Czytaj książkę: «Rubia peligrosa»
WALTER
MOSLEY
RUBIA PELIGROSA
Traducción de
ANA HERRERA

Título original inglés: Blonde Faith.
Autor: Walter Mosley.
© Walter Mosley, 2007.
© de la traducción: Ana Herrera Ferrer. Traducción publicada originalmente por Roca Editorial.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2020.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: abril de 2020.
REF.: ODBO725
ISBN: 978-84-9187-652-6
AURA DIGIT • COMPOSICIÓN DIGITAL
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EN MEMORIA DE AUGUST WILSON
CONTENIDO
1 Capítulo 1
2 Capítulo 2
3 Capítulo 3
4 Capítulo 4
5 Capítulo 5
6 Capítulo 6
7 Capítulo 7
8 Capítulo 8
9 Capítulo 9
10 Capítulo 10
11 Capítulo 11
12 Capítulo 12
13 Capítulo 13
14 Capítulo 14
15 Capítulo 15
16 Capítulo 16
17 Capítulo 17
18 Capítulo 18
19 Capítulo 19
20 Capítulo 20
21 Capítulo 21
22 Capítulo 22
23 Capítulo 23
24 Capítulo 24
25 Capítulo 25
26 Capítulo 26
27 Capítulo 27
28 Capítulo 28
29 Capítulo 29
30 Capítulo 30
31 Capítulo 31
32 Capítulo 32
33 Capítulo 33
34 Capítulo 34
35 Capítulo 35
36 Capítulo 36
37 Capítulo 37
38 Capítulo 38
39 Capítulo 39
40 Capítulo 40
41 Capítulo 41
42 Capítulo 42
43 Capítulo 43
44 Capítulo 44
45 Capítulo 45
46 Capítulo 46
47 Capítulo 47
48 Capítulo 48
49 Capítulo 49
50 Capítulo 50
51 Capítulo 51
1
Es difícil perderse cuando uno vuelve a casa del trabajo. Cuando tienes empleo, y cobras un sueldo, la carretera está muy firme ante ti: es una vía bien pavimentada sin otra salida que la tuya. Está el aparcamiento, luego la tienda de comestibles, la escuela, la tintorería, la gasolinera, y luego tu puerta.
Pero yo no tenía trabajo fijo desde hacía un año, y eran las dos de la tarde, y me planté ante la puerta de mi casa preguntándome qué hacía allí. Apagué el motor y me eché a temblar, intentando acostumbrarme a la súbita tranquilidad.
Toda la mañana estuve pensando en Bonnie y en lo que había perdido cuando le dije adiós. Ella había salvado la vida a mi hija adoptiva y yo le pagaba haciendo que dejase nuestro hogar.
Para poder llevar a la pequeña Feather a una clínica suiza, Bonnie había vuelto a ver a Joguye Cham, un príncipe de África occidental a quien había conocido en su trabajo de azafata para Air France. Él acogió a Feather y Bonnie se quedó allí con ella… y con él.
Abrí la portezuela del coche, pero no salí. En parte, mi letargo se debía al cansancio que sentía por llevar levantado las últimas veinticuatro horas.
No tenía trabajo fijo, pero trabajaba a destajo.
Martel Johnson me había contratado para que encontrase a su hija mayor, Chevette, que tenía dieciséis años y se había escapado de casa. Johnson había ido a la policía y ellos tomaron nota de la información que le dio, pero pasadas dos semanas no habían averiguado nada. Le dije a Martel que le haría el trabajo de calle por trescientos dólares. En cualquier otra transacción habría intentado regatear conmigo, me habría dado una cantidad inicial y luego me habría prometido pagarme el resto cuando hubiese acabado el trabajo. Pero cuando un hombre quiere a su hija hace todo lo necesario para devolverla a casa sana y salva.
Me embolsé el dinero, hablé con una docena de amigas del instituto de Chevette y luego me dediqué a rondar por algunos callejones en las proximidades de Watts.
La mayor parte del tiempo yo pensaba en Bonnie, en llamarla y pedirle que volviera a casa conmigo. Echaba de menos su aliento dulce y los tés especiados que preparaba. Echaba de menos su acento suave de las Guyanas y nuestras largas conversaciones sobre la libertad. Echaba de menos todo lo que había entre ella y yo, pero no era capaz de parar ante una cabina telefónica.
En el lugar de donde yo procedía (Fifth Ward, Houston, Texas), que otro hombre durmiera con tu mujer era un motivo suficiente para justificar el doble homicidio. Cada vez que pensaba en ella en sus brazos se me nublaba la vista y tenía que cerrar los ojos.
Mi hija adoptiva seguía viendo a Bonnie al menos una vez a la semana. El chico a quien había criado como un hijo, Jesus, y la joven que vivía con él, Benita Flagg, trataban a Bonnie como la abuela de su hijita recién nacida, Essie.
Yo los quería a todos, y al darle la espalda a Bonnie los había perdido.
De modo que a la una y media de la madrugada, en la entrada de un callejón junto a Avalon, cuando una jovencita pechugona con minifalda y un top sin espalda se acercó a la ventanilla, yo bajé el cristal y le pregunté:
—¿Cuánto por chuparme la polla?
—Quince dólares, papi —dijo, con una voz dulce y aguda.
—Hum —dudé—. ¿En el asiento de delante o atrás?
Ella chasqueó la lengua y me tendió la mano. Puse en su palma tres billetes nuevos de cinco dólares y ella corrió a dar la vuelta hacia el asiento del pasajero de mi Ford último modelo. Tenía la piel oscura y las mejillas regordetas y dispuestas a sonreír por el hombre que tuviese el dinero. Cuando me volví hacia ella detecté una timidez momentánea en sus ojos, pero luego ella adoptó un aire descarado y dijo:
—A ver lo que tienes ahí.
—¿Puedo preguntarte algo antes?
—Me has pagado por diez minutos, así que puedes hacer lo que quieras con ese tiempo.
—¿Eres feliz haciendo esto, Chevette?
La expresión de su cara pasó en un segundo de los treinta a los dieciséis años. Intentó alcanzar la puerta del coche, pero le agarré la muñeca.
—No intento detenerte, chica —le dije.
—Entonces deja que me vaya.
—Has cogido mi dinero. Lo único que te pido son mis diez minutos.
Chevette se echó hacia atrás después de mirar mi otra mano y buscar por el asiento delantero alguna señal de peligro.
—Vale —dijo, mirando hacia el suelo oscuro—. Pero nos quedamos aquí mismo.
Levanté su barbilla con un dedo y cuando volvió la cara hacia mí, miré sus grandes ojos.
—Martel me contrató para encontrarte —dije—. Está destrozado desde que te fuiste. Le dije que yo te pediría que volvieras a casa, pero que no te arrastraría hasta allí.
La mujer-niña me miró en ese momento.
—Pero tengo que decirle dónde estás… y contarle lo de Porky.
—No le hables a papá de él —me rogó—. Uno de los dos acabará muerto, seguro.
Porky el Macarra había reclutado a Chevette a tres manzanas del instituto Jordan. Era un hombre gordo, con marcas de viruela en la cara y cierta inclinación por las navajas, los anillos de brillantes y las mujeres.
—Martel es tu padre —argumenté—. Merece saber lo que te ha pasado.
—Porky lo hará pedazos. Lo matará.
—O al revés —dije yo—. Martel me ha contratado para que te encuentre y le diga dónde estás. Así es como pago mi hipoteca, chica.
—Podría pagarte yo —sugirió mientras colocaba una mano en mi muslo—. Tengo setenta y cinco dólares en el bolso. Y has dicho que querías algo de compañía…
—No. Quiero decir que… eres una chica muy guapa, pero soy honrado y también soy padre.
El rostro de la jovencita quedó inexpresivo y vi que su mente corría a toda velocidad. Mi aparición era una posibilidad que ya había contemplado. No la mía exactamente, sino la de algún hombre que o bien la conociera o quisiera salvarla. Después de veinte mamadas por noche durante dos semanas seguramente habría pensado en el rescate y en los peligros que podrían proceder de un acto desesperado semejante. Porky podía encontrarla en cualquier lugar del sur de California.
—Porky no me dejará marchar —dijo—. Cortó a una chica que intentó dejarle. Cassandra. Le cortó la cara.
Se llevó la mano a la mejilla. Puso una cara horrible.
—Oh —dije—. Estoy casi seguro de que ese cerdo entrará en razón.
Fue mi sonrisa lo que le dio esperanzas a Chevette Johnson.
—¿Dónde está? —le pregunté.
—En la parte de atrás de la barbería.
Cogí de la guantera la 38, de un gris oscuro, y saqué las llaves del contacto.
Rodeando la barbilla de la chica con la mano, dije:
—Tú espérame aquí. No quiero tener que buscarte otra vez.
Ella asintió y yo me dirigí hacia el callejón.
Alto y desgarbado, LaTerry Klegg estaba de pie en el umbral del porche trasero de la barbería Masters y Broad. Parecía una mantis religiosa de un marrón muy oscuro, de pie en un charco de crema amarilla. Klegg tenía fama de ser rápido y mortal, de modo que me acerqué velozmente y le golpeé con la parte lateral de mi pistola en la mandíbula.
Cayó y pensé en Bonnie por un momento. Me pregunté, mientras buscaba la asombrada cara de Porky, por qué no me habría llamado.
Porky estaba sentado en una vieja silla de barbero que habían trasladado hasta el porche para dejar espacio para una nueva, sin duda.
—¿Quién cojones eres tú? —dijo el proxeneta con voz atemorizada de falsete.
Tenía también el color de un cerdo: un horrible marrón rosado. Respondí apretando el cañón de mi pistola en su pómulo izquierdo.
—¿Qué? —chilló.
—Chevette Johnson —dije yo—. O la dejas ir, o te pego un tiro aquí mismo, ahora.
Y pensaba hacerlo. Estaba dispuesto a matarle. Pero aunque me encontraba allí a punto de cometer un crimen, al mismo tiempo se me ocurrió que Bonnie nunca me llamaría. Era demasiado orgullosa, estaba demasiado herida.
—Llévatela —dijo Porky.
Mi dedo se contraía en el gatillo.
—¡Que te la lleves!
Moví la mano diez centímetros a la derecha y disparé. La bala solo le rozó el lóbulo de la oreja, pero su capacidad auditiva por ese lado nunca volvería a ser la misma. Porky cayó al suelo sujetándose la cabeza y chillando. Le di una patada en el vientre y me alejé andando por donde había venido.
De camino hacia el coche pasé junto a tres mujeres con faldas muy cortas y tacones altos que habían venido corriendo. Me dejaron paso, apartándose mucho al ver la pistola que llevaba en la mano.
—Pero, entonces, ¿por qué te fuiste de casa de esa manera? —le pregunté a Chevette en la hamburguesería de Beverly, que estaba abierta toda la noche.
Ella había pedido una hamburguesa con chile y patatas. Yo iba sorbiendo un refresco de vainilla con gas.
—Es que no me dejaban hacer nada —lloriqueó—. Papá quería que llevara faldas largas y colas de caballo. Ni siquiera me dejaba hablar con ningún chico por teléfono.
Aunque llevara puesto un saco de patatas se veía con claridad que Chevette era una mujer. Había pasado mucho tiempo desde que dejó de formar parte del club de Mickey Mouse.
La llevé a mi oficina y la dejé dormir en mi sofá azul mientras yo daba unas cabezadas, soñando con Bonnie, en la silla.
Por la mañana llamé a Martel y se lo conté todo… excepto que Chevette estaba escuchando.
—¿Qué quieres decir con eso de «en la calle»? —me preguntó.
—Ya sabes lo que quiero decir.
—¿Prostituta?
—¿Aún quieres que vuelva? —le pregunté.
—Por supuesto que quiero que vuelva mi niña.
—No, Marty. Puedo hacer que vuelva, pero la que volverá será una mujer hecha y derecha, y no una niña ni un bebé. Ella necesita que la dejes crecer. Tendrás que ser diferente. Si tú no cambias, poco importará que ella vuelva ahora a casa.
—Pero es mi niña, Easy… —dijo él con seguridad.
—La niña desapareció, Marty. Lo que hay ahora es una mujer.
Entonces él se vino abajo, y Chevette también. Ella enterró la cara en el cojín azul y se echó a llorar.
Le dije a Martel que la llevaría de vuelta a casa. Hablamos tres veces más antes de ir para allá y le dije que no valía la pena que volviese si no era capaz de verla tal y como era, si no podía amarla tal y como era.
Y mientras tanto pensaba en Bonnie todo el tiempo. Pensaba que debía llamarla y rogarle que volviera a casa.
2
Solo me costó diez minutos salir del coche.
Caminando por el césped oí los ladridos del perrito amarillo. Frenchie me odiaba; quería a Feather. Al menos teníamos algo en común. Me sentí feliz al oír sus carreras caninas detrás de la puerta de entrada. Era la única bienvenida que me merecía.
Cuando entré en casa, aquel perrillo de tres kilos empezó a ladrar y a morderme los zapatos. Me agaché para saludarle. Ese gesto conciliador siempre hacía que Frenchie se alejase corriendo.
Cuando levanté la vista para ver cómo se iba correteando a la habitación de Feather vi a la pequeña vietnamita Easter Dawn.
—Hola, señor Rawlins —dijo la pequeña de ocho años.
—Easter, ¿de dónde sales, muchacha? —Miré a mi alrededor buscando a su padre, que había asesinado al pueblo entero de la niña.
—Pues originalmente, de Vietnam —replicó la niña, contundente.
—Hola, papi —dijo Feather, saliendo de detrás de la puerta.
Solo tenía once años, pero parecía mucho mayor. Había crecido casi dos palmos en poco más de un año, y tenía un rostro esbelto e inteligente. Feather y Jesus hablaban entre sí en inglés, francés y español fluido, cosa que hacía que su conversación pareciese mucho más sofisticada.
—¿Dónde está Juice? —pregunté usando el apodo de Jesus.
—Benny y él han ido a recoger a Essie a casa de la mamá de Benny. —Dudó un momento y añadió luego—: Yo hoy me he quedado en casa con Easter porque no sabía qué hacer.
Intenté comprender todo aquello allí, de pie.
Mi hijo había accedido a quedarse con Feather mientras yo estaba fuera buscando a Chevette. Él y su novia Benita no tenían mucho dinero y solo podían permitirse un apartamento con una sola habitación en Venice. Cuando hacían de niñera para mí podían dormir en mi ancha cama, ver la tele y cocinar en una cocina de verdad.
Pero Jesus tenía su propia vida, y se suponía que Feather debía ir al colegio. Easter Dawn Black no tenía por qué estar en mi casa.
La niña llevaba unos pantalones negros de algodón y una chaqueta de seda roja sin adornos, al estilo asiático. Tenía el largo pelo negro atado con una cinta naranja y cayendo hacia delante, encima del hombro derecho.
—Me ha traído mi papá —dijo Easter, respondiendo a la pregunta que leyó en mis ojos.
—¿Por qué?
—Me ha dicho que te dijera que debía quedarme aquí un tiempo, visitando a Feather…
Mi hija se arrodilló y abrazó a la niña desde atrás.
—… y ha dicho que tú sabrías cuánto tiempo tenía que quedarme. ¿Lo sabes?
—¿Quieres un poco de café, papá? —me preguntó Feather.
Mi hija adoptiva tenía una piel de un marrón claro y cremoso que reflejaba su compleja herencia racial. Al mirar su rostro generoso me di cuenta, por enésima vez, de que ya no podía predecir los caprichos o profundidades de su corazón.
Con la tristeza de esa separación creciente, le respondí:
—Claro que sí, cariño. Claro que sí.
Cogí a Easter y seguí a Feather a la cocina. Allí me senté en una silla con la niña pequeña en mi regazo, como una muñeca.
—¿Te lo has pasado bien con Feather? —le pregunté.
Easter asintió con vehemencia.
—¿Te ha preparado la comida?
—Atún y pastel de boniato.
Mirándome a los ojos, Easter se relajó y se apoyó en mi pecho. No la conocía ni a ella ni a su padre, Christmas Black, desde hacía demasiado tiempo, pero la confianza que él tenía en mí había influido en la de la niña.
—¿Así que has venido con tu papá en coche? —le pregunté.
—Ajá.
—¿Y quién iba en el coche, solo él y tú?
—No —respondió—. También iba una señora con el pelo rubio.
—¿Y cómo se llamaba?
—Señorita… no sé qué. No me acuerdo.
—¿Y esa señora estaba en tu casa de Riverside?
—Nos fuimos de allí —dijo Easter con algo de nostalgia.
—¿Adónde os fuisteis?
—Detrás de una casa grande y azul, al otro lado de la calle donde está el edificio que tiene un neumático enorme en el tejado.
—¿Un neumático tan grande como una casa?
—Ajá.
Por entonces la cafetera eléctrica ya empezaba a filtrar el agua.
—El señor Black ha venido esta mañana —dijo Feather—. Me ha preguntado si Easter podía quedarse un tiempo y yo le he dicho que sí, que vale. ¿He hecho bien, papi?
Feather siempre me llamaba papi cuando no quería que me enfadase.
—¿Está bien mi papá, señor Rawlins? —me preguntó Easter Dawn.
—Tu papá es el hombre más fuerte del mundo —le dije exagerando solo un poquito—. Allá donde esté, le irá bien. Seguro que llamará y me dirá lo que pasa antes de que se haga de noche.
Feather hizo chocolate caliente para ella y para Easter. Nos sentamos a la mesa de la cocina como adultos que se visitan por la tarde. Feather contó lo que había aprendido de historia estadounidense y la pequeña Easter Dawn escuchó como si fuera una alumna en clase. Cuando hubimos jugado a las visitas lo suficiente para que Easter se sintiera como en casa, sugerí que se fueran a jugar al patio de atrás.
Llamé a Saul Lynx, el hombre que me había presentado al padre de Easter, pero su servicio de mensajes me dijo que mi colega detective estaba fuera de la ciudad por unos días. Podría haberle llamado a casa, pero si andaba ocupado con un caso no sabría nada de Christmas.
—Residencia Alexander —respondió una voz masculina al primer timbrazo de mi siguiente llamada.
—¿Peter?
—Señor Rawlins, ¿cómo está?
La transformación de Peter Rhone de vendedor a criado personal de EttaMae Harris siempre me resultaba sorprendente. Había perdido al amor de su vida en los disturbios de Watts, una bella joven negra llamada Nola Payne, y había renegado casi por completo de la raza blanca. Se había trasladado al porche de la casa de EttaMae y le hacía recados a ella y a su marido Raymond Alexander, Mouse.
Rhone trabajaba a tiempo parcial como mecánico para mi viejo amigo Primo en un garaje del este de Los Ángeles. Estaba aprendiendo un oficio y contribuyendo a los gastos generales para el mantenimiento de la casa de EttaMae. Yo pensaba que en realidad estaba haciendo penitencia por la muerte de Nola Payne, porque de alguna manera se creía que era la causa de su fallecimiento.
—Vale —dije—. De acuerdo. ¿Cómo va el garaje?
—Ahora estoy limpiando bujías. Jorge me va a enseñar pronto a trabajar con una transmisión automática.
—Hum —gruñí—. ¿Está Raymond por ahí?
—Mejor llamo a Etta —dijo y supe que había algún problema.
—¿Easy? —Etta se puso al teléfono un momento después.
—Sí, cariño.
—Necesito tu ayuda.
—Sí, señora —respondí, porque quería a Etta como amiga y en tiempos la amé como amaba a Bonnie. Si no hubiese estado loca por mi mejor amigo, por aquel entonces ya tendríamos una casa llena de niños.
—La policía busca a Raymond —dijo.
—¿Por qué? —le pregunté.
—Asesinato.
—¿Asesinato?
—Un idiota que se llama Pericles Tarr ha desaparecido y la policía viene aquí todos los días preguntándome qué sé yo de todo eso. Si no fuera por Pete, creo que me llevarían a rastras a la cárcel solo por estar casada con Ray.
Nada de todo aquello me sorprendía. Raymond llevaba una vida criminal. El diminuto asesino estaba relacionado con toda una red de atracadores que operaban de costa a costa y más allá incluso, por lo que yo sabía. Pero la verdad es que no me lo imaginaba implicado en delitos de poca monta. Y no es que Mouse no hubiese ido más allá del crimen, más bien al contrario, pero en los últimos años se le había enfriado algo la sangre y raramente perdía los nervios. Si hubiese tenido que matar a alguien en la actualidad, habría sido en lo más profundo de la noche, sin dejar testigos ni pistas que le incriminasen.
—¿Dónde está Mouse? —le pregunté.
—Eso es lo que tengo que averiguar —dijo Etta—. Desapareció el día antes que ese hombre, Tarr. Y ahora él no está, y los tipos estos de la ley me van detrás.
—¿Así que quieres que yo lo encuentre? —le pregunté, lamentando haber llamado.
—Sí.
—¿Y luego qué hago?
—Estoy preocupada, Easy —dijo Etta—. Esos polis hablan en serio. Quieren meter a mi chico en la cárcel.
Hacía muchos años que no oía a Etta llamar «chico» a Ray.
—Vale. Lo encontraré, y haré lo que tenga que hacer para asegurarme de que está bien.
—Sé que esto no es gratis, Easy —me dijo entonces Etta—. Te pagaré.
—Bien. ¿Sabes algo de ese Tarr?
—No demasiado. Está casado y tiene la casa llena de críos.
—¿Y dónde vive?
—En la calle Sesenta y tres. —Me recitó la dirección y yo la apunté, pensando que había encontrado más problemas en un solo día que la mayoría de los hombres en una década.
Había llamado a Mouse porque él y Christmas Black eran amigos. Esperaba encontrar ayuda, no prestarla. Pero cuando se vive entre hombres y mujeres desesperados, cualquier puerta que se abre puede tener escrito PANDORA en el otro lado.
3
No había bebido ni una sola gota de alcohol desde hacía años, pero desde que Bonnie me había dejado, pensaba en el bourbon todos los días. Estaba sentado en el salón frente al televisor apagado pensando en la bebida cuando sonó el teléfono.
Otro síntoma de mi soledad era que mi corazón se encogía de miedo cada vez que alguien llamaba al teléfono o a la puerta. Sabía que no sería ella. Lo sabía, pero aun así, seguía preocupándome qué podría decirle.
—¿Diga?
—¿Señor Rawlins? —preguntó una voz de chica.
—¿Sí?
—¿Le pasa algo? Suena raro.
—¿Quién es?
—Chevette.
No había pasado un día completo desde que casi mato a un hombre por aquella mujer-niña, y tuve que buscar su nombre en mi memoria.
—Ah, hola. ¿Pasa algo? ¿El cerdo ese te está molestando?
—No —respondió—. Mi papá me ha dicho que le llame y le dé las gracias. Lo habría hecho igualmente. Dice mi papá que nos vamos a Filadelfia, a vivir con mi tío. Dice que podemos empezar de nuevo allí.
—Me parece una idea estupenda —respondí con un entusiasmo muy mal fingido.
Chevette suspiró.
Me perdí en ese suspiro.
Chevette me veía como su salvador. Primero la había alejado de su chulo, y después le había permitido ver a su padre de una manera que él nunca le había revelado antes. Intenté imaginar cómo podía verme a mí aquella niña: como un héroe lleno de poder y convicción. Habría dado cualquier cosa por ser el hombre a quien ella había llamado.
—Si tienes algún problema dímelo —dijo aquel hombre a Chevette.
La puerta de entrada se abrió y entró Jesus con Benita Flagg y Essie.
—Vale, señor Rawlins —respondió Chevette—. Mi papá quería saludarle.
Yo saludé con la mano a mi pequeña y rota familia.
—¿Señor Rawlins?
—Hola, Martel. La chica parece que está bien.
—Nos vamos a Pensilvania —dijo él—. Mi hermano dice que hay buen trabajo en los depósitos del ferrocarril que hay por allí.
—Me parece estupendo. A Chevette le iría bien empezar de nuevo, y quizá usted y su mujer podrían intentarlo también.
—Sí, sí —dijo Martel, haciendo tiempo.
—¿Hay algo más? —le pregunté.
Entonces Essie se echó a llorar.
—Usted… ejem, usted dijo que… que los trescientos dólares eran por la semana que iba a pasar buscando a Chevy.
—¿Sí? —Di un tono interrogativo a mi voz, pero sabía lo que iba a decir a continuación.
—Bueno, solo le ha costado un día, ni siquiera eso.
—¿Y qué?
—Supongo que son cincuenta dólares al día, sin contar el domingo —explicó Martel—. Podría usted aceptar otro trabajo para compensar la diferencia.
—¿Sigue ahí Chevette? —pregunté.
—Sí. ¿Por qué?
—Le diré por qué, Martel. Le daré doscientos cincuenta dólares si Chevy viene a pasar los próximos cinco días conmigo.
—¿Cómo dice?
Entonces colgué. Martel no podía evitarlo. Era un trabajador, y seguía la lógica del salario, que tenía incrustada en el alma. Yo había salvado a su hija de una vida de prostitución, pero eso no significaba que me hubiese ganado los trescientos dólares. Se iría a la tumba pensando que yo le había engañado.
—Eh, chico —saludé a mi hijo.
—Papá.
Me abrazó y yo le besé la frente. Llegó Benita y también me dio un beso en la mejilla, mientras Essie lloriqueaba en sus brazos.
Yo cogí a la niñita en mis brazos y le di vueltas en círculo. Ella me miró a la cara, maravillada, alargó la manita hacia mi áspera mejilla y sonrió.
Durante un momento no sentí otra cosa que amor por aquella criatura. La niña tenía la piel morena clara de Benita, y el pelo liso y negro de Juice. No corría ni una sola gota de mi sangre por sus venas, y sin embargo, era mi nieta. Debido a mi amor por ella estuve a punto de matar a Porky.
Mirando su carita confiada pensé en el bebé que mi primera esposa se había llevado consigo a Texas. Aquella sombra de pérdida me trajo a la memoria a Bonnie, y le tendí a Essie de nuevo a su madre.
—¿Está bien, señor Rawlins? —me preguntó Benny.
¿No me había preguntado eso mismo antes? No.
—Sí, bien, cariño.
—¿Nos necesitas esta noche, papá? —preguntó Jesus. Sabía que yo estaba herido, e intentaba protegerme de la preocupación de Benita. Siempre me estaba salvando, desde que lo traje a casa y lo saqué de la calle.
—No. Encontré a la persona a la que andaba buscando. Pero podéis quedaros de todos modos. Yo dormiré en tu habitación, Juice.
Jesus sabía que yo quería que se quedara, que llenara mi casa de movimientos y de sonidos. Asintió muy ligeramente y me miró a los ojos.
No sabía lo que estaba pensando —quizá que así podía ver la televisión, o dormir en una cama grande—, pero me sentía de tal manera en aquellos momentos que estaba seguro de que él era capaz de ver en mi interior; que él sabía que yo iba sin rumbo, que estaba perdido en mi propia casa, en mi propia piel.
—¡Juice! —gritaron Feather e Easter Dawn.
Corrieron a abrazar al chico que las llevaba a navegar en barco y les enseñaba a coger cangrejos con una red. Toda aquella conmoción hizo que Essie llorase de nuevo, y Benita se la llevó para darle el biberón.
Yo me fui a la cocina para preparar la cena. Al cabo de poco rato ya tenía tres ollas y el horno en funcionamiento. Pollo frito con un resto de macarrones que habían quedado, queso y coliflor con salsa blanca especiada con tabasco. Easter y Feather se unieron a mí al cabo de un rato y prepararon un bizcocho de melocotón que ya venía mezclado, bajo mi supervisión.
Tardamos cuarenta y siete minutos en preparar la comida hasta que esta llegó a la mesa. Mientras se enfriaba el pastel en el fregadero, Feather e Easter Dawn me ayudaron a servir la comida.
La cena fue muy bulliciosa. De vez en cuando Easter se ponía un poco triste, pero Jesus, que estaba sentado junto a ella, hacía bromas y le contaba chistes que la hacían sonreír.
Todo el mundo menos yo estaba en la cama a las nueve.
Me senté frente al televisor apagado pensando en el whisky y en lo delicioso que era.
Al cabo de un rato tuve que pensar en la pequeña vietnamita que había sido rescatada de su pueblo destruido, y cuyos padres (y todos sus parientes y todas las personas a las que conocía) habían muerto a manos del hombre que la había adoptado: Christmas Black.
Su patriotismo de soldado profesional se enfrió al darse cuenta de lo que le había costado la guerra norteamericana. Era un asesino igual que Mouse, pero Christmas era también un hombre de honor, y eso lo hacía mucho más peligroso e impredecible que el asesino amigo de mi juventud.
Si Christmas había dejado a Easter Dawn conmigo es que debía de haber guerra en algún sitio. Quería que yo cuidase a su pequeña, pero él no era mi cliente. Easter me había pedido que le asegurase que su padre estaba bien. La única forma que tenía de hacer tal cosa era salir y encontrarlo.
Y después, o más bien al mismo tiempo, tendría que buscar a Mouse y ver qué había de cierto en aquellas acusaciones de asesinato. Raymond había pasado ya cinco años a la sombra por homicidio y decía que nunca jamás volvería a la cárcel. Eso significaba que, si los policías lo encontraban antes que yo, un buen número de ellos acabarían muertos con toda probabilidad. Aunque Etta no me hubiese contratado, igualmente habría tratado de salvar las vidas que Mouse arrebataría: era uno de los deberes que yo mismo me había impuesto en la vida.
4
Un sonido me sacó de pronto de un sueño profundo. Era muy tarde. Lo primero que vi cuando abrí los ojos fue al perrito amarillo que me miraba entre las cortinas que cubrían la ventana de delante. No estaba muy seguro de si el teléfono había sonado, pero entonces volvió a sonar. Había un supletorio en mi habitación y me preocupaba que el bebé se despertara, así que respondí rápidamente, pensando que serían Christmas o Mouse, que llamaban desde alguna arriesgada situación en la calle.
—¿Sí? —dije con voz ronca.
—¿Easy?
La habitación desapareció un momento. Yo flotaba, caía en la oscuridad de la noche.
—¿Bonnie?
—Lo siento, me parece que es muy tarde —murmuró, con aquel acento suyo isleño tan dulce—. Puedo llamarte mañana… ¿Easy?
—Sí. Hola, cariño. Ha pasado mucho tiempo.
—Casi un año.
—Me alegro mucho de oírte, de oír tu voz —dije—. ¿Cómo estás?
—Bien. —Su tono era reservado.
«Claro —pensé yo—. Se arriesga mucho al llamarme. La última vez que hablamos yo la eché de mi casa».
—Estaba aquí sentado delante de la tele —le dije—. Jesus y Benita duermen en mi cama. También está aquí Easter Dawn. Tú no la conoces; es la hija de un amigo mío.
Bonnie no respondió a todo aquello. Recuerdo que pensé que probablemente Feather le había hablado a Bonnie de Easter Dawn. Ella y Christmas nos habían visitado unas cuantas veces. El exsoldado pensaba que su niña necesitaba amigas, y como la pequeña estudiaba en casa, le preocupaba que tuviera una influencia excesiva de él, que era un hombre.
—Es curioso que me llames —dije con la voz y la animación de un hombre totalmente ajeno a mí—. He estado pensando en ti. No todo el tiempo, claro, quiero decir que he pensado en lo que pasó…
—Me voy a casar con Joguye en septiembre —anunció ella.
Noté como si un disonante genio del bebop tocase el xilófono en mi espina dorsal. Me puse en pie y contuve el aliento, mientras las vibraciones discordantes atravesaban todo mi cuerpo. Los espasmos llegaron de repente, como una catarata o una explosión, pero Bonnie continuaba hablando como si el mundo no se hubiese acabado.
—… quería decírtelo porque Jesus y Feather asistirán a la boda y yo…
¿Era aquello lo que había visto en los ojos de Juice? ¿Sabía acaso que Bonnie planeaba aquello, aquella traición? ¿Traición? ¿Qué traición? Yo la había echado. No era culpa suya.
—Esperaba que me llamases…
Tenía que haberla llamado. Sabía que debía hacerlo. Sabía que lo haría, algún día. Pero no lo bastante pronto.
—¿Easy? —preguntó.
Yo abrí la boca, intentando responderle. Los temblores remitieron y me arrellané en el sofá.
—¿Easy?
Apreté el teléfono contra mi pecho, agarrándome a una vida entera que podía haber sido, si hubiese cogido el teléfono y hubiese abierto mi corazón.
5
No se puede despertar de una pesadilla si no te duermes.
Salí de casa a las cuatro y media de aquella mañana. Ya me había duchado y afeitado, me había cortado las uñas y cepillado los dientes. Me bebí la cafetera entera que había preparado Feather la tarde anterior, y todos y cada uno de los minutos los dediqué a intentar no pensar en Bonnie Shay y el suicidio.
El único neumático enorme en un tejado en el sur de Los Ángeles, en aquella época, era un anuncio de Goodyear encima de la panadería Falcon’s Nest, en Centinela.
El cielo se estaba iluminando por los extremos y el tráfico acababa de ponerse en marcha. Yo me notaba los dientes, las yemas de los dedos y poca cosa más.
No estaba enfadado, pero si Porky el Macarra se me hubiese acercado, habría sacado mi 38 con licencia y le habría pegado seis tiros. Quizá incluso hubiese vuelto a cargar el arma y le hubiese disparado de nuevo.
El edificio grande y azul frente a la panadería Falcon’s Nest era la iglesia de la Congregación de los Pueblos Negros del Orgullo de Belén. Había una cruz roja en el tejado y en la entrada una puerta doble amarilla.
Esos colores parecían alegres a la luz del amanecer.
Intenté imaginar por primera vez desde que era niño cómo sería Dios. Recordé a hombres y mujeres que sufrían convulsiones apopléticas cuando «entraba en ellos el espíritu»; eso me sonaba muy bien. Dejaría entrar al espíritu si prometía eliminar mi dolor.
Encendí un Camel, pensé en el sabor del bourbon, intenté apartar a Bonnie de mis pensamientos sin conseguirlo y salí del coche como Bela Lugosi de su ataúd.
Las casitas blancas y largas que se encontraban detrás de la iglesia del Orgullo de Belén estaban en los terrenos de la misma. Parecían como los pequeños barracones militares de un ejército que hubiese perdido la guerra. En tiempos se extendía una zona de césped entre los dos edificios largos, pero ahora solo había tierra dura y amarilla y unos cuantos hierbajos. Las paredes de tablas pintadas de blanco estaban sucias y sin brillo, la tela asfáltica verde del tejado había empezado a combarse y la cola barata que en tiempos las sujetaba había perdido su fuerza adhesiva.
Las estructuras de diez metros de largo estaban una frente a otra y perpendiculares a la parte posterior de la iglesia.
En el centro de cada uno de los muros más largos se encontraba una puerta sencilla. Me dirigí hacia la de la derecha. Había etiquetas a ambos lados con nombres escritos en tinta, ya desvaídos por el sol.
A la izquierda ponía Shellman, y a la derecha Purvis.
En la puerta de enfrente ponía Black y Alcorn respectivamente.
Abrí esa puerta y me introduje en la estrecha sala de entrada.
Los Alcorn eran una familia normal. A la oscura luz del vestíbulo vi que habían dejado allí un caballito de juguete, una mopa muy sucia y tres pares de zapatos viejos junto a su puerta. Había polvo y suciedad en la alfombrilla de goma negra, y las huellas de unos dedos infantiles manchados de gelatina bajo el pomo.
La residencia de los Black era algo completamente distinto. Christmas tenía una escoba muy tiesa apoyada en la pared, como un soldado en posición de firmes. También había una mopa en un cubo de plástico de color verde lima que exhalaba un olor a limpieza absoluta. El suelo de cemento ante la entrada estaba bien fregado, y la puerta blanca, recién pintada.
Sonreí por primera vez aquella mañana al pensar cómo daban forma Easter y Christmas al mundo a su alrededor, de una manera tan cierta como las vacaciones a las que debían sus nombres.*
Llamé a la puerta y esperé y luego volví a llamar. Uno no entra sin avisar en la casa de Christmas Black.
Al cabo de unos cuantos intentos más, probé a abrir el picaporte. Cedió con facilidad. El apartamento tipo estudio estaba mucho más limpio que un ala nueva de cualquier hospital.
Un sofá marrón ocupaba la pared central, frente a una larga ventana que daba a dos pinos solitarios. En el lado izquierdo de la parte más alejada de la habitación se encontraba un catre del ejército, y a la derecha una camita infantil con sábanas y colcha rosas; ambos inmaculadamente limpios. El suelo estaba bien barrido, los platos lavados y apilados, la mesita de centro frente al sofá no tenía ni un solo cerco dejado por un vaso de agua o una taza de café.
El cubo de la basura estaba limpio… lavado incluso.
No había ni un pelo en el lavabo de porcelana blanca del baño. En un platito, junto a la bañera, se veía una diminuta pastilla de jabón en forma de pez sonriente. Empecé a envolver el jabón en varias capas de papel higiénico cuando me vino una inspiración.
Volví a la habitación principal y aparté el sofá de la pared. Recordé que cuando Jesus era niño, a menudo escondía sus tesoros y sus errores debajo del sofá, suponiendo que solo él era lo bastante pequeño para acurrucarse y caber en aquel pequeño espacio.
Había unos cuantos envoltorios de caramelo, una muñeca sin cabeza y una fotografía enmarcada en aquel escondite. Era la foto de una mujer blanca, quizá hermosa, con una falda negra, un jersey negro, un pañuelo rojo que le cubría la cabeza por completo y unas gafas de sol muy muy oscuras. La mujer se apoyaba en la borda de un yate de gran tamaño y miraba por encima. El nombre del barco se podía leer debajo de ella: NEW PAIR OF SHOES.
El cristal estaba roto, como si el marco se hubiese caído. Quizá, pensé yo, Easter la puso encima de los cojines del sofá para examinar a aquella mujer que era amiga de su padre; una mujer que parecía una estrella de cine y que también se había ganado el derecho de ser colocada en un marco y en su casa. Pero después Easter empezó a corretear por ahí y seguramente el sofá se separó de la pared, y la foto se cayó y se rompió.
Todo aquello era muy importante para mí porque Christmas era un hombre inmaculado y obsesivo. Como todas las demás cosas estaban bien, seguramente habría mirado detrás del sofá si se hubiese mudado. Eso significaba que había salido con mucha prisa. Esa foto escondida me decía que aquel apartamento tranquilo y limpio había sido escenario de una situación amenazadora, o quizá incluso de alguna violencia.
Quité la foto de su marco roto y me la metí en el bolsillo. Volví a colocar el marco detrás del sofá y lo apreté bien contra la pared, para no estropear la inmaculada limpieza del hogar de los Black.
Miré a mi alrededor de nuevo, esperando que hubiese algo más que pudiese ayudarme a descubrir más acerca de Christmas y su súbita desaparición. Era difícil concentrarse, porque seguía interfiriendo una sensación de deleite. Yo casi me sentía inconscientemente desbordado de alegría al verme distraído de Bonnie y de su próximo matrimonio.
Pensar en Christmas exigía que siguiera concentrado, porque si él se había asustado significaba que sin duda alguna la muerte andaba cerca.
6
Yo estaba sentado en el sofá azul, oscilando entre el vértigo y la fuerte sensación de una violencia inminente, cuando se abrió de golpe la puerta. Entraron tres hombres uniformados. Soldados. Un capitán seguido de dos policías militares. Los policías llevaban unas pistoleras con pistolas del calibre 45. Eran blancos, enormes. El capitán, en cambio, era bajito, negro y, tras un momento de sorpresa, sonriente. No era una sonrisa amistosa, pero aun así parecía ser una expresión natural en aquel hombre.
Pensé en empuñar mi arma, pero no encontré excusa alguna para tal acto. Me sentí desesperado y confuso en lo más íntimo de mi corazón, pero decidí seguir a mi mente.
—Hola —dijo el capitán negro—. ¿Quién es usted?
—¿Es esta su casa, buen hombre? —le pregunté mientras me ponía en pie.
La mueca vacía del capitán se amplió.
—¿Y la suya? —preguntó a su vez.
—Soy detective privado —repuse. Siempre me estremezco un poco al decirlo; siento como si estuviese en un plató de cine y Humphrey Bogart estuviese a punto de hacer su aparición—. Me han contratado para encontrar a un hombre llamado Christmas Black.
Me preguntaba si alguna mujer se dejaría engañar por la sonrisa de aquel oficial. Era un hombre de piel oscura, como yo, y mortalmente guapo. Pero sus ojos brillantes, desde luego, nunca habían mirado dentro del corazón de otro ser humano. Detrás de aquellos ojos castaños profundos y oscuros se concentraba la frialdad de un predador natural.
—¿Y lo ha encontrado?
—¿Quién quiere saberlo?
Los policías militares se abrieron en abanico a ambos lados de su negro oficial en jefe. De allí no podría salir por la fuerza de mis brazos.
—Perdone mi descortesía —dijo el sonriente predador—. Clarence Miles. Capitán Clarence Miles.
—¿Y qué está haciendo aquí, capitán? —pregunté, pensando qué habrían hecho Mouse o Christmas si se hubiesen encontrado en mi situación.
—Yo le he preguntado primero —advirtió.
—Estoy en ello, capitán, pero mis años como militar han quedado muy atrás. No tengo que responderle y, desde luego, no tengo por qué contarle los asuntos de mi cliente.
—Quien es soldado una vez, lo es para siempre —dijo él, mirando al hombre que tenía a su derecha.
Observé que aquel policía militar tenía tres medallas en la parte izquierda del pecho. Eran roja, roja y bronce. Era un hombre blanco joven, con unos ojos grises asombrosos.
—También dicen eso de los negros —repliqué a ver si podía molestarle.
Pero el capitán Miles solo tenía sonrisas para mí.
—¿Cómo se llama, detective?
—Easy Rawlins. Tengo un despacho en Central. Una mujer me contrató para que encontrase al señor Black. Me pagó trescientos dólares por una semana de trabajo.
—¿Qué mujer?
Dudé entonces, pero no por incertidumbre. Sabía lo que quería del capitán y también tenía una idea de cómo conseguirlo.
—Ginny Tooms —contesté—. Me dijo que Black era el padre del hijo de su hermana, de diecisiete años. Quería que volviera con ella e hiciese lo que hay que hacer.
—Parece que quieren llevarle a prisión —especuló Miles.
Yo me encogí de hombros, dando a entender que los líos en que se mete un tipo con la polla traviesa no eran cosa mía. Yo solo necesitaba los trescientos dólares, y por ese motivo estaba allí.
—¿Qué aspecto tiene esa tal señorita Tooms? —me preguntó.
—¿Por qué quiere saberlo? Usted ha dicho que está buscando a Black. —Mi acento se iba volviendo más espeso a medida que hablaba. Sabía por experiencia que los soldados de carrera negros miran por encima del hombro a sus hermanos poco educados. Y si me menospreciaba, era posible que se descuidara y me dijera algo que no pensaba que yo pudiese comprender.
—Sí, así es —aseguró Miles—. Pero cualquiera que sepa algo de él puede ayudarnos.
—¿Qué quiere de él, capitán? —pregunté.
Los polis militares iban acercándose cada vez más. Bonnie volvió a mi mente durante un segundo. Supe que ninguna paliza me dolería más que el anuncio de su próximo matrimonio.
Miles fingió vacilar entonces. Éramos tal para cual, él y yo, como las figuritas del Tyrannosaurus Rex y el Triceratops con las que tanto le gustaba jugar a Jesus cuando era niño.
—¿Ha dado usted con el nombre del general Thaddeus King en su investigación, señor detective privado?
Yo fingí que sopesaba aquella pregunta y luego sacudí la cabeza negativamente.
—Es nuestro jefe —continuó Miles—. Y el de Black también. Hace poco envió a Christmas a una misión muy delicada. Fue hace tres semanas, y nadie ha oído hablar de él desde entonces.
—¿Qué tipo de misión?
—No lo sé.
Yo hice una mueca que indicaba que no le creía. Él hizo una mueca que me contestaba: «pero es cierto».
—Señor Rawlins.
—Capitán.
—Cuénteme más cosas de Ginny Tooms. —La sonrisa había desaparecido y los polis militares estaban en posición. Podía haber dicho: «O habla ahora o después de que le hayamos dado una buena paliza».
Yo podía resistir el castigo, pero la verdad es que no veía motivo alguno para tener que hacerlo.
—Una mujer blanca —dije—. Veintitantos años, quizá treinta. Guapa, me parece.
—¿Cómo que le parece?
—Llevaba gafas de sol y un pañuelo azul atado en la cabeza. Por lo que yo vi, podía estar llena de cicatrices.
—¿Rubia?
—Pues la verdad es que no lo sé. Quizá fuera calva, pero tenía buen tipo: eso no se puede esconder.
La sonrisa volvió. Clarence estaba empezando a disfrutar de nuestra conversación.
—¿Y su dirección?
Yo negué con la cabeza.
—Me pagó con quince billetes de veinte dólares y me prometió que me llamaría cada dos días. La mujer perfecta, por lo que a mí concierne.
Quedamos empatados. Yo había dicho mis mentiras, él las suyas. Sus hombres seguían en posición, pero no había ningún motivo para castigarme. Todo lo que había dicho era bastante plausible.
Miré a mi alrededor y vi lo que parecía un abejorro en la esquina, encima de la cabeza del soldado condecorado.
—¿Puedo ver su identificación, señor Rawlins? —me preguntó el capitán Miles.
Yo llevaba mi licencia de detective privado en el bolsillo de la camisa para tener el acceso fácil. La saqué y se la tendí como un buen soldado. El oficial la examinó. La foto en blanco y negro de mi rostro sonriente y la firma del subinspector de policía, mi archienemigo, Gerald Jordan, bastaban para probar todo lo que yo había dicho.
—No hay demasiados detectives negros en Los Ángeles —dijo él, mirando la tarjeta. Luego me miró y sonrió.
—¿Es todo, capitán?
—No. Todavía no.
—¿Qué más quiere? Tengo trabajo, ¿sabe?
El abejorro estaba en la misma posición. Deseé que el animalito cobrara vida y asustara a los soldados. Solo necesitaba un momento para sacar la pistola que llevaba alojada en el cinturón, en la parte de atrás de los pantalones. Notaba la necesidad de igualar posiciones.
—El general King estaba a cargo de unas operaciones muy delicadas, tanto en este país como en el extranjero. Él responde ante el Pentágono. Más de una vez he atendido a su llamada y el presidente estaba al otro lado de la línea.
—¿Y qué tiene que ver eso con un negro como yo o como Christmas Black, a ver?
—Tenemos que encontrar a Black —dijo Miles con rostro serio, a su pesar—. Tenemos que encontrarlo.
—Pero yo no me interpongo en su camino, hermano.
—¿Cómo localizó este apartamento?
—Tooms había estado aquí.
—¿Y por qué no vino ella misma?
—Me dijo que solo había estado en este lugar una vez, de noche. Lo único que recordaba era que había un edificio enfrente con un neumático enorme en el tejado. En cuanto lo describió, supe cuál era la dirección.
—¿Y por qué no se lo dijo, sin más? —preguntó Miles.
—Bueno, hombre… —repliqué con displicencia—, es usted un negro como yo, pero lleva demasiado tiempo en el ejército… Ellos le compran la ropa, la comida, le dan cama, coche y armas. Piensa que todo es igual, porque está en la banda más grande del mundo, así que no entiende que un hombre vaya detrás de un dólar. Si le hubiese dicho a Ginny que sabía la dirección, ella me habría dado veinte dólares, y no trescientos. Hay que ordeñar bien a los clientes como si fueran vacas. No hay economatos donde conseguir botellas de leche o crema por aquí, solo negros trabajando, eso es todo.
Si llego a apretar más, al final alguien habría acabado estrangulado con aquella mentira. El único problema que tenía era procurar que no se me notara en la cara la expresión de suficiencia y satisfacción, de modo que Clarence no supiera lo buena que yo pensaba que era.
—Descansen —ordenó Miles a sus hombres.
Los polis se relajaron y dieron un paso atrás.
—¿Y qué ha encontrado aquí, señor Rawlins?
—Una casa más limpia de lo que podía imaginar y un marco de fotos roto.
—¿Y qué había en el marco?
—Nada.
Yo no habría mirado a los ojos de una mujer con más profundidad de lo que Miles miraba en los míos, no sin que de ellos surgiera la pasión.
—Tenemos que encontrar a Christmas Black —dijo con una sonrisita.
—Usted lo ha dicho.
Durante un minuto los cuatro hombres que estábamos en aquella habitación podíamos haber sido maniquíes, de tan quietos como nos quedamos.
—¿Está usted comprometido con esa mujer?
—No le he dado ningún anillo ni nada.
—¿Se ocupará usted del trabajo de encontrar a Christmas Black para el gobierno de Estados Unidos? —preguntó.
La vida no transcurre en línea recta como creemos. Yo estaba convencido de que aquellos hombres eran el motivo de que Christmas hubiese dejado a su hija adoptiva conmigo, y mi intención era engatusarlos con la esperanza de averiguar qué le había ocurrido a mi amigo. Pero mi mente aceptó aquella información e imaginó que volvía a casa un año antes y le contaba mi aventura a Bonnie. Ella había sido la primera persona con la que podía compartir mis pensamientos.
El dolor que llegó con aquella ensoñación casi me destrozó. No podía hablar, porque sabía que el sollozo que tenía contenido en el pecho se escaparía con las palabras que pronunciase.
—Señor Rawlins —me pinchó Miles.
Guardé silencio diez segundos más y luego dije:
—¿Le parece bien que la señorita Tooms se entere de dónde está?
—¿Le importa?
—Me gusta que la gente diga a sus amigos que yo he hecho el trabajo que me pagan por hacer, sí.
—No hay problema —concedió el capitán negro—. De hecho, me gustaría conocer a esa Ginny Tooms.
—¿Y eso?
—Quizá sepa qué ha estado haciendo Black.
—Meterle la polla negra a su hermanita blanca y menor de edad, eso es lo que ha hecho —dije y Miles se echó a reír de buena gana.
—Yo le daré setenta y cinco dólares como cuota.
—Me dará trescientos dólares por una semana de trabajo de búsqueda —repuse yo—. Esa es mi tarifa. Y eso es lo que me paga todo el mundo. El Tío Sam no es una excepción.
—Ya le han pagado por esto.
—Trescientos del ala o usted y el general King se pueden ir a freír espárragos.
Yo estaba absolutamente seguro de que Clarence Miles había asesinado a algún hombre con esa mueca torcida en la cara. Se llevó la mano al bolsillo de atrás y sacó una cartera grande y alargada. Contó tres billetes de cien nuevecitos y me los tendió. Entonces supe que andaba en algo ilegal.
Los hombres del gobierno honrados que se ocupan de asuntos oficiales no le dan a la gente billetes de cien dólares. Desde el día en que se fundó, el ejército no ha entregado una cantidad tan elevada sin que fuera acompañada de un montón de papeleo.
A pesar de ello, cogí el dinero y me lo metí en el mismo bolsillo donde llevaba la foto de la mujer a la que había bautizado como Ginny Tooms.
—¿Cómo nos pondremos en contacto? —pregunté a mi corrupto empleador.
—¿Cuál es su número de teléfono?
Se lo dije. Lo apuntó en un trocito de papel y se lo metió en la enorme cartera.
—Le llamaremos mañana por la mañana a las nueve horas —dijo. Luego dio media vuelta y se alejó entre sus centinelas. Estos ejecutaron unos giros menos precisos y luego le siguieron afuera.
Les costó menos de diez segundos abandonar el lugar.
Quizá fuesen criminales, pero también habían sido soldados, al menos en algún momento de su viaje.
7
Me habían distraído de mi inspección del pequeño y pulcro hogar, pero no me habían descarrilado del todo. Aquellos soldados no venían para el tipo de búsqueda que yo quería llevar a cabo. O bien habían venido a buscar a Black o no; no había sutileza alguna en su intrusión.
Para satisfacer su curiosidad habrían necesitado un cuerpo muerto o un cubo de sangre derramada. También era obvio que no conocían demasiado bien a Christmas, porque de otro modo habrían venido a buscarle desde tres direcciones distintas, con las armas empuñadas y amartilladas. Christmas Black era un asesino entrenado por el gobierno, uno de los mejores de su clase en todo el mundo.
Volví a mi asiento en el pequeño sofá azul y miré a mi alrededor. Al cabo de un rato espié de nuevo a aquel abejorro. No se había movido desde hacía bastante tiempo.
Había una pared que se suponía que era una cocina hacia el fondo del apartamento. Los fogones estaban vacíos y el fregadero también. No había nada en la pequeña nevera, y lo único que ofrecía la mesita de comedor para dos personas era un par de pesadas sillas de arce.
Me llevé una de las dos al rincón donde estaba antes de pie el soldado condecorado. Me subí y miré hacia las profundidades del pequeño agujero negro que me había parecido un abejorro. Solo una bala podía haber creado aquella diminuta y perfecta cavidad.
Junto con la licencia de detective yo llevaba un lápiz amarillo del número 2 en el bolsillo de la camisa. Lo metí en el agujero. La gomita rosa señaló hacia el rincón más alejado del pequeño sofá.
Fui hacia allá y me agaché a cuatro patas junto al asiento de gomaespuma. Estaba a punto de inspeccionar la pared y el suelo cuando una oleada de miedo me invadió.
¿Y si Clarence Miles era más listo de lo que yo pensaba? Quizá hubiese salido para esperar a que yo investigase un poco más. Su plan podía ser abalanzarse sobre mí, quitarme lo que hubiese encontrado y luego que uno de sus soldados me ejecutase, por si acaso.
Me puse en pie gruñendo, caminé hacia la puerta y la cerré. Luego volví al rincón, colocando mi pistola en el suelo para tener un acceso fácil.
Allí, en la pared blanca, había una mancha roja muy débil. No era un goterón, ni una salpicadura, pero habían lavado algo lo mejor posible, dado el tiempo del que disponían.
Si Christmas hubiese tenido noventa minutos, habría ido a la ferretería y habría pintado encima de la sangre que él había derramado.
El sofá ahora se encontraba frente a la puerta principal. Me senté en él de nuevo e intenté imaginar lo que había pasado.
Quienquiera que hubiese recibido los disparos se encontraba en medio de la habitación cuando se vio sorprendido por su asaltante. La víctima iba armada y probablemente llevaba la pistola empuñada; debió de volverse rápidamente pero recibió un disparo mientras apretaba el gatillo de su arma. Cayó hacia atrás y por eso el disparo dio arriba, junto al techo.
Había otras posibilidades. Quizá la víctima estuviera poco familiarizada con el uso de armas de fuego, de modo que el disparo salió mal. Aun así, Christmas pudo disparar a aquel novato; él (o ella) iba armado, obviamente. Pero dudo de que fuese un atracador casual el que entró, o un vecino travieso; no con Clarence Miles y sus chicos por ahí cerca. El asaltante, creía yo, era alguien que se proponía hacer daño a Christmas. Ese alguien iba armado y estaba entrenado en el uso de su arma.
Quienquiera que fuese ahora ya estaba muerto. Su asesino era Christmas Black, de eso en mi mente no quedaba la menor duda. Solo Christmas podía haber limpiado tan escrupulosamente después de matar de esa manera.
Christmas esperaba un ataque, o quizá tuviese un sistema de aviso que le dijo cuándo se acercaba su enemigo. Salió por la puerta lateral, luego fue hacia atrás y dio la vuelta hacia delante. Llegó rápidamente, disparó al intruso, luego lo limpió todo, eliminó el cuerpo de alguna manera y se dirigió hacia otro escondite que tenía preparado ya semanas antes.
Confiaba mucho en mi hipótesis. Christmas había matado como medio de subsistencia durante la mayor parte de su vida. Fue educado por una familia entera de asesinos del gobierno. Seguro que oyó abrirse la puerta principal del edificio. En el tiempo que le costó al asesino entrar en el apartamento, Christmas ya estaría fuera.
Pero ¿qué pasó con el cuerpo?
Fuera de nuevo, fui andando en torno a los dos edificios destartalados. Era 1967 y Los Ángeles todavía no estaba tan poblado. La parte trasera de la iglesia era un enorme solar vacío antes de que colocaran allí aquellos dos bungalós prefabricados.
La parte de atrás de la propiedad era accesible por un camino sin pavimentar que conducía a una callecita pequeña y sin nombre, al menos que yo supiera. El solar estaba sembrado de latas de cerveza, envoltorios de condón y paquetes de cigarrillos vacíos. Junto a la casa de Christmas había una carretilla. La habían limpiado escrupulosamente.
No había rastro alguno entre los hierbajos desde la parte lateral de la casa hasta el camino, pero Christmas había aprendido a esconder sus idas y venidas a ojos tan agudos como los del Vietcong. Habría podido disimularlo.
Fui andando bajo el cielo del anochecer hacia el camino. Había sauces a cada lado del camino de tierra compacta, pero no casas. A mitad de camino de la calle sin nombre di con un cobertizo decrépito hecho de tela asfáltica y hojalata.
No había tampoco ninguna huella de carretilla, pero es que Christmas era muy bueno.
En el interior del cobertizo se encontraba una acumulación de objetos dejados por trabajadores de la construcción, borrachos, amantes, prostitutas y sus clientes y niños curiosos. Había excrementos de animales, pilas de herramientas usadas, lonas impermeables y recipientes de metal y de plástico de todo tipo.
En un rincón se veía un cajón enorme de embalaje lleno a reventar de todo tipo de trapos, marcos de metal y muebles rotos. Ese cajón me estaba estaba llamando desde que me di cuenta de que el abejorro no se movía.
Después de recibir mi licencia como investigador, Saul Lynx, el detective judío, me enseñó qué herramientas necesitaba un investigador privado.
—Necesitas cosas que no se perciban como criminales —me dijo un día mientras sus hijos mulatos corrían y jugaban a nuestro alrededor en su hogar de View Park—. Nada de herramientas especiales para abrir cerraduras, más bien un tubo delgado de metal con una muesca en un lado que se haya producido por accidente. Eso te servirá para la mayoría de puertas y coches. También tendrías que llevar un par de guantes en el bolsillo de atrás…
Así que saqué los guantes e inspeccioné el cajón.
En uno de los lados, completamente liso, se encontraban las cabezas de ocho clavos nuevecitos introducidos recientemente. Encontré un viejo destornillador y los saqué para poder apartar ese lado del cajón.
El cadáver no me sorprendió lo más mínimo. Tampoco me molestó demasiado, la verdad. Ya había visto un montón de muertos en mi vida; la mayor parte de ellos asesinados por su raza o nacionalidad. De camino hacia New Iberia, Louisiana o Dachau los había visto muertos a tiros, ahorcados, reventados por explosiones, linchados, gaseados, quemados, torturados, muertos de inanición. Un cadáver más no me iba a poner nervioso.
Era joven, llevaba ropa oscura. Tenía un agujero de bala limpio y pequeño encima del ojo izquierdo, la mirada fija y el rostro cubierto de hormigas. La colonia de la reina lo había reclamado; miles de aquellas pequeñas socialistas se arremolinaban sobre su piel pálida y sus ropas oscuras. Estaba seguro de que habrían eliminado cualquier cosa que pudiera identificarle, pero no necesitaba ningún nombre. Su cabello rubio estaba cortado al estilo militar y su calzado eran unas botas negras de combate de origen militar. Era un explorador del buen capitán y sus valientes hombres.
Volví a colocar el lateral del cajón de embalaje y dejé aquel cobertizo funerario. Fui andando por la calle sin nombre y caminé por el vecindario.
Todavía era bastante temprano.
Mientras volvía de nuevo dando un rodeo hacia Centinela y a mi coche, mi mente derivó de nuevo hacia Bonnie. Ella era el amor de mi vida, ahora y siempre. Amaba a otro hombre, quizá no tanto como a mí, pero lo bastante para que el otro se la ganara.
Intenté imaginar si habría podido seguir viviendo con ella. Había un diálogo entablado en mi interior casi cada día desde que le enseñé la puerta. Y todos esos días llegaba a la misma conclusión: no hubiera podido soportar dormir junto a ella mientras estaba pensando en él.
Montañas de cadáveres y soldados criminales eran algo que no significaba nada comparados con la pérdida de Bonnie Shay.
8
En el camino que salía de la casita de Christmas Black, en la zona que rodeaba su plaza fuerte, me pregunté por mi nuevo amigo. No se parecía a la mayoría de los negros que yo conocía. Su familia había formado parte del ejército estadounidense desde antes de que existiera Estados Unidos. Muchos de sus antepasados habían pasado por la época de la esclavitud sin ser esclavos; era posible incluso que algunos de ellos hubiesen poseído esclavos. Todos estudiaban las artes de la guerra y la violencia, y se transmitían ese conocimiento en un gran libro encuadernado a mano que Christmas le cedió a su primo hermano, Hannibal Orr, después de decidir que el país por el cual habían luchado sus antepasados se había equivocado de camino.
La familia de Christmas y de Hannibal era más americana que la de muchos blancos. Habían pasado por todos los momentos importantes del tumultuoso intento de crear la democracia estadounidense. Habían asistido a cada victoria y cada masacre, con las cabezas coronadas de gloria y las manos empapadas de sangre.
Me habría ido a casa y habría buscado a Hannibal para quitarme a Easter Dawn de encima si hubiese creído que Christmas se había vuelto completamente loco y había salido a matar a discreción. Pero Clarence Miles y aquel abejorro sin zumbido me hablaban de una historia totalmente distinta: Christmas tenía problemas, y yo le debía un favor. Cuando fui herido por un asesino sádico con nombre de estadista romano, Christmas e Easter me cuidaron hasta que me recuperé. Ellos me salvaron la vida, y aunque esta no valía demasiado en aquel momento, una deuda es una deuda.
Lo único que tenía que hacer era esperar hasta la mañana siguiente a las nueve y tomar el pelo a Clarence un poquito más. Pero la larga serie de horas entre aquella mañana y la siguiente era demasiado para mí.
Pensar en la partida de Bonnie era como mirar al sol. Yo tenía que apartar mi mente de ella, distraerme. Bonnie estaba sentada a mi lado, en la calle, dirigiéndose hacia alguna tienda. Me sonreía cuando yo me ponía frenético por cualquier pequeño error que había cometido.
—La vida sigue —me decía al menos una vez a la semana.
Pero ya no.
La vida se había detenido para mí de la misma manera que lo había hecho para aquel enloquecido soldado que se había atrevido a invadir la soberanía personal y portátil de Christmas Black.
El barullo parecía el de un motín que se estuviera produciendo detrás de la puerta principal, rosa, abollada y descascarillada. No, más que una algarada era una guerra. Y no eran solo los carritos rotos, la madera astillada y el césped abrasado, sino que se libraba una batalla a todo volumen en el interior de la casa. Habría jurado que se oía fuego de metralleta, bombarderos, un ejército entero en marcha detrás de aquella puerta.
Llamé al timbre y di unos golpes muy fuertes, pero supuse que nadie había podido oírme por encima del jaleo que surgía del pequeño domicilio. No sé por qué motivo mi inteligencia desapareció ante aquel tumulto. No sabía cómo hacerme oír. Y, de todos modos, ¿quién quiere atraer la atención de un estrépito semejante?
Estaba a punto de alejarme cuando se abrió la puerta principal. La centinela era una mujer morena y delgada con los hombros caídos y el pelo estirado, que llevaba un vestido que se había descolorido hasta tal punto que el estampado de su tela azul se había vuelto imposible de distinguir. Podía tratarse de aves en pleno vuelo, flores moribundas o unas formas en tiempos claras y específicas, llevadas a la locura por la docena de niños feos, terriblemente feos que saltaban, chillaban y se peleaban en el interior del hogar de los Tarr.
—¿Sí? —lloriqueó la pobre mujer. Sus hombros estaban tan caídos que parecía un edificio a punto de derrumbarse.
—¿Señora Tarr?
No sé por qué motivo el sonido de mi voz atrajo un silencio completo a aquel hogar arrasado por la guerra.
La tropa de niños antiestéticos con los ojos redondos me miró como si yo fuera su próximo objetivo; una guerra había terminado y otra estaba a punto de comenzar.
Noté un inicio de pánico en mi diafragma. Había al menos dos parejas de feos gemelos en la camada. Ninguno de ellos tenía menos de dos años ni más de once.
—Sí —dijo la mujer agobiada—. Soy Meredith Tarr.
Lo sentí por ella. Una docena de niños y el marido asesinado. Por muy bajo que hubiese caído yo, no podía imaginarme en el lugar de Meredith. Pensar en tantos corazones latiendo bajo mi tejado por la noche, acosándome en busca de salud, auxilio y amor, era algo que estaba más allá de mi comprensión.
El silencio se extendió un largo momento; trece pares de ojos hambrientos me perforaban.
—Me llamo Easy Rawlins —dije—. Soy un detective privado contratado para averiguar qué ha sido de su esposo.
Demasiadas sílabas para su oscura y variopinta prole. Uno de los niños chilló y el resto le siguió hacia el caos.
—¿Quién le ha contratado? —preguntó ella. Su voz sonaba tensa y cansada, pero aun así tenía que chillar para que yo la pudiera oír.
—Una mujer llamada Ginny Tooms —dije yo, para que mis mentiras fuesen lo más sencillas posible—. Es prima de Raymond Alexander, y está absolutamente segura de que él no fue quien mató a Perry.
—No, señor Rawlins —me aseguró por su parte Meredith Tarr—. Ray Alexander fue quien mató a Perry. Eso lo sé bien seguro.
Era difícil para mí sumergirme en las profundidades del corazón de aquella mujer demacrada. Quizá mostrara así su odio por mi amigo, pero estaba tan exhausta que a su manzana de la discordia solo le quedaba el corazón.
De entre el caos de los niños surgió una niña pequeña, de unos ocho o nueve años. Aquella niña, aunque era igual de fea que sus hermanos y hermanas, tenía algo distinto. Su vestido amarillo no tenía manchas y llevaba el pelo bien peinado. Lucía unos zapatos rojos de piel barata, pero brillante y lustrada.
La niña se acercó a su madre y la miró.
«Hay un punto brillante en cada sombra», decía mi tía Rinn.
—¿Cómo te llamas? —le chillé a la pequeña.
Ella cogió la mano de su madre y dijo:
—Leafa.
Leafa era el pequeño islote de luz de Meredith.
—No sé quién lo hizo —dije a Meredith—. No le debo nada a Alexander. Lo único que sé es que me pagaron trescientos dólares para que pasara una semana buscando a su esposo. Si está muerto, como usted dice, intentaré probarlo. Y si vive…
—No vive —repuso Meredith, interrumpiendo mi mentira.
—Si vive, intentaré probarlo también. Lo único que necesito es hacerle a usted algunas preguntas, si no le importa.
Mi certeza contra la convicción de Meredith de que su marido estaba muerto condujo a las lágrimas a la mujer de los hombros caídos. Al principio no lo notó nadie salvo Leafa. La niña abrazó el muslo de su madre y yo le puse una mano en el hombro.
—Es culpa mía —sollozó ella—. Es culpa mía. Yo me quejaba de que no teníamos dinero suficiente para alimentar y vestir a todos estos niños que hemos tenido. Él tenía dos trabajos y cogió otro los fines de semana. Casi nunca estaba en casa, trabajaba muchísimo. Luego pidió dinero prestado a ese hombre que tiene nombre de roedor.
—¿Le dijo todo eso Pericles? —le pregunté.
—No tuvo que hacerlo. Raymond Alexander vino a esta casa a traérselo —dijo Meredith como si fuera un predicador, citando de la Biblia—. Se sentó en este mismísimo salón.
Yo miré el sofá que seis niños habían convertido en El Álamo o en la última batalla de Custer. Disparaban y saltaban y se cortaban las gargantas unos a otros.
—¿Se sentó aquí Ray Alexander?
—En presencia de sus propios hijos, Perry cogió el dinero manchado de sangre de ese mal hombre. Dijo que iba a hacerse con un carrito de dónuts frente a la puerta Goodyear, pero el hombre al que le dio ese dinero le engañó y no consiguió nada para poder pagar su deuda.
—¿Raymond Alexander vino a su casa y le entregó un préstamo a Pericles Tarr? —pregunté para estar seguro de que la había oído bien.
—Se lo juro por Dios —dijo ella levantando la mano izquierda, porque la derecha la tenía cogida Leafa.
—¿Y qué ocurrió cuando Perry no pudo pagar?
—Él me dijo que Mouse le había dicho que tenía tres semanas para conseguir el dinero, o si no, tendría que amortizar la deuda. Durante dos meses pasó todas las noches haciendo cosas malas para ese usurero. Y luego llegó a casa una noche y dijo que, si no volvía, era porque había pagado por nuestra seguridad con su vida.
Por entonces los niños se habían arremolinado todos en torno a su madre, lloriqueando con ella. Todo el mundo salvo Leafa lloraba. La buena niña mantenía la calma por toda la familia; a mis ojos, su fealdad se iba transformando en belleza.
—¡Perry nos quería, señor Rawlins! —lloraba Meredith—. Quería a sus hijos y esta casa. No ha llamado ni ha escrito en ocho días. Yo sé que está muerto y sé quién le ha matado.
En el momento justo, la pequeña tribu de los Tarr dejó de llorar y sus ojos adoptaron entonces una mirada de odio hacia el asesino de su padre.
—¿Dónde trabajaba él? —pregunté, carraspeando un poco, porque tenía la garganta seca.
—En los grandes almacenes Portman, en Central. Era encargado de inventario.
Asentí e intenté sonreír, pero fracasé. Luego le di las gracias a Meredith y me alejé. La puerta se cerró tras de mí y yo di unos pasos hacia la calle. Me sentí sorprendido cuando una mano pequeña me agarró el dedo meñique.
Era Leafa. Tiró de mi mano y yo me agaché para oír lo que me quería decir.
—Mi papá es demasiado listo para estar muerto, señor. Una vez estaba en la guerra y los coreanos le tendieron una emboscada a él y a sus amigos. Luego volvieron para asegurarse de que todos estaban muertos, pero mi papá cogió la sangre de su amigo y se la puso en la cabeza y cuando los soldados enemigos fueron a mirar, no le dispararon porque pensaron que ya estaba muerto.
—¿Así que no crees que le matara ese hombre, Ray? —le pregunté.
Ella meneó la cabeza con solemnidad y me resultó difícil imaginar que tal inteligencia pudiera estar equivocada.
9
También encontraba difícil de creer que Mouse se hubiese sentado en aquel raído sofá entre los gritos de todos aquellos niños tan feos. Raymond no tenía paciencia para más de un niño a la vez, y siempre que fuese él el centro de atención y no el niño. Tampoco era un usurero que fuese por ahí prestando dinero. Igual decidía que quería que le devolvieran su dinero en cualquier momento, incluso antes de que se le debiera, y un prestamista debía tener mucho más cuidado.
Mouse no era un hombre de negocios en el sentido convencional. Era un agente especial, un ejecutor, un capo. Ray Alexander era una fuerza de la naturaleza, no un banco.
Pero tampoco creía que la madre de Leafa mintiese. Había ido a la policía a acusar a Mouse del crimen y no había nadie entre un millar de personas en Watts lo bastante valiente o estúpido para hacer algo como aquello.
Además, Mouse había desaparecido al mismo tiempo que Pericles. Era un auténtico misterio; casi bastaba para distraerme de Bonnie.
Casi.
Estaba solo en un coche lleno de fantasmas. Bonnie estaba allí junto a mí, con Easter Dawn en su regazo. Mouse y Pericles Tarr iban sentados en el asiento de atrás, murmurando acerca de dinero y sangre. Junto a ellos se encontraba Christmas y una mujer blanca con un pañuelo de topos. Quizá estuvieran haciendo el amor.
Detrás de nosotros iba un jeep lleno de militares armados, bribones.
Tenía que elegir entre Bonnie y los soldados suicidas; aquellos que pensaban que podían atacar a un hombre como Christmas y ganar.
En la sede principal de la biblioteca de Los Ángeles había una bibliotecaria llamada Gara Lemmon. Era una mujer negra de Illinois que recibió el nombre de su padre pero fue educada por su madre. Era gruesa, con unos rasgos grandes, bien definidos. Sus manos eran mayores que las mías y su amplia nariz parecía ocupar todo el sitio que quedaba hasta la frente.
A Gara le caíamos bien mi amigo Jackson Blue y yo porque leíamos y nos gustaba hablar sobre ideas. A veces los tres nos íbamos a su pequeño despacho trasero a discutir aspectos sutiles de filosofía y de política. Jackson y Gara eran ambos más leídos y más listos que yo, pero también iban dando algunos traguitos de la petaca de Jackson y por tanto estábamos bastante a la par cuando la discusión se ponía caliente.
—Easy Rawlins —dijo Gara cuando entré en la sala de las bibliotecarias. Estaba sentada en una gran silla verde en la enorme y tenebrosa sala de los empleados—. ¿Cómo te han dejado entrar hasta aquí?
—El señor Bill ya me conoce —respondí—. Me ha dicho que podía entrar.
—¿Viene Jackson contigo?
—Ahora que tiene ese empleo con los ordenadores, Jackson ya no hace nada más que trabajar.
—Ah, bueno. Ya sé que no has venido aquí únicamente para hablar.
Dejó el libro que estaba leyendo y acomodó su enorme masa en la gran silla.
—¿Qué estabas leyendo? —le pregunté.
—El guardián entre el centeno —contestó frunciendo un poco sus labios gordezuelos.
—¿No te gusta?
—Está bien. Quiero decir que es bueno, pero pienso en un niñito negro o mexicano leyendo esto en el colegio. Mirando la vida de Caulfield pensaría: «Maldita sea, ese chico lo tiene bien. ¿Por qué se agobia tanto?».
Me eché a reír.
—Sí —afirmé—. Nosotros nos damos cuenta de que ellos ni siquiera lo piensan, y ellos ni se dan cuenta y viven sin un solo pensamiento hacia nosotros.
No tenía que decirle a Gara quiénes eran «ellos» y «nosotros». Vivíamos en un mundo de «ellos y nosotros» mientras ellos, a todos los efectos, vivían solos.
—¿Tienes algún libro que diga quién es quién en el ejército? —le pregunté, sentándome ante ella en un taburete de tres patas.
—Sí, lo tenemos. Ya te hablé de la subvención que nos da el gobierno para que contemos con sus publicaciones especiales. Tenemos una sala entera llena de cosas de ese tipo.
—Busco a un general, un tal Thaddeus King, y un capitán, Clarence Miles.
Gara frunció sus gruesos labios. Yo había conocido a su marido; era un hombre menudo que parecía un gallo. No podía imaginarlo besando a aquella mujer tan grandota, pero a él le encantaría, suponía yo.
—Son unas estanterías de acceso especial —advirtió ella.
—Ya, me lo imaginaba. Pero una niñita pequeña ha perdido a su padre y esa es la única forma de que ella vuelva a casa.
—Escribe los nombres —dijo Gara.
Escribí los nombres en la hoja superior de un taco de papel que estaba situado en la mesa entre su enorme silla de inquisidor y mi taburete de suplicante.
—Espera aquí —me dijo—. Te los voy a buscar.
En cualquier otro momento habría cogido un libro de uno de los carritos y habría empezado a leer. Soy un gran lector. Por norma general me encantan los libros, pero aquel día no. Lo único que me interesaba entonces respiraba y sangraba o lloraba.
Me quedé allí sentado intentando tramar un plan para acercarme a ese general Thaddeus King. No podía llegar a él desde un punto de vista militar, y en los archivos de Gara, por muy precisos que fuesen, no habría ninguna dirección. Eso significaba que tendría que usar el teléfono. Tendría que encontrar en algún sitio su número y llamarle.
Pero ¿qué le iba a decir? ¿Que sabía en qué chanchullo estaban metidos él y Miles? Así se podía empezar con un gamberro callejero, pero no con un soldado; ciertamente, no con un general. No. Un general de este ejército habría entrado en combate. Se habría enfrentado a la muerte y habría hecho cosas que pondrían enfermo a cualquier hombre normal.
¿Y quién era yo para afirmar que King sabía algo de las actividades criminales de Miles? Quizá debiera hablarle a King de Miles, y ver qué tenía que decirme él.
Pero para una investigación más sutil tendría que verle cara a cara. Él no me abriría su corazón por teléfono como si fuera una adolescente.
Pensar en amores telefónicos no fue una buena idea. Me trajo a la mente a Bonnie, acurrucada en un sillón del salón hablando por teléfono y riendo. Su voz sonaba muy grave cuando se reía. Echaba la cabeza atrás y su largo cuello se me ofrecía. Esa imagen destruía mi capacidad de resistir el dolor. Lo único que pude hacer fue mirar la pared color beis del salón de las bibliotecarias. Imaginé mi mente como una llanura plana, inarticulada, sin sentido. Era una especie de suicidio intelectual temporal.
—¿Era una pregunta con trampa? —preguntó Gara.
Yo levanté la vista y la diversión que había en sus ojos desapareció.
—¿Qué te pasa, cariño?
—Yo…
Gara acercó una silla a la mía y me cogió las manos entre las suyas. Nunca me había tocado desde que nos conocíamos. Era una mujer muy correcta, que no quería dar una impresión equivocada.
—No, estoy bien —dije—. Solo es un problema en casa, pero no es grave. Nadie está enfermo. Nadie se muere. —Cogí aliento con fuerza y la aparté—. ¿Qué decías de una trampa?
—No existe ningún general ni coronel ni comandante Thaddeus King en todo el ejército, y el único Clarence Miles es un sargento mayor en Berlín.
—¿Puedo fumar aquí? —pregunté.
—No, pero te voy a dejar de todos modos. Parece que lo necesitas.
La inhalación de ese humo que causa cáncer me pareció el primer aliento que aspiraba desde hacía mucho tiempo. Me recordó lo que solía decir aquel hombre, cuyo nombre he olvidado, y que era amigo de mi abuelo materno: «Nacemos muriendo, chico. Si no fuera por la muerte, nunca respiraríamos por primera vez».
Todo lo que me había dicho Miles era una mentira. Lo que dijo, pero no lo que yo vi. Habían llegado armados y por la fuerza; al menos es cierto que habían sido militares. Eran asesinos y soldados, dado que estaban dispuestos a poner sus vidas y las de los demás en peligro.
10
Siempre he tenido muy buena memoria en los momentos de tensión. Cuando he sentido que mi vida estaba amenazada o que alguien a quien quería estaba en peligro, he empezado a prestar muchísima atención a todos los detalles. Así fue cuando el mentiroso capitán Miles y sus hombres llegaron hasta mí. Muchos de aquellos detalles, incluyendo las medallas de los policías militares condecorados, se me quedaron grabados en la mente.
Una medalla tenía unas tiras rojas y amarillas con una hoja de bronce sobre ellas y un círculo de bronce ornamentado que colgaba por debajo; otra tenía el fondo amarillo con rayas verdes y amarillas y una medalla como una moneda. La última cinta era verde, amarilla, roja, amarilla y verde, y sujetaba una brillante estrella roja.
Gara me dejó consultar la pequeña biblioteca militar después de ver mi expresión angustiada. Probablemente pensó que estaba así de preocupado porque alguien a quien amaba estaba muriéndose o cercano a la muerte. Si le hubiese contado lo de Bonnie probablemente se habría reído y me habría echado de allí. Un corazón roto no era motivo para poner en peligro su trabajo.
Las medallas del pecho de mi soldado se habían ganado todas en Vietnam: la medalla al Valor de la República de Vietnam, la medalla de Servicio de Vietnam y otra medalla concedida específicamente por heridas.
Escribí los nombres, salí al salón y vi a Gara de nuevo en su enorme silla verde. Había acabado la obra maestra de Salinger y había pasado a leer un grueso volumen. Bebía de una botella de gaseosa de medio litro, sonriendo con el texto.
—Necesito algo —dije con toda la tristeza y el remordimiento desaparecidos de mi rostro y mi voz.
—Todos necesitamos algo —replicó ella, y siguió leyendo y bebiendo.
—Necesito saber qué soldados han recibido estas tres medallas en los últimos cinco años.
Coloqué la lista en la mesa, junto a ella.
—Nosotros llevamos el caballo al agua, señor Rawlins —dijo entonces—. No nos ponemos de rodillas y bebemos por él.
Coloqué uno de los billetes de cien dólares de Miles encima de la lista. Era otro ejemplo más de mi angustia emocional. Si me hubiese encontrado en mi estado normal, habría puesto uno de veinte; veinte dólares bastaban para lo que estaba preguntando. Pero había algo poético, un cierto eco de justicia en pagar por mi información con el mismo dinero que me había dado el mentiroso.
Gara dejó su agua azucarada con burbujas y el libro. Cogió el billete de cien y la breve lista.
—La tendré mañana a las tres —dijo—. Si es más temprano, te llamaré.
Yo sonreí y le dirigí un saludo burlón. Estaba a punto de irme cuando me preguntó:
—¿Qué tal los niños?
—Bien. Estupendo. Jesus y su chica han tenido una niña.
—¿Se van a casar?
—Ya veremos.
—¿Y Bonnie?
—Ya veremos —dije de nuevo.
Me dirigí hacia la puerta antes de que ella pudiese cuestionarse mis respuestas.
El perrito amarillo debía de estar en el patio de atrás persiguiendo ardillas, porque no ladró cuando entré en el porche. Frenchie conocía el sonido de mi coche. Bonnie me había dicho que ella sabía que llegaba desde una manzana de distancia solo por sus ladridos furiosos.
Pero aquel día había hecho todo el camino hasta la puerta delantera sin ser detectado. La puerta estaba abierta, de modo que solo la mosquitera me separaba de los sonidos de la casa. Oía a Essie que gritaba a unas habitaciones de distancia y a Feather hablando en francés. El tiempo que había pasado en la clínica de Suiza y luego con Bonnie y Jesus habían conseguido que Feather conversase con facilidad en esa lengua. Pero la única persona con la que hablaba francés por teléfono era Bonnie. Ahora que mi hija se estaba convirtiendo en mujer, hablaban como si fueran dos amigas.
Fui a agarrar el picaporte y me detuve. Feather se reía en voz alta y decía algo que era tanto una pregunta como una exclamación. Yo hablo algo de francés, sobre todo criollo, por mi niñez en Louisiana, pero el velocísimo parisino que Bonnie le había enseñado a Feather era demasiado para mí.
Abrí la mosquitera, pero no entré todavía.
—Está aquí —dijo Feather en una voz que intentó amortiguar—. Tengo que dejarte.
Colgó cuando yo entraba.
—¡Papá! —gritó, y corrió a abrazarme.
Yo la apreté mucho más fuerte de lo normal. Tenía que agarrarme a alguien que me quisiera.
—Hola, cariño.
Feather se retiró un poco y me miró a los ojos. Sabía que la había oído. Quería ayudarme a sentirme mejor.
—Vale —dije yo—. No te preocupes.
—Hola, papá —me saludó Jesus.
Estaba de pie ante la puerta de la cocina con un delantal marrón y unos guantes de goma amarillos.
—Hola, chico.
—Hola, señor Rawlins —saludó entonces Easter Dawn. Estaba de pie junto a Jesus, con harina en las manos y en las mejillas.
—Estáis cocinando, ¿eh? —dije.
—Sí, estamos haciendo bizcocho de mantequilla —respondió la muñequita—. Juice está lavando los platos y ayudando.
—¿Queréis que yo os ayude a preparar la cena? —le pregunté a Easter.
Los negros ojos de la niña brillaron mucho y su boca se abrió en un círculo perfecto. El ámbito doméstico era su bastión de poder, en casa de su padre. Él no tomaba nunca una decisión sin consultarla. E Easter casi siempre tenía la última palabra.
Yo tenía unos rabos de buey en la nevera. Los rebozamos con harina, los rehogamos en manteca con pimientos verdes, cebolla cortada a trocitos y ajo picado. Mientras hervían a fuego lento sacamos el bizcocho de mantequilla, pusimos arroz a hervir y preparamos unas cuantas coles de Bruselas, que salteamos con mantequilla y luego aderezamos con salsa de soja.
Mientras cocinábamos, la niña y yo hablábamos de nuestras aventuras.
Feather había pasado otra vez todo el día en casa cuidándola. Habían ido al museo y a comer unas hamburguesas en Big Boy. Por la tarde, habían leído el libro de historia de Feather y preparado sus lecciones para el colegio. Me di cuenta de que tenía que llevar a Easter al colegio, o si no la educación de Feather empezaría a sufrir.
Intenté no pensar cómo se habría ocupado Bonnie de todo aquello, como cuando estaba conmigo.
Bonnie hacía que mi hogar funcionase con toda suavidad, incluso cuando estaba de viaje o en vuelos internacionales para Air France. Contrataba a gente, tenía amigos que realizaban tareas que me facilitaban la vida.
¿Cómo pude echarlo a perder?
—¿Ha encontrado a mi padre? —preguntó Easter, y me vi atraído de nuevo hacia el mundo.
—Estoy cerca. ¿Cuánto tiempo hace que vivís en aquella casa que está enfrente del neumático grande?
—No lo sé… Una semana, quizá.
—Hum. He encontrado a unas personas que a lo mejor sepan dónde está —dije—. Se supone que me llamarán mañana por la mañana y me dirán lo que sepan.
—¿Con quién ha hablado? —me preguntó ella.
—Un hombre llamado capitán Miles. Un hombre negro del ejército. ¿Lo habías visto alguna vez?
Easter estaba de pie en una silla a mi lado, junto al fogón. Su trabajo consistía en meter las verduras en el aceite caliente, y luego yo las iba removiendo.
Se quedó pensativa un momento y luego meneó de lado a lado la cabeza.
—No. No vino ningún capitán Miles a nuestra casa nunca. Mientras yo estaba despierta, no.
—¿Iba gente a casa por la noche mientras tú dormías? —le pregunté.
—A veces.
—¿Y no viste a alguno de ellos? Quiero decir que quizá te despertaste y miraste al piso de abajo.
—No —contestó ella, muy seria—. Eso sería espiar y espiar es malo. Pero…
—¿Sí?
—Una vez la señora del pelo rubio vino por la noche pero seguía todavía allí por la mañana.
—¿Y qué le pasaba?
—Estaba muy triste. —Easter asintió como para reafirmar lo que me estaba diciendo.
—¿Por qué?
—Su marido tenía problemas. Sus amigos estaban muy enfadados con él y también estaban enfadados con ella.
—¿Dijo algo más de aquellos hombres?
—No. ¿Le podemos poner fresas al bizcocho de mantequilla?
—Mandaré a Jesus a la tienda para que compre algunas.
Nuestra conversación iba y venía entre la cocina y la gente a la que conocía su padre. No había demasiadas cosas que me resultaran útiles, pero cuando Easter estaba preparando el arroz, recordé el jaboncillo envuelto en papel.
—¡El señor Pescadito! —gritó tras desenvolver el jaboncillo—. Pensaba que te había perdido.
—Lo encontré en la casa frente al neumático grande.
—¿Y estaba allí mi papá? —preguntó Easter Dawn.
—No. No estaba. Pero me pregunto… ¿llegasteis a Los Ángeles en el jeep de tu padre?
—No. La señora tenía un coche verde y papá lo condujo.
—¿Y ella le dejó que se lo quedara?
—No. Un amigo suyo le prestó un coche azul, pero luego fue a comprarle una camioneta roja con una caravana a un hombre muy raro.
—¿Qué hombre raro?
—Ese de la tele que siempre tiene animales y chicas muy guapas a su alrededor.
11
Coches Usados Marvel era una institución en Compton. Todos los coches de aquel negocio eran tan buenos como si fueran nuevos; al menos, eso es lo que decían los anuncios nocturnos de televisión. El dueño era un rotundo texano blanco que se rodeaba de lindas muchachitas blancas con traje de baño sonriendo a las cámaras. A menudo tenía leones enjaulados y elefantes domesticados en la tienda. Marvel era un timador que sabía que la mayoría de la gente quiere que la engañen.
Unos años antes yo había comprado un coche a uno de los vendedores de Mel, Charles Mung. Era un Falcon de color azul cielo. Mi Ford estuvo en el taller un par de semanas y se me ocurrió conducir un coche usado mientras me arreglaban el mío. Luego pensé en dárselo a Jesus.
El problema es que el neumático trasero se rompió de camino a casa desde Compton. Se salió del eje y se fue rodando por la calle.
Contraté una grúa y llevé el coche de vuelta al local.
Charles Mung era un chico blanco, alto y con pecas y los ojos de un azul impoluto.
—El neumático derecho se ha roto —le dije bajo el sol ardiente, en el solar de veinte mil metros cuadrados. Solo hacía tres horas y tenía una garantía de treinta días.
—No cubrimos los accidentes —replicó él, se volvió y se alejó.
Yo le cogí del brazo y aparecieron de repente tres hombretones muy altos que me rodearon y liberaron al vendedor.
—Me debes cuatrocientos dólares —dije por encima del hombro de uno de los feos matones.
—Enséñale al señor Rawlins la salida del local, ¿quieres, Thunder? —replicó Mung.
No me hicieron ningún daño. Simplemente, me depositaron en la acera.
—Vuelve por aquí —me dijo Thunder, un hombretón del tamaño de un oso polar—, y mis amigos y yo te romperemos todos los dedos.
Es curioso las cosas que se te quedan grabadas. Yo estaba tan humillado por el trato que había recibido que todo el camino de vuelta a casa en autobús planeé mi venganza. Cogería mi pistola y volvería allí. Si no me devolvían mi dinero, mataría a Mung y a Thunder.
Estaba en el dormitorio cargando mi tercera pistola cuando llamó Mouse.
—¿Qué problema tienes, tío? —me preguntó después de decirle hola.
Le conté mi problema y mis intenciones.
—Espera, Easy. Yo tengo amigos por allí. ¿Por qué no me has llamado antes que nada?
—Me han humillado, Ray. No pienso tolerarlo.
—Hazme un favor, Easy —dijo él—. Déjame que llame primero a mi amigo. Si no funciona, entonces ve tú mismo.
Yo accedí y más tarde, después de que Feather y Jesus volvieran a casa desde el colegio, volví en mí. Estaba a punto de salir a matar a alguien solo por cuatrocientos dólares y cuatro imbéciles.
Preparé la cena y senté a los niños a la mesa.
Mientras yo estaba en el salón viendo las noticias de las diez en la televisión, llamaron a mi puerta. Era Charles Mung. Llevaba un vendaje grueso y blanco que le cubría completamente el ojo izquierdo y la mano derecha la tenía hinchada, cosa que obviamente le producía gran dolor.
—Tenga —dijo mientras me tendía un sobre grande de color marrón.
Antes de que pudiera preguntarle qué era aquello se fue corriendo.
El sobre contenía la documentación de un automóvil y cuatrocientos veinte dólares. El coche, que estaba aparcado frente a mi casa, era el propio Cadillac del 62 de Mung.
Usé el dinero para comprar otro coche y le regalé el Caddy a mi viejo amigo Primo, que se sacaba un dinerillo vendiendo coches estadounidenses allá abajo, en México.
Me fui antes de comer nada, pero le prometí a Feather y a Easter que volvería para la hora de la cena.
El enorme solar era dos veces más grande que la última vez que estuve allí. Mel había comprado los terrenos del otro lado de la calle y había construido un edificio de exposiciones de tres plantas. Este estaba rodeado por enormes columnas de globos rojos y azules y coronado por una bandera estadounidense que ondeaba a diez metros de altura.
Aquello era tan grande que parecía una operación militar.
Dejé el coche en el aparcamiento para clientes y fui andando hacia el cuartel general, todo acero y cristal. Cuando llegué a la puerta principal, un hombre delgado con un traje verde intenso se acercó a mí.
—¿Puedo ayudarle? —me preguntó aquel tipo de piel oscura. Una nueva adquisición, un vendedor negro.
Tenía los ojos enfebrecidos. Su sonrisa se retorcía como un gusano al sol.
—Tengo que hablar con alguien del archivo —dije mientras mostraba mi licencia de detective privado.
Él sujetó mi tarjeta entre unos dedos temblorosos. Era adicto a las pastillas, sin duda. Estuve seguro de que no podía concentrarse en mi identificación. Guiñó los ojos, parpadeó e hizo muecas ante la tarjeta durante unos segundos y luego me la devolvió.
—Brad Knowles —me dijo—. Está por ahí fuera, en algún sitio.
—¿Qué aspecto tiene?
—Knowles —repitió el vendedor colocado—. Ahí fuera.
Fui vagando durante un rato, buscando a un tipo llamado Knowles. La mayoría de la gente que paseaba por allí eran clientes fingiendo que sabían algo de coches. Pero también había gente de seguridad. Después de los tumultos de 1965 en Watts, todo el mundo tenía guardias de seguridad: las tiendas de comestibles y de licores, supermercados, gasolineras… Todos menos los colegios. Nuestra posesión más preciada, nuestros niños, estaban abandonados y obligados a defenderse solos.
Me acerqué a un tipo blanco alto y grandote y le pregunté:
—¿Brad Knowles?
Él señaló por encima de mi hombro izquierdo. Al mirar en aquella dirección vi a un tipo blanco con una americana de un rojo cereza. Parloteaba con una mujer blanca, joven. Si alguien me hubiese mirado como él miraba a la mujer, habría salido corriendo o habría buscado un arma. Pero la mujer parecía contenta de recibir sus atenciones.
—Gracias —le dije al blanco musculoso, y me eché a andar por el asfalto recocido por el sol, pasé junto a cien automóviles moribundos y llegué hasta el lobo y su bien dispuesta presa—. ¿Señor Knowles? —pregunté con la voz más amistosa que pude.
Aun con aquella espantosa chaqueta, Knowles era un tipo muy guapo. La mujer, de cara vulgar pero con buen tipo, frunció el ceño al verme.
—Perdóneme un momento, señora —le dije notando aquel calor cada vez más intenso—. Solo tengo que hacerle al señor Knowles una preguntita rápida.
—¿De qué se trata? —quiso saber él.
Me preguntaba si, de haber sido yo un hombre blanco, habría añadido la palabra «señor» al final de aquella frase.
—Compré un coche a un hombre llamado Black —expliqué con toda la afabilidad que pude—. Se dejó sus herramientas debajo del asiento delantero. Lo único que sé de él con toda seguridad es que de nombre se llama Christmas y que compró el coche, en realidad una furgoneta, en este local.
Herramientas, ciudadanos honrados… Yo había cubierto todas las bases. No solo conseguiría una información, sino que recibiría también una medalla.
—Fuera de aquí cagando leches —me dijo Brad Knowles.
Me quedé sin habla, de verdad, tan sorprendido por un momento que olvidé mi profundo pesar. Abrí la boca de par en par.
—¿Tengo que llamar a seguridad para que se lo lleven de aquí? —añadió Brad.
A pesar de mi conmoción, todavía podía menear la cabeza, que es lo que hice.
La mujer blanca feúcha me sonrió, para mi humillación.
Me volví y me alejé, preguntándome qué habría ocurrido.
¿Era acaso por haber interrumpido su intento de seducción de aquella mujer? ¿Era racismo? O quizá hubiesen engañado a Christmas con aquella camioneta. Igual se había quejado y se había producido algún altercado.
Abrí la portezuela de mi coche y esperé un minuto a que se enfriase un poco antes de meterme dentro. Salí del local de venta de coches y di la vuelta por detrás, al lugar donde una señal indicaba un estacionamiento extra. Aquella zona estaba detrás del edificio grande de cristal. Aparqué de nuevo y me dirigí hacia el edificio.
Una mujer joven asiática —coreana, me pareció en aquel momento— se acercó a mí con una sonrisa en la cara.
—¿Puedo ayudarle en algo?
—Sí, claro —dije mirando a través de las paredes de cristal, esperando que no me viese el grosero jefe de vendedores—. Brad Knowles me ha dicho que podía averiguar algo que necesito en los archivos de una persona…
—¿La señorita Goss? —preguntó la mujer.
—Sí, esa era el nombre.
—Tercer piso. Las escaleras están ahí detrás.
La escalera estaba junto a la pared de cristal. Mientras iba subiendo me sentía como un avispón en una bolsa de plástico transparente. Lo único que tenía que hacer Knowles era echar un vistazo al edificio para verme. Solo tenía que mover un dedo para librarse de mí.
Esperaba que los archivos de la oficina tuviesen paredes opacas detrás de las cuales esconderse, pero estaban en el último piso y seguía siendo todo de cristal transparente. Yo era el padrino intentando ocupar el lugar del novio en la parte superior de un pastel de boda de cuatro pisos.
—¿Qué se le ofrece? —me preguntó otra mujer.
Esperaba una cara que pegase con el nombre de Goss. Y, por tanto, cuando vi a la deliciosa jovencita negra sentada en la silla de color rojo oscuro me quedé sorprendido. Supongo que la sorpresa se me reflejó en la cara.
—¿No soy la persona que esperaba? —preguntó.
Intenté responder algo, pero no quería insinuar que su nombre era feo.
Ella sonrió e inclinó la cabeza a un lado.
La señorita Goss no era bonita. Sus rasgos eran demasiado pronunciados e insolentes para ser bonita. Los pómulos altos y los ojos propensos a la furia la convertían en una mujer guapa. Por primera vez en un año, sin la ayuda del sueño o de la tensión, Bonnie desapareció por completo de mi interior. Pero cuando me di cuenta de que Bonnie había desaparecido de mi mente, volvió.
—¿Desea algo? —preguntó la señorita Goss.
—No… quiero decir que sí. Brad Knowles me ha dicho que podía darme cierta información.
Al pronunciar su nombre miré fuera, al solar. Como por arte de magia, él miró hacia arriba al mismo tiempo y me vio.
El reloj de arena estaba en marcha. Sonreí, aparcando la idea del amor por un momento.
—Eso no es verdad —afirmó la señorita Goss.
—¿Cómo?
—Brad no le ha enviado aquí. No mandaría a nadie arriba y ciertamente mucho menos a un hombre negro como usted. Me sorprende que no haya llamado a seguridad.
—El hombre a quien necesito encontrar se llama Christmas Black. Les compró a ustedes una furgoneta roja en las últimas tres semanas. —Fingiendo que me rascaba el cuello volví a echar un vistazo a Knowles, que miraba a su alrededor… buscando a los de seguridad, sin duda alguna.
—¿Cómo se llama usted? —preguntó.
—Easy. ¿Y usted?
—Tourmaline.
Eso me hizo feliz. Sonreí y decidí que el 38 en mi bolsillo compensaría cualquier situación que pudieran provocar los de seguridad.
—¿Le divierte mi nombre?
—Al contrario. Es un nombre precioso. De gema.
—Su nombre también es muy bonito.
Casi podía oír la fatigosa respiración de los gordos guardias subiendo las escaleras.
—¿Y por qué? —pregunté, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Porque tiene dos sílabas. No me gustan nada los nombres que solo tienen una sílaba: Mel, Brad, todo eso… Bill, Max, Tom, Dick… Es el que menos me gusta, Dick… y Harv…
—Christmas tiene dos sílabas —dije.
Tourmaline admiró mi capacidad de razonamiento durante un momento que pareció durar minutos enteros.
—¿Cuánto vale para usted? —me preguntó.
—Cien dólares o una cena en Brentan —propuse yo—. Ambas cosas.
Tourmaline sonrió y vi una luz en alguna parte.
Fue entonces cuando mi viejo amigo Thunder y un guardia de seguridad negro tan enorme como él aparecieron en las escaleras.
—Eh, usted —dijo Thunder.
Yo volví la cabeza para mirarles, a él y a su subalterno.
En lugar de gruñir, el hombre me dirigió una mirada intrigada.
Pero no me preocupó lo que pasara por la mente de aquel hombretón. Me pregunté si podría abatirle y decidí que era posible. En el proceso acabaría algo magullado, pero yo era un hombre que intentaba impresionar a una mujer… Quizá pudiera reducirle, sí, pero no importaba. Con la ayuda de su amigo, Thunder me rompería por la mitad.
El guardia de seguridad blanco me miró, todavía curioso. Yo volví la cabeza y vi que Tourmaline estaba inmóvil, probablemente conteniendo el aliento.
—Señor Rawlins —dijo Thunder, y supe que Mouse había tenido una conversación con él también.
—Eh, Thunder. Mira, yo sé que tienes que echarme de aquí. Solo déjame que hable un momentito con la señorita.
—Vamos, Joe —le dijo Thunder a su compañero.
Joe no demostró emoción alguna y se limitó a seguir a su supervisor escaleras abajo. Me volví hacia Tourmaline y ella dijo:
—Me reuniré con usted allí a las ocho, señor Rawlins.
Darmowy fragment się skończył.