Czytaj książkę: «Saga del ángel caído. El resiliente»
Índice
(1) Batman
(2) Perro Negro
(3) Epidemia
(4) Caída de Illia
(5) Esther
(6) Adiós Desamparados
(7) Llegada a Mendoza
(8) Alameda I
(9) Gira a Japón
(10) Colombia
(11) Panamá
(12) Centroamérica
(13) México
(14) Las Vegas
(15) Salt Lake City
(16) Los Ángeles
(17) San Francisco
(18) Hechos importantes en Los Ángeles (Disney) y San Francisco (Universal Studios)
(19) San Francisco I
(20) San Francisco II
(21) Conciertos
(22) Conciertos antes de la gira
(23) Prestos a partir a Japón
(24) Viaje de ida a Japón - Boeing 747 de Pan American
(25) El seminario en Japón
(26) Actividades en Japón
(27) San Francisco de vuelta de Japón
(28) Viaje de vuelta a Chile
(29) Anotaciones del viaje - Pamperito
(30) Cartas
(31) Comida - Falta de comida
(32) Agua - Falta de agua
(33) Familias anfitrionas
(34) Diversión en el Pamperito
(35) Necesidades de pis y caca
(36) Refrescarse en el viaje con el Pamperito
(37) Reflexión final
(38) Alameda II - vuelta de Japón
(39) Calle Rioja, “La Cuarta de fierro”
(40) Sexo, drogas, rock & roll
(41) Sexo, apariciones, revelaciones
(42) Sexo, revelaciones y música progresiva
(43) Recuerdos de vidas pasadas

Libro 1
El Resiliente
niñez y adolescencia
1963-1976
Walter Huertas
Huertas, Walter
Saga del ángel caído : El resiliente / Walter Huertas. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Pampia, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-47607-8-4
1. Novelas Biográficas. I. Título.
CDD A863
.
Esta novela está basada en acontecimientos y personas reales, pero para una mejor comprensión y resguardo de sus identidades,
algunos nombres han sido retocados.
(1) Batman
Era una época muy distinta a la actual. Aire fresco recorría las casas, y las puertas, de noche en verano, quedaban abiertas.
Los padres estaban en el comedor diario, haciendo la tertulia del día. Habían terminado de cenar.
El niño caminaba tranquilo, con sus pantalones cortos recibía la frescura del aire que entraba desde la puerta de la calle.
Se sentó en uno de los escalones de la entrada. A esas horas por la calle pasaban muy pocos coches y la pequeña luna clara y las estrellas parecían brillar con más luz que de costumbre.
Mientras miraba hacia arriba, el niño comenzó a preguntarse ¿qué hago acá? ¿por qué tengo que ser niño, crecer y morir si yo no quiero eso? ¿existirán otros planetas habitados?
Todo esto pasaba por la mente del niño, y su cuerpo de apenas seis años, continuaba sentado, sintiendo el frescor de la noche de verano en su pueblo natal, San Juan, una provincia de Argentina casi a los pies de la Cordillera de los Andes.
Su padre lo vio tieso, casi mustio, mirando el cielo. Ya había terminado el último programa en la TV del pueblo de aquella época de los sesenta. Se acercó al “Churi” (así le decían al niño, que en idioma originario quería decir “bonito”) que estaba de espaldas sentado en los escalones mirando al infinito.
-Acá mirando las estrellas, papi. ¿Cuántas hay en el cielo? -
El padre lo miró nuevamente.
-Son muchísimas, Churi. Vamos adentro, hay que dormir, vos tenés que ir a la escuela y yo trabajo temprano. -
Entonces, sin decir nada más, el pequeño se levantó, fue hacia su habitación, que compartía con su hermano Jorge y escuchó cómo el padre cerraba la puerta y ponía llave.
La casa de Churi era muy grande, medía unos diez metros de ancho, cuarenta y cinco metros de fondo, y tenía cochera, living, sala de estar, patio, galería interna, habitación de los padres, baño, habitación de los chicos, comedor diario, cocina, lavandería, dos depósitos, fondo, galería y patio de atrás. La casa tenía un poco más de treinta años y estaba ubicada en un barrio de gente de buen pasar económico. El niño no tendría penurias económicas hasta los siete años.
La casa tenía una puerta que daba a una galería, otra a un pasillo estrecho que comunicaba con el baño y una gran ventana, alta y ancha, por donde podía verse el patio y la galería del fondo.
Nuestro niño tenía la sensación de que esa noche de verano, su vida había comenzado. Tenía vívidas algunas imágenes anteriores, breves flashes de cuando era más chico, incluso de cuando tenía unos pocos meses y estaba en la cuna, pero con el tiempo se irían degradando en su mente. En su juventud y luego ya anciano, serían solo sombras casi ancestrales de un pasado en realidad muy cercano.
El padre, la noche anterior, había dicho que tenía escuela, pero eso no era cierto, ya que era verano y navidad se acercaba. Churi no dijo nada en ese momento porque sabía que su padre estaba agotado por el trabajo.
Esa mañana, luego de “la noche de las estrellas”, comenzaría para el niño un verano que no olvidaría jamás. Él no lo sabía, pero el recuerdo de ese verano lo ayudaría en el futuro en momentos muy duros, cuando se debatiera entre la vida y la muerte. En tiempos de grandes penurias, lo mantendría vivo, atento, fuerte.
Sería esta época el inicio, ya que el invierno siguiente sería, para nuestro protagonista, aún más fuerte, y así sucesivamente durante muchos años más. Pero este verano estaba signado por ser el primero en que le ocurrirían hechos extraordinarios e históricos que marcarían su vida.
Aunque no hubiera escuela, de todas maneras, Feliza, su mamá, lo levantaba temprano, apenas un poco más tarde que cuando no tenía clases, alrededor de las nueve de la mañana.
Churi estaba desayunando un tazón de mate cocido con tostadas de pan casero untadas con aceite de oliva -primera prensada- y un poco de sal. También había en la mesa el exquisito dulce de zapallo que preparaba su madre.
Hacía poco que habían podido cambiar la cocina de fogón a garrafa, y tenían en el fondo un horno a leña donde la madre de Churi cocinaba unas empanadas maravillosas, que “chorriaban”, es decir, que al morderlas salía por todos lados un jugo delicioso.
Esa mañana en particular era muy importante, faltaban apenas unos días para su cumpleaños número siete. Una amiga de su hermano, que antes había sido su novia, había prometido buscarlo para acompañarlo al kiosco de la esquina y comprar su primera “Billiken”.
Aunque el niño no sabía leer bien, su padre, que era artista plástico desde los cuatro años, lo había entrenado en la observación. Además de dibujar desde el primer año de vida, Walter, que es el nombre real del Churi, a su corta edad no sólo tenía un oído privilegiado, sino que también sabía distinguir las distintas formas geométricas y colores y manejaba las tijeras de cortar papel.
Mónica, la chica que le había prometido el “Billiken”, le había asegurado firmemente que le enseñaría a leer con esa revista, por lo que Walter estaba muy expectante, sentado en los sillones del comedor, esperando que sonara el timbre y correr a abrirle la puerta a su nueva maestra.
Casi a las once treinta llegó Mónica. Desde las diez el Churi estaba esperando. Cuando la vió inmediatamente le tiró los brazos, ella lo abrazó y le dio un tierno beso en la mejilla.
-¿Tu mamá, Churi? -
-Está en la cocina…-
La chica entró y fue directamente al fondo, ya conocía la casa. Habló unas palabras con Feliza y luego fueron al kiosco.
Walter caminaba contento de la mano de Mónica, miraba el sol, sentía el aire cálido y tranquilo de la mañana. De repente, todo comenzó a oscurecerse.
-El eclipse, es hoy ¡vamos rápido al kiosco! - dijo Mónica y comenzaron a correr. Luego de comprar la revista, le dijo al Churi que se fuera a su casa mientras ella buscaba algo para poder ver el gran fenómeno astronómico.
En la esquina estaban Andrés, el chico rico de la cuadra, Gabriel, el negrito, hijo de la sirvienta “Ketty”, mirando el eclipse con una radiografía. Walter se acercó a ellos
- Hola chicos, ¿me prestan para ver? - preguntó.
Los chicos lo miraron y sin más, siguieron viendo el cielo, ignorando completamente al Churi.
-No sean malos, déjenme ver un ratito…- insistió el niño.
Gabriel lo miró amablemente esta vez y accedió.
-La radiografía es mía, te la presto un ratito… tenés que mirar por la parte negra. - le señaló.
Andrés se enojó y se fue a buscar otra radiografía a su casa.
- ¿Ves cómo la luna tapa al sol? - preguntó Gabriel.
- Sí…sí. - respondió emocionado el niño. Día histórico si los hay para nuestro pequeño Walter Cuevach, alias el Churi.
En esos instantes Mónica llegó a la esquina, tomó a Walter del brazo y le dijo:
-Vamos a tu casa, tu mamá te espera. - y se alejaron del grupito creciente que miraba por turnos cortos el cielo con la radiografía de Gabriel.
En su casa la puerta estaba sin llave, entraron y Mónica corrió rauda hacia el fondo. Churi se quedó sentado en un sillón mirando el maravilloso “Billiken”, que parecía no decir nada del eclipse, pero traía un bricolaje para recortar muchas cosas, entre ellas un periscopio. Walter, fascinado, miraba y re miraba cada hoja.
Mónica se sentó a su lado y comenzó a enseñarle a leer con la primera hoja como le había prometido. El Churi ya algo sabía, algunas vocales, sonidos y palabras le habían enseñado su hermano y su padre, y en la escuela, ya que iba bastante adelantado, algo más había aprendido. En menos de una semana, y ya con siete años recién cumplidos, nuestro niño ya podía leer la totalidad de aquel “Billiken”.
Se acercaba el día de Reyes, otra fecha que sería histórica para Walter. En esta oportunidad sería por un acontecimiento triste que lo acompañaría hasta su vejez. Una historia de descontento y muerte.
Pero durante los días que siguieron al Eclipse pasaron varias cosas más en la vida del “Bonito”.
Todos los días se levantaba, desayunaba y corría al living donde estaba la biblioteca y la colección de “Lo sé todo”, una serie de libros tipo enciclopedia estudiantil de aquella época.
Leía de a poco, con perseverancia, desde la mañana hasta entrada la tarde. Leyó todos los libros de la colección, que eran en total doce y que su padre conservaba en aquella biblioteca. El Churi se enteró de los cavernícolas, del Universo, el tren bala japonés, la historia del automóvil, entre muchos otros temas variados.
Pero no encontró mención alguna a la vida en otros planetas, ni sobre la cantidad de estrellas. Descubrió muchas cosas, pero aquello que lo intrigó esa noche, no tenía respuesta aún.
Pasó fin de año y los padres de Andrés, los ricos que vivían en la casona de dos pisos de la esquina, adornaron, como todos los años, un pino enorme que tenían en el patio delantero y que llamaba la atención de todos los que pasaban por allí. Lo llenaron de focos de 45 watts de distintos colores, que el jardinero de los Casab (el apellido de Andrés) prodigaba con un gran cableado.
Era verdaderamente imponente ver en la esquina, casi al lado de la vereda, el pino de unos ocho metros de altura, con ramas enormes abajo, iluminado de todos colores. Una imagen que siempre sería recordada en aquel barrio.
Nadie se imaginaba que aquella sería la última vez que se iluminaría aquel enorme pino.
La tarde anterior al día de Reyes, un amigo de nuestro protagonista, que vivía unos cuantos metros más allá de la esquina, se juntó con los chicos de la esquina, ya que tenían planeada una carrera de autitos en la que todos los varones del barrio querían participar.
Hablaron largamente acerca de dónde construirían la pista, cuál sería el premio, qué tipos de autitos correrían, en fin, las reglas en general de aquel campeonato.
Uno de los participantes, hijo del bodeguero de la vuelta de la esquina, tenía el timón de la charla, ya que era el más grande junto con otros dos chicos que rondaban los once y doce años. En medio de la reunión tuvo lugar una disputa y Andrés, como siempre, se fue a su casa. Churi les discutía el tamaño de la pista, argumentando que debía ser en la tierra, mientras que los muchachos más grandes querían hacerla de tiza en el cemento de la vereda.
- ¿Qué sabés vos, pendejito? A ver, ¿Quiénes son los Reyes? - le increpó el chico más grande -No sabés… los Reyes son los padres y vos de carreras de autitos no sabés nada, si ni siquiera sabés quiénes son los Reyes. -
-¡¡Mentira!! - gritó Walter después de mirarlo unos instantes y también corrió a su casa.
“¿Será cierto? Y si…yo no los vi nunca…” pensó. No era la primera vez que escuchaba esta afirmación, ya durante el año y en la escuela, en varias conversaciones de recreo el tema de los Reyes había sido discutido.
Esa noche esperó pacientemente en su cama a que todos estuvieran dormidos y finalmente pudo ver cómo su madre guardaba algo en el mueblecito de la sala de estar. Churi sabía abrirlo, su hermano Jorge ya le había enseñado.
Sigiloso, caminando por la galería interna, entró al living estar y con mucho cuidado abrió el mueble, sacó el paquete y lo tanteó con sus manos. Había algo como de plástico finito. Sacó el objeto un poco y notó que era de color gris y negro. Sí, lamentablemente tenía el sello de Batman en la parte negra. Era sin lugar a duda el traje de Batman, el regalo que le había pedidos a los Reyes.
Lo guardó con el doble de sigilo, con una suavidad extraordinaria y sin hacer ni un solo ruido, volvió a la cama donde desolado, lloró hasta que se durmió.
A la mañana siguiente, Jorge lo movía para despertarlo.
- ¡Churi, fíjate, hay un paquete en la mesa de la galería! ¡Es tu regalo de Reyes! -
Walter lo miró, se miraron, y en unos segundos Jorge entendió que su hermano ya no se despertaría gritando y corriendo hacia sus zapatos para ver si los camellos se habían comido el pasto y tomado el agua.
Se vistió tranquilo, caminó sin prisa y tomó el paquete con desilusión. Lo llevó hasta su cama y lo abrió. Efectivamente, adentro había un traje de Batman de puro plástico, con capa, pechera, máscara, guantes y cinturón.
Salió a la calle sin desayunar, a mostrarle a Gabriel, su vecino de al lado, el traje de brillante látex y plástico.
Había afuera otros pibes reunidos en la esquina. Al acercarse, divisó otro Batman, que tenía el traje completo, como el original. Era el hijo del bodeguero que presumía orgulloso su disfraz.
Andrés llegó corriendo también. Era más pequeño y tenía una especie de negación de la realidad. Se acercó con un traje completo, con botas y todo, de Superman.
-Yo soy Superman…Superman vuela…Batman no. - les dijo a los chicos que estaban en la esquina y luego se fue a su casa. El bodeguero también tomó su ruta y Gabriel, que tenía el traje del Zorro, volvió a su casa y la reunión se dispersó.
Esa tarde, Churi vio su programa favorito vestido como el personaje que tanto le gustaba y veía por TV en blanco y negro. No había visto, hasta ese momento, ningún Robin por el barrio.
Llegando la noche, cuando en la casa de Walter estaban por cenar, se escucharon sirenas y algunos gritos y alguien tocó el timbre.
Feliza fue a ver quién era, pues habían tocado, pero no entró con nadie. Walter y Primo (así se llamaba su padre) se quedaron cenando hasta que de pronto apareció de nuevo Feliza con lágrimas en los ojos y voz nerviosa esbozó:
-Quedate acá, Churi. Con papá vamos a ver algo…no salgas. - tomó del brazo a su marido y salieron los dos.
Churi obviamente no acató las órdenes de su madre y se asomó hasta la puerta, desde donde vio como muchas personas corrían hacia la casa de los Casab. De pronto escuchó el grito “¡Andrés!” y se acercó hasta la vereda. Allí vio como la ambulancia se iba y detrás de ella, el auto de don Casab.
La sirvienta se había quedado con los otros dos hermanos de Andrés, y había mucha gente y policía en los alrededores, pero con el pasar del tiempo comenzaron a dispersarse.
Churi se volvió a los escalones y poco después llegaron sus padres. Primo sostenía a su madre que lloraba, impresionada. Los dejó pasar y volvió a caminar lentamente hacia la esquina, envuelto en la noche tibia y estrellada.
De pronto sintió como una voz y miró hacia el balcón de la casa de los Casab, donde le pareció divisar algo rojo que volaba. Luego escuchó una risa y finalmente un grito.
Walter volvió corriendo hasta la vereda de su casa y atravesó la puerta. En el living Primo consolaba a Feliza que, entre sollozos, preguntaba “¿por qué lo dejaron solo?”.
A la mañana siguiente, Churi fue a buscar a Gabriel. No había ningún chico en la calle, ni en la vereda. Ketty, la patrona de la madre del Gabi, lo atendió y dulcemente le dijo:
-Hola Churito…ya te llamo al Gabi. - La casa era una especie de mansión de principios del siglo XX y la servidumbre vivía en el fondo.
Ni bien apareció Gabriel, Walter indagó
-Negro, ¿vos sabés algo? -
-Parece que el Andrés, peleando o discutiendo con la hermanita, le dijo que con el traje de Superman podía volar… Se tiró del balcón y cayó al pasto. Parece que murió esta mañana…mi mamá habló con la empleada del Andrés en el almacén. - respondió conciso, Gabriel.
Ese diálogo, que tanto recordaría Churi durante su vida, se vio interrumpido por el grito de la mamá de Gabriel, que lo llamó a entrar y cada uno se fue a su casa.
Con el tiempo los Casab se fueron de esa casa, ya que su hija más pequeña también murió dentro, al caer por las escaleras. La esquina dejó de ser el centro de reunión, se tapiaron puertas y ventanas y aquel pino, que había iluminado todo el barrio, se secó rápidamente hasta quedar como un poste, con sus ramas delgadas caídas.
Había noches en que algunos vecinos decían escuchar gritos y risas de niños dentro de esa casa. Walter nunca más quiso mirar aquel balcón, aunque cuando pasaba frente a él, de camino a comprar sus “Billiken” sentía una especie de ruego y cierta presencia dulce que seguramente habitaba aquel caserón de dos pisos.
Todo comenzó a cambiar luego del episodio de Andrés, pero lo más importante fue que Churi se dio cuenta que los días ya no pasaban en vano, que había despertado.
Nuevos sucesos, algunos gloriosos y otros no tanto, tendrían lugar todavía en aquel verano.
(2) Perro Negro
Cuando recordaba a su amigo de la esquina, lo pensaba con observación más minuciosa. Se acordaba que siempre tenía esa sensación cuando Andrés volvía a su casa ofendido o enojado. No era un niño tan bueno, era muy malcriado y ciego a la realidad del mundo, siendo un chico que tenía de todo.
El Churi no podía darse los gustos. De todos sus amigos del barrio, él era el único que vivía en una casa alquilada. El padre de Walter era un pequeño empresario, tenía un taller de armado de electrodomésticos. No les faltaba nada, pero no podían salir de vacaciones, a lo sumo iban a la finca de unos tíos o de sus abuelos. Vivía otra realidad.
Pero el Churi sí estaba seguro, cada vez más, de que experimentaba una inexplicable sensación y que el tiempo se detenía cuando percibía que algo iba a suceder. Su percepción era todavía muy rudimentaria, ya que tenía apenas siete años.
Poroto, como le decían al papá de Walter, de mañana trabajaba en la facultad de arquitectura como secretario del decano. Consiguió para Churi que los sábados en la mañana fuera a pintar a los talleres de acuarela, al aire libre, en el parque de la ciudad.
Su mamá lo acompañaba, pues tablero y carpeta no podía llevarlos solo. Feliza se quedaba con él las dos horas que duraba el taller. Siempre contaría orgullosa como su hijo pintaba y dibujaba mucho mejor que algunos de los estudiantes de aquella facultad.
Cuando pintaba la naturaleza, el Churi copiaba exactamente lo que veía. Desde niño tuvo una característica irrefutable; sólo jugaba o hablaba de lo que veía, no imaginaba, tenía un pensamiento muy fáctico y un razonamiento absolutamente desprovisto de fantasías, salvo cuando imitaba a los personajes de la TV, pero que sabía que no eran reales.
Con el estudio de la acuarela y el dibujo del natural, afianzó su anclaje a la realidad, a todo lo que se podía ver y tocar.
El Churi percibía desde otra perspectiva la realidad de su niñez y la de sus pares, aunque no dejaba que esto fuera un impedimento a la hora de dejarse llevar en algún juego con otros niños. Pero por lo general Walter era un niño solitario, siempre enfrascado en algún proyecto o nueva búsqueda de conocimiento.
Una tarde no se sintió bien, tenía tos. Había jugado mucho a la pelota en el baldío de enfrente que, aunque estaba tapiado, el Churi se las ingeniaba para entrar y jugar con otros niños.
Se le tomó la fiebre, tenía 38 grados. El médico fue a atenderlo a su casa, algo muy común también en aquella época y le recetó reposo y un jarabe, tres días en la cama, dieta, sopa y compota. “Una porquería el jarabe y la sopa” rezongaba en su interior el Churi, pero el médico era uno de los mejores de la ciudad, así que sabía que debía obedecer calladito, si no, además, vendría correctivo con chancleta incluida.
Estaba ya en el tercer día, la fiebre había subido desde el segundo, pero le llevaban el desayuno y el almuerzo a la cama, dibujaba, pintaba y leía. Se sentía como un rey atendido en su propia casa.
Su madre abrió la gran ventana que daba al patio y galería del fondo, entró la luz y el aire de la mañana. Recién terminaba de desayunar y había retirado el desayunador así que estaba recostado, esperando que su madre le trajera el jarabe.
Cuando transcurría todo esto, de pronto tuvo una extraña sensación. Algo, alguien, estaba en el patio de atrás. No era grande, no sabía qué era. Miró hacia la ventana, entornando apenas los ojos y distinguió una sombra en medio de esa mañana clara.
Súbitamente, un perro negro trepó al borde de la cama, saltando desde el patio, pasando por la ventana y depositando sus cuatro patas a los pies de esta.
Quedó perplejo, los ojos rojizos del perro parecían los de un lobo y tenía un aliento muy pestilente. El animal gruñó y quedaron los dos mirándose frente a frente.
El niño fue hacia el respaldar que daba a la pared este de la casa y también se puso en cuatro patas.
Luego de mostrar con rabia los dientes blancos y sus enormes colmillos, se arrojó sobre el niño. Éste, sin inmutarse, lo esperó casi como un nadador y se tiró en una especie de clavado hacia la boca de aquel ser que parecía un perro y que se iba agrandando a medida que se abalanzaba contra el pequeño.
El chico, gritándole “¡demonio, te voy a destrozar!” se introdujo dentro del perro, entrando por la boca y destruyendo sus entrañas a medida que la fuerza de aquel clavado, casi como un trampolín hacía que avanzara fuertemente en el interior de la bestia.
Walter salió entonces por el culo del animal negro, cayó a los pies de la cama y se fue por el impulso al piso.
Feliza oyó el grito y un ruido, corrió hacia la habitación desde la cocina y al llegar vio como una figura oscura, con cola y patas se iba tras la ventana.
El “bonito” yacía en el piso cubierto con una especie de baba fétida y sangre en sus dedos. No propia, sino una que le había manchado parte del pijama también.
- ¿Mamá, lo viste al perro negro? - preguntó el Churi, agitado, con voz fuerte y nerviosa.
-Si, Churi. Debe ser de algún vecino…-
Días estuvieron averiguando en toda la manzana y otras cuadras si alguien tenía un perro de tales características. Nadie, absolutamente nadie, era propietario de tal perro.
Además, las paredes del fondo eran de más dos metros de alto, entrar se podía, pero saltar esa altura para salir, huir por los techos y patios de los demás vecinos que tenían perros (algunos eran bulldogs) y que no ladraran, era más difícil. Una experiencia que quedó guardada bajo siete llaves entre el Churi y sus padres.
Nunca se pudo explicar cómo la cama estaba totalmente desarmada, pero sin una mancha y el niño lleno de esa hediondez y con sangre en sus manos, cabello y ropa.
(3) Epidemia
En el invierno, una pequeña epidemia de tos convulsa se había apoderado de algunas vidas de niños pequeños, ya que los más grandes tenían más posibilidades de sobrevivir.
Por supuesto, nuestro “Bonito” no pudo escaparse de esta terrible enfermedad. Lo llevaron al médico con fuertes convulsiones y terrible tos. Inmediatamente lo ingresaron a terapia infantil. Los padres se quedaron afuera de aquella habitación y un par de enfermeras y un médico cerraron las puertas.
Mientras esperaba junto con su hermana y su cuñado, la madre del Churi se preguntaba y le preguntaba, desconsolada, a su esposo Poroto, qué estaba pasando, por qué no los dejaban entrar, cómo es que había sucedido esto.
Para entender un poco más, debemos retrotraernos unos días atrás en la vida de nuestro personaje.
Churi era un niño musical. En su interior, siempre había alguna melodía recorriendo su mente. Esto venía de familia, su papá siempre estaba silbando o tarareando alguna canción y Churi solía encontrarlo a veces por las noches tocando el laúd, otras la guitarra. Las melodías españolas y de tono oriental, con gran ritmo, habitaban el aire de la casa.
Para dormir y olvidarse de aquel demonio-perro negro, Bonito imaginaba alguna melodía. Eran tiempos en que el silencio reinaba en las casas.
Percibiendo esto, la mamá de Walter, un sábado por la mañana, después de la misa de las nueve, llevó al pequeño a unas cuadras, a la vuelta de la casa, ya en esos momentos embrujada, de los Casab. Feliza tocó timbre y le atendió una señora joven, de unos cuarenta años. Al Churi igualmente le parecía una vieja con cara de mala que resultó ser su nueva su profesora de piano y teoría y solfeo.
Desde ese día y durante dos años, los martes y los jueves, Churi tomaba los libros de música y partía a casa de su profesora con cara de mala.
Era el final del verano, en breve Walter comenzaría segundo grado, y mientras caminaba los metros que le faltaban para llegar, sus pensamientos lo aturdían: “no voy a tener tiempo para jugar, los sábados pintura, martes y jueves, música, después hacer los deberes, mi mamá que me encierra a la tarde porque se va a jugar a la Escoba o a la Escalera a lo de Ketty… ¿cuándo voy a ser niño?” pensaba cuando ya estaba sentado en la banqueta, frente al piano.
Zara, que era el nombre de la profesora de música, comenzaba con ejercicios para alargar los dedos. Churi tenía los dedos muy cortos para tocar el piano, así que lo obligaba a estirarlos sobre las teclas mientras ella con un puntero le apretaba las falanges y le decía:
-Estirá, estirá los deditos esos de porquería que tenés…-
Cuando el pequeño se equivocaba le pegaba un coscorrón fuerte en la cabeza.
-Repetí y no te equivoques. No estés paveando. -
Una hora y media tenía que soportar esto el Churi, dos veces a la semana.
La mente de Walter viajaba entonces cuando se quedaba sólo a practicar en el piano porque la profe se iba a tomar el té. Esa media hora era la única que estaba tranquilo y feliz.
Luego de una clase, Zara le dijo seriamente:
-Decile a tu mamá que venga. En el cuaderno de solfeo le mando una nota. -
Cuando llegó a casa, el niño entregó el cuaderno a su madre que, igualmente seria, le preguntó:
-¿No habrás hecho alguna travesura, vos…? -
-No mami. - contestó con ojos tranquilos, esos ojos color miel con un borde verde que caracterizaban al “Bonito”.
La nota sólo rezaba: “Señora Feliza, venga el jueves pues tengo que comunicarle algo.”.
Ese jueves Feliza estaba frente a Zara con el Churi a su lado.
-Es un niño muy callado, educado, pero vuela mucho. Mire, no le voy a cobrar de más, pero tiene que venir los viernes a las 15 horas a practicar por lo menos una hora en el piano que yo dispongo para estos casos. -afirmó Zara.
La mamá de Walter asintió y dijo:
-Si usted considera necesario, él vendrá todos los viernes. -
“¡Adiós a la Hormiga Atómica!” pensó tristemente el niño. Se terminaban los dibujos animados de los viernes. Ahora eran tres los días de música por uno de pintura y sumado a la escuela, poco tiempo le quedaba para leer y jugar al muchachito.
Cuando fue el primer viernes, lo atendió la madre de Zara, una mujer muy hosca y descortés que le escupió solo estas palabras:
-Ponele sordino y cerrá la puerta. No estés jugando, yo te aviso cuando se cumpla la hora. -
El resto de los viernes, sólo le abría la puerta y sin decir nada, le señalaba la dirección del piano de estudio. El olor a rancio y a disgusto que nuestro niño podía percibir en ese lugar era muy fuerte.
Así pasaron algunos meses, pasó el otoño, llegó el invierno y Churi seguía con su rutina como un pequeño robot de los de ahora, japonés.
Contaba los pasos para llegar, evitaba pisar las líneas de las baldosas, tomaba clase, sufría, volvía a casa a hacer deberes, media tarde, leía, cenaba, dormía. Sólo viajaba y volvía a la escuela, almorzaba y a sus tareas. Encima la madre había cambiado sábados por domingos para la misa, y algunos domingos Feliza lo llevaba a la finca de los abuelos o a casa de los tíos.
Por si fuera poco, los lunes comenzaría a tomar clases de inglés en lo de “tía Pituca”, que en realidad no era tía, pero si pituca.
Así era la vida de este chico, aquel muchacho que se había enfrentado a un demonio y lo había vencido. Era monótona, aburrida y tediosa.
Una tarde a comienzos del invierno, después de las vacaciones, Churi iba andando su camino de los viernes cuando se encontró en la esquina con un compañerito de la escuela que llevaba un fútbol. En ese momento, un fútbol era como oro sólido, ya que muy pocos chicos tenían uno, acaso alguien que lo había heredado o que los padres tenían mucho dinero. Por lo general, los chicos del barrio usaban una pelota vieja de goma o hecha con medias y trapos viejos.
-Hola Walter -lo saludó. Al Churi le decían Walter o simplemente Cuevach. -Vamos a jugar al fobal en la canchita del baldío de la Muni. -
En ese momento, invadió todo el cuerpo del Churi una sensación de deseo incontenible de hacer picardías.
La madre, para ir a la escuela lo vestía impecablemente, de punta en blanco, con zapatos acordonados, lustrados, peinado a la gomina, corbatín, guardapolvo almidonado y maleta de cuero. Y si llegaba a ensuciarlo era paliza asegurada.
Para ir a casa de la profesora, iba de pantalones cortos, así fuese invierno y nevara. Medias, zapatillas tipo sandalias de plástico, remera y pulóver tejido por su madre.
Walter pensó “la vieja no le va a decir nada a mi mamá…o mejor voy, entro, espero que se vaya y me vuelvo a ir…”. El pibe, casi azuzándolo le gritó mientras se alejaba:
-¡Andá, empezamos a las tres y media!”-
Cuando llegó a la casa de la profesora, tuvo lugar el “ritual de señas” con la vieja, como le decía el Churi. El pequeño cerró la puerta, no completamente, y espió a través del marco para asegurarse de que la vieja se iba a la cocina a ver la novela. Entonces aplicó la técnica sigilosa, aquella que utilizó para descubrir el traje de Batman. Abrió la puerta y se fue muy silenciosamente.
La tarde estaba muy fría y comenzaba a lloviznar. Los pibes siguieron jugando igual. El Churi corría y corría, sin el pulóver. Había dejado la ropa y las carpetas debajo de un árbol.
Jugó por más de una hora, hasta que muy transpirado y mojado, se puso el abrigo y partió hacia su casa. Su madre no estaba, había salido a lo de Ketty a jugar a las cartas y a tomar café o coñac. Churi tenía mucho frío, se sacó las ropas y las colgó en unas sillas junto con la toalla cerca del brasero, al que le agregó unos carbones nuevos.
Se puso ropa seca y fue a la heladera a buscar dulce para comer con galletas. Prendió la tele y cerró las puertas del comedor diario ya que tenía mucho frío.
Al poco tiempo, el pequeño comenzó a entrar en un sopor profundo y a dormitarse. Apoyó sus bracitos en la mesa y acomodó su cabeza mientras sentía cómo lentamente una tibia calma inundaba su cuerpo. Así se durmió muy profundo y totalmente quieto.
Feliza había terminado su reunión de cartas y regresó a su casa. Caminó desde el living por la galería interior. Le costó abrir la puerta del comedor diario, y cuando entró vio aquella impresionante escena; el Bonito, totalmente flácido y tirado en la mesa, el olor del brasero, las puertas y ventanas cerradas herméticamente.
Feliza corrió hacia él y dio golpes secos en la espalda y el pecho de ese niño moribundo por los gases que comenzó a toser. La mujer lo llevó al patio grande de atrás para que tome aire, pero Walter apenas respiraba. Desesperada fue hacia la habitación en busca de almohadones para ponerle en la espalda y la nuca y lo recostó. El Churi no se movía.
La madre, rápidamente salió como un rayo hacia el médico, que vivía enfrente. Ella sabía que justo ese día hacía consultorio en su domicilio. Era el pediatra de Walter, y Feliza había sido nodriza de todos sus hijos.
Abrió de par en par las puertas del consultorio y llamó al doctor gritando como si la mataran. El médico salió alarmado y la vio. Feliza le relató entrecortadamente lo que había sucedido y él inmediatamente se dirigió con su maletín hacia la casa del Churi, que ya conocía.
El doctor encontró al niño tirado, inmóvil. Allí mismo le aplicó una inyección, realizó maniobras de resucitación, masaje torácico, lo alzó, lo llevó al frente, lo subió al auto y fue a buscar a su madre para ir al hospital.
Llegaron a la guardia, y es aquí cuando se sella un secreto que aquel niño descubriría muchos años después. Casi cincuenta años pasaron para que el Churi supiera la verdad.
En el trayecto, Feliza contó la verdad, cómo lo dejaba sólo, que a ella le gustaba estar fuera y sentía soledad y que ella era culpable de lo que podía pasar con el Churi. El doctor, tranquilizándola le dijo:
-Feliza, vamos a hacer lo siguiente. Vamos a decir que tiene tos convulsa, lo voy a internar en terapia. Vos no digas nada, te puede costar el matrimonio. -
Luego lo llevaron a terapia, y como había una epidemia de coqueluche o tos convulsa, tenían varias carpas de oxígeno para niños. A Walter lo colocó en una habitación sólo, con un tubo de oxígeno y mandó a los familiares a que esperaran fuera.
Aquí es donde volvemos al principio; ya los tíos y el padre estaban en el hospital. Feliza lloraba desconsolada junto con la tía, quien con los años le contaría al Churi la verdad. Y Primo, que se fue de este mundo sin saber cómo habían sido las cosas realmente, sollozaba acongojado.
Entretanto, el médico ordenó que atendieran a las personas afuera y se quedó sólo con su pequeño paciente que estaba de espaldas y con la cabeza hacia abajo, sobre la almohada. En ese momento, el pequeño sufrió un paro cardiorrespiratorio. El doctor le hizo masajes en la espalda primero, luego lo volteó y le hizo masajes cardíacos. Pasaron varios minutos, y aquel indefenso ser exhaló débilmente. El médico lo volteó nuevamente, cuarenta y cinco grados sobre la almohada y con los ojos llenos de lágrimas comenzó a susurrarle a su vecinito, a quien había visto crecer, de quien había confiado y afirmado ante las dudas e impaciencia de su familia que Walter estaba completamente sano y que iba a hablar cuando quisiera.
-Por favor, no te vayas Churi. -rogó, incrédulo a la idea de que ese precioso niño se fuera tan pronto -Volvé, tus padres…vos tenés todavía mucho por recorrer…Por favor, volvé Churito…-y rompió en un silencioso sollozo.
El niño mientras tanto, en un sueño que era real, sintió cómo poco a poco se elevaba y pasaba sobre el doctor, escuchando las voces de las personas que estaban cerca. Miró las ventanitas redondas de las puertas de la habitación y las atravesó como si los vidrios no existieran. Churi flotaba, no tenía cuerpo. Al salir de la habitación pudo ver a sus padres y tíos llorando desconsoladamente. La madre apenas se sostenía aferrada a su esposo.
Primo, desolado, pareció mirar de reojo hacia donde estaba ese Churi etéreo, como creyendo ver algo. Fue en ese momento en que el niño sintió un fuerte impulso y vio la luz, que se encontraba al final de una especie de túnel de nubes. También había varias personas que se dirigían hacia allí, algunas iban muy rápido y desaparecían en la luz, otros se arrastraban, y algunos simplemente caminaban tranquilos. Nadie miraba para atrás, ya que lo que había adelante emanaba un olor fabuloso y una magnética e intensa sensación de paz y tranquilidad.
En ese momento, una voz grave, tranquila y cariñosa le dijo al niño:
-Todavía no es tu tiempo, volvé a tu mundo. -
Walter sintió un golpe, entró nuevamente a su cuerpo, tosió…y volvió a respirar.
El médico lo dio vuelta, le acomodó la mascarilla y junto con la enfermera le aplicaron suero. Churi volvió a dormirse suavemente.
La enfermera lo miró dulcemente y comentó con voz muy suave:
-Otro milagro… -
El Churi había decidido volver, aunque mientras dormía tuvo la sensación de que tendría que haberse ido nomás. Hasta ese día Walter fue un niño muy feliz y hermoso, pero también a partir de ese día supo algo que no entendía bien. Su intuición lo guiaría de allí en adelante.
Aquel chiquilín, destructor de demonios, estaba de vuelta en su mundo. Nada lo detendría salvo la muerte, a la que encontraría varias veces más y siempre la vencería.
Poroto y Feliza entraron.
-Tranquilos, no lo toquen, no abran la carpa. -pidieron las enfermeras. Así que los padres del Churi observaron de lejos y en silencio aquel milagro.
Todo el personal del hospital se agolpó en la puerta de la habitación, el niño había entrado en un estado irreversible, querían saber cómo había sido, averiguar, pero el médico los llevó lejos. Unos días más tarde, les contaría a todos que el Churi estaba en casa, y se preparaba como siempre para ir a clases de piano.
Aquel día Feliza preparó arroz con leche y canela, un postre que le gustaba mucho a Walter.
Al llegar a la clase de piano, Zara lo trató dulcemente. Ella había estado en el hospital desde el primer día y fue quien le avisó a Poroto lo que había sucedido. Ketty también estuvo a disposición de la familia, y se quedó con Feliza las dos noches de la carpa de oxígeno.
Por el jarabe que tomaba, el pequeño se sentía muy tranquilo y controlado, así que dio su lección y por primera vez la maestra le dio un beso y lo felicitó.
El abuelo paterno solía decirle al Churi “no hay mal que por bien no venga”. A partir de ese episodio, su nieto fue para él y su esposa una especie de niño santo y hasta el día de su muerte siempre preguntarían “¿Cómo anda el Churito…?”.
Nunca nadie supo la verdad, excepto su tía que guardó el secreto y se lo reveló a Walter el día en que murió su madre, que fue después de la de su padre.
(4) Caída de Illia
La Argentina era la de mediados de los 60. Con Illia muchos recuperaron la confianza, existía mano de obra especializada, muchos pequeños talleres de todo tipo, textil, mecánico, eléctrico, de armado de motores, etc.
Gracias a Perón, todos los jóvenes que estudiaron o pudieron armarse de algo, veían los frutos a fines de los 50 y principios de los 60, hasta casi fines de la década del 70.
A mediados de los años 60, Primo junto con unos socios tenía un taller para el armado de electrodomésticos. Compraban las partes en Córdoba, provincia de Buenos Aires y Santa Fe y armaban cocinas, heladeras y televisores.
Poco duró la sociedad. No se enseñó trabajo en equipo ni a repartir tareas, todo se hacía por obligación. Tampoco supieron dividirse equitativamente la comercialización, los presupuestos, las ganancias.
Los muchachos abrieron un local donde vendían lo que armaban, pero al poco tiempo comenzaron los problemas y peleas, intervinieron algunas esposas y al final repartieron todo.
Poroto ofreció quedarse con el local y el taller más chico donde se armaban y reparaban las tv. Los primeros meses del año 63 todo andaba muy bien, se trabajaba mucho en el taller y en el local. Primo consiguió un socio para ayudarlo que aportó con mano de obra.
Poroto, como ya dijimos, trabajaba por las mañanas en la facultad de arquitectura y por la tarde en el local y el taller. Además, pintaba acuarelas los fines de semana.
Compraron una casa con las primeras ganancias. A Feliza no le gustó la casa, ni el lugar. “Es un barrio lleno de negros” le oyó decir el Churi en una oportunidad.
Todo marchaba sobre rieles, “espléndido” diría Poroto. En uno de los viajes a Buenos Aires para comprar partes y novedades y pagar mercadería, Primo, que de paso llevó a Feliza y al Churi para pasear unos días, le dejó la chequera a su socio con cheques firmados, para pagar partes que iban a llegar de Córdoba.
En el local se quedó el socio, y el hermano mayor del Churi, Jorge, se quedó en la casa de la tía para no perder días de escuela.
Bonito visitaba a su madrina y padrino en Avellaneda, cuando alguien los llamó por teléfono al hotel, ya que aún no había celulares en esa época. Primo no estaba en el hotel, así que le dejaron un mensaje que recibió al llegar por la noche. También le transmitieron un recado de Feliza, en el que le avisaba que con Churi se quedaban en la casa de su madrina y a la noche del día siguiente volverían a su encuentro.
Primo abrió el mensaje y la nota resultó ser del gerente del banco donde depositaba las ganancias del local y el taller, que le comunicaba:
“Su socio, mediante un cheque depositado en su cuenta de ahorros propia ha tomado el dinero de la cuenta mancomunada y retiró todos los fondos de dicha caja de ahorro.”
Formalmente no era una estafa, ya que los cheques en blanco que Primo había dejado, tenían firmas reales. Desesperado, corrió a su habitación, preparó la valija y partió a la estación. No había pasajes de colectivo, así que tuvo que tomar el último tren de la noche hacia San Juan, el Zonda, que tardaba casi un día en llegar.
Cuando regresó al día siguiente con el Churi, casi a la hora de la cena, Feliza se encontró con la nota que le había dejado su esposo con el conserje del hotel.
“Mi amor, tuve que partir de urgencia a San Juan. Hubo un problema. Ya dejé pagados dos días más de hotel y dejé dinero en conserjería para algunos gastos y el pasaje de vuelta.” No daba más detalles.
Feliza y su hijo ya habían estado en Buenos Aires en otra oportunidad con “los gallegos”, cuando Walter tenía cinco años. “Los gallegos” eran los padrinos del Churi y habían llegado a Argentina huyendo de Franco. Feliza y Poroto les ayudaron en San Juan para que pudieran luego instalarse en Buenos Aires y tenían una gran amistad.
Poroto llegó al local con su maleta en la mano, estaba cerrado. Abrió, dejó la maleta y se fue al banco.
El gerente tardó en atenderlo, y lo hizo pasar a su oficina. Allí conversaron y le dijo a su cliente:
-Primo, yo me enteré de casualidad, porque uno de los cajeros te compró un televisor y me avisó, sabía que te habías ido a Buenos Aires… vos no me avisaste nada. Cuando volvió, otro cajero lo había atendido y se había ido con todo el dinero…-
Primo estaba pálido, tenía que pagar una ponchada, los cheques diferidos estaban al caer, más mercadería, que por la confianza le habían fiado. Era un problema terrible.
Corría agosto, el contexto político y económico estaba alterado, así que el gerente afirmó que le daría tiempo para cubrir su cuenta corriente, pero que no tenían cómo prestarle plata.
Fue a su casa tratando de mantener la calma, arrancó el rastrojero gasolero modelo 58 y salió a casa de sus amigos a buscar consejo, visitó a sus cuñados, a su padre. Todos lo trataron de pelotudo. Poroto lo sabía, tenían razón, pero él buscaba una solución, un apoyo, una mano que nadie, absolutamente nadie, le tendió.
Al mediodía, la radio enteraba de la caída de Illia, presidente que Primo respetaba mucho. No quería a los milicos, decía que eran todos traidores y vendepatrias. Declararon el estado de sitio.
Feliza mientras tanto en Buenos Aires, fue hasta la casa de los padrinos del Churi para llamar a su marido, que le contó lo sucedido. La mujer, furiosa, lo insultó rabiosamente y cortó el teléfono.
Primo, devastado y solo en casa, se dirigió al fondo, abrió el armario y tomó la 22. La cargó y se la colocó suavemente en la sien, pensando en su esposa y su maltrato, en todos a quienes acudió y lo tildaron de pelotudo, en que nadie en absoluto le brindó ayuda. Pero entonces, cuando aún sentía el frío metal en la sien, escuchó la voz del Churi:
-Hola papi, te extraño. Cuando vuelva te muestro los regalos de la madrina -
El brazo que sostenía el arma cayó inmediatamente hacia un costado y disparó, rompiendo de un balazo un botellón con aceitunas.
Al lado del botellón de aceitunas había una damajuana con cinco litros de aceite de oliva primera prensada que el abuelo les regalaba cada tres meses y a la que por suerte no le pasó nada.
La casa comprada que no gustó a Feliza, la alquilaron y con eso pagaban en Desamparados, donde tenían como vecina a Ketty.
La idea para conseguir dinero era vender la casa alquilada y comprar en Desamparados, pero claro, el dinero estaba en la cuenta corriente que el socio de Primo había vaciado.
Primo buscó por todos lados, fue a San Luis, Córdoba, Mendoza. Ningún pariente ni proveedor había visto al tipo en cuestión. Pronto vinieron los juicios, vender el negocio, el taller, la casa comprada.
En poco menos de un año, no quedaba nada, entre la devaluación, la crisis económica y las deudas nada se pudo salvar. Hasta el rastrojero tuvo que vender para comenzar un nuevo negocio.
-Vieja, el folklore está en auge, todos quieren guitarras. Con la fabriquita y el local vamos a recuperarnos -le decía Primo a Feliza tratando de recuperar su confianza. La relación estaba mal, pero la mujer nunca lo dejó solo, a pesar de que todos sus familiares fogoneaban para que lo dejara “ahora que sos joven”. Pero Feliza amaba a Primo y le dio otra oportunidad.
Los Cuevach tenían entonces una pequeña fábrica de guitarras. Con los contactos en Buenos Aires, Poroto logró que le mandaran partes de guitarra, cuerdas, y algunas librerías, métodos de enseñanza. Él mismo tocaba muy bien el laúd y la guitarra, y en el local de ventas comenzó a dar clases, vender cuerdas, clavijeros, bombos y otras cosas relacionadas.
Jorge, el hermano mayor ayudaba en el negocio por la mañana, mientras Primo continuaba en la Universidad como secretario del decano de la facultad de arquitectura. Feliza cuidaba al Churi. Tenían un contrato de dos años para alquilar en Desamparados, que era una zona cara de San Juan.
Jorge además de atender el negocio por la mañana y a veces cuando Primo lo llamaba por teléfono, también trabajaba como ayudante del carpintero y en el armado de guitarras. Había decidido dejar la escuela para ayudar a su familia, y si todo resultaba mal, planeaba ir a la Marina y ser submarinista.
Con la caída del gobierno democrático del doctor Arturo Illia, la situación económica empeoró, se recortó de todos los sectores del Estado, se devaluó, cayó el consumo, aumentaron las tarifas y servicios, mientras que los sueldos quedaron congelados, receta que duraría hasta nuestros días, la de los “salvadores liberales”, de los gobiernos populares que hacen crecer el Estado ocasionando pérdidas para la Nación. Esto fue y es cíclico, no sólo en Argentina, sino en toda América Central y Sur.
Debemos destacar otro agregado, el de la militarización de las policías del Estado en aquella trágica época de las décadas de los 60 y 70 en nuestra Patria Grande, como decía San Martín.
Los recortes presupuestarios llegaron a San Juan y Primo, un mes antes de las navidades recibió el telegrama de despido de la Universidad. Aunque era de planta, lo dejaban cesante por “irregularidades en su comportamiento”, según decía el telegrama.
Así, la fuente segura de ingresos se desvanecía y la espada de la derecha económica cortaba al medio a Poroto y su familia. Cercano a cumplir 43 años, sólo le quedaba la fabriquita de guitarras.
Primo pidió audiencia con el Decano para ese día. Pero Alberto, el Decano, había sido reemplazado interinamente por un coronel del Ejército. Igualmente lo atendió y le dijo fríamente:
-Mire señor Cuevach, se le depositará su indemnización. Usted en realidad no trabaja más en la Universidad. Mantenga la calma, para mejorar a nuestra Nación debemos hacer sacrificios. -
Habían pintado la oficina del anterior Decano de un color verde pálido, y colgado un crucifijo y una bandera de guerra. Primo salió con lágrimas en los ojos de bronca e impotencia a la vista de los uniformados que estaban por todo el predio y pasillos de la Universidad. No volvería allí nunca más, y aquel socorro económico e intelectual comenzó a ser un valioso recuerdo que atravesaría el tiempo.
Por ese tiempo, sólo había sollozos y silencio en la casa de Desamparados.
Feliza, nuevamente se refugiaba en casa de Ketty, las cartas, y las galletitas con té al coñac. Había adquirido el hábito de ir contando lo que pasaba y desprestigiando a su marido, coincidiendo con las opiniones de sus amigas.
Desde las tres de la tarde hasta entrada la tardecita, a las seis o siete de la tarde, “la mujer del Poroto”, como se hacía llamar, desaparecía completamente para Churi y él debía hacer todo; armar su cama, preparar su merienda y hacer solo los deberes de la escuela.
Desde la caída de Illia, el hogar maravilloso que recordaba el Bonito simplemente desapareció. Aunque vivía en esa casa desde recién nacido, parecía otra en esa época. Las paredes descascaradas, las plantas del fondo secas, en la galería interior, la gran pajarera que albergaba más de veinte canarios estaba vacía y en las macetas apenas había algunos geranios y una abandonada boina de vasco.
Ya no existían flores en esa casa, las azucenas, malvones, rosas, margaritas y otras más se habían desvanecido poco a poco junto con el alma de la casa de Desamparados.
Todo esto lo percibía Churi, sin decir una palabra a su mamá o a su papá, y mucho menos a Jorge, que, además ya estaba en la Marina. Primo trabajaba horario completo tratando de vender guitarras, así que estaba ausente de la mañana a la noche.
El Bonito no sentía angustia ni soledad, sino paz. Churi recorría el silencioso caserón sin culpas. Su madre lo dejaba con llave los días que no tenía piano y a inglés ya no iba más porque no alcanzaba el presupuesto.
Las Billiken tampoco se podían costear más y en la tele sólo podía verse el canal 8, cuya programación para niños comenzaba los fines de semana recién después de las seis de la tarde. En las siestas durante la semana pasaban novelas o a Doña Petrona, un programa de cocina.
El Churi leía, dibujaba, pensaba. Tenía una actividad casi paranormal durante esas horas en que Feliza se ausentaba y él no iba a piano. Gracias a Zara que lo había becado, podía ir dos clases a la semana y pagar solo una.
Walter había creado un nuevo estilo de aventura en ese tiempo solitario. Iba hasta el fondo de la casa y trepaba por el horno grande, donde alcanzaba a agarrarse de una rama de árbol con la que se balanceaba hasta caer en el patio del vecino. De ahí se ponía a investigar los fondos y patios de los vecinos. Internamente quería encontrar a aquel perro negro. Vio muchas cosas extrañas en los fondos de las dos cuadras, pero nunca encontró a ese ser de mirada amarilla y olor fétido. No había ningún perro negro ni nada similar en los fondos vecinos.
La mamá del Churi se volvía día a día más agresiva y golpeadora y le daba palizas amenazándolo:
-Way que le contés a tu papá…porque te mato. -
Entonces en la vida del pequeño arreció la violencia. Tenía ropa limpia, casa, comida, pero todo esto no suplantaba la falta de cariño, algún gesto tierno por parte de su madre hacia él.
Casi dos años después de que Illia se retirara de la presidencia, Alsogaray pide “pasar el invierno”. Poroto elocuentemente trató con insultos aquellos dichos del entonces ministro de economía de Onganía.
Todo cambió para los Cuevach. Los padres parecían zombis, del hermano se sabía poco y nada, y los reyes no pasaron aquel seis de enero. De hecho, no pasaron más.
La casa olía a desesperanza. Hasta el tocadiscos se vendió, el juego de sillones, la pajarera, el juego de jardín.
Ya no fabricaban guitarras, Primo desde el comienzo del otoño estaba en Rio Cuarto y desde allí enviaba dinero. En el fondo de la casa, donde había un pequeño baño, vivía una inquilina para sumar ingresos al hogar y completar lo que se necesitaba para pagar el alquiler. Feliza trabajaba por las tardes en la confitería de un primo.
Churi dejó piano, se quedaba todas las tardes solo en su casa, encerrado, ya que Feliza ponía llave en la puerta de entrada. Sólo podía salir un ratito a la vereda cuando venía Esther, la inquilina, que tenía órdenes estrictas de que no dejara salir al niño. El Bonito sólo salía a mirar el panorama, y entraba de nuevo al comedor, donde ya no estaba la biblioteca que se había vendido con todo y libros.
La sala de estar tampoco tenía muebles, toda la parte delantera de la casa estaba vacía. Quedaban algunas macetas en la galería interna, con todo seco y muerto, igual que en el fondo donde sólo estaba Esther en la piecita.
Walter dibujaba en su mente los recuerdos de cuando todo era distinto. Imaginaba flores, muebles, comidas ricas, pero sabía que aquellas imágenes eran historia vieja.
“Cómo un presidente puede cambiar tanto la vida de las personas…” pensaba el Churi.
Lo único que quedó fue el tablero y sus acuarelas. Primo ya no pintaba, nunca estaba en casa, y a Churi le parecían años, no meses los que no veía a su padre.
En silencio y soledad, Churi podía registrar intensamente alrededor de cada persona al verla, olerla y podía percibir cómo era; si buena, mala, mentirosa, leal. Horas de meditación, calculando cual sería la hora. Tardes interminables de “Doña Petrona”, novelas que no entendía, hojas amontonadas llenas con dibujos.
Externamente se veía como un niño, aunque para él, aquel cuerpo de once años, esa cara, ojos, piel, cabello, se sentían casi como aquel traje de Batman.
“Me siento de cuarenta y sólo tengo once años… ¿qué me pasa?” Reflexionaba el Churi. Nadie con quien hablar, silencio de TV prendida, sólo lo acompañaba ese murmullo electrónico.
Pero todo llega a su fin. La falta de dinero, las infidelidades de Poroto y la Marina, toda esta larga etapa llegaría al final. Vertiginosamente sucederían cosas que harían variar esa gris realidad.
Ojos. Churi miraba fijamente los ojos de cada persona al verla. Así descubrió la temporalidad, en aquella actitud. Aprendió a identificar cuándo ese ser moriría, no con fecha exacta, pero sí podía saber si le quedaba poco, si tenía alma o si simplemente se trataba de un traje de vida.
(5) Esther
Rellenita en sus partes deseadas, delgada en la cintura, baja estatura, pelo castaño. Había nacido en Calingasta y tenía la piel algo cobriza, con rasgos europeos y ojos color del tiempo. Su voz era femenina, pausada, y cuando hablaba parecía acariciar con las palabras.
Tierna al caminar, Walter observaba a aquella hermosa avanzar justo delante de él.
-Hola Churi. -le dijo sonriente. Estaba calentando agua en la cocina.
El niño la miró a los ojos verdosos y los vio enormes, tenía las cejas depiladas y bien formadas. Esther le dio un beso al terminar de hablar y Walter le respondió, mojándole la mejilla con sus labios no muy pequeños a pesar de ser un jovencito.
Observó con atención todos los movimientos de la joven y pudo sentir el aroma que desprendía en cada uno de ellos.
-¿Querés té o yerbiado? -volteó a preguntar.
-Yerbiado. -respondió secamente el Churi, pasmado.
Tuvo la sensación de que Esther sabía que él la estaba mirando. Ella tenía un pantalón algo ajustado, de botamanga chupín que le llegaba hasta un poco más abajo de la pantorrilla y dejaba libre su tobillo, calzaba ojotas. La blusa era algo corta y dejaba entrever apenas su ombligo. Aquello era verdaderamente un maravilloso espectáculo a los ojos de Walter.
“Para que no estés solito”, Esther invitó al Churi a tomar el yerbiado con unas ricas galletitas que le dijo que tenía en su habitación.
Esther tenía dieciocho para diecinueve años y Churi iba camino a los doce, pero era corpulento y algo grande para su edad. Parado junto a la muchacha parecía que ambos tenían la misma altura.
-Ayudame, abrí la puerta por favor. -le pidió Esther que llevaba la bandeja con tazas. Walter movió el picaporte y entró. Nunca había estado en la habitación de una chica y menos universitaria, así que se quedó observando detenidamente todo a su alrededor.
Había un escritorio pequeño, una cama, dos sillas y un ropero. En las paredes no había crucifijos ni estampitas, sino un póster de The Beatles y lo más llamativo era un gran espejo al lado de la puerta del baño. Estaba todo sumamente ordenado y había un tablero apoyado en una esquina junto con grandes carpetas de dibujo.
Walter permaneció inmóvil, casi en posición de firme, mirando todo.
-Sentate Churi, acá tenés las galletitas. -le dijo Esther, cumpliendo su promesa. La palabra rompió el hechizo, y sentándose suavemente comenzó a degustar las galletitas rellenas con el yerbiado, un verdadero manjar en esos tiempos.
-Vos dibujás, me contó Feliza. -dijo la muchacha.
-Sí, algo. -contestó Walter. -Fui a un curso de acuarela en la Universidad cuando era más chico.
-Ah…eso no me contó tu mamá… ¿y cómo fue que pudiste ir al curso? -preguntó Esther, pensando que Walter exageraba para impresionarla o simplemente le mentía.
-Mi papá trabajaba en las oficinas del decano, entonces pudo conseguir el curso. -continuó el Churi -Mi mamá me acompañaba porque sólo no podía llevar el tablero…ahora sí podría…-y continuó comiendo galletitas.
Esther clavó los ojos en el Churi, con una mirada extraña para él.
-¿Tenés algo para mostrarme de los dibujos que hacés? -le preguntó, tocando delicadamente el brazo de Walter. El Bonito sintió un estremecimiento, al percibir la calidez de la mano, la voz dulce y cariñosa. Saber que alguien se interesaba por él y por sus dibujos fue un verdadero flash.
-Sí, claro, tengo una carpeta parecida a esa, llena de dibujos - contestó alegre el Churi señalando la carpeta junto al tablero apoyado en la esquina de la habitación. -¿Querés que los traiga y te los muestro? -siguió diciendo con la voz agitada y sintiendo cómo los latidos parecían salírsele del pecho.
-Bueno, me los podés mostrar mientras llevo todo esto a la cocina. -contestó Esther y se fueron caminando juntos hasta la cocina. Walter fue hacia su habitación, tomó la carpeta y en unos minutos estaban los dos de nuevo en la piecita del fondo mirando sobre el escritorio los dibujos pintados con acuarela. Esther miraba detenidamente cada dibujo, y Walter supo que le gustaban mucho.
-Son muy lindas tus acuarelas, dibujás re bien, Walter. -le dijo Esther con una chispa especial mientras no dejaba de mirar y admirar las bondades estéticas de las obras del Churi.
-¿Vos pintás también? -fue la pregunta que lanzó el Churi a la bella joven y que desencadenará una serie de acontecimientos, tanto en la vida de Esther como en la del joven Walter.
-Trato…pero no tengo el don maravilloso que vos tenés, Churi. Me encantan tus dibujos. -contestó ella, acompañando lo dicho con un gesto dulce tomando con sus manos por la pera al joven y dándole otro beso en mejilla. Walter quedó clavado al piso, se puso colorado, rojo rubí, escarlata, en fin, toda la gama de rojos pasó por aquel rostro.
-Cuando necesites ayuda para tus láminas o dibujos, yo te ayudo. -se apresuró a decir el chico luego del beso. Los ojos verdosos de Esther se dieron cuenta de todo, y Churi, a pesar de su estado, notó cómo se habían agrandado sus pupilas.
Entonces continuó la charla, ellos se acercaron más y siguieron mirando los trabajos de Walter, mientras Esther le prodigaba toda clase de elogios y lo abrazaba, maravillada por aquellas obras.
-Voy a poner música. ¿Te gusta la música? -le preguntó de pronto mientras se levantaba.
-Si, claro. -contestó Walter.
La joven tenía un pequeño tocadiscos que parecía una maleta. Lo enchufó, sacó del ropero un disco pequeño de The Beatles y le dijo a Walter:
-¿Querés bailar? -
Walter nunca había bailado, así que turbado y con voz finita contestó:
-No sé bailar. -
-Vení, yo te enseño a bailar y vos después me enseñás a pintar. - Bailaron un twist, luego otro, hasta que puso un disco lento.
-Así se bailan los lentos. -dijo Esther mientras tomaba al Bonito por el cuello y le indicaba que lo abrazara por la cintura. Sus cuerpos se pegaron, Churi sintió los pechos de Esther sobre él, su corazón se bamboleaba suavemente y sus manos, que estaban sobre la parte superior de las nalgas de la muchacha, hacían que pudiera sentir muy bien su contorno.
-Vos seguime a mí. -le ordenó muy dulcemente al oído la bella joven de Calingasta.
El afortunado muchacho sintió poco a poco cómo sus partes bajas comenzaban a erectarse. A pesar de su corpulencia, era todavía un niño, pero hay que decir que su desarrollo también llegaba a esa parte. Su miembro tenía cierta relevancia, la dureza era tan buena como sus dibujos y de tamaño no venía nada mal el jovencito.
Esther sintió cómo se agrandaba y endurecía el miembro del pequeño. En ese momento comenzaría toda una nueva forma de percibir la realidad para el Bonito.
Esther tenía el morbo por las nubes.
-Apretame la cintura. -le dijo con voz sensual, segura. Aquel hombrecito respondió el pedido, y de repente, el disco había terminado.
-Vos seguí igual, como si estuviera la música. -afirmó Esther, y mientras se contoneaba, agregaba a cada pequeño movimiento uno leve hacia adelante con la pelvis. Walter respondía instintivamente, arremetiendo como si fuese un perrito en celo. Estuvieron así varios minutos hasta que Esther, muy acalorada, descendió con uno de sus brazos y con una mano comenzó, despacio, pero con cierta fuerza, a acariciar el miembro totalmente duro de Walter.
-¿Te gusta? -le preguntó la joven mientras continuaba meneándose y no se soltaban.
-Sí. -fue la respuesta casi inaudible del Churi.
Latían fuerte los corazones de juventud, acompasadamente. Las manos tibias habían descendido el pantaloncito corto de Walter y Esther ya saboreaba el apéndice duro que aquel jovencito poseía. Continuó así por varios minutos, degustando el sabor salino que emergía del glande, mientras algunos espasmos acompañaban el momento.
-Vamos a la cama. -dijo la muchacha. Los cuerpos jóvenes, envueltos en frenesí, fueron eficazmente ordenados por ella.
-Esperá, dejame… me voy a sentar, quedate así mi amor. -suspiró Esther.
Churi estaba recostado boca arriba, y ella, con una maniobra de alguien conocedor, introdujo el miembro viril hasta casi el fondo de su vagina. Walter estaba extasiado, percibía olores, el calor interno de la vulva, los besos húmedos, sentía que despertaban capacidades totalmente desconocidas para ese jovencito.
Cuando termino aquel amanecer de placeres para el joven, se encontraba sin saber cómo, en su cuarto mirando hacia la ventana, aquella del perro negro.
Esther ordenaba todo en su cuartito, pasó a darse un baño y apaciguar el fuego interno que aún quedaba. Para ella nada había sido al azar, no. Desde el momento que Feliza habló de las bondades del dibujante, Esther había preparado con una gran inteligencia encontrarse íntimamente con el joven. La mamá de Walter destacaba las capacidades artísticas de su hijo en toda oportunidad y con quien fuera, Churi fue conocido por tamañas hazañas con el lápiz y las acuarelas, pero Feliza no exageraba, solo decía la verdad.
Esther debía aprobar si o si la materia, necesitaba el talento plástico que le era totalmente ajeno a la hora de poner paisaje y personas a sus láminas y también la capacidad de poner color.
Varios encuentros tuvieron Esther con su “maestro”. Hábilmente Churi embelleció cada lámina y así la muchacha aprobó la materia.
Una tarde, entró la joven con dos compañeros. Churi le salió al encuentro y se miraron.
-Hola bebé… vení, acompañame. -le dijo y se lo llevó al comedor vacío. -Churi, tomá, te doy las llaves, andate a la calle a jugar a la pelota y en dos horas volvé…Yo después te doy una sorpresa… -lo miró con su carita angelical, con sus lentes chiquitos y el pelo largo cepillado castaño que le llegaba hasta los hombros.
El joven tomó las llaves y asintió.
Esther salió apresurada para el fondo, y los dos compañeros la siguieron.
Churi aplicó la astucia y el “método de los Reyes Magos”. Abrió la puerta, la cerró, echó llave, pero él se quedó en el comedor.
Sigiloso, caminó por el pasillo interno desde la habitación de sus padres hasta su habitación. Mientras lo hacía, vio pasar a Esther y se metió rápidamente en el canasto de la ropa sucia en el baño.
Esther, que no era fácil de engañar, caminó por la habitación de los padres, de Churi, miró debajo de las camas, abrió los roperos, y cuando estuvo segura se fue hacia su piecita mientras pensaba “Qué importa si me espía…yo después lo manejo al pendejo.”
Entró a su habitación donde la esperaban sus dos compañeros arriba de la cama y sólo usando los relojes pulsera en sus muñecas.
La estudiante ya tenía fama en Calingasta, muchas locas y demás masculinos conocían sus maravillosas habilidades.
Churi, con su “método Batman”, apoyándose sobre la pared oeste del patio donde estaban las habitaciones del fondo, cuerpo a tierra muy despacio se acercó al cuarto de Esther. Ya cuando se aproximaba, se escuchaban los gemidos.
Miró por entre la ventana, de costado y así vio como aquellos muchachos poseían a Esther en un espectáculo nunca visto para el chico, que al principio no entendía qué pasaba. Luego fue entendiendo, la muchacha en el costado de la cama, sentada sobre uno, mientras el otro, de pie, la poseía desde atrás.
Transcurrieron varios días hasta casi terminada la primavera. Una tarde, Feliza charlaba con Esther mientras tomaban mate.
-¿Y cuando te vas? -le preguntó la mamá del Churi.
-Apenas rinda la última del año…-le respondió la muchacha. En diciembre se iba a estudiar a Buenos Aires, había conseguido que los padres la mandaran para allá.
Al enterarse, triste, el Churi se tiró en la cama y tapándose con la almohada, lloró en silencio.
Quedaba un mes para la partida. Hacía mucho que los encuentros entre ellos no sucedían. Ella lo tenía en cuarentena, había aprendido todo lo que el talentoso muchachito sabía, la materia estaba aprobada, no había razón para seguir con la parodia.
Walter amaba todo lo de la joven estudiante, pero extrañaba, más que nada, sus caricias, sus palabras suaves, su voz tan dulce.
Esther se fue dos días antes de navidad. Churi la vio tomar el taxi, estaba parado en la vereda con las llaves en la mano, ya que Feliza estaba trabajando. La muchacha metió las maletas y se acercó a saludarlo.
-Churi, te dejo el tablero, la lámpara y las acuarelas con los pinceles… gracias, siempre te voy a recordar. No dejes de dibujar ni de pintar. -acercó sus labios tiernos, besó la mejilla del muchacho y se fue.
El Churi se quedó sentado en los escalones de la casa. Ahí, desde donde miraba el firmamento estuvo hasta casi cuando llegó la madre por la noche.
Miró y miró, pensando. Ya no importaban cuántas estrellas tenía el cielo, ni a qué velocidad giraba el planeta, tampoco si estaban o no habitados los demás… Ahora él pensaba qué haría con el agujero que sentía en el pecho, cómo podría seguir a partir de ese momento, tan sólo de nuevo en su casa.
(6) Adiós Desamparados
Primo había vuelto de Río Cuarto después de once meses de ausencia. Había enviado dinero, no mucho. También en ese tiempo estuvo en Entre Ríos brevemente, y pasó por Buenos aires, lo que marcó la partida definitiva de Desamparados.
Vendiendo vino adulterado, actividad que Primo realizaba en Río Cuarto, se encontró con un sanjuanino como él, que tenía el mejor mercado en kilómetros.
Conversando, tomando café, fueron contándose sus vidas y añoranzas. Por sorprendentes casualidades, resultó que el hermano del sanjuanino trabajaba con el socio de Primo, aquel que se había llevado la plata del negocio de electrodomésticos. El nuevo amigo de Poroto le comentó que tenía entendido que este señor vivía en Entre Ríos. Al salir del negocio, Primo inmediatamente supo que debía ir hacia allá.
Llegó a Entre Ríos con una maleta y algunos pesos, un par de contactos y por supuesto, la dirección del hermano del sanjuanino. Consiguió un hotel, vio un par de trabajos y tomó el de mozo en un restaurant. Tranquilo, pero sin pausa, urdió su plan silenciosamente. Quería, o más bien sentía la necesidad de venganza.
Le escribió a Feliza contándole que lo de Río Cuarto había terminado, ya que la policía estaba tras los adulteradores de vino y que, por este motivo, iba a probar suerte en Entre Ríos. En realidad, todo esto era verdad, sólo que evitó contarle su verdadera motivación.
Transcurrieron varios días hasta que por fin dio con la casa del hermano del sanjuanino, a las afueras de Paraná. Jacinto era un hombre tranquilo que se dedicaba a la mecánica, tenía esposa y dos hijos, una casita humilde y su taller.
Jacinto contestó todo lo que el papá del Churi quería saber, hasta le dio la dirección de la casa del tan buscado socio, en Buenos Aires.
Primo escribió entonces a su esposa nuevamente, avisándole que esta vez iría a la capital porque tenía unos contactos en el rubro pintura. Previo a esto, Primo ya le había avisado a Alfredo, el padrino de Churi, que vivía en Avellaneda.
En Berazategui iba a ser el desenlace de esa historia, ya que allí tenía el socio un desarmadero de autos usados.
Alfredo, que era socialista y había llegado desde España huyendo de Franco, tenía conocimiento de armas. En una carta, Primo le pidió que le hiciera unas averiguaciones y cuando llegó, ya tenía la ubicación exacta y los horarios del desgraciado.
Tomó el tren a Berazategui en la mañana, llevaba un bolsito y estaba vestido de obrero. Se guiaba con un mapa muy bien elaborado por Alfredo.
Las diez de la mañana marcaba el reloj de Primo, que caminó, siguiendo el mapa, varias cuadras hasta que llegó. La esquina del taller tenía unos árboles frondosos y grandes yuyos, y allí aguardó Primo hasta el anochecer.
Balilo, como era conocido el socio, bajó de una camioneta Ford 58 recién pintada, corrió el portón y la entró. Luego fue hacia la oficinita. Primo se acovachó detrás de unos tanques de aceite de 200 litros y esperó.
Balilo cerró el portón sin echar llave, caminó tranquilo hasta la fosa, volvió atrás… Poroto lo apuntó firme con el 38 corto que Alfredo le había conseguido.
-¡¿Por qué lo hiciste, cabrón?! -le espetó con voz fuerte y clara, llena de odio.
-Perdoname, Poroto… te puedo dar algo ahora, justo hoy tengo algo de guita… -balbuceó el socio, sorprendido y asustado.
Balilo desarmaba autos robados, y su participación en el negocio consistía luego en quedarse con las partes para armar otros autos y venderlos en Berazategui. Tenía dinero, no mentía.
-Mirá… -siguió Balilo que introdujo su mano en el bolsillo y sacó un fajo gordo de billetes.
El disparo fue exacto, entre las cejas, justo en la frente. Aquel cuerpo cayó como una bolsa de papas a la fosa. Balilo, con muy mal tino, había quedado a muy pocos pasos de la fosa cuando Primo lo sorprendió. Al observar cómo la cabeza golpeaba en el suelo gris, a Poroto le vino la imagen de una sandía partiéndose en el piso.
Primo observó la enorme mancha de sangre que comenzaba a formarse alrededor de la cabeza del socio. Olía a nafta y pólvora en el lugar. Al dar un paso, sintió en el pie algo, era el fajo de billetes que se había caído de las manos de Balilo.
“Cuando lo mates, quema todo, hombre…yo le vi en el taller bidones de nafta” Sonaba la voz de Alfredo en su mente. Por eso llevaba Primo los fósforos en el bolsito, además de balas y el 38 corto. “Deja el arma, yo ya le he limado los números de serie, además el caño también”.
Alfredo, que de joven había participado en la resistencia antifranquista, conocía muy bien de armas, y Poroto, que fue cabo del Ejército Argentino durante dos años y medio y colimba en la montaña, armaba y desarmaba cualquier tipo de fusil o revolver, y, además, tenía una puntería extraordinaria.
Primo siguió las instrucciones del gallego, roció un bidón de nafta en el cuerpo y alrededor de la fosa, no sin antes arrojar el arma que quedó apoyada en el pecho de Balilo. Luego cuidadosamente hizo un hilo de nafta en dirección a los bidones de gasoil y aceite, y otro hilo de gasoil hasta el portón, que cerró suavemente. Procuró dejar todas las luces del taller encendidas, prendió un fósforo y lo acercó al combustible que comenzó a prenderse fuego violentamente. Primo cerró el portón y corrió unos treinta metros.
La explosión fue fuerte y seca. Fulminante. Dobló el portón hacia afuera y ardió todo en cuestión de minutos. Poroto se quedó a una cuadra y observó todo, llegaron los bomberos cuando aún todo estaba en llamas, aquel infierno con demonio adentro.
Sereno, en paz, otro Poroto habitaba cada paso hacia la estación de tren.
Llamó desde retiro:
-Alfredo, está hecho. Me voy, si podés, después date una vuelta. -
-Claro hombre, vete ya para casa, yo me encargo. Te aviso luego, llámame en un mes. -le respondió el gallego.
Al llegar a San Juan, Poroto le contó todo a Feliza. La parte del incendio no se sabría jamás, fue un secreto que incluso el Churi, cuando se enteró, cuarenta años después, nunca develó.
Tenían que irse de aquella casa, los hermanos de Balilo podían atar cabos y Feliza y Churi estaban en peligro. Jorge…bueno, esa es otra historia. Jorge no corría peligro.
Un hermano de Feliza les hizo la mudanza, fueron a parar a la casa del abuelo materno del Churi, un gallego cerrado hasta para hablar. Primo se dirigió a Mendoza, donde tenía contactos con el tema de la pintura y otros trabajos que podían funcionar. Prepararía todo para llevar a la familia, aún en ese contexto tan adverso económica y políticamente, en el que el régimen de Onganía seguía en su esplendor.
Churi recorrió por última vez la casa, desde el living hasta el patio de atrás. Sordos recuerdos, tardes de sol y calor, angustia, soledades, amores. La niñez vivida, el perfume de rosas y malvones…nunca abandonaría al olvido la Casa de Desamparados.
Walter se negó al principio, pero luego aceptó. Cuando vendieron todo, parte de él no existía, y guardó profundamente ese sentimiento angustiante, sólo aplacado por las clases y la compañía de Esther.
Ahora, subido en la parte posterior con lo poco que quedaba, la realidad golpeaba fuerte. Churi tenía desarrollada su percepción del futuro y sentía anticipación de lo que vendría. Siempre entendió, apenas sobrevino dicha habilidad, que podía negarla o ignorarla, pero inexorablemente lo que sentía que podía suceder, ocurría.
Así fue como partió el Churi, con su habilidad de identificar personas sin alma y la de anticiparse a sucesos que aún no acontecían.
Darmowy fragment się skończył.