Czytaj książkę: «E-Pack Placer marzo 2021»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Harlequin Internacional y Harlequin pasión, n.º 230 - marzo 2021

I.S.B.N.: 978-84-1375-311-9

Índice

El mercenario

Portadilla

Créditos

Presentación

Nota de la autora

Prólogo

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Veintiuno

Contraportada

Oculta tras un disfraz

Portadilla

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Nota de la autora

Promoción

Sesiones privadas

Dedicatoria

Prólogo

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

Epílogo

Promoción





En todo tiempo y lugar, por muy adversas que sean las circunstancias, hay un sitio para el amor. Y en esta novela que nos complace presentaros, ambientada en los turbulentos tiempos de la Inglaterra medival, donde la lealtad hacia un rey u otro determinaba el destino y la vida misma de hombres y mujeres, dos enemigos podían vivir una apasionante y bella historia de amor... y éste es el caso de la novela de Terri Brisbin que tenéis en vuestras manos. Deseamos que os guste tanto como a nosotros.

Los editores

Nota de la autora

Aunque la invasión de 1066 del duque Guillermo de Normandía trajo consigo grandes cambios en la política y la sociedad inglesas, algunos de esos cambios ya estaban en camino. Los normandos se habían convertido en una parte integral de Inglaterra durante el reinado de Eduardo el Confesor; muchos de los que habían obtenido tierras y títulos mucho antes del Conquistador se establecieron allí. Así que los sajones ya habían tenido cierta experiencia con los normandos antes de que aquel gran ejército invasor desembarcase en Pevensey en octubre de 1066.

Muchos sajones mantuvieron sus tierras tras la llegada de Guillermo; a aquéllos que juraron lealtad al nuevo gobernante se les permitió conservarlas, pero muchos fueron suplantados por los que habían luchado por Guillermo. Muchos nobles normandos importantes ganaron propiedades y, con frecuencia, herederas sajonas.

Con fama de despiadado y decidido a la hora de usar la fuerza para gobernar, Guillermo no la empleó por completo tras la batalla de Hastings hasta la revolución tres años después en el norte de Inglaterra. Ahí desencadenó su ira en lo que aún se conoce como «la angustia del norte», destrozando todo a su paso y borrando lo poco que quedaba del estilo de vida sajón.

En mi historia, uno de los hijos de Harold, Edmund, aparece como líder de rebeldes. Mi Edmund es en realidad una mezcla de varias personas reales que sobrevivieron a la batalla de Hastings y que continuaron luchando contra los normandos mientras avanzaban hacia el norte y el oeste para tomar el control de todo el país.

Se cree que al menos dos de los hijos de Harold evitaron o sobrevivieron a la batalla que mató a su padre, y que su madre y ellos se unieron a los esfuerzos de algunos de los que luchaban contra los normandos. Los condes de Mercia y de Northumbria, cuñados de Harold, cambiaron de bando varias veces durante el conflicto, e incluso fueron llevados a Normandía junto con el heredero sajón designado, Edgar Atheling. Más tarde formaron parte de la lucha que desencadenaría «la angustia del norte» llevada a cabo por Guillermo.

De modo que cualquier parecido de mi Edmund con los protagonistas reales de la historia es intencionada.

Prólogo

Mansión Taerford, Wessex, Inglaterra

Diciembre 1066

El obispo Obert convocó una reunión con el segundo de los caballeros de la lista que había preparado meses atrás con aquéllos que se beneficiarían de la generosidad del rey. Llevaba consigo los papeles que convertirían al caballero en un barón, a un bastardo sin dinero en un lord rico; si lograba quitarles a los rebeldes sajones las tierras que le correspondían.

Obert daba vueltas de un lado a otro frente a la mesa, esperando a que llegase Brice Fitzwilliam, el caballero de Bretaña. Si quería regresar a Londres antes de la coronación del rey, debería marcharse al día siguiente, y aquélla era su última misión allí en Taerford. A pesar de que el invierno ya hubiese llegado, a pesar de las revueltas populares y a pesar de sus propios deseos y necesidades, era el leal sirviente del duque Guillermo. Después de Dios, por supuesto, pensó mientras se giraba hacia el grupo de hombres que se acercaban.

Como parecía ser su costumbre, el nuevo señor de Taerford, Giles Fitzhenry, caminaba junto al hombre a quien Obert esperaba. Pensando en las semanas que había pasado allí, apenas los había visto separados, ya fuera en el salón o en los jardines, en cualquier tarea que hubiese que realizar en Taerford. Entraron seguidos de los hombres de Giles, que acababan de practicar sus habilidades de lucha en el patio. Fueron calmándose a cada paso que daban e hicieron una reverencia como si fueran uno solo.

—Milord —le dijo a Giles primero. Luego se volvió hacia el otro con intención de proceder con su misión—. Milord —le dijo a Fitzwilliam.

Las implicaciones fueron evidentes para todos los demás, que se quedaron callados y aguardaron las palabras de Obert. El guerrero puso cara de sorpresa, hasta que estalló en una carcajada. Si resultó inapropiado, Obert podía entenderlo; como bastardo complacido por el éxito de otro. Las risas y gritos cesaron rápidamente y todo el salón los observó, esperando la declaración.

Obert le hizo gestos al caballero para que se acercara y se arrodillara frente a él. Aunque aquello debería haber sido más ceremonioso y formal, y ante el duque en persona, los peligros de la zona instaban a la celeridad. Lord Giles se puso en pie, de nuevo junto a su amigo, y le colocó a Brice la mano en el hombro mientras Obert continuaba.

—En el nombre del duque, os declaro, Brice Fitzwilliam, barón y lord de Thaxted, y vasallo del propio duque —entonó Obert. El compromiso de lealtad al duque, que pronto sería rey, aseguraba una red de guerreros que le debían sus tierras, sus títulos y sus riquezas sólo a él, sin otros lores de por medio. Obert no pudo contener la sonrisa, pues había sido idea suya hacerlo—. Como tal, tenéis el derecho a reclamar todas las tierras, el ganado, los aldeanos y demás propiedades que tuviera en su poder el traidor Eoforwic de Thaxted antes de su muerte.

Aunque los normandos y los bretones presentes aplaudieron, los campesinos que habían vivido allí y que reclamaban su herencia sajona no se alegraron. Él comprendía que los vencedores en cualquier conflicto merecían todo aquello por lo que habían luchado tan duramente, pero su parte compasiva también comprendía la vergüenza de ser derrotado. Sin embargo, aquel día le pertenecía al caballero bretón victorioso que tenía ante sí.

—El duque declara que deberéis casaros con la hija de Eoforwic, si es posible, o buscar otra esposa apropiada de los alrededores si no lo es.

Obert le entregó al nuevo lord el paquete de pergaminos doblados que le garantizaban la concesión de las tierras y de los títulos. Extendió los brazos y esperó a que Brice hiciera su promesa. Con voz profunda, Brice repitió las palabras mientras el ayudante de Obert se las susurraba.

—Por el señor ante el que yo, Brice Fitzwilliam de Thaxted, hago este juramento y en el nombre de todo lo sagrado, juró fidelidad a Guillermo de Normandía, duque y ahora rey de Inglaterra, y prometo amar todo lo que él ame y rechazar todo lo que él rechace, de acuerdo con las leyes de Dios y con el orden del mundo. Juro que jamás, por palabra, acto u omisión, haré nada que le desagrade, a condición de que me trate como merezco, y que haga todo según lo establecido en nuestro acuerdo, cuando me sometí a él y a su misericordia y elegí su voluntad por encima de la mía. Me ofrezco incondicionalmente, sin esperar nada más que su fe y su favor como mi señor feudal.

Obert alzó la voz para que todos pudieran oírlo.

—Yo, Obert de Caen, hablando en nombre y con la autoridad de Guillermo, duque de Normandía y rey de Inglaterra, acepto este juramento de lealtad pronunciado ante estos testigos y ante Dios, y prometo que Guillermo, como lord y rey, protegerá y defenderá la persona y las propiedades de Brice Fitzwilliam de Thaxted, que aquí jura sobre su honor que será gobernado por la palabra y la voluntad del rey. En nombre del rey, acepto las promesas contenidas en este juramento de manera incondicional, y sin mayor expectativa que su fe y su servicio como leal vasallo del rey.

Obert permitió que las palabras retumbaran por el salón y luego soltó al nuevo lord Thaxted para que se pusiera en pie frente a él.

—Por lord Thaxted —gritó—. ¡Thaxted!

Todos corearon, vitorearon y aplaudieron durante varios minutos. Lord Giles le dio una palmada en la espalda a su amigo y luego lo abrazó con cariño. Pero, cuando Obert vio a lady Fayth entrar en la sala, se dio cuenta de que debía hablar con Brice sobre la otra mujer implicada en el acuerdo. Al contemplar cómo la expresión de la dama cambiaba varias veces mientras se aproximaba tras haber oído la noticia del nombramiento de Brice, supo que a aquella mujer le gustaba ponerles las cosas difíciles a los hombres elegidos o designados para gobernarlos.

Obert advirtió la reticencia en el saludo de la dama y en sus palabras de felicitación, aunque nadie más lo hiciera. Los sentimientos pasionales de las mujeres siempre hacían que las cosas fueran más difíciles para los hombres. Pero cuando lord Giles le tomó la mano a lady Fayth y se colocó a su lado, Obert comprendió la gran diferencia entre la suerte de los dos caballeros.

Lord Giles no había tenido que perseguir a una esposa tras hacerse con sus tierras por la fuerza.

No podría decirse lo mismo de lord Brice.

Uno

Bosque de Thaxted, noreste de Inglaterra

Marzo 1067

El suelo bajo sus pies comenzó a temblar y Gillian buscó una causa. Era un día agradable, teniendo en cuenta que el invierno aún lo cubría todo, pero no había nubes en el cielo azul y brillante. Miró hacia arriba y no vio señales de tormenta inminente que pudiera causar el estruendo que inundaba la zona.

Se quitó la capucha, entró en el camino y miró hacia delante y hacia atrás. Inmediatamente se dio cuenta de cuál era la razón del ruido y volvió a esconderse en la maleza que bordeaba el sendero. Dio gracias a Dios de haber robado una capa marrón oscuro en su huida, se envolvió con ella y se quedó tumbada, muy quieta, mientras los caballeros y guerreros a caballo pasaban velozmente por delante de su escondite. Cuando se detuvieron a poca distancia de ella, Gillian ni siquiera se atrevió a respirar por miedo a ser detectada y capturada por aquellos merodeadores desconocidos.

Demasiado lejanas para oírlas y demasiado bajas para comprenderlas, sus palabras eran una mezcla de francés normando e inglés también. Gillian mantuvo la cabeza gacha y aguardó a que siguieran su camino. Cuando oyó que bajaban de los caballos y caminaban por el sendero, su cuerpo comenzó a temblar. Ser descubierta sola en aquellos tiempos tan peligrosos era una invitación a la muerte o algo peor, y algo que Gillian había tratado por todos los medios de evitar.

Su decisión de marcharse de casa y huir al convento no había sido tomada de manera precipitada, o sin pensar en las consecuencias, pero sus opciones eran limitadas y no muy atractivas: el matrimonio que su hermano Oremund había acordado con un anciano asqueroso o el que había acordado el duque invasor con un guerrero normando vicioso en su intento por destruir todo lo que a ella le era preciado. Lo único que podía hacer era mantenerse escondida y rezar para que aquellos soldados siguieran y ella pudiera continuar su viaje hacia el convento.

Gillian aguardó mientras los soldados discutían sobre algo y aguantó la respiración una vez más, intentando no llamar su atención cuando las voces se acercaron al lugar donde estaba escondida. Reconoció el nombre de su casa y el de su hermano también. Si al menos hablaran su idioma, o si al menos hablasen más despacio para que pudiera intentar entender alguna de sus palabras.

Tras lo que le parecieron unos minutos interminables, los hombres comenzaron a alejarse y a decirles a los demás que no habían visto nada. Gillian levantó la cabeza con cuidado y lentitud, y observó cómo se retiraban. Pero un caballero permaneció en el camino, a pocos metros de donde ella estaba. En vez de seguir a los demás, se quitó el casco, se lo colocó debajo del brazo y se dio la vuelta.

Gillian suspiró sin poder evitarlo.

Era alto y musculoso, el hombre más atractiva que jamás había visto, incluso teniendo en cuenta a su primo, que estaba considerado como el sueño de toda mujer. Su pelo rubio no era corto, al estilo normando; en vez de eso le caía libremente alrededor de la cara. Desde la distancia no podía ver el color de sus ojos, pero su cara era angulosa y masculina, así como interesante a pesar de ser normando.

¡Un normando! ¡Y un normando con armadura de batalla!

¡Santa madre de Dios! ¡Que el señor se apiadase de ella!

Y el normando miraba hacia los árboles en su dirección. Gillian no se atrevía a moverse, ni siquiera a buscar cobijo entre las ramas tiradas en el suelo, pues él ladeó la cabeza, entornó los ojos y esperó. Ella sabía que estaba esperando a oír cualquier señal de que alguien estuviera allí escondido, y apenas dejó escapar el aliento mientras permanecía tendida y quieta.

Gillian pensó que el soldado se metería entre los árboles para inspeccionar, pero en vez de eso se dio la vuelta hacia los demás antes de ponerse el casco y alejarse hacia ellos. Mientras caminaba iba maldiciendo, a veces de manera tan blasfema que Gillian se sonrojó. No podía ser el lord a quien el Conquistador le había cedido Thaxted, pues ningún noble actuaría de un modo tan vulgar, usando palabras como las que había usado y comparando a uno de sus hombres con una bestia de carga.

¿Entonces quién era? ¿Y cuál era su misión allí?

Uno de los otros soldados dio órdenes de seguir adelante y ella rezó para que por fin se marcharan. Gillian no se movió hasta que el polvo volvió a posarse sobre la superficie seca del camino y ya no podía oírse nada. Incluso entonces, se arrastró por el suelo hasta incorporarse y se tapó con la capa. No se movería de aquel sitio hasta estar completamente segura de que había una distancia de seguridad entre los soldados y ella.

Sacó el odre de cerveza aguada de entre los pliegues de su capa y dio un buen trago para refrescarse la garganta. El cansancio de caminar varios kilómetros, el polvo del camino y el miedo que aún palpitaba en sus venas le cerraban la garganta, y la cerveza la calmaba. Tentada de hacer uso de la comida que llevaba envuelta en un paño, Gillian decidió esperar, pues sólo se había llevado alimento suficiente para dos días de viaje desde su casa al convento, y tenía pocas monedas para comprar más.

Si acaso había alimento disponible para comprar durante el camino.

El invierno había llegado temprano y la última cosecha había sido mala, alterada por los planes de guerra y sus consecuencias. Cualquier excedente, incluso el necesario para alimentar a las muchas personas que vivían en las tierras de su padre, había ido destinado a alimentar al ejército del rey Harold a su paso. Habían pasado primero de camino al norte para enfrentarse a las tropas de Harald Hardrada, y luego de camino al sur para combatir al usurpador Guillermo de Normandía.

Las tropas del rey Harold tenían pocas posibilidades de reagruparse tras combatir a los nórdicos antes de dirigirse al sur a recibir a las tropas normandas junto a la costa. En un único día de mediados de septiembre, las esperanzas de Inglaterra se habían visto sacudidas cuando su rey y varios de sus aliados más cercanos fueron asesinados.

Peor, en los meses posteriores a aquella batalla junto a Hastings, los rebeldes y forasteros poblaban las tierras en busca de algo que avivara sus esfuerzos contra el ejército normando. Gillian suspiró. Se le revolvió el estómago al recordar los acontecimientos de los últimos meses, y ya le resultaba imposible la idea de comer. Decidió que ya había pasado suficiente tiempo y se puso en pie, se sacudió la tierra de la capa y del vestido y regresó al borde del camino.

Miró hacia el sol y se dio cuenta de que probablemente hubiese perdido una preciada hora de luz con aquel encuentro. Salió al camino e incrementó la velocidad de sus pasos. Tenía que llegar al convento a la caída del sol o pasaría otra noche sola en el bosque, idea que le asustaba más ahora que sabía que aquellos normandos compartían el camino con ella.

Pasó una hora, luego otra, y Gillian continuó andando, siempre mirando al frente y atenta a cualquier sonido de peligro, viajando en la misma dirección que los soldados, pero con cuidado de no alcanzarlos. A medida que el sol iba acercándose al horizonte, se dio cuenta de que no llegaría al convento antes de que las hermanas cerraran las puertas. Mientras se secaba el sudor de la frente con la manga, pensó que dormir oculta entre las sombras junto a los muros del convento sería casi tan seguro como dormir dentro.

De modo que se apresuró y decidió comerse los pedazos de pan y de queso que llevaba en la bolsa. Aminoró la velocidad sólo cuando llegó a la pendiente del camino que indicaba que estaba cerca de su destino. Sólo unos pocos kilómetros la separaban de la seguridad. La respiración se le aceleró a medida que ascendía por la pendiente hacia la cima, y tuvo que detenerse en varias ocasiones para tomar aliento antes de llegar.

Entonces perdió la habilidad de respirar por completo cuando contempló una visión terrorífica; la misma tropa de guerreros, más ahora, acampada a un lado del camino. Gillian miró hacia delante y se preguntó si podría continuar su camino como si fuera una simple campesina. Tal vez no le prestaran atención. Controlando su necesidad de correr, pues salir corriendo sería una invitación a seguirla, decidió que lo mejor sería caminar despacio.

Se cubrió la cara mejor con la capucha, agachó la cabeza y fue poniendo un pie delante del otro, obligándose a ir despacio y a medir sus pasos. Por el rabillo del ojo miró a los soldados y aceleró el paso. Aunque varios se acercaron al camino, nadie la detuvo. Sintió cómo crecía su esperanza a medida que avanzaba. Ya casi había dejado atrás el campamento cuando un hombre grande se puso en su camino y le bloqueó el paso.

Ella lo esquivó, o lo intentó, pero él se movió al mismo tiempo. Obviamente se trataba de un hombre fuerte, así que Gillian sopesó sus opciones. Se dio la vuelta con la intención de regresar por la misma dirección por donde había llegado, pero entonces se encontró con otro guerrero. Luego un tercero y un cuarto bloquearon los laterales, de modo que no le quedó sitio al que ir. Respiró profundamente y esperó a que actuaran.

—¿Señorita, qué estáis haciendo sola por estos caminos? —preguntó uno de ellos con un inglés muy acentuado—. ¿Qué os proponéis?

Aunque había esperado no tener que usarla, Gillian llevaba preparada una historia para responder a esa pregunta. Sin mirarlo a la cara, se dio la vuelta hacia el que había hablado.

—Mi señora me envía al convento, milord —respondió con una reverencia de cabeza.

—Ya casi es de noche —dijo el que tenía detrás—. Venid, estaréis más segura en nuestro campamento esta noche.

¿Estaba a salvo una oveja cuando la protegía un lobo? Creía que no. Negó con la cabeza y rechazó la invitación.

—Las hermanas me esperan, milord. Debo darme prisa. Mi señora se enfadará si no llego a tiempo.

Intentó abrirse paso empujando al que tenía delante, pero éste apenas se movió. Gillian lo intentó una vez más, sin éxito. Antes de que pudiera probar suerte una vez más, dos de ellos la agarraron de los brazos y la arrastraron hacia los demás. Forcejeó, pero no consiguió zafarse de ellos, y el corazón comenzó a acelerársele en el pecho, haciendo que la cabeza le diese vueltas.

Antes de que pudiera darse cuenta, ya estaban en mitad del campamento, lo suficientemente lejos para que no pudiera escaparse con facilidad. No se lo puso fácil, pero aquello tampoco ralentizó ni impidió su progreso. Simplemente la arrastraban entre ellos. Estaban haciéndole daño en los brazos y sabía que por la mañana tendría hematomas; si sobrevivía hasta entonces.

A juzgar por sus susurros furiosos, supo que algo pasaba. Decidió aprovecharse de la situación. Pisó con todo su peso el empeine del soldado que tenía detrás y lo empujó con las caderas en un intento por hacerle perder el equilibrio.

No funcionó.

Al contrario, pues ahora le dolía el pie y tuvo que ir cojeando el resto del camino. Finalmente se detuvieron y ella aprovechó el momento para soltarse y huir. Un soldado le agarró la capa, que cedió cuando los nudos se soltaron. Gillian no había dado ni dos pasos, dos pasos dolorosos, antes de que un brazo con cota de malla le rodeara la cintura y la arrastrara contra la superficie más dura que jamás había sentido. Tan dura era que le dejó los pulmones sin aire y a punto estuvo de dejarla inconsciente cuando golpeó con la cabeza la lámina del pecho.

—¿Adónde vais, señorita? ¿Habéis decidido no honrarnos con vuestra presencia esta noche?

Cuando reconoció la voz del guerrero que la tenía prisionera, se sintió aterrorizada. Sin posibilidad de escape y con la sospecha de que aquellos hombres planeaban todo tipo de actos ilícitos e inmorales contra ella, escuchó las risas de los que presenciaban la escena y quiso desmayarse. Pero en vez de eso emitió un grito ahogado cuando aquel gigante la rodeó con su otro brazo y la atrapó en un abrazo indecente contra su pecho. Luego apoyó la cabeza contra la suya hasta hacerle sentir su aliento caliente sobre la piel del cuello.

—Dime lo que buscas, cariño —le susurró en inglés—, y trataré de complacerte en todo lo que pueda.

Dos

Aunque las circunstancias y a veces la triste historia de su existencia como bastardo entre la nobleza deberían haberle enseñado la lección, Brice Fitzwilliam nunca había aprendido eso de que la paciencia era una virtud. Siempre le había parecido sobrevalorada y una molestia necesaria, y aquella situación simplemente confirmaba su opinión al respecto.

Tras ser paciente como el rey pedía, y esperando mientras pasaba el invierno a que llegaran los documentos que le cedían las tierras y los títulos de barón y de lord de Thaxted, había llegado hasta allí y se había encontrado con la fortaleza cerrada. Tres semanas esperando los refuerzos de su amigo Giles no hacían que estuviese más cerca de conquistar la fortaleza ni a los que vivían dentro. Ahora, tras capturar a varios campesinos que huían, descubría que su prometida, que ya había huido en varias ocasiones, también acababa de escapar bajo su vigilancia; y que buscaba refugio lejos de su control en un convento. Por suerte Stephen le Chasseur lo acompañaba y nada ni nadie escapaba a él cuando cazaba.

Aunque Gillian se retorcía entre sus brazos, Brice sabía que no tenía idea de su identidad, ni de que era suya. Su rabia aumentó al darse cuenta de que ignoraba los peligros del camino. Si no la hubiera encontrado, la idea de lo que podría haberle sucedido le aterrorizaba por muchas razones. Había que enseñarle una lección, y él sería el encargado.

Al menos estaba viva, así podría hacerle pensar en sus actos.

—¿Cuánto cobráis por noche, señorita? — preguntó mientras deslizaba la mano por su cuerpo y sentía el escalofrío bajo sus dedos—. Muchos de mis hombres han ahorrado y podrían pagaros bien para que os quedarais con nosotros.

—No soy pro… pros… —se estremeció—. No vendo mis favores.

Brice la soltó y le dio la vuelta para mirarla, y estuvo a punto de perder la cabeza, pues por fin pudo ver claramente a su prometida. Era guapa y le pertenecía.

Unos ojos grandes, luminosos y de un color entre el azul y el verde adornaban su rostro. Sus rizos largos y castaños escapaban bajo su velo y le caían sobre los hombros. Aunque iba vestida al estilo sajón, con ropa ancha, advertía que su cuerpo tenía curvas y encajaba con las formas femeninas que él deseaba en sus amantes; caderas y pechos voluptuosos. A juzgar por la fuerza de su resistencia, sabía que sus piernas y sus brazos eran fuertes.

Su cuerpo reaccionó antes de terminar de mirarla, y cierta parte de su anatomía cobró vida, dispuesta a hacerle todas las cosas con las que la había amenazado. Sólo habló cuando uno de sus hombres tosió audiblemente.

—Si no sois prostituta, ¿entonces qué?

—Les he dicho a estos hombres que mi señora me envía al convento e iba de camino.

—¿Sola, señorita? ¿Con los merodeadores y rufianes que controlan los bosques y los caminos? Vuestra señora habrá enviado guardias para protegeros.

Ella dio un paso atrás, pero sus hombres no retrocedieron y permaneció atrapada entre ellos. Advirtió el miedo creciente en su mirada y supo que su apariencia valiente corría el peligro de venirse abajo. Pero luego vio cómo recuperaba la confianza en sí misma, estiraba los hombros y levantaba la barbilla.

—Mi señora tiene otras cosas de las que preocuparse, señor. Sabe que soy independiente y puedo llegar sola al convento.

—¿Bromeáis? —preguntó él—. ¿Buscáis problemas? Cualquier señora que envíe a su sirvienta sola por estos caminos en estos tiempos tan peligrosos que corren comprenderá el mensaje que está enviando.

Brice casi pudo oírla intentando tragarse el miedo. Los ojos le brillaban con la inminencia de las lágrimas y el labio inferior había empezado a temblarle. Tal vez estuviera dándose cuenta de lo absurdo de su plan.

—Un noble honraría la promesa de una dama a su doncella y le permitiría la llegada al convento. Un noble de verdad no se aprovecharía de una mujer sin protección. Un noble de verdad… —comenzó a explicar otra cualidad, pero él la detuvo negando con la cabeza.

—Yo no he dicho que sea un noble, señorita —susurró él—. Si vuestra señora cree que se puede confiar en los nobles y que éstos dejarían pasar una tentación como la que vos representáis, entonces es más tonta de lo que pensaba.

Sus hombres se carcajearon, sabiendo que ni ellos ni él eran nobles ni de nacimiento legítimo, y Brice reconoció la confusión en su expresión. Casi todos los hombres se habrían sentido halagados por ella, pero no aquéllos que se habían abierto camino en el mundo con el trabajo y el sudor de sus cuerpos.

Lady Gillian pareció querer decir algo, pero no encontró las palabras, así que agachó la cabeza y se dio la vuelta. Sus intentos de humillarla no le dieron la satisfacción esperada. Miró a sus hombres. Sabía que la noche se acercaba y que aún quedaban muchas cosas por hacer ahora que su prometida estaba allí.

—Llevadla a mi tienda y aseguraos de que se queda ahí —ordenó.

—¡No podéis! —gritó ella. Brice se acercó a ella para obligarla a levantar la cabeza y mirarlo a la cara—. Las buenas hermanas…

—Las buenas hermanas cenarán, rezarán sus oraciones y se irán a dormir como cada noche, señorita. Vuestra señora debería haber pensado en su plan antes de llevarlo a cabo.

—Pero me esperan. Mi señora les envió un mensaje.

—Puedo aseguraros que al convento no ha llegado ningún mensaje. Llevamos acampados aquí varias semanas y nadie de Thaxted se ha cruzado en nuestro camino… hasta hoy.

Gillian miró a su alrededor, visiblemente desanimada, y por primera vez pareció darse cuenta de que la superaban en número y que eran peligrosos. Si en efecto había un mensajero, los hombres de Brice no lo habían visto. Siempre existía la posibilidad de que el mensajero hubiera huido en dirección contraria al ver su campamento y saber que no podría pasar. Aparentemente ese mensajero no informó del fracaso a su señora.

—Lleváosla —repitió suavemente, mientras se echaba a un lado para que Stephen pudiera llevar a cabo su orden.

La dama pareció dispuesta a ofrecer resistencia, pero luego asintió y se dejó arrastrar. Al menos ya estaba a salvo, y era una cosa menos de la que tenía que preocuparse en aquella situación tan inestable. Por la mañana sería suya, al igual que la mansión Thaxted y todos los terrenos vinculados a ella y a él por ser lord Thaxted.

Y con el apoyo de los hombres de Giles desde Taerford y las tropas del rey, tomaría el control de la fortaleza, expulsaría a los rebeldes que no apoyaran al rey Guillermo y comenzaría su vida como todopoderoso en vez de seguir siendo un simple soldado. Respiró profundamente y se dio cuenta de que ansiaba muchas de las cosas que aún tenía ante sí en los próximos días.

Enfrentarse a la ira de aquella dama por su conducta no era una de esas cosas.

Pasaron las horas mientras supervisaba los preparativos para su asalto final a la fortaleza, así como otros asuntos más personales que tenían que ver con lady Gillian. Envió un mensaje al convento para hacerles saber que estaba a salvo y que regresaría a su hogar. Una generosa donación acompañaba al mensaje para suavizar, o así lo esperaba, los futuros tratos con las monjas. Había visto cómo muchos otros cometían el error de no respetar al clero y estaba decidido a no caer en el mismo error.

Finalmente, varias horas después de que el sol se ocultara por el oeste y, cuando la noche ya los cubría con su manto, decidió que era el momento de dar el primer paso para recuperar el control de sus tierras… y de su esposa. Avisó a los más cercanos a él y se dirigió hacia su tienda. Había cuatro hombres montando guardia allí, uno en cada esquina, y ninguno parecía feliz.

—¿Problemas, Ansel? —preguntó mientras se acercaba. Todos parecían tranquilos, pero sus expresiones decían lo contrario. Aunque aquélla era la primera campaña de guerra de Ansel, confiaba en el joven para realizar cualquier tarea que le ordenase.

—Sí —respondió Ansel en su dialecto—. Es… la dama… es muy decidida —negó con la cabeza como si hubiera fracasado y Brice advirtió los inicios de un hematoma en su barbilla.

Brice agarró la solapa de entrada a la tienda y se detuvo.

—Mientras no se le haga daño, no cuestionaré tus actos.

Ansel asintió, pero aún había un problema que Brice no lograba identificar. Entonces se acercó Stephen.

—Ha estado a punto de escaparse tres veces, Brice —explicó—. Una vez ha logrado llegar hasta el perímetro sur del campamento sin ser vista —Brice miró a los dos hombres que custodiaban la tienda y vio que varios tenían arañazos y hematomas. Luego volvió a mirar a Stephen, que respiró profundamente y se encogió de hombros—. Échame la culpa a mí si quieres, pero era la única manera de que estuviera a salvo.

Brice se preguntó cómo lo habrían hecho.

—Traedle algo de comer y luego buscad algo para vosotros —dijo—. Procederemos después de comer.

Los hombres se alejaron y Brice levantó la solapa de la tienda para poder entrar. Se agachó para no golpearse la cabeza con el techo de la tienda, entró y se detuvo. A pesar de que en el interior sólo había un farol, pudo verla claramente y se quedó con la boca abierta ante lo que vio.

Sus hombres habían clavado estacas de madera al suelo y la habían atado a ellas, con las muñecas y los tobillos juntos y atados a los postes. Tenía la capucha quitada y una mordaza en la boca. A causa de retorcerse contra las ataduras, el vestido se le había subido por las piernas y dejaba ver su forma. Debido a la posición de sus brazos y al movimiento del escote del vestido, sus pechos se restregaban contra la tela y los pezones erectos eran visibles a través del tejido.

Brice tragó saliva, pero la boca volvió a secársele. Terminó de entrar en la tienda y dejó caer la solapa tras él. Gillian comenzó a retorcerse de nuevo al verlo aproximarse, y sus esfuerzos provocaron que el vestido se le subiera más y le proporcionara una visión clarísima de sus muslos y de sus caderas. Brice apretó los dientes y los puños para evitar deslizar las manos por su piel y palparle las nalgas. El pulso se le aceleró mientras pensaba en todos los lugares donde la besaría y la acariciaría antes del amanecer.

Gillian murmuró algo y él se dio cuenta de que no podía dejarla así. Se agachó junto a ella, sacó su daga y le rompió la mordaza.

—Ya está, señorita —susurró. Con una caricia suave, le apartó el pelo de la cara y le secó las mejillas.

Lágrimas. Había estado llorando. Por lo poco que sabía de su prometida, deducía que aquel síntoma de debilidad la humillaría y no le apetecía eso. Se acercó a la mesa, sirvió vino en una jarra metálica y se lo ofreció.

—Tomad, bebed esto —le levantó la cabeza y la ayudó a beber hasta que se tomó el vino. Después volvió a llenar la jarra y se la bebió rápidamente.

Se arrodilló a su lado y comenzó a colocarle el vestido. Pero cuando le tocó el tobillo, no pudo evitar disfrutar del momento. Deslizó la mano hasta su rodilla antes de agarrarle el dobladillo del vestido. Su cuerpo le pedía que siguiera subiendo, que introdujera la mano entre sus piernas hasta llegar al lugar que le haría llorar de placer. Brice se resistió al deseo de explorar su cuerpo y sólo las suaves palabras de Gillian le hicieron volver en sí.

—Os lo ruego, milord. Por favor, no… — susurró.

No se movió en absoluto, y fue algo bueno, pues Brice se debatía entre hacer lo correcto o seguir los instintos de su cuerpo. Tras un momento que duró demasiado, tiró del dobladillo hasta cubrirle las piernas y luego se apartó.

La tensión entre ellos se rompió cuando Ansel lo llamó desde fuera. Brice se dio la vuelta, salió y regresó con un plato de madera para la dama. Lo colocó sobre la mesa y volvió a sacar la daga para soltarle las muñecas. Cuando le ofreció la mano, se dio cuenta de que aún llevaba puesta la cota de malla y los guantes de cuero.

A pesar de la mirada suave en su rostro en aquel momento, Gillian no confiaba en él. Oh, sus hombres no le habían hecho daño aún, pero ser atada y amordazada, después abandonada durante horas, había puesto a prueba su paciencia y su coraje. Aunque era virgen, había reconocido la lujuria en la mirada de aquel hombre cuando le había tocado la pierna y había observado el modo en que el vestido se le movía y dejaba al descubierto partes que era mejor no enseñar. No sabía cuánto tiempo permanecería intacta, y no se atrevía a preguntar.

Aun así, si no estaba atada, tendría más posibilidades de escapar que si permanecía así. Gillian aceptó su mano y le permitió ayudarla a incorporarse. Cuando se dispuso a desatarse las piernas, él la detuvo.

—Déjalo —dijo con voz grave, esa voz profunda de palabras acentuadas que le afectaba más de lo que desearía. Tiró del dobladillo del vestido y se cubrió los pies todo lo que pudo antes de hacer lo mismo con el escote.

Él sumergió un pedazo de lino en un cubo situado junto a la entrada de la tienda y luego se lo entregó. Gillian se frotó la cara y se limpió el polvo y las lágrimas que había derramado a pesar de sus esfuerzos por no llorar. Luego se limpió las manos y le devolvió el trapo.

—Merci —susurró, una de las pocas palabras que conocía en su idioma.

Él se sorprendió al escucharla y Gillian se dio cuenta de su error. Una pobre doncella inglesa no sabría hablar francés. Una pobre mujer inglesa sólo sabría hablar inglés… o sajón o danés, pero no francés. Cuando él respondió en su propio idioma, ella parpadeó y negó con la cabeza como si no entendiera nada. En realidad podía entenderlo casi todo si hablaba despacio, pero no quería que él o sus hombres lo supieran. Mejor obtener toda la información posible y compartirla después con su hermano cuando regresara a la fortaleza de Thaxted.

Si lograba regresar.

Gillian se estremeció al darse cuenta de que tal vez no sobreviviera a esa noche. Después de todo, aquellos hombres no se creían su historia y la creían prostituta. Si la obligaban contra su voluntad, tal vez no estuviese viva por la mañana para intentar escapar una vez más. Un escalofrío recorrió su cuerpo de la cabeza a los pies descalzos.

El caballero reaccionó con rapidez, pero de una manera inesperada, pues llamó al otro, Stephen, y le pidió algo. ¿Una túnica? ¿Una capa? Pronto le devolvieron la capa y los zapatos. Él sacudió la capa y se la puso sobre los hombros. Gillian la agarró y se tapó con ella para intentar protegerse. Su cuerpo comenzó a calentarse casi de inmediato bajo la gruesa capa de lana. Después volvió a sorprenderle su actitud cuando le puso los zapatos suavemente. Sus hombres se los habían quitado la última vez que había intentado escapar, sabiendo que no podría ir muy lejos sin ellos.

Cuando le ofreció el plato, el estómago le rugió y no le dio opción a rechazar su oferta. Aceptó la comida y se la comió. Sin importar los desafíos que pudieran venir, tenía que estar con fuerzas, así que siguió comiendo hasta acabar con todo. Levantó la mirada y vio que él estaba observando todos sus movimientos. Cuando le sirvió una jarra, ella se la bebió de un trago.

Consciente de que aquello no era más que un respiro antes de lo que fuera que hubiese planeado para ella, supo que debería haber tardado más para tomarse su tiempo, pero el estómago vacío y el ejercicio realizado durante el día habían puesto a prueba su voluntad.

Apenas había terminado de beber y comer cuando oyó movimiento fuera y varias voces acercándose. ¿Acaso su hermano había descubierto su desaparición y la había seguido? Cuando el soldado le quitó el plato, abandonó toda farsa y comenzó a intentar soltarse los tobillos. O la ignoró o no la creyó capaz de hacerlo, pues abandonó la tienda mientras ella forcejeaba.

Si al menos tuviera una daga o un cuchillo pequeño, o algo afilado para poder aflojar el nudo o cortar las cuerdas. Gillian continuó hasta que oyó las palabras que Stephen le dirigió a su captor.

—Los hombres están listos.

Su mente se vacío entonces de todo pensamiento y lo único que pudo hacer fue forcejear contra las cuerdas. Estaba segura de que saciarían sus necesidades con ella. ¿Pero todos? Que Dios se apiadara de ella.

Tratando de luchar contra el pánico, Gillian sabía que debía mantener el control y buscar un momento en el que pudiera escapar. Para hacer eso, tenía que sobrevivir. Respiró profundamente varias veces y supo lo que tenía que hacer. Cuando el que estaba al mando entró en la tienda y se acercó a ella, supo que la única manera de salir de aquello era a través de él.

Se había quitado la cota de malla y sólo llevaba una túnica gruesa. También se había quitado los guantes. En vez de apaciguar sus miedos, pues sabía que los hombres podían copular con una mujer con o sin armadura, aquello los incrementó, pues seguía teniendo aspecto de guerrero peligroso. Se agachó junto a ella una vez más y utilizó la daga para cortar las cuerdas. La ayudó a levantarse y le pasó un brazo por la cintura cuando comenzó a tambalearse.

—Milord —susurró ella—, yo… satisfaría todas vuestras necesidades si prometéis no compartirme con los demás.

Sorprendida de poder pronunciar esas palabras en voz alta, sabía que debía parecer sincera en sus intenciones o todo estaría perdido. Gillian estiró la mano y le agarró el cuello de la túnica para prometerle cualquier cosa con tal de mantenerse con vida.

—Sólo deseo calentar vuestra cama, milord.

El guerrero la soltó tan deprisa que estuvo a punto de caerse al suelo. Lo había enfurecido por algo, al contrario de lo que pretendía. La agarró por la muñeca y la arrastró hacia la entrada de la tienda.

—No, milord —gritó ella—. ¡Os ruego que no me compartáis con vuestros hombres!

En pocos segundos se encontró de pie fuera de la tienda, frente a lo que le parecieron cientos de hombres. Aunque era de noche, la luna llena habría hecho que fuera posible ver la cantidad, pero las antorchas que bordeaban el campamento hacían que pareciese de día. El guerrero le sujetó la muñeca con fuerza y tiró de ella para que lo mirase.

—Oui, milady Gillian, calentaréis mi cama esta noche —gruñó apretando los dientes.

¡Lo sabía! ¡Sabía quién era! Antes de que pudiera explicarse, la acercó más a él hasta que sólo ella pudo oír sus palabras.

—Y no compartiré a mi esposa con ningún otro hombre.

Tres

Gillian buscó en su cara respuestas que no encontró. Estaba furioso, sí, porque se le notaba. Comprendió entonces que había sabido su identidad desde el principio, a pesar de haberle mentido. ¿Cómo?

—¿Quién sois? —preguntó.

Su hermano le había hablado del noble usurpador que quería reclamar sus tierras y a ella misma, pero aquel hombre que tenía delante juraba no ser un noble. Lo había oído maldecir y además los demás lo llamaban por su nombre, Brice, y no con el respeto exigido por un lord.

—Brice Fitzwilliam, recientemente nombrado lord Thaxted y barón de su alteza el duque Guillermo de Normandía y rey de Inglaterra — lo dijo lo suficientemente alto para que todos sus hombres lo oyeran—. Y vuestro marido — añadió con una ligera reverencia.

Los vítores agitaron la noche y la aterrorizaron. Aquél era el hombre que destrozaría su mundo, mataría a su hermano, se quedaría con sus tierras y con su gente, al igual que había hecho el propio duque bastardo en el sur de Inglaterra.

¿Fitzwilliam? Él también era bastardo. Ahora comprendía su rabia, pues sus palabras sobre los nobles eran un insulto a su nuevo honor.

—No sois mi marido —dijo ella, negándose a creer que aquello pudiera ser posible sin su consentimiento.

Él se carcajeó.

—Pero eso puede arreglarse fácilmente, milady —dijo, y señaló a alguien situado al otro lado del claro—. Cuando queráis.

Un anciano que parecía un sacerdote se acercó seguido de un joven que no iba vestido como un miembro del clero, pero que llevaba varios pergaminos. Se detuvieron frente a ella e hicieron una reverencia.

—Lady Gillian —dijo el anciano con sumo respeto—. Soy el padre Henry, recientemente llegado de Taerford —se volvió hacia el normando—. Milord, Selwyn leerá ahora el contrato de matrimonio y la disposición de las propiedades y de los títulos.

Tan sorprendida estaba Gillian por los acontecimientos que no había advertido el momento en que Brice le había soltado la muñeca y le había estrechado la mano. Había pasado de ser prisionera a esposa prometida en pocos segundos y no lograba comprender el cambio. Mientras el joven Selwyn leía los honores y las tierras cedidas a lord Brice Fitzwilliam, que era de Bretaña, no de Normandía, ella intentaba pensar en una manera de salir de aquélla. Una manera de regresar a su casa; a la protección de su hermano; a su vida como la conocía hacía unos meses.

En vez de eso, allí estaba con un completo desconocido, un caballero extranjero ascendido por su rey, un hombre que, si ella lo consentía, controlaría sus tierras, a su gente, su persona y su cuerpo como si fueran suyos. Gillian sabía que tenía que hacer algo, pero, cuando intentó zafarse, él le susurró las palabras que le helarían la sangre y asegurarían su cooperación.

—Esposa honrada o campesina deshonrada. ¿Qué deseas ser esta noche, Gillian?

Selwyn terminó de leer el contrato aprobado por el rey y todos los ojos se posaron en ella, expectantes.

Algo en su interior la instaba a ser valiente y a denunciar al enemigo, a resistirse a sus intentos por tomarla contra su voluntad y a desafiar las intenciones de su hermano. El sacerdote no podría quedarse mirando mientras la obligaban a casarse o mientras sus hombres abusaban de ella.

Otra parte de ella quería mantenerse firme y hacer lo que pudiera, soportar lo que tuviera que soportar para proteger del conquistador a la gente que vivía en sus tierras. La sangre noble que corría por sus venas, aunque teñida por las circunstancias de su nacimiento, se remontaba generaciones atrás a través de su padre y reforzó su voluntad de no quedarse parada mientras su gente sufría. Si el matrimonio con aquel guerrero llevaba la paz a su tierra, entonces lo soportaría.

—¿Consientes este matrimonio? —preguntó el bretón una vez más, en esa ocasión con aquella voz tan tentadora que hasta la propia Eva habría vuelto a ser expulsada del paraíso para decirle que sí.

Aunque deseaba que, sólo por una vez, pudiera ser considerada sólo por su propia valía y no como una mercancía valiosa, Gillian comprendía la verdad de su situación y la responsabilidad que recaía sobre sus hombros. Tal vez en otra ocasión pudiera hacer algo sólo porque lo deseara, o podría negarse a algo, pero aquélla no era esa otra ocasión y no tenía el lujo de poder decidir.

Y así, manchada con el polvo del camino, cubierta con una capa de sirvienta y de pie frente a cientos de hombres que no conocía, Gillian renunció a su voluntad y consintió aquel matrimonio. Lo peor fue que, mientras él le juraba protección con aquella voz tan sensual, Gillian sintió el calor en cada parte de su cuerpo e imágenes pecaminosas inundaron su mente.

Cuando concluyó el discurso y se inclinó hacia ella para sellar el trato con un beso, Gillian supo exactamente cómo se había sentido Eva aquel día enfrentada al pecado.

Sofocó su suspiro con los labios. Gillian estaba allí, perdida en sus pensamientos, mientras decían sus votos, pero Brice quería que comprendiera a lo que había accedido. La facilidad con la que se había lanzado sobre él en la tienda le había puesto furioso, pero saboreó su inocencia y su miedo mientras besaba sus labios. Se acercó más y le pasó el brazo por los hombros, tanto para abrazarla como para evitar que se cayese.

Ella no se resistió, pero tampoco participó en el beso, y Brice sintió cierto grado de decepción al comprobar que la actitud que había mostrado antes se había esfumado. Deseaba saborear su fuego y su fuerza, pero sólo sintió su miedo. Su cuerpo temblaba entre sus brazos, así que la besó rápidamente y apartó la cabeza.

Sus ojos turquesa se quedaron mirándolo mientras él observaba su curiosidad, su miedo y su sorpresa en su mirada. Ella levantó la mano y se acarició la boca como si nunca la hubieran besado. A pesar de su inocencia o su falta de participación, su cuerpo había respondido al sabor de sus labios y a la promesa de tenerla en su cama. Deslizaría las manos bajo su vestido y acariciaría cada parte de su cuerpo antes de que la luz del sol iluminase el campamento una vez más.

Lo comprendiese o no, su cuerpo sí lo hacía, pues se estremeció cuando Brice la miró a los ojos, y sólo deseó verla desnuda y retorciéndose bajo sus caricias. Calentaría su cama aquella noche y todas las demás, y Brice le proporcionaría tal placer que jamás se arrepentiría de haber accedido a casarse. Apartó la mirada de la de ella y la examinó de la cabeza a los pies.

Sus caderas anchas prometían hijos saludables y, cuando expulsaran a su hermano de sus tierras y asegurase la zona para Guillermo, pensaba engendrar muchos con ella. Todos llevarían su apellido, al contrario que su propio padre, pues Brice se había casado con la mujer que le daría hijos. Ahora que era de su posesión, todo lo que había deseado, todo aquello por lo que había luchado por fin estaba a su alcance.

Le tomó la mano y la giró hacia sus hombres.

—Lady Gillian de Thaxted —dijo en voz alta—. ¡Mi esposa! —los aplausos y vítores fueron en aumento hasta convertirse en una sola voz que recorría el campamento. Señaló a Stephen, que se acercó y le hizo una reverencia a Gillian—. Llévate a la dama a mi tienda y protégela hasta que llegue —ordenó.

Brice estaba seguro de que las palabras que había dicho su esposa, las promesas que había hecho, desaparecerían tan pronto como se diera cuenta de lo que había hecho. Por tanto cualquier consumación le haría comprender que ahora era suya y evitaría cualquier intento de anulación de los votos. Hasta que eso sucediera y su matrimonio fuese reconocido por todas las partes, la protegería como al tesoro que era.

Stephen se aproximó y Brice sintió cómo Gillian se tensaba. El soldado le ofreció el brazo para acompañarla.

—¿Milady?

Brice contuvo la respiración y esperó a que ella se apartara, pero Gillian le puso la mano a Stephen en el brazo y caminó junto a él en dirección a la tienda. Brice tenía que encargarse de varios asuntos antes de poder retirarse y, si pareció tener prisa, sus hombres no lo mencionaron.

Una o dos horas más tarde, tras enviar mensajes y colocar a más guardias alrededor del campamento, Brice estaba de pie frente a su tienda preguntándose qué mujer encontraría allí; la esposa honrada o la campesina huidiza. Estiró la mano, levantó la solapa de la tienda y entró.

Aunque Gillian lo oyó acercarse y entrar en la tienda, no levantó la cabeza para mirarlo.

Aún insegura con respecto a su situación y al hombre en cuestión. Había estado sopesando sus opciones durante las últimas dos horas. Y eso después de pasar un rato sorprendida por las circunstancias. En vez de acostumbrarse a los cambios siempre presentes en su vida, empezaba a cansarse de ellos.

Su plan de escapar al control de su hermanastro y de evitar aquel matrimonio había fracasado. Había sido descabellado desde el principio, pero al menos era un plan mejor que los primeros tres intentos. Tanto las amenazas de su hermano de repetir los castigos que ya le había infligido como su necesidad de huir la habían conducido a aquello.

Ya no se atrevía a pedirle ayuda a Oremund. No podría llegar al convento. Con un suspiro asumió que se había quedado sin opciones.

—¿Milady? —dijo él con una voz profunda que la sacó de su ensimismamiento y la obligó a levantar la mirada.

Se había quitado la cota de malla y demás accesorios de pelea y se presentaba ante ella sólo como un hombre. Aun así parecía más peligroso que antes.

Era alto, lo suficientemente alto como para tener que agacharse para entrar en la tienda y no golpearse la cabeza con el techo. Era grande, de hombros anchos que hablaban de años de entrenamiento. Y estaba… esperando. Gillian tragó saliva al darse cuenta de que estaba viendo cómo lo observaba y lo permitía. Gillian agachó la mirada y esperó en silencio.

—¿Os han traído agua fresca y se han encargado de que estéis cómoda? —preguntó suavemente. Sin ni siquiera levantar la cabeza, Gillian advirtió cómo se acercaba a ella—. ¿Necesitáis algo de beber o de comer?

Sabiendo que se le acababa el tiempo antes de tener que consumar su matrimonio, Gillian decidió intentar por última vez disuadirlo de su propósito.

—Milord —dijo con voz tranquila mientras se ponía en pie—, no necesito nada vuestro salvo la garantía de dejarme ir al convento.

La tensión entre ellos aumentó mientras esperaba su respuesta. Cuando sólo obtuvo silencio por respuesta, levantó la cabeza y lo miró directamente. Sus ojos marrones se oscurecieron más aún mientras la intensidad y el calor de su mirada inundaban su cuerpo.

—Habéis pedido una de las dos cosas que no puedo daros, milady, aunque lo deseara.

¿Lo había hecho a propósito? Había pronunciado sus palabras de manera que tuviera que preguntarle por la otra cosa. ¿Acaso sabía de su incesante curiosidad, algo que su hermano y su padre habían considerado siempre como un defecto en su carácter? El corazón comenzó a latirle con fuerza en el pecho cuando se acercó y le tomó la mano. Por mucho que lo intentó, Gillian no pudo evitar que las palabras se le escaparan de la boca.

—¿Cuál es la otra? —preguntó. Contuvo la respiración mientras él se llevaba su mano a los labios y le daba un beso en la muñeca.

—No podría dejaros recibir a la mañana siendo aún doncella —contestó.

Gillian negó con la cabeza y apartó la mano de él. O al menos lo intentó, pues la tenía agarrada con fuerza y no le permitió soltarse.

—Milord…

—Milady —replicó él.

—Os lo ruego… —se quedó sin voz al sentir cómo deslizaba la manga del vestido hacia abajo y la seguía con la boca para cubrirle la piel de besos. Gillian sintió las llamas en su interior y no logró encontrar los argumentos que momentos antes le parecían tan coherentes. Su cuerpo temblaba, y alzó la otra mano para intentar soltarse.

—No, milady —susurró él contra su piel, sin ni siquiera pararse mientras le atrapaba la otra mano y la colocaba sobre su pecho—. No podría permitirlo.

Con las manos atrapadas, Gillian se vio obligada a inclinarse hacia él. Buscó en su cara cualquier señal de rendición, pero no la encontró. Y, cuando Brice se volvió para mirarla y ella reconoció aquel brillo de deseo en sus ojos, supo que no tenía oportunidad de escapar a sus intenciones. Incluso cuando le soltó las manos, fue sólo por un momento, sólo para quitarle el velo. Se deshizo de la prenda de lino y la abrazó. Cuando la besó, Gillian perdió el sentido por completo y cualquier intento de centrarse en su plan, en un plan, en cualquier plan, fracasó al tiempo que su cuerpo se rendía bajo su hechizo.

Aquel beso comenzó como había comenzado el primero, pero luego cambió rápidamente y se convirtió en algo más exigente, más seductor y salvaje. Gillian sintió sus manos deslizándose por sus hombros y luego en su pelo; fue entonces cuando se entregó por completo al beso. Abrió la boca y permitió que le acariciara los labios con la lengua, lo que le produjo escalofríos por todo el cuerpo. La idea de que nunca la habían besado así se abrió paso en su mente por un instante.

Cuando Brice le soltó el pelo y deslizó una mano lentamente por su cuerpo, tocándola y acariciándole el cuello, y luego los pechos hasta detenerse sobre su vientre, Gillian se apartó de sus besos e intentó respirar. Un beso era una cosa, pero tocarla de esa manera tan íntima era…

Pecaminoso.

Prohibido.

Escandaloso.

No la obligó a aceptar sus caricias, pero tampoco apartó la mano de aquel lugar tan cercano a la unión de sus muslos. Un lugar en el que no había pensado mucho antes, pero que ahora ardía por algo desconocido. Y aquel ardor se extendió al ver el deseo en su mirada.

—Esto está mal, milord —susurró—. ¿No sabemos nada el uno del otro y aun así os acostaríais conmigo ahora?

—El rey me ha concedido estas tierras, este título y a vos, milady. A pesar de vuestros esfuerzos y los de vuestro hermano…

—Hermanastro —lo interrumpió ella.

—Eso no nos importa al rey ni a mí —contestó él y luego negó con la cabeza—. A pesar de los esfuerzos por mantenerme alejado de dichas tierras y de dicha esposa, os he encontrado y no me arriesgaré a más retrasos y a más desapariciones. No necesito saber nada más que el hecho de que ahora sois legalmente mi esposa… —antes de que Gillian pudiera pensar en algo que decir, Brice se agachó y la besó de nuevo antes de seguir hablando—… y pronto dejaréis de ser doncella.

Algo estalló por fin en su interior, ya fuera idiotez o valentía, y se apartó una vez más.

—Y, si morís en la inminente batalla, no sabré nada de vos salvo vuestro nombre. ¿Eso no os preocupa? —a juzgar por la mirada de seguridad en sus ojos, supo cuál sería la respuesta.

—No perderé en la batalla, milady. Si alguien muere, será vuestro hermano.

Sus palabras la asustaron, pues realmente no había pensado suficiente en todo el proceso. Oh, sí, sabía que habría una pelea por recuperar el control de Thaxted y algunos acabarían heridos. Incluso sabía de algunos nombres que le gustaría ver en una lista o en otra, pero también habría otros; gente inocente en aquel juego entre reyes y nobles. Los inocentes siempre acababan por pagar el precio.

—Perdonadme por esas palabras —dijo agarrándola por los hombros—. La guerra no es fácil para los que luchan y os pido perdón por hablar de la muerte de vuestro hermano.

Había vuelto a sorprenderla, lo sabía, pues sus ojos turquesa se abrieron más aún, al igual que su boca. No era tonto cuando se trataba de seducir a mujeres y aun así todas sus habilidades parecían haberlo abandonado cuando más las necesitaba. Debía poseerla esa misma noche. Debía convertirla en su esposa en todos los sentidos para que, ocurriera lo que ocurriera durante las batallas, contara con la protección de sus amigos e incluso del rey. Brice comenzó de nuevo a seducirla para llevarla a la cama.

—Tendremos muchos días para conocernos mejor. Vamos a dar el primer paso —le susurró mientras le apartaba el pelo de los hombros.

Ella se estremeció bajo sus caricias, lo supiera o no, mientras su cuerpo se preparaba. Brice se inclinó y la besó sin esperar sus preguntas y protestas. Al principio permaneció quieta, pero cuando la tentó con la lengua y comenzó a tocarla, Gillian cerró los ojos y aceptó aquella invasión íntima una vez más. Fue suavizándola con más besos hasta oír su respiración entrecortada. Pero fue aquel suspiro de placer el que estuvo a punto de hacerle perder el control.

Aunque era él quien llevaba la iniciativa en aquel encuentro, su cuerpo reaccionó a los sonidos de su excitación inocente y cada suspiro enviaba más sangre a su entrepierna, hasta hacerle sentir que iba a explotar.

Deslizó un brazo por sus hombros y luego la levantó, y la besó mientras la llevaba a su catre y se arrodillaba para depositarla encima. Aunque limpio, sabía que le faltaba el nivel de comodidad y lujo al que ella estaría acostumbrada. De pronto se vio abrumado por la idea de poseerla en un catre en una tienda de campaña en mitad de un campamento de armas.

Una dama merecía algo mejor que ser poseída así. Una dama debería ser cortejada y renunciar a su virginidad por propia voluntad. Una dama debería ser honrada y amada con intimidad y comodidades.

Permitiéndose sólo un instante de arrepentimiento por las circunstancias, Brice tumbó a Gillian en el catre y se recostó a su lado, con el brazo aún alrededor de sus hombros. Cuando se vio obligado a renunciar a su boca, le besó la mandíbula y llegó hasta el lóbulo de la oreja. Complacido al notar cómo su cuerpo temblaba, deslizó un dedo por sus labios y fue bajando por el cuello hasta llegar al escote. Gillian emitió un grito ahogado cuando le desató los nudos del vestido y le agarró la mano para que se detuviera.

—Puede que entre alguien —susurró.

Aunque Brice sabía que nadie se atrevería a interrumpirlos, intentó disipar su miedo.

—A no ser que la tienda se incendie, no entrará nadie.

Brice se inclinó una vez más y le besó el cuello mientras seguía desabrochándole el vestido. Acarició sus pechos con los dedos al deslizar la mano por debajo del vestido. Gillian se arqueó cuando le tocó los pezones y tomó aliento mientras seguía acariciándola ahí. Sintió su propio deseo, dispuesto a poner fin al acto a pesar de sus esfuerzos por ir despacio y garantizarle placer a ella.

La miró a la cara y vio que tenía los ojos cerrados con fuerza. Sólo su boca daba muestras de que sus intentos por tranquilizarla estaban surtiendo efecto. Mientras la observaba, Gillian se mordió el labio inferior y luego se lo humedeció con la lengua. Cada movimiento y sonido que hacía le producía escalofríos por el cuerpo y hacía que la sangre le ardiese en las venas. Aunque deseaba arrancarle la ropa y poseerla, se conformó con algo más sutil.

Sin dejar de mirarla a la cara, deslizó la mano hacia abajo y empleó el reverso para acariciarle los pechos, el vientre y luego los muslos. Ella se retorció en sus brazos; su cuerpo inocente respondía a sus caricias a pesar de que probablemente no lo comprendiese. Luego, cuando deslizó la mano entre sus piernas y tocó el lugar que ansiaba ver, ella gritó e intentó incorporarse.

—No, cariño —susurró él—. Dejad que os muestre el placer que puede haber entre un hombre y una mujer. Entre un marido y una esposa —su piel mientras la acariciaba era suave y brillante; y sus piernas, expuestas ya a sus ojos, eran largas y curvilíneas. Estuvo a punto de soltar el vestido cuando ella le agarró la muñeca con fuerza.

—Pueden oírnos, milord. Pueden oír cualquier sonido que hagamos.

Ésa era una de las razones por las que nunca se acostaba con vírgenes; su timidez interfería con el nivel de placer que podían alcanzar. Y un bastardo como él nunca era lo suficientemente bueno como para tener acceso a una virgen, sobre todo una de buena familia como lo era su esposa.

—Os aseguro que tienen órdenes de no molestarnos. E ignorarán cualquier sonido que hagamos, si acaso lo oyen entre todos los sonidos del campamento. No os preocupéis por eso.

Brice colocó la mano sobre la piel desnuda de su muslo y comenzó a acariciar el vello aún oculto bajo el vestido, pero ella dio un respingo y consiguió apartarse de él.

—¿Habéis oído eso? —susurró—. Hay alguien ahí fuera.

Brice escuchó, pero no oyó nada. Si aquello iba a hacer que se tranquilizase, se aseguraría de que los soldados siguieran sus órdenes. Dudaba que alguno se hubiese acercado a la tienda, aun así se puso en pie y se subió los pantalones para ocultar su erección. Se acercó a la entrada, levantó la solapa y se asomó al exterior.

Los guardias estaban en sus posiciones, a varios metros de distancia. No detectó ningún movimiento ni sonido adyacente a la tienda. Cuando se dio la vuelta para decírselo, esperaba que aquello le diese la tranquilidad necesaria para entregarse a él.

No vio acercarse el arma hasta que le golpeó en la cabeza. Pero ya era demasiado tarde.

Cuatro

Gillian lo agarró de la túnica mientras caía y se aseguró de que aterrizara dentro de la tienda. Incapaz de creerse su suerte, dejó la espada envainada en una esquina y buscó su capa. Pasó por encima del caballero inconsciente y se dispuso a escapar de nuevo. Luego se dio cuenta de que Brice no se había movido desde que había aterrizado boca abajo en el suelo.

¿Lo habría matado? No era ésa su intención, pero le había golpeado en la cabeza con la empuñadura de la espada con todas sus fuerzas. Se agachó a su lado, le levantó un hombro y deslizó la mano hacia su boca y su nariz. El calor de su aliento acarició su piel y Gillian suspiró aliviada. No era su intención matar a nadie.

Le soltó el hombro y lo dejó ahí, pues no había tiempo y no tenía fuerza para moverlo. Lo que sí hizo fue quitarle la daga de la pierna, donde le había visto guardarla. Al menos así estaría protegida en su huida. Se asomó al exterior y vio a sus hombres montando guardia a pocos algunos metros de distancia.

Bien. Si era cierto que no prestarían atención a lo ocurrido en la tienda, entonces podría escabullirse y llegar al convento, que estaba a menos de dos kilómetros de allí. Se arrodilló y se arrastró gateando lejos de la tienda hasta llegar al borde del bosque, entonces echó a correr. Cuando llegó al río, giró y siguió corriendo paralela a él, sabiendo que fluía pegado a los muros del convento.

Gillian no miró atrás, no se detuvo, no aminoró la velocidad mientras seguía el río hacia su meta. Cuando atravesó el último grupo de árboles que había entre su destino y ella, se detuvo en seco, incapaz de respirar ni de creer lo que estaba viendo. Una fila de caballeros, todos a caballo, se alzaba entre los muros del convento y ella.

Sintió las lágrimas de frustración acumulándose en sus ojos al darse cuenta de que nunca podría dejar atrás a aquellos hombres. Se inclinó hacia delante y tomó aire en un intento por calmarse. Si esos hombres estaban allí, significaba que su líder sabría dónde pensaba huir. ¡Lo había sabido desde el principio!

Los hombres no dijeron nada, sólo esperaban como si fuera su costumbre perseguir a la esposa de su señor en mitad de la noche. Cuando logró respirar de nuevo, se enderezó, se ajustó la capa y el velo y se preparó para ser arrastrada de vuelta al campamento… y a su marido. Entonces se estremeció, sabiendo que Brice probablemente reaccionaría del mismo modo que su hermano cuando ella había desbaratado sus planes; con ira y castigo. El bretón tenía nuevas formas de castigarla por su ofensa, y ahora temía la noche más que antes.

El sonido de algo moviéndose tras ella en la maleza y el modo en que los soldados se volvieron para mirar hicieron que se le pusiera el vello de punta. Gillian agarró la daga con fuerza y se dio la vuelta hacia los árboles. No fue el tamaño del caballo lo que la aterrorizó, ni la longitud de la espada que apuntaba hacia ella. No, no fueron aquellas cosas, sino la expresión severa y rabiosa del guerrero bretón mientras la miraba.

No había perdido tiempo en ponerse la cota de malla, ni siquiera el casco, y de hecho podía ver la sangre que había chorreado por su sien hasta llegarle al cuello. Tragó saliva y pidió perdón al todopoderoso por sus pecados, pues estaba segura de que su muerte era inminente. Tuvo que hacer acopio de todo su valor para no apartarse cuando él se bajó del caballo y se acercó con paso lento, pero decidido. Gillian se secó las manos en la capa y esperó su destino.

Brice se detuvo a pocos pasos de distancia y pareció darse cuenta de que aún estaba amenazándola con la espada en la mano. Sin dejar de mirarla, envainó el arma.

—Dadme la daga —susurró después con el brazo estirado.

Gillian se había olvidado de que la llevaba en la mano, aún asustada por la rabia de su mirada, y por un momento pensó en la posibilidad de usarla contra él. Pero así sólo conseguiría que la matara antes y además su alma quedaría condenada para toda la eternidad.

Respiró profundamente y le entregó la daga. Apenas tuvo tiempo para verlo, pero un brillo de alivio apareció en la mirada de aquel rostro masculino y fuerte, lo que suavizó su rostro por un instante. Pero entonces regresó la ira.

Uno de los soldados dijo algo tras ella, pero Gillian no logró traducir sus palabras debido a que hablaba muy deprisa. El bretón le respondió en el mismo idioma, pero, ya fuera porque lo hubiera hecho a propósito o porque ella estuviese demasiado asustada, no comprendió tampoco ni una palabra. Finalmente, tras un intercambio de palabras que duró varios minutos, Brice volvió a mirarla y negó con la cabeza.

Gillian buscó algo que decir. Algo que pudiera explicar, o al menos mitigar, lo que le había hecho. ¿Pero cómo explicaba alguien algo así? Sabía lo que había hecho; y él también lo sabía. Lo único que quedaba era que él aplicara el castigo que tuviera pensado. Dado que sabía que la quería viva, Gillian se preparó. Ya había sobrevivido a golpes y latigazos por parte de su hermanastro, así que creía que podría sobrevivir a cualquier cosa que aquel hombre le hiciera.

De modo que, cuando Brice volvió a subirse al caballo, les ordenó a sus hombres que la llevaran con ellos y se alejó hacia el campamento, Gillian sólo pudo quedarse mirando atónita. Hasta que el hocico de un caballo la golpeó en el hombro.

—Vamos, milady —dijo el caballero que iba a lomos del caballo.

Al principio Gillian no entendió nada. Miró a su alrededor y vio que los caballeros seguían allí, algunos más cerca de ella y otros aún pegados a los muros del convento.

—Vamos —repitió el caballero señalando hacia el bosque—. Seguid el mismo camino de vuelta al campamento.

No era que no comprendiese sus palabras, simplemente no comprendía sus órdenes. ¿Tenía que regresar al campamento a pie? ¿Sola? ¿Adónde se había ido su jefe?

—Lord Brice ha dicho que caminéis de vuelta al campamento y que penséis en vuestros pecados mientras regresáis —dijo el caballero llamado Stephen. Los demás se rieron; aparentemente sabían más de sus pecados de lo que a ella le hubiera gustado—. Él os espera allí.

El estómago le dio un vuelco al darse cuenta de que aquél no era su castigo, sólo un preludio de lo que había planeado. Y debía regresar andando para enfrentarse a ello. Negó con la cabeza hasta que el caballero volvió a hablar.

—Ahora, milady —dijo—. De lo contrario, me ha ordenado que os ate a mi caballo y os arrastre hasta allí. No está tan lejos y estoy seguro de que preferís llegar a pie antes que como una vulgar esclava.

Estaba ofreciéndole dignidad, y Gillian decidió aceptarla. Asintió y comenzó a caminar. Así tendría tiempo de pensar en otro plan.

El aire frío pronto se le coló bajo la capa mientras recorría el camino hasta la orilla del río y luego su curso de nuevo. Cuatro caballeros, dos delante y dos detrás, la escoltaban. Aunque su paso era lento para ir a caballo, era lo suficientemente rápido como para que tuviera que esforzarse durante los primeros minutos. Probablemente la causa de su agotamiento fueran los dos días de viaje y los acontecimientos de aquella noche. Y la reciente huida del campamento hacía que le doliesen las piernas.

Se tapó con la capa y se cubrió la cabeza con la capucha mientras se concentraba en colocar un pie delante del otro. Tras algún tiempo, más del que recordaba haber tardado a la ida, llegaron al giro en el sendero que los condujo directamente al camino, y poco después al campamento. En más de una ocasión un caballo la golpeó con el hocico en la cabeza. En más de una ocasión tuvo que pararse para tomar aliento. Y en más de una ocasión deseó poder pensar en una manera de despistarlos a ellos y a su señor.

Pero lo único que podía hacer era caminar y pensar.

Y preocuparse.

Pero no por los pecados que podría haber cometido, como había ordenado su señor, sino por la noche que la esperaba. Y por el día en que las tropas atacasen a su hermanastro y a sus aliados. Cuando divisó las antorchas del campamento, Gillian descubrió que todo lo demás desapareció de su lista de preocupaciones, salvo la de la noche que se le avecinaba. Los hombres la condujeron a la tienda de Brice, que ahora estaba rodeada de guardias, y llamaron a su señor. Al oír la orden, Stephen le hizo gestos para que entrara.

Tras tomar aliento, Gillian se acercó a la tienda y levantó la solapa.

Brice estaba sentado esperando su llegada y pensando en todos los errores que había cometido con lady Gillian de Thaxted. Cuando se le pasó la ira, incluso él pudo ver el parecido con la falsa noche de bodas que había experimentado su amigo Giles, ahora lord Taerford. Y eso no le gustó en absoluto, pues sólo servía para recordarle cómo él había alardeado de que no tendría los mismos problemas cuando reclamara a su esposa.

Ahora, con la cabeza aún dolorida tras recibir el golpe de su propia espada y con su huidiza esposa de pie frente a la tienda, esperaba que aquella debacle no llegase a oídos de Giles ni de su lady Fayth durante algún tiempo. Y con suerte podría recuperarse de aquel desastroso comienzo y encauzar su matrimonio de modo más satisfactorio. Dio un trago a la cerveza que tenía en la jarra y se llevó la mano al chichón de la cabeza para ver si ya había dejado de sangrar. Al ver que no se había manchado los dedos, volvió a beber, con la esperanza de que la cerveza calmase su ira y su dolor.

Oyó la voz de Stephen y esperó a que entrara su esposa. Había elegido alejarse de ella cuando la furia provocada por su desobediencia había estado a punto de hacerle perder el juicio, pues no era un hombre acostumbrado a desatar su ira sobre los demás y no quería empezar a hacerlo. Bueno, tal vez sí quisiera, pero no lo haría.

Gillian entró en la tienda y el espacio pareció comprimirse de pronto. Aguardó sentado en un taburete a que ella lo viera. Su reacción, cuando lo hizo, no fue buena, pues emitió un grito y retrocedió hacia la entrada. Siguió la dirección de su mirada asustada y se dio cuenta de que los trapos ensangrentados que había usado para limpiarse la herida aún yacían en el suelo a sus pies.

—Yo… yo… —comenzó a murmurar ella.

—No finjáis estar arrepentida —le advirtió él, y apartó los trapos de una patada para ponerse en pie—. Queríais escapar, yo estaba en vuestro camino y decidisteis quitarme de en medio.

—Tenéis razón, milord —dijo ella suavemente—. Mi única intención era huir. Y vos estabais en mi camino.

—¿Por qué? ¿Huíais de mí en particular? ¿De este matrimonio? Pronunciasteis los votos frente al sacerdote y a los testigos. Me jurasteis fidelidad. ¿Entonces por qué huís?

—Huía de vos. Huía de este matrimonio. Simplemente huía —contestó Gillian en voz baja.

Brice sospechaba que ella sabía que interceptaría todos sus intentos de escapar al convento, ¿pero por qué no habría corrido hacia la protección de su hermano?

—¿Por qué el convento? —dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando se apartó. Probablemente le tuviese miedo.

—Allí me recibirían bien. La madre reverenda dijo que sería bienvenida en su comunidad.

—¿Y no seríais bienvenida en casa de vuestro hermano?

La expresión angustiada de su rostro le dijo más de lo que esperaba descubrir, pues palideció y los ojos se le llenaron de dolor y de miedo. Brice estiró el brazo, pero ella se apartó. Sin saber cómo proceder con ella, era evidente que estaba agotada.

Ése había sido su plan; hacer que caminara de vuelta al campamento para cansarla y evitar así otro intento de huida. Viendo cómo luchaba por mantenerse en pie e intentaba parecer fuerte, comprendió la fuerza de su orgullo y de su determinación.

Era una oponente digna, pero sería mejor señora para su gente y esposa para él si lograba ganarse su confianza y su cooperación. Aprovecharse de ella en esa tienda de campaña no iba a conseguir eso. No consumar el matrimonio no era una opción, pues si llegaba al convento provocaría un desastre que tardaría años en solucionarse. Y sabía perfectamente que volvería a intentarlo. Aun así, negó con la cabeza y se rindió a lo inevitable.

—Idos a dormir —le dijo señalando hacia el catre.

Gillian se quedó mirando la pila de mantas que habían ocupado hacía no tanto.

—No lo comprendo —dijo.

—Es casi medianoche —explicó él—. Por la mañana nos aguardan nuevos desafíos, así que será mejor que descanséis.

Brice se dio la vuelta y comenzó a recoger los trapos manchados del suelo. Ella permaneció quieta donde estaba. Así que él se acercó al catre, levantó las mantas y le indicó que se tumbara. Como si estuviera preparada para que la atacara a la menor oportunidad, lady Gillian se metió en el catre y se quedó sentada sin dejar de mirarlo. Comenzó a desabrocharse la capa, pero entonces se envolvió con ella y se tumbó.

Brice la cubrió con las mantas y trató de no pensar en su presencia en la tienda. Intentó no pensar en su cuerpo hermoso y femenino bajo esas mantas. Pero sobre todo intentó no recordar el modo en que gemía cuando la acariciaba íntimamente. Pero, cuando Gillian se soltó el velo y el pelo cayó sobre sus hombros, él se excitó al instante y estuvo a punto de perder la batalla.

Al darse cuenta de que su cuerpo estaba listo para poseerla y de que necesitaba una distracción, se entretuvo en terminar su tarea. Debería llamar a Ernaut para que se encargara de todo, pero eso podía esperar hasta por la mañana. Tras guardar su espada donde ella no pudiera alcanzarla fácilmente, recogió los trapos y los lanzó fuera de la tienda. Se ocupó de otras tareas insignificantes sólo para no pensar en levantar las mantas del catre y arrancarle la capa y la ropa para poseerla como deseaba hacer.

Poco después el castañeteo de unos dientes inundó la tienda. Brice se dio la vuelta y se acercó a ella. Vio que todo su cuerpo estaba temblando bajo las mantas. Su propio aliento producía vaho al respirar, y le hizo darse cuenta de que debía de estar helada hasta los huesos.

Era justo el resultado que había querido provocar al obligarla a regresar andando al campamento, pero ahora se daba cuenta de que no le gustaba. Aseguró la entrada a la tienda y, tras guardar la daga debajo del catre, levantó las mantas y se tumbó a su lado.

Dado que ella estaba de espaldas a él, Brice se acercó hasta que tocó su espalda con el pecho, y la rodeó con los brazos para darle calor. Ella reaccionó inmediatamente, se tensó y se quedó completamente quieta. Tan quieta estaba que ni siquiera la sentía tomar aire al respirar.

—Tranquila —le susurró al oído—. Sólo quiero calentaros para que dejen de castañetearos los dientes y así yo pueda dormir algo.

Agarró los pliegues de su capa y la envolvió con ella mientras frotaba la pierna contra la suya para darle calor. Esperó sus protestas, pero ella no dijo nada. Tras pocos minutos, los dientes dejaron de castañetearle. Poco después cesaron los temblores.

—Aunque quería que sufrierais después de lo que hicisteis, no era mi intención que el castigo fuese tan severo —le dijo, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba contra él.

—Y aunque yo quería dejaros inconsciente, no era mi intención causaros una herida tan profunda —respondió ella.

Brice no pudo evitar reírse y soltarla un instante para ponerse boca arriba. Luego volvió a abrazarla para recuperar aquella postura tan cómoda.

—Sospecho que tal vez estemos hechos el uno para el otro después de todo.

Esperaba otra respuesta, pero no obtuvo ninguna; poco después escuchó su respiración profunda y supo que estaba dormida. Él también necesitaba algunas horas de sueño antes de afrontar el siguiente paso con su esposa.

Sabía que Gillian se creía a salvo de sus atenciones, pero aquella prórroga sólo duraría hasta por la mañana. Aunque se hubiera dormido siendo virgen esa noche, no lo sería cuando se fuese a dormir al día siguiente. O cuando se levantaran para afrontar los desafíos por la mañana.

Cinco

Después de que la humedad de la noche permitiera que el frío se le metiera hasta los huesos, Gillian agradeció el calor. Al moverse entre las mantas y la capa se dio cuenta de que también estaba en vuelta por la fuerza del calor. Al oír los sonidos del campamento por la mañana, abrió los ojos y vio a su marido abrazado a ella.

Y mirándola fijamente.

Le llevó unos segundos darse cuenta de sus intenciones antes de que se acercara a ella y la besara. Aprisionada entre las mantas, la capa y sus brazos, apenas podía moverse para apartarse. O eso se dijo a sí misma, pero cuando sus labios se encontraron ya no pudo pensar en otra cosa.

La tenía acunada con un brazo bajo su espalda mientras deslizaba el otro por su vientre hasta apoyarlo en su cadera. La embargaron entonces los mismos sentimientos, el mismo calor que había sentido la última vez que la había tocado así, y su cuerpo comenzó a temblar bajo sus caricias.

—¿Tenéis frío? —le preguntó él suavemente.

—No —contestó ella—. Creo que no — entonces sus caricias exploradoras encendieron un camino de fuego desde su vientre hasta sus piernas—. No —repitió.

Brice sonrió y a Gillian ser le aceleró el corazón. Él deslizó la mano por su cadera y la bajó por su pierna, y respirar se volvió difícil. Pero, cuando le agarró el dobladillo del vestido y de la túnica y comenzó a subírselos, su cuerpo se convirtió en algo que no podía reconocer.

La piel de sus muslos se estremeció bajo el vestido mientras sentía la mano subir lentamente, y toda la sangre del cuerpo se concentró entre sus piernas. En sus diecinueve años de vida nunca había tenido razones para apreciar esa parte tan sensible de su cuerpo, pero ahora, después de sus atenciones la noche anterior y aquella mañana, le dolía de una manera que parecía casi placentera.

Sin esperar su permiso ni sus objeciones, la abrazó y la besó de nuevo; en esa ocasión hasta dejarla sin aliento y sentir su cuerpo pegado a él. Brice se rió contra su boca y siguió tocándola y saboreándola con la lengua, mientras se acercaba cada vez más a ese lugar íntimo.

Gillian sabía lo que pretendía. Sabía que se uniría a ella y la convertiría en su esposa en todos los sentidos, pero todos los argumentos de los que se había convencido a sí misma se evaporaron con el calor de sus caricias. Habiéndolo probado la noche anterior antes de intentar escapar, se preguntaba si lo que la había impulsado a huir sería el miedo a aquel hombre tan provocativo y a los sentimientos que despertaba en su cuerpo. Cuando deslizó los dedos entre sus piernas, Gillian arqueó el cuerpo y se tensó. Experimentó entonces la misma necesidad de escapar.

Intentó apartarse, pero las mantas y su brazo se lo impidieron. A pesar de sus movimientos, Brice no se detuvo en su avance, deslizó los dedos y comenzó a acariciar sus pliegues. Ella apartó la boca de la suya y tomó aliento, dispuesta a forcejear, pero su expresión la detuvo.

Sabía en su corazón que aquél era sólo un hombre, un nuevo noble, que reclamaba lo que consideraba suyo. Se trataba de marcarla de una manera que afectaría a su cuerpo, a su corazón y a su alma; de una manera que le resultaría imposible olvidar o ignorar. Pero, cuando lo miró a los ojos y vio el deseo en ellos, Gillian quiso creer que se trataba de un hombre que deseaba a una mujer… un hombre que la deseaba a ella.

Y de una manera en que ningún hombre la había deseado antes.

Incluso mientras las dudas se agolpaban en su mente para detenerla, se permitió creerlo, pues había pasado demasiados años sin ser deseada por nadie, y el dolor y la soledad de ese estado gritaban para ser exiliados de su alma.

Gillian cerró los ojos y permitió que la besara y la tocara, aun sabiendo lo que ocurriría. Aun sabiendo que nunca podría apartarse si le permitía poseerla.

Brice sintió el momento en que ella se rindió, pues su boca y su cuerpo se relajaron junto a él. No conocía sus razones, pues los intentos de la noche anterior habían terminado con él inconsciente y sangrando, pero su cuerpo lo instaba a dejar de lado las dudas y a reclamarla como suya.

Como su esposa.

Momentos antes, sus actos habían ido orientados a seducirla, pero ahora sólo la tocaba y la besaba para darle placer. Aunque deseaba que la primera vez que hiciera el amor con ella fuese en un lugar más cómodo y con más privacidad, Brice sabía que el resto de sus planes estaban basados en que su matrimonio soportara cualquier desafío de la iglesia o del rey, y eso significaba que no podía esperar.

Le mordisqueó los labios y luego la besó apasionadamente, juntó la lengua con la suya y succionó como pronto haría con sus pechos e incluso con ese lugar en el que tenía puestos los dedos. Ella no abrió los ojos, pero su cuerpo respondió a sus atenciones; al igual que el suyo. Su miembro creció, se endureció y quedó entre sus cuerpos, esperando.

Brice movió la mano y utilizó los dedos para abrirla y acariciarla más profundamente, disfrutando del calor y de la humedad de su cuerpo. Ella jadeó, y volvió a hacerlo cuando él deslizó la pierna entre las suyas.

—Abríos para mí —susurró con una sonrisa—. Dejad que os dé placer, esposa.

De alguna manera Gillian había logrado zafarse de las mantas y agarrarle la mano.

—Vuestros hombres… —susurró—. Nos oirán.

Aunque tenía su mano agarrada por la muñeca, Brice no dejó de moverse y frotó los dedos contra sus pliegues húmedos antes de introducir uno en su interior. Ella gimió y lo miró a los ojos.

—A mí no me importa. Pues nos oigan o no, vais a ser mía —prometió él.

Detuvo las caricias, la miró y esperó su reacción para ver si le permitía seguir; al menos sin luchar, pues estaba preparado para despojarla de su virtud allí mismo, y prefería hacerlo por el método del placer y de la seducción.

Aunque no lo esperaba, fue el cuerpo de ella el que respondió. Se arqueó contra su mano y pidió más. Brice no era tonto, y la miró intensamente para ver si ella accedía. Sus ojos turquesa se oscurecieron en aquel momento y luego se cerraron antes de besarlo. Fue un beso inocente, sólo el roce de sus labios, pero él lo aceptó como un consentimiento y la tocó una vez más.

Encontró lo que escondía entre los pliegues y la tocó para extender la humedad de su excitación con caricias lentas. Ella gimió contra su boca con cada caricia, así que le introdujo dos dedos.

Cuando supo que ya estaba lista, apartó la mano un instante y se desabrochó los pantalones para liberar su erección. Ella murmuró unas palabras, así que, en cuanto volvió a estar listo, la tocó de nuevo. Se colocó entre sus piernas, sustituyó la mano por su miembro y lo restregó contra sus pliegues.

Gillian abrió la boca y comenzó a respirar entrecortadamente. Brice deseó tener más tiempo. Más tiempo para asegurarse de que sintiese todo el placer, pero las exigencias del día seguían su curso, sus hombres se acercaban a la tienda y no podía retrasarlo más. Guió la erección entre sus piernas y la presionó contra ella.

Su cuerpo reaccionó como si fuera un chico joven e inexperto, y la sensación de sus músculos alrededor de su erección hizo que la penetrara con más rapidez de lo que había pretendido.

—Esposa —le susurró al acomodarse dentro de su cuerpo. Se apartó y volvió a penetrarla con un gemido—. Ya sois mía.

Todo el calor, todo el temblor y el estremecimiento que había sentido se esfumó cuando la penetró. En aquel momento su cuerpo detuvo su progreso por el camino del placer que Brice había creado y sintió sólo presión y un ardor intenso mientras la invadía con aquella parte de su cuerpo.

La embistió una, dos, tres veces y luego se detuvo. Su rostro abandonó entonces aquella expresión de deseo y pasión que la había tentado a caer, y se volvió rígido de una manera que ella no entendía. Respiraba entrecortadamente sobre ella; giró la cabeza y no la miró a los ojos. Aunque sujetaba casi todo su peso con los brazos, le temblaban del esfuerzo y Gillian esperó a lo que vendría después.

Esperó a que el placer se apoderase de ella. Esperó a emitir los sonidos que había oído en otras parejas cuando… hacían eso. Esperó a perder el control y dejarse arrastrar por la tentación y el pecado de la lujuria.

Esperó y esperó.

Brice apartó su cuerpo de ella y luchó contra las mantas y la capa para liberarse. Gillian simplemente se quedó mirando con una extraña sensación de distanciamiento, como si contemplara la escena a través de los ojos de otra persona. Si fuera sincera consigo misma, quería llorar por algo perdido, por algo que no había ocurrido, por algo… que no podía identificar.

Cuando Brice aflojó las mantas, ella se sacó la capa de debajo y se bajó el vestido y la túnica. No se atrevía a mirarlo mientras se alejaba del catre, y aprovechó ese momento para levantarse también.

Seguía queriendo llorar.

Era mucho más inquietante porque Gillian nunca lloraba. Vociferaba, gritaba, discutía o maldecía en ocasiones particulares, pero nunca lloraba. Aun así, de pie en mitad de aquella tienda, viéndolo por el rabillo del ojo, la rigidez de su garganta aumentó y el picor de sus ojos amenazó con desatar torrentes. Sólo podría ser peor si él intentaba ser amable.

—Ésta es la tienda de un soldado —le dijo mientras se acercaba con una jarra—. No está preparada para las comodidades de una mujer. Yo…

—Necesito unos momentos de privacidad, milord —dijo ella intentando controlar las lágrimas—. Y necesito aliviarme.

A su hermano siempre le incomodaba su descaro, y a aquel hombre parecía pasarle lo mismo, pues después de entregarle la jarra llena de cerveza, abandonó la tienda unos instantes. Cuando regresó llevaba un jarro, un cuenco pequeño y algunos trapos.

—Si queréis lavaros primero, os acompañaré a un lugar donde…

Sin mirarlo a los ojos, Gillian vio el rubor en sus mejillas, sorprendida de que un hombre como él se sintiera avergonzado por los asuntos íntimos de una mujer. Estiró el brazo, agarró el jarro y el cuenco y los colocó sobre la mesa situada junto al catre. Cuando se dio la vuelta para darle las gracias, sólo vio su espalda al abandonar la tienda.

Luchó contra las lágrimas mientras echaba agua caliente en el cuenco y se preparaba para lavarse. Luchó contra ellas mientras se limpiabas las señales de su virtud perdida. Pero, cuando terminó sus abluciones y miró a su alrededor, al lugar donde había ocurrido aquel evento tan importante y a la vez decepcionante, las lágrimas ganaron la batalla y ella dejó de luchar. Se arrodilló y permitió que fluyeran con la esperanza de aliviar así su dolor y su desilusión. Algunos minutos después oyó la voz profunda de Brice fuera de la tienda.

—¿Lady Gillian? —preguntó—. Os acompañaré si estáis lista.

Gillian suspiró, empleó el último trapo limpio en secarse las lágrimas, se trenzó el pelo apresuradamente y lo ocultó bajo el velo. Suspiró de nuevo, salió de la tienda y se colocó la capa sobre los hombros.

El aire frío la rodeó cuando salió de la tienda. Aunque le pareció que aquéllos que estaban cerca se detuvieron y la miraron al salir, pronto regresaron a sus tareas. Gillian divisó el montón de trapos ensangrentados en el suelo y tiró el que llevaba en la mano con la esperanza de que nadie la viese hacerlo. Dio unos pasos más y vio a Brice con un grupo de hombres, conversando tranquilamente mientras ella se acercaba.

—Buenos días, milady —dijo un joven. Sin levantar la cabeza lo suficiente para que vieran que había estado llorando, asintió. Él hizo una reverencia y sonrió—. Tendré el desayuno listo para cuando regreséis.

—Muchas gracias por vuestra amabilidad, señor —dijo ella suavemente con la esperanza de que Brice la acompañara.

—Nada de «señor», milady —dijo él—. Éste es mi escudero, Ernaut. Se encargará de vuestras necesidades y también podemos buscar a una doncella para que os sirva.

—Será un placer, lady Gillian —dijo el escudero.

—Ahora vamos. Queda poco para la batalla y primero quiero encargarme de vuestra comodidad —dijo Brice, despidió a los otros hombres y le ofreció la mano.

Gillian agachó la cabeza y lo siguió hasta un grupo de árboles que la protegerían de la vista de los demás.

Intentó no pensar en los sentimientos y el placer que había despertado en ella hacía pocos minutos la misma mano que ahora sostenía. Un escalofrío recorrió su cuerpo al recordar la excitación y la pasión. Luego recordó el sombrío final, negó con la cabeza y siguió caminando por el bosquecillo.

Considerando su conducta de la noche anterior, esperaba que se quedara a su lado, pero por suerte no lo hizo. Incluso logró sorprenderla.

—¿Me dais vuestra palabra de que no intentaréis escapar? —le preguntó.

—¿Escapar, milord? ¿Ahora?

—Oui, milady. Ahora. ¿Me dais vuestra palabra de que no intentaréis huir ahora?

Gillian consideró sus palabras y se dio cuenta de que no tenía ningún lugar al que huir después de que la hubiera poseído. Con la virtud intacta, Oremund habría tenido algo con lo que negociar, pero ahora ya no era virgen. Lo miró durante unos segundos y asintió.

—Entonces podréis disfrutar de unos minutos de privacidad y yo os esperaré en la tienda —dijo él antes de alejarse.

Gillian estuvo a punto de perder el equilibrio al darse cuenta de que realmente estaba sola allí. Escuchó, pero sólo oyó los sonidos del campamento a lo lejos y nadie lo suficientemente cerca como para evitar que se fuera. Lo más extraño era que no encontraba en su interior la necesidad de huir.

Se frotó la cara con la mano y supo que ya no era la chica inocente que había buscado refugio tras los muros del convento. Y aunque no se sentía como una verdadera esposa, los acontecimientos de aquella mañana la habían convertido en una a los ojos de la ley y de la Iglesia. A pesar de querer negarlo, su corazón, su alma y su cuerpo sabían que Brice le había robado la virtud.

Con un suspiro, Gillian terminó de hacer sus necesidades y comenzó a caminar de vuelta hacia la tienda. Ya no tenía la oportunidad de evitar las batallas inminentes ni sus resultados. Sólo podía rezar para que se perdieran pocas vidas en la lucha.

Seis

El segundo al mando, junto con su escudero y Stephen estaban de pie bloqueándole el camino cuando se acercó a la tienda. Si su actitud, con lo brazos cruzados y las piernas separadas, no le detuvo, sus expresiones sombrías sí lo hicieron. Aunque Ernaut parecía nervioso por la confrontación, ni Stephen ni Lucais parecían darle importancia.

—¿Cuál es el problema? —preguntó él—. No la he matado ni la he dejado por muerta, si es lo que sospecháis —explicó. Tal vez Gillian le hubiera dejado inconsciente y hubiera intentado escapar la noche anterior, pero aquella mañana ya era su esposa en todos los sentidos y más valiosa para las batallas que su caballo recién adquirido. Aun así lo miraban con odio mientras él aguardaba una explicación para su comportamiento—. Decidme lo que os pasa o regresad a vuestras tareas —les debía algo de flexibilidad por su pasado compartido y su amistad, pero él estaba al mando allí y no dudaría en ejercer su poder.

Los tres hombres intercambiaron miradas y finalmente Lucais dio un paso al frente. Señaló con la cabeza hacia la tienda y preguntó:

—¿Qué ha ocurrido entre la dama y tú, Brice?

—Las cosas normales que ocurren entre un hombre y su esposa —contestó con los dientes apretados. Empezaba a enfadarse; no tenían ningún derecho ni razón a interrogarlo sobre asuntos tan personales—. ¿Por qué me cuestionáis cuando no tenéis derecho a hacerlo?

Ernaut se puso rojo y por un momento pareció tener menos de los catorce años que tenía. Tartamudeó una vez, luego otra, antes de señalar con la mano hacia la tienda. Brice se volvió para seguir su gesto y vio una pila de paños ensangrentados tirados en el suelo. Sin pensar en las implicaciones, asintió y se explicó.

—No sabía que había derramado tanta sangre.

Los tres se le quedaron mirando con expresión de sorpresa, no de comprensión. Brice comprendió entonces lo que debían de estar pensando, pero no tuvo ocasión de explicarse porque la mujer en cuestión se acercó a ellos. Brice les ordenó que se fueran, pero lo ignoraron.

—Milady —comenzó Ernaut—. El día es cálido. ¿Preferís desayunar aquí fuera en vez de en la tienda?

Viendo la escena, con todos los malentendidos, Brice trató de no carcajearse mientras veía a sus hombres intentar calmar la incomodidad de Gillian. Pronto los sacaría de su error, pero les permitió encargarse de la comodidad de Gillian mientras él llevaba a cabo otras tareas, todas en anticipación al ataque inminente al castillo de Thaxted.

Más tarde, cuando el estómago comenzó a rugirle de hambre, se dio cuenta de que su escudero no había regresado, ni con Gillian ni sin ella. Y tampoco le había llevado la comida.

Caminó hacia el centro del campamento, donde los cocineros se encargaban de la comida, y pronto oyó las carcajadas de su esposa. Siguió el sonido y encontró a Gillian sentada en un taburete, cubierta por varias mantas y rodeada de sus hombres.

O más bien entretenida por sus hombres, pues estaban todos de pie a su alrededor, presentándose y contándole sus orígenes mientras le ofrecían carne y queso. Por primera vez tuvo oportunidad de observarla desde la distancia y de presenciar el modo en que sus ojos se iluminaban cuando sonreía y disfrutaba de los placeres de la comida y de la compañía.

Vio el modo en que sus labios se curvaban mientras hablaba y bromeaba con Ernaut, y su cuerpo respondió una vez más a la idea de saborear su boca y de besarla hasta dejarla jadeante y sin aliento. Y también quiso degollar al joven escudero por llamar su atención.

Se dio cuenta entonces de que Gillian comprendía su lengua bretona, pues se reía por algunos de los comentarios y preguntas de Ansel o de Ernaut, e incluso mascullaba alguna palabra de respuesta. ¡Más sorpresas sobre la mujer con la que ahora estaba casado!

Pero mientras se acercaba fue visto primero por algunos de sus hombres y luego por la dama. Todos se quedaron callados. Stephen, Ansel y Lucais se alinearon tras Gillian, con Ernaut a su lado, se cruzaron de brazos y lo miraron con recelo una vez más. Más que sentirse amenazado por semejante acción, se sintió aliviado.

Si aquel día, o en alguna de las batallas, él caía, al menos ya sabía que la apoyarían y la reconocerían como su viuda. ¿Acaso sabía Gillian que tenía aliados? Brice decidió entonces mantener el vínculo entre ellos, incluso a costa de su reputación como hombre que se preocupaba por las mujeres.

—Si ya todos habéis desayunado, hay muchas cosas que hacer, y deprisa —les dijo. No importaba lo que ocurriese, no dormirían allí esa noche.

El momento de desafío silencioso concluyó cuando sus hombres se alejaron para terminar de cargar sus armas en los carros y de desmantelar el campamento, pero no sin antes ofrecerle a su esposa una reverencia y palabras de cariño.

Lady Gillian se quedó allí de pie, tras ser abandonada por sus protectores, y sin decir palabra buscó un cuenco y lo llenó con la avena cocida que borboteaba en el caldero junto al fuego. Se acercó a él y se lo ofreció.

—No creo que hayáis comido aún, milord —le dijo—. Ernaut ha estado ocupándose de mí cuando debería haberse ocupado de vos.

No levantó la vista para mirarlo, pero al menos había dejado de llorar. Brice había visto las marcas de las lágrimas en sus mejillas mientras se adentraban en el bosque, a pesar los esfuerzos de Gillian por ocultar la cara.

—Muchas gracias, milady —respondió él.

—Un hombre ha de llenar su estómago antes de pelear.

Su tono era sereno, pero creyó detectar algo más; rabia, posiblemente, o tal vez miedo. Brice se preguntó qué le habrían contado sus hombres sobre sus planes de arrebatarle Thaxted a su hermano.

—Así es, milady —dijo mientras se llevaba la cuchara a la boca.

Se lo comió todo y deprisa, costumbre en cualquier hombre que viajaba con un regimiento, pues uno nunca sabía cuándo, dónde o cómo se presentaría la siguiente comida. Aunque el rey y su amigo Giles le habían prestado su apoyo, incluyendo provisiones para un mes si era necesario, Brice no podía quitarse esa costumbre.

Gillian se mantuvo de pie frente a él mientras comía, observando todo lo que hacían sus hombres; recogiendo las tiendas, empaquetando las provisiones, preparando las armas y los caballos sin decir nada. ¿Estaría preocupada por el destino de su hermano? ¿O por el suyo propio?

—Las cosas han sucedido muy deprisa durante el último día y hay muchas cosas de las que tenemos que hablar —le dijo mientras le devolvía el cuenco vacío a uno de los chicos que ayudaban a los cocineros—. Y no tenemos tiempo ni un lugar apropiado en el que hacerlo. Me gustaría dejaros aquí, por vuestra seguridad, pero necesito vuestra presencia para convencer a vuestro hermano de que se rinda.

Gillian se rió entonces, con cierto grado de ironía que a él le pareció inapropiado, hasta que se detuvo de golpe. Luego lo miró fijamente y sin dar señales de cuáles eran sus verdaderos sentimientos.

—Mi hermano no se rendirá porque me tengáis como rehén, milord. De hecho, puede que os sugiera alguna manera de matarme.

Brice no sabía qué le sorprendía más; la información que acababa de compartir con él o la actitud despreocupada sobre el odio que su hermano le tenía.

—¿Por qué habría de actuar de manera tan poco decorosa?

—Como habéis dicho, milord, es mejor hablar de eso en otro momento y lugar —se apartó cuando dos de sus hombres quitaron el caldero del gancho—. Estaría encantada de esperaros en el convento, milord.

Entonces fue Brice quien se rió.

—Sois persistente, milady —dijo inclinando la cabeza—. Pero vuestro lugar está conmigo — lo pensó por un momento y le hizo otra pregunta, una que lo había confundido tras saber de la resistencia de su hermano y de su hostilidad hacia ella—. El testamento de vuestro padre os nombraba heredera del lugar. Si sois la heredera de vuestro padre, y el rey os ha entregado a mí en matrimonio, ¿cómo puede vuestro hermano justificar su lucha? —hasta el más testarudo y estúpido de los hombres vería que Brice tenía más poder y el derecho legal a quedarse con el lugar tras haberse casado con Gillian.

—Dejando de lado la verdad, mi hermano siempre ha creído que mi madre embrujó a mi padre para nombrarme su heredera. Y, dado que mi hermano es el único hijo legítimo nacido de mi padre y de su esposa, muchos están de acuerdo con él en lo referente a Thaxted y luchan por su honor en ese aspecto.

Brice se quedó con la boca abierta, pero enseguida la cerró. Aparentemente el obispo no le había contado todo sobre aquella dama. No se le ocurría nada que decir mientras pensaba en los muchos y posibles problemas para sus planes que dejaba al descubierto aquella revelación.

Vio entonces que Gillian se había quedado mirándolo, probablemente observando y disfrutando de su turbación. Las comisuras de aquella boca adorable amenazaban con romperse en una sonrisa, pero agachó la mirada y luchó por controlarlo. No le cabía duda de que se había guardado esa información a propósito, a la espera de un buen momento para usarla.

Como acababa de hacer.

—¡Ernaut! —gritó con fuerza, lo suficiente para asustar a Gillian, que dio un respingo. Acababa de recuperar la compostura cuando su escudero apareció corriendo.

—Milord —dijo el chico con una reverencia.

—Llévate a la dama a mi tienda y encárgate de que lo tenga todo preparado para nuestra partida —le dijo Brice. Cuando Ernaut comenzó a alejarse con Gillian, lo agarró del brazo y lo acercó a él—. ¿Te has deshecho de esos…? —no terminó la frase.

Ernaut se sonrojó y asintió a modo de respuesta antes de alejarse. Gillian lo siguió, pero no dejó de mirar hacia atrás hasta que desapareció al doblar el camino que conducía a la tienda. Llamó a sus amigos más cercanos y se fue a buscar al padre Henry… y algunas respuestas.

Horas más tarde, armados y a lomos de los caballos de camino a Thaxted, Brice seguía sin estar seguro de cómo se desarrollaría todo. Aunque el sacerdote le había asegurado que tenía más poder que cualquier otro, Brice comprendía más sobre la negativa de Oremund de Thaxted a renunciar a las tierras y al castillo. Con el respaldo del rey, cualquier reclamación pasada o futura podría ser atendida o ignorada, pero el coste de tales batallas sería alto.

Miró hacia atrás y vio a Gillian cabalgando entre sus nuevos protectores. Aunque mantenían la voz baja, los veía hablar mientras avanzaban. Ella no le sonreía a él así. No iniciaba conversaciones entre ellos. No… Suspiró y negó con la cabeza. Volvió a mirar al frente e intentó concentrarse en la inminente batalla.

No tardaron mucho en encontrarse con el resto de su ejército, acampado no lejos de los muros que rodeaban la fortaleza de Thaxted. Entre sus hombres y los que le habían dejado el rey y su amigo Giles, no debería haber ningún problema en hacerse con el lugar.

No pudo evitar advertir la expresión de miedo y de preocupación de Gillian cuando se acercó a ayudarla a bajar del caballo. Él podía comprender esos sentimientos; su esposa se mantendría al margen y vería cómo su marido destruía su hogar y al último miembro de su familia. Al menos habría entendido esos miedos antes de que le hablase de la animosidad entre su hermanastro y ella.

Ahora, sin embargo, al ver el brillo de culpa en sus ojos, le preocupaba qué otros secretos ocultaría y cuándo serían revelados.

Siete

Gillian casi sentía pena por él.

Por su incomodidad cuando sus hombres descubrieron la sangre de su herida y la confundieron con la de ella.

Por su confusión y su rabia cuando sus hombres se pusieron de su lado y le ofrecieron su apoyo.

Por su completa sorpresa al descubrir que su mujer era una bastarda y poco poder tenía sobre las tierras que planeaba arrebatarle a su hermano.

Sentía pena por aquéllos que morirían en lo que sin duda sería un intento infructuoso por expulsar a Oremund de sus tierras.

Mientras caminaba por el campamento de lord Brice aquella mañana, escuchando y preguntando a sus hombres para estimar cuál era su fuerza, todo apuntaba al desastre cuando comenzara la batalla contra su hermanastro y sus aliados. Luego, hablarle de la futilidad de sus planes, aun teniéndola a ella como esposa, había empeorado las cosas y no le había dirigido la palabra desde entonces.

Sólo habían tardado unas pocas horas en desandar sus pasos desde Thaxted, pero al llegar a la cresta de la última colina y comenzar a descender, Gillian estuvo a punto de quedarse sin aliento.

Había un ejército entre Thaxted y ellos.

Probablemente doblasen en número al grupo con el que ella viajaba, y estaban esparcidos alrededor de la fortaleza como si fueran un segundo muro, impidiendo que cualquiera entrara o saliera. Al buscar la zona junto a la parte norte del muro, se dio cuenta de que nunca habría escapado si hubiera esperado un día más.

Los saludos de los hombres que estaban a su alrededor mientras se acercaban a sus camaradas le recordó su intento fallido de escape. Luego Brice se acercó a ella con expresión sombría.

Se estiró para ayudarla a bajarse del caballo y sus manos se deslizaron por sus costillas hasta que reposaron bajo sus pechos. Aunque se había quitado los guantes de metal, llevaba los de cuero debajo, lo que probablemente evitaría que sintiera su contacto, pero eso no evitó que su piel reaccionara. Se le endurecieron los pezones tanto como cuando se los había acariciado la noche anterior.

Con las manos apoyadas en sus hombros, lo miró a los ojos y vio cómo su mirada marrón se oscurecía hasta casi volverse negra. Y en aquellos ojos vio el brillo que indicaba que se daba cuenta de su reacción. Brice permitió que se deslizara hasta el suelo, mucho más lentamente de lo que consideraba necesario.

—Haremos eso cuando no lleve cota de malla y armadura, milady —le prometió con voz profunda.

Aparentemente estaba más satisfecho que ella con el encuentro de aquella mañana. ¿Acaso los hombres se contentaban con unos pocos momentos de placer? A juzgar por su promesa apasionada, parecería que pretendía repetir el acto con ella. Sin importar lo que ella pensara, su cuerpo tenía ideas propias, y sintió cómo un torrente de calor se extendía por su piel al sentir sus manos bajo los pechos.

Fue tal el calor que estuvo a punto de agarrarlo para que la abrazara, antes de darse cuenta de lo que significaría aquel comportamiento. La suerte estuvo de su parte, pues el joven Ernaut los interrumpió cuando llamó a Brice.

—¿Milord? —dijo desde detrás de él. Cuando Brice no respondió ni apartó la mirada de ella, el chico gritó con más fuerza—. ¡Milord Brice!

Brice la soltó entonces y se apartó con tanta rapidez que Gillian estuvo a punto de perder el equilibrio. Antes de darse la vuelta para mirar a su escudero, le susurró una advertencia; una que la sorprendió por lo descabellada y por lo ferviente.

—Ni se os ocurra coquetear con mis hombres. Sois mi esposa y ninguno de ellos os apoyará si yo no se lo ordeno.

Lo único que logró impedir que le diera una bofetada por haber ofendido su honor fue él hecho de que le agarró la muñeca con un movimiento rápido. Se la agarró justo cuando empezaba a levantarla y la libró de más lesiones, aunque no del dolor de sus acusaciones. Cuando intentó soltarse, él la agarró con más fuerza.

—Durante el último día me han perseguido, me han hecho prisionera, me han atado, me han casado contra mi voluntad, me han quitado la virtud sin importar lo que yo pudiera pensar y ahora me insultáis, milord —utilizó la otra mano para soltarle los dedos y dio un paso atrás, temerosa de intentar abofetearlo de nuevo—. He intentado mantener mi virtud intacta a pesar de los esfuerzos de mi hermano por encontrar a alguien que me comprara. Me he resistido a hombres más grandes y fuertes que los vuestros para mantenerme pura, como le prometí a mi padre. ¿Creéis que me deshonraría a mí misma, o al recuerdo de mi padre, porque vos encontrasteis la manera de arrebatármela? Bastarda o no, sajona o no, no soy ninguna prostituta que se abra de piernas ante cualquiera.

Gillian tomó aliento entonces, pues las palabras le habían salido con tanta rapidez y tanta fuerza que no había respirado mientras hablaba. Se ajustó el velo y la capa y se preparó para ser castigada cuando levantó la cabeza y descubrió la razón de aquel silencio. No creía haberle levantado la voz a Brice, pero al parecer había hablado lo suficientemente fuerte para que los demás la oyeran.

La cara de su marido adoptó entonces una expresión que le recordó a la de Oremund, cada vez que ella intentaba escapar a su control y a sus planes. Sus ojos brillaban con furia y algo que no lograba identificar. Cuando agarró la empuñadura de la espada, Gillian se preguntó si se enfrentaría a la muerte por semejante explosión.

Unas gotas de sudor comenzaron a resbalar-le por el cuello y por la espalda. Cada vez le costaba más trabajo respirar y buscó la manera de salir de aquella situación tan humillante y peligrosa. ¿Debería rogarle perdón? Se secó las manos en el vestido. ¿Debería someterse a él delante de sus hombres? Se estremeció al pensar en los latigazos y los golpes. El silencio se alargó hasta hacer que temblara de preocupación.

Lord Brice rompió el momento al darse la vuelta y mirar a aquéllos de sus hombres que tenía más cerca. Apartó la mano de la espada, se quitó el casco y se lo entregó a Ernaut, que estaba de pie a su lado.

—Empiezo a entender por qué Oremund de Thaxted no quiere que vuelva.

Gillian decidió que aquél no era el momento ni el lugar en el que quería morir, así que aceptó su comentario como lo que era; una manera de calmar la tensión entre ellos y de salvar su dignidad ante sus hombres. Y, como ella misma había aprendido de pequeña, los hombres atacaban cuando se sentían desafiados o inferiores. En esa ocasión había sido con palabras y no con golpes. Gillian tragó saliva y se aclaró la garganta. Hizo una reverencia y capituló.

—Así es, milord —dijo, y trató de formular una disculpa que no se le atragantara ni resultara ofensiva.

Pero sus palabras fueron interrumpidas por su partida, pues, mientras permanecía mirando al suelo, Brice se dio la vuelta y se alejó como si ella no importara. Sus hombres lo siguieron hasta que se quedó sola con Ansel.

—Si queréis venir conmigo, milady, puedo llevaros a vuestra tienda —dijo el soldado ofreciéndole la mano para ayudarla a levantarse.

Gillian aceptó su ayuda y Ansel la condujo a través del campamento, que con el añadido de los hombres de lord Brice ahora era aún más grande.

Se alejaron de Thaxted hasta llegar a la linde del bosque donde el terreno se inclinaba considerablemente; tanto que impedía que alguien pudiera acercarse a la tienda por detrás, o que huyera en esa dirección.

¿Lo habría planeado Brice así por ella?

Tal vez nunca lo supiera, pues estaba segura de que no había acabado con ella. Y la furia que había visto en sus ojos se igualaba, o incluso sobrepasaba a la que había visto en la mirada de Oremund tras su último intento de escape.

Le había llevado una semana levantarse de la cama tras los golpes.

Ansel abrió la tienda y le permitió entrar primero. Gillian miró a su alrededor y vio que estaba tan ligeramente amueblada como la anterior. Sin importar su nuevo estatus, lord Brice se veía a sí mismo como siempre se había visto; un guerrero sin dinero que luchaba para el duque.

Se sentó en el camastro y se apoyó en uno de los postes de la tienda. Supo entonces que Brice no regresaría hasta mucho más tarde para enfrentarse a ella. Lo único que sabía con certeza era que, si la mataba, nunca sabría de la dote que su padre le había proporcionado y ocultado antes de morir.

Aun así ella seguía siendo pobre, pues lo que era suyo ahora le pertenecía a él como su marido. Si es que acaso lograba encontrarlo.

Tonto.

Estúpido.

Un maldito estúpido.

Brice se maldecía a sí mismo de todas las maneras posibles por haber perdido el control de su ira, de sus pensamientos, incluso de sus estrategias y de sus planes, desde que conociera a lady Gillian de Thaxted el día anterior.

¿Sólo había pasado un día?

Si sólo había pasado un día y ya había tenido ganas de estrangularla y de exiliarla una docena de veces desde que la conociera, ¿cómo iban a sobrevivir una semana? ¿O toda una vida juntos? Desde que la había encontrado en aquel camino, huyendo de él, su cuerpo había sufrido, su reputación había sufrido y hasta su mente había sufrido.

Por no hablar de su orgullo.

Brice sabía que Gillian no había quedado satisfecha después de su primer encuentro sexual. Había decidido hacerlo cuanto antes y se había olvidado de darle placer. De modo que, debido a las prisas, su primera experiencia con su marido, un hombre que tenía mucha experiencia con las mujeres, había sido un desastre.

A pesar del modo en que lo había desafiado ante sus hombres, Brice había pasado todo el día oscilando entre la lujuria y la rabia, entre el orgullo y el miedo, y entre todas las demás reacciones que un hombre podía tener ante los hechos acaecidos. Pero, por encima de todo, una parte de él deseaba borrar la culpa y el miedo de sus ojos y calmar su dolor.

Sir Gautier les había dicho que siempre era más fácil reconocer los propios defectos en otra persona. Y más fácil culpar a otros por los propios errores. El padre de Simon, que había acogido a tres bastardos junto con su propio hijo biológico, había sido un hombre sabio y había compartido esa sabiduría con los chicos que había educado.

Mientras caminaba de un extremo al otro del campamento, saludando a los caballeros, a los soldados y a los arqueros que lucharían por él y por sus derechos, sólo había podido pensar en ella. En dos ocasiones había tenido que contenerse para no regresar a la tienda a ver cómo estaba. Y en otras tres ocasiones se había quedado de pie, mirándola, pues Gillian había convencido a Ansel para que le permitiera quedarse fuera de la tienda. Al principio había pensado en obligarla a meterse dentro, por su seguridad, pero luego advirtió que parecía disfrutar del calor del sol y de la suave brisa del día. Ya era casi de noche cuando terminó los preparativos para la batalla del día siguiente y pudo regresar a la tienda.

Había otro guardia en el lugar de Ansel, que le saludó con la cabeza cuando pasó por delante. Brice respiró profundamente y se preparó a entrar. El susurro de advertencia del guardia lo detuvo.

—La dama ha pedido hablar con el padre Henry, milord. Ansel no ha visto razón para negarse —explicó—. Acaba de terminar de confesar a los hombres y ha llegado hace unos minutos —el guardia señaló hacia la tienda para señalar que el sacerdote estaba dentro.

Tras entregarle sus armas y el casco al guardia, Brice se quedó allí de pie, en silencio, intentando escuchar algo de la conversación que estaba teniendo lugar entre su esposa y el sacerdote. En ningún momento creyó que el motivo de la petición fuese una simple confesión de pecados. Y las palabras que logró entender nada tenían que ver con los pecados de su esposa, sino con los suyos propios. Levantó la solapa y entró en la tienda para poner fin a la conversación de inmediato.

—Milord —dijo el padre Henry mientras se levantaba de la banqueta en la que estaba sentado—. Venid con nosotros —el anciano se echó a un lado para permitirle ir con su esposa—. Estábamos hablando de vos.

—¿Hablando de mí, padre? ¿Y qué le habéis contado a mi esposa de mí?

Antes de que el sacerdote pudiera responder, Gillian se puso en pie y habló.

—Milord, he pedido hablar con el buen padre porque apenas recordaba nada de nuestra boda y deseaba confirmar los detalles de nuestro contrato.

Brice advirtió que sólo lo miró un instante antes de mirar por encima de su hombro, y luego a sus manos, pero nunca a sus ojos.

—¿Y ha logrado responder a vuestras preguntas?

—Sí, milord —contestó ella apenas con un hilillo de voz.

—Milord —dijo el padre Henry—. Brice — cambió el tratamiento a uno menos formal—. Lady Gillian no quería ofenderte al preguntarme.

Brice frunció el ceño. Obviamente los dos pensaban que su conversación le enfurecería y temían su reacción. De la dama, teniendo en cuenta su último encuentro, podía entenderlo, pero no le había hecho nada al sacerdote ni a nadie más en su presencia para provocar esa reticencia.

—Y no me ofendo. Aunque creí que querría confesar sus pecados y arrepentirse de ellos — dijo Brice, y tuvo que hacer un esfuerzo por no reírse. Ella ladeó la cabeza ligeramente, pero lo suficiente para ver el brillo de rabia en sus ojos.

—Solía confesarme diariamente, milord. Hasta que nuestro sacerdote se fue y no tuve a nadie que escuchara mis pecados —la voz y el tono fueron suaves, pero sus ojos mostraban cómo se sentía realmente.

En ese momento Brice se dio cuenta de que prefería a aquella esposa furiosa y desafiante antes que a una solemne y asustada. A la luchadora que le había dejado inconsciente y no una que besara el suelo a sus pies.

—¿Habéis comido ya, padre? —le preguntó al sacerdote—. ¿Queréis quedaros con nosotros? —en ese momento entró Ernaut con una fuente de carne, quesos y pan.

El viejo clérigo miró a su esposa y luego a él antes de hablar. Brice sentía su deseo hacia Gillian latente bajo la piel, como desde el primer momento en que la viera. ¿Sería igual de evidente para el padre Henry? ¿Se daría cuenta de que lo único que deseaba era arrancarle la ropa a su mujer y hacerle el amor durante el resto de la noche?

El sacerdote se aclaró la garganta y negó con la cabeza.

—El joven Selwyn se encarga de mi cena, milord. Pero gracias por la oferta —se dirigió hacia la salida, pero se detuvo un instante—. Brice, si quieres, puedo quedarme con lady Gillian durante… —el padre miró a Gillian preocupado antes de continuar—… mañana.

—Valoraría vuestra compañía, padre —respondió la dama en cuestión—. Pero temo que os necesitarán en otros lugares durante la batalla.

Para encargarse de los heridos y moribundos, pensó Brice. Ambos lo miraron y él asintió.

—Estoy seguro de que la dama os ayudará en vuestro trabajo mañana, padre. Parece el tipo de mujer que prefiere trabajar y estar ocupada a esperar.

—Entonces os dejo con mi bendición.

El sacerdote agachó la cabeza y murmuró unas palabras en latín antes de concluir con el signo de la cruz y abandonar la tienda para dejarlos solos. Brice le indicó a Gillian que se sentara y disfrutara de la comida y de la bebida que Ernaut había dispuesto sobre la mesa. Sin dejar de mirarlo, ella se sentó y lo esperó. Brice sirvió un poco de cerveza y le entregó una jarra.

Comieron tranquilamente, pero la tensión entre ellos iba creciendo a cada segundo. Cuando se terminaron la cerveza, Brice llamó a Ernaut para que recogiese la fuente y le ayudase a quitarse la cota de malla.

Cuando el escudero se marchó, Brice se quitó la túnica y las mallas que llevaba bajo la protección metálica y las colgó en una esquina de la tienda para que se secaran antes de volver a necesitarlas para la batalla. Luego se volvió hacia ella e imaginó que se daría la vuelta para no ver cómo se desnudaba. Estuvo a punto de sonreír cuando le mantuvo la mirada por un instante.

Brice se quitó la túnica interior, se desabrochó el taparrabos que llevaba bajo las mallas y se aflojó las ligas de las piernas. Le dio la espalda y comenzó a lavarse al tiempo que sus respiraciones se convertían en el único sonido.

Miró por encima del hombro y vio que Gillian finalmente había apartado la mirada. Terminó de lavarse y se agachó para alcanzar el paño de lino para secarse. Se lo anudó a la cadera y vio el rubor en las mejillas de su esposa a pesar de no estar mirándolo. Cuando se volvió hacia él, Brice vio cómo sus ojos se agrandaban. Y su boca, aquélla con la que había estado soñando todo el día, se abría y se cerraba como si estuviera intentando hablar, a pesar de no emitir sonido alguno. Al mirar hacia abajo vio la evidencia de la reacción de su cuerpo al estar cerca de ella y prácticamente desnudo. Y ella también la vio.

Había vuelto a excitarse pocos minutos después de estar con ella aquella mañana y cada mirada o cada palabra que pronunciaba hacían que su erección permaneciera durante todo el día. En aquel momento, ver aquellos ojos abiertos que lo contemplaban no hizo sino aumentar su deseo y su erección.

Ocho

Lo único que había evitado que se cayese era el hecho de estar ya sentada. Gillian sintió que las mejillas se le ruborizaban y levantó la mano para tocárselas. Brice se había desnudado con tanta rapidez que ella no había podido protestar.

Aquélla debía de ser su costumbre; la de quitarse la cota de malla y desnudarse para lavarse antes de dormir. Y no parecía importarle su presencia.

Sin embargo su cuerpo había reaccionado; se le había quedado la boca seca y los pulmones no parecían capaces de llenarse de aire. Sentía el sudor en el cuello y en el valle entre sus pechos. Y notaba el cosquilleo en aquel lugar entre sus piernas, al igual que en los pezones. Se puso en pie y estuvo a punto de correr hacia la entrada de la tienda.

No deseaba más que un paño frío que llevarse a la cara para calmar el ardor de sus mejillas, pero el único paño para lavarse de la tienda lo tenía él. Terminó y se envolvió una toalla alrededor de la cintura antes de entregarle el cuenco de agua sucia a Ernaut y de darle unas instrucciones apresuradas en voz baja. Luego se dirigió a ella.

—Ernaut os traerá ahora agua limpia. ¿Necesitáis algo más antes de iros a dormir?

Tal vez fuera el tono de su voz, o el atractivo masculino de su cuerpo bien formado, o quizá su aparente y absoluto interés en la parte física del matrimonio.

Fuera cual fuera la razón, la necesidad de soltarse la capa y de desatarse los lazos que restringían su respiración estuvo a punto de acabar con el poco sentido común que poseía en aquel momento.

—No —consiguió contestar.

Brice se estremeció entonces y se le puso la piel de gallina.

—¿Acaso nunca hace calor en vuestra querida Inglaterra? El frío es capaz de encogerle a un hombre el… —se carcajeó en voz alta y frunció el ceño como si buscara otra palabra para aquélla que Gillian sabía que quería decir—. Tras pasar un invierno aquí, echo de menos las tierras de Bretaña.

—Entonces tal vez deberíais vestiros, milord —sugirió ella, y aceptó el cuenco de agua caliente que le entregó Ernaut. El rubor en la cara del escudero junto con el inmediato silencio que se creó en la tienda le hicieron darse cuenta de su error. Era evidente que lord Brice no tenía intención de vestirse. Ernaut tosió varias veces y salió de la tienda sin volver a mirarla.

Lord Brice tampoco volvió a hablar. Organizó sus prendas, sus botas y su espada y luego se acercó al camastro de la esquina. Cuando Gillian se atrevió a mirar en su dirección, él parecía ajeno a su presencia. Pero, cuando hubo terminado de lavarse y estaba lista para irse a dormir, vio que estaba tumbado con los brazos detrás de la cabeza, simplemente observando sus movimientos. La toalla que le había ofrecido cierta decencia tras exhibir su cuerpo yacía arrugada en el suelo junto al catre, y aquello significaba que estaba desnudo bajo las mantas.

Gillian esperó y esperó a que él rompiera la tensión, hasta que le dijera dónde dormir o lo que esperaba, pero no lo hizo. Finalmente intentó ser más descarada de lo que le apetecía.

—No sé lo que esperáis de mí, milord —dijo con voz temblorosa.

Él sonrió, levantó las mantas y dejó ver más de su anatomía.

—Venid a la cama.

—No estoy preparada para dormir —respondió ella, más despierta de lo que lo estaba antes. La visión de su piel y los recuerdos de sus caricias y de sus besos bajo las mantas la noche anterior y esa mañana inundaron su mente e hicieron que dormir fuera lo último en lo que pensara.

—Venid a la cama —repitió él sin dejar de sonreír.

—No sé qué esperáis de mí —repitió ella. Sentía que la confianza en sí misma se le escapaba debido a los cambios que habían tenido lugar en su vida en un solo día, y notó cómo las lágrimas amenazaban con brotar. Brice se incorporó, se llevó las rodillas al pecho y apoyó en ellas los brazos.

—En estas horas antes del amanecer, sólo busco algo de consuelo en los brazos de mi esposa. Si sobrevivo a la batalla de mañana, encontraremos la manera de conseguir el resto.

Aunque ya no era inocente, Gillian no sabía cómo aproximarse a aquel extraño que era su marido. No era capaz de entender qué esperaba de ella.

—Quitaos la capa y venid conmigo, milady —dijo él con voz profunda—. ¿O tenéis por costumbre dormir con esa ropa?

A decir verdad, sí. A veces necesitaba dormir con muchas capas de ropa, por comodidad o por seguridad, pero él no necesitaba saber esas cosas.

—No con la capa —contestó, y probablemente desveló más cosas de las que debería. Él frunció el ceño antes de que ella negara con la cabeza para evitar que hiciera más preguntas—. No, milord.

—Brice —dijo él volviendo a levantar las mantas—. Llamadme por mi nombre cuando estéis en mi cama.

Gillian decidió que necesitaba coraje para meterse en la cama, cerró los ojos y dejó caer la capa a sus pies. Tras quitarse el velo, se sacó el vestido por encima de la cabeza y quedó desnuda, salvo por los zapatos y las medias. El vello se le erizó inmediatamente al sentir el frío de la tienda y los pezones se le endurecieron.

—Milady —dijo él a modo de invitación.

Gillian capituló, ya fuera por el frío de la tienda o por el calor de la invitación, se arrodilló sobre el camastro y se encontró entre sus brazos segundos más tarde.

Fingiendo una valentía que no sentía, Gillian intentó aliviar la tensión entre ambos.

—Y tú deberías llamarme Gillian cuando estés en mi cama.

Él se apartó y la miró como si no pudiera creer sus palabras.

—Muy bien, Gillian —respondió. Luego agachó la cabeza y la besó; y Gillian se olvidó de palabras, de nombres y casi de cómo respirar.

De mujer asustada a descarada, Gillian se había transformado delante de sus ojos. Brice había reconocido el miedo de una mujer inocente en su mirada cuando se había desnudado y se había lavado delante de ella. Pero luego, al darle tiempo y espacio, parecía haberse relajado en su compañía y se permitía aceptar lo que había ocurrido y lo que ocurriría entre ellos. Que hubiera admitido que no sabía qué hacer le resultaba conmovedor, pues revelaba una vulnerabilidad que probablemente ocultase ante los demás.

La colocó bajo su cuerpo, comenzó a devorar su boca como llevaba todo el día queriendo hacer y se dio cuenta de que quería que aquella noche fuese especial para ella. Tan especial como no lo había sido la anterior. Y lo suficientemente especial para que la recordara por si acaso era la última.

Gillian se abrió a él, pero dejó las manos quietas a los lados, sin tocarlo. De modo que Brice se inclinó y guió una de ellas a su cintura. Mientras saboreaba las profundidades ardientes de su boca, sintió la otra mano deslizarse por su piel hasta llegar a su cadera. Apartó entonces la boca y cubrió de besos su cuello y sus hombros. Cuando ella movió las caderas contra su erección,

Brice deslizó la mano hacia abajo y la colocó sobre su vientre.

«Lento y con calma», ése era su lema aquella noche; aunque le costara trabajo, pensaba darle placer antes de buscar el suyo propio. Sus reacciones inocentes a sus besos y a sus caricias hicieron que fuera casi imposible, al igual que la sangre que se calentaba en sus venas y el ansia que le provocaba. Su erección creció más y la frotó contra su muslo para disfrutar de la fricción. No sería tan placentero como el roce de su mano o la estrechez de su interior, pero por el momento sería suficiente.

Brice descubrió que los pechos de Gillian eran muy sensibles, de modo que se inclinó y los besó. Luego centró la atención en sus pezones hasta que se endurecieron. Se metió uno en la boca, succionó y lo mordisqueó suavemente. Ella gimió y le indicó con sus jadeos que continuara. Él obedeció y sonrió contra su piel suave.

Cuando Gillian se retorció contra su mano y él estuvo a punto de perder el control, deslizó los dedos entre sus piernas y encontró el lugar húmedo y caliente. A la primera caricia, ella apretó las piernas, pero poco a poco, a medida que frotaba e iba introduciendo los dedos entre sus pliegues, fue abriéndolas y pudo acariciarla más íntimamente.

Pronto Gillian comenzó a estremecerse bajo sus manos y su boca. Brice levantó la cabeza a pesar de sus gemidos y la besó en la boca. Con movimientos cada vez más fuertes, la llevó al límite del placer e hizo que lo sobrepasara. Sabía que aquello era nuevo para ella, así que siguió.

—Vamos, Gillian. Deja ir a tu cuerpo —le susurró sin dejar de mover la mano entre sus piernas.

Cuando sintió que comenzaban los primeros espasmos en su interior, abrió los pliegues de sus labios inferiores y acarició su clítoris. Su reacción fue inmediata y sus esfuerzos merecieron la pena. Gillian se aferró a sus hombros al sentir el placer y su cuerpo se convulsionó entre gemidos. Poco después Brice notó cómo su cuerpo se relajaba entre sus brazos y vio que abría los ojos.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó ella. Aún jadeante, se apartó algunos mechones de pelo de los ojos.

—Eso es el placer —contestó él—. ¿No lo habías experimentado antes?

Gillian se convulsionó una última vez y Brice se excitó en respuesta. Ella se dio cuenta, pues suspiró al notar el movimiento contra su cadera.

—No has… —comenzó a decir.

—Aún no —dijo él, y apretó los dientes para controlar la necesidad de penetrarla.

—¿Por qué no? Creí que querías… consuelo.

Brice se apartó de ella un instante. Hablar de lo que deseaba hacer mientras estaba lo suficientemente cerca para hacerlo y mientras intentaba no hacerlo ya era demasiado difícil cuando podía sentir su piel caliente y los latidos acelerados de su corazón. Cualquier palabra que hubiera querido decir se evaporó en su mente cuando Gillian se giró sobre su costado y lo miró.

—¿Necesitas ayuda? Imagino que repetir el… acto de esta mañana tan pronto debe de ser difícil —dijo ella. Al principio Brice pensó que bromeaba, pero el brillo de preocupación en su mirada le dijo que estaba siendo sincera—. ¿Qué debo hacer para ayudarte?

Brice estaba en el cielo y en el infierno, pues su esposa resultaba tentadora sin conocer su propio atractivo. Sabía poco de lo que ocurría entre un hombre y una mujer. Daría las gracias más tarde por tener una mujer así, pero por el momento intentó recordar cómo hablar cuando lo único que quería hacer era colocarse sobre su cuerpo desnudo y poseerla hasta olvidarse de todo lo demás.

—Tócame —fue todo lo que pudo decir.

Cerró los ojos y dejó de respirar cuando ella estiró la mano para tocarlo. Esperar el primer roce de sus dedos le llenó de una anticipación que no era habitual en él. Sintió la caricia en sus pezones hasta que se endurecieron.

—¿Te duele? —preguntó ella. Brice observó que no se detenía mientras preguntaba, y deslizaba los dedos por su piel para tocar el otro.

—No —contestó con un gemido, deseando que tocara otra parte de su cuerpo y rezando para que no lo hiciera.

Luego Gillian cerró los dedos y deslizó la mano por su pecho hasta llegar al abdomen. Jugueteó con el vello que allí había, pero se detuvo antes de tocar su erección. Ésta reaccionó como si la hubiera tocado y Brice no pudo evitar que su cuerpo se arqueara hacia ella. Pero Gillian no tocó su miembro, y en vez de eso deslizó los dedos por su muslo de arriba abajo.

Brice utilizó la mano libre para agarrar la suya y colocarla en el lugar que realmente deseaba, incapaz de resistir la tentación por más tiempo. Gillian pareció sorprendida, pero aun así rodeó su miembro con la mano. Fue entonces el turno de Brice para gemir mientras ella movía la mano arriba y abajo por su erección.

Justo cuando empezaba a creerla capaz de llevarlo al clímax de esa manera, pues era muy eficaz a pesar de la inexperiencia, Gillian apartó la mano. Brice habría rogado en aquel momento de placer, pero intentó controlar su deseo y dejar que ella llevase la iniciativa… por el momento.

—Parece que te duele —susurró.

Aunque había soltado su miembro, seguía deslizando la mano por su piel, tocando su vientre y sus muslos y sus pechos con caricias lentas y lánguidas que no hacían nada por calmar la tensión en su interior. Brice dudaba que su esposa fuera consciente del deseo resultante que amenazaba con escapar a su control.

—Te deseo, Gillian —gimió—. Te deseo ahora.

Ella sonrió y su rostro se iluminó con un brillo angelical y diabólico al mismo tiempo. Un brillo con el que él soñaría en años venideros.

—Poséeme entonces, Brice.

A Brice debía de gustarle el descaro en las mujeres, porque se rió al escuchar sus palabras y luego la besó con tanta ferocidad que Gillian sintió que su pasión le hacía encoger los dedos de los pies. Un deseo intenso comenzó a desatarse en su parte más profunda, que aún no se había calmado de las atenciones anteriores. Tras haber sentido el placer que le había dado, su cuerpo quería sentirlo de nuevo, incluso aunque significara soportar la otra parte del acto que no era tan buena. Y aunque sabía que a la mañana siguiente tendrían que enfrentarse a las complicaciones, decidió que aquella noche era sólo para ellos.

Suspiró entonces cuando Brice apartó la boca de ella y le colocó una pierna sobre su cadera. Aquel lugar caliente entre sus piernas sintió el aire frío de la tienda, pero él no esperó mucho para mostrarle otra ruta para llegar al placer. A los pocos segundos, no podía evitar que su cuerpo se arqueara contra su mano. Brice utilizó los dedos en aquel lugar tan sensible e hizo que aumentara su calor. Gillian trató de tocarlo de nuevo, pero él no se lo permitió y guió su mano sin embargo por el resto de su pierna. Ella temía dejarle arañazos en la piel, pues era difícil aferrarse a él y arañarlo mientras su cuerpo pedía más.

Cuando Brice se colocó entre sus piernas y Gillian se encontró bajo su cuerpo, trató de disfrutar de las oleadas de placer que la recorrían. Observó cómo echaba la cabeza hacia atrás y se colocaba para penetrarla, obviamente algo más placentero para un hombre que para una mujer. Cerró los ojos e intentó que su cuerpo recordara el placer al que previamente la había conducido, pues sabía que acabaría muy pronto.

Y entonces la penetró y Gillian ya no pudo respirar, ni moverse, ni pensar.

En vez de dolor, sintió su miembro moviéndose dentro de ella, deslizándose dentro y fuera. Regresó entonces el mismo cosquilleo placentero y pronto levantó las caderas para recibir sus embestidas. Brice le colocó las piernas alrededor de su cintura y luego se agachó, apoyándose sobre sus brazos, para ponerse tan cerca que Gillian podía sentir el vello de su pecho sobre sus senos.

Era maravilloso.

—¿Mejor esta vez? —preguntó él antes de penetrarla una vez más.

—Sí —respondió ella. Fue lo único que pudo pronunciar en aquel momento.

Su cuerpo no necesitaba palabras, pues la sangre volvía a calentarse y el corazón le latía tan deprisa que casi podía oírlo y sentirlo en los oídos. Mientras la penetraba, comenzó a sentir algo en el centro de su cuerpo, que hizo que sus músculos internos se tensaran en torno a su erección para mantenerlo ahí. Un sudor caliente cubría su piel y se deslizaba por su cuello y por su espalda, impidiéndole pensar con coherencia. Brice llevó su cuerpo a un estado de tal excitación que Gillian se estremecía y temblaba con cada movimiento o cada caricia.

Oyó cómo la instaba a algo, pero su cuerpo reaccionó sin control y buscó aquel pico de placer que había encontrado antes sola, pero en esa ocasión con él. Se aferró a su espalda y sintió oleada tras oleada de un placer que jamás hubiera creído posible.

Brice se detuvo entonces, con la cara tensa y los brazos temblorosos por el esfuerzo. Tras varios minutos abrió los ojos y la miró.

—¿Estás bien? —preguntó.

Gillian no tenía respuesta, pues el corazón le latía con fuerza y no podía dejar de temblar por el placer. Tomó aire y lo soltó.

—No lo sé.

Él se rió y la besó con rapidez antes de apartarse y tumbarse a su lado.

—Una muestra mucho mejor que el intento de esta mañana, me parece —dijo con una voz grave que emanaba un orgullo masculino que cualquier mujer comprendería.

Más aún, ella comprendía por qué se había visto llevado a hacer eso en aquel momento, cuando había cosas mucho más importantes que hacer y que decir.

Gillian sabía que la lujuria de los hombres se desataba justo antes y después de las batallas, y que la necesidad de copular se incrementaba en esas ocasiones. Lo había visto en suficientes ocasiones como para saberlo.

Además sabía que aquel hombre, su marido, tenía cierta reputación en lo referente a relaciones pasadas. Había oído cotilleos mientras estaba en el campamento, de boca de algunas de las mujeres que habían seguido a sus hombres a Inglaterra. Un hombre guapo que atraía a las mujeres a su cama como moscas a la miel y que nunca dormía solo. Un hombre que jamás dejaba a una mujer insatisfecha, a pesar de que hasta aquel momento ella no hubiera tenido idea de lo que aquello significaba. Así que asegurarse de complacer a su esposa igual que complacía a otras mujeres era importante para él; y para su reputación.

Brice la abrazó y se movió contra su cuerpo para compartir su calor en aquella noche fría. Justo antes de dormirse, Gillian comprendió otra de las razones que le habían llevado a buscar placer y consuelo en sus brazos.

Brice aceptaba que podría morir al día siguiente.

Nueve

Gillian se despertó de golpe. Por un momento no supo dónde estaba, pero entonces su cuerpo, dolorido en lugares que no conocía hasta hacía poco, se lo recordó.

Estaba en la cama con su marido.

Un caballero bretón que ansiaba quitarle Thaxted a su hermano.

Un caballero bastardo al que ella le había sido asignada por su rey.

Un hombre que le había dado tanto placer que casi le costaba respirar y pensar.

Casi. Pues, pensando en los mismos acontecimientos que habían tenido lugar entre ellos, jamás podría haber imaginado tantas maneras de dar y de recibir placer. Aunque la primera vez había sido bastante uniforme, las demás veces no. En una ocasión incluso la había penetrado desde atrás, acariciándole los pechos, y ese lugar entre sus piernas mientras se movía dentro de ella.

Y la última vez. Cerró los ojos y recordó que la última vez había sido tan poderosa, rápida y profunda que creyó estar a punto de desmayarse al final. Luego se habían quedado dormidos, exhaustos.

Podía oír los sonidos del campamento, preparándose para la batalla. Gillian se volvió para mirarlo, preguntándose cómo la saludaría o cómo le hablaría o cómo la miraría después de la intimidad que habían compartido, pero encontró un hueco vacío a su lado en el camastro.

Se incorporó y miró a su alrededor. Su ropa yacía al pie de la cama, pero la de Brice había desaparecido. Escuchó por un instante y se puso la ropa antes de que alguien pudiera encontrarla desnuda. En pocos minutos se colocó el velo y la capa y abrió la solapa de la tienda.

Pero descubrió que el campamento estaba casi vacío.

¿Se habría quedado dormida durante la batalla? ¡Era imposible! Obviamente Brice la creía segura en su tienda y se había marchado sin despertarla, pero una batalla sería demasiado ruidosa. Al darse cuenta de que él esperaba que estuviese con el padre Henry, se fue a buscarlo. Sabía que el sacerdote estaba ubicado hacia el extremo este del campamento y, con la ayuda de varios sirvientes y mujeres, se dirigió hacia allí inmediatamente.

Aunque nunca antes había estado tan cerca de una batalla, Gillian no podía creer que pudiera ser tan tranquila. Entonces se dio cuenta de que el silencio mortal se extendía hacia los muros de Thaxted. Se protegió los ojos del sol con la mano, miró a través del campamento y vio fila tras fila de soldados armados alineados alrededor de la fortaleza. Sin darse cuenta, caminó en esa dirección hasta que el sacerdote la detuvo.

—Lady Gillian, venid conmigo —dijo tomándola del brazo—. No es seguro estar aquí.

—¿Entonces ha comenzado, padre? —preguntó ella.

—No, milady. Vuestro hermano y lord Brice están hablando.

—¿Sobre mí? ¿Sobre mis tierras?

Antes de que el sacerdote contestara, Gillian se dio cuenta de su error; las tierras ya no le pertenecían, ni tenía derecho alguno. Eso le pertenecía al hombre con quien se había casado. Esos normandos tenían una opinión diferente sobre la posición y los derechos de las mujeres; diferente a la de Inglaterra, Gales o Escocia, e incluso a la de los nórdicos, que habían gobernado algunas zonas hasta hacía poco. Para un normando, todo le pertenecía al hombre.

Pero por conveniencia cumplirían el testamento de su padre al otorgarle a ella las tierras para luego darle el control y los poderes a su marido.

—Hablan de paz y de una solución amistosa a esta confrontación en vez de una que acabe con la vida de muchos hombres, milady —el padre Henry había pasado muchos años negociando con enemigos; era evidente por su tono conciliador y su elección de las palabras.

—¿Y yo no juego ningún papel en las negociaciones? —preguntó ella.

Podía imaginarse las mentiras que su hermano le contaría a su marido. Y peor, las acusaciones que haría contra ella y contra su madre. Oremund diría o haría cualquier cosa con tal de recuperar el control de Thaxted, y cualquier cosa necesaria para encontrar el lugar donde su padre había escondido su fortuna. Aunque, sin duda, jamás mencionaría su existencia ante su marido bretón.

—Desde luego, milady —dijo una voz tras ella. Gillian se dio la vuelta y vio a Brice y a dos de sus capitanes allí de pie.

Aquél no era el hombre que había susurrado palabras cariñosas con aquella voz profunda mientras acariciaba su cuerpo en los lugares más íntimos. Aquél no era el mismo que había empujado su cuerpo y su alma al placer. Aquél no era un hombre… era… el guerrero del rey.

Gillian lo había visto con la cota de malla y la armadura, con el casco y la espada. Lo había visto al mando de sus hombres en el camino, escondida entre la maleza. Se estremeció mientras se acercaba, tentada de acercarse más al sacerdote.

—Vuestro hermano desea hablar con vos y asegurarse de que estáis a salvo. Ha estado buscándoos durante días y da gracias a Dios de que no hayáis sufrido daño alguno durante vuestro estúpido viaje —dijo con voz seca y mirada oscura.

Los otros dos hombres no se movieron ni hablaron, y Gillian estuvo segura de que la arrastrarían para entregarla a su hermano. De pronto la seguridad en sí misma se vio tambaleada y temió decirle algo sobre las verdaderas intenciones de su hermano. Teniendo en cuenta sus ideas sobre la posible duplicidad de Brice, el silencio podría ser la mejor opción.

Aunque nunca su manera de proceder.

—¿Y vos lo creéis, milord? —se cruzó de brazos con actitud desafiante, pero Brice tenía que entender que Oremund mentía—. ¿Preferís su palabra por encima de la mía?

Brice observó cómo sus ojos se llenaban de rabia. Por mucho que se hubiera lanzado a la pasión que habían compartido, ahora estaba dispuesta a defenderse ante cualquiera. Pero en aquel momento crucial, no lo permitiría.

Aunque Brice sabía que su hermano era un mentiroso que vendería a su madre al diablo para conseguir lo que quería, cualquier señal de que estaba siendo manejado por Gillian minaría su posición en aquel momento. Un hombre que acatara las órdenes de su esposa, a la que conocía desde hacía un día, sería visto como débil, y no podía permitir eso.

—Al fin y al cabo es un hombre, milady — dijo sin responder a su pregunta, aunque sin negarla. Ella se puso roja y Brice pensó que iba a explotar, pero en vez de eso entornó los ojos un instante y lo miró. Sin darle opción a hacer más preguntas, le hizo gestos para que siguiera a sus hombres.

El padre Henry se movió como para ponerse entre Gillian y él. Brice había visto al anciano hacer lo mismo en Taerford, mediando entre el señor y su dama en varias ocasiones. Pero en aquel momento no podía tener un buen resultado para sus planes.

—No tenéis razón para preocuparos por la seguridad de la dama, padre —dijo—. Es mi esposa —la mujer en cuestión se volvió hacia él.

—¿Entonces defenderéis mis derechos contra el intento de mi hermano por quitármelos?

Brice contuvo la necesidad de reírse. No importaba que admirase casi todo lo que descubría de ella, pues no podía mostrar aprobación.

—Queréis decir mis derechos, lady Gillian, ¿verdad? —estiró el brazo y le tomó la mano—. Ahora que puedo controlar todo lo que habéis aportado a este matrimonio.

Brice pensó que su esposa se quedaría allí clavada, pero capituló y caminó junto a él. Al menos estaría a su lado y podría protegerla de cualquier cosa que ocurriera. Pensó en todas las cosas que había sucedido aquel día.

Al regresar a la tienda y descubrir que se había ido, había estado a punto de gritar su nombre. Había tenido que ausentarse un momento por una reunión antes del amanecer, pero esperaba regresar antes de que ella se despertara. En vez de eso, se encontró con una cama vacía y una mujer desaparecida. Lo primero que pensó fue que había vuelto a escapar. Luego examinó esa probabilidad con su parte racional.

Al recordar que le había dicho al sacerdote que lo ayudaría durante el día, Brice supo dónde había ido y su irritación por haberlo preocupado aunque sólo fuera un momento se había notado en su saludo. Ahora quería tranquilizarla, pero no se atrevía. Gillian era una mujer inteligente y lo comprendería cuando tuviera ocasión de explicárselo.

Sin duda lo haría.

Ya casi habían llegado al campo abierto donde se encontraban sus hombres cuando ella se soltó y comenzó a andar sola.

Tal vez no lo comprendiera.

Como le había dicho la noche anterior, había muchas cosas que resolver entre ellos cuando acabara el día. No era el momento.

Atravesaron las filas de tiendas y pronto se aproximaron a las filas de hombres que esperaban a luchar. Gillian pareció perder el paso firme y volvió a sorprenderlo al darle la mano.

—¿No hay otro camino? —preguntó.

—Tu hermano dijo que te entregaría la fortaleza cuando supiera que estás a salvo y que esto ha sido idea tuya.

Gillian se detuvo tan en seco que él dio tres pasos antes de darse cuenta. Se dio la vuelta y la vio allí de pie, con expresión incrédula.

—Gillian, no hay tiempo para esto. La vida de mis hombres está en juego.

—Es un mentiroso —se cruzó de brazos y volvió a desafiarlo. Es un maldito mentiroso degenerado y no merece tu confianza.

Sospechando lo que sospechaba y sabiendo tan poco, Brice no podía revelar lo que había descubierto sobre su hermano y sus planes.

—¿Y en ti sí se puede confiar? Dime por qué. ¿Fue cuando te escondiste? ¿O cuando mentiste sobre tu identidad? O tal vez debería confiar en ti porque me dejaste inconsciente antes de huir. ¿En cuál de esos momentos entre nosotros debería basarme para hacer ese juicio sobre ti?

Ella se sonrojó y apartó la mirada.

—Vamos —añadió él—. Te espera tu hermano.

Gillian no dijo nada más mientras la conducía hacia el campo abierto que los separaba de su hogar y de los soldados de su hermano. Su hermano y dos de sus hombres estaban sentados a lomos de sus caballos, observándolos en silencio. La bandera de tregua junto a él era la única razón por la que Brice no lo había hecho ya pedazos.

Sus hombres esperaban una trampa de algún tipo y estaban visiblemente alerta. Lucais, Stephen y los demás al cargo de los diversos batallones observaban con cuidado, atentos a cualquier señal o algo fuera de lo normal. Todo estaba planeado para que, al finalizar el día, él fuese lord de Thaxted en todos los sentidos.

—Oh, querida Gillian —dijo Oremund—. ¡Estás a salvo! —se bajó del caballo y le abrió los brazos—. Ven y deja que te salude como un hermano debería saludar a su querida hermana.

Brice observó que la sonrisa de Oremund no parecía sincera y que Gillian no se apartaba de su lado.

—La dama se queda aquí hasta que zanjemos el asunto, Oremund.

El único rasgo en común que pudo ver entre los hermanos era el color del pelo, así que Gillian debía de parecerse a su madre más que al padre que tenían en común.

—Os he dado mi palabra, lord Brice. ¿No confiáis en mí?

Frunció el ceño y esperó su respuesta. Brice sentía la tensión de Gillian. La miró para intentar adivinar lo que estaba pensando. Ella no dijo nada y se quedó mirando a su hermano.

—Tu difunto rey también le dio su palabra a mi rey, Oremund.

No era una negación ni un insulto directo, pero lo suficiente para asegurarse de no ser tomado por tonto. El hijo de Eoforwic asintió comprensivo.

—Hermana, lord Ruedan desea saber si has entrado en este matrimonio por voluntad propia o si has sido obligada —dijo Oremund.

Brice agarró la empuñadura de su espada. A juzgar por la expresión recelosa de Oremund, sabía que estaba a punto de obtener una respuesta al insulto, pero le había jurado a Oremund que no interferiría con las respuestas de Gillian.

—Yo… —comenzó ella, pero Oremund la ignoró.

—Pasara lo que pasara, sea cual sea la pésima decisión que te hayas sentido obligada a tomar, lord Brice me ha dado su palabra de libertarte de ella.

Brice advirtió su sorpresa y asintió, aunque no tenía intención alguna de dejarla ir. Que pensaran lo que quisieran; ella era suya. Pero darle aquella opción a renegar de sus promesas era como abrir una ventana a sus pensamientos, y eso le sería útil en los días venideros. Ella se quedó mirándolo mientras su hermano continuaba, pero Brice no sacó ninguna impresión de sus ojos, vacíos de toda emoción.

—¿Y bien, Gillian, quieres librarte de tu situación? —preguntó Oremund.

Sus hombres se movieron inquietos tras ellos. Pocos comprenderían las razones de sus actos, pero ninguno lo cuestionaría. Al menos en aquel momento; aunque, a juzgar por la mirada de varios de sus capitanes, habría preguntas más tarde.

—No.

Su respuesta fue sorprendente y simple, y no la que su hermano esperaba, aunque nunca la había comprendido. Gillian no estaba segura de que lord Brice la comprendiera tampoco, pero él no había hecho nada aún que la hiciera sentir tan aterrorizada como con su hermano. Y aunque le hubiera gustado ser libre del control de los hombres, sabía que las cosas en el mundo no funcionaban así y nunca sucedería. Dado que había visto su honor, y aunque provocaba lo peor en él, Gillian decidió compartir realmente su destino con él.

—Piensa cuidadosamente en tus palabras, hermana —le advirtió Oremund—. El destino de tu gente, de tu familia, está en juego aquí.

Otra amenaza disfrazada de preocupación. Muchas de sus gentes habían sido saqueadas por Oremund, o vendidas mientras el ejército de Guillermo el Conquistador y los estragos de un invierno duro se abrían paso por el país. El pueblo y la fortaleza que en su día fueron prósperos se marchitaban ahora bajo el duro mando de Oremund. Y con su madre muerta años atrás y su tío capaz de defenderse solo, no se preocupaba por ellos. Perdida en sus pensamientos, Gillian se dio cuenta de que estaban esperando su respuesta.

—¿Lady Gillian, qué contestáis a la pregunta de vuestro hermano?

¿Realmente lord Brice pensaba liberarla? ¿Habría malinterpretado ella todo lo que había dicho y todo lo que sabía de él? No había tiempo de considerar todas las implicaciones de su decisión, pero ella ya había tomado la suya, por razones tanto prácticas como irracionales.

—No —repitió ella—. Oremund, mantengo los votos que hice.

Gillian no sabía lo nerviosa que estaba hasta que Brice se colocó tras ella y le puso las manos en los hombros.

—Bien hecho —le susurró al oído—. Bien hecho.

¿Había dudado de ella? ¿Había planeado aquello para justificar su decisión de atacar Thaxted? ¿Realmente creía que podría haberse entregado con tanto abandono la noche anterior y alejarse de él por la mañana? Gillian sentía mucho más de lo que pudiera pensar. Algo mucho más grande que sus propias metas estaba en juego.

Gillian sentía que algo en su interior confiaba en su marido y aceptaba la certeza de que estaba más segura con él que a merced de su hermano. ¿Pero sus palabras mostraban realmente su aprobación a su declaración?

Oremund perdió entonces el control y todos vieron al hombre con el que normalmente trataba ella; peligroso, perverso, egoísta y violento. Por suerte había hombres con espadas grandes entre ellos.

—¡Maldita perra traidora! —gritó con la cara retorcida por la ira. Dio dos pasos hacia ella, pero un muro de guerreros armados se colocó entre ellos—. Pagarás por tu traición.

Gillian sabía que se había echado hacia atrás y sentía el pecho de lord Brice pegado a su espalda. Por primera vez se sintió a salvo frente a la ira de su hermano. Pero lo más importante era que sabía que aquél no era el final, pues su costumbre era atacar verbalmente primero y después usar otros métodos para aplicar castigos. Cuando quedó claro que no se acercaría a ella, se dirigió hacia su caballo, se montó y se alejó al galope hacia la fortaleza.

Aquél no era el final.

Gillian se dio la vuelta para advertir a Brice. Él no sabía lo peligroso que podía ser Oremund cuando se enfurecía. Su marido la soltó, ella se volvió y vio la mirada de complacencia bajo su casco.

—¡Esto no ha acabado, milord! —exclamó en voz baja para que sólo él pudiera oírla—. No renunciará a Thaxted sin luchar. Sólo ha sido…

—Un ardid, milady. Sí, no esperaba que se rindiera —respondió lord Brice—. Ernaut, llévate a lady Gillian con el padre Henry y quédate allí —le ordenó a su escudero antes de subirse a su caballo.

—Milord —dijeron Ernaut y ella al mismo tiempo.

Pero Brice ya estaba pensando en la batalla y les había dado una orden que esperaba que obedecieran sin objeciones. Cuando los hombres comenzaron a ocupar sus posiciones tras ella, se dio cuenta de que podía detener la batalla. O al menos reducir el número de muertos. Gillian corrió hacia él y se estiró para tocarle la pierna y llamar su atención.

—Milord —dijo por encima del tumulto de hombres preparándose para luchar—. Milord, debo hablar con vos.

Él frunció el ceño y le hizo un gesto con la cabeza para que se alejara. Pero Gillian no lo hizo, pues sabía que, si le hablaba del pasadizo bajo la fortaleza, podría entrar y tomar el lugar. Cuando Brice se dio cuenta de que no se iba, se inclinó hacia ella.

—Hay otro camino…

Recibió el golpe antes de poder terminar la frase, y la fuerza del impacto en el hombro la tiró al suelo. De pronto sintió un dolor intenso y la cabeza comenzó a darle vueltas. El estómago se le agarrotó mientras el dolor alcanzaba un nivel que jamás había experimentado.

El caos se apoderó del lugar y ella sólo oía los gritos cada vez más altos mientras se alejaba. Todo a su alrededor se mezcló; la luz del sol, el viento que se movía entre los árboles, Brice ordenándoles que prendieran fuego a las flechas para quemar la fortaleza.

¡Dios, no! Tenía que detenerlo. Gillian vio cómo se acercaba y daba órdenes a cada paso que daba, hasta que se sintió demasiado mareada para seguir mirándolo. La tomó en brazos como si no pesara nada y comenzó a llevársela de allí.

—Milord —dijo ella, más débil a cada aliento.

—Calla, Gillian —susurró él contra su frente—. El padre Henry se ocupará de ti.

—¡Brice, para!

Él se detuvo y a Gillian se le nubló la vista. Tenía la ropa empapada en sangre y ya no sentía el brazo. Intentó ver su rostro, pero no podía.

—Brice, puedo mostrarte una entrada. No hace falta quemarlo —le dijo—. Te lo ruego. Hay inocentes ahí dentro que perecerán con el resto.

Aunque no se lo dijo, ella continuó hablando, obligándose a pronunciar las palabras mientras la oscuridad la llamaba.

—Cuarenta pasos desde el muro norte… un grupo de árboles… Al pie del de en medio… — sacudió la cabeza para despejarla, pero la niebla no se iba—… cuando lo atravieses llegarás a la parte de atrás de la casa del herrero —estiró el brazo hacia él—, pero no lo sintió—. Prométeme que les permitirás vivir.

Ni siquiera llegó a oír su respuesta, pero el grito de Brice resonó en su cabeza y lo sintió mientras caía contra su pecho. Luego el día se volvió negro y todo acabó.

Diez

Brice sintió que se desmayaba y, en cierto modo, fue mejor que tenerla despierta. La flecha la había alcanzado en la zona del hombro, y probablemente no fuera grave, pero demostraba lo perverso que era su hermano.

¡Disparar a su propia hermana por la espalda!

Oremund había caído más bajo que cualquier hombre que conocía; primero al abusar de Gillian y después al castigarla por su resistencia. Era evidente que Oremund podría haberla matado hacía tiempo a no ser que ella fuera de algún valor para él. El sentimiento por los parientes cercanos no significaba nada para él, pero el dinero y el poder sí, de lo contrario la hija bastarda habría seguido a su madre y a su padre a la muerte. Eso significaba que Gillian tenía algo que Oremund deseaba. Algo con lo que había escapado de Thaxted. Y, dado que había llegado a él sin nada salvo la ropa, debía de ser información lo que poseía.

La mantuvo pegada a él y caminó deprisa hacia el campamento, donde ya había llegado la noticia de su herida. Dos de los hombres que se encargaban de las heridas lo dirigieron a un catre donde la tumbó sobre su costado sano. El padre Henry corrió hacia ellos y se arrodilló a su lado.

—¿Cómo ha ocurrido? —preguntó.

—Creo que fue su plan desde el principio. Intimidarla. Castigarla —había notado las cicatrices en sus piernas, en sus caderas y en sus nalgas cuando habían hecho el amor. Brice sabía que cicatrices así eran el resultado de palizas frecuentes. ¿Qué habría tenido que soportar bajo el control de Oremund? No era de extrañar que intentara escapar cada vez que podía.

Tras dejar a Gillian al cuidado de los otros, Brice regresó al frente de su ejército. Ella le había ofrecido una manera que le permitiría no quemar la fortaleza. Aunque no le importaba si Oremund vivía o moría, los demás que allí vivían serían los que acabarían ocupándose de sus terrenos. Sería mejor tenerlos vivos.

Sus hombres no parecieron contentos cuando reveló su cambio de planes. Una vez que la excitación de una batalla inminente comenzaba a calentar la sangre de un hombre, era difícil renunciar a ella sin más. La sentía en sus propias venas, pero sospechaba que parte de lo que sentía era rabia por la herida de Gillian. No debería haberle permitido acercarse tanto a Oremund. Debería haber ignorado todas las fanfarronadas y haberse ceñido a su plan; entonces ella no habría estado allí para recibir el flechazo. Su fallo podía haberle costado la vida, y aún podía, si no se curaba bien.

Lucais y Ansel protestaron, pero vio cómo Stephen y Richier, guerreros experimentados, asentían con la cabeza. Todos se ofrecieron a formar parte del pequeño grupo enviado por el túnel o pasadizo hacia la fortaleza. Se marcharon para prepararse y él se encargó de preparar la distracción que tendría lugar para llamar la atención en el muro delantero.

Brice decidió que dejar pasar un tiempo antes del ataque sería una buena estrategia; sus hombres conocían el plan, pero aquéllos que estaban en el interior probablemente esperasen un ataque inmediato como respuesta. Era posible que la plegaria de Gillian les hubiera salvado la vida a muchos, pues entrar en una batalla movido por la rabia era peligroso. La guerra era algo a lo que era mejor enfrentarse con la cabeza fría y determinación.

Y eso hicieron, más tarde aquel día, con una eficiencia aprendida gracias a luchar juntos muchas veces en muchos lugares contra diversos enemigos. Brice había entrenado y luchado con los hombres que había seleccionado como sus capitanes en Bretaña, en Normandía y ahora en Inglaterra; y les confiaría su vida.

Lo único que lamentaba era la falta de dos de sus mejores amigos. La última misiva de Giles, escrita de su puño y letra, prometía su presencia tan pronto como lady Fayth diese a luz. Las noticias de Soren eran prometedoras e inquietantes a la vez; seguía recuperándose de las heridas recibidas en Hastings, pero era un hombre distinto al que conociera. El «hermoso bastardo», nombre por el que se le conocía debido a su aspecto, un nombre y una apariencia que le daban acceso a las camas de muchas mujeres deseables, había desaparecido. Al parecer las heridas de la batalla se habían cobrado el precio sobre su apariencia y sobre su alma.

Los hombres de Brice actuaron como era de esperar; con habilidad, eficiencia y éxito, pues en dos horas la fortaleza era suya. Lo único malo fue que Oremund y su secuaz Ruedan escaparon. Corrieron hacia el bosque que conocían mejor que él, pero Brice supo que aquél no sería su último encuentro. Abrumados por la superioridad numérica y por la huida de su señor, los soldados de Thaxted se rindieron.

Por la noche, la fortaleza había sido registrada de arriba abajo. Cualquier cosa de valor estaba asegurada y todos los almacenes serían registrados para que Brice supiera lo que tenía y lo que necesitaba para empezar a reconstruir Thaxted. Se atendió a los heridos y se enterró a los muertos. Cuando terminaron de hacer todo lo necesario y los guardias se coloraron alrededor del perímetro en torno a los caminos que conducían a Thaxted, Brice se permitió por fin pensar en Gillian.

Había sido informado sobre su estado a lo largo del día, así que sabía que le habían quitado la flecha, que había perdido una gran cantidad de sangre y que seguía inconsciente. Había sido trasladada a su tienda y se encontraba bajo el cuidado de una de las mujeres del campamento. Él había escuchado atentamente y luego había dejado de lado la información para concentrarse en la batalla.

Ahora, sin embargo, fue a buscarla para llevársela con él a la fortaleza, donde pudiera estar cómoda y atendida. Ya habían preparado su habitación y encendido un fuego allí para que estuviera caliente.

Ernaut estaba de pie a la entrada de la tienda y lo saludó con expresión ligeramente rebelde. El chico no estaba contento por ser relegado ahí durante la batalla. Su disconformidad era algo que Brice comprendía, pues su escudero se consideraba preparado para luchar y quería tener la oportunidad de conseguir el estatus de adulto que le conferiría una batalla.

—¿La dama? —preguntó Brice.

—Sigue dormida, milord —respondió Ernaut.

—Me gustaría que siguieras protegiéndola, Ernaut. Como ves, ni siquiera se puede confiar en su familia. Pero sé que en ti sí se puede —la cara del chico se iluminó entonces con orgullo—. Sé que no la defraudarás.

—Sí, milord —convino Ernaut.

Brice entró en la tienda y encontró a Gillian en el camastro, cubierta de mantas. La mujer que cuidaba de ella se puso en pie y saludó.

—¿Sigue dormida? —preguntó él mientras se arrodillaba a su lado.

—Sí, milord. No se ha despertado desde que fue…

Brice se inclinó hacia ella, le apartó el pelo de la cara y contempló lo pálida que estaba. Al apartar las mantas vio que le habían cortado el vestido y que tenía el hombro cubierto con vendas manchadas de sangre.

—¿Se la puede trasladar? —preguntó—. El aire huele a tormenta y preferiría tenerla en la fortaleza.

La mujer asintió.

—Siempre que el traslado sea suave, no debería empeorar la hemorragia. Y, como decís, milord, amenaza tormenta. Dejad que la prepare para el traslado.

Brice se apartó y le dejó más espacio a la mujer. Llamó a Ernaut y le ordenó que empaquetaran sus pertenencias y las trasladaran a la fortaleza. Cuando Gillian estuvo convenientemente vestida y arropada por su capa, se arrodilló a su lado y deslizó los brazos por debajo. La levantó, permitió que la mujer le ajustara la capa y se llevó a Gillian de la tienda.

—¿Vuestro nombre, señora? —le preguntó a la mujer que había atendido a Gillian.

—Me llamo Leoma, milord —respondió ella mientras caminaba junto a él por el campamento.

—¿Y tu marido?

—Mi marido es Daniel.

Un buen hombre. Brice lo había conocido en Bretaña. Había servido a las órdenes del mismo capitán que Brice y luego le había ofrecido sus servicios a Giles. Y Giles le había permitido servir a Brice en aquella batalla.

—¿Quieres venir y cuidar de la dama en la fortaleza? Necesitará ayuda mientras se recupera.

—Sí, milord.

Brice no volvió a hablar hasta que entró en los aposentos de Gillian y la dejó sobre la cama.

—Me encargaré de que Daniel sepa que estás aquí. Quédate con ella hasta que yo regrese.

Si no consideró sus actos en ese momento, ni siquiera más tarde, fue porque estaba seguro de mostrar la cantidad de preocupación necesaria por la mujer que ahora era su esposa; ni mucha, ni poca. Se encargaría de su seguridad como era su responsabilidad. Brice había oído historias sobre la dama y había imaginado cómo sería, pero nada era comparable a la realidad.

Había interpretado su huida de Thaxted como una desobediencia caprichosa cuando ésa no era la cuestión. Había creído que era una cabeza hueca que actuaba por impulsos, pero comenzaba a descubrir que su conducta era meditada y calculada. Y lo peor era que había pensado que Gillian no se sentía responsable de su gente, cuando en realidad luchaba por ellos aunque su propia vida corriera peligro.

Así que, tras regresar a la habitación y dejar que Leoma volviera con su marido, Brice no hizo más que pensar. Había demasiadas conexiones aún ocultas. Demasiados peligros por los que preocuparse. Demasiados enemigos que combatir. A pesar de que su cuerpo deseaba dormir, su cabeza seguía llena de preguntas. Pero toda pregunta tenía que ver con la mujer que yacía inconsciente en la cama.

Y cuando la fiebre la atacó en mitad de la noche, Brice rezó por tener oportunidad de conocerla mejor, aunque sin darse cuenta de que se preocupaba por ella más de lo que creía que debería.

Gillian luchó por no gritar.

Su hermano disfrutaba sabiendo que sus castigos dolían y la asustaban, así que ella había aprendido a perseverar en silencio. Ahora la mandíbula le dolía de apretarla, de guardarse dentro los sonidos de angustia.

¿Acaso le había prendido fuego? La piel le ardía y el calor recorría todo su cuerpo. Quería pedir agua, algo que calmase la sequedad y el ardor, pero no se atrevió. Cualquier debilidad que mostrara sería utilizada en su contra más tarde. Cuando el calor se hizo insoportable, gritó. Por mucho que quisiera resistir, el dolor era más fuerte que su control.

Intentó abrir los ojos para poder ver qué castigo le había infligido, pero no pudo. Entonces sintió un paño frío sobre la cara, que se deslizaba por sus mejillas y luego por su cuello. Oyó también unos susurros suaves y pensó que tal vez lograra sobrevivir después de todo.

Pero entonces, tan pronto como había llegado, el bálsamo desapareció y regresó el castigo de nuevo. En algún punto el dolor la superó y ella gritó, incapaz de contenerse.

Estaba tan cansada del miedo. Tan cansada del dolor y del tormento. Tan cansada de… todo.

Gillian abandonó la batalla y se dejó caer.

Cuando recuperó la consciencia, oyó a alguien moviéndose en la oscuridad junto a ella. El fuego había desaparecido, y aún sentía dolor. Pero parecía centrado en su brazo y en su hombro izquierdos. Incluso sin el tormento del calor, Gillian no podía moverse; era como si hubiera perdido toda la fuerza.

Abrió los ojos finalmente y miró a su alrededor. ¡Estaba en su cama, en su habitación de Thaxted! ¿Habría soñado el tormento y las duras pruebas de los últimos días? Intentó levantar la cabeza, pero no pudo.

—¿Estáis despierta, milady?

Gillian reconoció aquella voz profunda. Cuando él se acercó, pudo ver a un Brice muy diferente al que había conocido. Aquél tenía barba incipiente, ojeras y parecía como si no hubiese dormido en días. Trató de responder, pero las palabras se le agolparon en la garganta y la hicieron toser.

—Toma —susurró él. Le colocó una mano bajo la cabeza y se la levantó—. Bebe un poco antes de hablar.

Era cerveza aguada, que sabía maravillosamente y alivió su garganta seca. Dio varios tragos y habría bebido más, pero Brice le apartó la jarra de la boca y ella no tuvo fuerza para seguirla.

—Tranquila… tranquila. Habrá más después.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo he llegado a estar en mi propia cama? ¿Mi hermano?

—Tu hermano huyó durante el ataque. Después de dispararte por la espalda… después de que nosotros entráramos por el túnel. Cuando ya habías dejado de sangrar te traje aquí para que estuvieras más cómoda.

—¿Cuánto hace, milord? ¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?

—Éste es el cuarto día desde la batalla — contestó él con claro cansancio en la voz—. Empezaste a tener fiebre esa misma noche y hasta hoy has estado ardiendo. Hasta esta misma mañana.

Gillian intentó incorporarse, pero no lo logró. Incluso el intento de mover el brazo le provocaba un dolor insufrible. Volvió a recostarse e intentó no moverse más.

—¿Y vos habéis estado aquí desde entonces?

—Casi todas las noches —contestó él—. Leoma ha sido tu compañera más constante.

—¿Leoma? —el nombre no le resultaba familiar. Cuando murió su vieja doncella, Oremund no le había permitido volver a tener a alguien que se ganara su lealtad. Enviaba a ayudarla a cualquier mujer que ocupase su cama en aquel momento. Leoma no era un nombre que hubiese oído antes.

—Está casada con uno de mis hombres, pero es de Taerford. Te curó la herida y ha cuidado de ti mientras yo me encargaba de mis obligaciones.

Brice se acercó al brasero y regresó con una jarra. La ayudó a incorporarse y se la llevó a los labios.

—Es caldo de ternera para que te dé fuerzas —dijo—. Leoma dijo que debías bebértelo cuando te despertaras.

Gillian dio varios tragos y sintió cómo el caldo le llenaba el estómago con su sabor y su calor.

—¿Y dónde habéis dormido vos? —le preguntó a Brice.

—Aquí —señaló a la silla.

Gillian reconoció la mentira nada más oírla; su apariencia revelaba la verdad. No había dormido desde el día de la batalla.

—¿Qué hora es, milord?

Brice se acercó a la ventana y retiró la cortina. Los rayos iluminaron la estancia y Gillian oyó la lluvia cayendo fuera.

—Es ya de noche —contestó él—. Aunque es difícil de saber con el modo en que ha estado azotando la tormenta estos últimos tres días.

Gillian estaba convencida de que no la abandonaría, así que se lo ordenó.

—Debéis descansar, milord, o no estaréis en condiciones de defender la fortaleza cuando Oremund regrese.

Él se quedó mirándola sorprendido.

—Se ha ido, Gillian. No se le ha visto en kilómetros a la redonda. Mis hombres lo han rastreado.

—Se ha ido por ahora. Regresará cuando tengo suficientes hombres para expulsaros de aquí. No lo dudéis, milord. No va en con su carácter renunciar a algo que desea.

Entonces, al igual que se había despertado, su cuerpo comenzó a caer hacia el sueño. Le resultaba difícil mantener los ojos abiertos y elaborar argumentos lógicos. Pero más duro era no revelar la verdadera razón de la obsesión que Oremund tenía con ella.

—Deja que te ayude —dijo él antes de que pudiera pedirle ayuda—. No estás bien y necesitarás más tiempo para recuperarte.

Lord Brice la ayudó a volver a tumbarse sin que tuviera que utilizar el brazo herido. Con su ayuda no le dolía tanto. Cuando él se dispuso a apartarse, Gillian le agarró la mano.

—Por favor, milord —susurró—. Descansad un poco —la mano se deslizó de la suya y ella se recostó en las almohadas—. Por favor.

No supo si siguió su consejo o no, pero Brice no estaba cuando se despertó aquella noche. Había una vela encendida que dejaba ver que la estancia estaba vacía, con Ernaut montando guardia junto a la puerta abierta.

Lo próximo que supo fue que ya era por la mañana y que Leoma estaba sentada en la silla remendando. La luz del sol iluminó la habitación cuando Leoma descorrió las cortinas y Gillian se sintió preparada para estar sentada más tiempo y para comer y beber más.

Pocos días más tarde pudo por fin salir de la cama con un poco de ayuda y ponerse el vestido por encima de las vendas. Aunque su marido siempre la visitaba, nunca se quedaba más de unos pocos minutos y jamás hablaba de asuntos de importancia. A medida que iba recuperando las fuerzas, la cabeza de Gillian se había llenado de preguntas para él, pero no se quedaba lo suficiente para hacérselas. Cualquier intento de llamar su atención fracasaba. Cada vez que ella intentaba marcharse, tanto Leoma como Ernaut se lo impedían.

Y lo peor era que nadie le daba detalles sobre la batalla y el número de muertos. Nadie le decía quién había se quedado atrás y quién había seguido a su hermano en su huida. Y nadie le contaba qué planes estaría haciendo lord Brice para defenderse cuando Oremund regresara.

Finalmente, tras una semana, y cuando se sintió preparada para abandonar la habitación, Gillian aprovechó la ausencia de Leoma para utilizar la otra salida de la fortaleza que no conocía nadie. Si nadie quería hablarle sobre Thaxted y sobre su gente, lo averiguaría por sí misma.

Once

Gillian descubrió pronto que no estaba tan recuperada como creyó en un principio; le llevó un buen rato bajar las escaleras de piedra de la pared. Con el hombro lesionado y el brazo en cabestrillo, bajar las escaleras resultaba difícil como poco. Luego, cuando finalmente llegó al pie, necesitó tiempo para tomar aire antes de intentar abrir la puerta camuflada instalada para mantener oculta la entrada. Se asomó a la caseta del herrero y entró tras comprobar que estaba vacía.

Haefen, el herrero, no estaba trabajando allí. Era uno de los pocos hombres con los que se sentía a salvo, pues su mujer era su tía y era demasiado valioso en tiempo de guerra como para que Oremund lo desterrara. Él era la razón por la que su padre había construido el túnel secreto desde su habitación hasta allí. Haefen era grande y fuerte, y podría protegerlas a su madre y a ella si fuera necesario. Aunque el fuego estaba encendido, no había rastro de él.

¿Acaso los hombres de lord Brice lo habrían matado al entrar por el túnel? Salió de entre las sombras y lo buscó. Era el único pariente cercano que tenía, aparte de Oremund, y temía que, al tratar de salvar vidas, hubiera puesto en peligro la suya. Gillian se acercó al lateral abierto de la cabaña y miró si estaba en el patio.

Aunque no había rastro de Haefen, el patio estaba lleno de actividad. Hombres que llevaban piedras para reconstruir el muro. Hombres que cortaban los árboles caídos para convertirlos en leños, y otros que claramente seguían las órdenes de los hombres de lord Brice. No vio ni a Haefen ni a lord Brice. Ninguna de las personas de Thaxted parecía amenazada o en peligro y todos trabajaban junto con los invasores normandos y bretones.

Gillian consiguió llegar sin ser vista hasta el lugar en el que guardaban los caballos. Una amplia porción del patio había sido vallada y allí fue donde finalmente encontró a Haefen trabajando. Atravesó la verja y lo llamó. Parecía estar bien, y Gillian sintió las lágrimas en los ojos por la alegría de encontrarlo con vida.

—Chica —dijo él mientras la abrazaba. Mientras la mecía, Gillian quiso gritar de dolor, pero el consuelo de sus brazos era demasiado agradable en aquel momento.

—Tío —susurró—. Me alegro de encontrarte vivo. Temía… temía que hubieras muerto — pero no se sentía lo suficientemente fuerte para admitir que habían sido sus palabras las que habían revelado la entrada secreta a la fortaleza. Haefen la soltó y ella le dio la mano.

—No —dijo él—. Me enteré de los planes de tu hermano. Vi los soldados de lord Brice y supe que conquistaría Thaxted. Tu hermano dijo que habías muerto. Nos dijo que él era el único que podía protegernos contra estos normandos. Debería haber sabido que eres demasiado testaruda para morir.

A Gillian se le escaparon las lágrimas y se las secó con la mano.

—¿Qué ha pasado con los demás? ¿Cuántos hombres ha perdido Thaxted?

—No muchos. Casi todos los muertos eran soldados de Oremund. Oremund mató a unos pocos que intentaron escapar cuando desapareciste. Casi todos los demás están aquí, en alguna parte, esperando a ver quién acaba siendo señor de la fortaleza.

Gillian asintió, sabiendo que ambos comprendían que aquello no había acabado aún. Antes de poder hacer otra pregunta, su tío la interrumpió.

—¿Confías en este normando?

—No estoy segura —contestó—. ¿Por qué?

—Porque viene hacia aquí y parece que quiera matarte —respondió su tío—. Últimamente pareces provocar esa reacción en mucha gente.

Su comentario reflejaba la verdad. En efecto parecía irritar a muchas personas, pero sobre todo a aquéllas que intentaban controlarla. Miró por encima del hombro de Haefen y escuchó las palabras malsonantes de Brice. Gillian no temía que pudiera hacerle daño, pero aún no lo había visto reaccionar a aquéllos que lo desafiaban. Su tío podía ser el que corriese peligro, y trató de interponerse antes de que su marido llegara hasta ellos.

Mientras la observaba desde la torre del guardia, a Brice le quedó claro que tendría que atarla a la cama, como habían hecho sus hombres en la tienda de campaña, si pretendía que se quedara donde la había dejado. Mientras corría hacia ella, miró a su alrededor por el patio y no vio a Ernaut ni a Leoma; los dos que se suponía que tenían que estar con ella siempre que él no pudiera. Bajó corriendo los peldaños de la torre y ya estaba a medio camino cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo. De modo que aminoró la velocidad. Lucais, a quien había dejado con la palabra en la boca, lo siguió de cerca y a ellos se les unieron más hombres, antes de llegar al lugar que habían asignado temporalmente para los caballos.

Las carcajadas de Lucais cada vez que Brice maldecía no calmaron su rabia, sobre todo al ver al fornido herrero abrazar a Gillian. Y al ver que su esposa parecía cómoda entre sus brazos. Entre los brazos de otro hombre. En público. Brice debió de sacar entonces la espada, pero apenas fue consciente hasta que la tuvo en la mano. El herrero reconoció el peligro, pues se colocó ante Gillian como para protegerla.

Y su esposa, al mismo tiempo, se colocó ante él al verlo aproximarse y oír sus blasfemias. A pesar de no poder casi mantenerse en pie, a pesar de la herida que aún no se había curado, a pesar de la espada amenazante, se mantuvo firme. Brice se detuvo a pocos metros de ella y bajó la espada.

—¿Acaso nunca os quedáis donde se os dice, milady? —le preguntó, aunque no deseaba una respuesta. Cuando ella empezó a ofrecerle una, la miró con odio.

Aunque le alegraba ver que tenía mejor aspecto, aún no estaba lo suficientemente fuerte para andar por el patio. Sola.

Abrazando a hombres.

—Su difunto padre a veces se quejaba de lo mismo, milord —respondió el herrero.

—¿Quién sois vos?

—Milord —dijo ella—. Éste es mi tío, Haefen.

Brice entornó la mirada y observó al hombre al que sólo conocía como herrero de Thaxted.

—Creí que no os quedaba familia, milady.

—Yo me casé con su tía, milord —contestó el herrero—. No estamos emparentados por sangre.

—¿Y qué hacéis con él, milady, cuando deberíais estar en la cama?

—Sólo quería asegurarme de que estuviese vivo —contestó Gillian con voz débil y rostro cada vez más pálido.

—Regresad a vuestra habitación y lo discutiremos más tarde —ordenó él.

—No puedo, milord.

Sus palabras no representaban un desafío a sus órdenes, sino una explicación; una que Brice comprendió un segundo antes de que Gillian se pusiera blanca y se desmayara. No cayó al suelo gracias a que su tío la tenía agarrada por la cintura. Brice enfundó la espada y la tomó en brazos con cuidado de no lastimarle el hombro.

—Hablad conmigo en la torre —le ordenó a Haefen mientras se alejaba.

Le llevó sólo unos minutos llevarla de vuelta a su habitación y meterla en la cama. Ernaut se sobresaltó al verlos acercarse, probablemente creyendo que la dama estaría en la habitación. Brice vio cómo el joven se daba cuenta del fracaso de su cometido. No podía excusarlo, pero tampoco castigarlo por algo que él tampoco había logrado hacer.

—Milord —comenzó Ernaut mientras le abría la puerta. Luego esperó a que depositara a Gillian en la cama.

—Solucionaremos esto más tarde, Ernaut. ¿Dónde está Leoma?

La mujer en cuestión apareció después de que Brice tapara a Gillian con una manta y enviara a Ernaut al pasillo. Llevaba una bandeja con comida, probablemente la misión que le habría encomendado su esposa al planear su huida.

—La he encontrado en el patio. Dado que no le han salido alas y dado que sé que Ernaut no ha abandonado su puesto, tiene que haber otra salida oculta en sus aposentos. Encárgate de ella, Leoma. No creo que tenga fuerza para volver a escaparse, pero no quiero que se ponga en peligro al intentarlo.

Con la sospecha de que existían más entradas secretas bajo los muros o a través de ellos, Brice y sus hombres habían registrado la fortaleza habitación por habitación. Incluyendo el dormitorio de Gillian. Pero no habían encontrado nada. Regresó al piso principal y encontró al herrero esperándolo, custodiado por Lucais. Brice le indicó que lo siguiera y lo condujo a una mesa con bancos donde normalmente se reunía con sus capitanes.

Pidió que les llevaran cerveza y vio cómo la sirvienta se demoraba.

Negó con la cabeza, a punto de perder los nervios por el comportamiento de los sirvientes, tanto en la fortaleza como fuera. Recibían cualquier orden con desdén y tardaban en llevarla a cabo. Las miradas estaban vacías o llenas de malicia, y nadie intentaba disimularlo. Incluso había visto a varios de sus hombres responder a tales muestras de desprecio, pero no estaba en su naturaleza hacer eso.

O no lo estaba antes.

Le sirvió la cerveza al herrero, que permanecía de pie, y luego envió a Lucais de vuelta a sus tareas.

Sabía que Oremund había dejado espías allí, sirvientes leales a él, encargados de informar de todo lo que fuera posible. Brice tenía que encontrarlos y darles razones para que fueran fieles a él.

Y comenzaría su búsqueda con Haefen.

—¿Eres un hombre libre o un siervo, Haefen? —le preguntó, haciéndole gestos para que se sentara.

—Soy libre, como el molinero, el velero y el cervecero —contestó el herrero, y declinó la invitación a sentarse.

—¿Cuánto tiempo llevas en Thaxted?

—Nací y me crié aquí, milord. Como casi todos —contestó, aunque Brice advirtió la pausa en su respuesta. De modo que hizo la pregunta evidente.

—¿Y lord Oremund? ¿Cuánto tiempo llevaba él aquí?

—Vino justo después de que su padre muriera en Stamford Bridge, el septiembre pasado.

—¿Tan poco hace? —preguntó Brice. Oremund se comportaba como si hubiera vivido allí desde niño—. ¿Dónde vivía antes?

—Lord Eoforwic le dio el control de una de sus fincas más grandes al joven lord Oremund hace unos años.

—¿Y por qué Oremund no obedeció la llamada a las armas de su rey y luchó en Hastings?

—No creo ser el hombre apropiado para responder a esas preguntas, milord —protestó Haefen.

—Pero eres un hombre libre, Haefen. Puedes ir y venir, y negociar tus pagos y tus condiciones. Es mucho mejor preguntarte a ti que a un siervo atado a su señor. De hecho, la mayoría de los siervos no conocerían el mundo más allá de las puertas de la fortaleza. Un hombre libre, en cambio, tiene una visión más amplia de las cosas.

Por un momento Brice creyó que el herrero se marcharía sin responder, pero finalmente lo hizo.

—Se convino que lord Oremund y Ruedan se quedarían atrás y protegerían al ejército del rey Harold por la espalda.

Aquello no tenía sentido, pues el duque Guillermo supo antes de Hastings que Harold había diezmado los ejércitos de Tostig y de Harald Hardrada. Los únicos ejércitos tras él habrían sido el de Mercia y el del norte.

Y su presencia en la batalla de Hastings habría resultado perjudicial para Guillermo. ¿Acaso Harold se había visto amenazado por su cuñado? ¿Se habrían sumado viejas rivalidades a los enemigos a los que se había enfrentado Harold Godwinson en sus últimos días de poder en Inglaterra?

Brice pensaba que el hijo de Harold, Edmund, aún se escondía entre sus seguidores, y a pesar del hecho de que su joven rey Edgar Atheling y los condes del norte estaban en Normandía con Guillermo, aún había suficientes lores sajones poderosos y sin derecho a voto que podrían causar problemas. Sobre todo si se materializaba un líder fuerte.

Respiró profundamente. Ya le había advertido a su amigo Giles que no era buena idea perdonarle la vida a Edmund meses atrás, y tenía la sensación de que los resultados de aquella clemencia estaban directamente relacionados con los problemas a los que ahora se enfrentaba. Era irónico que su destino estuviera aún ligado a Giles a pesar de los kilómetros que los separaban.

Pensó entonces en la mujer que descansaba en sus aposentos. Había todavía demasiadas preguntas sin respuesta.

—¿Qué quiere Oremund con Gillian? —le preguntó al herrero.

—Lo mismo que cualquier noble desea con una mujer soltera de su familia; utilizarla para hacer contactos con otras familias.

Ese Haefen sabía demasiado. Brice tenía la sensación de que nada de lo que hiciera lograría que aquel hombre traicionara a su sobrina. Al ver cómo el herrero se cruzaba de brazos, Brice se preguntó cuál de los dos era el profesor y cual el alumno cuando se trataba de testarudez.

—¿Tu esposa está aquí en Thaxted?

Por primera vez desde que viera a Gillian con ese hombre, Brice presenció cierta debilidad en él.

—Ella murió, milord —respondió Haefen.

El plan último se esfumó de su mente, aún era difuso, pero los hilos de la telaraña comenzaban a quedarle claros. Lo único evidente era que Haefen seguía en Thaxted por varias razones, pero la primera y más importante era proteger a Gillian. De él o de Oremund, no lo sabía aún. Brice se terminó la cerveza y se puso en pie.

—Puedes ver a tu sobrina si quieres. Estoy seguro de que tiene mucho que contarte. Pero dale tiempo para dormir y regresa antes de la cena.

—Muchas gracias —contestó Haefen con una inclinación de cabeza por primera vez.

—Y mañana trae aquí a los demás hombres libres para que podamos discutir sobre las necesidades de Thaxted y de su gente. Me gustaría tener las cosas claras mientras llevamos a cabo la reconstrucción.

—Sí, milord —otra inclinación.

Haefen se marchó; Brice le indicó a Lucais que lo acompañara de vuelta a la torre del guardia. Era el lugar más alto de Thaxted y podían verse desde allí kilómetros a la redonda. Además era el único lugar seguro para hablar cuando no quería ser oído.

Horas más tarde, cuando ya no pudo ignorar su estómago hambriento, se dio cuenta de que aún no había comido y de que no había hablado con Gillian de manera significativa en más de una semana.

Peor aún, no la había tocado ni besado, y ni siquiera había dormido en su cama por miedo a empeorar su herida. Ahora, sin embargo, tras ver que estaba recuperándose, deseaba verla.

En realidad deseaba arrancarle la ropa, sobre todo ese maldito velo que cubría su pelo y casi toda su cara, y descubrir qué había debajo en la comodidad y el calor de la cama, sin nadie que los escuchara o interrumpiera. Y deseaba oír esos suaves jadeaos que emitía cuando acariciaba sus partes más íntimas.

Estaba excitado de nuevo, como siempre que pensaba en su esposa, y se dio cuenta de que debía seguir el consejo que tan ingenuamente le había dado a Giles; «comienza como desees continuar». Ella era su esposa ante sus hombres, que habían presenciado los votos, pero no sabía lo que le habrían contado a la gente de Thaxted.

Ahora que iba recuperándose, encerrarla en sus aposentos sería como hacerla prisionera. Sin duda la visita de su tío sería vista de otra forma, pero Brice necesitaba que se mostrara visible para la gente de Thaxted. Aunque era similar a la situación de Taerford, aquello era diferente también. En Taerford, cuando Fayth había desaparecido, su gente había comenzado a preguntar por ella. En Thaxted, sin embargo, nadie, ni siquiera su tío, había ido a mostrar su preocupación. No estaba seguro de lo que eso significaría, pero sabía que no podía ser nada bueno.

Aquéllos que dormían en la sala principal de la torre se preparaban para acostarse mientras él caminaba hacia los aposentos de Gillian. Le pidió a una de las sirvientas que llevara algo de comida y comenzó a subir las escaleras.

Comenzar como deseaba continuar, pensaba. Y sabía perfectamente lo que deseaba.

Doce

Brice vio que Ernaut seguía de pie montando guardia frente a la puerta. Le daría una nueva misión al chico por la mañana y comenzaría a alternar con otros guardias. Teniendo en cuenta que había muy pocas habitaciones en aquel segundo piso de la torre, alguien podría montar guardia en esa escalera y controlar a los que iban y venían. Siempre que aquéllos que tuvieran acceso a las habitaciones fueran conocidos o de confianza, Gillian estaría segura en sus aposentos.

Le dio permiso a Ernaut para marcharse y abrió la puerta con la esperanza de encontrar a Gillian ya en la cama. En vez de de eso, estaba sentada en la silla, con el camisón, mientras Leoma le aplicaba un ungüento sobre la herida. Dado que estaba de espaldas a él, no podía verle los pechos, pero no importaba; su cuerpo recordaba aquella imagen, el tacto, el sabor e incluso el peso de sus senos en sus manos. Debió de emitir algún sonido, pues ambas se volvieron hacia él.

Aquello hizo que su melena cayera suavemente sobre sus hombros al volver la cabeza. Como una diosa mítica, se quedó mirándolo con esos ojos azul verdoso y él perdió la capacidad de hablar. El momento se alargó hasta que Leoma rompió el silencio.

—Milord, enseguida habremos terminado, si queréis volver más tarde —dijo.

¿Volver? No tenía intención de marcharse. Entró y cerró la puerta tras él.

—Yo puedo encargarme de milady, Leoma. ¿Por qué no vas a buscar a Daniel en el salón de abajo?

La mujer asintió y le entregó la vasija de barro.

—Aplicad esto por delante y por detrás y cubridlo con esas vendas.

Brice se echó a un lado para permitir que se marchara y luego se acercó a Gillian. Ella lo miró con los ojos muy abiertos mientras le apartaba el pelo de la cara. Se agarró los extremos del camisón suelto para que sus pechos quedaran cubiertos, pero eso no alivió el creciente deseo que Brice sentía ni disminuyó la imagen tan hermosa que representaba. La miró cuando suspiró al tocarle la piel cercana a la herida en la espalda.

—Perdón, Gillian. No quería hacerte daño —se disculpó mientras comenzaba a extender el medicamento sobre su piel.

Mientras Gillian se relajaba bajo sus caricias, él fue aplicando el ungüento cada vez más cerca de la herida, con suavidad. Aunque su mente sabía lo que hacía, su cuerpo reaccionaba por sí solo y pronto la sangre le retumbaba en las venas. La deseaba, pero no era el momento para esas cosas. Además, seguía sin estar seguro de si la noche que había pasado con ella antes de la batalla no habría sido sólo por compasión. Aquella noche él había buscado consuelo; ahora sólo buscaba a su esposa.

Intentando mantener sus necesidades bajo control, terminó de aplicarle el ungüento en la parte de atrás del hombro, la rodeó y se agachó frente a ella. Brice se había quitado la cota de malla y otras protecciones antes de entrar y descubrió que su erección era evidente si uno miraba. Temía y a la vez esperaba que Gillian mirase.

Brice se estremeció entonces, pues pudo verle los pechos a través del lino del camisón. Vio cómo su respiración se entrecortaba y cómo se humedecía los labios varias veces con la lengua, como si estuviesen demasiado secos. Trató de ignorarlo, trató de ignorar el calor que crecía entre ellos, incluso trató de no ver el modo en que sus manos comenzaban a deslizarse para dejar de ocultar los pechos. Lo peor, sin embargo, fue cuando ella cerró los ojos y suspiró al sentir sus caricias.

Brice dejó la vasija y se inclinó para besarla. Se habría detenido si ella hubiese apartado la mirada, o si hubiese mostrado alguna señal de no desear que lo hiciera, pero simplemente lo miró y volvió a humedecerse los labios. Peor aún, abrió la boca cuando tocó sus labios y Brice perdió casi todo el control que luchaba por mantener.

Brice saboreó su boca con la lengua, y la introdujo dentro para explorarla. Cuando ella imitó los movimientos con su propia lengua, Brice succionó como deseaba a hacer con sus pechos y entre sus piernas.

Se movió para acercarse y deslizó la mano hacia sus pechos. Sintió cómo se le endurecían los pezones y la besó con más pasión, utilizando la otra mano para sujetar su cabeza y mantenerla cerca.

Apartó la cara y vio cómo Gillian movía la mano como para tocarlo, y la excitación y la anticipación hicieron que su erección palpitara con más fuerza que antes. Intentó no presionar su cuerpo contra ella y aguardó aquella primera caricia.

El golpe en la puerta pareció tan potente e inesperado que perdió el equilibrio y comenzó a irse hacia atrás. Recuperó el equilibrio en el último momento, se puso en pie y dio un paso atrás; vio el brillo de excitación en sus ojos y el rubor de la anticipación en sus mejillas. Recordó entonces haberle dicho a la sirvienta que les llevara comida allí.

—Vuestra comida, milord —dijo la mujer a través de la puerta.

Brice vio cómo la sirena se convertía de nuevo en la chica inocente, que se cubrió los pechos y se echó por encima el chal que tenía en el regazo.

Él la ayudó en la tarea y luego abrió la puerta. Sin permitirle entrar a la sirvienta, agarró la bandeja de la comida y cerró de nuevo con el pie.

—Aún no habéis comido, milord —dijo Gillian. Intentó levantarse de la silla, pero él la detuvo.

—No se te ocurra levantarte de esa silla — llevó la bandeja a la cama, la dejó allí y se sentó al lado, todo sin derramar el cuenco de sopa ni la jarra de cerveza. Teniendo en cuenta que aún le temblaban las manos, fue tarea difícil—. He estado ocupado hasta ahora.

—Entonces comed —dijo ella, y giró los hombros para aflojarlos. Aunque eran otras partes de su cuerpo las que necesitaban relajarse, pues los pechos ansiaban sentir sus caricias y aquel lugar entre sus piernas palpitaba con deseo. Sentirse así era algo nuevo y Gillian no estaba segura de si era algo bueno o malo.

—¿Te duele? —preguntó él mientras devoraba el cordero que el cocinero había preparado para la cena.

—Está mejor cada día que pasa —respondió ella, se puso en pie y comenzó a dar vueltas por la habitación.

—¿Tu escapada al patio ha hecho que vuelva a sangrar?

Gillian se detuvo y lo miró; estaba intentando buscar información sobre cómo había abandonado la habitación sin ser vista. Pero por mucho que su tío pensara que Brice era de confianza, la explicación no saldría de su boca. Guardaría el secreto, por el momento.

—No, milord —respondió—. Como habréis notado, la piel se ha curado y, cuando baje el hematoma, Leoma dice que podré hacer uso normal del brazo.

No sabía cómo no le dolía el estómago con la velocidad a la que comía, pero pronto había devorado todo el cordero y se había bebido la jarra entera de cerveza. Cuando se levantó, imaginó que se marcharía, como tenía por costumbre.

—¿Estoy prisionera aquí, milord?

Había querido hacerle la pregunta durante todo el día, pero temía su respuesta. La llegada de su tío le había dado esperanza, pero tener visita no significaba que pudiera marcharse.

—No estás prisionera, Gillian. Ernaut o cualquier otro están en tu puerta por tu seguridad. Leoma está aquí para tu comodidad. Al principio, cuando te vi en el patio pensé que querías volver a escaparte. Puede que pienses que no entiendo los métodos de tu hermano, pero sé más de ellos de lo que imaginas, y el hecho de que vayas por ahí sin protección es como provocarlo para que actúe. Maldita sea, tú estás en el centro de lo que sea que persigue y, hasta que no averigüe por qué, tendrás un guardia en la puerta y compañía a tu lado.

Si no lo hubiera creído imposible, habría confundido su rabia con preocupación; preocupación por ella. Pero era un hombre acostumbrado a que se obedecieran sus órdenes y ella no había respetado su autoridad. ¿Cómo sería tener un marido que realmente se preocupara por ella y no por todo lo demás? La observaba con expectación en la mirada, así que Gillian asintió.

A pesar de asegurar entenderlo, la conducta de su hermano le había resultado sorprendente. Gillian no había apreciado su desesperación hasta que no mostró su verdadera naturaleza frente a sus enemigos. Eso no había ocurrido antes. Y una parte de ella se alegraba de contar con la protección de lord Brice, sin importar cuáles fueran sus razones.

—No eres prisionera, Gillian —repitió él, pero Gillian no sabía si estaría intentando convencerla a ella o a sí mismo.

Luego se dirigió a la pared opuesta, aquélla en la que se escondía el túnel secreto, y comenzó a palpar los bordes. Ella aguantó la respiración, pues estaba muy cerca de donde se encontraba el cerrojo que abriría la puerta. Lord Brice deslizó las manos por la superficie durante unos minutos y luego se volvió hacia ella.

—¿Vas a decirme dónde está? —Gillian se dispuso a negar su existencia, pero la interrumpió—. Es la única manera en que pudiste escapar de tu hermano y de mi vigilancia, así que sé que existe. Pero no sé dónde está.

—Milord… —dijo ella, intentando pensar en cómo argumentar, pero sin conseguirlo.

—No confías en mí. Lo entiendo. Sólo dime cuántos saben su localización.

—Sólo dos ahora, milord —respondió ella.

—Tu tío y tú —supuso él. Antes de que ella pudiera negarlo o admitirlo, sonrió amargamente—. Y sospecho que ni siquiera tu hermano logró que Haefen se lo dijera.

Gillian se quedó mirándolo con la boca abierta, pues realmente parecía conocer los métodos de Oremund. ¿Se lo habría contado Haefen? ¿U otra persona?

—Tú tío permanece aquí sólo para protegerte, según parece. Una deuda de honor, supongo. Pero eso no es lo que busca tu hermano de ti, ¿verdad? Hay algo mucho más importante para él que tú controlas, de lo contrario te habría matado cuando tomó este lugar tras la muerte de tu padre.

Los muros de la habitación comenzaron a girar ante sus ojos. Gillian intentó no mirarlos, pues hacía que aumentase el mareo. En su lugar, estiró la mano e intentó estabilizarse antes de caer. Al no alcanzar la pared, se agarró al chal e intentó protegerse el hombro.

En vez de la dura madera del suelo, o la piedra de la pared que tenía al lado, aterrizó sobre el pecho musculoso de Brice. La sujetó con las manos en la cintura y la levantó sin hacerle daño en el hombro. Sintió que la guiaba hacia abajo y, cuando recuperó el sentido, se dio cuenta de que estaban los dos sentados lado a lado en la cama.

Brice mantuvo el brazo alrededor de su cintura mientras con la otra mano le apartaba el pelo de la cara. Cuando terminó se levantó con ella, retiró las mantas y la ayudó a meterse en la cama. Sus palabras la aterrorizaron, pues habló de los días que había pasado con fiebre.

—No puedo decir que no haya matado a nadie jamás, pero nunca he asesinado a un hombre. Puedo ser tan despiadado en la batalla como se rumorea que es el rey Guillermo. Se trata de matar o que te maten, y un hombre hace lo que sea para sobrevivir, Gillian —dijo mientras recorría la habitación apagando las velas. Cuando llegó a la última, la miró por encima de la llama, lo que le dio a sus ojos una apariencia fantasmal—. Pero lo mataré por lo que te ha hecho —prometió con voz fría como el hielo—. Hermano o no, morirá.

Apagó la última vela de un soplido y Gillian aguardó a que se marchara para poder pensar en aquella ferviente promesa contra su hermano. La cabeza aún le daba vueltas por el miedo a haber revelado algo más durante los delirios de la fiebre, pero se sentía tranquila por su promesa no sólo de protección, sino de venganza contra los hechos de su hermano. Aunque a veces quería perdonar a Oremund por sus pecados, Gillian sabía que ni siquiera su padre le pediría eso.

El fuego del hogar estaba casi apagado, de modo que proyectaba poca luz, y se vio obligada a escuchar sus pisadas de camino a la puerta. Sin embargo, los pasos se acercaron a la cama.

—Milord, la puerta está en la otra dirección —dijo.

—No me marcho, Gillian.

—¿No? ¿Entonces dónde dormiréis?

Las cuerdas que sostenían su cama crujieron bajo su peso cuando Brice se sentó a su lado.

—He decidido que echo de menos el consuelo de los brazos de mi esposa. Dormiré aquí.

Gillian quiso protestar, apelar a su herida, pero el roce de su piel desnuda contra ella vacío su mente de cualquier argumento coherente. ¿Cuándo se había desnudado? Y con unos pocos movimientos Gillian se encontró a sí misma desprovista de su camisón, tendida sobre su costado bueno, con un hombre grande y fuerte a su espalda. Suspiró al sentir el placer de sus músculos fuertes rodeándola, pues Brice deslizó un brazo bajo su cabeza y con el otro protegió su hombro herido.

Su cuerpo traicionero reaccionó inmediatamente y se preparó para los placeres que había descubierto junto a él la última vez que habían compartido la cama. Pronto se olvidó de su lesión. No sabía cómo podrían fusionarse sin tener que usar el brazo y sin sentir dolor, pero su piel, sus pechos y sus piernas ansiaban recibirlo.

Y esperó.

Tan pronto como él se acomodó tras ella, dejó de moverse. Oh, esa parte de él sí se movía, Gillian podía sentir el calor de su erección frotándose contra sus nalgas, como buscando aquel lugar entre sus piernas. Pero no la presionó entre sus cuerpos ni la penetró como podría haber hecho. No deslizó la mano hacia la unión de sus muslos ni tocó su punto más húmedo. Tampoco acarició sus pechos ni estimuló sus pezones hasta hacerle pedir más.

La habitación quedó en silencio y, a pesar del calor de su respiración en la oreja, parecía no buscar el placer sexual que había buscado la última vez. Tras pocos minutos, el calor y la seguridad de su cuerpo enlazado al suyo, junto con el cansancio de su cuerpo, comenzó a arrastrarla hacia el sueño. Aunque estaba convencida de que jamás podría dormirse con semejante tentación tan cerca, su cuerpo acabó por sucumbir. O al menos comenzó a hacerlo hasta que sus palabras la despertaron.

—No te preocupes, Gillian. Pienso buscar la comodidad de tu cama con frecuencia cuando estés recuperada.

Acompañó sus palabras con un beso en el cuello que le produjo escalofríos. Entonces se rió, y su carcajada, llena de promesas sexuales, le hizo querer darse la vuelta entre sus brazos y pedirle que buscara los placeres de la carne con ella.

—Shhh —dijo él—. Necesitas dormir y yo necesito descansar. Habrá mucho tiempo para nosotros —susurró.

Gillian sintió el cansancio en su cuerpo y se rindió al sueño. Pero la promesa de sus palabras y el calor de su cuerpo provocaron los sueños más escandalosos durante toda la noche. Y por la mañana, cuando se despertó y descubrió la cama vacía, se preguntó si todo habría sido eso, un sueño.

Trece

—¿Milady?

Gillian estaba acurrucada entre las mantas de su cama, sola, pero si lo intentaba aún podía sentir la fuerza de los brazos de Brice a su alrededor. Ignoró la voz de Leoma, cerró los ojos y aspiró el aroma que había dejado tras de sí,

Masculino. A cuero.

—¿Milady? —repitió Leoma—. ¿Estáis despierta?

—Sí, Leoma. Estoy despierta.

Al menos ya lo estaba, a pesar de sus esfuerzos por permanecer en el reino de los sueños. ¡Qué sueños tan maravillosos! Pero la luz que inundaba la estancia prometía un precioso día primaveral.

—Lord Brice preguntó si os reuniríais con él para desayunar.

—¿Está esperándome? —preguntó ella mientras se lavaba la cara con el paño húmedo que Leoma le ofreció—. ¿Puedes ayudarme a vestirme deprisa?

Leoma le dedicó una sonrisa enigmática, como si supiera algún secreto, y luego ayudó a Gillian a aplicarse el ungüento, a vendarse el hombro y a vestirse. Poco después ya iba de camino al salón para encontrarse con Brice.

Con Ernaut a su lado y Leoma caminando tras ella, Gillian bajó las escaleras con cuidado y se sintió mejor que el día anterior. Fue al entrar en el salón cuando se vio embargada por los recuerdos de la última vez que había estado allí, y creyó oír la voz de Oremund obligándola a irse con lord Ruedan.

Cuando finalmente miró a su alrededor, no lo reconoció con los cambios llevados a cabo con la llegada de Brice. Todo estaba limpio y despejado, y parecía un lugar totalmente diferente.

La mejor parte de todas era que, por primera vez en muchos meses, se sentía segura caminando por allí. No recordaba haberle contado a Brice cómo la trataba Oremund; y no sólo a ella, sino a toda su gente. Sin embargo, claramente le había contado lo suficiente para que comprendiera la verdadera naturaleza de su hermanastro.

Lo único que enturbió su regreso al lugar fue la reacción de los sirvientes que trabajaban en el salón y en la cocina. Aunque Brice no pudo verlos, la miraron con abierto desdén mientras caminaba hacia los caballeros normandos y bretones. Algunos incluso susurraron insultos y la llamaron traidora al pasar frente a ellos.

No debería molestarla, pues estaban más del lado de Oremund que del suyo, pero algunos eran lo suficientemente descarados como para provocarle escalofríos. Conmovida por aquellas palabras tan odiosas, decidió regresar a sus aposentos en vez de enfrentarse a más insultos.

Le soltó la mano a Ernaut y se dio la vuelta, pero se chocó con Leoma, que estaba ocupada tonteando con su marido. A pesar del dolor en el brazo producido por el impacto, Gillian siguió corriendo hacia las escaleras. Sin detenerse, subió los peldaños y llegó a sus aposentos. Ya se había vuelto a meter en la cama cuando Leoma intentó entrar.

—Vete, Leoma —dijo en voz alta.

—Tenéis que comer, milady.

—No tengo hambre —sabía que se portaba como una niña malcriada, pero los insultos le habían revuelto el estómago.

—Tienes que comer, Gillian.

Cerró los ojos al oír la voz de Brice. Gillian no lo había visto al entrar en el salón, pues prefería sentarse a una mesa más baja y no a la que su hermano había hecho construir en el estrado para su uso.

—Marchaos, por favor.

—No.

Brice no rogó ni suplicó, tampoco ordenó. Simplemente pronunció la palabra con la inevitabilidad que implicaba. Gillian salió de la cama y se acercó a la puerta; quitó el cerrojo y se echó a un lado para que él pudiera entrar. Brice entró, dejó fuera a Leoma, cerró la puerta y se apoyó contra ella. Gillian se quedó esperando a que hiciera o dijera algo, pero simplemente la observó.

Luego se movió, pero sólo para acariciarle las mejillas y secarle las lágrimas que ella ni siquiera sabía que hubiese derramado. Sus caricias fueron tiernas y, si todo terminaba al día siguiente, las recordaría siempre.

—Ya te he hecho daño dos veces, Gillian. Dos veces en las que debería haber escuchado el consejo de otras personas.

Gillian se miró el brazo, pensando que se refería a eso. Le dolía después de haberse chocado con Leoma, pero eso no era culpa de Brice.

—No sólo ahora, Gillian —dijo él—. Siéntate —le dio la vuelta a la silla y la señaló—. ¿Podemos hablar de las cosas importantes entre nosotros?

Al igual que Brice esperaba a que ella estuviese preparada para buscar placer, también había esperado a que estuviese preparada para afrontar las situaciones difíciles entre ellos y a su alrededor. Pero había pasado demasiado tiempo, los peligros aumentaban y él seguía sin saber mucho más de lo que sabía al tomar Thaxted. Al ver su ceño fruncido se dio cuenta de que, aunque no hubiese confianza entre ellos, al menos tenía que haber franqueza.

—Le permití a tu hermano dictar los términos y al final tú acabaste herida. Quería aprender más de él y de sus propósitos, pero sólo acabé aprendiendo más sobre su deshonra y su maldad. Pensaba que, al apartar a tu hermano del poder y al demostrar que es posible otro tipo de gobierno, como el que tenía tu padre, me aceptarían. Pensé que podría ganarme su confianza y su apoyo, y también el tuyo —se pasó las manos por el pelo y la miró—. En vez de eso, no he sido capaz de darme cuenta de que me llevará más de quince días construir algo que tu hermano demostró que podía destruirse en un momento.

Al ver cómo su expresión había cambiado al entrar en el salón, se había dado cuenta de que los sirvientes susurraban insultos hacia ella. Algunos ni siquiera habían sido sutiles. Y todos señalaban semillas de maldad sembradas por Oremund. Para obtener la verdad, tenía que conseguir que Gillian le explicase más acerca de sus lazos familiares y los riesgos implicados, pues no había nadie más implicado a fondo en aquel asunto que ella. Se agachó junto a Gillian y la miró cara a cara.

—Pero para hacer eso y para establecer aquí mi gobierno, necesito tu ayuda, Gillian. ¿Me contarás la verdad sobre tus padres y sobre el poder de Oremund sobre Thaxted?

Observó cómo una serie de emociones cruzaba su rostro, pero finalmente asintió. Él se apartó para darle espacio y para poder concentrarse en sus palabras en vez de en su aroma, o en cómo su piel incitaba a tocarla.

—Mi padre tomó a mi madre como su amante dos años después de que Oremund naciera. Yo no sé qué ocurrió entre mi padre y su esposa, pero se decía que no volvió a compartir su cama tras el nacimiento de Oremund. Cuando yo nací, las cosas se volvieron difíciles entre mi padre y su esposa, así que él empezó a pasar cada vez más tiempo aquí en Thaxted. Lady Claennis fue enviada a una de las propiedades norteñas de mi padre, junto con Oremund. El día después de que mi padre recibiera la noticia de su muerte, se casó con mi madre.

A Brice se le ocurrió una buena razón para aquella separación tan visible y pública, pero no quiso decirla en voz alta sin tener más prueba que sus sospechas.

—¿Y siguió viviendo aquí mientras Oremund vivía en el norte? —junto a Mercia y Northumbria, y a los constantes daños de Edwin y de Morcar, hijos de Aelfgar.

—Sí, y creció el resentimiento. Cuando llegó a la mayoría de edad, mi hermano empezó a cuestionar todo lo que hacía mi padre, incluso lo contradijo en lo referente a aliados y enemigos. Cuando el rey Eduardo murió y Harold fue coronado, las cosas empeoraron, pues cuando llegó la llamada del rey, Oremund la rechazó. Y mi padre tuvo que luchar en su lugar.

La tela de araña quedó clara entonces, y la conexión evidente entre Oremund y los condes del norte hablaba de una conspiración mucho mayor de lo que había imaginado en un principio. ¿Acaso el rey Guillermo pensaba que sacando a Morcar, a Edwin y a Edgar de Inglaterra podría frenar sus planes? Y con Edmund Haroldson aún vivo y reclutando más y más rebeldes para su ejército invisible, las cosas podían ir mucho peor.

—¿Y tu madre?

Gillian suspiró y la tristeza invadió su voz.

—Enfermó cuando las cosas entre mi padre y Oremund se pusieron peor, como si pensara que ella era la causa de su disputa. Cuando empeoró, mi padre se la llevó a las hermanas del convento, que eran conocidas por sus habilidades curativas.

Brice sintió un escalofrío por la espalda y esperó a que le contara más.

—¿Y?

—Murió sin poder regresar a Thaxted. Un día mi padre recibió la noticia de su muerte y, para cuando llegamos, ya había sido enterrada. Dado que mi padre le había legado Thaxted, me nombró a mí heredera, y Oremund recibió las demás propiedades y el título cuando murió mi padre.

Aquella extraña sensación regresó con la promesa de que había más, mucho más que aquello. Algo que explicaría la obsesión de Oremund por mantener a Gillian cerca a pesar de odiarla. Antes de poder hacer la siguiente pregunta, el sonido de su estómago rompió el silencio.

Gillian se sonrojó y él se dio cuenta de que había bajado al salón a desayunar y aún no lo había hecho.

—Mis disculpas por hacerte pasar hombre. Vamos, la comida nos espera abajo.

Obviamente ella se mostraba reticente. Dudaba entre bajar con él al lugar en el que no era bienvenida o quedarse allí, sola, pero segura.

—Ven conmigo —insistió él, y Gillian finalmente le dio la mano y se levantó.

Mientras caminaba hacia el salón, sabía lo que tenía que hacer. No le había gustado cuando Giles había hecho algo similar, pero ahora comprendía la necesidad de una muestra pública. Brice condujo a Gillian escalera abajo, tentado en varias ocasiones de tomarla en brazos. Cuando llegaron comprobó que sus hombres, al menos, habían llevado a cabo sus órdenes.

Todos los sirvientes encargados de trabajar dentro estaban allí reunidos, aguardando su regreso. No necesitaba hacer una gran demostración; algo pequeño sería efectivo y serviría para difundir la palabra. Cuando Gillian intentó apartarse de su lado, él le sujetó la mano y esperó mientras Ansel pronunciaba su nombre y su título.

—Lord Eoforwic, que Dios lo tenga en su gloria, se casó con Aeldra de Thaxted y le legó la fortaleza —comenzó—. En su testamento declaró que Gillian, lady Thaxted, era la heredera de su madre y que se quedaría con la fortaleza y con los terrenos a su muerte, sin tener poder sobre sus otras fincas y títulos. Guillermo de Normandía me ha nombrado a mí, Brice Fitzwilliam, barón de Thaxted, y me ha entregado a lady Gillian en matrimonio. Por el rito de la Iglesia Católica y ante testigos, ahora es legalmente mi esposa, lo que confirma su lugar aquí… —hizo una pausa y recibió las miradas directas de algunos de ellos—. Si le faltáis al respeto a ella, me lo faltáis a mí. Si la desobedecéis, me desobedecéis a mí.

Le soltó la mano a Gillian y dio un paso hacia delante para dejar claro el mensaje a aquéllos allí reunidos.

—El castigo es muy simple; os expulsaré.

Todos se quedaron con la boca abierta, pues lo único que los protegía de villanos y maleantes era su señor. El único que los apoyaba y les daba de comer era su señor. Para un siervo atado a la tierra, ser expulsado era como firmar su sentencia de muerte.

—Aunque él se haya ido, a aquéllos que trabajáis para Oremund os advierto; no mostraré piedad con los traidores que persigan su causa. Soy hombre de Guillermo de Normandía, rey de Inglaterra, y defenderé su reino.

Brice regresó junto a Gillian y terminó.

—Hay mucho trabajo que hacer y mucho éxito que cosechar, si no hay discordancia, desobediencia, ni deslealtad. No busco problemas, pero no me apartaré de ellos. Ahora volved a vuestras labores y recordad mis palabras.

Vio cómo los sirvientes se separaban, pero Brice quiso saber la reacción de Gillian, de modo que se volvió hacia ella.

—Temen su regreso, milord —dijo ella—. Oremund dejó claro que regresaría, y los hará responsables a ellos.

—Oremund no se quedará con Thaxted — respondió él—. No importa lo que les haya dicho ni lo que planee. Tanto la fortaleza como tú sois mías, y no renunciaré a nada.

Le llevó la mano a los labios y se la besó. Un leve rubor coloreó sus mejillas y ella asintió, como si aceptara sus palabras. Los sonidos de su estómago arruinaron el momento y le recordaron su atroz falta de modales. La condujo a la mesa donde había comido y pidió que le llevaran comida. En esa ocasión los sirvientes siguieron sus órdenes al instante.

Lucais había dicho que tenía que dejar claro su lugar ante todo el mundo, y aquélla le parecía la manera más fácil de hacerlo. Brice no era tan tonto como para pensar que eso le aseguraría la lealtad de la gente, pero tenía que intervenir de alguna manera o Gillian nunca podría vivir tranquila en su propio hogar.

Cuando los hombres libres, incluido su tío el herrero, se aproximaron, les indicó que se unieran a él en la mesa y comenzó a negociar los términos de sus servicios. Aunque Gillian no dijo nada, sólo tuvo que mirar su cara y sus ojos para ver si estaba ofreciendo demasiado o no lo suficiente. Siguiendo sus consejos, concluyó las conversaciones a su favor y luego se despidió de los hombres. No sin antes hacerles la misma advertencia, aunque con otro castigo más apropiado si lo traicionaban ante Oremund.

Aunque el tiempo lo diría, Brice se preguntaba cómo podría hacer que su esposa confiara en él lo suficiente como para decirle toda la verdad. ¿Y llegaría a tiempo para salvarlos a todos?

Gillian intentó no sonreír mientras observaba a lord Brice negociar con el molinero, el cervecero, el velero y su tío, y otros hombres libres que habían trabajado para su tío. Aunque su hermano se había apoderado de todo y había establecido sus propias tarifas, una miseria en comparación con su valor, aquel nuevo lord parecía disfrutar de los entresijos de la oferta y la contraoferta.

Cuando su tío le había pedido que lo visitara más tarde, ella había mirado primero a su marido. Aunque Brice le había dicho que no estaba prisionera, decirlo y permitirle libertad eran cosas bien distintas. Cuando él le advirtió que no intentara hacer demasiado en su primer día fuera de la cama, con mirada penetrante al decir «cama», Gillian sintió un calor muy distinto por su cuerpo.

El día pasó deprisa, pero había cierta melancolía que teñía sus intentos por disfrutar de su libertad, y de los intentos de su marido por librarlos a todos de Oremund. Cuando Brice informó de que no estaría allí para la cena, ella decidió cenar en sus aposentos. Aunque se metió en la cama antes de que él llegara, su cuerpo palpitaba con una sensación de anticipación ante la posibilidad del placer. Lo había sentido cuando le había besado la mano y la había mirado fijamente, y había seguido sintiéndolo durante todo el día.

Pero la comodidad de la cama y los acontecimientos del día desafiaban a sus esfuerzos por mantenerse despierta esperándolo. Pronto se le cerraron los ojos y se durmió.

Lucais había quedado satisfecho con el resultado de su declaración a los sirvientes, pues significaba comida caliente y en cantidades abundantes. Stephen no estaba tan seguro del éxito del mensaje y le advirtió que algunos desaparecerían de la fortaleza en los próximos días para intentar regresar con su verdadero señor. Aquella advertencia también incluía un recordatorio; Brice estaba en su derecho de capturar y matar a cualquier siervo que escapara y que estuviera vinculado a esas tierras.

Brice los escuchó a uno tras otro, pues buscaba su consejo en todos los aspectos. A pesar de la ausencia de sus amigos más cercanos, descubrió que Lucais y Stephen se parecían a ellos en muchos aspectos. Lucais veía las sutilezas mientras que Stephen veía lo directo y previsible. A ambos se les daba bien planear estrategias, eran sagaces e inteligentes.

Y leales sin dudarlo.

De modo que Brice decidió que Lucais sería el gobernador de la fortaleza, mientras que Stephen serviría como capitán de sus soldados. Ansel serviría a Lucais, mientras que Richier sería el segundo al mando de Stephen. Lo único que faltaba era alguien al mando de la casa.

Con todo lo que le había ocurrido, Brice pensaba que lo mejor sería esperar a que Gillian se acostumbrara a su papel de esposa antes de pedirle que se encargara de las labores de la casa, pero a medida que progresaba la reconstrucción y la necesidad de más campos de cultivo se hacía inminente, sintió que necesitaba su colaboración.

Mientras la veía alejarse hacia la herrería desde su lugar privilegiado en lo alto de la torre del guardia, se preguntaba si podría confiar en ella.

Catorce

Brice pensaba en varias maneras de sacar el tema de sus tareas como lady Thaxted cuando entró en sus aposentos. Así que, al cerrar la puerta y ver que estaba dormida, se sorprendió y decepcionó. Se quedó de pie junto a la cama y pensó en qué hacer.

¿Debía interpretar como una señal de disposición el hecho de que no llevara nada más que el camisón? ¿O significaba que sólo quería dormir?

Ser un hombre casado era mucho más difícil que ser un soltero que nunca había tenido dudas sobre el significado de una mujer en su cama.

Gillian se movió y agitó la cabeza, perdida en algún sueño. Pero no eran los terrores que la habían asaltado durante la fiebre, y Brice respiró aliviado al ver que ya no sufría. De hecho sonreía en sueños; y su respiración se aceleró,

como si estuviera cansándose en sueños.

Merde.

Estaba soñando con sus encuentros sexuales.

Soñaba con el placer que compartirían aquella noche.

Soñaba con él, pues susurró su nombre y retumbó en el silencio de la estancia.

Y aquel sonido atravesó su corazón y encendió su cuerpo en sólo un instante.

Su respiración también se aceleró y su cuerpo se llenó de deseo por ella. Se excitó y sintió la erección palpitando contra sus pantalones. Jamás en sus experiencias con las mujeres se había sentido así por una. Jamás hubiera imaginado que la mujer con la que se había casado despertaría en él tanto deseo y expectación. Jamás se había permitido soñar con tales cosas.

Hasta que Gillian de Thaxted apareció en el camino con aquella historia ridícula que pretendía que se creyese. Hasta que soltó aquel gemido de placer desde lo más profundo de su garganta.

Hasta que lo miró a los ojos y le devolvió sus propios sentimientos de deseo con una expresión de inexperiencia que le dejó la boca seca y el cuerpo tenso.

—Gillian —susurró. Se sentó en la cama y se quitó la túnica. Se aflojó el cinturón y los pantalones antes de quitarse las medias y las botas. Ella estiró el brazo hacia el borde de la cama y rozó sus muslos al hacerlo, lo que le produjo un escalofrío.

¿Debería apagar las velas para que su cuerpo, su excitación, no fuese tan evidente? Gillian se humedeció los labios y él se olvidó de sus preguntas. Por primera vez desde que llegase a la edad adulta, no parecía capaz de hacer aquello que normalmente hacía sin pensar: seducir y complacer a las mujeres. Con tantas cosas en juego, había olvidado cómo hacerlo.

—Gillian —repitió tras aclararse la garganta—. Yo… yo… Merde!

—Milord —dijo ella con voz suave—. He tenido un día muy largo y agotador —Brice creyó que pensaba rechazarlo, pero la sirena había vuelto—. Me gustaría buscar consuelo en los brazos de mi marido.

Brice estuvo a punto de explotar en ese instante. Su cuerpo le gritaba que actuase, pero lo único que pudo hacer fue mirar a la mujer que ahora era su esposa.

A pesar de su frustrante encuentro inicial, Gillian parecía más que dispuesta después de que le hubiera demostrado el placer que podía proporcionarle.

Brice apartó las sábanas, pero en vez de tumbarse a su lado se metió en la cama y se quedó sentado con la espalda pegada al cabecero. Con cuidado de no lastimarle el brazo la levantó por la cintura y la sentó en su regazo. Pretendía quitarle el camisón, pero luego decidió que necesitaba algo más rápido. La satisfacción del sonido del tejido rasgado cuando le arrancó el camisón sólo fue sobrepasada por la visión de sus pechos. Terminó de quitarle la prenda y la acercó más a él para que estuviera sentada a horcajadas.

No supo si fue él o ella quien gimió al contacto entre sus piernas y su miembro, pero el placer estuvo a punto de superar a su control. Aquella postura abría sus pliegues de mujer y acercaba los pechos a su boca. Gillian cerró los ojos y él le tocó aquel lugar que había invadido sus sueños.

Estaba caliente y húmeda, y sus dedos se deslizaron sin dificultad por los pliegues hasta encontrar aquel canal profundo donde ansiaba estar. Para asegurarse de que no se cayera, le levantó el brazo sano y lo colocó contra su pecho antes de empezar a acariciarla. Primero con un dedo, luego dos, luego los dedos de una mano y finalmente los dedos de ambas manos, moviéndose cada vez con más fuerza contra sus pliegues húmedos.

Gillian echó la cabeza hacia atrás y soltó el gemido que había estado conteniendo todo ese tiempo. Brice la tocó y acarició hasta hacerle sentir el fuego. Ella intentó moverse, intentó no rendirse a la pasión que sentía, pero renunció a luchar y se dejó arrastrar al placer con él.

La atormentó sin piedad y cada vez que se aproximaba al clímax del placer, él ralentizaba sus movimientos. Gillian consiguió apoyarse sobre sus piernas y moverse junto a él, pero Brice la detuvo con las manos en la cintura. Cuando ella protestó, él se carcajeó y succionó uno de sus pezones. Justo cuando Gillian empezaba a sentir el clímax de nuevo, se detuvo.

Ella le rogó entonces; quería más placer, pero él no aumentaba la velocidad. Cuando capturó su otro pezón con la boca, ella se agachó y lo tocó. El gemido no debería haberla sorprendido, pues sabía que esa parte de él era muy sensible, pero le estaba bien empleado por atormentarla. Sin previo aviso Brice le levantó las caderas, colocó su erección justo debajo de ella y la penetró lentamente, centímetro a centímetro, hasta estar completamente plantado en ella.

Gillian no sabía cómo podía encajar en su interior, pues a juzgar por su tamaño no podía creerlo. Su cuerpo cobró entonces vida propia y se adaptó a su miembro. La sujetaba con las manos en sus caderas, pero, cuando le succionó el otro pecho al tiempo que la acariciaba entre las piernas con la otra mano, Gillian estuvo a punto de desmayarse de puro placer. Sintió cómo sus paredes internas se cerraban en torno a él, acercando a su cuerpo hasta ese éxtasis prometido.

Finalmente le rogó una vez más y él sonrió con aquella sonrisa perversa que Gillian sólo veía durante sus encuentros sexuales. Pero, si pensaba que iba a llevarla al clímax con rapidez, se equivocaba de nuevo. Cada vez que hacían eso, él seguía un camino diferente. De modo que ella no sabía lo que esperar y se dejaba llevar mientras guiaba su cuerpo con caricias y besos.

Comenzaba a sentir que su cuerpo estaba listo para aquel último paso. El calor recorría sus venas, el vientre le cosquilleaba con anticipación. Así que cuando Brice la agarró por la cintura y la recostó suavemente sobre su espalda para interrumpir el placer, ella gritó.

—Ah, Gillian —susurró él mientras movía su cuerpo sobre la cama, sin permitirle realizar ningún esfuerzo—. Ahora te mostraré lo que había soñado hacer… lo que te prometí hacer cuando compartiéramos la cama.

Pronto tuvo las piernas en alto, con sus pliegues expuestos a él. Cuando intentó cubrirse, él se rió y su cuerpo reaccionó al instante ante aquel sonido profundo y masculino. Pero, en vez de moverle la mano, guió uno de sus dedos para… ¡tocarse a sí misma! Levantó la cabeza y vio que se arrodillaba entre sus piernas, pero no imaginó qué se proponía.

—Muéstrame dónde quieres que te toque, Gillian —ordenó—. Usa tu dedo y muéstramelo.

Gillian no imaginaba que pudiera obtener placer tocándose a sí misma, pero lo hizo al deslizar su dedo por ahí, en busca de los lugares que él ya había tocado antes. Brice le separó las piernas y las colocó sobre sus hombros para que reposaran allí. Ella se tocó el punto que más palpitaba y se estremeció cuando él se lo lamió.

—Milord —dijo, intentando apartarse del placer que provocaban aquellas caricias húmedas, pero él le sujetó las caderas para que no pudiera moverse.

—Prometiste llamarme Brice —dijo él mientras acercaba su cabeza una vez más—. Muéstrame otro lugar, Gillian.

Su cuerpo se arqueó en esa ocasión cuando su boca siguió a su dedo y succionó la piel caliente. Pero hizo lo que le ordenó, y se tocó mientras él saboreaba su lugar prohibido. Luego arqueó las caderas hacia arriba y los músculos de su vientre se tensaron hasta que no pudo aguantar más.

Al sentir la primera oleada de placer, Brice se puso en pie y la penetró con una embestida firme y profunda. La fuerza la empujó hacia atrás y él siguió a su cuerpo, embistiéndola una y otra vez hasta que apenas pudo respirar. Se colocó encima de ella y siguió penetrándola hasta que alcanzó el éxtasis y gritó de placer.

Jadeando, Gillian observó como desde fuera de sí misma cómo su cuerpo aceptaba al suyo mientras él comenzaba a derramarse en su interior. Brice apretó la mandíbula y puso cara de dolor, aunque ella sabía que no le dolía. No más que a ella, pero cuando llegó a la cumbre del placer y su cuerpo derramó su humedad, disfrutó al sentir sus músculos internos contrayéndose en torno a su erección.

Pasaron minutos, u horas, no lo sabía, hasta que sus cuerpos se relajaron, pero aún lo sentía dentro de ella. Y cualquier movimiento, cualquiera, le provocaba escalofríos. Advirtió que Brice no se derrumbaba sobre ella; en vez de eso mantuvo el peso con los brazos.

—Has utilizado la boca —dijo ella, aún asombrada—. La boca.

Gillian sabía que debía de parecer muy ingenua comparada con las demás mujeres, pero no imaginaba que semejante cosa fuera posible, o que pudiera darle tanto placer. Brice se tumbó a su lado, con la mano en su vientre.

—Hay muchas maneras de encontrar placer, chérie. Y cuando tu brazo esté completamente recuperado, no tendré piedad de ti —le prometió. Salió de la cama y le ofreció la mano para ayudarla a levantarse. Las sábanas estaban revueltas, su camisón rasgado yacía en el suelo y las velas aún estaban encendidas. Sentía un agradable ardor en los pechos y entre las piernas, y dudaba que fuese capaz de dormir. Vio cómo sus músculos fuertes se movían mientras caminaba hacia la mesa y regresaba con una jarra de cerveza para que bebiera. Pero, cuando se inclinó hacia ella, la besó.

Gillian se saboreó a sí misma en sus labios. Resultaba sorprendente, casi tanto como el hecho de haberse tocado a sí misma, pero la excitaba del mismo modo. Gillian se humedeció entonces los labios y advirtió el sabor salado de la humedad de su cuerpo.

—Si sigues haciendo eso, volverás a encontrarme entre tus piernas —dijo él mirándole la boca una vez más.

Se hizo el silencio en la habitación y Gillian no supo lo que ocurriría. Sentía su cuerpo listo para recibirlo, aquel lugar palpitante esperando las caricias de su lengua. Entonces él negó con la cabeza y se sirvió algo de cerveza mientras murmuraba algo que ella no logró entender. Cuando se agachó para recoger del suelo su camisón, él volvió a negar con la cabeza y sonrió con picardía.

—Perdón, Gillian, por destrozarte el camisón. No era mi intención.

No hablaba en serio, y Gillian se rió y aceptó la falsa disculpa como lo que era. Brice agarró la prenda desgarrada y la lanzó al baúl donde guardaba el resto de su ropa.

—No hace falta que lleves nada cuando durmamos juntos. De lo contrario no podré garantizar la seguridad de tus prendas.

Brice la quería desnuda cuando la tuviera entre sus brazos. Incluso en aquel momento su cuerpo reaccionaba y no tardaría mucho en volver a excitarse. Sólo con una mirada, con una pasada de su lengua por sus labios, un solo movimiento contra su piel, y estaría preparado para poseerla de nuevo.

¿Cómo lo hacía? Ninguna otra mujer lo excitaba de esa manera. La idea de pasar el resto de su vida en su cama, en sus brazos, en su cuerpo, no le asustaba como pensaba que le asustaría. De hecho, incluso podía imaginarse buscando sólo su cama si aquélla era la forma en la que lo recibiría. Agitó la cabeza sorprendido mientras soplaba las velas antes de regresar a la cama.

Tener a la misma mujer como esposa y como amante no era algo que hubiera creído posible. Los reyes… bueno, los reyes tenían una colección entera de amantes, concubinas y una o dos esposas legales, aunque la Iglesia pretendía controlar tales matrimonios. Los nobles tenían amantes para sus necesidades físicas y esposas para darles herederos. Incluso los campesinos no siempre se casaban; la ausencia de un sacerdote que los bendijera hacía que fuera más probable simplemente vivir juntos y tener hijos juntos.

Reflexionó sobre aquella recién descubierta atracción por Gillian mientras la ayudaba a meterse en la cama y los tapaba a ambos con las sábanas. La colocó en la misma posición que la noche anterior y se dio cuenta de dos cosas; no estaba todavía cansado y estaba de nuevo excitado. Habría luchado contra la necesidad de poseerla otra vez, pero Gillian frotó las nalgas contra su miembro.

Mientras se deslizaba entre sus pliegues, de nuevo húmedos, y la penetraba desde atrás, Brice también recordó aquello que tenía que discutir con ella. Pero pronto se perdió en la niebla del deseo mientras sus cuerpos buscaban y encontraban más placer del que habría esperado encontrar con una esposa.

Era demasiado pedir posponer llevarse a su esposa a la cama hasta que tuviese el brazo completamente curado. Era como una bestia salvaje y sedienta de sexo. Si lo miraba mientras caminaba por el salón, iba a buscarla, se la llevaba a sus aposentos y hacía el amor con ella hasta que no podían moverse más. Si le hablaba y su voz tenía ese tono sexual, o si le decía una palabra que le recordaba al modo en que gemía cuando la tocaba, acababan en la cama. Por no hablar de lo que sucedía si lo tocaba, pues por muy inocente que fuera la caricia, llevaba a horas de placer.

En una ocasión apenas llegaron a la privacidad de su dormitorio vestidos. Otra vez estaban en los establos cuando él le levantó la falda y la tomó contra la verja como un semental tomaba a una yegua.

Era escandaloso, podría ser indigno, era sorprendente y Brice disfrutaba a cada instante. Seguía esperando a que Gillian le diese alguna señal de estar cansada de sus atenciones, pero nunca ocurría. Se convenció a sí mismo de que obedecería cuando ella se lo pidiera y no buscaría su cama, pero cada noche, cada día, ella le sonreía, lo recibía en sus brazos, y Brice rezaba para que nunca se cansara de él.

Se había acostumbrado al sexo como un…

—Un cerdo a las heces —dijo Lucais.

Sorprendido, Brice lo miró y luego buscó un cerdo a su alrededor. Entonces se dio cuenta de que había estado fantaseando con ella de nuevo, despierto y en mitad del día. Y todo porque la había visto caminando por el patio.

Lucais le dio una palmada en el hombro y se rió.

—He dicho que lady Gillian y tú os habéis acostumbrado al matrimonio como un cerdo a las heces —explicó—. Las mujeres de Bretaña y Normandía lamentan la pérdida de dos bastardos tan guapos.

—Así es —respondió Brice—. Cuando Simon se casó con Elise, yo sabía que era el fin del mundo tal y como lo conocíamos —dijo riéndose. Siempre habían intentado no tomarse sus reputaciones demasiado en serio, pues se trataba más de escarceos que de cosas serias—. ¿De qué estábamos hablando?

—Sobre cuántos acres de trigo deberíamos plantar esta temporada —respondió Lucais riéndose—. Y de cebada.

Brice sabía poco de agricultura, pues siempre se había centrado en la lucha, con la esperanza de llevar una vida como mercenario, peleando para cualquier lord que pudiera pagarle. Ahora, sin embargo, era su responsabilidad, pues la productividad de las cosechas conduciría al éxito de su puesto allí en Inglaterra. No era tan excitante como una batalla, pero podía ser mucho más lucrativo.

Pero más que eso, se trataba de echar raíces, de fundar una familia, un lugar al que llamar suyo. Para eso aprendería sobre cosechas y campos, y sobre cuántas cabras, vacas y cerdos necesitaban para mantenerse. Por suerte, hombres como Lucais, que venía de una gran finca en Anjou, donde su padre era administrador, no se olvidaban de sus orígenes y resultaban de gran ayuda.

Giles tenía el beneficio de mantener a casi todos los aldeanos y hombres libres que habían vivido en Taerford antes de obtener las tierras, pero Oremund había perseguido y matado a casi todos los de su finca, y por tanto le quedaba a Brice la tarea de reconstruir no sólo el paisaje, sino también a la gente.

Lucais señaló varios campos y habló de sus planes, pero la atención de Brice ya se había desviado de nuevo hacia su esposa, que atravesaba el patio en dirección a la torre. Aunque iba hablando con Leoma y con otra mujer y era la imagen de la inocencia, él conocía a la mujer que se escondía bajo esa fachada. La que se despojaba de sus inhibiciones al tiempo que se despojaba de la ropa. La que se entregaba a él con abandono. Y, por desgracia, la que le confiaba su cuerpo, pero no sus secretos.

Brice se dio cuenta de que tenía que recuperar el control y descubrir las razones que se escondían tras la obsesión de Oremund con su hermana. Y tenía que ser pronto, pues sus espías habían regresado con noticias de que Edmund Haroldson había sido visto por la zona. Eso no podía ser bueno. Respiró profundamente y negó con la cabeza, sin dejar de observar el contoneo de caderas de Gillian.

Había pasado quince días disfrutando de su esposa mientras el peligro crecía a su alrededor. Encontrar a Edmund y a Oremund era algo necesario que había que hacer con inmediatez. No podía seguir tonteando con su esposa. No podía esperar más.

Era el momento.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
23 października 2024
Objętość:
604 str. 8 ilustracji
ISBN:
9788413753119
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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