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Z serii: Myron Bolitar #10
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5

Myron corrió tras ella.

Cuando llegó a la salida de la sala VIP, ésta era la imagen que cruzó su mente: Myron tenía once años, su hermano Brad, seis, con el pelo rizado, y estaban en el dormitorio que compartían, jugando a un sucedáneo de baloncesto. El tablero era de cartón, la pelota una esponja redonda. El aro estaba sujeto a la parte superior de la puerta del armario con dos ventosas de color naranja que tenías que lamer para pegarlas. Los dos hermanos jugaban durante horas, se inventaban equipos y se asignaban apodos y nombres de otras personas. Estaban Shooting Sam, Jumping Jim y Leaping Jenny, y Myron, por ser el hermano mayor, controlaba la acción, se inventaba un universo falso con jugadores que eran buenos tipos y jugadores que eran malos tipos, partidos emocionantes y juegos reñidos hasta el último segundo. Pero la mayoría de las veces, al final, dejaba que Brad ganase. Por la noche, cuando se acostaban en sus literas —Myron en la de arriba, Brad debajo—, recapitulaban los encuentros en la oscuridad como comentaristas de televisión haciendo sus análisis después del partido.

El recuerdo se clavó de nuevo en su corazón.

Esperanza le vio correr.

—¿Qué?

—Kitty.

—¿Qué?

No había tiempo para dar explicaciones. Llegó a la puerta y salió. Ahora estaba de nuevo en el club, con aquella música ensordecedora. El hombre mayor que había en él se preguntó quién podía disfrutar socializando si no podías oír lo que te decían. Pero en realidad ahora sus pensamientos estaban completamente concentrados en alcanzar a Kitty.

Myron era alto, un metro noventa, y de puntillas, veía por encima de la mayoría de la multitud. Ninguna señal de Quizá-Kitty. ¿Qué vestía? Un top turquesa. Buscó destellos de turquesa.

Allí. De espaldas a él. Iba hacia la salida del club.

Myron tenía que moverse. Gritó «perdón» mientras intentaba nadar entre los cuerpos, pero había demasiados. Las luces estroboscópicas y el espectáculo láser tampoco ayudaba. Kitty. ¿Qué demonios estaba haciendo Kitty allí? Años atrás, Kitty también había sido una maravilla del tenis, y se entrenaba con Suzze. Así se habían conocido. Podría ser que las dos viejas amigas estuviesen de nuevo en contacto, por supuesto, pero ¿respondía eso de verdad a la cuestión de por qué estaba Kitty allí esa noche, en ese club, sin su hermano?

¿O es que Brad también estaba allí?

Comenzó a moverse más rápido. Intentó no chocar con nadie pero, por supuesto, eso era imposible. Recibió miradas asesinas y gritos de «¡Eh!» o «¿Dónde está el fuego?», pero Myron no les hizo caso, siguió adelante; toda la escena comenzaba a adquirir una cualidad onírica, como uno de esos sueños en los que corres sin ir a ninguna parte y los pies te pesan cada vez más, o en los que tratas de avanzar a través de un metro de nieve.

—¡Ay! —gritó una chica—. ¡Imbécil, gilipollas, me has dado un pisotón!

—Lo siento —se disculpó Myron, que seguía insistiendo en abrirse paso.

Una mano grande se apoyó en el hombro de Myron y le hizo girar. Alguien le empujó con fuerza por detrás y casi le derribó. Myron recuperó el equilibrio y se vio frente a lo que podría ser una actuación del Jersey Shore: la reunión de los diez años. Formaban una mezcla de espuma para el pelo, falso bronceado, cejas depiladas, pechos aceitados y músculos de concurso. Tenían las expresiones desdeñosas de los tipos duros, el aspecto extraño de los que se acicalan y depilan a tope. Darles un puñetazo en la cara dolería; estropearles el peinado dolería todavía más.

Eran cuatro, cinco o quizá seis —tendían a confundirse en una masa de baboso aspecto y asfixiante hedor a colonia Axe—, y estaban excitados por la posibilidad de demostrar lo hombres que eran en defensa del honor de los dedos de los pies de una chica.

A pesar de todo, Myron se comportó como todo un diplomático.

—Lo siento, tíos —dijo—. Es una emergencia.

—¿Dónde está el fuego? —preguntó Gorro de Ducha—. ¿Tú ves algún fuego, Vinny?

—¿Sí, dónde está el fuego? —repitió Vinny—. Porque yo no lo veo. ¿Tú lo ves, Slap?

Antes de que Slap pudiese hablar, Myron dijo:

—Sí, ya lo entiendo. No hay fuego. Lo siento mucho, de verdad, pero tengo mucha prisa.

Pero Slap tenía que decir la suya.

—No, yo tampoco veo ningún fuego.

No tenía tiempo para eso. Myron trató de a moverse (maldita sea, ninguna señal de Kitty), pero los tipos cerraron filas. Gorro de Ducha, con la mano todavía en el hombro de Myron, decidió apretar los dedos.

—Dile a Sandra que lo sientes.

—Ah, ¿qué parte de «lo siento mucho, de verdad» no has entendido?

—A Sandra —insistió.

Myron se volvió hacia la muchacha que, a juzgar por el vestido y la compañía que llevaba, no recibía nunca bastante atención de su papá. Sacudió el hombro para apartar la molesta mano que lo agarraba.

—Lo siento mucho, Sandra.

Lo dijo porque era lo mejor que se podía hacer. Intentar hacer las paces y seguir adelante. Pero Myron lo sabía. Lo veía en el rojo de los rostros, en los ojos húmedos. Ahora estaban funcionando las hormonas. Así que cuando se volvió hacia el tipo que lo había empujado, Myron no se sorprendió al ver que un puño venía hacia su rostro.

Las peleas por lo general sólo duran unos segundos, y estos segundos están llenos de tres cosas: confusión, caos y pánico. Por lo tanto, cuando las personas ven que un puño viene hacia ellas, lo normal es que tengan una reacción excesiva. Intentan agacharse o se echan hacia atrás. Es un error. Si pierdes el equilibrio o dejas de ver a tu adversario, te metes en un peligro mucho mayor. Los buenos pugilistas a menudo lanzan golpes por esta razón; no porque quieran hacer impacto, sino para que el oponente se coloque en una posición más vulnerable.

En consecuencia, el movimiento de Myron para evitar el golpe fue corto, sólo unos pocos centímetros. Su mano derecha ya estaba levantada. No tienes que apartar el puño con fuerza ni con algún gran movimiento de karate. Sólo necesitas desviar un poco su rumbo. Fue lo que hizo Myron.

El objetivo de Myron era sencillo: derribar a ese tipo con un mínimo de escándalo o lesión. Myron redirigió el puño en movimiento, y luego, con la misma mano ya levantada, unió el índice y el anular y descargó un golpe como un dardo en el hueco blando de la garganta del atacante. El golpe dio de lleno en su objetivo. Jerzie Boy soltó un gorgoteo. Sus dos manos volaron hacia la garganta y le dejaron totalmente expuesto. En una pelea normal, ése era el momento en que Myron lo hubiera derribado. Pero no era eso lo que quería hacer ahora. Lo que quería era irse.

Así que, antes de que Myron pudiese calcular su siguiente golpe, comenzó a dejar atrás al tipo en un intento por apartarse lo más rápido posible de la escena, pero se dio cuenta de que ahora tenía cerradas todas las vías de escape. Los clientes del club abarrotado se habían acercado, atraídos por el olor de una pelea y el instinto básico de ver a otro ser humano herido o maltratado.

Otra mano le sujetó por el hombro. Myron la apartó. Alguien se lanzó a sus piernas y le agarró los tobillos, en un intento de placarle. Myron flexionó las rodillas. Utilizó una mano para apoyarse en el suelo. Con la otra, unió los dedos y descargó un golpe con la palma en la nariz del otro. El hombre soltó las piernas de Myron. Ahora había cesado la música. Alguien gritó. Los cuerpos comenzaron a caer.

Eso no pintaba bien.

Confusión, caos y pánico. En un club nocturno abarrotado, estas cosas se propagan y resultan ridículamente contagiosas. Alguien cercano se ve empujado y se deja llevar por el pánico. Descarga un puñetazo. La gente se echa hacia atrás. Los espectadores que habían estado disfrutando de la relativa seguridad del acto pasivo comprenden que se hallan en peligro. Tratan de escapar, chocan los unos con los otros. Un pandemonio.

Alguien golpeó a Myron en la nuca. Se volvió. Alguien le golpeó en el vientre. La mano de Myron se movió como un rayo y sujetó la muñeca del agresor. Puedes aprender las mejores técnicas de lucha y prepararte con los mejores, pero no hay nada mejor que haber nacido con una excelente coordinación mano-ojo. Como solían decir en sus días de baloncesto: «No puedes enseñar altura». Tampoco puedes enseñar coordinación, condición atlética o instinto competitivo, por mucho que los padres intenten hacerlo.

Por consiguiente, Myron Bolitar, el atleta superior, fue capaz de sujetar la muñeca del puño atacante. Atrajo al hombre hacia él y, utilizando su propio impulso, golpeó su rostro con el antebrazo.

El hombre cayó.

Más gritos. Más pánico. Myron se volvió y, entre la multitud, entrevió a Quizá-Kitty junto a la puerta. Se movió hacia allí, pero ella desapareció detrás de una pared de gorilas, incluidos dos de los tipos que se habían metido con Myron en la entrada. Los gorilas —y ahora había un montón de ellos— se dirigieron en línea recta hacia Myron.

Oh, oh.

—Eh, tío, un momento. —Myron levantó las manos para demostrar que no tenía intención de luchar con ellos. Mientras se acercaban, Myron mantuvo las manos en alto—. Ha sido otro el que ha empezado.

Uno intentó hacerle una llave Nelson completa, un movimiento de aficionado, si es que lo hay.

Myron se zafó sin problemas.

—Se acabó, ¿vale? Se...

Otros tres gorilas trataron de derribarlo. Myron golpeó el suelo como un saco de patatas. Uno de los tipos de la puerta se le echó encima. Otro le pateó las piernas. El tipo que se le había echado encima intentó pasarle un fornido antebrazo por debajo de la garganta de Myron. Myron bajó la barbilla para impedírselo. El tipo apretó más y acercó tanto el rostro que Myron pudo oler su aliento a perrito caliente rancio. Otro puntapié. El rostro se acercó todavía más. Myron se giró con fuerza y golpeó el rostro del tipo con el codo. El gorila soltó una maldición y se apartó.

 

En el momento en que Myron comenzaba a levantarse sintió que algo metálico se apoyaba debajo de sus costillas. Durante una décima de segundo, o quizá dos, se preguntó qué era. Entonces el corazón de Myron explotó.

Al menos, eso fue lo que sintió. Sintió como si algo dentro de su pecho acabase de estallar, como si alguien hubiese conectado unos cables eléctricos en cada una de sus terminaciones nerviosas para que su sistema parasimpático entrara en un espasmo total. Sus piernas se convirtieron en agua. Sus brazos cayeron, incapaces de ofrecer la más mínima resistencia.

Un arma paralizante.

Myron cayó como un pescado en el muelle. Alzó la mirada y vio a Músculos Kyle sonriéndole. Kyle soltó el gatillo. El dolor cesó, pero sólo por un segundo. Con sus compañeros gorilas rodeándole de forma tal que nadie en el club podía verles, Kyle clavó la pistola paralizante bajo las costillas de Myron y soltó otra descarga. El grito de Myron quedó apagado por la mano que le tapaba la boca.

—Dos millones de voltios —susurró Kyle.

Myron sabía algo de las pistolas paralizantes y las Taser. Se suponía que sólo debías apretar el gatillo durante unos segundos, no más, para inmovilizar a alguien sin herirlo de gravedad. Pero Kyle, con una sonrisa demoníaca, no aflojó. Mantuvo el gatillo apretado. El dolor fue en aumento, se hizo abrumador. Todo el cuerpo de Myron comenzó a sacudirse y a saltar. Kyle mantuvo el dedo en el gatillo. Incluso uno de los gorilas gritó: «¡Eh, Kyle!». Pero Kyle continuó hasta que Myron puso los ojos en blanco y se hundió en la oscuridad.

6

Al cabo de lo que debieron ser unos segundos más tarde, Myron sintió que alguien lo levantaba y lo cargaba sobre un hombro al estilo de los bomberos. Sus ojos permanecieron cerrados, el cuerpo inerte. Se hallaba en la cúspide de la inconsciencia, aunque seguía sabiendo dónde estaba y lo que estaba pasando. Sus terminaciones nerviosas estaban destrozadas. Se sentía agotado y tembloroso. El hombre que lo llevaba a cuestas era grande y musculoso. Oyó que volvía a sonar la música en el club y una voz que gritaba por los altavoces: «¡Vale, gente, se acabó el follón! ¡Volvamos a la fiesta!».

Myron permaneció inmóvil, dejó que el hombre lo llevase. No se resistió. Utilizó el tiempo para rehacerse, recuperarse y poner en marcha un plan. Una puerta se abrió y se cerró una, disminuyó el sonido de la música. Myron notó a través de los párpados cerrados que la luz era más brillante.

—Ahora tendríamos que echarle y ya está, ¿no, Kyle? —dijo el hombre que lo transportaba—. Creo que ya ha tenido bastante.

Era la misma voz que había dicho: «¡Eh, Kyle!» cuando Myron había recibido la descarga eléctrica. La voz tenía un tono asustado. A Myron no le gustó.

—Déjalo en el suelo, Brian —dijo Kyle.

Brian lo hizo con una gentileza sorprendente. Tendido en el suelo de cemento, con los ojos todavía cerrados, Myron pensó con rapidez para saber cuáles serían los siguientes pasos: mantener los ojos cerrados, fingir que estaba desvanecido, y mover poco a poco la mano hacia la Blackberry del bolsillo.

En la década de 1990, cuando apenas empezaba a extenderse el uso de los móviles, Myron y Win habían aprendido a desarrollar un truco técnico que podía llegar a ser un sistema de comunicación que te salvara la vida: cuando alguno de los dos estaba en apuros (o sea, Myron), apretaba la tecla de marcado rápido en su móvil y el otro (o sea, Win) contestaba, conectaba el teléfono sin sonido, y podía escuchar o correr y acudir en su ayuda. En aquellos tiempos, quince años atrás, este truco había sido el no va más; ahora estaba tan anticuado como el Betamax.

Eso significaba, por supuesto, pasar al siguiente nivel. Con los últimos avances de la técnica, Myron y Win podían protegerse de una manera más eficaz. Uno de los expertos técnicos de Win había mejorado las Blackberry, y ahora disponían de un emisor de radio vía satélite de dos bandas que funcionaba incluso en lugares donde no hubiera cobertura, junto con sistemas de grabación de audio y vídeo, y un rastreador GPS, de manera que sabías con exactitud dónde estaba el otro, en cualquier momento, con una aproximación de un metro, y todo eso se podía activar con sólo apretar una tecla.

Por lo tanto, hizo reptar la mano hacia la Blackberry del bolsillo. Con los ojos cerrados, fingió un gemido mientras se movía lo suficiente para acercar la mano a su bolsillo...

—¿Buscas esto?

Era Músculos Kyle. Myron parpadeó y abrió los ojos. El suelo de la habitación era de formica granate. Las paredes también eran de color granate. Había una mesa con lo que parecía una caja de pañuelos de papel encima. No había más muebles. Myron miraba a Kyle. Sonreía.

Sostenía en alto la Blackberry de Myron.

—Gracias —dijo Myron—. La estaba buscando. ¿Puedes pasármela?

—Oh, no creo.

Había otros tres gorilas en la habitación, todos ellos con las cabezas afeitadas, todos enormes, con tanto esteroides y tantas máquinas de pesas. Myron vio al que parecía un poco asustado y dedujo que había sido su transportista, por decirlo de alguna manera.

—Será mejor que vuelva a la sala para asegurarme de que está todo en orden —sugirió el tipo asustado.

—Sí, hazlo, Brian —dijo Kyle.

—Su amiga, la luchadora que está como un tren, sabe que está aquí.

—Yo no me preocuparía por ella —afirmó Kyle.

—Yo sí —intervino Myron.

—¿Perdona?

Myron intentó sentarse.

—Tú no ves mucho la tele, ¿verdad, Kyle? ¿Sabes aquella parte de la serie donde triangulan la señal del móvil y encuentran al tipo? Bueno, es lo que está pasando aquí. No sé cuánto tardarán pero...

Con la Blackberry en alto y una expresión más allá de la autosuficiencia, Kyle apretó el botón de desconexión y miró cómo se apagaba el artefacto.

—¿Decías?

Myron no respondió. Gigante Asustado se marchó.

—En primer lugar —dijo Kyle, arrojándole a Myron su billetero—, por favor, escolten al señor Bolitar fuera del local. Le solicitamos que no vuelva nunca más por aquí.

—¿Incluso si prometo no llevar camisa?

—Dos de mis hombres le escoltarán hasta la puerta de atrás.

Era un desarrollo curioso: lo dejaban ir. Myron decidió seguir el juego, para ver si resultaba así de fácil. Se sentía, por decir algo, escéptico. Los dos hombres le ayudaron a levantarse.

—¿Qué pasa con mi Blackberry?

—Se la devolveremos cuando salga del local —contestó Kyle.

Un hombre sujetó a Myron por el brazo derecho, y el otro por el izquierdo. Lo llevaron por un pasillo. Kyle se ocupó de cerrar la puerta. Cuando estuvieron fuera de la habitación, Kyle dijo:

—Vale, ya está bien. Traedlo de nuevo.

Myron frunció el entrecejo. Kyle volvió a abrir la misma puerta. Los dos hombres sujetaron a Myron con más fuerza y comenzaron a arrastrarlo de vuelta a la habitación. Cuando Myron trató de resistirse, Kyle le mostró el arma paralizante.

—¿Quieres otros dos millones de voltios?

Myron no quería. Volvió a la habitación granate.

—¿De qué va esto?

—Esa parte ha sido una actuación —respondió Kyle—. Por favor, ve al rincón.

Al ver que no obedecía de inmediato, le mostró la pistola paralizante. Myron retrocedió, sin darle la espalda a Kyle. Había una mesa pequeña junto a la puerta. Kyle y los dos matones fueron hacia ella. Metieron la mano en lo que parecía la caja de pañuelos de papel y sacaron guantes quirúrgicos. Myron les observó ponerse los guantes en las manos.

—Sólo para que figure en el registro —dijo Myron—, los guantes de goma me ponen cachondo. ¿Significa que me tengo que agachar?

—Un mecanismo de defensa —comentó Kyle, que se calzaba los guantes con demasiado celo.

—¿Qué?

—Utilizas el humor como un mecanismo de defensa. Cuanto más asustado estás, más mueves la boca.

«Un matón terapeuta», pensó Myron.

—Deja que te explique la situación, para que incluso tú la entiendas —añadió Kyle con un sonsonete—. A ésta la llamamos la habitación de las palizas. De ahí el color granate. La sangre no se nota, como no tardarás en ver.

Kyle se detuvo y sonrió. Myron permaneció quieto.

—Acabamos de grabarte en un vídeo saliendo de esta habitación por tu propia voluntad. Como ya habrás adivinado, la cámara ahora está apagada. Por lo tanto, para el registro oficial estás saliendo por tu propia voluntad, relativamente ileso. También tenemos testigos que declararán que tú les atacaste, que nuestra respuesta fue proporcionada a la amenaza que representabas y que tú iniciaste la refriega. Tenemos antiguos clientes y empleados dispuestos a firmar cualquier declaración que les pongamos delante. Nadie respaldará cualquier denuncia que hagas. ¿Alguna pregunta?

—Sólo una. ¿De verdad acabas de usar la palabra refriega?

Kyle mantuvo la sonrisa.

—Mecanismo de defensa —repitió.

Los tres hombres se desplegaron en torno a él con los puños apretados, los músculos preparados. Myron se movió un poco más hacia el rincón.

—¿Entonces cuál es tu plan? —preguntó Myron.

—Es muy sencillo, Myron. Vamos a hacerte daño. Hasta qué punto, depende de cuánto resistas. En el mejor de los casos, acabarás hospitalizado. Estarás meando sangre durante un tiempo. Quizá te rompamos un hueso o dos. Pero vivirás, y probablemente te curarás. Si te resistes, utilizaré la pistola para paralizarte. Será muy doloroso. Y entonces la paliza será más larga y salvaje. ¿Estoy siendo lo suficientemente claro?

Se acercaron un poco más. Flexionaron las manos. Uno movió el cuello. Músculos Kyle se quitó la chaqueta.

—No quiero que se ensucie —dijo—. Con las manchas de sangre y todo eso.

Myron señaló hacia abajo.

—¿Qué me dices de tus pantalones?

Kyle tenía ahora el torso desnudo. Hizo esas flexiones que hacen bailar los pectorales.

—No te preocupes por ellos.

—Pues me preocupo —dijo Myron.

Entonces, mientras los hombres se aproximaban, Myron sonrió y se cruzó de brazos. El movimiento hizo que los hombres se detuviesen.

—¿Te he hablado de mi nueva Blackberry? —preguntó Myron—. ¿Del GPS? ¿De la radio satélite de dos bandas? Se pone en marcha cuando aprietas un botón.

—Tu Blackberry está apagada —contestó Kyle.

Myron sacudió la cabeza e imitó un zumbido como si hubiese oído la respuesta equivocada en un programa de preguntas y respuestas. La voz de Win sonó en el diminuto altavoz de la Blackberry.

—No, Kyle, me temo que no lo está.

Los tres hombres se detuvieron en seco.

—Deja que te explique la situación —dijo Myron, que imitó lo mejor que pudo el sonsonete de Kyle—, para que incluso tú la entiendas. ¿Cuál es la tecla que activa todas las nuevas funciones? Lo has adivinado: es la tecla OFF. En resumen, todo lo que se ha dicho aquí está grabado. Además está en marcha el GPS. ¿A qué distancia estás, Win?

—Ahora mismo estoy entrando en el club. También activé la llamada a tres. Esperanza está en la línea sin sonido. ¿Esperanza?

Se conectó el sonido. La música del club sonó en el móvil.

—Estoy junto a la puerta lateral por donde sacaron a Myron —dijo Esperanza—. Adivina qué. Encontré a un viejo amigo aquí, a un agente de policía llamado Roland Dimonte. Dile hola a mi amigo Kyle, Rolly.

—Será mejor que vea aparecer por aquí la fea jeta de Bolitar sin ninguna marca en treinta segundos, soplapollas.

No tardaron ni veinte.

—Quizá no era ella —dijo Myron.

Eran las dos de la madrugada cuando Myron y Win llegaron al Dakota. Se sentaron en una habitación que las personas ricas llaman «un estudio», con muebles Luis Algo, bustos de mármol, un gran globo terráqueo antiguo y estanterías con primeras ediciones encuadernadas en cuero. Myron ocupaba una silla color burdeos con tachones dorados en los brazos. Cuando las cosas se tranquilizaron en el club, Kitty ya hacía tiempo que había desaparecido, si es que alguna vez estuvo allí. Lex y Buzz también se habían largado.

Win abrió la falsa hilera de primeras ediciones encuadernadas en cuero para dejar a la vista una nevera. Sacó una lata de Yoo-Hoo de chocolate y se la arrojó a Myron. Myron la cogió al vuelo y leyó las instrucciones: «¡Agítela! ¡Es fantástica!», y lo hizo. Win destapó una licorera y se sirvió un coñac exclusivo con el curioso nombre de La Última Gota.

 

—Podría haberme equivocado —dijo Myron.

Win levantó la copa y la miró al trasluz.

—Me refiero a que han pasado dieciséis años, ¿no? Tenía el pelo de otro color. La habitación estaba a oscuras y sólo la vi un segundo. En realidad podría no ser ella.

—Era Kitty —afirmó Win.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé. Tú no cometes esa clase de errores. Otros errores, sí, pero éstos no.

Win tomó un sorbo de coñac. Myron bebió un poco de Yoo-Hoo. Frío, chocolatado, dulce néctar. Tres años atrás, Myron casi había llegado a renunciar a su bebida favorita en favor del café de boutique que te comía el forro del estómago. Cuando regresó a casa después del estrés de vivir en ultramar, comenzó de nuevo con el Yoo-Hoo, más por comodidad que por gusto, y ahora le volvía a encantar.

—Por un lado no importa —dijo Myron—. Kitty no forma parte de mi vida desde hace mucho tiempo.

Win asintió.

—¿Y por el otro?

Brad. Aquél era el otro lado, el primer lado, los dos lados, todos los lados, la oportunidad, después de todos estos años, de ver y, quizá, de reconciliarse con su hermano menor. Myron se tomó unos segundos y se removió en la butaca. Win le miró sin decir nada. Por fin, Myron dijo:

—No puede ser una coincidencia. Kitty en el mismo club nocturno. Incluso en la misma sala VIP que Lex.

—Parece poco probable —admitió Win—. ¿Cuál es nuestro próximo paso?

—Encontrar a Lex. Encontrar a Kitty.

Myron observó la etiqueta del Yoo-Hoo y se preguntó, no por primera vez, qué demonios era el suero de leche. La mente se estanca. Elude, esquiva, encuentra irrelevancias en los envases de gaseosas, con la ilusión de evitar lo inevitable. Pensó en la primera vez que había probado esa bebida, en aquella casa de Livingston, Nueva Jersey, que ahora era suya, en Brad, que siempre quería tomarla, porque Brad siempre quería hacer lo mismo que hacía Myron, el hermano mayor. Pensó en las horas en que había lanzado tiros libres en el patio de atrás, dejando a Brad el honor de buscar los rebotes para que Myron pudiese concentrarse en el lanzamiento. Myron pasó allí muchas horas, haciendo lanzamientos, moviéndose, recibiendo los pases de Brad, volviendo a lanzar, moviéndose, horas y horas solo, y aunque Myron no lamentaba ni un solo momento, debería de preguntarse por sus prioridades: las prioridades de la mayoría de los deportistas de élite. Lo que nosotros admiramos tanto y llamamos «dedicación exclusiva» en realidad era «egoísmo obsesivo». ¿Qué tiene eso de admirable?

El pitido de un despertador —un tono realmente molesto que la gente de Blackberry por alguna razón había llamado «antílope»— les interrumpió. Myron miró su Blackberry y apagó el molesto sonido.

—Bien, puedes contestar —dijo Win, y se levantó—. De todas maneras, tengo que ir a un sitio.

—¿A las dos y media de la madrugada? ¿Quieres decirme su nombre?

Win sonrió.

—Quizá más tarde.

Dada la demanda que había para acceder al único ordenador de la zona, las dos y media de la madrugada hora del este —las siete y media de la mañana en Angola— era casi el único momento en que Myron podía ver a su prometida Terese Collins a solas, aunque sólo fuese gracias a la tecnología.

Myron abrió el Skype, el equivalente en Internet de una videoconferencia, y esperó. Al cabo de un momento se abrió un recuadro de vídeo y apareció Terese. Sintió un impacto embriagador y una sensación de ligereza en el pecho.

—Dios, eres hermosa —le dijo.

—Una buena frase de apertura.

—Siempre abro con esta frase.

—No envejece nunca.

Terese tenía un aspecto soberbio, sentada a la mesa con una blusa blanca, con las manos cruzadas para que pudiese ver el anillo de compromiso y el pelo moreno por el tinte —era rubia natural— recogido en una coleta.

Al cabo de unos pocos minutos, Myron dijo:

—Esta noche estuve con un cliente.

—¿Quién?

—Lex Ryder.

—¿La mitad pequeña de HorsePower?

—Me gusta. Es un buen tipo. En cualquier caso, dijo que el secreto de un buen matrimonio es ser abierto.

—Te quiero —afirmó ella.

—Yo también te quiero.

—No pretendo interrumpir, pero me encanta sólo poder decirlo. Nunca lo había hecho antes. Soy demasiado vieja para sentirme de esta manera.

—Siempre tenemos dieciocho años y esperamos que comiencen nuestras vidas.

—Es una cursilería.

—A ti te encantan las cursilerías.

—Es verdad. Así que Lex Ryder dijo que deberíamos ser abiertos. ¿No lo somos?

—No lo sé. Tiene su teoría sobre los fallos. Dice que deberíamos revelarnos todos los secretos, nuestras peores verdades, porque, de alguna manera, eso nos vuelve más humanos y, por lo tanto, más cercanos.

Myron le dio unos pocos detalles más de la conversación. Cuando acabó, Terese opinó:

—Tiene sentido.

—¿Conozco los tuyos? —preguntó Myron.

—Myron, ¿recuerdas cuando estuvimos por primera vez en aquella habitación de hotel, en París?

Silencio. Él lo recordaba.

—Así que tú conoces mis fallos —añadió ella en voz baja.

—Supongo que sí. —Se movió en el asiento, en un intento por cruzar su mirada con la de ella, mirando fijamente a la cámara—. No estoy seguro de que conozcas todos los míos.

—¿Fallos? —preguntó ella con un asombro fingido—. ¿Qué fallos?

—Para empezar, tengo la vejiga tímida.

—¿Crees que no lo sé?

Él se rió un poco demasiado fuerte.

—¿Myron?

—Sí.

—Te quiero. Estoy impaciente por ser tu esposa. Eres un buen hombre, quizás el mejor hombre que he conocido. La verdad no lo cambiará. Sea lo que sea que no me hayas dicho. Puede infectarse o lo que sea, como dijo Lex. O puede que no. La sinceridad puede que esté sobrevalorada. Así que no te atormentes. Te amaré de todas maneras.

Myron se echó hacia atrás.

—¿Sabes lo fantástica que eres?

—No me importa. Dime de nuevo lo hermosa que soy. Me chifla.