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Título original: No Second Chance

© Harlan Coben, 2003

© Traducción de Esther Roig, 2004

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

OEBO095

ISBN: 978-84-9867-933-5

Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Portada

Créditos

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Epílogo

Notas

Otros títulos

1

Al recibir el primer tiro en el pecho, pensé en mi hija.

O al menos es lo que quiero creer. Perdí el conocimiento casi enseguida. Para ser precisos, ni siquiera recuerdo que me dispararan. Sé que perdí mucha sangre. Sé que una segunda bala me rozó la coronilla, aunque lo más probable es que ya estuviera inconsciente. Sé que se me paró el corazón. Aun así me gusta pensar que, mientras agonizaba, pensaba en Tara.

Para más información: no vi ni luz brillante ni túnel. O, si los vi, ya no me acuerdo.

Mi hija Tara tiene sólo seis meses. Estaba en la cuna. No sé si el tiroteo la asustó. Supongo que sí. Lo más probable es que se echara a llorar. No sé si el ruido familiar, aunque molesto, de su llanto se introdujo de algún modo en mi confuso cerebro, y en algún momento la oí. Pero tampoco me acuerdo de eso.

En cambio de lo que sí me acuerdo es de cuando nació Tara. Recuerdo a Monica —la madre de Tara— esforzándose en un último empujón. Recuerdo cuando apareció la cabeza. Fui el primero que vio a mi hija. Todos sabemos los giros que da la vida. Todos sabemos que cuando una puerta se cierra se abre otra, conocemos los ciclos de la vida, los cambios de estación. Pero el nacimiento de un hijo... va más allá del surrealismo. Has cruzado una especie de portal a lo Star-Trek, un transformador de la realidad en toda regla. Todo es diferente. Tú eres diferente, un simple elemento golpeado por un asombroso catalizador y metamorfoseado en algo mucho más complejo. Tu mundo desaparece; se encoge en la dimensión —al menos en este caso— de una masa de dos kilos y medio.

La paternidad me confunde. Sí, ya sé que con sólo seis meses de experiencia, únicamente soy un aficionado. Lenny, mi mejor amigo, tiene cuatro hijos. Una niña y tres niños. Marianne, la mayor, tiene diez años, y el pequeño acaba de cumplir uno. Con su expresión permanentemente preocupada y feliz al mismo tiempo, y el suelo de casa siempre manchado de comida rápida congelada, Lenny me recuerda que todavía no sé nada. Estoy de acuerdo. Pero cuando me siento gravemente perdido o aterrorizado ante la tarea de educar a mi hija, miro al indefenso bulto de la cuna, ella me mira, y no sé de que sería capaz para protegerla. Daría mi vida, sin más. Y si he de ser sincero, si me pusieran entre la espada y la pared, también daría la de otros.

Así que me gusta pensar que mientras las dos balas perforaban mi cuerpo, mientras caía en el suelo de linóleo de la cocina con una barrita de cereales a medio comer en la mano, mientras estaba inmóvil sobre mi propio charco de sangre, incluso mientras mi corazón dejaba de latir, intentaba hacer algo para proteger a mi hija.

Recuperé la conciencia en la oscuridad.

Al principio no sabía dónde estaba, pero enseguida oí un bip-bip a mi derecha. Un sonido familiar. No me moví. Me limité a escuchar el bip. Creía tener el cerebro marinado en melaza. El primer impulso que se abrió paso fue primitivo: deseaba agua. No sabía que una garganta pudiera estar tan seca. Intenté gritar, pero tenía la lengua pegada a la boca como un pastel seco.

Alguien entró en la habitación. Cuando intenté sentarme, sentí un fuerte dolor como si un cuchillo desgarrara mi cuello. Mi cabeza cayó hacia atrás. Y volvió la oscuridad.

Cuando volví a despertarme, era de día. A través de las persianas venecianas penetraban deslumbrantes haces de luz que me obligaron a parpadear. Una parte de mí deseaba levantar una mano para bloquear la luz, pero el agotamiento no me permitía mandar la orden. Mi garganta seguía increíblemente seca.

Oí un movimiento y de repente vi a una mujer de pie, a mi lado, era una enfermera. La perspectiva, tan distinta a la que estaba acostumbrado, me trastornó. Nada estaba como debía. Era yo el que debería estar de pie mirando hacia abajo, y no al revés. La enfermera llevaba una cofia blanca —pequeña y severamente triangular— como el nido de un pájaro. He pasado gran parte de mi vida trabajando en hospitales, pero no creo haber visto una cofia igual a aquélla, si exceptuamos el cine o la televisión. La enfermera era robusta y negra.

—¿Doctor Seidman?

Tenía una voz dulce como un jarabe. Logré asentir con la cabeza.

Sin duda, la enfermera sabía leer el pensamiento porque tenía un vaso de agua en la mano. Me colocó la pajita en los labios y yo sorbí ansiosamente.

—Con calma —dijo amablemente.

Quería preguntarle dónde estaba, pero era evidente. Abrí la boca para saber qué había sucedido, pero ella volvió a adelantarse.

—Voy a buscar al médico —dijo, dirigiéndose a la puerta—. Tranquilícese.

—Mi familia... —logré decir.

—Vuelvo enseguida. No se preocupe, por favor.

Eché un vistazo a la habitación. Mi visión estaba nublada por la medicación, como si tuviera una cortina de ducha delante. Aun así, había suficientes estímulos para permitirme hacer algunas deducciones. Estaba en una habitación típica de hospital. Al menos eso era evidente. Había una bolsa de suero y una sonda a mi izquierda, y el tubo bajaba hasta mi brazo. Los fluorescentes zumbaban de forma casi imperceptible. En el rincón derecho superior había un soporte con un televisor.

 

A poca distancia del pie de la cama había una gran ventana. Entrecerré los ojos, pero no vi nada. Supongo que me controlaban por monitor. Esto significaba que estaba en una UCI. Significaba que lo que me ocurría era grave.

Me escocía la parte superior del cráneo, y algo me tiraba del pelo. Un vendaje, probablemente. Intenté comprobarlo, pero mi cabeza no colaboraba. Se me llenó el cuerpo de un sordo dolor que no podía precisar dónde se originaba. Me pesaban las extremidades, y sentía el pecho lleno de plomo.

—¿Doctor Seidman?

Volví la cabeza hacia la puerta. Una mujer menuda con una bata quirúrgica, gorro incluido, entró en la habitación. Llevaba la parte superior de la máscara desatada y colgando del cuello. Tengo treinta y cuatro años. Ella aparentaba la misma edad.

—Soy la doctora Heller —dijo, acercándose—. Ruth Heller. —Me daba su nombre de pila. Cortesía profesional, sin duda. Ruth Heller me examinó con la mirada. Intenté concentrarme. Seguía con el cerebro desorientado, pero empezaba a sentir que funcionaba—. Está en el Hospital Saint Elizabeth —dijo con la gravedad apropiada en la voz.

Se abrió la puerta detrás de ella y entró un hombre. Me costaba verlo con claridad a través de la cortina de ducha, pero no creo que le conociera. El hombre se cruzó de brazos y se apoyó en la pared con una naturalidad estudiada. Pensé que no era médico. Cuando hace tiempo que trabajas con ellos, los distingues.

La doctora Heller miró al hombre por encima y volvió a dedicarme toda su atención.

—¿Qué ha sucedido? —pregunté.

—Le dispararon —dijo ella. Y añadió—: dos tiros.

Esperó un momento. Miré al hombre apoyado en la pared. No se había movido. Abrí la boca para decir algo, pero Ruth Heller siguió hablando:

—Una bala le rozó el cráneo. La bala le arañó literalmente el cuero cabelludo, que, como usted sabe, contiene mucha sangre.

Lo sabía, sí. Las heridas graves del cuero cabelludo sangran como una decapitación. Entendido, eso explica el picor de la cabeza. Cuando vi que Ruth Heller dudaba, insistí:

—¿Y la otra bala?

Heller soltó un poco de aire.

—Ésta fue más complicada.

Esperé.

—La bala entró en el pecho y le pinchó el saco pericardial. Esto provocó que gran cantidad de sangre se filtrara en el espacio entre su corazón y el saco. Los enfermeros tuvieron dificultades para encontrar sus signos vitales. Tuvimos que abrirle el pecho...

—¿Doctora? —interrumpió el hombre apoyado en la pared, y por un momento creí que se dirigía a mí. Ruth Heller calló, sin disimular su enojo. El hombre se apartó de la pared—. ¿Puede contarle los detalles más tarde? El tiempo es vital en este momento.

Ella le echó una mirada de pocos amigos, pero sin demasiada convicción.

—Me quedaré a observar —dijo—, si no le importa.

La doctora Heller retrocedió y el hombre se colocó delante de mí. Tenía la cabeza tan grande en proporción a sus hombros que daba la sensación de que el cuello podría partírsele con el peso. Llevaba el pelo muy corto, excepto por delante, donde un flequillo de César le llegaba hasta los ojos. Una perilla, con muy poco pelo, le marcaba la barbilla como un insecto cavando una madriguera. En conjunto, parecía un miembro de una banda juvenil reformado. Me sonrió, pero sin ningún calor.

—Soy el detective Bob Regan, del Departamento de Policía de Kasselton —dijo—. Sé que está desorientado.

—Mi familia... —empecé.

—Ya llegaremos a eso —interrumpió—. Ahora mismo necesito hacerle unas preguntas, ¿de acuerdo? Antes de entrar en detalles de lo que sucedió.

Esperó a que le respondiera. Intenté deshacerme de las telarañas y dije:

—De acuerdo.

—¿Qué es lo último que recuerda?

Rebusqué en las orillas de mi memoria. Recordaba haberme levantado aquella mañana y haberme vestido. Recordaba haber ido a ver a Tara. Recordaba haber puesto en marcha su móvil blanco y negro, un regalo de un colega que insistió en que aquello estimularía el cerebro del bebé o algo por el estilo. El móvil no se había movido ni había emitido su cancioncita. Las pilas estaban gastadas. Tomé nota mentalmente de que tenía que cambiarlas. Después de aquello bajé.

—Que comía una barrita de cereales —dije.

Regan asintió con la cabeza, como si ya se esperara aquella respuesta.

—¿Estaba en la cocina?

—Sí. Junto al fregadero.

—¿Y luego?

Intenté recordar, pero no recordaba nada. Sacudí la cabeza.

—Me desperté una vez, por la noche. Y estaba aquí, creo.

—¿Nada más?

Lo intenté de nuevo, pero sin éxito.

—No, nada.

Regan sacó un cuaderno.

—Como le ha dicho la doctora, le dispararon dos tiros. ¿No recuerda haber visto un arma o haber oído un tiro o algo parecido?

—No.

—Es comprensible, supongo. Estaba muy mal, Marc. Los de la ambulancia creían que estaba muerto.

Sentí la garganta seca otra vez.

—¿Dónde están Tara y Monica?

—Concéntrese, Marc. —Regan seguía con la vista en el cuaderno, no me miraba a mí. Sentí que el miedo empezaba a oprimirme el pecho—. ¿Oyó que se rompiera una ventana?

Estaba mareado. Intenté leer la etiqueta de la bolsa de suero para saber qué me estaban metiendo. Nada. Medicación para el dolor, como mínimo. Probablemente era morfina lo que me introducían por vía intravenosa. Intenté luchar contra sus efectos.

—No —dije.

—¿Está seguro? Encontramos una ventana rota en la parte trasera de la casa. Así es como el agresor debió de entrar en la casa.

—No recuerdo que se rompiera ninguna ventana —dije—. ¿Sabe quién...?

Regan me interrumpió.

—De momento, no. Por eso le estoy haciendo estas preguntas. Para descubrir quién fue —dijo, y levantó la vista del cuaderno—. ¿Tiene enemigos?

¿Me había preguntado realmente aquello? Intenté sentarme, intenté controlarme un poco, pero era muy improbable que lo consiguiera. No me gustaba ser el paciente, estar en el lado equivocado de la cama, por calificarlo de algún modo. Dicen que los médicos son los peores pacientes. Probablemente por ese súbito cambio de papeles.

—Quiero saber qué les ha pasado a mi esposa y a mi hija.

—Lo comprendo —dijo Regan, y había algo en su tono como un dedo helado que me rozó el corazón—. Pero ahora no debe distraerse, Marc. Todavía no. ¿Quiere ayudar? Pues tiene que concentrarse en lo que le digo —prosiguió, volvió a mirar el cuaderno—. ¿Qué me dice? ¿Tiene usted enemigos?

Seguir discutiendo me pareció inútil, incluso perjudicial, de modo que me resigné en silencio.

—¿Como para dispararme?

—Sí.

—No, ninguno.

—¿Y su esposa? —Me miró con dureza. Mi imagen favorita de Monica (su cara radiante cuando vimos las cascadas de Raymondkill por primera vez, la forma en que me abrazó simulando miedo mientras el agua caía a nuestro alrededor) se presentó ante mí como una aparición—. ¿Tiene ella enemigos?

Lo miré.

—¿Monica?

Ruth Heller se adelantó.

—Creo que es suficiente por hoy.

—¿Qué le ha pasado a Monica? —pregunté.

La doctora Heller se colocó junto al detective Regan, hombro con hombro. Los dos me miraron. Heller intentó protestar de nuevo, pero la detuve.

—No me venga con tonterías de proteger al paciente —intenté gritar, luchando con todo mi miedo y mi furia contra lo que estaba provocando aquella niebla en mi cerebro—. Dígame lo que le ha sucedido a mi esposa.

—Está muerta —dijo el detective Regan.

Así, sin más. Muerta. Mi esposa. Monica. Fue como si no le hubiera oído. La palabra no lograba llegar a mí.

—Cuando la Policía llegó a su casa, los dos estaban heridos. Lograron salvarle a usted. Pero era demasiado tarde para su esposa. Lo siento.

Tuve otra súbita aparición: Monica en Martha’s Vineyard, en la playa, en bañador, el pelo negro sobre los pómulos, sonriéndome con su sonrisa angulosa. Parpadeé para alejarla.

—¿Y Tara?

—Su hija... —empezó Regan después de aclararse rápidamente la garganta. Volvió a mirar el cuaderno, pero no creo que estuviera pensando en escribir nada—. ¿Aquella mañana estaba en casa, verdad? Me refiero al momento del incidente.

—Sí, por supuesto. ¿Dónde está?

Regan cerró el cuaderno de golpe.

—No estaba en la casa cuando llegamos.

Los pulmones se me petrificaron.

—No lo entiendo.

—Primero teníamos la esperanza de que estuviera en casa de algún familiar o amigo. Incluso una canguro, pero... —Calló.

—¿Me está diciendo que no sabe dónde está Tara?

Esta vez no vaciló.

—Sí, es lo que le estoy diciendo.

Sentí como si una mano gigante oprimiera mi pecho. Cerré los ojos con fuerza y pregunté:

—¿Desde cuándo?

—¿Desde cuándo está desaparecida?

—Sí.

La doctora Heller empezó a hablar demasiado aprisa.

—Compréndalo. Estaba gravemente herido. No teníamos muchas esperanzas de que sobreviviera. Estaba conectado a un respirador. Los pulmones no le funcionaban. Además, contrajo una septicemia. Usted es médico, de modo que no tengo que explicarle la gravedad de su situación. Intentamos ir rebajando la medicación, despertarle...

—¿Desde cuándo? —repetí.

Ella y Regan intercambiaron otra mirada, y entonces Heller dijo algo que volvió a dejarme sin aire.

—Ha estado usted doce días inconsciente.

2

—Hacemos cuanto podemos —dijo Regan con una voz que sonaba demasiado ensayada, como si hubiera estado junto a mi cama, mientras yo estaba inconsciente, practicando para el momento—. Como le he dicho, al principio no sabíamos si se trataba de una desaparición. En este sentido perdimos un tiempo precioso, pero ahora lo hemos recuperado. Hemos mandado la foto de Tara a todas las comisarías, aeropuertos, peajes, y estaciones de tren y autobús, en un radio de ciento cincuenta kilómetros. Hemos buscado antecedentes de casos de secuestros parecidos, para intentar encontrar una pauta o a un sospechoso.

—Doce días —repetí.

—Hemos pinchado todos sus teléfonos: el de casa, el de la consulta, el móvil...

—¿Por qué?

—Por si llamaba alguien pidiendo un rescate —contestó.

—¿Ha habido alguna llamada?

—No, todavía no.

Volví a apoyar la cabeza en la almohada. Doce días. Había estado doce días en aquella cama mientras mi pequeña estaba... aparté el pensamiento.

Regan se rascó la barba.

—¿Recuerda lo que Tara llevaba puesto aquel día?

Me acordaba. Tenía una cierta rutina matinal: levantarme temprano, acercarme sigilosamente a la cuna de Tara, mirarla. Un bebé no son sólo alegrías. Ya lo sé. Sé que hay momentos de aburrimiento mortal. Sé que hay noches en que su llanto te ataca los nervios como un rallador de queso. No pretendo glorificar la vida con un bebé. Pero a mí me gustaba mi nueva rutina matinal. Mirar el diminuto bulto de Tara me daba fuerzas. Más que esto, creo que era una forma de éxtasis. Algunas personas encuentran el éxtasis en una casa de culto. Yo... —y sé que suena cursi— lo encontraba en aquella cuna.

—Un pelele rosa con pingüinos negros —dije—. Monica lo compró en Baby Gap.

Lo apuntó.

—¿Y Monica?

—¿Qué?

Seguía mirando el cuaderno.

—¿Qué llevaba puesto ella?

—Vaqueros —dije, recordando la forma en que subían por las caderas de Monica—, y una blusa roja.

Regan hizo más anotaciones.

—¿Tiene... ha encontrado alguna pista? —pregunté.

—Seguimos investigando todas las posibilidades.

—No es lo que le he preguntado.

Regan se limitó a mirarme. No era una mirada muy transparente.

Mi hija. Por ahí. Sola. Desde hacía doce días. Pensé en sus ojos, en la luz cálida que sólo ve un padre, y dije algo estúpido:

—Está viva.

Regan ladeó la cabeza como un cachorrillo al oír un nuevo sonido.

—No abandone —dije.

—No abandonaré —contestó, y siguió mirándome de aquella forma curiosa.

—Es que... ¿tiene hijos, detective Regan?

 

—Dos niñas —dijo.

—Es una estupidez, pero lo sé —añadí. Como supe que el mundo no volvería a ser el mismo cuando Tara nació—. Lo sé —repetí.

No me contestó. Me di cuenta de que lo que estaba diciendo —especialmente viniendo de un hombre que se burla de la idea de la percepción extrasensorial, de lo sobrenatural o de los milagros— era ridículo. Sabía que aquella «sensación» procedía simplemente del deseo. Quieres creértelo con tanta fuerza que tu cerebro reorganiza lo que ve. Pero me aferré a ello de todos modos. Correcto o no, era un salvavidas.

—Necesitaremos más información —dijo Regan—. De usted, su esposa, sus amigos, su economía...

—Más tarde. —Volvió a intervenir la doctora Heller. Se adelantó como si quisiera bloquear la mirada del policía. Su voz era firme—. Necesita descansar.

—Ahora no —dije a la doctora, subiendo el regulador del suero una muesca por detrás de ella—. Ahora necesitamos encontrar a mi hija.

Habían enterrado a Monica en la parcela familiar de los Portman, en la finca de su padre. No asistí al funeral, por supuesto. No sé cómo me hacía sentir esto pero, en realidad, mis sentimientos hacia mi esposa, cuando tenía el valor de ser sincero conmigo mismo, siempre habían sido confusos. Monica poseía la belleza de los privilegiados: pómulos elegantes, pelo negro lacio y sedoso, y ese porte de club de campo que era al mismo tiempo sugerente e irritante. Nuestra boda fue al estilo antiguo: a la fuerza. Bueno, estoy exagerando. Monica estaba embarazada. Yo estaba entre la espada y la pared. La futura llegada me inclinó hacia el matrimonio.

Me enteré de los detalles del funeral por Carson Portman, tío de Monica y el único miembro de la familia que se mantenía en contacto con nosotros. Monica lo quería mucho. Carson me hizo compañía, junto a la cama del hospital con las manos sobre las rodillas. Se parecía mucho al profesor de universidad favorito que todos hemos tenido, con sus gafas de cristales gruesos, la americana de cheviot gastada, y el pelo demasiado largo a lo Albert Einstein a punto de quedarse calvo. Pero tenía los ojos brillantes cuando me contaba con su triste voz de barítono que Edgar, el padre de Monica, había procurado que el funeral de mi esposa fuera una «ceremonia discreta y de buen gusto».

Sobre esto yo no tenía duda alguna. En cuanto a lo de la discreción al menos.

Durante los días siguientes recibí algunas visitas en el hospital. Mi madre —a la que todos llaman Honey— entraba todas las mañanas como una explosión en mi habitación, igual que un chorro de combustible. Llevaba unas Reebok de un blanco deslumbrante, chándal azul con ribete dorado, como si fuera a entrenar a los Rams de Saint Louis, y el pelo, por supuesto bien peinado, estaba encrespado por los excesivos tintes; y toda ella olía ligeramente al último cigarrillo. El maquillaje de mi madre no lograba disimular su angustia por la pérdida de su única nieta. Mostraba una energía sorprendente, al acompañarme día tras día y desprender una constante corriente de histeria. No me importaba. En parte, era como si estuviera histérica por mí, y así, de algún modo, sus estallidos de emoción me ayudaban a mantener la calma.

Pese al calor que hacía en la habitación, y a mis constantes protestas, mi madre me ponía una manta de más en la cama mientras dormía. En una ocasión me desperté —con el cuerpo empapado de sudor, naturalmente— y oí como mi madre le contaba a la enfermera negra de la cofia mi estancia anterior en el Saint Elizabeth, cuando tenía siete años.

—Tuvo salmonela —afirmó Honey en un cuchicheo cons-pirador que era poco menos audible que un megáfono—. Nunca había olido una diarrea como aquélla. Le salía sin ningún control. Aquel olor casi impregnó el papel pintado.

—Ahora tampoco huele precisamente a rosas —contestó la enfermera.

Las dos mujeres se echaron a reír.

El Día Dos de mi recuperación, mi madre estaba de pie junto a la cama cuando me desperté.

—¿Te acuerdas? —dijo.

Me mostraba un Óscar Cascarrabias de felpa que alguien me había regalado durante mi recuperación de la salmonela. El verde se había descolorido convirtiéndose en un menta pálido. Miró a la enfermera.

—Es el Óscar de Marc —explicó.

—Mamá —dije.

Volvió a mirarme. Llevaba demasiado rímel y se le había introducido en las patas de gallo.

—Entonces Óscar te hizo compañía, ¿te acuerdas? Te ayudó a ponerte bien.

Entorné los ojos y luego los cerré. Me vino un recuerdo. Pillé la salmonela por unos huevos crudos. Mi padre tenía la costumbre de añadirlos al batido de leche, por las proteínas. Recuerdo el terror agudo que me atenazó cuando me dijeron que tendría que quedarme a pasar la noche en el hospital. Mi padre, que se había roto el tendón de Aquiles hacía poco jugando al tenis, estaba enyesado y con mucho dolor. Pero vio mi pánico y como siempre se sacrificó. Estuvo todo el día trabajando en la fábrica y pasó la noche en una silla junto a mi cama. Estuve diez días en el Saint Elizabeth y mi padre durmió todas las noches en aquella silla.

Mi madre se dio la vuelta de repente y me di cuenta de que se había acordado de lo mismo. La enfermera se despidió rápidamente. Puse una mano en la espalda de mi madre. Ella no se movió, pero la sentí temblar. Miraba fijamente el Óscar descolorido que tenía en la mano. Se lo quité suavemente.

—Gracias —dije.

Mi madre se secó los ojos. Esta vez mi padre no vendría al hospital, lo sabía, y aunque estoy seguro de que mi madre le había contado lo ocurrido, no podía estar seguro de que lo hubiera comprendido. Mi padre tuvo su primer infarto a los cuarenta y un años, un año después de todas aquellas noches pasadas en el hospital. Entonces yo tenía ocho años.

También tengo una hermana menor; Stacy es una «consumidora de drogas» (usando un lenguaje políticamente correcto) o una «colgada del crack» (para los más precisos). A veces miro fotos antiguas de la época anterior al infarto de mi padre, las de los cuatro miembros de una familia joven y segura de sí misma con el perro lanudo, el césped bien cortado, la canasta de baloncesto y la barbacoa repleta de carbón y líquido encendedor. Busco indicios del futuro en la sonrisa desdentada de mi hermana, su yo en la sombra quizás, una sensación de presagio. Pero no veo nada. Seguimos teniendo la casa, pero es como un accesorio de película en las últimas. Mi padre sigue vivo, pero cuando se puso enfermo, todo el estilo de cuento se hizo añicos. Sobre todo Stacy.

Stacy no había ido a verme ni me había llamado, pero nada de lo que hace Stacy puede sorprenderme ya.

Finalmente mi madre se dio la vuelta y me miró. Un nuevo pensamiento me hizo abrazar un poco más fuerte el Óscar descolorido: estábamos solos otra vez. Mi padre era apenas un vegetal. Stacy estaba vacía, perdida. Busqué la mano de mi madre, sintiendo tanto su calor como la sequedad más reciente de su piel. Nos quedamos así hasta que se abrió la puerta. La misma enfermera entró en la habitación.

Mi madre se incorporó y dijo:

—Marc también jugaba con muñecas.

—Figuras de acción —dije, corrigiéndola rápidamente—. Eran figuras de acción, no muñecas.

Lenny, mi mejor amigo, y su esposa, Cheryl, también pasaron por el hospital todos los días. Lenny Marcus es un abogado importante, aunque también lleva mis pequeños asuntos, como cuando recurrí una multa por exceso de velocidad, o la compra de nuestra casa. Al licenciarse y empezar a trabajar para el fiscal del condado, amigos y oponentes pronto bautizaron a Lenny como «el Bulldog», por su agresivo comportamiento en el tribunal. En algún momento se decidió que el mote era demasiado benevolente y ahora le llaman «Cujo».[1] Conozco a Lenny desde la escuela primaria. Soy padrino de su hijo Kevin. Y Lenny es el padrino de Tara.

No he dormido mucho. Paso las noches mirando el techo, cuento los bips, escucho los ruidos nocturnos del hospital y me esfuerzo por no pensar en mi hijita y en la infinidad de posibles situaciones. No siempre lo consigo. He descubierto que la mente es un hoyo oscuro e infestado de serpientes.

El detective Regan me visitó más tarde con una posible pista.

—Hábleme de su hermana —pidió.

—¿Por qué? —pregunté demasiado rápido. Antes de que pudiera explicarse, levanté una mano para detenerle. Lo entendía. Mi hermana era una adicta. Donde hay drogas, suele haber un cierto elemento delictivo.

—¿Nos robaron? —pregunté.

—No lo creemos. No parece que falte nada, pero la casa estaba patas arriba.

—¿Patas arriba?

—Alguien lo revolvió todo. ¿Se le ocurre por qué?

—No.

—Pues hábleme de su hermana.

—¿Tiene los antecedentes de Stacy? —pregunté.

—Los tenemos.

—No creo que pueda añadir nada.

—Están enemistados, ¿es correcto?

Enemistados. ¿Se podía decir eso de Stacy y de mí?

—La quiero —dije lentamente.

—¿Y cuándo la vio por última vez?

—Hace seis meses.

—¿Cuando nació Tara?

—Sí.

—¿Dónde?

—¿Dónde la vi?

—Sí.

—Stacy fue al hospital —dije.

—¿A ver a su sobrina?

—Sí.

—¿Qué sucedió durante la visita?

—Stacy estaba colocada. Quería coger al bebé.

—¿Se lo impidió?

—Exactamente.

—¿Se enfadó?

—Apenas reaccionó. Mi hermana se muestra bastante atontada cuando va colocada.

—Pero ¿usted la echó?

—Le dije que no podría formar parte de la vida de Tara hasta que se desintoxicara.

—Entiendo —dijo—. Esperaba forzarla con esto a rehabilitarse.

Se me escapó una risita amarga, creo.

—No, la verdad es que no.

—No sé si le comprendo.

No sabía cómo explicárselo. Pensé en la sonrisa de la foto de familia, la desdentada.

—Hemos amenazado a Stacy con cosas peores —dije—. La verdad es que mi hermana no lo dejará. Las drogas forman parte de ella.

—Entonces, ¿usted no espera que se recupere?

No tenía la menor intención de verbalizar algo así.

—No quise confiarle a mi hija —dije—. Dejémoslo ahí.

Regan se acercó a la ventana y miró fuera.

—¿Cuándo se trasladó a su casa actual?

—Monica y yo compramos la casa hace cuatro meses.

—No muy lejos de donde crecieron los dos, ¿no?

—Es cierto.

—¿Se conocían desde hacía mucho tiempo?

El rumbo que tomaba el interrogatorio me tenía desconcertado.

—No.

—¿A pesar de haber crecido en la misma ciudad?

—Nos movíamos en círculos diferentes.

—Entiendo —dijo—. Entonces, si le he entendido bien, compró la casa hace cuatro meses y no ha visto a su hermana desde hace seis meses, ¿correcto?

—Correcto.

—De modo que su hermana no les ha visitado nunca en su casa actual.

—Exacto.

Regan se volvió para mirarme.

—Encontramos huellas de Stacy en su casa.

No dije nada.

—No parece sorprendido, Marc.

—Stacy es adicta. No creo que sea capaz de pegarme un tiro y secuestrar a mi hija, pero otras veces he subestimado lo bajo que podía caer. ¿Han registrado su apartamento?

—No la ha visto nadie desde que le dispararon a usted —contestó.

Cerré los ojos.

—No creemos que su hermana hubiera podido hacer algo así sola —siguió—. Tuvo que tener un cómplice: un novio, un camello, alguien que supiera que su esposa procedía de una familia adinerada. ¿Alguna idea?

—No —dije—. Entonces, ¿qué? ¿Cree que todo esto fue un plan de secuestro?

Regan se puso a rascarse la perilla. Luego se encogió de hombros.