Czytaj książkę: «Lo que tú me pidas»

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Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1114-574-9

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A mi madre, por… ¿todo?

A Emiliano Mancini, por darle humanidad a las frases del traductor,

y por las risas.

A Miguel, por ser el primero que leyó de forma voluntaria este tocho.

A M.M., porque las musas existen y tú eres la mía, aunque no llegues a saberlo nunca.

A Álex, por ser mi niño, por ser la voz que me sacó del letargo, por recordarme que amo escribir. Por ser mi Luz Azul.

PRÓLOGO

En Lo que tú me pidas debes imbuirte sin prejuicios, sin vergüenzas, sin etiquetas e incluso sin límites. Y con paciencia. Y con tiempo. Con los ojos atentos. Con mente abierta. A ver qué pasa. A ver por dónde me pilla. A ver qué me cuentan.

Álex y Dale son dos adolescentes de edades distintas, con familias dispares, vidas paralelas, historias complicadas y un presente lleno de obstáculos y de conflictos. Y todo ello, en un instituto, rodeados de ex, amigos, examigos y enemigos. Y se enamoran locamente.

En Lo que tú me pidas hay sexo, mucho sexo. Y, sobre todo, hay mucho, muchísimo amor. De ese amor que te reconcilia con la vida. Hay amor que te engancha, que te descoloca, que te mata y que te salva, gracias al cual sigues viviendo, porque sin él, nada merecería la pena. Del único amor que realmente merece la pena, con todas sus incertidumbres, con todas sus dificultades, con todas sus penalidades. Los personajes destilan sinceridad, honestidad, sentimiento y pasión. Y todo ello lo consigue la autora a través de una obra que te hará mantenerte enganchado a ella.

Pero no siempre es fácil amar. Lo condicionan las edades, y los entornos, y las experiencias previas, y las costumbres, y los celos, y las envidias. Y la sociedad y cada uno de los que la forman. Y el qué dirán. Y la distancia contra la que a veces es difícil luchar.

Lo que tú me pidas es una obra apasionante, que te hace hervir la sangre e incluso te puede hacer llorar. Depende de lo que haya pasado con tu vida antes. La autora narra la historia con sinceridad, honestidad y pasión, ingredientes necesarios para redondear una gran novela. La autora cuenta algo muy profundo y muy sentido, y merece la pena leerlo.

Lo que tú me pidas te sorprende, te zarandea, te descoloca. Y te engancha. Y no quieres que llegue el final. Quizás porque no te lo esperas. O quizás porque lo supones.

A mí me ha sorprendido y me ha emocionado. El amor mueve el mundo. Y el desamor lo destruye.

CAPÍTULO UNO

¿DE QUÉ VA ESTO?

ÁLEX.

TRECE AÑOS.

Me pasé todo el año temblando. Mirando por encima del hombro, asomándome a los pasillos antes de ir a ningún sitio. Intentaba estar siempre solo o cerca de algún profesor. Aunque pronto me di cuenta de que los profesores no hacían nada a no ser que fuera en sus puñeteras narices.

Fue mi primer año de instituto.

Fue el primer año en el que le rogué a mi madre estudiar en casa.

Fue el primer año en el que me di cuenta de que estaba solo. De que era distinto. De que ni encajaba ni tenía interés en hacerlo.

También necesité todo ese año para darme cuenta de que miraba a un chico. Le miraba, le buscaba y, a escondidas, le pintaba.

En mi clase me sentía apaleado, constantemente agotado y sin motivación. Estudiaba para aprobarlo todo, para salir de allí cuanto antes, para no tener que estar más de un minuto del necesario.

Fue un año difícil.

Mi cuerpo iba a su ritmo. Cambiaba, se estiraba, se hacía visible, cuando yo lo único que quería era pasar desapercibido.

Siempre había palabras hostiles cuando entraba en clase por la mañana. Algún empujón. Un golpe sin ver de quién venía. Y siempre había palabras hostiles a mis espaldas cuando me marchaba.

A veces le veía pasar mientras esperaba el tranvía. Y era el mejor momento del día porque podía permitirme el lujo de estirarme, levantar la vista y observarle despacio, a salvo.

Fue antes de las vacaciones de Navidad cuando supe cómo se llamaba.

El día que apareció con la cabeza rapada y los ojos pintados de negro. Había desaparecido la melena castaña y solo estaba él. Brutal, salvaje y perfecto.

—¡¡¡La hostiaputa, Dale!!! —gritó su amigo al verlo.

Dale.

Había otros chicos de mi clase que le miraban también.

A él y a sus amigos. Los imitaban, querían ser como ellos.

Yo no quería imitarle, no quería ser como él. Yo quería mirarle, pintarle.

Sentía un nudo en el estómago que me bajaba hasta el ombligo cada vez que le tenía cerca. No tenía con quien hablar. Tampoco sabía muy bien que hablar.

Así que dibujaba. Pintaba. A Dale. Todo el tiempo. Supongo que era lo más parecido a tener sueños eróticos. Los spoilers brutales que me mandaba mi subconsciente mientras yo seguía intentando entender de qué puñetas iba la serie que todos veían y a mí me aburria sobremanera.

Un día lo veía jugando al baloncesto sin camiseta y me tiraba toda la semana haciendo dibujos de su pecho y espalda.

Otro día lo veía sentado en el banco del parque, leyendo, y me gastaba el bloc con retratos suyos.

Y entonces, un día me los crucé en el pasillo, de cerca, y todo el cuerpo me empezó a temblar.

Su amigo, el chico rubio que una vez me defendió de los salvajes de mi curso y que siempre me saluda desde entonces, lo hizo también aquel día.

Justo pasaron por mi lado. Su amigo iba contándole algo y él reía a carcajadas, con las manos en los bolsillos y esa actitud de no temerle a nada que tanto me gustaba.

Giré un poco el cuerpo para pasar por su lado.

Y él me miró.

A mí.

A los ojos.

Con una media sonrisa.

Fue cuando descubrí que sus ojos eran de un verde agua perfecto. Y las pestañas, largas y tupidas. Como si lo hubiesen retocado con Photoshop en la vida real.

Aquellos ojos verdes me estaban mirando directamente al alma. No me di cuenta de que me quedaba quieto, mirándole, fascinado con la intensidad de lo que estaba sintiendo. Por una vez, todo me daba igual. Me daba igual que me viesen mirándole, admirando cada detalle de aquel ser perfecto. Entonces me di cuenta de que él seguía mirándome a mí, y me guiñó un ojo.

Bajé la vista, hundí los hombros y salí casi corriendo por el pasillo.

Creo que fue en ese día, con ese guiño, cuando descubrí que me gustaba. Aunque no me di cuenta en ese momento. Tardé bastante.

Supongo que porque no tenía con qué o con quién comparar….

Cumplí catorce años.

Me compré ropa enorme para intentar esconderme. Pero no funcionaba.

Terminé el curso con una media de ocho.

Y respiré tranquilo el último día.

Una parte de mí, al menos, lo hizo. La otra… La otra parte me hizo llorar.

Porque a pesar de la tranquilidad de estar de vacaciones, precisamente estar de vacaciones implicaba no verle.

No verle en tres meses.

Tres meses descansando del acoso escolar. Me enfadaba conmigo mismo por ser tan idiota. Me enfadaba con mi cuerpo por ser tan enorme y difícil de manejar.

Y me ponía a pintar. Porque era la única forma que conocía de expresarme. Pintaba. Y luego, días después, mirando los dibujos, conseguía entenderme.

Vale, muy bien, Álex, pintas a un tío del instituto. ¿Te gustan los tíos? Claro, que lo mismo es que las chicas que tienes a tu alrededor no son tu tipo….

De todas maneras, era un tema que no me importaba. Mi orientación sexual, digo. Total, si no le importaba a nadie, ¿para qué me iba a preocupar?

A primeros de julio me fui al muelle a dar un paseo. Tras la estampida de las vacaciones, el pueblo se había quedado tranquilo, menos gente. Llevaba días sin hablar con nadie. Mi madre estaba con el turno de noche y tan solo la oía cuando llegaba a casa para acostarse.

Una idea se me vino a la cabeza. Busqué un sitio para sentarme y saqué el cuaderno y el estuche de lápices. Me había comprado un VogleIce granizado, le di un par de tragos y me puse a pintar.

Si no hablaba con nadie, tal vez debería tener un amigo imaginario. Me acordé de aquel episodio de Sobrenatural, pero decidí que mi amigo imaginario sería un monstruito, más bien como Sulley.

Claro que, lo que salió, ni de coña era tierno. Me hizo reír el resultado.

—Hola, Cthulhulley…. Tully. —Le di varias vueltas al dibujo, hasta que me di cuenta de algo. Los ojos eran del verde intenso de Dale. Eran los ojos de Dale…

Escondidos, sí, pero allí estaban, dándole un punto de humanidad a mi monstruo.

—Joder, Álex, estás muy mal… —me dije a mí mismo, intentando utilizar mi nombre, como me había recomendado el psicólogo. Pero ni siquiera tenía ganas de hablar solo.

Levanté la vista para darle otro trago a mi zumo y me quedé petrificado.

Dale.

Dale.

Dale.

Dale.

¡¡¡DALE!!!

¡¡¡Estaba allí!!

A un par de mesas de la mía, con sus amigos, con chicas. Increíblemente guapo. Y mirándome. Quise encogerme sobre mí mismo.

Quise desaparecer.

Mirándole a él era consciente de todos mis defectos. De los vaqueros manchados de carbón, de lo desmadejado que parecía mi cuerpo.

Y entonces le hizo un gesto al chico rubio. Y este se giró a mirarme.

Se me heló la sangre. Porque en ese momento pensé que, si ellos también me insultaban, o algo peor, no podría soportarlo.

Abracé el bloc, abracé a Tully, intentando protegerlo. Tenía miedo y me veía incapaz de salir corriendo sin tropezarme con mis propias piernas.

El rubio se levanta y viene hacia mí. Trae consigo un tintineo de los colgantes del cuello y una sonrisa deslumbrante.

—¡Hola! Soy Mike, ¿te acuerdas de mí? —Asiento—. ¿Cómo estás? —Se sienta al otro lado de la mesa, con los brazos relajados frente a mí.

—Bien.

—¿Estás aquí solo?

—Sí.

—¿Puedo? —Hace un gesto hacia mi cuaderno. Dejo que lo coja, intentando que no vea que estoy temblando, despidiéndome de Tully a la vez. Y me sorprende, de nuevo, en cómo coge el cuaderno. Por los bordes, con las puntas de los dedos

—Hostia, qué pasada… —Sonríe—. Tienes una visión de Sulley un tanto grotesca, me encanta.

—¿Sí?

—Claro. Y esos ojos tan humanos dentro de todo le dan un punto de..., no sé, ternura. —Me devuelve el cuaderno y estoy sonriendo. Él me mira a los ojos, y veo calidez cuando lo hace—. Estamos ahí mismo, si necesitas algo, Álex, solo dilo, no te calles nunca más. —Se levanta, con su cascabeleo—. ¿Tiene nombre? ——Con la cabeza señala hacia el monstruo.

—Tully.

—Me gusta.

¿¿¿Qué acaba de pasar???

Se marcha con sus amigos. Con Dale. Con esas chicas que no paran de reír, y tocarle el brazo, y mover el pelo, y pegarse a ellos… Pegarse a él.

Me aprieta el corazón. Y creo que estoy a punto de ponerme a llorar.

Cuando me marcho, vuelvo a mirar hacia él. Una chica está apoyada en su hombro, cogiéndole del brazo. Él tiene una cerveza en las manos, habla con sus amigos, parece que ignora a la chica.

Y entonces me mira, ¿a mí? ¿Esa mirada es para mí?

Mike se gira y se despide diciendo mi nombre otra vez.

Y él me sigue mirando, a pesar de la chica preciosa que no para de intentar llamar su atención.

Temblaba cuando cogí el tranvía de vuelta a casa.

Y lloré.

Y mientras lloraba, pintaba. Use mis lágrimas para difuminar los colores. Muy melodramático, pero la adolescencia había entrado en mi vida por la puerta grande, y por la difícil también.

Le pinte, a él solo, en el muelle, con los codos apoyados en la mesa, la cerveza entre las manos, y esa mirada tan absolutamente maravillosa.

Esa noche lloré hasta quedarme dormido.

Porque, y ya era consciente de ello, me gustaba un chico que, muy probablemente, tuviera novia.

Qué mierda.

ÁLEX.

CATORCE AÑOS.

El puñetero primer día. No tiene otro nombre. Nunca lo ha tenido y, a este ritmo que va mi vida, va a seguir siendo el puñetero primer día de instituto para siempre.

El verano ha sido tranquilo. He pasado la mayor parte del tiempo pintando.

Cogía el tranvía, me iba al centro, me sentaba en algún rincón a la sombra y dibujaba. Una tras otra llenaba las páginas del cuaderno.

Sin hablar con nadie. Sin ganas de hacer nada más que eso.

Miento.

Y me miento a mí mismo, que es lo más patético del mundo. Ganas de verle, todas.

En algún momento pensé espiarle, pero el terror más absoluto a ser descubierto me hizo incluso evitarle.

Le había visto dos veces en todo el verano.

La primera, la del puerto. Aún sueño con esa mirada.

La segunda vez me pilló igual de desprevenido. Estaban todos en el aparcamiento del súper. Se preparaban para una fiesta porque llevaban los coches cargados de cajas de alcohol. Me quedé quieto, como un conejo en mitad de la carretera, asustado por unos faros. Mike y él parecían metidos en una conversación aparte. Dale no paraba de reír, Mike gesticulaba exagerado y reía también. Me quedé mirándole más tiempo del que era el correcto. Y, al echar a correr, deseé que nadie se fijara en mí.

Y por eso hoy estoy especialmente nervioso. Porque llevo tres meses sin verle.

Estoy de pie, frente al espejo, recién salido de la ducha. Le susurro a mi cuerpo que pare de crecer, que deje de hacerme visible.

Me pongo unos calzoncillos de Batman para tapar esa cosa enorme que me cuelga entre las piernas y que no sé dónde meter la mitad de las veces. Me hace sentir incómodo casi todo el tiempo. Ya ni hablemos de cuando toma el control de mi cerebro y es ella la que manda.

Los vaqueros que compré por mi cumpleaños ya no necesitan vueltas en los bajos, me quedan a la altura de los tobillos.

Suspiro de forma melodramática cuando, vestido ya del todo, veo que la camiseta, todas las camisetas, de hecho, me quedan demasiado justas.

Bajo descalzo a desayunar. La puerta de la habitación de mi madre sigue cerrada.

Ahora es algo que hasta prefiero.

Me preparo unos cereales y me como dos manzanas, mientras, con la mano izquierda, termino el dibujo que empecé anoche.

Dale, de espaldas al mundo, mirando una explosión nuclear.

Solo de pensar en él, el corazón me late fuerte.

Este es otro de los dibujos que guardo bajo la moqueta de la cama. Son los que no quiero que nadie vea. Privados. Solo para mí. Y todos, o la gran mayoría, son monotemáticos. Él. Simplemente Él. En todas sus versiones reales y en todas las imaginarias.

Supongo que un tío normal escondería porno debajo de la cama… Yo le escondo a él. En el fondo, es lo mismo.

Termino de vestirme, peinarme, o al menos intentarlo, y me largo al puñetero primer día de instituto antes de que las ganas de meterme otra vez en la cama sean más fuertes.

Voy con los cascos puestos. No es que le preste especial atención a la música, pero llevarlos me mantiene aparte.

Veo el grupo de amigos de Dale al final de la calle del instituto. Se abrazan y ríen.

Abrazarse y reír es un gesto de lo más común hoy. Todo el mundo se alegra de verse. Todo el mundo tiene cosas que contarse.

Culebreo entre los grupos de gente, me busco en las listas y, cuando tengo claro cuál es mi clase, voy para allí. Y se me cae el alma a los pies cuando veo las mesas amontonadas en la pared y las sillas puestas en círculo. ¿Convivencias? ¿En serio? ¿Este año también?

Pues sí, de tres días, según pone en la pizarra.

—Que de puta madre —rezongo.

Mis compañeros parecen encantados. Puedo ver el cambio que se ha producido en ellos. Las chicas van con ropa de adultas y mucho maquillaje; los chicos, de imitaciones de Dale y sus amigos.

Por un momento me siento menos bicho raro al darme cuenta de que no soy el único que le admira. Pero no por ello empatizaremos. Hago una apuesta conmigo mismo, a ver cuánto tardan en llamarme raro y si el apodo del año pasado durará o tendrán preparado otro mejor y más cruel.

Para lo que no estoy preparado, en absoluto, es para que me saluden. Para que me llamen por mi nombre y me pregunten cómo estoy. ¿Por mi nombre? Pero ¿qué puñetas está pasando? Las chicas me tocan el brazo, me cogen del codo, los tíos me dan palmadas en el hombro, palmadas afectuosas que en nada se parecen a los golpes del año pasado.

Aaron, o Albert, o Adrián, o como puñetas se llame, hasta me da un abrazo. ¿Cómo? ¿Un abrazo? Puto cabrón, ¿con lo que me hiciste pasar el año pasado?

¿Que dónde he estado de vacaciones?

Pero bueno, ¿qué está pasando? ¡¡¡¡Qué puñetas está pasando!!!

Aiden (eso es, Aiden el cruel) cuenta cómo ha ido su verano de maravilloso, lo bien que lo ha pasado, lo poco que ha estudiado y que le han vuelto a quedar todas para este año. La gente ríe, es un tío que cae bien sin esfuerzo.

A mí me cayó bien el año pasado, segundos antes de que me utilizara de saco de burlas.

Hoy, un año después, solo le miro. Y entonces él me señala, aquí viene, pienso. Y suelta, en mitad de la jodida tutoría de segundo: «No veas cómo he acordado de ti, artista, he conocido a unas cacho pibas que se habrían desecho solo con verte dibujar. Juntos no nos hubiese parado nadie».

Perdona, ¿qué?

Vale.

Esto no es normal.

¿Sigo soñando? ¿Me he equivocado de instituto?

A la hora de la comida, me siento solo en mi mesa del rincón, donde he estado todo el año pasado sin compañía alguna, a excepción de restos de humillación esparcidos por el corazón.

Antes de poder sacar el bloc de dibujo, la mesa se llena de gente. ¿Qué?

—Pero ¿qué hacéis?

—Comer todos juntos, bobito. —Emma, la más zorra, la más puta, la más mala, la que disfruta haciendo llorar… ¿me está poniendo ojitos?

—Esto no puede estar pasando… —Me restriego los ojos con las manos y me echo el pelo hacia atrás. A mi alrededor, mis no-amigos parlotean sin parar.

Subrealismo puro, eso es lo que es.

Cuando termina el día, no he estado solo ni un segundo. Tengo unos treinta whatsapps de números desconocidos, en plan «holiguapiii, soy fulanita, me superencanta la camiseta que llevas hoy, estás muy sexi» o «qué pasa, tío, soy menganito».

Miro el teléfono desconcertado mientras decido si irme en tranvía o andando a casa, cuando oigo un bocinazo y su nombre.

—¡¡Daleeeee! —Mike grita a pleno pulmón desde su coche. Tres tías, y reconozco a la del puerto, se apretujan en el asiento trasero. Dale salta por encima de la puerta dos segundos antes de que Mike arranque.

Los miro mientras el coche se aleja y echo a andar en dirección contraria, a la parada del tranvía.

Necesito llegar a mi habitación cuanto antes.

Y de verdad que no entiendo absolutamente nada. Es jueves y tengo el Whatsapp lleno de invitaciones a fiestas, a ir al cine, a jugar a los recreativos… Mis no-amigos revolotean a mi alrededor como la cosa más natural del mundo.

Hoy, finalizadas las tutorías, es el primer día de clases normales. Espero que, de lleno en las clases y los deberes, las cosas vuelvan a ser como antes. Sigo esperando el insulto o el empujón que me devolverá a mi lugar del año pasado. Ellos a su vida, y yo, en el mejor de los casos, observando y siendo ignorado.

Pues no. Es Camille la que se sienta a mi lado. Camille, la de los ojos oscuros y pestañas eternas, la de las piernas larguísimas, la zorra que coquetea hasta acostarse con los novios de absolutamente todas sus amigas.

La miro sin decir nada. Ella me sonríe.

—Lo hemos echado a suertes y he ganado.

—A suertes ¿el qué?

—El sentarnos contigo, cielito. —Me pone la mano en el hombro. Yo miro su mano, desconcertado. ¿Por qué me está tocando?

Travis se gira desde el asiento de delante mío. Es, siendo sincero, el único que me cae bien.

—Oye, Álex, este año necesito aprobar Filosofía. Y lo necesito de verdad. ¿Me echarás una mano si me atasco?

—Álex es mío —suelta Camille, zalamera.

—Que te calles ya ——la bufa Travis. Y me hace sonreír—. Por favor —dice mirándome de nuevo.

—Claro.

—Genial. —Mira hacia adelante, pero se gira de nuevo a los dos segundos

—¿Qué has cogido de idioma?

—Alemán.

—Cojones, también voy pez en Francés. —Se da la vuelta de nuevo, pero vuelve a girarse.

—¿Alemán?

—Me sube la nota.

—¿En serio? —Abre mucho los ojos—. ¿Hablas alemán? —Asiento con una media sonrisa—. ¿Y cómo es eso?

—Sí, ¿cómo? —Camille se apoya en mi brazo. Yo intento soltarme sin darle un empujón, que es lo que de verdad quiero, porque me pone los pelos de punta solo que esté cerca. Ella era una de las que jaleaba a otros chicos a que me pegaran o animaba a que tiraran mis bocetos al váter.

—Camille, querida, ¿no tienes que arruinarle la vida a alguien? ¿Alguna de tus amigas no tiene novio nuevo? —Travis la mira a los ojos.

—Travis, querido, ¿puedes buscarte una vida? —Pero baja la cabeza y evita el contacto visual.

Se echan a reír, pero es una risa falsa como pocas he oído.

En la hora de comer se repite la escena de los días de atrás. Me siento, solo, y al poco, la mesa está llena de gente que parlotea sin parar.

¿Es que me he vuelto una persona normal? ¿Qué ha cambiado con el año pasado? Estoy francamente confuso.

Desde mi sitio, cerca de la ventana, los veo jugar al baloncesto. Intento mirar poco, estoy rodeado de gente y últimamente me siento observado todo el tiempo. Pero no soy yo el que saca el tema. Aiden se me cuelga de la espalda para mirar hacia abajo

—¡Qué cabrón, se ha hecho un tatuaje nuevo! —Habla de Dale, por supuesto.

—¿Sí? —Las chicas se amontonan con él. Todos a mi alrededor, tocándome.

—Joder, qué puto agobio, ¡que no me toquéis! —De malos modos me suelto, agarro la mochila y salgo del comedor.

Están tan absortos mirándole que ni me han oído

En serio, no creo que soporte esta gilipollez de amiguis mucho más tiempo.

—¡Eh! —Alguien me llama—. Álex! Álex, tío! —Me giro, exasperado, pero relajo la expresión al ver a Travis. Trota hacia mí con una hoja en la mano—. Mira, no sé si lo has visto, pero te lo he pillado, es para exponer trabajos en el mural del cole, sube la media. A ti te exponen fijo. —Lo miro a los ojos y titubea——. Es tema libre.

—Gracias, no lo había visto. —Cojo la hoja que me tiende

—¿Estás bien? Pareces a punto de explotar —dice de sopetón.

—No entiendo nada. —Señalo hacia el comedor—. ¡Nada!

—Ya, bueno… —Cambia el peso del cuerpo de un pie a otro.

—¿Qué?

—A mí siempre me has caído bien. —Se encoge de hombros.

—¿De qué vas a hacer el trabajo de Filo? —Cambio de golpe de tema. Travis es el único que me cae bien, no me parece justo pagar mi frustración con él.

—Aún no lo sé… —Caminamos por el pasillo. Señala el papel que me ha dado y llevo en la mano—. Preséntate, tienes mucho talento.

—¿Sí?

—¿Estás de coña? ¡Claro! Y si te agobias mucho en el comedor, vente al parque de atrás, yo como allí siempre con mis colegas.

Es verdad, nunca le he visto en el comedor.

—Te caerán bien, no son como… —Hace un gesto con la cabeza señalando al comedor.

Nos despedimos cuando llego al aula de Alemán. Y la clase es un completo cagarro porque no soy capaz de parar de dibujar en los bordes del cuaderno. Cuando me quiero dar cuenta, estoy intentando recrear lo poco que he visto del nuevo tatuaje de Dale.

Una vocecita se ríe a carcajadas en mi interior. ¡Céntrate, Álex!

¿Es demasiado pronto para empezar a saltarse las clases?

El jueves termina por fin, y me voy dando un paseo hasta casa. Me duele la cabeza y estoy agotado. No estoy en absoluto acostumbrado a tratar con gente, y esto me supera.

Sigo sin entender qué ha cambiado del año pasado a este.

Sigo sin entender por qué los mismos cretinos que el año pasado me mojaban los cuadernos con agua de fregar, hoy me llaman colega y me escriben whatsapps.

Es viernes, y la primera semana de instituto llega a su fin de la forma más inesperada. Quién me iba a decir que, en una semana entera, nadie me iba a llamar raro.

El sábado por la mañana me voy a dar un paseo al parque, aprovechando que no hace frío, que mamá no está en casa y, que, contra todo pronóstico, he tenido una semana normal en el instituto. No ha habido insultos, ni golpes.

Me compro un VogleIce y me siento en un banco a dibujar un rato.

La cabeza se me va una y otra vez al tatuaje nuevo de Dale. He visto muy poco, y de muy lejos, y me invento el resto. Pensar en él me hace sentir cosas raras. A veces duelen, y otras son tan maravillosas que hasta me hacen sonreír. Como ahora. Me siento tranquilo, el sol me da en la espalda, tengo un bloc nuevo que llenaré, seguro, de él.

Veo a Lucas a lo lejos. Él me saluda con la mano y da un fuerte silbido mientras se acerca a mí.

Lucas, uno de los amigos de Travis, el hermano de Oliver, uno de los amigos de Dale. Cuando me enteré, hasta me puse nervioso. ¿Por qué? Ve tú a saber. El caso es que me cae muy bien. Está enganchado a los cómics y a los libros de historia del arte a partes iguales.

—¡Álex!

—Hola. —Me tiende la mano y nos saludamos. Tengo un colega, y nos saludamos. Hola, mundo, soy un adolescente normal.

—¿Qué haces aquí solo?

—Gastar papel —admito. Él sonríe y parece que busca a alguien en el parque. Silba otra vez. Y grita.

—¡¡¡Quieres hacer el favor de venir aquí!!! —Un golden retriever viene corriendo hacia él con una pelota en la boca—. Que no te alejes tanto, te he dicho. —Lo besa en la cabeza—. Mira, este es mi amigo Álex, di hola. —Y suelto una carcajada porque el perro dice wau. En serio—. Este es Gobo.

—Hola, Gobo. —El perro se deja acariciar.

—¿Vas a venir esta tarde? —Lucas se sienta en el banco, a mi lado, y le tira con fuerza la pelota al perro, que sale corriendo y dando saltos a por ella.

—¿A dónde?

—A casa de Travis, a jugar a la consola.

—Me lo dijo ayer. No creo.

—¿Por qué?

-—No… Yo no… —Suspiro. Y me siento imbécil. Para mi sorpresa, él asiente, como si me entendiera.

—Oye —le tira de nuevo la pelota al perro—, no va a pasar más, tranquilo. —Me mira a los ojos. Se parece un montón a su hermano.

—No estoy acostumbrado a…

—Álex —levanta la mano, con la palma hacia arriba—, no va a pasar más

Y le creo. No sé por qué, por que le conocí ayer, literal, pero le creo.

—¿Vas a exponer en el mural? —Cambia de tema y yo se lo agradezco.

—Voy a presentar algunos trabajos. Dicen que es bueno de cara al expediente para la universidad.

—Universidad. —Hace una mueca—. Si solo estamos en segundo.

Le sigue tirando la pelota al perro, yo sigo pintando. Y es agradable.

Oliver aparece al rato, y el perro, loco del todo, salta sobre él. Lo coge como a un niño pequeño y le da como mil besos, correspondidos con lametazos y muchos waus muy tiernos.

—Hola, Álex —me saluda por mi nombre.

—Hola.

—Nano, vamos a comer en un rato

—Sí, vale.

—Álex, ¿te vienes? —Oliver, con el perro en brazos, me mira.

—¿Perdona?

—¡Sí! ¡Vente a comer! —Lucas me sonríe.

—No, no, yo no… —cojo aire, totalmente descolocado—, me esperan en casa, creo. —Jamás en mi vida me han invitado a comer. Lo único que se me ocurre es que conocí a Lucas ayer.

—Vale. —No sé si se da cuenta de mi agobio, pero me sonríe—. Piénsate lo de esta tarde, ¿vale?

—Sí, vale.

—Hasta luego, Álex.

—Sí, hasta luego.

Se marchan, Oliver deja al perro en el suelo y Lucas le lanza fuerte la pelota.

Ha sido un buen rato. Me he sentido tranquilo.

ÁLEX.

CATORCE AÑOS.

Mi primer dibujo en el tablón. No pensé que me fuera a hacer tanta ilusión, pero lo hace.

—Te lo dije. —Travis está a mi lado. Llevamos dos semanas de curso, y desde ese primer día que me dio la hoja con las bases de la exposición y me ofreció comer con ellos en el parque, hemos estado hablando más.

En clase nos sentamos juntos, y los recreos ya no son motivo de terror. Aunque prefiero saber dónde están los amigos de Aiden en todo momento, parecen haber perdido las ganas de hacerme daño, me saludan por el pasillo y en clase no ha habido más insultos. Sigo pensando que, en cualquier momento, igual que vino, la normalidad va a desaparecer y voy a volver al terror del año pasado.

Tal vez para ellos fueran bromas. Tal vez para ellos no fuera nada y, simplemente, han pasado a otra cosa sin ni siquiera ser conscientes del dolor que me producían.

—Es una pasada, Álex. —Travis habla de mi dibujo. Un A3 en acrílico de Fújur. De mis libros favoritos y de mis pelis favoritas. Y aunque parezca infantil, Fújur siempre gusta.

—Gracias.

—Te veo luego en clase, tío.

—Sí, hasta luego.

Me voy para el otro lado del pasillo cuando un tintineo me hace levantar la cabeza. Es Mike, va solo y me saluda al pasar.

—¿Cómo estás? —Me siento infantil cuando él me habla, el mejor amigo de Dale.

—Bien.

—Seguro? —Arquea las cejas.

Recuerdo cuando el año pasado me levantó del suelo, después de haber hecho salir corriendo a los cuatro cerdos de mi clase, los que pretendían tirar mis bocetos al váter, y, probablemente, a mí también.

—Todo bien. —Le sonrío con timidez—. Gracias.

Y entonces le veo, al final del pasillo. Y noto tanto calor que creo que podría encender el instituto entero.

—Tengo que irme a clase —farfullo.

—Cuídate mucho, pajarillo. —Me sonríe Mike. Y mientras yo echo a correr, él se queda frente a mi dibujo.

Después de doblar la esquina, me puede la curiosidad. Me asomo al pasillo.

Dale está mirando mi dibujo. De cerca. Lo está mirando y parece que está sonriendo.

No puedo dejar de temblar en horas. Ni de sonreír. Tampoco puedo dejar de sonreír.

DALE.

DIECISÉIS AÑOS.

Le veo corretear por el pasillo, y asomar la naricilla después.

—¿Cómo está? —Miro a Mike de reojo. Estamos los dos frente a su primer dibujo expuesto. Es simplemente una pasada. Mike se pone a silbar y terminamos los dos canturreando Never ending story.

—Joder, cómo me gustaba esta peli de canijo —murmura. Carraspea, y me contesta—: Dice que bien. Se le ve menos asustado. Y se ha juntado con Travis y Lucas.

—Y la cría de letras.

—¿Qué? ¿Cómo? —Hace un aspaviento—. ¿Eso son celos?

—Cierra el pico, Mike. —Pero me hace reír.

—En serio, habla con él. Queda. Tomáis algo.

—No.

—Dale, a veces me encantaría estrangularte. En serio.

—Lo sé. —Le paso el brazo por los hombros—. Y si no te sacara tanto de quicio, ¿qué sería de ti?

—La vida sería fácil.

—Te aburrirías.

—Totalmente.

Nos echamos a reír. Dejo de mirar el dibujo, dejo de mirar los magníficos ojos color bronce de Fújur y nos vamos para la calle.

—Yo creo que le gustas.

—Está empezando a tener amigos. Eso es bueno para él. Que se ubique un poco, que deje de dar respingos cuando alguien entra en su campo de visión, que esté tranquilo.

—Dale.

—No termines esa frase. —Nos sentamos en el banco, en nuestro banco.

—¿Curras esta tarde?

—Sí. Y luego entreno.

—Vente a dormir a casa. Mami está mustia y si te atiborra a comida se le pasa un poco. —Suelto una carcajada—. Y podemos ver la peli. —No hace falta que diga qué peli, estamos pensando los dos en Atreyu desde hace un buen rato.

—Me encantaría.

—Hecho entonces. —Saca el teléfono y llama a su madre. La conversación es escueta, pero tierna. Cuelga, se guarda el móvil y suelta de golpe—. Te encanta ese chico.

—¿Qué te he dicho de no terminar esa frase? —Pongo los ojos en blanco aparatosamente.

—Es para que tú también tengas ganas de estrangularme a mí —Me mira, todo sonrisas.

—Qué cruz tengo contigo.

Y le doy gracias a Dios cada día por ello.

ÁLEX.

CATORCE AÑOS.

Lizzy entró en mi vida casi de puntillas.

Ella y Travis se conocían desde la guardería. No estaba acostumbrado a tratar con gente, y mucho menos con chicas. Pero con ella fue fácil desde el principio. Era bastante alta, menuda, con el pelo rubio apagado por debajo de la cintura. Siempre con un libro en las manos. Hablaba poco, y lo hacía con una voz pausada y melodiosa. Cuando me contó que estaba estudiando Canto, me pareció la cosa más natural del mundo. Era lógico que ella cantara.

Quedamos un viernes por la tarde para ir al cine.

Y un sábado me acompañó a comprar carbón a la tienda de bellas artes.

Y fuimos otro viernes al cine.

Y un domingo por la mañana al puerto, al mercadillo hippy del paseo marítimo.

Y otro viernes más al cine.

Pero, al contrario de lo que pensaban todos, éramos amigos. Creo que Lizzy fue la primera persona que llamé amiga. Y cuando salíamos juntos y volvíamos a casa cogidos del brazo, me sentía tan a gusto que me parecía normal, y raro que los demás no vieran que tan solo éramos amigos.

Estaba enamorada. Estaba locamente enamorada de Francis y le brillaban los ojos cuando hablaba de él.

Llevaban saliendo y dejándolo un par de años. Pero ella estaba cansada. Estaba cansada de llorar. De esperarle. De ver cómo se liaba con otras y volvía con ella, para marcharse un par de meses después.

—Ya no más, Álex —me dijo un día, detrás de un helado enorme de tarta de queso. La había pillado llorando en el baño aquella mañana. Francis estaba en el patio del instituto, con una chica de otra clase. Se estaban liando como locos y solo hacía cuatro días que lo habían dejado la última vez. Me miró, me abrazó y me hizo prometer que no diría nada

Ahora, con la nariz enrojecida, parece un poco más entera.

—Dices eso siempre, pero es superior a ti.

—Qué mierda. —Se llena la boca de helado.

—Si quieres, puedo insultarle hasta quedarme afónico.

—No —sonríe—, pero gracias. En el fondo es un buen tío.

—No, Li, no lo es —bufo—; un buen tío no hace eso.

—Dice que es muy joven para saber si lo que siente es verdad.

—Pchfff —bufo otra vez, y me lleno la boca de chocolate para no decir alguna barbaridad. Ella sonríe.

—¿Tú sabes lo que sientes? Quiero decir que, si alguien te gusta, lo sabes, ¿no?

—Claro que sí. Sí. —Automáticamente, Dale me viene a la mente. ¿Saberlo? Creo que lo supe antes de darme cuenta.

—¿En quién piensas? —Ella me sonríe.

—No te lo voy a decir. —Sonrío—. Lo admití una vez, no va a volver a salir de mi boca.

Un día le enseñé un dibujo, uno de Dale. Ella me miró a los ojos y solo dijo: «Gracias por confiar en mí». Me gusta, solté de golpe. Y que ella lo supiera, lo hacía real.

Nos vamos para casa, cogidos de la mano.

—¿Qué vamos a hacer en Halloween?

—¿Qué quieres hacer?

—No lo sé. Lucas y Travis quieren hacer algo, pero si vamos todos y él aparece con alguna…

—No haría eso. Danny no se lo consentiría. —Danny es el hermano gemelo de Francis. Adora a Lizzy y cada vez que Francis le rompe el corazón, ellos se pasan días discutiendo.

—Mañana lo hablamos en el insti, ¿vale? —Hemos llegado a la calle en la que nos desviamos cada uno a su casa.

De camino a casa no puedo dejar de pensar que el ser humano es difícil. Da igual de quién te enamores, lo complicamos todo.

Espera un momento.

¿He dicho enamores?

Oigo a mi subconsciente reírse carcajadas.

DALE.

DIECISÉIS AÑOS.

Le veo desde arriba sentarse en el banco, con las piernas cruzadas, y me encantaría acercarme, saludarle, preguntarle qué esta pintando. Como hace Mike. Como hace Oliver. Pero sigo sin ser capaz. Nunca me había costado tanto entrarle a nadie.

Mike se para a mi lado.

—¿Qué has decidido para tu cumple?

—Playa —murmuro distraído—. ¿Sabes si está bien?

—¿Por qué no se lo preguntas tú?

—Michael Ángelo, ¿sabes si está bien? —Lo miro, arqueando las cejas. Él ha roto a reír al oír su nombre completo.

—Bajas, lo saludas…

—Cierra el piiiico…. —Pero me estoy riendo.

—Oye, en serio, estás como raro últimamente.

—Anoche hubo gresca otra vez. Estoy cansado y hace mucho que no hago surf.

—Sigo sin entender cómo tragar agua de forma humillante te viene tan bien

—Yo no trago agua, Njörd cuida de mí. —Le miro de reojo. No dice nada, pero sonríe. Me pasa el brazo por los hombros.

—Vamos al parque a comer, ¿no?

—Vale.

Está abajo, pintando, y por la sonrisa que lleva, sé que sabe lo que estoy pensando. Que luego él irá a comer al parque.

Cojo aire con fuerza. Intento prestar atención a lo que mi amigo me está contando. Pero me cuesta. La ansiedad de vivir en esa casa, el trabajo, el coche que no arranca, el instituto…

Y cumplo diecisiete en unos días. Y no me veo en ningún sitio. Es como si tener sueños no fuera para mí, que, con sobrevivir un día más, fuese suficiente. Como si esa casa me estuviera succionando la ilusión, la energía, todo.

—¿Dale? —Mike me da un empujón.

—Lo siento —suspiro—, no te estaba haciendo ni caso.

—Vaya, no me había dado cuenta. —Suelta una risotada.

—Gracias —le digo de golpe.

—¿Por qué?

—Por ser así. —Me mira con una sonrisa en los labios y en los ojos. Se ha ruborizado. —Pero no te me pongas moñas, ¿eh? —Le doy un empujón, como hace un momento él ha hecho conmigo.

ÁLEX.

CATORCE AÑOS.

Estoy terminando un dibujo de Tully cuando alguien se sienta a mi lado y exclama «¡joder!».

—Hola, tío. —Levanto la cabeza y estiro la espalda—. ¿Qué hora es?

—La de comer. Llevas aquí dos horas. En la misma postura… —Lucas sigue mirando el dibujo—. Cada vez me gusta más este bicho.

—Gracias.

—Vámonos a comer, anda.

Vamos para el parque. Y se me acelera el corazón cuando, en la mesa de al lado, veo quiénes están sentados. Dale, Mike, Jayson y Oliver.

—¡Nano! —Oliver llama a su hermano y Lucas trota hacia ellos.

Yo me voy a la mesa donde están sentados Travis, Danny, Francis y Lizzy.

Francis y Lizzy volvieron en Halloween y desde entonces, parece que están muy bien juntos.

Intento que no noten que estoy temblando. Sé que Lizzy se lo imagina, pero lo único que hace es tenderme los brazos y mover los dedos con una sonrisa, pidiéndome el bloc. Se lo doy y ella lo abre y busca el último dibujo.

—Tremendo —exclama. Los demás estiran el cuello para mirar también—. Cada vez me da más miedo este bicho

—Pues algo estoy haciendo mal, porque no es miedo lo que quiero que dé, sino protección.

Ella me devuelve el cuaderno con una sonrisa. Sabe en quién estoy pensando.

Cuando Lucas se sienta y estamos todos, empezamos a comer.

—Va a ser el cumpleaños de Dale —nos cuenta—. Van a celebrarlo a lo bestia.

—Ojalá pudiéramos ir. —Francis mira hacia la mesa de los mayores.

—Ni de coña. Se marchan el viernes y no vuelven hasta el domingo por la noche.

—¿Y a dónde van?

—Eso no me lo han contado.

De reojo miro hacia la otra mesa. Los cuatro han terminado de comer y están hablando y riendo. Así donde estoy sentado, le tengo casi en diagonal. No ha vuelto a dejar crecer el pelo y se ha puesto bastantes pendientes más.

Por el cuello de la chupa asoma uno de sus tatuajes.

Me empieza a atronar el corazón cuando me doy cuenta de que le estoy mirando fijamente. No puedo bajar la vista. Y entonces me encuentro con sus ojos. Directamente sobre los míos. Se me escapa de golpe el aire de los pulmones y bajo la cabeza.

Sé que me ha visto. Es imposible que no lo haya hecho.

Pero no oigo ninguna burla, ningún insulto. Nada.

Levanto despacio la vista.

Él sigue hablando con sus amigos. Tranquilo, como si nada. Y justo cuando creo que no me ha visto, que ha sido una flipada mía, vuelve a cazarme. Y esta vez, sonríe. En serio, sonríe.

Le da un empujón a Mike, se levanta y se marcha para el instituto.

—¡Pero haz pellas, cabrón! —le grita Mike.

—¡No! —Se da la vuelta—. Tengo que presentar un trabajo, tío.

—¡¿Hoy?!

Dale se marcha. Le miro mientras está de espaldas. Me aletea el corazón. ¿Me ha sonreído a mí?

Lizzy está a mi lado, lo mismo le ha sonreído a ella. La miro y esta absorta en un libro.

¿Me ha sonreído a mí?

—Álex, ¿me has oído? —Lucas me pasa la mano por delante de los ojos.

—No. — Lo miro—. Perdona.

—Que si tienes Alemán ahora.

—Sí. Clase de alemán. —Nunca me pregunta en qué estoy pensando. Dan por hecho que los «artistas» nos abstraemos. Me hizo mucha gracia cuando Aiden lo soltó en mitad de la clase, pidiendo que me «dejaran pensar tranquilo».

Ha pasado de llamarme mosquinforme a artista. Me sigue sorprendiendo.

Durante el resto del día no doy pie con bola. Me resulta imposible.

Y va a peor. Me paso el fin de semana como si tuviera el alma llena de bichos.

«Van a celebrarlo a lo bestia».

No me imagino qué significa exactamente eso.

Así que intento centrarme en una idea que se me viene «a lo bestia». Dale, cómo no, con colmillos, una espada en las manos, los ojos llameando y esa sonrisa. Esa sonrisa que no me saco de la cabeza.

DALE.

DIECISÉIS AÑOS.

Surf. Eso era lo único que quería por mi cumpleaños.

Estaba previsto mal tiempo, y eso solo significaba olas de la hostia.

A mis amigos, pasar tres días en la playa les parecía perfecto. Cuando empezara a tronar, a abrirse el cielo y a oírse el corazón de Njörd veríamos si les seguía pareciendo bien.

Nos fuimos el viernes al mediodía. Mike pasó a buscarme y se sentó en el asiento del copiloto con un suspiro.

—Eres un perro, tío. —Solté una carcajada, pero agradecía conducir, y él lo sabía.

—¿Cómo se lo ha tomado Melissa? —Jay, desde el asiento trasero, suelta la pregunta.

—¿Qué crees? —bufo—. Te juro que estoy hasta los cojones de dar explicaciones y de decir una y otra vez que no quiero nada, y no es que la respete por no acostarme con ella, es que no tengo ganas de acostarme con ella.

—No lo entiendo. —Miki baja la música—. Tú nunca has querido nada con ella, ni os habéis liado, no sé cómo se ha montado semejante lío.

—Yo sí quiero novia, y ninguna me hace caso. —Oliver suelta una carcajada—. Nunca sale como uno quiere. —Trepa hasta el asiento delantero—. ¿No os habéis liado?

—No me pone, me caía bien, pero ahora hasta dudo de eso.

—Eres raro, Dale. —Oliver suspira y se vuelve al asiento trasero—. Raro.

Sonrío. Miro a Mike de reojo. Él hace como que no me ve, pero está sonriendo. Sube de nuevo la música.

—Písale —me dice—, que lo estás deseando.

—¡¡Písale coño!! —grita Jay.

El coche de Mike me tiembla en las manos cuando piso el acelerador.

Llegamos a la playa cuando está anocheciendo. El mar está picado. La tormenta viene de camino y se nota la tensión en el aire.

Las olas son fuertes.

Mi hermana grita al verme.

—¡¡Estás a punto de nacer, Dale Dominick Amstrong!!

No espero a mañana. Me lanzo al mar, con mi hermana y con Zadrík, casi a oscuras y tronando a lo lejos.

Los ojos de Zadrík brillan dementes, y sé que yo debo de tener la misma pinta.

Hacía mucho que no entraba en olas tan difíciles. Hacía mucho que no me sentía tan libre.

El corazón me late con fuerza. El mar nos zarandea, intenta masticarnos, y nosotros gritamos como puñeteros salvajes cuando el primer rayo nos ilumina más que el sol del mediodía.

Cumplo los diecisiete cubierto de sal.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

Y el muy cabrón no arranca. Frustrado y mosqueado, tiro la llave al fondo de la caja de herramientas.

—Vamos, ¡por favor! —Pongo las manos sobre el motor muerto—. Vamos, por favor —repito con más mimo.

Hoy estoy hecho polvo. Volvimos de la playa hace una semana y tengo la sensación de que ha pasado una eternidad.

—Déjalo por hoy. —Desde el fondo del taller mi jefe está riéndose—. Hoy no es tu día.

—Tiene razón. —Mike está sentado en el asiento del conductor—. Vámonos de fiesta. —Niego con la cabeza—. ¿Qué te pasa, tío?

—Estoy hasta las pelotas de todo. Lo he intentado todo con Melissa, pero no tengo ganas de seguir peleando cada puñetero día.

—¿Sabes que se te va a tirar todo el instituto encima? Espérate a verano, a no ser que…

—No termines esa frase. —Suelto una carcajada cuando él se tapa la boca con las dos manos de forma exagerada.

—Vamos, tío, no te puedes ir a casa

Lo miro a los ojos. Mike es la única persona que me conoce, a excepción de mi hermana, claro. Pero él lo ve cada día, ve cómo me va agotando cada segundo que paso allí. Él sabe cada cosa horrible y vomitiva que me ha pasado por encima desde la muerte de mi padre.

—Vamos al Seven —me insiste.

—Estoy muy cansado.

—Vale, pues vente a casa jugar a la consola. —Y sonríe porque sabe que a eso no voy a decirle que no.

Él nunca me pregunta. No tiene esa curiosidad morbosa que he visto muchas veces ya. Él simplemente espera a que le cuente las cosas cuando se salen tanto de madre que no puedo soportarlo.

No es que esta semana sea especial a la anterior, o a la de hace un mes.

—Te estás estresando mucho con ese coche —me dice, horas después.

Estamos en su habitación, sentados en el suelo, con una pizza entre nosotros y los mandos de la consola en las manos.

—Aún me faltan piezas —rezongo—, y en cuanto lo arranque…

—¿Te vas a marchar? —Pone la pausa del videojuego y me mira.

—Roberto me hará un contrato fijo si lo arranco. Podré declararme autosuficiente y pedir mi propia custodia. Es la condición.

—¿Y el insti? ¿Y la uni?

—Si pudiera ir a la uni, lo haría.

—Joder, con lo listo que eres, hostias, pide una buena beca y lárgate a una uni cojonuda.

Le miro. La idea parece maravillosa. Solo de pensarlo, sonrío. Pero sé que no se podrá hacer realidad.

—En un año tengo que estar independizado.

—Te irás.

—Con salir de esa casa me basta. —Señalo el mando—. Anda, que te quedas en babia.

—Acabas de cumplir diecisiete, no te agobies.

Está terminando la frase cuando me empieza a sonar el móvil. Lo miro y la desesperación me llena los ojos. Melissa.

—Dime —contesto.

—¿Dónde estás?

—Con Mike.

—No me has dicho nada, podías haber pasado a buscarme si estás de fiesta.

—No estoy de fiesta. Estoy en casa de Mike, sus padres están abajo y estamos con la consola.

—Ya, ya, conozco eso de «no estoy de fiesta».

—Melissa.

—¿Qué pasa?

Y en ese momento, el cansancio me hace mella todo de golpe.

—Que ya está. Que lo he intentado. Que no puedo más.

—Pues vale. —Y me cuelga. Suelto el teléfono y suspiro. Mike me mira con los ojos como platos—. Parece ser que no voy a llegar hasta el verano.

—Tío… —se empieza a reír—, se acaba de abrir la veda, verás mañana.

—A ver si puedo ocultarlo hasta vacaciones. En nada estamos en Navidades y luego ya lo dejaré pasar.

—Eres un tío raro, Dale. Cualquiera con ese físico y esa cabecita tuya estaría sacándole partido a cada segundo.

—Ya sabes que no busco nada de eso, Miki.

—Eres raro.

—Voy muy rodado, que es distinto. —Esta vez soy yo el que le da a la pausa del juego. Me restriego los ojos con la mano. Por un momento me he sentido tranquilo. Pensar en mañana, en el instituto, en todo el mundo preguntándome qué ha pasado e intentando pillar cualquier cotilleo de mi vida me hace enfadarme.

Suspiro ruidosamente. Y, por un momento, sus ojos azules se me pasan por la mente. Y nada más importa. Una sonrisa me aletea en los labios. Mike se echa a reír

—En quién andas pensandooooo! —canturrea.

—Cierra el pico. —Río. Le doy al videojuego y pasamos la noche sin volver a hablar del tema.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

Estamos a una semana de las vacaciones de Navidad.

Mi padre me enseñó a creer en otras cosas, y las Navidades no son fiestas que me importen. Pero las vacaciones sí.

—¡Eh! —Mike me baja el libro. Estoy en el banco del parque, esperando a que empiecen las clases. Es temprano, hace frío y tengo sueño.

Es lunes, y el fin de semana ha sido una enorme mierda.

—¿Qué tal? ¿Y eso? —Me señala con la cabeza. Tengo ojeras, una ceja partida y un arañazo en la cara. Hago un gesto de negación—. Vente a dormir a casa. Mami hace lasaña esta noche.

—Eso estaría bien.

—Pues hecho. —Se sienta a mi lado y me coge el libro de las manos—. ¿Qué lees?

—Lovecraft. —Recupero mi libro de sus manos—. Trae, anda.

—Álex pinta mucho a este muñeco.

—¿Muñeco? Te voy a dar muñeco. —Veo cómo se ríe por el rabillo del ojo. Lo ha hecho para picarme.

—¿Los has visto? —repite—. Los dibujos de Álex de monstruos.

—Los que expone.

—Eso no es nada. Se los censuran. —Nos levantamos del banco y me echo la mochila al hombro—. Podías pedirle que te los enseñara.

—¿Por qué iba a hacer eso? —Se me tensa el cuerpo.

—Es un tío de la leche.

—Niño —le rectifico—. Es un niño.

—Dale… —Coge aire y me mira a los ojos. Le hago un gesto de negación. No quiero que me pregunte lo que me va a preguntar. Hoy no. Me arde la ceja, me tira y me duele todo el cuerpo de la paliza que llevo encima. Me duele la cabeza y lo único que quiero es arrancar mi coche y largarme a la playa con mi hermana.

Y quedar con él para ver esos dibujos. Eso también.

Me lo cruzo por el pasillo a media mañana. Estoy harto de que todo el mundo me pregunte qué me ha pasado con el brillo insano del morbo en los ojos.

He decidido largarme, echar el día.

Bajo las escaleras y ahí está. Hoy no tengo fuerzas para fingir. No tengo ganas de rebuscar indiferencia y ni ganas de esconderme.

Abre mucho los ojos cuando me mira. Le brillan. Le brillan más de la cuenta y me muero de ganas de pararme y preguntarle cómo está, y si me enseña esos dibujos que le censuran. En lugar de eso, me limito a mirarle.

Coge aire varias veces.

Me entran unas ganas tremendas de apartarle el pelo de la cara, de tocar esas cejas perfectas, de cogerle esa carita preciosa entre las manos. Y él me sigue mirando, como si fuese algo. Como si estuviese entero. O, mejor aún, como si no le importase, o no viese lo roto que estoy.

Aprieto las manos hasta que los nudillos se me ponen blancos. Cierro los ojos, cuento hasta diez.

Le miro de nuevo. Le sonrío, hasta que se pone colorado y me sonríe con una timidez inocente y preciosa.

Salgo del instituto con su sonrisa calentándome el alma.

Me voy derecho al gimnasio. Hasta que no puedo más y aun así sigo. Hasta que las manos se me han dormido dentro de los guantes y me retumba la cabeza con cada golpe.

Y aun así sigo. Hasta que mi cuerpo no puede encajar ni un golpe más y, desmadejado en el suelo, tienen que ayudarme a levantarme.

Hasta que Mike se me pone delante, me echa los brazos al cuello y me abraza fuerte, hablándome despacio, rogándome que respire.

En su casa esa noche nadie dice nada de mi aspecto deplorable. Lo llevan viendo tiempo, saben que prefiero no hablar con ellos de esto.

Esta casa es mi lugar seguro. Aquí no se habla de mierda.

Pero sí se habla de otras cosas.

Mucho más tarde, antes de dormir, cuando me he duchado con agua caliente y mami me ha curado las heridas. Cuando estoy a salvo en la habitación de mi amigo, acurrucado en la litera de abajo, me permito soltarlo en voz alta.

—Miki…

—Dime. —Veo cómo su cabeza asoma desde arriba.

—Sí que me gusta ese crío.

—Ya lo sé. —Me sonríe—. ¿Estás bien? ¿A gusto?

—Sí… —No decimos nada porque no hace falta.

Duermo a salvo. De un tirón.

ÁLEX.

CATORCE AÑOS.

DICIEMBRE.

No me gustan mucho las Navidades. Mamá me advirtió que posiblemente tendría que trabajar todos los días. Hacer horas extra, incluso.

«Estás creciendo mucho, se va mucho dinero en ropa».

Fue la explicación que me dio a la pregunta que no hice. Desde que papá se marchó, la Navidad no existe en esta casa. Bueno, ni los cumpleaños… ni nada.

Este año no necesito tanto estar fuera del instituto. Está bien tener vacaciones. Pero no verle… Joder, ¿cómo le puedo echar tanto de menos si ni siquiera me habla?

Haciendo la compra unos días antes de final de clase, me equivoque de pasillo en el súper.

Los tintes del pelo me llamaron la atención. Uno en concreto. Decía un montón de cosas que no entendía, y terminaba con las palabras «acabado brillante durante semanas».

Lo compré, sin pensarlo, y sin saber por qué.

Y lo tuve dando vueltas por la habitación un par de semanas.

Las mismas semanas de vacaciones, las mismas que me pasé hecho un ovillo en el sofá viendo la tele en lugar de cenar en familia. Me pillé a mí mismo pensando dónde estaría, con quién…. Cómo sería cenar con él.

Y también pensé en mi padre. En si él estaría montando un árbol con una nueva familia, haciendo volar por los aires a otro crío mientras este ríe sin parar.

Pensar en mi padre era algo que no hacía muy a menudo. La sensación de abandono que me provocaba era bastante dolorosa. Insoportable en noches como hoy, 24 de diciembre, en la que estoy abrazado a mi osito de peluche y viendo una peli en blanco y negro en la tele.

Así me quedé dormido, con la tele puesta, en el sofá de una casa vacía y fría, sin haber cenado apenas.

Cuando me desperté, el día de Navidad, la tele estaba apagada. Mamá debió volver en algún momento. Presto atención a algún sonido. Nada. Todo está en silencio.

En la cocina hay una nota.

«He venido a ducharme y vuelvo al hospital. Ten más cuidado, a saber cuánto tiempo ha estado la tele funcionando».

Dejo la nota sobre la mesa.

—Feliz Navidad, Álex.

Lo digo en voz alta y me asusta lo vacía que parece la casa, y mi vida, en ese momento.

Me ducho, me visto y, a pesar del frío, me voy al parque a pintar. Este todo vacío. Parecería una película postapocalíptica si no fuera por el calor que se ve a través las ventanas de las casas.

Me siento en un columpio. La cadena está helada. No tengo muchas ganas de pintar pero, aun así, saco el bloc y me pongo a ello.

Poco a poco, un krampus, se está columpiando a mi lado, haciendo sonar sus cascabeles.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

EN MITAD DE YULE.

Estaba sentado en el parque a pesar del frío.

Solo, el día de Navidad.

Con la cabeza metida en el cuaderno.

Pensé seriamente en acercarme, saludarle, preguntarle qué puñetas estaba haciendo con este frío sentado solito en un columpio, el día de Navidad. Pero si le costaba hablar de ello como a mí, no sería buena idea, y menos para una primera charla.

Me fui al taller. Estaba vacío. Puse música, me cambié y me lie con mi coche.

Recibo una videollamada de mi hermana. Están empapados, con los labios azules del frío y los ojos ardiendo. «Vente pronto» me dice ella «y haz el favor de traer a quien te hace suspirar de esa manera».

Mike aparece antes de comer.

—¡Marco! —vocea desde la calle.

—¡Polo! —contesto. Infantil a tope, pero me encanta.

—No contestas los whatsapps. —Trae unas cervezas.

—Me he liado… —Señalo el coche.

—Mami ha puesto un plato para ti.

—Miki, yo…

—Se lo dices a ella, no a mí. —Levanta la mano con una sonrisa. Sabe que soy incapaz de negarle nada a su madre. Sonríe de oreja a oreja.

Me pasa una cerveza y canturreamos un par de canciones.

—Álex estaba en el parque, solo —suelto al fin.

—¿Le has dicho algo?

Hago un gesto de negación, bajando la cabeza, me concentro en limpiarme las manos.

—¿Qué te pasa con ese crío, Dale?

—No quiero llegar y poner su vida patas arriba. No quiero que tenga que verme con la cara partida, o con quemaduras de cigarro. O tan rabioso que pueda llegar a tener miedo. No quiero que me vea tan destruido que no sea capaz ni de llorar… —Aprieto las muelas. Cierro los ojos.

Mike está muy cerca de mí. Noto cómo me pone la mano en el hombro y aprieta.

Levanto la cabeza para mirarle. Tengo los ojos secos de puro cansancio. Levanto una ceja cuando le veo tan sonriente.

—Has dicho su nombre. Por fin. Ni crío, ni canijo, ni enano… Has dicho Álex.

—Cierra el pico, romántico de mierda. —Pero sonrío. Es verdad que lo he llamado por su nombre. Y, joder, me ha encantado pronunciarlo.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

ENERO.

Todo el maldito instituto está alborotado. Es el primer día después de las vacaciones.

Álex ha aparecido con el pelo teñido de negro. Negro azabache. Tan impresionante que corta la respiración.

—¿Siempre ha tenido los ojos tan grandes? —Estamos los cuatro mirándole. ¡Joder, si es que no se puede mirar a otro sitio!

—Dice mi hermano que nada más entrar en clase esta mañana, se han puesto todas a gritarle como locas. —Oliver le da una calada al cigarro—. Y ha pasado. Ni se ha molestado en contestar.

—Me cae bien el enano. —Jayson se levanta y se despereza como un gato—. ¿Clases o pellas?

—Es el puto primer día, tío. —Mike me da un empujón. Yo seguía mirándole—. Vamos, Dale.

Me pongo de pie y nos vamos para clase.

Él viene en dirección contraria, con el ceño fruncido y rebuscando en el bolsillo.

—¡Niño, a clase! —Oliver le grita, pero le está sonriendo. Él le mira y le sonríe con timidez. Me mira a mí y da un pequeño respingo. Estamos muy cerca. Joder, qué ojos. Joder, cómo le queda el pelo negro. Joder, con el niño.

—¿Estás bien? —le pegunta Mike.

—No —bufa—. Me han censurado otro.

—Venga, ¿otro más? —Oliver resopla—. Qué vergüenza, ¿no es tema libre?

—¿Lo tienes aquí? ¿Nos lo enseñas? —Mike me coge del brazo y me acerca a él. Durante un segundo me mira directamente a los ojos.

—Sí. —Está ruborizándose. Abre el bloc y nos lo enseña.

—¡Joder! —se me escapa, no puedo evitarlo. Es una puta brutalidad. Paso la vista del dibujo a él, al dibujo y vuelta a él.

Es una hoguera, y en medio, en el medio de las llamas, dos hombres follando. Uno de ellos tiene la mano metida en el pecho del otro, sujetándole el corazón. Los detalles me dejan sin aliento. Las patas de cabra de los dos, la precisión de los músculos, el color del fuego, los ojos, cómo se miran… Me acerco más, las uñas llenas de sangre, el corazón… Casi oigo latir ese corazón.

Hasta que me doy cuenta de que es mi propio corazón el que me está tronando en los oídos.

Mis amigos hablan, los oigo a lo lejos.

Levanto la vista y allí está el, y solamente puedo mirarle. Mirarle a él, y mirar su dibujo. Estoy fascinado por esa cara, por esos ojos, y por lo que ha hecho. Él me está mirando, con los labios entreabiertos.

Mike me empuja con suavidad. Me aparta y nos vamos para clase.

Jay no para de hablar del dibujo, de lo que significa, de cómo está hecho. Mike se me acerca y, en un susurro, me dice: «Me habéis puesto cachondo de cojones». Le miro, gritándole en silencio que cierre la boca y él se echa a reír.

Esa noche me masturbo como un demente. Me hago hasta daño. Pensar en él me deja exhausto y a la vez ansioso.

En casa hay fiesta otra vez. Alguien llama a mi puerta, intenta abrir, pero aprendí a atrancarla hace años.

Melissa me ha llamado tres o cuatro veces esta noche. A pesar de que le he dicho que no quiero intentar que funcione algo que nunca ha funcionado.

Me tiemblan las manos cuando termino de hacerme la sexta paja. Sexta. Y sigo notando la presión debajo del ombligo que solo aparece cuando pienso en él.

Todas las noches desde hace mucho, he de decir.

ÁLEX.

CATORCE AÑOS.

Cada vez me cuesta más no mirarle. Le busco con ansia y, cuando por fin le tengo cerca, me echo a temblar y me escondo por algún rincón.

He quedado varias veces con Lizzy para tomar café o ir al cine. Francis volvió a dejarla y sé que hay rumores de que estamos saliendo. Sé que en cierto modo me usa para dar celos a Francis, que parece que está más pendiente de ella desde entonces.

Hoy he visto a Dale llegar al instituto desde la parada del tranvía. Iba con los cascos puestos y la mirada ausente. Me he permitido el lujo de seguirlo, calle abajo, a cierta distancia.

Su forma de andar me ha dejado impactado una vez más, totalmente recto, como si lo que hubiera a su alrededor no existiera.

Poco a poco, he ido aminorando el paso, hasta que me he parado y le he visto bajar la calle, cada vez más lejos. Cada vez más y más inalcanzable. Un hombre así es imposible que se fije en mí.

Un suspiro enorme se me escapa casi desde el mismo corazón.

Lucas está a unos metros de mí. Me mira preocupado

—¿Estás bien? —Se acerca y me pone la mano en el hombro.

—Sí, ¿por?

—Estás pálido. Y pareces a punto de llorar. —Frunce el ceño—. ¿Otra vez esos mierdas te han hecho algo?

—No —niego con la cabeza—, he tenido una idea para un dibujo y me ha pillado desprevenido. —No es del todo mentira. Siempre tengo ideas cuando le miro.

—Ah… ¿Seguro que no te han dicho nada?

—Seguro. —Bajamos hacia el instituto.

—Cualquier cosa, dímelo, por favor.

—¿Por?

—Uno de los amigos de mi hermano no soporta el acoso y cuando se enteró de lo tuyo la lio, pero bien. Nunca lo había visto tan enfadado. Por suerte ya ha pasado todo, pero está muy pendiente de ti.

—¿Sí? ¿Quién?

—Dale.

Me tropiezo. Casi me voy al suelo. Se me cae la carpeta de las manos y Lucas tiene que sujetarme para que yo no acabe igual.

—Álex, tío, ¿seguro que estás bien?

—Sí, sí… —Recojo la carpeta del suelo—. Cada vez que me acuerdo de aquello me pongo tenso y me cuesta coordinar el cuerpo.

—Joder, lo siento. Me sigo sintiendo fatal por ello.

—Tú no fuiste. No hiciste nada.

—Exacto. —Me coge del brazo y me gira—. No hice nada. Les dejé. Lo sabía y me quedé quieto.

—No podías hacer nada.

—Lo mismo sí. —Suspira ruidosamente—. No hicimos nada por ti.

—Déjalo. Ni siquiera quiero recordarlo. Ahora estoy bien. —Le sonrío—. ¿Vale?

—Sí. Pero si pasa otra vez…

—Te lo contaré. Os lo contaré a todos.

Dale. ¿Dale está pendiente de mí? Tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no ponerme a gritar, para no saltar sobre Lucas, para no reír y llorar a la vez de felicidad. ¡¡¡Dale está pendiente de mí!!!

Hoy, envalentonado, cuando me cruzo con él en el pasillo, le miro a los ojos. Él me mira, y me sonríe. Y yo le sonrío a él.

ÁLEX.

21 DE MAYO.

QUINCE AÑOS.

No le había dicho a nadie que era mi cumpleaños. No tenía ganas. Tampoco tenía costumbre.

Mamá me había dejado un sobre con dinero en la cocina. «Para ropa», decía. Necesitaba unos vaqueros nuevos. Unos que no me quedaran cortos. Y los quería negros.

Decidí coger el tranvía para ir al centro en lugar de pedirlos por Internet.

Estaba a punto de terminar el curso. Pensar en esos tres meses sin verle me ponía triste. Hubiese querido hablar con él, pero me sentía incapaz. Cuantas más cosas sabía de él, más me gustaba.

Me compré unos vaqueros, una sudadera blanca enorme y me volvía para casa cuando decidí parar en la tienda de bellas artes para comprar unos carbones y un par de blocs.

Esperando el tranvía de vuelta, recordé su cumpleaños. Tres días fuera con sus amigos.

Yo había despachado el mío en una tarde.

No era tristeza lo que sentía. No sabía lo que era una fiesta de cumpleaños desde… ¿los cuatro años? Más o menos.

Pero si me hubiese gustado decírselo a él. Qué tontería, ¿no?

Veo a Travis y a Lucas desde la parada del tranvía. Mejor dicho, ellos me ven a mí. Están haciendo aspavientos como dos locos desde el otro lado de la calle.

Vamos a tomar unos refrescos a la cafetería de la esquina.

Hablamos de videojuegos, de cómics, de gente de clase. Me doy cuenta de que estoy fuera del instituto, con colegas. Casi como si fuera normal. Terminamos hablando de chicas. Bueno, ellos hablan de chicas. Travis me hace unas doscientas preguntas sobre Lizzy. Le contesto una y otra vez que no estamos saliendo, que somos solo amigos.

—Es muy guapa —suelta Lucas de golpe.

—Es lista, buena persona, y muy sensible — sonrío—, y sí, es muy guapa.

—¿Cuánto lleváis? —insiste Travis.

—Que no estamos juntos. —Me río.

—¿Seguro que no? —Lucas me está mirando a los ojos. Me doy cuenta de golpe de que está loco por ella.

—Solo amigos, te lo prometo. De hecho, creo que deberías quedar con ella algún día. —Se pone colorado, pero sonríe.

Esa noche, al volver a casa, necesito pintar. Pintarle.

Me remango, saco un A3, cojo dos carbones, uno para cada mano, y cierro los ojos.

Los ojos rasgados hacia las sienes, completamente negros, las facciones marcadas, nada de disimular. Es Dale, todo él. Y un corazón entre las manos. El mío.

ÁLEX.

QUINCE AÑOS.

No sé de dónde saco la valentía para mirarle a los ojos. Y para sonreírle.

Pero desde que Lucas me dijo que estaba pendiente de mí, a veces lo hago.

Le veo, al final del pasillo, con los cascos puestos, con sus largas zancadas, moviéndose con facilidad por el mundo.

Querría decirle: «Eh, Dale, ¿cómo estás?», pero sé que mi osadía no llega a tanto. Pero hoy lunes, última semana de curso, sé que tiene un tatuaje nuevo sobre la piel, sé que ha estado en la playa, porque se le nota el sol. Sé que me tira el ombligo cuando, como ahora mismo, lo veo caminar hacia mí. Y creo que sé lo que todo esto significa.

Me mira desde lejos. Y sé que me mira a mí, porque no hay nadie más a mi alrededor. Se me acelera el corazón cuando sus ojos brillan. No podría dejar de mirarle, aunque me fuera la vida en ello. Nos cruzamos en el pasillo. Tengo que sujetar mi propio cuerpo para que no salte sobre él.

Me sonríe. Le sonrío.

Pasa por mi lado tan perfecto, tan él, que contengo la respiración.

Y, sin darme cuenta, me giro a mirarle. Y casi me da algo cuando veo que él ha hecho lo mismo. Ha girado el cuerpo entero y anda hacia atrás, mirándome.

Me arde la cara cuando le sonrío abiertamente. Nada de sonrisas tímidas. Esta es de verdad. Esta es para ti, Dale, y me da igual que todo el mundo la vea. Y casi me explota el corazón cuando él hace lo mismo. Cuando me sonríe abiertamente.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

JUNIO.

Ya ha empezado a hacer calor. Estamos hasta arriba de exámenes y todo el mundo anda cambiando apuntes como cuando éramos críos y cambiábamos cromos.

Estoy sentado en el parque, esperando a Mike, cuando le veo pasar. Ha crecido un montón, y siempre tiene a alguna chica revoloteando su alrededor. Él sigue siendo el mismo, sigue con sus dibujos, con sus amigos. Su mirada intensa me sigue dejando sin respiración.

Las últimas semanas, cada vez que nos hemos cruzado no ha bajado la cabeza.

La primera fue en el pasillo, me giré a mirarle, y él hizo lo mismo.

Otro día estaba totalmente ido mirando uno de sus dibujos. Cada puñetero detalle era una pasada. Y entonces pasó por detrás de mí, con su amiga Lizzy, los dos correteando como los caballitos pelirrojos del libro aquel infantil. Cuando me giré, él me estaba mirando, los ojos casi a la altura de los míos. Esa mirada de ciervo inmensa, aunque ya no va asustado. Es como si supiera algo que los demás ignoran. Como si supiera que no permitiré jamás que le vuelvan a hacer daño. Pasó por detrás y no pude evitar girarme para mirarle un rato más. Volví a encontrarme con sus ojos. Inmensos. Joder, puñetero crío. Le guiñé un ojo y me obligue a apartar la mirada. Tuve que hacer un esfuerzo inmenso para apartar la cabeza y dejar de mirarle. Porque si seguía haciéndolo, si no veía en él algún signo de incomodidad, iba a terminar haciendo alguna gilipollez.

Solo cuando supe que había cruzado la esquina, me permití destensar el cuerpo, cerrar los ojos y soltar el aire de los pulmones

En unos días estaremos de vacaciones. El año pasado solo lo vi un par de veces antes de irme a la playa. Un par de veces en tres meses.

Nada me hace pensar que este año no vaya a ser igual.

Al fin aparece Mike y se sienta a mi lado. Se está poniendo ciego a patatas fritas. Sonríe.

—Que sepas que ya lo sabe todo el mundo.

—¿El qué?

—Lo no tuyo con ninguna chica.

—Genial. —Qué cansancio, así de golpe…

—Ha corrido la voz no veas de qué manera.

—¿Has visto el dibujo que tiene expuesto? —Cambio de tema, porque solo me apetece que alguien me cuente algo de él. Solo quiero hablar de él.

—Sí. —Se llena la boca de patatas—. Braviz be ba bregunbado bonbe babos el bibebes.

—¿Te está dando un chungo? —Lo miro a los ojos. Tiene la boca llena y se está riendo tanto que temo que se atragante. Me siento en el respaldo del banco, apoyo los codos en las rodillas y me río con él.

—He dicho —traga aparatosamente— que Travis me ha preguntado a dónde vamos el viernes

—¿Para qué?

—Para tirar confeti —bufa—. Joder, Dale, que los canijos quieren que los pasemos al Prisma.

—¿Irá él?

—Es de su grupo, pero nunca sale.

—Ya. Nunca sale. —Suspiro. Sé que Mike se ha vuelto a llenar la boca de patatas porque lo siguiente que dice es totalmente irreconocible como idioma. Lo miro, arqueando las cejas, lo que le provoca otro ataque de risa.

—He dicho —se aclara la voz— que le invites a salir.

—No. —Rotundo.

—¿Por qué?

—Es un crío.

—Es una puta pasada de crío — puntualiza. Como si yo no lo supiera.

—Anda, come patatas, Miki.

—No voy a darme por vencido, y lo sabes. —Pero cambia de tema porque Jay y Oliver se acercan a nosotros.

—¿Habéis visto el dibujo del crío de segundo? —Con los ojos muy abiertos Jay se sienta a mi lado—. Joder con el niño.

Eso pienso yo. Joder con el niño.

Es lunes. Queda una semana para las vacaciones.

ÁLEX.

QUINCE AÑOS.

El día de las notas. Temblaba como una hoja, y no tenía muy claro si era por las notas o porque acababa de cruzármelo por el pasillo. Todo el mundo hablaba de que estaba sin novia, de que iba a ir a hacer surf este verano, Dale esto, y Dale lo otro. Y yo me moría de ganas de escucharlo todo.

Todo el mundo estaba alborotadísimo, las chicas le hacían ojitos y le pedían quedar durante el verano.

Travis llegó corriendo, colorado y dando saltos.

—Me ha dicho que vale, me ha dicho que valeeee.

—¿Qué? —Lucas levanta la cabeza para mirarle.

—Mike me ha dicho que vale, que nos pasan esta noche en Prisma.

—Tíooo, pero ¿tú sabes qué sitio es ese? ¿La música que escucha mi hermano? ¿Las pintas tan brutas que se ponen para salir?

—Por favoooor. —Travis junta las manos—. Vamoooos… —Esta como loco.

—Podíamos ir —digo. Y los dos me miran—. Un rato.

—¿Ves? —Sonríe de oreja a oreja—. Un rato.

—Valeee, se lo digo a Oliver.

ÁLEX.

QUINCE AÑOS.

Joder, no podía imaginarme ni en mis peores pesadillas que prepararse para salir pudiera ser tan complicado.

Y es que no soy capaz de que nada, absolutamente nada, parezca mínimamente no bochornoso.

Las camisetas se me pegan al cuerpo como una segunda piel y los vaqueros… Mejor no hablamos de los vaqueros.

Estoy tentado de rajarme en dos o tres ocasiones, pero al final, con un bufido, me planto la primera camiseta que encuentro que no tenga ningún dibujo y salgo de casa sin mirarme al espejo.

Es en el tranvía cuando me doy cuenta de que la puñetera me queda hiperjusta, tanto que, si levanto los brazos, se me ve la piel de la cintura. Quiero desaparecer. Voy pensando en bajarme y darme la vuelta cuando él se monta en el tranvía. Está ahí, a unos metros de mí. Va de negro de los pies a la cabeza. Al menos en eso he acertado. Pero lo que, en cualquier mortal quedaría normal, él lo lleva a otro nivel. Una camiseta cortada con los brazos al descubierto, un cinturón de pinchos de varias vueltas y unas botas con un montón de hebillas casi hasta las rodillas. Va con los brazos cruzados sobre el pecho, sin mirar a ningún sitio. Distraído, gira la cabeza hacia donde yo estoy. Me entra calor, de golpe. Lleva lentillas amarillas, los ojos pintados de negro y está simplemente alucinante. Creo que me he quedado con la boca abierta, porque se ríe. Y yo solo puedo sonreír. A él. Sonreírle a él.

No me doy cuenta de que se me han pasado las ganas de darme la vuelta y meterme en casa.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

Empiezan las vacaciones. Es viernes, el último día antes de la estampida.

Le he visto en el tranvía. Con sus enormes ojos de ciervo brillantes y preciosos.

Y ahora, aquí, a unos pocos pasos. Se ha separado de su grupo de amigos y deambula por el Prisma, prestando atención a la música, sacando el móvil con el cazacanciones cada poco rato.

Mike me trae una copa y me sonríe.

—Ahora o nunca, tío.

—Cierra el pico.

—Dale, llevo todo el puñetero año viendo cómo os miráis, todo el puñetero año.

—Es muy joven. —Lo estoy mirando, cómo se suelta del brazo de una chica, sin sonreír, con esa mirada serena y perfecta. Mira hacia donde estamos. Me mira a los ojos. Se asusta y desvía la mirada, pero tras un par de segundos, vuelve a mirarme. A mí. No hay duda. ¿O sí?

—Me he puesto cachondo hasta yo — rezonga Mike a mi lado.

—Cierra el pico.

—Vamos, Dale, ha venido aquí por ti. Le han entrado, que yo sepa, cuatro tías. Un crío de esos años no le dice que no a una tía. No lo hace, a menos que este esperando.

—Que cierres el pico.

—Has dicho que no le cobraran nada.

—Joder, Mike, ¡para ya!

—Dale, no pienso aguantarte todo el verano con esa cara de mustio. Ve y habla con él.

—¡Que es un crío!

—Que está jodidamente bueno, que te encanta y que hace que te pongas a millón solo con mirarle.

—Mike —me giro hacia mi amigo. Él está sonriendo de oreja a oreja—, eres un puñetero plasta.

—Sales de dudas y listo.

—Es un crío. —Sé que tiene razón, que me estoy dando largas, que no es tan difícil entrarle a alguien, que lo he hecho cientos de veces. Pero él, él es distinto. Con él siento cosas que no controlo, cosas totalmente nuevas que me hacen temblar.

—¡Vamos a ver, que le ha dicho que no a Amelia!

—¿Qué?

—Eso. Ve a hablar con él. Por favor, Dale, no desperdicies esta oportunidad.

Le miro. Su forma de moverse, de mirar todo lo que le rodea, de mirarme. Porque me está mirando. De eso ya no tengo duda.

Me termino la copa de un trago, cojo aire y, sin más, me acerco a él. Y voy temblando.

Es un crío, pero su cuerpo ha decidido crecer y la gente se gira a mirarlo.

Suena Visión Thing, él saca el teléfono una vez más y, cuando levanta la vista y me mira, se le dilatan las pupilas.

Me sonríe. Y esa sonrisa me revienta el alma, me acelera el corazón y hace que me tiemblen las piernas.

Cierro los puños porque me muero de ganas de tocarle.

—¿Cómo estás? —La primera vez que me dirijo a él. No has estado muy brillante, tío.

—Flipando con la música, y con todo…

—¿Te tomas algo?

—Sí, claro. —Esa sonrisa, esa preciosa sonrisa.

Vamos hacia la barra, yo delante y él detrás de mí. Hay tanta gente que temo perderle. Echo la mano hacia atrás y le cazo del lateral de los vaqueros. Y justo cuando me doy cuenta de lo que he hecho y con los hombros tensos espero el manotazo, noto la calidez de su cuerpo junto al mío. Miro hacia atrás. No solo no se ha soltado, se ha acercado, su pecho me roza el brazo. Levanto la vista y le busco, le miro a los ojos. Ya no baja la vista.

Y es en ese momento, mirándole a los ojos, en el que me doy cuenta de que no es solo que me guste o me ponga burro, o que me parezca especial. Es una sensación totalmente nueva.

Tiro un poco más de él. Su cuerpo se acerca más al mío. No veo que se asuste, o que se eche para atrás, o que evite el contacto.

Solo veo cómo me mira, como si no hubiera nada más.

Y no quiero que se separe de mí. Tampoco es que parezca que quiera apartarse.

Saca de nuevo el móvil mientras estamos en la barra. Le pongo la mano sobre el teléfono y lo bajo con cuidado. Él levanta la vista.

—Tú solo escucha, disfruta, ya te paso yo la música que quieras.

—¡Es que son todas! —me dice abriendo mucho los ojos—. Es una pasada, nunca había oído nada igual. —Me hace sonreír. Justo detrás de él están brindando unos amigos. Nos ponen un chupito a nosotros también. Se le pone la carne de gallina al tomarse el tequila. Le doy el limón, veo que se ruboriza un momento antes de cogerlo con la boca de mi mano.

Notar su respiración tibia en los dedos me hace jadear.

Y cuando levanta la vista para mirarme con sus ojazos brillantes, no puedo hacer otra cosa que sonreír, y automáticamente toda su carita se ilumina.

Joder, qué putas ganas de besarle. Intento alejarme de él, pero no soy capaz. Se me va el cuerpo hacia él.

—¿Has venido con alguien?

—Sí, pero creo que se han ido. No les ha gustado el sitio, supongo.

—¿A ti te ha gustado?

—Sí, mucho. —Bebe de su copa con una pajita. Le empujan y se acerca a mí. Me muero de ganas de comérmelo, entero, en el puto baño. El ansia me quema las venas.

Sin embargo, me lo llevo a otro sitio, un poco más despejado, y seguimos hablando.

—Me gustan mucho las lentillas —me dice.

—¿Las quieres? —Se ríe. Está un poco pedo y me encanta. Le cojo de los vaqueros, del bolsillo y de la trabilla. Joder, le quedan enormes. Le acerco un poco hacia mí. Se deja.

—Tendrías que ponérmelas tú. Y quitármelas también. No he usado lentillas en mi vida y ni sabría cómo hacerlo.

—Puedo enseñarte. —Mi voz ha bajado de tono. ¿Estoy ligando con él? ¿Qué puñetas haces, Dale? No hagas que se asuste, no la líes, no dejes que se marche…

—Eso estaría bien —suelto el aire cuando contesta.

Le hablo de mi coche, de lo poco que me falta para terminarlo. Me habla de sus dibujos. De lo que le cuesta hacer amigos, de que se siente raro en todos sitios menos en este preciso momento, conmigo.

Nos quedamos en silencio, nos miramos a los ojos. No es un silencio incómodo. Es tranquilo, agradable.

Le quito la copa de las manos cuando se la termina.

—¿Quieres otra?

—No sé… —Suelta una risita suave—. Estoy hablando demasiado.

—No. —Mi gesto, arrugando la nariz, le hace sonreír—. Pero no dejaría que te fueras a casa borracho. ¿Una sin alcohol?

—¡Vale!

Volvemos a la barra. Una chica intenta cogerle del brazo y él se coge de mi codo antes de que ella ni siquiera le toque.

—Ah, Dale, perdona —me dice. Es Amelia. La gran puta de Amelia, a la que adoro, pero eso ahora no cuenta—, no sabía que estaba contigo.

—Este es Álex.

—Hola,ojos bonitos. —Ella sonríe. Pero su actitud ha cambiado. Se ha apartado un poco y se mueve menos «a la caza»—. Si vais a la barra, Oliver y Mike están brindando por todo, con todos —me mira a los ojos—, van ya putamadre.

—Ya. Vacaciones. —Sonrío. Ella me pone la mano en el pecho y me guiñan un ojo. Cuando no está en su pose de femme fatale y es solo ella, es maravillosa.

—Nos vemos, cosa guapa. —La beso en la cabeza y ella se pone de puntillas para decirme al oído—: Me encanta, Dale.

Llegamos a la barra. Efectivamente, Mike está como una cuba. Le hago un gesto al camarero para que no le ponga más y tiro suavemente de Álex hacia un lado. No me ha soltado del brazo y no quiero que lo haga. Encontramos un hueco libre en la barra.

—Tienen VogleIce! —Sonríe. Miro hacia la hilera de zumos con kilos de colorante y cuajados de azúcar.

Pide uno azul, y yo una cerveza.

—¿Así que te gusta la mierda azul esa?

—Me pierde —me dice, ya con la lengua pintada.

Quiero besarle. Quiero comerle la boca azul, apretarle contra la pared y follarmelo hasta dejarle inconsciente.

Pero seguimos hablando. Me conformo con tenerle cerca, con mirarle a los ojos y distinguir las motas doradas en mitad del cielo que son sus iris, sus pecas, notar la dulzura de su aliento cuando me habla.

Va pasando la noche tan rápido que no me lo puedo creer. Gimme Shelter suena en ese momento. Él está escuchando, el cuerpo un poco hacia mí, los ojos brillantes, los labios entreabiertos.

Señala hacia arriba con una sonrisa.

—Lo sé —digo—. Me pasó lo mismo. Recuerdo que cuando escuché esta versión por primera vez, la voz profunda de Eldritch me enganchó desde las mismísimas tripas.

—Mira. —Me enseña el brazo. Tiene los pelos de punta. Le paso la mano por la piel suave, limpia de tatuajes. El contacto me arde. El niño jadea, su cuerpo se acerca a mí.

¿Qué estás haciendo, Dale? ¿Qué puñetas estás haciendo?

Y estoy a punto de besarle cuando, maldita sea, gracias a Dios, alguien me llama a voces.

Mike, borracho como una cuba, intenta conducir.

—Me lo temía. —Me paso la mano por los ojos, por la cabeza. Le miro. Miro esos ojos de ciervo, esa carita expectante—. Tengo que ir —le digo.

—Sí, y yo tengo que irme, no me había dado cuenta de lo tarde que es.

—¿Te llevo a casa?

—¿Sí? —Le brillan los ojos.

Salimos a la calle. Mike está, efectivamente, borracho como hacía mucho que no estaba.

—Espera aquí, ¿vale? —le digo señalando el coche de mi amigo.

—Te ayudo.

—Tranquilo. —Le sonrío. No me he dado cuenta de que le he puesto la mano en el estómago. Tiene los labios entreabiertos y me sonríe. Me arde el alma.

Voy hacia Mike, le registro los bolsillos mientras él canta y me abraza y dice a gritos que me quiere. Saco las llaves del coche y, de un empujón, que ya he hecho varias noches, me lo cuelgo del hombro.

Mi amigo, cabeza abajo, empieza a reír. Cuando llego al coche, Álex también ríe. Entre los dos lo metemos en el asiento de atrás.

—¡Álex! Ciao, bello! ¡Cómo me gusta questo ragazzo, Dale! Te he dicho que me cae muy bien, ¿verdad? Siempre te lo digo. Mi piace molto lui... ¡Dale! ¡Daaaale! Mi stai ascoltando? ¡Álex! ¡Holaa! —Mike está en ese punto de felicidad absoluta. Verás mañana en qué se convierte.

—Sube. —Se sienta en el asiento del copiloto. Bajo la capota y, cuando le miro, tiene una enorme sonrisa en la cara—. Así se va despejando. —Señalo hacia atrás—. Bueno, ¿dónde vives?

Como si no lo supiera ya. Él me da la dirección.

—Pero no hace falta que me lleves.

—Sí hace falta. Quiero hacerlo —añado.

Arranco. Y al mirar los espejos para ponerlos a mi altura, veo que ha girado el cuerpo hacia mí y va sujeto al cinturón de seguridad.

Pongo mi móvil para que suene en el coche, busco una de las listas de reproducción y le doy al play.

Gimme Shelter. La de Andrew.

Me mira con una sonrisa enorme. Y yo le doy mi móvil, para que vea lo que va sonando. Me doy cuenta de que ese gesto, darle mi móvil desbloqueado, es algo que no he hecho nunca con nadie.

—Esto es una pasada.

—Luego te paso la lista de reproducción, ¿quieres?

—Sí.

La ciudad está tranquila, hace un poco de fresco, y cada vez que le miro, siento que soy feliz.

Le dejo en casa.

Es reacio a bajar del coche.

—¿Sabes? —le digo—, mi colega Mike me va a dejar el coche mañana. —Se ríe—. Quiero ir al desguace a por unos faros y luego al puerto, a ponerme ciego a perritos.

—¿Del puesto del TippiDog?

—Claro —me río—, del TippiDog. —Le miro a los ojos—. ¿Te vienes conmigo?

—Me encantaría.

—¿Te paso a buscar a las once?

—Genial.

Nos miramos un momento a los ojos. Necesito besarle. Lo necesito, y siento que el cuerpo se me echa hacia adelante. Pero, maldita sea, y gracias a Dios, Mike, desde el fondo del asiento, lloriquea.

—Daaale, non mi sento beeeeene.

—Anda —le hago un gesto—, que te vean entrar en casa.

—¿Mañana a las once?

—Por supuesto.

Baja del coche y echa a correr hasta la puerta. Me espero a que entre antes de arrancar y la sonrisa no se me quita de la cara ni siquiera cuando tengo que parar en la gasolinera para que Mike vomite.

—¿Te lo has tirado? —me pregunta desde el baño, un poco más sereno.

—Nop.

—¿Os habéis liado?

—Nop.

—Dale, estás sonriendo como un idiota.

—Venga, te llevo a casa.

—Dale, me encuentro muy mal, tíooo.

—Vaaamos. —Lo llevo medio a rastras.

—Te has enamorado —farfulla.

—Cállate.

—Pero hace mucho.

—Cierra el pico. —Le siento en el coche. Le aparto el pelo de los ojos, con cuidado.

—Daaaale.

—¿Qué pasa?

—Que te mereces ser feliz con ese crío.

—Es un niño.

—¿Y?

—Sería un cerdo si lo engancho.

—¿Por qué?

—Libre albedrío, colega.

—Ese crío te ha elegido desde hace mucho. Tú no te has dado cuenta, pero yo sí.

Dejo a Mike en casa y me voy para la mía.

Como siempre, está llena de gente, humo por todos lados, voces, ruidos…

Me encerré en mi cuarto, hasta las narices de todo. Pero con solo recordarle, sentado junto a mí, cogido de mi brazo. Solo con ese recuerdo, todo deja de importarme una mierda.

Habían empezado las vacaciones.

El sábado me desperté temprano. Me di una ducha rápida, me calcé unos vaqueros, las botas y una camiseta de Manson.

Estaba nervioso. Hostia puta, estaba muy nervioso. Pasé por la gasolinera a por unas Coca Colas y unas mierdas azules y me fui a buscarle.

Álex esperaba en la puerta. La luz brillaba sobre él. Trotó hasta el coche con una sonrisa de oreja a oreja. Vuelvo a notar lo mismo de anoche, con la misma intensidad. La misma necesidad de hacerle sonreír, de tenerle cerca. Las mismas putas ganas de comérmelo a besos, de sujetarle el cuerpo y follarle hasta dejarle seco. Mi parte guarra se niega a verle como a un niño.

Aunque desde ese mismo día, yo desenroscando un faro, y él sentado sobre el capó del coche, jugueteando con una tuerca que he sacado de una pieza, hablando de libros, de pelis, contándome por qué dibuja lo que dibuja, la frustración de las censuras, la necesidad de pintar, hablándome con fluidez, como si nos conociéramos de toda la vida. Y la cadencia de su voz, sus miradas, esa boca azul.

No puedo más. Me quema la sangre y no me concentro. Me levanto del suelo, me acerco a él, con las manos sucias, las apoyo en el metal del capó, a ambos lados de su cuerpo. Sus rodillas me rozan los antebrazos. No retrocede. No echa el cuerpo hacia atrás, no se mueve. Me mira a los ojos, con una sonrisa suave en los labios.

Las cigarras cantan a voz en grito y yo solo puedo pensar en cómo sería morder esos labios, en acariciar su piel, en oler, en tocar todo su cuerpo. Me acerco un poco más. Y él hace lo mismo. Se acerca a mí, echa el cuerpo un poco hacia adelante. Su naricilla pecosa, sus ojos, por el amor de Dios, ¿esos ojos son de verdad?

Y, maldita sea, gracias a Dios, oigo que alguien grita mi nombre.

—Me cago en la hostia puta —gruño, cerrando los ojos y haciendo verdaderos esfuerzos para apartarme de él.

Y empieza a reír. Una risa feliz, cristalina y maravillosa. Tiro de sus corvas, le tumbo en el capó del coche, llenándole la carita de tizne negro de mis manos. No para de reír.

—¡¡¡Daaaale!!! —siguen voceando mi nombre. Me subo al techo del coche de dos zancadas, riendo también.

—¡Qué coño quieres!

—Ha llegado una chatarra que te va a venir bien. —El dueño del desguace me está haciendo señas—. ¡Lo están bajando! ¡Ven a verlo, es alucinante!

Álex se sube detrás de mí, riendo aún. Tiene la naricilla negra y los ojos brillantes.

Creo que nunca en mi vida he estado tan a gusto con alguien.

No necesito llenar los silencios con palabras, ni comportarme como se espera que lo haga.

Solo soy yo. Y ya está.

Y él se queda a mi lado.

—¡¡Por el amor de Dios, es un Torino!! —Casi lloro de ver el estado lamentable del coche que acaban de abandonar.

—Te dije que te vendría bien.

—Me siento un necrófago ahora mismo.

—¿¿Un qué?? —El chatarrero me mira sin comprender.

—No te preocupes. —La vocecita de Álex, a mi lado—. Él ya no está ahí. —Me giro a mirarle, justo detrás de mí. Y no se está riendo. Le duele igual que a mí ver esa belleza destruida.

Es de verdad. Está aquí conmigo, de verdad.

Se queda conmigo las dos horas que paso rapiñando piezas.

Me hace mil preguntas. Le hablo de mi coche, de que llevo un año trabajando en él y de lo poco que me falta para terminar.

—La semana pasada ya hizo un par de amagos, con esto tal vez arranque al fin.

—¿Qué harás cuando lo termines?

—Dejar de usar el tranvía. Irme de vacaciones. No lo sé. Saber que puedo valerme solo, que soy buen mecánico, capaz de reconstruir un motor entero… Conducir. Sobre todo, conducir.

—A mi madre le da terror que conduzca nada. —Señala con la mano el Torino—. Ni siquiera que tenga carnet.

—¿Y a ti te apetece?

—Sí. —Arruga la nariz—. Dibujo muchas carreteras, que veo en Internet, me gustaría verlas por mí mismo. Y no es que odie el pueblo, ni nada de eso, ni quiera largarme para no volver. Pero quiero viajar. —Me mira a los ojos—. Tú si quieres marcharte, ¿verdad?

—Solo de casa. El resto me da un poco igual. Me encantan tus carreteras. Bueno, las que has expuesto. —Me levanto del suelo. Él me sonríe, como con miedo. Tiene la nariz aún un poco tiznada. Le paso la muñeca, la única cosa limpia de mis manos, por encima para limpiarle. Se deja tocar, como si fuera algo normal. Sus pestañas me acarician la piel.

—¿Vamos a comer? —le digo con un guiño. Y el asiente.

Esa noche, en la ducha, no puedo parar de cascármela pensando en él. El agua helada me revienta en la nuca y mi cuerpo se niega a otra cosa que no sea tener la polla dura como en la vida la he tenido.

Es antes de acostarme cuando decido que, si alguna vez pasa algo, será bonito. No quiero ser el capullo que le reventó el culo en verano en un desguace, o en el baño de un bar. No quiero que tenga el recuerdo pastoso de haber sido follado medio borracho. Si su primera vez es conmigo, si él quiere que sea conmigo, tendrá el recuerdo de sexo, sexo y más sexo, y nada de lo que arrepentirse. Si algún día, después de esa primera vez, se aparta de mí, quiero que recuerde las risas, los orgasmos, que se sienta deseado, especial. Quiero que sonría cada vez que me recuerde.

Ya en la cama, antes de dormir, le pongo un whatsapp:

«Pasaré el día currando. ¿Quieres que luego tomemos algo?». Su respuesta tarda siete segundos:

«Sí».

Tengo que arrancar el coche. Tengo que arrancarlo ya.

Mike se pasa a mediodía.

—¿Has comido ya?

—Aún no. —Me limpio las manos en las perneras del mono.

—Genial, porque mami nos ha hecho unos bocatas.

Nos tiramos en el parque, a la sombra. Cuando me tumbo en el césped, cierro los ojos con un suspiro.

—¿Me vas a contar o qué?

—O qué. —Me río. Me da una pequeña patada en el pie.

—Si me llevas luego a casa, te quedas el coche.

—Qué vago eres. —Me levanto y ataco mi bocadillo.

—¿No me vas a contar?

—No pasó nada. Estuve a punto, en el desguace, pero no.

—¿No quiso?

—No se aparta cuando me acerco. Pero… —No sé cómo seguir. Mike me mira, con una sonrisa.

—Y yo que pensé que tú no podrías enamorarte, mírate.

—Cierra el pico.

—¡¡Es bonito!!

—¡Que te calles! —Pero me río. En parte tiene razón. Nunca, jamás, he sentido algo así de fuerte. Y eso que he estado con mucha gente. Pero una parte de mí se mantenía al margen.

Es la parte que solo piensa en él, a todas horas.

Dejo a Mike en su casa, me ducho y paso por el súper a por unas cervezas y un par de litros de esa mierda azul que tanto le gusta.

Me hace sonreír como un idiota el hecho de que llevo varios días haciéndolo. Su zumo, mi cerveza. Y me gusta.

Cuando voy a buscarle, ya está esperando. Se sube al coche con una sonrisa.

Lleva unos vaqueros azules enormes y una camiseta blanca. Y los dedos llenos de tinta negra seca. Intenta esconderlos. Entonces yo le enseño mis manos destrozadas con las uñas negras de grasa a pesar de los lavados. Y no nos decimos nada, pero es suficiente. Es perfecto el momento en el que me mira, gira el cuerpo hacia mí y, sin esconder los dedos negros, me empieza a contar que ha pasado la mañana pintando y que se le ha despuntado un rotring.

No dice nada cuando aparco fuera del parque. Me estiro desde mi asiento para coger la bolsa que he dejado atrás. Mi pecho le roza el hombro y le oigo suspirar. Su aliento me acaricia el cuello, y toda mi puñetera piel reacciona. Tengo que cerrar los ojos, intentar no acercarme tanto. Porque cada vez me cuesta más apartarme de él. Es como si la gravedad hubiera cambiado de sitio y ahora no me ancla a la tierra, sino a él. Consigo hacerme con la bolsa y vuelvo al asiento. Le doy una botella y abro una cerveza

—Tu mierda azul.

—Gracias.

—¿No has quedado con tus amigos?

—No. Nunca hasta ahora había tenido amigos como tal. Solo compañeros de colegio. Si te llaman raro unas catorce veces al día… Y con las chicas tampoco; quitando a Lizzy, no me siento cómodo con ninguna de clase.

—Tienes especímenes curiosos en tu clase. Menuda fama se están creando.

—Son malas. No me fío de ninguna. Y, además, cuando me miran, me dan escalofríos.

—Te cazan. Te miran y parece que te cazan.

—Sí… No me gusta que me miren.

—Pues yo no hago más que mirarte.

—A mí…

—A ti.

Hubiese querido morderme la lengua al oírme decir eso. Pero su sonrisa, cómo se ruboriza…

—¿Has oído la playlist que te pasé? —Cambio de tema porque no quiero que se sienta violento.

—Sííí. —Se le ilumina la cara—. ¿Te digo qué canciones me han gustado más?

Hablamos de música. Lo que a mí me cuesta soltar, él lo entiende. Lo que él no sabe explicar, yo sé de lo que habla. Me doy cuenta de que me encanta oírle hablar. Su forma de expresarse. Me gusta saber lo que le emociona, lo que le levanta sentimientos.

Nos dan las doce, sentados en el coche, apoyados de medio lado, su rodilla rozando la mía. Tiene la boca azul. Los labios azules.

He salido a mear más veces de las que necesito, únicamente por la tentación de comerle los morros.

—Debería llevarte a casa —rezongo.

—¿Deberías?

—No me pinches, anda. —Me río. Jodido crío. Me estiro. Pocas ganas de moverme, de separarme de él. De esperar… Una voz me dice que podría, ahora mismo… Con el alma gritando, me muevo, arranco el coche.

—Mañana vamos a casa de Mike a jugar al póker.

—Ah.

—¿Sabes jugar? Me dijo Mike que te vinieras, si te apetece. —Le miro de reojo y le veo sonriendo.

—No sé jugar, pero lo busco en Internet.

—Genial.

Paro en la puerta de su casa. Es reacio a bajar del coche. Tengo que morderme la boca para no abalanzarme sobre él.

—Espero a que entres —le digo. Y le veo trotar hasta su casa, y soy incapaz de arrancar hasta que no ha cerrado la puerta.

CAPÍTULO DOS

VIVIENDO EN EL LADO DE LA LUZ

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

Mi coche arrancó un jueves al mediodía.

Y lo primero que hice fue ir a buscarle.

Me esperaba en la calle, y casi saltó al asiento sin yo haber frenado del todo.

Fuimos sin capota, con la música puesta, tan solo a quemar gasolina.

Mi coche y mi chico. Joder, eso era lo que pensaba. Y estaba tan a gusto, y era tan feliz en ese preciso instante, que nada más importaba.

Necesitaba pasar con él cada momento libre que tenía. Y no tenía bastante. Necesitaba más. Le necesitaba todo el tiempo. Y, a pesar de haberme exigido a mí mismo esperar, mi cuerpo le buscaba, y la piel me ardía cuando le rozaba.

ÁLEX.

QUINCE AÑOS.

Me gustaba ir al puerto con él. O quedar allí. Cogía el tranvía por la mañana, buscaba un buen sitio para pintar y, cuando él salía del trabajo, iba a buscarme.

Tengo la imagen grabada a fuego de ese hombre increíble caminando por el muelle hacia mí. Con sus vaqueros rotos, las botas desabrochadas y la camiseta con las mangas cortadas.

—Me gustan un montón tus camisetas —le dije un día— y las botas, me encantan las botas.

Se había sentado a mi lado, sin darse cuenta de que dos chicas se habían girado a mirarle sonrientes.

—No son botas, son Martens.

—Martens —repito.

—Cosidas y clavadas. Las mejores botas que puedas llevar.

—Me encantaría tener unas…

—Puedo llevarte al centro, si quieres.

Siempre añadía un «si quieres», «si te apetece»… como si yo no estuviera loco de pasar cada segundo con él.

—La camiseta es de la portada de Joy Division?

—Unknown pleasures. —Me sonríe.

—¿Sabes una cosa? —Cierro el bloc y giro todo el cuerpo para mirarle de frente. No creo que pueda dejar de sorprenderme de tenerle tan cerca.

—Dime. —Hace lo mismo. Gira el cuerpo hacia mí, y cruza las piernas. Estamos tan cerca que nuestras rodillas se rozan y, aun así, no me parece suficiente.

—Antes oía música, pero era más bien como ruido de fondo que me apartaba de lo que me rodeaba. No le prestaba atención. —Asiente, mirándome a los ojos—. Ahora es distinto.

—¿Distinto en qué?

—En que puedo dejar de hacer lo que sea que estoy haciendo para escuchar una canción.

—¿Y eres más de guitarreo o…?

—No lo sé. A partes iguales.

—¿Y qué te gusta bailar?

—No sé bailar.

— ¿Cómo que no? —Echa el cuerpo hacia adelante y me pone las manos en las rodillas. Joder, qué bien huele—. Bailar es de lo mejor del mundo.

—Me da un poco de… de vergüenza.

—Prueba en casa. Solo ponte de pie, cierra los ojos y déjate llevar.

—Creo que nunca en mi vida me he dejado llevar por nada.

—Pues el viernes, en Prisma, nos ponemos a bailar.

—No-no-no-no. —Me río.

—¿No? —Arquea las cejas—. ¿Me dirás que no si te saco a bailar?

—No puedo decirte que no a nada. —¡¿Eso ha salido de mi boca?! Noto, literalmente, que me arde la cara. Él sonríe. Me sonríe a mí.

—Eso está bien —murmura. Las palabras han sido lentas, densas y maravillosas. Bajo la vista, a sus manos en mis rodillas. Y me lanzo, por primera vez en mi vida. Le toco los brazos. Paso la palma de las manos por su piel. El aire se me escapa de los pulmones.

Dale.

Dale levanta las palmas de las manos y yo paso los dedos por sus venas, por las líneas de sus manos endurecidas de trabajar.

—¿Qué tal? —Su voz me recorre el cuerpo.

—Bien. Me gusta… Es… —Levanto la vista para mirarle. Es Dale. Y esta aquí conmigo. Cerca de mí. Le estoy tocando. No, le estoy acariciando. Y él no se aparta.

—¿Bailarás conmigo?

—Creo que contigo podría hacer cualquier cosa.

Su sonrisa. Esa sonrisa que solo usa para mí, me hace temblar.

Y no sé cuánto rato nos quedamos así, porque el mundo deja de existir a mi alrededor.

Me lleva a casa, y me cuesta la vida bajarme del coche.

—¿Te apetece que mañana te lleve al centro? —Tiene la mano sobre la palanca de cambios, y estira los dedos para rozarme la rodilla. Con ese simple roce, se me escapa todo el aire de los pulmones con un jadeo entrecortado.

—Sí —susurro—, sí que me apetece. —Estiro los dedos y le rozo la mano. Él sonríe, abre la palma y me coge la mano, con suavidad. Entrelazamos los dedos, y se me vuela la cabeza, porque es Dale.

—Pues me paso a buscarte.

—Vale.

—Que te vea entrar en casa.

El cuerpo me grita cuando me aparto de él, como si su ausencia me arañara por dentro.

Espero detrás de la puerta hasta que le oigo marcharse. Al momento, me llega un whatsapp suyo: «Cierra los ojos y baila».

Y no puedo dormir. Es imposible. Me arde la piel. Me cuesta hasta respirar de lo cachondísimo que estoy.

Siempre me he masturbado como algo que se hace por necesidad. Medio a escondidas, rápido y a otra cosa.

Esa noche me levanto a cerrar la puerta y me desnudo entero. Me miro al espejo, a oscuras, con la luz que entra por la ventana abierta de mi habitación. Últimamente tengo unas erecciones inmensas. La polla me palpita entre las piernas, dura y pesada.

Apoyo la mano en la pared, cierro los ojos y él aparece frente a mí, cogiéndome de la mano en el coche. Empiezo a mover la mano, muy despacio, y la sensación es distinta. No tengo prisa.

Me masturbo de pie, frente al espejo, y luego me voy a la cama. Paro cada vez que mi cuerpo acelera el ritmo. Me lamo la palma de la mano y me la paso por la punta de la polla con un escalofrío. Se me tensa el cuerpo. Intento relajarme. Levanto una pierna y me sujeto por detrás. Los dedos se me van al culo sin darme cuenta y en el momento en el que me rozo, no puedo parar, aprieto, acelero el ritmo y me corro, me pongo perdido de semen y, aun así, sigo, porque pensar en él me pone tan burro que un solo orgasmo no es suficiente.

Me duermo tras dos corridas más. Me duermo desnudo, pensando en él.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

Pasé a buscarle al salir del trabajo. Él me esperaba siempre en el mismo sitio. Con esa sonrisa que me quitaba el cansancio de golpe.

Cada vez que dice mi nombre, me explota el corazón.

Cada vez que yo digo su nombre, se me infla el alma… y la piel me arde.

Y cada vez que me acerco a él, y no retrocede, cada vez que nos quedamos mirándonos, noto que me enamoro más y más.

Hoy le llevo al centro. Quiere unas Martens.

—¿Qué has hecho hoy? —Nada más subirse al coche, le di una botella de zumo azul. Era eso o besarle. Y no sabía si estaba preparado para besarle. Besarle y quedarme ahí… No me veía capaz.

—He hecho una cosa… —y me enseña su camiseta—, una camiseta vieja, pintura de tela y tu lista de reproducción.

—¿Esto lo has hecho tú? —Estiro la camiseta a la altura de su pecho. Aprovecho para tocarle, sí, pero también para mirar bien lo que me está enseñando con timidez. Es Tully, su monstruito, en el círculo del Some Girls de Los Sisters. Es una pasada.

—Si la viese en una tienda, la compraría sin dudar.

—¿En serio? —Su mano está encima de la mía, me mira a los ojos con el cuerpo ligeramente hacia delante. Las ganas de comerle la boca a besos me queman. Le suelto, despacio, cada célula de mi piel gritando de dolor. Arranco el coche.

—Ya lo creo.

—Puedo hacerte una, si quieres.

—Claro que quiero. —Le miro un momento. Está sonriendo. Creo que hacerle sonreír es lo que más me está gustando de este verano. Cada minuto que paso con él, cada sonrisa, cada vez que le rozo el brazo, o cuando vamos a un bar lleno de gente y pega su cuerpo al mío…

Estoy enamorado de ti, Álex, y me muero de ganas de decírtelo.

—¿Necesitas pasar también por la tienda de arte?

—Uy, eso estaría muy bien. —Ya tiene la boca azul—. Gracias.

—Me gusta pasar tiempo contigo. —¡¡Joder, Dale!!, ¡¡qué dices!! Se me ha escapado y justo cuando voy a subir la música para evitar un silencio incómodo, él dice:

—Y a mí contigo, Dale. —Dice mi nombre. Tiene el cuerpo girado hacia mí, lleva el zumo en las manos, tiene esa sonrisa preciosa que le brilla en toda la cara… y me está mirando como si no viera las cicatrices o lo roto que estoy.

—Vamos primero a por tus botas.

—¡¡¡Síííí!!! —Él ríe y yo soy feliz, así de simple.

En la tienda revolotea por todos sitios, con los ojos muy abiertos.

—¡Me gusta todo! —me cuchichea.

Estoy a su lado cuando se calza sus primeras botas. Cuando se pone de pie, con una sonrisa azul llena de mil emociones.

—Lo recuerdo —me dice el dueño de la tienda. No le ha quitado el ojo de encima desde que hemos llegado—. ¿Y tú?

—Como si fuese ayer.

—Una pasada la camiseta de tu chico.

—Sí lo es. —Yo no le corrijo. Y él tampoco. Tan solo nos miramos a los ojos.

—¿Así que blancas?

—Me gustan mucho.

—Pues blancas, nene… ¡Álex! —Joder, ¿qué me pasa? Anda que estoy fino hoy.

—Nene… Me ha gustado —me susurra.

—Ah, ¿sí?

—Me ha… —Se lleva la mano a la tripa. Sí, cariño, justo ahí empieza. Y sube para arriba y te llena el pecho de luz. Y baja para abajo y te llena la polla de sangre.

—En serio, ¿de dónde has sacado la camiseta? —El dueño de la tienda le mira, a la camiseta, a él…

—La he hecho yo.

—Tráeme algunas, si quieres, te las vendo aquí.

—¿Ves? —le digo cuando me mira sonriendo, con los ojos como platos—. Te dije que yo la compraría. Y ya verás cuando la vea Mike.

Sale de la tienda ya con sus botas nuevas, dos cinturones de tachuelas, un par de camisetas y cinco o seis anillos.

Aún hoy, cuando te dejo en casa, eres reacio a bajar del coche. Y yo necesito saber que volveré a verte mañana. Nos miramos en silencio. Porque contigo no hace falta llenar ningún vacío. Todo es perfecto tal cual es.

—¿Quieres hacer algo mañana? —te pregunto.

—¿Contigo? —Te ruborizas antes de contestarme.

—Conmigo. —No suelto el volante porque sé que se me irían las manos hacia ti.

—Sí.

—¿Qué quieres hacer conmigo? —La pregunta me sale más obscena de lo que quería. Y a pesar de eso veo cómo te brillan los ojos—. ¿Vamos al puerto?

—Sí. —Sonríes.

—Que te vea entrar en casa. —Porque como sigas mirándome de esa manera, no voy a poder contenerme más. Bajas del coche y, antes de salir corriendo, te giras y me sueltas:

—Contigo quiero hacerlo todo.

Me estalla el alma entera.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

Habíamos quedado en el puerto, como otras veces.

Sali de trabajar a mediodía, me duché y me fui a buscarle.

«Por dónde andas?», le escribí al aparcar.

«Donde el tipiD».

Le vi desde lejos. El tinte negro empezaba a desaparecer y me recordaba a un patryn. Cuando llego a la mesa le pongo la mano en la nuca. En lugar de sobresaltarse, sonríe y levanta la vista.

Joder, Álex, qué ganas de besarte.

Me siento a su lado, mirando su dibujo. Es una fotografía perfecta de lo que tiene delante. El suelo de madera, el puesto de comida, las mesas y los bancos, pero todo está abandonado. Al fondo, donde hay gaviotas, él ha puesto un cielo encapotado y lleno de rayos.

Sé que me está mirando. Su hombro roza con el mío y su rodilla está un poco por encima de la mía. Me concentro en el dibujo, porque como levante la cabeza me voy a abalanzar sobre él.

—¿Te gusta? —me susurra.

—Mucho, pero es muy frío. ¿Estás bien?

—Un poco meh. He discutido con mi madre. Y mira que nos vemos poco.

—¿Puedo hacer algo? —Levanto la vista. Le tengo cerca. Muy cerca. Y no retrocede.

—Estás aquí —me suelta. Y se pone colorado. Le empujo con el hombro con suavidad y él hace fuerza contra mí. La calidez de su cuerpo hace que el mío vibre.

—¿Qué tal? —Señalo sus botas.

—Creo que quieren comerse mis pies. De hecho, tengo mordiscos en todos lados. —Se ríe—. Mordiscos de verdad.

—Créeme que se pasa. —Me levanto y señalo el Tipi—. Estoy muerto de hambre, ¿y tú?

—Sí. —Se va a levantar y le pongo la mano en el hombro.

—Quédate aquí.

Me sigue sorprendiendo lo fácil que es estar con él. Lo tranquilo que me siento. Comemos y nos vamos al parque a tumbarnos en la hierba a la sombra.

—¿Quieres hablar de lo de tu madre?

—La verdad es que no. —Estamos muy juntos. Con que me moviera un poco, podría abrazarle. Me doy la vuelta y apoyo los codos en la hierba. Él no se mueve. Me mira a los ojos. Su pelo me roza las manos.

—Cuando estoy contigo me siento tranquilo —le confieso.

—No tengo ganas de hablar de problemas, porque no me hace falta. No si estás tú —me dice—, no me hace falta.

Gira la carita. Esa carita preciosa. Estiro un poco los dedos y le rozo la piel.

—Dale —cada vez que dice mi nombre me arde la sangre—, quiero llevar pendientes. —Se pellizca el lóbulo de la oreja.

—Vamos.

—¿Qué? —Abre mucho los ojos.

—Te llevo a que te los pongas.

—¿En serio? —Nos incorporamos.

—Claro.

—¿De verdad?

Estiro el cuerpo. Me acerco a él lo más que puedo permitirme sin perder el control.

—Si es lo que quieres, yo te lo doy.

Le cambia la expresión. Los ojos se le vuelven líquidos.

Me levanto y le tiendo la mano. Él me la coge y tiro de él. Con el impulso, casi salta sobre mí, me pone la mano en el vientre y todo mi cuerpo se contrae por el contacto. Mi polla reacciona, mi culo reacciona, mis pulmones, mi corazón… Todo mi puto cuerpo vibra con su roce.

—¿Vamos? —repito en un susurro.

—Vamos —me dice él.

Hace otro gesto de dolor al empezar a andar y suelta una carcajada.

—Anda, ven aquí. —Me pongo de espaldas a su pecho, y le cojo del brazo y de la corva. De un empujón me lo cargo a la espalda. Su cuerpo encaja a la perfección en el mío. Por un momento se me van los ojos. Le aprieto más fuerte.

Y se echa a reír.

El sonido más precioso del mundo.

Me rodea los hombros con los brazos. Le miro de lado y veo el brillo de sus ojos, su sonrisa, su naricita, sus pecas…

Aprieto las muelas para no soltarle una barbaridad, para no besarle.

Le llevo a que le perforen las orejas. Se pone uno en cada lóbulo. Unos aritos de plata que le quedan perfectos.

—¿Te gustan? —me dice, estirando el cuello, con las orejas enrojecidas.

—Me encantan. —Y cuando me mira, solo existe él.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

—¿Os habéis liado ya? —Mike ha venido a verme al trabajo.

—Joder, Miki, ¡qué pesado estás! —Le hago un gesto hacia una llave. Él señala, y yo lo voy guiando hasta que se acerca a la que necesito—. Esa. —Me la da.

—Nunca te había visto así.

—Nunca he estado así. —Sé que estoy sonriendo.

—Me encanta ese crío —le da un trago a la cerveza—, es lo mejor que te puede pasar.

—Ah, ¿sí? —Le señalo a otra llave.

—Sí. —Él me da una, distraído.

—La de al lado…, la del otro lado. —Chasqueo los dedos…—. Esa.

—Mírate, estás hasta más guapo.

—Vete a la mierda. —Suelto una carcajada…—. He pensado…

—¿Qué?

—He pensado pedirle que venga a la playa conmigo.

—¿En serio? —Mike abre mucho los ojos. Sabe lo que eso significa para mí—. Tííííoooooo.

—Cierra el pico. —Pero sé que estoy sonriendo.

—Va a ser genial, ya lo verás, a Sarah le va a encantar.

—¿Crees que querrá venir?

—Joder, Dale. —Suelta una carcajada—. ¡¡Me encanta!!

—¿Qué? —Levanto la vista y le veo rojo de risa.

—Lo enamorado que estás.

—Cierra el pico, anda. —Pero sonrío—. Hasta las putas trancas —le confieso.

ÁLEX.

QUINCE AÑOS.

Aquella noche, cuando me deja en casa, baja la música, levanta la palma y cuelo mi mano en la suya. Estuvimos escuchando Love hurts un rato más, hasta que carraspea y coge aire.

—Escucha… Quería… —Gira el cuerpo en el coche, hacia mí—. El viernes es mi último día de trabajo, cojo vacaciones

—Qué bien. —Me cuesta centrarme en lo que dice, me tiene la mano cogida y el corazón me va a millón.

—Iré a pasar el mes a la playa con mi hermana. Y he pensado que lo mismo, que estaría bien, que tú… —coge aire de nuevo—, que lo mismo te gustaría venirte conmigo.

—¿Qué? —Ahora sí le escucho. Le escucho a través de los truenos de mi corazón—. ¿Contigo?

—Puedo enseñarte a hacer surf.

—¿Contigo? —repito. Joder, Álex, ¡reacciona!—. ¡A la playa!

—¿Te gustaría?

—¿Estás de coña? —Sonrío, y sé que debo parecer un idiota, pero me da igual. ¡¡A la playa con él!!—. ¡¡Me encantaría!!

—Así te enseño dónde me crie. El mar allí es una pasada. —Le brillan los ojos. Estamos a oscuras en el coche, cogidos de la mano, y daría cualquier cosa por besarle.

—Me encantaría.

—Háblalo con tu madre, ¿vale?

—No creo que ponga ninguna pega. —Me aprieta la mano.

—Anda —hace un gesto con la cabeza—, que te vea entrar.

—A la playa… ¿En serio?

—A la playa, a hacer surf.

Le escribo por la noche para decirle que a mi madre le parece bien. Me manda unas doscientas caritas sonrientes.

«¿Te apetece venirte conmigo?», me pregunta.

«Sí, un montón»

«hasta mañana, nene»

«hasta mañana», tengo que borrar amor.

ÁLEX.

QUINCE AÑOS.

Había atravesado el espejo y vivía en una realidad alternativa. Si no, ¿a cuento de qué? Era la única explicación que mi mente podía procesar al que, sin duda, estaba siendo el mejor verano de mi vida.

Sonaba el teléfono y Dale, ¡Dale!, proponía pasar a buscarme, para ir al centro, a jugar al póker, al pueblo de al lado, al bar más increíble que había visto jamás… Dale, el mismo Dale que llenaba mis sueños y me alborotaba el corazón.

Cambié la forma de vestir sin apenas darme cuenta, era como si hasta ahora no hubiese dado con la combinación adecuada de ropa, cuerpo y movimientos. Si hasta bailaba, por amor de Dios, yo ¡bailando!

Mis primeras Martens me desollaron los pies una semana entera y ni con ese dolor era capaz de despertar del sueño en el que vivía.

Dale.

Dale me lleva en coche, con la capota bajada y la música llenándome el alma.

Dale me sonríe cuando gano al póker.

Dale me mira cuando alguna canción me deja sin habla. No sabía la de cosas que podían provocar los sonidos.

Dale me deja en casa por las noches, y siempre me pregunta si quiero hacer algo con él al día siguiente. Como si yo no necesitara pasar cada segundo con él.

Dale me roza los dedos cuando hablamos, y me mira de esa manera en la que me arde la sangre, y tengo ganas de reír y llorar a la vez, porque no soy capaz de procesar la intensidad de lo que siento cuando estoy con él.

Y siempre me quedaba detrás de la puerta, con la frente apoyada, y oía cómo se marchaba con el corazón latiendo tan deprisa que me costaba respirar.

Y entonces…

Entonces él me propuso ir a la costa.

Y el espejo se abrió más y más y fui feliz.

Salimos el mismo viernes a mediodía. Salté al coche y él estaba con los ojos brillantes y una sonrisa maravillosa.

—¿Te importa si corro? —me preguntó cuando salimos a la carretera, el pueblo atrás y solo los dos en el coche

—No. —Noto cómo pisa el acelerador, cómo tiembla el coche desde abajo, desde atrás, cómo empuja y cómo él, con una sonrisa, acelera más y más.

—Si te da miedo, voy más despacio.

—Ya está bien de ir despacio, acelera todo lo que quieras. —La voz me ha sonado rara, un poco grave, y él me mira con una sonrisa desconocida que me hace desear tocarle más aún.

Llegamos casi de noche. Le esperaban en la arena. Una chica, de pelo rubio y piel bronceada y lo que en principio pensé que era un ángel corrompido. Él me mira, con los ojos encendidos.

—Ve —digo—, ni lo dudes.

Me siento en la arena y observo cómo se transforma. Se quita la camiseta y las botas y se lanza al agua en vaqueros y con una tabla. Veo, literalmente, cómo se libera. Y si tenía alguna mínima duda de que lo que sentía era amor, en ese momento todo desaparece.

Cae el sol cuando vuelven a la playa,y, entre risas, clavan las tablas en la arena.

La chica me impresiona, tan alta como yo, con los músculos marcados y los ojos negros intensos.

—Discúlpanos, por favor —me dice con una sonrisa—, tenía tantas ganas de ver a mi hermano que no me he podido comportar. —Me da un abrazo—. Soy Sarah, bienvenido a casa, Álex. Este —señala al albino— es mi marido, Zadrík.

—Hola. —¿Es un gigante? Más alto que Dale, una puñetera lección de anatomía andante. Me recuerda a Los 300, de Miller.

—Vamos, seguro que tienes hambre. —Dale se acerca a mí, oliendo a sal, con la piel brillante.

—Eso ha sido una pasada —señalo hacia el mar, las tablas en la arena—; no me lo imaginaba tan…, tan… —Pestañeo intentando encontrar la palabra, pero soy incapaz. Él me sonríe. Mi sonrisa, esa que es solo para mí, en el ocaso del día, es mucho más intensa.

Aprendí a hacer surf con Zadrík, mi piel olía a coco, y mi pelo, a sal. El mar se comió los restos de tinte negro dejándome rubio de nuevo.

Paseaba por la playa cogido de la mano de Sarah, a la que amé desde la primera sonrisa. Ella encontraba piedras agujereadas y me hacía collares con conchas.

Dale y Zadrík cogían las olas más grandes y yo me quedaba con la boca abierta, mirando desde la arena, para luego pintarlos con el sol de fondo, surfeando entre lava o a través del mismo infierno.

Por la noche, con el cuello lleno de collares de conchas, tumbado en la arena, junto a él, mirábamos el cielo, el increíble cielo lleno de estrellas, y solía quedarme dormido, a su lado, con la sensación de haber llegado a casa.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

Salí a buscarle. Iba paseando por el pueblo, descalzo, con las manos en los bolsillos de los vaqueros y una camiseta gris con el cuello descosido.

El pelo rubio le brillaba bajo el sol y aún tenía la nariz pelada de cuando se quemó al llegar.

—Eh, ¿a dónde vas? —Paré el coche a su lado. Él hizo un gesto vago con el cuerpo—. ¿Te vienes a dar una vuelta? Asiente con una sonrisa. Cuando se sube, aspiro profundamente, coco y sal. El olor del verano.

Conduje hasta la pista perdida, y un poco más allá, aparqué el coche, en lo alto de la colina. De niño pensaba que pediría matrimonio a mi novia justo ahí abajo. Pero siembre he sido reacio a traer a nadie. Esta es la primera vez. Él es el primero.

Puse las mantas sobre el coche, nos tumbamos, él muy cerca de mí, y, cuando le cogí la cara para que mirara hacia arriba y los ojos se le llenaron de estrellas, supe que lo quería. Simplemente lo supe.

Y, egoístamente, pensé que nadie le querría tantísimo como yo en ese momento.

No podía parar de mirarle.

Me acerqué despacio a él.

A pesar del verano juntos, temía el rechazo. Pero él no se aparta.

Toqué sus labios por primera vez un 12 de agosto, con las Perseidas cayendo sobre nosotros. El primer beso fue suave. En el segundo me di cuenta de que no podría parar. Enganché sus vaqueros y tiré de su cuerpo hacia mí. Me abraza, pega su cuerpo al mío, nos besamos, con tal intensidad que siento cómo se le infla el cuerpo, cómo se le llenan los pulmones de aire cuando me aprieta contra él.

Me tumba contra el coche, se monta a horcajadas sobre mí mientras se quita la camiseta y cuando me besa de nuevo, todo mi puto cuerpo estalla.

—Joder, Álex —gruño. Le paso las manos por los costados. Esta vez no son caricias robadas. Esta vez los dos somos conscientes de ello. Le cojo de la nuca y de la cintura y le tumbo de espaldas sobre el coche. Y es esa mano que tengo en su cintura la que le acaricia el pecho, la que le desabrocha los vaqueros y la que baja por su piel tan despacio que le noto contener la respiración.

Me separo un poco de él y le miro a los ojos. Quiero estar seguro.

Y es entonces cuando él me desabrocha la camisa, y pega su cuerpo al mío, empujando mi mano hacia su sexo durísimo. Me arde la piel solo con tocarle.

Le masturbo, despacio, besándole, acariciándole. Noto cómo se le acelera la respiración, cómo me busca la boca, cómo se le arquea la espalda. Sus jadeos se convierten en gemidos, en suaves gritos de placer cuando aprieto la mano, cuando acelero el ritmo. Se cuelga de mi cuerpo, me clava los dedos en la piel y, cuando se corre, le tengo bien sujeto. Sus pupilas se dilatan, levanta la cadera, me araña la espalda, hasta gritar de placer.

Sin soltarle, con su lefa tibia en la mano, le acaricio los testículos, con suavidad, sin asustarle, le meto muy despacio un dedo.

Me sostiene la mirada, con los ojos muy abiertos, jadeando.

—Si te hago daño…

—No—. El aliento le huele a uvas y caramelos, y me abraza como si no hubiera mañana.

Le masturbo, más despacio aún, lento, muy lento. Me aparto de él y le hago una mamada, aún medio corrido. La primera vez que se la chupo, le oigo gritar, tensar todo el cuerpo y relajarlo casi de golpe con un orgasmo largo y denso.

El frío del desierto nos muerde la piel. De un suave empujón, le meto en el coche y cierro la capota.

Le brillan los ojos cuando me tumbo sobre él, sin poder parar de besarle.

Creo que en mi vida me he sentido así.

Le acaricio la espalda, le beso la boca, el cuello, el pecho. Me va el corazón a mil. Él se ha montado sobre mi cuerpo, jadeando, buscándome la boca, sin cerrar los ojos, me besa, me mira, se ríe.

Me siento igual de novato que él. Es la primera vez que lo único que me importa es que él lo pase bien.

Me empuja hacia atrás y se cuela entre mis piernas, con mi erección frente a la cara. Se está mordiendo los labios.

Y, de pronto, sin verlo venir, saca la lengua y me da un lametazo de arriba abajo que me hace soltar todo el aire de los pulmones con un grito.

La primera mamada que hace en su vida, y es a mí. Tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no correrme, para no empujarle y metérsela hasta la tráquea. Me relajo y le dejo hacer, a su ritmo. Y cuando me corro, suelta un pequeño grito de sorpresa y le oigo reír.

Y cuando se abalanza sobre mí a besarme, con los labios hinchados y la boca con sabor a mi lefa, vuelve a estar hinchado, cachondo como al principio.

No voy a poder parar de tocarle.

ÁLEX.

QUINCE AÑOS.

Paseaba un día por el pueblo cuando para el coche a mi lado.

—Hola. —Le sonreí, de oreja a oreja.

—¿A dónde vas?

Hice un gesto con el cuerpo, encogiendo los hombros, indicando que no iba a ningún sitio ni venía de ningún lado. Estaba descalzo, con las manos en los bolsillos de los vaqueros y una camiseta vieja sobre el cuerpo.

—Se me ha ocurrido dar un paseo, ¿te vienes?

—Sí. —Me abre la puerta del coche.

—He comprado unas cerves y algunas mierdas de esas de colores.

—Genial. —Se me van las manos, se me tensa el cuerpo. Él me está mirando y a mí me tiembla todo. Me pongo el cinturón de seguridad y me aferro a él como si me fuera la vida—. Quiero llevarte a un sitio, nos llevaba mi padre de pequeños, está en mitad del desierto, y merece la pena, ya lo verás.

La música en el coche, el olor del mar, la carretera. ¿Dónde puedo estar sino al otro lado del espejo? Y con Dale. ¡Con Dale!

Le voy mirando mientras conduce. Al principio me asustaba que viera algo en mí que no le pareciera correcto. Ahora ya no puedo evitar mirarle. Quisiera poder decirle todo lo que me pasa por la cabeza ahora mismo, pero aparte de no saber por dónde empezar, me da miedo que esto termine o cambie siquiera. Esto. Como si hubiera algo.

No me he dado cuenta de que hemos parado en un cruce y me está mirando. Voy agarrado al cinturón de seguridad porque necesito tocarle y esta es la única manera de no hacerlo.

Y entonces. De la forma más natural y tranquila, me pasa la mano por la cara, me aparta el pelo de los ojos y, con el pulgar, dibuja el arco de mi ceja.

Es solo un segundo. Un movimiento suave y fluido pero, cuando me suelta y pone de nuevo las manos en el volante, es como si me hubiese dicho todo eso que estoy pensando y que necesito, ¡necesito! hacer real de alguna manera.

Aparcamos en un mirador, bajamos del coche y lo que veo me deja con la boca abierta. ¡Un aeropuerto!

—Uno abandonado. —Dale va a la parte de atrás del coche y saca unas mantas, que coloca sobre el capó y el parabrisas—. Es de la segunda guerra mundial. De aquí salían los aviones militares para Europa. Después solo eran avionetas locales, y al final, costaba demasiado mantenerlo, así que simplemente lo abandonaron. —Me da un granizado azul de un litro.

Se tumba sobre el capó con la espalda apoyada en el parabrisas. Lo imito. Y flipo del todo con la pista de aterrizaje que tenemos ahí mismo.

—¿Se puede bajar?

—Otro día bajamos. Hoy quería enseñarte esto. —Pone dos dedos en mi barbilla y, con suavidad, me hace levantar la cabeza.

El cielo del desierto está esperando allí para mí. Estamos tan lejos de todo, que solo se ven estrellas. Miles de millones. Y estrellas fugaces que me cortan la respiración.

—¡Perseidas! —Me ha traído a una lluvia de estrellas.

Me tumbo hacia atrás, suspiro y, durante un rato, permanecemos en silencio. Hombro con hombro.

—¿Tienes frío? —le oigo preguntar cerca de mi oído.

—No. —Me río—. Bueno, sí. —Giro la cabeza para mirarle. Está junto a mí, con el codo doblado y la cabeza apoyada en la mano.

Huele a champú y ropa limpia.

Le miro a los ojos.

No sé qué es esto, Dale, no sé lo que siento cuando te veo, cuando me sonríes, no entiendo este calor cuando te tengo tan cerca. No entiendo nada en este lado del espejo, pero ya me da igual. Porque tú me estás mirando a mí y nada más importa.

Dale me acaricia la cara, con suavidad. Pasa un dedo por mis labios azules con una sonrisa. Estoy mareado. Estoy muy mareado y mi mano, como una loca. Se lanza sobre él y me agarro a su camisa.

Y se acerca, y abre mis labios con los suyos, me mira a los ojos y me besa.

Despacio primero, con intensidad después. Me coge de los vaqueros y, de un tirón, pega mi cuerpo tembloroso al suyo.

He colado las manos debajo de su camisa, estoy tocando su piel, sintiendo la presión de su cuerpo, besándonos como si fuésemos a arder en cualquier momento.

De un movimiento brusco que me sentía incapaz de hacer, me siento a horcajadas sobre él. Respiro tan deprisa que me zumban los oídos. Sin pensarlo, me quito la camiseta.

Él me mira, me recorre las costillas con las manos.

—Joder, Álex —gruñe. Y no sé cómo, estoy con la espalda contra el coche, y Dale está sobre mí, y me arde la piel y el alma y quiero decirle que, en este lado, y en cualquiera, soy suyo, pero solo puedo mirarle, besarle, tocarle.

Es mi primera vez en todo. En desnudarme para alguien, en que alguien se desnude para mí. En tocar. En besar. En sentir el peso de un cuerpo sobre el mío. El dolor, el placer, el calor. Y Dale. Todo para mí.

Tiritando, nos metemos en el coche. Y hacemos el amor. Porque esto es amor. Su forma de tocarme, de besarme. Cómo ha dicho mi nombre al correrse.

Cómo me abraza bajo la manta, cómo nos quedamos dormidos sin soltarnos.

Cómo, antes de dormir, farfullo su nombre y cómo él me aprieta contra su cuerpo.

Tal vez por la mañana tenga que volver al otro lado del espejo.

—¿Cómo hago para que esto dure? —consigo preguntar con un nudo en la garganta.

—No te apartes de mí —me susurra en el oído—. Quédate conmigo.

—No puedo estar en otro sitio. —¿Lo he dicho en voz alta? ¿Lo he pensado? Da igual. Solo sé que es real. Y que soy feliz.

Me despierto y está amaneciendo. Sigo abrazado a él, tengo la cabeza en el hueco de su hombro y él me está acariciando la espalda. Levanto un poco la cabeza para mirarle, y él me besa. A plena luz del día, me besa.

—¿Nos vamos para casa, o te quieres quedar un rato más?

—Las dos cosas. —Sonrío—. Pero debes de estar entumecido si he dormido encima de ti.

—El poco rato que te he dejado. —Sonríe. Y sé que me he ruborizado. Se pone serio de golpe.

—¿Estás bien? —me pregunta.

Quiero decirle que soy feliz, que ni en mis mejores sueños había sido tan increíble, que quiero más y más y todo de él, que me duele el culo y que nunca pensé que pudiera sentirme tan pleno. Pero como no sé cómo hacerlo, tan solo me acerco a él, y le beso. Él me coge de la nuca, tira de mí, y vuelvo a estar entre sus brazos. Y se ríe en mi boca cuando nota que tengo la polla durísima.

Es casi mediodía cuando volvemos a casa.

Zadrík va camino de la playa cuando bajamos del coche. Nos mira a los dos con una sonrisa y nos saluda con la mano.

—¿Quieres bajar un rato?

—Un rato —digo mirándolo—. ¿Y tú?

—Claro. —Me coge de los vaqueros, tira de mí y me besa en la boca. Cada vez sabe mejor. Y es real. No importa otra cosa más que él.

—Aunque en vez de ir a la playa, podemos ir a la ducha. —Esa voz profunda y lasciva ¿ha sido mía? Y ha sonado tan guarra que ni me lo puedo creer. Pero los ojos de Dale se encienden, me coge de la mano y entramos en casa, derechos al baño.

Me desabrocha los vaqueros, me sube a la encimera del lavabo y me hace una mamada tan bestia que se me nubla la vista y me corro en su boca tan rápido que le oigo reír.

Me coge de la cintura, me da la vuelta. Oigo cómo se desabrocha los vaqueros y en el espejo veo cómo escupe mi lefa directamente en mi culo. Noto la humedad, caliente y pegajosa. Y sus dedos, apretando en mi piel con cuidado.

—Si no quieres…

—Sí que quiero.

—Si te hago daño…

—Dale —jadeo su nombre cuando me mete un dedo.

—¿Bien?

—Síi. —Muevo el cuerpo—. Joder, sí. — Le oigo reír.

Me masturba muy despacio, mi cuerpo se va abriendo a él con facilidad. Como si supiera lo que hacer, casi mejor que yo. Se me acelera la respiración cuando me coge de la cadera, y los dos soltamos un grito cuando me penetra, despacio, empujando poco a poco sobre mí, hasta que me abro entero a él.

Me aprieto contra él, arqueo la espalda y llego hasta su boca.

—Joder, Álex —jadea—. Álex.

Noto cómo se le va tensando el cuerpo, cómo se le va acelerando la respiración, cómo me clava los dedos en las piernas. Se corre, me aprieta, y me lleva al límite sin apenas haberme dado cuenta de que yo también estaba a punto. Grito su nombre cuando me corro. Dale Dale Dale.

Estoy temblando.

Él se desnuda, se mete en la ducha y me coge de los testículos con suavidad.

—Ven aquí. —Tira de mí y yo me abrazo a él—. ¿Estás bien?

Sus brazos me sujetan. Porque mis piernas apenas lo hacen.

—Dale —jadeo en sus labios, bajo el agua caliente.

Me besa. Y siento que estoy completo. Y que quiero más.

Debe de ser tarde. Estamos tumbados en la cama, boca arriba los dos, yo apoyado en su hombro, él con la mano en mi cabeza.

Del otro lado de la casa se oye música y huele a comida. Las tripas me rugen y Dale se ríe. Quiero decirle un montón de cosas, pero soy incapaz. Quiero decirle que soy feliz, que no entendía nada, que nunca he entendido nada, pero ahora sí, que es él, cuando me mira, cuando me toca, es ahora, agotado de follar, medio dormido, cuando, con solo decir su nombre, todo tiene sentido.

—Álex. —Oigo mi nombre en un susurro. Reverbera en su cuerpo, en sus pulmones. Le miro y él me besa. Tira de mi cuerpo para pegarme al suyo. Me abraza y me besa, y yo le abrazo porque es justo lo que siento. Todo eso que él me está diciendo sin una sola palabra.

Poco a poco me suelta.

—Anda, vamos a comer… o a cenar, no lo tengo muy claro.

Se ha levantado y se está poniendo un pantalón de chándal.

Gateo en la cama hasta él, le echo los brazos al cuello y le beso. Él me pone las manos en la cintura, las desliza despacio sobre mis costillas, me acaricia la espalda, me abraza.

Sin darnos cuenta estamos otra vez tumbados en la cama, cuando mi tripa suena de nuevo de forma escandalosa. Dale me suelta la boca de golpe.

—Vale, ya —Ríe—. Haz el favor de ponerte algo de ropa encima. —Me coge de las muñecas—. ¡Es fácil! Nos vestimos, salimos, comemos.

—Y nos volvemos a la cama

—¡Exacto! —Ríe—. ¿Ves? Fácil y rápido.

—Rápido puede —otra vez esa voz sale de mi garganta—, fácil no va a ser.

—Joder, Álex. —Le brillan los ojos cuando me mira.

Salgo de la cama, me pongo unos pantalones y cuando paso por su lado me empuja contra la puerta y me besa, tan intensamente que hace que todo mi cuerpo tiemble.

—Tienes razón —susurra—, fácil no va a ser.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

Dormir a su lado era algo que necesitaba sin saberlo.

Después de aquella primera noche en el coche, me mira de otra manera. Sus gestos tensos han desaparecido. Me toca, me acaricia. Me besa. Me besa constantemente y a mí me hace feliz.

Entre risas me contó que se hizo daño en la lengua el día del desguace, para no abalanzarse sobre mí, en ese momento en el que yo casi estuve a punto de besarle, a pleno sol.

Me dice, ruborizado, que aún tiene la tuerca, aquella con la que estuvo jugueteando, la que yo saqué del faro izquierdo que ahora lleva mi coche.

Por las noches, en la cama, con la piel oliendo a sal y a semen, se abraza a mí, me besa, me mira… Y yo siento que todo está en su sitio.

La voz que me dice que es demasiado joven no ha desaparecido del todo. Sigo mirándole fijamente, buscando un momento de duda, o de confusión. Nunca lo encuentro. El solo me mira a mí.

Es el único lugar de mi vida en el que simplemente puedo ser, sin que se me exija nada.

—Dale. —Estamos esperando unas olas, y bastante grandes, cuando la voz de Zadrík me desconcentra.

—¿Sí? — Le miro. Por un momento dejo de contar.

—Me gusta ese crío.

—A mí también.

—Eso es obvio. —Arquea una ceja. Debió de ser guapísimo antes de los accidentes. Antes de las cicatrices. Sarah ha visto en él al hombre que siempre ha sido, sin importarle los trozos que se van quedando en los arrecifes y entre los dientes de algún marrajo.

—Es buen chico. Este te viene bien. Su compañía te hace libre.

—¿Sarah piensa lo mismo?

—Ella ha visto más. Lo adora. Vamos.

—¿Vamos?

—¿No te he enseñado nada, niñato? —Le veo que se sujeta a la tabla, con los ojos encendidos de adrenalina. He dejado de contar y el mar me atrapa. Le oigo reír antes de que el agua me arrastre.

Llego hasta la arena, resoplando. Clavo la tabla en la arena. He perdido de vista a Zadrík, pero al fin le veo, a lo lejos. Morirá en el mar. Sarah lo dice a menudo.

Álex está sentado en la arena. Me está mirando fijamente. Me dejo caer a su lado. Hace mucho viento y el sol ya no pica tanto, se está terminando el verano.

Le pongo la mano en la espalda, y él se gira para mirarme. La sal y la arena le han curado las heridas de los pies y el sol brilla sobre su pelo rubio. Tiene la boca azul y me sonríe.

—¿No sales más? —Señalo las olas.

—Hoy es más difícil que otros días —Me hace un gesto y nos tumbamos juntos—. He tragado mucha agua.

—Sí, hoy está un poco picado, pero es más divertido.

Me ha cogido la mano, ausente.

—¿Estás bien? —Me siento en la arena—. Pareces muy serio.

—Se está acabando el verano. —Gatea y se cuela entre mis piernas, apoyando la espalda en mi pecho. Con cuidado, le aparto el pelo y le beso en el cuello. Suspira. Me coge del brazo y se lo echa por encima del cuerpo y yo le aprieto contra mí. Gira la cabeza y me besa en los labios. Es lo fácil que me resulta estar con él lo que más me sorprende. Nunca antes me había sentido a alguien tan cercano como con él.

—Mi padre se marchó cuando era pequeño —me suelta de golpe— y mi madre se quedó meses en casa. No salía de la cama, apenas comía y tomaba muchas pastillas. Tuve que levantarme solo, porque no había nadie a quien le importara.

—¿Cuántos años tenías?

—Creo que siete u ocho. No lo recuerdo bien. Sobrevivía a cereales con leche y manzanas. Y lloraba todas las noches. Solo cuando nadie me veía. —Se incorpora para mirarme a los ojos—. No soy un niño frágil. Ya no.

—Lo sé. —Le aparto el pelo de los ojos.

—No me has hecho absolutamente nada que yo no quisiera. Deseaba hacerlo.

—¿Ha pasado algo, Álex?

—Sí. Te oigo pensar. —Suelto una carcajada, tiro de él y nos tumbamos de nuevo en la arena. Le beso en la cabeza.

—¿Así que deseabas hacer lo que hacemos?

—Sí —Levanta la vista y me mira a los ojos. Está sonriendo—. Desde antes de saberlo, incluso, lo deseaba.

—Ya… Creo que a mí me paso algo parecido. —Estaba loco por ti y ni me había dado cuenta.

—Dale. —Se incorpora, apoya en codo en la arena, se gira hacia mí. Su expresión no es, en absoluto, la de un niño—. Nunca pensé que pudiera sentir tantas cosas por una persona.

Quiero levantar el brazo, tocarle. Pero está tan perfecto ahora mismo que ni me muevo. Solo le miro.

Es él quien se acerca a mí y me besa, me acaricia el cuello mientras lo hace, y se deja caer suavemente sobre mi cuerpo.

Suspira cuando le abrazo, cuando le sujeto contra mí, le tumbo en la arena y le acaricio el pecho con los dedos.

—¿Ves? —me dice—, es la piel, el corazón que me va a millón, los pulmones que me arden.

Le aprieto contra mí. ¿En serio es un niño?

—Dale —jadea, me abraza, tiene las pupilas dilatadas.

—Álex. —Su nombre me sale del corazón, y tengo que morderme la boca para no soltar una barbaridad.

Porque lo que siento por él me está desbordando, y no quiero hacer otra cosa que esto.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

Volver a casa fue duro. Bueno, dejarle en casa fue lo realmente duro.

Aparqué donde siempre y apagué el motor. Él me coge la mano y yo le acaricio los dedos.

—¿Estás bien?

—No. —Me mira a los ojos—. ¿Podemos volver a irnos?

—Ven aquí, anda. —Echo el asiento para atrás y él gatea hasta mí. Se tumba sobre mi cuerpo, con la cabeza en mi hombro. Su respiración me acaricia la piel. Le aparto el pelo de la cara y le beso en la nariz. Sonríe.

—No sé cómo voy a dormir esta noche sin ti.

—Yo tampoco — admito—, y me estoy planteando muy en serio secuestrarte.

—Hazlo. —Su respuesta no tarda ni medio segundo.

Nos reímos, nos besamos, nos abrazamos. Sé que tengo que volver a la realidad, esa puta no espera.

—Mañana tengo que trabajar. ¿Quieres que nos veamos luego?

—Claro que quiero que nos veamos luego.

—Si necesitas algo, dímelo.

—A ti en mi cama.

—No me lo pidas dos veces, por favor, que arranco el coche y nos vamos otra vez.

Me sonríe. Sabe que lo digo en serio. Sabe que lo dejaría todo porque él es lo único que me importa.

Nos quedamos así, abrazados, en silencio. Sé que tengo que mandarlo a casa, pero soy incapaz.

Las manos se me van sin darme cuenta de lo que hago. Es cuando se le empieza a acelerar la respiración cuando noto lo cachondo que me he puesto. Le suelto, despacio, con los músculos tensos por el esfuerzo de apartarme de él.

Espero a que entre en casa para marcharme. Arranco el motor cuando él cierra la puerta. Voy a casa, con una sonrisa en los labios, su olor por todo el cuerpo y la sensación de que estoy total, completa y absolutamente enamorado de él.

ÁLEX.

QUINCE AÑOS.

Volver a casa fue duro. Habíamos pasado casi un mes juntos. Durmiendo juntos. No habíamos hablado de nada cuando me dejó en casa el miércoles por la noche. Me besó en la boca, con una mano sujetándome la nuca y la otra entre mis piernas. Me besó hasta que se me empezó a acelerar la respiración y me soltó, despacio.

—Mañana tengo que trabajar ya —me ronronea en los labios—, ¿quieres que nos veamos después?

—Quiero verte después.

Me sonríe, aspiro su olor un par de veces.

—Anda, que te vea entrar en casa, que al final arranco y nos marchamos otra vez.

—Recuérdame por qué no podemos hacer eso… —Se ríe. Le beso de nuevo, salgo del coche y voy hasta mi casa arrastrando los pies.

Espera a que entre en casa, como siempre, y le oigo marcharse a través de la puerta.

Oigo ruido en la cocina.

—¿Mamá?

—Sí, aquí. —Me asomo a la cocina con un sonrisa.

—¡Madre mía! —exclama al verme—. ¡Pero si estás moreno!

—¡Lo he conseguido! —Creo que es la primera vez en mi vida que me pongo moreno.

—¿Tienes hambre? Entro a trabajar en un par de horas, podemos comer algo antes, y me cuentas cómo lo has pasado.

Le conté que había hecho surf, que había estado más tiempo en el agua que sobre la tabla, pero que la primera ola que cogí sin caerme fue una pasada. Quise contarle todo lo demás, pero guardé silencio. Estábamos sin discutir y eso era bueno.

Ella se alegró de que el tinte hubiese desaparecido por completo. Me dijo que me veía más mayor.

—Lo soy, mamá. —Pero ella se lo tomó a broma. Era verdad que me sentía más mayor. Más ubicado. Menos, muchísimo menos frágil.

Al mirarme en el espejo aquella noche, en pijama, me vi distinto. Era mi espejo de siempre, mi habitación de siempre, mi pijama de siempre. Pero yo no era el de siempre.

El sol me había quemado el pelo, estaba moreno, había echado brazos, pero, sobre todo, me sentía más seguro de mí mismo.

El jueves por la mañana empezaron las dudas y el miedo.

No habíamos hablado, la gente tiene líos en vacaciones, no sabía qué iba a pasar a partir de ahora, y estaba nervioso.

Me dijo que tenía que trabajar todo el día, así que intenté mantenerme ocupado. Ordené la habitación, lavé la ropa, un poco a regañadientes, porque olía a playa, hice un par de recados que mi madre me había dejado apuntados, y ya para primera hora de la tarde, empecé a mirar el móvil cada medio minuto.

Estaba con una presión insana en el pecho, cuando la pantalla cobra vida.

¡¡Videollamada!!

Contesté de inmediato.

—¡Holaaa!

—Llevo todo el puñetero día echándote de menos —fue lo primero que me dijo.

—Ah, ¿sí? —Mi cara de bobo debía de ser de traca.

—Ni un rato he tenido libre para escribirte. —Me sonríe.

—¿Estás cansado?

—Mucho. ¿Qué has hecho hoy?

—Poco. Recados para mi madre, ordenar cosas… —Y pensar en ti todo el tiempo.

—Oye, estoy hecho polvo.

—Lo entiendo.

—Y sé que es muy tarde.

—Lo es.

—¿Crees que, si voy, podrías salir un rato?

—Esto no me lo esperaba.

—Te llevo una mierda azul y, aunque sea en el coche, pasamos un rato juntos.

—¿En serio?

—De verdad que me muero de ganas de verte.

—Y yo a ti, llevo todo el día pensando en ti… —le digo, y él sonríe.

—¿Me paso?

—Sí. También puedes entrar.

—No, no puedo.

—Claro que sí.

—Álex, es muy probable que me enganche a tu boca en el puto segundo en el que te subas al coche, ¿entiendes?

—Espero que hagas eso. —Estoy sonriendo como un idiota. Lo sé, y lo peor es que me da igual.

—Pues eso. ¿Sales en diez minutos?

—Te espero donde siempre.

Los diez minutos se me hicieron eternos. Pensar en él me tiraba del ombligo.

Me recogió sobre las diez de la noche. Había gente por la calle, aún era verano y hacía buen tiempo. Condujo hasta el descampado donde íbamos a oír música.

—Tira.

—¿Qué?

—Atrás. Tira para atrás.

Entre risas nos fuimos a la parte de atrás del coche. Nos abrazamos, nos besamos. Como si hubiesen pasado meses. Me quita la camiseta mientras yo me enredo con sus vaqueros. Cuando por fin estamos desnudos, se me escapa un suspiro de felicidad.

—Dale —le ronroneo en el cuello—, ¿y mi mierda azul?

—¿Qué? —Levanta el cuerpo para mirarme. Y se echa a reír al ver mi cara intentando parecer serio—. Te voy a dar mierda azul.

Río. Toda la angustia de no saber nada de él en todo el día ha desaparecido.

No es la playa, no estamos de vacaciones, pero sigo al otro lado del espejo.

Me deja en casa antes de medianoche, bien follado y corrido.

Con la coña de esto es tuyo, esto es mío, espera, que saco la pierna por aquí… ha sido un espectáculo vestirnos en el coche, llevo su camiseta. La mía le queda obscenamente ceñida.

Espera a que entre, como siempre. Y cuando le oigo marcharse, estoy sonriendo.

-—¿Ya estás en casa, Álex? —Mi madre desde la cocina, se asoma—. ¿Y esa camiseta?

Mierda.

—De la playa. —Dale se la compró en la playa—. ¿Te gusta?

—Hijo, no, qué tétrica, ¿y está rota? —Él le cortó las mangas para que le entrara.

—Se lleva así.

—No recuerdo que hayas salido con eso puesto. —Eso, dice eso.

—No, mamá, es que me he desnudado por ahí y me he puesto la camiseta de otro tío.

—Hijo, no te metas conmigo.—Se ríe—. Siento ser aguafiestas, pero ha llegado la lista de los libros. ¿Los compras mañana?

—Claro. ¿Tan pronto?

—Aún te quedan unos diez días de libertad, tranquilo. Pero compra los libros cuanto antes, ¿de acuerdo?

—Vale. Buenas noches.

Me encierro en mi habitación. Tengo cuatro mensajes de Dale.

Dos llevan foto. El primero, de mis zumos de uva, «sí te llevaba tu mierda azul, pero se me ha ido la cabeza a otra cosa», caritas con muchos guiños.

La segunda foto me corta la respiración. Del cuello para abajo, con los vaqueros desabrochados, la línea de la pelvis al descubierto y mi camiseta marcándole el cuerpo: «Esta camiseta me va pequeña, pero me encanta cómo huele», «ni me ducho hoy, tengo tu lefa pegada a la piel y me encanta», «¿haces algo mañana?».

Le contesto enseguida: «Yo tampoco voy a ducharme, huelo a ti y me gusta demasiado», «dormiré con mi camiseta nueva» «¿mañana? Verte, espero».

Me contesta enseguida: «¿Ya estás en la cama?».

Muerto de vergüenza, le mando una foto, tirado en la cama, con su camiseta resbalándome por los hombros

«Joder, Álex, estás para comerte».

«¿Te dejo la ventana abierta?».

«Tú sigue».

Caritas de risas.

«Buenas noches, nene».

«Buenas noches», y tengo que borrar amor.

ÁLEX.

QUINCE AÑOS.

Al despertarme por la mañana, tenía un mensaje suyo.

«Hoy salgo a mediodía, me ha llamado Mike, que estarán comiendo en el puerto. ¿Te apetece ir?».

«Sí me apetece».

Al salir de la ducha, tengo otro mensaje.

«¿Te paso a buscar a la una?».

«Tengo que ir a comprar los libros».

«Yo también. ¿Vamos juntos después de comer?».

«Síííí».

Tenía muchas ganas de ir al puerto con él. Pero, mientras le esperaba donde siempre, me empecé a poner nervioso. Comer con Mike y sus amigos. ¿Y cómo puñetas me presento allí? ¿Cómo hago para no mirarle? ¿Para no tocarle?

Cuando llega me lo ve en la cara.

—¿Nervioso?

—Mucho.

—Oye —pone punto muerto y gira el cuerpo hacia mí—, no sé si te estoy presionando demasiado…

—¿Presionar?

—Quiero decir. —Se pasa la mano por los ojos—. Álex, me gustas mucho. Y me encanta estar contigo. Pero a lo mejor tú prefieres, no sé, ir más despacio, o…

—¿Estamos juntos? —Le corto, de golpe, con ansiedad en la voz.

—Yo estoy contigo. —Sonríe.

—Pero me refiero a… —No termino la frase porque me está besando. Se separa de mí, me mira a los ojos y me dice en un susurro:

—Yo estoy contigo, nene. ¿Tú estás conmigo?

—Del todo.

—¿Y quieres?

—Sí. Si es contigo, sí.

Me aparta el pelo de la cara, y me acaricia una ceja.

—¿Vamos?

—Sí.

Y, cuando bajamos del coche, Dale me coge de la mano. Es la sensación más maravillosa del mundo. Sus amigos están en el muelle. Mike, Jayson, Oliver y mi amigo Lucas. Mike es el primero en venir hacia nosotros, pasa por completo de Dale y me abraza. Y no es un abrazo de colegas. Es un abrazo casi familiar.

—Sono davvero felice —murmura sin soltarme.

—No te pongas a llorar, Mikiiii. —Jay suelta una carcajada—. Deja al chico que respire un poco.

—Síi… Perdona.

—Me ha gustado —digo mirándole a los ojos.

Los demás también me abrazan. Lucas me mira, un poco confundido, y aprovecha un momento que voy al baño para ir detrás de mí.

—Eh, Álex.

—¿Sí?

—Tú y… O sea, tú y él estáis… ¿juntos? —Le sonrío como respuesta—. No me habías contado que te gustaba.

—Es que no sabía… Quería habértelo dicho, pero tampoco sabía qué decir.

—Ya —asiente—, supongo que no es fácil.

—No tenía claro lo que sentía.

—Dale es buen tío —suelta de golpe—, y la verdad es que pegáis un montón.

Miro hacia donde está sentado. Me ha dejado un hueco entre él y Mike, para que no me sienta apartado.

Cuando volvemos a la mesa, Dale me mira, en silencio. Yo sonrío, para contestar esa pregunta que me está haciendo. Entonces él pasa el brazo por mi espalda y me acerca a su costado. De la forma más natural del mundo.

—¿Hambre?

—Mucha.

—¿De comida? —Pone cara de bicho.

—También —le contesto con una sonrisa.

Oigo a Mike soltar una carcajada. Y Dale me besa, delante de sus amigos, y todo es perfecto y normal. Porque estamos juntos.

Oficialmente, se terminan las vacaciones.

El lunes empieza el curso y yo tengo un nudo en el estómago. Imagino que, por costumbre, porque este año todo va a ser diferente.

Dale me ha insistido en que no quiere presionarme, que vamos a mi ritmo y mil cosas más. Cada vez que me ha dicho algo así, yo he terminado colgado de su cuello.

El sábado por la tarde pasamos el día juntos. Me recoge temprano, vamos a dar una vuelta con el coche, y a mediodía, vamos a tomar unas cervezas.

Estamos sentados en una mesa cuando, de golpe, se me escapa la pregunta:

—¿Qué va a pasar el lunes en el insti?

—¿Qué quieres que pase? —Me mira con una sonrisa.

—Me gusta esto —señalo entre nosotros.

—¿Alitas y cerveza? —Levanta una ceja con una sonrisa.

—¡Dale! —Él se ríe, y me coge la mano.

—Y a mí.

—Pues eso.

—¿Eso qué, Álex? —Se lo está pasando en grande.

—Que me gusta.

—Y a mí. Mucho. Y tú me gustas mucho.

—¿Sí? —Oírle decir eso me hace sonreír.

—¿No te habías dado cuenta?

—Dale… —Se levanta de la silla y me besa.

—¿Vale? —Me mira a los ojos.

—Vale.

—Que te quede claro que eres mi chico.

Esta vez soy yo el que se levanta para besarle.

En este lado del espejo, soy feliz.

CAPÍTULO TRES

A LA VISTA DE TODOS

ÁLEX.

QUINCE AÑOS.

Es lunes, son las siete de la mañana, acabo de salir de la ducha y me estoy vistiendo.

Primer día de insti.

Al mirarme al espejo, me doy cuenta de lo que me ha cambiado el verano. Voy con mis vaqueros nuevos, negros, impecables y bien ceñidos. Un par de cinturones, una camiseta y mis Martens blancas, que, una vez terminaron de morderme, no puedo dejar de usar.

Pero no es solo la ropa, mi postura es distinta. Ya no escondo mi altura, ya no voy encorvado. Ya no me importa ser visible.

Me peino el pelo con los dedos, cojo la carpeta y salgo de casa.

Dale me espera donde siempre, sentado en el capó del coche. Sonríe al verme y me hace un gesto para que me siente a su lado.

—Estás guapísimo. —Me ruborizo, porque que él me diga eso….—. ¿Listo para el primer día?

—Sí.

—Va a ser duro.

—Lo sé.

—Van a hablar. Y mucho. Cariño, no quiero que sientas que tienes que hacer nada. —Tiene algo en las manos. Algo brillante.

—Dale… —Temo que no quiera, cuando me suelta de sopetón:

—Como alguien te diga una burrada, es muy probable que le parta la boca.

—¿En serio? —Una sonrisa de idiota me ilumina la cara—. Pensé que te habías rajado o algo.

—¿Aún no lo has pillado? —Se levanta del coche y me mira. Con una sonrisa que hace que me tiemblen las entrañas, abre las piernas, a ambos lados de mí, y se pega a mi cuerpo. Me besa. Tan intensamente que me hace jadear—. Me gusta esto — con voz ronca señala entre los dos, como hace unos días hice yo en el bar

-—Pero seguro que no me has traído mierda azul.

—Joder, Álex —Me coge la cara con las manos y me besa de nuevo, entre risas. Con lentitud se aparta de mí, y me da lo que tenía en las manos.

—Este es, para mí, el símbolo más importante que existe. Habla de la amistad, la devoción y el amor hacia una persona. Nunca lo había entendido del todo…

Una cadena, con un colgante en el que, dentro de un aro, hay un corazón, dos manos y una corona.

—Quiero que sepas todo lo que significas para mí. Y mira eso cada vez que dudes. —Él se señala al pecho, donde lleva uno igual—. Y ahora sube al coche, anda, que como me sigas mirando así no voy a poder aguantarme más.

Se levanta, y yo me muevo, pero no hacia el coche, hacia él. Le echo los brazos al cuello y le abrazo con fuerza. Él me aprieta por la cintura.

—¿En serio estás seguro?

—¿De decirle a todo el mundo que estamos juntos? —murmuro en su cuello—. Nunca en mi vida he estado tan seguro de algo como lo estoy de ti, Dale.

—Entonces, vamos.

Me pongo la cadena, y soy feliz.

Llegamos al instituto. Llevo un nudo en el estómago, una parte de mí sigue siendo ese niño asustado del año pasado.

La otra parte nota las miradas al bajar del coche y, sinceramente, le importan un cojón.

Mike y Jay nos están esperando junto al coche de Mike. Los dos me sonríen cuando nos acercamos. Este año también hay abrazos para mí.

Oigo que me llaman, y se me pone la carne de gallina antes de darme la vuelta. Emma se acerca a mí, se come con los ojos a Dale, y a mí me mira exactamente igual.

—Madre mía, qué cambio has dado, qué guapo estás. —Me pone una mano en el brazo, y yo me aparto. Ni contesto, ni sonrío. Nada.

—Vamos a mirar las listas. —Detrás de mí, la voz suave de Dale. Giro el cuerpo hacia él—. ¿Vienes?

—Sí. —Le tiendo la mano, y él me la coge al momento.

A mi espalda, a todo volumen, oigo: «¡¡Pero qué puto desperdicio!!».

Entro al instituto cogido de la mano de Dale.

Coincido en clase con todos mis amigos. El año pasado estábamos en aulas separadas. Dale me acompaña hasta la puerta.

—A cualquier cosa, me avisas.

—Claro. —Soy reacio a separarme de él.

—¿Estás bien?

—Sí.

Lizzy se acerca a mí, con la carita baja.

—Hola, Dale —dice a los zapatos.

—Hola, Li. —Usa el diminutivo que solo uso yo con ella. Mi amiga levanta la vista y le sonríe con timidez.

—Me voy a clase, ¿te veo en la comida?

—Siip. —Y sin pensarlo, me acerco a él a besarle.

—Hasta luego, nene.

Lizzy me coge del brazo y da saltitos a mi lado.

—Áleeeex, ¡es una pasada! Madre mía, qué guapo es de cerca.

—Me sigue cortando la respiración.

Nos sentamos, todos juntos. Travis, delante de mí, como el año pasado, se gira en su asiento.

—¿Por qué no me dijiste nada? Me pasé todo el año hablándote de tías, debía de tenerte hasta los cojones.

—Es que no sabía cómo, ni qué…

—Pues me alegro por ti —asiente—, la verdad es que pegáis un montón.

—Ya te lo dije. —Lucas se sienta a mi lado.

—¿Lo sabías? —Travis mira a Lucas.

—No, no —levanta las manos—, a mí tampoco me lo contó, pero los vi juntos la semana pasada —encoge los hombros—, y me parece que…, no sé, que pegan.

—Hacen una pareja de la hostia — dice Travis—. A más de una le habrá sentado como un tiro.

—Sí, Dale es una pasada. —Sonrío.

—Lo digo por ti, Álex.

—¿Cómo?

—No miras a tu alrededor, ¿verdad?

Y en el descanso, todo el instituto habla de que estamos juntos. Quitando alguna mirada absurda, y cuchicheos que se cortan de raíz cuando miro, no ocurre nada más.

A la hora de comer, bajamos al parque todos. Los «mayores» se han puesto en una mesa más grande para que entremos todos. Dale me hace un gesto a su lado, entre él y Mike. Me desplomo, y él me echa el brazo por los hombros.

—¿Qué tal?

—Muchos cuchicheos, pero nadie ha tenido cojones de decirle nada a la cara. —Travis contesta por mí—. Pero mucha mirada envidiosa.

—Eso también lo he visto yo —afirma Francis.

—Pues yo solo sé que ya tenemos deberes. ¿El primer día? Vaya mierda. —Le miro a los ojos—. Y se me ha hecho muy largo.

—Y a mí… —Muevo un poco el cuerpo para apoyarme en su costado.

—Aquí es donde quería estar —murmuro en su cuello.

Vamos al descampado después de clase, a oír música. Terminamos metiéndonos mano y pringosos de semen.

—¿Por qué me gusta tanto esto? —Estamos abrazados en el asiento trasero.

—¿Que te ponga perdido?

—Eso también. —Le oigo reír.

—Cuando me tocas tú es infinitamente mejor.

—Ah, ¿sí?

—Ya lo creo. —Levanto la cabeza para mirarle. Le brillan los ojos en la oscuridad—. Cuando me tocas… Todo es más intenso.

—No te vayas tan lejos, anda. —Me vuelve a pegar a su cuerpo.

Permanecemos en silencio, escuchando música. Hasta que una canción hace que se me ponga toda la piel de gallina.

—Pero ¿qué es esto? —jadeo.

—Sabía que te gustaría —la pone de nuevo—, y no quería decirte; escucha esto, quería que te pillara desprevenido.

—Dale…

—¿Recuerdas lo que te dije esta mañana? —Pone de nuevo la canción.

—Sí. —Echo la mano a mi colgante. Pero él me coge la mano y la apoya en su pecho, sobre el suyo.

—El «lo siento» del final también es necesario.

—¿Qué?

—Siento haber puesto tu mundo patas arriba, pero una vez entraste en mi vida, ya no podía soltarte.

—Mi mundo eres tú. Antes no había nada.

—Álex. —Pero solo dice mi nombre. Aprieta mi mano con la suya, sobre su pecho.

Y, como pasa muy a menudo cuando me mira de esa manera, el mundo simplemente deja de existir.

La primera semana de instituto fue normal. Todo lo normal que podía ser para un adolescente que acaba de salir del armario de la mano del amor de su vida.

Me censuraron los tres primeros dibujos que presenté. El contenido no era correcto para un instituto. Eran agresivos, explícitos y podían herir la sensibilidad.

También me enteré de que habían llamado a Dale al despacho del director para que disminuyera sus muestras de cariño hacia mí en los lugares comunes del centro.

No me lo podía creer, pero sí me lo creía.

Las dos veces que, durante el verano, se lo insinué a mi madre, la conversación terminó de la peor manera.

Estaba deseando que llegara el viernes.

Estaba deseando pasar un rato a solas con él. Qué coño, me moría de ganas de echar un polvo detrás de otro.

-—¿Tienes ganas de salir? —me pregunta el viernes por la noche, al recogerme después del trabajo.

—Sí. —Acerco todo el cuerpo a él—. Qué bien hueles.

—Ven aquí. —Me coge de la nuca y me besa. Me quedo sin aire.

—Me muero de ganas —gruño en su boca.

—¿De qué? — Me mete la mano entre las piernas y me aprieta con suavidad.

—De hacerlo.

—Hacer el qué. —Se ríe en mi boca—. Dilo.

—Joder, Dale. —Tiemblo bajo sus manos.

—Dilo —repite—, si puedes hacerlo, puedes decirlo. —Jadea cuando le muerdo el cuello.

—Me muero de ganas de que me folles.

Tira de mi cuerpo y me monta sobre él. Estamos en el descampado, hemos venido a tomar algo antes de ir al Prisma.

—Si empiezo, no voy a poder parar —jadea—, olvídate de ir a ningún sitio.

—Empieza. —Me quito la camiseta casi con rabia, estorba demasiado. —Y no pares.

—Joder, Álex — gruñe; me empuja hacia el asiento de atrás. Se quita la camiseta antes de tumbarse sobre mí—. Una puta semana sin casi poder tocarte. —Se desabrocha los vaqueros a la vez que yo los míos.

—Te prometo que me duelen los huevos —protesto.

—Ven aquí. —Tira de mis corvas, tumbándome en el asiento, me pasa la lengua por la punta de la polla y suelto un jadeo—. No te corras muy rápido.

—¿Y eso cómo se hace?

Le oigo reír. Y me hace una mamada lenta, intensa y maravillosa. La canción que suena en ese momento hace que se me pongan los pelos de punta, y me corro con un grito.

—Álex… —¿Por qué está tan preocupado?—, cariño, ¿qué pasa?

No me he dado cuenta de que estoy llorando. Le abrazo con fuerza y hundo la cara en su cuello para no decirle que le quiero.

—Ha sido una semana más intensa de lo que pensaba — farfullo—, ¡y esa canción! ¡Esa voz! —No puedo parar de llorar. Pero ahora él está sonriendo.

—Se llamaba Chester —me dice—. A veces me olvido que sientes a otro nivel, perdóname, nene.

—No me sueltes —le pido.

—Ni de coña.

—Y fóllame.

—Álex.

—Fóllame, Dale. —Esa voz que me sale a veces, hace que le brillen los ojos.

—Lo que tú me pidas… —La voz le reverbera en el pecho.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

Estamos en la habitación de Mike, tirados en el suelo. Hemos estado jugando a la consola, pero ahora solo miramos el techo y hablamos. Álex está apoyado en mi hombro y yo le acaricio la cabeza. Mike parlotea sin parar hasta que consigue captar mi atención.

—Espera, esperaaa —levanto la mano—, ¿qué?

—Monkey.

—Ni de coña.

—Que sí.

—¡Ni de coña! —Siempre andamos discutiendo de cuál es la mejor canción de este o aquel grupo.

—Sí tío.

—No-no-no. —Me río—. Slave.

—¡Venga, yaaa! —Suelta una risotada—. Eso sí que no. Álex, ¿qué opinas?

—Que no sé de qué habláis —dice con timidez.

—¿No? —Oigo cómo mi amigo se incorpora—. Pues lo mismo…. Oye, se me ha ocurrido una cosa: maratón de Skid Row.

—Espera un momento. —Le beso en la cabeza y nos incorporamos también, miro a mi amigo—. Ahora, habiendo escuchado todo lo que has escuchado en tu vida, ¿cuál te hubiese gustado que fuera la primera?

—Hostias, qué difícil. —Se estira hacia atrás y saca los discos. Se lo va a tomar muy en serio.

—La primera.

—La que más… —Se queda mirando los vinilos—. Joder, pues no es de mis favoritas, pero reconozco que me hubiese gustado oírla la primera.

—Breakin´ Down —digo.

—Más que 18 —Asiente, con el vinilo en la mano.

—Creo que sí. No la mejor, la más… No sé cómo explicarlo.

—No hace falta. Te entiendo.

Álex nos mira, con sus preciosos ojos de ciervo llenos de curiosidad. Mike y yo estamos cotorreando a la vez. Mi amigo pone el disco y yo le pongo los cascos enormes en la cabeza. Él aprovecha para darme un beso rápido en los labios.

Le ponemos la canción y nos apartamos para mirarle.

Está sentado, con las piernas cruzadas, las manos sobre los cascos, la cabeza baja, y los ojos cerrados.

—Es guapo, el jodío —me susurra Mike. Estamos los dos mirándole.

—Es perfecto. En todo. —Suspiro—. Y encima, guapo.

Mueve los ojos bajo los párpados.

—Lo mismo Quicksand —duda Mike.

—No, es esta, ya lo verás.

Esperamos. La canción avanza y la voz de Sebastian le invade del todo. Estira la espalda, abre de golpe los ojos, brillantes, y nos mira.

—Sí —dice Mike—, esta. —Chocamos la mano por encima de la cabeza.

Pero no puedo dejar de mirarle. Cómo se le ha acelerado la respiración, cómo sus ojos revolotean sobre mí, cómo sonríe, cómo va sacando los dientes poco a poco.

—Hostiaputa —farfulla Mike—, creo que os voy a dejar solos. —Suelto una carcajada.

Cuando termina la canción se lanza sobre mí, me echa los brazos al cuello y me besa con fuerza.

—¿Te ha gustado? — Le aparto el pelo de la cara.

—Joder. —Sonríe—. Su voz… Joder.

—Me bajo a la cocina. —Mike está con una sonrisa en toda la cara—. ¿Queréis algo de beber?

—Sí —suelta Álex, con esa voz toda brea.

—La madre que lo parió —oigo a Mike. Pero le oigo muy lejos, porque me cuesta pensar. Tiro de su cuerpo y él se pega a mí, sus piernas alrededor de mi cintura. Se sienta sobre mí, se mueve despacio, y puedo notar cómo se le va acelerando la respiración.

—Álex. —Tiembla entre mis brazos cuando digo su nombre. Me besa con una intensidad salvaje y aun así noto una ternura infinita. Cuelo las manos por debajo de su camiseta y jadea cuando le toco la piel.

—Joder —gruño—, me estoy poniendo a millón. —Él se ríe, se pega más a mí, y en mi oreja, después de besarme en el cuello, me susurra:

—Fóllame muy rápido.

No me lo tiene que repetir. Me pongo de rodillas y le tumbo en el suelo el tiempo justo para quitarle los vaqueros. Por el rabillo del ojo veo que Mike ha cerrado la puerta.

Le meto la mano entre las piernas y le sujeto de los testículos con suavidad. El levanta la cadera con un gemido. Me desabrocho los vaqueros y él sonríe al oír el tintineo de mi cinturón.

Tiro de su cintura y le levanto del suelo. Me coge la polla con las dos manos y suelto un jadeo que le hace sonreír. Me mira con ojos turbios. Yo no sé dónde ha aprendido a mirar así, pero me vuelve totalmente loco.

—Ven aquí —gruño. Le doy la vuelta con fuerza y se monta sobre mí con un gemido. Le escupo directamente sobre el ano y le meto un dedo muy despacio.

—Dale —jadea.

—¿Te duele?

—Nooo. —Gime—. Más.

—Joder, Álex. —Me cuesta ir despacio. Tengo tanto miedo de hacerle daño que tenso todos los músculos del cuerpo, porque no quiero perder el control. Le masturbo por delante y por detrás. Tiembla entre mis brazos.

—Fóllame —jadea—. Dale, fóllame.

Le suelto de la cintura y se la meto despacio, muy despacio. La respiración acelerada, los gemidos… Le penetro hasta el mismo fondo.

—¿Bien?

—Sí…, sí, bien. —Me muevo despacio sobre él. Me coge de los brazos cuando le rodeo. Gira la cabeza y me busca la boca.

—Aguanta todo lo que puedas. —Le muerdo el cuello. Gime, tiembla.

—Dale. —Su respiración acelerada me acaricia los labios—. Dale…

Sé que se está corriendo. Lo huelo, lo noto en toda su piel, en cómo se mueve, en cómo se le entrecorta la voz, en cómo dice mi nombre.

—No te pares, Dale, no te pares. —Tiembla entre mis brazos, arquea la espalda.

Y pierdo el control. Es apenas un segundo, pero le embisto con fuerza, con ansia, y le lleno el culo de lefa tan a lo bestia que me zumban los oídos.

—¿Estás bien? —Jadeo—. Álex.

—Joder si estoy bien. —Se ríe—. Me encanta hacer esto. —Se da la vuelta, me empuja, me tumba de espaldas y me chupa la polla, el pecho, el cuello, las manos, los brazos, con los labios, con la lengua, me recorre el cuerpo entero, hasta que llega a mi boca y me besa directamente al alma.

Esa noche, al dejarle en casa, me besa, y cuela su mano con suavidad entre mis piernas. Me aprieta a través de los vaqueros.

—¿Por qué nunca tengo bastante? —jadea—. Siempre tengo hambre de ti. —Su voz se va oscureciendo, sus ojos se van llenando de vicio.

—Como sigas así, un día de estos voy a terminar haciéndote daño.

—No creo. —Me sonríe—. No me importa. —Me besa.

—Álex —jadeo su nombre directamente en sus labios—, tienes que irte a casa, cariño.

—Lo sé. —Suspira en mi cuello. Y, de golpe, la sexualidad nos abandona, y la ternura más profunda se apodera de nosotros.

Echo el asiento hacia atrás y se cuela entre mis brazos. Nos abrazamos. Nos besamos. Suspira cuando le acaricio la cara, el arco de esa ceja perfecta.

—Mándame a casa, que yo solo no puedo. —Sonríe con ternura.

—¿Mañana te veo?

—¡Sí!

—Pues venga —muevo el cuerpo, que me grita todo lo contrario—, que te vea entrar en casa.

Trota hasta la puerta y se gira a decirme adiós con la mano antes de entrar. Estoy enamorado. No hay más. Enamorado hasta el tuétano de los huesos.

Cuando llego a casa tengo un whatsapp suyo. Una captura de Spotify de Breakin´ Down, «otra cosa más por la que darte las gracias».

Hasta el puto tuétano de los huesos.

ÁLEX.

Quince años.

Travis me mira. Me mira sin decir nada. Y soy incapaz de leer su expresión.

—¿Qué? —pregunto al fin, un poco frustrado.

—¿Cómo lo supiste?

—¿El qué?

—¿Que eras…? Ya sabes.

—¿Que soy qué? —Levanto las cejas—. Necesito más datos.

—¿Gay? —pregunta al fin, como con miedo.

—No sé si soy gay — rezongo—, solo se que me gusta Dale.

—Pero ¿cómo lo supiste? —repite de nuevo la pregunta.

—Travis, no te entiendo. —Dejo de garabatear y le miro a los ojos—. ¿Qué te pasa?

Bufa. Suspira ruidosamente e intenta empezar a hablar tres o cuatro veces antes de conseguirlo.

—He estado con chicas, ¿sabes? Este verano. Con varias. Pero… Pero yo no he… —Me mira a los ojos.

—¿No te has corrido?

—Sí. Eso sí lo he hecho. —Se pone colorado, pero sigue hablando—. No he… No he sentido… Aquí. —Y se lleva la mano al pecho.

—¡Ah! —Creo que por fin lo entiendo—. ¿Amor?

—Algo así. No hace falta que sea amor, con un poco de cosquillas me bastaría.

—Ya… —Sonrío—. Las cosquillas no van ahí. —Levanto la mano y espero unos segundos. Como veo que no se echa para atrás, le pongo dos dedos sobre su mano, y se la bajo un poco, hasta el estómago—. Las cosquillas salen ahí…

—¿Aquí?

—Sí —asiento con la cabeza.

—Pues aquí tampoco he sentido nada. —Deja caer las manos—. ¿Y si yo...? —No termina la frase—. Es que os veo a vosotros ¡y quiero sentir algo así!

—Tío, yo he tenido una suerte de la puta hostia de grande. No siempre es así.

—Pero es que yo no siento nada, Álex, nada, aparte de lo físico del momento, el orgasmo rápido y ya está.

—Lo mismo… —Arrugo la frente—. Lo mismo no estás buscando a la persona correcta.

—¿Un chico?

—No. O sí. O no —bufo—; a ver, que tú te fijas siempre en las mismas tías. Que todas están muy buenas, pero ni se puede hablar con ellas ni ser uno mismo. No todo es lo físico.

—Se os ve bien juntos. —Hunde los hombros—. Felices.

Le sonrío. No se qué decirle. No sé cómo paso, no sé en qué momento mi corazón decidió que le amaba. No sé exactamente cuándo me di cuenta.

—No te agobies —le digo al fin—, no lo fuerces. Y sé que es un consejo de mierda.

Miro a Dale, que viene hacia nosotros. Con esa manera de andar que me vuelve loco del todo... Hago un gesto con la cabeza hacia él.

—Pasó poco a poco, con pequeños detalles, y fue mi corazón el que me lo dijo. Que era él.

—Hay mucha gente mosqueada con esto vuestro. —Travis se levanta—. Ten cuidado.

—¿A qué te refieres? —Le miro con el ceño fruncido.

—Habéis roto muchos corazones… —Se mete las manos en los bolsillos. Mira a Dale con timidez, que se ha sentado en el respaldo del banco, detrás de mí—. Me voy a para clase.

Levanto la cabeza, estiro el cuello y Dale me besa, con una mano sobre mi garganta.

—¿Has oído? —le pregunto. Él asiente.

—De varios sitios. —Me acaricia el cuello con suavidad.

—¿Qué significa?

—Que hay gente muy envidiosa. —Encoge los hombros—. No lo sé, cariño. Son cosas que se oyen por los pasillos, pero nadie parece saber de qué va. ¿Tú estás bien?

—Sí.

—¿Nadie te ha dicho nada? —Niego—. ¿Ni al móvil, ni nada?

—Te lo habría contado.

—Lo mismo no le has dado importancia. Yo no lo hice al principio. Fue Mike el que se empezó a mosquear. Dice que como me tienes atontado, no me doy cuenta de las cosas.

Me echo a reír. Tiro de su pierna para que se siente a mi lado y me cuelo en el hueco de sus brazos. Él me aprieta fuerte contra su pecho.

—Me encanta estar aquí —murmuro.

—¿Dónde?

—Aquí. —Le beso en el cuello. Aspiro su olor cuando lo hago. Y él me levanta la cara y me besa los labios.

—Si alguien… Si en algún momento… Si se repite…

—Te lo contaría. Por supuesto que lo haría.

Hemos hablado poco de mi primer año. A mí no me gusta recordarlo y a él lo saca de quicio oírlo. Pero lo sabe. Lo supo antes incluso de estar juntos. Antes de conocernos.

—Dale… —su nombre me resbala por la garganta—, mañana mi madre tiene turno de noche.

—Ah, ¿sí? —Le veo sonreír.

—¿Sabes qué me gustaría?

—¿El qué?

—Que durmiéramos juntos en mi cama… después de follar mucho.

—¿Eso quieres? —Me besa en la cabeza.

—Sí. Me encantaría. Me muero de ganas, la verdad.

—¿En tu casa?

—En mi cama. —Le mordisqueo la oreja—. Tengo muchas ganas de que follemos en mi cama.

—Esa voz… —jadea, me aprieta más fuerte—. Joder, cómo me pone esa voz.

Cierro los ojos cuando me besa. La ternura infinita con la que me acaricia me hace temblar de felicidad.

—Tuviste algo que ver. —No es una pregunta. Me he dado cuenta ahora mismo, de golpe.

—Un poco. Sabía que pasaba algo, pero me di cuenta tarde. Cuando Mike me contó que los vio desde Química, y que te encontró en el suelo… —Le tiembla el cuerpo. O es el mío al recordarlo, no lo sé.

—Pero tú y yo, yo no… Yo no existía —rezongo. Estiro el cuello para mirarle. Él sonríe.

—Estabas en ese banco. —Señala hacia el banco donde me sentaba en Primero—. Llevabas unos vaqueros azules con vueltas en los tobillos, las Adidas blancas y una camiseta azul en la que podría haberme metido dentro contigo. Estabas encorvado sobre el bloc, con el ceño fruncido. Y pintabas con la mano izquierda. Esa fue la primera vez que te vi. Tú levantaste la cabeza, miraste hacia donde estábamos nosotros y pestañeaste varias veces. Bajaste la cabeza, te cambiaste el lápiz de mano y seguiste pintando. Ambidiestro. Pensé. Qué pasada. Te veía correteando por los pasillos, con la cabeza siempre baja. Sabía que pasaba algo. Tardé demasiado en darme cuenta.

Me he quedado sin aliento

—Ese día —murmuro— fue la primera vez que vi a la criatura más preciosa que había visto nunca. Pestañeé porque pensé que no eras real. Y bajé la cabeza para que no me vieras.

Nos miramos a los ojos.

—Y mírate, eres real. —Le cojo la cara con las manos y le beso con fuerza—. Eres la persona más maravillosa que he conocido nunca. —Vuelvo a acoplarme entre sus brazos—. Y encima estás buenísimo. —Suelta una carcajada y me aprieta contra él.

Cuando me deja en casa, antes de irse a trabajar, me dice de nuevo:

—Cualquier mensaje, llamada extraña, lo que sea que te rechine un poco…

—Te lo digo. —Echo el cuerpo hacia adelante y le beso—. Gracias.

—¿Por?

—Por existir.

Espera a que entre en casa para irse.

Mi madre está en la cocina con un café. Tiene el pelo húmedo y el uniforme puesto. Me mira cuando entro en casa. Me mira de arriba abajo.

—No sé si me gusta este cambio tuyo. —Dejo la mochila sobre la mesa de la cocina y cojo una manzana.

—Me siento bien. —Encojo los hombros—. ¿Eso cuenta?

—Podrías sentirte bien sin esas pintas. —Da un sonoro sorbo de café. Se me pone la piel de gallina. Siempre me ha dado mucho asco el sonido de sorber—. ¿Y quién te ha traído?

—Dale.

—Dale esto, Dale lo otro… ¿Por qué no ha entrado?

—Porque se va a trabajar. —Se me está envarando la espalda, lo noto. Me empiezo a poner a la defensiva. Cojo la mochila con la idea de salir de la cocina

—Es que si mi hijo está por ahí con un adulto, qué menos que se presente aquí. —Otro sorbo. Otro escalofrío.

—Dale no es un adulto, tiene diecisiete.

—Y tú quince. Es un adulto a todos los efectos.

—Tengo muchos deberes —repito, con la mochila colgada del hombro. Pero me quedo parado.

—Alexander, no me gusta tu actitud, ni tus modales, ni tu nuevo look, ni que estés todo el tiempo con ese aprendiz de motero.

—¿Qué?

—Ya lo has oído. —Otro sorbo—. Vete a hacer los deberes.

Salgo de la cocina con la cara hirviendo de rabia. A zancadas subo las escaleras y me encierro en mi cuarto.

—Ese aprendiz de motero dio la cara por mí cuando nadie, ni tú, lo hiciste. —Me burbujea tanto la rabia en la garganta que estoy hiperventilando—. ¿Y no te gusta mi look? —Hago un gesto de burla—. Pues vas a flipar a partir de ahora.

En plena rabieta, cojo los últimos vaqueros que me quedaron cortos y unas tijeras. Se los he visto a Dale, se los he visto a Mike, y corto y tiro de la tela hasta conseguirlo.

Cuando la oigo salir de casa, bajo a la cocina, temblando como un perrillo apaleado.

Dice que soy un adolescente difícil, que no soy comunicativo, que no acepto las críticas. Yo no lo veo así, pero supongo que no cuenta.

No cuenta que no recuerde la última vez que me dio un abrazo. O que se preocupó de lo que comía, siquiera. O que ni quisiera me escuche cuando he intentado decirle que quiero a Dale.

Y, de golpe, me doy cuenta de una cosa. Ha dicho adulto. Se ha referido a Dale como adulto. Y yo jamás le he hablado de su edad.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

FINALES DE SEPTIEMBRE.

Me paso a buscar a Álex para ir al instituto. Me está esperando donde siempre.

Y me quedo con la boca abierta.

—¡¡Joder!! —digo cuando se sube al coche. Se acerca a besarme, cuela con suavidad la lengua entre mis labios—. Joder —repito.

Está, simplemente, espectacular. Con sus Martens blancas, los vaqueros negros rajados hasta lo obsceno, la última camiseta que ha hecho de Tully, donde ha añadido unos cuernos escamosos geniales, el pelo negro azulado y los ojos pintadísimos de kohl.

—Estás jodidamente increíble.

—¿Te gusta? —me pregunta con la naricilla roja.

—Cariño. —Arranco el coche—. Te los voy a tener que quitar de encima a manotazos.

Veo cómo sonríe, pero parece triste.

—¿Vienes esta noche?

—Claro. ¿Quieres?

—Sí, sí, sí, sí, sí… —Se queda callado un segundo—. Ayer discutí con mi madre y… —guarda silencio de nuevo. En lugar de pincharle, levanto la mano, con la palma hacia arriba. Él entrelaza sus dedos con los míos— me rechinó lo que dijo, Dale. Te llamó adulto, cuando yo nunca he dicho tu edad.

Frunzo el ceño. Joder, está pasando de verdad, Mike tenía razón.

—No te preocupes —digo. Aunque mi voz no suena convincente.

—Dale… —me aprieta la mano—, ¿te referías ayer a estas cosas? —Asiento—. ¿Hay algo que no sepa?

—No le di importancia —bufo—. Pero Miki sí lo hizo.

—¿Qué pasa?

—Que alguien está obsesionado contigo.

Me mira sin entender. Le sonrío. En momentos así me parece increíble que sea real. Que él sea real, que esté aquí sentado en el coche conmigo.

—Vamos, anda. —He aparcado ya—. Y mira a tu alrededor, cariño. Mira cómo te mira la gente.

Nada más bajar del coche, el primero en exclamar y soltar un piropo es Mike, seguido por Jayson. Se acercan a nosotros, Mike le mira con los ojos como platos. ¿Es orgullo lo que brilla en su expresión?

—Brutal. —Le pasa la mano por el costado. Me mira y dice en tono pícaro—: Si yo me muero de ganas de meterle mano, tú debes de estar…

—Cardiaco. —Levanto las cejas—. Del todo.

Le tiendo la mano y él, en lugar de cogérmela, se pega a mi cuerpo y me coge de la cintura. Me mira a los ojos y me susurra:

—Solo me importa cómo me miras tú.

Le echo el brazo por los hombros. Y le beso. En la boca, con fuerza.

Entramos en el instituto. Yo sí me fijo en cómo le miran todos.

—¿Va todo bien? —Mike se ha dado cuenta.

—Luego te cuento. Pero no, tú tenías razón.

—Estoy atento, colega. Todos lo estamos. Nadie va a hacerle daño.

Soy reacio a soltarle.

—Nene… —Le cojo de la nuca—. Si…

—Tranquilo. —Me pone la mano en el estómago—. Me has enseñado a defenderme

—Pero no quiero que llegues a eso. —Le beso, consciente de que nos están mirando.

Lucas, el hermano de Oliver, se acerca a nosotros. Está como un tomate cuando dice:

—Tranquilo, Dale, nosotros también cuidamos de él.

Le sonrío. Abrazo a mi chico.

—A cualquier cosa…

—A ti. Siempre. —Me mira a los ojos—. A ti.

Le dejo en clase. Y sé que me cambia la expresión cuando me doy la vuelta. Se lo veo a Mike en los ojos.

—Dale, respira. —Empezamos a andar por el pasillo—. Respira, colega, estás pálido.

—¿Te has enterando de algo?

—Aún no, pero… Dale. —Me coge del brazo y nos paramos—. Escúchame, tío, respira.

Mike tiene cara de verdadero terror, pero no se aparta de mí.

—Mike, te juro…. —Me tiembla el cuerpo de pura rabia.

—Que no va a volver a pasar. —Me sujeta del hombro—. No va a volver a pasar.

Intento respirar más despacio.

—No puedo permitir que le pase nada, Miki, no puedo.

—Venga, vamos a la calle, que te dé el aire.

Le sigo por el pasillo. Estoy tenso, pero voy controlándome. Saco el teléfono del bolsillo. Es hora de contárselo todo. Él me está mirando a los ojos.

—Gracias —le digo—. Mil millones de gracias, por todo. Siempre.

—No te me pongas moñas, anda. —Pero no se ríe—. Y ahora cuéntame lo que pasa de una puñetera vez.

Nos sentamos en el banco, en nuestro banco.

—De esto, nada a nadie. Sé que sobra, pero por favor.

—Me estás preocupando mucho.

—Toma. —Le abro los mensajes de texto, con usuario bloqueado—. Solo se pueden leer, ni contestar, ni llamar, ni nada.

Mike lee los mensajes que he estado recibiendo estos días. Se va poniendo pálido por momentos.

—Esto son amenazas.

—Ya lo sé.

—Dale, esta persona es peligrosa.

—No, no creo que llegue a tanto. Tienen faltas de ortografía y cero inventiva para los insultos. Es alguien del insti. Alguien que se ha pillado por Álex.

—Dale… —Mike niega con la cabeza—. Esto es denunciable.

—No —niego—, no sin exponerle a él. Y eso no va a pasar. —Le miro a los ojos—. No va a pasar. Álex se queda al margen de esto. Y no hay más.

—Dale.

—Bastante he tenido ya. No pienso exponerle.

—Joder, tío. —Me devuelve el teléfono con cara de asco—. Puta gente, joder.

—Miki.

—No voy a decir nada. Pero tampoco voy a estarme quieto. Voy a preguntar, voy a cotillear por donde pueda. No pienso estarme quieto. ¿Me los puedes pasar?

—No. Solo están ahí, o los borro. Nada más.

—Puta hostia, coño. —Suspira, y me mira a los ojos, pero no sabe qué decir.

—Vámonos a clase, anda. —Me levanto—. sobre todo, normalidad.

—Ya… Hasta que pille al desgraciado.

—Desgraciada. Es una tía.

—¿Seguro?

—Del todo.

—Joder.

—No hablamos más de esto, ¿vale?

Él asiente, pálido aún, y con los ojos mate. Está enfadado de cojones.

ÁLEX.

QUINCE AÑOS.

Llama a la puerta y me lanzo escaleras abajo. Estoy nervioso y feliz a partes iguales.

Cuando abro la puerta, se me escapa todo el aire de los pulmones. Está sonriendo, con los ojos brillantes. Lleva unos vaqueros casi blancos llenos de rotos, una camiseta ceñida negra con el cuello un poco dado de sí y la chupa de cremalleras.

—Pasa. —Le cojo de la mano y tiro de él. Y nada más cerrar la puerta, le empujo y le beso con fuerza. Él me coge del culo y me aprieta contra su cuerpo—. Joder, qué bien hueles —le digo en su cuello.

—Nene —me ronronea. Le vibra el cuerpo—. Como sigas haciendo eso, te tiro al suelo aquí mismo.

Me aparto de él, con la respiración acelerada, y me quito la sudadera.

—Me parece bien. —Esa voz, que solo me sale a veces, le hace sonreír, con los dientes brillantes. Se quita la cazadora y la camiseta y, cuando me abraza, su piel me vuelve loco del todo—. Joder, qué bien hueleeeees. —Tiro de la hebilla de su cinturón.

Él se deja, sin parar de tocarme. Le empujo de nuevo contra la pared, y le acaricio el pecho. Le beso el cuello, y voy bajando despacio, disfrutando de su piel, escuchando cómo su respiración se va acelerando. Le quito las botas y los vaqueros, le beso las piernas, los muslos, conteniendo las ganas inmensas de meterme en la boca esa polla perfecta, le doy la vuelta y hago lo mismo por su espalda, por sus nalgas durísimas, por sus piernas. Le acaricio con las manos, con los labios, con la lengua. Todo él huele bien.

Le doy la vuelta de nuevo, le miro desde abajo y, despacio, me meto su polla en la boca, apretando los dientes por dentro de los labios. Jadea, me aparta el pelo de la cara y me deja a mi ritmo. Empiezo a masturbarme a la vez, y noto cómo se me va dilatando el culo, a espasmos, pequeñas descargas de placer cuando me aprieto la polla con las manos, cuando, cada vez más rápido le oigo gemir.

Me echo una mano hacia atrás, tanteando mi ano, cuando él, con una risa oscura, se pone de rodillas sobre mí.

—Ya me encargo yo. —Se chupa los dedos y me acaricia. Levanto la cadera y me mete dos dedos.

—¡Joder! —Lo más increíble del mundo.

—¿Te duele?

—No, no, no. —Me muevo sobre su mano—. Me gusta, Dale.

Me está mirando a los ojos, y sonríe cuando digo su nombre.

—Quiero follarte en tu cama. —Su voz me hace temblar.

—Sí… —Nos levantamos. Grito de placer cuando mueve la mano dentro de mí y no saca los dedos. Se pone detrás de mí, sujetándome la cadera con firmeza.

—Te sigo.

Me tiemblan las piernas. Subimos las escaleras y en ningún momento saca los dedos de mi cuerpo. Su polla enorme me roza las piernas y mi propia erección, pesada y sensible, me empuja a ir más rápido.

Entramos en mi cuarto, llegamos a la cama y, en cuanto me tumba, me penetra. De un solo empujón me la mete tan dentro que gruño más que gritar. Me sujeta con fuerza de las piernas. La presión de su cuerpo es maravillosa.

El orgasmo denso, lento y ensordecedor me nace desde tan abajo que creo que voy a reventar.

Grito su nombre, hago fuerza con el cuerpo, aprieto los músculos y suelto de golpe, dejándome llevar, notando cómo electricidad pura me recorre por las venas, se me sale por la polla y me deja totalmente seco.

—¿Estás bien?

—Joder. —Estoy jadeando y temblando.

—Cariño, ¿estás bien? —Me mira preocupado, me coge de la cara. El corazón me va a millón, y no es solo por el sexo. Es por él.

—Orgasmazo —logro decir. Y cuando se ríe, cuando le brillan los ojos, soy consciente, así de golpe, de que le quiero más que a nada, y por encima de todo.

Estoy a punto de quedarme dormido.

Bajamos a cenar y a recoger la ropa y ahora, bajo el edredón de mi cama, noto que estoy en el cielo.

—Siento la estrechez —farfullo entre sus brazos.

—Mejor. —Me aprieta con suavidad—. Así te tengo más cerca.

Su respiración se va haciendo más lenta. Los latidos de su corazón me parecen música.

—Dale.

—Mmmmmm —ronronea.

—Estoy muy a gusto. —Sus manos me acarician la piel, y lo noto hasta en el alma. Me pone una mano en la nuca y me besa en la cabeza.

Te quiero, Dale, te quiero.

Pero me quedo en silencio. Porque estoy a punto de dormirme y no quiero que nada cambie.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

OCTUBRE.

Estoy sentado en el bordillo frente a la casa de mi madre. Coches de policía, una ambulancia, y todos los vecinos mirando detrás de las cortinas, intentando enterarse de algo.

Y es que la bronca ha sido monumental. Ha llegado al punto de varias llamadas a la policía, el sofá prendido fuego y mi madre chillando como una loca que me largara de su casa y no volviera más.

El Padre J se sienta a mi lado.

—Cuéntamelo otra vez —pide. Un policía está a su lado.

—Estaba en mi habitación, con la puerta cerrada. Alguien subió a llamar, era un hombre, y dijo que tenía que pagar una deuda de mi madre. No abrí. Volvió a subir al rato, con un destornillador, y se lio con las bisagras. Cuando soltó la puerta, yo empujé y salí corriendo. Abajo me sujetaron entre esos tres de ahí. —Señalo el coche policial—. Querían, o eso dijeron, quemarme la cara y romperme el culo. Por suerte estaban muy borrachos, así que conseguí medio soltarme. Alguien me rompió entonces una botella en la cabeza y lo siguiente que recuerdo son las luces rojas y azules, gritos por todas partes, alguien que me levantaba del suelo. —Señalo de nuevo a un sanitario de la ambulancia—. Casi seguro que ese hombre de ahí, el sofá quemado y mi madre gritando que me echaba.

—¿Vas a denunciarlo? —El policía se agacha para mirarme los ojos.

—¿Va a servir de algo? —Hago un gesto de negación—. Sí, claro que voy a denunciar esto también.

—Escucha… —No sabe qué decirme.

—Hemos oído todos que te ha echado —dice el Padre J—. ¿Qué vas a hacer?

—¿Que qué voy a hacer? —Suspiro aliviado—. Lo que hablamos. Irme.

—Bien. —Me da un apretón en el hombro.

—Vamos a entrar contigo —dice el policía— a que recojas tus cosas, y pasarás a un centro de menores.

—No, tengo su custodia jurídica —explica J—. Llevamos años con este caso. Tenemos todo el papeleo en orden.

—Pues me alegro un montón —el policía me tiende la mano—; vamos, cuanto antes, mejor.

Entro en casa de mi madre, con un policía de escolta, a recoger mis cosas. Cargo el coche y, tras una pequeña charla con el Padre J, me da una dirección de un hostal de larga estancia.

—No es bonito, pero está limpio.

—Mira de dónde me marcho, J, va a ser perfecto.

—Ya he llamado y te esperan. Intenta descansar.

Efectivamente, la habitación es pequeña, y el baño, minúsculo, pero está todo limpio.

—Puedes mover los muebles a tu gusto —me dice la encargada—; a horas razonables, eso sí. La lavandería está abajo, y los jueves se recoge la ropa de cama y toallas y se entregan juegos limpios. Hay una pequeña nevera en la habitación, pero no tiene mucha potencia, y si quieres cocinar, por favor, no lo hagas arriba, hazlo en la cocina comunitaria.

Cuando cierro la puerta de la pequeña habitación, el suspiro de alivio más enorme de toda mi vida me sale del cuerpo.

Me ducho con la puerta abierta y, cuando me acuesto, en pijama, limpio y tranquilo, duermo a pierna suelta.

A salvo.

Voy a buscar a Álex por la mañana. Es viernes y, en lugar de su energía habitual, está pálido.

—¿Qué te pasa? —Le cojo de la nuca. Él, como un cachorrillo, hunde la cara en mi cuello—. Cariño, ¿qué te pasa?

—Dale… —Aspira fuerte. Se incorpora y me mira a los ojos—. Le he dicho a mi madre que estamos juntos.

Una sonrisa enorme me llena la cara, el corazón, el alma, las tripas. Todo mi ser sonríe ante él.

—No ha ido bien, pero no me importa… porque tú y yo… ¿no? Estás un poco pálido.

No le dejo terminar la frase. Le beso. Una vez, y otra y otra. Hasta que jadea mi nombre.

—¿Tienes que ir a clase? —le pregunto.

—No.

—Tengo que contarte algo.

Arranco el coche y le llevo a mi nuevo hogar. Nada más entrar por la puerta me abalanzo sobre él como un puñetero animal.

—Párame —le gruño.

—Sigue.

—Párame, Álex. —Me está costando hablar.

—Sigue, cariño. —Me besa. Su voz es brea, y su piel está ardiendo—. Dale… —Oír mi nombre, dicho de esa forma tan obscena, me hace temblar.

Le desnudo con violencia y le tiro en la cama. Me echa las piernas a la cintura cuando me quito la camiseta. Me desabrocho los vaqueros y se ríe cuando le cojo de las muñecas y se las sujeto con firmeza por encima de la cabeza. Le acaricio el costado, le beso con fuerza. Él jadea bajo mi cuerpo.

—Párame, cariño.

—No —ronronea—, no quiero. —Tiene la polla hinchada y caliente y gime cuando se la cojo y aprieto—. Joder, sí. —Mueve la cadera, levanta el cuerpo.

—Hostiaputa, Álex. —Me incorporo, tiro de sus piernas, le levanto el cuerpo. Él se escupe en las manos y me lubrica justo antes de empujar la cadera, de buscarle, medio ciego, famélico, intentando ir despacio cuando lo que quiero es fundirme con él.

Le penetro, todo lo despacio que puedo, que es poco. Le clavo los dedos en las piernas, en el culo, se me nubla la vista, y le oigo gritar, le oigo pedirme más y más. Y tengo que morderle el cuerpo para no soltarle un «te quiero con toda mi alma»

Noto que se corre. Su semen se esparce entre nosotros.

—Sigue —me pide— más. —Está temblando, aferrado a mi cuerpo. Me corro sin verlo venir. El orgasmo me zarandea y por un instante dejo hasta de respirar.

Caigo temblando sobre él y nos abrazamos con fuerza, con los brazos, con las piernas. Y tengo que volver a cerrarme la boca, besándole esta vez, para que el «te quiero» que amenaza con desbordarme no lo eche todo a perder, no lo asuste, no lo aparte de mí de ninguna manera.

Nunca en mi vida he dicho «te quiero». Y nunca lo he creído cuando me lo decían.

Pero él… Con él todo es distinto. Infinitamente mejor.

Y le quiero. Sin ninguna puñetera duda.

Después del sexo, en la tranquilidad de los abrazos, le conté todo lo que había pasado anoche. Bueno, todo no, omito el intento de violación. Las acusaciones de pocohombre, maricón, y demás. Eso no se lo cuento.

Él me mira con sus preciosos ojos de ciervo llenos de preocupación.

—Tengo la pensión de mi padre. Sé lo que estás pensando. Y Sarah me manda dinero del fideicomiso hasta que sea mayor de edad y pueda disponer de ello. Y tengo mi trabajo. Y lo más importante de todo, te tengo a ti. Me he librado por fin de ese infierno. Todo está bien.

—Si no fuera así… —murmura.

—Te lo diría.

—Dale… —Me besa. Tiembla ligeramente cuando lo hace—. Tú y yo…

—Tú y yo vamos a poder con todo lo que nos echen.

Vamos al insti a media mañana.

Mike y Jayson nos están esperando fuera. Sonrío al ver la ternura con la que Mike besa a Álex en la cabeza.

—Vente a casa —me dice.

—Está todo solucionado.

—Dale, vente a casa, no es necesario que estés solo.

—Miki, he dormido como un tronco, tan a gusto… —Quiero decir que el miedo tardará en desaparecer, pero no delante del instituto, donde parece que últimamente siempre hay alguien escuchando.

Jay me da un apretón en el hombro.

—Lo que necesites, y lo sabes. —Me mira a los ojos—. ¿Está claro?

—Sí. —Tengo a Álex cogido de la mano.

—¿Vamos a clase, o echamos el día?

—El día. —Jay sonríe—. El díaaa.

—¿Qué es…? —Álex me tira de la mano—. ¿Qué es echar el día?

—Es… —Mike le pasa el brazo por los hombros— no pisar el insti… Irnos al centro, o al puerto, o adonde sea.

—¡El día! —exclama, con los ojos brillantes—. ¡Dale!

Me río ante la cara de felicidad de Mike.

—Me encanta este crío.

Y nos vamos, a los billares del centro, a ver discos, a comer al puerto.

Empieza a hacer frío, pero la sensación de tranquilidad, de saber que no tengo que volver más, es perfecta.

Cuando dejo a Álex en casa, se le nubla la vista.

—Llámame si te agobias. Vengo a buscarte enseguida.

—No es eso. —Gatea hasta mí. Echo el asiento hacia atrás y le abrazo—. Me ha encantado pasar el día contigo, el polvazo de esta mañana—pone los ojos en blanco con una sonrisa—, la ducha.

—¿Quieres venirte conmigo?

—Síííí. —Hace un puchero—. Pero no puedo.

—¿Está tu madre?

—Sí. Y dijo que teníamos que hablar.

—¿Quieres que entre contigo?

—Síííí. —Me besa—. Pero no te voy a hacer eso. —Me para cuando apago el contacto del coche. Me sonríe—. Tengo que hablar con ella. No será la primera cosa que hago que no acepta. Aunque sí es la más importante.

—Álex. —Aprieto las muelas. Álex, te quiero, te quiero, te quiero. Cojo aire—. Nene, llámame por favor. Estoy por quedarme aquí aparcado.

—Eres una pasada. —Me abraza—. Venga, te llamo esta noche.

—Que te vea entrar.

Va hasta la puerta arrastrando los pies. Una vez que ha entrado y ha cerrado la puerta, me atrevo a decirlo a media voz, casi en un susurro.

«Te quiero».

Arranco y me voy a mi casa, donde las sábanas huelen a Álex, y no a miedo.

ÁLEX.

QUINCE AÑOS.

Bajo a desayunar en silencio. Al pasar por la puerta cerrada de la habitación de mi madre, miro de reojo.

Llevamos discutiendo desde que le empecé a decir que me gustaba Dale, pero cuando por fin le dije, hace dos noches, que estábamos juntos, la cosa está fea. Sin saberlo, elegí la misma noche para decírselo a mi madre que en la que a él le echaron de casa. Estoy cansado, triste y preocupado. Sabía que mi madre no lo encajaría bien, pero hasta el extremo al que parece que vamos me asusta.

En la cocina, cojo un par de manzanas y las guardo en la mochila. Salgo por la puerta de atrás y me voy al final de la calle.

Dale me está esperando allí. Está apoyado en el capó del coche y me abraza con fuerza.

—¿Cómo estás? —Me besa cuando levanto la cara para mirarlo.

—Tenía ganas de verte.

—¿Qué tal anoche?

Pongo los ojos en blanco y escondo la cara en su pecho. Él no pregunta más y me abraza más fuerte aún.

—¿Echamos el día? —Rezongo sobre su piel. Suelta una carcajada suave—. Vale… Yaa.

—No, si es que me lo estoy pensando. —Lo miro con ojos de súplica y vuelve a reír.

—Dos días seguidos de pellas, Álex, no quiero joderte la media. —Sonríe—. No me mires así, por favor

Estiro el cuello para besarle.

—Vaaaleee, vamos al insti.

Tengo que hacer un esfuerzo enorme para soltarme de él. Nos montamos en el coche.

—¿Qué tal tu cama nueva? —le pregunto mientras él arranca.

—Demasiado grande. —Me mira de reojo, solo un segundo—. Prefiero la tuya.

—No me digas estas cosas si quieres ir a clase. —Suelta una carcajada.

—Ven aquí, anda. —Se mueve un poco y yo me acerco a él. Aspiro fuerte su olor y suspiro.

—Tengo una camiseta casi terminada.

—¿Sí? ¿Cuál?

—La de los ojos negros.

—¿Cómo la has hecho al final?

—Con mucho blanco. —Que esté atento a lo que le cuento me hace sonreír, sonreír como si no pasara nada, sonreír como un bobo.

—¿Y has tenido bastante o quieres que nos pasemos por la tienda de arte a mediodía? —En serio, ¿este hombre es de verdad?

—Me llega para terminar esta. —Le beso en el brazo—. ¿Te das cuenta de lo que haces?

—¿Qué hago? —Me mira un segundo.

—Me pones cara de bobo.

—¿Cómo? —Sonríe. Esa sonrisa, esa sonrisa que hace que se ilumine el día.

—Que me preguntes, que te acuerdes de una camiseta, con la que tienes encima… —Cojo aire—. Con todo lo que…

—Álex —me corta. Está sonriendo. Levanta la mano, con la palma estirada y entrelazo mis dedos con los suyos—. Me interesas tú. —Aparca el coche, pone punto muerto y gira el cuerpo para mirarme—. Me interesas tú. No solo follarte, aunque me vuelvas totalmente loco y sería capaz de estar montándomelo contigo todo el puñetero día. —Suelto una carcajada—. Me interesas tú. Desde los mordiscos que te dieron las Martens, las uñas llenas de tinta, cada pendiente que te pones, cada canción que te hace reír o llorar, cada cosa que te pasa por la cabeza, cada dibujo que haces, cada sueño que tienes, cada cosa que pasa en tu vida. —Me está mirando a los ojos, con el cuerpo echado hacia mí. Me acerco a él, como si la gravedad fuera él—. Me interesas tú.

Ahora mismo, si pudiese hablar, solo podría decirte que te quiero. Menos mal que me he quedado mudo y solo puedo besarte.

Eres la gravedad, porque eres mi mundo.

ÁLEX.

QUINCE AÑOS.

PRIMER FIN DE SEMANA DE OCTUBRE.

Nos pasamos encerrados en aquella diminuta habitación desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la noche.

Los dos habíamos tenido malos días. Los suyos, infinitamente peores que los míos. Yo tan solo había discutido con mi madre. Él estaba en la calle. Posiblemente tendría que dejar el instituto para trabajar a jornada completa.

Y, a pesar de todo, se le veía tranquilo, hasta feliz.

La habitación del motel donde vivía era pequeña, pero agradable. Al menos para mí. Estar allí significaba estar con él.

El viernes, al llevarme a casa, me dijo que no quería salir, que no quería ver a nadie. Estábamos en la puerta de mi casa.

—Lo entiendo —murmuré.

—¿Te paso a buscar luego? —Me miraba de esa manera.

—Pero has dicho…

—Álex —me corta, sonriendo—, me refería al resto del mundo. Tú, cariño, no estás incluido ahí.

—No vengas a buscarme muy tarde.

—En una hora.

—Sí… —Abro la puerta del coche—. O si me das diez minutos…

—Aquí te espero.

Entré corriendo en casa. Mi madre no estaba. Cogí un poco de ropa. Un cepillo de dientes y salí pitando.

—Paramos a comprar mierda azul, no te preocupes —dijo mientras arrancaba, con una sonrisa.

Y toda la semana desapareció en ese preciso momento.

Mi madre dice que soy muy joven, que soy muy infantil, que estoy muy consentido Dice que Dale, que ese tío, como ella lo llama, es un capricho temporal para llamar la atención, una rabieta momentánea.

Puede que tenga razón, no sé lo que es el amor. O no lo sabía hasta que este tío apareció en mi vida.

Puede que sea temporal, aunque solo pensarlo hace que me duela el mismo corazón.

Puede que tenga razón en todo, como ella dice, y que yo esté absolutamente equivocado, como ella dice.

Pero en cuanto llegamos a esa pequeña habitación de motel, y él cierra la puerta, y nos quitamos las botas, me siento en casa. Siento que es mi hogar. Que él es adonde tengo que volver siempre, al final del día.

Esa noche hacemos el amor tan despacio que todo mi ser arde.

Sus ojos brillan cuando me mira, sus manos no se apartan de mi cuerpo, sus labios se hinchan cuando me besa. Su piel… Su piel huele a verano, a playa, a estrellas, a pura luz.

Su postura, al apretarme contra él, el calor inmenso, mis genitales a punto de reventar. Todo mi ser es suyo.

Me sale de las entrañas, del corazón, del alma, me abrasa la garganta y se me escapa de los labios a su cuello.

Te quiero.

Un «te quiero» ronco y tan real que por un segundo el terror más profundo me deja inmóvil.

Entonces él me mira a los ojos, sin soltarme. Tiene los ojos brillantes y me echo a temblar cuando veo que son lágrimas. Sin embargo, me sonríe. De esa manera que es solo para mí.

—Repítelo —me pide en un susurro.

—Te quiero. —Esta vez, mirándole a los ojos, consciente de lo que digo—. Te quiero, Dale.

Ese beso, ese beso es, probablemente, el beso más intenso que me ha dado nunca.

—Te quiero —me susurra al soltarme la boca—. Te quiero con toda mi alma, Álex, desde la primera vez que te vi.

El mundo no existe. Solo estamos nosotros.

Este lado del espejo está lleno de luz.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

OCTUBRE.

Definitivamente, nunca había estado enamorado. Esto, esto que siento todo el tiempo, es una pasada.

Oírle decir te quiero me hizo sentir cosas que pensé que no estaban hechas para mí.

Y decirle te quiero al fin, ver su expresión… fue simplemente perfecto.

Me paso por su clase a media mañana.

Está sentado encima de una mesa, con las piernas cruzadas y los codos sobre las rodillas. Lleva una camiseta mía, la de Joy Division. Está hablando con Travis, pero al girar la cabeza y verme apoyado en el marco de la puerta, le cambia la expresión.

Salta al suelo y trota hasta mí. Su cascabeleo me hace sonreír.

—¡Hola! —Me apoya la mano en el pecho y me besa. Echo mi mano por encima de la suya antes de que la aparte.

—¿Cómo estás?

—Bien. —Suspira, se acerca a mí y sus ojos cambian—. Estás muy guapo hoy.

—No me mires así en público si no quieres que la líe. —Intento ponerme serio, pero me es imposible.

Soltamos una carcajada.

—Solo quería verte. —Le cojo de los vaqueros y le acerco a mí. Me mira a los ojos. Me mira directamente al alma.

—Te quiero —me susurra— y me encanta decírtelo.

—Te quiero —digo en sus labios antes de besarle. Sé que tengo que soltarle. Suspiro pesadamente y me voy apartando de él.

—¿Te veo en la comida? —Cuando le suelto, deja caer los brazos a los costados. Lo que en cualquier otro ser humano sería un gesto normal, en él hace que me tiemblen las tripas.

No soy el único que se lo come con los ojos.

Le guiño un ojo y me voy para mi clase.

El teléfono me empieza a vibrar en el bolsillo. No quiero mirarlo. Sé lo que es.

Más puñeteros mensajes anónimos.

Más amenazas.

Más salvajadas.

Por lo menos me llegan a mí y no a él. Él está a salvo, e intentaré mantenerlo al margen todo el tiempo que pueda.

ÁLEX.

QUINCE AÑOS.

OCTUBRE.

Me asomo a la clase de Dale antes de que cierren la puerta. Son las once de la mañana y estoy saturado. Sé que tiene la asignatura convalidada y espero pillarle antes de que se marche.

—¡Hola,nene! —Mike sale nada más verme.

—Hola. —Le doy un abrazo—. Vengo a buscar a Dale.

—Está en el parque.

—¡Nene! —vocea Jay desde el fondo de la clase—. ¿Cuándo me vas a hacer una camiseta?

—Luego me cuentas cómo te gustaría.

—¿Qué camiseta? —Otro chico, que he visto algunas veces con ellos, se acerca a mí. Es alto, casi tanto como Dale. El pelo ondulado, los ojos castaños. Es muy guapo, y me da cierta angustia cuando le veo cerca de Dale, la verdad. Se acerca a mí, con una sonrisa suave en los labios.

—Como la que lleva —dice Mike—. ¡De Tully!

—En serio —me mira de arriba abajo—, ¿las haces tú?

—Las pinto.

—Eres el crío de los dibujos, ¿no? —Cambia el peso del cuerpo de una pierna a otra y hace que ese gesto parezca lascivo. Me sigue mirando, con esa sonrisa suave aleteándole en los labios y en los ojos.

—El chico de Dale, sí. —Me estiro.

—Toma ya —suelta Mike. No se ha separado de mi lado, pero ahora parece destensar el cuerpo. ¿Qué está pasando? ¿De qué no me estoy enterando?

—Vale, lo pillo. —Pero sigue mirándome.

—Está detrás, ¿vale? —Mike me abraza de nuevo—. Y tú —mira al chico alto—, tira para adentro.

—Valee. —Mira a Mike con los ojos entornados. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se dice «me pones un montón» solo con una mirada?

—¡Que no me mires así! —Se ríe Mike.

Me voy al parque. Sé que voy colorado. Nunca antes, hasta este preciso momento, no hasta ahora, al menos, me había visto a través de los ojos de nadie.

Ese chico, ese chico de la clase de Dale, me miraba como si le gustase. No como un niño, sino como… ¿Y porqué Mike no se ha apartado de mí?

Le veo en el fondo del parque. Y se me olvida todo.

Está sentado con las piernas dobladas en el banco, leyendo. Lleva los vaqueros rotos y las rodillas al aire. Sus Martens gastadísimas. Anillos en casi todos los dedos. Una camiseta de manga larga y otra de Slipknot encima.

Me quedo parado, mirándole, durante un rato. Es perfecto, todo él.

Me acerco despacio. Una parte de mí quiere saltar sobre su boca y la otra se mueve despacio para poder seguir mirándole.

Al final, levanta la vista, me mira y sonríe. Y quiero decir que toda su cara sonríe.

—¡Eh! —Baja las piernas del banco y cierra el libro, dejando el dedo índice entre las páginas.

Me siento a su lado, me pasa el brazo por los hombros y me besa.

—¿Qué te pasa?

—Te he estado mirando… Estabas tan… Joder. Necesito pintar. —Oigo cómo se ríe mientras saco el bloc y unos lápices de 3b.

Él vuelve a apoyar la espalda en el banco, me coloca en el hueco de su cuerpo, levanta la otra pierna y abre de nuevo el libro.

Y yo, de golpe, me encuentro en el cielo. Noto su calor, su olor maravilloso, tengo su brazo descansando en mi pecho y libertad total de movimientos.

Doblo las piernas, pego los pies casi al culo, y abro el bloc.

—¿Bien? —dice desde detrás.

—Sí. —Empiezo a pintar.

Llevo días sintiéndome muy bien, pero ahora mismo es la escenificación perfecta de la felicidad.

Me siento a salvo con él. Y también me siento fuerte con él.

Supongo que han pasado un par de horas, porque tengo el culo cuadrado del banco y hay más gente a nuestro alrededor. Y muchos nos miran.

Mike y Jayson vienen hacia nosotros. Jay se asoma al bloc y Mike cotillea el libro de Dale.

—Todo el mundo os ha estado haciendo fotos. —Mike sonríe—. Estabais perfectos.

—¿Eh? —Lo miro sin entender. Él saca su móvil, y tras tocar un par de veces la pantalla, me lo da.

Y no me puedo creer lo que veo.

Una foto alucinante nuestra. Él, perfecto, leyendo. Yo, a su lado, pintando.

Dale me coge la mano con la que sujeto el móvil.

—¿Quién la ha hecho? —Está sonriendo.

—Todo el mundo. Ya te digo, que estabais perfectos.

Dale me aprieta contra su costado.

Me siento a salvo.

Me siento fuerte.

Me siento feliz.

DALE.

DIECISIETE AÑOS.

Estoy apoyado en el lavabo, con las manos en los bolsillos y los pies cruzados, esperando.

Oigo el sonido de la cadena y la puerta que se abre. Y lo veo salir, terminando de abrocharse los vaqueros. Recuerdo haber desabrochado esos vaqueros cientos de veces, con violencia, con rabia.

Cuando me mira, sonríe.

—Hola, guapo. —Abre el grifo del agua a mi lado y se empieza a lavar las manos. Pero me sigue mirando.

—Hola, César.

—Hoy he conocido a tu chico. —Directo, como siempre.

—Eso me han dicho.

Termina de lavarse las manos, cierra el grifo y, tras sacudir al aire un par de veces, se seca en los pantalones.

—Es muy guapo. —Sonríe—. Muy muy guapo.

—Sí que lo es.

Se pone frente a mí. Resbala la mirada por mi pecho, suspira y vuelve a mirarme a los ojos.

—Estás increíble, Dale.

Le recuerdo gritando mi nombre, pidiéndome que parara, que fuera más despacio.

—Gracias. ¿Tú estás bien?

—Sí. —Se encoge de hombros—. Normal. —Arruga la nariz. Ese gesto fue el que me llamó la atención la primera vez que le vi—. ¿Y tú? Aparte de lo obvio, claro. —Hace un gesto con las manos abarcándome el cuerpo.

—Estoy bien. —Me levanto del lavabo del que estoy apoyado. César no retrocede. Sigue oliendo a Hugo Boss.

—No sabía que era tu chico. Ya sabes que he estado un poco desconectado. —La sutileza con la que dice que ha estado hecho polvo me hace admirarle.

—No es eso. —Me muerdo los labios—. Quería hablar contigo.

—No voy a decirle nada, Dale, no se me ocurriría.

—No… César —levanto la mano y se la pongo en el estómago, casi sin pensar. Noto que da un respingo y se acerca a mí—, escucha, quería pedirte perdón.

—No hay porqué.

—Sí lo hay —suelto.

—Escucha… —Se pasa la mano por el pelo, alborotando sus suaves rizos castaños—. Los dos estábamos destruidos. Tú me utilizaste a mí igual que yo te utilice a ti. —Me sonríe—. Ahora tú estás bien —lo dice en castellano, abriendo mucho los ojos—, yo estoy bien —se encoge de hombros nuevamente— y ya está.

Le cojo las manos. Él se deja. Levanto un poco el jersey que lleva. Las enormes marcas en las muñecas son como dos puñetazos en la tripa.

Paso los dedos por encima. Están rugosas… Tiernas.

—Dale —me susurra—, estos son mis propios demonios.

—No dijiste nada.

—Tú tampoco.

Le sonrío. No lo suelto en un rato. No puedo. Esas marcas, esas enormes cicatrices.

—Me siento feliz por ti, Dale. —Es él el que se suelta. Me coge de la cara y me hace mirarlo a los ojos—. Estás tan guapo, tan entero… —Sonríe. Y lo hace de verdad, lo conozco bien.

—Si necesitas algo —lo digo en castellano, y lo hago sonreír de nuevo—, ¿me lo dirás?

—No. Pero gracias. —Me abraza, un poco con timidez, un poco con ternura—. Tienes un chico muy guapo.

—César…

—Estoy bien. —Arruga la nariz—. Lo estaré.

Mike me está esperando fuera.

—¿Cómo ha ido?

—No lo sé —bufo—; fui un puto cerdo con él.

—No es verdad, Dale. —Me coge del brazo y me obliga a mirarlo—. No lo fuiste.

—Si alguna vez le hago daño a Álex, como a él. Como hice con él… —Cojo aire con fuerza—. No puedo… como antes.

—Dale, respira.

—Miki, le hice llorar tantas veces. —Señalo hacia el baño, de donde César no ha salido aún—. me emperré en estar con él y al final…

—Ni se te ocurra terminar esa frase. —Me pone la mano en la boca—. Erais críos, los dos.

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ISBN:
9788411145749
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