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En fuga

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Título original: Run Away

© Harlan Coben, 2019.

© de la traducción: Jorge Rizzo Tortuero, 2020.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO776

ISBN: 9788491877578

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Portada

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

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Epílogo

Agradecimientos

Harlan Coben – Myron Bolitar

Otros títulos de Harlan Coben en RBA

A LISA ERBACH VANCE,

«AGENT EXTRAORDINAIRE»,

CON CARIÑO Y GRATITUD

1

Simon estaba sentado en un banco de Central Park —en Strawberry Fields, para ser más precisos— y sintió que el corazón se le rompía a pedazos. No se dio cuenta nadie, por supuesto, al menos al principio, no hasta que empezaron a volar los puños y dos turistas nada menos que finlandeses se pusieron a chillar mientras otros nueve visitantes del parque, de muy variadas procedencias, grababan el horrible incidente con sus teléfonos móviles.

Pero para eso aún faltaba una hora.

En Strawberry Fields no había fresas, y pese a lo de fields tampoco podría decirse que aquella hectárea de parque fuera un campo —menos aún, más de uno—. El nombre procedía de la canción de los Beatles, sin más. Strawberry Fields era una extensión triangular entre la calle Setenta y dos y Central Park West dedicada a la memoria de John Lennon, que fue asesinado allí delante de un disparo. El elemento central de este lugar conmemorativo es un mosaico redondo con piedras incrustadas en él y un sencillo recordatorio en el centro:

IMAGINE

Simon miró al frente, parpadeando, devastado. Los turistas no paraban de llegar ni de hacerse fotos con el famoso mosaico: fotos en grupo, selfies en solitario, algunos de rodillas sobre las piedras incrustadas, otros tendidos encima. Esa jornada, como la mayoría de días, alguien había decorado la palabra IMAGINE con flores frescas, formando un signo de la paz con pétalos de rosas rojas que, por algún motivo, no salían volando. Los visitantes, quizá precisamente porque era un lugar de homenaje, tenían paciencia unos con otros, y esperaban su turno para acercarse al mosaico y tomar esa foto especial que colgarían en su Snapchat o en Instagram o en la plataforma social que usaran, acompañada por alguna cita de John Lennon, quizás un verso de los Beatles o algo de la famosa canción sobre toda la gente que vive en paz.

Simon llevaba traje y corbata. No se había molestado en aflojarse la corbata después de salir de su oficina en Vesey Street, en el World Financial Center. Delante de él, también sentado junto al famoso mosaico, una... —¿cómo se los llama ahora?: ¿sintecho?, ¿transeúnte?, ¿consumidora de sustancias?, ¿desfavorecida?, ¿marginal?, ¿qué?— tocaba canciones de los Beatles por unas monedas. La música callejera —un nombre quizá más amable con que definirla— tocaba una guitarra desafinada y cantaba con voz rota, a través de unos dientes amarillentos, que Penny Lane estaba en sus oídos y en sus ojos.

Un recuerdo particular o al menos curioso: Simon solía pasar por aquel mosaico constantemente cuando sus hijos eran pequeños. Cuando Paige tenía quizá nueve años, Sam seis y Anya tres, se dirigían desde su apartamento, apenas cinco manzanas al sur de este punto, en la calle Sesenta y siete entre Columbus y Central Park West, pasando por Strawberry Fields camino de la estatua de Alicia en el País de las Maravillas, junto al estanque de los barquitos, en el lado este del parque. A diferencia de prácticamente cualquier otra estatua del mundo, allí los niños podían trepar y subirse a las figuras de bronce de unos tres metros de altura de Alicia, el Sombrerero Loco y el Conejo Blanco, y a las setas gigantes (que muchos calificarían de «inapropiadas»). A Sam y Anya les encantaba hacer eso precisamente, subirse a las estatuas, aunque Sam siempre acabara metiéndole dos dedos en la nariz a Alicia y gritándole a Simon: «¡Papá, papá, mira! ¡Le estoy metiendo los dedos en la nariz a Alicia!», lo que provocaba, inevitablemente, que Ingrid, la madre de Sam, soltara un suspiro y les regañara.

Pero Paige, la mayor, era más tranquila ya entonces. Ella se sentaba en un banco con un libro de colorear y sus ceras casi intactas —no le gustaba cuando un lápiz de cera se rompía o perdía el papel— y, curiosamente, pintaba sin salirse nunca de la raya. Cuando creció —a los quince, dieciséis, diecisiete— Paige solía sentarse en un banco, al igual que hacía ahora Simon, y escribía historias y letras de canciones en un cuaderno que le había comprado su padre en el Papyrus de Columbus Avenue. Pero Paige no se sentaba en cualquier banco. Unos cuatro mil bancos de Central Park habían sido «adoptados» a través de generosas donaciones. Se habían instalado placas personalizadas en ellos, la mayoría convertidos en simples monumentos conmemorativos, como el banco en el que estaba sentado ahora Simon, que decía: EN RECUERDO DE CARL Y CORKY. Otros, a los que solía ir Paige, contaban pequeñas historias:

«Para C y B, que sobrevivieron al Holocausto e iniciaron una nueva vida en esta ciudad...».

«A mi dulce Anne: te quiero, te adoro, te venero. ¿Quieres casarte conmigo?».

«Aquí es donde empezó nuestra historia de amor, el 12 de abril de 1942...».

 

El banco que más le gustaba a Paige, en el que podía pasarse varias horas seguidas con su último cuaderno —quizás aquello ya fuera en sí una primera señal— recordaba una misteriosa tragedia:

«A mi preciosa Meryl, de diecinueve años. Te merecías mucho más y moriste demasiado joven. Habría hecho cualquier cosa por salvarte».

Paige solía ir de banco en banco, leía las inscripciones hasta que encontraba una que pudiera usar como base para una historia. Simon, en su intento por estrechar la relación con su hija, intentaba hacer lo mismo, pero él no tenía la imaginación de Paige. Aun así, se sentaba con el periódico o jugueteaba con su teléfono, comprobando las cotizaciones de bolsa o leyendo las noticias económicas, mientras el bolígrafo de Paige se movía a toda velocidad.

¿Qué habría sido de aquellos viejos cuadernos? ¿Dónde estarían ahora?

Simon no tenía ni idea.

Gracias a Dios Penny Lane llegó a su fin, y la cantantevagabunda pasó de inmediato a All You Need Is Love. Había una joven pareja sentada en el banco junto al de Simon. El hombre murmuró, medio en broma: «¿No puedo darle dinero para que se calle?», a lo que su compañera se rio disimuladamente. «Es como si estuvieran matando otra vez a John Lennon». Unas cuantas personas dejaron caer unas monedas en la funda de la guitarra de la mujer, si bien la mayoría se mantuvo a cierta distancia, con una cara que indicaba que aquello era algo de lo que no quería formar parte.

Pero Simon escuchó, y lo hizo atentamente, esperando encontrar algún rastro de belleza en la melodía, en la canción, en los textos, en la actuación. Apenas observó a los turistas o a los guías turísticos, ni al hombre que iba sin camiseta (aunque debería llevarla) y que vendía botellas de agua a un dólar, ni al flacucho de la mosca en la barbilla que contaba chistes por un dólar («¡Oferta: seis chistes por cinco dólares!»), ni a la anciana asiática que quemaba incienso como homenaje a John Lennon, ni a los corredores del parque, a los paseadores de perros, ni a los que tomaban el sol.

Pero no había ninguna belleza en aquella música. Ninguna.

Simon tenía la mirada fija en la chica que pedía dinero a cambio de destrozar el legado de John Lennon. Tenía el cabello estropajoso. Las mejillas hundidas. La chica estaba flaca, desastrada, sucia, deteriorada, abandonada, perdida.

La chica era la hija de Simon, Paige.

Simon no había visto a Paige en seis meses, no desde que ella había hecho lo imperdonable.

Para Ingrid había sido el golpe definitivo.

—Ya no insistas más. Déjala que haga lo que quiera —le había dicho Ingrid, después de que Paige se fuera.

—Y eso ¿qué significa?

Y entonces Ingrid, una mujer fantástica, una pediatra entregada que había dedicado su vida a ayudar a niños necesitados, dijo:

—No quiero verla más en esta casa.

—No lo dices en serio.

—Sí, Simon. Que Dios me ayude. Hablo en serio.

Durante meses, sin que Ingrid lo supiera, había buscado a Paige. En ocasiones, con ahínco, como cuando contrató a un detective. La mayor parte de las veces, de forma más aleatoria, sin pensar, paseándose por zonas llenas de drogadictos, enseñando su foto a tipos colocados de dudoso aspecto.

No había encontrado nada.

Simon se había preguntado si Paige, que había celebrado recientemente su cumpleaños —¿cómo?, se preguntaba Simon: ¿con una fiesta?, ¿con tarta?, ¿con drogas? ¿Sería consciente siquiera del día que era?—, se habría ido de Manhattan para volver a la ciudad universitaria donde todo había empezado a torcerse. Dos fines de semana seguidos, mientras Ingrid estaba de guardia en el hospital, por lo que no podría hacer demasiadas preguntas, Simon había cogido el coche y se había alojado en la Craftboro Inn, junto al campus. Recorrió el recinto, recordando el entusiasmo con que habían llegado los cinco —Simon, Ingrid, Paige, a punto de iniciar su primer año, Sam y Anya— y cómo la habían ayudado a instalarse, el optimismo de Ingrid y de él mismo pensando en lo bien que le iría en aquel lugar, con todo aquel césped y aquellos bosques, algo estupendo para la hija que habían criado en Manhattan, y en cómo había ido menguando y muriendo todo aquel optimismo, claro.

Una parte de Simon —una parte que nunca dejaría asomar al exterior y cuya existencia ni siquiera reconocería— quería abandonar la búsqueda. No podía decir que su vida hubiera mejorado desde la huida de Paige, pero sin duda se había vuelto más tranquila. Sam, que se había graduado en el prestigioso instituto Horace Mann en primavera, apenas mencionaba a su hermana mayor. Su principal interés eran los amigos, la graduación y las fiestas, y ahora su única obsesión consistía en prepararse para su primer año en el Amherst College. En cuanto a Anya, bueno... Simon ignoraba qué pensaba acerca de muchas cosas. No le hablaba de Paige, pero tampoco le hablaba apenas de nada. En sus intentos por entablar conversación con su hija, por lo común obtenía solo respuestas de una palabra y raramente de más de una sílaba. Siempre eran «bien», «vale» o «sí».

Pero un día a Simon le llegó una extraña pista.

Una mañana, tres semanas atrás, Simon se había encontrado en el ascensor con su vecino de arriba, Charlie Crowley, oftalmólogo de profesión en Downtown. Tras el típico intercambio de saludos, Charlie, situado frente a la puerta del ascensor, como suele ponerse la gente, mirando la señal luminosa que indicaba las plantas que iban pasando, le dijo a Simon, con cierta timidez y como si le supiera mal, que le parecía que había visto a Paige.

Simon, también de cara a los números de los pisos e intentando mostrarse tranquilo, le pidió más detalles.

—Me ha parecido verla... esto... en el parque —dijo Charlie.

—¿Qué quieres decir? ¿Paseando?

—No, no exactamente. —Llegaron a la planta baja. Las puertas se abrieron. Charlie respiró hondo—. Paige... tocaba la guitarra en Strawberry Fields.

Charlie debió de ver el gesto de asombro en el rostro de Simon.

—Ya sabes, como... por unas monedas.

Simon sintió que algo se desgajaba en su interior.

—¿Monedas? Como una...

—Iba a darle dinero, pero...

Simon asintió para indicarle que no pasaba nada, que podía seguir.

—... pero Paige estaba como ausente; no sabía quién era yo. Me preocupó que reaccionara mal...

Charlie no tuvo que acabar de contarle la escena.

—Lo siento, Simon. De verdad.

Aquello fue todo. Simon dudó sobre si debía hablarle a Ingrid de aquel encuentro, pero no quería afrontar los posibles efectos colaterales. Así que empezó a pasarse por Strawberry Fields en su tiempo libre.

No encontró a Paige.

Preguntó a algunos de los vagabundos que tocaban por el parque si la reconocían, mostrándoles una fotografía en su teléfono, para luego dejarles un par de dólares en la funda de la guitarra. Unos cuantos le dijeron que sí y que le darían más detalles si Simon hacía una contribución a la causa más sustanciosa. Lo hizo y no obtuvo nada a cambio. La mayoría admitió que no la reconocía, pero ahora, al ver a Paige en carne y hueso, Simon entendió por qué. Su hija de antes, tan encantadora, no guardaba ningún parecido con aquella toxicómana convertida en una bolsa de huesos y pellejo.

Con todo, en los ratos que había pasado allí sentado, en Strawberry Fields, normalmente frente a un cartel casi cómico que decía ZONA TRANQUILA: PROHIBIDOS LOS AMPLIFICADORES Y LOS INSTRUMENTOS MUSICALES, observó algo curioso. Los músicos, la mayoría de ellos de tipo vagabundo-roñoso-escuálido, nunca tocaban juntos ni solapándose. Las transiciones entre un músico callejero y otro se hacían de forma notablemente ordenada. Iban cambiando prácticamente a cada hora, de un modo muy civilizado.

Como si hubiera un horario.

Ya llevaba gastados cincuenta dólares cuando encontró a un hombre llamado Dave, uno de los músicos callejeros más mugrientos, con una enorme mata de cabello gris, una barba espesa con zonas prácticamente sólidas y una trenza que le caía hasta el medio de la espalda. Dave, que podía tener cincuenta años mal llevados o setenta bien sobrellevados, le explicó cómo funcionaba aquello.

—En los viejos tiempos, un tipo llamado Gary dos Santos... ¿lo conoces?

—El nombre me suena —dijo Simon.

—Sí, si pasabas por aquí en aquellos años, chico, desde luego que te acordarás de él. Gary se había autoproclamado «alcalde de Strawberry Fields». Un grandullón. Durante veinte años mantuvo la paz en este lugar. Y por mantener la paz, quiero decir que acojonaba a todo el que se acercara. El tipo estaba como una regadera. ¿Sabes a qué me refiero?

Simon asintió.

—Luego, sería en 2013, Gary muere. Leucemia. Solo tenía cuarenta y nueve años. Este sitio —Dave señaló con sus guantes sin dedos— se vuelve una locura. Sin nuestro fascista al mando, se impone la anarquía total. ¿Has leído a Maquiavelo? Pues algo así. Hay peleas de músicos a diario. Luchando por el territorio, ¿sabes a qué me refiero?

—Sé a lo que te refieres.

—Intentaban gobernarse solos, pero tío... la mitad de ellos apenas si era capaz de vestirse por su cuenta. De pronto un capullo tocaba y no se marchaba a su hora, y venía otro capullo que lo pisaba, se ponían a gritar, a insultarse, incluso delante de los niños. A veces llegaban a las manos, y venía la poli. Lo pillas, ¿verdad?

Simon asintió.

—Aquello iba en contra de nuestra imagen, por no hablar de nuestro bolsillo. Así que encontramos una solución.

—¿Y cuál es?

—Un horario. Rotaciones horarias de las diez de la mañana a las siete de la tarde.

—¿De veras?

—Sí.

—¿Y eso funciona?

—No es perfecto, pero se le acerca bastante.

«Vigilancia del propio interés económico», pensó el analista financiero que Simon llevaba dentro. Una de las constantes de la vida.

—¿Y cómo te inscribes en el horario?

—Por mensaje de texto. Tenemos a cinco tipos habituales. Son los que tienen los mejores horarios. Pero luego pueden apuntarse otros.

—¿Y tú gestionas el horario?

—Pues sí —dijo Dave, sacando pecho de puro orgullo—. Yo sé hacer que funcione. ¿Sabes a qué me refiero? Por ejemplo, no pondría la hora de Hal justo después de la de Jules porque esos dos tíos se odian el uno al otro más de lo que me odian mis ex. También intento mantener cierta diversidad.

—¿Diversidad?

—Negros, chavalas, hispanos, mariquitas, incluso un par de orientales. —Abrió los brazos—. No queremos que la gente piense que todos los vagabundos son blancos. Es un estereotipo negativo, ¿sabes a qué me refiero?

Simon sabía a qué se refería. También sabía que si le daba a Dave dos billetes de cien dólares partidos por la mitad y le prometía entregarle las otras mitades si lo avisaba en cuanto reaparecía su hija, probablemente obtuviera algún progreso.

Esa mañana, Dave le había enviado un mensaje de texto.

11:00 h hoy. Yo no te he dicho nada. No soy un chivato.

Y luego:

Pero trae la pasta a las 10:00 h. A las 11:00 tengo yoga.

Así que ahí estaba.

Simon se sentó frente a Paige y se preguntó si ella lo vería y qué debía hacer si ella salía corriendo. No estaba seguro. Supuso que lo mejor era dejar que acabara, que recogiera sus míseras propinas y su guitarra, y luego acercarse.

Miró el reloj: las 11:58. La hora de Paige estaba a punto de concluir.

Simon había ensayado todo tipo de frases mentalmente. Ya había llamado a la Clínica Solemani y le había reservado una habitación a Paige. Su plan era este: decir lo que fuera, prometerle lo que fuera, tenderle una encerrona, suplicarle, usar cualquier medio necesario para conseguir que se fuera con él.

Otro músico callejero con vaqueros desgastados y una camisa de franela deshilachada llegó desde el este y se sentó junto a Paige. La funda de su guitarra era una bolsa de basura de plástico negra. Le dio un golpecito a Paige en la rodilla y señaló un reloj de pulsera imaginario. Paige asintió y acabó I am the Walrus con un gorgorito final, levantó ambos brazos al aire y gritó «¡Gracias!» a un público que ni siquiera le prestaba atención, y mucho menos la aplaudía. Recogió los escasos billetes de dólar arrugados y las monedas de la funda, y luego metió la guitarra en su interior con un cuidado sorprendente. Aquel sencillo gesto —meter la guitarra en la funda— lo conmovió. Simon le había comprado aquella guitarra Takamine G-Series en el Sam Ash de la calle Cuarenta y ocho Oeste al cumplir los dieciséis. Intentó recuperar los sentimientos que acompañaron a los recuerdos de entonces: la sonrisa de Paige cuando la descolgó de la pared, el modo en que entornó los ojos mientras la probaba, cómo se le colgó del cuello y gritó: «¡Gracias, gracias, gracias!» tras decirle que era suya.

 

Pero aquellos sentimientos, si aún seguían vivos, no afloraron.

La terrible verdad era que Simon ni siquiera veía a su pequeña en aquella mujer.

Y se había pasado una hora intentándolo. La miró de nuevo y trató de recordar aquella criatura angelical que había llevado a clases de natación en el 92 de Street Y, la niña que se pasó el puente del Día del Trabajo sentada en la hamaca mientras él le leía dos libros enteros de Harry Potter en tres días, la pequeña que insistió en disfrazarse de Estatua de la Libertad en Halloween, pintándose incluso la cara de verde, dos semanas antes de la fiesta, pero —y quizás aquello fuera un mecanismo de defensa— no consiguió recrear todas aquellas imágenes.

Paige se puso en pie, dispuesta a marcharse. Era el momento. Al otro lado del mosaico, Simon también se levantó. El corazón le latía con fuerza contra las costillas. Sentía que empezaba a dolerle la cabeza, como si unas manos gigantescas le estuvieran presionando las sienes. Miró a izquierda y derecha.

En busca del novio.

Simon no tenía claro cómo había empezado aquella espiral, pero culpaba a aquel novio de la desgracia que había recaído sobre su hija y, por extensión, sobre toda su familia. Sí, Simon había leído todo eso de que un adicto debe afrontar la responsabilidad de sus propias acciones, que era culpa del adicto y solo de él, esa clase de cosas. Y que la mayoría de adictos (y, por extensión, sus familias) tenía una historia que contar. Quizá su adicción hubiera empezado por el tratamiento contra el dolor tras una operación. Quizá lo achacaran a la presión de sus padres o afirmaran que la única vez en que habían querido experimentar hubiera acabado arrastrándolos, de algún modo, a algo más terrible.

Siempre había una excusa.

Pero en el caso de Paige —llámalo debilidad de carácter, mala educación por parte de sus padres o lo que fuera—, todo se reducía a algo más simple: había una Paige antes de que conociera a Aaron. Y la Paige de ahora.

Aaron Corval era escoria, lo miraras por donde lo miraras, y cuando mezclas escoria y pureza, la pureza queda manchada para siempre. Simon nunca le había visto el atractivo. Aaron tenía treinta y dos años, once más que su hija. En otro tiempo, cuando era más cándido, la diferencia de edad lo había preocupado. Ingrid no había hecho mucho caso, pero era porque estaba acostumbrada a cosas así, de sus tiempos como modelo. Ahora, por supuesto, la diferencia de edad era el menor de los problemas.

No había ni rastro de Aaron.

Un atisbo de esperanza se alzó. ¿Se habría librado por fin de él? ¿Habría acabado ya de devorar a su hija aquel ser maligno, aquel cáncer, aquel parásito que le chupaba la sangre, para lanzarse sobre una presa más consistente?

Eso sería estupendo, desde luego.

Paige se dirigió hacia el este, tomando el sendero que cruzaba el parque. Caminaba como una zombi. Simon fue acercándosele.

¿Qué haría si se negaba a ir con él? No es que fuera algo posible; era probable. Simon había intentado ofrecerle ayuda en el pasado, y ella se había rebotado. No podía obligarla. Eso lo sabía. Incluso había conseguido que su cuñado, Robert Previdi, pidiera una orden judicial para que la internasen. Eso tampoco había funcionado.

Se situó tras ella. El vestido le caía suelto sobre los hombros, dejándolos a la vista. Le vio la piel de la espalda, antes perfecta, cubierta de manchas oscuras: ¿por el sol?, ¿debido a una enfermedad?, ¿a abusos?

—¿Paige?

No se giró. Ni siquiera vaciló, y por un instante Simon consideró la posibilidad de que se hubiera equivocado, de que Charlie Crowley se hubiera equivocado, de que aquel saco de huesos de olor rancio y voz desgarrada no fuera su primogénita, su Paige, la adolescente que había interpretado el papel de Hodel en la producción de El violinista en el tejado de la Abernathy Academy, la que olía a melocotón y a juventud y que había emocionado al público con su solo de Far from the Home I Love. Simon había acabado hecho un mar de lágrimas en las cinco representaciones y apenas había podido acallar su llanto cuando la Hodel de Paige se giraba en dirección a Tevye y decía: «Papá, solo Dios sabe cuándo volveremos a vernos», a lo que su padre en el escenario respondía: «Entonces lo dejaremos en sus manos».

Se aclaró la garganta y se acercó un poco más.

—¿Paige?

Ella aminoró el ritmo pero no se volvió. Simon alargó una mano temblorosa. Todavía la tenía de espaldas. Le apoyó una mano en el hombro, y no sintió más que los huesos cubiertos por una piel apergaminada. Lo intentó una vez más.

—¿Paige?

Ella se detuvo.

—Paige, soy papi.

Papi. ¿Cuándo fue la última vez que le había llamado papi? Él siempre había sido papá para ella, para sus tres hijos y, sin embargo, le salió así. Oyó cómo se le quebraba la voz, su tono de súplica.

Siguió sin darse la vuelta.

—Por favor, Paige...

Y entonces echó a correr. El movimiento lo pilló a contrapié. Paige le llevaba tres pasos de ventaja cuando reaccionó. Últimamente Simon se había puesto bastante en forma. Había un gimnasio junto a su despacho y, con el estrés de haber perdido a su hija —así era cómo lo veía él, que la había perdido—, había empezado a apuntarse a diversas clases de cardio-boxing que lo tenían casi obsesionado.

Se lanzó tras ella y la atrapó bastante rápido. La agarró del brazo, flaco como un junco —habría podido rodear el escuálido bíceps con dos dedos—, y tiró de ella. Quizá lo hiciera con fuerza excesiva, pero todo aquello —la carrera, el agarrón— no había sido más que una reacción automática.

Paige había intentado huir. Y él había hecho lo necesario por detenerla.

—¡Ay! —gritó ella—. ¡Suéltame!

Había muchísima gente alrededor y algunos —Simon estaba seguro— se habían girado al oírla gritar. No le importaba, pero eso hacía que su misión fuera aún más urgente. Tendría que actuar rápido, y sacarla de allí antes de que algún buen samaritano saliera en ayuda de Paige para intentar rescatarla.

—Cariño, soy papá. Ven conmigo, ¿vale?

Ella seguía de espaldas. Simon le dio la vuelta, haciendo que lo mirara, pero Paige se cubrió los ojos con el brazo, como si la estuvieran cegando con una luz intensa.

—¿Paige? Paige, por favor, mírame.

Paige se puso rígida y luego, de pronto, se relajó. Bajó el brazo y lentamente levantó la mirada. De nuevo, un atisbo de esperanza. Sí, tenía los ojos hundidos y lo que debería ser blanco era amarillento, pero ahora, por primera vez, Simon pensó que quizá veía un brillo de vida en ellos.

Por primera vez, vio una sombra de la niña que conocía.

Cuando Paige habló, por fin reconoció el eco de su voz:

—¿Papá?

Él asintió. Abrió la boca y la cerró, sobrecogido. Volvió a intentarlo:

—He venido a ayudarte, Paige.

Ella se echó a llorar.

—Lo siento mucho.

—No pasa nada —dijo él—. Todo se arreglará.

Él rodeó a su hija con sus brazos, protegiéndola, cuando otra voz atravesó el parque como el cuchillo de un destripador.

—¿Qué cojones...?

Simon sintió que se le encogía el corazón. Miró a su derecha. Aaron. Paige se encogió, apartándose, al oír la voz de Aaron.

Simon intentó retenerla, pero ella se zafó, golpeándose con la guitarra en la pierna.

—Paige... —dijo Simon.

El atisbo de claridad que había visto en sus ojos solo unos segundos antes desapareció, rompiéndose en mil pedazos.

—¡Suéltame! —gritó ella.

—Paige, por favor...

Paige empezó a recular. Simon intentó agarrarle el brazo de nuevo, como un hombre desesperado colgando de un barranco e intentando agarrarse a una rama, pero Paige soltó un chillido desgarrador.

Eso hizo que mucha gente se girara. Mucha. Simon no retrocedió.

—Por favor, escúchame...

Y entonces Aaron se interpuso entre los dos. Ambos hombres, Simon y Aaron, estaban cara a cara. Paige se escondió detrás de Aaron. Aaron parecía colocado. Vestía una cazadora vaquera sobre una mugrienta camiseta blanca —lo último en estética chic de heroinómano, solo que sin el chic—. Llevaba demasiadas cadenas en torno al cuello y esa barba de tres días que quería resultar atractiva pero que no lo conseguía, y unas botas de trabajo que resultaban paradójicas en alguien que no reconocería un día de trabajo honesto ni aunque este le pateara el culo.

—No pasa nada, Paige —dijo Aaron con una sonrisita socarrona, sin dejar de mirar a Simon—. Sigue adelante, muñeca.

Simon meneó la cabeza.

—No, no...

Pero Paige, apoyándose en la espalda de Aaron, como si fuera a perder el equilibrio, se puso en marcha y echó a correr por el sendero.

—¡Paige! —gritó Simon—. ¡Espera! Por favor...

Se estaba alejando. Simon giró a la derecha para salir tras ella, pero Aaron se movió a un lado y le cortó el paso.

—Paige es adulta —dijo Aaron—. No tienes ningún derecho...

Simon apretó el puño y le soltó un directo en la cara. Sintió que la nariz cedía bajo sus nudillos, oyó la fractura como una bota pateando el nido de un pájaro. Aaron cayó, sangrando. Fue entonces cuando los dos turistas finlandeses se pusieron a gritar. Simon no hizo caso. Aún veía a Paige, más allá. Ella torció a la izquierda, salió del camino y se metió por entre los árboles.

—¡Paige, espera!

Saltó para esquivar el cuerpo de Aaron, tendido en el suelo, pero este le agarró de la pierna. Simon intentó liberarse, pero para entonces ya vio a otras personas —gente bien intencionada pero confundida— que se acercaban, muchos, algunos de ellos grabando en vídeo la escena con sus malditos teléfonos.

Todos gritaban y le decían que no se moviera.

Simon se liberó, tropezó y recuperó el control de sus piernas. Echó a correr por el camino, hacia donde se había desviado Paige.

Pero ya era demasiado tarde. La multitud se le había echado encima.

Alguien intentó placarle. Simon soltó un codazo. Oyó un «¡uf!» procedente del tipo que se le había abalanzado y notó que lo soltaba. Otro le rodeó la cintura con los brazos. Simon se lo quitó de encima como si fuera un simple cinturón y siguió corriendo hacia su hija, moviéndose como un jugador de fútbol americano perseguido por toda una línea de defensores.

Pero al final fueron demasiados.

—¡Mi hija! —gritó—. Por favor... deténganla...

Nadie lo oyó con todo el tumulto, o quizá fuera que nadie escuchaba a aquel loco violento que había que detener a toda costa.

Otro turista le saltó encima. Luego, otro.

En el momento en que caía, levantó la vista y vio a su hija otra vez en el sendero. Aterrizó con un golpetazo. Luego, al intentar ponerse de nuevo en pie, le cayó una lluvia de golpes. Un montón. Cuando acabó todo aquello, tenía tres fracturas de costilla y dos dedos rotos. Acabaría con una conmoción cerebral y veintitrés puntos en total.