Czytaj książkę: «El cielo de los animales»

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David James Poissant

EL CIELO DE LOS ANIMALES

Traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc


Comparado con Richard Ford y Alice Munro, la aparición de David James Poissant produjo una conmoción literaria en los Estados Unidos. Sus cuentos se inscriben en esa gran tradición que incluye a Antón Chéjov y Raymond Carver, una tradición que siempre suele darse por concluida, hasta que aparece un nuevo escritor y la revitaliza. Es lo que sucedió con este libro.

El cielo de los animales es un deslumbrante volumen de relatos sobre personas agobiadas por la pérdida, la culpa o lo implacable del amor. Padres que han roto la relación con sus hijos y descubren demasiado tarde el daño que han hecho, matrimonios envueltos en el desasosiego, hermanos que dejaron en el olvido la complicidad y ahora deben purgar ese rencor, amistades que un día son puestas a prueba y dejan paso a la traición. Vidas que no están a la altura de las emociones que generan, donde la presencia de un animal recuerda la existencia de lo inesperado, lo lúdico, lo brutal. Con una escritura límpida, que sabe ser quirúrgica y no escapa al humor, Poissant narra historias al límite, sacudidas por la impiedad y la tristeza. No deja de ser extraño que al terminar de leerlo el sentimiento sea de felicidad. Es el efecto que depara un hallazgo literario.

Poissant, David James

El cielo de los animales / David James Poissant. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Teresa Arijón ; Bárbara Belloc.

ISBN 978-987-628-607-7

1. Narrativa Infantil y Juvenil Estadounidense. 2. Cuentos. I. Arijón, Teresa, trad. II. Belloc, Bárbara, trad. III. Título.

CDD 813.9283

Diseño de cubierta: Juan Balaguer y Cristina Cermeño

Imagen de cubierta: © FOTOGRAFAW | DREAMSTIME.COM

Edición en formato digital: abril de 2021

© 2014, David James Poissant. By arrangement with the author. All rights reserved.

© de la traducción Teresa Arijón y Bárbara Belloc, 2015, 2021

© de la presente edición Edhasa, 2016, 2021

© de la presente edición Edhasa, 2021

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ISBN 978-987-628-607-7

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Índice

  Cubierta

  Portada

  Sobre este libro

  Créditos

  Dedicatoria

  El Hombre Lagarto

  La amputada

  100% Algodón

  El fin de Aarón

  Reembolso

  Knockout

  El último de los grandes mamíferos terrestres

  Lo que quiere el lobo

  La geometría de la desesperación I. Diagrama de Venn II. Despertar al bebé

  Cómo ayudar a tu marido a morir

  James Dean y yo

  Nudistas

  El bebé brilla

  El niño que desaparece

  El cielo de los animales

  Agradecimientos

  Sobre el autor

para Marla

siempre

El Hombre Lagarto

Entro al garaje con un chirrido cuando está asomando el sol y veo a Cam en la escalera de la casa, con su hijo Bobby. Cam está de pie. Es un hombre corpulento, pura fibra y músculos gracias a una década de trabajo en el gremio de la construcción. Tiene mangas de dragones verdes tatuados en los dos brazos, desde las axilas hasta las muñecas. Dice que, si se mira de cerca, puede verse un par de mujeres desnudas entre las escamas.

Cuando Crystal lo dejó, Cam se quedó con el chico, lo cual muestra qué clase de madre era Crystal. Cam es el único amigo que me queda. Cuando está sobrio es un santo, y hace diez años que no prueba una gota de alcohol.

Pone una mano sobre el hombro del niño, pero Bobby se suelta y sale corriendo. Viene directo hacia la camioneta, se prende a mi pierna y la abraza con todo el cuerpo. Empiezo a caminar en dirección a Cam. Bobby rebota y ríe con cada paso que damos.

Cam y yo nos estrechamos la mano como si nada, pero su expresión lo dice todo.

–¿Otra vez turno noche? –dice.

Hecho un rollo marrón, el delantal asoma de mi bolsillo delantero, y yo apesto a grasa de cocina.

–Sí –digo.

No le dije a Cam que perdí los estribos y le grité a un cliente, que aparentemente algunas personas no saben qué significa vuelta y vuelta, que mi decisión de trabajar en el turno de diez a seis es lo que me permite tener luz y agua en casa.

–Bobby –dice Cam–, ve a jugar un rato, ¿sí?

Bobby suelta mi pierna y mira a su padre, escéptico.

–No me obligues a decírtelo dos veces –dice Cam.

El chico corre hasta mi buzón, se tira al pasto, se cruza de piernas y frunce el ceño.

–Sigue caminando –dice Cam y Bobby lenta, deliberadamente, se pone de pie y camina rezongando hacia su casa.

–¿Qué pasa? –digo–. ¿Qué problema hay?

Cam sacude la cabeza.

–Red ha muerto –dice.

Red es el padre de Cam.

“El hijo de puta me daba unas tremendas palizas”, dijo Cam una noche, hace tiempo, cuando los dos bebíamos demasiado y nos contábamos historias tristes. Al cumplir dieciocho, Cam se enroló en el ejército y fue a combatir en la primera Guerra del Golfo. La última vez que vio a su padre, el viejo estaba cruzando el jardín, tambaleándose, borracho. “¡Vete de una buena vez!”, le gritó. “Vete a morir por tu país de mierda.”

Bobby nunca supo que tenía un abuelo.

No sé si Cam se siente molesto o aliviado y no sé qué decir. Cam debe haberse dado cuenta, porque dice:

–Está bien, yo estoy bien.

–¿Cómo fue? –pregunto.

–Estaba bebiendo –dice Cam–. El barman dijo que Red estaba riéndose y de golpe cayó de frente sobre la barra. Cuando fueron a despertarlo ya estaba muerto.

–Guau –digo. Es una estupidez decir guau, pero estuve levantado toda la noche. Mi mano todavía sostiene una invisible espátula de acero, tengo manteca debajo de las uñas.

–Necesito que me hagas un favor –dice Cam.

–Lo que sea –digo. Cuando estuve en la cárcel, fue Cam el que pagó la fianza. Cuando mi esposa y mi hijo se mudaron a Baton Rouge, fue Cam el que golpeó mi puerta, me hizo levantar a la fuerza, tiró todas mis botellas en el jardín de adelante, les prendió fuego y me consiguió un trabajo en el restaurante de su amigo.

–Necesito que me lleves a su casa –dice Cam.

–Bueno –digo. Hace años que Cam no tiene auto. Muchos de los vecinos de la cuadra no pueden pagar postigos para protegerse de las tormentas, así que ni pensar en un auto. Pero estamos en St. Petersburg, una ciudad para peatones, y el centro está a sólo cinco minutos de caminata.

–Bueno, no te apresures a decir que sí –dice Cam–. La casa de Red está en Lee.

–¿Lee, Florida?

Cam asiente. Lee está cuatro horas al norte, es una de las últimas ciudades sobre la Interestatal 75 camino a Georgia.

–No hay problema –digo–. Siempre y cuando esté de vuelta esta noche antes de las diez.

–¿Otra vez turno noche? –pregunta Cam.

Yo asiento.

–Bueno –dice–. Vamos.

* * *

El año pasado tiré a mi hijo por la ventana del comedor. No recuerdo con exactitud cómo ocurrió. Recuerdo que entré en la habitación. Recuerdo que vi a Jack con la boca pegada a la boca del otro chico, recuerdo sus manos moviéndose rápido en la entrepierna del chico. Después me recuerdo parado, en el jardín, mirándolo desde arriba. Lynn salió corriendo de la casa a los gritos. Vio a Jack y me dio una cachetada. Me pegó puñetazos en los hombros y en el pecho. Arriba, desde el marco de la ventana, el otro chico nos miraba temblando, abrazándose con sus brazos flacos. Jack estaba tirado en el suelo. No se movía, excepto por el subibaja del pecho. El panel de la ventana se había roto impecablemente y no había rastros de sangre, sólo esquirlas de vidrio desparramadas sobre las flores, pero Jack tenía un brazo doblado debajo de la cabeza como si estuviera dormido y el codo fuera su almohada.

–Llama al 911 –le gritó Lynn al chico.

–No –dije. Yo no entendía nada de lo que estaba pasando, pero sabía que no podíamos pagar una ambulancia–. Yo lo llevo.

–¡No! –gritó Lynn–. ¡Lo vas a matar!

–No lo voy a matar –dije–. Ven aquí.

Le hice un gesto al chico, que sacudió la cabeza y retrocedió.

–Por favor –dije.

El chico pasó, algo indeciso, por encima del borde filoso de la ventana. Plantó el pie en la cornisa de ladrillo de la pared del frente y saltó los pocos metros que lo separaban del suelo. Los vidrios rotos crujieron bajo sus zapatillas.

–Agárralo de los tobillos –dije. Deslicé las manos bajo las axilas de Jack y entre los dos lo levantamos. Uno de sus brazos se arrastraba por el suelo cuando lo llevamos al auto. Lynn abrió la puerta trasera. Acostamos a Jack en el asiento y lo tapamos con una manta. Hicimos lo que había que hacer, lo que uno ve que hacen en la televisión.

Algunos vecinos habían salido a mirar. Los ignoramos.

–Necesito que me acompañes –le dije al chico–. Cuando terminemos te llevo a tu casa. El chico retorcía el dobladillo de la camisa con las dos manos. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

–No voy a lastimarte, si es lo que estás pensando.

Salimos rumbo al hospital. Lynn nos siguió en mi camioneta. El chico iba a mi lado en el asiento del acompañante, el cuerpo pegado a la puerta, aferrando el cinturón de seguridad con una mano a la altura de la cintura. Cada vez que pasábamos un bache se daba vuelta para mirar a Jack.

–¿Cómo te llamas? –le pregunté.

–Alan –dijo.

–¿Cuántos años tienes, Alan?

–Diecisiete.

–Diecisiete. Diecisiete. ¿Y alguna vez estuviste con una mujer, Alan?

Alan me miró; estaba más pálido que un muerto. Aferró con más fuerza todavía el cinturón de seguridad.

–Es una pregunta simple, Alan. Te estoy preguntando: ¿estuviste con una mujer?

–No –dijo Alan –. No, señor.

–¿Entonces cómo sabes que eres gay?

Jack se revolvió en el asiento de atrás. Gimió y se quedó callado. Alan lo miraba.

–Mírame, Alan –dije–. Te hice una pregunta. Si nunca estuviste con una mujer, ¿entonces cómo sabes que eres gay?

–No lo sé –dijo Alan.

–¿Quieres decir que no sabes si eres gay o que no sabes cómo lo sabes?

–No sé cómo lo sé –dijo Alan–. Pero lo sé.

Pasamos por la panadería, el lavadero y el supermercado y llegamos a los límites de la ciudad. A lo lejos, la silueta del helicóptero en el techo del hospital. A nuestras espaldas, la persecución constante de la camioneta.

–¿Y tus padres están enterados de esto? –le pregunté.

–Sí –dijo Alan.

–¿Y están de acuerdo?

–En realidad, no.

–No. Apuesto a que no, Alan. Te apuesto lo que quieras a que no están de acuerdo.

Miré por el espejo retrovisor. Jack no había abierto los ojos, pero se había llevado una mano a la sien. La otra mano, la que correspondía al brazo roto, yacía a un costado de su cuerpo. Los dedos se movían, pero sin propósito; la mano se abría y se cerraba con movimientos espasmódicos.

–Tengo una pregunta más para hacerte, Alan –dije.

Alan parecía estar a punto de vomitar. Tenía los ojos clavados en el camino sinuoso que se abría delante de nosotros. Tenía miedo de mí. Miedo de mirar a Jack.

–¿Qué derecho tienes a enseñarle a mi hijo a ser gay?

–¡Yo no le enseñé! –dijo Alan–. Yo no soy.

–¿No eres? ¿Entonces cómo lo llamas? ¿Cómo llamas a lo que estaban haciendo? Lo que hacían en el sofá.

–Señor Lawson –dijo Alan, y el tono de su voz cambió. Y entonces sentí que estaba hablando con otro hombre–. Con el debido respeto, señor, permítame decirle que fue Jack el que me buscó.

–Jack no es gay –dije.

–Sí que es. Yo lo sé. Jack lo sabe. Su esposa lo sabe, señor Lawson. No entiendo cómo usted no lo sabe. No entiendo cómo no vio las señales.

Traté de imaginar qué señales, pero no pude. No podía recordar nada que señalara que yo terminaría allí, llevando a mi propio hijo al hospital con un traumatismo de cráneo y un brazo roto. ¿Qué señal podría haber anticipado que, después de este día, después de pasar dos meses en un motel y otros dos meses en la cárcel, la que había sido mi esposa durante veinte años se divorciaría de mí porque, en sus propias palabras, yo estaba lleno de odio?

Frené delante de la puerta de la guardia de emergencias y Alan me ayudó a sacar a Jack del auto. Una enfermera corrió a nuestro encuentro empujando una silla de ruedas. Sentamos a Jack en la silla y la enfermera se lo llevó rodando.

Llevé el auto al estacionamiento y volví caminando a la entrada del hospital. Alan seguía parado en la vereda, en el mismo lugar donde yo lo había dejado.

–¿Dónde está Lynn? –dije.

–Adentro –dijo Alan–. Jack está despierto.

–Bueno, voy a entrar. Te sugiero que te vayas.

–Pero usted dijo que me llevaría a casa.

–Lo lamento –dije–. Cambié de opinión.

Alan se quedó mirándome, mudo, haciendo gestos con las manos en el aire.

–Ah –dije–. Tengo una señal para ti.

Levanté el pulgar por encima del hombro y lo sacudí hacia atrás varias veces mientras ingresaba al hospital.

* * *

Despierto. Al volante de mi camioneta, Cam conduce por caminos laterales llenos de baches enormes como cráteres.

–Arriba, a brillar –dice–. Bienvenido a Lee.

Es casi mediodía. El sol resplandece en lo alto y la cabina de la camioneta es un horno. Me limpio las lagañas de los ojos y la baba de las comisuras de la boca. Cam mira el camino con un ojo y con el otro estudia las direcciones que garabateó en tinta negra en la parte de atrás de una caja de cereales. Nunca vio la casa donde su padre pasó los últimos años.

Entramos por un camino de tierra. La camioneta se sumerge en un gran bache lleno de agua y emerge enseguida. El camino está flanqueado por hileras de pinos. Sus agujas tiemblan cuando pasamos. Avanzamos siguiendo las curvas; casi no hay carteles. Cada pocos kilómetros pasamos por una entrada para autos, la casa metida entre los árboles y escondida de la vista. Es un lugar maldito. Y ya me dan ganas de irme.

–No sé dónde carajo estamos –dice Cam.

Avanzamos un poco más. Pienso en Bobby solo en la casa, pienso que Cam le dio seis VHS antes de irnos.

–Cuando termines de mirarlos todos –dijo– nosotros ya estaremos de vuelta.

Después puso la primera película, una de Disney, y nos fuimos.

–Estará bien –dijo Cam–. Ni siquiera se dará cuenta de que nos fuimos.

–Podríamos traerlo con nosotros –dije. Pero Cam se negó.

–No sabemos con qué nos vamos a encontrar –dijo.

Unos kilómetros más adelante vemos a una niña parada a un costado del camino. Cam detiene la camioneta y baja el vidrio de la ventanilla. La niña da un paso adelante. Mira por encima de su hombro, después nos mira. Está descalza y tiene la cara manchada de tierra. Lleva puesto un vestido marrón y un moño verde en el pelo. Tiene una soga enroscada en la muñeca y en la punta de la soga flota un globo azul.

–Hola –dice Cam. Asoma la cabeza por la ventanilla con la mano extendida, pero la niña no la estrecha. Se queda mirando los brazos de Cam, los dragones enroscados. Retrocede.

–La estás asustando –digo.

Cam frunce el ceño, pero vuelve a meter la cabeza en la cabina y apoya las manos en el volante. Le sonríe a la niña con su sonrisa más cariñosa.

–¿Puedes decirnos cómo llegar a Cherry Road? –dice.

–Sí –dice la niña. Levanta el brazo y el globo flamea con el movimiento. –Es por allá –dice. Y señala en la dirección de donde vinimos.

–¿Está muy lejos? –pregunta Cam.

–No es el próximo camino sino el siguiente. Es un callejón sin salida. Hay una sola casa.

Sacude la muñeca y el globo le golpea el puño.

Cam le muestra la caja de cereales.

–Es ahí –dice.

–Ah –dice la niña. Y se queda callada un instante–. Van a visitar al Hombre Lagarto. Yo lo vi. Lo vi una sola vez.

Cam me mira. Yo me encojo de hombros. Los dos miramos a la niña.

–Bueno, gracias –dice Cam. La niña le pega un tirón al globo. Cam da una vuelta en U y la niña nos dice adiós con la mano.

–Linda niña –digo.

Ponemos rumbo a Cherry.

–Maldito monstruito –dice Cam.

* * *

La casa está oculta por los pinos y el jardín plagado de malezas altas hasta las rodillas. Huellas de neumáticos indican la entrada. Flamencos de plástico motean el jardín, los picos curvos asomando entre el pasto crecido, las patas de alambre oxidado, los cuerpos de un rosa pálido.

El techo de la casa está cubierto de agujas de pino y hay pilas de tejas donde alguien dejó un parche a medio hacer. El piso del porche está hundido y la baranda podrida, los tablones flojos. Clavo la uña en la madera blanda y entra sin dificultad.

Nuestra misión no es clara. No hay cadáver que identificar ni papeles que firmar. No hay nada que heredar y no habrá funeral. Pero yo sé por qué estamos aquí. Es la única manera que tiene Cam de despedirse.

La puerta del frente está cerrada con llave pero bastan dos patadas para hacerla ceder.

–Aquí –dice Cam. Toca la madera unos centímetros por debajo de la cerradura antes de romper la puerta con el taco de la bota.

Adentro, la casa espera el regreso de su dueño. La luz del vestíbulo está encendida. El extractor de aire hace temblar la ventana sobre la pileta de la cocina. El empapelado sepia de las alacenas cuelga curvado como corteza de abeto, dejando a la vista finos rastros de pegamento amarillo.

Escuchamos voces. Cam me apoya una mano en el pecho y se lleva el índice a los labios. Se manotea la cintura buscando un revólver que no existe. Ninguno de los dos se mueve durante un minuto entero, y después Cam suelta una carcajada.

–Carajo –dice–. Es un televisor –ulula. Se pasa la mano por el cabello–. Casi me cago encima del susto.

Entramos a la habitación principal. También está despatarrada, las pantallas de las lámparas cubiertas por una gruesa capa de polvo, la mesa ratona bajo un mar de periódicos y cartas sin abrir. Hay un sillón viejo de aspecto siniestro, los brazos sostenidos en su lugar con cinta de embalar. Un resorte asoma desde el almohadón, bañado en tétanos.

La excepción es el televisor. Hermoso. Setenta y dos pulgadas de gloriosa pantalla.

–Mira esa imagen –digo. Cam y yo retrocedemos para mirarla. El televisor está sintonizado en el Canal Militar, una de las tantas extravagancias del cable. Bombarderos B-24 cruzan el cielo blanco y negro, las hélices tienen el tamaño de mi cabeza. Sobre los parlantes hay una botella de Windex y un repasador mugriento junto con varios controles remotos de muchos botones. Cam agarra uno, lo examina, aprieta un botón y el sonido sube. El zumbido de los motores de los aviones y el fuego cruzado invade la habitación de un parlante a otro. Pego un salto. Cam esboza una sonrisa burlona.

–Nos lo llevamos –dice–. Nos llevamos esta mierda.

Aprieta otro botón y la imagen se reduce a un único punto blanco en el centro de la pantalla. El punto se desvanece y muere.

–¡No! –dice Cam–. ¡No!

–¿Qué hiciste? –digo.

–No sé. ¡No sé!

Cam sacude el control remoto, agarra otro, presiona más botones, agarra un tercero, toca todos los botones. El televisor zumba y rezumba y la imagen vuelve a la vida.

–Ahhhh –dice Cam.

Nos sentamos en el sillón, esquivando el resorte. Vemos asoladas las playas de Normandía, vemos cómo arrojan dos bombas y se gana la guerra. Estamos a mitad de camino de Vietnam cuando Cam anuncia: “Voy a revisar su cuarto”. No es una invitación.

Cam desaparece durante media hora. Cuando regresa tiene un aspecto terrible. Está mortalmente pálido y tiene los ojos enrojecidos. Trae una caja de zapatos bajo el brazo. No le pregunto nada y él tampoco dice nada.

–Carguemos el televisor y vayámonos de aquí –dice–. Voy a buscar la camioneta.

Oigo abrirse y cerrarse la puerta de vidrio a mis espaldas. Escucho algo parecido a un grito. Después, la puerta vuelve a abrirse. Me doy vuelta y veo a Cam. Si antes tenía mal aspecto, ahora da miedo.

–¿Qué pasa? –digo.

–Es enorme –dice Cam–. En el patio de atrás.

–¿Qué? ¿Qué es enorme en el patio de atrás?

–Gran. Puto. Caimán.

* * *

Es un gran puto caimán. Yo he visto caimanes antes, en el cine, en el zoológico, pero nunca tan grandes y nunca tan de cerca. Nos quedamos mirándolo. No sabemos si es macho, pero decidimos que lo es. Es enorme. Es una locura.

También es la cosa más triste que vi en mi vida. En el patio de atrás hay una jaula improvisada, un óvalo de alambre tejido con techo de gallinero. Adentro, el caimán chapalea en una vieja pileta de plástico para niños. El plástico de la pileta está resquebrajado por el peso del caimán. Con medio cuerpo llena la pileta, el vientre hundido en unos pocos centímetros de agua marrón espesa, las patas colgando a los costados. La cola, del tamaño de un hombre, sigue la curva de la cerca de alambre.

Cuando nos ve, el caimán sisea y sus patas delanteras patalean en el aire. Abre las fauces mostrando unos dientes amarillos y una garganta del color de la piel de un pavo, pero del lado de adentro. Hay moscas y jejenes por todas partes. Algunos entran volando por la boca abierta y aterrizan en los dientes del caimán. Otros hormiguean en las llagas abiertas que tiene en el lomo.

–¿Qué carajo hace aquí este bicho? –pregunta Cam.

–Red era el Hombre Lagarto –digo–, aparentemente.

Miramos al caimán. El caimán nos mira. Calibro la jaula y me pregunto si podrá darse vuelta de golpe.

–Parece aburrido –dice Cam.

Y es verdad. El caimán parece aburrido y enfermo. Cierra las fauces y sus ojos abiertos son lo único que me recuerda que está vivo.

–No podemos dejarlo aquí –dice Cam.

–Tendríamos que llamar a alguien –digo.

¿Pero a quién llamar? ¿Al gobierno? ¿A la protectora de animales?

–No –dice Cam–. Lo matarían.

Cam tiene razón. Ya lo vi más de una vez en el noticiero. Un tarado cría un caimán. El caimán se escapa. Le han dado de comer en la boca y no le tiene miedo a los seres humanos. La noticia siempre termina de la misma manera: lamentablemente hubo que eliminar al caimán.

–No veo que tengamos otra opción –digo.

–Tenemos la camioneta –dice Cam.

Mi boca dice que no pero mis ojos deben estar diciendo que sí, porque antes de que me dé cuenta de lo que ocurre, estamos examinando la caja de la camioneta. Cam mide el ancho con los brazos abiertos.

–No funcionará –digo.

Cam me ignora. Saca una lona azul del asiento de atrás y la desenrolla sobre el suelo, al lado de la camioneta.

–No va a entrar –digo.

–Sí que va a entrar. Apretado, pero va a entrar.

–Cam –digo–. Un momento. Espera un poco.

Cam se apoya contra la camioneta. Me mira a los ojos.

–Supongamos que conseguimos sacar al caimán de la jaula y subirlo a la camioneta. Supongamos que logramos hacerlo sin perder ni un solo dedo. ¿A dónde lo llevamos? Quiero decir, ¿qué mierda vamos a hacer, Cam? ¿Qué mierda vas a hacer con dos metros de caimán vivito y coleando? ¿Y el televisor? Pensé que querías llevarte el televisor.

–Carajo –dice Cam–. Me olvidé del televisor.

Miramos la camioneta. Levanto la vista. El cielo pasó del azul brillante al azul claro y el sol desapareció tras un manto de nubes. En el suelo, una esquina de la lona flamea con la brisa, guiñando una arandela dorada.

Cam baja la cabeza, como con pesar.

–Tal vez podamos poner el televisor en un rincón de la caja –dice.

–Cam –digo–. Podemos llevarnos el caimán o podemos llevarnos el televisor, pero no las dos cosas.

* * *

–Lo más difícil será atarle el hocico con cable –decide Cam.

–Todo será difícil –digo, pero Cam no está escuchando.

Encuentra un bife de costilla en la heladera de Red. Está podrido, pero al caimán no parece importarle. Cam pone el bife cerca de la jaula y el caimán sale de la pileta anadeando. Apoya sus orificios nasales contra el alambre tejido. El olor rancio del caimán y el hedor a carne putrefacta me revuelven el estómago y tengo arcadas.

–Si vomitas, te mato –dice Cam.

Hemos arrasado el garaje de Red. A nuestros pies, tenazas, un rollo de cable, cinta de embalar, un pedazo de soga, otro de cuerda elástica, una docena de postes de madera, mi lona y, sin que yo sepa muy bien por qué, una motosierra.

–Para protección –dice Cam, empujando la vieja motosierra con el pie.

La cadena está oxidada y cuelga separada de la hoja. Imagino a Cam haciéndola funcionar, la cadena crujiendo, volando, aterrizando lejos en el pastizal. Intento imaginar la lucha entre el hombre y la bestia, Cam aplastado bajo doscientos cincuenta kilos de caimán, la cabeza de Cam en la boca del caimán, Cam arrastrado en círculos por el patio, un entrevero de extremidades y gemidos. En todas las escenas la motosierra no sirve absolutamente para nada.

Cam tiene las manos enfundadas en agarraderas para horno, situación que aceptó a regañadientes cuando los guantes de box que encontró, si bien ofrecían mayor protección, no aportaban la habilidad de agarrar, levantar o sostener.

–Es una estupidez –digo–. ¿Realmente vamos a hacer esto?

–Ya lo estamos haciendo –dice Cam. Aleja una mosca de su cara con la mano enguantada.

La cerca de alambre tejido cruje. Nos damos vuelta y vemos al caimán empujándola con el hocico. Resopla. Mira el bife de costilla, abre y cierra las fauces. Es sorprendentemente grande.

Cam estacionó la camioneta en el patio trasero. Se quita los guantes. Abre la caja dejando a la vista el fondo ancho y desnudo y empezamos a clavar los postes en ángulo desde el pasto hasta la puerta rebatible. Colocamos encima los tablones y Cam los sujeta entre sí con las cuerdas elásticas. Las tablas son largas, miden casi un metro: la física está de nuestro lado. Tendríamos que poder arrastrar a la gran bestia rampa arriba.

Volvemos a prestarle atención al caimán, que ahora intenta embestir contra el alambre tejido, salvo que no tiene capacidad de maniobra ni cómo tomar velocidad. Por encima de su cabeza, a la altura de las rodillas, hay una compuerta de alambre del tamaño de un puño cerrado con un candado con combinación. Con cada embestida del caimán, el candado salta y golpea contra la compuerta. Con cada embestida yo también salto.

–No puede salir –dice Cam. Y agarra las tenazas.

–Imposible saberlo –digo.

–Si pudiera, ¿no te parece que ya lo habría hecho?

Cam mete la tenaza en el grillete del candado, dobla las rodillas y se agacha. Aprieta con fuerza y su cara se pone roja. Gruñe, se oye un chasquido y el candado cae al suelo seguido por un movimiento rápido. Cam aúlla y cae. Las fauces abiertas del caimán asoman a medias por el agujero. Lo único que veo son dientes.

–¡Hijo de puta! –grita Cam.

–¿Estás bien? –digo.

Cam levanta las manos y mueve los diez dedos.

–Estoy bien –dice Cam–. Estoy bien

Levanta el bife de costilla y se lo arroja al caimán. La carne aterriza sobre el hocico de la bestia, queda allí colgando, y luego se desliza por un costado.

–No es un perro –digo–. No lo va a agarrar en el aire.

Cam vuelve a ponerse los guantes y lentamente agarra la carne que está sobre el pasto a menos de un metro de distancia de los dientes. De pronto la jaula parece menos sólida, no parece un lugar del que el lagarto jamás podría escapar.

La jaula se sacude, pero esta vez es por el viento que se ha levantado. Me pregunto si habrá tormenta en St. Petersburg. Cam tendría que estar en su casa con Bobby y estoy a punto de decírselo. Pero tiene la mirada fija. Está absolutamente decidido a hacer lo que estamos haciendo.

–Voy a meterle la carne en la boca y, cuando lo haga, quiero que le envuelvas las fauces con cinta de embalar –dice Cam.

–De ninguna manera –digo–. No pienso poner mi mano al alcance de ese monstruo.

Y entonces ocurre esto: mi hijo aparece en mi memoria y en mis pensamientos, el brazo colgando laxo desde el codo. La enfermera pregunta qué pasó y él levanta la vista, dispuesto a mentir por mí. Hay algo hermoso en la pausa entre esa pregunta y la siguiente. Luego siento la mano del oficial sobre mi hombro y escucho: “¿Podría acompañarme afuera, por favor?”. Oh, lo escuché más de cien veces, nunca dejo de escucharlo. Es un susurro, es una condena a la cárcel.

Quiero recolocar el codo en su lugar con mis propias manos. Quiero volver el tiempo atrás. Quiero al Jack de cinco o diez años. Lo quiero enroscado sobre mis rodillas como un perro. Lo quiero escribiendo las paredes con un lápiz naranja y echándoles la culpa a los ángeles que viven en el ático. Lo quiero antes de que su voz baje dos octavas, antes de que aprenda a pararse con una mano en la cadera, antes de que se sienta confundido. Quiero a mi hijo de vuelta.

–¡Vamos! –grita Cam–. No te achiques ahora. En cuanto muerda la carne, envuélvele el hocico con la cinta.

–Dame tus guantes –digo.

–¡No!

–Dame los guantes y lo hago.

–Pero con los guantes puestos se te hará difícil usar la cinta.

–Confía en mí –digo–. Sabré hacerlo.

Lo hacemos. Cam sacude el pedazo de carne frente al hocico de la bestia hasta que muestra los dientes. Las fauces atacan. Se oye un crujido antinatural cuando el hueso en forma de T del bife se transforma en dos íes y luego en un montón de puntos. Envuelvo el hocico con una buena cantidad de vueltas y corto la cinta debajo de las fauces. Aplasto la cinta con las manos enguantadas. Después empiezo a envolver el hocico como loco. Le doy más vueltas de cinta a la mandíbula. La cinta se desenrolla en círculos como un gusano negro y chato. Cuando por fin retrocedo, las fauces del caimán están herméticamente cerradas y mis manos tiemblan.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
15 listopada 2024
Objętość:
321 str. 2 ilustracji
ISBN:
9789876286077
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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