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La promesa

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Z serii: Myron Bolitar #8
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13

En Miami, Myron cenó con Rex Storton, un nuevo cliente, en un restaurante superenorme que eligió Rex porque pasaba mucha gente por allí. El restaurante era uno de esas cadenas tipo Bennigans o TGI Fridays o algo igual de universal y espantoso.

Storton era un actor ya mayor, una antigua superestrella que buscaba un papel independiente que lo hiciera salir del Loni Anderson Dinner Theater de Miami y lo devolviera al escalón más alto de Los Ángeles. Rex estaba resplandeciente con un polo rosa con el cuello levantado, pantalones blancos con los que un hombre de su edad no debería tener nada que ver y un tupé gris brillante que no estaba mal del todo cuando estabas sentado frente a él en la mesa.

Durante años Myron sólo había representado a atletas profesionales. Cuando uno de sus jugadores de baloncesto quiso ir más allá y dedicarse al cine, Myron empezó a conocer actores. De esta forma inició la nueva rama del negocio, y ahora llevaba clientes de Hollywood casi exclusivamente y dejaba la gestión de deportes a Esperanza.

Era raro. Siendo un atleta, se diría que Myron se relacionaría mejor con alguien de una profesión similar. No era así. Le gustaban más los actores. Los atletas solían detectarse muy pronto, a edades muy tempranas, y subían al estatus de dioses desde el principio. Entraban en la camarilla de los líderes en la escuela. Se les invitaba a todas las fiestas. Se ligaban a las chicas más guapas. Los adultos los adulaban. Los profesores los dejaban en paz.

Los actores eran diferentes. Muchos de ellos habían empezado en el extremo opuesto del espectro. Los atletas son los reyes en casi todas las ciudades. Los actores son a menudo los chicos que no entraron en el equipo y se buscaron otra actividad. A menudo eran demasiado bajitos —¿no ha conocido alguna vez a un actor personalmente y ha notado que era poca cosa?— o les faltaba coordinación. Así que se dedican a actuar. Después, cuando llegan al estrellato, no están acostumbrados al tratamiento. Les sorprende. De algún modo lo aprecian más. En muchos casos —si no en todos— los hace más humildes que a sus homólogos atletas.

Había otros factores, claro. Dicen que los actores salen al escenario para llenar el vacío que sólo el aplauso puede llenar. Aunque sea cierto, hacía que los actores estuvieran más deseosos de agradar. Mientras los atletas estaban acostumbrados a que la gente se doblegara a su voluntad y acababan creyendo que era su derecho en la vida, los actores llegaban a eso desde una posición de inseguridad. Los atletas necesitan ganar. Necesitan vencer. Los actores necesitan sólo el aplauso y, en consecuencia, la aprobación.

Eso hacía más fácil trabajar con ellos.

Sin duda era una completa generalización —Myron era un atleta, al fin y al cabo, y no se consideraba una persona difícil— pero como tantas generalizaciones, algo tenía de verdad.

Para engatusarlo, le vendió a Rex el papel en aquella película independiente como «un ladrón de coches mayor y travestido, pero con corazón». Él aceptó. Sus ojos no cesaban de pasear por la sala, como si estuvieran en un cóctel y esperara que apareciera alguien más importante. Mantenía un ojo fijo en la entrada, como todos los actores. Aquel tipo era mundialmente famoso por detestar a la prensa. Se había peleado con los fotógrafos, había demandado a las revistas del corazón. Exigía intimidad. Sin embargo, siempre que Myron cenaba con él, el actor elegía una mesa en el centro de la sala, de cara a la puerta, y siempre que entraba alguien, miraba, sólo un segundo, para asegurarse de que le hubieran reconocido.

Sin dejar de mover los ojos, dijo:

—Sí, sí, lo pillo. ¿Tendré que ponerme un vestido?

—En algunas escenas, sí.

—Ya lo he hecho.

Myron arqueó una ceja.

—Profesionalmente, quiero decir. No seas listillo. Y se hizo con gusto. El vestido tiene que ser de buen gusto.

—¿Qué? ¿No quieres nada con el escote muy bajo?

—Muy gracioso, Myron. Eres la monda. Ahora que lo pienso, ¿tendré que pasar una prueba?

—Sí.

—Por el amor de Dios, he hecho ochenta películas.

—Lo sé, Rex.

—¿No puede echarles un vistazo?

Myron se encogió de hombros.

—Eso ha dicho.

—¿Te ha gustado el guión?

—Sí, Rex.

—¿Cuántos años tiene el director?

—Veintidós.

—Por Dios. Yo ya era veterano cuando él nació.

—Te pagarán el vuelo a Los Ángeles.

—¿En primera?

—Turista, pero te puedo conseguir clase business.

—Ah, ¿a quién quiero engañar? Me sentaría en el ala con sólo el cinturón si el papel es bueno.

—Ése es el espíritu.

Una madre y una hija se acercaron a Rex y le pidieron un autógrafo. Él sonrió majestuosamente y se hinchó como un pavo. Miró a la madre y le dijo:

—¿Son hermanas?

Ella se marchó riendo.

—Otra clienta feliz —dijo Myron.

—Estoy para complacer.

Una rubia pechugona se acercó a pedirle autógrafo. Rex la besó con fuerza. Cuando se largó, le mostró a Myron un pedazo de papel.

—Mira.

—¿Qué es?

—Su teléfono.

—Genial.

—¿Qué puedo decir, Myron? Amo a las mujeres.

Myron miró hacia su derecha.

—¿Qué?

—Estaba pensando —dijo Myron— ¿cómo lo resistirá tu contrato prematrimonial?

—Qué gracioso.

Comieron pollo frito. O tal vez ternera, o gambas. Una vez en la freidora, sabía todo igual. Myron sentía los ojos de Rex posados en él.

—¿Qué? —dijo Myron.

—Es duro reconocerlo —dijo Rex—, pero sólo me siento vivo bajo los focos. He tenido tres esposas y cuatro hijos. Les quiero a todos. Lo pasé bien con ellos. Pero sólo me siento realmente yo cuando estoy bajo los focos.

Myron no dijo nada.

—¿Te parece lastimoso?

Myron se encogió de hombros.

—¿Sabes otra cosa?

—¿Qué?

—En el fondo del fondo, creo que casi todos somos así. Deseamos la fama. Queremos que la gente nos reconozca y nos pare por la calle. La gente dice que es un fenómeno nuevo, por los programas de telerealidad, pero yo creo que siempre ha sido así.

Myron estudió su lastimosa comida.

—¿Estás de acuerdo?

—No lo sé, Rex.

—Para mí, el foco se ha reducido un poco, tú ya me entiendes. Se ha ido apagando poco a poco. He tenido suerte. Pero he conocido estrellas de un solo éxito. Esos no vuelven a ser felices. Nunca más. Pero en mi caso, como ha ocurrido lentamente, me he podido acostumbrar. E incluso ahora la gente me reconoce. Por eso ceno fuera todas las noches. Sí, sé que es horrible, pero es así. E incluso ahora, que tengo más de setenta años, sueño en volver a disfrutar del más brillante de los focos. ¿Entiendes a qué me refiero?

—Sí —dijo Myron—. Por eso te quiero.

—¿Cómo es eso?

—Eres sincero. La mayoría de actores me dice que es sólo por el trabajo.

Rex soltó un bufido.

—Menuda tontería. Pero no es culpa suya, Myron. La fama es una droga. La más potente. Estás enganchado, pero no quieres reconocerlo. —Rex le dedicó la maliciosa sonrisa que solía derretir el corazón de las chicas—. ¿Y tú qué, Myron?

—¿Qué pasa?

—Como he dicho, lo del foco. A mí se me ha ido apagando lentamente. Pero tú, el mejor jugador de baloncesto universitario del país, con una carrera profesional por delante...

Myron esperó.

—...y de repente clic —Rex hizo chasquear los dedos—, se apagan las luces. Cuando tenías, ¿qué? ¿Veintiuno, veintidós años?

—Veintidós —dijo Myron.

—¿Y cómo lo superaste? Yo también te quiero, por cierto. O sea que dime la verdad.

Myron cruzó las piernas. Sintió que se ruborizaba.

—¿Te gusta el programa nuevo?

—¿Cuál? ¿El del teatro?

—Sí.

—Es una mierda. Es peor que desnudarse en la Ruta 17 en Lodi, Nueva Jersey.

—¿Y lo sabes por experiencia?

—Deja de cambiar de tema. ¿Cómo lo superaste?

Myron suspiró.

—Todos dicen que lo superé asombrosamente bien.

Rex levantó las palmas hacia el cielo y curvó los dedos como diciendo: «Venga, venga».

—¿Qué quieres saber exactamente?

Rex lo pensó.

—¿Qué hiciste primero?

—¿Después de la lesión?

—Sí.

—Rehabilitación. Mucha rehabilitación.

—¿Y cuando fuiste consciente de que tus días de baloncesto habían terminado?

—Volví a la Facultad de Derecho.

—¿Dónde?

—En Harvard.

—Muy impresionante. Así que fuiste a la Facultad de Derecho. ¿Y después qué?

—Ya sabes qué, Rex. Me saqué el título, abrí la agencia de deportes, expandí los servicios de agente, y ahora represento a actores y a escritores. —Se encogió de hombros.

—Myron...

—¿Qué?

—Te he pedido la verdad.

Myron cogió el tenedor, pinchó un pedacito y masticó lentamente.

—Las luces no sólo se apagaron, Rex. Yo tuve un corte de corriente total. Un apagón vital.

—Lo sé.

—Por lo tanto necesitaba dejarlo atrás.

—¿Y?

—Y ya está.

Rex meneó la cabeza y sonrió.

—¿Qué?

—La próxima vez —dijo Rex. Cogió su tenedor—. Me lo dirás la próxima vez.

—Eres un plomo.

—Pero me quieres, ¿recuerdas?

Cuando acabaron con la comida y la bebida, era tarde. Dos días seguidos bebiendo. Myron Bolitar, alcohólico de las estrellas. Se aseguró de que Rex volvía sano y salvo a su casa y él fue al piso de sus padres. Tenía la llave. Entró sin hacer ruido para no despertarles. Aunque no servía de nada.

 

La tele estaba encendida. Su padre, sentado en la sala. Cuando Myron entró, fingió que se despertaba. Era mentira. Su padre siempre esperaba despierto a que volviera. Daba igual la hora que fuera y que ya hubiera cumplido los cuarenta.

Myron se quedó de pie detrás del sillón de su padre. Su padre se volvió y le sonrió con la sonrisa que reservaba para decirle que era una creación única a los ojos del hombre y ¿cómo se podía mejorar eso?

—¿Lo has pasado bien?

—Rex es un buen hombre —dijo Myron.

—Me gustaban sus películas. —Su padre asintió exageradamente con la cabeza—. Siéntate un momento.

—¿Qué pasa?

—Siéntate, por favor.

Myron se sentó, unió las manos y las apoyó en las rodillas. Como cuando tenía ocho años.

—¿Se trata de mamá?

—No.

—Su Parkinson está empeorando.

—El Parkinson es así, Myron. Avanza.

—¿Puedo hacer algo?

—No.

—Al menos debería decir algo.

—No. Es mejor que no. ¿Qué vas a decir que tu madre no sepa ya?

Ahora le tocó a Myron asentir exageradamente con la cabeza.

—Entonces ¿de qué quieres hablar?

—De nada. Bueno, tu madre quiere que hablemos.

—¿Sobre qué?

—El dominical del New York Times de hoy.

—¿Cómo dices?

—Lo que han publicado. Tu madre piensa que te afectará y quiere que hablemos. Pero yo no lo creo. Lo que voy a hacer es darte el periódico y dejar que lo leas a solas. Si quieres hablar, ya sabes donde estoy, ¿vale? Si no, no es necesario.

Myron frunció el ceño.

—¿En The New York Times?

—En la sección de Estilo del dominical. —Su padre se puso de pie e indicó con la barbilla un montón de dominicales—. Página dieciséis. Buenas noches, Myron.

—Buenas noches, papá.

Su padre se fue por el pasillo. No era necesario ir de puntillas. Su madre podía dormir en un concierto de rock. Su padre era el vigilante nocturno, y su madre la princesa durmiente. Myron se levantó. Cogió el dominical, buscó la página dieciséis, vio la foto y sintió que un bisturí le perforaba el corazón.

El dominical del New York Times llevaba cotilleos de clase alta. Las páginas más leídas eran los anuncios de bodas. Y allí, en la página dieciséis, en la esquina izquierda, arriba, había una fotografía de un hombre con aspecto de muñeco Ken y dientes tan perfectos que tenían que ser fundas. Tenía una hendidura en la barbilla de senador republicano. Era Stone Norman. El artículo explicaba que dirigía el BMW Investment Group, una empresa financiera próspera especializada en importantes transacciones institucionales.

Ronquido.

El anuncio del compromiso decía que Stone Norman y su futura esposa se casarían el sábado siguiente en Tavern on the Green, en Manhattan. Un reverendo celebraría la ceremonia. A continuación los recién casados empezarían su vida juntos en Scarsdale, Nueva York.

Más ronquidos. Stone hacía roncar.

Pero nada de eso era lo que le había perforado el corazón. No, lo que lo había hecho, lo que realmente dolía y le había doblado las rodillas, era la mujer que se casaba con Stone, la que sonreía con él en aquella fotografía, una sonrisa que Myron conocía demasiado bien.

Por un momento Myron sólo miró. Después rozó con el dedo la cara de la futura novia. Su biografía decía que era autora de best-sellers, no-minada para el PEN/Faulkner y el National Book Award. Su nombre, Jessica Culver, y aunque no se mencionaba, durante más de una década había sido el amor de la vida de Myron Bolitar.

Se quedó mirándola.

Jessica, la mujer que era su alma gemela, iba a casarse con otro.

No la había visto desde que habían roto hacía siete años. La vida había seguido para él. Evidentemente había seguido para ella. ¿De qué se sorprendía?

Dejó el periódico y después volvió a cogerlo. Hacía toda una vida Myron le había pedido que se casara con él. Le contestó que no. Estuvieron juntos y rompieron varias veces durante una década. Pero al final Myron quería casarse y Jessica no. Se burlaba de la idea burguesa del matrimonio, los suburbios, la valla de madera, los hijos, las barbacoas, los partidos de béisbol: la vida que habían llevado los padres de Myron.

Y ahora se casaba con el gran Stone Norman y se iba a vivir al supersuburbio de Scarsdale, en Nueva York.

Myron dobló el periódico cuidadosamente y lo dejó sobre la mesita. Se levantó con un suspiro y salió al pasillo. Apagó la luz. Pasó frente al dormitorio de sus padres. La lámpara de la mesita, encendida. Oyó toser a su padre dándole a entender que seguía despierto.

—Estoy bien —dijo en voz alta.

Su padre no respondió y Myron se lo agradeció. El hombre era un maestro del equilibrismo, logrando la casi imposible gesta de demostrar su preocupación sin entrometerse ni interferir.

Jessica Culver, el amor de su vida, la mujer que siempre creyó que le estaba destinada, se casaba.

Myron tenía ganas de dormir. Pero el sueño no llegaba.

14

Tenía que hablar con los padres de Aimee Biel.

Eran las seis de la mañana. La investigadora del condado Loren Muse estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas. Llevaba pantalones cortos y la raída moqueta le irritaba las piernas. Había fichas e informes policiales por todas partes. En el centro estaba el calendario que había elaborado.

De la otra habitación salió un áspero ronquido. Loren llevaba más de diez años viviendo en aquel roñoso piso. Los llamaban pisos «jardín», aunque lo único que parecía crecer allí era el monótono ladrillo rojo. Eran estructuras robustas con la personalidad de celdas carcelarias, estación de paso de una gente en camino ascendente o descendente y, para algunos otros, una especie de purgatorio vitalicio.

El ronquido no procedía de un novio. Loren tenía uno —un fracaso total, llamado Pete— pero su madre, la multicasada, Carmen Valos Muse Brewster Loquefuera, antaño deseable, ahora gastada, vivía entre hombres y por eso estaba con ella. Sus ronquidos tenían la flema de un fumador empedernido con mezcla de demasiados años de vino barato y una vida estrafalaria.

Las migas de galleta dominaban el mostrador de la cocina. Un tarro de mantequilla de cacahuete abierto, con el cuchillo saliendo como un Excalibur, surgía en medio a modo de torre de vigilancia. Loren estudió el registro de llamadas, los cargos de la tarjeta de crédito, los informes de los pases de autopista. Dibujaban un panorama interesante.

«Veamos —pensó Loren—, a ver si nos aclaramos.»

• 1:56 Aimee Biel utiliza el cajero del Citibank en la Calle 52, el mismo que utilizó Katie Rochester hace tres meses. Raro.

• 2:16 Aimee Biel llama a la casa de Livingston de Myron Bolitar. La llamada dura unos segundos.

• 2:17 Aimee llama a un móvil registrado a nombre de Myron Bolitar. La llamada dura tres minutos.

Asintió para sí misma. Parecía lógico que Aimee Biel probara primero en casa de Bolitar y al no obtener respuesta —eso explicaría la brevedad de la primera llamada— recurriera al móvil.

Sigamos:

• 2:21 Myron Bolitar llama a Aimee Biel. Esta llamada sólo dura un minuto.

Por lo que habían podido averiguar, Bolitar pasaba a menudo la noche en Nueva York en el piso del Dakota de Windsor Horne Lockwood III, un amigo. La policía conocía a Lockwood; a pesar de una educación lujosa y privilegiada, era sospechoso de varias agresiones y, sí, un par de homicidios. El hombre tenía la reputación más alocada que había visto Loren. Pero eso no parecía relevante en el caso que la ocupaba.

La cuestión era que probablemente Bolitar estaba en el piso de Manhattan de Lockwood. Guardaba su coche en un aparcamiento cercano. Según el vigilante nocturno, Bolitar se había llevado el coche alrededor de las 2:30.

Todavía no tenían pruebas, pero Loren estaba bastante segura de que Bolitar había ido al centro a recoger a Aimee Biel. Estaban intentando encontrar los vídeos de vigilancia de las tiendas cercanas. Puede que el coche de Bolitar saliera en alguno. Pero por ahora parecía una conclusión bastante correcta.

Más cronología temporal:

• 3:11 había un cargo en la tarjeta Visa de Bolitar de una estación de servicio Exxon en la Ruta 4, en Fort Lee, Nueva Jersey, al salir del puente Washington.

• 3:55 el pase de autopista del coche de Bolitar mostraba que había tomado la Garden State Parkway en dirección sur, cruzando el peaje del condado de Bergen.

• 4:08 el pase de autopista salía en el peaje del condado de Essex, mostrando que Bolitar seguía en dirección sur.

Eso era todo en cuanto a peajes. Podía haber cogido la Salida 145 para ir a su casa de Livingston. Loren dibujó la ruta. No tenía sentido. No irías hasta el puente Washington para volver a la autopista. Y aunque lo hicieras, no tardarías cuarenta minutos en llegar al peaje de Bergen. A esa hora de la noche, no llegaría a veinte minutos.

¿Adónde había ido Bolitar, entonces?

Volvió a la cronología temporal. Había un hueco de más de tres horas, pero a las 7:18, Myron Bolitar hizo una llamada al móvil de Aimee Biel. No hubo respuesta. Lo intenta dos veces más esa mañana. Sin respuesta. Ayer llamó al teléfono de la casa de los Biel. Esa fue la única llamada que duró más de unos segundos. Loren se preguntó si habría hablado con los padres.

Cogió el teléfono y marcó el número de Lance Banner.

—¿Qué hay? —preguntó él.

—¿Has hablado con los padres de Aimee de Bolitar?

—Todavía no.

—Creo que ahora podría ser el momento —dijo Loren.

Myron tenía una nueva rutina matinal. Lo primero que hacía era coger el periódico y enterarse de las bajas de guerra. Miraba los nombres. Todos. Se aseguraba de que Jeremy Downing no estaba en la lista. Después volvía atrás y leía con calma todos los nombres otra vez, el rango, el lugar de nacimiento y la edad. Era todo lo que ponían. Pero Myron imaginaba que cada chico muerto en la lista era otro Jeremy, como aquel encantador chico de diecinueve años que vive en tu calle, porque, por simple que parezca, es así. Durante unos minutos Myron imaginaba qué significaba esa muerte, que esa vida joven, esperanzada, llena de sueños, se hubiera ido para siempre, imaginaba lo que estarían pensando los padres.

Esperaba que los líderes hicieran algo parecido. Pero lo dudaba.

Sonó el móvil de Myron. Miró el identificador. Decía DULCES NALGAS. Era el número de Win que no salía en la guía.

—Hola —contestó. Sin preámbulos, Win dijo:

—Tu vuelo llega a la una.

—¿Ahora trabajas para las líneas aéreas?

—Trabajas para las líneas aéreas —repitió Win—. Muy buena.

—¿Qué pasa?

—Trabajas para las líneas aéreas —repitió Win—. Espera, déja me saborear esa frase un momento. Trabajas para las líneas aéreas. Hilarante.

—¿Ya estás?

—Espera, voy a buscar un bolígrafo para apuntarlo. Trabajas. Para. Las. Líneas Aéreas.

Win.

—¿Ya está?

—Déjame empezar de nuevo: tu vuelo llega a la una. Iré a recogerte al aeropuerto. Tengo dos entradas para el partido de los Knicks. Nos sentaremos junto a la cancha, probablemente al lado de Paris Hilton o Kevin Bacon. Personalmente, espero que sea Kevin.

—No te gustan los Knicks —dijo Myron.

—Cierto.

—De hecho, no te gustan los partidos de baloncesto. ¿Por qué...? —Myron cayó en la cuenta—. Maldita sea.

Silencio.

—¿Desde cuándo lees la Sección de Estilo, Win?

—A la una. Aeropuerto de Newark. Nos vemos allí.

Clic.

Myron colgó y no pudo evitar sonreír. Vaya con Win. Qué elemento.

Fue a la cocina. Su padre estaba levantado preparando el desayuno. No dijo nada sobre las nupcias de Jessica. En cambio, su madre saltó de la silla, corrió hacia él, le echó una mirada que insinuaba una enfermedad terminal y le preguntó si estaba bien. Él le aseguró que estaba perfectamente.

—Hace siete años que no veo a Jessica —dijo—. No es para tanto.

Sus padres asintieron de forma que le pareció que le seguían la corriente.

Unas horas después se fue al aeropuerto. Había dado mil vueltas en la cama, pero al final se había reconciliado con la idea. Siete años. Hacía siete años que habían terminado. Y aunque Jessica era quien tenía la paella por el mango cuando estaban juntos, Myron había sido quien había puesto fin a la relación.

 

Jessica era el pasado. Cogió el móvil y llamó a Ali: el presente.

—Estoy en el aeropuerto de Miami —dijo.

—¿Cómo ha ido el viaje?

La voz de Ali le llenó de calor.

—Ha ido bien.

—¿Pero?

—Pero nada. Tengo ganas de verte.

—¿Qué te parece a las dos? Los chicos no estarán, te lo prometo.

—¿Qué tienes pensado? —preguntó él.

—El término técnico sería... A ver, que consulte el diccionario..., una siesta.

—Ali Wilder, eres una zorra.

—Así soy yo.

—No me va bien a las dos. Win me lleva a ver a los Knicks.

—¿Y después del partido? —preguntó ella.

—Oye, no me gusta nada que te hagas la estrecha.

—Me lo tomaré como un sí.

—Ya lo creo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Estoy perfectamente.

—Estás un poco raro.

—Intento parecer raro.

—Pues no te esfuerces tanto.

Hubo un momento de incomodidad. Quería decirle que la quería. Pero era demasiado pronto. O, con lo que había sabido de Jessica, tal vez no era el momento correcto. No quieres decir algo así por primera vez por razones equivocadas.

Así que dijo:

—Ya embarca mi vuelo.

—Hasta pronto, guapo.

—Espera, si voy por la noche, ¿seguirá siendo una siesta, o una cabezadita?

—Esa palabra es demasiado larga. No quiero perder tiempo.

—Hablando de eso...

—Hasta luego, guapo.

Erik Biel estaba sentado en el sofá y Claire, su esposa, en una silla. Loren se fijó en eso. Se diría que una pareja en esa situación preferiría sentarse cerca, consolarse mutuamente. El lenguaje corporal sugería que los dos querían estar tan lejos uno de otro como fuera posible. Podía significar una grieta en la relación. O que esa experiencia era tan dura que incluso la ternura —sobre todo la ternura— dolía de mala manera.

Claire Biel había servido té. A Loren no le apetecía, pero sabía que la gente se relajaba más si les dejaba mantener el control sobre algo, hacer algo banal o doméstico. Así que aceptó. Lance Banner, que se quedó de pie detrás de ella, lo había rechazado.

Lance le había permitido dirigir la conversación. Les conocía. Eso podía ser útil en algunos interrogatorios, pero en este caso empezaría ella. Loren tomó un sorbo de té. Dejó que el silencio se aposentara un momento, que fueran ellos los primeros en hablar. A algunos podía parecerles cruel. No lo era, si ayudaba a encontrar a Aimee. Si encontraban a Aimee sana y salva, lo olvidarían pronto. Si no la encontraban, el malestar del silencio no sería nada en comparación con lo que tendrían que soportar.

—Mire —dijo Erik Biel—, hemos elaborado una lista de amigos íntimos y sus teléfonos. Ya les hemos llamado a todos. Y a su novio, Randy Wolf. También hemos hablado con él.

Loren se tomó un tiempo para mirar los nombres.

—¿Hay alguna novedad? —preguntó Erik.

Erik Biel era la personificación de la tensión. La madre, Claire, tenía a la hija desaparecida grabada en la cara. No había dormido. Estaba hecha un desastre. Pero Erik, con su camisa blanca almidonada, su corbata y su cara recién afeitada, aún parecía más angustiado. Se esforzaba tanto por mantener el tipo que era evidente que no se desmoronaría lentamente. Cuando se hundiera, sería terrible y quizá permanente.

Loren entregó el papel a Lance Banner. Se volvió y se sentó más derecha. Mantuvo los ojos fijos en el rostro de Erik cuando soltó la bomba:

—¿Alguno de los dos conoce a un hombre llamado Myron Bolitar?

Erik frunció el ceño. Loren miró a la madre. Claire Biel ponía una cara como si Loren le hubiera pedido que lamiera su inodoro.

—Es un amigo de la familia —dijo Claire Biel—. Le conozco desde el instituto.

—¿Conoce a su hija?

—Por supuesto. Pero qué tiene...

—¿Qué relación tienen?

—¿Relación?

—Sí. Su hija y Myron Bolitar. ¿Qué relación tienen?

Por primera vez desde que habían entrado en la casa, Claire se volvió lentamente y miró a su marido en busca de orientación. También él miró a su esposa. Los dos ponían una cara como si les hubiera atropellado un camión.

Por fin habló Erik.

—¿Qué está sugiriendo?

—No estoy sugiriendo nada, señor Biel. Le estoy haciendo una pregunta. ¿Hasta qué punto conocía su hija a Myron Bolitar?

Claire:

—Myron es un amigo de la familia.

Erik:

—Recomendó a Aimee en la solicitud de universidad.

Claire asintió vigorosamente.

—Sí. Eso.

—¿Eso qué?

No respondieron.

Loren mantuvo la voz neutral.

—¿Se veían alguna vez?

—¿Si se veían?

—Sí. O si hablaban por teléfono. O por correo electrónico. —Entonces Loren añadió—: Sin estar ustedes presentes.

Loren no lo creía posible, pero la columna de Erik Biel se puso aún más derecha.

—¿De qué diablos habla?

Vale, pensó Loren. No lo sabían. Aquello no era fingido. Tenía que cambiar de táctica, comprobar su sinceridad.

—¿Cuándo fue la última vez que uno de ustedes habló con el señor Bolitar?

—Ayer —dijo Claire.

—¿A qué hora?

—No estoy segura. Creo que a primera hora de la tarde.

—¿Le llamó usted o llamó él?

—Llamó él —dijo Claire. Loren miró a Lance Banner. Un punto para la madre. Eso concordaba con el registro de llamadas.

—¿Qué quería?

—Felicitarnos.

—¿Por qué?

—Han aceptado a Aimee en Duke.

—¿Algo más?

—Preguntó si podía hablar con ella.

—¿Con Aimee?

—Sí. Quería felicitarla.

—¿Qué le dijo?

—Que no estaba en casa. Y después le di las gracias por la recomendación.

—¿Qué dijo él?

—Que volvería a llamarla.

—¿Algo más?

—No.

Loren esperó un rato.

—No pensará que Myron tiene algo que ver... —dijo Claire Biel.

Loren se limitó a mirarla, dejando que el silencio se aposentara, dándole la oportunidad de seguir hablando. No la decepcionó.

—Debería conocerle —siguió Claire—. Es un buen hombre. Le confiaría mi vida.

Loren asintió y después miró a Erik.

—¿Y usted, señor Biel?

Los ojos de él estaban vidriosos.

—Erik. —dijo Claire.

—Lo vi ayer —dijo.

Loren se incorporó un poco.

—¿Dónde?

—En el gimnasio de la escuela. —Su voz era dolorosamente monótona—. Jugamos al baloncesto los domingos.

—¿A qué hora fue eso?

—A las siete y media. O las ocho.

—¿De la mañana?

—Sí.

Loren miró otra vez a Lance. Él asintió lentamente. Él también lo había pillado. Bolitar no podía haber llegado a casa mucho antes de las cinco o las seis de la mañana. Y pocas horas después, ¿se iba a jugar al baloncesto con el padre de la chica desaparecida?

—¿Juega con el señor Bolitar todos los domingos?

—No. Bueno, él jugaba más antes. Pero hacía meses que no iba.

—¿Habló con él?

Erik asintió lentamente.

—Espere un momento —dijo Claire—. Quiero saber por qué nos hace tantas preguntas sobre Myron. ¿Qué tiene que ver él con todo esto?

Loren la ignoró y mantuvo la mirada fija en Erik Biel.

—¿De qué hablaron?

—De Aimee, creo.

—¿Qué dijo?

—Intentó ser sutil.

Erik explicó que se le había acercado y se pusieron a hablar de ejercicio y de levantarse temprano y después Myron desvió la conversación hacia Aimee, preguntando dónde estaba, y lo difíciles que podían ser los adolescentes.

—Su tono era raro.

—¿Cómo?

—Quería saber si era muy difícil ella. Me preguntó si estaba malhumorada, si pasaba mucho tiempo en Internet, cosas por el estilo. Recuerdo que pensé que era un poco raro.

—¿Cómo estaba él?

—Hecho un desastre.

—¿Cansado? ¿Sin afeitar?

—Ambas cosas.

—Bien, es suficiente —dijo Claire Biel—. Tenemos derecho a saber por qué nos hace estas preguntas.

Loren la miró.

—Es usted abogada, ¿no, señora Biel?

—Sí.

—Pues ayúdeme: ¿dónde pone que no he de decirle nada?

Claire abrió la boca y la cerró. Indebidamente cruel, pensó Loren, pero lo de interpretar policía bueno/policía malo no era sólo para los delincuentes. También para los testigos. No le gustaba, pero era muy eficaz.

Loren volvió a mirar a Lance, que le siguió la corriente. Tosió con el puño frente a la boca.

—Tenemos cierta información que relaciona a Aimee con Myron Bolitar.

Claire entornó los ojos.

—¿Qué información?

—Anteanoche, a las dos de la madrugada, Aimee le llamó, primero a su casa, después al móvil. Y a continuación el señor Bolitar cogió el coche.

Lance siguió relatando los hechos. La cara de Claire perdió el color. Las manos de Erik se cerraron en puños.

Cuando Lance acabó, estaban demasiado aturdidos para hacer preguntas. Loren se echó hacia adelante.

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