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Muerte en el hoyo 18

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Z serii: Myron Bolitar #4
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2

—No debería contarle nada de esto —prosiguió Linda Coldren—. Dijo que lo mataría.

—¿Quién lo dijo?

Ella respiró profundamente varias veces, como un niño en lo alto de un trampolín. Myron esperó. Le llevó unos segundos, pero por fin dio el paso decisivo.

—Esta mañana he recibido una llamada —explicó. Sus grandes ojos no paraban de moverse—. Un hombre me ha dicho que tenía a mi hijo y que si llamaba a la policía lo mataría.

—¿Le ha dicho algo más?

—Sólo que volvería a llamar para darnos instrucciones.

—¿Eso es todo?

Asintió con la cabeza.

—¿A qué hora ha llamado? —preguntó Myron.

—Serían las nueve, o las nueve y media.

Myron se acercó al televisor y contempló una de las fotografías enmarcadas.

—¿Es un retrato reciente de su hijo?

—Sí.

—¿Qué edad tiene?

—Dieciséis. Se llama Chad.

Myron examinó la fotografía. El risueño adolescente presentaba los mismos rasgos rollizos de su padre. Llevaba una gorra de béisbol con la visera hacia atrás, al estilo de los chavales. El palo de golf, que apoyaba con orgullo en el hombro, le confería el aspecto de un miliciano con la bayoneta calada. Tenía los ojos entrecerrados como si se hallara de cara al sol. Myron inspeccionó el rostro de Chad como si éste pudiera proporcionarle alguna pista o iluminar su discernimiento. Pero no fue así.

—¿Cuándo se ha percatado de la ausencia de su hijo?

Linda Coldren dirigió una mirada rápida a su padre y luego irguió la cabeza, como si se preparara para que éste le propinara un cachete.

—Chad lleva dos días fuera —respondió lentamente.

—¿Fuera? —interrogó Myron Bolitar en tono de gran inquisidor.

—Sí.

—Cuando dice fuera...

—Quiero decir exactamente eso —lo interrumpió—. No lo he visto desde el miércoles.

—¿Y el secuestrador no ha telefoneado hasta el día de hoy?

—Así es.

Myron abrió la boca, la cerró, templó la voz. «Anda con tiento, Myron —pensó—, sé amable, ve paso a paso.»

—¿Usted conocía su paradero?

—Supuse que estaría en casa de su amigo Matthew —respondió Linda Coldren.

Myron asintió, como si ese gesto revelara una brillante perspicacia. Volvió a asentir y preguntó:

—¿Se lo dijo Chad?

—No.

—Así pues —concluyó él, fingiendo no darle importancia—, estos dos últimos días usted no sabía dónde se encontraba su hijo.

—Acabo de decirle que creía que estaba en casa de Matthew.

—No llamó a la policía.

—Claro que no.

Myron estuvo a punto de hacerle otra pregunta complementaria, pero la actitud de Linda Coldren le obligó a replantear el discurso. Linda aprovechó ese instante de indecisión. Se encaminó hacia la cocina con aire distinguido. Myron la siguió. Bucky salió de repente de su estado de trance y fue tras ellos.

—Permítame asegurarme de que he entendido bien —dijo Myron, que había decidido enfocar el asunto desde un ángulo distinto—. ¿Chad se esfumó antes del torneo?

—Correcto —respondió ella—. El Open comenzó el jueves. —Abrió la nevera y añadió—: ¿Por qué? ¿Acaso es importante?

—Elimina una de las posibles causas —explicó Myron.

—¿Cuál?

—La de alterar los resultados del torneo —aclaró Myron—. Si Chad hubiese desaparecido hoy, cuando su marido va en cabeza de la clasificación, podría conjeturarse que alguien pretende impedir que gane el Open. Pero hace dos días, antes de que el torneo hubiese comenzado...

—Nadie habría apostado un centavo por Jack —Linda Coldren terminó la frase por él—. Tenía una posibilidad entre cinco mil de vencer, y eso en el mejor de los casos. —Asentía con la cabeza al hablar, como si enfatizara la lógica del argumento—. ¿Le apetece una limonada? —preguntó.

—No, gracias.

—¿Papá?

Bucky negó con la cabeza. Linda Coldren se inclinó hacia el interior de la nevera.

—Muy bien —dijo Myron, haciendo lo posible por mostrarse despreocupado—. Hemos descartado una posibilidad. Probemos con otra.

Linda Coldren lo observó. Con una mano sostenía una jarra de cristal de cuatro litros sin que su antebrazo diera muestras de realizar un gran esfuerzo. Myron se debatía buscando la manera de abordar la cuestión, lo cual no resultaba nada sencillo. Finalmente, se animó a preguntar:

—¿Es posible que su hijo esté detrás de todo esto?

—¿Qué?

—Se trata de una pregunta inevitable —adujo Myron—, dadas las circunstancias.

Linda dejó la garrafa sobre el mostrador de madera.

—¿Qué diablos pretende decir? ¿Cree acaso que Chad está simulando su propio secuestro?

—No he dicho eso. He dicho que quería comprobar esa posibilidad.

—Lárguese.

—Llevaba dos días fuera y nadie ha avisado a la policía —dijo Myron—. Una conclusión posible es que aquí se haya producido alguna clase de tensión. Que Chad ya se hubiese escapado antes.

—O bien —contraatacó Linda Coldren, cerrando con fuerza los puños—, podría sacar la conclusión de que confiamos en nuestro hijo. Que le otorgamos un grado de libertad acorde con su nivel de madurez y responsabilidad.

Myron dirigió una mirada a Bucky, que mantenía la cabeza gacha.

—Si tal es el caso...

—Tal es el caso.

—Pero dígame, ¿acaso los chicos responsables no dicen a sus padres adónde van, para asegurarse así de que no van a preocuparse en vano?

Linda Coldren sacó un vaso del armario con excesiva delicadeza. Lo puso sobre el mostrador y, mientras lo llenaba lentamente, dijo:

—Chad ha aprendido a ser muy independiente. Su padre y yo somos jugadores de golf profesionales, lo cual, voy a serle franca, significa que ni él ni yo pasamos mucho tiempo en casa.

—Sus prolongadas ausencias —aventuró Myron—, ¿no han dado pie a cierta... tirantez?

Linda Coldren negó con la cabeza.

—Todo esto no tiene ningún sentido.

—Sólo intento...

—Mire, señor Bolitar, Chad no está detrás de esto. De acuerdo, es un adolescente. No es perfecto, como tampoco lo son sus padres, pero eso no significa que haya simulado su propio secuestro. Y aun suponiendo que lo hubiese hecho, aunque sé que no es así, pero supongámoslo de todos modos, entonces está sano y salvo y podemos prescindir de usted. Si se trata de un engaño cruel, no tardaremos en descubrirlo. Pero si mi hijo está en peligro, seguir en este plan es una pérdida de tiempo que no me puedo permitir.

Myron asintió. La señora se saldría con la suya.

—Comprendo —dijo.

—Bien.

—¿Ha telefoneado a su amigo después de hablar con el secuestrador? Me refiero al amigo en cuya casa pensaba que estaría.

—Se llama Matthew Squires. Sí, he telefoneado.

—¿Y Matthew tenía idea de dónde puede estar?

—No.

—Son amigos íntimos, ¿verdad?

—Sí.

—Estarán muy unidos.

Ella frunció el entrecejo.

—Sí, mucho.

—¿Matthew llama aquí a menudo?

—Sí. O se comunican por correo electrónico.

—Necesito el número de teléfono de Matthew —dijo Myron.

—Pero si acabo de decirle que ya he hablado con él.

—Sea complaciente —le rogó Myron—. Muy bien, ahora retrocedamos un poco en el tiempo. ¿Cuándo vio a Chad por última vez?

—El día en que desapareció.

—¿Qué ocurrió?

Linda Coldren volvió a fruncir el entrecejo.

—¿Qué pretende decir con eso de qué ocurrió? Se fue a la escuela de verano. No he vuelto a verlo desde entonces.

Myron la observaba. Ella se calló y le sostuvo la mirada, se diría que con demasiada tranquilidad. Allí había algo que no encajaba.

—¿Ha telefoneado a la escuela para saber si fue a clase ese día? —preguntó.

—No se me había ocurrido.

Myron miró la hora en su reloj de pulsera. Viernes. Las cinco de la tarde.

—Dudo que todavía haya alguien allí, pero nada perdemos con intentarlo. ¿Dispone de más de una línea telefónica?

—Sí.

—No llame por la que utilizó el secuestrador. No quiero que encuentre la línea ocupada en caso de que vuelva a llamar.

Ella asintió.

—De acuerdo.

—¿Su hijo tiene tarjetas de crédito, o de cajero automático o algo por el estilo?

—Sí.

—Necesito una lista. Y los números, si los tiene.

Ella volvió a asentir.

—Voy a telefonear a un amigo —añadió Myron— para ver si puede instalar un identificador de llamadas en esta línea, para cuando el secuestrador vuelva a telefonear. Me figuro que Chad tendrá ordenador.

—Sí —respondió Linda Coldren.

—¿Dónde está?

—Arriba, en su habitación.

—Voy a traspasar toda la información que contenga a mi oficina a través de su módem. Tengo una ayudante que se llama Esperanza. La estudiará a fondo; tal vez encuentre algo.

—¿Algo como qué?

—Si le soy franco, no tengo la menor idea. Correo electrónico, servicios de noticias a los que esté suscrito... no sé, cualquier cosa que pueda suponer un indicio. No se trata de un procedimiento muy científico. Hay que comprobar cuanto esté en nuestra mano, y así tal vez demos con algo.

Linda meditó en ello por un instante.

—De acuerdo —concedió.

—¿Y qué hay de usted, señora Coldren? ¿Tiene algún enemigo?

—Soy la jugadora de golf número uno del mundo —declaró ella con una sonrisa—. Eso me genera un montón de enemistades.

—¿Alguien a quien crea capaz de hacer esto?

—No —respondió—. Nadie.

 

—¿Y su marido? ¿Hay alguien que deteste lo bastante a su marido?

—¿A Jack? —Linda forzó una risa entre dientes—. Todo el mundo adora a Jack.

—¿Qué quiere decir?

Ella se limitó a menear la cabeza y se desentendió de Myron con un ademán.

Myron hizo unas cuantas preguntas más, pero ya le quedaba poco donde hurgar. Pidió permiso para subir a la habitación de Chad, y ella lo precedió por las escaleras.

Lo primero que Myron vio tras abrir la puerta del dormitorio de Chad fueron los trofeos. Había montones. Todos de golf. Todos coronados por una estatuilla de bronce que representaba a un hombre ejecutando un swing, con el palo de golf por encima del hombro y la cabeza erguida. Unas veces el hombrecillo llevaba una gorra de golf. Otras, el pelo corto y ondulado. Había dos bolsas de golf de piel en el rincón de la derecha, ambas repletas de palos. Los retratos de Jack Nicklaus, Arnold Palmer, Sam Snead y Tom Watson cubrían las paredes. Esparcidos por el suelo, varios ejemplares de Golf Digest.

—¿Chad juega a golf? —preguntó Myron.

Linda Coldren lo miró sin decir palabra. Myron topó con su fija mirada y asintió solemnemente.

—En ocasiones mis facultades deductivas intimidan a ciertas personas —explicó.

Casi logró que sonriera.

—Procuraré no dejarme impresionar —dijo ella.

Myron dio un paso hacia los trofeos.

—¿Es bueno?

—Muy bueno. —Linda se volvió bruscamente, dando la espalda a la habitación—. ¿Necesita algo más?

—Ahora mismo, no.

—Estaré abajo.

No esperó a que la bendijera.

Myron entró en la habitación. Comprobó el contestador automático del teléfono de Chad. Había tres mensajes. Dos de ellos eran de una chica llamada Becky. A juzgar por lo que oyó, se trataba de una buena amiga. Sólo llamaba para decir, bueno, hola, y ver si quería, bueno, hacer algo aquel fin de semana, ya sabes. Ella y Millie y Suze iban a, bueno, se pasarían por el Heritage, y si le apetecía verlas, bueno, pues ya sabes. Myron sonrió. Los tiempos estarían cambiando, pero aquellas palabras podía haberlas pronunciado una muchacha que hubiese ido al colegio con Myron, con su padre o con el padre de su padre. Las generaciones pasan por un ciclo. La música, las películas, el lenguaje, la moda; todas esas cosas cambian, pero no son más que estímulos externos. Tanto en el interior de unos pantalones con rodilleras como bajo un corte de pelo atrevido existen los mismos temores, necesidades y sentimientos de inadaptación propios de la adolescencia.

La última llamada era de un muchacho llamado Glen. Quería saber si a Chad le apetecía jugar al golf en «el Pine» aquel fin de semana, ya que el Merion estaría a rebosar por culpa del Open. «Papi —aseguraba a Chad la voz repipi de Glen en la grabación— nos conseguirá hora en el tee, sin problemas.»

Ningún mensaje de Matthew Squires, el gran camarada de Chad.

Conectó el ordenador. Windows 95. Perfecto. Era el mismo que empleaba Myron. Enseguida se dio cuenta de que Chad recibía el correo electrónico a través de America Online. Tanto mejor. Myron pulsó flashsession. El módem estableció conexión y emitió un breve chirrido. Una voz dijo: «Bienvenido. Tiene correo». Docenas de mensajes se fueron cargando automáticamente. La misma voz dijo: «Adiós». Myron repasó el directorio de direcciones de correo electrónico y dio con la de Matthew Squires. Echó una ojeada a los mensajes cargados. Ninguno era de Matthew.

Interesante.

No descartaba en absoluto la posibilidad de que el señor Matthew y Chad estuvieran menos unidos de lo que Linda Coldren creía. También era muy probable que, aunque no fuera así, Matthew no se hubiese puesto en contacto con su amigo desde el miércoles, a pesar de que éste, según cabía suponer, había desaparecido sin previo aviso. Mera casualidad.

En conjunto, resultaba un caso interesante.

Myron descolgó el teléfono de Chad y pulsó el botón de rellamada. Después de la cuarta señal se oyó una voz grabada en el contestador automático: «Has llamado a Matthew. Deja un mensaje si te apetece».

Myron colgó sin dejar ningún mensaje. No le apetecía. Mmm. Matthew era la última persona a la que Chad había llamado. Aquello bien podía ser significativo. O no tener nada que ver con nada. En cualquier caso, Myron estaba yendo muy deprisa hacia ninguna parte.

Sirviéndose otra vez del teléfono de Chad, marcó el número de su oficina. Esperanza contestó tras la segunda señal.

—MB SportsReps.

—Soy yo.

La puso al corriente. Ella escuchó sin interrumpirle.

Esperanza Diaz trabajaba en MB SportsReps desde la fundación de la empresa. Diez años atrás, cuando Esperanza sólo tenía dieciocho, era la reina de la Sunday Morning Cable TV. No, no aparecía en ningún publirreportaje, aunque su programa competía con un montón de ellos, sobre todo con aquel del aparato de ejercicios abdominales que guardaba un parecido impresionante con un instrumento medieval de tortura; en su lugar, Esperanza había sido una luchadora profesional conocida como Pequeña Pocahontas, la sensual princesa india. Cubría su ágil y menuda figura con tan sólo un bikini de ante. Esperanza fue elegida la participante más popular del campeonato de lucha libre americano durante tres años consecutivos. Pese a su éxito, a Esperanza no se le subieron los humos.

—¿Win tiene madre? —preguntó Esperanza con incredulidad cuando Myron puso fin al relato del secuestro.

—Sí.

—Pues mi teoría del engendro surgido de un huevo diabólico se va al traste —repuso ella tras una pausa.

—No tienes remedio.

—¿Y quién lo tiene? —respondió Esperanza—. Win me cae bien, eso ya lo sabes, pero el chico es un poco... ¿Cuál es el término psiquiátrico oficial? ¡Ah, sí! Lelo.

—Pues ese lelo una vez te salvó la vida —observó Myron.

—Sí, ya, pero imagino que recordarás cómo —repuso ella.

Myron lo recordaba. Un callejón oscuro. Las certeras balas de Win esparciendo materia gris como confeti tras un desfile. Típico de él. Eficaz pero excesivo. Como aplastar un insecto con un martillo de demolición.

—Como dije antes —continuó ella con parsimonia—, un lelo.

Myron deseaba cambiar de tema.

—¿Algún recado?

—Cerca de un millón, pero ninguno urgente. —Hizo una pausa y preguntó—: ¿La has visto alguna vez?

—¿A quién?

—A Madonna —le espetó—. ¿A quién va a ser? A la madre de Win.

—Sólo en una ocasión —respondió Myron. Hacía más de diez años de eso. Él y Win cenaron en el Merion. Win no dirigió la palabra a su madre durante toda la velada. Pero ella sí le habló. El recuerdo hizo que Myron se estremeciera una vez más.

—¿Ya le has hablado de este asunto a Win? —preguntó ella.

—No. ¿Qué me aconsejas?

Esperanza reflexionó por un instante.

—Hazlo por teléfono —dijo—. Mantén una buena distancia de seguridad.

3

Decidieron darse un respiro.

Myron seguía en el estudio de los Coldren en compañía de Linda cuando Esperanza telefoneó. Bucky había regresado al Merion en busca de Jack.

—La tarjeta de crédito del chico fue utilizada ayer a las seis y dieciocho de la tarde —notificó Esperanza—. Un reintegro de ciento ochenta dólares. En una sucursal del First Philadelphia de la calle Porter, en la zona sur de Filadelfia.

—Gracias.

Informaciones de ese tipo no eran difíciles de obtener. Cualquiera que tuviese el número de la cuenta estaba en condiciones de hacerlo por teléfono; bastaba con fingir ser el titular. Incluso sin el número, cualquiera que hubiese trabajado en un cuerpo oficial de seguridad tendría los contactos, o los números de acceso, o por lo menos los recursos suficientes para untar a la persona adecuada. Gracias a la superabundancia de tecnología disponible, aquello ya no constituía una tarea excesivamente complicada. La tecnología hacía algo más que despersonalizar; dejaba tus entrañas al descubierto, te destripaba, te despojaba de toda pretensión de vida privada.

Pulsando las teclas adecuadas podías averiguarlo casi todo.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Linda Coldren.

Él se lo explicó.

—Eso no significa necesariamente lo que está usted pensando —repuso ella—. El secuestrador puede haberle sonsacado el número secreto a Chad.

—Puede —repuso Myron.

—Pero usted no lo cree así, ¿verdad?

Se encogió de hombros.

—Digamos, sencillamente, que soy bastante escéptico.

—¿Por qué?

—Por la cantidad, para empezar. ¿Qué límite tiene asignado Chad?

—Quinientos dólares al día.

—En ese caso, ¿a cuento de qué un secuestrador sacaría sólo ciento ochenta dólares?

Linda Coldren reflexionó por un instante.

—Si sacara demasiado, quizá levantaría sospechas.

Myron frunció el entrecejo.

—Suponiendo que el secuestrador fuese tan cuidadoso —razonó—, ¿por qué arriesgar tanto por ciento ochenta dólares? Todo el mundo sabe que los cajeros automáticos están equipados con cámaras de seguridad. Todo el mundo sabe, también, que hasta la operación electrónica más sencilla deja un rastro localizable.

—Usted no cree que mi hijo esté en peligro —le dijo ella en tono gélido.

—No he dicho eso. Puede que todo parezca una cosa y luego resulte ser otra. Quizá tenga usted razón. Es más seguro considerar que se trata de un secuestro real.

—Así pues, ¿cuál va a ser su siguiente paso?

—No estoy seguro. El cajero automático estaba en la calle Porter de la zona sur de Filadelfia. ¿Acaso Chad frecuenta ese lugar?

—No —respondió con calma Linda Coldren—. En realidad, nunca hubiera imaginado que fuera por allí.

—¿Por qué lo dice?

—No hay más que tugurios. Es la parte más sórdida de la ciudad.

—¿Tiene un plano? —le pidió Myron.

—En la guantera.

—Estupendo. Necesito que me preste el coche por un rato.

—¿Adónde va?

—Voy a darme una vuelta por las inmediaciones de ese cajero.

—¿Con qué propósito?

—No lo sé —admitió Myron—. Tal como le he dicho antes, la investigación tiene poco de científica. Hay que moverse un poco, pulsar cuatro botones y esperar a que suceda algo.

Linda Coldren sacó las llaves de un bolsillo.

—Tal vez los secuestradores se lo llevaron allí —dijo—. Quizás encuentre su coche o alguna otra pista.

Myron reprimió darse una palmada en la frente. Un coche, claro. Había olvidado lo más elemental. En su mente, la desaparición de un chaval camino de la escuela evocaba imágenes de autobuses amarillos y caminatas a paso vivo con la cartera repleta de libros. ¿Cómo podía haber pasado por alto algo tan evidente como el rastro que deja un coche?

Preguntó marca y modelo. Un Honda Accord gris. No podía decirse que fuese un coche de los que destacan entre el tráfico. Matrícula de Pensilvania 567-AHJ. Llamó a Esperanza y le pasó los datos. A continuación le dio a Linda Coldren el número de su teléfono móvil.

—Llámeme si hay alguna novedad.

—De acuerdo.

—No tardaré en volver —dijo.

El trayecto no fue demasiado largo. Tuvo la impresión de viajar en un instante desde el esplendor verde hasta la inmundicia del hormigón; como cuando en Star Trek cruzan una de aquellas puertas del tiempo.

El cajero automático era de esos a los que se puede acceder sin bajar del coche, y estaba ubicado en lo que sólo la generosidad permitía calificar como distrito financiero. Había un montón de cámaras. Ni una caja atendida por seres humanos. ¿Realmente se arriesgaría tanto un secuestrador? Cabía ponerlo en duda. Myron se preguntó cómo podría hacerse con una copia de la cinta de vídeo sin poner sobre aviso a la policía. Tal vez Win conociese a alguien. Las instituciones bancarias solían mostrarse ansiosas por cooperar con la familia Lockwood. La cuestión era si Win accedería a cooperar.

La calle estaba flanqueada por almacenes abandonados (o al menos ése era el aspecto que ofrecían). Camiones de cinco ejes pasaban zumbando. A Myron le recordaron la moda de los radiotransmisores que conoció en la infancia. Su padre, como todo el mundo, había comprado uno; era un hombre nacido en el barrio de Flatbush, en Brooklyn, que terminó como propietario de una fábrica de ropa interior en Newark y que vociferaba «corto y cambio al canal diecinueve» imitando el acento que había oído en la película Deliverance. Su padre avanzaba en coche por Hobart Gap Road, desde su casa hasta el Centro Comercial Livingston (un trayecto de unos dos kilómetros), preguntado a sus «buenos camaradas» si había rastro de polis. Myron sonrió al recordarlo. Ah, los radiotransmisores. Estaba convencido de que su padre aún debía de conservar el suyo, guardado en alguna parte. Probablemente junto al reproductor de ocho pistas.

 

A un lado del cajero automático había una gasolinera que ni siquiera tenía nombre. Vio coches herrumbrosos apoyados sobre pilas de ladrillos a punto de desmoronarse. Al otro lado, un mugriento motel llamado Court Manor Inn daba la bienvenida a los clientes con un rótulo verde que rezaba: 19.99$ la hora.

Consejo de viaje de Myron Bolitar n.º 83: Es evidente que usted no se halla ante un establecimiento de cinco estrellas ni tampoco de gran lujo si éste anuncia a bombo y platillo tarifas por horas.

Debajo del precio, en letra negra más pequeña, el cartel anunciaba: techo de espejo y habitaciones temáticas con suplemento. ¿Habitaciones temáticas? Myron no quería ni imaginárselas. En el último renglón, de nuevo en grandes caracteres se leía: pregunte por el club de clientes habituales. Vaya por Dios.

Myron se preguntó si intentarlo merecía la pena y decidió que por qué no. Lo más probable era que no llegara a ninguna parte, pero si Chad estaba escondido (e incluso si lo habían secuestrado) una casa de citas era un lugar tan bueno como cualquier otro para desaparecer.

Entró en el aparcamiento. El Court Manor, un edificio de dos pisos, era un tugurio de manual. La escalera y los pasillos exteriores eran de madera carcomida. Los muros de hormigón carecían de enlucido, por lo que uno corría el riesgo de rasparse las manos si se apoyaba en ellos. El suelo estaba sembrado de restos de mortero. Una máquina dispensadora de refrescos, desenchufada, custodiaba la puerta como un guardia real. Myron pasó junto a ella y entró.

Se había preparado para encontrarse con el típico vestíbulo de casa de citas, a saber: un neandertal sin afeitar vestido con una camiseta sin mangas demasiado estrecha, mascando un palillo, eructando por el exceso de cerveza, sentado tras un cristal blindado. O algo por el estilo. Pero no fue ése el caso. El Court Manor Inn tenía un mostrador alto de madera, detrás del cual un letrero de bronce anunciaba: concierge. Myron procuró que no se le escapara la risa. Detrás del mostrador, un hombre elegante de unos treinta años y cara de niño se cuadró. Llevaba la camisa impecablemente planchada, el cuello almidonado y corbata negra con un nudo Windsor perfecto.

—¡Buenas tardes, caballero! —exclamó con una sonrisa, dirigiéndose a Myron—. ¡Bienvenido al Court Manor Inn!

—Hola —dijo Myron.

—¿Puedo servirle en algo, señor?

—Eso espero.

—¡Espléndido! Me llamo Stuart Lipwitz. Soy el nuevo director del Court Manor Inn. —Miró a Myron con expectación.

—Enhorabuena.

—Vaya, gracias, señor, muy amable de su parte. Si tiene alguna dificultad, si hay algo en el Manor Inn que no esté a la altura de sus expectativas, le ruego que me lo comunique de inmediato. Me ocuparé personalmente de arreglarlo. —Amplia sonrisa, pecho henchido—. En el Court Manor garantizamos su satisfacción.

Myron se quedó contemplándolo, a la espera de que aquella sonrisa de alto voltaje disminuyera su intensidad; pero no fue así, de modo que decidió mostrarle la fotografía de Chad Coldren.

—¿Ha visto a este muchacho?

Stuart Lipwitz ni siquiera bajó la vista. Sin dejar de sonreír, dijo:

—Lo siento, señor, pero ¿es usted de la policía?

—No.

—Entonces me temo que no puedo ayudarlo. Lo lamento mucho.

—¿Cómo dice?

—Tendrá que perdonarme, caballero, pero en el Court Manor Inn nos enorgullecemos de nuestra discreción.

—No está metido en ningún lío —dijo Myron—. No soy un detective privado a la caza de un marido infiel ni nada por el estilo.

La sonrisa no se alteró en absoluto.

—Lo lamento, señor, pero esto es el Court Manor Inn. Nuestra clientela contrata nuestros servicios para actividades diversas y con frecuencia prefiere mantenerse en el anonimato. Nuestro deber es respetar su voluntad.

Myron escrutó el rostro del hombre en busca de algún signo de afectación. Nada. Todo en él resplandecía. Myron se inclinó sobre el mostrador para inspeccionarle los zapatos. Pulidos como un par de espejos. Llevaba el pelo peinado hacia atrás. La viveza de sus ojos parecía auténtica.

Myron tardó en reaccionar, pero por fin se dio cuenta de lo que aquella situación exigía. Sacó la cartera y extrajo un billete de veinte dólares. Lo deslizó por encima del mostrador. Stuart Lipwitz lo miró sin moverse.

—¿Para qué es esto, señor?

—Es un regalo —respondió Myron.

Stuart Lipwitz no lo tocó.

—A cambio de cierta información —prosiguió Myron. Sacó un segundo billete y lo sostuvo en el aire—. Hay otro, si lo quiere.

—Caballero, en el Manor Court Inn tenemos una norma: el cliente ante todo.

—¿No es ésa la misma norma de las prostitutas?

—¿Cómo dice, señor?

—No tiene importancia —masculló Myron.

—Soy el nuevo director del Court Manor Inn, señor.

—Eso ya lo sé.

—Además, poseo el diez por ciento de la empresa.

—Su madre debe de ser la envidia de sus amigas.

La misma sonrisa impertérrita.

—En otras palabras, señor, estoy en esto a largo plazo. Así es como veo el negocio. A largo plazo. No sólo hoy y mañana, sino el futuro. A largo plazo. ¿Entiende?

—Por supuesto —contestó Myron categóricamente—. Quiere decir a largo plazo.

Stuart Lipwitz chasqueó los dedos.

—Exactamente. Y nuestro lema es: hay muchos sitios donde puede disfrutar de su adulterio, pero nosotros queremos que lo haga aquí.

Myron esperó un momento. Luego dijo:

—Muy franco.

—En el Court Manor Inn trabajamos de firme para ganarnos su confianza, y la confianza no tiene precio. Cada mañana, al levantarme, me lo repito ante el espejo.

—¿Ese espejo está en el techo?

Seguía sonriendo.

—Permítame que se lo explique de otra manera —dijo—. Si el cliente sabe que el Court Manor Inn es un lugar seguro donde consumar una indiscreción, es más probable que regrese. —Se inclinó hacia delante; le brillaban los ojos—. ¿Lo comprende?

Myron asintió.

—El negocio está en que repitan.

—Exactamente.

—Pero también en las referencias —agregó—; Myron ya sabe: «Eh, Bob, conozco un sitio estupendo para echar una cana al aire».

—Veo que lo comprende.

—Todo eso me parece muy bien, Stuart, pero este chaval tiene quince años. Quince. —En realidad, Chad tenía ya dieciséis, pero ¡qué demonios!—. Eso va contra la ley.

La sonrisa permaneció imperturbable, pero adquirió un cierto matiz de decepción para con el alumno favorito.

—Lo lamento, pero debo comunicarle que no tiene razón, señor; en este estado la edad penal es de catorce años. Y, en segundo lugar, no hay ninguna ley que prohíba que un chaval de quince años alquile una habitación de motel.

Aquel tipo estaba mareando la perdiz más de la cuenta, pensó Myron. No había motivo para prolongar la situación si el muchacho nunca había estado allí. Así pues, una vez más debía hacer frente a los hechos. Lo más probable era que Stuart Lipwitz se lo estuviera pasando en grande. Seguro que de ordinario se aburría como una ostra. En cualquier caso, pensó Myron, ya iba siendo hora de sacudir un poco el árbol.

—La hay cuando lo agreden en su motel, Stuart —dijo Myron—. La hay cuando declara que alguien consiguió una copia de la llave en recepción para luego irrumpir en su habitación. —Vaya farol.

—No tenemos copias de las llaves —le replicó Lipwitz.

—Pues de un modo u otro entró.

La misma sonrisa. El mismo tono cortés.

—Si tal fuera el caso, señor, la policía ya estaría aquí.

—Ése será mi próximo paso —amenazó Myron—, si usted no coopera.

—Y quiere saber si este joven —Lipwitz señaló la fotografía de Chad— se alojó aquí.

—Sí.

La sonrisa se hizo más radiante. Myron casi se tuvo que proteger los ojos.

—Pero señor, si lo que usted dice es verdad, este joven estaría en condiciones de declarar por sí mismo si se alojó aquí, con lo que no me necesitaría para obtener esa información.

Myron mantuvo el rostro impasible. El flamante director del Court Manor Inn había sido más listo que él.

—Así es —reconoció, cambiando de táctica al vuelo—. De hecho, me consta que estuvo aquí. No era más que una pregunta rutinaria, como cuando la policía te pregunta cómo te llamas aunque lo sepa perfectamente. Sólo para empezar la conversación. —Vaya modo de improvisar.