanco.

Myron le preguntó por Horace Slaughter.

—No se presentó durante tres días seguidos —dijo Campbell—. Ninguna llamada, nada de nada. Así que lo despedí.

—¿Cómo? —preguntó Myron.

—¿Qué?

—¿Que cómo lo despidió? ¿En persona? ¿Por teléfono?

—Bueno, intenté llamarlo. Pero nadie respondió. Así que le escribí una carta.

—¿Con acuse de recibo?

—Sí.

—¿Lo firmó?

Campbell se encogió de hombros.

—Aún no lo he recibido, si es a eso a lo que se refiere.

—¿Horace era un buen trabajador?

Calvin entrecerró los ojos.

—¿Es detective privado?

—Algo así.

—¿Trabaja para su hija?

—Sí.

—Ella tiene influencias.

—¿Qué?

—Influencias —repitió Calvin—. Me refiero a que yo nunca quise contratar a ese hombre.

—¿Entonces por qué lo hizo?

Campbell frunció el entrecejo.

—¿Es que no me escucha? Su hija tiene influencias. Está muy relacionada con alguno de los jefazos. Le cae bien a todo el mundo. Así que comienzas a oír cosas. Rumores, ya sabe. Así que me dije, qué diablos. Para ser guardia de seguridad no hace falta ser neurocirujano. Lo contraté.

—¿Qué clase de rumores?

—Eh, que yo no quiero líos. —Levantó las manos como si empujase los problemas—. Las personas hablan, es todo lo que digo. Llevo aquí dieciocho años. No soy de los que meten la nariz donde no le llaman. Pero cuando un tipo no se presenta a trabajar, entonces tengo que tomar cartas en el asunto.

—¿Alguna cosa más que me pueda contar?

—No. Vino, supongo que cumplió bien con su trabajo, después no se presentó y lo despedí. Final de la historia.

Myron asintió.

—Gracias por su tiempo.

—Eh, ¿puede hacerme un favor?

—¿Qué? —preguntó Myron.

—A ver si su hija puede vaciar la taquilla. Voy a contratar a otro hombre, y necesitaré el espacio.

Myron tomó el ascensor hasta la planta pediátrica. Pasó junto al puesto de enfermeras y vio a Brenda a través de una gran ventana. Estaba sentada en la cama de una niña pequeña que no podía tener más de siete años. Myron se detuvo y miró por un momento. Brenda llevaba una chaquetilla blanca y un estetoscopio alrededor del cuello. La niña dijo algo. Brenda sonrió y apoyó el estetoscopio en las orejas de la niña. Ambas se rieron. Brenda hizo una seña a espaldas de la niña, y los padres se unieron a ellas junto a la cama. Los padres tenían los rostros tensos; las mejillas hundidas, los ojos apagados de los que se enfrentan a una enfermedad terminal. Brenda les dijo algo. Más risas. Myron continuó observando la escena, hipnotizado.

Cuando por fin salió, Brenda se dirigió hacia él.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Sólo un par de minutos —respondió Myron. Luego añadió—: Te gusta estar aquí.

Ella asintió.

—Es incluso mejor que jugar a baloncesto.

No hacía falta decir más.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Hay que vaciar la taquilla de tu padre.

Bajaron en el ascensor hasta el sótano. Calvin Campbell les estaba esperando.

—¿Conoce la combinación? —preguntó él.

Brenda respondió que no.

—Ningún problema. —Calvin sostenía un tubo de plomo en la mano. Con una precisión que sólo da la práctica, golpeó el candado. Se rompió como si fuese de cristal—. Podéis utilizar aquella caja vacía que está en el rincón —dijo. Luego se marchó.

Brenda se giró hacia Myron, que asintió. Ella tendió la mano y abrió la taquilla. Un olor a calcetines sucios salió del interior. Myron hizo una mueca y miró adentro. Con el dedo índice y el pulgar a modo de pinzas, levantó una camisa para observarla. Tenía el aspecto de una prenda de un anuncio de jabón antes de lavarla.

—Papá no era muy bueno con la colada —comentó Brenda.

O con desprenderse de la basura, por lo que parecía. Toda la taquilla parecía una habitación de estudiantes condensada. Había prendas sucias, latas de cerveza vacías, periódicos viejos e incluso una caja de pizza. Brenda trajo la caja y juntos comenzaron a meter las cosas. Myron comenzó con unos pantalones de uniforme. Se preguntó si eran de Horace o si pertenecían al hospital, y después se preguntó por qué se preguntaba algo tan irrelevante. Buscó en los bolsillos y sacó una bola de papel.

Myron la alisó. Un sobre. Sacó una hoja de papel y comenzó a leer.

—¿Qué es? —preguntó Brenda.

—La carta de un abogado —contestó Myron.

Se la dio:

Querido señor Slaughter:

Acusamos recibo de sus cartas y tenemos constancia de sus repetidas comunicaciones con este despacho. Como se le explicó ya personalmente, el asunto que le interesa es confidencial. Le pedimos cordialmente que deje de llamarnos. Su comportamiento se aproxima cada vez más al acoso.

Atentamente.

Thomas Kincaid

—¿Sabes de qué se trata? —preguntó Myron.

Ella titubeó.

—No —respondió con voz pausada—. Pero el nombre, Thomas Kincaid, me suena. Sólo que no consigo ubicarlo.

—Quizá tu padre requirió de sus servicios hace algún tiempo.

Brenda negó con la cabeza.

—No lo creo. No recuerdo que mi padre contratase a ningún abogado. Y si lo hizo, dudo que hubiese acudido a Morristown.

Myron sacó el móvil y llamó a su despacho. Big Cyndi atendió la llamada y se la pasó a Esperanza.

—¿Qué? —preguntó Esperanza. Siempre tan amable.

—¿Lisa te pasó la factura telefónica de Horace Slaughter?

—La tengo delante de mí —dijo Esperanza—. Comenzaba a trabajar en ella.

Por siniestro que resulte, conseguir la lista de llamadas de larga distancia de una persona siempre ha sido bastante fácil. Casi todos los investigadores privados tienen un contacto en la compañía telefónica. Lo único que hace falta es un poco de dinero.

Myron requirió de nuevo la carta. Brenda se la pasó. Después se arrodilló y sacó una bolsa de plástico del fondo de la taquilla. Miró el número de teléfono del despacho de Kincaid que aparecía en la carta.

—¿El cinco-cinco-cinco-uno-nueve-cero-ocho aparece en la lista? —preguntó.

—Sí. Ocho veces. Todas menos de cinco minutos.

 

—¿Alguno más?

—Todavía estoy rastreando todos los números.

—¿Algo que destaque?

—Tal vez —respondió Esperanza—. Por alguna razón llamó a las oficinas electorales de Arthur Bradford un par de veces.

Myron sintió una conocida y no desagradable sacudida. El nombre de Bradford asomaba su fea cabeza una vez más. Arthur Bradford, uno de los dos hijos pródigos, se presentaba para gobernador en noviembre.

—De acuerdo. ¿Algo más?

—Todavía no. No he encontrado nada, y lo subrayo, nada sobre Anita Slaughter.

No era ninguna sorpresa.

—Vale, gracias.

Colgó.

—¿Qué? —preguntó Brenda.

—Tu padre ha estado llamando a menudo a Kincaid. También telefoneó a las oficinas de la campaña electoral de Arthur Bradford.

Ella parecía confusa.

—¿Eso qué significa?

—No lo sé. ¿Tu padre tenía algún interés en la política?

—No.

—¿Conocía a Arthur Bradford o a alguien de la campaña?

—No que yo sepa. —Brenda abrió la bolsa de basura y miró en el interior. Su rostro se tensó—. ¡Oh, Dios!

Myron se agachó junto a ella. Brenda abrió bien la bolsa para que pudiese ver el contenido. Una camisa de árbitro, negra y blanca a rayas. En el bolsillo derecho había una insignia que decía Asociación de Árbitros de Baloncesto de Nueva Jersey. En el bolsillo izquierdo había una gran mancha roja.

Una mancha de sangre.

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