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Muerte en el hoyo 18

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Z serii: Myron Bolitar #4
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6

Myron llamó a Esperanza para darle el nombre de Lloyd Rennart. Quizá no le costara demasiado localizarlo. Una vez más, la tecnología moderna simplificaría las cosas. Cualquiera que dispusiese de un módem podía teclear la dirección www.switchboard.com, una página web que era como quien dice el directorio telefónico del país entero. Si aquella página no daba resultado, había otras. En principio no tenía por qué llevar mucho tiempo, siempre y cuando Lloyd Rennart perteneciera todavía al mundo de los vivos. En caso contrario..., bueno, también había páginas web para eso.

—¿Se lo has dicho a Win? —preguntó Esperanza.

—Sí.

—¿Cómo ha reaccionado?

—No piensa colaborar.

—No me sorprende.

—A mí tampoco.

—Tú no trabajas bien a solas, Myron —dijo Esperanza.

—No te preocupes —la tranquilizó él—. ¿Ansiosa por la graduación?

Esperanza había asistido durante seis años a las clases nocturnas de la facultad de derecho de la Universidad de Nueva York. Se graduaba el lunes siguiente.

—Seguramente no iré.

—¿Por qué?

—No me gustan las ceremonias —pretextó.

El único pariente próximo de Esperanza, su madre, había fallecido pocos meses antes. Myron sospechaba que la decisión de Esperanza tenía más que ver con esa muerte que con la aversión a las ceremonias

—Vaya, pues yo pienso ir —dijo Myron—. Me sentaré en primera fila. No quiero perder detalle.

Se produjo un silencio.

—Ahora viene la parte en que ahogo el llanto porque le importo a alguien, ¿no es eso? —dijo al cabo Esperanza.

Myron negó con la cabeza.

—Olvida lo que te he dicho.

—No, en serio. ¿Qué se supone que debería hacer? ¿Derrumbarme entre sollozos o limitarme a sorber un poco? O todavía mejor, podría ponerme sólo un poco lacrimosa, como Michael Landon en La casa de la pradera.

—Eres insoportable.

—Sólo cuando te pones condescendiente.

—No me pongo condescendiente. Me importas. Denúnciame si quieres.

—Da igual —dijo ella.

—¿Algún recado?

—Un millón, aproximadamente, pero nada que no pueda solucionar yo misma de aquí al lunes —respondió Esperanza—. Ah, una cosa.

—¿Qué?

—La zorra me ha invitado a almorzar.

«La zorra» era Jessica, de quien Myron estaba locamente enamorado. Lo que ocurría era que a Esperanza no le caía bien Jessica. Muchos eran los que daban por sentado que se trataba de una cuestión de celos, de una especie de atracción latente entre Esperanza y Myron. Pero no era así. Para empezar, a Esperanza le gustaba gozar de, digamos, cierta flexibilidad en su vida amorosa. Durante un tiempo había estado saliendo con un muchacho llamado Max, luego con una mujer llamada Lucy y en ese momento estaba saliendo con otra llamada Hester.

—¿Cuántas veces te he pedido que no la llames así? —preguntó Myron.

—He perdido la cuenta.

—¿Y vas a ir?

—Es probable —respondió ella—. Al fin y al cabo, es una comida gratis. Aunque tenga que mirarla a la cara.

Colgaron. Myron sonrió. Estaba un poco sorprendido. Si bien Jessica no correspondía a la animosidad de Esperanza, Myron jamás hubiese esperado una cita para almorzar con la intención de poner punto final a la guerra fría que existía entre ambas. Quizás, ahora que vivían juntos, Jess consideraba que había llegado el momento de ofrecer un ramo de olivo. Qué diablos. Myron marcó el número de Jessica.

Respondió el contestador. Oyó su voz. Cuando sonó la señal, dijo:

—¿Jess? Contesta.

Lo hizo.

—Dios mío, ojalá estuvieras aquí ahora mismo. —Jessica sabía cómo comenzar una conversación.

—Vaya. —Myron podía verla tumbada en el sofá, con el cable del teléfono enroscado entre los dedos—. ¿Y eso?

—Estoy a punto de tomarme un respiro de diez minutos.

—¿Diez minutos enteros?

—Sí.

—¿Y deseas un poco de estimulación erótica?

Ella rió.

—¿Estás cachondo? —preguntó.

—Lo estaré si continúas hablando de ello...

—Quizá deberíamos cambiar de tema —concedió ella.

Pocos meses atrás Myron se había mudado al apartamento de Jessica en el Soho. Para la mayoría de la gente aquello habría supuesto un cambio bastante drástico (mudarse desde un barrio residencial de Nueva Jersey a una de las zonas con más prestigio de Nueva York, iniciar la convivencia con una mujer a la que se ama, etcétera), pero para Myron semejante cambio tenía que ver con un paso definitivo de la pubertad a la adultez. Había vivido toda la vida con sus padres en la típica localidad suburbana de Livingston, Nueva Jersey. Toda la vida. Desde que nació hasta los seis años en el dormitorio de arriba, a la derecha. De los seis a los trece en el dormitorio de la izquierda, también arriba. De los trece a los treinta y pico en el sótano.

Después de tanto tiempo, los lazos familiares eran como abrazaderas de acero.

—Me he enterado de que has invitado a Esperanza a almorzar —dijo.

—Así es.

—¿A qué se debe?

—A nada.

—¿A nada?

—Me cae bien. Me apetece salir con ella a almorzar. No seas entrometido.

—Supongo que sabes que te detesta.

—Puedo soportarlo —repuso Jessica—. Dime, ¿qué tal el torneo de golf?

—De lo más raro —respondió él.

—¿Y eso?

—Es una historia demasiado larga para que te la cuente ahora, bombón. ¿Puedo llamarte más tarde?

—Claro. —Contestó ella, y al cabo de una pausa agregó—: ¿Me has llamado bombón?

Después de colgar, Myron frunció el entrecejo. Algo no iba bien. Él y Jessica nunca habían estado tan unidos, su relación nunca había sido tan sólida. Vivir juntos había sido una decisión acertada y, en última instancia, les había servido para exorcizar muchos de sus demonios del pasado. Se amaban, tenían en cuenta los sentimientos y necesidades del otro y casi nunca discutían.

Entonces, ¿por qué Myron se sentía como si estuviesen en el borde de un abismo insondable?

Apartó de su mente aquellos pensamientos, que no eran sino fruto de una imaginación sobreexcitada. Que un barco navegara por aguas tranquilas, conjeturó, no significaba forzosamente que se dirigiese derecho hacia un iceberg.

Caramba, ¡qué profundo!

Cuando regresó a la mesa, Tad Crispin estaba bebiendo té helado. Win hizo las presentaciones. Crispin iba vestido de amarillo; es decir, con toda la gama de amarillos. Todo en él era amarillo, hasta sus zapatos de golf. Myron tuvo que reprimir una mueca.

Como si estuviera leyéndole la mente, Norm Zuckerman dijo:

—Ésta no es nuestra línea.

—Me alegra oírlo —dijo Myron.

Tad Crispin se puso en pie.

—Encantado de conocerlo, señor.

Myron le dedicó una sonrisa abierta.

—Es un verdadero honor, Tad.

Su voz destilaba la sinceridad de, pongamos por caso, el dependiente de una tienda de electrodomésticos. Ambos se estrecharon la mano. Myron no dejó de sonreír. Crispin empezó a mostrarse precavido.

Zuckerman señaló con el pulgar a Myron y se inclinó hacia Win.

—¿Siempre es tan meloso?

Win asintió con la cabeza.

—Tendrías que verlo tratar con mujeres.

Todos se sentaron.

—No puedo quedarme mucho rato —anunció Crispin.

—Lo comprendemos, Tad —dijo Zuckerman—. Estás cansado, tienes que concentrarte para mañana. Ve y duerme un poco.

Crispin esbozó una sonrisa y miró a Win.

—Quiero que lleve mi cuenta —declaró.

—Yo no «llevo» cuentas —le corrigió Win—. Me dedico a dar consejos sobre ellas.

—¿Acaso hay diferencia?

—Por supuesto, y mucha —respondió Win—. Tú ejercerás en todo momento el control sobre tu dinero. Yo te daré recomendaciones. Directamente a ti. A nadie más. Las discutiremos. Y entonces tú tomarás la decisión final. No compraré, venderé ni negociaré nada sin que estés por completo al corriente de ello.

Crispin asintió con la cabeza.

—Me parece muy bien.

—Confiaba en que así fuera —dijo Win—. Por lo que veo, tienes previsto vigilar de cerca tu dinero.

—Sí.

—Sabia decisión. —Win asintió con la cabeza—. Habrás leído sobre muchos casos de deportistas que se retiran arruinados por culpa de administradores sin escrúpulos y demás aprovechados.

—Así es.

—Mi trabajo consistirá en ayudarte a incrementar al máximo tus ganancias, ¿de acuerdo?

Crispin se inclinó un poco hacia delante.

—De acuerdo.

—Muy bien, pues. Mi tarea será contribuir a aumentar tus oportunidades de inversión con el dinero que hayas ganado. Pero no estaría velando como es debido por tus intereses si además no te indicara cómo ganar más.

Crispin entrecerró los ojos.

—No sé si le sigo.

—Win... —intervino Zuckerman.

Win hizo caso omiso de él.

—Como asesor financiero, incurriría en negligencia si no te hiciera la siguiente recomendación: necesitas un buen agente.

Crispin desvió la vista hacia Myron, que permaneció inmóvil, sosteniéndole la mirada con firmeza. Se volvió de nuevo hacia Win.

—Me consta que trabaja con el señor Bolitar —le dijo Crispin.

—Sí y no —repuso Win—. Si contratas sus servicios, yo no gano ni un centavo más. —Hizo una pausa—. Bueno, en realidad, no es del todo cierto. Si te decides por Myron, ganarás más dinero y por consiguiente tendré más activos tuyos para invertir. De modo que, en cierto sentido, ganaré más.

—Gracias —dijo Crispin—, pero no estoy interesado.

 

—La decisión es tuya —concedió Win—, pero permíteme que lo explique un poco mejor. Administro bienes por un valor aproximado de cuatrocientos millones de dólares. Los clientes de Myron representan menos del tres por ciento del total. No soy empleado de MB SportsReps ni Myron Bolitar lo es de Lock-Horne Securities. Tampoco somos socios. Yo no he invertido en su empresa ni él en la mía. Myron nunca ha indagado, preguntado o comentado la situación financiera de ninguno de mis clientes. Somos absolutamente independientes. Salvo por una cosa.

Todos los ojos estaban puestos en Win. Myron, que no era conocido precisamente por saber mantener la boca cerrada, no la abrió.

—Soy el asesor financiero de todos y cada uno de sus clientes —añadió Win—. ¿Sabes por qué?

Crispin negó con la cabeza.

—Porque Myron insiste en ello.

Crispin parecía algo perplejo.

—No lo entiendo. Si no saca nada a cambio...

—No he dicho eso.

—¿Cómo...?

—Él también fue deportista; ¿lo sabías?

—Algo he oído.

—Sabe lo que les ocurre a los deportistas. Sabe cómo los timan. Cómo despilfarran sus ganancias, sin acabar nunca de aceptar que su carrera puede verse truncada en un abrir y cerrar de ojos. De modo que insiste, fíjate bien, insiste en no hacerse cargo de sus finanzas. Lo he visto rechazar clientes por este motivo. Además, insiste en que sea yo quien se ocupe de sus fortunas. ¿Por qué? Por la misma razón por la que has acudido a mí. Sabe que soy el mejor. Presuntuoso, pero el mejor. Asimismo, Myron insiste en que me vean en persona al menos una vez por trimestre. No basta con unas cuantas llamadas telefónicas. No basta con los faxes, el correo electrónico y la correspondencia. Insiste en que repase personalmente cada uno de los asientos contables.

Win se reclinó en la silla y juntó las yemas de los dedos. Le encantaba aquel gesto. Le otorgaba cierto aire de hombre sabio.

—Myron Bolitar es mi mejor amigo —prosiguió—. Me consta que daría su vida por mí, y yo haría lo mismo por él. Pero si alguna vez tuviera el presentimiento de que yo no estoy haciendo lo mejor por el interés de un cliente, se llevaría la cartera sin pensárselo dos veces.

—Bonito discurso, Win —comentó Norm—. Me ha llegado aquí. —Se señaló la barriga.

Win le lanzó una mirada asesina. Norm dejó de sonreír.

—Cerré el trato con el señor Zuckerman por mi cuenta —dijo Crispin—. Podría hacer otros.

—No voy a comentar nada sobre el negocio con Zoom —dijo Win—, pero te voy a decir una cosa. Eres un muchacho despierto. Un hombre listo conoce tan bien sus capacidades como sus puntos flacos, y les otorga la misma importancia. Yo, por ejemplo, no sabría cómo negociar un contrato de promoción. Conozco los rudimentos, pero no es a lo que me dedico. No soy fontanero. Si se revienta una tubería en mi casa, soy incapaz de arreglarla. Tú eres jugador de golf, uno de los mejores que he visto en mi vida. Deberías concentrarte en el juego.

Tad Crispin bebió un sorbo de té helado. Cruzó las piernas. Hasta sus calcetines eran amarillos.

—Le está haciendo mucha publicidad a su amigo —dijo.

—Te equivocas —repuso Win—. Sería capaz de asesinar a alguien por mi amigo, pero en términos financieros no le debo nada. Tú, por otra parte, eres mi cliente, y por ello tengo una seria responsabilidad fiscal para contigo. Seamos francos, me has pedido que incremente tus ganancias. Te propondré varias posibilidades de inversión. Aunque ésta es la mejor recomendación que puedo hacerte.

Crispin se volvió hacia Myron. Lo observó de arriba abajo con mirada escrutadora. Myron estuvo a punto de rebuznar para que pudiera examinarle la dentadura.

—Según parece es usted muy bueno —le dijo Crispin a Myron.

—Lo soy —convino Myron—, pero no quiero que te lleves de mí una impresión equivocada. No soy tan altruista como Win ha dado a entender. No trato de convencer a mis clientes de que cuenten con él porque yo sea un tipo fenomenal. Me consta que el hecho de que se encargue de mis clientes es un valor añadido a los servicios que presto. Contribuye a que estén satisfechos. Ése es el beneficio que obtengo. Sí, es cierto que insisto en que mis clientes participen en la toma de decisiones relacionadas con su dinero, pero lo hago para proteger tanto sus intereses como los míos.

—¿Y eso?

—Me imagino que habrás oído hablar de mánagers y agentes que roban a los deportistas que representan.

—Sí.

—¿Sabes a qué se debe en gran parte?

Crispin se encogió de hombros.

—A la codicia, supongo.

Myron ladeó la cabeza en un ademán que afirmaba y negaba al mismo tiempo.

—La mayor culpable es la apatía. La escasa implicación de los deportistas. Se vuelven perezosos. Les parece más fácil confiar a ciegas en su agente, y eso es malo. Que el agente pague las facturas, dicen. Que el agente invierta el dinero. Ese tipo de cosas. Ahora bien, eso no sucederá jamás en MB SportsReps. Y no será porque yo vigile las operaciones, ni porque las vigile Win, sino porque las vigilarás tú mismo.

—Eso ya lo hago —dijo Crispin.

—Vigilas tu dinero, es cierto, aunque dudo que vigiles todo lo demás.

Crispin meditó sobre aquello por unos instantes.

—Le agradezco la charla —dijo—, pero creo que me basto por mí mismo.

Myron señaló la cabeza de Tad Crispin.

—¿Cuánto ganas por esa gorra? —preguntó.

—¿Cómo dice?

—Llevas una gorra sin ningún logotipo —explicó Myron—. Para un jugador como tú, eso supone, por lo menos, una pérdida de un cuarto de millón de dólares.

—Pero voy a trabajar con Zoom —arguyó Crispin tras una pausa.

—¿Han adquirido los derechos de la gorra?

—Creo que no.

—La parte frontal vale un cuarto de millón. También podemos vender los laterales, si quieres. Valen menos. Quizás obtendrías en total unos cuatrocientos mil dólares. La camiseta ya es harina de otro costal.

—Eh, aguarda un momento —intervino Zuckerman—. Vestirá camisetas Zoom.

—Muy bien, Norm —dijo Myron—, pero tiene derecho a llevar logotipos. Uno en el pecho y otro en cada manga.

—¿Logotipos? —preguntó Crispin.

—De cualquiera. De Coca-Cola, quizá. De IBM. Incluso de Home Depot.

—¿Logos en mi camiseta?

—Sí. Y dime, ¿qué sueles beber en el campo?

—¿Beber? ¿Mientras juego?

—Sí. Es probable que te consiga un acuerdo con Powerade o con un fabricante de refrescos. ¿Qué me dices del agua mineral Spring Poland? Podría estar bien. Y luego la bolsa. Tienes que negociar un trato para tu bolsa de golf.

—No lo entiendo.

—Eres una cartelera, Tad. Sales en televisión. Montones de seguidores te ven. Tu gorra, tu camiseta, tu bolsa de golf son soportes donde fijar anuncios.

—Un momento, un momento —dijo Zuckerman—. Él no puede...

Un teléfono móvil empezó a sonar, pero no fue más allá del primer timbrazo. Myron lo desconectó con una celeridad que habría desbancado al mismísimo Wyatt Earp. Reflejos rápidos. Resultaban de lo más práctico de vez en cuando.

No obstante, aquel breve sonido suscitó la ira de los socios del club que se hallaban más cerca. Myron echó un vistazo alrededor. Se había convertido en el blanco de varias miradas afiladas como puñales, incluida la de Win, quien dijo con mordacidad:

—Ve fuera y escóndete donde nadie te vea.

Myron saludó con arrogancia y salió a toda prisa como si acabara de sufrir un colapso en la vejiga. Cuando llegó a una zona segura próxima al aparcamiento, contestó la llamada.

—Diga.

—Oh, Dios mío... —Era Linda Coldren.

—¿Qué ocurre? —preguntó Myron, a quien el tono de la voz de la mujer había conmovido.

—Ha vuelto a llamar.

—¿Lo ha grabado?

—Sí.

—Voy vol...

—¡No! —gritó ella—. Está vigilando la casa.

—¿Lo ha visto?

—No. Pero... No venga. Por favor.

—¿Desde dónde está hablando?

—Desde la línea de fax del sótano. Oh, por Dios, Myron, tendría que haberle oído.

—¿Ha salido su número en el identificador de llamadas?

—Sí.

—Démelo.

Linda así lo hizo. Myron sacó una pluma de su cartera y lo anotó en un recibo viejo de Visa.

—¿Está sola?

—Jack está aquí, conmigo.

—¿Hay alguien más? ¿Qué ha pasado con Esme Fong?

—Está arriba, en el salón.

—Muy bien —dijo Myron—. Tendría que oír esa llamada.

—No cuelgue. Jack está conectando el contestador. Acercaré el auricular para que pueda oírla.

7

El magnetófono se puso en marcha con un chasquido. Myron oyó primero las llamadas del teléfono. El sonido era de una claridad sorprendente. Luego oyó a Jack Coldren:

—¿Diga?

—¿Quién es la zorra china?

Era una voz grave y amenazante, manipulada mediante algún sistema artificial. Hombre o mujer, niño o adulto, podía tratarse de cualquiera.

—No sé a qué...

—¿Intentas joderme, cabrón hijo de puta? Te empezaré a mandar al maldito mocoso en pedacitos.

—Por favor... —suplicó Jack Coldren.

—Dije que nada de avisar a nadie.

—No lo hemos hecho.

—Entonces dime quién es esa zorra china que acaba de entrar en tu casa.

Silencio.

—¿Crees que somos estúpidos, Jack?

—Por supuesto que no.

—Entonces ¿quién es?

—Se llama Esme Fong —respondió Coldren—. Trabaja en una empresa de confección. Ha venido a fijar las condiciones de un contrato de publicidad con mi esposa, eso es todo.

—Y una mierda.

—Es la verdad, se lo juro.

—No sé, Jack...

—No tengo por qué mentirle.

—Bueno, Jack, eso todavía está por ver. Tendrás que pagar por esto.

—¿A qué se refiere?

—Cien mil dólares. Considéralo una penalización.

—¿Por qué?

—¿Quieres al chico con vida? Pues esto te va a costar cien mil más, y...

—Espere un momento. —Coldren se aclaró la garganta. Trataba de recuperar el control sobre sí mismo.

—¿Jack?

—¿Sí?

—Como vuelvas a interrumpirme le perforaré la polla a tu retoño con un tornillo.

Silencio.

—Ten el dinero a punto, Jack. Cien mil dólares. Te volveré a llamar para decirte qué tienes que hacer. ¿Entendido?

—Sí.

—Pues no me jodas, Jack. Me encanta hacer daño a la gente.

Un breve silencio anticipó la estridencia súbita de un chillido agudo, un chillido que crispaba los nervios y ponía la piel de gallina. La mano de Myron apretó el teléfono.

La línea se cortó. Se oyó el tono de marcar. Luego, nada.

Linda Coldren apartó el auricular del altavoz.

—¿Qué vamos a hacer?

—Llamar al FBI —respondió Myron.

—¿Ha perdido el juicio?

—Creo que es lo mejor.

Jack Coldren dijo algo ininteligible. Linda reapareció en el auricular.

—Definitivamente, no. Sólo queremos pagar el rescate y recuperar a nuestro hijo.

No tenía sentido discutir con ellos.

—No hagan nada. Volveré a llamar lo antes posible.

Myron cortó la comunicación y marcó el número de Lisa en New York Bell. Era uno de sus contactos desde los tiempos en que él y Win trabajaron para el Gobierno.

—Un identificador de llamadas me ha dado un número de Filadelfia —dijo—. ¿Puedes localizarme la dirección?

—Enseguida.

Le dio el número. La gente que ve demasiada televisión cree que esta clase de cosas requiere mucho tiempo. Las cosas habían cambiado. El rastro se seguía de modo instantáneo. Nada de «haz que siga hablando» o cualquier otra forma de retenerlo al aparato. Lo mismo sucedía cuando se trataba de dar con la ubicación de un número de teléfono. Cualquier operadora, prácticamente desde cualquier lugar, podía introducir el número en su ordenador, o emplear uno de esos directorios inversos, y asunto resuelto. ¡Demonios!, ni siquiera era preciso contar con una operadora. Los programas de ordenador en CD-ROM y las páginas web daban el mismo resultado.

—Es un teléfono público —dijo Lisa.

No era una buena noticia, aunque no le sorprendió.

—¿Sabes dónde está?

—En el centro comercial Grand Mercado, en Bala-Cynwyd.

—¿Un centro comercial?

—Sí.

—¿Estás segura?

—Eso es lo que pone.

 

—¿En qué sección del centro comercial?

—No tengo ni idea. ¿Crees que en el listado pone «entre Sears y Victoria’s Secret»?

Aquello carecía de lógica. ¿Un centro comercial? ¿El secuestrador había arrastrado a Chad Coldren hasta un centro comercial para que chillara por teléfono?

—Gracias, Lisa.

Colgó y se volvió hacia el porche. Win estaba de pie justo detrás de él. Permanecía con los brazos cruzados y, como siempre, se lo veía muy relajado.

—El secuestrador ha llamado —dijo Myron.

—Eso me ha parecido oír.

—Podrías ayudarme a esclarecer este asunto.

—No —repuso Win.

—No tiene nada que ver con tu madre.

Win no se inmutó; sin embargo, algo alteró su mirada.

—Cuidado —fue todo lo que dijo.

Myron sacudió la cabeza.

—Tengo que irme. Discúlpame ante los demás.

—Has venido aquí en busca de clientes —dijo Win—. Antes te has justificado con el argumento de que habías aceptado ayudar a los Coldren con la esperanza de representarlos.

—¿Y?

—Y estás tremendamente cerca de conseguir al jugador de golf más codiciado del mundo. El sentido común dicta que te quedes.

—No puedo.

Win descruzó los brazos.

—¿Harías una cosa por mí? —preguntó Myron—. Sólo quiero saber si estoy perdiendo el tiempo o no.

Win permaneció inmóvil.

—¿Recuerdas que te he contado que Chad utilizó su tarjeta bancaria?

—Sí.

—Consígueme la cinta de la cámara de seguridad del cajero automático —dijo—. Así tal vez descubra que todo esto no es más que una broma de mal gusto que nos está gastando Chad.

Win se encaminó hacia el porche.

—Te veré en la casa esta noche.

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