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Introducción Huir de Dios Las tormentas del mundo ¿Quién es mi prójimo? Aceptar al otro El patrón del amor Huir de la gracia Hacer justicia, predicar la ira Las tormentas del corazón El carácter de la compasión Nuestra relación con la Palabra de Dios Nuestra relación con el mundo de Dios Nuestra relación con la gracia de Dios Epílogo Agradecimientos Notas Acerca del autor
Timothy Keller
El profeta Pródigo
Jonás y el misterio de la misericordia de Dios
ISBN: 978-84-122660-2-3
En gratitud a Dios por la vida y el ministerio de John Newton (1725-1807), quien volvió a Dios durante una tormenta y llegó a ser el pastor que nos enseñó a nosotros, y a muchos otros, acerca de la belleza de la gracia sublime de Dios.
ÍNDICE
Introducción
Huir de Dios
Las tormentas del mundo
¿Quién es mi prójimo?
Aceptar al otro
El patrón del amor
Huir de la gracia
Hacer justicia, predicar la ira
Las tormentas del corazón
El carácter de la compasión
Nuestra relación con la Palabra de Dios
Nuestra relación con el mundo de Dios
Nuestra relación con la gracia de Dios
Epílogo
Agradecimientos
Notas
Acerca del autor
Introducción

El profeta pródigo
Como la mayoría de personas que se criaron yendo a la iglesia, había oído hablar de la historia de Jonás desde que era niño. Sin embargo, como pastor que enseña la Biblia, había experimentado varias fases de desconcierto y asombro ante este breve libro. Para el intérprete, el número de temas es un desafío. Parece que trata acerca de tantas cosas…
¿Trata sobre el tema de la raza y el nacionalismo, ya que Jonás parece estar más preocupado con la seguridad militar de la nación que con una ciudad llena de personas perdidas espiritualmente? ¿Trata sobre el llamamiento de Dios a la misión, ya que Jonás primero huye, pero después va, aunque se arrepiente de haber ido? ¿Trata sobre las luchas que tienen los creyentes a la hora de confiar y obedecer a Dios? La respuesta sería sí a todas, e incluso a más. Hay un gran número de escritos académicos acerca de Jonás que revelan la riqueza de la historia, las distintas capas de significado y la aplicabilidad variada a la vida y al pensamiento humanos.1
Descubrí esa “aplicabilidad variada” a medida que prediqué acerca del libro de Jonás versículo por versículo tres veces durante mi ministerio. La primera fue en la primera iglesia en la que trabajé en un pueblo pequeño y obrero del sur de Estados Unidos. Diez años después, prediqué acerca de este libro a varios cientos de jóvenes profesionales y solteros en Manhattan. Después, una década más tarde, prediqué sobre Jonás los domingos, justo después de la tragedia del 11 de septiembre, en la ciudad de Nueva York. En cada caso, la ubicación cultural y las necesidades personales de la audiencia eran radicalmente distintas; sin embargo, el texto de Jonás fue más que capaz de hablar a los oyentes con poder. Un gran número de amigos me han dicho a lo largo de los años que los sermones que escucharon acerca de Jonás cambiaron sus vidas.
La narrativa de Jonás tienta al lector a pensar que se trata de un simple cuento, con la historia del gran pez como clímax dramático, pero inverosímil. Sin embargo, los lectores más atentos descubren que se trata de una obra de literatura ingeniosa y creada con mucha habilidad. Los cuatro capítulos de Jonás cuentan dos incidentes. En los capítulos 1 y 2, Dios da un mandato a Jonás, pero este no lo obedece. En los capítulos 3 y 4, Jonás recibe el mismo mandato de nuevo y esta vez sí que lo lleva a cabo. Los dos relatos se exponen siguiendo patrones completamente paralelos.
ESCENA 1 ESCENA 2
Jonás, los paganos y el mar Jonás, los paganos y la ciudad
JONÁS Y LA PALABRA DE DIOS
1:1 La palabra de Dios llega a 3:1 La palabra de Dios llega a
Jonás Jonás
1:2 El mensaje que debe trans- 3:2 El mensaje que debe trans-
mitir mitir
1:3 La respuesta de Jonás 3:3 La respuesta de Jonás JONÁS Y EL MUNDO DE DIOS
1:4 El aviso 3:4 El aviso
1:5 La respuesta de los paganos 3:5 La respuesta de los paganos
1:6 La respuesta del líder pagano 3:6 La respuesta del líder pagano
1:7ss. Cómo la respuesta pagana 3:7ss. Cómo la respuesta pagana fue mejor que la de Jonás fue mejor que la de Jonás JONÁS Y LA GRACIA DE DIOS
2:1-10 Cómo Dios enseñó a 4:1-10 Cómo Dios enseñó a
Jonás acerca de la gracia a través Jonás acerca de la gracia a través del pez de la planta
A pesar de ser un pasaje sofisticado en el plano literario, muchos lectores modernos lo desprecian ya que nos dice que un “enorme pez” se tragó a Jonás para rescatarle de la tormenta (Jonás 1:17). La manera en la que respondas depende de cómo leas el resto de la Biblia. Si aceptas que Dios existe y que la resurrección de Cristo es real (un milagro mucho mayor), entonces no hay nada en particular que sea difícil a la hora de leer Jonás de forma literal. Sin duda, muchas personas hoy en día creen que todos los milagros son imposibles, pero ese escepticismo no es más que eso: una creencia que en sí misma no se puede demostrar.2 No solo esto es así, sino que el texto no presenta ninguna prueba de que el autor se haya inventado el relato del milagro. Un escritor de ficción añade elementos sobrenaturales con el fin de darle emoción o montar un espectáculo y llamar la atención del lector. Sin embargo, este autor no saca partido de este suceso de esa forma. El pez únicamente aparece en dos versículos breves y no hay detalles descriptivos. El autor informa de ello más bien como si se tratase de un simple hecho de lo que ocurrió.3 Así que no debemos distraernos con el pez.
La estructura tan cuidada del libro revela los matices del mensaje del autor. Ambos episodios revelan cómo Jonás, un creyente defensor de la religión, trata y se relaciona con personas que son diferentes a él en cuestiones de raza y religión. El libro de Jonás proporciona un mayor entendimiento acerca del amor de Dios por las sociedades y por los pueblos más allá de la comunidad de creyentes, habla acerca de su oposición al nacionalismo tóxico y al desprecio por otras razas y trata sobre cómo formar parte “de la misión” en el mundo a pesar del poder sutil e inevitable de la idolatría en nuestras vidas y corazones. Comprender estas ideas puede convertirnos en constructores de puentes, pacificadores y agentes de reconciliación en el mundo. Este tipo de personas son las que necesitamos en este momento.
Sin embargo, para entender todas estas lecciones y aplicarlas a nuestras relaciones sociales, tenemos que ver que la enseñanza principal de este libro no es sociológica sino teológica. Jonás quería un Dios creado por él mismo, un Dios que simplemente castiga a los malos, por ejemplo, los ninivitas malvados y bendice a los buenos, por ejemplo, Jonás y sus compatriotas. Cuando el verdadero Dios, no el dios falso de Jonás, aparece una y otra vez, Jonás se pone furioso o se desespera. Para Jonás, el Dios verdadero es un enigma pues no puede reconciliar la idea de la misericordia de Dios con su justicia. Jonás se pregunta: ¿Cómo puede Dios ser misericordioso y perdonar a personas que han sido tan violentas y malvadas? ¿Cómo puede Dios ser a la vez misericordioso y justo?
El libro de Jonás no contiene la respuesta a esa pregunta. Sin embargo, como parte del conjunto de la Biblia, el libro de Jonás es como un capítulo que promueve el argumento general de las Escrituras. Nos enseña a mirar hacia delante a aquel que se llamó a sí mismo el Jonás definitivo (Mateo 12:41) de manera que pudo ser justo y, al mismo tiempo, justificar a aquellos que creen (Romanos 3:26). Solo cuando los lectores comprenden del todo este evangelio, no serán ni explotadores crueles, como los ninivitas, ni creyentes farisaicos, como Jonás, sino hombres y mujeres a los que el Espíritu ha transformado y ha hecho semejantes a Cristo.
Muchas de las personas que han estudiado el libro se han dado cuenta de que en la primera mitad Jonás actúa como el “hijo pródigo” de la famosa parábola de Jesús (Lucas 15:1124), que huyó de su padre. Sin embargo, en la segunda parte del libro, Jonás es como el “hermano mayor” (Lucas 15:2532), que obedece a su padre, pero le reprende por mostrar gracia a pecadores arrepentidos. La parábola termina con una pregunta del padre hacia el hijo farisaico, del mismo modo que el libro de Jonás termina con una pregunta para el profeta farisaico. El paralelo entre las dos historias, que quizás Jesús tuvo en mente, es la razón que explica el título de este libro, El profeta pródigo.
Huir de Dios

La palabra del Señor vino a Jonás hijo de Amitay: “Anda, ve a la gran ciudad de Nínive y proclama contra ella que su maldad ha llegado hasta mi presencia”. Jonás se fue, pero en dirección a Tarsis, para huir del Señor. Jonás 1:1-3a1
El extraño emisario
Nuestra historia comienza cuando “la Palabra del Señor vino” a Jonás. Muchos de los relatos acerca de los profetas bíblicos empiezan así. Dios los usó para transmitir sus palabras y mensajes a Israel, sobre todo en tiempos de crisis. Sin embargo, ya en el versículo 2 los lectores originales se habrían dado cuenta de que se trataba de un relato profético distinto a cualquiera que hubiesen escuchado antes. Dios llamó a Jonás a ir “a la gran ciudad de Nínive y proclama […]”. Se trata de una declaración asombrosa en varios niveles.
En primer lugar, era impactante debido a que era el llamamiento de un profeta hebreo a dejar Israel e ir a una ciudad gentil. Hasta este momento, Dios solo había enviado a los profetas a su pueblo. Si bien Jeremías, Isaías y Amós pronunciaron algunos oráculos proféticos a países paganos, todos eran breves y ninguno de estos hombres tuvo que ir a estas naciones a predicar. La misión de Jonás no tenía precedentes. Y era aún más sorprendente que el Dios de Israel quisiera avisar a Nínive, la capital del imperio asirio, de la inminente condena. Asiria era uno los imperios más crueles y violentos de la Antigüedad. Los reyes asirios a menudo dejaban constancia de los resultados de sus victorias militares regodeándose con las explanadas plagadas con cadáveres y de las ciudades que habían quemado hasta solo quedar las cenizas. El emperador Salmanasar III es famoso por representar en grandes relieves de piedra los detalles espeluznantes de las torturas, descuartizamientos y decapitaciones que sufrían sus enemigos. La historia asiria es la más “sangrienta y escalofriante que conocemos”.2 Después de capturar a sus enemigos, los asirios normalmente les cortaban las piernas y un brazo y les dejaban el otro brazo y mano para poder estrecharla mientras morían y así burlarse de ellos. Obligaban a los amigos y familiares a desfilar con las cabezas decapitadas de sus seres queridos sobre postes. Arrancaban la lengua a los prisioneros y estiraban sus cuerpos con cuerdas para despellejarlos vivos y exhibir las pieles en los muros de la ciudad. Quemaban a adolescentes vivos.3 Aquellos que sobrevivían a la destrucción de las ciudades estaban destinados a sufrir formas de esclavitud crueles y violentas. Se ha denominado a los asirios como un “Estado terrorista”.4
El imperio había comenzado a exigir grandes tributos a Israel durante el reinado del rey Jehú (842 – 815 a. C.) y continuó amenazando al reino judío del norte durante la vida de Jonás. En el año 722 a. C., finalmente invadió y destruyó el reino del norte, Israel, y su capital, Samaria.
Sin embargo, esta nación era objeto de la acción misionera de Dios. Aunque Dios le dijo a Jonás que “proclamara contra” la ciudad debido a su maldad, no había ninguna razón para enviar el aviso a no ser que hubiese la posibilidad de que evitasen el juicio, como bien sabía Jonás (4:1-2). Pero, ¿cómo podía un Dios bueno dar a una nación así la más remota oportunidad de experimentar su misericordia? ¿Por qué diantres ayudaría Dios a los enemigos de su pueblo?
Quizás el elemento más sorprendente de este relato es a quién Dios eligió enviar. Era “Jonás el hijo de Amitay”. No nos da más contexto, lo que significa que no necesitaba que lo presentasen. 2 Reyes 14:25 nos dice que Jonás ministró durante el reinado del rey Jeroboam II de Israel (786 – 746 a. C.). En ese pasaje descubrimos que, al contrario que los profetas Amós y Oseas, que criticaron el gobierno del rey por su injusticia e infidelidad, Jonás había apoyado la política militar agresiva de Jeroboam para extender el poder y la influencia de la nación. Los lectores originales del libro de Jonás le recordarían como un partidario nacionalista realmente patriota.5 Y estarían asombrados de que Dios enviase a un hombre como este a predicar a las personas que más temía y odiaba.
Nada en esta misión tenía sentido. De hecho, casi parecía un complot maligno. Si a un israelita se le hubiese ocurrido esta idea, como poco, lo hubiesen rechazado y, en el peor de los casos, lo habrían ejecutado. ¿Cómo podría pedir Dios a nadie que traicionase los intereses de su país de este modo?
Rechazar a Dios
Como una parodia intencionada del llamamiento de Dios de “Anda, ve a la gran ciudad de Nínive”, Jonás se “fue” para ir en dirección contraria (versículo 3). Se cree que Tarsis se situaba en el borde occidental más lejano del mundo que conocían los israelitas del momento.6 En pocas palabras, Jonás hizo exactamente lo opuesto a lo que Dios le había dicho que hiciera. Dios le dijo que fuera al este, él fue al oeste. Tenía que haber viajado por tierra, Jonás fue por mar. Enviado a una gran ciudad, compró un billete solo de ida al final del mundo.
¿Por qué se negó a ir a Nínive? El razonamiento completo y todos los motivos de Jonás los expresa con sus propias palabras más adelante en el libro. Pero, en este momento, el texto nos invita a que tratemos de adivinarlo. Sin duda, podemos imaginar que para Jonás la misión no tenía ningún sentido práctico ni teológico.
Dios describe a Nínive aquí y más adelante como una “gran” ciudad y, de verdad, lo era. Era una gran potencia militar y cultural. ¿Por qué el pueblo escucharía a alguien como Jonás? Por ejemplo, ¿cuánto hubiese durado un rabí judío en 1941 si hubiese ido por las calles de Berlín y hubiese llamado a los nazis a arrepentirse? En el nivel más práctico, las posibilidades de éxito eran nulas y la probabilidad de morir muy alta.
Jonás tampoco habría sido capaz de ver ninguna justificación teológica para esta misión. Unos años antes, el profeta Nahúm había profetizado que Dios destruiría Nínive debido a su maldad.7 Jonás e Israel habrían aceptado que la predicción de Nahúm tenía todo el sentido del mundo. ¿No era a través de Israel, el pueblo elegido y amado por Dios, que estaba llevando a cabo sus propósitos en el mundo? ¿No era Nínive una sociedad malvada que chocaba con el Señor? ¿No era Asiria demasiado violenta y opresora, incluso para esa época? No había duda alguna de que Dios la destruiría, era obvio y algo fijo (habría pensado Jonás). Entonces, ¿por qué Dios dio este llamamiento a Jonás? Si la misión a Nínive tenía éxito, ¿no destruiría las promesas de Dios a Israel y demostraría que Nahúm era un falso maestro? Por tanto, ¿qué posible justificación tenía esa tarea?
Desconfiar de Dios
Jonás tenía un problema con la tarea que debía realizar. Sin embargo, tenía uno aún mayor con aquel que se la había encargado.8 Jonás concluyó que, debido a que él no lograba ver ninguna buena razón para el mandato de Dios, es que no existía ninguna. Jonás dudó de la bondad, la sabiduría y la justicia de Dios.
Todos hemos pasado por esta experiencia. Estamos sentados en el consultorio médico estupefactos por el informe de la biopsia. Nos desesperamos por encontrar un trabajo decente después de que nuestra última oportunidad haya desaparecido. Nos preguntamos por qué la supuesta relación romántica perfecta, la que siempre quisimos y pensamos que nunca sería posible, se ha roto y destruido. ¡Pensamos que si Dios existe, no sabe lo que está haciendo! Incluso cuando dejamos a un lado las circunstancias de nuestras vidas y nos centramos en las enseñanzas mismas de la Biblia, parece, sobre todo a las personas modernas, que están llenas de reivindicaciones que no tienen ningún sentido.
Cuando esto ocurre, tenemos que decidir: ¿es Dios quien sabe lo que es mejor o somos nosotros? Y, por defecto, el corazón humano sin ayuda siempre decide que somos nosotros. Dudamos de que Dios sea bueno o de que se preocupe por nuestra felicidad, por lo que, si no podemos ver un buen motivo en lo que Dios dice o hace, entonces asumimos que es que no existe ninguno.
Esto es lo que Adán y Eva hicieron en el jardín. El primer mandato divino fue: “y le dio este mandato: ‘Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás’” (Génesis 2:16-17). Allí estaba el fruto y parecía muy “bueno […], tenía buen aspecto y era deseable” (Génesis 3:6); sin embargo, Dios no había dado ninguna razón por la que estuviese mal comerlo. Adán y Eva, al igual que Jonás muchos años después, decidieron que, si no podían pensar en una buena razón por la que Dios dio esa orden, entonces no podía haber ninguna. No confiaron que Dios tuviese en cuenta sus mejores intereses. Así que comieron.
Dos maneras de huir de Dios
Jonás huye de Dios. Pero, si damos un paso atrás y observamos la totalidad del libro, Jonás nos enseñará dos estrategias distintas para escapar de Dios. Pablo las describe en Romanos 1-3.
Primero, Pablo habla de quienes simplemente rechazan a Dios abiertamente y “se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación” (Romanos 1:29). No obstante, en el capítulo 2, habla de los que tratan de seguir la Biblia. “Dependes de la ley y te jactas de tu relación con Dios; que conoces su voluntad y sabes discernir lo que es mejor porque eres instruido por la ley” (Romanos 2:17-18). Entonces, después de observar tanto a los gentiles paganos e inmorales como a los judíos moralistas que creen en la Biblia, concluye con una notable síntesis: “No hay un solo justo, ni siquiera uno […]. Todos se han descarriado” (Romanos 3:10-12). Un grupo trata de seguir con diligencia la ley de Dios y el otro la ignora y, sin embargo, Pablo dice que ambos “se han descarriado”. De forma distinta, ambos están huyendo de Dios. Todos sabemos que podemos huir de Dios siendo inmorales e irreligiosos, pero Pablo dice que también es posible evitar a Dios siendo muy religioso y moral.
El ejemplo clásico en los Evangelios de estas dos maneras de huir de Dios se halla en Lucas 15, la parábola de los dos hijos.9 El hermano menor trata de escapar del control del padre tomando su herencia, marchándose de casa, rechazando todos los valores morales de su padre y viviendo como le da la gana. El hermano mayor se quedó en casa y obedeció a su padre en todo, pero, cuando su padre hizo algo con las riquezas que quedaban que a él no le gustó, explotó su enfado contra su padre. En este punto, es obvio que tampoco le amaba.
El hermano mayor no obedecía por amor, sino solo como una manera, según creía, de que su padre estuviese en deuda con él y pudiese controlarle para que hiciese lo que le pidiese. Ninguno de los dos hijos confiaba en el amor del padre. Ambos trataban de encontrar maneras de escapar de su control. Uno lo hacía al obedecer todas las normas del padre; el otro, al desobedecerlas todas.
Flannery O’Connor describe a uno de sus personajes ficticios, Hazel Motes, como que sabía que “la manera de evitar a Jesús era evitando el pecado”.10 Creemos que, si cumplimos con la religión, somos virtuosos y buenos, entonces hemos pagado nuestra deuda, por así decirlo. Ahora, Dios no nos puede pedir nada, sino que nos debe. Esta situación no hace que nos acerquemos a él con gozo agradecido, entrega alegre y amor, sino que es una manera de controlar a Dios y, como resultado, le tenemos al alcance de la mano.
Estas dos maneras de escapar de Dios asumen la mentira de que no podemos confiar en que Dios está comprometido a hacernos bien. Creemos que tenemos que obligar a Dios a darnos lo que necesitamos. Incluso si obedecemos de forma externa a Dios, no lo hacemos por él, sino por nosotros mismos. Si, a medida que tratamos de cumplir sus normas, Dios no nos trata como sentimos que merecemos, entonces la fachada de moralidad y rectitud puede caer de un día para otro. El distanciamiento interior de Dios que había existido durante un tiempo, se convierte en un rechazo exterior manifiesto. Nos ponemos furiosos con Dios y simplemente nos alejamos.
El ejemplo clásico del Antiguo Testamento de estas dos maneras de huir de Dios está justo aquí en el libro de Jonás. Jonás actúa por turnos tanto como el “hermano menor” como el “hermano mayor”. En los dos primeros capítulos del libro, Jonás desobedece y huye del Señor y, al final, se arrepiente y pide la gracia de Dios, del mismo modo que el hermano menor se va de casa y regresa arrepentido.
Sin embargo, en los últimos dos capítulos, Jonás obedece el mandato de Dios de ir y predicar a Nínive. No obstante, en ambos casos, trata de tener el control de los planes.11 Cuando Dios acepta el arrepentimiento de los ninivitas, del mismo modo que el hermano mayor en Lucas 15, Jonás se enfurece con una indignación de autojustificación ante la gracia y la misericordia de Dios hacia los pecadores.12
Y este es el problema al que se enfrenta Jonás, en concreto, el misterio de la misericordia de Dios. Es un problema teológico, pero al mismo tiempo es un problema del corazón. A no ser que Jonás vea su propio pecado y sea consciente de que solo vive por la misericordia de Dios, nunca entenderá cómo Dios puede ser misericordioso con personas malvadas y seguir siendo justo y fiel. La historia de Jonás, con todas sus vueltas y giros, trata sobre cómo Dios lleva a Jonás, a veces de la mano, otras veces por la oreja, para mostrarle estas cosas.
Jonás huye y huye. Pero, aunque usa múltiples estrategias, el Señor siempre está un paso por delante. Dios también varía en las estrategias que usa y extiende su gracia de forma constante de maneras nuevas, incluso si no lo entendemos ni lo merecemos.
Las tormentas del mundo

Bajó a Jope, donde encontró un barco que zarpaba rumbo a Tarsis. Pagó su pasaje y se embarcó con los que iban a esa ciudad, huyendo así del Señor. Pero el Señor lanzó sobre el mar un fuerte viento, y se desencadenó una tormenta tan violenta que el barco amenazaba con hacerse pedazos. Jonás 1:3b-4
Jonás huyó, pero Dios no le dejó marcharse. El Señor “lanzó sobre el mar un fuerte viento” (versículo 4). La palabra “lanzar” a menudo se emplea para arrojar un arma como una lanza (1 Samuel 18:11). Es una imagen vívida de Dios lanzando una terrible tormenta en el mar alrededor del barco de Jonás. Era un “fuerte” (gedola) viento, la misma palabra usada para describir a Nínive. Si Jonás se niega a entrar en una gran ciudad, entrará en una gran tormenta. A partir de este hecho, descubrimos noticias tanto desoladoras como reconfortantes.
Las tormentas unidas al pecado
Las noticias desalentadoras son que todo acto de desobediencia a Dios está unido a una tormenta. Este es uno de los grandes temas de la literatura sapiencial del Antiguo Testa mento, sobre todo, del libro de Proverbios. Debemos tener cuidado aquí, ya que no significa que toda situación difícil por la que pasamos en la vida sea el castigo por un pecado en concreto. El libro entero de Job contradice la creencia común de que las buenas personas tendrán vidas que vayan bien y que, si tu vida va mal, debe ser culpa tuya. La Biblia no dice que toda dificultad es resultado del pecado, pero nos enseña que todo pecado te llevará a una situación difícil.
No podemos tratar nuestros cuerpos de cualquier manera y esperar disfrutar de buena salud. No podemos tratar a la gente de cualquier manera y confiar en seguir siendo amigos. No podemos poner nuestros intereses egoístas por encima del bien común y seguir teniendo una sociedad que funcione. Si quebrantamos el diseño y el propósito de las cosas (si pecamos contra nuestros cuerpos, relaciones o sociedad), nos devolverán el golpe. Hay consecuencias. Si quebrantamos las leyes de Dios, estamos destruyendo nuestro propio diseño ya que Dios nos creó para conocerle, servirle y amarle. La Biblia habla a veces sobre Dios castigando el pecado (“El Señor aborrece a los arrogantes. […] no quedarán impunes”, Proverbios 16:5), pero otras habla del propio pecado castigándonos (“La violencia de los malvados los destruirá, porque se niegan a practicar la justicia”, Proverbios 21:7). Ambas son verdad al mismo tiempo. Todo pecado está unido a una tormenta.
El erudito del Antiguo Testamento Derek Kidner escribe: “El pecado […] impone cargas en la estructura de la vida que solo pueden acabar en el colapso”.1 Si hablamos de forma general, se miente a los mentirosos, se ataca a los que atacan y aquel que vive por la espada, muere por ella. Dios nos creó para que viviésemos para él por encima de todo, de manera que hay una cierta “concesión” espiritual en nuestras vidas. Si construimos nuestras vidas y valor sobre cualquier otra cosa que no sea Dios, estamos actuando en contra de la naturaleza del universo y de nuestro propio diseño y, por lo tanto, de nuestro propio ser.
Aquí los resultados de la desobediencia de Jonás son inmediatos y dramáticos. Hay una tormenta terrible que va hacia Jonás. La brusquedad y furia con la que aparece son características que incluso los marineros paganos entienden como que tiene un origen sobrenatural. Sin embargo, no siempre es así. Los resultados del pecado a menudo se parecen más a la respuesta física que padeces cuando te expones a una dosis de radiación que te debilita. No sientes un dolor repentino en ese momento. No es como una bala o espada que te rompen. Te sientes bastante normal. Hasta más adelante no experimentas los síntomas, pero entonces es demasiado tarde.
El pecado es un acto suicida de la voluntad sobre sí misma. Es como tomar una droga adictiva. Al principio, te sentirás fenomenal, pero cada vez será más difícil no tomarla. Esto es simplemente un ejemplo. Cuando te permites tener pensamientos amargos, te sientes muy satisfecho al fantasear con la revancha. Pero, poco a poco y de forma segura, aumentará tu capacidad de autocompasión y tu habilidad para confiar y disfrutar de las relaciones se debilitará y, en general, con sumirá toda la felicidad que hay en tu vida diaria. El pecado siempre endurece la conciencia, te encierra en la prisión de una actitud defensiva y de tus propios razonamientos, y te carcome por dentro lentamente.
Todo pecado está unido a una tormenta. La imagen es poderosa porque, incluso en nuestra sociedad de grandes avances tecnológicos, no somos capaces de controlar el clima. No podemos sobornar a una tormenta o confundirla con la lógica y la retórica. “Pero, si os negáis, estaréis pecando contra el Señor. Y podéis estar seguros de que no escaparéis de vuestro pecado” (Números 32:23).
Las tormentas unidas a pecadores
Las noticias desoladoras son que el pecado siempre está unido a una tormenta, pero también hay noticias reconfortantes. Para Jonás, la tormenta era la consecuencia de su pecado; sin embargo, los marineros se vieron también envueltos en ella. La mayoría de las veces las tormentas de la vida llegan no como una consecuencia de un pecado particular, sino como la consecuencia inevitable de vivir en un mundo caído, lleno de problemas. Se ha dicho que “con todo, el hombre nace para sufrir, tan cierto como que las chispas vuelan” (Job 5:7) y, por lo tanto, el mundo está lleno de tormentas destructoras. No obstante, como veremos, esta tormenta provoca que los marineros tengan una fe genuina en el Dios verdadero incluso aunque la tormenta no era culpa de ellos. El propio Jonás emprende el viaje de comprender la gracia de Dios de una manera nueva. Cuando las tormentas llegan a nuestras vidas, ya sean consecuencia de algo que hemos hecho mal o no, los cristianos tienen la promesa de que Dios las utilizará para su bien (Romanos 8:28).
Cuando Dios quería convertir a Abraham en un hombre de fe que pudiese ser el padre de todos los fieles en la tierra, le hizo pasar por años en los que vagó sin que aparentemente se cumpliera ninguna promesa. Cuando Dios quiso que José pasase de adolescente arrogante y mimado a ser un hombre íntegro, le hizo pasar por años duros. Tuvo que experimentar la esclavitud y estar en prisión antes de salvar a su pueblo. Moisés tuvo que convertirse en un fugitivo y pasar cuarenta años solo en el desierto antes de poder liderar.
La Biblia no nos dice que toda situación difícil sea resultado de nuestro pecado, pero sí enseña que, para los cristianos, cada dificultad puede ayudar a reducir el poder del pecado en nuestros corazones. Las tormentas nos hacen conscientes de verdades que de otra manera no veríamos. Las tormentas pueden desarrollar en nosotros fe, esperanza, amor, paciencia, humildad y dominio propio de una manera que nada más lo hará. Un gran número de personas afirma haber encontrado la fe en Cristo y la vida eterna solo porque una tormenta los empujó hacia Dios.
De nuevo, debemos andarnos con cuidado. Los primeros capítulos de Génesis enseñan que Dios no creó el mundo ni la raza humana para sufrir, tener enfermedades, desastres na turales, envejecer o para la muerte. El mal entró en el mundo cuando nos alejamos de Dios. Y él está tan unido a nosotros que, cuando ve el pecado y sufrimiento en el mundo, se le parte el corazón (Génesis 6:6) y “Cuando ellos sufrían, él también sufrió” (Isaías 63:9).2 Dios no es como un jugador de ajedrez que mueve los peones de forma aleatoria. Ni siquiera está claro hasta años después, si es que lo descubrimos en esta vida, lo que Dios estaba logrando a través de las dificultades que sufrimos.
Cómo Dios obra a través de las tormentas
No obstante, por muy complicado que sea discernir cuáles son los propósitos de amor y sabiduría de Dios detrás de nuestras pruebas y dificultes, sería aún más desesperanzado imaginar que no tiene control alguno sobre estas situaciones o que nuestro sufrimiento es aleatorio o sin sentido.
Jonás no podía ver que en lo profundo del terror de la tormenta la misericordia de Dios se había puesto en marcha, trayéndole de vuelta para cambiar su corazón. No nos sorprende que Jonás no se enterase al principio. No sabía cómo Dios vendría al mundo a salvarnos. Sin embargo, nosotros que vivimos a este lado de la cruz sabemos que Dios puede salvar a través de la debilidad, del sufrimiento y de la aparente derrota. Quienes vieron cómo Jesús moría no vieron más que pérdida y tragedia. Sin embargo, en medio de toda esa oscuridad la misericordia divina estaba trabajando con poder, proveyendo nuestro indulto y perdón. La salvación de Dios vino al mundo a través del sufrimiento, de modo que su gracia que salva y su poder puedan trabajar más y más en nuestras vidas a medida que pasamos por dificultades y tiempos de dolor. Hay misericordia en lo más profundo de nuestras tormentas.
¿Quién es mi prójimo?

Los marineros, aterrados y a fin de aliviar la situación, comenzaron a clamar cada uno a su dios y a lanzar al mar lo que había en el barco. Jonás, en cambio, había bajado al fondo de la nave para acostarse y dormía profundamente. El capitán del barco se le acercó y le dijo: “¿Cómo puedes estar durmiendo? ¡Levántate! ¡Clama a tu dios! Quizá se fije en nosotros, y no perezcamos”. Jonás 1:5-6
El libro de Jonás está dividido en dos mitades simétricas: el relato de la huida de Jonás de Dios y el relato de su misión a Nínive. Cada parte tiene tres secciones: la palabra de Dios a Jonás, su encuentro con los paganos gentiles y, finalmente, Jonás hablando con Dios. De este modo, Jonás se encuentra dos veces cerca de personas que son diferentes a él en el plano racial y religioso. En ambos casos, su comportamiento es de desdén y con pocas ganas de ayudar, mientras que los paganos actúan con uniformidad de manera más admirable que él. Este es uno de los mensajes principales del libro, en concreto, que Dios se preocupa por cómo los creyentes nos relacionamos y tratamos a aquellos que son totalmente diferentes a nosotros.
Los predicadores y maestros de este libro con frecuencia pasan por alto estas secciones, excepto quizás para observar que deberíamos estar dispuestos a llevar el evangelio a otros países. Sin duda, esto es verdad, pero pierde el significado pleno de las interacciones de Jonás con los paganos. Dios quiere que tratemos a personas de diferentes razas y creencias con respeto, amor, generosidad y justicia.
Jonás y los marineros
Jonás había rechazado el llamamiento de Dios de ir a predicar a Nínive. No quería hablar de Dios a los paganos o llevarlos hasta la fe. Así que huyó, ¡solo para descubrir que estaba hablando sobre Dios justo al mismo tipo de personas de las que estaba huyendo! Cuando la terrible tormenta comenzó, “los marineros estaban aterrados” (versículo 5). Se trataba de marineros experimentados que no se inmutaban ante las inclemencias meteorológicas, por lo que debía tratarse de una tempestad especialmente violenta. Sin embargo, Jonás está en el fondo de la bodega del barco, durmiendo tranquilamente. El pastor escocés del siglo XIX, Hugh Martin, dice que Jonás estaba durmiendo “el sueño de la aflicción”. Muchos de nosotros sabemos de forma exacta de qué se trata: el deseo de escapar de la realidad a través del sueño, aunque sea solo durante un rato.1 Estaba totalmente desgastado y exhausto, consumido por las poderosas emociones de ira, culpabilidad, ansiedad y dolor.
Este es uno de los contrastes expuestos entre los odiados marineros paganos y el profeta de Israel, respetable y moral. Mientras que Jonás no está en contacto con el peligro, los marineros se hallan en total alerta. Mientras que los problemas personales consumen a Jonás, los marineros buscan el bien común de todos en el barco. Cada uno ora a su propio Dios, pero Jonás no ora al suyo. También son conscientes espiritualmente de la medida en la que esta tormenta tiene una intensidad peculiar. Quizás apareció con una brusquedad que no era atribuible a las fuerzas naturales. Son lo suficientemente listos como para concluir que la tormenta tiene un origen divino, es posible que sea la respuesta a un grave pecado que ha cometido uno de ellos.2 Por último, no son cerrados de mente e intolerantes. Están abiertos a clamar al Dios de Jonás. En realidad, están más dispuestos a hacerlo que el propio Jonás.
Cuando el capitán encuentra dormido al profeta, le dice: “¡Levántate! ¡Clama…!” (en hebreo qum lek, versículo 6), las mismas palabras que Dios usa cuando llama a Jonás a levantarse e ir y llamar a Nínive al arrepentimiento.3 Mientras Jonás se frota los ojos, hay un marinero pagano que pronuncia las mismas palabras de Dios con su boca. ¿Qué es esto? Dios envió a su profeta a señalar a los paganos el camino hacia él. Sin embargo, son estos los que señalan a Jonás hacia Dios.
Los marineros continúan actuando de manera encomiable. Debido a que se han dado cuenta de que detrás de la tormenta están el pecado humano y la mano divina, echan suertes. En la Antigüedad, echar suertes para discernir la voluntad divina era bastante común. Es posible que escribiesen el nombre de cada uno en un palo y que el elegido fuese el de Jonás.4 Dios usa, en este caso, la suerte para señalar a Jonás. Sin embargo, incluso ahora que parecen contar con la guía divina, los marineros no entran en pánico ni se echan encima suyo. No asumen que tengan permiso para matarlo. En cambio, escuchan con atención las pruebas y su testimonio para poder tomar la decisión correcta. Muestran a Jonás y a su Dios el mayor respeto posible. Incluso cuando Jonás propone que le lancen por la borda, hacen todo lo posible por evitarlo. En todos los aspectos, eclipsan a Jonás.
Hay muchas cosas que el autor quiere que veamos en esta parte de la historia. ¿Qué debería haber estado aprendiendo Jonás? ¿Y qué deberíamos aprender nosotros?
Buscar el bien común
Primero, aprendemos que las personas fuera de la comunidad de fe tienen el derecho de evaluar a la iglesia en su compromiso por el bien de todos.
Los marineros están en peligro. Han utilizado los recursos tecnológicos y religiosos que tienen, pero no son suficientes. Se dan cuenta de que no pueden salvarse sin la ayuda de Jonás, pero él no hace nada para ayudar. Entonces, tenemos esta imagen memorable de un capitán pagano reprendiendo al santo profeta de Dios. Hugh Martin predicó un sermón sobre este pasaje que se titulaba: “El mundo reprende a la iglesia”5 y concluía que Jonás se lo merecía y que, en gran medida, la iglesia hoy en día también.
¿Por qué reprende el capitán a Jonás? Le reprende porque no le preocupa el bien común. El capitán le dice: “¿No ves que estamos a punto de morir? ¿Cómo puedes ignorar así nuestra necesidad? Entiendo que eres un hombre de fe. ¿Por qué no usas tu fe para el bien de todos?”. Jacques Ellul escribe:
Esos marineros de Jope […] eran paganos o, en términos modernos, no eran cristianos. Pero […] el grupo de no cristianos y cristianos […] está unido; van en el mismo barco. La seguridad depende de lo que cada uno haga […] Están bajo la misma tormenta, bajo el mismo peligro y quieren el mismo resultado […] y este barco representa nuestra situación.6
Todos nosotros, creyentes y no creyentes, “vamos en el mismo barco”. (¡Nunca un refrán había sido tan real como lo fue para Jonás!). Si el crimen, las malas condiciones de salud, la falta de agua o la pérdida de trabajos acosan a una comunidad, si el orden social y económico se rompen, todos vamos en el mismo barco. Durante un tiempo, Jonás vive en el mismo “barrio” que estos marineros y la tormenta que amenaza a una persona, lo hace a toda la comunidad. Jonás huyó porque no quería trabajar por el bien de los paganos, quería servir de manera exclusiva a los intereses de los creyentes. Sin embargo, Dios le muestra aquí que es el Dios de todas las personas y Jonás necesita darse cuenta de que es parte de toda la comunidad humana, no solo miembro de la comunidad de fe.
No se trata de un mero argumento pragmático: “Más vale que los creyentes ayuden a los no creyentes o las cosas no les irán bien”. La Biblia nos dice que somos co-humanos con todo el mundo: hechos a la imagen de Dios y, por lo tanto, infinitamente preciosos para él (Génesis 9:6; Santiago 3:9).
El capitán ruega a Jonás que haga lo que pueda por ellos. Por supuesto, el capitán no tiene una idea precisa sobre quién es el Dios de Jonás. Es probable que solo espere una oración a algún ser poderoso sobrenatural. Sin embargo, del mismo modo que Hugh Martin argumenta, las críticas aún son reales. Jonás no aporta los recursos de su fe para soportar el sufrimiento de sus compatriotas. No les está diciendo cómo relacionarse con el Dios del universo, ni tampoco confía en sus propios recursos espirituales en Dios, amando y satisfaciendo las necesidades prácticas de su prójimo. Dios pide a todos los creyentes que hagan ambas cosas, pero él no realiza ninguna. Su fe privada no sirve a ningún bien común.
Quizás alguien objete que el mundo no tiene ningún derecho de reprender a la iglesia, pero hay una justificación bíblica para esta acción. En el Sermón del Monte, Jesús dijo que el mundo vería las buenas obras de los creyentes y glorificaría a Dios (Mateo 5:16). El mundo no verá quién es nuestro Señor si no vivimos como deberíamos. Según dice un libro, somos “la iglesia ante un mundo que observa”.7 Merecemos la crítica del mundo si la iglesia no exhibe de forma visible amor en las buenas obras. El capitán tenía todo el derecho del mundo de reprender a un creyente que hacía caso omiso a los problemas de las personas a su alrededor y que no hacía nada por ellos.
Reconocer la gracia común
También aprendemos que los creyentes deben respetar y aprender de la sabiduría que Dios da a aquellos que no creen. Los marineros paganos son una representación gráfica de lo que los teólogos han denominado “gracia común”.
En [este] episodio, la esperanza, la justicia y la integridad no residen en Jonás […] sino en el capitán y en los marineros […]. Aunque las víctimas inocentes, los marineros, nunca se quejan de que sea una injusticia. Se encuentran en una situación de peligro que no es culpa suya, tratan de resolverla por el bien de todos. Nunca se regodean en la autocompasión, ni amonestan a un dios furioso […], ni condenan al mundo arbitrario, ni se ceban con el culpable, Jonás, por venganza, ni promueven la violencia como respuesta.8
La doctrina de la gracia común es la enseñanza de que Dios confiere los dones de sabiduría, comprensión moral, bondad y belleza entre toda la humanidad, sin importar la raza ni la creencia religiosa. Santiago 1:17 dice: “Toda buena dádiva y todo don perfecto descienden de lo alto, donde está el Padre que creó las lumbreras celestes”. Esto quiere decir que Dios, en última instancia, posibilita cualquier acto de bondad, sabiduría, justicia y belleza, sin importar quién lo lleve a cabo. Isaías 45:1 habla de Ciro, un rey pagano, al que Dios unge y usa en el liderazgo mundial. Isaías 28:23-29 nos habla de que cuando un agricultor recoge fruto, es Dios quien le ha mostrado cómo hacerlo.
Por tanto, toda expresión artística buena e increíble, el cultivo, los gobiernos eficaces y los avances científicos son regalos de Dios a la raza humana. Son regalos de la misericordia y la gracia de Dios que no merecemos. También son “comunes”. Esto significa que se distribuyen a cualquiera y entre todos. No hay ninguna indicación de que el monarca o el agricultor que Isaías menciona hayan aceptado a Dios por la fe. La gracia común no regenera el corazón, no salva al alma y no crea una relación personal y de pacto con Dios. Sin embargo, sin ella el mundo se convertiría en un lugar donde sería imposible vivir. Es una expresión maravillosa del amor de Dios por todas las personas (Salmo 145:14-16).
Sin duda, la gracia común estaba mirando a Jonás directamente a los ojos. Jonás mismo era receptor de lo que se ha denominado la “gracia especial”. Había recibido la Palabra de Dios, una revelación de su voluntad que no estaba al alcance de ninguna mente o sabiduría humana, por muy grande que fuese. Jonás era seguidor del Señor, el Dios verdadero. Así que, ¿cómo era posible que los paganos eclipsaran a Jonás? La gracia común significa que a menudo los no creyentes actúan con más rectitud que los creyentes a pesar de no tener fe, mientras que los creyentes, llenos del pecado que subsiste, a menudo actúan mucho peor que lo que su fe correcta en Dios nos hace creer. Todo esto implica que los cristianos deben ser humildes y respetar a quienes no comparten su fe. Deberían apreciar el trabajo de todo el mundo, ya que saben que los no creyentes tienen mucho que enseñarles. Jonás está aprendiendo esta realidad por las malas.
¿Quién es mi prójimo?
Jesús enseña acerca de las dos ideas sobre la importancia de la gracia común y del bien común en la famosa parábola del Buen Samaritano (Lucas 10:25-37). Jesús usa la exhortación de “amar a tu prójimo” aparentemente ordinaria y le da el significado más radical posible. Nos dice que todos aquellos que padecen necesidad, incluidos los de otras razas y creencias, son nuestro prójimo. También nos muestra que la manera de “amar” al prójimo no es simplemente de forma sentimental, sino a través de la acción práctica, costosa y sacrificial de satisfacer las necesidades materiales y económicas. El pasaje indica que Jonás se negó a hacer nada o incluso a hablar con los marineros paganos. El profeta malo, Jonás, es todo lo contrario al Buen Samaritano. No se preocupa para nada del “bien común”, no respeta a los no creyentes a su alrededor. En el libro de Santiago en el Nuevo Testamento, el autor argumenta que si tienes una relación con Dios que se basa en su gracia y ves a personas que “no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario” (Santiago 2:15) y no haces nada para ayudar, solo demuestras que tu fe está “muerta”, que no es verdadera (versículo 17).9 Es por esta razón por lo que Santiago puede decir: “porque habrá un juicio sin compasión para el que actúe sin compasión” (versículo 13). La ausencia de misericordia en la actitud y las acciones de Jonás hacia otros revela que en su corazón desconocía la misericordia y la gracia salvadoras de Dios.
Aceptar al otro

Los marineros, por su parte, se dijeron unos a otros: “¡Vamos, echemos suertes para averiguar quién tiene la culpa de que nos haya venido este desastre!”. Así lo hicieron, y la suerte recayó en Jonás. Entonces le preguntaron: “Dinos ahora, ¿quién tiene la culpa de que nos haya venido este desastre? ¿A qué te dedicas? ¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu país? ¿A qué pueblo perteneces?”. “Soy hebreo y temo al Señor, Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra firme”, les respondió. Al oír esto, los marineros se aterraron aún más y, como sabían que Jonás huía del Señor, pues él mismo se lo había contado, le dijeron: “¡Qué es lo que has hecho!”. Jonás 1:7-10
¿Quién eres?
Los marineros concluyen que la tormenta era el castigo por algún pecado y echan suertes para descubrir quién es el culpable. Cuando la suerte recae sobre Jonás, empiezan a acribillarle con preguntas. En esencia, preguntan tres cosas: su propósito (¿A qué te dedicas?), su lugar (¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu país?) y su raza (¿A qué pueblo perteneces?).1
Son preguntas sobre la identidad. La identidad de una persona tiene múltiples aspectos. “¿A qué pueblo perteneces?” indaga acerca del aspecto social. No solo nos definimos como individuos, sino también por la comunidad (familia, grupo racial, partido político) con el que más nos identificamos. “¿De dónde vienes?” apunta hacia el lugar y espacio físico en el que mejor nos encontramos en casa, dónde sentimos que pertenecemos. “¿A qué te dedicas?” insinúa cuál es nuestro sentido en la vida. Todo el mundo hace muchas cosas: trabajar, descansar, casarse, viajar, crear, pero ¿para qué estamos haciendo todo eso? Todos estos aspectos conforman la identidad, un sentimiento de transcendencia y de seguridad.
Conocí a Mike hace años. Cuando le pregunté quién era, me dijo que era un irlandés que llevaba viviendo en Estados Unidos veinte años y que se había mudado allí en busca de un buen trabajo. Trabajaba en la construcción y eso había permitido que proveyese y sustentase a su familia, que era “lo que me caracteriza”, dijo Mike. Sin embargo, tenía la esperanza de regresar a Irlanda ya que era allí donde mejor se sentía en casa. También conocí a su hijo, Robert, un abogado recién graduado que trabajaba para una organización sin ánimo de lucro que representaba a personas que vivían en viviendas para familias de bajos ingresos.
Era posible ver que un cambio de identidad había tenido lugar entre generaciones cuando pregunté acerca de su misión, su lugar y su pueblo. La identidad de cualquier persona tiene varias capas. El trabajo de Robert era la capa central de su identidad. El verdadero sentido de su vida era ser un profesional formado y hacer justicia por los pobres. Cuando hablé con él en aquel entonces, no tenía ningún interés en casarse o en formar una familia, ya que estaba muy absorto en su trabajo. Por otra parte, el trabajo de Mike no era la capa central de su identidad. Era tan solo una fuente de ingresos para su misión principal en la vida, en concreto, proveer y sustentar bien a su familia. Si bien Robert valoraba sus orígenes irlandeses, no tenía ninguna intención de mudarse a Irlanda. Su lugar era Estados Unidos. Las identidades de ambos, padre e hijo, consistían en una misión, lugar y raza, pero el orden que le daban era distinto.
Las preguntas de los marineros muestran una buena comprensión de cómo conformamos nuestra identidad. Preguntar por el propósito, el lugar y el pueblo de una persona es una manera perspicaz de preguntar: “¿Quién eres?”.
¿De quién eres?
No obstante, los marineros no realizan estas preguntas solo para permitir que Jonás se exprese, como hacemos en la cultura occidental moderna. El objetivo urgente que tienen es entender al Dios al que han enfurecido para decidir qué deberían hacer. En la Antigüedad, todo grupo racial, todo lugar y toda profesión tenía su propio Dios o dioses. Para descubrir a qué deidad había ofendido Jonás, no tenían que preguntar: “¿Cómo se llama tu dios?”. Todo lo que tenían que preguntar era quién era él. En su mente, los factores de la identidad humana estaban inseparablemente unidos a lo que adorabas. Quién eras y a qué adorabas eran dos caras de la misma moneda. Era la capa central de tu identidad.
Quizás hoy en día nos sintamos tentados a decir algo como “las personas ya no creen en los dioses e incluso no creen en ningún Dios. Por lo tanto, esta perspectiva supersticiosa, de que tu identidad se basa en lo que adoras, es irrelevante en la actualidad”. Decir esto sería cometer un error garrafal.
Sin duda, los cristianos estarían de acuerdo en que no hay múltiples seres sobrenaturales, personales y conscientes unidos a cada profesión, lugar y raza. En realidad, el dios romano Mercurio, dios del comercio, a quien deberíamos sacrificar animales, no es real. Sin embargo, nadie duda de que el beneficio económico se pueda convertir en un dios, un objetivo primordial incuestionable tanto para un individuo como para toda una sociedad, al que sacrificamos personas, estándares morales, relaciones y comunidades. Y, aunque la diosa de la belleza, Venus, no existe, un número incalculable de hombres y de mujeres están obsesionados con su imagen o están esclavizados con una idea imposible de satisfacción sexual.
Por lo tanto, los marineros no se han equivocado en su análisis. Todo el mundo adquiere su identidad a partir de algo. Todo el mundo tiene que decirse a sí mismo: “Soy importante debido a esto” y “soy aceptado porque ellos me aceptan”. Pero, entonces, sea lo que sea esto y sean quienes sean ellos se convierten en dioses para nosotros y en las verdades más profundas de quiénes somos. Se convierten en cosas que necesitamos en todo momento y bajo cualquier circunstancia. Hace poco hablé con un hombre que había estado en reuniones en las que una entidad financiera decidió invertir en una tecnología. En privado, los participantes admitieron que tenían objeciones serias sobre el efecto de la tecnología sobre la sociedad. Pensaban que eliminaría un gran número de trabajos por cada trabajo que produciría y quizás sería perjudicial para los jóvenes que iban a ser los principales usuarios. Pero rechazar el acuerdo supondría dejar miles de millones de dólares sobra la mesa. Y nadie podía pensar en hacer eso. Cuando el éxito económico exige una lealtad incondicional que no se puede cuestionar, funciona como un objeto religioso, un dios, incluso una “salvación”.2
La Biblia explica por qué esto es así. Fuimos creados “a imagen de Dios” (Génesis 1:26-27). No puede existir una imagen sin un original del que la imagen es reflejo. “Ser a imagen de” significa que los seres humanos no fueron creados para valerse por sí mismos. Debemos encontrar nuestro sentido y seguridad en algo de un valor supremo fuera de nosotros. Ser creados a imagen de Dios significa que debemos vivir para el Dios verdadero o que tendremos que convertir algo más en Dios y que nuestras vidas orbiten alrededor de ello.3
Los marineros sabían que la identidad tiene su base en las cosas que pretendemos que nos salven, las cosas a las que prometemos nuestra máxima lealtad. Preguntar “¿Quién eres?” es preguntar “¿De quién eres?”. Saber quién eres es saber a qué te has entregado, qué te controla y en qué confías de verdad.
Una identidad espiritualmente superficial
Jonás finalmente comienza a hablar. En el barco se ha mantenido lo más apartado posible de los paganos impuros. Cuando el capitán le insta a orar a su Dios, Jonás responde manteniéndose en silencio. Solo cuando la suerte recae sobre él y todo el barco le confronta, por fin recibimos la respuesta del profeta reticente.
Aunque la pregunta sobre la raza es la última en la lista, es la que Jonás responde en primer lugar. “Soy hebreo”, dice, antes que nada. En un texto en el que las palabras no sobran, el hecho de que cambie el orden y sitúe la raza en primer lugar como la parte más importante de su identidad es significativo. Según hemos visto, la identidad tiene varios aspectos o capas, algunas de las cuales son más esenciales para la persona que otras. Así lo explica un erudito: “Debido a que Jonás se identifica a sí mismo primero en el plano étnico y después en el religioso, podemos deducir que la etnia es lo principal en su identidad”.4
Aunque Jonás tenía fe en Dios, no parece que fuese tan intensa y esencial para su identidad como la raza y la nacionalidad. Muchas personas en el mundo añaden la religión, por así decirlo, a su identidad étnica, que es la más importante para ellos. Por ejemplo, alguien podría decir: “¿Cómo? Por supuesto que soy luterano, ¡no ves que soy noruego!”, aunque luego nunca vaya a la iglesia.
El hecho de que la raza era más importante para Jonás que su fe en la imagen que tenía de sí mismo explicaría por qué se oponía tanto a llamar a Nínive al arrepentimiento. La posibilidad de llamar a otras naciones a tener fe en Dios no podría ser atrayente bajo ningún concepto para alguien con una identidad espiritualmente superficial. La relación de Jonás con Dios no es tan fundamental para su sentido personal como la raza. Por esa razón, cuando la lealtad a su pueblo y la lealtad a la palabra de Dios parecen estar en conflicto, decide apoyar a su nación en lugar de llevar el amor y el mensaje de Dios a una sociedad nueva.
Por desgracia, muchos cristianos hoy en día tienen esta misma actitud. Y no es solo consecuencia de recibir una educación deficiente o de ser cerrado de mente en el plano cultural. Por el contrario, su relación con Dios a través de Cristo no ha llegado hasta lo profundo de sus corazones. Del mismo modo que en la vida de Jonás, Dios y su amor no son la capa central de su identidad. Por supuesto, la raza no es lo único que puede bloquear el desarrollo de la autocomprensión cristiana. Por ejemplo, es posible que creas de forma sincera que Jesús murió por tus pecados, pero tu valor y seguridad pueden basarse más en tu carrera y tu dinero en lugar de en el amor de Dios a través de Cristo.
Las identidades cristianas superficiales explican por qué cristianos profesos pueden ser racistas y materialistas avariciosos, adictos a la belleza y al placer o llenos de ansiedad y propensos a trabajar en exceso. Todo esto se debe a que el amor de Cristo no es la base de nuestra identidad, sino que lo son el poder, la aprobación, el bienestar y el control de este mundo.
Una identidad que se ciega a sí misma
Una identidad superficial es también la que impide que veamos cómo somos en realidad. Aquí está Jonás, un profeta de Dios con una posición privilegiada en la comunidad del pacto, que a cada paso está obcecado, absorto en sí mismo, es intolerante y ridículo. Sin embargo, parece que no se da cuenta de ello. De hecho, parece estar más ciego que nadie ante cualquiera de sus defectos. ¿Cómo puede ser así?
Jonás nos recuerda a otro personaje bíblico: Pedro. También ocupaba un lugar de privilegio en la comunidad de la fe. Era uno de los amigos íntimos de Jesús y estaba bastante orgulloso de ello. Antes de que arrestasen a Jesús, Pedro prometió que, si llegaba la persecución, aunque los otros discípulos abandonasen a Jesús, él no lo haría (Juan 13:37; Mateo 26:35). De hecho, dijo: “Mi amor y mi devoción por ti son mayores que los de cualquier otro discípulo. Seré más valiente que nadie, ocurra lo que ocurra”. Sin embargo, resultó ser el mayor cobarde de todos, que negó a Jesús en público tres veces. ¿Cómo podría Pedro estar tan ciego ante la realidad de quién era?
La respuesta es que la identidad más básica de Pedro no se basaba tanto en el amor gratuito de Jesús por él, sino en su compromiso y amor por Jesús. Su amor propio se basaba en el nivel de compromiso a Cristo que pensó que había alcanzado. Tenía confianza ante Dios y la humanidad debido a que, según él creía, era un seguidor de Cristo totalmente comprometido. Hay dos resultados de una identidad así.
El primer resultado es una ceguera ante quiénes somos de verdad. Si sientes que tienes valor por lo valiente que eres, será traumático admitir la más mínima expresión de cobardía. Si te apoyas en tu coraje, cualquier síntoma de flaqueo significará que ya no eres “tú”. Sentirás que no tienes ningún valor. En realidad, si basas tu identidad en cualquier tipo de logro, bondad o virtud, tendrás que vivir negando la intensidad de tus fracasos o carencias. No tendrás una identidad lo suficientemente segura como para admitir tus pecados, debilidades o defectos.
El segundo resultado es sentir hostilidad, en lugar de respeto, hacia las personas que son diferentes. Cuando vinieron a arrestar a Jesús, aunque Jesús les había avisado en numerosas ocasiones de que esto ocurriría, Pedro sacó una espada y cortó la oreja de uno de los soldados. Cualquier identidad que se basa en nuestros propios logros y rendimiento es inestable. Nunca estás seguro de haber hecho suficiente. Eso significa, por una parte, que no puedes ser sincero contigo mismo respecto a tus propios defectos. Sin embargo, también significa que tienes que reafirmar tu identidad contrastándola (y siendo hostil) con aquellos que son diferentes.
Pedro y Jonás estaban orgullosos de su devoción religiosa y basaban su propia imagen en los logros espirituales. Como resultado, ambos estaban ciegos a sus defectos y a su pecado, y eran hostiles con aquellos que eran diferentes. Jonás no muestra ninguna preocupación por la grave situación espiritual de los ninivitas, ni ningún interés por trabajar junto a los marineros paganos por el bien de todos. Trata a los paganos no solo como personas diferentes, sino como “extraños”, “los otros”, y participa en distintos tipos de exclusión.
Una identidad que excluye
Lo que Jonás está haciendo se ha denominado por algunos como enajenación del otro. Categorizar a otra persona como el Otro es centrarse en las maneras en las que son diferentes a uno mismo, centrarse en sus singularidades y reducirles a esas características hasta deshumanizarles. Entonces podemos decir: “Ya sabes cómo son”, de manera que no tenemos que vincularnos con ellos. Esto provoca que podamos excluirlos de diferentes maneras: simplemente ignorándolos, obligándolos a creer y practicar lo mismo que nosotros, forzándolos a vivir en ciertos barrios pobres o expulsándolos sin más.5
Los lectores empezamos a ver que Jonás necesita desesperadamente la misericordia de Dios que tanto le desconcierta.
Bajo el poder de la gracia de Dios, su identidad tendrá que cambiar, así como la nuestra.
El patrón del amor

Pero el mar se iba enfureciendo más y más, así que le preguntaron: “¿Qué vamos a hacer contigo para que el mar deje de azotarnos?”. “Tomadme y lanzadme al mar, y el mar dejará de azotaros” —les respondió—. “Yo sé bien que por mi culpa se ha desatado sobre vosotros esta terrible tormenta”. Sin embargo, en un intento por regresar a tierra firme, los marineros se pusieron a remar con todas sus fuerzas; pero, como el mar se enfurecía más y más contra ellos, no lo consiguieron. Entonces clamaron al Señor: “Oh Señor, tú haces lo que quieres. No nos hagas perecer por quitarle la vida a este hombre, ni nos hagas responsables de la muerte de un inocente”. Así que tomaron a Jonás y lo lanzaron al agua, y la furia del mar se aplacó. Al ver esto, se apoderó de ellos un profundo temor al Señor, a quien le ofrecieron un sacrificio y le hicieron votos. El Señor, por su parte, dispuso un enorme pez para que se tragara a Jonás, quien pasó tres días y tres noches en su vientre.
Jonás 1:11-17
“Lanzadme al mar”
Una vez los marineros descubrieron que Jonás era la causa de la tormenta, llegaron a la conclusión de que también era la clave para calmarla. Le preguntaron qué debían hacer con él para que la tormenta amainara. Jonás responde que deben lanzarle al mar. ¿Por qué lo dice? ¿Se ha arrepentido y simplemente está diciendo “merezco morir por mi pecado contra Dios, matadme”? ¿O es justo lo contrario y lo que quiere decir es “prefiero morir antes que obedecer a Dios e ir a Nínive, matadme”? ¿Se somete a Dios o se rebela contra él?
La respuesta está en algún lugar en el medio. No hay razón para pensar que las motivaciones e intenciones de Jonás sean más ordenadas y coherentes que las nuestras en un momento de peligro y crisis. No usa un lenguaje de arrepentimiento, ni tiene sentido pensar que pasó de la rebeldía a la sumisión de Dios con tanta rapidez. Como mostrará el resto del libro, el recorrido de Jonás para apartarse del orgullo de creerse justo será lento. Por otra parte, si quería morir sin más en lugar de ir a Asiria, se podría haber suicidado sin haber emprendido ningún viaje. La pista que tenemos para entender su punto de vista en este momento se halla dentro de la respuesta que da a la pregunta de los marineros. Fíjate que no dice nada acerca de Dios. Su preocupación está en otra parte. Dice que si le lanzan al agua: “el mar dejará de azotaros. Yo sé bien que por mi culpa se ha desatado sobre vosotros esta terrible tormenta”. Jonás comienza a asumir que es responsable de esta situación no porque se preocupe por Dios, sino porque se preocupa por ellos. Y esto es importante.
Como veremos, Jonás rechazó la misión de Dios en gran medida porque no quería ser compasivo con paganos. Sin embargo, ahora ve a estos hombres aterrados delante de él. Han estado clamando a sus propios dioses mientras que él no ha hablado con el suyo. Le han interrogado con respeto, le han preguntado qué deben hacer en lugar de matarle sin más. No han hecho nada malo. Del mismo modo que Leslie Allen escribe, el carácter “de los marineros, sin duda, ha disipado su impasible indiferencia y le ha remordido la conciencia”.1
Quizás lo que ha motivado a Jonás no ha sido nada más que la lástima, pero eso era mucho mejor que el desprecio. A menudo, el primer paso a la hora de entrar en razón espiritualmente es cuando por fin empezamos a pensar en alguien que no sea nosotros mismos. Por tanto, lo que Jonás está diciendo es algo así: “Vais a morir por mí, pero yo debería morir por vosotros. Soy yo con el que Dios está enfadado. Lanzadme a mí”.
Los marineros actúan aún de forma admirable cuando, a pesar de la oferta de Jonás, tratan de remar para llegar a la orilla. Solo cuando se dan cuenta de que no hay ninguna otra manera de salvarse y únicamente cuando reconocen la gravedad de lo que están a punto de hacer, lanzan a Jonás por la borda, con temor y temblor orando a Dios.
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