Czytaj książkę: «El desarrollo emocional de tu hijo»


Prólogo
Cuando Olga Barroso y Rafael Guerrero, personas queridas y apreciadas por nosotros, autores de este libro, nos invitaron a escribirles el prólogo, sentimos algo así como cuando éramos pequeños y nuestros amigos nos invitaban a festejar un cumpleaños. Por lo tanto, no dudamos ni un momento en aceptar la invitación, imaginándonos que si bien es cierto en este caso se trataba de otro tipo de festejo, ya comenzamos a disfrutar imaginándonos lo que íbamos a encontrar en las numerosas páginas que constituyen esta obra. Como nos ocurrió en otras fiestas, el contenido del libro nos ha hecho entrar en un mundo cargado de sorpresas que fueron provocándonos no sólo placer en su lectura sino también admiración profunda por la creatividad de los autores para organizar una obra útil y hermosa. Su utilidad tiene que ver con la finalidad del proyecto fundamental con que los autores, de una manera decidida, lúdica y amorosa, entregan contenidos teóricos sobre los aspectos más relevantes y actuales para comprender cómo la calidad de las relaciones que los adultos ofrecen a la infancia, incluso desde la vida intrauterina, permiten el desarrollo sano de la mente infantil. Todo esto, ilustrado con cuentos que le explican metafóricamente a las madres, los padres y otros miembros de una familia, así como a los profesionales de la infancia, los diferentes desafíos en el camino del buen trato para que niños y niñas puedan crecer con un apego seguro.
Los capítulos sobre el apego infantil exponen con firmeza y de manera didáctica la importancia de las capacidades de los cuidadores, especialmente las de las mamás, para decodificar las necesidades de sus bebés. Esto, gracias a sus capacidades empáticas y mentalizadoras, de tal manera que desde el nacimiento los bebés se sientan vistos, sentidos con la percepción de un mundo interpersonal suficientemente seguro que les permita desarrollar e internalizar una base firme para la vida, en otras palabras, contar con un apego seguro. Ese apego es lo que más tarde les permitirá afrontar de una manera sana y creativa los desafíos del estrés que conlleva crecer en una relación de vulnerabilidad y dependencia del mundo adulto.
En los primeros capítulos se insiste en la importancia de lo anterior para prevenir que muchos niños tengan que adaptar sus formas de apego a las dificultades de sus madres y padres para sobrevivir emocionalmente, lo que conforma la base de los apegos inseguros, como bien se explica en este volumen, con todo el sufrimiento que ello implica.
Lo creativo de la presente obra es que los autores no sólo exponen teóricamente los riesgos de la no responsividad —término que explican con detalle—de los adultos a las necesidades de los niños, sino que en todo momento proponen, a través de relatos, cuentos e historias que destilan una mirada comprensiva y empática por las dificultades de los progenitores, un modo alternativo y amigable para que los cuidadores, madres y padres comprendan el mundo interior de sus hijos y actúen en consecuencia.
Una de las razones principales que sustentó nuestra decisión de participar en esta obra es la resonancia que en todo momento sentimos con sus autores, al compartir con ellos el mismo propósito: apoyar los esfuerzos de madres y padres u otros cuidadores, entregándoles conocimientos y experiencias para que se sientan reconocidos en sus intentos de entregarle lo mejor de sí mismos a sus hijos. Utilizando diferentes historias, Barroso y Guerrero actualizan una metodología ancestral, a través de la cual quienes sabían más por experiencia y competencia se apoyaban en las historias transmitidas oralmente de generación en generación para compartir las mejores formas de asegurar el desarrollo sano de los pequeños de su comunidad. Adaptando esa modalidad a la vida moderna, los autores de este libro contribuyen acomodando y haciendo realidad ese proverbio ancestral que dice: “Se necesita toda una tribu para asegurar el desarrollo sano de un niño o niña”. La cultura dominante basada en el individualismo preconizado por la ideología de mercado, donde el dinero es más importante que las personas, es un obstáculo importante para lograr que ese proverbio sea una realidad para muchos niños, niñas, madres y padres. Por ejemplo, todavía muchas madres deben criar a sus hijos sin el apoyo social y afectivo necesario que requiere la tarea marental.
Por las características descritas, este libro que prologamos significa una forma de subversión creativa por razón de que entrega a las madres, padres y otros cuidadores, a través de explicaciones y cuentos terapéuticos, no sólo informaciones pertinentes sobre las necesidades de la infancia, sino, primordialmente, ejemplos para ilustrar con esperanza que hay otras formas de hacer para apoyar una crianza amorosa centrada en las necesidades infantiles.
Nuestro imaginario nos permite visualizar muchísimos progenitores, principalmente madres, abuelas, tías, vecinas, que históricamente han asegurado los cuidados de la infancia, que se nutrirán de este libro y que sin duda no será una lectura en soledad, sino acompañada por otras que también estarán apoyadas por su contenido. Es posible también imaginar que padres pertenecientes a lo que llamamos la manada de hombres buenos también se sumen a esos rituales invisibles.
Por último, queremos expresar nuestro reconocimiento y nuestro agradecimiento a los autores de esta obra porque, por su contenido y diseño, nos permite considerarlos parte de la revolución neurocientífica de la que nos consideramos activistas, esto porque los nuevos conocimientos han confirmado lo que empíricamente muchos especialistas, entre ellos nosotros mismos, hemos defendido. En otras palabras, desde hace muchos decenios hemos integrado empíricamente, sin desconocer la importancia de los genes, que lo que modula la organización y el funcionamiento de la mente desde la concepción y durante toda la infancia es la calidad de las relaciones afectivas que los adultos, no solamente los miembros de la familia, ofrecen a los niños.
Es importante señalar que, en relación con el sufrimiento y los traumas infantiles, las investigaciones epigenéticas han puesto en su lugar el papel que desempeñan los genes, al mostrar que también pueden recibir la influencia de los entornos interpersonales tanto en el sentido positivo como en el negativo. Esas influencias pueden ser transmitidas a lo largo de generaciones.
Por esa razón, los malos tratos a la infancia son los factores más mórbidos que los niños y las niñas pueden conocer. Por el contrario, los buenos tratos no sólo aseguran el desarrollo sano y el bienestar infantil, sino también tienen un efecto significativo para aquellos niños que no han tenido la oportunidad de conocer parcial o totalmente las relaciones bientratantes y han sido traumatizados por esto. Es posible, gracias a la plasticidad cerebral, reparar los daños sufridos, ofreciendo una terapia reparadora basada en los buenos tratos y el apoyo de sus recursos resilientes.
En ese sentido, consideramos la obra que prologamos como un instrumento que, además de preventivo, es parte de lo que llamamos la traumaterapia sistémica infanto-juvenil.
Con nuestros afectos solidarios y resilientes por Olga Barroso y Rafael Guerrero.
| MARYORIE DANTAGNAN | JORGE BARUDY |
1
¿Qué es el apego?
INTRODUCCIÓN
Piensa en la siguiente situación. Acabas de llegar al hospital para ver al hijo recién nacido de un familiar. ¿Cuál crees que es la característica más distintiva del ser humano en el momento de nacimiento? Piénsalo bien. Cuando hago esta pregunta, la mayoría de las personas dicen que es la dependencia, pero no es así. La dependencia es consecuencia de esta característica que te invito a que reflexiones. ¿Alguna idea? La inmadurez. El ser humano llega a este planeta siendo cien por ciento inmaduro, lo que le convierte en dependiente. Por lo tanto, somos dependientes porque somos inmaduros. Somos la especie que necesita pasar mayor cantidad de años con nuestros padres hasta alcanzar la madurez y la autonomía.
En el momento del nacimiento, el neonato tiene una serie de necesidades que sus cuidadores principales, que suelen ser los padres, deben cubrir. ¿Qué ocurriría si no atendiéramos esas necesidades del bebé? No sobreviviría por sí solo, puesto que necesita de los demás para hacerlo.
La mejor escuela para aprender a relacionarnos y a gestionar nuestras emociones es, sin lugar a dudas, nuestra familia, nuestros padres. En ocasiones creemos que nuestros hijos no podrán superar o no tendrán suficientes recursos para gestionar una emoción desagradable. Los sobreprotegemos en exceso ante emociones desagradables como la rabia, el miedo o la tristeza. Es nuestra responsabilidad enseñarles a gestionar las emociones desde y con la familia.
Como conclusión a esta breve introducción, podemos decir que, en el caso del ser humano, se hace imprescindible el vínculo emocional o afectivo que establecemos con nuestra descendencia. Sin éste no sería posible la supervivencia. Es por ello que generalmente decimos que lo que nos lleva al equilibrio mental es el buen vínculo con nuestros progenitores o cuidadores principales. También podemos decir lo contrario: lo que nos trastorna o desequilibra emocionalmente es el mal vínculo.
BREVE HISTORIA DEL APEGO
René Spitz (1887-1974) fue un psicoanalista que observó a menores de un año en orfanatos y las consecuencias que los pequeños vivían por su orfandad. Su escaso movimiento, la tristeza y la falta de cariño llamó la atención de Spitz. Muchos de esos niños llegaban a morir. Eran menores atendidos por un personal sanitario cambiante y desbordado. A todas las consecuencias que sufrían los niños de los orfanatos se les denominó hospitalismo.
Años más tarde, Harry Harlow (1905-1981) realizó con macacos Rhesus un estudio que por cuestiones éticas hoy en día no se podría llevar a cabo: a los pequeños se les privaba de su madre y se les ofrecían dos madres sustitutas artificiales: una de alambre, que le daba de comer, y una de felpa, que no lo alimentaba pero era agradable al tacto. Harlow demostró que la sensación de protección era básica para la supervivencia del monito e independiente de la alimentación. Años antes los psicoanalistas habían sostenido que la necesidad emocional se cubría gracias a la necesidad de alimentación. Harlow demostró que eran dos necesidades independientes. Vio que los monitos acudían a la madre de alambre sólo para alimentarse y el resto del tiempo preferían estar con la madre de felpa, es decir, escogían sentirse protegidos, sentir que un individuo de su especie estaba ahí cerca y podían refugiarse en él.
A mediados del siglo pasado, John Bowlby (1907-1990) estableció la teoría del apego, la cual, hoy en día, es la corriente más aceptada en psicología del desarrollo. Decía que el bebé nace programado para enamorar a sus padres y, de esa manera, aumenta sus probabilidades de supervivencia. Bowlby fue un médico psicoanalista que nació en Londres en el seno de una familia acomodada. Eran seis hermanos y fue criado por las niñeras, por lo que estuvo muy poco tiempo con sus padres. Alrededor de los 10 años de edad, éstos decidieron enviarlo a un internado, algo que era muy habitual en Inglaterra. Esa relación fría y distante lo marcó tanto personal como profesionalmente, puesto que decidió estudiar las consecuencias de ese tipo de relaciones. Formuló su teoría del apego cuando la Organización de las Naciones Unidas (ONU) le encargó un estudio sobre las consecuencias de la orfandad después de la Segunda Guerra Mundial.
DEFINICIÓN DE APEGO
Existen muchas definiciones sobre la relación o el vínculo de apego, algunas más generales y otras más específicas. En nuestra opinión, una buena definición de apego es la siguiente: es un vínculo afectivo, de fuerte intensidad, bidireccional pero asimétrico, entre el niño y sus padres (o cuidadores principales). ¿Qué quiere decir que es una relación bidireccional pero asimétrica? Que se establece un contacto de tipo emocional entre el niño y su figura de apego (padre y/o madre). De ahí que digamos que la relación es en ambas direcciones, pero asimétrica, o, lo que es lo mismo, una relación vertical. ¿Por qué vertical? Porque el neonato o el niño depende y necesita para sobrevivir y desarrollarse de su figura de apego, pero el padre o la madre no necesitan a su hijo para sobrevivir ni desarrollarse (no deberían necesitarlos para esto último). Es el hijo quien es inmaduro, y, por lo tanto, dependiente, no al revés. Es importante resaltar que los niños se apegan a sus cuidadores (padres), pero los padres no deben apegarse a sus hijos, sino vincularse con ellos. Los niños necesitan de sus padres para sobrevivir, no los padres de sus hijos. Son aquéllos los que deben proteger y cubrir las necesidades de los niños y no al revés.
Como podemos ver en el resto de los mamíferos, el vínculo de apego es una ventaja de seguridad ante los depredadores. Esto quiere decir que para la supervivencia es mejor estar apegado que no apegado. Si existe un vínculo emocional con nuestros cuidadores, esto supone una ventaja evolutiva y de supervivencia.
LA METÁFORA DEL BIDÓN
El ser humano viene a este mundo con gran cantidad de necesidades que han cubrir las figuras de apego. No podemos ni sabemos autocubrírnoslas. Por ello la labor de nuestros cuidadores principales se antoja no sólo importante, sino esencial para la supervivencia del niño.
Uno de mis maestros, el doctor José Luis Marín, presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia, suele explicar la importancia de cubrir las necesidades de nuestros hijos con la metáfora del bidón. Imaginemos que en el momento del nacimiento el bebé nace con un bidón metafórico, que tiene una capacidad de 100 litros, pero en el momento del nacimiento está completamente vacío. Por lo tanto, nuestra función como figuras de apego de ese chiquitín consiste en ir rellenando su bidón. Sí, pero ¿de qué? De un líquido que vamos a llamar responsina. ¿Y eso qué es? Es una sustancia que se parece a la gasolina y que se produce cada vez que somos responsivos con nuestros hijos. Por eso cuanto más responsivos seamos, mayor cantidad de responsina tendrá el bidón de nuestros hijos.
¿Imaginas cómo sería el bidón de un niño o un adolescente con los 100 litros de responsina? Los padres han sido capaces de satisfacer todas y cada una de sus necesidades. ¿Lo ves factible? Esto sólo sería posible en caso de que los padres fueran superhéroes, pero no humanos. No hay nadie sobre la faz de la tierra que sea capaz de satisfacer todas las necesidades de sus hijos. Por eso decimos que cuanta más responsina mejor, pero conscientes de que nunca llegaremos a rellenar el bidón entero. Mi admirado Donald Winnicott, psicoanalista inglés, solía utilizar un concepto que nos encanta: “padres suficientemente buenos”. No es necesario ejercer de Superman, sino que es bastante ser suficientemente buenos en la función de ejercer de padres.
Ahora bien, ¿qué pasa con aquellos niños o adultos que tienen un bidón prácticamente vacío? Pongamos, por ejemplo, con sólo 20 o 30 litros de responsina. Son personas que no han tenido padres responsivos y, por lo tanto, no tienen mucha “gasolina” para moverse de manera autónoma por la vida. A menor cantidad de responsina, mayor probabilidad de dependencia, incluso en el caso de los adultos.
CUENTO 1. EL FRÍO DEL ALMA
¿Por qué este cuento?
Como has leído en este primer capítulo, las crías humanas nacen profundamente inmaduras, por lo que son totalmente dependientes de otra persona —o personas—que pueda cuidarlas. Esas personas serán las responsables no sólo de que el bebé siga con vida, sino, también, de que desarrolle y adquiera todas las capacidades que lo conviertan en adulto. Habitualmente, esas personas son nuestra madre y nuestro padre.
Esta inmensa dependencia hace que el bebé necesite intensamente a su figura de apego. El bebé, por supuesto, requiere ser alimentado, hidratado, protegido del calor y del frío, de las enfermedades, de los peligros, etcétera. Pero es tal su inmadurez, son tantas sus necesidades particulares que, aunque necesite que se le dé de comer, que se le hidrate o que se le proteja del frío, lo que verdaderamente necesita es que haya, al menos, una persona pendiente de él, preocupada sensiblemente por él y dispuesta a satisfacer eficientemente las necesidades particulares que se le presenten a cada momento.
Por tanto, como ya estableció Bowlby, la necesidad principal, constitutiva, de un bebé es sentir que otra persona está disponible permanentemente para él. Que existe alguien para quien es importante, tanto que no puede dejar de cuidarlo. Alguien a quien está unido emocionalmente con mucha fuerza y que, del mismo modo, está unido con mucha fuerza a él. Esto no es sino el vínculo de apego. Es decir, la necesidad básica de los bebés es sentir que tienen un vínculo de apego, una unión afectiva fuerte con sus figuras (protectoras, más sabias y capaces que él) de cuidado y, por lo tanto, parte de esa necesidad básica será construir tal vínculo.
Por este motivo, los bebés que estudió Rene Spitz estaban profundamente insanos, porque, aunque los alimentaban, hidrataban y protegían del frío y del calor así como de las enfermedades, etcétera, no habían podido construir una unión afectiva con nadie, ni nadie con ellos: eran atendidos por multitud de profesionales cambiantes sin contar especialmente con uno permanente y consistente para ellos. Estos bebés no habían podido apegarse a nadie y, por lo mismo, no se había satisfecho su necesidad principal, hecho que los dejaba profundamente enfermos física y emocionalmente.
Hemos creado este cuento para mostrar que construir ese vínculo de apego es la necesidad fundamental de nuestros bebés (bebés unicornios en el cuento) y cómo si esa necesidad no es adecuadamente cubierta, los niños no se desarrollarán sanamente y, muy probablemente, tendrán problemas emocionales en la edad adulta. Con él hemos querido explicar cómo esa relación entre el bebé y sus figuras de apego es su contexto de desarrollo, fundamentalmente en el primer año de vida, pero extensible aun hasta casi los tres.
Hemos querido explicar que esa necesidad constitutiva de las crías humanas está determinada por la inmensa inmadurez con la que nacen y, por lo tanto, por la enorme necesidad de estimulación y cuidado adecuados de un otro para que su cerebro se desarrolle y lo haga bien.
¿Para qué este cuento?
En ocasiones puede resultarnos difícil comprender el alcance de esa necesidad constitutiva y principal del ser humano que, como analizamos, es construir un vínculo de apego seguro con al menos una figura de apego.
El que el bebé sienta que cuenta con esa figura de apego sensible, permanente, responsiva, disponible para él lo hará sentir que tiene cubierta su necesidad fundamental y, por ello, lo hará sentirse seguro. Lo contrario: que el bebé no sienta que tiene una figura de apego disponible, que no pueda construir un vínculo suficientemente fuerte y seguro, según han demostrado implacablemente las investigaciones en neurociencia, inundará de estrés su cerebro. El cerebro del bebé, por un lado, experimentará un terrible dolor y malestar y, por el otro, carecerá de la estimulación necesaria para desarrollar todas las conexiones neuronales que suponen el soporte físico de las capacidades mentales. Por ese motivo los bebés que tanto Spitz como Bowlby estudiaron estaban profundamente dañados psíquicamente. Como sucede en nuestro cuento con los unicornios que son cuidados por zopilotes.
Con este cuento queremos resaltar la importancia de hacerle sentir al bebé, con la suficiente calidad, con la suficiente seguridad, que estamos ahí para él o ella. Esto va a requerir atender sus necesidades, todas, además de cubrir la principal: que sientan que quien realiza esa tarea es permanente, sensible, responsivo y está disponible.
Con el cuento hemos querido explicar, asimismo, que para conseguir este objetivo que supone que el bebé sienta que tiene al menos una figura de apego (siempre la misma) para quien es importante, es imprescindible ajustarnos a las capacidades que tienen los bebés, que no son las capacidades adultas, que aún distan mucho de éstas.
¿Qué les pedimos que piensen con este cuento?
Les pedimos que piensen si alguna vez han sido zopilotes cuidando de unicornios; esto lo entenderán a la perfección cuando lean el cuento.
Es decir, si alguna vez has tratado o pensado en tus bebés dando por hecho que tenían capacidades que aún no habían desarrollado, les pedimos que reflexionen sobre estos temas:
•
¿Consigues hacer que tu bebé sienta que estás ahí disponible para él con seguridad?
•
¿Cómo se puede hacer sentir a un bebé que estamos disponibles para él, cuando aún no ve bien, y a lo mejor no nos percibe bien, cuando no sabe que seguimos existiendo aunque no nos vea porque estamos, por ejemplo, en otra habitación?
•
¿Alguna vez has tenido alguna actuación con tu bebé (desde la buena intención) pero que, por las características de los bebés, no le hizo sentir que estabas ahí para él, creando, por lo tanto, cierto estrés en él y sensaciones (puntuales) de no seguridad en el vínculo? Calma: esto nos ha pasado a todos, lo importante es que sea una parte minoritaria del tiempo y de las experiencias con nuestro bebé, puesto que, como también hemos dicho, ningún padre ni madre es perfecto, ni tiene que serlo para criar a hijos sanos, siempre que sea “suficientemente bueno”.
Los invitamos, entonces, a pensar en los bebés humanos de la mano de zopilotes, panteras, colibríes, ocelotes y, especialmente, unicornios. ¿Vienen a este viaje para adentrarnos en las características de los bebés y de sus necesidades?