3 książki za 35 oszczędź od 50%

Golpe de efecto

Tekst
Z serii: Myron Bolitar #2
0
Recenzje
Przeczytaj fragment
Oznacz jako przeczytane
Czcionka:Mniejsze АаWiększe Aa

6

Un pretendiente obsesivo.

¿Podía ser tan sencillo? ¿Podía ser que un admirador chalado le hubiera disparado una bala a Valerie Simpson porque unas voces le dijeron que lo hiciera? Eso no explicaba la relación con Duane Richwood. Aunque quizá no hubiera tal relación. O tal vez la relación no tuviera nada que ver con el asesinato y, lo más importante de todo, no era asunto de Myron.

Myron entró por la Hobart Gap Road Street. Estaba a menos de dos kilómetros de su casa en Livingston, Nueva Jersey. El Cadillac pálido y techo amarillo canario por fin dejó de seguirlo al tomar el desvío de la JFK Parkway. Quienquiera que lo siguiera, debía haberse figurado que Myron se dirigía a su casa para pasar la noche y por eso ya no tenía sentido seguirlo más. Sin embargo, si el Cadillac volvía a aparecer tras él al día siguiente, Myron iba a tener que ocuparse del asunto y desenmascarar la verdadera identidad del señor del coche azul y amarillo.

Ahora mismo tenía que concentrarse en la pista del enamorado.

Si Roger Quincy era quien había matado a Valerie Simpson, ¿por qué se había inquietado tanto Pavel al mencionar a Alexander Cross? ¿O se trataba nada más que de lo que Pavel le había dicho y no quería traicionar confidencias? Porque, de hecho, ¿no tenía más sentido que Pavel prefiriera mantener la boca cerrada?

El senador Cross era un hombre inmensamente poderoso. Y empezar a contar historias de su hijo asesinado no era en absoluto recomendable, así que por ahí no podía haber nada. Aunque también podría tratarse de algo muy gordo. O de algo sin importancia.

Pensamientos profundos como aquellos eran lo que convertían a Myron en un gran detective.

Aparcó el coche en la entrada. El de la madre estaba en el garaje y el del padre no estaba a la vista. Abrió la puerta con la llave.

—¿Myron? —dijo una voz desde el interior de la casa.

Myron. Menudo nombre... Cualquiera creería que a aquellas alturas ya se habría acostumbrado pero, de vez en cuando, el horror volvía a apoderarse de él. Le habían puesto Myron de nombre de pila. Una decisión de último minuto, según sus padres. Algo que se le ocurrió a su madre en el hospital. ¿Pero ponerle a un niño Myron Bolitar? ¿Era justo? ¿Era ético?

Mientras fue un chaval, Myron intentó ponerse sobrenombres como Mike, Mickey y hasta Sweet J. por su famosa forma de tirar a la canasta. Sí, tal vez fue una suerte que no se le quedara el nombre de Sweet J, pero bueno.

Aviso a todos los padres que estén pensando nombres para sus hijos: id con cuidado con ese tema, es muy delicado.

—¿Myron? ¿Eres tú? —dijo su madre.

—Sí, mamá.

—Estoy en el estudio.

Su madre iba vestida con ropa de hacer ejercicio y miraba una cinta de gimnasia. Tenía una pierna levantada en la posición de la grulla como en Karate Kid. Una voz conocida decía por la televisión: «Y ahora un paso suave a la izquierda...».

El Tai Chi de David Carradine. Fabuloso.

—Hola, mamá.

—Llegas tarde —dijo ella.

—No sabía que hubiera toque de queda.

—Me dijiste que llegarías hacia las siete y son más de las nueve.

—¿Y?

—Pues que estaba preocupada. He visto en las noticias lo de esa chica a quien han asesinado en el Open. ¿Cómo iba a saber yo que no te habían matado?

Myron contuvo un suspiro.

—¿Dijeron en las noticias que me habían matado? ¿Algo sobre cadáveres sin identificar? ¿O sólo que habían disparado a una chica que se llama Valerie Simpson?

—Podrían haber mentido.

—¿Cómo dices?

—Pasa a menudo. La policía suele mentir a los periodistas hasta que lo notifican a los familiares más próximos.

—¿Pero no has estado en casa todo el día?

—¿Y qué? ¿Tú crees que la policía va a tener mi número de teléfono?

—Pero podrían... —Myron se detuvo a media frase. No tenía sentido seguir por ahí—. La próxima vez que se produzca un asesinato en un radio de un kilómetro a mi alrededor, te prometo que llamaré a casa.

—Muy bien.

Su madre apagó el televisor. Luego colocó una almohada en un rincón e hizo el pino sobre ella.

—Mamá...

—¿Qué?

—¿Qué haces?

—¿A ti qué te parece? Estoy haciendo el pino. Es un buen ejercicio. Ayuda a que la sangre fluya mejor. Me hace tener mejor aspecto. ¿Sabes quién solía hacer el pino todos los días?

Myron hizo un gesto negativo.

—David Ben Gurion.

—Y todo el mundo sabe lo guapo que era —dijo Myron.

—No te pases de listo con tu madre.

Su madre era una gran paradoja viviente. Por un lado había sido abogada durante veinte años. En su familia, pertenecía a la primera generación nacida en Estados Unidos. Sus padres salieron de Minsk o de algún sitio así, donde llevaban una vida que, por lo que Myron sabía, era como las de El violinista en el tejado.

En los sesenta se había convertido en una radical, en una genuina quemadora de sostenes, y había experimentado con diversas drogas psicotrópicas (de ahí lo de ponerle Myron a su hijo). No cocinaba. Nunca. No tenía ni idea de dónde estaba guardada la aspiradora. No sabía qué aspecto tenía una plancha y nunca le había preocupado tenerla. En los juzgados, sus repreguntas eran legendarias. Comía testigos de cargo para desayunar. Era muy inteligente, terriblemente perspicaz y muy moderna.

Sin embargo, todo aquello desapareció al tener un hijo. Se desinfló por completo. Se convirtió en su madre. Y en la madre de su madre. Peor. Fue como si Murphy Brown, de la serie Murphy Brown, se hubiera convertido de repente en la abuela Tzietl de El violinista en el tejado.

—Tu padre ha ido a buscar un poco de comida china. Habrá de sobra para ti.

—No tengo hambre, gracias.

—Costillas, Myron. Pollo con sésamo. —Su madre hizo una pausa significativa y luego siguió—: Gambas con salsa de langosta.

—De verdad, no tengo hambre.

—Gambas con salsa de langosta...

—Mamá...

—Son de El Dragón de Fong.

—No, gracias.

—¿Cómo? Pero si a ti te encantan las gambas con salsa de langosta. Si te gustan muchísimo.

—Bueno, venga, comeré unas cuantas.

Ella seguía haciendo el pino, y se puso a silbar como si tal cosa.

—Y... —empezó a decir tratando de sonar lo menos cotilla posible—, ¿cómo está Jessica?

—No te metas, mamá.

—Pero si yo no me meto. Sólo he hecho una pregunta.

—Y yo te he dado una respuesta. No te metas.

—Muy bien. Pero luego no me vengas llorando si algo sale mal.

Como si eso fuera a ocurrir.

—¿Pero por qué lleva tanto tiempo fuera? ¿Qué está haciendo allí?

—Gracias por no meterte en los asuntos de los demás.

—Es que me preocupo —dijo su madre—. Espero que no haya pensado hacer nada malo.

—Que no te metas...

—¿Eso es lo único que sabes decir? ¿No te metas? ¿Qué eres, un loro? Pero ¿dónde se ha ido esa chica?

Myron fue a abrir la boca pero, con gran esfuerzo, la mantuvo cerrada y se fue al sótano hecho una furia. Allí era donde él vivía. Tenía casi treinta y dos años y seguía viviendo en casa de sus padres. Durante los últimos meses no iba mucho por allí. La mayoría de las noches las pasaba en casa de Jessica, en la ciudad. Llegaron incluso a hablar de irse a vivir juntos, pero decidieron tomar las cosas con calma. Con mucha calma. Y eso era más fácil de decir que de hacer. El corazón no sabe ir con calma. Por lo menos el de Myron, no. Y como siempre, su madre le había tocado la fibra. Jessica estaba en Europa en aquel momento, pero Myron no tenía ni idea de dónde. Llevaba dos semanas sin saber nada de ella. La echaba de menos. Y ya empezaba a hacerse preguntas.

De repente sonó el timbre.

—Tu padre —oyó decir a su madre—. Probablemente se ha vuelto a olvidar la llave. Si es que este hombre se está poniendo senil...

Segundos más tarde oyó a alguien abrir la puerta del sótano. Vio aparecer los pies de su madre y luego el resto del cuerpo. Le hizo señas de que se acercara a ella.

—¿Qué?

—Ha venido una chica que dice que quiere hablar contigo —dijo. Y luego añadió en voz baja—: Es negra.

—¡Dios mío! —dijo Myron poniéndose la mano sobre el pecho—. Espero que los vecinos no llamen a la policía.

—No quería decir eso, listillo, y lo sabes muy bien. Hay una familia negra en el barrio ahora. Los Wilson. Son gente muy amable. Viven en Coventry Drive. En la antigua casa de los Detchman.

—Ya lo sé, mamá.

—La estaba describiendo. Lo mismo podría haber dicho que era rubia o que tenía una sonrisa muy bonita. O un labio leporino.

—Ya.

—O que era coja. O alta. O baja. O gorda. O...

—Creo que ya te he entendido, mamá. ¿Le has preguntado quién era?

—No, no he querido parecer indiscreta.

Perfecto.

Myron subió las escaleras. Era Wanda, la novia de Duane. Por alguna razón, a Myron no le sorprendió su visita. Wanda sonrió muy nerviosa y le dirigió un rápido saludo con la mano.

—Siento molestarte en tu casa —dijo.

—No hay ningún problema. Pasa, por favor.

Fueron al sótano. Myron lo había dividido en dos habitaciones. La sala de estar, muy pequeña, que no usaba casi nunca, estaba limpia y presentable. La otra habitación, en cambio, donde él vivía, parecía la casa de cualquier universitario después de haber celebrado una juerga.

Wanda miraba de un lado para otro sin parar, como cuando Dimonte había estado en su apartamento.

 

—¿Vives aquí abajo?

—Desde que cumplí los dieciséis.

—Creo que es encantador. Que vivas con tus padres, quiero decir.

—Si tú supieras —se oyó decir a una voz en el piso de arriba.

—Cierra la puerta, mamá.

¡Blam!

—Por favor —dijo Myron—. Siéntate.

Wanda dudó un momento pero acabó sentándose en una silla. No paraba de estrujarse las manos de puro nervio.

—Me siento un poco estúpida —dijo.

Myron le respondió con una sonrisa comprensiva y alentadora, su sonrisa Phil Donahue, el famoso presentador de talk-shows.

—Le caes bien a Duane. Le caes muy bien —dijo Wanda.

—El sentimiento es mutuo.

—Los demás agentes no paran de llamar a Duane día y noche. Todas las grandes agencias. No dejan de repetirle que eres de muy poca monta para representar a Duane. Siempre le dicen que ellos pueden ayudarle a ganar mucho más dinero.

—A lo mejor tienen razón —dijo Myron.

—Duane no piensa lo mismo —dijo Wanda haciendo un gesto negativo con la cabeza—. Y yo tampoco.

—Me alegra que no penséis lo mismo.

—¿Sabes por qué no ha querido Duane entrevistarse con todos esos agentes?

—¿Porque no le gustaría verme llorar?

Wanda sonrió. Mr. Graciosillo atacaba de nuevo. Myron era todo modestia.

—No —dijo Wanda—, Duane confía en ti.

—Me alegro.

—Tú no te ocupas de él sólo por dinero.

—Te agradezco que pienses así, Wanda, pero Duane me está haciendo ganar un montón de dinero, eso no te lo puedo negar.

—Lo sé —comentó—. No quiero parecer ingenua, pero él te interesa. Te importa más que el dinero. Te preocupas por Duane Richwood como ser humano que es. Te preocupas por él.

Myron no dijo nada.

—A Duane no lo respalda demasiada gente —continuó Wanda—. No tiene familia. Ha vivido en la calle desde que tenía quince años, sobreviviendo como podía. Y no fue un angelito durante todo ese tiempo. Hizo algunas cosas que ahora le gustaría olvidar, pero nunca le hizo daño a nadie ni nada que fuera grave. En toda su vida no tuvo en quien confiar y se cuidó de sí mismo.

Silencio.

—¿Sabe Duane que has venido a verme? —dijo Myron.

—No.

—¿Dónde está?

—No lo sé. Se ha ido sin decir a dónde. Es algo que hace a veces.

Silencio de nuevo.

—Pero bueno, como iba diciendo, Duane no tiene a nadie más. Confía en ti. Y también confía en Win, pero porque es tu mejor amigo.

—Wanda, todo lo que me estás diciendo es muy amable de tu parte, pero no todo lo hago por altruismo. Consigo bastante dinero por lo que hago.

—Pero te preocupas por tus clientes.

—Henry Hobson también.

—Puede. Pero su carrera está unida al éxito de Duane. Duane es su pasaporte para volver a estar entre los grandes.

—Hay mucha gente que podría decir lo mismo de mí —repuso Myron—. Salvo por lo de «volver», porque yo nunca he estado entre los grandes. Duane es el único jugador estrella del tenis que tengo. De hecho, Duane es el único jugador que tengo que esté en el US Open.

—Tal vez tengas razón —contestó Wanda después de pensar un momento—, pero cuando las cosas se han puesto feas, cuando hoy se ha visto en problemas, Duane ha acudido a ti. Y cuando esta noche se han puesto las cosas feas para mí, yo también he acudido a ti. Eso es lo que importa.

De repente se abrió la puerta del sótano.

—Niños, ¿queréis algo de beber?

—Sí, ¿por casualidad no tendrías un poco de Tang, mamá?

Wanda se echó a reír.

—Oye, listillo, a lo mejor tu invitada tiene hambre.

—No, gracias, señora Bolitar —dijo Wanda.

—¿Estás segura, nena? ¿Un poco de café? ¿Coca-Cola?

—No, nada, de verdad, gracias.

—¿Y una pasta de hojaldre? Acabo de comprar unas recién salidas del horno en una tienda de productos suecos. Es la pasta favorita de Myron.

—Mamá...

—De acuerdo, no hace falta que me lo repitas.

Genial. Su madre era una auténtica profesional para captar indirectas. La puerta del sótano se cerró de nuevo.

—Es un encanto —dijo Wanda.

—Uy, sí, adorable. Oye, ¿por qué no me dices por qué has venido? —dijo Myron inclinándose hacia delante.

—Estoy preocupada por Duane —respondió Wanda volviéndose a retorcer las manos.

—Si es por la visita de Dimonte, no le hagas caso. Ser tan capullo forma parte de su trabajo.

—No se trata de eso —dijo Wanda—. Duane no le haría daño a nadie. Estoy segura. Pero le pasa algo. Está muy tenso todo el rato. Da vueltas arriba y abajo por el apartamento. Se pone histérico por cualquier cosa.

—En este momento está muy presionado. Estará demasiado nervioso.

Wanda hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Duane aguanta la presión de maravilla. Le encanta competir, ya lo sabes. Pero estos últimos dos días está muy cambiado. Hay algo que le preocupa mucho.

—¿Se te ocurre qué podría ser?

—No.

—Déjame que te haga una pregunta tonta —dijo Myron inclinando el cuerpo hacia delante—. ¿Recibió Duane alguna llamada de Valerie Simpson?

—No lo sé —contestó Wanda después de pensarlo un momento.

—¿La conocía?

—Tampoco lo sé. Pero conozco a Duane. Llevamos tres años juntos, desde que teníamos dieciocho. Cuando le conocí todavía vivía en la calle. Mi padre se puso hecho una furia cuando se enteró. Es quiropráctico. Se gana bien la vida y siempre se ha esforzado mucho por mantenerme apartada de toda mala influencia. Y en eso voy yo y empiezo a salir con un chico de la calle, con un pillo.

Wanda rió al recordarlo. Myron esperó a que siguiera hablando.

—Todo el mundo pensaba que lo nuestro no iba a durar —continuó—. Dejé la universidad y me puse a trabajar para que él pudiera dedicarse al tenis. Y ahora es él quien me paga los estudios en la Universidad de Nueva York. Nos queremos. Ya nos queríamos mucho antes de que empezara todo esto del tenis, y nos seguiremos queriendo después de que tenga que dejar la raqueta para siempre. Pero ésta es la primera vez que noto que me oculta algo.

—¿Y crees que Valerie Simpson tiene alguna relación con el asunto?

—Supongo que sí —dijo tras dudar un instante.

—¿En qué sentido?

—No tengo ni idea.

—¿Qué quieres que haga?

Wanda se levantó y empezó a caminar por la salita.

—Escuché hablar a esos policías. Dijeron que Win y tú habíais tenido algo que ver con el gobierno, dentro del FBI, después de que te recuperaras de la lesión de la rodilla. ¿Es verdad?

—Sí.

—Pensé que tal vez tú podrías, no sé, investigar un poco.

—¿Quieres que investigue a Duane?

—Está ocultando algo, Myron. Tiene que revelarlo.

—A lo mejor no te gusta lo que descubra —dijo Myron recordando las palabras de Win.

—Me da más miedo seguir como ahora. ¿Lo ayudarás? —dijo Wanda mirándole a los ojos.

Myron asintió con la cabeza y contestó:

—Haré lo que pueda.

7

Sonó el teléfono.

Myron estiró a tientas el brazo medio dormido y cogió el auricular.

—¿Diga? —dijo con voz ronca.

—¿Es la línea erótica Zorras de Alquiler?

Aquella voz lo despertó de golpe.

—¿Jess?

—Ay, mierda —dijo Jessica—. Estabas durmiendo, ¿no?

—¿Durmiendo? —Myron entrecerró los ojos para ver la hora en el reloj digital—. ¿A las cuatro y trece de la madrugada? ¿Yo, el Capitán Medianoche? Estás de coña.

—Lo siento. No he pensado en la diferencia horaria.

—¿Dónde estás? —dijo Myron sentándose en la cama.

—En Grecia. Te echo de menos.

—Lo que pasa es que estás cachonda.

—Bueno, puede ser.

—Pues el Capitán Medianoche está aquí para ayudarla en lo que haga falta —dijo Myron.

—Mi héroe. Supongo que tú no estás nada cachondo.

—El Capitán Medianoche vive una vida muy casta.

—¿Es parte de su imagen?

—Exacto —dijo Myron.

—No es nada divertido estar lejos de ti —dijo ella.

A Myron le dio un brinco el corazón.

—Pues vuelve a casa.

—Lo haré.

—¿Cuándo?

—Pronto.

Jessica Culver. La concreción personificada.

—Dime cómo te ha ido —añadió.

—¿Te has enterado de lo del asesinato en el Open?

—Claro que sí. En el hotel hay CNN.

Myron le contó el asesinato de Valerie Simpson. Cuando terminó, el primer comentario que hizo Jessica fue:

—No deberías haberle doblado el pulgar a ese cazurro.

—Pero quedó muy macho —dijo Myron.

—Sí, seguro que las volviste locas a todas.

—Deberías haber estado allí —dijo Myron.

—Supongo. ¿Así que vas a descubrir al asesino?

—Voy a intentarlo.

—¿Por Valerie? ¿O por Wanda y Duane?

—Supongo que por los tres. Pero sobre todo por Valerie. Tendrías que haberla visto, Jess. Se esforzaba tanto por resultar hosca y antipática... Una chica de su edad no tendría por qué ser así.

—¿Tienes algún plan?

—Pues claro. Primero voy a ir a ver a la madre de Valerie mañana por la mañana. A Filadelfia.

—¿Y luego?

—Bueno, todavía no he desarrollado del todo el plan, pero estoy en ello.

—Ve con cuidado, por favor.

—El Capitán Medianoche siempre va con cuidado.

—No es sólo el Capitán Medianoche quien me preocupa, sino su álter ego.

—¿Y quién es ése?

—Mi bollito dulcecito.

Myron sonrió.

—Oye Jess, ¿sabías que Joan Collins salió en Batman?

—Pues claro —contestó Jessica—. Hizo el papel de la sirena.

—¿Ah, sí? Muy bien, ¿pues a que no sabes qué papel hizo Liberace?

8

Myron se pasó el resto de la noche soñando con Jessica, aunque, como siempre, al despertarse sólo recordaba fragmentos sin ningún tipo de interés. Jessica volvía a estar en su vida, pero todavía era algo muy nuevo para él. Demasiado nuevo. Tenía que contenerse, ir poco a poco. Temía acabar otra vez debajo de su tacón, de pillarse el corazón en la puerta del amor.

«En la puerta del amor.» Madre mía, sonaba como una canción de country verdaderamente horrible.

Iba en dirección sur por la autopista de Nueva Jersey, seguido a cuatro coches de distancia por el Cadillac azul pálido con el techo amarillo canario. Aquella autopista había originado más chistes sobre Nueva Jersey que ninguna otra cosa. Pasó por delante del aeropuerto de Newark. Era un poco feo, pero ¿hay algún aeropuerto que no lo sea? Después pasó por delante del plato fuerte de la autopista, seguramente lo más célebre de ella: una central eléctrica industrial enorme situada entre la salida doce y la trece, que se parecía mucho al mundo de pesadilla del principio de las películas Terminator. Despedía humo por todos los orificios y a pesar de estar a plena luz del día, el edificio parecía sombrío, metálico, amenazante y siniestro.

Por la radio, un grupo de rock llamado The Motels no paraba de cantar «take the L out of lover, and it’s over».1 Qué profundo. Poco imaginativo, pero aun así muy profundo. The Motels. ¿Qué habría sido de ellos?

Myron cogió el móvil y marcó un número. Te respondió una voz familiar.

—Al habla el sheriff Courter.

—Hola, Jake, soy Myron.

—Lo siento. Debe haberse equivocado de número. Adiós.

—Muy buena —dijo Myron—. Se nota que esos cursos de cómico que haces por la tarde empiezan a hacer efecto.

—¿Qué quieres, Myron?

—¿Es que no puede llamarte un amigo simplemente para decir «hola»?

—¿O sea que es una llamada porque sí? —preguntó Jake.

—Sí.

—Me siento profundamente halagado.

—Pues prepárate porque aún hay más. En un par de horas llegaré a tu barrio.

—No corras demasiado, amorcito.

—He pensado que tal vez podríamos comer juntos. Pago yo.

—Ya. ¿Viene Win contigo?

—No.

—Entonces de acuerdo. Ese tipo me pone los pelos de punta.

—Y eso que no lo conoces del todo.

—Mejor. ¿Y ahora qué es lo que quieres, Myron? Seguro que te sorprende, pero yo trabajo para ganarme la vida.

—¿Todavía tienes amigos en la policía de Filadelfia?

 

—Claro que sí.

—¿Sería posible que alguien te enviara por fax el archivo de un caso de homicidio?

—¿Es reciente?

—Eh... no exactamente.

—¿De cuándo?

—De hace seis años.

—Estás de broma, ¿no?

—Pues espera porque la cosa es aún peor. La víctima fue Alexander Cross.

—¿El hijo del senador?

—Exacto.

—¿Y para qué narices lo quieres?

—Te lo explicaré cuando llegue.

—Alguien va a querer saber el porqué.

—Pues inventa cualquier cosa.

Jake masticaba algo que parecía corteza de árbol.

—Lo que tú digas. ¿A qué hora llegarás?

—Probablemente hacia la una. Ya te llamaré.

—Me vas a deber una gorda, Myron. Una bien gorda.

—¿Pero no te he dicho ya que pago yo?

Jake colgó el teléfono.

Myron tomó la salida seis. El peaje le costó casi cuatro dólares. Tuvo la tentación de pagarle el peaje al Cadillac, pero cuatro dólares era pasarse un poco por el detallito.

—Sólo quería conducir por la autopista, no comprarla —dijo Myron al tipo del peaje mientras le daba el dinero.

Myron no obtuvo ni siquiera una sonrisa de simpatía del tipo del peaje. Luego pensó que quejarse del peaje de la autopista era una de esas cosas que indican que te estás convirtiendo en tu padre. El siguiente paso iba ser pegarle un grito a alguien por haber encendido el termostato.

En total, el trayecto hasta uno de los barrios más ricos de Filadelfia le llevó dos horas. Gladwyne era sinónimo de familia adinerada. De familia ancestral. En aquel lugar, la línea de sangre era tan importante como la de crédito. La casa en la que se había criado Valerie Simpson tenía reminiscencias a la del Gran Gatsby, pero con ligeras señales de abandono: el césped no estaba del todo bien cortado, los arbustos un poco invadidos por la maleza, la pintura saltada en algunos sitios y la hiedra que cubría las paredes demasiado espesa.

Pero la finca era enorme. Myron tuvo que aparcar tan lejos de la casa que le dio la impresión de que iba a tener que coger el autobús para llegar hasta ella. Al acercarse a la puerta delantera vio que los detectives Dimonte y Krinsky salían de la casa justo en ese momento. Y por la cara de susto que puso, Dimonte no parecía muy contento de ver a Myron. Se puso las manos en las caderas, dándoselas de importante y fingiendo impaciencia.

—¿Qué cojones está haciendo aquí? —espetó Dimonte.

—¿Sabe qué fue del grupo de rock The Motels? —preguntó Myron.

—¿De qué?

—Qué pronto olvida uno —dijo Myron haciendo un gesto negativo con la cabeza.

—Maldito sea, señor Bolitar, le he hecho una pregunta. ¿Qué ha venido a hacer aquí?

—Anoche te dejaste la ropa interior en mi casa —dijo Myron—. Unos calzoncillos largos. Talla treinta y ocho. Con estampado de conejitos.

Dimonte se puso rojo como un tomate. La mayoría de los polis eran homófobos, así que la mejor forma de chincharlos era aprovechándose de ello.

—Será mejor que no se haga el chulo de mierda conmigo, gilipollas. Usted y su colega yuppy psicópata.

Krinsky se rió al oír a su compañero decir « yuppy psicópata». Y es que cuando el bueno de Rolly se ponía gracioso no paraba.

—Aunque ya da igual —continuó Dimonte—. El caso está a punto de quedar cerrado y bien cerrado.

—Y yo podré decir que conocí al policía que lo resolvió.

—Supongo que le alegrará saber que su cliente ya no es mi principal sospechoso.

Myron asintió en silencio.

—Entonces será Roger Quincy, el moscón enamorado.

A Dimonte no le hizo ninguna gracia oír aquello.

—¿Cómo coño se ha enterado de eso?

—Porque soy vidente y omnisciente.

—Lo que no significa que su cliente esté libre de sospecha. Seguro que tiene algo que ver en todo esto. Usted lo sabe muy bien, yo también, y hasta Krinsky lo sabe.

Krinsky hizo como que asentía. Menudo adlátere.

—Pero ahora acabamos de enterarnos de que su cliente se la follaba.

—¿Tienes alguna prueba?

—Ni falta que me hace, Myron. Me importa una mierda. Estoy buscando a quien le disparó, no a quien se la tiró.

—Estás hecho un poeta, Rolly.

—Que le den por culo, no estoy de humor para sus ingeniosos comentarios.

Myron les saludó tímidamente con la mano al pasar.

—Ha sido un placer hablar contigo, Krinsky.

Krinsky hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

Myron llamó al timbre, que emitió un sonido espectacular, parecido al de una orquesta. Chaikovski, tal vez. O tal vez no. Le abrió la puerta un hombre de unos treinta años. Llevaba camisa Oxford color rosa abierta en el cuello. Ralph Lauren. Tenía un gran hoyuelo en la barbilla. Y el pelo tan negro que era casi azul, como el de Superman en los cómics.

El hombre se quedó mirando a Myron como si fuera un vagabundo orinándose en la entrada.

—¿Sí?

—He venido a ver a la señora Van Slyke.

La madre de Valerie había vuelto a casarse.

—Ahora no es buen momento.

—Estaba citado con ella a esta hora.

—Tal vez no me haya oído bien —dijo en ese tono tan altivo y tan parecido al de Win—. Ahora no es buen momento.

—Dígale por favor a la señora Van Slyke que ha venido a verle Myron Bolitar —insistió Myron—. Me está esperando. Windsor Lockwood habló anoche con ella.

—La señora Van Slyke no piensa recibir hoy a nadie. Ayer asesinaron a su hija.

—Ya lo sabía.

—Entonces comprenderá que...

—Kenneth... —se oyó decir a una voz de mujer.

—No pasa nada, Helen —dijo el hombre—. Ya me ocupo yo.

—¿Quién es, Kenneth? —dijo la voz.

—Nadie.

—Myron Bolitar —dijo Myron.

Kenneth le lanzó una mirada airada y él se resistió a la tentación de sacarle la lengua, cosa que no le resultó fácil.

La mujer apareció en el vestíbulo. Iba toda vestida de negro. Tenía los ojos rojos y el lagrimal también. Era una mujer atractiva, aunque Myron supuso que probablemente hubiera sido aún más atractiva veinticuatro horas antes. Tendría unos cuarenta y muchos. Llevaba el pelo rubio ligeramente teñido, muy bien peinado y no demasiado decolorado.

—Pase, señor Bolitar, por favor.

—No creo que sea buena idea, Helen —dijo Kenneth.

—No pasa nada, Kenneth.

—Pero necesitas descansar.

—Por favor, le ruego que disculpe a mi marido, señor Bolitar. Sólo trata de protegerme.

¿Marido? ¿Había dicho marido?

Helen lo acompañó hasta un salón ligeramente más grande que la Acrópolis de Atenas. Sobre la chimenea colgaba un retrato descomunal de un hombre con las patillas muy largas y bigotazo de morsa. Daba un poco de miedo. Media docena de apliques en forma de vela iluminaban el salón. Los muebles, pese a ser de buen gusto y estilo antiguo, parecían un tanto desgastados. Lo único que faltaba en aquel salón era el juego de té de plata. Myron se sentó en una silla de época igual de cómoda que llevar un pulmón de acero. Kenneth no le quitaba el ojo a Myron. Seguramente querría asegurarse de que no se metiera un cenicero o cualquier otra cosa en el bolsillo.

Helen se sentó en el sofá frente a Myron y Kenneth se situó de pie tras ella, apoyando las manos en sus hombros. Parecían posar para hacerse una foto. Estaban solemnes. De repente, una niña que tendría si acaso tres o cuatro años, entró trastabillando en el salón.

—Le presento a Cassie —dijo la señora Van Slyke—, la hermana de Valerie.

Myron esbozó una amplia sonrisa y se inclinó hacia la niña.

—Hola, Cassie.

La niña respondió con un berreo tan fuerte que parecía que le hubieran clavado un puñal.

Helen Van Slyke consoló a la pequeña y ella, al cabo de soltar unos cuantos sollozos, dejó de llorar. De vez en cuando se quedaba mirando a Myron desde detrás de sus puñitos apretados. Quizá también estuviera preocupada por los ceniceros.

—Windsor me dijo que es usted agente deportivo —dijo Helen Van Slyke.

—Sí.

—¿Iba a representar a mi hija?

—Estábamos considerando esa posibilidad.

—No veo por qué no puedes dejar esta conversación para otro día, Helen —interrumpió Kenneth.

—¿Y por qué quería verme, señor Bolitar? —dijo Helen haciendo caso omiso del comentario de su marido.

—Sólo quería hacerle unas preguntas.

—¿Qué clase de preguntas? —preguntó Kenneth con desconfianza y en tono despectivo.

—Por favor, continúe —dijo Helen silenciando a su marido con un gesto de la mano.

—Tengo entendido que Valerie fue hospitalizada hace alrededor de seis años.

—¿Y a usted qué le importa? —dijo Kenneth.

—Kenneth, por favor, déjanos hablar.

—Pero Helen...

—Te lo ruego. Elévate a Cassie a dar un paseo.

—¿Estás segura?

—Sí.

Kenneth protestó, pero no era capaz de contrariarla. Helen cerró los ojos como indicándole que diera por acabada la discusión y, a regañadientes, Kenneth se llevó a su hija de la mano.

—Es un poco sobre protector —dijo Helen cuando el marido ya no podía oírla.

—Es comprensible —comentó Myron—, dadas las circunstancias.

—¿Por qué le interesa el hecho de que Valerie hubiera estado hospitalizada?