Czytaj książkę: «Sin banda no hay fiesta»

Czcionka:




Sin banda no hay fiesta. Música del Bajo Piura

Primera edición digital: noviembre, 2017

© Universidad de Lima

Fondo Editorial

Av. Javier Prado Este 4600

Urb. Fundo Monterrico Chico, Lima 33

Apartado postal 852, Lima 100

Teléfono: 437-6767, anexo 30131

fondoeditorial@ulima.edu.pe

www.ulima.edu.pe

Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima

Foto de carátula: “Fiesta de mi pueblo”, Acuarela de Mary Susan Campoverde Seminario, 2015.

Versión ebook 2017

Digitalizado y distribuido por Saxo.com Perú S. A. C.

https://yopublico.saxo.com/

Teléfono: 51-1-221-9998

Avenida Dos de Mayo 534, Of. 304, Miraflores

Lima - Perú

Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.

ISBN versión electrónica:

Índice

Vorwort – Palabras preliminares

Prólogo

Presentación

Introducción

PRIMERA PARTE “Aquí, Catacaos, es tierra de músicos”: la música del Bajo Piura en su contexto

Capítulo 1. Leyendas, religiosidad y música. Antecedentes histórico-culturales

1.1 Paisajes y parroquianos

1.2 Leyendas e historia

1.3 Religiosidad

-Las fiestas

-Santos, promesas y milagros

-La organización religiosa

1.4 La banda en el ritual religioso

-Tempo y motórica

-Comunicación no verbal

Capítulo 2. “Sin banda no hay fiesta”: la práctica musical de las bandas

2.1 El desarrollo de las bandas

-Los músicos

-Los instrumentos musicales

-El aprendizaje

-El repertorio

2.2 El estilo de banda

-El sonido ideal

-El significado del tiempo

2.3 El tondero y la banda

-Llamada e introducción

-La primera parte

-La segunda parte

Capítulo 3. “… y en mi guitarra he traído la melodía del verso”: la práctica musical de los criollos en el Bajo Piura

3.1 El desarrollo de la música criolla en el Bajo Piura

-Los compositores

-Los guitarristas

3.2 El estilo norteño

-El canto

-El toque de guitarra

-El toque de cajón

3.3 El tondero y los criollos

-La introducción

-La glosa

-El dulce o canto

-La fuga

SEGUNDA PARTE “La banda es la música más típica, acá en el Bajo Piura”: la música de las bandas. Análisis musical

Capítulo 1. “Señores, esto es tondero...”: un análisis comparativo entre el tondero de banda y el tondero criollo

1.1 Definición

1.2 Coincidencias y diferencias

-La estructura

-La melodía

-La armonía

-La rítmica

1.3 ¿Cuál es el “verdadero” tondero?

-Bandas y criollos

-Concursos

-El “tondero de banda cantado”

Capítulo 2. “Con amor y dolor vengo a mi santa devoción”: la marcha, género exclusivo de la banda

2.1 Definición

2.2 El perfil musical

-La estructura

-La melodía

-La armonía

-La rítmica

2.3 La marcha de la banda: su puesta en práctica

Capítulo 3. “Hacer la música más bonita”: el arreglo musical como base para el estilo de banda

3.1 Definición

3.2 Arreglando para la banda

-Condiciones

-Principios del arreglo

-La notación del arreglo

3.3 La práctica

Conclusión. Siguiendo el compás de la banda

Las bandas, 20 años después...

Referencias

Anexos

Anexo 1. Semana Santa en Catacaos

Anexo 2. Relación de entrevistados

Anexo 3. Relación de bandas

Anexo 4. Partituras y transcripciones musicales (QR1), audio (QR2)




Vorwort - Palabras preliminares

Die Musikethnologin Virginia Yep untersucht in ihrer Dissertation eine Lieblingsmusik der Landbevölkerung im Norden Perus, die banda-Musik. Diese populären Blaskapellen schaffen die notwendige Feststimmung, ohne die eine fiesta keine fiesta wäre. Sie bewegt viele Menschen, ist essentieller Teil ihrer Identität. Darum ist es so wichtig, diese Musik, ihren Stil, ihr Repertoire, die Aufführungspraxis und Bedeutung systematisch zu erforschen.

Die Musikethnologie bietet die geeigneten Methoden zu einer vorurteilsfreien Analyse, kann uns also helfen, die Menschen dieser Region besser zu verstehen und wird so zu einem wichtigen Instrument der Völkerverständigung.

Ich bin sehr froh, dass es dieses Buch gibt und wünsche der Autorin, dass ihre Arbeit in Peru viele Menschen erreicht und ebenso bereichert wie mich.

Berlin, 1. Dezember 2013

Gert-Matthias Wegner

[La etnomusicóloga Virginia Yep investiga en su tesis doctoral una música preferida de la población rural del norte del Perú, la música de las bandas. Estas populares orquestas de vientos crean el ambiente festivo necesario sin el cual una fiesta no sería una fiesta. Esta mueve a las personas, es una parte esencial de su identidad. Por ello es tan importante investigar sistemáticamente esta música, su estilo, su repertorio, su presentación y su significado.

La etnomusicología ofrece los métodos apropiados para un análisis libre de prejuicios, puede de esta forma ayudarnos a comprender mejor al grupo humano de esta región y convertirse así en un instrumento importante para la comprensión de los pueblos.

Me complace que exista este libro y le deseo a su autora que su trabajo llegue a muchas personas en el Perú y que las enriquezca tanto como a mí].

Prólogo

Las bandas de música tienen una presencia muy importante en la cultura popular en las poblaciones urbano-rurales de la costa del Perú, como ocurre en muchos países. En el norte del Perú las bandas están profundamente arraigadas y conllevan una práctica musical de sumo interés sostenida por las fiestas religiosas populares, especialmente las patronales, cuya música, tradicionalmente, está a cargo de estas bandas.

La investigación de Virginia Yep empieza definiendo el gran contexto religioso cultural en el cual se desarrolla la práctica musical de las bandas, relevando que “la banda de músicos, o simplemente ‘banda’, desempeña un papel fundamental como elemento que integra y articula el lenguaje ritual, en base al cual ha desarrollado su propio estilo musical”. El objetivo del trabajo es precisamente el estudio de las bandas centrado en la zona del Bajo Piura.

Yep manifiesta que las estructuras sociales aún determinan la práctica musical, aunque señala bien que se trata de una práctica musical que no forma parte ni del ciclo vital, ni del agrario; pero remarca el irremplazable valor de entretenimiento que las bandas ofrecen en las procesiones religiosas, en las paradas militares, etc., un valor de gran significado para la vida del pueblo que rompe la rutina diaria.

Poco se conoce aún sobre las bandas de la costa norte, incluyendo por cierto las del Bajo Piura; sin embargo es conocido el gran arraigo que las bandas tienen y el reconocimiento de que gozan. Estas bandas poseen una historia, en muchos casos bastante documentada, cuyo estudio podría ayudar a comprender la idiosincrasia, el modo de ser y de concebir la realidad y la vida de estos pueblos; particularmente la manera sencilla pero sólida como asumieron la religión católica. El cristianismo es fundamental para la formación cultural del Perú. Las fiestas populares que cohesionan a los pueblos y les confieren mucho de su sentido se sostienen en las devociones católicas que practican por siglos. Y más que en la doctrina la vigencia del cristianismo se basa en la vivencia emotiva y, sin duda, la música alienta y aviva esta emotividad colectiva.

Las bandas, señala Yep, están en relación estrecha con las organizaciones religiosas de la zona, su mejor clientela, las que han contribuido a su protagonismo en la vida musical del Bajo Piura y además han afianzado el concepto de que estas localidades son tierra de músicos. Catacaos, una de las poblaciones más importantes del Bajo Piura, se define como “tierra de músicos”; pero lo mismo ocurre en otros pueblos del norte como Mórrope o Monsefú en Lambayeque. Estos músicos, no cabe la menor duda, son profesionales, aunque alternan la música con otras actividades laborales. Poseen una instrucción que han adquirido generalmente por maestros de la propia localidad, aunque recientemente complementan estos estudios en las escuelas superiores (conservatorios) de música de las capitales departamentales. Los músicos han incursionado en diversos estilos de la música popular, comercial e inclusive hasta en la música clásica. Existen verdaderas dinastías de maestros con apellidos tradicionalmente reconocidos como de músicos. Podríamos plantear que gran parte del desarrollo musical de estas regiones tiene en las bandas y en las fiestas sus orígenes y que los músicos que surgen desde esas canteras son en gran medida el sustento de las diversas expresiones musicales que se van desarrollando con el impacto de la modernidad y de la cultura occidental.

La autora destaca la intensiva práctica religiosa que genera una práctica instrumental que se reconoce como típica. Las fiestas patronales, y en particular la Semana Santa, son el contexto de esta práctica que tiene como base un sistema de cargos de carácter tradicional que funciona adecuadamente para la celebración de las fiestas y que determina el éxito de las mismas.

El material para este trabajo es muy amplio, aunque muy bien acotado. Lo describe de manera precisa Yep; 89 grabaciones de audio, una documentación de video de dos horas, 20 entrevistas, 69 partituras y 180 fotos; fue recolectado en dos viajes, el primero en 1993, en la fiesta de Semana Santa en Catacaos; y el segundo en 1995, cuando amplió el espacio geográfico de su investigación de campo hacia Narihualá, La Arena y La Unión.

Yep establece, de manera precisa, cuáles son las interrogantes que constituyen el hilo conductor de su trabajo: independientemente de que toquen un tondero, una marcha o un valse, los bajopiuranos conocen solo un término: banda. ¿Cuáles son los elementos musicales para subordinar, por ejemplo, estos tres géneros en un solo término? En la banda, los músicos usan instrumentos europeos, tocan con partitura, tocan marchas y dan una imagen militar europea; ¿a qué se debe, pues, que mostrando estos elementos tradicionales aparentemente ajenos, todos afirmen que la banda “es la música más típica aquí”, y que esta se defina en suma como la música del Bajo Piura? Otras preguntas surgen para ayudar a responder la pregunta central, como: ¿en qué contexto y espacio se presentan las bandas?, ¿cuáles son las características musicales de la música de la banda? y ¿cuál es la relación de esta con la música de los criollos?

Lo anecdótico ha sido generalmente el elemento distintivo y constitutivo de la mayor parte de trabajos de investigación musical en el Perú, en particular en el norte. Yep destaca varios de estos trabajos que nos son bastante conocidos, a pesar de que las ediciones han sido siempre limitadas y no profesionales o no comerciales. Pero el trabajo de Yep puede ser considerado pionero en la medida de la seriedad de su método y de que se trata fundamentalmente, como la autora reconoce, de un trabajo de análisis musical.

Desde la perspectiva musicológica, es destacable sin duda el rigor del enfoque: el estudio de la melodía, de la armonía, de las formas y de la rítmica del material. Por cierto que destaca muy bien el sentido de la banda, es decir, del medio instrumental, como el medio que, según los bajo piuranos “hace más bonita la música”. Remarcable el análisis estilístico y el estudio de la práctica de ornamentación que connota una especie de persistencia de lo barroco que, quizá más que en la música misma, en los pueblos del Perú es un telón de fondo por la arquitectura y las pinturas y esculturas de las iglesias de los pueblos, algunas de ellas verdaderas joyas, como es el caso del templo de Sechura.

Destaco el detalle de haberle dado a cada parte un título “extra musical”, en cierta medida, a pesar de que el tratamiento metodológico es rigurosamente técnico y musicológico. Pero estos títulos contribuyen a marcar el carácter etnológico, la profundidad y el sentido un tanto testimonial del trabajo, que connota la identificación de la autora con el tema.

Algo clave en el trabajo es la forma como destaca la autora el reconocimiento social de una expresión típica por el pueblo mismo. Cuando consigna el testimonio de Alfonso Mena (1999) en el que manifiesta […] “cómo la gente se anima, especialmente si la banda es de aquí. Si viene de otro lado, tiene que adaptarse a las costumbres de aquí, de Catacaos. Por ejemplo, en la Semana Santa nadie puede tocar mejor que los “catacaos” mismos (sic), porque cuando el catacaos toca su marcha, la marcha fúnebre, la toca con un sentimiento único […]. Por eso los mayordomos no se atreven a contratar a otra banda de otro sitio, porque van a fracasar […]”.

Es particularmente interesante lo que la autora afirma sobre la bimodalidad y la especie de indecisión en la melodía entre el mayor y el menor. Considero que en el plano armónico, el trabajo de Yep es realmente pionero en el Perú.

Otro tema muy relevante es el referente al cantus fractus (del latín = canto fraccionado, partido o roto), que muestra lo importante que es la melodía para el arreglo de la banda; esta se puede usar también como armonía y como contrapunto rítmico. A pesar de que para los músicos de la banda el cantus fractus está sobreentendido, es muy sugerente el hecho de que una práctica de origen medioeval persista aún en el Bajo Piura.

El estudio de la notación musical de las “partituras” es otro aspecto de mucho interés.

Complementariamente, yendo más allá del estudio de las bandas, la autora dedica un capítulo a un estudio somero, pero muy interesante, sobre la música criolla acompañada fundamentalmente de la guitarra, instrumento del cual Yep es una virtuosa concertista y ha dedicado años ejecutando un muy vasto repertorio. Las alusiones al estilo del canto indican un tema en el cual valdría la pena profundizar. Remarco la contribución al estudio del cajón igualmente.

Finalmente, el estudioso, no solamente el de la música, sino el etnólogo, el antropólogo, el sociólogo y el historiador encontrarán en esta tesis un material de mucho interés, así como también el interesado en la religiosidad, las fiestas, las devociones, que forman los rasgos más significativos de la identidad nacional.

Estoy seguro que el lector, sea cual sea su formación profesional, o incluso si no la tiene, encontrará en este trabajo valioso, de erudición humanística y solvencia técnica, un rico material para comprender y valorar más la riqueza de la diversidad cultural del Perú.

José Quezada Macchiavello

Presentación

En el paisaje desértico y de productivos valles, que caracteriza a una parte de la antigua zona tallán llamada Bajo Piura, son las fiestas populares las que mantienen el orden social en la vida del campesino. La intensa práctica religiosa en estas festividades, generalmente con motivo de una fecha del calendario cristiano o en honor a un santo patrón, genera un tipo de práctica instrumental, que en el Bajo Piura se identifica como “la música típica”: la banda.

En Catacaos, Bajo Piura, la Semana Santa es la fiesta popular-religiosa más importante del año. Todo un aparato organizativo, que tiene como base un sistema tradicional de “cargos”, funciona exitosamente para la celebración de la fiesta. En este contexto, la banda de músicos, o simplemente “banda”, desempeña un papel fundamental como elemento que integra y articula el lenguaje ritual, en base al cual ha desarrollado su propio estilo musical, y cuyo análisis es el objetivo principal de este trabajo.

Existen tres motivos principales que me llevaron a investigar la música de las bandas del Bajo Piura:

1. La música de esta región no ha sido investigada seriamente hasta ahora. Sin embargo, la zona del Bajo Piura ha dado pie a interesantes investigaciones en otras disciplinas científicas que tuvieron el apoyo de instituciones peruanas y extranjeras. De mi bibliografía se pueden desprender numerosos trabajos sobre el Alto y el Bajo Piura y Morropón, así como también estudios antropológicos sobre sus fiestas. No existe hasta la fecha un trabajo sobre la música en el Bajo Piura y Morropón, solo algunos estudios que mencionan a la música. Algunos ejemplos son: Música y danzas folklóricas de Piura de Pina Zúñiga de Riofrío (1984), que trata más la danza que la música; La jarana es piurana de Guido Vidal Donaire (1988), que presenta biografías y letras de canciones de algunos compositores piuranos; Criollo de antaño Rolando ‘Mote’ Ramírez (1991) de Sigfredo Burneo Sánchez, que comprende una biografía y un cancionero de este compositor; por último, el Boletín El Tondero del “Grupo de Estudios Costumbristas Norteños”, que se edita esporádicamente en forma de revista y se concentra en la danza y el vestuario del tondero.

2. La bibliografía sobre las bandas en general no ofrece un panorama coherente sobre esta conformación instrumental; incluso en Europa, el tema de las bandas en la tradición popular ha sido igualmente descuidado por la investigación musicológica.

3. La zona del Bajo Piura es muy accesible. La difícil situación política, social y económica del Perú de los años 80 y las actividades terroristas afectaron casi a todo el país hasta comienzos de los años 90. Sin embargo, Piura fue apenas golpeada por el terrorismo, por un lado, debido a la fuerte organización rural que trasciende lo social y lo político (un ejemplo son los “ronderos”), y por otro lado, a causa de su cercanía geográfica con el ya crítico límite con Ecuador.

El material para este trabajo consiste en 89 grabaciones de audio, una documentación de video de dos horas, 20 entrevistas, 69 partituras y 180 fotos; fue recolectado en dos viajes, el primero en 1993, cuando me concentré en la fiesta de Semana Santa en Catacaos; y el segundo viaje, en 1995, cuando amplié el espacio geográfico de mi investigación de campo hacia Narihualá, La Arena y La Unión, que pertenecen a la comunidad San Juan de Catacaos; Sechura y Bernal en la comunidad San Martín de Tours de Sechura, y Morropón, lugar ubicado entre el Alto Piura y el Bajo Piura. Un año antes de la sustentación de esta tesis, en 1999, realicé un tercer viaje, que me sirvió para aclarar las últimas interrogantes y comprobar los resultados alcanzados. En 2013, veinte años después del primer viaje, volví a Piura para actualizarme en el tema y visitar a las bandas.

Mi agradecimiento a la profesora Regine Allgayer-Kaufmann por la asesoría de tesis, al Berliner Nachwuchsförderungsgesetz (NaFöG) por la beca de doctorado y al Deutscher Akademischer Austauschdienst (DAAD) por la financiación de mis viajes de investigación.

Un gran agradecimiento a Milagros Lozano, Fátima Marky de Purizaga y Oswaldo Purizaga, de la ciudad de Piura, por su entusiasmo y colaboración durante las visitas al campo; a doña Florencia de Yep (q.e.p.d.) por su compañía en el primer viaje; a don Segundo Campoverde y familia, don Genaro Mena y a don Feliciano Chero, de Catacaos, siempre prestos a brindarme un oasis en el caluroso desierto bajopiurano; las gracias a Luis Godínez por su gran ayuda en la digitalización del material musical; a Alberto Matsuura por el apoyo en plataformas digitales; a Luis Repetto por ser un apasionado de Piura y animarme a traducir esta tesis, a mis amigas Virginia Rosas Ribeyro y Pilar Flores Dioses por su amistad y apoyo incondicional en todo momento. Gracias a los criollos, a los músicos de las bandas y a los devotos de las fiestas del Bajo Piura; por su música y su cariñosa hospitalidad estarán siempre presentes en mi corazón.

Introducción

“Aproximadamente 10,000 orquestas de vientos y

alrededor de medio millón de músicos activos impregnan

el quehacer musical de los pequeños pueblos del

sur de Alemania, Suiza y del Sur del Tirol. Estadísticas

del Consejo de Música de Alemania lo demuestran: actualmente,

ninguna otra institución de la vida musical

pública en esta región conduce a tanta gente joven a

hacer música. Y a pesar de ello, esta amplia base de la

pirámide cultural musical queda degradada. Libros de

Historia de la Música las ignoran; diccionarios y enciclopedias

dedican apenas una línea para mencionar el

desarrollo musical, el efecto social y

político cultural, y para los compositores e intérpretes de este género”.

Wolfgang Suppan (1984: 497-510)

Alo largo de su historia, muchos de los hoy llamados “países emergentes” tuvieron que resaltar detalles “exóticos” de su cultura para conseguir la atención de los países económicamente más fuertes. En el campo de la arqueología, la historia, la gastronomía, las artes populares y, en especial, en el campo de la música, estos detalles revelan solo un aspecto de la cultura de la que provienen; sin embargo, tienden a ser fijados, totalizados y convertidos en clichés, cuyos alcances pueden ser, ciertamente, inconmensurables. Hasta hace unos 10 años, el cliché más común en el rubro de la música fue la “música andina”, cliché que fue usado especialmente en el negocio turístico; actualmente, la música afroperuana y la tecno-cumbia pugnan por ocupar ese lugar preferencial en la totalización de su condición como expresiones musicales del Perú, país cuya enorme riqueza y variedad musical no siempre es mostrada ni comprendida en toda su dimensión.

En la costa norte del Perú, específicamente en el Bajo Piura, las estructuras sociales aún determinan la práctica musical. Nos topamos con una música que no forma parte del ciclo vital ni del agrario y que no es espontánea; entonces, si nos preguntamos, ¿qué es lo especial en la música del Bajo Piura?, la respuesta indudablemente tendrá que ver con su valor irreemplazable en el entretenimiento, en las procesiones religiosas, en las paradas militares, etc., un valor de gran significado para la vida del pueblo, porque es la música que rompe la rutina diaria: las bandas.

En el Bajo Piura llamaron mi atención en primerísimo plano estas bandas u orquestas de vientos cuyos integrantes –todos varones– se definen como músicos profesionales; y en segundo plano, los músicos criollos, que tocan música en su tiempo libre y fuera de todo contexto religioso. Ambos términos, “bandas” y “criollos”, se remiten a categorías semánticas distintas. Mientras “banda” significa orquesta de vientos, “criollo” alude a un determinado grupo social. A pesar de esta disparidad en la terminología, utilizaré ambos términos paralelamente por corresponder al lenguaje coloquial en el Bajo Piura. A pesar de que los criollos representan una minoría, comparo su música con la de las bandas, ya que ambos grupos determinan la vida musical del Bajo Piura. Por ello, es importante establecer las diferencias y similitudes entre ambas conformaciones y su repertorio.

Las siguientes interrogantes serán el hilo conductor de mi trabajo: independientemente de que toquen un tondero, una marcha o un valse, los bajopiuranos conocen solo un término: banda. ¿Cuáles son los elementos musicales para subordinar, por ejemplo, estos tres géneros, en un solo término? En la banda, los músicos usan instrumentos europeos, tocan con partitura, tocan marchas y dan una imagen militar europea; ¿a qué se debe, pues, que mostrando estos elementos tradicionales aparentemente ajenos, todos afirmen que la banda “es la música más típica aquí”, y que esta se defina en suma como la música del Bajo Piura? Otras preguntas surgen para ayudar a responder la pregunta central, como: ¿en qué contexto y espacio se presentan las bandas?, ¿cuáles son las características musicales de la música de la banda? y ¿cuál es la relación de esta con la música de los criollos? La llave principal para responder a estas preguntas la dará el análisis musical.

Primera parte
“Aquí, Catacaos, es tierra de músicos”: la música del Bajo Piura en su contexto

Cuando, en mi afán de entender mejor el desarrollo musical en el Bajo Piura, preguntaba por los primeros indicios de su música, recibía indistintamente una de estas dos respuestas: “pero, eso es de siempre, ya se sabe”, o “eso ya nadie sabe”, afirmaciones ambiguas que concluían con la frase “aquí, Catacaos, es tierra de músicos”1.

Al hacer la misma pregunta a los músicos en Catacaos, se sumaban a esta respuesta dos informaciones constantes: la primera se remite a la conformación arpista-cantor-golpeador, concentrada en el tondero, y en la que el golpeador marcaba el acompañamiento rítmico sobre la caja de resonancia del arpa; posiblemente, este conjunto fue muy difundido antiguamente en Catacaos, pues muchos cuentos y leyendas lo mencionan (ver Espinoza León 1991); pero lamentablemente, yo no encontré alguno. La segunda mención se refiere a las cumananas o cantos de desafío, una tradición que se sigue cultivando en Morropón, aunque cada vez menos, y que dejó una huella en el repertorio de los criollos en el Bajo Piura: el triste, el tondero y el golpe de tierra llevan gran influencia melódica de la cumanana. En Morropón pude entrevistar y escuchar a Nicanor Sandoval y a Darío Cruz, grandes cultores de la cumanana, cuyos cantos me remontaron a la novela Matalaché (1928), en la que Enrique López Albújar (1872–1966) describe magistralmente el arte de los cumananeros. A pesar de la escasez y austeridad de la información, constaté que en algo estaban de acuerdo los músicos de la banda: tanto el conjunto arpista-cantor-golpeador como los cumananeros fueron cayendo en el olvido a consecuencia del éxito de las bandas (Chero, 1995).

Hurgando un poco más, pude comprobar nuevamente dos cosas: que la tradición oral se concentra en la narración de historias y poco alude a la música, y que la práctica musical actual muestra pocos rastros del pasado. Curioso resulta, sin embargo, que a nadie se le hubiera ocurrido remitirme a una manifestación musical muy antigua y aún vigente, que, además, tiene que ver con los instrumentos de viento, y con la cual me topé de pronto en la puerta de la catedral el Viernes Santo: dos “santos varones” de la Cofradía del Santo Cristo, tocando con unas delgadas flautillas de carrizo, llamadas “tutiros”, una melodía alternada con redobles de un tamborcillo. Esta música sonó y resonó durante el Viernes Santo (ver Cruz 1982:76 y Anexo 1).

Es innegable que la música en el Bajo Piura está en relación directa con los quehaceres religiosos y festivos y que la religiosidad popular encuentra en las fiestas una expresión propia (ver Franco 1981 y Crumrine 1986); a su vez, las bandas están en relación estrecha con las organizaciones religiosas de la zona, su mejor clientela, las que han contribuido a su protagonismo en la vida musical del Bajo Piura y a reforzar el “aquí, Catacaos, es tierra de músicos”. Bandas y criollos, a pesar de representar dos grupos sociales distintos y llenar necesidades musicales distintas, comparten un género común: el tondero, cuyo análisis en sus dos versiones demostrará la polaridad entre ambos. Ni el triste ni la marinera estarán considerados en el análisis. Aunque el triste es igualmente representativo de la zona, tiene un carácter muy libre, muchas veces solo es cantado y no forma parte del repertorio de las bandas; la marinera, por su gran variedad regional en todo el Perú, sería un tema de investigación para otra tesis.

Usaré los siguientes términos musicales en forma extensiva, por corresponder al uso coloquial en el Bajo Piura: “partitura”, para referirme al papel escrito con la notación musical que cada músico usa para tocar (es decir, lo que llamaríamos en música “particella”); “Bajo”, escrito con mayúscula, para referirme al instrumento; y bajo, escrito con minúscula, para referirme a la función armónica.

Capítulo 1
Leyendas, religiosidad y música. Antecedentes histórico-culturales

Mi San Juan, el patrón de Catacaos, San Miguel, de mi Piura señorial, el sol está que requema en las arenas del Piura, este sol incandescente del desierto de Sechura.

De Arenas, tondero de Segundo Campoverde

Catacaos, 1993. Jueves Santo. Desde muy temprano, en casa de don José Espinoza Chávez están todos muy bien acicalados y vestidos con sus mejores ropas. Hoy es un día muy especial para el procurador de la Cofradía del Santísimo, hoy las Cofradías Juradas se concentran en su casa, en el Jirón Zepita, para hacer conjuntamente el recorrido de rigor: primero a la casa del “depositario”, de allí donde el “doliente” y por último a la casa del “devoto” de Jueves Santo. El aún tenue sol piurano de la mañana acompaña al grupo en su marcha por las calles de Catacaos hacia el Concejo Distrital, donde las autoridades los esperan para iniciar oficialmente los actos festivos. Mientras el grupo va creciendo, los vecinos –con curiosidad y admiración– contemplan a estos varones enternados que lucen orgullosamente la insignia de su cofradía en el pecho y que con aire serio van marchando al compás de la banda.

1.1 Paisajes y parroquianos

Diversos paisajes se pueden apreciar en el departamento de Piura: las ciudades, la zona costeña con su pesca e industria, los valles alrededor del río Piura –adornados con sembríos de algodón, maíz, arroz, frutas y frijoles– y el desierto, mejor llamado “despoblado”, que con 6000 km2 es la zona seca más extensa de Piura, donde crecen los algarrobos (Diez/Aldana 1994: 26, 28). En la zona rural producen la chicha, tejen sombreros de paja y crían animales; en las zonas más urbanas trabajan además en la platería, la curtiembre y la imaginería; también destacan las zonas portuarias de Talara, Paita y Bayóvar. En contraste con los factores económicos modernos, como la minería, la pesca y el petróleo, principales riquezas naturales de Piura, existen dos factores económicos tradicionales vigentes en la vida rural de los piuranos: la crianza de cabras y el uso del piajeno (asno) como medio de transporte.

El departamento de Piura tiene un área aproximada de 36 403 km2, una población de 1 124 852 habitantes, y es, después de Lima, la zona más poblada del país. En el Bajo Piura, llamado así por su ubicación en tierras de baja altura, existen dos grandes comunidades campesinas1: la comunidad San Juan Bautista de Catacaos, con un área de 6000 km2, que abarca los distritos de Catacaos, La Arena, Cura Mori, La Unión y El Tallán, y la comunidad San Martín de Tours de Sechura, con una extensión de 6370 km2, conformada por los distritos de Sechura, Vice, Bernal, Bellavista de la Unión, Rinconada-Llíquar y Cristo nos Valga. El clima del Bajo Piura es cálido (18,8 oC a 37 oC) y muy seco, casi nunca llueve.


La vida política y cultural de Catacaos tiene como escenario la Plaza de Armas, en cuyo alrededor se ubican la catedral, la municipalidad y los comercios, y es además el punto de encuentro y lugar preferido de los cataquenses para el descanso y el tiempo libre; me contaron incluso que años atrás había un gran aparato de televisión en la plaza. Muy cerca están el mercado y el Jirón Comercio, la calle principal de Catacaos. Como es común en nuestros pueblos, la Plaza de Armas tiene una glorieta que suele ser el escenario para las actividades oficiales y para las retretas de la banda.


Los parroquianos del Bajo Piura estuvieron siempre destinados a sobrevivir a catástrofes, inundaciones y sequías (recuérdese el fenómeno El Niño). Estas condiciones ambientales marcan el carácter de los bajopiuranos; una amable pasividad y resignación surge de la impotencia ante la voluntad de la naturaleza, y han desarrollado el sentido y la obligación del trabajo, la conciencia colectiva y la ayuda comunitaria; todo esto, acompañado, como es costumbre, de una sabrosa y abundante gastronomía, se expresa en las fiestas, en las que se agradece a Dios y a los santos por sus favores. Así, don Hipólito Moscol Risco sabía muy bien lo que le esperaba cuando aceptó el cargo de “devoto de Jueves Santo” en 1993: un fuerte desembolso y mucho trabajo para él y toda su familia; mas el esfuerzo es recompensado por el prestigio y el reconocimiento ganado ante la comunidad. Don Hipólito “ha cumplido” como individuo y como parte de su grupo social.

1.2 Leyendas e historia

La historia del Bajo Piura –en especial de Catacaos– está marcada por sometimientos, invasiones territoriales, catástrofes naturales, estafas e injusticias y, al mismo tiempo, está impregnada de leyendas y elementos mágicos que no son fáciles de separar de los hechos históricos y que ayudan a comprender mejor la historia y el desarrollo del Bajo Piura. Hasta el comienzo del gobierno incaico, en 1476, la zona de la cultura Tallán estuvo ocupada por los sechuras (200 aC - 600 dC), y más tarde por los chimúes (1000 a 1476 dC), quienes fueron más tarde sometidos por los incas.

Para narrar las leyendas de los tallanes no hay mejor referencia que el hermoso libro de don Jacobo Cruz Catac Ccaos, en el que me basaré a continuación. Cuenta la leyenda que un día apareció Mec Non, “el gran pájaro errante”, en el valle sobre la parte norte del monte Tunal y se asentó allí con su séquito. Los tallanes eran muy religiosos y creían en ídolos como el puma, el venado, la luna, el planeta Marte y la sábila, también fueron grandes arquitectos, agricultores, tejedores y alfareros. Más tarde, Ñari Walac, “gran ojo que todo lo ve”, se sumó a Mec Non y se declaró co-fundador del imperio Tallán. Como ninguno de los dos era guerrero, se dividieron el poder de la siguiente manera: mientras Mec Non se ocupaba de los asuntos políticos, Ñari Walac se ocupaba de los religiosos; ambos formaron los troncos de las dos dinastías de los pobladores de Catacaos. Sobre la música en los rituales religiosos de los tallanes, Cruz indica que los tutiros (delgadas flautas de carrizo) se escuchaban a un kilómetro de distancia (Cruz 1982:76). Aproximadamente 51 curacas gobernaron en la zona del Bajo Piura (Fernández 1988: 45); el último curacazgo de los tallanes, que regía ya con leyes incas, fue el del curaca Mecca Amóc –o Mécamo, que en idioma tallán significa “amigo de la música”–, a quien se le atribuían talentos artísticos, como por ejemplo la composición de canciones.

Cuando los españoles llegaron al valle de los curacas Poechio y Lachira en 1531, admiraron la organización de los tallanes, basada en los ayllus o núcleos sociales familiares, que ellos llamaron “parcialidades”, u organizaciones de personas bajo el mando de un curaca; estas formaron la base para la creación de las comunidades campesinas y fueron utilizadas por los españoles, por un lado, para la cristianización, y, por otro, como sistema para el cobro de tributos, de trabajos manuales y de ofrendas; estas dos últimas actividades quedaron hasta hoy como “costumbre”; se dice, por ejemplo, que la Catedral San Juan Bautista de Catacaos fue levantada por el “pueblo cholo” (Cruz 1982: 491).

Las parcialidades en Catacaos se remiten, entonces, a las dos dinastías de ambos fundadores de la cultura Tallán. De la dinastía Mec Nón quedan actualmente las parcialidades Amotape, Pariñas, Mechato, Mécamo y Menón; y de la dinastía Ñari Walac, las parcialidades Muñuela, Mecache, Melén, Marcavel y Narihualá. La identificación de los cataquenses con su parcialidad es todavía muy fuerte, al punto que en Catacaos observé que entre los hombres se presentan con su apellido y el nombre de su parcialidad; nombres como Chero, Lalupú e Inga se asocian a la parcialidad Narihualá, mientras que Yarlequé, Sullón, Pasache y Yamunaqué se asocian a la parcialidad Menón (ver Cruz 1982: 491-493).

La base organizativa para institucionalizar la celebración de la Semana Santa la estableció el obispo español Pedro de La Gasca, “el pacificador”, quien ordenó en 1547 la construcción de la Catedral San Juan Bautista (Cruz 1982: 92) y ayudó a los tallanes a organizarse como gran comunidad eclesiástica; creó la encomienda “San Juan de Catacaos” y fundó en 1547 la primera cofradía en Catacaos, la Cofradía Jurada del Santísimo Sacramento. Años después, se crearon la Cofradía de la Santísima Virgen del Tránsito (1557), la Cofradía Jurada del Santo Cristo y la Cofradía de la Virgen de Dolores (1587) (Cruz 1982: 495). La celebración de la Semana Santa, que desde 1540 empezó modestamente, tuvo mayor relieve con la nueva catedral y las cofradías, incluyendo más participantes, procesiones, imágenes y músicos. Pero si hubo alguien que tuvo gran influencia en el desarrollo de la comunidad religiosa y en el trabajo eclesiástico en el Bajo Piura fue Juan de Mori, vicario y jurista de derechos eclesiásticos, enviado en 1640 a Catacaos, donde fundó diez cofradías e hizo reconstruir la Catedral San Juan Bautista, que había sido destruida en 1630 por un terremoto (Cruz 1982: 124-125).

Durante 113 años, los españoles vendieron cuatro veces sus propias tierras a los tallanes (1532, 1541, 1578 y 1645), quienes pagaban con oro y alimentos (Cruz 1982: 91). Este antiguo problema de la posesión de tierras, por causa de herencia, usurpación, venta y por irregularidades en el curso del río, tampoco se solucionó en la época de la República. Ya no había que confrontarse con las autoridades coloniales sino con los hacendados, que seguían estructuras feudales de explotación (Diez 1992: 35). Junto a ello, se permitió el uso arbitrario de las aguas del río Piura, que fue acaparado legalmente por las haciendas. Siguieron muchos años de explotación y resistencia, en cuyas protestas participó más de una vez la banda (Cruz 1982: 202). En 1968 se implantó la reforma agraria en el Perú con el gobierno militar del piurano Juan Velasco, lo que puso fin al dominio de los hacendados y abrió paso a una nueva organización de los campesinos.

En los años 80, los bajopiuranos tenían otras preocupaciones. Por la situación de conflicto y violencia en el país, principalmente a causa del terrorismo y el tráfico de drogas, se crearon algunas iniciativas civiles (rondas, asociaciones agrarias, clubes de madres, comedores, asociaciones barriales, etc.). Piura es hoy en día uno de los departamentos más productivos del Perú; una de las razones para ello es que los piuranos desarrollaron una fuerte identidad de la “piuranidad”2, sobre todo, por la cercanía con Ecuador, país con el que el Perú recién en 1998 firmó un acuerdo de paz definitivo. En todo caso, a pesar de todos estos antecedentes históricos, los bajopiuranos no dejaron una sola vez de celebrar sus fiestas, y lo resumen con orgullo así: “a pesar de todo, hay que seguir con la costumbre”.

1.3 Religiosidad

Como en muchas partes del Perú, la religiosidad en el Bajo Piura se desarrolló sobre la base de la cristianización de las culturas originales, sincretizándose los elementos de la Iglesia Católica española con la religión natural, en este caso, de los tallanes, a lo que se suman intereses de poder y de explotación3.

La religión es para los campesinos no solo una parte de su cosmología sino también un mecanismo para mantener unida a la comunidad. Para entender la religiosidad del Bajo Piura hay que considerar su cosmos religioso y sus organizaciones religiosas. La vida religiosa de los bajopiuranos encuentra su máxima expresión en las fiestas, en las que armonizan tanto aspectos de la liturgia católica como de la vida rural; en la práctica de esta religiosidad, la música tiene un papel fundamental porque ella es imprescindible e irreemplazable para el culto a Dios.

Las fiestas

Nicolás Yarlequé, herrero de Catacaos, recuerda que en el año 1975 desembolsó lo que en 1993 serían casi 6200 nuevos soles para el banquete de los “siete potajes”, para “no quedar mal ante la comunidad ni ser criticado”. En su cuaderno de gastos están apuntados: 2 sacos de maíz para la chicha, 100 cajas de cerveza, 24 botellas de vino, 24 botellas de pisco, 30 docenas de botellas de Coca Cola, 30 pavos, 30 gallinas, 20 patos, 30 pasteles, 900 panes de huevo, 48 latas de melocotón, 1 cajón de leche “Gloria”, 100 huevos, 10 kg. de jamón, 10 kg. de queso, 25 kg. de frutas diversas, 20 kg. de aceitunas, 2 latas de galletas, 2 sacos de arroz, 1 lata de aceite, 20 kg. de papas, verduras y especias; además, las cuentas de agua, carbón, detergente, limpieza, alquiler de mesas, manteles, ollas, platos, cubiertos y vasos; y otros gastos como la confección de tres ternos de distintos colores y ropa nueva para toda la familia, así como la renovación y la pintura de la casa.

Ya los cronistas como Garcilaso de la Vega, Cieza de León y Polo de Ondegardo nos cuentan sobre las festividades de los indígenas, quienes usaron las fiestas católicas para, en el fondo, festejar sus propias fiestas. A lo largo de la historia, la celebración de las fiestas se puso, más de una vez, en tela de juicio, porque causaban desorden en la vida cotidiana de los campesinos: durante el tiempo de las fiestas no se trabaja, se consume mucho alcohol y se refuerza la identidad con la propia cultura. Sin embargo, las fiestas siguieron celebrándose porque son, en primer lugar, la máxima expresión de la religiosidad del campesino, la oportunidad de sentirse cerca de Dios y de los santos y, en segundo lugar, representan el mecanismo para la integración social. Solo en Catacaos se celebraban 33 fiestas al año entre 1644 y 1665 (Diez 1994: 147).

Cada fiesta lleva como motivo principal la adoración a un santo determinado y en ella la comunidad se une en una serie de ritos ceremoniales. Por su lado, las organizaciones religiosas, que son las que organizan las fiestas, determinan qué miembros de la comunidad, cuánto dinero deben de donar y para qué. Según el monto de la donación se deciden el emplazamiento y la función dentro de la procesión, lo cual muestra la importancia de la persona en la comunidad y determina su grado de responsabilidad; recordemos que donar grandes sumas de dinero para un banquete en el marco de la fiesta está generalmente unido a una promesa que se le hizo a un santo. Además, la fiesta tiene una función de entretenimiento, no solo porque significa un descanso psicológico y físico para el campesino, pues la rutina se interrumpe, sino también porque mediante ella la sociedad permite expresar y olvidar dolores, tristezas y presiones (Marzal 1980: 33).

Fiestas patronales

Se celebran con procesión, comidas y bebidas en la casa de los miembros de la cofradía de turno. Normalmente, no son feriados oficiales. Actualmente, las fiestas más importantes en el Bajo Piura son:


Fiesta Fecha Lugar
San Sebastián (San Chavaco) 20 de enero Vice, Piura y Morropón
Señor de Chocán 12 de enero 2 de febrero Sechura Catacaos
San Dimas 1er. domingo de febrero Catacaos
Santo Cristo 5 de abril Catacaos
Santa Cruz 3 de mayo Catacaos, Sechura
Señor de la Ascención4 8 de mayo Sechura
San Isidro Labrador 15 de mayo Sechura
San Juan Bautista 24 de junio Catacaos, Sechura
San Pedro y San Pablo 29 de junio Feriado en el Perú
San Juan Evangelista 16 de febrero 30 de junio Sechura Catacaos
Virgen del Carmen 16 de julio Sechura
Señor de la Sangre Preciosa 1 de agosto Catacaos
Virgen del Tránsito 22 de agosto Catacaos
San Jacinto Forastero 24 de agosto Sechura
Santa Rosa de Lima 30 de agosto Catacaos, Sechura
Señor Cautivo 14 de setiembre Sechura
Virgen de las Mercedes 24 de setiembre 1 de octubre Catacaos Sechura
Señor de los Milagros 18 de octubre Catacaos, Sechura
Velaciones 2 de noviembre Catacaos, Sechura, feriado
Señor de las Ánimas de la Primera 12 de noviembre Catacaos
Virgen de la Luz 8 de marzo y 8 de setiembre 8 de diciembre Sechura Catacaos
Niño Dios 25 de diciembre Sechura
Santísimo de la Primera y Segunda 25 de diciembre Catacaos

Fiestas litúrgicas

Se celebran con misa y procesión.


Fiestas civiles

Se celebran con un programa oficial que incluye danzas, concursos, deporte, fuegos artificiales, desfiles, etc. Feriados oficiales en Catacaos son el Día de Catacaos dentro de la llamada Semana Jubilar y las Fiestas Patrias.

En el Bajo Piura, todas las fiestas religiosas, y en parte también las civiles, presentan más o menos la misma estructura básica: la víspera, el día central y la despedida; algunas realizan una octava o un novenario (celebración posterior ocho o nueve días, respectivamente, después de concluida la fiesta). La banda participa en todas las fiestas en todo momento; los músicos tienen que estar siempre a disposición los días que dure la fiesta; solo durante la misa esperan fuera de la iglesia y pueden descansar, pues la banda como tal no puede ingresar al templo.

La procesión es el elemento obligatorio de la fiesta popular religiosa porque permite el contacto directo entre el santo y los organizadores de la fiesta, quienes se muestran ante otros grupos en el espacio público (calle, casas, plaza). En la procesión se expresa el valor del compartir, del acompañar y del caminar, –esto último tiene muchos significados, por ejemplo, en la Semana Santa se comparte con Cristo el camino al Gólgota mientras se piensa en Dios–. Mediante la presencia de la banda en la casa de las personas principales de la fiesta, para conducirlas a la procesión, se enteran todos quién está pagando la fiesta; el camino de la procesión está lleno de saludos de los vecinos y de personalidades oficiales; estos momentos son utilizados para poner nuevas flores, donar dinero o rezar; así, el caminar y la banda conforman una unidad. La imagen del santo es llevada en hombros por las calles para bendecir las casas, en agradecimiento le regalan flores para que sean colocadas lo más cerca posible de ella.

Las numerosas fiestas permiten a los miembros de la banda vivir de la música. En el Bajo Piura es muy difícil definir el número de fiestas que existen, pues hay fiestas grandes, medianas y pequeñas que corresponden a organizaciones religiosas igualmente grandes, medianas y pequeñas. Muchas fiestas con motivo de una estación en la vida de un santo (por ejemplo, el Señor Cautivo) no siguen necesariamente el calendario romano de los santos pues hay varios grupos religiosos que veneran a un mismo santo, en consecuencia, cada grupo necesita una fecha, porque además contratan a la misma banda y comprometen al mismo público, especialmente si hay parentesco y cercanía regional; así, la banda tiene un cierto peso sobre el calendario de las fiestas; por ejemplo, San Juan Evangelista se venera el 16 de febrero en Sechura y el 30 de junio en Catacaos.

Santos, promesas y milagros

A pesar de ser San Juan Bautista el santo patrón de Catacaos, el santo preferido de los cataquenses es San Dimas, el buen ladrón, que fue crucificado junto a Jesús; su fiesta anual convoca a muchísima gente que quiere hacer una promesa, pedir que le solucione algún problema o agradecer un favor ya recibido. En el Bajo Piura, la religión se entiende bajo el principio del intercambio entre promesa y milagro. Su base es la facultad de compromiso individual, pues para realizar los deseos y los milagros hay que hacer grandes sacrificios, como, por ejemplo, una peregrinación anual, una fuerte donación a la iglesia, o contratar a la banda para la fiesta. La religión del pueblo es viva y práctica.

Para los campesinos, Dios creó a los hombres y a la tierra y espera a cambio una compensación en forma de culto y de moral personal. Si se cumplen estas expectativas, se puede esperar que Dios resuelva en algún momento el problema del creyente, porque, según su lógica, la vida se rige de acuerdo a su voluntad: nacimiento, vida, muerte, salud y enfermedad, felicidad y tristeza, riqueza y pobreza. Dios vela por el orden, premia y castiga a los hombres en esta vida y está especialmente cerca de ellos durante las fiestas, en los sueños y en los momentos difíciles (Marzal 1983: 214-216); para la mayoría de los bajopiuranos, Cristo se revela más en las imágenes que en la Biblia; el intercambio con Dios consiste en promesas, pedidos, milagros y castigos.

El concepto de santo se extiende a las imágenes, así, ambos términos se usan indistintamente. Para el campesino bajopiurano, las imágenes son la representación mítica del poder de Dios, por eso, cada pueblo tiene su propio santo patrón. Así se dan una serie de relaciones entre el santo y el campesino; el campesino va a servir a su santo o imagen y obtendrá reconocimiento ante su comunidad por ese servicio; todo esto aclara el gran significado de los santos para el bajopiurano (Marzal 1983: 217-218). Como las imágenes se pueden ver y tocar, posibilitan la cercanía hacia Dios, y como la mayoría de los bajopiuranos no conoce la historia de vida de los santos, tampoco puede tomarlos como modelo. Por el contrario, se conocen con detalle los milagros que una imagen determinada ha realizado en el pueblo; así, el santo o imagen se convierte en mito y fuente de fuerza y valentía que rigen la vida cotidiana de los campesinos (Marzal 1991: 203).

El ritual de la procesión y el culto a los santos confirman los dos principios del tratamiento de lo mágico, la similitud y el contacto o contagio: tocando a la imagen, uno se vuelve como ella, y también los objetos que están cerca de la imagen se convierten en medios para lograr la similitud con esta, es decir, transmiten los poderes de la imagen “por contagio”.


La organización religiosa

Don José Espinoza Chávez está considerado por los parroquianos como el segundo hombre importante después del sacerdote; en su calidad de procurador de la Cofradía del Santísimo guarda la llave de la catedral, a donde acude diariamente para controlar que el mayordomo de turno abra y cierre el pórtico, tarea que con honor y responsabilidad alterna con un mayordomo de la Cofradía de las Animas. Por su parte, el procurador de las Ánimas está obligado a estar presente en cada misa de difuntos que se celebre en la catedral.

La religión une a los campesinos entre sí y con su entorno porque los identifica con un grupo determinado organizado que celebra anualmente la fiesta de su santo patrón. Las cofradías son las organizaciones religiosas más antiguas y en ellas cada parcialidad está representada oficialmente; los misioneros españoles las crearon como medio para difundir el catolicismo, para la organización de las fiestas y el cuidado de las imágenes en la iglesia. Hasta hoy, las cofradías tienen un horario de cuidado del templo y anualmente deben de dejar una “obra de mano” para la mejora de la iglesia6.


Sociedades y hermandades representan grupos que guardan y veneran una misma imagen (Diez 1994: 31) y por lo general no consideran los orígenes históricos de las parcialidades ni tienen las reglas estrictas de las cofradías. Por ejemplo, la Hermandad de Caballeros del Santo Sepulcro y Caballeros del Señor de la Resurrección, fundada en 1975, tiene como objetivo principal cargar el sarcófago del Viernes Santo y el anda del Señor de la Resurrección el Domingo de Pascua.


1.4 La banda en el ritual religioso

La banda tiene una función crucial en el proceso de interacción y comunicación que se desarrolla en el contexto del ritual religioso, en especial en la procesión, y para su análisis haré un breve uso de la semiótica, el estudio de los signos7. En el proceso de transmisión musical directa en la procesión, los oyentes no solo son receptores sino que también tienen una reacción emocional (feedback) que retroalimenta a la banda mediante aplausos, llantos, rezos, palabras, etc., produciéndose con ello una relación de tiempo y espacio entre la banda y el público, que son, respectivamente, los emisores y los receptores de la música. Como veremos más adelante, esta comunicación tiene influencia en el producto musical, por un lado, hace que la gente se identifique con la banda, la haga suya, y por otro, la convierte en “medio musical oficial”; así la banda debe tocar todo lo que a la gente le guste. “La banda debe estar preparada para tocar todo lo que la gente quiera escuchar. Cumbia, guaracha, salsa, vals, pasodoble, todo tocamos. La banda que quiera hacerse conocida, tiene que tocar todo” (A. Mena, 1999).

La Semana Santa o Pascua, por ejemplo, ocupa el espacio físico comprendido entre la catedral, la Plaza de Armas y los alrededores de Catacaos; como condiciones sociales y culturales están los elementos de la tradición (costumbres, religión, grupos organizados, imágenes, etc.); los componentes del proceso de comunicación musical son la banda, la música que tocan (por ejemplo, una marcha) y los receptores, es decir, los oyentes en sus diferentes funciones: cargadores, hermanos, acompañantes, autoridades, peregrinos, observadores pasivos, los mismos músicos, etc. Todos los participantes tienen una función en la creación del sonido ideal dentro de este contexto de tiempo y espacio. La meta, ganarse a los oyentes, es una característica de la banda, que se presenta también en otros lugares y países en donde existe una tradición de banda8. En la praxis musical de la banda, el tempo –término musical para indicar “velocidad”– en el desplazamiento físico y la comunicación no verbal –gesticulación y motórica– ejercen una gran influencia en el ritual religioso.

Tempo y motórica

La procesión es un ritual oficial en el que una vez al año la cofradía, hermandad o sociedad sale de su esfera privada y se muestra a la comunidad en general para su legitimación; en este contexto, la banda actúa acústicamente sobre los oyentes y despierta en ellos diferentes tipos de asociaciones que están unidas a sus recuerdos, su rutina diaria, su religión, su biografía, sus costumbres, etc. Como ya he mencionado antes, en esta tensión psicológica se da una retroalimentación entre la banda y los oyentes: cuando los oyentes reaccionan en determinado momento con aplauso o llanto, la banda recibe sus emociones y se motiva a seguir tocando.

El siguiente esquema muestra la posición física de los participantes activos de la procesión del Viernes Santo:

1. abanderados

2. imagen

3. miembros de la organización religiosa

4. banda

Si el número de imágenes aumenta, se repite este orden, en tanto que las imágenes que ya estuvieron en la procesión del día anterior conservan su puesto y las nuevas se ubican cronológicamente atrás de las demás; la formación no es tan estricta como la representación en mi esquema, pues suele suceder que otras personas se interpongan o estén tan apretadas que hasta los principales deban arrimarse; además, las calles del pueblo son bastante angostas, a lo cual debe adaptarse el desplazamiento. Mientras se camina, hay que cumplir algunas funciones: entre las actividades espirituales en la procesión se cuentan tocar la música, rezar y acompañar; entre las actividades prácticas: cargar la imagen, cuidar los grupos electrógenos que alumbran la imagen, y levantar los cables eléctricos de las calles para que la imagen no choque con ellos.

La naturaleza de la banda implica tocar al aire libre, ya sea marchando o en forma estática. ¿Existe una relación entre el movimiento corporal y el tempo? Durante la procesión, los movimientos de la banda están bajo la influencia de factores extramusicales, por ejemplo, la actividad ritual (rezos, adoraciones, ofrendas, etc.); solo el paso de los cargadores –subrayo, no el de los músicos– corresponde al tempo de la música. Especialmente durante la procesión del Viernes Santo, los cargadores caminan con pasos muy cortos, los pies casi paralelos y la cabeza oscilando de derecha a izquierda, meciendo todo el cuerpo al compás de la música; por el gran peso de la imagen –nada menos que 500 kilos– y a pesar del constante cambio de turno, los cargadores deben hacer pausas de descanso. Este movimiento sincronizado con la música no se da en los otros actores de la procesión; acompañantes, cofrades, rezadores y, sobre todo, los músicos caminan en un tempo muy lento que no está sincronizado con la música; a través de las calles de Catacaos caminan generalmente de a tres. Al preguntar a los músicos por qué no marchan sincronizados con la música, me topé nuevamente con la contradictoria humildad de los bajopiuranos, expresada, en este caso, en el comportamiento subordinado hacia la imagen: solo se cumple un servicio y uno mismo no debe figurar ni alardear; esta humildad los hace ganar prestigio ante la comunidad. Solo aquellos que realizan un fuerte esfuerzo corporal caminan con paso de marcha, pues sin un trabajo de grupo sincronizado su servicio no sería posible. El tempo lo determinan los cargadores, los músicos solo se adaptan a ellos.

Con el toque de la percusión, el tempo y la motórica toman diferentes formas que están en relación con el contexto y el espacio acústico; en la presentación de la banda, la percusión tiene por función llamar la atención de los oyentes; en la marcha, por su estructura en base a fórmulas rítmicas fijas, la improvisación de la percusión es limitada, pero es justamente este toque regular de la percusión en la marcha lo que invita a marchar y por ello estará en primer plano.

Un ejemplo del equilibrio acústico se observa en el ensamble de la banda durante la procesión: la música empieza insegura, con errores y “desafinada”; después de media o una hora el sonido mejora lentamente hasta alcanzar un punto máximo en el que los instrumentos de viento alcanzan su mayor grado de afinación y ensamblaje. Como la procesión dura toda la noche y los músicos mientras tanto hacen pausas para comer y beber (lo último, con obvias consecuencias), la música decaerá poco a poco hasta parecerse nuevamente al punto de partida:


El movimiento del cuerpo, voluntario o no, interactúa con el tempo de la música; en este proceso tienen una función práctica la gesticulación y la mímica, especialmente en la procesión, pues el director de la banda indica solo con contacto visual las entradas de los músicos.

Comunicación no verbal

La banda es el “alma sonora” de la fiesta, está presente en todos los actos oficiales y cuando no toca espera en la plaza a disposición de los contratistas. Cuantos más músicos toquen en la banda –6, 8 hasta 18– mayor será el prestigio de quien los ha contratado. Los músicos están uniformados con pantalón blanco y camisa de colores, así se les puede identificar entre la multitud cuando la plaza está llena y no están tocando; tan solo la vestimenta produce en el público una impresión positiva, oficial y de respeto.


El tocar está en relación con el movimiento del cuerpo, aunque, como ya he mencionado, no siempre de manera sincronizada; la gesticulación tiene un papel decisivo para el director, quien así indica las entradas, la dinámica, las repeticiones, etc. No debemos olvidar que la procesión transcurre en silencio y solo la música ocupa el espacio acústico, para la expresión verbal, se interrumpe la música; el orden de los solos está previamente convenido en formación de adelante hacia atrás, además, la posición de cada músico está definida en tanto que su partitura está prendida con un gancho de ropa de la espalda del músico ubicado delante de él.

Por supuesto, existen diferencias entre tocar caminando y tocar de pie. Como es lógico, las marchas solo se tocan caminando porque el término ‘marcha’ viene de ‘marchar’; no obstante, se producen algunos problemas en la motórica, porque al caminar decae la concentración en la música. A todo esto se suman otros factores: no todos pueden caminar en el mismo tempo, no se puede sobrepasar al de adelante, hay que cuidar que otras personas no se interpongan en el paso de la banda, además, hay que atender a las señales del director y cuidar de tocar bien. Caminando, la banda es un elemento integral del ritual religioso, pero si la banda está estática la gente la contempla, se produce una distancia entre ella y los oyentes y los músicos se concentran solo en su actividad musical; de pie se toca en los actos oficiales o en retretas en la plaza; a pesar de ello, también se reconoce un movimiento interior cuando la banda toca de pie, especialmente cuando toca en compás alternado de 3/4-6/8, es decir, la marinera y el tondero. Si bien los músicos de la Banda Santa Cecilia no bailan, se puede reconocer el cambio de compás interior en sus leves movimientos. La escritura musical está en este caso, y a pesar de todo, en riguroso compás de 3/4, a veces también escrito en solo 6/8, es decir, el cambio alternado de compás no está escrito, pero los músicos lo tienen tan interiorizado que lo ponen en práctica automáticamente, seguido del correspondiente efecto motórico.

Para mí, escuchar la melodía es lo más importante a la hora de tocar. Si veo a una pareja bailando, tengo más ganas de tocar y se me ocurren más ideas, eso sí, tienen que seguirme mi ritmo. Si toco más rápido, tienen que bailar más rápido, si toco más lento, tienen que bailar más lento. A veces lo jóvenes me dicen: toca esta marinera así, también lo hago. Ya uno sabe cuál marinera es alegre o más lenta, pero todas son al final lo mismo. (M. Estrada, 1999)

La combinación de sonidos, la palabra, el movimiento corporal, el toque instrumental y el desplazamiento están en constante interacción en el ritual religioso: si bien la función principal de la banda en este contexto es acompañar y marcar musicalmente los momentos de la fiesta, los niveles se entremezclan; no es raro ver que alguno de los músicos de la banda deje de tocar para hacer una ofrenda o una promesa a la imagen.

Capítulo 2
“Sin banda no hay fiesta”1: la práctica musical de las bandas

De pronto se oyen cohetes, bandas y alegres campanas, la gente corre al puente de noche o por la mañana…

De Río Piura, tondero de Miguel Correa Suárez

Don Juan Villegas y la familia Guaylupo Martínez salen solemnemente de la catedral ya terminada la misa, de la cual han sido oferentes. La banda, al pie del atrio, empieza a tocar llamando la atención de toda la gente en la plaza. Es casi el mediodía del miércoles de la Semana Santa de 1993 y hora de almuerzo, actividad obligatoria en Catacaos. Ya desde que salió el sol se está preparando la chicha, la sopa a la minuta, el pepián, el pavo y el arroz en casa de don Juan, representante de la Sociedad del Nazareno. Hay que quedar bien con los miembros de la sociedad y atender a la banda, que entre plato y plato toca marineras y polkas para que bailen los principales y los dueños de casa; lo mismo se repetirá seguidamente en casa de los Guaylupo Martínez, representantes de la Sociedad de la Verónica. Los vecinos, mientras aguaitan y participan, piensan: se escucha banda, hay fiesta, porque “sin banda no hay fiesta”.

En Catacaos la gente apenas recuerda el comienzo de las bandas2; todos parten de la idea de que las bandas siempre existieron, pues la banda asume no solo un lugar especial en la vida oficial del pueblo sino también muestra un perfil musical propio como ensamble instrumental, que se expresa especialmente en las fiestas. A través de su desarrollo, sus compositores y músicos, su interpretación del tondero, su proceso de aprendizaje musical y de algunos casos individuales, analizaré en los párrafos siguientes la práctica musical de las bandas en el Bajo Piura.

2.1 El desarrollo de las bandas

El desarrollo de la banda está unido a la religiosidad, pues esta representa para los miembros de la organización religiosa –principales usuarios de la banda– una institución dentro de la comunidad. La gente en el Bajo Piura sabe muy bien en qué momento toca la banda dentro de la festividad, pues ella tiene siempre la misma forma de performance y más o menos el mismo horario para tocar en el procedimiento fijo del ritual3.

Tratando de atar algunos datos históricos, Feliciano Chero (1995) me contaba que el maestro ecuatoriano Mariano Díaz trajo a su primo a Catacaos para que este forme una banda. Díaz llegó en 1848 a Catacaos, donde murió en 1895; no se sabe si la banda fundada por él fue realmente la primera banda de la región, pero casi por la misma época Antonio Taboada debió haber compuesto las primeras marchas. A finales del siglo XIX, los primos Enrique Taboada Rivas y Santos Taboada Ayala trabajaban juntos como músicos en Catacaos; después de un pleito se separaron y Enrique contrató al músico ecuatoriano Crisanto Acosta como profesor para la banda. Estos son los datos sueltos más remotos sobre las bandas del Bajo Piura que pude conseguir de fuente oral.

El múltiple intercambio entre el norte del Perú y Ecuador, donde también existe una tradición de bandas, fue muy importante para las bandas del Bajo Piura. El músico cataquense José Emilio Ramírez se trasladó en 1903 a Guayaquil para tocar en la banda de don Crisanto y en 1906 trajo el pasillo a Catacaos, género ecuatoriano que desde entonces forma parte del repertorio de las bandas; en el mismo año surgieron en Catacaos la Banda Bolívar N.o 1 de Santos Taboada y la Banda Bolívar N.o 2 de Luis Taboada. La Banda Unión fue fundada en 1908 por José Emilio Ramírez, quien fue su director hasta su muerte en 1953; miembros de esta banda fueron Benjamín Taboada, Santiago Céspedes y Elías Panta. En 1942, Eucarpio Oliva fundó la Banda Santa Cecilia4, actualmente la más importante en Catacaos; esta banda pertenece en su organización a la Sociedad Santa Cecilia5.


Los músicos

A falta de mayores informaciones históricas sobre la banda, intento seguir su desarrollo a través de las historias individuales de algunos músicos. Uno de los músicos de banda más importantes en Catacaos fue el ya mencionado José Emilio Ramírez Rivas (1885-1953), quien, a pesar de haber cursado solo hasta tercero de primaria, fue Maestro de Capilla de la Catedral San Juan Bautista de Catacaos y compositor de muchas obras para banda y música sacra en latín, lengua que usó para escribir los cantos religiosos. Citaré lo que Faustino Ramírez me contó de su padre:

Mi padre nació en Casagrande (Catacaos) como primogénito de don José del Carmen y doña Baltazara. Fue al colegio con seis años, donde solo se quedó dos años para aprender a leer y escribir. Como sus padres eran muy pobres, lo enviaron donde su abuela a Paita, donde pastoreaba los animales. Después, su padre lo llevó a Sinchao, para que trabaje la tierra y ayude a tejer sombreros de paja. De vuelta en Catacaos, José Emilio siguió tejiendo sombreros de paja con sus hermanos y trabajando en las minas de cal con su padre. En 1895 pudo continuar con la escuela que entonces dirigía Ciro Tito Andrade en Catacaos, pues su familia se quedó en Catacaos. Un domingo de 1900 vio por primera vez unos muchachos que aprendían música. Entusiasmado fue a contarle a su padre, pidiéndole permiso para ir también a esas clases. Estuvo días tratando de convencer a su padre, mientras cumplía su trabajo. Entonces, don José del Carmen trabajaba en la apertura de un canal en Cumbivira, en donde José Emilio tenía que ayudarlo, después de esto pudo ir donde don Enrique Taboada Rivas, quien había contratado al músico ecuatoriano Crisanto Acosta como maestro de música. Don Crisanto le dio a José Emilio un viejo Bajo, que estaba bastante roto. Hizo tantos progresos, que después de poco tiempo ya tocaba el Bajo como solista, recibió un nuevo instrumento y se le nombró copista oficial de la banda. (1995)

Don Eucarpio Oliva6, quien ha sido maestro de la mayoría de los músicos actuales de la Banda Santa Cecilia y ha compuesto gran parte de su repertorio, me contaba su historia:

[…] con 12 años tocaba los platillos en la Banda San Martín, que José Juárez dirigía en Chato Grande, con 14 aprendí con Alejandro Taboada a tocar el Bajo. Después me trasladé a Lima y estudié en la “Academia Musical J. S. Bach”, donde tomé clases de armonía con el padre Vicente Boggio. En 1940 me fui al servicio militar en el Ejército. Dos años después volví a Catacaos y fundé la Banda Santa Cecilia7. Desde 1956 mi instrumento principal es la trompeta y dirigí la banda de la Aviación en Chiclayo y la Túpac Amaru en Huancayo. (1993)

Don Feliciano Chero (1921) de Catacaos, sastre de oficio, ha compuesto muchas obras para banda y fue el primer músico a quien entrevisté, y ha sido uno de mis principales informantes; él me contaba:

[…] recibí las primeras lecciones de música de mi padre, el bajista Manuel Chero Zapata de Narihualá. Más tarde, estudié con José Emilio Ramírez, perteneciendo en 1938 a la última generación de sus alumnos. En Catacaos fui co-fundador de la Banda Santa Cecilia en 1942. En 1944 fui a hacer el servicio militar, donde me convertí en el primer trompetista de la banda del Batallón de Artillería en Talara. (1993)

Genaro Mena, mecánico de Catacaos, compone desde 1990 y es actualmente uno de los compositores más importantes de marchas en el Bajo Piura. Él cuenta:

[…] como mi familia estaba emparentada con Eucarpio Oliva, mi madre mandó a mi hermano menor Alfonso a la banda de Oliva, donde empezó con el bombo, ganando unas propinas. Mientras tanto, yo, como hijo mayor, tenía que trabajar en el taller. Así, me convertí en mecánico y Alfonso en saxofonista. Un día estaba viajando de Catacaos a Piura, como acostumbraba, para comprar un material para mi taller, cuando se me ocurrió una melodía que estuve silbando todo el camino de regreso, así estuve varios días, con pequeñas melodías que se me ocurrían. Se las silbé un día a mi hermano, quien las estructuró y las escribió. Esa marcha se la enseñamos al tío Oliva, quien nos ayudó a mejorarla. Desde ese día, cada año en la procesión de Viernes Santo y de Domingo de Resurrección, se estrenan dos marchas: una de Oliva y la otra mía. (1995)

Cada quien tiene su propia idea sobre el proceso de composición. Pero, en general, los compositores están de acuerdo en que la composición es un don de Dios, lo que comprueba una vez más la estrecha relación entre religiosidad y música para los miembros de la banda.

La inspiración viene de Dios, por eso yo compongo cada año una nueva marcha para la Semana Santa. Mi inspiración viene del huayno, por eso, mis marchas tienen influencia andina. Para las otras obras me inspiro en la naturaleza y en la gente de mi tierra Catacaos. (E. Oliva, 1995)

En cualquier momento se me ocurre una música, entonces, agarro inmediatamente la guitarra, en donde reproduzco los sonidos que al mismo tiempo escribo en un papel. A pesar de que no toco guitarra, puedo sacar las melodías en ella. Mi inspiración viene de Dios y es sentimental y triste para las marchas. Además, trato de insertar melodías tristes del folklore Inca [sic]. No me gusta escribir letras de canciones, eso lo hace mi hermano Moisés. Para algunos tonderos les he escrito textos, pero no son muy buenos, cada uno tiene su talento especial. (F. Chero, 1995)

Incluso hay personas que no me creen que yo mismo compongo, porque antes yo nunca me ocupaba de la música, hasta hay rumores que dicen que yo compro los temas de otros músicos. Pero esos chismes me alientan a seguir adelante y a componer mejor día a día. Mi primera marcha la titulé A tí Señor, mi primera inspiración, porque Dios me regaló esa inspiración. Desde que compongo, mi vida ha cambiado. Alentado por la crítica y la confianza de mi tío [E. Oliva] y mi hermano [A. Mena], empecé a componer otros géneros como marineras, tonderos, valses y baladas. En este caso pienso primero en el texto, en lo que quiero decir, y después en la melodía y en el arreglo, que no tiene que quedar así. (G. Mena, 1995)

Los músicos de la banda pertenecen principalmente a la población con mayor ascendencia tallán. Jacobo Cruz (1982: 491-493) clasificó los apellidos tallanes más frecuentes según las parcialidades en las que se encuentran; sobre esa base, se puede ordenar a los músicos de la Banda Santa Cecilia según su parcialidad original. De 20 músicos, 11 tienen uno, 6 tienen dos apellidos de una parcialidad8:


Nombre 1. Apellido / parcialidad 2. Apellido / parcialidad
Manuel Taboada / Narihualá Mejías / -
Pablo Purizaca / - Macalupú / Mecache
Luis Purizaca / - Macalupú / Mecache
Segundo Taboada / Narihualá Mejías / -
Rubén Sandoval / Menón Ancajima / Mécamo
Jorge Cardosa / - Taboada / Narihualá
Abelardo Taboada / Narihualá Oliva / -
Alfonso Mena / - Masa / Menón
Alberto Martínez / Mecache Morales / Amotape
Carmen Alarcón / Narihualá Cruz / Mecache
Francisco Sirlupú / Mechato Méndez / -
César Chero / Narihualá Huiman / Mecache
Baltazar Castro / - Lamadrid / -
Benicio Taboada / Narihualá Oliva / -
Martín Juárez / Menón Chiroque / Mechato
Esmérido Sandoval / Menón Viera / Mechato
Miguel Mena / - Sullón / Menón
Melquiado Estrada / - Mejías / -
Alexander Taboada / Narihualá Barrientos / -
Jorge Pozo / Alván / -

También el trabajo secundario o principal que ejercen los músicos de la banda, paralelamente a la música, son un indicio de su origen tallán, porque prevalecen los trabajos manuales9:


Entre los miembros de las pequeñas bandas que tocan el Domingo de Resurrección hay campesinos, colegiales y carpinteros (Anexo 3); en gran parte, la vida musical circula alrededor de determinadas familias de músicos10, por ejemplo, la familia Taboada en Catacaos o la familia Dedios en Sechura. Para seguir explicando el desarrollo de las bandas, veremos ahora los temas del instrumentario (Organología), el aprendizaje y el repertorio de las bandas.

Los instrumentos musicales

La Banda Santa Cecilia de Catacaos es una “banda de músicos”11 y tiene flautas, clarinetes, trompetas, saxofones alto, Bajos, tubas y batería (bombo, tarola y platillos); las bandas más pequeñas tienen trompeta, bajo, saxofón y batería. Todos los instrumentos son de propiedad de cada músico, en su mayoría proporcionados por el director de la banda; a pesar del mal estado de algunos instrumentos, todos presentan las mismas características organológicas de sus modelos originales europeos; a diferencia de los instrumentos de viento, el bombo y la tarola son construidos por los mismos músicos.

Darmowy fragment się skończył.

Gatunki i tagi

Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
24 października 2024
Objętość:
332 str. 171 ilustracji
ISBN:
9789972454219
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki